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¿ACASO LA VIRGEN MARÍA NO HIZO LA VOLUNTAD DEL PADRE?

Sermón sobre el Evangelio de Mateo, 25, 7-8 : PL 46, 937

Atiende a lo que dice Cristo, el Señor, extendiendo la mano hacia sus discípulos: «He aquí mi madre y mis hermanos». Y luego: «El que hace la voluntad de mi Padre, que me envió, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 49-50). ¿Acaso la Virgen María no hizo la voluntad del Padre, ella que creyó por la fe, que concibió por la fe? Santa María hizo, sí, la voluntad del Padre, y por consiguiente María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz al Maestro, lo llevó en su seno.

Ved si lo que digo no es verdad. Cuando el Señor pasaba, seguido por la muchedumbre y haciendo milagros, una mujer se puso a decir: «¡Feliz y bienaventurado, el pecho qué te llevó!» ¿Y qué le replicó el Señor, para evitar que se coloque la felicidad en la carne? «¡ Feliz más bien aquellos qué escuchan la palabra de Dios y la cumplen!». Pues, María es bienaventurada también porque oyó la palabra de Dios y la cumplió: su alma guardó la verdad más, que su pecho guardó la carne. La Verdad, es Cristo; la carne, es Cristo. La verdad, es Cristo en el corazón de María; la carne, es Cristo en el seno de María. Lo que está en el alma es más que lo que está en el seno. ¡Santa María, bienaventurada María!

Pero vosotros, queridísimos, mirad:vosotros sois miembros Cristo, y sois el cuerpo del Cristo (1Co 12, 27). «El que escucha y hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre». Porque sólo hay una herencia. Y es por eso que Cristo, aunque era el Hijo único, no quiso ser único; en su misericordia, quiso que fuéramos herederos del Padre, que fuéramos herederos con Él (Rm 8, 17).

Compartiendo un consejo

Transformemos nuestros tropiezos en tesoros

Uno de los tantos hermosos aspectos de la vida del sacerdote es el de dar consejo. No por nada estudiamos -en nuestro caso- al menos 8 años para poder llegar a la ordenación sacerdotal, pasando además por los correspondientes cursos y exámenes que nos ayudan a prepararnos tanto para administrar el sacramento de la confesión cuanto para la posible dirección espiritual. Y aún así hay que seguir estudiando siempre que sea posible, pues el sacerdote tiene la paternal obligación de transmitir lo que Dios le ha ido enseñando a través de sus estudios, de su experiencia, y, por supuesto, de sus ratos de oración y reflexión delante de Jesús sacramentado, pues las almas han de ser atendidas lo mejor posible. Que el Señor nos alcance esta gracia poniendo nosotros de nuestra parte.

La gran variedad de almas y sus obvias diferencias (temperamento, edad, circunstancias, vocación; estado actual de consolación o desolación, formación, vida de oración, y todo aquello que actualmente anide en ellas), hace que la gama de consejos se abra en un abanico sumamente colorido de posibilidades según las correspondientes necesidades, y de allí hay que descender con la máxima caridad posible hasta los consejos particulares. Pero también existen muchos consejos más bien generales, prácticos, más o menos fáciles -al menos de entender-, y que normalmente ayudan si los sabemos poner en práctica. Y en esta oportunidad quisiera compartir uno que personalmente me ha ayudado, así como a no pocas personas a las cuales en algún momento se los pude aconsejar: “Transformemos nuestros tropiezos en tesoros”. Me explico:

A menudo, cuando nos examinamos, nos podemos encontrar con ciertas faltas más o menos constantes, derivadas de circunstancias también constantes en nuestra vida que suelen encontrarse con nuestra debilidad y falta de ciertas virtudes que todavía no hemos conquistado o terminado mejor de conquistar (si es que realmente estamos trabajando en ello, se entiende). Pongo algunos ejemplos muy simples: esa persona en mi trabajo que normalmente me hace perder la paciencia, sea por su irresponsabilidad, por su impuntualidad, etc.; ese compañero que prefiero evitar porque su temperamento fuerte choca con el mío; esas faltas de caridad con los que no tenemos casi nada en común pero con los cuales debo verme a menudo; o más general aún, considerando las faltas más comunes que tenemos (las cuales solemos descubrir examinando nuestras confesiones: de qué normalmente pido perdón). Sea lo que sea, podemos poner delante de nosotros algunos de nuestros “tropiezos habituales”, y pedir a Dios la gracia de que sean transformados en “tesoros que podamos ofrecer a nuestro Señor”: así, por ejemplo, supongamos que suelo perder la paciencia con tal o cual persona, de mi trabajo, de mi comunidad, de donde sea que implique para mí una situación habitual, normalmente irrenunciable; y así, al momento de comenzar mi día, hacer una oración en la cual, en lugar de quejarme de esa persona y de que probablemente hoy “tenga nuevamente la oportunidad de perder con ella la paciencia”, y tal vez contestarle mal o simplemente amargarme murmurando interiormente, en cambio, que yo mismo le pida al Señor no que me aparte de la ocasión de encontrarme a esa persona, sino “que me regale la oportunidad de hacer un acto de paciencia con ella”, ¿se entiende?, es decir, que aquella ocasión que anteriormente ha sido motivo de alguna falta de virtud o tropiezo, y que normalmente deseo rehuir, ahora se convierta, por mi oración sincera delante de Dios para poder ofrecerle algo, en una oportunidad no ya que quiera rechazar, sino que honestamente, virtuosamente, esté esperando con atención y la mejor de las disposiciones. Esto es algo muy sencillo de entender, el tema es poner en ello toda nuestra buena voluntad según aquel “tropiezo” que antes precedió a la culpa; pero que esta vez se cambie en un acto de virtud que deseo de todo corazón poder realizar para ofrecer a Dios: “Señor, ante tal circunstancia suelo perder la paciencia: te pido la gracia de que hoy me concedas regalarte un acto de paciencia”; “Señor, suelo faltar a la caridad en tal situación: te pido que me concedas la gracia de regalarte hoy un acto de caridad”, etc.; con lo que queramos: nosotros elegimos y luego Dios lo aceptará con agrado.
Esta es una manera muy concreta de irnos venciendo poco a poco en nuestros defectos, nuestras faltas de virtud, “nuestros tropiezos habituales”. Y como correspondiente colofón: una vez hecho el acto de virtud que estuvimos esperando desde la mañana para poder ofrecerle a Dios, “guardarlo como un tesoro”, es decir, llevarlo a una oración de ofrecimiento y agradecimiento, delante del Señor de ser posible; pero sea como sea, con el gozo sobrenatural de haber podido hacer tal acto de virtud. Y si esto nos resulta con la ayuda de la gracia y nuestro deseo sincero de avanzar en la vida espiritual, lo podemos ir haciendo habitualmente e ir pasando por las virtudes que deseemos trabajar y conquistar.

No olvidemos, finalmente, que delante de lo que decidamos transformar en un tesoro para ofrecer, debemos poner a nuestro Señor Jesucristo en su trato con los pecadores, con nosotros, los que tropezamos; pero de quienes espera también que practiquemos las virtudes que Él practica amorosamente con nosotros: paciencia, compasión, generosidad, humildad, caridad, etc.

P. Jason.

CARICIAS DE UNA SANTA RITA

En la famosa obra de Dostoievski, “El Idiota”, hay una frase que se hizo muy conocida y que quiero traer aquí para dar pie a lo que vendrán a ser estas pocas líneas: “La belleza salvará el mundo.”; hecho comprobado, y es que a veces algo sencillo pero cargado de significado, nos detiene y nos asombra. Su belleza nos invita a alzar la mirada y a pensar en Aquel de quien procede toda hermosura. Como cantaba San Juan de la Cruz: “Mil gracias derramando… pasó por estos sotos con presura… y yéndolos mirando… vestidos los dejó de su hermosura…” Podríamos decir que encontrar cosas bellas es encontrarse con estos destellos de la Belleza suprema que siempre quiere decirnos algo.

Dejando de lado los preámbulos, ¿a qué vengo? En el interior de las ruinas de la Basílica Cruzada dedicada a resguardar la Roca de la casa de Santa Ana —donde vivimos y que custodiamos—, tenemos a la derecha del ábside central, una imagen imponente que representa a Santa Ana, la dueña de la casa, con la Virgen Niñita a su lado. Tierna imagen. Ya habrán podido contemplarla en algunas de las fotos que por ahí hemos publicado. El entorno de la imagen está adornado con distintas flores y plantas que realzan la belleza de la imagen hecha toda en mármol, regalo de una parroquia de Estados Unidos —dedicada justamente a la Madre de la Virgen María—. Justo detrás de la imagen, hay dos plantas que, de acuerdo con las informaciones de los que entienden de estas cosas, se llaman Santa Ritas, que aquí en la región son bastante comunes, y se destacan por sus vivos colores y casi nada de cuidados especiales para que florezcan y embellezcan cualquier lugar donde se las plante.

Pues bien. Una de estas ramas de la Santa Rita, justamente hoy estaba dispuesta de modo que las flores rosadas acariciaban el pequeño rostro blanco de la Virgen Niña. Tierna imagen, que al mirarla no pude menos que detenerme a contemplarla un rato y de ahí me vino la idea de estas líneas.

Pensaba en cómo nosotros podemos ofrecerle a la Virgen a lo largo de todo el día, innumerables obras, gestos, que, con todo amor y devoción filial hacia nuestra Madre del Cielo, podemos creer que los recibe gozosa desde su Trono en el Reino Celestial como la más exultante madre que recibe estos regalos sencillos de sus hijos pero que van cargados del cariño, del afecto, del amor que ellos le tienen.

Innecesario me parece aquí el recordar que es justamente el hecho de querer hacer cada gesto con amor lo que lo convierte en una “caricia a la Virgen”.

Siempre me ha llamado mucho la atención la ternura con que San Alfonso María de Ligorio —por poner un ejemplo— cuenta en su libro Las Glorias de María muchos y muy diversos testimonios de personas que han dedicado en sus vidas, algunos —o muchos— momentos para ofrecerle a la Virgen algún gesto de su filial afecto, de su amor confiado hacia tan buena Madre que Nuestro Redentor nos dio como último tesoro que nos podía dar en su vida de paso por esta Tierra. Indudablemente, la Virgen jamás dejará caer en el olvido cosas así hechas hacia ella. Como enseña San Luis María Grignion de Montfort, siempre ella nos llevará hacia Su Hijo, adornados con las más señaladas gracias y méritos que nosotros jamás podríamos alcanzar por nuestras solas fuerzas.

Es por esto que me llamó tanto la atención esta tan bella imagen de las caricias que recibía la Virgen Niña que les acabo de describir, porque de modo análogo, nosotros podemos —con cada gesto de devoción y piedad filial que le ofrecemos amorosamente— acariciar a la Virgen, ofrecerle estas caricias de hijos tan deseosos de agradar a tan buena Madre, deseosos de consolarla, de devolverle del modo más sencillo que nos sea posible, las incontables gracias que de ella misma recibimos a diario.

Lewis escribió que: “Las pequeñas decisiones que tú y yo tomamos cada día tienen una importancia infinita”[1]. Aplicando esta idea al tema de estas líneas, tiene importancia infinita cada decisión, cada gesto, por pequeño que sea, que tomamos, que ofrecemos a la Virgen, porque ella no los dejará pasar y caer en el olvido. Los recordará en el día del juicio, así lo creemos piadosamente. Por eso es que cada cosa, por pequeña e insignificante que sea, que hagamos por ella —sea una flor que le ponemos a sus pies, sea un beso que le demos a una de sus imágenes, una reverencia, una mirada confiada, una súplica abrasada, una vela encendida, lo que sea—, tiene importancia infinita, porque justamente encierra en sí una belleza análoga a la de esta Santa Rita que acaricia el delicado rostro de la pequeña Virgen de nuestro monasterio.

Y así terminamos como empezamos: ¿no será la belleza la que salvará el mundo?

P. Harley Carneiro, IVE

[1] C.S. LEWIS, Mero Cristianismo, Libro III, cap. 9: “La caridad” [Traducción propia]

 

CORAZÓN DE JESÚS, FORMADO EN EL SENO DE LA VIRGEN – San Juan Pablo II

27 de junio, 1982

1. Así rezamos en las letanías al Sacratísimo Corazón.  Esta invocación se refiere directamente al misterio que meditamos, al rezar el Angelus Domini: por obra del Espíritu Santo fue formada en el seno de la Virgen de Nazaret la Humanidad de Cristo, Hijo del Eterno Padre.

¡Por obra del Espíritu Santo fue formado en esta Humanidad el Corazón! El Corazón, que es el órgano central del organismo humano de Cristo y, a la vez, el verdadero símbolo de su vida interior: del pensamiento, de la voluntad, de los sentimientos. Mediante este Corazón la Humanidad de Cristo es, de modo particular, “el templo de Dios” y, al mismo tiempo, mediante este Corazón, está incesantemente abierta al hombre y a todo lo que es “humano”. “Corazón de Jesús de cuya plenitud todos hemos recibido”.

2. El mes de junio está dedicado, de modo especial, a la veneración del Corazón divino. No sólo un día, la fiesta litúrgica que, de ordinario, cae en junio, sino todos los días. Con esto se vincula la devota práctica de rezar o cantar cotidianamente las letanías al Sacratísimo Corazón de Jesús.

Las letanías del Corazón de Jesús se inspiran abundantemente en las fuentes bíblicas y, al mismo tiempo, reflejan las experiencias más profundas de los corazones humanos. Son, a la vez, oración de veneración y de diálogo auténtico. Hablamos en ellas del corazón y, al mismo tiempo, dejamos a los corazones hablar con este único Corazón, que es “fuente de vida y de santidad” y “deseo de los collados eternos”. Del Corazón que es “paciente y lleno de misericordia” y “generoso para todos los que le invocan”.

Esta oración, rezada y meditada, se convierte en una verdadera escuela del hombre interior: la escuela del cristiano.

La solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús nos recuerda, sobre todo, los momentos en que este Corazón fue “traspasado por la lanza” y, mediante esto, abierto de manera “Visible” al hombre y al mundo.

Al rezar las letanías – y en general al venerar al Corazón Divino -conocemos el misterio de la redención en toda su divina y, a la vez, humana profundidad. Simultáneamente, nos hacemos sensibles a la necesidad de reparación. Cristo nos abre su Corazón para que nos unamos con El en su reparación por la salvación del mundo. Hablar del Corazón Traspasado es decir toda la verdad de su Evangelio y de la Pascua.

Tratemos de captar cada vez mejor este lenguaje. Aprendámoslo.

LA EUCARISTÍA COMO SACRIFÍCIO – D. Columba Marmion

El Concilio de Trento, como sabéis, definió que la Misa es «un verdadero sacrificio», que recuerda y renueva la inmolación de Cristo en el Calvario. La Misa es ofrecida como «un verdadero sacrificio» (Sess 22, can.1). En «ese divino sacrificio», que se realiza en la Misa, se inmola de una manera incruenta el mismo Cristo que sobre el altar de la Cruz se ofreció de un modo cruento. No hay, por consiguiente, más que una sola víctima; el mismo Cristo que se ofreció sobre la Cruz es ofrecido ahora por ministerio de los sacerdotes; la diferencia, pues, consiste únicamente en el modo de ofrecerse e inmolarse (ib. cap.2).
El sacrificio del altar, según acabáis de ver por el Concilio de Trento, renueva esencialmente el del Gólgota, y no hay más diferencia que la del modo de oblación. Pues si queremos comprender la grandeza del sacrificio que se ofrece en el altar, debemos considerar un instante de dónde proviene el valor de la inmolación de la Cruz. El valor de un sacrificio depende de la dignidad del pontífice y de la calidad de la víctima por eso vamos a decir unas palabras del sacerdocio y del sacrificio de Cristo.
Todo sacrificio verdadero supone un sacerdocio, es decir, la institución de un ministro encargado de ofrecerlo en nombre de todos.- En la ley judía, el sacerdote era elegido por Dios de la tribu de Aarón y consagrado al servicio del Templo por una unción especial. Pero en Cristo el sacerdocio es trascendental; la unción que le consagra pontífice máximo es única: consiste en la gracia de unión que, en el momento de la Encarnación, une a la persona del Verbo la humanidad que ha escogido. El Verbo encarnado es «Cristo», que significa «ungido» no con una unción externa, como la que servía para consagrar a los reyes, profetas y sacerdotes del Antiguo Testamento, sino ungido por la divinidad, que se extiende sobre la humanidad, según dice el Salmista, «como aceite delicioso»; «Has amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso te ungió el Señor, tu Dios, anteponiéndote a tus compañeros, con aceite de alegría» (Sal 44,8).
Jesucristo es «ungido», consagrado y constituido sacerdote y pontífice, es decir, mediador entre Dios y los hombres, por la gracia que le hace Hombre-Dios, Hijo de Dios, y en el momento mismo de esa unión. Y de esta suerte quien le constituye pontifice máximo es su Padre. Escuchemos lo que dice San Pablo: «Cristo no se glorificó a sí mismo para llegar a ser pontifice, sino que Aquel que le dijo (en el día de la Encarnación): «Tú eres mi Hijo; Te he engendrado hoy», le llamó para constituirle sacerdote del Altísimo» (Heb 5,5; +6, y 7,1).
De ahí, pues, que, por ser el Hijo único de Dios, Cristo podrá ofrecer el único sacrificio digno de Dios. Y nosotros oímos al Padre Eterno ratificar por un juramento esta condición y dignidad de pontífice: «El Señor lo juró, y no se arrepentirá de ello: Tú eres sacerdote por siempre, según el orden de Melquisedec» (Sal 109,4). ¿Por qué es Cristo sacerdote eterno? -Porque la unión de la divinidad y de la humanidad en la Encarnación, unión que le consagra pontífice, es indisoluble: «Cristo, dice San Pablo, posee un sacerdocio eterno porque El permanece siempre» (Heb 7,3).
Y ese sacerdocio es según «el orden», es decir, la semejanza «del de Melquisedec». San Pablo recuerda ese personaje misterioso del Antiguo Testamento, que representa, por su nombre y por su ofrenda de pan y vino, el sacerdocio y el sacrificio de Cristo. Melquisedec significa «Rey de justicia», y la Sagrada Escritura nos dice que era «Rey de Salem» (Gén 14,18; Heb 7,1), que quiere decir «Rey de paz». Jesucristo es Rey; El afirmó, en el momento de su Pasión, ante Pilato, su realeza: «Tú lo has dicho» (Jn 18,37). Es rey de justicia porque cumplirá toda justicia. Es rey de paz (Is 9,6) y vino para restablecerla en el mundo entre Dios y los hombres, y precisamente en su sacrificio fue donde la justicia, al fin satisfecha, y la paz, ya recobrada, pactaron, con un beso, su alianza (Sal 84,11).
Lo veis bien: Jesús, Hijo de Dios desde el momento de su Encarnación, es por esta razón el pontífice máximo y eterno y el mediador soberano entre los hombres y su Padre; Cristo es el pontífice por excelencia. Así, pues, su sacrificio posee, como su sacerdocio, un carácter de perfección única y de valor infinito.

¿CUÁNTO CUESTA EL REINO?

“El Reino de Dios no tiene precio, sin embargo vale sólo lo que tenéis.” (San León Magno)

Vale sólo lo que tenéis…

Para la viuda, el precio era dos moneditas…

Para Zaqueo, que tenía dinero —mucho dinero—, el precio era cuatro veces más de lo que había defraudado…

Para el Joven rico —que también tenía muchas riquezas—, además del cumplimiento de los mandamientos, le costaba la libertad para dejarlo todo…

Para el centurión, que no tenía con qué devolver la salud de su siervo, le costó la fe y la humildad…

La Samaritana tenía un cántaro vacío y una vida llena de medias verdades… para ella, le costó sus medias verdades…

El paralítico de Cafarnaúm sólo tenía la fe y la amistad de sus amigos… esto le costó el Reino de Dios…

A la hemorroísa apenas le quedaba el coraje para acercarse al Señor… Este fue su precio…

Al paralítico de la piscina probática, de Jerusalén, le costó sus treinta y ocho años de ilusiones desesperanzadas…

Y ¿con qué se encontró Cristo?

Dos monedas.

Riquezas.

Enfermedad.

Un cántaro y medias verdades.

Algunos amigos, una camilla y el techo abierto.

Una mano temblorosa.

Treinta y ocho años de espera.

Era lo que tenían ellos en sus manos, y es con esto que Dios actúa: con lo que encuentra en nuestras manos.

¿Y los santos?

¿Qué tenían ellos?

Quizás es ahí donde se esconde uno de los secretos del Reino de los Cielos…

El precio es extraño.

No cuesta lo mismo para todos y, sin embargo, cuesta exactamente lo mismo para todos.

Las cosas eran distintas: dos monedas, tesoros, riquezas que abandonar… Pedro tenía las redes… Mateo la mesa de impuestos… un gesto de audacia de la hemorroísa… A tantos mártires, les costó la sangre.

Eran realmente cosas distintas. Pero el precio era el mismo: TODO.

Dios no pide a todos las mismas cosas.

Pero a todos les pide la misma cosa: TODO.

Existe algo de subjetividad que se sostiene y se apoya sobre una realidad bien objetiva cuando se trata del precio del Reino de los Cielos. No era lo mismo para la viuda en el templo que para Zaqueo en Jericó, sin embargo. Para que pudieran comprar el Reino, la entrega tenía que ser total.

Ahí es donde entra en acción la extraña aritmética divina: dos monedas pesan más que todos los tesoros… una oveja vale más que noventa y nueve…

Dios no considera solamente lo que damos, sino lo que reservamos —y esta parte tiene mucho más peso—, por eso el que no se reserva nada, pone muchísimo en la balanza.

El Joven rico tenía algo… estaba apegado a sus riquezas, por eso se marchó triste.

Judas también tenía algo: su avaricia.

(Y hay posesiones que son terribles, terminan poseyendo al que las posee.)

Judas debía entregarla, poner también aquella miseria a los pies de Cristo… la Samaritana lo hizo… Pero Judas no la quiso soltar, se aferró a ella, y como una cuerda que se enrolla al cuello, le apretó y… se ahorcó.

Se hace necesario bajar a lo particular, al ámbito privado de cada uno: ¿Qué tengo? O quizás sea mejor: ¿Qué cosa me tiene a mí?

A cada uno puede ser algo distinto: dinero, personas, bienes, heridas, juicio propio, ambición, miedo, comodidad, un recuerdo… Puede incluso ser una virtud de la que empezamos a encariñarnos y apropiarnos de ella…

Cosas grandes, cosas pequeñas… Cosas exteriores, cosas interiores… Riquezas que ofrecer… pobrezas que aceptar… Virtudes que entregar, vicios que abandonar.

No importa… el precio sigue siendo el mismo: TODO.

Hay algo más todavía: pues Jesús dijo que el hombre que encontró el tesoro escondido en aquel campo, fue y vendió todo cuanto tenía para comprar el campo… Pero, añade el Evangelio, que lo hizo “lleno de alegría”…

Es una más de estas paradojas del Evangelio… desposeer de todo y llenarse del Todo, de la alegría que del Todo brota…

El Reino de los Cielos tiene un valor infinito… ni si poseyéramos todas las riquezas de la tierra lo podríamos comprar… Pero, sin embargo (¿Paradoja? ¡Por supuesto!) Dios ha querido ponerle un precio que hasta el más pobre puede pagar.

¿Cuánto?

Lo que tengas, pero que sea TODO.

Si tienes dos monedas: dos monedas…

Si tienes riquezas: tus riquezas…

Si tienes fuerza: tu fuerza…

Si tienes solamente debilidad: tus debilidades…

Si tienes pecados: entregalos arrepentido…

Si tienes una vida entera: una vida entera…

Porque Dios no te pedirá lo que no tienes, pero querrá todo lo que tienes.

Este misterio podríamos intentar expresarlo —con escuetas palabras— así: el Tesoro que vale infinitamente más que todas las cosas puede ser comprado por el más pobre de los hombres… porque el Reino de Dios no cuesta mucho… ni cuesta poco… Cuesta todo.

Es por esto que, al final, tenía razón San León Magno… es algo que parece absurdo pero que, sin embargo, es verdad: ¡El Reino de Dios sólo vale lo que tienes!

 

P. Harley Carneiro, IVE

ALBORADA DE UN ALMA EN VIERNES SANTO

La Magdalena ante el sepulcro

Dinos, oh María,

¿qué fuiste a ver en la alborada?

¿Buscabas sepultado,

herido y magullado,

yerto y traspasado,

al Señor que era el dueño

de tu alma enamorada?

 

¿Creías ya un sueño,

aquel amor primero,

aquel dulce amante Nazareno

que tus miserias miraba

y, mirándolas, perdonaba;

que por conquistar tu alma

con tanto amor se afanaba,

hasta hacer de tu pecho

su más escondida morada?

 

Y tú, sin aliento,

en la mañana callada,

buscabas entre los muertos

al Dueño de tu alma.

 

Dinos, oh María,

¿qué buscas en la alborada?

¿Buscas muerto al Dios viviente?

¿A Jesús, que tiernamente

te hirió de amor ardiente

dejando tu alma llagada?

 

Buscaste muerto al que vive,

al Amado ahora ausente;

mas un mensajero celeste

junto al sepulcro te advierte

que el que tanto buscas muerto

ha vencido ya la muerte.

 

Llegaste cuando la aurora

tímidamente despuntaba,

pero llevabas todavía

un Viernes Santo en el alma.

Buscabas muerto a tu amado,

a aquel por quién llorabas…

Lo buscabas entre muertos,

y el Viviente te buscaba…

“¡María!”, te llamaba…

 

“¡Amado mío!”, le contestabas,

extasiada de alegría,

viendo convertirse en día

la noche que te habitaba.

“Ya no llores más, María,

que tu noche se hace día;

por el Amado encontrada,

en su amor fue abrasada.

Y aquel Viernes de tu alma

se hizo Pascua en la alborada”.

 

 

  1. Harley Carneiro, IVE

 

EL PROGRESO DEL DOGMA CRISTIANO – San Vicente de Lerìns

¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los conocimientos religiosos? Ciertamente que es posible, y la realidad es que este progreso se da.
En efecto, ¿quién envidiaría tanto a los hombres y sería tan enemigo de Dios como para impedir este progreso? Pero este progreso sólo puede darse con la condición de que se trate de un auténtico progreso en el conocimiento de la fe, no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que progresa crezca y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que se muda se convierta en algo totalmente distinto.
Es conveniente, por tanto, que, a través de todos los tiempos y de todas las edades, crezca y progrese la inteligencia, la ciencia y la sabiduría de cada una de las personas y del conjunto de los hombres, tanto por parte de la Iglesia entera, como por parte de cada uno de sus miembros. Pero este crecimiento debe seguir su propia naturaleza; es decir, debe estar de acuerdo con las líneas del dogma y debe seguir el dinamismo de una única e idéntica doctrina.
Que el conocimiento religioso imite, pues, el modo como crecen los cuerpos, los cuales, si bien con el correr de los años se van desarrollando, conservan, no obstante, su propia naturaleza. Gran diferencia hay entre la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad, pero, no obstante, los que van llegando ahora a la ancianidad son, en realidad, los mismos que hace un tiempo eran adolescentes. La estatura y las costumbres del hombre pueden cambiar, pero su naturaleza continúa idéntica y su persona es la misma.
Los miembros de un recién nacido son pequeños, los de un joven están ya desarrollados; pero, con todo, el uno y el otro tienen el mismo número de miembros. Los niños tienen los mismos miembros que los adultos y, si algún miembro del cuerpo no es visible hasta la pubertad, este miembro, sin embargo, existe ya como un embrión en la niñez, de tal forma que nada llega a ser realidad en el anciano que no se contenga como en germen en el niño.
No hay, pues, duda alguna: la regla legítima de todo progreso y la norma recta de todo crecimiento consiste en que, con el correr de los años, vayan manifestándose en los adultos las diversas perfecciones de cada uno de aquellos miembros que la sabiduría del Creador había ya preformado en el cuerpo del recién nacido.
Porque, si aconteciera que un ser humano tomara apariencias distintas a las de su propia especie, sea porque adquiriera mayor número de miembros, sea porque perdiera alguno de ellos, tendríamos que decir que todo el cuerpo perece o bien que se convierte en un monstruo o, por lo menos, que ha sido gravemente deformado. Es también esto mismo lo que acontece con los dogmas cristianos: las leyes de su progreso exigen que éstos se consoliden a través de las edades, se desarrollen con el correr de los años y crezcan con el paso del tiempo.
Nuestros mayores sembraron antiguamente, en el campo de la Iglesia, semillas de una fe de trigo; sería ahora grandemente injusto e incongruente que nosotros, sus descendientes, en lugar de la verdad del trigo, legáramos a nuestra posteridad el error de la cizaña.
Al contrario, lo recto y consecuente, para que no discrepen entre sí la raíz y sus frutos, es que de las semillas de una doctrina de trigo recojamos el fruto de un dogma de trigo; así, al contemplar cómo a través de los siglos aquellas primeras semillas han crecido y se han desarrollado, podremos alegrarnos de cosechar el fruto de los primeros trabajos.

EL MISTERIO DEL CORAZÓN DE CRISTO – San Juan Pablo II

Audiencia general, Miércoles 20 de junio de 1979

1. Pasado mañana, próximo viernes, la liturgia de la Iglesia se concentra, con una adoración y un amor especial, en torno al misterio del Corazón de Cristo. Quiero, pues, ya hoy, anticipando este día y esta fiesta, dirigir junto con vosotros la mirada de nuestros corazones sobre el misterio de ese Corazón. El me ha hablado desde mi juventud. Cada año vuelvo a este misterio en el ritmo litúrgico del tiempo de la Iglesia.

Es sabido que el mes de junio está consagrado especialmente al Corazón Divino, al Sagrado Corazón de Jesús. Le expresamos nuestro amor y nuestra adoración mediante las letanías que hablan con profundidad particular de sus contenidos teológicos en cada una de sus invocaciones.

Por esto quiero detenerme, al menos brevemente, con vosotros ante este Corazón, al que se dirige la Iglesia como comunidad de corazones humanos. Quiero hablar, siquiera brevemente de este misterio tan humano, en el que con tanta sencillez y a la vez con profundidad y fuerza se ha revelado Dios.

2. Hoy dejamos hablar a los textos de la liturgia del viernes, comenzando por la lectura del Evangelio según Juan. El Evangelista refiere un hecho con la precisión del testigo ocular. “Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con Él; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 31-34).

Ni siquiera una palabra sobre el corazón.

El Evangelista habla solamente del golpe con la lanza en el costado, del que salió sangre y agua. El lenguaje de la descripción es casi médico, anatómico. La lanza del soldado hirió ciertamente el corazón, para comprobar si el Condenado ya estaba muerto. Este corazón —este corazón humano— ha dejado de latir. Jesús ha dejado de vivir. Pero, al mismo tiempo, esta apertura anatómica del corazón de Cristo, después de la muerte —a pesar de toda la “crudeza” histórica del texto— nos induce a pensar incluso a nivel de metáfora. El corazón no es sólo un órgano que condiciona la vitalidad biológica del hombre. El corazón es un símbolo. Habla de todo el hombre interior. Habla de la interioridad espiritual del hombre. Y la tradición entrevió rápidamente este sentido de la descripción de Juan. Por lo demás, en cierto sentido, el mismo Evangelista ha inducido a esto cuando, refiriéndose al testimonio del testigo ocular, que era él mismo, ha hecho referencia, a la vez, a esta frase de la Escritura: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37; Zac 12, 10).

En realidad así mira la Iglesia; así mira la humanidad. Y de hecho, en la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios.

3. Es diversa la medida del conocimiento que de este misterio han adquirido muchos discípulos y discípulas del Corazón de Cristo, en el curso de los siglos. Uno de los protagonistas en este campo fue ciertamente Pablo de Tarso, convertida de perseguidor en Apóstol. También nos habla él en la liturgia del próximo viernes con las palabras de la Carta a los efesios. Habla como el hombre que ha recibido una gracia grande, porque se le ha concedido “anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio oculto desde los siglos en Dios, Creador de todas las cosas” (Ef 3, 8-9).

Esa “riqueza de Cristo” es, al mismo tiempo, el “designio eterno de salvación” de Dios que el Espíritu Santo dirige al “hombre interior”, para que así “Cristo habite por la fe en nuestros corazones” (Ef 3, 16-17). Y cuando Cristo, con la fuerza del Espíritu, habite por la fe en nuestros corazones humanos, entonces estaremos en disposición “de comprender con nuestro espíritu humano” (es decir, precisamente con este “corazón”) “cuál es la anchura, la longura, la altura y la profundidad, y conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia…” (Ef 3, 18-19).

Para conocer con el corazón, con cada corazón humano, fue abierto, al final de la vida terrestre, el Corazón divino del Condenado y Crucificado en el Calvario.

Es diversa la medida de este conocimiento por parte de los corazones humanos. Ante la fuerza de las palabras de Pablo, cada uno de nosotros pregúntese a sí mismo sobre la medida del propio corazón. “…Aquietaremos nuestros corazones ante Él, porque si nuestro corazón nos arguye, mejor que nuestro corazón es Dios, que todo lo conoce” (1 Jn 3, 19-20). El Corazón del Hombre-Dios no juzga a los corazones humanos. El Corazón llama. El Corazón “invita”. Para esto fue abierto con la lanza del soldado.

4. El misterio del corazón, se abre a través de las heridas del cuerpo; se abre el gran misterio de la piedad, se abren las entrañas de misericordia de nuestro Dios (San Bernardo, Sermo 61, 4; PL 183, 1072).

Cristo dice en la liturgia del viernes: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

Quizá una sola vez el Señor Jesús nos ha llamado con sus palabras al propio corazón. Y ha puesto de relieve este único rasgo: “mansedumbre y humildad”. Como si quisiera decir que sólo por este camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones mediante “la mansedumbre y la humildad”. Todo el misterio de su reinado está expresado en estas palabras. La mansedumbre y la humildad encubren, en cierto sentido, toda la “riqueza” del Corazón del Redentor, sobre la que escribió San Pablo a los efesios. Pero también esa “mansedumbre y humildad” lo desvelan plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de suprema admiración.

Las hermosas letanías del Sagrado Corazón de Jesús están compuestas por muchas palabras semejantes, más aún, por las exclamaciones de admiración ante la riqueza del Corazón de Cristo. Meditémoslas con atención ese día.

5. Así, al final de este fundamental ciclo litúrgico de la Iglesia, que comenzó con el primer domingo de Adviento, y ha pasado por el tiempo de Navidad, luego por el de la Cuaresma, de la Resurrección hasta Pentecostés, domingo de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, se presenta discretamente la fiesta del Corazón divino, del Sagrado Corazón de Jesús. Todo este ciclo se encierra definitivamente en Él; en el Corazón del Dios-Hombre. De Él también irradia cada año toda la vida de la Iglesia.

Este Corazón es “fuente de vida y de santidad”.

LA EUCARISTÍA, FUENTE DE VIDA DIVINA – D. Columba Marmion

En todas las páginas que preceden he procurado demostraros cómo Dios quiere hacernos partícipes de su vida y cómo la gracia de Cristo, elevándonos a la categoría de hijos de Dios, es el principio de la vida divina en nosotros. El Bautismo nos confiere esa gracia, que es el germen de la vida sobrenatural y como el río divino en su hontanar. Hay obstáculos que se oponen al desarrollo de esa vida y al crecimiento de ese río; ya os he dicho de qué modo debemos eliminarlos. Finalmente, en las dos últimas conferencias os he expuesto cuáles son las leyes generales que determinan la permanencia de esa vida en nuestras almas, y los medios de que disponemos para acrecentarla; cómo es preciso permanecer unidos a Cristo por la gracia santificante, y hacer todas y cada una de nuestras acciones por la gloria de su Padre, con intención recta y movidos de una ardiente caridad. Esta ley se extiende a toda nuestra actividad, y abarca todas nuestras obras, de cualquier naturaleza que sean.
Cuando un alma se percata de la grandeza de esta vida sobrenatural y se convence de que el fundamento de ella no es otro que nuestra unión con Cristo por la fe y por la caridad, aspira a la perfección de esa unión; anhela la plenitud de esa vida, que debe, según el pensamiento eterno de Dios, poseer en sí misma. Esta perfección ¿no será una utopía, una quimera?, se pregunta el alma. No, no es pura entelequia; aunque parezca una cosa sublime e inasequible, puede y debe convertirse en realidad. «Esto es imposible para los hombres; para Dios todas las cosas son posibles» (Mt 19,26).
Es cierto, en efecto, que todos los esfuerzos de la naturaleza humana abandonada a sí misma, sin Cristo, no pueden hacernos avanzar un paso en la realización de esa unión, ni provocar el nacimiento y desarrollo de la vida que la unión engendra. Dios sólo es el dispensador del germen y crecimiento; es necesario, indispensable, como dice San Pablo (1Cor 3,6), que nosotros plantemos y reguemos; pero los frutos de vida no se producen sino por la savia de la gracia divina que Dios hace correr por nosotros.
Dios Nuestro Señor pone a nuestra disposición medios incomparables para mantener esa savia, pues si en cuanto es Bondad infinita y soberanamente eficaz, quiere hacernos participantes de su naturaleza y felicidad, como Sabiduría eterna, proporciona también los medios para el fin; de
una virtualidad y eficacia a las que nada iguala si no es la dulzura con que esa sabiduría eterna obra: «Alcanza poderoso del uno al otro extremo y todo lo gobierna suavemente» (Sab 8,1).
Ahora bien, si después de haber considerado cómo Dios nos infunde en el Bautismo el germen de esta vida y las primicias de esta unión, y la ley general que rige su desarrollo, deseamos conocer, en concreto, los medios que Dios pone a nuestra disposición, veremos que se reducen principalmente a la oración y a la recepción del Sacramento de la Eucaristía.
Dios se ha comprometido con el alma que se dirige a El: «Si pedís alguna cosa a mi Padre en mi nombre, dice Jesús, os la concederá»; y añade: «Pedid y recibiréis, a fin de que vuestra alegría sea perfecta»; y esta alegría es la alegría de Cristo -«para que posean en toda su plenitud mi gozo» (Jn 16, 23-24)-, la alegría de su gracia, la alegría de su vida la cual, como rio divino, nace de El y fluye hasta nosotros para regocijarnos (Sal 45,5).
La Eucaristía es el otro medio, mucho más poderoso aún. En la oración, Dios comunica sus dones con ciertas condiciones; en el sacramento de la Eucaristía, es el mismo Cristo quien se da a nosotros, la Eucaristía es propiamente el sacramento de la unión que alimenta y mantiene la vida divina en nosotros. A ella se refiere particularmente lo que dijo Nuestro Señor: «Yo he venido para dar a las almas la abundancia de la vida» (Jn 10,10). Al recibir a Cristo en la comunión, nos unimos a la vida misma.
Pero antes de darse al alma en alimento, Cristo se inmola, puesto que no se hace presente bajo las especies sacramentales sino en el sacrificio de la Misa. Por esta razón, debo, en primer lugar, tratar de la oblación del altar, aplazando para la próxima conferencia el hablaros de la comunión eucarística.
Digamos, pues, lo que es el sacrificio de la Misa y cómo hay en él virtualidad para irnos transformando en Jesús.
Este tema es inefable; el mismo sacerdote, para quien el sacrificio eucarístico es como el centro y el sol de su existencia, es incapaz de dar a comprender con su palabra las maravillas que el amor de Cristo ha acumulado en él. Todo lo que el hombre, simple criatura, puede decir de ese misterio, salido del corazón de un Dios, queda tan por debajo de la realidad, que después de decir todo cuanto se sabe de él, parece que no se ha dicho nada. Este misterio es tan santo y elevado que no hay tema que el sacerdote ame y a la vez tema tanto tratar.
Pidamos a la fe que nos ilumine, pues el sacrificio eucarístico es por excelencia un misterio de fe, mysterium fidei, y así, para comprender algo de él, es preciso recurrir a Cristo, repitiéndole las palabras de San Pedro, cuando Jesús anunció este misterio a los judíos, y varios de sus discípulos le abandonaron escandalizados: «¿A quién iremos, Señor, únicamente tú tienes palabras de vida eterna» (ib. 6,69), y sobre todo, creamos al amor, como dice San Juan (ib. 4,16). Nuestro Señor quiso instituir este sacramento en el instante en que iba a darnos, por su Pasión, el testimonio más grande de su amor para con nosotros, y quiso que se perpetuase entre nosotros, «en memoria de El»; es como su último pensamiento y el testamento de su sagrado corazón: «Haced esto en memoria mía» (1Cor 11,24).