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CORAZÓN DE JESÚS, FORMADO POR EL ESPÍRITU SANTO – San Juan Pablo II

2 de julio, 1989

1. El 2 de junio pasado, hace exactamente un mes, celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Quiero reanudar junto con vosotros la meditación sobre las riquezas de este Corazón Divino, continuando la reflexión ya iniciada hace tiempo acerca de las letanías dedicadas a El.

Una de las invocaciones más profundas de tales letanías dice así: “Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre, ten misericordia de nosotros.” Encontramos aquí el eco de un articulo central del Credo, en el que profesamos nuestra fe en “Jesucristo, Hijo único de Dios”, que “bajo del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre.” La santa humanidad de Cristo es, por consiguiente, obra del Espíritu divino y de la Virgen de Nazaret.

2. Es obra del Espíritu. Esto afirma explícitamente el Evangelista Mateo refiriendo las palabras del Ángel a José: “Lo engendrado en Ella (María) es del Espíritu Santo” (Mt1,20); y lo afirma también el Evangelista Lucas, recordando las palabras de Gabriel a María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35).

El Espíritu ha plasmado la santa humanidad de Cristo: su cuerpo y su alma, con toda la inteligencia, la voluntad, la capacidad de amar. En una palabra, ha plasmado su corazón. La vida de Cristo ha sido puesta enteramente bajo el signo del Espíritu. Del Espíritu le viene la sabiduría que llena de estupor a los doctores de la ley y a sus conciudadanos, el amor que acoge y perdona a los pecadores, la misericordia que se inclina hacia la miseria del hombre, la ternura que bendice y abraza a los niños, la comprensión que alivia el dolor de los afligidos. Es el Espíritu quien dirige los pasos de Jesús, lo sostiene en las pruebas, sobre todo lo guía en su camino hacia Jerusalén, donde ofrecerá el sacrificio de la Nueva Alianza, gracias al cual se encenderá el fuego que El trajo a la tierra (Le 12,49).

3. Por otra parte, la humanidad de Cristo es también obra de la Virgen. El Espíritu plasmó el Corazón de Cristo en el seno de María, que colaboró activamente con El como madre y como educadora.

…como Madre, Ella se adhirió consciente y libremente al proyecto salvífico de Dios Padre, siguiendo en un silencio lleno de adoración, el misterio de la vida que en Ella había brotado y se desarrollaba;

…como educadora, Ella plasmó el Corazón de su propio Hijo, introduciéndolo, junto con San José, en las tradiciones del pueblo elegido, inspirándole el amor a la ley del Señor, comunicándole la espiritualidad de los “pobres del Señor.” Ella lo ayudó a desarrollar su inteligencia y seguramente ejerció influjo en la formación de su temperamento. Aun sabiendo que su Niño la trascendía por ser “Hijo del Altísimo” (cf. Lc 1,32), no por ello la Virgen fue menos solicita de su educación humana (cf. Lc. 2,51).

Por tanto podemos afirmar con verdad: en el Corazón de Cristo brilla la obra admirable del Espíritu Santo: en El se hallan también los reflejos del corazón de la Madre. Tanto el corazón de cada cristiano como el Corazón de Cristo: dócil a la acción del Espíritu, dócil a la voz de la Madre.

EL SACRIFÍCIO DE LA MISA – D. Columba Marmion

No os extrañéis que me haya extendido tratando del sacrificio del Calvario; esta inmolación se reproduce en el altar: el sacrificio de la Misa es el mismo que el de la Cruz. No puede haber, en efecto, otro sacrificio, sino el del Calvario; esta oblación es única, dice San Pablo; es suficientísima, pero Nuestro Señor ha querido que se continúe en la tierra para que sus méritos sean aplicados a todas las almas.
¿Cómo ha provisto Jesús a la realización de este su deseo, puesto que ya subió a los cielos? Es verdad que sigue siendo eternamente el Pontífice por excelencia; pero, por el sacramento del Orden, ha escogido a ciertos hombres, a quienes hace participantes de su sacerdocio. Cuando el obispo extiende, en la ordenación, las manos para consagrar a los sacerdotes, la voz de los ángeles repite sobre cada uno: «Tú eres sacerdote para siempre; el carácter sacerdotal que recibes, nunca te será quitado; ese carácter lo recibes de manos de Jesucristo, y su Espíritu es quien toma posesión de ti para convertirte en ministro de Jesucristo». Jesús va a renovar su sacrificio por medio de los hombres.
Veamos lo que se verifica en el altar. ¿Qué es lo que vemos? -Después de algunas oraciones preparatorias y algunas lecturas, el sacerdote ofrece el pan y el vino: es la «ofrenda» u «ofertorio»; esos elementos serán muy pronto transformados en el cuerpo y en la sangre de Nuestro Señor. El sacerdote invita luego a los fieles y a los espíritus celestiales a rodear el altar, que va a convertirse en un nuevo Calvario, a acompañar con alabanzas y homenajes la acción santa. Después de lo cual, entra silenciosamente en comunicación más íntima con Dios, llega el momento de la consagración: extiende las manos sobre las ofrendas como el sumo sacerdote lo hacía en otro tiempo sobre la víctima que iba a inmolar, recuerda todos los gestos y todas las palabras de Jesucristo en la última cena, en el momento de instituir este sacrificio: «En el dia antes de padecer»; después, identificándose con Jesucristo, pronuncia las palabras rituales: «Este es mi cuerpo», «Esta es mi sangre»… Estas palabras verifican el cambio del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Jesucristo. Por su voluntad expresa y su institución formal, Jesucristo se hace presente, real y sustancialmente, con su divinidad y su humanidad, bajo las especies, que permanecen y le ocultan a nuestra vista.
Pero, como sabéis, la eficacia de esta fórmula es más extensa: por estas palabras, se realiza el sacrificio. En virtud de las palabras: «Este es mi cuerpo», Jesucristo, por mediación del sacerdote, pone su carne bajo las especies del pan; por las palabras: «Esta es mi sangre», pone su sangre bajo las especies del vino. Separa de ese modo, místicamente, su carne y su sangre, que, en la Cruz, fueron físicamente separadas; separación que le produjo la muerte. Después de su resurrección, Jesucristo no puede ya morir, «la muerte no hará presa en El ya nunca más» (Rom 6,9); la separación del cuerpo y de la sangre, que se verifica en el altar, es mística. «El mismo Cristo que fue inmolado sobre la Cruz es inmolado en, el altar, aunque de un modo diferente»; y esta inmolación, acompañada de la ofrenda, constituye un verdadero sacrificio. [In hoc divino sacrificio quod in Missa peragitur, idem ille Christus continetur et immolatur, qui in ara crucis seipsum cruentum obtulit. Conc. Trid., Sess. XXII, cap.2].
La comunión consuma el sacrificio; es el último acto importante de la Misa.- El rito de la manducación de la víctima acaba de expresar la idea de sustitución, y sobre todo, de alianza, que se encuentra en todo sacrificio. Uniéndose tan íntimamente a la víctima que le ha sustituido, el hombre se inmola a su vez, si así puede decirse; siendo la hostia una cosa santa y sagrada, al comerla, uno se apropia, en cierto modo, la virtud divina que resulta de su consagración.
En la Misa, la víctima es el mismo Jesucristo, Dios y Hombre; por eso la comunión es por excelencia el acto de unión a la divinidad; es la mejor y más íntima participación en los frutos de alianza y de vida divina que nos ha procurado la inmolación de Cristo.
Así, pues, la Misa no es sólo una simple representación del sacrificio de la Cruz; no tiene únicamente el valor de un simple recuerdo, sino que es un verdadero sacrificio, el mismo del Calvario, el cual reproduce y prolonga, y cuyos frutos aplica.

LAS RIQUEZAS DE LA COMUNIÓN – San Juan Pablo II

Homilía domingo 11 de octubre de 1981

Por desgracia, hoy muchos hombres no parecen tener conciencia de las riquezas espirituales que se derivan de la comunión con el Señor. Muchos son seducidos por una actitud materialista y laicista que no quiere reconocer esta dimensión superior del hombre. Es necesario estar en guardia ante estas perspectivas secularizantes. Por eso es necesaria una conversión continua de la mente y del corazón. Sólo así las riquezas de Dios, ofrecidas a los hombres en Cristo, se revelarán cada vez más plenamente a la mirada de nuestras almas.

Con ocasión de la visita de hoy a vuestra parroquia, deseo a cada uno y a todos que, ante la invitación al banquete de bodas de su Hijo, no os comportéis como hemos escuchado en el Evangelio.

En efecto, los primeros invitados no quisieron ir Mt 22,3; después, otros no hicieron caso Mt 22,5; y otros incluso insultaron o mataron a los criados que llevaban la invitación Mt 22,6. Todos ellos, en realidad, no se lo merecían Mt 22,8, probablemente porque, con inaudita presunción y autosuficiencia, juzgaron el banquete inútil o, al menos, inferior a sus propias exigencias y pretensiones.

Fueron los pobres quienes aceptaron la invitación, aquellos que estaban parados en los cruces de los caminos, buenos y malos Mt 22,9-10; es decir, aquellos que, en su humildad, reconocieron la riqueza inmerecida del don de Dios y lo acogieron con sencillez.

Es preciso que también nosotros seamos conscientes de la invitación a una comunión transformante con el Señor, invitación que se nos hace por la Palabra de Dios y la predicación de la Iglesia, y que sepamos acogerla con todo el corazón, con plena disponibilidad, en la certeza de que el Señor sólo quiere nuestra promoción y nuestra salvación.

Finalmente, como sugiere la alegoría del traje nupcial con la que concluye la parábola, también estamos llamados a presentarnos ante el Señor llevando un traje adecuado. Éste consiste en las buenas obras que deben acompañar nuestra fe, como nos advierte el mismo Jesús: Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos Mt 5,20.

Si esto se realiza, entonces la fiesta será plena e intensa.

CORAZÓN DE JESÚS, HIJO DEL ETERNO PADRE – San Juan Pablo II

2 de junio, 1985

Hoy, primer domingo del mes de junio, la Iglesia encuentra en el Corazón de Cristo el acceso al Dios que es la Santísima Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Este único Dios – Uno y Trino a la vez – es un misterio inefable de la fe. Verdaderamente él “habita en una luz inaccesible” (1 Tm 6,16).

Y, al mismo tiempo, el Dios infinito ha permitido que le abrace el Corazón de un Hombre cuyo nombre es Jesús de Nazaret, Jesucristo. Y a través del Corazón del Hijo, Dios Padre se acerca también a nuestros corazones y viene a ellos. Y así cada uno de nosotros es bautizado “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Cada uno de nosotros está inmerso, desde el principio, en el Dios Uno y Trino, en el Dios vivo, en el Dios vivificante. A este Dios lo confesamos como Espíritu Santo que, procediendo del Padre y del Hijo, “da la vida”.

2. El Corazón de Jesús fue “formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre”. El Dios que “da la vida” y “se entrega al hombre” comenzó la obra de su economía salvífica haciéndose hombre. Justamente en la concepción virginal y en su nacimiento de María, comienza su corazón humano “formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre”.

A este Corazón queremos venerar durante el mes de junio. A este Corazón hoy mismo queremos hacerle singular fiduciario de nuestros pobres corazones humanos, de los corazones probados de diversas maneras, oprimidos de diversos modos. Y también de los corazones confiados en la potencia del mismo Dios y en la potencia salvífica de la Santísima Trinidad.

3. María, Madre Virgen, que conoces mejor que nosotros el Corazón Divino de tu Hijo, únete a nosotros hoy en esta adoración a la Santísima Trinidad e igualmente en la humilde oración por la Iglesia y el mundo. Tu sola eres la guía de nuestra plegaria.

VALOR INFINITO DE LA OBLACIÓN EUCARÍSTICA – D. Columba Marmion

Jesucristo comienza el ejercicio de su sacerdocio desde la Encarnación. «Todo pontífice ha sido, en efecto, instituido para ofrecer dones y sacrificios» (Heb 5,1); por eso convenía, o mejor dicho, era necesario que Cristo, pontífice supremo, tuviera también alguna cosa que ofrecer. ¿Qué es lo que va a ofrecer? ¿Cuál es la materia de su sacrificio? Veamos y consideremos lo que se ofrecía antes de El.
El sacrificio pertenece a la esencia misma de la religión; es tan antiguo como ella.
Desde que hay criaturas, parece justo y equitativo que reconozcan la soberanía divina, en eso consiste uno de los elementos de la virtud de religión, que es, a su vez, una manifestación de la virtud de justicia. Dios es el ser subsistente por sí mismo y contiene en sí toda la razón de ser de su existencia, es el ser necesario, independiente de todo otro ser, mientras que la esencia de la criatura consiste en depender de Dios. Para que la criatura exista, salga de la nada y se conserve en la existencia, para que luego pueda desplegar su actividad, necesita el concurso de Dios. Para conformarse, pues, con la verdad de su naturaleza, la criatura debe confesar y reconocer esta dependencia; y esta confesión y reconocimiento es la adoración. Adorar es reconocer con humildad la soberanía de Dios: «Venid, adoremos al Señor y postrémonos ante El… Porque El nos ha formado y no nosotros a nosotros mismos» (Sal 94,6, y Sal 99,3).
A decir verdad, en presencia de Dios, nuestra humillación debería llegar al anonadamiento, lo cual constituiría el homenaje supremo, aunque ni siquiera este anonadamiento seria bastante para expresar convenientemente nuestra condición de simples criaturas y la trascendencia infinita del Ser divino. Mas como Dios nos ha dado la existencia, no tenemos derecho a destruirnos por la inmolación de nosotros mismos, por el sacrificio de nuestra vida. El hombre se hace sustituir por otras criaturas, principalmente por las que sirven al sostenimiento de su existencia, como el pan, el vino, los frutos, los animales (Secreta del Jueves después del Domingo de Pasión). Por la ofrenda, la inmolación o la destrucción de esas cosas, el hombre reconoce la infinita majestad del Ser supremo, y eso es el sacrificio. Después del pecado, el sacrificio, a sus otros caracteres, une el de ser expiatorio.
Los primeros hombres ofrecían frutos, e inmolaban lo mejor que tenían en sus rebaños, para testimonar así que Dios era dueño soberano de todas las cosas.
Más tarde, Dios mismo determinó las formas del sacrificio en la ley mosaica. Existían, en primer lugar, los holocaustos, sacrificios de adoración; la víctima era enteramente consumida; había los sacrificios pacíficos, de acción de gracias o de petición: una parte de la víctima era quemada, otra reservada a los sacerdotes, y la tercera se daba a aquellos por quienes se ofrecía el sacrificio. Se ofrecían finalmente -y éstos eran los más importantes de todos- sacrificios expiatorios por el pecado.
Todos estos sacrificios, dice San Pablo, no eran más que figuras (1Cor 10,11); «imperfectos y pobres rudimentos» (Gál 4,9); no agradaban a Dios sino en cuanto representaban el sacrificio futuro, el único que pudo ser digno de El: el sacrificio del Hombre-Dios sobre la Cruz. [Deus… legalium differentiam hostiarum unius sacrificii perfectione sanxisti. Secreta del 7º Domingo después de Pentecostés].
De todos los símbolos, el más expresivo era el sacrificio de expiación, ofrecido una vez al año por el gran sacerdote en nombre de todo el pueblo de Israel, y en el cual la víctima sustituía al pueblo (Lev 15,9 y 16). ¿Qué vemos, en efecto? -Una víctima presentada a Dios por el sumo sacerdote. Este, revestido de los ornamentos sacerdotales, impone primero las manos sobre la víctima, mientras la muchedumbre del pueblo permanece postrada en actitud de adoración. ¿Qué significaba este rito simbólico? -Que la víctima sustituía a los fieles; representábalos delante de Dios, cargada, por decirlo así, con todos los pecados del pueblo. [Dios mismo, en el Levítico, había declarado que era El el autor de esta sustitución. Lev 17, 11]. Luego la víctima es inmolada por el sumo sacerdote, y este golpe, esta inmolación hiere moralmente a la multitud, que reconoce y deplora sus crimenes delante de Dios, dueño soberano de la vida y de la muerte. Después, la víctima puesta sobre la pira, es quemada y sube ante el trono de Dios, in odorem suavitatis símbolo de la ofrenda que el pueblo debía hacer de sí mismo a Aquel que es, no sólo su primer principio, sino también su último fin. El sumo sacerdote, habiendo rociado los ángulos del altar con la sangre de la víctima, penetra en el santo de los santos para derramarla también delante del arca de la Alianza, y a continuación de este sacrificio, Dios renovaba el pacto de amistad que había concertado con su pueblo.
Todo esto, ya os lo he dicho, no era más que alegoría. ¿En qué consiste la realidad? -En la inmolación sangrienta de Cristo en el Calvario, Jesús, dice San Pablo, se ha ofrecido El mismo a Dios por nosotros como una oblación y un sacrificio de agradable olor (Ef 5,2). Cristo ha sido propuesto por Dios a los hombres como la víctima propiciatoria en virtud de su sangre, por medio de la fe (Rom 3,25).
Pero notad bien que Cristo Jesús consumó su sacrificio en la cruz. Lo inauguró desde su Encarnación, aceptando el ofrecerse a sí mismo por todos los hombres.- Ya sabéis que el más mínimo padecimiento de Cristo, considerado en sí mismo, hubiera bastado para salvar al género humano; siendo Dios, sus acciones tenían, a causa de la dignidad de la persona divina, un valor infinito. Pero el Padre Eterno ha querido, en su sabiduría incomprensible, que Cristo nos rescatase con una muerte sangrienta en la Cruz. Ahora bien, nos dice expresamente San Pablo que este decreto de la adorable voluntad de su Padre, Cristo lo aceptó desde su entrada en el mundo. Jesucristo, en el momento de la Encarnación, vio con una sola mirada todo cuanto había de padecer por la salvación del género humano, desde el pesebre hasta la cruz, y entonces se consagró a cumplir enteramente el decreto eterno, e hizo la ofrenda voluntaria de su propio cuerpo para ser inmolado. Oigamos a San Pablo: «Cristo, entrando en el mundo, dice a su Padre: No quisiste ni víctimas ni ofrendas, pero me adaptaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni sacrificios por el pecado. Entonces dije: Heme aquí… Vengo, oh Dios mío, a hacer tu voluntad» (Heb 10,5 y 8-9). Y habiendo comenzado así la obra de su sacerdocio por la perfecta aceptación de la voluntad de su Padre y la oblación de sí mismo, Jesucristo consumó el sacrificio sobre la Cruz con una muerte sangrienta. Inauguró su Pasión renovando la oblación total que había hecho de sí mismo en el momento de la Encarnación. «Padre, dijo al ver el cáliz de dolores que se le presentaba, no lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres»; y su última palabra antes de expirar será: «Todo está cumplido» (Jn 19,30).
Considerad por algunos instantes este sacrificio y veréis que Jesucristo realizó el acto más sublime y rindió a Dios su Padre el homenaje más perfecto.- El pontífice es El, Dios-Hombre, Hijo muy amado. Es verdad que ofreció el sacrificio de su naturaleza humana, puesto que sólo el hombre puede morir; es verdad también que esta oblación fue limitada en su duración histórica; pero el pontífice que la ofrece es una persona divina, y esta dignidad confiere a la inmolación un valor infinito.- La víctima es santa, pura, inmaculada, pues es el mismo Jesucristo; El, cordero sin mancha, que con su propia sangre, derramada hasta la última gota como en los holocaustos, borra los pecados del mundo. Jesucristo ha sido inmolado en vez de nosotros; nos ha sustituido; cargado de todas nuestras iniquidades, se hizo víctima por nuestros pecados.·«Dios cargó sobre El las iniquidades de todos nosotros» (Is 53,6).- Jesucristo, en fin, ha aceptado y ofrecido este sacrificio con una libertad llena de amor: «No se le ha quitado la vida sino porque El ha querido» (Jn 5,18); y El lo ha querido únicamente «porque ama a su Padre». «Obro así para que conozca el mundo que amo al Padre» (Jn 14,31).
De esta inmolación de un Dios, inmolación voluntaria y amorosa, ha resultado la salvación del género humano: la muerte de Jesús nos rescata, nos reconcilia con Dios, restablece la alianza de donde se derivan para nosotros todos los bienes, nos abre las puertas del cielo, nos hace herederos de la vida eterna. Este sacrificio basta ya para todo; por eso, cuando Jesucristo muere, el velo del templo de Israel se rasga por medio, para mostrar que los sacrificios antiguos quedaban abolidos para siempre, y reemplazados por el único sacrificio digno de Dios. En adelante, no habrá salvación, no habrá santidad, sino participando del sacrificio de la Cruz, cuyos frutos son inagotables: «Por esta oblación única, dice San Pablo, Cristo ha procurado para siempre la perfección a los que han de ser santificados» (Heb 10,14).

¿ACASO LA VIRGEN MARÍA NO HIZO LA VOLUNTAD DEL PADRE?

Sermón sobre el Evangelio de Mateo, 25, 7-8 : PL 46, 937

Atiende a lo que dice Cristo, el Señor, extendiendo la mano hacia sus discípulos: «He aquí mi madre y mis hermanos». Y luego: «El que hace la voluntad de mi Padre, que me envió, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 49-50). ¿Acaso la Virgen María no hizo la voluntad del Padre, ella que creyó por la fe, que concibió por la fe? Santa María hizo, sí, la voluntad del Padre, y por consiguiente María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz al Maestro, lo llevó en su seno.

Ved si lo que digo no es verdad. Cuando el Señor pasaba, seguido por la muchedumbre y haciendo milagros, una mujer se puso a decir: «¡Feliz y bienaventurado, el pecho qué te llevó!» ¿Y qué le replicó el Señor, para evitar que se coloque la felicidad en la carne? «¡ Feliz más bien aquellos qué escuchan la palabra de Dios y la cumplen!». Pues, María es bienaventurada también porque oyó la palabra de Dios y la cumplió: su alma guardó la verdad más, que su pecho guardó la carne. La Verdad, es Cristo; la carne, es Cristo. La verdad, es Cristo en el corazón de María; la carne, es Cristo en el seno de María. Lo que está en el alma es más que lo que está en el seno. ¡Santa María, bienaventurada María!

Pero vosotros, queridísimos, mirad:vosotros sois miembros Cristo, y sois el cuerpo del Cristo (1Co 12, 27). «El que escucha y hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre». Porque sólo hay una herencia. Y es por eso que Cristo, aunque era el Hijo único, no quiso ser único; en su misericordia, quiso que fuéramos herederos del Padre, que fuéramos herederos con Él (Rm 8, 17).

Compartiendo un consejo

Transformemos nuestros tropiezos en tesoros

Uno de los tantos hermosos aspectos de la vida del sacerdote es el de dar consejo. No por nada estudiamos -en nuestro caso- al menos 8 años para poder llegar a la ordenación sacerdotal, pasando además por los correspondientes cursos y exámenes que nos ayudan a prepararnos tanto para administrar el sacramento de la confesión cuanto para la posible dirección espiritual. Y aún así hay que seguir estudiando siempre que sea posible, pues el sacerdote tiene la paternal obligación de transmitir lo que Dios le ha ido enseñando a través de sus estudios, de su experiencia, y, por supuesto, de sus ratos de oración y reflexión delante de Jesús sacramentado, pues las almas han de ser atendidas lo mejor posible. Que el Señor nos alcance esta gracia poniendo nosotros de nuestra parte.

La gran variedad de almas y sus obvias diferencias (temperamento, edad, circunstancias, vocación; estado actual de consolación o desolación, formación, vida de oración, y todo aquello que actualmente anide en ellas), hace que la gama de consejos se abra en un abanico sumamente colorido de posibilidades según las correspondientes necesidades, y de allí hay que descender con la máxima caridad posible hasta los consejos particulares. Pero también existen muchos consejos más bien generales, prácticos, más o menos fáciles -al menos de entender-, y que normalmente ayudan si los sabemos poner en práctica. Y en esta oportunidad quisiera compartir uno que personalmente me ha ayudado, así como a no pocas personas a las cuales en algún momento se los pude aconsejar: “Transformemos nuestros tropiezos en tesoros”. Me explico:

A menudo, cuando nos examinamos, nos podemos encontrar con ciertas faltas más o menos constantes, derivadas de circunstancias también constantes en nuestra vida que suelen encontrarse con nuestra debilidad y falta de ciertas virtudes que todavía no hemos conquistado o terminado mejor de conquistar (si es que realmente estamos trabajando en ello, se entiende). Pongo algunos ejemplos muy simples: esa persona en mi trabajo que normalmente me hace perder la paciencia, sea por su irresponsabilidad, por su impuntualidad, etc.; ese compañero que prefiero evitar porque su temperamento fuerte choca con el mío; esas faltas de caridad con los que no tenemos casi nada en común pero con los cuales debo verme a menudo; o más general aún, considerando las faltas más comunes que tenemos (las cuales solemos descubrir examinando nuestras confesiones: de qué normalmente pido perdón). Sea lo que sea, podemos poner delante de nosotros algunos de nuestros “tropiezos habituales”, y pedir a Dios la gracia de que sean transformados en “tesoros que podamos ofrecer a nuestro Señor”: así, por ejemplo, supongamos que suelo perder la paciencia con tal o cual persona, de mi trabajo, de mi comunidad, de donde sea que implique para mí una situación habitual, normalmente irrenunciable; y así, al momento de comenzar mi día, hacer una oración en la cual, en lugar de quejarme de esa persona y de que probablemente hoy “tenga nuevamente la oportunidad de perder con ella la paciencia”, y tal vez contestarle mal o simplemente amargarme murmurando interiormente, en cambio, que yo mismo le pida al Señor no que me aparte de la ocasión de encontrarme a esa persona, sino “que me regale la oportunidad de hacer un acto de paciencia con ella”, ¿se entiende?, es decir, que aquella ocasión que anteriormente ha sido motivo de alguna falta de virtud o tropiezo, y que normalmente deseo rehuir, ahora se convierta, por mi oración sincera delante de Dios para poder ofrecerle algo, en una oportunidad no ya que quiera rechazar, sino que honestamente, virtuosamente, esté esperando con atención y la mejor de las disposiciones. Esto es algo muy sencillo de entender, el tema es poner en ello toda nuestra buena voluntad según aquel “tropiezo” que antes precedió a la culpa; pero que esta vez se cambie en un acto de virtud que deseo de todo corazón poder realizar para ofrecer a Dios: “Señor, ante tal circunstancia suelo perder la paciencia: te pido la gracia de que hoy me concedas regalarte un acto de paciencia”; “Señor, suelo faltar a la caridad en tal situación: te pido que me concedas la gracia de regalarte hoy un acto de caridad”, etc.; con lo que queramos: nosotros elegimos y luego Dios lo aceptará con agrado.
Esta es una manera muy concreta de irnos venciendo poco a poco en nuestros defectos, nuestras faltas de virtud, “nuestros tropiezos habituales”. Y como correspondiente colofón: una vez hecho el acto de virtud que estuvimos esperando desde la mañana para poder ofrecerle a Dios, “guardarlo como un tesoro”, es decir, llevarlo a una oración de ofrecimiento y agradecimiento, delante del Señor de ser posible; pero sea como sea, con el gozo sobrenatural de haber podido hacer tal acto de virtud. Y si esto nos resulta con la ayuda de la gracia y nuestro deseo sincero de avanzar en la vida espiritual, lo podemos ir haciendo habitualmente e ir pasando por las virtudes que deseemos trabajar y conquistar.

No olvidemos, finalmente, que delante de lo que decidamos transformar en un tesoro para ofrecer, debemos poner a nuestro Señor Jesucristo en su trato con los pecadores, con nosotros, los que tropezamos; pero de quienes espera también que practiquemos las virtudes que Él practica amorosamente con nosotros: paciencia, compasión, generosidad, humildad, caridad, etc.

P. Jason.

CARICIAS DE UNA SANTA RITA

En la famosa obra de Dostoievski, “El Idiota”, hay una frase que se hizo muy conocida y que quiero traer aquí para dar pie a lo que vendrán a ser estas pocas líneas: “La belleza salvará el mundo.”; hecho comprobado, y es que a veces algo sencillo pero cargado de significado, nos detiene y nos asombra. Su belleza nos invita a alzar la mirada y a pensar en Aquel de quien procede toda hermosura. Como cantaba San Juan de la Cruz: “Mil gracias derramando… pasó por estos sotos con presura… y yéndolos mirando… vestidos los dejó de su hermosura…” Podríamos decir que encontrar cosas bellas es encontrarse con estos destellos de la Belleza suprema que siempre quiere decirnos algo.

Dejando de lado los preámbulos, ¿a qué vengo? En el interior de las ruinas de la Basílica Cruzada dedicada a resguardar la Roca de la casa de Santa Ana —donde vivimos y que custodiamos—, tenemos a la derecha del ábside central, una imagen imponente que representa a Santa Ana, la dueña de la casa, con la Virgen Niñita a su lado. Tierna imagen. Ya habrán podido contemplarla en algunas de las fotos que por ahí hemos publicado. El entorno de la imagen está adornado con distintas flores y plantas que realzan la belleza de la imagen hecha toda en mármol, regalo de una parroquia de Estados Unidos —dedicada justamente a la Madre de la Virgen María—. Justo detrás de la imagen, hay dos plantas que, de acuerdo con las informaciones de los que entienden de estas cosas, se llaman Santa Ritas, que aquí en la región son bastante comunes, y se destacan por sus vivos colores y casi nada de cuidados especiales para que florezcan y embellezcan cualquier lugar donde se las plante.

Pues bien. Una de estas ramas de la Santa Rita, justamente hoy estaba dispuesta de modo que las flores rosadas acariciaban el pequeño rostro blanco de la Virgen Niña. Tierna imagen, que al mirarla no pude menos que detenerme a contemplarla un rato y de ahí me vino la idea de estas líneas.

Pensaba en cómo nosotros podemos ofrecerle a la Virgen a lo largo de todo el día, innumerables obras, gestos, que, con todo amor y devoción filial hacia nuestra Madre del Cielo, podemos creer que los recibe gozosa desde su Trono en el Reino Celestial como la más exultante madre que recibe estos regalos sencillos de sus hijos pero que van cargados del cariño, del afecto, del amor que ellos le tienen.

Innecesario me parece aquí el recordar que es justamente el hecho de querer hacer cada gesto con amor lo que lo convierte en una “caricia a la Virgen”.

Siempre me ha llamado mucho la atención la ternura con que San Alfonso María de Ligorio —por poner un ejemplo— cuenta en su libro Las Glorias de María muchos y muy diversos testimonios de personas que han dedicado en sus vidas, algunos —o muchos— momentos para ofrecerle a la Virgen algún gesto de su filial afecto, de su amor confiado hacia tan buena Madre que Nuestro Redentor nos dio como último tesoro que nos podía dar en su vida de paso por esta Tierra. Indudablemente, la Virgen jamás dejará caer en el olvido cosas así hechas hacia ella. Como enseña San Luis María Grignion de Montfort, siempre ella nos llevará hacia Su Hijo, adornados con las más señaladas gracias y méritos que nosotros jamás podríamos alcanzar por nuestras solas fuerzas.

Es por esto que me llamó tanto la atención esta tan bella imagen de las caricias que recibía la Virgen Niña que les acabo de describir, porque de modo análogo, nosotros podemos —con cada gesto de devoción y piedad filial que le ofrecemos amorosamente— acariciar a la Virgen, ofrecerle estas caricias de hijos tan deseosos de agradar a tan buena Madre, deseosos de consolarla, de devolverle del modo más sencillo que nos sea posible, las incontables gracias que de ella misma recibimos a diario.

Lewis escribió que: “Las pequeñas decisiones que tú y yo tomamos cada día tienen una importancia infinita”[1]. Aplicando esta idea al tema de estas líneas, tiene importancia infinita cada decisión, cada gesto, por pequeño que sea, que tomamos, que ofrecemos a la Virgen, porque ella no los dejará pasar y caer en el olvido. Los recordará en el día del juicio, así lo creemos piadosamente. Por eso es que cada cosa, por pequeña e insignificante que sea, que hagamos por ella —sea una flor que le ponemos a sus pies, sea un beso que le demos a una de sus imágenes, una reverencia, una mirada confiada, una súplica abrasada, una vela encendida, lo que sea—, tiene importancia infinita, porque justamente encierra en sí una belleza análoga a la de esta Santa Rita que acaricia el delicado rostro de la pequeña Virgen de nuestro monasterio.

Y así terminamos como empezamos: ¿no será la belleza la que salvará el mundo?

P. Harley Carneiro, IVE

[1] C.S. LEWIS, Mero Cristianismo, Libro III, cap. 9: “La caridad” [Traducción propia]

 

CORAZÓN DE JESÚS, FORMADO EN EL SENO DE LA VIRGEN – San Juan Pablo II

27 de junio, 1982

1. Así rezamos en las letanías al Sacratísimo Corazón.  Esta invocación se refiere directamente al misterio que meditamos, al rezar el Angelus Domini: por obra del Espíritu Santo fue formada en el seno de la Virgen de Nazaret la Humanidad de Cristo, Hijo del Eterno Padre.

¡Por obra del Espíritu Santo fue formado en esta Humanidad el Corazón! El Corazón, que es el órgano central del organismo humano de Cristo y, a la vez, el verdadero símbolo de su vida interior: del pensamiento, de la voluntad, de los sentimientos. Mediante este Corazón la Humanidad de Cristo es, de modo particular, “el templo de Dios” y, al mismo tiempo, mediante este Corazón, está incesantemente abierta al hombre y a todo lo que es “humano”. “Corazón de Jesús de cuya plenitud todos hemos recibido”.

2. El mes de junio está dedicado, de modo especial, a la veneración del Corazón divino. No sólo un día, la fiesta litúrgica que, de ordinario, cae en junio, sino todos los días. Con esto se vincula la devota práctica de rezar o cantar cotidianamente las letanías al Sacratísimo Corazón de Jesús.

Las letanías del Corazón de Jesús se inspiran abundantemente en las fuentes bíblicas y, al mismo tiempo, reflejan las experiencias más profundas de los corazones humanos. Son, a la vez, oración de veneración y de diálogo auténtico. Hablamos en ellas del corazón y, al mismo tiempo, dejamos a los corazones hablar con este único Corazón, que es “fuente de vida y de santidad” y “deseo de los collados eternos”. Del Corazón que es “paciente y lleno de misericordia” y “generoso para todos los que le invocan”.

Esta oración, rezada y meditada, se convierte en una verdadera escuela del hombre interior: la escuela del cristiano.

La solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús nos recuerda, sobre todo, los momentos en que este Corazón fue “traspasado por la lanza” y, mediante esto, abierto de manera “Visible” al hombre y al mundo.

Al rezar las letanías – y en general al venerar al Corazón Divino -conocemos el misterio de la redención en toda su divina y, a la vez, humana profundidad. Simultáneamente, nos hacemos sensibles a la necesidad de reparación. Cristo nos abre su Corazón para que nos unamos con El en su reparación por la salvación del mundo. Hablar del Corazón Traspasado es decir toda la verdad de su Evangelio y de la Pascua.

Tratemos de captar cada vez mejor este lenguaje. Aprendámoslo.

LA EUCARISTÍA COMO SACRIFÍCIO – D. Columba Marmion

El Concilio de Trento, como sabéis, definió que la Misa es «un verdadero sacrificio», que recuerda y renueva la inmolación de Cristo en el Calvario. La Misa es ofrecida como «un verdadero sacrificio» (Sess 22, can.1). En «ese divino sacrificio», que se realiza en la Misa, se inmola de una manera incruenta el mismo Cristo que sobre el altar de la Cruz se ofreció de un modo cruento. No hay, por consiguiente, más que una sola víctima; el mismo Cristo que se ofreció sobre la Cruz es ofrecido ahora por ministerio de los sacerdotes; la diferencia, pues, consiste únicamente en el modo de ofrecerse e inmolarse (ib. cap.2).
El sacrificio del altar, según acabáis de ver por el Concilio de Trento, renueva esencialmente el del Gólgota, y no hay más diferencia que la del modo de oblación. Pues si queremos comprender la grandeza del sacrificio que se ofrece en el altar, debemos considerar un instante de dónde proviene el valor de la inmolación de la Cruz. El valor de un sacrificio depende de la dignidad del pontífice y de la calidad de la víctima por eso vamos a decir unas palabras del sacerdocio y del sacrificio de Cristo.
Todo sacrificio verdadero supone un sacerdocio, es decir, la institución de un ministro encargado de ofrecerlo en nombre de todos.- En la ley judía, el sacerdote era elegido por Dios de la tribu de Aarón y consagrado al servicio del Templo por una unción especial. Pero en Cristo el sacerdocio es trascendental; la unción que le consagra pontífice máximo es única: consiste en la gracia de unión que, en el momento de la Encarnación, une a la persona del Verbo la humanidad que ha escogido. El Verbo encarnado es «Cristo», que significa «ungido» no con una unción externa, como la que servía para consagrar a los reyes, profetas y sacerdotes del Antiguo Testamento, sino ungido por la divinidad, que se extiende sobre la humanidad, según dice el Salmista, «como aceite delicioso»; «Has amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso te ungió el Señor, tu Dios, anteponiéndote a tus compañeros, con aceite de alegría» (Sal 44,8).
Jesucristo es «ungido», consagrado y constituido sacerdote y pontífice, es decir, mediador entre Dios y los hombres, por la gracia que le hace Hombre-Dios, Hijo de Dios, y en el momento mismo de esa unión. Y de esta suerte quien le constituye pontifice máximo es su Padre. Escuchemos lo que dice San Pablo: «Cristo no se glorificó a sí mismo para llegar a ser pontifice, sino que Aquel que le dijo (en el día de la Encarnación): «Tú eres mi Hijo; Te he engendrado hoy», le llamó para constituirle sacerdote del Altísimo» (Heb 5,5; +6, y 7,1).
De ahí, pues, que, por ser el Hijo único de Dios, Cristo podrá ofrecer el único sacrificio digno de Dios. Y nosotros oímos al Padre Eterno ratificar por un juramento esta condición y dignidad de pontífice: «El Señor lo juró, y no se arrepentirá de ello: Tú eres sacerdote por siempre, según el orden de Melquisedec» (Sal 109,4). ¿Por qué es Cristo sacerdote eterno? -Porque la unión de la divinidad y de la humanidad en la Encarnación, unión que le consagra pontífice, es indisoluble: «Cristo, dice San Pablo, posee un sacerdocio eterno porque El permanece siempre» (Heb 7,3).
Y ese sacerdocio es según «el orden», es decir, la semejanza «del de Melquisedec». San Pablo recuerda ese personaje misterioso del Antiguo Testamento, que representa, por su nombre y por su ofrenda de pan y vino, el sacerdocio y el sacrificio de Cristo. Melquisedec significa «Rey de justicia», y la Sagrada Escritura nos dice que era «Rey de Salem» (Gén 14,18; Heb 7,1), que quiere decir «Rey de paz». Jesucristo es Rey; El afirmó, en el momento de su Pasión, ante Pilato, su realeza: «Tú lo has dicho» (Jn 18,37). Es rey de justicia porque cumplirá toda justicia. Es rey de paz (Is 9,6) y vino para restablecerla en el mundo entre Dios y los hombres, y precisamente en su sacrificio fue donde la justicia, al fin satisfecha, y la paz, ya recobrada, pactaron, con un beso, su alianza (Sal 84,11).
Lo veis bien: Jesús, Hijo de Dios desde el momento de su Encarnación, es por esta razón el pontífice máximo y eterno y el mediador soberano entre los hombres y su Padre; Cristo es el pontífice por excelencia. Así, pues, su sacrificio posee, como su sacerdocio, un carácter de perfección única y de valor infinito.