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EL VERDADERO TEMOR DEL SEÑOR

De los Tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos

¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Hay que advertir que, siempre que en las Escrituras se nos habla del temor del Señor, nunca se nos habla de él solo, como si bastase para la perfección de la fe, sino que va siempre acompañado de muchas otras nociones que nos ayudan a entender su naturaleza y perfección; como vemos en lo que está escrito en el libro de los Proverbios: Si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia, si la procuras como el dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor.

Vemos, pues, cuántos pasos hay que dar previamente para llegar al temor del Señor. Antes, en efecto, hay que invocar a la inteligencia, llamar a la prudencia, procurarla como el dinero y buscarla como un tesoro. Así se llega a la comprensión del temor del Señor. Porque el temor, en la común opinión de los hombres, tiene otro sentido.

El temor, en efecto, es el miedo que experimenta la debilidad humana cuando teme sufrir lo que no querría. Se origina en nosotros por la conciencia del pecado, por la autoridad del más poderoso, por la violencia del más fuerte, por la enfermedad, por el encuentro con un animal feroz, por la amenaza de un mal cualquiera. Esta clase de temor no necesita ser enseñado, sino que surge espontáneo de nuestra debilidad natural. Ni siquiera necesitamos aprender lo que hay que temer, sino que las mismas cosas que tememos nos infunden su temor.

En cambio, con respecto al temor del Señor, hallamos escrito: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Así, pues, el temor de Dios ha de ser aprendido, ya que es enseñado. No radica en el miedo, sino en la instrucción racional; ni es el miedo connatural a nuestra condición, sino que consiste en la observancia de los preceptos, en las obras de una vida inocente, en el conocimiento de la verdad.

Para nosotros, el temor de Dios radica en el amor, y en el amor halla su perfección. Y la prueba de nuestro amor a Dios está en la obediencia a sus consejos, en la sumisión a sus mandatos, en la confianza en sus promesas. Oigamos lo que nos dice la Escritura: Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien.

Muchos son los caminos del Señor, aunque él en persona es el camino. Y, refiriéndose a sí mismo, se da a sí mismo el nombre de camino, y nos muestra por qué se da este nombre, cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí.

Por lo tanto, hay que buscar y examinar muchos caminos e insistir en muchos de ellos para hallar, por medio de las enseñanzas de muchos, el único camino seguro, el único que nos lleva a la vida eterna. Hallamos, en efecto, varios caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las distintas obras mandadas; dichosos los que, movidos por el temor de Dios, caminan por ellos.

CUÁNDO DIOS MENDIGA UN CORAZÓN

“Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice ‘dame de beber’, le pedirías tú, y él te daría agua viva.” (Jn 4,10)

                No tengo dudas de que en este IIIº domingo de la cuaresma, la Iglesia nos propone unas de las páginas más hermosas de todo el Nuevo Testamento, una preciosidad de detalles que se hace tanto de parte de la “samaritana” -con todo el proceso de su conversión hasta reconocer a Cristo Nuestro Señor como Mesias- como también de parte de Cristo, que se nos revela como un verdadero manantial de agua viva. La escena comienza con la descripción del trayecto que hacía nuestro Señor en dirección a Galilea. Tras caminar por horas, llega a Sicar, que está en el territorio de Samaría, al norte de Jerusalén. Se detiene en el pozo de Jacob a descansar, pues como dice S. Juan estaba cansado del camino. A sus discípulos les había enviado a la ciudad a conseguir comida, quiso quedarse solo, era alrededor de la hora sexta; el sol ardía en el cielo azul primaveril de la región de samaria, y de repente se acerca una persona, una persona un tanto misteriosa; una mujer que llega hasta el pozo (justo en el que se encuentra nuestro Señor descansando), viene a coger un poco de agua, necesita para su vida cotidiana, sin embargo el horario y el modo como va, nos dan indicios de que lo hace buscando no ser vista; necesita mantenerse más lejos de los demás, algo en su conciencia le incomoda, le hace quedar inquieta…

                Se acerca la mujer con sus cubos, le extraña ver un judío sentado al borde del pozo, pero lo entiende: un viajero, cansado, hacer una pausa ahí para tomar un poco de agua y aliviar el peso del camino no sería una cosa del todo inusual. Sin embargo, nuestro Señor la observa, más, mucho más de lo que las simple apariencias. “El señor mira al corazón”… Sabe de las necesidades del hombre, sabe de sus debilidades, de sus límites… Él mismo está en este momento cansado, necesitaba descansar… Para demostrar su compasión con el género humano, para hacernos ver de modo claro que tenía semejanza en todo con nosotros -excepto en el pecado- le dice a la mujer: “Dame de beber”. Se sobresalta la mujer: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”… En este momento nuestro Señor se revela compasivo, tierno en sus palabras, profundo en su conocimiento de la pobreza y miseria humana, se muestra verdadero hombre, pero también se revela como verdadero Dios: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”… si conocieras el grandiosísimo don que Dios te concede en este momento, si conocieras a la miseria de la naturaleza humana como yo la conozco, con sus efectos, debilidades y todo lo que quieras, y más, si conocieras quién es el que te pide de beber, ¡ah, éste que te pide de beber es el mismo que les dio de beber a tus padres en el desierto!, el que te pide ahora de beber, puede parecer que necesita de esta agua para saciar una sed simplemente natural; sin embargo, si conocieras… ¡ah! La sed que me envuelve por todos lados es una sed que no se sacia con esta agua, tengo sed, sí… dame de beber mujer, dame de beber, lo único que necesito es que veas, que conozcas quién es el que te pide; cuando tengas este conocimiento, se colmarán tus anhelos, tus deseos serán saciados, beberías de una fuente de vida, de vida eterna, vida que no se acaba: yo soy la vida, si me pides de beber como yo te estoy pidiendo ahora, serías tú misma quién sería colmada de las abundantes aguas de la vida.”

                La mujer empieza su caminar en la fe, todavía desconocido para ella misma, pero el contacto con el Señor le va haciendo cambios profundos… Por ahora vuelve a interpelarlo llamándolo de Señor, sin embargo todavía no ha logrado comprender qué es lo que el Maestro le quiere enseñar. Acaso en las palabras con que pregunta a Jesús si es más que nuestro padre Jacob, nunca imaginaría que sí, es mucho más, este es aquel en quien Jacob creyó, por quien Jacob confió en las promesas del Señor. Pero este secreto todavía le es muy oscuro, la fe necesita de una fuente que sea inagotable, por eso nuestro Señor le revela a ella la plena saciedad que Él le puede dar si ella le pide… “si conocieras el don de Dios”… beberías del agua que puedo darte, y no solamente beberías y te quedarías saciada, sino que beberías y no tendrías más sed… y no sólo esto, sino que también se convertiría en ti misma en fuente, de ti surgiría un agua que salta hasta la vida eterna. En este momento, vuelve la mujer a presentarle al Señor su angustia, el Señor conoce las debilidades del corazón humano, sabe que deseamos el fin de las penas, sabe que el peso del pecado se nos hace cada vez más difícil de llevar, tener que salir en el medio del día, como a las escondidas, buscando huir de algo que jamás vamos conseguir huir, de nuestra propia conciencia. La mujer demuestra su deseo de no tener que buscar más agua natural, en efecto dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”, se me hace pesado tener que ocultarme de mi conciencia, busco saciar mi sed, hay un deseo en mí de estar saciada plenamente, si tú tienes de esta agua que me puede saciar, dame de ella Señor.

                Por más que ahora la mujer pide al Señor que le de de beber, no le pide con el conocimiento verdadero de lo que está pidiendo, ¡ah si conocieras el don de Dios!, si supieras que el agua de la cual hablo es algo que va mucho más allá de lo que te parece ahora… quiero, tengo sed, dame de beber, necesito que me dés de beber, necesito de materia para poder saciarte, la gracia (el “don de Dios”) que tengo para darte es algo que para que lo recibas, tienes que dármelo todo; ahora Jesús va más incisivo en la conciencia de la mujer: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. Una sentencia fría si la miramos superficialmente. El Señor que hasta entonces venía como alentando a la mujer, prometiéndole un don precioso, una gracia inestimable que le saciaría de todos sus deseos, se vuelve a ella como si fuese una especie de máquina de radiografía: llama a tu marido y vuelve. Busca en su conciencia la causa de su pesadumbrez, de su debilidad, de sus flaquezas. Jesús con su pregunta le toca en el corazón, ¿acaso viviendo con el hombre con la cuál vivía esta mujer, podría intentar engañarse a sí misma, a su propia conciencia diciéndose a sí misma que era su marido, que estaba bien, que andaba en la verdad? Sin embargo, al ser sorprendida con esta pregunta, no pudo esconder más la verdad: “No tengo marido”, tal vez que una respuesta bastante fría (seca) para una sentencia lanzada por el Señor también en el mismo tono; o quizás una respuesta un tanto corta para expresar una realidad un poco más profunda: “has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido”. El reconocerte pecadora ya te hace caminar en el camino de la humildad, andar en ella es la clave para empezar a beber de esta agua que yo puedo darte. En eso has dicho la verdad, no me lo ocultaste lo que pesa en tu conciencia.” Delante de sí mismo, uno debe tener la certeza de que no podemos ocultar nada, ahí es el santuario donde Dios nos habla. Cristo le dice a la mujer: “Tienes razón, que no tienes marido”. Te enfrentaste contigo misma, pusiste la verdad delante de tu engaño, delante de la mentira, delante del pecado, lo enfrentaste con la verdad. Reconocerlo es un paso.

                Jesús ahora, al demonstrar a la mujer que no solamente sufre en su cuerpo la debilidad de la naturaleza humana, siente en su debilidad las consecuencias del pecado, pero ahora le acaba de demostrar que es Dios, que conoce los corazones; es Dios, que “sondeas los abismos” más profundos de la conciencia, del corazón del hombre, ante sus ojos nada está oculto. Es verdadero Dios, todo lo conoce, pero ¡ah, si conocieras quién es el que te dice dame de beber…! Todavía la mujer no le reconoce de modo pleno, sabe que es algo más que un simple judío, el referirse a Él como Señor ya se queda atrás; le reconoce dones sobrenaturales, le tiene por profeta. El asunto cambia de rumbo, ahora que le reconoce por profeta, la conduce al tema de la religión, de su fe expresada de modo público: su creencia de que está en la verdad en cuanto a la práctica exterior de su fe le lleva a fiarse de la tradición de los suyos: “Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.” En su respuesta, Jesús deja en claro la verdad: la salvación viene de los judíos, además de esto, vosotros adoráis a uno que no conocéis, nosotros adoramos a uno que conocemos. Sin embargo, esto a partir de ahora ya no será así, ya pues ya se acerca la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al padre en espíritu y verdad. Este es el deseo del Padre, por eso a partir de ahora, que se os ha dado a conocer algo de estos misterios, podéis vosotros también adorar al Dios verdadero, podéis conocerlo, por eso le pidió dame de beber, dame tu fe, créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. ¡ah, si conocieras…! “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”… Cuando todavía nuestra fe es muy poca, o demasiado débil para comprender las realidades que Dios nos quiere mostrar, Él mismo se dispone a revelárnosla y a poner delante de nuestros ojos las realidades que no logramos comprender, este “¡ah, si conocieras el don de Dios!” Sólo puede ser plenamente satisfecho por obra de Dios mismo; el reconocimiento de Cristo como nuestro Salvador, como nuestro Redentor, como Salvador del mundo es también una gracia. La mujer demuestra su fe, su esperanza puesta en la llegada del Mesías para que les revele y les diga todo lo que está velado; por poco no puede reconocer delante de sí al que es fuente y origen de la gracia, “Soy yo, el que habla contigo”, créeme mujer… Ante dicha revelación ya desaparece la figura de la mujer. Luego de la revelación de nuestro Señor como el verdadero Mesías, vuelven sus discípulos y dice el texto que ellos se extrañaban de que [Jesús] estuviera hablando con una mujerLa mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y aquella que había salido en el sol del mediodía a buscar agua para saciarse y para mantener su vida, abandona los medios ordinarios para dar una saciedad temporal a sus deseos de infinitud. Entenderá ella que ahora, en espíritu y verdad será posible adorar a Dios, y más que eso, al menos por dos días, será posible que ella lo adore también en su presencia real: Jesús se queda dos días en el pueblo. Se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Sin embargo, por ahora podréis hacerlo en espíritu y verdad, nuestro Señor se queda unos días con ellos, enseñándoles las verdades de la fe, la plenitud de la fe, esta fe oscura que para muchos estaba velada.

En verdad, la salvación viene de los judíos, pero viene para todos; de nuestra parte, el Señor nos pide, como condición para recibir esta salvación, una cosa: Dame de beber. Esta sed de almas, sed de nuestra entrega total a Él, sed de nuestra adhesión plena a la Verdad, le acompaña hasta sus últimos momentos; en lo alto de la cruz Él exclama y al mismo tiempo suplica: “Tengo sed”; en Sicar, bastó con que hablase a solas con la samaritana y le pidiese de beber, pero como su alimento es hacer la voluntad del que le envió y llevar a término su obra, tenía que ir más allá, tenía que decirle al mundo entero, a todas las generaciones que esta obra que el Padre le tenía preparada para que llevase a cabo, fuese concluida, por eso su sed aumentó creció tanto que necesitaba un púlpito para que se escuchase y sonase más lejos su voz, por eso sube al púlpito de la Cruz para gritarle al mundo y “suplicarle” que le sacien: Tengo sed, dame de beber. A nosotros nos cabe acudir a Él y “saciarlo” de esta sed, y así esta agua de la cuál vamos beber, agua que brotó de su lado abierto, junto con su preciosísima Sangre, se convertirá en nosotros en surtidor de agua que salta hasta la vida eterna; por eso, al depararnos con este misterio, debemos pedirle a Dios que nos de a conocer este inmenso don que nos da en su Hijo; que reconozcamos a nuestro Salvador, que reconozcamos en Él la fuente de vida para que podamos beber “aguas con gozo en las fuentes del Salvador”.

Ave María Purísima

P. Harley Carneiro, IVE

 

Estuvimos allí en el Calvario

Fragmento del libro “El calvario y la Misa”

Mons. Fulton Sheen

“…Estuvimos, pues, allí durante la Crucifixión. El drama se completó ya hasta donde la visión de Cristo abarcaba; pero todavía no se ha representado ante todos los hombres, en todos los lugares, en todos los tiempos. Si, por ejemplo, un rollo de película fuera consciente de sí mismo conocería el drama desde el principio hasta el fin, pero los espectadores en el teatro no le conocerían hasta que le hubieran visto desarrollado en la pantalla. De mañera semejante nuestro Señor en la Cruz vio en su mente divina el drama entero de la Historia, la historia de cada alma en particular, y cómo más tarde reaccionaría ante su Crucifixión; pero, aun cuando Él lo vio todo, nosotros no podemos conocer cómo reaccionaríamos ante la Cruz hasta que no nos desenvolviésemos en la pantalla del tiempo.

No éramos conscientes de estar presentes en el Calvario aquel día, pero El sí estaba consciente de nuestra presencia. Hoy conocemos el papel que representamos entonces en el teatro del Calvario por el modo como vivimos y actuamos ahora en el teatro del siglo XX. Por eso el Calvario es actual; por eso la Cruz es crisis; por eso, en

cierto sentido, las llagas siguen abiertas; por eso el dolor sigue deificado, y la sangre, como estrellas que caen, está aún cayendo sobre nuestras almas. No hay huida de la Cruz; ni negándole, como hicieron los fariseos; ni vendiéndole, como Judas; ni aun crucificándole, como hicieron los verdugos. Todos la vemos: o abrazarla para la salvación, o huir de ella para la desgracia. Pero, ¿cómo se hace eso visible? ¿Cómo encontraremos el Calvario perpetuado? Encontraremos el Calvario revalidado, renovado, representado, como lo hemos dicho, en la Santa Misa. El Calvario es uno con la Misa, y la Misa es una con el Calvario, porque en ambos es el mismo el Sacerdote y la Víctima. Las siete últimas palabras son como las siete partes de la Misa. Y justamente como en música hay siete notas que admiten una infinita variedad de armonías y combinaciones, así también en la Cruz hay siete divinas notas que Cristo muriendo hizo sonar para los siglos, y todas ellas se combinan para formar la bella armonía de la Redención del mundo.

Cada palabra es una parte de la Misa. La Primera Palabra, “Perdónales”, es el Confíteor. La Segunda Palabra, “Hoy estarás en el Paraíso”, es el ofertorio. La Tercera Palabra, “He ahí a tu Madre”, es el Sanctus. La Cuarta Palabra, “¿Por qué me has abandonado?”, es la Consagración, La Quinta Palabra, “Tengo sed”, es la Comunión. La Sexta Palabra, “Todo se ha acabado”, es el Ite, Missa est. La Séptima Palabra, “Padre, en tus manos”, es el último Evangelio, imagínate, pues, al Sumo Sacerdote, Cristo, dejando el Santuario del cielo por el altar del Calvario. Ya se ha puesto las vestiduras de nuestra humana naturaleza, el manípulo de nuestros sufrimientos, la estola del sacerdocio, la casulla de la Cruz. El Calvario es su catedral; la roca del Calvario la piedra del altar; el sol volviéndose rojo es la lámpara del santuario; María y Juan los altares laterales vivientes; la hostia es su Cuerpo, el vino es su Sangre. Está erguido como Sacerdote, y sin embargo, postrado como Víctima: Su Misa va a comenzar.”

(Pintura de Raúl Berzosa)

 

 

Jesús, su Pasión

De las meditaciones en Nazaret

San Charles de Foucauld

¡Vuestra Pasión, Dios mío; he aquí lo que Vos queréis que medite: hacedme pensar Vos mismo, ya que siempre me encuentro impotente ante tales visiones! Ya Pasión… ¡Qué recuerdos! Las bofetadas y los golpes de los criados de los pontífices: «Profetiza: ¿quién te ha dado?» El silencio delante de Heredes y de Pilatos… La flagelación, la coronación de espinas.

El via crucis… La crucifixión… La Cruz… «Padre mío, en tus manos entrego mi espíritu.» ¡Qué visiones, Dios mío, qué cuadros! ¡Qué lágrimas, yo que os amo! ¡Qué remordimientos, si pienso que esto es por expiar dignamente mis pecados por lo que habéis sufrido así! ¡Qué emoción, si pienso que si habéis pasado por mí esos tormentos es porque lo habéis querido, que es para probarme vuestro amor, para declarármelo a través de los siglos! ¡Qué remordimiento por amaros tan poco! ¡Qué remordimientos por hacer tan poca penitencia de los pecados, por los cuales Vos habéis hecho una tan grande! ¡Qué deseo de amaros, en fin, a mi vez y de probaros mi amor por todos los medios posibles!… ¿Cuáles son estos medios, Dios mío; cómo amaros, cómo deciros que os amo?… «El que me ama es aquel que guarda mis mandamientos… No hay mayor amor que aquel que da su vida por el que ama.» Cumplir vuestros mandamientos, Mandata, es decir, cumplir no solamente las órdenes, sino los consejos, adaptarse a los pequeños avisos, a los más pequeños ejemplos. Entre vuestros consejos, uno de los primeros es el de imitaros. «Sígueme… Aquel que me siga no anda entre tinieblas… Yo os he dado el ejemplo para que como Yo lo he hecho, vosotros lo hagáis también… El perfecto servidor debe ser como su Maestro.» Seguir lo más exactamente posible todas vuestras enseñanzas y vuestros ejemplos mientras que vivimos y morir por vuestro Nombre, he aquí el medio de amaros y probaros que os amamos; sois Vos mismo quien nos lo ha dicho en el Evangelio, Dios mío… El amor pide aún más, y el Evangelio me lo dice también, no por palabras, pero sí por el ejemplo de la Santísima Virgen y de Santa Magdalena al pie de la Cruz: Stabat Mater. La compasión, llorar vuestros dolores… En verdad, es una gracia: yo no puedo por mí mismo, a la vista del espectáculo de vuestra Cruz, sacar gemidos de este corazón de piedra, ¡ay!, espantosamente endurecido… Pero debo pediros esta compasión, y porque ella os es debida, debo pedírosla para dárosla. Debo pediros todo, yo debo darme…

Dios mío, puesto que en los abismos de vuestra misericordia, en los tesoros de vuestras misteriosas e infinitas bondades, me habéis hecho esta gracia, bajo el cielo y sobre esta tierra que habéis pisado y que habéis, ¡ay!, regado con vuestras lágrimas, sudores y vuestra sangre, no me dejéis recorrer sin lágrimas estos lugares, testigos de vuestros dolores; no me dejéis besar sin lágrimas las huellas de vuestros pasos en Getsemaní, sobre la vía dolorosa, en el pretorio, en el Calvario; dadme un corazón de carne, en lugar de mi corazón de piedra, y, puesto que me hacéis esta gracia inaudita, me permito besar esta tierra tan santa, hacédmela besar con el alma y el corazón, con las lágrimas que Vos queréis que tenga, que es mi deber tener. ¡Oh, Señor mío, mi Rey, mi Maestro, mi Esposo, mi Hermano, mi Bienamado, mi Salvador, mi Dios!…

Resolución.—Pedir, desear, y si es agradable a Dios, pedir el martirio, para amar a Jesús con un gran amor… Celo de las almas, ardiente amor por la salvación de las almas, que todas han sido rescatadas a un tal precio. No despreciar a nadie, pero sí desear el mayor bien a todos los hombres, puesto que todos están cubiertos como por un manto por la sangre de Jesús… Hacer lo posible por la salvación de todas las almas, según mi estado, pues todas han costado tan caro a Jesús y han sido y son tan amadas por Él. Ser perfecto, ser santo, yo, por quien Jesús ha tenido tal estima que ha dado por mí toda su sangre. Tener grandes deseos de perfección, creer en la posibilidad de todo, por la gloria de Dios, cuando mi confesor me prescribe hacer una cosa. ¿Cómo Dios me negará una gracia después de haber dado por mí toda su sangre? Horror infinito del pecado y de la imperfección que ha conducido al mismo, pues esto ha costado tan caro a Jesús… Dolor de los pecados de los otros y de haber ofendido a Dios, pues el pecado le causa un tal horror que ha querido expiarlos por medio de tales tormentos… Confianza absoluta en el amor de Dios, fe inquebrantable en este amor, que Él nos ha probado, queriendo sufrir por nosotros tales dolores… Humildad, viendo todo lo que Él hace por mí y lo poco que yo he hecho por Él.

Deseo de sufrimientos, para devolverle amor por amor, para imitarle, y no estar coronado de rosas cuando Él lo está de espinas; para expiar mis pecados, que Él ha expiado tan dolorosamente, para compartir su obra, ofrecerme a Él todo, la nada que yo soy, en sacrificio, en víctima, por la santificación de los hombres…

Y otra vez la treintena se nos cambió en acción de gracias

¡Gracias a san José y a la Sagrada Familia!, ¡Gracias a todos por sus oraciones!

Queridos amigos del monasterio de la Sagrada Familia:

Como bien saben todos aquellos que nos acompañan a la distancia con sus oraciones por la casa de santa Ana, hace unos meses llegamos al punto de tener que pedir ayuda, entre otras cosas, para poder conseguir un auto nuevo para la comunidad; quienes conocen Tierra Santa y dónde se encuentra ubicado el monasterio, sabrán comprender mejor la situación. En resumen, prácticamente todo está a varios kilómetros de Séforis: algunas atenciones espirituales, compras, donaciones, médico, celebraciones litúrgicas del Patriarcado, etc., y desde hace un tiempo que los mecánicos nos consideran clientes frecuentes, como frecuentes también se nos hicieron las paradas obligatorias por los problemas en aumento del auto. Pues bien, comenzamos la correspondiente treintena a san José e hicimos el pedido de ayuda pues la cantidad requerida está totalmente fuera de nuestro alcance; pero como suele hacer san José, a mitad de la treintena nos llegó la última grande y decisiva donación para poder concretar en breve dicha petición… creo que muchos de nosotros, los religiosos que solemos mantener tan ocupada a la Sagrada Familia y demás santos intercesores, estamos convencidos de que si nos pusiéramos a recopilar las gracias recibidas por san José, la Virgen y la Sagrada Familia toda (pues aquí santa Ana y san Joaquín tampoco han dejado de sorprendernos), ciertamente saldría más de un volumen de impresionantes, variadas y coloridas historias de gracias recibidas. ¿Cuántas veces nos ha llegado “la cantidad exacta” que necesitábamos?; ¿cuántas veces llegó “la donación precisa” que estábamos pidiendo?; y por allí sigue pasando la historia del “burro sin cola” que todas las hermanas habían dibujado y puesto a los pies de san José para el pesebre, y que justamente así llegó: sin cola; o aquella vez que los niños del Hogar vieron “una película con nieve” y nieve fueron a pedir a la capilla, bastante difícil para el clima de aquel entonces… y nieve cayó para que jugaran; y así está la historia de la camioneta de manzanas que tocaba la bocina cuando terminaban de rezar por ayuda, y treintenas y treintenas que supieron esperar hasta el día final para sorprender a las comunidades con las gracias pedidas tocando a la puerta de los seminarios, conventos, monasterios o parroquias. Sí, de san José se sigue escribiendo el historial de maravillas recibidas por su intercesión; y a la Virgen no cesarán de atribuírsele tantas otras gracias hermosísimas que, como en Caná, al pasar por sus manos su Hijo no le niega; y así también podemos compartirles nosotros que ha hecho aquí en su casa santa Ana y san Joaquín.

Es por esto que, a las correspondientes oraciones y santas misas de acción de gracias, hemos querido agregar esta mañana una peregrinación caminando hasta Nazaret acompañados por el santo Rosario, por supuesto; y así poder rezar en lo que fue la casa de san José, donde cuidó a Jesús y a la Virgen con la máxima y más perfecta ternura. Y ante la silenciosa imagen de nuestro querido Custodio, pusimos nuestro pequeño esfuerzo y nuestra acción de gracias, pero también las intenciones y necesidades de todas aquellas personas que rezan por nosotros y las de nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado.

Por la tarde, providencialmente, como cada jueves realizamos la Adoración continua ante el Santísimo Sacramento y junto al hermoso cuadro de la Sagrada Familia que ornamenta nuestra pequeña capilla… para seguir agradeciendo.

Ya que a san José le hemos pedido esta gracia, aprovecho la ocasión para compartirles unas “Buenas noches” (pequeña charlita), que el año pasado me pidieron y, sinceramente, no recuerdo si las llegué a publicar; en todo caso, van de nuevo en honor de nuestro querido santo.

Dios los bendiga y la Sagrada Familia los proteja. Nos seguimos encomendando a sus oraciones y seguimos renovando las nuestras por sus necesidades e intenciones.

Con nuestra bendición:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

LA CASTIDAD DE SAN JOSÉ

En este día vamos a dar una pequeña pincelada acerca de la castidad de nuestro santo Custodio, esa virtud que tiene la capacidad de asemejar a las almas a los ángeles, y que en san José podríamos decir que “resplandecía de manera escondida” … Antes de aclarar esta verdadera paradoja les comparto unos versos que resumen la idea que hoy queremos expresar acerca de nuestro querido santo:

I

Para cuidar los tesoros

se necesita un guardián

sin doblez y con afán

de proteger por decoro,

que esto vale más que el oro,

perlas, rubíes, diamantes;

y si además es constante

en las virtudes que expresa

-sobre todo la pureza-,

será confiable garante;

II

Cuánto más si los tesoros

corresponden al mismo Dios;

no uno solo sino dos,

y los más grandes de todos:

un Hijo, abajado al modo

de la herida humanidad;

y una Madre que en piedad

sobresale más que el sol;

y por eso el protector

debía ser santo en verdad.

Dice el Papa Francisco: “José vio a Jesús progresar día tras día «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). Como hizo el Señor con Israel, así él “le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer” (cf. Os 11,3-4). Jesús vio la ternura de Dios en José: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13).” Esto último es maravilloso: es común pensar en san José mirando a Jesús, entre sus brazos paternales y entre sus tiernos cuidados, pero aquí el Papa nos invita a pensar en otra perspectiva: Jesús mirando el rostro de san José, es decir, el Hijo de Dios en su humanidad buscando un rostro paternal, una mirada pura sobre sí, en definitiva, un corazón casto, capaz de cuidarlo como corresponde.

Decíamos más arriba que la castidad de san José “resplandecía de manera escondida”, porque las virtudes se dejan ver o descubrir siempre de alguna manera, aunque por otro lado también es cierto que pueden pasar desapercibidas a los ojos mundanos o a las miradas superficiales que no saben apreciar su brillo. Esto, obviamente, no pasaba con Jesús y la Virgen: ellos sabían bien que san José poseía un corazón tan casto, tan puro, que el Padre eterno decidió encomendarle a él el cuidado de sus más preciados tesoros. Recordemos aquí que la impureza es ese “mezclarse algo de cierta nobleza con algo inferior, imperfecto, hasta vil si se quiere”, de tal manera que dicha impureza hace las cosas menos nobles y hasta las puede corromper; pues bien, la pureza de san José no era así, su alma noble debió pasar -sí-, por la purificación de la prueba cuando pensó dar un paso atrás en su desposorio con la Virgen, pero el mismo Dios mediante su ángel le salió al encuentro para confirmarle el designio que sobre él había decidido; dice san Juan Crisóstomo: “en cambio, No se apareció a José en clara visión como a los pastores, porque era sobremanera fiel. Los pastores necesitaban de una visión clara, como rudos que eran. La Virgen también lo necesitaba, porque era la primera que tenía que ser instruida en muy grandes misterios, como Zacarías necesitó de una visión admirable antes que su mujer concibiese.”. Y san José “obró”, porque no tenemos palabras de él, ni una sola, pero sí hechos, y él supo resguardar en su casa y en su corazón a Jesús y a la Virgen, y ellos, por supuesto, que no se hubieran puesto a su cuidado si san José no fuera tan puro de corazón que pudiera cumplir con dicha santa encomienda… En otras palabras, podríamos decir que Jesús y la Virgen vivían muy a gusto con san José.

Dice san Juan Pablo II en la Redemptoris Custos: “En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena «libertad» el «don esponsal de sí» al acoger y expresar tal amor[16]. «En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida»[17].” En este párrafo espléndido, lo que se nos está diciendo es que para realizar el matrimonio con la Virgen Inmaculada, el esposo debía también tener un corazón castísimo, capaz de corresponder al designio divino que le encomendaba la custodia más pura de todas.

San Juan Pablo II dice que: “«La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo»[32], que es comunión de amor entre Dios y los hombres.

Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole «don esponsal de sí». Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios.” … san José, así, respeta la castidad absoluta de la Virgen, y él mismo vive castísimamente también para resguardarla durante toda su vida.

Y el Papa Francisco expresa de una manera también muy hermosa la castidad de san José: “Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida.”

Eso es lo que hace un corazón casto, y esa es la invitación que se nos hace en este día mirando el ejemplo de san José, el varón justo del corazón purísimo.

Terminamos con unas palabras del P. Pío: “San José, con el amor y la generosidad con que guardó a Jesús, así también guardará tu alma, y ​​como lo defendió de Herodes, así defenderá tu alma del Herodes más feroz: ¡el diablo! Todo el cariño que el Patriarca San José tiene por Jesús, lo tiene por ti y siempre te ayudará con su patrocinio. Él te librará de la persecución del malvado y orgulloso Herodes, y no permitirá que tu corazón se separe de Jesús. ¡Ite ad Ioseph! Acude a José con extrema confianza, porque yo, como Santa Teresa de Ávila, no recuerdo haberle pedido nada a san José sin haberlo obtenido de buena gana.”

P. Jason Jorquera M., IVE.

La luz que alumbra a todo hombre

De los escritos de San Máximo el Confesor, abad

(Cuestiones a Talasio)

La luz que alumbra a todo hombre. Cuestión 63
La lámpara colocada sobre el candelero, de la que habla la Escritura, es nuestro Señor Jesucristo, luz verdadera del Padre, que, viniendo a este mundo, alumbra a todo hombre; al tomar nuestra carne, el Señor se ha convertido en lámpara y por esto es llamado «luz», es decir, Sabiduría y Palabra del Padre y de su misma naturaleza. Como tal es proclamado en la Iglesia por la fe y por la piedad de los fieles. Glorificado y manifestado ante las naciones por su vida santa y por la observancia de los mandamientos, alumbra a todos los que están en la casa (es decir, en este mundo), tal como lo afirma en cierto lugar esta misma Palabra de Dios: No se enciende una lámpara para meterla debajo el celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Se llama a sí mismo claramente lámpara, como quiera que, siendo Dios por naturaleza, quiso hacerse hombre por una dignación de su amor.

Según mi parecer, también el gran David se refiere a esto cuando, hablando del Señor, dice: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Con razón, pues, la Escritura llama lámpara a nuestro Dios y Salvador, ya que él nos libra de las tinieblas de la ignorancia y del mal.

Él, en efecto, al disipar, a semejanza de una lámpara, la oscuridad de nuestra ignorancia y las tinieblas de nuestro pecado, ha venido a ser como un camino de salvación para todos los hombres: con la fuerza que comunica y con el conocimiento que otorga, el Señor conduce hacia el Padre a quienes con él quieren avanzar por el camino de la justicia y seguir la senda de los mandatos divinos. En cuanto al candelero, hay que decir que significa la santa Iglesia, la cual, con su predicación, hace que la palabra luminosa de Dios brille e ilumine a los hombres del mundo entero, como si fueran los moradores de la casa, y sean llevados de este modo al conocimiento de Dios con los fulgores de la verdad.

La palabra de Dios no puede, en modo alguno, quedar oculta bajo el celemín; al contrario, debe ser colocada en lo más alto de la Iglesia, como el mejor de sus adornos. Si la palabra quedara disimulada bajo la letra de la ley, como bajo un celemín, dejaría de iluminar con su luz eterna a los hombres. Escondida bajo el celemín, la palabra ya no sería fuente de contemplación espiritual para los que desean librarse de la seducción de los sentidos, que, con su engaño, nos inclinan a captar solamente las cosas pasajeras y materiales; puesta, en cambio, sobre el candelero de la Iglesia, es decir, interpretada por el culto en espíritu y verdad, la palabra de Dios ilumina a todos los hombres.

La letra, en efecto, si no se interpreta según su sentido espiritual, no tiene más valor que el sensible y está limitada a lo que significan materialmente sus palabras, sin que el alma llegue a comprender el sentido de lo que está escrito.

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero y que alumbre a todos los de casa. Se llama a sí mismo claramente lámpara, como quiera que, siendo Dios por naturaleza, quiso hacerse hombre por una dignación de su amor.

A pesar de todo, siempre vuelven a sonreír…

Reflexión dedicada a los feligreses de la Parroquia de la Sagrada Familia, en Gaza

Una de aquellas frases sueltas que recuerdo de mi infancia, entre tantas otras, es aquella que dice que “los niños son como esponjas”, es decir, que aprenden con prontitud; ya que, al estar en desarrollo, todo en ellos va creciendo o se está formando: el cuerpo, el conocimiento, el carácter, los hábitos, dones, etc. Y es por esta razón que decimos que los niños están en un proceso. Y es de vital importancia especialmente para los padres moldearlos de la mejor manera posible, para lo cual se requiere cariño, atención, paciencia, palabras, ejemplos, etc. “Ejemplos”, qué fundamentales son los ejemplos, “porque arrastran”, porque confirman la enseñanza o la destrozan, porque revelan si el formador es coherente o mendaz, porque pueden encaminar un alma al Cielo o torcerle el camino hacia la perdición. Sí, hay que darles buenos ejemplos a los niños; “educa a los niños y no será necesario castigar a los hombres”, dice la frase atribuida a Pitágoras, y educar y guiar corresponde normalmente a los más grandes, a “los que saben porque ya aprendieron”. Pero esto no es absoluto… ya que también los niños pueden -y, de hecho, muchas veces lo hacen- darnos ejemplos a nosotros, los más grandes, los que estudiamos y tenemos experiencia, los que por oficio o profesión debemos enseñar; pero sí, también nosotros podemos aprender de ellos tantas cosas -o “recordar” tal vez, podríamos decir; reconsiderar, examinar, etc.-; como la prontitud en perdonar y no guardar rencor, o la inocencia y sencillez para aceptar la verdad, y hasta la capacidad tan notable que suelen tener para hacer nuevos amigos con presteza. Todo esto lo sabemos bien, no es nada nuevo, no hay originalidad en lo escrito hasta ahora, pero quería citarlo a modo de introducción para llegar al punto que, en esta oportunidad, quisiera compartir; y me refiero a un ejemplo muy concreto, y de un lugar muy específico, en una comunidad que lleva el maravilloso nombre que también titula nuestro monasterio: Sagrada Familia, la Parroquia católica de la Sagrada Familia en Gaza; conocida seguramente por todos nosotros gracias a las noticias diarias que nos han acompañado a lo largo de la guerra en esta parte del mundo y que, por aquellos lados, ha sido terriblemente devastadora, y cuyas consecuencias seguirán sólo Dios sabe hasta cuándo…

Queridos lectores, en esta oportunidad les comparto un sencillo pensamiento y reflexión que ha surgido, precisamente, a lo largo de estos últimos años, en que los sagrarios de todo el mundo, pero especialmente los de aquí en Medio Oriente, han sido testigos de las abundantes y constantes oraciones pidiendo en favor de la paz, así como de uno de los milagros más hermosos -a mi parecer-, que se han dejado ver como la flor entre las cenizas; como esa lejana luz del faro que en medio de la tormenta se roba toda la atención y guía lleno de esperanza; en fin, como una palabra de aliento en la aridez más profunda, pero de esas palabras que cambian el ambiente y saben hacernos sacar fuerzas desde donde antes no las había. “Algo así” han sido para mí las sonrisas de los niños y feligreses de la parroquia de la Sagrada Familia; nuestros hermanos en la fe; quienes al abrigo misterioso de la Divina Providencia, y asistidos por nuestros padres y hermanas entregados a tan especial misión, sin embargo, a pesar de haber vivido entre constantes explosiones, inmersos en la más terrible incertidumbre de no saber hasta cuándo se encontrarían con vida, sufriendo y viendo sufrir, y dejando de ver a quienes partieron antes que ellos hacia la eternidad; y entre noches sin dormir, y habitaciones y camas improvisadas, y entre todo lo demás, tan terrible como sabemos (y miramos a la distancia), asombrosa y ejemplarmente, a pesar de todo -repetimos-, siempre vuelven a sonreír.

Me detengo especialmente en los más pequeños, aquellas almas inocentes que tantas veces en lugar de un parque de juegos no contaron más que con un espacio entre los demás refugiados para jugar… y todavía pueden jugar. Niños que, en la más tierna edad tuvieron que vivir cosas que nosotros quizás jamás veremos, y asumir pérdidas que nosotros recién de adultos hemos sufrido; corazones cuyo entorno gris no ha podido apagar el colorido de sus sonrisas ni los cantos de sus voces, ¡oh!, ¡cómo me enternecen sus cantos a la Virgen! Ojo que no estamos negando sus sufrimientos, que a pesar de ser ellos pequeños éstos son grandes y mucho, o no; ellos sufren más que nosotros, pero saben sufrir mejor que muchos de nosotros -al menos hablo por mí.; pues sufren abrazados a la Cruz y no renegando de ella, ¡niños tan pequeños y de ejemplos tan grandes!; a su corta edad ya han aprendido a ofrecer sus padecimientos con esperanza sobrenatural; a vivir con una fe probada en una tristemente variada gama de adversidades; a practicar la caridad fraterna y santa resignación de una manera admirable.

Dejando de lado los rincones más profundos y exclusivos del alma, en los cuales solamente entra Dios, podemos ir poniendo cada uno de nuestros problemas junto a los de estos hermanos nuestros ejemplares, y veremos cómo van perdiendo fuerza y dimensiones; no que no sean tales necesariamente, pero sí que tenemos ejemplos tangibles de cómo han de padecerse ellos y seguir nosotros adelante en la vida espiritual. Tal vez estas hermosas sonrisas entre los escombros sean para ellos la antesala -sino la entrada-, o al menos la expresión de aquella verdad madura y profunda que los santos supieron comprender y que tan difícil nos resulta a nosotros mientras no emprendamos con grandísima y fiel determinación nuestra purificación, es decir, mientras no pasemos por las noches del alma con que Dios nos quiere purificar para hacernos menos carnales y más espirituales: la alegría de la cruz; la eficacia de la cruz, la bendición que es la cruz, el camino que es la cruz, la fecundidad de la cruz y la santificación que se haya en la cruz; no, claro, por el sufrimiento mismo que ésta lleva consigo, sino por todos estos bienes que ella nos ofrece y nos alcanza si aprendemos a abrazarla como Jesucristo nuestro Señor lo quiere: suavizando el yugo y aligerando su carga en la medida de nuestra santa aceptación y ofrecimiento, amando en ella a nuestro Dios crucificado, y viendo en Él mismo, el primero de todos y el ejemplo sublime, la manera amorosa de llevarla.

Recordemos aquí la conocida reflexión de san Alberto Hurtado acerca del valor de una sonrisa. Escribía el santo: “¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da. Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre. Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla. Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad. Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado, sol para el triste y recuerdo para el turbado.

Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da. Y en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa? Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás”.[1] Dice el santo al principio que “no cuesta nada pero vale mucho”; no cuesta en cuanto a que no hay que pagar por ella monetariamente hablando, pero al mismo tiempo “vale mucho”, a su vez, en la medida que se haya tenido que abrir paso entre las tristezas, las arideces, el arrepentimiento, los escombros o las cenizas… tal vez por esta razón las sonrisas de estos niños y feligreses nos parecen de un valor inmensurable, imposible de llegar a conocer en profundidad, porque eso le corresponde solamente a Dios, el mismo que en sus secretos y profundísimos designios los sostiene en el dolor, los levanta de la frustración, los guía con esperanza sobrenatural en medio de las tinieblas, y les ha concedido la perseverancia en la dureza de las pruebas que implica la guerra.

Aprendamos a seguir el ejemplo que nos dan nuestros hermanos más probados en la fe, especialmente de los pequeños de alma grande, de los que lloran pero serán consolados, de los artífices de paz que no saben de rencores; de los pobres -y no sólo de espíritu- que poseen las llaves del Reino de los Cielos; de los afligidos que serán consolados; en fin, de los feligreses que aun en medio de sus arduos sufrimientos y el entorno catastrófico en que han sabido forjar y mantener un verdadero oasis espiritual en torno al Sagrario, a pesar de todo siempre vuelven a sonreír.

P. Jason Jorquera M., IVE.

[1] San Alberto Hurtado S.J.; extracto del capítulo diez de su libro “Humanismo Social”

Jesús, su vida en la Iglesia y en el alma fiel

De las meditaciones escritas en Nazaret

San Charles de Foucauld

Mi Señor Jesús: Vos estáis «con nosotros hasta la consumación de los siglos», no solamente en la Santa Eucaristía, sino también por medio de vuestra gracia… Vuestra gracia existe y vive en la Iglesia al igual que en toda alma fiel… La Iglesia es vuestra Esposa, el alma fiel lo es asimismo…
¿Cuál «es la acción de vuestra gracia en ella?… Hacerla semejante a Vos… Vuestra gracia obra sin cesar en la Iglesia para hacerla más perfecta: más perfecta por el número creciente de sus santos; los nuevos se añaden incesantemente a los antiguos, y esta corona de santos se completa cada día con nuevos diamantes; más perfecta, por la explicación cada vez mayor de sus dogmas, por la organización más completa de su liturgia, su disciplina; por las nuevas cruces que Vos la cargáis cada día y las victorias que diariamente obtiene contra el príncipe de este mundo; por las persecuciones que soporta a través de los siglos y que la vuelven, por los sufrimientos, cada vez más parecida a su Esposo; más perfecta, por el peso de los méritos de sus miembros, añadiéndose a los de la víspera; ésa es una suma creciente de santidad incesante, una nueva suma de glorificación de Dios, añadiéndose a la antigua, que está viva delante del Señor; más perfecta, por la multitud de Sacrificios, Tabernáculos, Comuniones, donde Jesús está cada día ofrecido por la tierra a Dios, uniendo las nuevas ofrendas a las antiguas; porque la gracia acumulada a la de ayer no puede dejar de hacer subir a esta Esposa de escalón en escalón hasta más cerca de su Esposo; Jesús es el alma de la Iglesia; Él la da todo lo que el alma da al cuerpo: la vida. La vida inmortal, volviéndola inconmovible; la luz, haciéndola infalible en la declaración de la vendad; obra por ella misma, y continúa por su mediación la obra comenzada en su cuerpo mientras Él vivía entre los hombres; la glorificación de Dios para la santificación de los hombres.., Esta obra es el fin de la Iglesia, como ella fue la de Cristo:
Jesús la cumple en ella, a través de los siglos…
Señor mío: Vos habitáis en el alma fiel: «Vendremos a ella y haremos nuestra morada»; Vos convertido como en el alma de esta alma; vuestra gracia la sostiene totalmente, ilumina su inteligencia, dirige su voluntad; no es ella la que obra, sois Vos, que obráis en ella… Vos le dais la vida, la vida de gracia, semilla de la vida de gloria, con una abundancia creciente; Vos le dais la verdad; Vos la establecéis, le dais el gusto, le abrís los ojos, le hacéis ver las cosas bajo la mirada de la fe; Vos la ponéis así en la luz divina, bien alta, por encima de las tinieblas del mundo; continuáis en ella vuestra obra… El fin de cada hombre, como el fin de la Iglesia, como vuestro propio fin, mi Señor Jesús, es la glorificación de Dios, es decir, la manifestación exterior de su gloria y la santificación de los hombres… Vos nos amáis; cuanto más perfectos seamos nosotros, más seréis Vos consolado; debemos desear consolaros lo más posible puesto que Vos ordenáis que os amemos con todas nuestras fuerzas; debemos desear ser lo más perfectos posible… Convertid, pues, nuestros pensamientos, palabras y acciones conformes con los vuestros, conformes a lo que Vos haríais; vivid en nosotros, reinad en nosotros, que no seamos nosotros los que vivimos, sino que seáis Vos. Dios mío, el que viváis en nosotros y que, sirviéndoos de nuestro cuerpo y alma, que os hemos entregado sin reservas, continuéis por medio de ellos vuestra vida y obra en este mundo, la glorificación de Dios y la salvación de los hombres en la medida en que lo habéis decretado Vos mismo en vuestros designios eternos, en Vos, por Vos y para Vos. Amén. Amén. Amén.

Jesús en la santa Eucaristía

De los escritos de san Charles de Foucauld

¡Mi Señor Jesús, Vos estáis en la Santa Eucaristía! ¡Vos estáis ahí, a un metro de mí, en ese Tabernáculo! ¡Vuestro Cuerpo, vuestra Alma, vuestra Humanidad, vuestra Divinidad, vuestro Ser enteramente está ahí, en su doble Naturaleza! ¡Qué cerca, Dios mío, mi Salvador, Jesús mío, mi Hermano, mi Esposo, mi Bienamado!… ¡Vos no estabais más cerca de la Santa Virgen durante los nueve meses que ella os llevó en su seno que lo estáis de mí cuando os depositáis sobre mi lengua en la Comunión! ¡Vos no estabais más cerca de la Santa Virgen y de San José en la gruta de Belén, en la casa de Nazaret, en la huida a Egipto, durante todos los instantes de aquella divina vida de familia, que lo estáis de mí en este momento y tan frecuentemente en este Tabernáculo! ¡Santa Magdalena no estaba más próxima a vuestros pies en Betania que lo estoy yo al pie de este altar! ¡Vos no estabais más cerca de los Apóstoles cuando estabais sentado en medio de ellos que lo estáis de mi alma, Dios mío!… ¡Qué dichoso soy! Estar solo en mi celda y conversar con Vos en el silencio de la noche es agradable, Señor mío, y Vos estáis ahí como Dios, así como por medio de vuestra gracia; sin embargo, quedarme en mi celda cuando podría estar delante del Santo Sacramento, es hacer como si Santa Magdalena, cuando estabais en Betania, os dejase solo…, para ir a pensar en Vos, sola en su habitación… Besar los lugares que habéis santificado en vuestra vida mortal, las piedras de Getsemaní y del Calvarlo, el suelo de la Vía Dolorosa, las olas del mar de Galilea, es dulce y piadoso, Dios mío; pero preferir esto a vuestro Tabernáculo es separarme de Jesús vivo a mi lado, dejarle solo e irme solitario a venerar piedras muertas donde Él no está; es dejar la habitación donde Él está y su divina compañía, para ir a besar el suelo de una habitación donde Él estuvo, pero en donde ahora no está… Dejar el Tabernáculo para ir a venerar las estatuas, es dejar a Jesús vivo cerca de mí e ir a otra habitación para saludar a su retrato…

Cuando se ama, ¿no encontramos perfectamente empleado todo el tiempo pasado al lado del amado? ¿No es éste el tiempo mejor empleado, salvo aquel donde la voluntad, el bien, del ser amado nos llama por otra parte?

«Allí donde está la Santa Hostia está Dios vivo; es tu Salvador, tan real como cuando Él vivía y hablaba en Galilea y en Judea, y como está ahora en el cielo… No pierdas jamás una Comunión por tu culpa: una Comunión es más que la vida, más que todos los bienes del mundo, más que el universo entero; es Dios mismo, soy Yo, Jesús. ¿Puedes preferir cualquier otra cosa? ¿Puedes, si me amas aunque sea poco, perder voluntariamente la gracia que Yo te hago de entrar en ti? ¡Ámame con toda la profundidad y toda la sencillez de tu corazón!…»

BAUTISMO DEL SEÑOR

Queridos hermanos y hermanas, en este día celebramos litúrgicamente la fiesta del Bautismo del Señor. Celebramos la fiesta que cierra el tiempo de Navidad, propuesta por la Iglesia justamente después de la Solemnidad de la Epifanía, fiesta de la manifestación del Señor. San Juan Crisóstomo decía que, en la Epifanía, donde escuchamos este año la manifestación de Cristo a los Reyes Magos, tenemos una manifestación más reservada; y hoy, en la fiesta del Bautismo del Señor, se da como una segunda manifestación, (pero) una manifestación al público.

Pues bien, el evangelista hoy nos dice que sobre el Señor en oración se abrió el cielo. Jesús entra en contacto con su Padre y el cielo se abre sobre Él. El cielo se abre sobre nosotros en el sacramento. Cuanto más vivimos en contacto con Jesús en la realidad de nuestro bautismo, tanto más el cielo se abre sobre nosotros.

Y del cielo —como dice el Evangelio— aquel día salió una voz que dijo a Jesús: “Tú eres mi Hijo amado” (Lc 3,22). En nuestro bautismo, el Padre celestial repitió también estas palabras refiriéndose a cada uno de nosotros. Dijo: “Tú eres mi Hijo”. En el bautismo somos adoptados e incorporados a la familia de Dios, en la comunión con la Santísima Trinidad, en la comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Precisamente por eso el bautismo debe administrarse en nombre de la Santísima Trinidad. Estas palabras no son solo una fórmula; son una realidad. Marcan el momento en que todos nosotros renacemos como Hijos de Dios. De hijos de padres humanos, nos convertimos también en hijos de Dios en el Hijo del Dios vivo.

El Apóstol San Pablo, cuándo escribe a Tito, dice que: Él nos salvó “según su misericordia, por medio del baño de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5). ¡Un baño de regeneración! El bautismo no es sólo una palabra; no es sólo algo espiritual; implica también la materia. Toda la realidad de la tierra queda involucrada. El bautismo no es algo que se refiera solamente al alma. La espiritualidad del hombre afecta al hombre en su totalidad, cuerpo y alma. La acción de Dios en Jesucristo es una acción de eficacia universal. Cristo asume la carne y esto continúa en los sacramentos, en los que la materia es asumida y pasa a formar parte de la acción divina.

Ahora podemos preguntarnos por qué precisamente el agua es el signo de esta totalidad.

El agua es fuente de fecundidad. Sin agua no hay vida. Y así, en todas las grandes religiones, el agua se ve como símbolo de la maternidad, de la fecundidad. Para los Padres de la Iglesia, el agua se convierte en símbolo del seno materno de la Iglesia.

En Tertuliano, un escritor eclesiástico del siglo III, se encuentran estas sorprendentes palabras: “Cristo nunca está sin agua”. Con estas palabras Tertuliano quería decir que Cristo nunca está sin la Iglesia. En el bautismo somos adoptados por el Padre Celestial, pero en esta familia que Él constituye existe también una madre, la Madre Iglesia. El hombre no puede tener a Dios como Padre, decían ya los antiguos escritores cristianos, si no tiene también a la Iglesia como Madre. Así, de nuevo vemos cómo el cristianismo no es solamente una realidad espiritual, individual, una simple decisión subjetiva que yo tomo, sino que es algo real, algo concreto; podríamos decir, algo también material.

La familia de Dios se construye en la realidad concreta de la Iglesia. La adopción como Hijos de Dios, del Dios trino, es a su vez incorporación a la familia de la Iglesia, inserción como hermanos y hermanas en la gran familia de los cristianos. Y solamente podemos decir “Padre nuestro”, dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo, si como hijos de Dios nos insertamos como hermanos y hermanas en la realidad de la Iglesia. Esta oración supone siempre el “nosotros” de la familia de Dios.

Pero ahora debemos recordar las palabras del Evangelio, donde Juan Bautista dijo: “Yo los bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo (…) Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). Hemos visto el agua; pero ahora surge la pregunta: ¿en qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista? Para ver esta realidad del fuego, presente en el bautismo junto con el agua, debemos observar que el bautismo de Juan era un gesto humano, un acto de penitencia; era el esfuerzo humano por dirigirse a Dios para pedirle el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una nueva vida. Era solo un deseo humano, un ir hacia Dios con las propias fuerzas.

Ahora bien, esto no basta. La distancia sería demasiado grande. En Jesucristo vemos que Dios viene a nuestro encuentro. En el bautismo cristiano, instituido por Cristo, no actuamos solamente nosotros con el deseo de ser lavados, con la oración para obtener el perdón. En el bautismo es Dios mismo quien actúa mediante el Espíritu Santo. En el bautismo cristiano está presente el fuego del Espíritu Santo. Dios actúa, no solamente nosotros.

Pero naturalmente, Dios no actúa de modo mágico. Actúa solamente con nuestra libertad. No podemos renunciar a nuestra libertad. Dios interpela nuestra libertad, nos invita a cooperar con el fuego del Espíritu Santo. Estas dos cosas deben ir juntas. El bautismo seguirá siendo durante toda la vida un don de Dios, que ha grabado su sello en nuestra alma. Pero luego requiere nuestra cooperación, la disponibilidad de nuestra libertad para decir el “sí” que confiere eficacia a la acción divina.

A la Virgen Madre de Jesús, nuestro Salvador, presentado en la liturgia de hoy como el Hijo predilecto de Dios, encomendémonos, para que María vele por todos nosotros y nos acompañe siempre, para que se realice plenamente el plan de salvación que Dios tiene para cada uno.

¡Así sea!

P. Harley Carneiro, IVE