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TE DESPOSARÉ CONMIGO PARA SIEMPRE

Del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, presbítero
(Canción 39, declaración)
 
En la transformación que el alma tiene en esta vida, pasa la misma aspiración de Dios al alma y del alma a Dios con mucha frecuencia, con subidísimo deleite de amor en el alma, aunque no en revelado y manifiesto grado, como en la otra. Porque esto es lo que entiendo quiso decir san Pablo cuando dijo: Por cuanto sois hijos de Dios, envió Dios en vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, clamando al Padre. Lo cual en los beatíficos de la otra vida y en los perfectos de ésta es en las dichas maneras.
 
Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado. Porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra de entendimiento, noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad?
 
Y cómo esto sea, no hay más saber ni poder para decirlo, sino dar a entender cómo el Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado y nos mereció este subido puesto de poder ser hijos de Dios, como dice san Juan, y así lo pidió al Padre diciendo: Padre, quiero que los que me has dado, que donde yo estoy también ellos estén conmigo, para que vean la claridad que me diste; es a saber, que hagan por participación en nosotros la misma obra que yo por naturaleza, que es aspirar el Espíritu Santo. Y dice más: No ruego, Padre, solamente por estos presentes, sino también por aquellos que han de creer por su doctrina en mí; que todos ellos sean una misma cosa. Y yo la claridad que me has dado he dado a ellos para que sean una misma cosa, como nosotros somos una misma cosa, yo en ellos y tú en mí, porque sean perfectos en uno; porque conozca el mundo que tú me enviaste, y los amaste como me amaste a mí, que es comunicándoles el mismo amor que al Hijo, aunque no naturalmente como al Hijo, sino, como habemos dicho, por unidad y transformación de amor. Como tampoco se entiende aquí quiere decir el Hijo al Padre, que sean los santos una cosa esencial y naturalmente como lo son el Padre y el Hijo; sino que lo sean por unión de amor, como el Padre y el Hijo están en unidad de amor.
 
De donde las almas esos mismos bienes poseen por participación que él por naturaleza; por lo cual verdaderamente son dioses por participación, iguales y compañeros suyos de Dios. De donde san Pedro dijo: Gracia y paz sea cumplida y perfecta en vosotros en el conocimiento de Dios y de Jesucristo nuestro Señor, de la manera que nos son dadas todas las cosas de su divina virtud para la vida y la piedad, por el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y virtud, por el cual muy grandes y preciosas promesas nos dio, para que por estas cosas seamos hechos compañeros de la divina naturaleza. Hasta aquí son palabras de san Pedro, en las cuales da claramente a entender que el alma participará al mismo Dios, que será obrando en él, acompañadamente con él, la obra de la Santísima Trinidad, de la manera que habemos dicho, por causa de la unión sustancial entre el alma y Dios. Lo cual, aunque se cumple perfectamente en la otra vida, todavía en ésta, cuando se llega al estado perfecto, como decimos ha llegado aquí el alma, se alcanza gran rastro y sabor de ella.
 
¡Oh, almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma; pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos!

LA IGLESIA SE LEVANTA COMO LA AURORA

De los libros de las Morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job.
(Libro 29, 2-4: PL 76, 478-480)

Con razón se designa con el nombre de amanecer o aurora a toda la Iglesia de los elegidos, ya que el amanecer o aurora es el paso de las tinieblas a la luz. La Iglesia, en efecto, es conducida de la noche de la incredulidad a la luz de la fe, y así, a imitación de la aurora, después de las tinieblas se abre al esplendor diurno de la claridad celestial. Por esto dice acertadamente el Cantar de los cantares: ¿Quién es ésta que se levanta como la aurora? Efectivamente, la santa Iglesia, por su deseo del don de la vida celestial, es llamada aurora, porque, al tiempo que va desechando las tinieblas del pecado, se va iluminando con la luz de la justicia.

Pero además, si consideramos la naturaleza del amanecer o aurora, hallaremos un pensamiento más sutil. La aurora o amanecer anuncia que la noche ya ha pasado, pero no muestra todavía la íntegra claridad del día, sino que, por ser la transición entre la noche y el día, tiene algo de tinieblas y de luz al mismo tiempo. Por esto, los que en esta vida vamos en seguimiento de la verdad somos como la aurora o amanecer, porque en parte obramos ya según la luz, pero en parte conservamos también restos de tinieblas. Se dice a Dios, por boca del salmista: Ningún hombre vivo es inocente frente a ti. Y también está escrito: Todos tenemos muchos tropiezos.

Por esto Pablo, cuando dice: La noche va pasando, no añade: «El día ha llegado», sino: El día está encima. Al decir, por tanto, que después de la noche el día está encima, no que ya ha llegado, enseña claramente que nos hallamos todavía en la aurora, en el tiempo que media entre las tinieblas y el sol.

La santa Iglesia de los elegidos será pleno día cuando no tenga ya mezcla alguna de la sombra del pecado. Será pleno día cuando esté perfectamente iluminada con la fuerza de la luz interior. Por esto, con razón, la Escritura nos enseña el carácter transitorio de esta aurora, cuando dice: Asignaste a la aurora su lugar, pues aquel a quien se le ha de asignar su lugar tiene que pasar de un sitio a otro. Y este lugar de la aurora no puede ser otro que la perfecta claridad de la visión eterna. Cuando haya sido conducida a esta perfecta claridad, ya no quedará en ella ningún rastro de tinieblas de la noche transcurrida. Este anhelo de la aurora por llegar a su lugar propio viene expresado por el salmo que dice: Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? También Pablo manifiesta la prisa de la aurora por llegar al lugar que ella reconoce como suyo, cuando dice que desea morir para estar con Cristo. Y también: Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia.

DICHOSOS LOS QUE PUDIERON HOSPEDAR AL SEÑOR EN SU PROPIA CASA

De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 103, 1-2. 6: PL 38, 613. 615)

Las palabras del Señor nos advierten que, en medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender. Tender, porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en la patria definitiva; hacia ella tiende nuestro deseo, pero no disfrutamos aún de su posesión. Sin embargo, no cejemos en nuestro esfuerzo, no dejemos de tender hacia ella, porque sólo así podremos un día llegar a término.

Marta y María eran dos hermanas, unidas no sólo por su parentesco de sangre, sino también por sus sentimientos de piedad; ambas estaban estrechamente unidas al Señor, ambas le servían durante su vida mortal con idéntico fervor. Marta lo hospedó, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera. Pero, en este caso, era una sirvienta que hospedaba a su Señor, una enferma al Salvador, una creatura al Creador. Le dio hospedaje para alimentar corporalmente a aquel que la había de alimentar con su Espíritu. Porque el Señor quiso tomar la condición de esclavo para así ser alimentado por los esclavos, y ello no por necesidad, sino por condescendencia, ya que fue realmente una condescendencia el permitir ser alimentado. Su condición humana lo hacía capaz de sentir hambre y sed.

Así, pues, el Señor fue recibido en calidad de huésped, él, que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron dio poder de llegar a ser hijos de Dios, adoptando a los siervos y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos y convirtiéndolos en coherederos. Pero que nadie de vosotros diga: «Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa.» No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

Por lo demás, tú, Marta —dicho sea con tu venia, y bendita seas por tus buenos servicios—, buscas el descanso como recompensa de tu trabajo. Ahora estás ocupada en los mil detalles de tu servicio, quieres alimentar unos cuerpos que son mortales, aunque ciertamente son de santos; pero ¿por ventura, cuando llegues a la patria celestial, hallarás peregrinos a quienes hospedar, hambrientos con quienes partir tu pan, sedientos a quienes dar de beber, enfermos a quienes visitar, litigantes a quienes poner en paz, muertos a quienes enterrar?

Todo esto allí ya no existirá; allí sólo habrá lo que María ha elegido: allí seremos nosotros alimentados, no tendremos que alimentar a los demás. Por esto, allí alcanzará su plenitud y perfección lo que aquí ha elegido María, la que recogía las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor. ¿Quieres saber lo que allí ocurrirá? Dice el mismo Señor, refiriéndose a sus siervos: Os aseguro que se pondrá de faena, los hará sentar a la mesa y se prestará a servirlos.

SEMBRAD PARA VOSOTROS MISMOS EN JUSTICIA

De las Homilías de san Basilio Magno, obispo.
(Homilía 3, Sobre la caridad, 6: PG 31, 266-267. 275)

Oh hombre, imita a la tierra; produce fruto igual que ella, no sea que parezcas peor que ella, que es un ser inanimado. La tierra produce unos frutos de los que ella no ha de gozar, sino que están destinados a tu provecho. En cambio, los frutos de beneficencia que tú produces los recolectas en provecho propio, ya que la recompensa de las buenas obras revierte en beneficio de los que las hacen. Cuando das al necesitado, lo que le das se convierte en algo tuyo y se te devuelve acrecentado. Del mismo modo que el grano de trigo, al caer en tierra, cede en provecho del que lo ha sembrado, así también el pan que tú das al pobre te proporcionará en el futuro una ganancia no pequeña. Procura, pues, que el fin de tus trabajos sea el comienzo de la siembra celestial: Sembrad para vosotros mismos en justicia, dice la Escritura.

Tus riquezas tendrás que dejarlas aquí, lo quieras o no; por el contrario, la gloria que hayas adquirido con tus buenas obras la llevarás hasta el Señor, cuando, rodeado de los elegidos, ante el juez universal, todos proclamarán tu generosidad, tu largueza y tus beneficios, atribuyéndote todos los apelativos indicadores de tu humanidad y benignidad. ¿Es que no ves cómo muchos dilapidan su dinero en los teatros, en los juegos atléticos, en las pantomimas, en las luchas entre hombres y fieras, cuyo solo espectáculo repugna, y todo por una gloria momentánea, por el estrépito y aplauso del pueblo?

Y tú, ¿serás avaro, tratándose de gastar en algo que ha de redundar en tanta gloria para ti? Recibirás la aprobación del mismo Dios, los ángeles te alabarán, todos los hombres que existen desde el origen del mundo te proclamarán bienaventurado; en recompensa por haber administrado rectamente unos bienes corruptibles, recibirás la gloria eterna, la corona de justicia, el reino de los cielos. Y todo esto te tiene sin cuidado, y por el afán de los bienes presentes menosprecias aquellos bienes que son el objeto de nuestra esperanza. Ea, pues, reparte tus riquezas según convenga, sé liberal y espléndido en dar a los pobres. Ojalá pueda decirse también de ti: Reparte limosna a los pobres, su caridad es constante.

Deberías estar agradecido, contento y feliz por el honor que se te ha concedido, al no ser tú quien ha de importunar a la puerta de los demás, sino los demás quienes acuden a la tuya. Y en cambio te retraes y te haces casi inaccesible, rehuyes el encuentro con los demás, para no verte obligado a soltar ni una pequeña dádiva. Sólo sabes decir: «No tengo nada que dar, soy pobre.» En verdad eres pobre y privado de todo bien: pobre en amor, pobre en humanidad, pobre en confianza en Dios, pobre en esperanza eterna.

HERMOSA OBLIGACIÓN DEL HOMBRE: ORAR Y AMAR

De la catequesis de san Juan María Vianney, presbítero
(«Catéchisme sur la priére»: A. Monnin, «Esprit du Curé d’Ars», París 1899, pp. 87-89)

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti … » Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

LA MISERICORDIA DIVINA Y LA MISERICORDIA HUMANA

De los Sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo.
(Sermón 25, 1: CCL 103, 111-112)

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Y por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu misericordia llega al cielo.

Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra.

¿Cómo somos nosotros, que cuando Dios nos da queremos recibir, y cuando nos pide no le queremos dar? Porque cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer. No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.

Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a la iglesia? Ciertamente la misericordia. Practicad, pues, la misericordia terrena y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios; aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente, y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad y se os dará. No comprendo cómo te atreves a esperar recibir, si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podáis, según vuestras posibilidades.

Como las redes de Simón

Sacrificarnos y sacrificar…

“Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Sal a la parte más profunda y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, dijo: Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero porque tú lo pides, echaré las redes. Y cuando lo hicieron, encerraron una gran cantidad de peces, de modo que sus redes se rompían; entonces hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Y vinieron y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: ¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!”

Lc 5, 4-8

 

La vida espiritual, como sabemos, tiene sus correspondientes altibajos. Pues la barca de nuestra alma emprende su recorrido hacia la eternidad definitiva (Cielo o infierno), trazando un recorrido que, si bien es personal en lo que respecta a las propias decisiones, así como a todo lo que le pertenece (afectos, virtudes, defectos, debilidades, fortalezas, caídas, enmiendas, victorias, etc.); sin embargo, siempre se abre paso a través de las circunstancias que el vasto e imponente mar le presenta. Y ante cada circunstancia, según el estado actual del alma, ésta debe tomar decisiones que la llevarán a avanzar o a retroceder, a progresar o a empeorar, a santificarse o no y punto, pues es bien sabido y constatado a lo largo de la historia que “en la vida espiritual o se avanza o se retrocede”; pues incluso el estancamiento es, en sí mismo, un retroceso. Decisiones correctas, plausibles, y errores grandes o pequeños, forman a menudo parte de las corrientes que varían en sus direcciones; y el pecado y la virtud soplan según sus contrarios propósitos al momento de disputar las elecciones que definen el rumbo en esta vida, y el puerto de llegada en la otra. A veces el mar está calmo, “planchado”, y basta con dejarse llevar por la suave brisa que acaricia las velas; pero otras veces hay tormenta, y se necesitan todas las fuerzas y destrezas para continuar la travesía, para no volcarse, ni encallar, ni hundirse; y esto es parte de la aventura de nuestra existencia, mediante la cual podemos aspirar realmente a la santidad. Y es necesario, porque de la tentación brotan las grandes victorias… o caídas, de las cuales debemos levantarnos; y de no pocos errores surgieron grandes experiencias y nuevos conocimientos; y en la bonanza damos gracias así como en la borrasca pedimos ayuda; y a veces los días serán soleados, y otros totalmente sombríos, pero en unos y otros el sol es siempre el mismo, y las estrellas siguen señalando la dirección al navegante que la va aprendiendo y asimilando cuando no hay nubes; y en su experiencia va descubriendo poco a poco la dirección que ha de seguir cuando éstas le impidan ver el cielo.

Dejando de lado la metáfora por un momento, no por nada san Ignacio en sus eclesialmente recomendados ejercicios espirituales, nos dejó las reglas tanto para los tiempos de consolación como para los de desolación, porque los santos saben bien que no hay triunfo sin esfuerzo, y que el alma no puede coronarse con la santidad sin haber pasado antes por el calvario y sus espinas, las mismas que a tantas almas refrenaron y arruinaron, pero por su falta de confianza y generosidad, y que a tantas otras motivaron y encendieron en un santo celo que no busca más que la correspondencia al amor divino; que las sostuvieron en sus altibajos, y que las llevaron a alcanzar el puerto seguro de la eternidad junto a Dios.

Y entre los momentos recios de la vida, quisiera invitar en esta ocasión a poner nuestros ojos en aquellos en que nos encontramos -atendiendo al título de esta reflexión- “como las redes de Simón”, que se rompían, o, según otras traducciones, “comenzaban a romperse”, “comenzaban a reventarse”, pero que, finalmente, sacrificando algunas de sus hebras lograron resistir lo suficiente, pues de no haberlo hecho el milagro no se habría consumado ni se habrían percibido sus frutos: no por nada solemos llamar a este relato el de “la pesca milagrosa”, y no el de “la triste pérdida de las redes que no resistieron”, ni el de “las redes que dejaron escapar los peces”.

En este maravilloso párrafo, tan rico en enseñanzas como en figuras e interpretaciones, podemos considerar la fragilidad de las redes ante tan grande y extraordinario acontecimiento, como nuestras propias frágiles vidas cuando irrumpe de lleno en ellas la grandiosa obra que Dios desea realizar. A diferencia de las redes, por supuesto, nosotros tomamos la decisión de dejar o no a Dios entrar de lleno en nuestra historia personal, en nuestra vida espiritual; o simplemente le dejamos hacer bien poco o nada, porque no queremos pagar el precio de la grandeza que es “romperse un poco”, es decir, sacrificarnos y sacrificar algo de lo nuestro a cambio de la multitud de gracias que Dios nos ofrece.

Aquí no hablamos, por supuesto, de romperse o quebrarse en el sentido trágico que a veces se utiliza para referirse a esas heridas profundas que, desgraciadamente, a muchas almas han dejado marcadas durante años; como esos rencores que aprisionan el corazón y lo hacen vivir arrastrando un peso insoportable que el perdón arrancaría y comenzaría a sanar poco a poco; o esos dolores terribles que no han sabido encontrar su lugar dentro de la Sagrada Pasión de Cristo, y han pretendido ser llevados con las solas fuerzas naturales que no pueden con ellos, y se han asentado en la tristeza y frustración que no dejan seguir adelante a las almas que han decidido aferrarse a ellas antes que a Dios… Simplemente recordemos en este punto, que no toda cicatriz ha de ser memorial doloroso, claro que no, algunas incluso se vuelven expresión de triunfo, como las que deja la operación que extirpó un tumor o las marcas de las uñas de una madre impresas en los brazos de su hijo al que salvó de las garras del león, porque su amor supo tirar más fuerte. Y bueno, no por nada nuestro Señor Jesucristo decidió conservar las suyas después de su resurrección.

Nosotros, como las redes de Simón, debemos aspirar a dejar a Dios obrar esas desproporciones de su gracia que tantas veces hemos encontrado en las vidas de los santos, contenedores pequeños y humildes de unas obras impresionantes que los superaban ampliamente, ¡totalmente!; pues estaban más allá de sus fuerzas naturales, porque así son las obras de Dios: gracias y bendiciones que transcienden el tiempo, la sabiduría humana y a las mismas almas que se dejaron “invadir de Dios” para convertirse en instrumentos eficaces a cambio de sacrificar -como hemos dicho-, algunas de sus hebras.

En la pesca milagrosa nuestro Señor Jesucristo llenó las redes a más no poder, y tanto así que tuvieron que llamar a los de la otra barca que también casi se hundían debido a la gran cantidad de peces… “y las redes resistieron lo suficiente”, así como lo hacen también las almas que dan su mayor esfuerzo, su entusiasmo, ¡su amor a Dios!; aceptando generosamente llegar hasta los límites de sus capacidades, ensanchando los linderos de sus virtudes, dejando que sea Dios quien haga el resto y se encargue de que atrapen la mayor cantidad de gracias posibles para su gloria y la salvación de las almas. Así, para volvernos como esas redes repletas, debemos ser generosos con Dios, ¡pero muy generosos!; confiar en Él y dejarlo obrar: ¡y que se rompan los hilos de nuestro egoísmo con tal de que nos invada a tope su caridad!; ¡y que se corten los lazos del orgullo con tal de que la humildad encuentre un lugar donde anidar!; que se revienten nuestras quejas y se hagan pedazos nuestras pequeñas infidelidades, nuestra falta de abandono y esa confianza enclenque del alma que no termina de entregarse por completo, porque todavía no ha llegado a comprender que, si es Jesucristo quien nos pide echar nuestras pequeñas redes en el vasto mar de sus designios amorosos, será Él mismo quien se encargará de sorprendernos con la inexplicable exuberancia de su divina bondad.

Confiemos, pues, en el Señor; y por más que nuestra debilidad pretenda objetar a los designios de su sagrado corazón, simplemente amémosle con sinceridad y sin restricciones, pues el que ama de verdad no sabe negarse al amado; y, así, digámosle siempre con gran fe y un generoso abandono -como lo hizo Simón-: “…pero porque tú lo pides, echaré las redes”.

 

P. Jason Jorquera M., IVE.

EN LA BARCA DE CRISTO

Tu barca –tus talentos, tus aspiraciones, tus logros– no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que Él pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Como a Nuestro Señor, a mí también me gusta mucho charlar de barcas y redes, para que todos saquemos de esas escenas evangélicas propósitos firmes y determinados. Nos cuenta San Lucas que unos pescadores lavaban y remendaban sus redes a orillas del lago de Genesaret. Jesús se acerca a aquellas naves atracadas en la ribera y se sube a una, a la de Simón. ¡Con qué naturalidad se mete el Maestro en la barca de cada uno de nosotros!: para complicarnos la vida, como se repite en tono de queja por ahí. Con vosotros y conmigo se ha cruzado el Señor en nuestro camino, para complicarnos la existencia delicadamente, amorosamente.

Después de predicar desde la barca de Pedro, se dirige a los pescadores: duc in altum, et laxate retia vestra in capturam!25, ¡bogad mar adentro, y echad vuestras redes! Fiados en la palabra de Cristo, obedecen, y obtienen aquella pesca prodigiosa. Y mirando a Pedro que, como Santiago y Juan, no salía de su asombro, el Señor le explica: no tienes que temer, de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron26.

Tu barca –tus talentos, tus aspiraciones, tus logros– no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que Él pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio. Únicamente si admites, si buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios: que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de Cristo. De otro modo, tarde o temprano, se irán a pique con tu egoísmo.

Si consientes en que Dios señoree sobre tu nave, que Él sea el amo, ¡qué seguridad!…, también cuando parece que se ausenta, que se queda adormecido, que se despreocupa, y se levanta la tormenta en medio de las tinieblas más oscuras. Relata San Marcos que en esas circunstancias se encontraban los Apóstoles; y Jesús, al verles remar con gran fatiga por cuanto el viento les era contrario, a eso de la cuarta hora nocturna, vino hacia ellos caminando sobre el mar… Cobrad ánimo, soy yo, no tenéis nada que temer. Y se metió con ellos en la barca, y cesó el viento27.

Hijos míos, ¡ocurren tantas cosas en la tierra…! Os podría contar de penas, de sufrimientos, de malos tratos, de martirios –no le quito ni una letra–, del heroísmo de muchas almas. Ante nuestros ojos, en nuestra inteligencia brota a veces la impresión de que Jesús duerme, de que no nos oye; pero San Lucas narra cómo se comporta el Señor con los suyos: mientras ellos –los discípulos– iban navegando, se durmió Jesús, al tiempo que un viento recio alborotó las olas, de manera que, llenándose de agua la barca, corrían riesgo. Con esto, se acercaron a Él, y le despertaron, gritando: ¡Maestro, que perecemos! Puesto Jesús en pie, mandó al viento y a la tormenta que se calmasen, e inmediatamente cesaron, y siguió una gran bonanza. Entonces les preguntó: ¿dónde está vuestra fe?28.

Si nos damos, Él se nos da. Hay que confiar plenamente en el Maestro, hay que abandonarse en sus manos sin cicaterías; manifestarle, con nuestras obras, que la barca es suya; que queremos que disponga a su antojo de todo lo que nos pertenece.

Termino, acudiendo a la intercesión de Santa María, con estos propósitos: a vivir de fe; a perseverar con esperanza; a permanecer pegados a Jesucristo; a amarle de verdad, de verdad, de verdad; a recorrer .y saborear nuestra aventura de Amor, que enamorados de Dios estamos; a dejar que Cristo entre en nuestra pobre barca, y tome posesión de nuestra alma como Dueño y Señor; a manifestarle con sinceridad que nos esforzaremos en mantenernos siempre en su presencia, día y noche, porque Él nos ha llamado a la fe: ecce ego quia vocasti me!29, y venimos a su redil, atraídos por sus voces y silbidos de Buen Pastor, con la certeza de que solo a su sombra encontraremos la verdadera felicidad temporal y eterna.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Y ELLA NOS DIO LA VIRGEN

Crónica de la Fiesta de San Joaquín y Santa Ana 2026

Existen momentos en la vida donde algunas ideas suelen ser demasiado obvias para decirlas, pero que justamente por esta obviedad muchas veces estas cosas caen en el olvido y necesitan que alguien se las diga para que vuelvan a tomar fuerza. Pues bien, justamente lo que lleva el título de esta pequeña crónica es una de estas ideas.

Este reciente 26 de julio, como bien sabemos, fue la festividad de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Santísima Virgen y abuelos de Nuestro Señor Jesucristo, que aquí en Séforis pudimos celebrarla como solemnidad. La Misa solemne estuvo a cargo de los Frailes Franciscanos —que son los propietarios de nuestra casa—, representados en esta ocasión por los Frailes de la Comunidad de Nazaret. Mientras terminábamos los trabajos previos para dicha actividad, en un momento del día escuché, en alguno de los mensajes en que nos felicitaban por la fiesta y nos ofrecían sus oraciones, una frase casi al final de un audio que decía esto: “Dale las gracias a Santa Ana porque ella nos dio la Virgen.” Qué hermosa idea, ¿no?

En seguida les compartiré alguna breve reflexión sobre esto, pero déjenme contarles un poco de cómo ha sido el día. Hemos tenido la gracia de tener aquí en nuestro monasterio por unos días, el P. Fernando Flores, IVE, misionero en el Hogar Niño Dios en Belén, él vino acompañado por Luís y Adrián, los dos seminaristas que están ayudándolo en este apostolado cualificado que lleva a cabo nuestra congregación en la Ciudad de David. Estuvieron unos días de convivencia y merecido descanso aquí en Galilea. Estos fueron unos días muy lindos de vida comunitaria intensa, eutrapelias y recreaciones con muchas risas y todo lo que ya se pueden imaginar… Pero, también teníamos trabajo, así que el domingo (26) a la mañana comenzamos con los últimos preparativos para armar la carpa en las ruinas de la Basílica, un trabajo que es “sencillo” pero al mismo tiempo lleva su tiempo, dado que el área que debemos cubrir no es tan pequeña; además de esto, a medida que pasaban los minutos y el sol iba subiendo más hacia su ápice en el día, iba bajando por las frentes el sudor que realmente se hacía molesto, pero ¿qué es este pequeño sacrificio en comparación con la finalidad por la que estábamos haciendo? Gracias a Dios tuvimos la ayuda de la comunidad de Belén que mencioné antes, entonces mientras estirábamos las cuerdas, sujetábamos las carpas por sus diversos puntos, algunos han estado ocupados con el posicionar sillas, hacer los últimos arreglos con las flores que tan hermosamente están adornando el monasterio —y que realmente hizo con que la gente después de la Misa nos dirigiera palabras de admiración, porque se veía hermosa la casa de Santa Ana y… al final, es nuestra misión aquí, cuidar de la casa de Santa Ana, a Dios gracias que podemos hacerlo bien y siempre para la gloria de Dios—. Terminamos los trabajos de la mañana con un rico almuerzo para festejar entre nosotros la Solemnidad del día, luego un pequeño descanso y… al trabajo… Ya quedaba poco. Luego empezaron a llegar los primeros feligreses venidos desde Nazaret. En momentos así, todo transcurre muy rápido, pero en medio de este torbellino de cosas y detalles, pude observar algo muy hermoso: el atardecer de este día… realmente el clima se hacía muy apacible, una brisa hermosa iba corriendo y suavizando lo que todavía quedaba de la fuerza del sol con el calor que suele hacer durante todo el día… El atardecer espectacular pintaba de un amarillo fuego todo el cielo, las flores y los árboles salpicaban los muros y entornos de la Basílica de colores vivos y armoniosos, ¡Qué paisaje! Y para completar el cuadro, los pájaros mezclaban sus voces con el silbido suave de la brisa que circulaba por entre los olivos y todo se llenaba de una atmósfera muy poética, para los que tengan esa vena de poeta, creo que con lo dicho podrán hacerse alguna idea…

Tuvimos una muy hermosa Misa con una liturgia sencilla pero muy digna para honrar a los dueños de la casa. Nos parece que estuvieron presentes aproximadamente unas 150 personas. La Santa Misa fue presidida por el P. Sergio Olmedo, OFM, amigo del monasterio, y nosotros pudimos aprovechar la ocasión para pedir por tantas intenciones que son confiadas a nuestras oraciones delante de los Abuelos de Jesús y también darle las gracias al buen Dios por tantos beneficios recibidos de las manos de Santa Ana.

Fíjense que llevo poco más de un año aquí y ya he podido presenciar el auxilio de Santa Ana en varias ocasiones, sumándose a esto los innumerables testimonios del P. Jason que ya lleva muchos años más aquí, y del Hermano Diego, realmente teníamos mucho que agradecer…

Aquí retomo el título de esta pequeña crónica… Aunque haya tantas cosas por las que debemos agradecerle a Santa Ana, y aunque sea difícil enumerar —o más bien darles los distintos grados de importancia (que generalmente son muy subjetivos)— hay una gracia que objetivamente es la mayor por la que debemos darle a Dios y a Santa Ana infinitas gracias: ella nos dio la Virgen.

Si es cierto lo que dice Santa Teresita —y así lo creo— de que nosotros somos más dichosos que la propia Virgen María, pues ella no tuvo una Virgen para amarla, nosotros la tenemos porque, en última instancia, Dios así lo dispuso, pero la causa segunda que Dios ha querido utilizar para que tengamos a la Virgen fue justamente Santa Ana y su esposo San Joaquín. Justos a los ojos del Señor, personas de una fe ejemplar y una humildad admirable. Una sencillez que conmueve… ¿Cómo sabemos esto? De hecho no hay muchos registros escritos de todo esto, pero, observemos a la Virgen, veamos sus virtudes, sus principales rasgos, por supuesto, que los ha recibido de Dios, pues recibió ella una sobreabundancia de gracia, pero la Gracia supone la naturaleza y aquello que es natural de la Virgen, en gran parte vino forjado por sus Padres. Por esto, si podemos tener a la Virgen para amar, es obvio que debemos darle las gracias a Dios en primer lugar, pero también y con mucha razón, a Santa Ana y a San Joaquín, porque ellos nos la dieron y por ella vino a nosotros Jesús, Nuestro Señor y Redentor.

Dicho esto, realmente nada mejor que la Santa Misa para agradecerles tan estimado don. Y así fue…

Luego tuvimos el rezo de las vísperas solemnes con un buen número de frailes, hermanas y feligreses que se sumaron y se quedaron para acompañarnos en esta ocasión.

Al final de las Vísperas hicimos la renovación de la Consagración de todo nuestro Instituto al Sagrado Corazón de Jesús, con motivo de los 10 años cumplidos de la primera consagración que hicieron los padres en el año 2016. A continuación, una cena compartida entre todos con un ambiente realmente muy hermoso y familiar, donde todos estaban muy agradecidos y contentos por todo.

Nosotros, a pesar de todo lo que implica el preparar, organizar y estar atento a tantos detalles, hemos confiado una vez más en el auxilio infalible de Santa Ana, y ella al final, nos ha ayudado —como siempre—, por lo que estamos realmente muy agradecidos y por eso quisiéramos compartir un poco de este sentimiento con todos ustedes.

Unidos en oración siempre

Desde Séforis-Tierra Santa, la Patria de Santa Ana

P. Harley Carneiro

Monasterio de la Sagrada Familia

Instituto del Verbo Encarnado

BUSCAR LA PRESENCIA DE DIOS

En la personal intimidad, en la conducta externa; en el trato con los demás, en el trabajo, cada uno ha de procurar mantenerse en continua presencia de Dios, con una conversación –un diálogo– que no se manifiesta hacia fuera.

San Josemaria Escrivá de Balaguer

 

Vida interior. Santidad en las tareas ordinarias, santidad en las cosas pequeñas, santidad en la labor profesional, en los afanes de cada día…; santidad, para santificar a los demás. Soñaba en cierta ocasión un conocido mío –¡nunca le acabo de conocer bien!– que volaba en un avión a mucha altura, pero no dentro, en la cabina; iba montado sobre las alas. ¡Pobre desgraciado: cómo padecía y se angustiaba! Parecía que Nuestro Señor le daba a entender que así van –inseguras, con zozobras– por las alturas de Dios las almas apostólicas que carecen de vida interior o la descuidan: con el peligro constante de venirse abajo, sufriendo, inciertas.

Y pienso, efectivamente, que corren un serio peligro de descaminarse aquellos que se lanzan a la acción –¡al activismo!–, y prescinden de la oración, del sacrificio y de los medios indispensables para conseguir una sólida piedad: la frecuencia de Sacramentos, la meditación, el examen de conciencia, la lectura espiritual, el trato asiduo con la Virgen Santísima y con los Ángeles custodios… Todo esto contribuye además, con eficacia insustituible, a que sea tan amable la jornada del cristiano, porque de su riqueza interior fluyen la dulcedumbre y la felicidad de Dios, como la miel del panal.

En la personal intimidad, en la conducta externa; en el trato con los demás, en el trabajo, cada uno ha de procurar mantenerse en continua presencia de Dios, con una conversación –un diálogo– que no se manifiesta hacia fuera. Mejor dicho, no se expresa de ordinario con ruido de palabras, pero sí se ha de notar por el empeño y por la amorosa diligencia que pondremos en acabar bien las tareas, tanto las importantes como las menudas. Si no procediéramos con ese tesón, seríamos poco consecuentes con nuestra condición de hijos de Dios, porque habríamos desperdiciado los recursos que el Señor ha colocado providencialmente a nuestro alcance, para que arribemos al estado del varón perfecto, a la medida de la edad perfecta según Cristo24.

Durante la última guerra española, viajaba yo con frecuencia para atender sacerdotalmente a tantos muchachos que se hallaban en el frente. En una trinchera, escuché un diálogo que se me quedó muy grabado. Cerca de Teruel, un soldado joven comentaba de otro, por lo visto un poco indeciso, pusilánime: ¡ése no es un hombre de una pieza! Me causaría una tristeza enorme que de cualquiera de nosotros se pudiera afirmar, con fundamento, que somos inconsecuentes; hombres que aseguran que quieren ser auténticamente cristianos, santos, pero que desprecian los medios, ya que en el cumplimiento de sus obligaciones no manifiestan continuamente a Dios su cariño y su amor filial. Si así se dibujara nuestra actuación, tampoco seríamos, ni tú ni yo, cristianos de una pieza.

Procuremos fomentar en el fondo del corazón un deseo ardiente, un afán grande de alcanzar la santidad, aunque nos contemplemos llenos de miserias. No os asustéis; a medida que se avanza en la vida interior, se perciben con más claridad los defectos personales. Sucede que la ayuda de la gracia se transforma como en unos cristales de aumento, y aparecen con dimensiones gigantescas hasta la mota de polvo más minúscula, el granito de arena casi imperceptible, porque el alma adquiere la finura divina, e incluso la sombra más pequeña molesta a la conciencia, que solo gusta de la limpieza de Dios. Díselo ahora, desde el fondo de tu corazón: Señor, de verdad quiero ser santo, de verdad quiero ser un digno discípulo tuyo y seguirte sin condiciones. Y enseguida has de proponerte la intención de renovar a diario los grandes ideales que te animan en estos momentos.

¡Jesús, si los que nos reunimos en tu Amor fuéramos perseverantes! ¡Si lográsemos traducir en obras esos anhelos que Tú mismo despiertas en nuestras almas! Preguntaos con mucha frecuencia: yo, ¿para qué estoy en la tierra? Y así procuraréis el perfecto acabamiento –lleno de caridad– de las tareas que emprendáis cada jornada y el cuidado de las cosas pequeñas. Nos fijaremos en el ejemplo de los santos: personas como nosotros, de carne y hueso, con flaquezas y debilidades, que supieron vencer y vencerse por amor de Dios; consideraremos su conducta y –como las abejas, que destilan de cada flor el néctar más precioso– aprovecharemos de sus luchas. Vosotros y yo aprenderemos también a descubrir tantas virtudes en los que nos rodean –nos dan lecciones de trabajo, de abnegación, de alegría…–, y no nos detendremos demasiado en sus defectos; solo cuando resulte imprescindible, para ayudarles con la corrección fraterna.

San Josemaría Escrivá de Balaguer