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Jesús en la santa Eucaristía

De los escritos de san Charles de Foucauld

¡Mi Señor Jesús, Vos estáis en la Santa Eucaristía! ¡Vos estáis ahí, a un metro de mí, en ese Tabernáculo! ¡Vuestro Cuerpo, vuestra Alma, vuestra Humanidad, vuestra Divinidad, vuestro Ser enteramente está ahí, en su doble Naturaleza! ¡Qué cerca, Dios mío, mi Salvador, Jesús mío, mi Hermano, mi Esposo, mi Bienamado!… ¡Vos no estabais más cerca de la Santa Virgen durante los nueve meses que ella os llevó en su seno que lo estáis de mí cuando os depositáis sobre mi lengua en la Comunión! ¡Vos no estabais más cerca de la Santa Virgen y de San José en la gruta de Belén, en la casa de Nazaret, en la huida a Egipto, durante todos los instantes de aquella divina vida de familia, que lo estáis de mí en este momento y tan frecuentemente en este Tabernáculo! ¡Santa Magdalena no estaba más próxima a vuestros pies en Betania que lo estoy yo al pie de este altar! ¡Vos no estabais más cerca de los Apóstoles cuando estabais sentado en medio de ellos que lo estáis de mi alma, Dios mío!… ¡Qué dichoso soy! Estar solo en mi celda y conversar con Vos en el silencio de la noche es agradable, Señor mío, y Vos estáis ahí como Dios, así como por medio de vuestra gracia; sin embargo, quedarme en mi celda cuando podría estar delante del Santo Sacramento, es hacer como si Santa Magdalena, cuando estabais en Betania, os dejase solo…, para ir a pensar en Vos, sola en su habitación… Besar los lugares que habéis santificado en vuestra vida mortal, las piedras de Getsemaní y del Calvarlo, el suelo de la Vía Dolorosa, las olas del mar de Galilea, es dulce y piadoso, Dios mío; pero preferir esto a vuestro Tabernáculo es separarme de Jesús vivo a mi lado, dejarle solo e irme solitario a venerar piedras muertas donde Él no está; es dejar la habitación donde Él está y su divina compañía, para ir a besar el suelo de una habitación donde Él estuvo, pero en donde ahora no está… Dejar el Tabernáculo para ir a venerar las estatuas, es dejar a Jesús vivo cerca de mí e ir a otra habitación para saludar a su retrato…

Cuando se ama, ¿no encontramos perfectamente empleado todo el tiempo pasado al lado del amado? ¿No es éste el tiempo mejor empleado, salvo aquel donde la voluntad, el bien, del ser amado nos llama por otra parte?

«Allí donde está la Santa Hostia está Dios vivo; es tu Salvador, tan real como cuando Él vivía y hablaba en Galilea y en Judea, y como está ahora en el cielo… No pierdas jamás una Comunión por tu culpa: una Comunión es más que la vida, más que todos los bienes del mundo, más que el universo entero; es Dios mismo, soy Yo, Jesús. ¿Puedes preferir cualquier otra cosa? ¿Puedes, si me amas aunque sea poco, perder voluntariamente la gracia que Yo te hago de entrar en ti? ¡Ámame con toda la profundidad y toda la sencillez de tu corazón!…»

BAUTISMO DEL SEÑOR

Queridos hermanos y hermanas, en este día celebramos litúrgicamente la fiesta del Bautismo del Señor. Celebramos la fiesta que cierra el tiempo de Navidad, propuesta por la Iglesia justamente después de la Solemnidad de la Epifanía, fiesta de la manifestación del Señor. San Juan Crisóstomo decía que, en la Epifanía, donde escuchamos este año la manifestación de Cristo a los Reyes Magos, tenemos una manifestación más reservada; y hoy, en la fiesta del Bautismo del Señor, se da como una segunda manifestación, (pero) una manifestación al público.

Pues bien, el evangelista hoy nos dice que sobre el Señor en oración se abrió el cielo. Jesús entra en contacto con su Padre y el cielo se abre sobre Él. El cielo se abre sobre nosotros en el sacramento. Cuanto más vivimos en contacto con Jesús en la realidad de nuestro bautismo, tanto más el cielo se abre sobre nosotros.

Y del cielo —como dice el Evangelio— aquel día salió una voz que dijo a Jesús: “Tú eres mi Hijo amado” (Lc 3,22). En nuestro bautismo, el Padre celestial repitió también estas palabras refiriéndose a cada uno de nosotros. Dijo: “Tú eres mi Hijo”. En el bautismo somos adoptados e incorporados a la familia de Dios, en la comunión con la Santísima Trinidad, en la comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Precisamente por eso el bautismo debe administrarse en nombre de la Santísima Trinidad. Estas palabras no son solo una fórmula; son una realidad. Marcan el momento en que todos nosotros renacemos como Hijos de Dios. De hijos de padres humanos, nos convertimos también en hijos de Dios en el Hijo del Dios vivo.

El Apóstol San Pablo, cuándo escribe a Tito, dice que: Él nos salvó “según su misericordia, por medio del baño de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5). ¡Un baño de regeneración! El bautismo no es sólo una palabra; no es sólo algo espiritual; implica también la materia. Toda la realidad de la tierra queda involucrada. El bautismo no es algo que se refiera solamente al alma. La espiritualidad del hombre afecta al hombre en su totalidad, cuerpo y alma. La acción de Dios en Jesucristo es una acción de eficacia universal. Cristo asume la carne y esto continúa en los sacramentos, en los que la materia es asumida y pasa a formar parte de la acción divina.

Ahora podemos preguntarnos por qué precisamente el agua es el signo de esta totalidad.

El agua es fuente de fecundidad. Sin agua no hay vida. Y así, en todas las grandes religiones, el agua se ve como símbolo de la maternidad, de la fecundidad. Para los Padres de la Iglesia, el agua se convierte en símbolo del seno materno de la Iglesia.

En Tertuliano, un escritor eclesiástico del siglo III, se encuentran estas sorprendentes palabras: “Cristo nunca está sin agua”. Con estas palabras Tertuliano quería decir que Cristo nunca está sin la Iglesia. En el bautismo somos adoptados por el Padre Celestial, pero en esta familia que Él constituye existe también una madre, la Madre Iglesia. El hombre no puede tener a Dios como Padre, decían ya los antiguos escritores cristianos, si no tiene también a la Iglesia como Madre. Así, de nuevo vemos cómo el cristianismo no es solamente una realidad espiritual, individual, una simple decisión subjetiva que yo tomo, sino que es algo real, algo concreto; podríamos decir, algo también material.

La familia de Dios se construye en la realidad concreta de la Iglesia. La adopción como Hijos de Dios, del Dios trino, es a su vez incorporación a la familia de la Iglesia, inserción como hermanos y hermanas en la gran familia de los cristianos. Y solamente podemos decir “Padre nuestro”, dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo, si como hijos de Dios nos insertamos como hermanos y hermanas en la realidad de la Iglesia. Esta oración supone siempre el “nosotros” de la familia de Dios.

Pero ahora debemos recordar las palabras del Evangelio, donde Juan Bautista dijo: “Yo los bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo (…) Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). Hemos visto el agua; pero ahora surge la pregunta: ¿en qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista? Para ver esta realidad del fuego, presente en el bautismo junto con el agua, debemos observar que el bautismo de Juan era un gesto humano, un acto de penitencia; era el esfuerzo humano por dirigirse a Dios para pedirle el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una nueva vida. Era solo un deseo humano, un ir hacia Dios con las propias fuerzas.

Ahora bien, esto no basta. La distancia sería demasiado grande. En Jesucristo vemos que Dios viene a nuestro encuentro. En el bautismo cristiano, instituido por Cristo, no actuamos solamente nosotros con el deseo de ser lavados, con la oración para obtener el perdón. En el bautismo es Dios mismo quien actúa mediante el Espíritu Santo. En el bautismo cristiano está presente el fuego del Espíritu Santo. Dios actúa, no solamente nosotros.

Pero naturalmente, Dios no actúa de modo mágico. Actúa solamente con nuestra libertad. No podemos renunciar a nuestra libertad. Dios interpela nuestra libertad, nos invita a cooperar con el fuego del Espíritu Santo. Estas dos cosas deben ir juntas. El bautismo seguirá siendo durante toda la vida un don de Dios, que ha grabado su sello en nuestra alma. Pero luego requiere nuestra cooperación, la disponibilidad de nuestra libertad para decir el “sí” que confiere eficacia a la acción divina.

A la Virgen Madre de Jesús, nuestro Salvador, presentado en la liturgia de hoy como el Hijo predilecto de Dios, encomendémonos, para que María vele por todos nosotros y nos acompañe siempre, para que se realice plenamente el plan de salvación que Dios tiene para cada uno.

¡Así sea!

P. Harley Carneiro, IVE

Jesús, su vida oculta

Jesús mío, que estáis tan cerca de mí, inspiradme lo que es necesario que yo piense de vuestra vida oculta…

San Carlos de Foucauld

«Él descendió con ellos y fue a Nazaret y les estaba sujeto»… Él descendió, se hundió, se humilló… Esto es, fue una vida de humildad: Dios, Vos aparecéis como un Hombre; Hombre, Vos os habéis hecho el último de los hombres; esto fue, una vida de abyección, hasta el último de los puestos; Vos descendisteis con ellos para vivir su vida, la vida de los pobres obreros, viviendo de su trabajo; vuestra vida fue como la suya, pobreza y trabajo; ellos vivían oscuramente, Vos vivisteis en la penumbra de su oscuridad. Fuisteis a Nazaret, pequeña ciudad perdida, oculta en la montaña, de donde «nada de bueno salía», según se decía; esto era el retiro, el alejamiento del mundo y de las capitales. Vos vivisteis en este retiro…

 

Vos estabais sometido, sometido como un hijo lo está a su padre y a su madre; esto era una vida de sumisión, de sumisión filial; obedecíais en todo lo que obedece un buen hijo. Si un deseo de vuestros padres no estaba de acuerdo con la vocación divina que Vos teníais, no le cumplíais. Vos

obedecíais «a Dios antes que a los hombres», como cuando os quedasteis tres días en Jerusalén; pero, salvo el caso en que la vocación que teníais pedía que nos os prestaseis a sus deseos, os entregabais en todo, siendo el mejor de los hijos, y, por consiguiente, no solamente obediente a sus menores deseos, sino previéndolos, haciendo todo lo que pudiera causarle un placer, consolándolos, haciéndoles la vida dulce y agradable, procurando con todo el corazón hacerles dichosos, siendo el hijo modelo y teniendo todas las atenciones posibles para con vuestros padres, en la medida, bien entendido, que permitía vuestra vocación… Pero ésta era la de ser perfecto, y Vos no podíais dejar de serlo, ¡oh Hijo eterno, oh Hijo de Dios! También durante esos treinta años fuisteis el Hijo más tierno, previsor, sumiso, amable y consolador, causando el mayor placer posible a vuestros padres, ayudándoles, sosteniéndoles, animándoles en su trabajo cotidiano, tomando para Vos la mayor parte posible para permitirles descansar, no contradiciéndoles jamás, a menos que una necesidad para la mayor gloria de Dios lo exigiera, y entonces, ¡con qué dulzura, bondad y ternura lo hacíais, que volvía la contradicción más dulce que una aquiescencia y la hacía ser como un rocío celestial, teniendo todas las atenciones, gracias, delicadezas, previsiones, las amabilidades que hacen la vida tan dulce cuando están hechas por una hermosa alma!… No omitiendo nada de lo que pudiera consolar a vuestros padres y hacer de su casita lo que ella era: un Cielo…

¡He aquí lo que fue vuestra vida en Nazaret, aquí, puesto que yo tengo la infinita dicha, la gracia incomparable de vivir en este Nazaret querido! ¡Gracias, gracias! Vuestra vida era la de un hijo modelo, viviendo entre un padre y una madre pobres obreros. Esto era la mitad de vuestra vida, la que mira a la tierra, aun esparciendo sobre la tierra un perfume celeste… Esto era la parte visible. La parte invisible era la vida en Dios, la contemplación en todos los instantes. Vos trabajabais, consolabais a vuestros padres, os entreteníais ternísimamente y santamente con ellos, orabais con ellos durante el día…, pero ¡cómo oraríais también en la soledad, en las tinieblas de la noche; cómo vuestra alma se exhalaba en silencio!… Siempre, siempre oraríais, oraríais en todos los instantes, pues orar es estar con Dios, y Vos sois Dios; pero cómo vuestra alma humana prolongaba esta contemplación durante las noches, cómo durante todos los instantes del día, ¡ella se unía a vuestra divinidad!… ¡Cómo vuestra vida sería un derramamiento continuo en Dios, una mirada continua hacia Dios; contemplación constante de Él en todos vuestros instantes!… ¿Y qué era esta oración que constituía la mitad de vuestra vida en Nazaret? Era, primero y sobre todo, la adoración, es decir, la contemplación, la adoración muda, que es la más elocuente de las alabanzas Tibi silentium laudis esta nueva admiración, que encierra la más apasionada de las declaraciones de amor, como el amor de admiración es el más ardiente de los amores… Después, en segundo lugar y empleando menos tiempo, la acción de gracias, primeramente por la gloria de Dios, de éste que es Dios de todas las gracias concedidas a la tierra y a todas las criaturas; el grito de perdón por todos los pecados cometidos contra Dios, perdón por los que no lo piden; acto de contrición por el mundo entero, dolor de ver a Dios ofendido; la petición, petición de la gloria de Dios, que Dios sea glorificado por todas las criaturas, que su Reino llegue a ellas, que su Voluntad se haga en ellas, como entre los ángeles, y que estas pobres criaturas reciban, en lo espiritual y en lo temporal, todo lo que ellas tengan necesidad y sean al fin libradas de todo mal en este mundo y en el otro… Y que las gracias se derramen en particular, en abundancia, sobre aquellos que la Voluntad divina ha puesto cerca de Jesús, alrededor de Él: su madre, su padre, sus primos, amigos; las almas que le aman, aquellos que se ligan a Él…

FAMILIA, LUGAR DE PAZ

En el año 1979, en una solemnidad como la que celebramos hoy, san Juan Pablo II, polaco que hacía poco tiempo había asumido el gobierno de la Santa Iglesia, propuso al mundo una reflexión sobre esta hermosa fiesta de la Sagrada Familia. Decía él: “El Hijo de Dios vino al mundo de la Virgen cuyo nombre era María; nació en Belén y creció en Nazaret bajo la protección de un hombre justo llamado José.

Jesús fue desde el principio el centro del gran amor que llenaba y rodeaba siempre a la Sagrada Familia, lleno de solicitud y de afecto hacia el Niño Dios que acababa de nacer; fue su gran vocación; fue su inspiración; fue el gran misterio de su vida. En la casa de Nazaret: ‘crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres’ (Lc 2, 52). Fue obediente y sumiso, como debe ser un hijo con sus padres. Esta obediencia nazarena de Jesús a María y a José ocupa casi todos los años que Él vivió en la tierra y constituye, por tanto, el período más largo de esta total e ininterrumpida obediencia que tributó al Padre celestial. No son muchos los años que Jesús dedicó al servicio de la Buena Nueva y finalmente al Sacrificio de la Cruz.

Pertenece así a la Sagrada Familia una parte importante de este divino misterio, cuyo fruto es la redención del mundo.”

San Pablo, en la segunda carta a los cristianos de Colosas, en la lectura que escuchamos hace poco, deseaba a los cristianos de esta ciudad que “la paz de Cristo reine en vuestros corazones”. La Iglesia nos introduce en un tema profundamente importante con estas dos conexiones: la fiesta de la Sagrada Familia y también este deseo de san Pablo de que, finalmente, reine la paz de Cristo.

Nuestro Señor Jesucristo dijo que nos da la paz, pero dijo que no la da como la da el mundo; su paz es diferente. Esta paz que viene de Cristo y que el Apóstol desea que reine en nuestros corazones es una paz que comienza, sobre todo, en el ambiente familiar.

La paz, según san Agustín, puede definirse como tranquillitas ordinis, es decir, la tranquilidad en el orden de todas las cosas. Todos los ambientes que nos rodean, cuando están bien ordenados, siguiendo una jerarquía de valores —los sobrenaturales por encima de los naturales, la fe sobre la razón, la razón sobre la animalidad, etc.—, cuando las cosas están así ordenadas, se puede decir que estamos en paz. Todo está sometido a aquello a lo que le corresponde estar sometido.

Dentro de la familia también debe existir este orden. En verdad, es en la familia donde se debe enseñar este orden, para que de ella salgan personas bien ordenadas, personas que busquen la paz y busquen instaurar la paz de Cristo en la sociedad.

San Pablo nos deja algunas indicaciones de este orden, de cómo debe ser dentro de la familia, cuando nos enseña que, en primer lugar, todo lo que hagamos debemos hacerlo en nombre del Señor Jesucristo. Luego advierte a las esposas que sean solícitas con sus maridos, como conviene en el Señor. Después advierte también a los maridos que amen a sus esposas y no sean ásperos con ellas. A los hijos tampoco les falta un tirón de orejas: obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es bueno y correcto en el Señor. A los padres les dirige también palabras para enseñarles cómo deben comportarse con relación a sus hijos: no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen.

Este orden es algo establecido por Dios; es algo que Él, como Ser Supremo que pensó y quiso la familia desde toda la eternidad, busca honrar al padre en los hijos, como nos dice el libro del Eclesiástico en la primera lectura, y confirma sobre ellos la autoridad de la madre. Quien honra a su padre alcanza el perdón de los pecados, evita cometerlos y será escuchado en la oración cotidiana. Quien respeta a su madre es como alguien que acumula tesoros. Quien honra a su padre tendrá alegría con sus propios hijos, y el día en que ore será escuchado. Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien obedece al padre es el consuelo de su madre.

Después, ya al final de la primera lectura, el autor del Eclesiástico nos da una de las exhortaciones más hermosas de la Sagrada Escritura: “Hijo mío, cuida de tu padre en su vejez y no le causes tristeza mientras viva.” ¡Ah, cuántas familias hoy en día se están desmoronando por falta de aplicación de este consejo! Cuántos padres y madres ancianos abandonados por aquellos por quienes dieron la vida, por quienes se desvivieron para criarlos y educarlos! Y el autor del Eclesiástico continúa: “Aunque pierda la lucidez, sé comprensivo con él; no lo humilles en ninguno de los días de su vida. La caridad hecha a tu padre no será olvidada, sino que servirá para reparar tus pecados…”

¿Y qué significa esto sino la aplicación de aquello que Nuestro Señor dejó como el mayor mandamiento dentro de la familia? ¿No fue Nuestro Señor Jesucristo quien nos dijo que el nuevo mandamiento que nos dejaba era este:  amaos los unos a los otros como yo os he amado”? ¿Y no debemos entonces aplicar este mandamiento en la familia en primer lugar? ¿No es esto lo que nos exhortan las lecturas y la liturgia de este día dedicado a la Sagrada Familia?

Esta paz de Cristo, que el Apóstol Pablo desea que reine en nuestros corazones, que la Iglesia busca y siempre ha buscado que reine en las familias y que actualmente se ve tan atacada, tan bombardeada y debilitada, brota de la verdadera caridad, brota de la caridad aplicada a los más cercanos, a los más próximos a nosotros: a los de nuestra casa. El Apóstol exhorta: “Pero, sobre todo, amaos los unos a los otros, pues el amor es el vínculo de la perfección.”

Esta exhortación no puedo dejar de dirigirla a cada uno de ustedes; no puedo ignorarla. El mismo san Pablo me exhorta a mí: “Instruíos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría.”

San Juan Pablo II, en esta reflexión que mencionaba al comienzo de esta homilía, decía que: “Efectivamente, la paz es signo del amor, es su confirmación en la vida de la familia. La paz es la alegría de los corazones; es el consuelo en la fatiga cotidiana. La paz es el apoyo que se ofrecen recíprocamente la mujer y el marido, y que los hijos encuentran en los padres y los padres en los hijos.”

Por eso tenemos la gran alegría de, desde lo profundo de nuestros corazones, como pedía san Pablo en la segunda lectura, cantar a Dios salmos, himnos y cánticos espirituales, en acción de gracias porque tenemos a la Sagrada Familia para imitar. Ustedes tienen a Jesús, María y José como modelo de este orden perfecto que debe ser seguido dentro del hogar y, a partir de ahí, procurar ordenar todos los demás aspectos de sus vidas y así alcanzar la paz de Cristo. En síntesis: lograrán la paz de Cristo amándoos los unos a los otros como Cristo los amó, dentro de vuestros hogares.

Que la Sagrada Familia de Nazaret interceda en este día especial por todas las familias del mundo entero, especialmente por todos ustedes aquí reunidos en la presencia del Señor, para que alcancen la verdadera alegría que brota de la paz de Cristo que debe reinar en vuestra familia.

Ave Maria Puríssima.

P. Harley Carneiro, IVE

RECONOCE, CRISTIANO, TU DIGNIDAD – SAN LEÓN MAGNO

Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, pues participas de la 
naturaleza divina (cfr. 2 Re 1, 4), y no vuelvas a la antigua 
miseria con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de 
qué Cuerpo eres miembro.

San León Magno

Hoy, amadísimos, ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos.
No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la Vida,
disipando el temor de la muerte y llenándonos de gozo con la
eternidad prometida. Nadie se crea excluido de tal regocijo,
pues una misma es la causa de la común alegría. Nuestro
Señor, destructor del pecado y de la muerte, así como a nadie
halló libre de culpa, así vino a librar a todos del pecado. Exulte
el santo, porque se acerca al premio; alégrese el pecador,
porque se le invita al perdón; anímese el pagano, porque se le
llama a la vida.

Al llegar la plenitud de los tiempos (cfr. Gal 4, 4), señalada
por los designios inescrutables del divino consejo, tomó el Hijo
de Dios la naturaleza humana para reconciliarla con su Autor y
vencer al introductor de la muerte, el diablo, por medio de la
misma naturaleza que éste había vencido (cfr. Sab 2, 24). En
esta lucha emprendida para nuestro bien se peleó según las
mejores y más nobles reglas de equidad, pues el Señor
todopoderoso batió al despiadado enemigo no en su majestad,
sino en nuestra pequeñez, oponiéndole una naturaleza humana,
mortal como la nuestra, aunque libre de todo pecado.

No se cumplió en este nacimiento lo que de todos los demás
leemos: nadie está limpio de mancha, ni siquiera el niño que
sólo lleva un día de vida sobre la tierra (Job 14, 4-5). En tan
singular nacimiento, ni le rozó la concupiscencia carnal, ni en
nada estuvo sujeto a la ley del pecado. Se eligió una virgen de
la estirpe real de David que, debiendo concebir un fruto
sagrado, lo concibió antes en su espíritu que en su cuerpo. Y
para que no se asustase por los efectos inusitados del designio
divino, por las palabras del Ángel supo lo que en ella iba a
realizar el Espiritu Santo. De este modo no consideró un daño
de su virginidad llegar a ser Madre de Dios. ¿Por qué había de
desconfiar Maria ante lo insólito de aquella concepción, cuando
se le promete que todo será realizado por la virtud del Altísimo?
Cree Maria, y su fe se ve corroborada por un milagro ya
realizado: la inesperada fecundidad de Isabel testimonia que es
posible obrar en una virgen lo que se ha hecho con una estéril.

Asi pues, el Verbo, el Hijo de Dios, que en el principio estaba
en Dios, por quien han sido hechas todas las cosas, y sin el
cual ninguna cosa ha sido hecha (cfr. Jn 1, 1-3), se hace
hombre para liberar a los hombres de la muerte eterna. Al tomar
la bajeza de nuestra condición sin que fuese disminuida su
majestad, se ha humillado de tal forma que, permaneciendo lo
que era y asumiendo lo que no era, unió la condición de siervo
(cfr. Fil 2, 7) a la que Él tenía igual al Padre, realizando entre las
dos naturalezas una unión tan estrecha, que ni lo inferior fue
absorbido por esta glorificación, ni lo superior fue disminuido
por esta asunción. Al salvarse las propiedades de cada
naturaleza y reunirse en una sola persona, la majestad se ha
revestido de humildad; la fuerza, de flaqueza; la eternidad, de
caducidad.

Para pagar la deuda debida por nuestra condición, la
naturaleza inmutable se une a una naturaleza pasible;
verdadero Dios y verdadero hombre se asocian en la unidad de
un solo Señor. De este modo, el solo y único Mediador entre
Dios y los hombres (cfr. 1 Tim 2, 5) puede, como lo exigía
nuestra curación, morir, en virtud de una de las dos naturalezas,
y resucitar, en virtud de la otra. Con razón, pues, el nacimiento
del Salvador no quebrantó la integridad virginal de su Madre. La
llegada al mundo del que es la Verdad fue la salvaguardia de su
pureza.

Tal nacimiento, carísimos, convenía a la fortaleza y sabiduría
de Dios, que es Cristo (cfr. 1 Cor 1, 24), para que en Él se
hiciese semejante a nosotros por la humanidad y nos
aventajase por la divinidad. De no haber sido Dios, no nos
habría proporcionado remedio; de no haber sido hombre, no
nos habría dado ejemplo. Por eso le anuncian los ángeles,
cantando llenos de gozo: gloria a Dios en las alturas; y
proclaman: en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad
(Lc 2, 14). Ven ellos, en efecto, que la Jerusalén celestial se
levanta en medio de las naciones del mundo. ¿Qué alegría no
causará en el pequeño mundo de los hombres esta obra
inefable de la bondad divina, si tanto gozo provoca en la esfera
sublime de los ángeles?

Por todo esto, amadísimos, demos gracias a Dios Padre por
medio de su Hijo en el Espíritu Santo, que, por la inmensa
misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros; y,
estando muertos por el pecado, nos resucitó a la vida en Cristo
(cfr. Ef 2, 5) para que fuésemos en Él una nueva criatura, una
nueva obra de sus manos. Por tanto, dejemos al hombre viejo
con sus acciones (cfr. Col 3, 9) y renunciemos a las obras de la
carne, nosotros que hemos sido admitidos a participar del
nacimiento de Cristo.

Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, pues participas de la
naturaleza divina (cfr. 2 Re 1, 4), y no vuelvas a la antigua
miseria con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de
qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado del
poder de las tinieblas, has sido trasladado al reino y claridad de
Dios (cfr. Col 1, 13). Por el sacramento del Bautismo te
convertiste en templo del Espíritu Santo: no ahuyentes a tan
escogido huésped con acciones pecaminosas, no te entregues
otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la Sangre
de Cristo, quien te redimió según su misericordia y te juzgará
conforme a la verdad. El cual con el Padre y el Espiritu Santo
reina por los siglos de los siglos. Amén.

LAS DOS VENIDAS DE CRISTO – SAN CIRILO DE JERUSALÉN

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc 2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (cf. Sal 104,2a). En la primera «soportó la cruz, sin miedo a la ignominia» (Hebr 12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles.

San Cirilo de Jerusalén

Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento, esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino. Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón (Sal 72,6); el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc 2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (cf. Sal 104,2a). En la primera «soportó la cruz, sin miedo a la ignominia» (Hebr 12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles (cf. Mt 25,31).

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la segunda. Y, habiendo proclamado en la primera: «bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21,9), diremos eso mismo en la segunda (cf. Mt 23,39); y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos adorándolo: «Bendito el que viene en nombre del Señor». El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio (Mt 27,12) refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz y les dirá: «Esto hiciste y yo callé» (Sal 50,21 ) 3.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.

De ambas venidas habla el profeta Malaquías «De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis» (Mal 3,1). He ahí la primera venida. Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar —dice el Señor de los ejércitos—. ¿Quién podrá resistir el día de su venida? ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará para fundir y purgar» (3,1-3).

Y en las líneas que siguen dice el Salvador mismo: «Yo me acercaré a vosotros para el juicio, y seré un testigo expeditivo contra los hechiceros y contra los adúlteros, contra los que juran con mentira», etc. (3,5). Por eso, queriendo hacernos más cautos, dice Pablo: «Si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego» (I Cor 3,12-13)4.

Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas en estos términos: «Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tit 2,11-13). Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.

Por esta razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel «que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, sera otra vez renovado.

Catequesis XV, 1-3 – San Cirilo de Jerusalén

EL ÁRBOL GENEALÓGICO DE JESÚS – FULTON SHEEN

La diferencia entre la genealogía que presenta Lucas y la que presenta Mateo es debida al hecho de que Lucas, al escribir a los gentiles, ponía cuidado en dar la ascendencia natural; mientras que Mateo, al escribir a los judíos, puso claro empeñó en demostrar a los judíos que nuestro Señor era el heredero del reino de David. 

Fulton Sheen

Aunque su naturaleza divina procedía de la eternidad, su naturaleza humana tenía una base judía. La sangre que corría por sus venas era de la casa real de David, por medio de su madre, que, aunque pobre, pertenecía al linaje de aquel gran rey. Sus contemporáneos le llamaron el «hijo de David». El pueblo jamás habría consentido mirar como Mesías a ningún pretendiente que no cumpliera este requisito indispensable. Ni tampoco nuestro Señor desmintió nunca su origen davídico. Únicamente afirmó que su filiación davídica no explicaba las relaciones con que se hallaba unido al Padre en su persona divina.

Las primeras palabras del evangelio de Mateo sugieren la generación de nuestro Señor. El Antiguo Testamento empieza con la generación o génesis del cielo y de la tierra por medio de Dios, el cual creó todas las cosas. El Nuevo Testamento tuvo otra clase de génesis, en el sentido en que describe la creación nueva de todas las cosas. La genealogía que se da en dicho libro implica que Cristo era «un segundo Hombre», y no simplemente uno de entre tantos que habían surgido de Adán. Lucas, que dirigía su evangelio a los gentiles, remontó los ascendientes de nuestro Señor hasta el primer hombre, pero Mateo, que dirigía su evangelio a los judíos, lo presentó como el «hijo de David e hijo de Abraham». La diferencia entre la genealogía que presenta Lucas y la que presenta Mateo es debida al hecho de que Lucas, al escribir a los gentiles, ponía cuidado en dar la ascendencia natural; mientras que Mateo, al escribir a los judíos, puso claro empeñó en demostrar a los judíos que nuestro Señor era el heredero del reino de David. A Lucas le interesa el Hijo del hombre; a Mateo, el rey de Israel. De ahí que Mateo empiece así su evangelio:

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. (Mt 1, 1)

Mateo presenta las generaciones que van desde Abraham hasta nuestro Señor como si hubieran pasado a través de tres ciclos de catorce cada uno. Sin embargo, ello no representa una genealogía completa. Se mencionan catorce desde Abraham hasta David; catorce desde David hasta el cautiverio de Babilonia, y catorce desde el cautiverio de Babilonia hasta nuestro Señor. La genealogía desborda el fondo judío para incluir a unos pocos no judíos. Debió de haber alguna muy buena razón para ello, como debió de haberla para incluir a otros que no tenían la mejor reputación.

Una de estas personas fue la ramera Rahab, y otra fue Rut, que era extranjera, aunque admitida en la nación israelita; un tercer antepasado de mala fama fue la pecadora Betsabé, cuyo pecado con David arrojó oprobio sobre la línea de descendencia real. ¿Por qué había de haber tales manchas en el escudo de armas, como Betsabé, cuya pureza femenina fue mancillada; y Rut, que, aunque moralmente buena, fue un elemento que introdujo sangre extranjera en la descendencia? Posiblemente fue debido a que se quería indicar la relación de Cristo con respecto a los mancillados y a los pecadores, a las prostitutas, e incluso a los gentiles, los cuales fueron incluidos en su mensaje y en su redención.

En algunas traducciones de la Escritura, la palabra que se emplea para describir la genealogía es la palabra «engendró», por ejemplo: «Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob»; en otras traducciones hallamos la expresión «fue padre de», por ejemplo: «Jeconías fue padre de Salatiel». Una u otra manera de traducir es lo de menos; lo que llama la atención es que esta monótona expresión se usa a lo largo de cuarenta y una generaciones. Pero se omite al llegar a la generación cuarenta y dos. ¿Por qué? Debido al nacimiento virginal de Jesús.

Y Jacob engendró a José, marido de María; de la cual nació Jesús, que es llamado el Cristo. (Mt 1, 16)

Mateo, al trazar la genealogía, sabía que nuestro Señor no era hijo de José. De ahí que desde las primeras páginas del evangelio se presenta a nuestro Señor relacionado con la raza que, no obstante, no le produjo enteramente. Que llegó a formar parte de esta raza era evidente; sin embargo, era distinto de ella.

Si había una sugerencia al nacimiento virginal en la genealogía de Mateo, también la había en la genealogía de Lucas. En Mateo no se dice que José hubiera engendrado a nuestro Señor, y en Lucas se llama a nuestro Señor: Hijo (según se creía) de José. (Lc 3, 23)

Quería decir con estas palabras que corrientemente se suponía que nuestro Señor era hijo de José. Combinando las dos genealogías: en Mateo, nuestro Señor es hijo de David y de Abraham; en Lucas, es el hijo de Adán y es también la simiente de la mujer que Dios prometió habría de aplastar la cabeza de la serpiente. Personas inmorales son convertidas, mediante la providencia de Dios, en los instrumentos de su divina política: así, David, que asesinó a Urías, es, sin embargo, el canal por el cual la sangre de Abraham fluye hasta la sangre de María. Había pecadores en su  árbol genealógico, y Él parecería el más grande pecador de todos cuando pendiera del árbol genealógico de la cruz, haciendo a los hombres hijos adoptivos del Padre celestial.

EL NOMBRE DE JESÚS – FULTON SHEEN

La salvación que se promete con el nombre «Jesús» no es una salvación social, sino más bien espiritual. No habría de salvar necesariamente a la gente de la pobreza, sino del pecado.

Fulton Sheen

El nombre «Jesús» era muy corriente entre los judíos. En la forma hebrea originaria era «Josué». El ángel dijo a José que María Parirá un hijo, al que darás el nombre de Jesús; porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. (Mt 1, 21)

La primera indicación de la naturaleza de su misión sobre la tierra no hace mención de su doctrina, ya que la doctrina sería ineficaz a menos que primero hubiera la salvación. Al mismo tiempo se le dio otro nombre, el de «Emmanuel».

He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel; que, traducido, quiere decir: Dios con nosotros. (Mt 1, 23)

Este nombre fue tomado de la profecía de Isaías, y aseguraba algo además de la divina presencia: junto con el nombre «Jesús», significaba una divina presencia que libera y salva. El ángel también dijo a María:

Y he aquí que concebirás en tu seno, y darás a luz un hijo, y le darás el nombre de Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David su padre, y reinará sobre la casa de Jacob eternamente; y su reino no tendrá fin. (Lc 1, 31-33)

El título «Hijo del Altísimo» es el mismo que dio al Redentor el mal espíritu que tenía obseso al joven de Gerasa. De este modo, el ángel caído confesó que Él era lo mismo que el ángel no caído había anunciado que sería:

¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? (Mc 5, 7)

La salvación que se promete con el nombre «Jesús» no es una salvación social, sino más bien espiritual. No habría de salvar necesariamente a la gente de la pobreza, sino del pecado. Destruir el pecado es arrancar las raíces de la pobreza. El nombre «Jesús» evocó para los judíos el recuerdo de aquel gran caudillo que los llevó a la tierra prometida. El hecho de que Jesús estuviera prefigurado por Josué indica que poseía las cualidades militares necesarias para la victoria final sobre el mal, victoria que provendría de la aceptación gozosa del sufrimiento, del valor inquebrantable, de la resolución de la voluntad y de la firme devoción al mandato del Padre.

El pueblo judío, esclavizado bajo el yugo romano, anhelaba liberación; de ahí que presintiera que todo cumplimiento profético de Josué tendría algo que ver con la política. Más tarde la gente le preguntaría cuándo iría a liberarlos del poder del césar. Pero aquí, en el mismo comienzo de su vida, el divino soldado afirmaba por medio de un ángel que habría que vencer a un enemigo mayor que el césar. De momento tenían que dar al césar las cosas que fuesen del césar, ya que la misión de Él era librarlos de una tiranía mucho más grande, la del pecado. Durante toda su vida, el pueblo continuaría materializando el concepto de salvación, creyendo que la liberación había de interpretarse solamente en términos de política. El nombre de «Jesús», o «Salvador», no le fue dado después de haber obrado la salvación, sino en el preciso instante en que fue concebido en las entrañas de su madre. El fundamento de su salvación se hallaba en la eternidad, y no en el tiempo.

LA ALEGRÍA QUE BROTA DE LA FE

Alegraos siempre en el Señor… Flp 4,4

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa” (Is 35, 1). Una insistente invitación a la alegría caracteriza la liturgia de este tercer domingo de Adviento, llamado domingo “Gaudete”, porque precisamente “Gaudete” es la primera palabra de la antífona de entrada. “Regocijaos”, “alegraos”. Además de la vigilancia, la oración y la caridad, el Adviento nos invita a la alegría y al gozo, porque ya es inminente el encuentro con el Salvador.”[1]

Si en el primer domingo de este Adviento, la Iglesia nos invitaba a reavivar nuestra esperanza para la llegada del Mesías, en el domingo pasado (IIº del Adviento), nos propuso una especie de figura perfecta de esta esperanza, de esta preparación: Juan el Bautista, primo del Señor, profeta elegido por Dios. Hombre realmente grande, como lo hemos escuchado de la boca del mismo Jesús en el Evangelio de hoy: “En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista”. Ahora, en este domingo IIIº del Adviento, estamos ya muy cerca de la Navidad y el tema que nos circunda en la liturgia de hoy es sí, de la alegría, como señalaba el Papa Juan Pablo II en las palabras mencionadas antes, pero además de esto, podemos fundamentar esta alegría en la fe, una fe consistente, confirmada con hechos; fe que recoge la esperanza confiada de todos los profetas y justos del Antiguo Testamento hasta Juan el Bautista.

La pregunta que Juan manda hacerle al Señor: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Es la concatenación de toda la historia de la salvación antes del Señor encarnarse, desde que Adán y Eva pecaron, la humanidad esperaba por este momento.

La respuesta del Señor no deja lugar a dudas: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo…” No solamente soy el que debería venir, sino que lo estoy comprobando con las obras, ellas dan testimonio de mí (Cfr. Jn 5, 36). Créanme, crean en las obras que hago. Es lo que ha predicho hace muchos años el profeta Isaías: “Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo.” (Is 35, 1-6ª.10) Por esto es que el desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa y florecerá, germinará y florecerá como flor de narciso, festejará con gozo y cantos de júbilo. […] ¡He aquí vuestro Dios!

“Aquí radica la razón profunda de nuestra alegría: en Cristo se cumplió el tiempo de la espera. Dios realizó finalmente la salvación para todo hombre y para la humanidad entera. Con esta íntima convicción nos preparamos para celebrar la fiesta de la santa Navidad, acontecimiento extraordinario que vuelve a encender en nuestro corazón la esperanza y el gozo espiritual.”[2] Y solamente “aguardamos con esperanza segura la segunda venida de Cristo, porque hemos conocido la primera”[3], decía el Papa Benedicto XVI. Hay un himno de vísperas para este tiempo, en portugués, que es muy hermoso y sintetiza muy bien esta realidad de la que hablamos, trata de una certeza: la venida primera en la que creemos, y habla de la venida segunda, que confiadamente esperamos:

Não foi para punir este mundo

que ele veio na vinda primeira.

Ele veio sarar toda chaga

e salvar quem no mal perecera.

Mas a vinda segunda anuncia

que o Cristo Senhor vai chegar,

para abrir-nos as portas do reino

e os eleitos no céu coroar.[4]

Es esta la fe que tenemos y profesamos, esto es lo que fundamenta nuestra esperanza.

Así como la semana pasada tuvimos a Juan el Bautista como modelo de la esperanza de la cual hablábamos en el primer domingo, en el próximo domingo, ya a las puertas de la Navidad, la liturgia nos llevará a contemplar un modelo acabado de esta fe de la que estamos hablando hoy: la Sagrada Familia. En efecto, el Evangelio del nacimiento del Señor de San Mateo será propuesto para la semana que viene, y en la docilidad con que tanto José, pero también -y especialmente- María han acogido su misión, es de una fe que impresiona e inspira a cualquiera.

Un detalle muy interesante y que me parece, merece la pena considerarlo, es que la alegría que estamos celebrando hoy en este domingo Gaudete, originaria de la fe sólida en el cumplimiento de las promesas y profecías del Antiguo Testamento, se manifiesta en todos los aspectos, siempre muy sencilla, humilde, más íntima y recogida. En efecto, es una alegría totalmente distinta de la del mundo. Una alegría nacida del silencio, de la pobreza y de la sencillez interior. Incluso la penitencia tomada en días anteriores debe vivirse con gozo, porque es parte del camino que nos acerca al Señor.

Es posible imaginar la escena: los pastores, humildes hombres que trabajaban en el campo para sustentar a sus familias, sabían de algún modo, por algún resquicio de formación religiosa que habrán tenido en su vida, que debía venir el Mesías. Imaginar a los reyes magos, venidos de Oriente, caminando. Todos ellos fatigados, separados quizás por algunos días, sin embargo, se presentan delante de la cuna, en el pesebre. A ellos se les podría consolar con las palabras de Isaías que escuchamos en la primera lectura de hoy: “Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes; decid a los inquietos: ‘Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará.” (Is 35, 10)

Aquí es donde justamente encontramos el modelo para vivir -y recibir- esta alegría a la cual nos invita la Iglesia en este día: reconocerse humildes y necesitados de Dios y buscar en Él consuelo. A esto se encaminan las palabras de Juan Pablo II: “Al reconocerse humildes, pobres y necesitados de la ayuda de Dios, los creyentes se unen para acoger a su Mesías que está a punto de venir. Vendrá en el silencio, en la humildad y en la pobreza del pesebre, y a quien le abra el corazón le traerá su alegría.[5]

Que la Santísima Virgen María, Madre de la Esperanza, Modelo de Fe, Alegría de los Humildes nos alcance la gracia de verdaderamente alegrarnos con la presencia del Señor que llega, que ya llega para regir la tierra (Cfr. Sl 97,9), y que muy pronto vendrá para juzgar al mundo y conducir a las moradas eternas a los que perseverantes han esperado con paciencia la venida del Señor. (Cfr. St 5,7)

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE

 

[1] Homilía San Juan Pablo II en Roma el Domingo 16 de diciembre de 2001

[2] Ibid.

[3] Ángelus del Papa Benedicto XVI en la Plaza de San Pedro el Domingo 16 de diciembre de 2007

[4] Tr: No fue para punir este mundo / que Él vino en su venida primera. / Él vino curar toda llaga / y salvar quién en el mal perecerá // Pero la venida segunda anuncia / que el Cristo Señor va a llegar, / para abrirnos las puertas del reino / y a los elegidos en el cielo coronar.

[5] Homilía San Juan Pablo II en Roma el Domingo 16 de diciembre de 2001

DE LA PREHISTORIA A LA HISTORIA – FULTON SHEEN

Belén se convirtió en un eslabón entre el cielo y la tierra; Dios y el hombre se encontraron allí y se miraron cara a cara. Al asumir la carne humana, el Padre la preparó, el Espíritu la formó y el Hijo la recibió. El que tenía un nacimiento eterno en el seno del Padre tuvo ahora un nacimiento temporal. 

Fulton Sheen

«El Verbo se hizo carne.» La naturaleza divina, que era pura y santa, entró como principio renovador en la línea corrompida de la raza de Adán, sin ser afectada por la corrupción. Por medio de su nacimiento virginal, Jesucristo llegó a convertirse en un principio operativo en la historia humana sin hallarse sujeto al pecado.

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, gloria que tuvo de su Padre, como Unigénito, lleno de gracia y de verdad. (Jn 1, 14)

Belén se convirtió en un eslabón entre el cielo y la tierra; Dios y el hombre se encontraron allí y se miraron cara a cara. Al asumir la carne humana, el Padre la preparó, el Espíritu la formó y el Hijo la recibió. El que tenía un nacimiento eterno en el seno del Padre tuvo ahora un nacimiento temporal. El que había nacido en Belén vino a nacer en los corazones de los hombres. Porque, ¿de qué habría servido que hubiera nacido mil veces en Belén, a menos que naciera de nuevo en el hombre?

Mas a todos los que le recibieron les dio privilegio de ser hechos hijos de Dios. (Jn 1, 12)

Ahora el hombre no necesita esconderse de Dios, como hizo en otro tiempo Adán, ya que Él puede ser visto a través de la naturaleza humana de Cristo. Al hacerse hombre, Cristo no ganó ninguna nueva perfección, ni tampoco perdió nada de lo que poseía como Dios. Hallábase la omnipotencia de Dios en el movimiento de su brazo; el infinito amor de Dios en los latidos de su corazón humano, y la inconmensurable compasión de Dios hacia los pecadores en el brillo de sus ojos. Dios ha sido manifestado ahora en la carne; he aquí a lo que llamamos la encarnación. Toda la serie de atributos divinos de poder, bondad, justicia, amor y belleza se hallaban en Él. Y cuando nuestro divino Señor obraba y hablaba, Dios, en su naturaleza perfecta, se manifestaba a los que lo veían y escuchaban sus palabras o tocaban su cuerpo. Tal como Él mismo dijo más tarde a Felipe:

El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. (Jn 14, 9)

Nadie puede amar una cosa a menos que pueda rodearla con sus brazos. Y el cosmos es demasiado grande y abulta demasiado. Pero tan pronto como Dios llegó a ser un niño y fue envuelto en pañales y colocado en un pesebre, entonces la gente pudo decir: «Éste es Emmanuel, éste es Dios con nosotros’.» Por el hecho de descender Él hasta la frágil naturaleza humana y elevar a ésta hasta la incomparable prerrogativa de la unión con Él mismo, fue dignificada la naturaleza humana. Tan real era esta unión, que siendo propiamente humanos todos sus actos y palabras, todas sus congojas y lágrimas, todos sus pensamientos y razonamientos, resoluciones y emociones, eran al mismo tiempo los actos y las palabras, las congojas y las lágrimas, los pensamientos y razonamientos, las resoluciones y emociones del eterno Hijo de Dios.

Lo que los hombres denominan encarnación no es sino la unión de dos naturalezas, la divina y la humana, en una sola persona que gobierna a una y otra. Esto no es difícil de entender, puesto que, después de todo, ¿qué es el hombre, sino un ejemplo, a un nivel inconmensurablemente más bajo, de unión de dos substancias completamente diferentes, una material y otra inmaterial, una el cuerpo, otra el alma, regidas por una única personalidad humana? ¿Qué existe más distinto entre sí, que los poderes y facultades de la carne y el espíritu? Procediendo a su unidad, ¿qué dificultad habría, sin embargo, en concebir un momento en que el alma y el cuerpo estuvieran unidos en una sola personalidad? Que se hallen de tal manera unidos, constituye una experiencia bien clara para cualquier mortal. Y, con todo, es una experiencia que a nadie extraña, porque estamos familiarizados con ella.

Dios, que junta el cuerpo y el alma para formar una sola personalidad humana, a pesar de su diferente naturaleza, seguramente podría verificar la unión de un cuerpo humano y un alma humana con su divinidad bajo la fiscalización de su eterna persona. Esto es lo que quiere significarse con:

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. (Jn 1, 14)

La persona que asumió la naturaleza humana no fue creada como las demás personas. Su persona fue el Verbo, Palabra o Logos preexistente. Por otra parte, su naturaleza humana derivó de la concepción en el seno de María, en cuya concepción se fundió de la manera más hermosa el asombro del Espíritu con el humano fiat, o consentimiento de la mujer.

Éste es el comienzo de una nueva humanidad a partir del material del linaje caído. El hecho de que la Palabra llegara a hacerse carne, no quería decir que en la divina Palabra, o Verbo divino, se efectuara algún cambio. La Palabra de Dios, al extenderse, no abandonó al Padre. Lo que sucedió no fue tanto la conversión de la Divinidad en carne, como la incorporación del hombre en la Divinidad.

Hubo continuidad con la raza caída del hombre mediante la humanidad tomada de María; hay discontinuidad debido al hecho de que la persona de Cristo es el Logos preexistente. De este modo, Cristo llega a ser literalmente el segundo Adán, el hombre por medio del cual la raza humana empieza de nuevo. Su enseñanza se basaba en la incorporación de las naturalezas humanas a Él, del mismo modo que la naturaleza humana que Él había tomado de María estaba unida al Verbo eterno.

Es difícil para un ser humano llegar a comprender la humildad que implica el hecho de que el Verbo se hiciera carne. Imaginemos, si fuera posible, que una persona humana se despojara de su cuerpo y luego enviara su alma al cuerpo de una serpiente. Ello sería la causa de una doble humillación. Primero, aceptar las limitaciones de un organismo reptil, sabiendo la gran superioridad de la mente del hombre sobre la mente de la serpiente y que los colmillos de ésta no podrían articular adecuadamente unos pensamientos que nunca tuvo serpiente alguna. La segunda humillación consistiría en verse obligado, como resultado de este «vaciamiento de sí mismo», a vivir en compañía de serpientes. Pero todo esto no es nada en comparación con el vaciamiento de Dios, por medio del cual tomó forma de hombre y aceptó las limitaciones de la humanidad, tales como el hambre y la persecución; tampoco fue insignificante para la sabiduría de Dios condenarse a sí mismo a asociarse con pobres pescadores, que tan pocas cosas sabían. Pero esta humillación, que comenzó en Belén cuando fue concebido de María Virgen, fue solamente la primera humillación entre muchas realizadas para contrarrestar el orgullo del hombre, hasta la humillación final de la muerte en la cruz. Si no hubiese habido cruz, no habría existido pesebre; si no hubiera habido clavos, no habría habido paja. Pero no podía enseñar la lección de la cruz como rescate por el pecado; tenía que tomar la cruz. Dios, el Padre, no perdonó a su Hijo… tanto era el amor que sentía por la humanidad. Éste era el secreto que venía envuelto en los pañales.