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Amar y orar

Hermosa obligación del Hombre

San Juan María Vianney

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti», Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

EL CIELO Y LA VIDA ETERNA

Jn 17, 3 – Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo.

Queridos todos, en este VIIº Domingo del tiempo de Pascua, estamos rodeados de una “atmósfera celeste” en la liturgia -es cierto que la liturgia siempre es algo celeste que realizamos en la tierra, pero ahora parece ser aún más notable este aire que se siente-: hace pocas semanas hemos celebrado el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte, resucitando al tercer día, según las Escrituras; hace apenas algunos días (el pasado jueves), hemos festejado devotamente la solemnidad de la Ascensión del Señor, cuando subió a los Cielos y donde está sentado a la derecha del Padre; y ahora nos preparamos para, dentro de una semana, celebrar la venida del Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria

Santo Tomás de Aquino tiene un sermón en que comenta el Credo, artículo por artículo. Cuando el Aquinate comenta el artículo sexto: Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso, dice que “Después de afirmar la Resurrección de Cristo, conviene creer en su Ascensión, pues Él subió al cielo después de cuarenta días de resucitado. He ahí por qué se dice en el Credo: ‘Subió a los cielos’.”

El Doctor Angélico explica tres características principales de este acontecimiento, de las que voy a abordar apenas un aspecto de la última.

Dice él que la Ascensión fue sublime, racional y útil.

Al hablar de la utilidad de la Ascensión, (el santo) explica que Cristo ascendió a los cielos para conducirnos hasta allá; una vez que desconocíamos el camino, fue útil para nosotros que Él nos lo mostrase. También dice que Jesús subió a los cielos para interceder por nosotros, y para corroborarlo, cita la carta a los Hebreos que dice: “Subió por sí mismo al Dios siempre vivo para interceder por nosotros” (Heb 7,25). En último lugar, dice que Cristo subió a los cielos para atraer a sí nuestros corazones, pues como el mismo Señor había dicho en el Evangelio de Mateo (6,21): “Dónde está tu corazón está tu tesoro.” No es mi intención detenerme en estos aspectos, porque ya hemos celebrado la Ascensión, lo que quiero remarcar aquí en este sermón de hoy, es la realidad de dónde está Cristo, de dónde está esperándonos: en el Cielo, a la derecha del Padre.

¿Qué es el Cielo? Algunos me responderán que es la Vida Eterna. Y si les pregunto ¿qué es la vida eterna? Me podrían contestar con las palabras de Jesús en el Evangelio que apenas hemos escuchado: “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.” (Jn 17,3) El gran poeta italiano, Dante Alighieri, en el Libro del Paraíso, en la Divina Comedia, Cántico XXXIII (vv. 124-126) expresa casi como si estuviera ya contemplando lo que Jesús nos dijo en el Evangelio hoy, pero en un tono bien poético, dice:

O luce etterna che sola in te sidi,

sola t’intendi, e da te intelletta

e intendente te ami e arridi!

(“Oh luz eterna que sólo en ti reposas, / sólo tú te comprendes, y por ti comprendida, / y comprendiéndote, te amas y sonríes.”)

Algunos grandes autores han descrito también, de modo poético algún aspecto -en la medida de lo posible- del cielo. Fray Luís de León, por ejemplo, en su Oda Noche Serena canta:

Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura…

La gran Doctora de Ávila, Santa Teresa, quizás siguiendo el Evangelio dónde Nuestro Señor dice: “El Reino de los Cielos está en vosotros”, describe con la analogía del Castillo Interior la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en el interior del alma: “Considerar nuestra alma como un castillo hecho de un diamante o muy claro cristal” dónde dentro habita una luz indescriptible, que es el mismo Dios.

O también San Juan de la Cruz, el Doctor Místico de Fontiveros, siguiendo la línea de Santa Teresa, canta en su Llama de amor viva (estrofa 1):

¡Oh llama de amor viva,

Que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Y en otro lugar en la misma canción (estrofa 4):

¡Cuán manso y amoroso

Recuerdas en mi seno,

Donde secretamente solo moras!

De todos modos, me parece útil preguntarnos qué es lo que la Iglesia, con su sabiduría de casi dos milenios, ha entendido siempre por el Cielo. Veamos qué dice el Catecismo de la Iglesia:

CIC 1024: “Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama ‘el cielo’. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.”

Es cierto que, como dice San Pablo a los Corintios en su primera carta: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1Cor 2,9), sin embargo es posible, con base en lo que hemos dicho hasta aquí, establecer algunas características esenciales del cielo, especialmente siguiendo lo que el Catecismo nos enseña.

Vida Perfecta: Por la gracia de Dios, somos “partícipes de la naturaleza divina” (Cf. 2Pe 1,4) enseña San Pedro. La vida que vive la Santísima Trinidad es una vida perfecta y que nosotros, por la gracia, somos llamados a participar: aquí en esta vida, de un modo imperfecto, en el cielo, perfectamente.

Comunión de vida y de amor: El conocimiento que tiene Dios de sí mismo genera vida y amor. Dios es vida y amor en sumo grado: “Dios es amor” dice San Juan (Cfr. 1Jn 4,8; 16). El mismo Jesús dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Cf. Jn 8, 32). Estando en el cielo, estaremos metidos en esta harmonía eterna que irradia de la Divinidad.

Fin último: Todo el que obra, obra por un fin, es un principio filosófico. Dios, al crearnos, ha puesto en nosotros una finalidad. San Ignacio de Loyola nos lo enseña muy bien en el libro de los EE: “El hombre es creado para amar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma.” (EE, 23) El fin último nuestro es salvar nuestra alma, es decir, alcanzar el cielo por toda la eternidad, por medio del amor, de la alabanza y del servicio de Dios nuestro Señor.

Dicha definitiva y suprema: Otro principio filosófico es que, una vez alcanzado el fin, la creatura reposa en él: “La voluntad descansa en el bien poseído”, de un modo estupendo San Agustín lo ha formulado así: “Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Fecisti nos ad Te et inquietum es cor Nostrum donec requiescat in Te, Confesiones, I, c.1) Esto justamente es lo que nos da el gozo supremo: la posesión del bien supremo, es decir, Dios mismo. Allá en el cielo lo tendremos, lo contemplaremos cara a cara.

Para terminar, podemos citar algunos textos de la Sagrada Escritura dónde justamente nos habla de esta vida eterna en el cielo:

Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.” (Jn 17,3)

Y este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al hijo de Dios no tiene la vida…” (1Jn 5, 11-12)

Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: ‘Conoce al Señor’, porque todos me conocerán, del menor al mayor, pues perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados…” (Heb 8,11-12)

…y comprenderemos. Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra.” (Os 6,3)

Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo…” (2Cor 4,6)

Pidámosle pues, a la Santísima Virgen María, que nos alcance la gracia de amar con todo nuestro corazón esta verdad del cielo. Que en unos instantes, cuando profesemos nuestra fe y digamos creer en la Vida Eterna, que realmente lo hagamos con todo el corazón, y que la Virgen nos conceda también la gracia de crecer siempre más en el conocimiento del Señor, pues como dice el Espíritu Santo en el libro de la Sabiduría: “Conocerte a ti es justicia perfecta y reconocer tu poder es la raíz de la inmortalidad…” (Sab 15,3)

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE

En el misterio del pan y del vino, inmolado, nos alimenta…

San Gaudencio de Brescia
Uno solo murió por todos; y este mismo es quien ahora por todas las iglesias, en el misterio del pan y del vino, inmolado, nos alimenta; creído, nos vivifica; consagrado, santifica a los que lo consagran.
Esta es la carne del Cordero, esta la sangre. El pan mismo que descendió del cielo dice: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. También su sangre está bien significada bajo la especie del vino, porque, al declarar él en el Evangelio: “Yo soy la verdadera vid”, nos da a entender a las claras que el vino que se ofrece en el sacramento de la pasión es su sangre; por eso, ya el patriarca Jacob había profetizado de Cristo, diciendo: “Lava su ropa en vino y su túnica en sangre de uvas”. Porque habrá de purificar en su propia sangre nuestro cuerpo, que es como la vestidura que ha tomado sobre sí.
El mismo Creador y Señor de la naturaleza, que hace que la tierra produzca pan, hace también del pan su propio cuerpo (porque así lo prometió y tiene poder para hacerlo), y el que convirtió el agua en vino hace del vino su sangre.
“Es la Pascua del Señor, dice la Escritura”, es decir, su paso, para que no se te ocurra pensar que continúe siendo terreno aquello por lo que pasó el Señor cuando hizo de ello su cuerpo y su sangre.
Lo que recibes es el cuerpo de aquel pan celestial y la sangre de aquella sagrada vid. Porque, al entregar a sus discípulos el pan y el vino consagrados, les dijo: “Esto es mi cuerpo; esto es mi sangre”. Creamos, pues, os pido, en quien pusimos nuestra fe. La verdad no sabe mentir.
Por eso, cuando habló a las turbas estupefactas sobre la obligación de comer su cuerpo y beber su sangre, y la gente empezó a murmurar, diciendo: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”, para purificar con fuego del cielo aquellos pensamientos que, como dije antes, deben evitarse, añadió: “El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida”.

Y HACE 20 AÑOS QUE JESÚS VOLVIÓ A LA CASA DE SU ABUELA…

Hace cosa de una semana, estábamos concluyendo los trabajos para preparar una sencilla fiesta donde celebramos el vigésimo aniversario de la presencia de los monjes del IVE en la Casa de Santa Ana, en Séforis. Mientras hacíamos estos últimos ajustes y repasábamos los últimos detalles, encontramos un videíto del P. Alejandro Díaz, que fue uno de los monjes que fundaron esta comunidad, en que él, en determinado momento, habla de que a partir de aquel IVº Domingo de Pascua del año 2006, cuando los monjes celebraron la primera Misa de la Comunidad aquí, “Jesús volvió al Sagrario”, volvió a estar presente… la lucecita que acompaña la presencia real, verdadera y substancial de Jesús en el augusto Sacramento, volvió a estar encendida después de poco más de tres décadas. Luego de escuchar estas palabras del relato del Padre me puse a reflexionar, y me vino a la mente justamente lo que lleva por título de este pequeño escrito: “Y hace 20 años Jesús volvió a la casa de su abuela…”

Las realidades vividas en el lugar santo donde habitamos, en la Casa de santa Ana, son cosas que nos pueden llenar muchísimo la imaginación, dado que los hechos documentados son realmente escasos, y los que existen no son retratos fieles de lo que sucedió aquí, uno puede lícitamente -amparado en lo que es la tradición oral y el peso que tiene especialmente en estas tierras-, recrear momentos; imaginándolos con toda la simplicidad que nos permite la fe y la piedad cristiana. ¿O será algo de otro mundo el pensar en cómo la Virgen Niña aprendió de su mamá, santa Ana, las tareas más sencillas del hogar?; ¿Acaso no habrá ella tenido sus momentos de estudio, de alegría, jugando con otras niñas de la ciudad?; ¿No habrá recorrido los campos enormes que desaparecían ante sus ojos tan pequeños de niña, jugando, riéndose, haciendo lo que tenía que hacer [como siempre lo hizo] que era ser precisamente una niña?

¿Estará mal el pensar que después de haber sido desposada por san José, varón justo, trabajador ejemplar, artesano habilidoso, hubiesen recorrido estas tierras con el Niño Dios en medio, jugueteando por un lado, por otro, haciendo admirarse a todos los que le rodeaban? Iba creciendo en estatura, sabiduría y gracia, dice el Evangelio. ¿Acaso estará mal el pensar e imaginar cómo habrán rezado en su casa, o más bien, en la casa de su abuela? Habrán aprendido de ellos los rasgos más importantes de la piedad del pueblo hebreo, de entre tantas otras cosas que habrán aprendido aquí… Me parece que realmente vale la pena imaginar estas cosas… Son sencillas, pero al final, ¿no son las cosas sencillas que mayor impacto dejan en el alma?

El poder estar trabajando, cuidando de la casa de los abuelos de Jesús es algo realmente increíble, una gracia tremenda que el Señor ha concedido a nuestra pequeña familia religiosa hace ya 20 años. El trabajo de los monjes aquí es tan sencillo y oculto como lo fue la vida de san Joaquín, de santa Ana, de la Virgen Niña, de san José, del Niño Jesús, del Adolescente Jesús, del Adulto Jesús… Y como nosotros, por regla, tenemos la gracia de adorar al Señor en el Santísimo Sacramento dos horas todos los días (una a la mañana y otra al final del día), tenemos una fuente de primera mano para imitar las virtudes de los que aquí vivieron muchísimos años atrás.

Realmente hacen eco en nuestros corazones, las palabras de la Virgen que ella le dirige a los sirvientes de las bodas en Caná de Galilea (a tan sólo unos pocos kilómetros de aquí): “Haced todo lo que Él os diga…” Y hace 20 años que la presencia del Señor del Universo, de Jesús Eucaristía, guía y sostiene la vida de los varios misioneros que han pasado ya por esta casa. En el silencio, en la soledad, en el ocultamiento y en la laboriosa tarea de guardar la casa de los abuelos de Jesús, también -paralelamente- los monjes han ido manteniendo y arreglando, perfeccionando cada vez más el otro edificio más interior, el de sus almas.

El lugar es propicio, el ejemplo lo tenemos en el sagrario (desde hace 20 años), y entre la contemplación y la acción, le damos alas a la imaginación para alimentar la piedad y buscar imitar a los que aquí han vivido, celosamente guardando lo que de más sagrado puede haber aquí: Jesús, el Verbo Encarnado, que nos mira desde el sagrario, reposando plácidamente en la casa de su abuela…

P. Harley Carneiro, IVE

¡SURREXIT CHRISTUS SPES MEA!

Scimus Christum Surrexisse a mortuis vere. (Sabemos que Cristo resucitó verdaderamente de entre los muertos)

La Iglesia entona esta alabanza al Cordero de Dios que vino a quitar los pecados del mundo y no bastase esto, quiso abrirnos también las puertas del Reino Eterno para hacernos partícipes de su Divinidad. Nos alegramos, cantamos jubilosos junto con toda la corte celestial en este Gran Día.

Para asimilar bien el evento que estamos celebrando y aumentar el gozo y la alegría en nuestros corazones, repasemos brevemente qué hemos vivenciado y recordado en los últimos días.

Seis días antes de la Pascua” (Cfr. Jn 12,1) Jesús y sus discípulos se acercan más a Jerusalén, a “Betania, donde vivía Lázaro” (Ibid) su amigo, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos con un milagro que hizo que los miembros del Sanedrín confabulasen para hacer algo en contra del Maestro. En esta ocasión es que sale Caifás, el sumo sacerdote de aquel año y dice con voz profética que “conviene que uno muera por el pueblo” (Cfr. Jn 11,50). Desde este día en adelante “decidieron darle muerte” (Cfr. Jn 11,53), de modo tal que, aunque estaban ya los preparativos para la fiesta de la Pascua, Jesús no andaba públicamente entre los escribas y fariseos, hasta que llegó su hora. Entonces “al día siguiente” de haber llegado a Betania, en casa de sus amigos, el Señor se dirige a Jerusalén, porque ya se habían completado “los días en que iba a ser llevado al cielo” (Cfr. Lc 9,51) y Él se decide a entrar en la Ciudad Santa. La “multitud de gente que había venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramos de palmeras y salieron a su encuentro gritando” hosanas (Cfr. Jn 12,12).

Después, el lunes, Jesús vuelve a acercarse a Jerusalén: “al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella” (Cfr. Lc 19,41) Hace la profecía de la destrucción de la ciudad, hasta que no quede “piedra sobre piedra” (Cfr. Lc 19,44). Al llegar al templo Jesús purifica el Templo, expulsando a los mercaderes (Cfr. Mt 21,12-17; Mc 11,15-19; Lc 19, 45-48).

Al día siguiente, cuando salió de Betania se dirigió en al Templo, va a enseñar, son los capítulos 21 al 23 del Evangelio de Mateo y también sus paralelos. Luego viene el discurso escatológico, Jesús habla a la gente de las cosas que van a pasar en el final de los tiempos. “Faltaban dos días para la Pascua y los Ácimos” (Cfr. Mc 14,1). Y Jesús les advierte a los suyos una vez más: “Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua y el Hijo del hombre va a ser entregado para ser crucificado.” (Cfr Mt 26,2) Los escribas y sumos sacerdotes buscaban “cómo quitarlo de en medio, porque temían al pueblo” (Cfr. Lc 22,2) Entonces Satanás entró en “Judas, llamado el Iscariote” para traicionar al Señor; y se fue “a tratar con los sumos sacerdotes y oficiales del templo el modo de entregárselo.” (Cfr. Lc 22,4)

Llegó pues, el día de los Ácimos, en que se debía sacrificar la Pascua” (Lc 22,7). Se da la preparación en el Cenáculo. Pedro y Juan se encargan de todo.

Jesús deseaba ardientemente comer ésta que sería su última Pascua con los suyos antes de padecer (Cfr. Lc 22,15). Jesús sabiendo “que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.” (Jn 13,1)

Tienen toda la ceremonia de la Cena Pascual, Jesús instituye la Eucaristía (Cfr. Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,14-20), misterio de su Amor por nosotros. Instituye el Sacerdocio, don inefable y sublime que confía a sus ministros. Luego deja el ejemplo de humildad a sus discípulos cuándo les lava los pies (Cfr. Jn 13,1-17). Judas, tras tomar el pedazo de pan que le dio Jesús, sale de la cena para arreglar con los fariseos el modo como entregar al Señor (Cfr. Jn 13,26-30).

Al salir el traidor, Jesús se queda a solas con su círculo más íntimo de amigos, empieza el discurso de despedida con palabras ternísimas, salidas, con profunda emoción, del más profundo amor que les tenía el Señor, vemos esto en los capítulos 13-17 de San Juan. Terminada la cena, salen al huerto de Getsemaní. El Señor va a rezar, “en medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre” (Cfr. Lc 22, 44). Sus discípulos dormían en vez de velar. El Señor siente también el abandono de los suyos en estos momentos tan intensos.

Jesús es arrestado, con la traición de Judas por un beso (Cfr. Lc 22,48). A partir de ahí empieza su Pasión Sagrada.

Hermanos míos, fue necesaria la Pasión del Señor debido al gran amor que Él nos tenía. Estábamos perdidos, andábamos errantes, como ovejas sin rumo. Teníamos una “nota de cargo que nos condenaba con sus cláusulas contrarias a nosotros” (Cfr. Col 2,14). Necesitábamos ser rescatados.

Hemos escuchado hermosamente el sábado en la “Madre de las Vigilias”, en el Pregón Pascual: “¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?” (Cfr. Misal Romano, 19 – Forma Larga del Pregón Pascual, p. 299)

Queridos hermanos, ¿de qué nos sirve repasar todos estos hechos que hemos mencionado rápidamente hasta aquí? ¿De qué nos sirve revivir esto todos los años, si no buscamos hacer lo que nos exhorta el Apóstol San Pablo, de tener los mismos sentimientos de Cristo (Cfr. Fl 2,15)? Sentimientos de amor para con nosotros, de ternura y caridad que tiene el Padre para con sus hijos pecadores que somos nosotros. Canta el Pregón Pascual: “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Sentimientos de amor que el Señor llevó hasta el extremo, porque “habiendo amado a los suyos… hasta el extremo los amó” (Cfr. Jn 13,1), amor que conduce a la Pasión, que se manifiesta en la muerte cruenta del Hijo de Dios en el infame patíbulo del Calvario, pero que culmina en una tumba vacía en la madrugada del Domingo de Pascua. Por eso el mismo pregón escuchado ayer y que todavía hace eco en nuestros corazones empezaba gritando a los cielos y a toda la tierra: “Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo y, por la victoria de Rey tan poderoso, que las trompetas anuncien la salvación. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero.” (Cfr. Misal Romano, 19 – Forma larga del pregón pascual, p. 298)

El Sepulcro que, desde un jardín incógnito afuera de la ciudad Santa, se ha transformado en el palco de una pelea de proporciones excepcionales: “Mors et vita duelo, conflixere mirando.” “La muerte y la vida se enfrentaron en duelo singular: el dueño de la vida, que había muerto, reina vivo.” (Cfr. Secuencia del Domingo de Pascua – Victimae Paschali Laudes)

Resucitó Cristo, esperanza mía.” (Ibid)

“Alegraos ángeles, exultad arcángeles”, hombres de la tierra, colmad vuestra alegría cuánto se pueda en esta vida. Jesús ha resucitado verdaderamente. Lo hemos escuchado, es la fe que hemos recibido. ¿Qué hay que hacer con relación a la fe si no creer? Que sea nuestra la oración de Santo Tomás: “Señor, creo, pero aumenta mi falta de fe!

San Pablo es fuertísimo cuándo habla del evento magnífico que estamos celebrando hoy día: “Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe.” (1Cor 15,14) “si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados.” (1Cor 15,17). Pero Cristo ha resucitado y nosotros resucitaremos con él.

Terminemos escuchando el Apóstol que nos habla de la esperanza que debe movernos a seguir adelante siempre en nuestra vida de fe:

Mirad, os voy a declarar un misterio: No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la última trompeta; porque sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es preciso que esto que es corruptible se vista de incorrupción, y que esto que es mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?’. El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! De modo que, hermanos míos queridos, manteneos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor.” (1Cor 15,51-58)

Ressurrexit sicut dixit, Alleluia!

Gaude et Laetare, quia Surrexit Dominus Vere, Alleluia!

P. Harley Carneiro, IVE

7º DOLOR DE LA VIRGEN – EL ENTIERRO DE JESÚS (Ven. Fulton Sheen)

En una ocasión en tiempo de verano Nuestro Bendito Señor, mirando a mi labriego en su campo, contó a Sus discípulos la parábola: “Salió un sembrador a sembrar su simiente”. Más tarde, dijo que El era la “semilla” y todavía más tarde, que si la semilla caía en la tierra y moría, resucitaría trayendo vida.

Ahora había venido la noche en que María llegaba a ser el sembrador de semillas, pues, ¿no estaba ella llevando al Verbo Eterno a la tumba donde en tres días El rompería las ataduras de la muerte y se levantaría para vida eterna? Ella había cargado a su Hijo en muchas jornadas penosas, una de ellas a través de Belén hasta una cueva de un extranjero; ahora, en el Gólgota, lo cargaba hacia una tumba de un extranjero: una recordación elocuente, en verdad, de que el nacimiento y la muerte humanas eran igualmente extraños para El. Unas pocas horas antes, parecía que ni los cielos ni la tierra le tendrían a El, mientras colgaba entre los dos, abandonado por una y rechazado por la otra. Pero ahora bajo la cruz roja de las antorchas, llameando sin humo en el aire inmóvil, la tumba le recibía. Pero no iba a ser por mucho tiempo, porque la tumba sería pronto el vientre de la Naturaleza dando a luz al primer nacido de los muertos. De acuerdo con el ritual, los dos del Sanhedrín recitaron salmos en voz alta para el muerto, colocaron el cuerpo envuelto en mantos perfumados en la tumba, cerraron la puerta con una gran piedra, y la suave luz de la luna surgió, porque el sol se había puesto.

A María sólo le quedaba un sacrificio por hacer; solamente una rica consolación para desechar y así ser completamente pobre, y era dejar a Su Hijo en las rocas bajo la custodia de soldados romanos. Guardaría para ella sólo una cosa: un corazón despedazado cuando la última espada de Simeón lo traspasó hasta su empuñadura. Al llevarse esto, María podía ser el consuelo de todos aquellos que han perdido seres queridos; de todas las madres que lloran sobre sus hijos; y todas las amantes que gimen sobre los esposos. Ella entiende el dolor, porque ella perdió más que nadie puede perder. Algunos han perdido una madre; otros, un hijo; otros, una esposa; pero María perdió todo, porque perdió a Dios.

Ahora María se inclina sobre Juan y lanza una mirada furtiva a la cruz: la primera en ver en ésta una esperanza. Miles de corazones, bajo su dulce inspiración, desde entonces han mirado en esa cruz y se alegraron de que sus corazones estuvieran rotos, para que por su abertura pudiera entrar el amor de Dios. De la cruz María volvió sus ojos a la ciudad de Jerusalén; que Su Hijo había tomado para Sí como una gallina recoge bajo las alas a sus pollitos; ésta parecía ahora tan desconsolada y solitaria como un pájaro al que hubieran robado su nido. ¡Pobre Jerusalem! Dios la había amado mucho, pero ahora se había llenado la copa de su iniquidad, y su ruina estaba por llegar antes que pasara una generación.

María retomó la huella de su peregrinación de la mañana, haciendo por segunda vez el camino de la Cruz, desde la catorceava estación hasta la primera. Esta vez parecía más terrible que ía primera, a causa de la misma naturaleza del dolor. Todo amor tiende a la unidad, y en un amor como el de Jesús y María, sus dos corazones eran apenas uno. Ningún poder distinto a la Muerte se atrevería a separar en dos pedazos una unión tan exquisita: y, sin embargo, así lo hizo la muerte. El resultado fue que cuando ella lo dejó a El, su corazón se rompió en dos; ahora que ella ha quedado sola, la corriente de su vida difícilmente puede discurrir; no se trata meramente de que la mitad de su vida y su amor se hayan ido. Es algo más que esto. Es como si sus propias fuentes se hubieran secado como una corriente de verano.

Sus vidas eran una; sus muertes son también una. Su dolor, entonces, fue más profundo que cualquier dolor sobre la tierra en todos los tiempos; éste la hizo llorar, no precisamente porque lo hubiera perdido, sino porque lo amaba. El suyo era un amor inclinado totalmente a Jesús; un amor más grande que el amor de las demás madres, aun en el caso de que éstas pudieran compactar sus miríadas de amores en un acto más intenso y sin nombre; un amor que podía cargar cualquier cosa, porque lo que estaba dentro de ella era más fuerte que cualquier cosa fuera; en una palabra, un amor tan lleno de éxtasis y tan celestial que, si pudiera haber hecho su voluntad, ella habría construido todos sus Tabores sobre el Calvario. Con tal amor en su Corazón, ¿quién puede dudar que, mientras caminaba dando traspiés por las calles manchadas de sangre de Jerusalem, ella una vez más, en tono más arrebatado que nunca, cantara el Magníficat?

ORACIÓN

María, Madre de los Dolores, Tus siete dolores son como una Misa Santa. En Tu primer dolor, Tú fuiste nombrada Sacristán por Simeón para guardar la Hostia hasta la Hora del sacrificio; en Tu segundo dolor. Tú dejaste la sacristía para atender el altar cuando la visita de Tu Hijo santificó a Egipto; en Tu tercer dolor, Tú recitaste el Confíteor al pie del altar cuando Tu Hijo recitó Su Confíteor a los Doctores de la Ley; Tu cuarto dolor fue el Ofertorio cuando hiciste la oblación de Su Cuerpo y Su Sangre en el camino del Calvario; Tu quinto dolor fue la Consagración en la cual Tú ofreciste Tu propio cuerpo y tu propia sangre en unión con los de Tu Hijo por la Redención del mundo; Tu sexto dolor fue la Comunión cuando Tú recibiste el cuerpo de Tu Hijo del altar de la cruz; y Tu séptimo dolor fue el Ite Misa est, cuando Tú terminaste Tu dolor con un adiós a ia tumba.

María, Tu Corazón es todo para nosotros; es como una piedra de altar viviente en el cual es ofrecido el sacrificio; es la lámpara del santuario que salta de gozo delante de su Dios; es el Acólito, de quien los latidos de su corazón son como los responsos de la liturgia; es el candelera Pascual que ilumina el santuario de nuestras almas con el sacrificio de sí mismo; es el incensario que da el olor dulce del incienso mientras se quema en amor por nosotros; es todo un coro angélico cantando cantos sin voces en los oídos encantados de la Hostia sangrante, Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

María, sacristán de las almas porque fuiste sacristán de Jesús, es verdad que una vida no vale nada si no es coronada por una muerte feliz. Nosotros gastaremos toda nuestra vida en adelante pidiendo esto de Ti, con sólo saber que lo hemos de obtener al fin. Tu Hijo Divino dijo que El no dejaría huérfanos a sus hijos. Pero, María, nosotros estaremos huérfanos a menos que Tú seas nuestra Madre.

6º DOLOR DE LA VIRGEN – EL DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ (Mons. Fulton Sheen)

Y después de tres horas Cristo murió de sed: no de una sed por las aguas puras de los arroyos de Galilea, no por las aguas del pozo de Jacob, ni el confortante vino de la Ultima Cena, sino de sed de amor, que estuvo a punto de ser apagada, no cuando un romano acercó a El la hiél y vinagre, sino cuando un ladrón oscuro que se tambaleaba en las tinieblas de la muerte le dio a El el amor de su sangrante corazón. ¡Cristo estaba muerto! ¡Había reventado la última cuerda del Harpa Divina: era la ruptura del corazón por medio de la ruptura del amor. El había muerto en la cruz a la manera como los hombres quisieron, a la manera como El escogió, y como Su Padre Celestial consintió. Había expiado hasta lo último. Ahora comienza nuestra expiación: pero aún no ha terminado.

Aquellos que no habían creído que cometían ningún pecado para inaugurar sus fiestas con la muerte de su Mesías, estaban seriamente alarmados porque la santidad del Sabbath, que empezaba a la caída del sol, se podía ver profanada por tres cuerpos que colgaban como ruinas rojizas contra un cielo lívido. En consecuencia, llegaron algunos soldados y quebraron las piernas de los dos ladrones para apresurar su muerte, y llegándose a Jesús lo encontraron muerto.

Al no quebrar Sus piernas, involuntariamente hicieron cumplir una profecía de más de mil años de antigua: que no sería roto un solo hueso de Su cuerpo. Uno de los soldados llamado Longinos, profanó el santuario horadando el corazón de Cristo con una lanza. El insulto fue a Cristo, la pena de María. Brotó de la herida sangre y agua: Sangre que es el precio de la Redención; agua que es el símbolo de nuestra regeneración. La tradición nos cuenta que cuando las primeras gotas del Líquido de Amor cayeron sobre los ojos enfermos de Longinos, éste fue inmediatamente sanado. María sintió gran gozo porque había sucedido un gran milagro, cuando Longinos creyó en Aquel cuyo Corazón había traspasado.

Luego llegaron a la colina del dolor dos ciudadanos notables de Jerusalem y el Sanhedrín: José de Arimatea y Nicodemos, los compañeros del crepúsculo que desde antes querían ser amigos de Cristo y sin embargo no aparecían como tales. La muerte dio valor a esas almas tibias, y ahora vinieron a trenzar con manos diligentes las flores y coronas de la muerte. Colocaron la escalera contra la Cruz y subieron a ella, mientras María, Juan y Magdalena permanecían abajo. A María le pareció apropiado que José fuera el privilegiado para descolgar a Jesús de la Cruz, pues fue su José quien, mientras vivía, tuvo tantas veces el privilegio de manejar los miembros y tocar la carne del Verbo Encarnado. Pero él se había ido al seno de la muerte, y ahora alguien que llevaba su nombre tomaba su lugar. Con manos delicadas y corazones amorosos, el Rey que llegó tambaleándose a Su Trono, es retirado ahora de éste en aparente derrota. Cada clavo es extraído de esas manos que aún entonces podían desencajar de sus goznes las puertas de todos los reinos de la tierra. Uno se pregunta si cuando los Clavos, la Corona de Espinas y la Cruz, llegaron a las manos de María toda la Naturaleza no se conmovería. El mismo hierro en el oscuro seno de la tierra debe haberse estremecido, porque había clavado a su Dios. Cada espina, por el momento, debe haberse escondido de vergüenza debajo de los pétalos de cada rosa; cada árbol debe haberse estremecido de dolor, porque cargó el peso del Crucificado, y sin duda sus brazos llenos de hojas se levantaron en oración, pidiendo que en adelante fuera cortado por una hacha de sacrificio para llegar a ser una cruz que invite a los corazones a volver a Dios.

Al fin el Cuerpo del Salvador fue desprendido y entregado a Su Madre. Esto fue como una rosa roja desfalleciendo en sus rodillas. ¡El Hijo Pródigo volvía a su hogar! Mil recuerdos brotaron en su doliente corazón. A través de sus ojos oscurecidos por el llanto parecía que Belén había regresado, porque su Hijo estaba una vez más en su regazo; Simeón pareció estar cerca cuando otra espada de dolor traspasó su corazón hasta la misma empuñadura; pareció que uno de los tres reyes la visitaba de nuevo, cuando Nicodemo trajo la mirra para el entierro; aun el ungimiento en casa de Simeón fue revivido cuando Magdalena tomó su puesto y ungió para el entierro los Pies que hollaron las colinas perdurables.

Las madres viven de las últimas miradas, y María debía tomar las suyas. Mientras ella miraba, el sol que se ponía en el tabernáculo áureo del oeste arrojaba sobre la colina la sombra de la cruz que se alargaba sobre el corazón de la Madre del Mundo. Cuando entregó nuevamente a Su Hijo para la sepultura, estuvo tan cerca del sacerdocio como ninguna madre ha estado jamás, porque estaba ofreciendo en la patena de sus brazos la Hostia Inmaculada del Pan de Vida. Fue un gran desgarramiento entregarlo a El de nuevo; parecía que el mundo lo había tenido tanto tiempo, y ella tan poco: pero era porque ella lo amaba muchísimo. Era un acerbo dolor que sería inexcrutable misterio para todas las madres, excepto para ella: pero era porque su voluntad era la voluntad de Dios; para ella, el dolor es la revelación de Dios; son las manos heridas de Cristo apartando las nubes que ocultan Su trono donde todo dolor es convertido en gozo.

ORACIÓN

María, la mayoría de nosotros nos dispensamos de los deberes y nos detenemos en nuestro trabajo en la hora de nuestras penas, y buscamos simpatía humana que alivie nuestro dolorido corazón. Mas Tú, oh Madre de dolor, durante tu sexto dolor no buscaste consuelo humano, con el fin de recordarnos a nosotros que a Dios agrada más venir a corazones solitarios que no han sido llenados con ningún otro amor. Ni tampoco Tú hiciste de tu aflicción una carga para nadie; Tú ayudaste a colocar la Hostia en el Corporal Inmaculado de Tu regazo; Tu corazón estaba roto, pero nadie lo supo. Por tu calmada resignación, Madre querida, enséñanos que nuestro dolor nunca debe interponerse en el camino; que cada cruz que nosotros carguemos debe ser una cruz solamente para nosotros; que el cielo consuela primero a los corazones inconsolables de la tierra, y que un corazón destrozado, como el Tuyo, es el santuario favorito de Dios.

5º DOLOR DE LA VIRGEN – LA CRUCIFIXIÓN (Mons. Fulton Sheen)

Durante su vagar por el desierto, los israelitas fueron picados de terribles serpientes, viendo lo cual Moisés rogó a Dios que las quitara. Entonces el Señor dijo a Moisés: “Has una serpiente de bronce, y ponía en alto para señal: quien quiera que siendo mordido la mirare, vivirá”. Siglos más tarde, cuando el hijo de Dios vino a la tierra, dijo a Nicodemo: “Al modo que Moisés en el desierto levantó en alto la serpiente de bronce: así también es menester que el hijo del hombre sea levantado en alto: para que aquél que crea en él, no perezca, sino que logre la vida eterna”. Ahora llegó el día en que Cristo, apareciendo en la forma de un hombre, iba a ser levantado en la cruz, para que todo aquél que lo mirara, pudiera ser curado de la picadura del pecado.

Cuando El ascendió a su trono al ser erigida la cruz en su cimiento, la tierra se estremeció en protesta contra los que mataron el Dios que holló sus colinas y caminó por sus lagos; el sol se eclipsó en la mitad de su carrera en protesta contra la extinción de la luz del mundo; los corderos para el sacrificio en el templo protestaron también balando más plañideramente que nunca a la muerte de su Pastor, el Cordero de Dios. Pero no hubo protesta en su corazón. Escuchamos en vano esperando oír una expresión de sufrimiento físico. Cuando El rompe su silencio, no es jamás para manifestar una queja. Su vida personal está enterrada, como si todas sus necesidades del cuerpo hubieran sido olvidadas ante la necesidad de amor. Parecía como si las marcas de los clavos no hubieran impreso sobre El sus propias penas, sino las penas de los otros. Y lo que puede decir de El, se puede decir de su madre. Ella también parecía consciente de que éste no era el tiempo para los sollozos individuales, sino el tiempo para la comunión universal. Y a medida que el gran cáliz de todas las miserias comunes goteaba silenciosamente, lenta y misteriosamente, las gotas rojas de la salvación, la tierra hambrienta en su temblor abrió su boca para recibirlas, como si gritara más por redención que las almas sedientas de los hombres. Las siete palabras cayeron de la Cruz como siete espadas en el corazón de María. Parecía como si ella estuviera escuchándolo a El cantar su propio canto fúnebre. Cualquier otro corazón de madre se hubiera roto al suspiro de esa gran lámpara del santuario de vida, verdad y amor emitiendo sobre el Calvario, no rayos rojos, sino dejando caer cuentas rojas en el rosario de la Redención. Cualquier otra madre se hubiera desmayado ante la visión del bello pabilo de su alma vacilando moribunda mientras la cera de su cuerpo y de su sangre se quemaban también. No todos los corazones de madre tienen la misma capacidad de sufrimiento. Pero ninguna, madre en el mundo tiene un corazón tan tierno como la Madre de la Maternidad. Ella era tan delicada como un pétalo de rosa, capaz de responder al más suave soplo de las brisas nocturnales; por esto su dolor fue tan profundo que aún los más grandes mártires la han saludado como a su reina. Era tanto más amargo, por cuanto no podía hacer nada para aliviar el sufrimiento de su hijo. El dolor debe estar siempre haciendo algo, aun cuando sólo esté golpeando una frente afiebrada, pues las mismas necesidades del que sufre, son lo supérfluo del que consuela. ¿Y, sin embargo, qué podía hacer María? La  lmohada de la corona de espinas no podía ser suavizada; la cama de la Cruz no podía ser refrescada; los clavos que se hundían en sus manos y pies no podían ser quitados; aún en el momento de que El gritó: “Tengo sed”, no había nada que pudiera ofrecerle, excepto sus lágrimas. Magdalena se desmayó a sus pies: parecía que ésta había de estar siempre en actitud de penitente.

Pero María no se daría por vencida. El Evangelista que estuvo en la Cruz nos dice que se mantuvo de pie. Si Eva estuvo al pie del árbol, ella, la nueva Eva, se mantendría erguida al pie de la Cruz: mirando hacia un crucifijo. Y a causa de que estuvo de pie lista a servir, vino a ella de la Cruz su segunda anunciación, no de los labios de un ángel, sino de la boca misma de Dios. Mirando hacia abajo desde su trono, Jesús la vio a ella y a Juan, su discípulo amado, y dijo a su madre: Mujer ahí tienes a tu hijo; y después de eso, dijo a su discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. El no la llamó “Madre”, sino “Mujer” para denotar que iba a ser ahora la madre universal de la raza humana que Juan simbolizaba. Este era aparentemente un cambio bien pobre: un Maestro por un discípulo; un Creador por una criatura; un Rey por un pescador; un Hijo de Dios por un hijo de Zebedeo; y con todo María lo aceptó gustosa. Vio que, así como en Belem ella vino a ser la madre de Dios, ahora en el Calvario iba a ser la madre de los hombres, y que así como en la choza engendró al capitán de salvación, así ahora en la Cruz engendraría a sus soldados.

También vio que esto no podía hacerse sin sufrimiento, porque, aun cuando ella había engendrado al Inocente sin dolor, no podía dar a luz a pecadores sin aflicción. Había de costarle su propio hijo divino para hacerse la madre de los hombres, pero pagaría el precio. Y así su título de Madre de los Hombres vino a ser suyo, no por mera proclamación eterna, sino el derecho de nacimiento. Pesaba sobre ella la maldición de Eva, de que nos pariría con dolor, y aceptó la pena gustosa. Treinta años con el redentor le habían enseñado que debía amar a los hombres como El los amó: lo bastante para sufrir y morir por ellos, y seguir viviendo. Ella lo amó a El, porque El era Dios; pero nos amó a nosotros porque era la voluntad de Dios el salvarnos. El primer amor fue su martirio; el otro su sacrificio. Uno fue como tempestad en el océano, pero el otro fue como su calma. Aun en el dolor la Paz era suya, porque ella se había juntado a un Padre Eterno en el sacrificio de un Hijo común.

ORACIÓN

María, en Tu cuarto dolor nos mostraste a nosotros cómo debemos cargar nuestra cruz, y en éste, el quinto, Tú nos muestras cómo permanecer al pie de esa cruz. Tu Hijo nos ha dicho que sólo aquellos que perseveren hasta el fin serán salvos. Pero la perseverancia es a menudo muy difícil. Pocos de nosotros, como Tú, estamos dispuestos a permanecer al pie de la Cruz durante tres horas completas hasta que se haya terminado la Crucifixión. La mayoría de nosotros somos desertores del Calvario, almas crucificadas a medias; impacientes por sentarnos cuando no estamos clavados a una cruz. Muchos de nosotros tenemos firmes propósitos al amanecer, pero pocos los sostenemos hasta el final del día. Tu propia alma no desfallece, porque Tu Hijo no desfalleció. El mantuvo hasta la noche la promesa que había hecho con el sol brillando en luz roja como sangre. El ha terminado el trabajo que le fue dado. Y también Tú permaneciste al pie hasta el fin de ese día de sacrificio. Pide para nosotros entonces, la gracia de permanecer tres horas completas en el Gólgota, de manera que cuando el paso de nuestra vida haya terminado, podamos rogar con El y Contigo: “He terminado mi trabajo. Ahora, Dios mío, descuélgame y elévame a la unión perdurable Contigo”.

4º DOLOR DE LA VIRGEN – JESÚS ENCUENTRA A MARÍA EN EL CAMINO DEL CALVARIO (Ven. Fulton Sheen)

Han pasado creinta y dos años desde el tercer dolor. Durante este tiempo, dieciocho años transcurrieron en un hogar tranquilo y silencioso de Nazaret. La vida de María era la ascensión perenne de amor en su papel como Corredentora del mundo. Cada hora era como un noviciado en el cual ella aprendía más profundamente su participación en la cruz.

Sencillamente es imposible describir lo que significa gastar dieciocho años sirviendo de madre a Dios y sin embargo ser tratada como hija por El; ¡dieciocho años de recibir obediencia de El, y sin embargo ser su dulce esclava de amor! ¡Si Dios no fuera amor, no podríamos usar nunca esa palabra para describir la vida de éxtasis de María!

La misma profesión de Jesús como carpintero era una recordación de que un día, El que había carpinteado el universo, iba a ser carpinteado en una cruz. Cada glóbulo de sangre que El llevaba, le hacía recordar a María a Isaac llevando la leña de su sacrificio hasta la colina de su muerte, y más adelante hasta su divino hijo como el verdadero Isaac que llevó su propia cruz hasta la colina del Calvario. De cada uno de los clavos de ese taller de carpintería surgiría una crucifixión y de cada rosa roja, a su yo enrojecido. Después de esos dieciocho años se separaron. El tenía ahora treinta y debía estar al cuidado de los negocios de su Padre. El tuvo sus treinta años de obediencia; debía tener ahora sus tres años de enseñanza, y luego sus tres horas de trabajo de redención. Los tres años pasaron rápidamente, y aquél que vino a dar testimonio de la verdad, vio a Pilato de pie entre los pilares del asiento de juez, lavarse las manos para limpiar la verdad. Aquél que dijo que nadie destruiría su vida, se preparaba ahora para darla. Y en esa terrible mañana del Viernes Santo la súplica solitaria de María a Pilato fue ahogada en la rabiosa tempestad de miles de gritos de “¡Crucifícale!” La palabra había tenido éxito para contradecirlo a El, y en símbolo del triunfo de ellos, le dieron a El una cruz. Empezó la procesión; allí está el centurión dirigiéndola: siguen los heraldos cargando el letrero que será clavado sobre la cruz, los dos ladrones con sus cruces, y los Escribas y Fariseos que lo enviaron a El a la muerte en nombre de la lealtad al César: pero la ironía de esta procesión es que se movía por un camino cubierto de ramas de palma. María la siguió, pisando sobre la misma sangre que ella había adorado. Vio cada gota de ésta, vio las lanzas relucientes, también, que lucían co mo palmas; vio los ladrones; vio a las mujeres llorando; y sin embargo, veía solamente una cosa: a Jesús cargando el árbol trasplantado del Edén, así como ella iba cargando la espada del ángel trasplantada.

Cual si la muerte cercana hubiera hecho surgir el contraste, pensó en sus dulces días en Nazaret cuando ella lo criaba, lo alimentaba, se arrodillaba con El, y le adoraba cuando El estaba dormido. Ahora no lo tenía más; todos los demás lo tenían a El, menos ella, y ellos no lo estaban adorando, sino maldiciéndolo. Y a pesar de todo esto, no rogó que algún rayo los partiera, porque amaba más las almas. No hay madre en el mundo que no escoja recibir dolor de su hijo que hacer que éste lo soporte, pero cuando este hijo es Dios, ¿entonces quién podrá medir la amargura de su copa de pasión? En cierto sentido su propio hijo era su ejecutor, porque El la estaba venciendo en amor.

Este nuevo dolor de María fue la revelación de las palabras de su hijo, de que si nosotros hemos de ser discípulos debemos tomar nuestra cruz y seguirle. Toda persona ha de subir al Calvario, no libre de carga y con las manos limpias y vacías, sino cargando los mismos instrumentos de crucifixión, los mismos elementos de sacrificio. Como Isaac llevó la madera del sacrificio, como Jesús cargó su cruz, como el sacerdote lleva vino y pan para el altar, así María carga una cruz en su propio corazón.

La cruz no siempre necesita estar sobre nuestros hombros: el enfermo en cama con ardiente fiebre, la madre con sus brazos cargando un hijo, el padre en su trabajo diario, no tienen hombros libres para una cruz, pero tienen un corazón libre para ella, como lo tuvo María. El espíritu debe continuar haciendo lo que la carne no puede hacer, porque Cada acto en el corazón se cuenta como equivalente al trabajo hecho. Simón por un momento alivió los hombros de Jesús de su cruz, pero no alivió su voluntad de sufrir. La multitud vio en ese momento sólo una cruz y ésta estaba en los hombros del Cireneo. Había en verdad dos, ambas ocultas en los corazones de María y su hijo cargando su peso hasta el altar del sacrificio.

ORACIÓN

María, por este nuevo dolor, imprime en tus pobres hijos la lección de cargar la cruz. Recuérdame que yo puedo o no dar mi amor a Jesús, pues soy amo y capitán de mi alma, pero que no soy libre de aceptar su cruz o dejarla. La elección no está entre ir por el mundo con una cruz o ir por éste sin la cruz. Yo debo tomarla. No hay modo de eludirla: los brazos extendidos no me permitirán hacer eso. La elección está entre si yo la aceptaré como tú, o dejar que me la arrojen sobre mis hombros, como Simón. ¿Me veré impulsado a abrazarla o seré obligado a abrazarla? María, haz que vea que la única cruz verdadera es rehusar tomarla, pero que al abrazarla por el amor como tú, deja de ser una cruz y se convierte en peldaño que me conduce hasta el reino de Dios.

3º DOLOR DE MARÍA – LA PÉRDIDA DE TRES DÍAS (Ven. Fulton Sheen)

La única vez en que los artistas representan a nuestra bendita madre sin su niño es cuando ella se halla mirando gozosa hacia el cielo, como en la Inmaculada Concepción. Pero hubo una vez en que ella no tuvo a su niño y no miraba hacia arriba, y fue cuando miraba hacia el desierto en la dolorosa búsqueda de su niño. Nuestro bendito Señor tenía a la sazón doce años. Era la edad en que, de acuerdo con la leyenda judía, Moisés había dejado la casa de la hija del Faraón; y Salomón había dado el juicio que reveló por primera vez su sabiduría, y Josías había soñado por vez primera en gran reforma.

En ese año El subió a Jerusalén a la Pascua con María y José, y de acuerdo con la tradición, iba a pie. Nazaret, su tierra nativa, se hallaba distante ochenta millas de Jerusalén. Dejando la guirnalda de colinas que circundaba el pueblito como pétalos de una flor abierta, caminaron hasta la Ciudad Santa donde el plumaje profano de las águilas romanas se balanceaba en la puerta de entrada por donde ellos pasaron hacia el templo para la celebración de la Pascua. Muchos ancianos del templo suspiraban por la memoria de días mejores cuando el gran Isaías y Jeremías conmovieron a Israel con sus profecías. ¡Y con todo, cuan débiles eran esos profetas comparados a un hombre venerable y una madre hermosa arrodillada en el templo, y entre ellos un niño cuyo nombre era eterno, y que sin embargo contaba apenas doce años computados por la sucesión de estaciones y de lunas! ¡ Si, los coros de los ángeles debieron haber callado ante las oraciones de Dios el hijo sobre la tierra, que flotaba por las sombras invisibles hasta su padre que está en los cielos! María y José debieron haber dejado de mirar el velo detrás del cual se hallaba el santo de los santos, para fijar su mirada en medio de ellos y confesar con oración de éxtasis la divinidad del niño, cuyos ojos levantados se fijaban en los cielos que El dejó para hacer entrar al mundo en razón. El milagro verdaderamente grande fue que las mismas piedras del templo no gritaran, y el sol detuviera su curso, y los cedros del Líbano no se postraran en adoración del Dios cuyos pies ahora sobre la tierra traían entonces la eternidad al tiempo. No era extraño que la tierra continuara con sus compras y sus ventas, su comercio y sus necesidades, sin dar siquiera una sonrisa de comprensión a Aquel que nos estaba enseñando cómo cambiar humanidad por divinidad, y nada por todo.

Cuando la fiesta hubo terminado, las multitudes partieron, los hombres por una puerta y las mujeres por otra, para permanecer reunidos en el lugar de descanso por toda la noche. Los niños iban o con su madre o con su padre. Como cada uno sospechaba que el Niño Divino iba con el otro, fue hasta que la noche cayó cuando se vino a descubrir la pérdida. Nunca antes hubo corazones tan desolados sobre el mundo, ni siquiera cuando Adán y Eva fueron expulsados del Jardín de los Placeres. Por tres días buscaron y al fin le encontraron en el templo exponiendo la ley de los doctores y asombrándolos con su sabiduría.

“Al verle pues sus padres, quedaron maravillados: Y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo llenos de aflicción te hemos andado buscando”.

“Y él les respondió: ¿Cómo es que me buscabais? ¿No, sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi padre?”

Pero María y José debieron haberle buscado en el Templo el primer día. ¿Dónde estaba pues El, y también durante las noches? Sólo podemos conjeturar, pero a mí me gusta pensar que probablemente visitó las escenas futuras de su pasión; se detuvo fuera de la fortaleza de Antonia donde más tarde Pilato trataría de lavarse su sangre de sus manos; miró al interior de la casa de Anás quien posteriormente habría de acusarlo de blasfemia; anduvo hacia las afueras de los muros de la ciudad hasta una pequeña colina donde el mundo erigiría una cruz y la llamaría su trono; y finalmente, pasó una noche en el Jardín de Getsemaní bajo la luna llena de Pascua donde treinta y un años más tarde sus Apóstoles dormirían mientras El bebía las más amargas heces del cáliz del pecado del hombre.

Pero háyase encontrado en una u otra parte hasta el tercer día, en este tercer dolor el alma de María fue sumergida en las tinieblas más densas, pues había perdido a su Dios. Fue en este dolor en el cual la Madre Inmaculada vino a ser en un sentido más verdadero el refugio de los pecadores. En un principio nos sorprende como incongruente que aquella que era sin pecado pudiera ser el puerto de los pecadores. ¿Cómo podía ella, que nunca había sentido un remordimiento de conciencia, ser el refugio de aquéllos cuya conciencia está llena de maldad? ¿Cómo podía ella, que nunca perdió a su Dios, conocer las angustias de un alma que por el pecado pierde a su Dios?

La contestación es esta. ¿Qué es el pecado? El pecado es la separación de Dios. Ahora, en estos tres días de pérdida, María estuvo físicamente separada de su niño, ¡y ella también había perdido a su Dios! La separación física de su niño fue apenas un símbolo de la separación espiritual que tienen los hombres de Dios. El tercer dolor hizo posible para ella adivinar los sentimientos de los pecadores y conservar sin embargo su alma inviolada. Conoció lo que es el pecado. ¡También había perdido a su Dios! Así estaba ella sufriendo entonces en reparación por todas las mentes que una vez tuvieron la fe, y luego la perdieron; por todas aquellas almas que una vez amaron a Dios, y luego lo olvidaron; por todos esos corazones que una vez oraron, y luego lo abandonaron a Él. Toda la nostalgia espiritual por la divinidad, toda la nostalgia por el cielo, y todo el vacío de los corazones que lo vaciaron ellos mismos de Dios, todo esto sintió María como si fuera suyo: pues ahora ella estaba sin el Redentor. Si una madre terrena llora por la muerte física de uno de sus hijos, ¡qué dolor no debió sentir María ante la muerte espiritual de millones de hombres cuya madre era ella por cuanto Dios la había llamado a serlo!

ORACIÓN

María, por este tu tercer dolor, enséñanos que si llegáramos a ser tan desgraciados de perder a Dios, no debemos buscarle a Él en otras fes, en nuevos cultos o nuevas modas, pues Él puede ser hallado solamente donde lo perdimos: en el templo, en la oración, en su Iglesia. En aquellas otras ocasiones, cuando nuestras almas son tan áridas como un desierto, en que nuestros corazones parecen fríos, y hallamos difícil orar, y aun empezamos a creer que tal vez Dios nos haya olvidado, porque parece tan distante, dinos quedamente la dulce recordación de que aun cuando parezca que lo hemos perdido, Él está siempre al pie de los negocios de su Padre.