¿Qué hacer cuando nuestros sentidos nos engañan, cuándo fallan?
Esta pregunta se me vino a la mente mientras reflexionaba delante del Señor y me acordaba de esta parte del himno eucarístico Adoro Te Devote, que dice: “Visus, tactus, gustus, in Te fallitur… En una pequeña reflexión en este domingo, Solemnidad de Corpus Christi para nosotros aquí en Tierra Santa y en tantos otros lugares, mencionaba cómo tantísimas personas le tratan a Jesús en la Eucaristía con una fría indiferencia…
A lo mejor, ellos también se quedan pasmados delante de esta pregunta que lleva el título de estas líneas: ¿Qué hacer cuando nos fallan los sentidos?
Ellos miran a su alrededor, al mundo que los rodea, ven que hay tanta maldad, tanta confusión… su visión parece indicarles un desastre inminente, el fin de todo, quizás… el punto es que, la visión, que justamente da a nuestro cuerpo cierta “estabilidad” para mantenerse de pie y seguir adelante, nos muestra algo a punto de desmoronarse… esto lo podemos percibir también nosotros.
Con el tacto. Estas personas de las que estamos hablando, pueden sentir en viva carne las luchas salvajes para buscar complacerse, cada uno a sí mismo, o a los demás para complacerse a uno, se siente el egoísmo; se siente por otro lado el miedo. Escalofríos que desconciertan y esto, sumado a lo que se ve, conducen a un desespero terrible… Esto quizás también nosotros lo podemos percibir…
Se presenta al paladar un sabor amargo, una especie de caramelo con una muy fina capa dulce que esconde un interior amargo como hiel. El mundo les traga… les insiste que hay que consumir más de este “caramelo” para quitarte el amargo sabor del vacío, del desespero… Quizás también aquí nosotros lo podemos percibir…
Los sentidos nos fallan, podemos experimentar todo esto en nosotros mismos, y es que todavía no he entrado en el ámbito religioso, de la fe… Porque ahí, justamente es dónde más nos damos cuenta de cómo nos fallan los sentidos…
En la Eucaristía: “Visus, tactus, gustus, in Te fallitur…” y delante de este defecto de nuestros sentidos, ¿qué hacer?
Arrodillado delante de la custodia, en uno de los puntos de bendición Eucarística en la sencilla, pero digna, procesión del Corpus que hicimos aquí en nuestro Monasterio este año, se veía por detrás de la Custodia un hermoso y apacible paisaje de fondo, algo casi celestial -me atrevo a decir- se me presentaba a los sentidos…

Pero aquí también me fallan los sentidos… sé que en este mismo momento, en algún otro lugar, el mismo Jesús estaba presente dentro de alguna pequeña custodia o algún sencillo tabernáculo, en alguna iglesia rodeada de destrucción, escombros, ruinas. Sé que en algún otro lugar, los sentidos de otras personas estaban fallando también… Quizás miraban a Jesús en la custodia, o en el tabernáculo y el contraste entre lo que contemplaban y lo que les rodea y les toca vivir, puede que les de miedo, les causa desespero… quizás les surge la misma pregunta: “¿Qué hacer si me están fallando los sentidos?” A lo mejor no les está fallando, les está mostrando una realidad desoladora, desesperanzadora, “¿Será real?” “¿Habrá solución?” “¿Me engañan mis sentidos, qué hago?”
Seguramente hay una respuesta para esto… hasta aquí, no he escrito nada más que ideas o pensamientos “demasiado inmanentes” o “mundanos” o “naturales”… quizás… pero la respuesta a la pregunta que me hice al comienzo, tengo plena confianza de que no la encontraría en este plano (inmanente, mundano, natural). ¡Es necesario trascenderlo!
¿Qué hacer cuando nos fallan los sentidos? La respuesta “eucarísticamente” correcta, si es que podemos acuñar este término, está en las tres virtudes que justamente transcienden lo humano, lo natural, las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza, Caridad.
Mis sentidos me engañan: Visus, tactus, gustus, in Te fallitur… arrodillado, yo, delante de Jesús expuesto en una Custodia mirando al fondo un valle de Galilea, o al fiel que devotamente mira a Jesús desde una infinitud de escombros y ruinas, o el Papa con una multitud de más de medio millón de personas por detrás, miramos a un “pan” blanco, inamovible, que no habla, que no escucha, que no nos toca… ¡Pero no! ¡Definitivamente que no! Hay algo…
Algo me dice que dentro de este pequeño círculo de cristal, hay algo -o mejor, Alguien- que merece respeto, adoración, alabanza… ¿Qué es lo que me dice esto? La FE…
Creemos que no es un “pan” cualquiera, pero que es “El Pan Vivo” que ha bajado del cielo para quedarse con nosotros, para darnos vida, y vida en abundancia, que brota y nos conduce hasta la eternidad…
Cuando nos fallan los sentidos, esta fe nos conduce automáticamente a una ESPERANZA viva, pues no puede ser en vano que hacemos todo lo que hacemos para el Pan Vivo, para el que es el Pan de los Ángeles… Él nos prometió algo más, nos prometió el cielo, la fe me lleva a esperar vivamente el cumplimiento de esta promesa…
Y mientras pasa todo esto, mientras nos siguen fallando los sentidos, la fe y la esperanza nos invitan al AMOR… A amar a este Dios que nos habla desde un silencio profundo, que nos mira desde una Custodia aquí en nuestro Monasterio, o desde un Sagrario en la guerra, o delante de miles de jóvenes en una plaza bajo el sol y el calor sofocante de una tarde de verano madrileña; nos invita a amar a un Dios que parece gustarle estos juegos de contraste con los sentidos, que le gusta desacreditar a los sentidos y muchas veces nos hace “perder el sentido” real de las cosas…
Por esto, cuando nos fallan los sentidos, debemos creer, esperar y amar… El objeto directo de estos tres verbos es Jesús en la Eucaristía, es Jesús en el Augusto Sacramento, es, en definitiva, Dios mismo, pero que no podemos ver porque visus, tactus, gustus, in Te fallitur…
P. Harley Carneiro, IVE