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LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO – SAN AGUSTÍN

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

2. Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.

Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado. ¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven le habían sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.

Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, más el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º), t. XXIII, Sermón 139A, 1-2, BAC Madrid 1983, pág. 270-73

Finalmente reconoció al Rey de reyes…

Sobre el buen ladrón

Mons. Fulton Sheen

Al principio los ladrones le insultaban y blasfemaban; pero uno de ellos, que la tradición llama Dimas, volvió su cabeza para contemplar la mansedumbre y la dignidad del rostro del Salvador crucificado. Como un carbón arrojado en el fuego se transforma en ascua brillante y resplandeciente, así el alma negra de este ladrón, arrojada en los fuegos de la crucifixión, se inflamó en amor del Corazón Sagrado.

Cuando el ladrón de la izquierda decía: “Si eres el Cristo sálvate y sálvanos”, el ladrón arrepentido le increpó exclamando: “¿Ni tú temes a Dios viéndote bajo la misma condena?” “Y nosotros ciertamente con justicia porque recibimos la paga debida a nuestras obras; pero éste, ¿qué mal ha hecho?” Luego, el mismo ladrón le dirigió un ruego, no suplicando un lugar entre los poderosos, sino solamente el favor de no ser olvidado: “Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu Reino”.

Tal fe y tal arrepentimiento no van a quedar sin recompensa. Y en unas circunstancias en que el poder de Roma no logró hacerle hablar, cuando los amigos pensaron que todo estaba perdido y los enemigos que todo estaba ganado, nuestro Señor rompió el silencio. El que era acusado se convirtió en Juez, y el crucificado se tornó en Divino Asesor de las almas cuando contestó el ladrón penitente con estas palabras: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Este día, en que dices la primera y última plegaria; hoy, tú estarás conmigo y donde yo estoy; esto es, en el paraíso. Con estas palabras, Nuestro Señor, que se estaba ofreciendo a su Padre Celestial como la Gran Hostia, une consigo en la patena de la Cruz, la primera hostia pequeña ofrecida en la Misa —Hostia de un ladrón arrepentido— un tizón sacado de la hoguera; una gavilla arrancada de la cosecha terrena; el trigo triturado en el molino de la crucifixión y hecho pan para la Eucaristía, Nuestro Señor no sufre solo en la Cruz, sufre con nosotros. Por eso unió el sacrificio del ladrón con el suyo propio. Esto es lo que significa San Pablo cuando dice que debemos llenar aquello que falta en los sufrimientos de Cristo. No significa que Nuestro Señor en la Cruz no sufrió todo lo que pudo. Significa, más bien, que el Cristo histórico, físico, sufrió cuanto pudo sufrir en su naturaleza humana; pero que el Cristo Místico, que es Cristo y nosotros, no ha sufrido hasta nuestra plenitud de sufrimiento. No todos los demás buenos ladrones de la historia del mundo han reconocido ya su culpa y pedido su recuerdo. Nuestro Señor está ahora en el Cielo. Por tanto, no puede sufrir más en su naturaleza humana, pero puede sufrir más en las nuestras. Así, se dirige a otras naturalezas humanas; a la tuya, a la mía, y nos pide que hagamos lo que hizo el buen ladrón, esto es, que nos incorporemos a El en la Cruz, para que, participando en su crucifixión, podamos también participar en su Resurrección; para que hechos participantes de su Cruz, podamos ser también participantes de su Gloria en el Cielo.

Como nuestro Divino Señor en aquel día escogió al ladrón como pequeña hostia de sacrificio, así hoy nos escoge a nosotros como otras pequeñas hostias, unidas con la suya en la patena, del altar. Volved los ojos de vuestra mente a la Misa, a cualquier Misa de las que se celebraban en los primeros siglos de la Iglesia, antes de que la civilización se volviese totalmente financiera y económica. Si asistiéramos al Santo Sacrificio en la Iglesia primitiva, llevaríamos al altar cada mañana pan y vino. El sacerdote tomaría un trozo de aquel pan sin levadura y un poco de aquel vino para el Sacrificio de la Misa. El resto lo pondría aparte, lo bendeciría y los distribuiría, entre los pobres. Actualmente no llevamos el pan y el vino. Damos lo equivalente; aquello con que compramos el pan y el vino. Por eso la colecta, en el Ofertorio. ¿Por qué llevamos a la Misa el pan, el vino o el equivalente? Llevamos el pan y el vino porque esas dos cosas, entre todas las de la naturaleza, son las que mejor representan la esencia de la vida. El trigo es como el meollo de la tierra y los racimos como su verdadera sangre y ambos nos proporcionan a nosotros el cuerpo y la sangre de la vida. Llevando esas dos cosas, que nos dan la vida, que nos nutren, equivalentemente nos llevamos a nosotros mismos al Sacrificio de la Misa.

Nosotros, pues, estamos presentes en todas y en cada una de las Misas bajo las apariencias de pan y vino, que representan simbólicamente nuestro cuerpo y nuestra sangre. No somos espectadores pasivos, como podemos serlo en un teatro contemplando el espectáculo, sino que estamos ofreciendo nuestra Misa con Cristo. Si algún cuadro pinta adecuadamente nuestro papel en el drama es éste: Una gran cruz se alza ante nosotros en la cual está tendida la Gran Víctima, Cristo. Alrededor de la colina del Calvario están nuestras pequeñas cruces, en las cuales nosotros, las pequeñas hostias, vamos a ofrecernos. Cuando Nuestro Señor va a su Cruz, nosotros vamos a nuestras pequeñas cruces y nos ofrecemos a nosotros mismos en unión con Él, como una oblación pura, al Padre Celestial. En este momento nosotros cumplimos literalmente el mandato del Señor hasta en su mínimo detalle: “Toma tu cruz cada día y sígueme”. Al hacerlo así no nos pide algo que El no haya hecho primero. Ni sirve de excusa el decir: “Yo soy una pobre hostia sin valor” Así era el ladrón.

Notad que hubo dos actitudes en el alma de aquel ladrón que le hicieron agradable a Nuestro Señor. Fue la primera el reconocimiento del hecho: él merecía lo que estaba sufriendo, no así Jesucristo, que, impecable, no merecía la Cruz. En otros términos, era un arrepentido. La segunda fue la fe en aquel que los hombres rechazaban, pero que el ladrón reconoció como el verdadero Rey de los Reyes.

Fragmento del libro “El Calvario y la Misa”.

TAHÚRES EN EL CALVARIO – FULTON SHEEN

FRAGMENTO DEL LIBRO EL ETERNO GALILEO (Fulton Sheen)

Capítulo 11: Los tahúres en el Calvario

“[…] Las escenas cambian, pero la lección sigue siendo la misma. La Divinidad está aún en el mundo, y el mundo no la recibe. En todas sus clases sociales, el mundo continúa jugando las perlas de la eternidad por las lentejuelas del tiempo, sin dignarse dar siquiera una mirada a la Divinidad que Cristo ha dejado a su Iglesia. Si quieres saber dónde está la Divinidad en el siglo veinte, busca la Iglesia que ellos rechazan con la misma indiferencia crucificante con que rechazaron en el siglo primero al Señor de los cielos y la tierra. Observad la indiferencia en los campos de educación, política internacional, y religión.

[…] Entrad ahora al campo de la política internacional. Año tras año, en Washington, Londres, Genova y Lausanna, los representantes de las grandes naciones se congregan en un deseo verdaderamente sincero por unir a todos los pueblos en un lazo de unidad y paz. Pero año tras año sus tratados fracasan: ¿Y por qué?  Porque no hay nada fuera de las naciones para unirlas. Un hombre no puede envolver un paquete si él es parte de ese paquete; un hombre no puede hacer su valija si él es uno de los artículos que va dentro de esta valija. De igual manera, las naciones no pueden ligarse unas a otras en una liga si ellas son parte de esa liga. Y si son parte de esa liga sus tratados meramente significan obediencia o algún otro político más; y si nosotros difícilmente obedecemos a nuestros propios políticos, sólo el cielo sabrá si obedecemos a un político más. Sólo hay una cosa en el mundo que puede unir a todas las naciones en el lazo de paz, y tiene que ser algo fuera de las naciones mismas. Pero hay una sola cosa en el mundo que no solamente es internacional sino también supra-nacional y es la Iglesia cuyo Vicario es el padre espiritual de toda la Cristiandad, y cuya única fuerza es la fuerza moral de la Justicia y la Bondad de Cristo. Como ha dicho James Brown Scott, secretario de la Dotación Carnegie para la paz:

“Una disputa que se pusiera ante el Estado del Vaticano para que éste decidiera, estaría libre de la sugerencia de fuerza material que obligase su aceptación; estaría desconectada de cualquier idea de expansión territorial; tendría una presunción de Justicia en su favor, porque el Estado mismo es el reconocimiento de la justicia; y la decisión, cualquiera que pudiera ser, forzosamente tendría que estar en conformidad con el código moral de los siglos, y estar dominada por una concepción espiritual de las cosas, sin la cual los jueces temporales a veces juzgan.”

 ¿Y sin embargo, cuál es la actitud de las naciones en frente a esta fuerza moral, que está por encima de las naciones porque tiene que ver directamente con la salvación de las almas? Año tras año las naciones se encuentran en el Calvario de los campos de batalla del mundo, arrojan los dados de la política internacional, discuten sobre patrones de oro, armas de largo alcance y balanza comercial, y en todo este tiempo está allí en medio de ellos alguien que vino a traer la paz al mundo y que podría ser el arbitro de las naciones porque es la fuerza espiritual que está fuera de las naciones: y ellos solamente se sientan y vigilan.

Sugerir a nuestros políticos internacionales que el Estado Vaticano es la única Corte Internacional de Justicia moral, sería tan absurdo como haber sugerido a los tahúres del Calvario que el Hombre en la Cruz es la Fuerza Moral del mundo; pero la verdad aún sigue en pie: la Salvación para las naciones está en lo que los hombres tanto ignoran, y en cuya presencia juegan sus trucos de intriga cuando se limitan a sentarse y vigilar.”

Que la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, conceda de su Hijo Amado, la paz que tanto necesita el mundo.

Ave María Purísima.

LA SED DE UNA MUJER

Del Tratado de San Agustín, obispo, sobre el Evangelio de San Juan

Llegó una mujer. Esta mujer es figura de la Iglesia no justificada aún, pero en vías de justificación, ya que de esto trata el relato. Llegó ignorante de lo que allí le esperaba, encontró a Cristo, y éste le dirigió la palabra. Veamos qué palabras y por qué. Llegó una mujer samaritana a sacar agua. Los samaritanos no eran de raza judía, eran tenidos por extranjeros. Concuerda con el simbolismo del relato el hecho de que esta mujer, figura de la Iglesia, venga de un pueblo extranjero, ya que la Iglesia había de venir de entre los gentiles, de los que no eran de raza judía.

Por tanto, oigámonos a nosotros en sus palabras, reconozcámonos a nosotros en ella, y en ella demos gracias a Dios por nosotros. Ella era figura, no realidad; pero ella misma comenzó por ser figura y terminó por ser realidad. Creyó, en efecto, en aquel que quería hacerla figura de nosotros. Llegó, pues, a sacar agua. Había venido simplemente a sacar agua, como acostumbraban hacer todos.

Jesús le dijo: «Dame de beber.» Mientras tanto sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alguna cosa para comer. Díjole la samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Conviene saber que los judíos no alternan con los samaritanos.

Veis cómo se trata de extranjeros: los judíos no usaban en modo alguno de sus vasijas. Y aquella mujer, que llevaba consigo una vasija para sacar agua, se admira de que un judío le pida de beber, cosa que no solían hacer los judíos. Pero el que le pide de beber, en realidad, de lo que tiene sed es de la fe de aquella mujer.

Escucha quién es el que le pide de beber: Jesús le respondió: «Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.» Pide de beber y promete una bebida. Se presenta como quien está necesitado, y tiene en abundancia para saciar a los demás. Si conocieses —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero de momento habla a aquella mujer de un modo encubierto, y va entrando paulatinamente en su corazón. Seguramente empieza ya a instruirla. ¿Qué exhortación, en efecto, más suave y benigna que ésta? Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.

¿Qué agua había de darle, sino aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Pues no pueden ya tener más sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa.

Prometía el alimento y saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo entendía aún; y, por eso, ¿qué respondía? Exclamó entonces la mujer: «Señor, dame de ese agua, para que no sienta ya más sed ni tenga que venir aquí a sacar agua.» La necesidad la obligaba a fatigarse, pero su debilidad recusaba la fatiga. Ojalá hubiera podido escuchar aquellas palabras: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. Porque todo esto se lo decía Jesús para que no tuviera ya que fatigarse, mas ella no lo entendía aún.

EL VERDADERO TEMOR DEL SEÑOR

De los Tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos

¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Hay que advertir que, siempre que en las Escrituras se nos habla del temor del Señor, nunca se nos habla de él solo, como si bastase para la perfección de la fe, sino que va siempre acompañado de muchas otras nociones que nos ayudan a entender su naturaleza y perfección; como vemos en lo que está escrito en el libro de los Proverbios: Si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia, si la procuras como el dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor.

Vemos, pues, cuántos pasos hay que dar previamente para llegar al temor del Señor. Antes, en efecto, hay que invocar a la inteligencia, llamar a la prudencia, procurarla como el dinero y buscarla como un tesoro. Así se llega a la comprensión del temor del Señor. Porque el temor, en la común opinión de los hombres, tiene otro sentido.

El temor, en efecto, es el miedo que experimenta la debilidad humana cuando teme sufrir lo que no querría. Se origina en nosotros por la conciencia del pecado, por la autoridad del más poderoso, por la violencia del más fuerte, por la enfermedad, por el encuentro con un animal feroz, por la amenaza de un mal cualquiera. Esta clase de temor no necesita ser enseñado, sino que surge espontáneo de nuestra debilidad natural. Ni siquiera necesitamos aprender lo que hay que temer, sino que las mismas cosas que tememos nos infunden su temor.

En cambio, con respecto al temor del Señor, hallamos escrito: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Así, pues, el temor de Dios ha de ser aprendido, ya que es enseñado. No radica en el miedo, sino en la instrucción racional; ni es el miedo connatural a nuestra condición, sino que consiste en la observancia de los preceptos, en las obras de una vida inocente, en el conocimiento de la verdad.

Para nosotros, el temor de Dios radica en el amor, y en el amor halla su perfección. Y la prueba de nuestro amor a Dios está en la obediencia a sus consejos, en la sumisión a sus mandatos, en la confianza en sus promesas. Oigamos lo que nos dice la Escritura: Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien.

Muchos son los caminos del Señor, aunque él en persona es el camino. Y, refiriéndose a sí mismo, se da a sí mismo el nombre de camino, y nos muestra por qué se da este nombre, cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí.

Por lo tanto, hay que buscar y examinar muchos caminos e insistir en muchos de ellos para hallar, por medio de las enseñanzas de muchos, el único camino seguro, el único que nos lleva a la vida eterna. Hallamos, en efecto, varios caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las distintas obras mandadas; dichosos los que, movidos por el temor de Dios, caminan por ellos.

CUÁNDO DIOS MENDIGA UN CORAZÓN

“Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice ‘dame de beber’, le pedirías tú, y él te daría agua viva.” (Jn 4,10)

                No tengo dudas de que en este IIIº domingo de la cuaresma, la Iglesia nos propone unas de las páginas más hermosas de todo el Nuevo Testamento, una preciosidad de detalles que se hace tanto de parte de la “samaritana” -con todo el proceso de su conversión hasta reconocer a Cristo Nuestro Señor como Mesias- como también de parte de Cristo, que se nos revela como un verdadero manantial de agua viva. La escena comienza con la descripción del trayecto que hacía nuestro Señor en dirección a Galilea. Tras caminar por horas, llega a Sicar, que está en el territorio de Samaría, al norte de Jerusalén. Se detiene en el pozo de Jacob a descansar, pues como dice S. Juan estaba cansado del camino. A sus discípulos les había enviado a la ciudad a conseguir comida, quiso quedarse solo, era alrededor de la hora sexta; el sol ardía en el cielo azul primaveril de la región de samaria, y de repente se acerca una persona, una persona un tanto misteriosa; una mujer que llega hasta el pozo (justo en el que se encuentra nuestro Señor descansando), viene a coger un poco de agua, necesita para su vida cotidiana, sin embargo el horario y el modo como va, nos dan indicios de que lo hace buscando no ser vista; necesita mantenerse más lejos de los demás, algo en su conciencia le incomoda, le hace quedar inquieta…

                Se acerca la mujer con sus cubos, le extraña ver un judío sentado al borde del pozo, pero lo entiende: un viajero, cansado, hacer una pausa ahí para tomar un poco de agua y aliviar el peso del camino no sería una cosa del todo inusual. Sin embargo, nuestro Señor la observa, más, mucho más de lo que las simple apariencias. “El señor mira al corazón”… Sabe de las necesidades del hombre, sabe de sus debilidades, de sus límites… Él mismo está en este momento cansado, necesitaba descansar… Para demostrar su compasión con el género humano, para hacernos ver de modo claro que tenía semejanza en todo con nosotros -excepto en el pecado- le dice a la mujer: “Dame de beber”. Se sobresalta la mujer: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”… En este momento nuestro Señor se revela compasivo, tierno en sus palabras, profundo en su conocimiento de la pobreza y miseria humana, se muestra verdadero hombre, pero también se revela como verdadero Dios: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”… si conocieras el grandiosísimo don que Dios te concede en este momento, si conocieras a la miseria de la naturaleza humana como yo la conozco, con sus efectos, debilidades y todo lo que quieras, y más, si conocieras quién es el que te pide de beber, ¡ah, éste que te pide de beber es el mismo que les dio de beber a tus padres en el desierto!, el que te pide ahora de beber, puede parecer que necesita de esta agua para saciar una sed simplemente natural; sin embargo, si conocieras… ¡ah! La sed que me envuelve por todos lados es una sed que no se sacia con esta agua, tengo sed, sí… dame de beber mujer, dame de beber, lo único que necesito es que veas, que conozcas quién es el que te pide; cuando tengas este conocimiento, se colmarán tus anhelos, tus deseos serán saciados, beberías de una fuente de vida, de vida eterna, vida que no se acaba: yo soy la vida, si me pides de beber como yo te estoy pidiendo ahora, serías tú misma quién sería colmada de las abundantes aguas de la vida.”

                La mujer empieza su caminar en la fe, todavía desconocido para ella misma, pero el contacto con el Señor le va haciendo cambios profundos… Por ahora vuelve a interpelarlo llamándolo de Señor, sin embargo todavía no ha logrado comprender qué es lo que el Maestro le quiere enseñar. Acaso en las palabras con que pregunta a Jesús si es más que nuestro padre Jacob, nunca imaginaría que sí, es mucho más, este es aquel en quien Jacob creyó, por quien Jacob confió en las promesas del Señor. Pero este secreto todavía le es muy oscuro, la fe necesita de una fuente que sea inagotable, por eso nuestro Señor le revela a ella la plena saciedad que Él le puede dar si ella le pide… “si conocieras el don de Dios”… beberías del agua que puedo darte, y no solamente beberías y te quedarías saciada, sino que beberías y no tendrías más sed… y no sólo esto, sino que también se convertiría en ti misma en fuente, de ti surgiría un agua que salta hasta la vida eterna. En este momento, vuelve la mujer a presentarle al Señor su angustia, el Señor conoce las debilidades del corazón humano, sabe que deseamos el fin de las penas, sabe que el peso del pecado se nos hace cada vez más difícil de llevar, tener que salir en el medio del día, como a las escondidas, buscando huir de algo que jamás vamos conseguir huir, de nuestra propia conciencia. La mujer demuestra su deseo de no tener que buscar más agua natural, en efecto dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”, se me hace pesado tener que ocultarme de mi conciencia, busco saciar mi sed, hay un deseo en mí de estar saciada plenamente, si tú tienes de esta agua que me puede saciar, dame de ella Señor.

                Por más que ahora la mujer pide al Señor que le de de beber, no le pide con el conocimiento verdadero de lo que está pidiendo, ¡ah si conocieras el don de Dios!, si supieras que el agua de la cual hablo es algo que va mucho más allá de lo que te parece ahora… quiero, tengo sed, dame de beber, necesito que me dés de beber, necesito de materia para poder saciarte, la gracia (el “don de Dios”) que tengo para darte es algo que para que lo recibas, tienes que dármelo todo; ahora Jesús va más incisivo en la conciencia de la mujer: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. Una sentencia fría si la miramos superficialmente. El Señor que hasta entonces venía como alentando a la mujer, prometiéndole un don precioso, una gracia inestimable que le saciaría de todos sus deseos, se vuelve a ella como si fuese una especie de máquina de radiografía: llama a tu marido y vuelve. Busca en su conciencia la causa de su pesadumbrez, de su debilidad, de sus flaquezas. Jesús con su pregunta le toca en el corazón, ¿acaso viviendo con el hombre con la cuál vivía esta mujer, podría intentar engañarse a sí misma, a su propia conciencia diciéndose a sí misma que era su marido, que estaba bien, que andaba en la verdad? Sin embargo, al ser sorprendida con esta pregunta, no pudo esconder más la verdad: “No tengo marido”, tal vez que una respuesta bastante fría (seca) para una sentencia lanzada por el Señor también en el mismo tono; o quizás una respuesta un tanto corta para expresar una realidad un poco más profunda: “has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido”. El reconocerte pecadora ya te hace caminar en el camino de la humildad, andar en ella es la clave para empezar a beber de esta agua que yo puedo darte. En eso has dicho la verdad, no me lo ocultaste lo que pesa en tu conciencia.” Delante de sí mismo, uno debe tener la certeza de que no podemos ocultar nada, ahí es el santuario donde Dios nos habla. Cristo le dice a la mujer: “Tienes razón, que no tienes marido”. Te enfrentaste contigo misma, pusiste la verdad delante de tu engaño, delante de la mentira, delante del pecado, lo enfrentaste con la verdad. Reconocerlo es un paso.

                Jesús ahora, al demonstrar a la mujer que no solamente sufre en su cuerpo la debilidad de la naturaleza humana, siente en su debilidad las consecuencias del pecado, pero ahora le acaba de demostrar que es Dios, que conoce los corazones; es Dios, que “sondeas los abismos” más profundos de la conciencia, del corazón del hombre, ante sus ojos nada está oculto. Es verdadero Dios, todo lo conoce, pero ¡ah, si conocieras quién es el que te dice dame de beber…! Todavía la mujer no le reconoce de modo pleno, sabe que es algo más que un simple judío, el referirse a Él como Señor ya se queda atrás; le reconoce dones sobrenaturales, le tiene por profeta. El asunto cambia de rumbo, ahora que le reconoce por profeta, la conduce al tema de la religión, de su fe expresada de modo público: su creencia de que está en la verdad en cuanto a la práctica exterior de su fe le lleva a fiarse de la tradición de los suyos: “Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.” En su respuesta, Jesús deja en claro la verdad: la salvación viene de los judíos, además de esto, vosotros adoráis a uno que no conocéis, nosotros adoramos a uno que conocemos. Sin embargo, esto a partir de ahora ya no será así, ya pues ya se acerca la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al padre en espíritu y verdad. Este es el deseo del Padre, por eso a partir de ahora, que se os ha dado a conocer algo de estos misterios, podéis vosotros también adorar al Dios verdadero, podéis conocerlo, por eso le pidió dame de beber, dame tu fe, créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. ¡ah, si conocieras…! “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”… Cuando todavía nuestra fe es muy poca, o demasiado débil para comprender las realidades que Dios nos quiere mostrar, Él mismo se dispone a revelárnosla y a poner delante de nuestros ojos las realidades que no logramos comprender, este “¡ah, si conocieras el don de Dios!” Sólo puede ser plenamente satisfecho por obra de Dios mismo; el reconocimiento de Cristo como nuestro Salvador, como nuestro Redentor, como Salvador del mundo es también una gracia. La mujer demuestra su fe, su esperanza puesta en la llegada del Mesías para que les revele y les diga todo lo que está velado; por poco no puede reconocer delante de sí al que es fuente y origen de la gracia, “Soy yo, el que habla contigo”, créeme mujer… Ante dicha revelación ya desaparece la figura de la mujer. Luego de la revelación de nuestro Señor como el verdadero Mesías, vuelven sus discípulos y dice el texto que ellos se extrañaban de que [Jesús] estuviera hablando con una mujerLa mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y aquella que había salido en el sol del mediodía a buscar agua para saciarse y para mantener su vida, abandona los medios ordinarios para dar una saciedad temporal a sus deseos de infinitud. Entenderá ella que ahora, en espíritu y verdad será posible adorar a Dios, y más que eso, al menos por dos días, será posible que ella lo adore también en su presencia real: Jesús se queda dos días en el pueblo. Se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Sin embargo, por ahora podréis hacerlo en espíritu y verdad, nuestro Señor se queda unos días con ellos, enseñándoles las verdades de la fe, la plenitud de la fe, esta fe oscura que para muchos estaba velada.

En verdad, la salvación viene de los judíos, pero viene para todos; de nuestra parte, el Señor nos pide, como condición para recibir esta salvación, una cosa: Dame de beber. Esta sed de almas, sed de nuestra entrega total a Él, sed de nuestra adhesión plena a la Verdad, le acompaña hasta sus últimos momentos; en lo alto de la cruz Él exclama y al mismo tiempo suplica: “Tengo sed”; en Sicar, bastó con que hablase a solas con la samaritana y le pidiese de beber, pero como su alimento es hacer la voluntad del que le envió y llevar a término su obra, tenía que ir más allá, tenía que decirle al mundo entero, a todas las generaciones que esta obra que el Padre le tenía preparada para que llevase a cabo, fuese concluida, por eso su sed aumentó creció tanto que necesitaba un púlpito para que se escuchase y sonase más lejos su voz, por eso sube al púlpito de la Cruz para gritarle al mundo y “suplicarle” que le sacien: Tengo sed, dame de beber. A nosotros nos cabe acudir a Él y “saciarlo” de esta sed, y así esta agua de la cuál vamos beber, agua que brotó de su lado abierto, junto con su preciosísima Sangre, se convertirá en nosotros en surtidor de agua que salta hasta la vida eterna; por eso, al depararnos con este misterio, debemos pedirle a Dios que nos de a conocer este inmenso don que nos da en su Hijo; que reconozcamos a nuestro Salvador, que reconozcamos en Él la fuente de vida para que podamos beber “aguas con gozo en las fuentes del Salvador”.

Ave María Purísima

P. Harley Carneiro, IVE

 

Estuvimos allí en el Calvario

Fragmento del libro “El calvario y la Misa”

Mons. Fulton Sheen

“…Estuvimos, pues, allí durante la Crucifixión. El drama se completó ya hasta donde la visión de Cristo abarcaba; pero todavía no se ha representado ante todos los hombres, en todos los lugares, en todos los tiempos. Si, por ejemplo, un rollo de película fuera consciente de sí mismo conocería el drama desde el principio hasta el fin, pero los espectadores en el teatro no le conocerían hasta que le hubieran visto desarrollado en la pantalla. De mañera semejante nuestro Señor en la Cruz vio en su mente divina el drama entero de la Historia, la historia de cada alma en particular, y cómo más tarde reaccionaría ante su Crucifixión; pero, aun cuando Él lo vio todo, nosotros no podemos conocer cómo reaccionaríamos ante la Cruz hasta que no nos desenvolviésemos en la pantalla del tiempo.

No éramos conscientes de estar presentes en el Calvario aquel día, pero El sí estaba consciente de nuestra presencia. Hoy conocemos el papel que representamos entonces en el teatro del Calvario por el modo como vivimos y actuamos ahora en el teatro del siglo XX. Por eso el Calvario es actual; por eso la Cruz es crisis; por eso, en

cierto sentido, las llagas siguen abiertas; por eso el dolor sigue deificado, y la sangre, como estrellas que caen, está aún cayendo sobre nuestras almas. No hay huida de la Cruz; ni negándole, como hicieron los fariseos; ni vendiéndole, como Judas; ni aun crucificándole, como hicieron los verdugos. Todos la vemos: o abrazarla para la salvación, o huir de ella para la desgracia. Pero, ¿cómo se hace eso visible? ¿Cómo encontraremos el Calvario perpetuado? Encontraremos el Calvario revalidado, renovado, representado, como lo hemos dicho, en la Santa Misa. El Calvario es uno con la Misa, y la Misa es una con el Calvario, porque en ambos es el mismo el Sacerdote y la Víctima. Las siete últimas palabras son como las siete partes de la Misa. Y justamente como en música hay siete notas que admiten una infinita variedad de armonías y combinaciones, así también en la Cruz hay siete divinas notas que Cristo muriendo hizo sonar para los siglos, y todas ellas se combinan para formar la bella armonía de la Redención del mundo.

Cada palabra es una parte de la Misa. La Primera Palabra, “Perdónales”, es el Confíteor. La Segunda Palabra, “Hoy estarás en el Paraíso”, es el ofertorio. La Tercera Palabra, “He ahí a tu Madre”, es el Sanctus. La Cuarta Palabra, “¿Por qué me has abandonado?”, es la Consagración, La Quinta Palabra, “Tengo sed”, es la Comunión. La Sexta Palabra, “Todo se ha acabado”, es el Ite, Missa est. La Séptima Palabra, “Padre, en tus manos”, es el último Evangelio, imagínate, pues, al Sumo Sacerdote, Cristo, dejando el Santuario del cielo por el altar del Calvario. Ya se ha puesto las vestiduras de nuestra humana naturaleza, el manípulo de nuestros sufrimientos, la estola del sacerdocio, la casulla de la Cruz. El Calvario es su catedral; la roca del Calvario la piedra del altar; el sol volviéndose rojo es la lámpara del santuario; María y Juan los altares laterales vivientes; la hostia es su Cuerpo, el vino es su Sangre. Está erguido como Sacerdote, y sin embargo, postrado como Víctima: Su Misa va a comenzar.”

(Pintura de Raúl Berzosa)

 

 

Jesús, su Pasión

De las meditaciones en Nazaret

San Charles de Foucauld

¡Vuestra Pasión, Dios mío; he aquí lo que Vos queréis que medite: hacedme pensar Vos mismo, ya que siempre me encuentro impotente ante tales visiones! Ya Pasión… ¡Qué recuerdos! Las bofetadas y los golpes de los criados de los pontífices: «Profetiza: ¿quién te ha dado?» El silencio delante de Heredes y de Pilatos… La flagelación, la coronación de espinas.

El via crucis… La crucifixión… La Cruz… «Padre mío, en tus manos entrego mi espíritu.» ¡Qué visiones, Dios mío, qué cuadros! ¡Qué lágrimas, yo que os amo! ¡Qué remordimientos, si pienso que esto es por expiar dignamente mis pecados por lo que habéis sufrido así! ¡Qué emoción, si pienso que si habéis pasado por mí esos tormentos es porque lo habéis querido, que es para probarme vuestro amor, para declarármelo a través de los siglos! ¡Qué remordimiento por amaros tan poco! ¡Qué remordimientos por hacer tan poca penitencia de los pecados, por los cuales Vos habéis hecho una tan grande! ¡Qué deseo de amaros, en fin, a mi vez y de probaros mi amor por todos los medios posibles!… ¿Cuáles son estos medios, Dios mío; cómo amaros, cómo deciros que os amo?… «El que me ama es aquel que guarda mis mandamientos… No hay mayor amor que aquel que da su vida por el que ama.» Cumplir vuestros mandamientos, Mandata, es decir, cumplir no solamente las órdenes, sino los consejos, adaptarse a los pequeños avisos, a los más pequeños ejemplos. Entre vuestros consejos, uno de los primeros es el de imitaros. «Sígueme… Aquel que me siga no anda entre tinieblas… Yo os he dado el ejemplo para que como Yo lo he hecho, vosotros lo hagáis también… El perfecto servidor debe ser como su Maestro.» Seguir lo más exactamente posible todas vuestras enseñanzas y vuestros ejemplos mientras que vivimos y morir por vuestro Nombre, he aquí el medio de amaros y probaros que os amamos; sois Vos mismo quien nos lo ha dicho en el Evangelio, Dios mío… El amor pide aún más, y el Evangelio me lo dice también, no por palabras, pero sí por el ejemplo de la Santísima Virgen y de Santa Magdalena al pie de la Cruz: Stabat Mater. La compasión, llorar vuestros dolores… En verdad, es una gracia: yo no puedo por mí mismo, a la vista del espectáculo de vuestra Cruz, sacar gemidos de este corazón de piedra, ¡ay!, espantosamente endurecido… Pero debo pediros esta compasión, y porque ella os es debida, debo pedírosla para dárosla. Debo pediros todo, yo debo darme…

Dios mío, puesto que en los abismos de vuestra misericordia, en los tesoros de vuestras misteriosas e infinitas bondades, me habéis hecho esta gracia, bajo el cielo y sobre esta tierra que habéis pisado y que habéis, ¡ay!, regado con vuestras lágrimas, sudores y vuestra sangre, no me dejéis recorrer sin lágrimas estos lugares, testigos de vuestros dolores; no me dejéis besar sin lágrimas las huellas de vuestros pasos en Getsemaní, sobre la vía dolorosa, en el pretorio, en el Calvario; dadme un corazón de carne, en lugar de mi corazón de piedra, y, puesto que me hacéis esta gracia inaudita, me permito besar esta tierra tan santa, hacédmela besar con el alma y el corazón, con las lágrimas que Vos queréis que tenga, que es mi deber tener. ¡Oh, Señor mío, mi Rey, mi Maestro, mi Esposo, mi Hermano, mi Bienamado, mi Salvador, mi Dios!…

Resolución.—Pedir, desear, y si es agradable a Dios, pedir el martirio, para amar a Jesús con un gran amor… Celo de las almas, ardiente amor por la salvación de las almas, que todas han sido rescatadas a un tal precio. No despreciar a nadie, pero sí desear el mayor bien a todos los hombres, puesto que todos están cubiertos como por un manto por la sangre de Jesús… Hacer lo posible por la salvación de todas las almas, según mi estado, pues todas han costado tan caro a Jesús y han sido y son tan amadas por Él. Ser perfecto, ser santo, yo, por quien Jesús ha tenido tal estima que ha dado por mí toda su sangre. Tener grandes deseos de perfección, creer en la posibilidad de todo, por la gloria de Dios, cuando mi confesor me prescribe hacer una cosa. ¿Cómo Dios me negará una gracia después de haber dado por mí toda su sangre? Horror infinito del pecado y de la imperfección que ha conducido al mismo, pues esto ha costado tan caro a Jesús… Dolor de los pecados de los otros y de haber ofendido a Dios, pues el pecado le causa un tal horror que ha querido expiarlos por medio de tales tormentos… Confianza absoluta en el amor de Dios, fe inquebrantable en este amor, que Él nos ha probado, queriendo sufrir por nosotros tales dolores… Humildad, viendo todo lo que Él hace por mí y lo poco que yo he hecho por Él.

Deseo de sufrimientos, para devolverle amor por amor, para imitarle, y no estar coronado de rosas cuando Él lo está de espinas; para expiar mis pecados, que Él ha expiado tan dolorosamente, para compartir su obra, ofrecerme a Él todo, la nada que yo soy, en sacrificio, en víctima, por la santificación de los hombres…

Y otra vez la treintena se nos cambió en acción de gracias

¡Gracias a san José y a la Sagrada Familia!, ¡Gracias a todos por sus oraciones!

Queridos amigos del monasterio de la Sagrada Familia:

Como bien saben todos aquellos que nos acompañan a la distancia con sus oraciones por la casa de santa Ana, hace unos meses llegamos al punto de tener que pedir ayuda, entre otras cosas, para poder conseguir un auto nuevo para la comunidad; quienes conocen Tierra Santa y dónde se encuentra ubicado el monasterio, sabrán comprender mejor la situación. En resumen, prácticamente todo está a varios kilómetros de Séforis: algunas atenciones espirituales, compras, donaciones, médico, celebraciones litúrgicas del Patriarcado, etc., y desde hace un tiempo que los mecánicos nos consideran clientes frecuentes, como frecuentes también se nos hicieron las paradas obligatorias por los problemas en aumento del auto. Pues bien, comenzamos la correspondiente treintena a san José e hicimos el pedido de ayuda pues la cantidad requerida está totalmente fuera de nuestro alcance; pero como suele hacer san José, a mitad de la treintena nos llegó la última grande y decisiva donación para poder concretar en breve dicha petición… creo que muchos de nosotros, los religiosos que solemos mantener tan ocupada a la Sagrada Familia y demás santos intercesores, estamos convencidos de que si nos pusiéramos a recopilar las gracias recibidas por san José, la Virgen y la Sagrada Familia toda (pues aquí santa Ana y san Joaquín tampoco han dejado de sorprendernos), ciertamente saldría más de un volumen de impresionantes, variadas y coloridas historias de gracias recibidas. ¿Cuántas veces nos ha llegado “la cantidad exacta” que necesitábamos?; ¿cuántas veces llegó “la donación precisa” que estábamos pidiendo?; y por allí sigue pasando la historia del “burro sin cola” que todas las hermanas habían dibujado y puesto a los pies de san José para el pesebre, y que justamente así llegó: sin cola; o aquella vez que los niños del Hogar vieron “una película con nieve” y nieve fueron a pedir a la capilla, bastante difícil para el clima de aquel entonces… y nieve cayó para que jugaran; y así está la historia de la camioneta de manzanas que tocaba la bocina cuando terminaban de rezar por ayuda, y treintenas y treintenas que supieron esperar hasta el día final para sorprender a las comunidades con las gracias pedidas tocando a la puerta de los seminarios, conventos, monasterios o parroquias. Sí, de san José se sigue escribiendo el historial de maravillas recibidas por su intercesión; y a la Virgen no cesarán de atribuírsele tantas otras gracias hermosísimas que, como en Caná, al pasar por sus manos su Hijo no le niega; y así también podemos compartirles nosotros que ha hecho aquí en su casa santa Ana y san Joaquín.

Es por esto que, a las correspondientes oraciones y santas misas de acción de gracias, hemos querido agregar esta mañana una peregrinación caminando hasta Nazaret acompañados por el santo Rosario, por supuesto; y así poder rezar en lo que fue la casa de san José, donde cuidó a Jesús y a la Virgen con la máxima y más perfecta ternura. Y ante la silenciosa imagen de nuestro querido Custodio, pusimos nuestro pequeño esfuerzo y nuestra acción de gracias, pero también las intenciones y necesidades de todas aquellas personas que rezan por nosotros y las de nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado.

Por la tarde, providencialmente, como cada jueves realizamos la Adoración continua ante el Santísimo Sacramento y junto al hermoso cuadro de la Sagrada Familia que ornamenta nuestra pequeña capilla… para seguir agradeciendo.

Ya que a san José le hemos pedido esta gracia, aprovecho la ocasión para compartirles unas “Buenas noches” (pequeña charlita), que el año pasado me pidieron y, sinceramente, no recuerdo si las llegué a publicar; en todo caso, van de nuevo en honor de nuestro querido santo.

Dios los bendiga y la Sagrada Familia los proteja. Nos seguimos encomendando a sus oraciones y seguimos renovando las nuestras por sus necesidades e intenciones.

Con nuestra bendición:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

LA CASTIDAD DE SAN JOSÉ

En este día vamos a dar una pequeña pincelada acerca de la castidad de nuestro santo Custodio, esa virtud que tiene la capacidad de asemejar a las almas a los ángeles, y que en san José podríamos decir que “resplandecía de manera escondida” … Antes de aclarar esta verdadera paradoja les comparto unos versos que resumen la idea que hoy queremos expresar acerca de nuestro querido santo:

I

Para cuidar los tesoros

se necesita un guardián

sin doblez y con afán

de proteger por decoro,

que esto vale más que el oro,

perlas, rubíes, diamantes;

y si además es constante

en las virtudes que expresa

-sobre todo la pureza-,

será confiable garante;

II

Cuánto más si los tesoros

corresponden al mismo Dios;

no uno solo sino dos,

y los más grandes de todos:

un Hijo, abajado al modo

de la herida humanidad;

y una Madre que en piedad

sobresale más que el sol;

y por eso el protector

debía ser santo en verdad.

Dice el Papa Francisco: “José vio a Jesús progresar día tras día «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). Como hizo el Señor con Israel, así él “le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer” (cf. Os 11,3-4). Jesús vio la ternura de Dios en José: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13).” Esto último es maravilloso: es común pensar en san José mirando a Jesús, entre sus brazos paternales y entre sus tiernos cuidados, pero aquí el Papa nos invita a pensar en otra perspectiva: Jesús mirando el rostro de san José, es decir, el Hijo de Dios en su humanidad buscando un rostro paternal, una mirada pura sobre sí, en definitiva, un corazón casto, capaz de cuidarlo como corresponde.

Decíamos más arriba que la castidad de san José “resplandecía de manera escondida”, porque las virtudes se dejan ver o descubrir siempre de alguna manera, aunque por otro lado también es cierto que pueden pasar desapercibidas a los ojos mundanos o a las miradas superficiales que no saben apreciar su brillo. Esto, obviamente, no pasaba con Jesús y la Virgen: ellos sabían bien que san José poseía un corazón tan casto, tan puro, que el Padre eterno decidió encomendarle a él el cuidado de sus más preciados tesoros. Recordemos aquí que la impureza es ese “mezclarse algo de cierta nobleza con algo inferior, imperfecto, hasta vil si se quiere”, de tal manera que dicha impureza hace las cosas menos nobles y hasta las puede corromper; pues bien, la pureza de san José no era así, su alma noble debió pasar -sí-, por la purificación de la prueba cuando pensó dar un paso atrás en su desposorio con la Virgen, pero el mismo Dios mediante su ángel le salió al encuentro para confirmarle el designio que sobre él había decidido; dice san Juan Crisóstomo: “en cambio, No se apareció a José en clara visión como a los pastores, porque era sobremanera fiel. Los pastores necesitaban de una visión clara, como rudos que eran. La Virgen también lo necesitaba, porque era la primera que tenía que ser instruida en muy grandes misterios, como Zacarías necesitó de una visión admirable antes que su mujer concibiese.”. Y san José “obró”, porque no tenemos palabras de él, ni una sola, pero sí hechos, y él supo resguardar en su casa y en su corazón a Jesús y a la Virgen, y ellos, por supuesto, que no se hubieran puesto a su cuidado si san José no fuera tan puro de corazón que pudiera cumplir con dicha santa encomienda… En otras palabras, podríamos decir que Jesús y la Virgen vivían muy a gusto con san José.

Dice san Juan Pablo II en la Redemptoris Custos: “En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena «libertad» el «don esponsal de sí» al acoger y expresar tal amor[16]. «En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida»[17].” En este párrafo espléndido, lo que se nos está diciendo es que para realizar el matrimonio con la Virgen Inmaculada, el esposo debía también tener un corazón castísimo, capaz de corresponder al designio divino que le encomendaba la custodia más pura de todas.

San Juan Pablo II dice que: “«La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo»[32], que es comunión de amor entre Dios y los hombres.

Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole «don esponsal de sí». Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios.” … san José, así, respeta la castidad absoluta de la Virgen, y él mismo vive castísimamente también para resguardarla durante toda su vida.

Y el Papa Francisco expresa de una manera también muy hermosa la castidad de san José: “Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida.”

Eso es lo que hace un corazón casto, y esa es la invitación que se nos hace en este día mirando el ejemplo de san José, el varón justo del corazón purísimo.

Terminamos con unas palabras del P. Pío: “San José, con el amor y la generosidad con que guardó a Jesús, así también guardará tu alma, y ​​como lo defendió de Herodes, así defenderá tu alma del Herodes más feroz: ¡el diablo! Todo el cariño que el Patriarca San José tiene por Jesús, lo tiene por ti y siempre te ayudará con su patrocinio. Él te librará de la persecución del malvado y orgulloso Herodes, y no permitirá que tu corazón se separe de Jesús. ¡Ite ad Ioseph! Acude a José con extrema confianza, porque yo, como Santa Teresa de Ávila, no recuerdo haberle pedido nada a san José sin haberlo obtenido de buena gana.”

P. Jason Jorquera M., IVE.

La luz que alumbra a todo hombre

De los escritos de San Máximo el Confesor, abad

(Cuestiones a Talasio)

La luz que alumbra a todo hombre. Cuestión 63
La lámpara colocada sobre el candelero, de la que habla la Escritura, es nuestro Señor Jesucristo, luz verdadera del Padre, que, viniendo a este mundo, alumbra a todo hombre; al tomar nuestra carne, el Señor se ha convertido en lámpara y por esto es llamado «luz», es decir, Sabiduría y Palabra del Padre y de su misma naturaleza. Como tal es proclamado en la Iglesia por la fe y por la piedad de los fieles. Glorificado y manifestado ante las naciones por su vida santa y por la observancia de los mandamientos, alumbra a todos los que están en la casa (es decir, en este mundo), tal como lo afirma en cierto lugar esta misma Palabra de Dios: No se enciende una lámpara para meterla debajo el celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Se llama a sí mismo claramente lámpara, como quiera que, siendo Dios por naturaleza, quiso hacerse hombre por una dignación de su amor.

Según mi parecer, también el gran David se refiere a esto cuando, hablando del Señor, dice: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Con razón, pues, la Escritura llama lámpara a nuestro Dios y Salvador, ya que él nos libra de las tinieblas de la ignorancia y del mal.

Él, en efecto, al disipar, a semejanza de una lámpara, la oscuridad de nuestra ignorancia y las tinieblas de nuestro pecado, ha venido a ser como un camino de salvación para todos los hombres: con la fuerza que comunica y con el conocimiento que otorga, el Señor conduce hacia el Padre a quienes con él quieren avanzar por el camino de la justicia y seguir la senda de los mandatos divinos. En cuanto al candelero, hay que decir que significa la santa Iglesia, la cual, con su predicación, hace que la palabra luminosa de Dios brille e ilumine a los hombres del mundo entero, como si fueran los moradores de la casa, y sean llevados de este modo al conocimiento de Dios con los fulgores de la verdad.

La palabra de Dios no puede, en modo alguno, quedar oculta bajo el celemín; al contrario, debe ser colocada en lo más alto de la Iglesia, como el mejor de sus adornos. Si la palabra quedara disimulada bajo la letra de la ley, como bajo un celemín, dejaría de iluminar con su luz eterna a los hombres. Escondida bajo el celemín, la palabra ya no sería fuente de contemplación espiritual para los que desean librarse de la seducción de los sentidos, que, con su engaño, nos inclinan a captar solamente las cosas pasajeras y materiales; puesta, en cambio, sobre el candelero de la Iglesia, es decir, interpretada por el culto en espíritu y verdad, la palabra de Dios ilumina a todos los hombres.

La letra, en efecto, si no se interpreta según su sentido espiritual, no tiene más valor que el sensible y está limitada a lo que significan materialmente sus palabras, sin que el alma llegue a comprender el sentido de lo que está escrito.

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero y que alumbre a todos los de casa. Se llama a sí mismo claramente lámpara, como quiera que, siendo Dios por naturaleza, quiso hacerse hombre por una dignación de su amor.