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“OS HE DADO PASTORES SEGÚN MI CORAZÓN”

Domingo XIº T.O – Año A

Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas… Mt 9, 36-10,8

Hay un tema en el que me gusta pensar a veces y que pretendo algún día poder desarrollar más, con la gracia de Dios, y es el tema de las miradas de Nuestro Señor Jesucristo. Miradas tan poderosas. Miradas de un Dios. Miradas de un hombre. Miradas divinas por medio de ojos humanos. Realmente se puede profundizar muchísimo en cada pasaje del Evangelio donde se narra que nuestro Señor ha mirado, o ha visto algo. El Evangelio de este domingo es uno de estos.

Dice el Evangelio que Jesús, al ver a las gentes, se compadecía de ellas… Es un detalle que remarca mucho el sentimiento que movía al Señor a hacer todas las cosas que tenía que hacer. Digamos que este sentimiento era doble: por un lado, hacia el Padre, por estar siempre aplicado a hacer Su voluntad, como el mismo Jesús ha dicho en distintos pasajes; por otro lado, tenemos el sentimiento de misericordia o, para usar el término del Evangelio de hoy, compasión, que tenía Él por las gentes. Jesús, al ver a las personas, perdidas, extenuadas, abandonadas como estaban, se compadeció de ellas. En verdad no solamente tuvo compasión, misericordia, sino que el Señor es, Él mismo el “rostro de la misericordia del Padre”.

Santo Tomás de Aquino directamente relaciona a la compasión a la misericordia, cuando en la Suma Teológica pone a la primera [compasión] dentro de la definición de la segunda: “La misericordia es la compasión de nuestro corazón por la miseria ajena, que nos impulsa a socorrerla si está en nuestro poder.” (S.Th., II-II, q.30, a.1) ¡Qué preciosa descripción! No solamente que siente, o padece (cum passio) por las miserias ajenas, sino que hay una fuerza que lo impulsa a socorrerla. Santo Tomás aclara que, esto lo hace la persona si está en su poder, con mucho mayor razón se podría aplicar esta definición a la misericordia que tenía, o mejor dicho, que tiene nuestro Señor por nosotros. Él es el que tiene todo el Poder, la Fuerza y más, el Amor, la voluntad, podríamos decir, tiene ganas de socorrernos. Este socorro que el Señor nos puede dar puede realizarse de muchos modos, Jesús es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, todo fue hecho por Él y sin Él nada de lo que existe fue hecho.

En la primera lectura de hoy, hemos escuchado en el libro del Éxodo, que el Señor le dice a su pueblo que si ellos escuchasen a la voz del Señor y guardasen su alianza, ellos serían “propiedad personal” del Señor, tomado de entre todos los pueblos. El Salmista lo confirma en el Salmo 99, diciendo que el “Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.” Para luego seguir diciendo que el Señor es “bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades”. Y todo esto, cuando nosotros todavía no éramos cercanos a Él. En efecto, lo dice San Pablo a los Romanos en la segunda lectura: “Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!” (cfr. Rm 5,6-11).

Sin embargo, un detalle interesante, que me ha llamado la atención, es el “medio”, podríamos decirlo así, con el que el Señor decide “remediar” la miseria de este pueblo, de Su pueblo. Elige de en medio de sus discípulos a doce, a Los Doce, para ser columnas y fundamentos de la Nueva Jerusalén, como ha sido revelado a san Juan en el Apocalipsis. Es decir, que Cristo, para remediar la miseria de su pueblo, que estaba extenuado y abandonado, les da pastores.

Es algo muy lógico, pues sabemos que estaban abandonados y extenuados justamente porque parecían ovejas que no tienen pastor. Pastores existieron, existen y existirán muchos a lo largo del tiempo, pero los verdaderos pastores, los que conocen a sus ovejas, y a los que las ovejas les reconocen su voz, esos son pocos en verdad: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos…

¿Qué quiere decir todo esto, queridos hermanos? Quiere decir que para que encontremos alivio, descanso, auxilio en nuestro camino en el rebaño del Señor, como pueblo elegido, pueblo Suyo, esta “nación santa”, como bien nos recuerda la primera lectura, debemos buscar los auxilios que nos ha dejado el mismo Señor.

No es mi intención aquí hacer un sermón apologético, en defensa de la verdadera Iglesia de Cristo, la Iglesia católica -aunque podría ser de mucho provecho-, lo que quiero simplemente es remarcar la necesidad que nosotros, todos nosotros, incluyéndome en este grupo, tenemos de los pastores de la Iglesia para nuestro paso por este mundo, para nuestro camino espiritual.

Somos enviados siempre como mansos corderos en medio de lobos feroces. El Señor nos manda ser discípulos suyos viviendo en un mundo feroz, que intenta sumergirnos a todos en el más profundo abismo de perdición, buscando placeres, deleites, gozos momentáneos, cosas efímeras que no valen realmente nada para la verdadera Vida, para la Eternidad. Y nosotros, además de esto, nos vemos acechados por el demonio, que intenta seducirnos, utilizando no solamente el mundo como secuaz, pero también a nuestra misma carne, aumentando exponencialmente el horror al sufrimiento, el miedo a cualquier molestia, promoviendo el bienestar a cualquier costo.

Justamente en contra de esto es que el Señor ha enviado también a nosotros, su pueblo y ovejas de su rebaño, los pastores, en la figura de los obispos principalmente, pero de manera participada también en todos los sacerdotes. Escuchemos nuevamente las instrucciones que les da nuestro Señor apenas elige a los Doce: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios.”

Todas estas cosas que nos acechan, que nos fatigan, nos hacen caminar en pesadez, desconsolados en medio a este valle de lágrimas del mundo actual en que vivimos. Dos de los más hermosos auxilios que nos dejó el Señor en sus pastores, son la Eucaristía y la Confesión. En efecto, ¿en qué otro lugar, o con qué otras personas, fuera de los pastores, de nuestros pastores, de los pastores de la Iglesia, nosotros podemos encontrar el Pan de la Vida como alimento de nuestra alma, y al perdón de los pecados, que borra nuestras culpas?; ¿Cómo podríamos sobrevivir en un mundo tan terrible como el que vivimos, si no tuviéramos una fuente segura donde encontrar alivio, refugio, auxilio en los momentos de tentación, de miedo, de desesperación?

Realmente, el Señor al mirar a la gente -y aquí subrayemos que el Señor seguramente vio a las generaciones futuras, nos vio a nosotros, seamos sacerdotes, religiosos, laicos, lo que sea-, se compadeció de nosotros y quiso dejarnos este remedio.

Por esto es que, en esta Santa Misa, le vamos a pedir, le vamos a suplicar a la Virgen María, a su Inmaculado Corazón, que nos obtenga la gracia de realmente experimentar este alivio, este socorro, este auxilio que podemos encontrar siempre en los pastores de la Iglesia, y que sepamos valorarlo como se merece, y que aprendamos a no tenerles miedo, y acercarnos a ellos siempre, porque al final, “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.” (Sal 99)

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE

¿Qué vio Dios en nosotros?

¡Oh, amoroso conflicto!

Si pudiéramos nosotros en la vida realizar esta idea: ¿qué piensa de esto el Corazón de Jesús, ¿qué siente de tal cosa…? y procurásemos pensar y sentir como Él, ¡cómo se agrandaría nuestro corazón y se transformaría nuestra vida!”

San Alberto Hurtado

Ayer celebrábamos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, nuestro Dios y Señor, amador de las almas hasta el extremo, pues literalmente entregó su vida por cada uno de nosotros. Y al hacer la introducción de la homilía -lo que solemos llamar “Captatio”, pues consiste en esa primera idea que busca justamente captar la atención del oyente desde allí en adelante-, me quedó dando vueltas esta simple pregunta-consideración que le ha dado el título a este pequeño escrito que hoy deseo compartir: ¿Qué vio Dios en nosotros?, es decir, ¿qué es lo que ve Dios en nosotros para no dejar de amarnos a pesar del abismo inmensurable que existe entre su perfecto amor por su pequeña creatura y el nuestro, siempre imperfecto? No pretendo propiamente responder a esta pregunta… o, tal vez, sería mejor decir “terminar de responder esta pregunta”, porque considero con total sinceridad que estamos ante una de esas maravillosas interrogantes que son tan particulares como universales, en el sentido de que, sí, existe una respuesta más bien universal que, en definitiva, siempre se encuentra inmersa en los misteriosos y bondadosos designios divinos, cuyas profundidades escapan a nuestra limitada condición; pero también existe una especie de respuesta particular, propiamente “personal”, que cada uno de nosotros va desarrollando y profundizando a lo largo de la vida, en la medida que se va forjando nuestra relación con Dios, y nuestra intimidad con Él nos va abriendo nuevas puertas y nos va brindando nuevas luces… y, aún así, la respuesta definitiva -cada vez se comprende más-, ya ha echado sus raíces propiamente en la eternidad. Y esto entusiasma y mueve a seguir buscando la respuesta.

¿Qué es lo que vio Dios en nosotros para amarnos? Mi parcial intento de respuesta comienza a partir de la mencionada introducción:

Cuando los hombres descubrimos algo de bondad en los demás, ello capta nuestra atención. Luego de detenernos algún tiempo surge la atracción hacia la bondad que contemplamos, y si es posible poseerla de alguna manera, brota en nosotros la esperanza y junto con ello nuestra actitud de ir por ella, de quererla para sí; y de aquí en adelante es posible que se produzca el amor; y el fruto del amor, es la unión. Es por eso que dos personas que se aman, ya sean hermanos, amigos, esposos, padres e hijos, etc., necesariamente tienden a buscar la “unión de corazones”, y en la medida que ese amor se vaya acrecentando, se vaya haciendo puro, el que ama irá haciendo lo posible por entregarse más profundamente a la persona que ama. El amor verdadero, por lo tanto, posee ciertas características: se corresponde, como, por ejemplo, en los amigos que se buscan constantemente; se manifiesta, como los esposos que se dicen todos los días que se quieren; y busca cada vez más la unión de los que se aman. El amor da y se da, ve lo amable del otro y corresponde con lo que puede dar, como dice san Ignacio: “El amor consiste en comunicación de las dos partes. Es a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene, o de lo que tiene o puede. Y así por el contrario el amado al amante. De manera que, si el uno tiene ciencia, dala al que no la tiene; si honores y riquezas, y así el otro al otro”.

Con esto presente, la afirmación respecto a Dios es absoluta: Él es el más amable, quien más merece ser amado; el sumo bien de nuestras almas y de quien provienen todos los beneficios de los cuales podemos gozar; el amador fiel que no puede traicionar, que jamás se cansa de amar; cuyo amor no se retira ni aun ante nuestras posibles infidelidades; y que sigue amando aun si le fallamos, y cuyas manos bondadosas no se retiran si lo defraudamos; en fin, nuestro buen Dios del amor probado, del amor que llegó hasta el suplicio de la cruz en la Persona del Hijo para hacerse expresión irrefutable ante nuestros pequeños corazones.

A pesar de la simpleza de nuestra condición de creaturas, pecadores redimidos por la sola misericordia divina, no es difícil comprender la deuda amorosa que tenemos con el Sagrado Corazón. Pero de parte de Dios… ¡oh, amoroso conflicto!, ¿Qué es lo que vio Dios en nosotros para amarnos? Somos nada más pecado, somos los capaces de traicionar, somos los que le pedimos perdón por haberlo ofendido; tal vez, los de los propósitos incumplidos y los magnánimos ofrecimientos cuya realización sigue en lista de espera… ¿Qué es lo que vio Dios en nosotros para amarnos? El amor de Dios es diferente, a nosotros nos atraen los bienes que podemos recibir, e incluso recibir para corresponder, pero Dios en nosotros ve limitación, imperfección, heridas del pecado y frustraciones por nuestras fragilidades, etc., y, sin embargo, nos ama… ¡Nos ama y no deja de amarnos!: ¡¿Qué es lo que vio Dios en nosotros?!; una creatura herida que no puede ser curada más que por Él; una naturaleza caída que no puede levantarse por sí misma, sino sólo por su Gracia; un hijo rebelde que abandonó a su padre, siendo Él mismo el padre que jamás se desentiende; Dios en nosotros ve miserias y limitaciones, y su amor las quiere remediar: Dios ve un hijo para consolar, un herido para curar, tal vez un extraviado para reorientar, o hasta un muerto para resucitar; y es que para el amor de Dios no hay impedimentos, sólo debemos aceptarlo y dedicarnos a corresponder.

Dios es como las madres que se levantan a socorrer a sus pequeños cuando lloran: ¿qué le puede ofrecer “en compensación” a su madre un bebé de dos semanas por haber sido atendido?, y, sin embargo, las madres no esperan nada a cambio, simplemente aman porque así es el amor verdadero; y saltan sus corazones ante llanto de sus hijos porque solamente desean que estén bien, protegerlos, resguardarlos; la vida de su pequeño depende de la madre que lo cuida y lo alimenta. Pues bien, nosotros somos “los pequeños de Dios”: pequeños en gratitud tal vez, pequeños en generosidad quizás, pequeños en correspondencia probablemente… y Dios nos ama, nos protege y nos ofrece su atención ininterrumpidamente.

¿Qué es lo que vio Dios en nosotros para amarnos? Pues alguien que lo necesita y necesita de su amor; y qué gran consuelo para nuestras almas el reconocer que necesitamos a Dios, pues, como hemos dicho y lo sabemos bien, somos limitados, somos pecadores, somos frágiles y débiles, sí, pero también somos amados por Dios y redimidos. Él ve perfectamente en nosotros lo que ama: nuestra propia alma, los designios que nos tiene preparados, la eternidad que desea que alcancemos junto a Él, la gloria que debemos tributarle y el amor con que debemos corresponderle.

Nuestro amor hacia Dios siempre será limitado e imperfecto, y, sin embargo, por esta misma condición siempre podrá seguir creciendo en esta vida. Esto los santos lo han comprendido bien, haciendo germinar en ellos esa “santa inconformidad” en la correspondencia hacia el amor de Dios, lo que los hacía imparables en amar. Aceptemos nosotros también, a pesar del amoroso misterio, que Dios ha visto algo en nosotros -lo que Él mismo ha querido disponer al crearnos-, por lo cual no puede dejar de amarnos, y ante lo cual debemos dedicar nuestra vida entera a corresponderle en el amor.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!

P. Jason Jorquera Meneses, IVE.

 

¡BENDITA LANZA!

Y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron – Zc 12,10

No es la primera vez. Es que en algún otro momento ya tuve esta idea, ya pensé en este tema, pero no es que se me ocurrió escribir algo. Pero hoy… hoy sí.

Al celebrar la gran solemnidad en honor al Sagrado Corazón de Jesús, muchas cosas pueden ser consideradas, hay tanto para pensar sobre el amor de Dios, sobre el amor de Cristo, sobre el sentimiento que Cristo tiene por nosotros, los hombres: “…el Corazón que tanto amó al mundo…”, sobre cómo es tan incomprendido este amor y recibe siempre ingratitud. También se puede reflexionar sobre el corazón de Jesús como fuente de vida: “De su costado salieron al punto, sangre y agua”… O quizás pensar en Jesús que nos dejó, por amor nuestro, su Sagrado Corazón en la Eucaristía, su mismo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, para que lo comiésemos, para que tengamos vida, y para que la tengamos en abundancia

Pero deseo dedicar algunas líneas a una idea que no tiene mucho que ver con todo esto, al menos no directamente: la lanza que le traspasó el Corazón de Nuestro Señor.

Durante toda la historia de nuestra salvación, Dios nunca dejó de mostrarnos su preocupación, su cuidado para con nosotros, los hombres, sus creaturas. Incluso cuando éramos enemigos suyos, para usar la expresión de San Pablo. Siempre la Providencia Divina estuvo ocupada en mantener presente en la vida de la humanidad, algún destello del cuidado de Dios, o de alguno de sus atributos más preciosos: su Poder, que podemos ver manifestado más explícitamente en las Teofanías del Antiguo Testamento (Las plagas en Egipto, la Columna de fuego, el Paso del Mar Rojo, etc); también su Fuerza, cuando nos acordamos de las tantas y tantas veces en que el Señor ha librado a su pueblo de las manos de los enemigos; su Justicia, en todas las veces en que hizo cumplir su Palabra tal cual la habían anunciado por los profetas. En fin, siempre hubo mucho cuidado de parte de la Providencia de que el hombre jamás se olvidase no solamente de la existencia de un Dios poderoso que lo había creado, pero también que no se olvidase de la presencia de este mismo Dios, que le salva, le guía.

También con Cristo. En efecto, habiendo llegado la plenitud de los tiempos, Dios envió a Su Hijo, a Su Unigénito, a su Cristo, para venir a este mundo y morir por nosotros, para libertarnos de las garras de la muerte, y abrirnos el paso para caminar sin trabas en dirección a la vida, a la eternidad.

Quizás en lo que más se ha ocupado la Providencia en manifestarnos, es el amor de Dios por nosotros. En todas las manifestaciones anteriormente mencionadas, en el fondo está siempre el Amor de Dios, pues, en definitiva, el amor es el Querer de Dios. Dios quiso manifestar su poder, su fuerza, su justicia, su amor mismo. Jesús nos enseñó esto de un modo excelente: no solamente vino y nos dio la vida: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por su amigo”, sino que nos vino a manifestar “el amor que nos tiene Dios”. Porque en esto consiste el amor, no en que hayamos amado a Dios, sino que Dios nos ha amado y nos ha querido, y nos ha elegido desde toda la eternidad. Hasta que murió en la Cruz, Cristo estuvo siempre haciendo eco del amor que Dios nos tiene.

Pero, hubo un momento en que, todavía quedaba algo guardado, pero que Cristo, exánime, pendiente del madero, ya no tenía fuerzas, no tenía vida, no tenía modo para dárnoslo. Ahí, nuevamente la Providencia que jamás descuida ningún detalle, nos brindó con algo excepcional.

Ya había predicho el Profeta Zacarías: “volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron” (Zc 12,10). Cristo no tenía cómo darnos más, pero tenía algo precioso para darnos: su Corazón. Bendita lanza del soldado que tuvo la dicha de tocar, por vez primera, este Sacratísimo Corazón. Dice el Evangelista, el Discípulo Amado, que estaba ahí a los pies de la Cruz con la Virgen, que apenas la lanza traspasó el Corazón de Cristo, al punto salió sangre y agua.

En este dulce hueco de Tu Herida, Señor, no quiero más que meterme, al final, la Providencia quiso que un objeto inanimado, un objeto de muerte, una lanza (bendita lanza), fuera el objeto introducido en tu Pecho y lo abriera, y que al punto, pudiéramos nosotros adentrar en la Fuente Viva de Tu Amor. Un amor que atrae, como la luz y el calor del fuego, de modo análogo, nosotros, perdidos en nuestra oscuridad, en las tinieblas de nuestros pecados y miserias, somos atraídos a esta hornalla del Amor Divino; pero hay una diferencia, aquí, en Tu Sacratísimo Corazón: no tememos acercarnos demasiado, no tememos que el fuego nos queme o nos empuje lejos, sino que, admirados de Tu Poder, de Tu Amor, de Tu Fuerza, nos acercamos más. Nos metemos enteramente dentro de Tu Corazón.

Entramos por medio de un “objeto mortal”, algo material que era usado para darle muerte a las personas -podemos pensar aquí también en que esta lanza representaba nuestro amor imperfecto hiriendo al Corazón de Cristo al entrar en él- y Él, sediento de amor, aún después de muerto, se dejó traspasar por una lanza (bendita lanza), pero que al fin, se ha convertido en un ancla de salvación, dónde podemos depositar nuestra esperanza, nuestro amor, nuestros anhelos más profundos.

Bendita la lanza que traspasó al costado de Cristo. Bendita la Providencia Divina que quiso que el hombre mismo encontrase el camino hacia la Fuente Viva del Amor de Dios entre los hombres, y más bendito todavía, bendito por los siglos de los siglos, por habernos permitido anclarnos dentro de este Corazón Divino.

Sí, una vez para siempre quiso Dios tener también un corazón. Viéndolo Él que además de ser un órgano vital, es también un signo, una señal clara del amor, de la vida misma, quiso tener un corazón, quiso abrirnos la puerta para meternos en este Corazón.

Termino como he comenzado… No es la primera vez que se me ocurre esta idea… Pero alguna vez tendría que traducirlo en palabras, aún que, les digo: se quedan cortas las palabras para expresar correctamente lo que solamente experimenta el que se acerca a este dulce hueco de la herida del Costado de Cristo.

¿Qué quiero mi Jesús? Quiero quererte,

Quiero cuanto hay en mí del todo darte,

Sin tener más placer que el agradarte,

Sin tener más temor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte,

Quiero dejarlo todo por buscarte,

Quiero perderlo todo por hallarte,

Quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, en Ti abismarme,

En ese dulce hueco de Tu herida,

Y en sus divinas llamas abrasarme.

Quiero por fin, en Ti transfigurarme,

Morir a mí, para vivir tu vida,

Perderme en Ti, Jesús y no encontrarme. (Calderón de la Barca)

P. Harley Carneiro, IVE

 

SAN JUAN PABLO II – CARTA AL ARZOBISPO DE LYON (4 de junio de 1999)

Carta de Su Santidad, Juan Pablo II al arzobispo de Lyon, con motivo de la peregrinación a Paray-le-Monial (Francia). 4 de junio de 1999

Con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón y del recuerdo de la consagración del género humano realizada hace cien años por el Papa León XIII, me uno mediante la oración al itinerario espiritual de todos los peregrinos y de cuantos hacen hoy un acto de consagración al Sagrado Corazón.

Siguiendo el ejemplo de San Juan Eudes, que nos enseñó a contemplar a Jesús, el Corazón de los corazones, en el corazón de María, el culto al Sagrado Corazón se difundió especialmente gracias a Santa Margarita María de Alacoque. León XIII pidió al Señor que fuera Rey no solo de los fieles, sino también de quienes lo han abandonado o aún no lo conocen, suplicándole que los conduzca a la verdad y a Aquel que es la vida. En la encíclica Annum Sacrum expresó su compasión por los hombres alejados de Dios y su deseo de encomendarlos a Cristo redentor.

La Iglesia contempla sin cesar el amor de Dios, manifestado de forma sublime en el Calvario y hecho sacramentalmente presente en cada Eucaristía. Como escribió San Alfonso María de Ligorio: “Del corazón amorosísimo de Jesús proceden todos los  sacramentos, y especialmente el mayor de todos, el sacramento del amor”. Cristo es una hoguera ardiente de amor que invita y tranquiliza: “Venid a mí (…) que soy manso y humilde de corazón”.

El Corazón del Verbo Encarnado es el signo del amor por excelencia. Por eso he destacado personalmente la importancia de penetrar el misterio de este corazón rebosante de amor a los hombres, que contiene un mensaje extraordinariamente actual. Como escribió San Claudio de La Colombière: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha escatimado nada con tal de agotarse y consumirse para testimoniar su amor“.

En el umbral del tercer milenio, “el amor de Cristo nos impulsa” a hacer que el Salvador sea conocido y amado. Exhorto encarecidamente a los fieles a adorar a Cristo presente en el Santísimo Sacramento del altar, permitiéndole que cure nuestra conciencia, nos purifique, nos ilumine y nos unifique. En el encuentro con él, los cristianos hallarán la fuerza para su vida espiritual y para su misión en el mundo. En la relación de corazón a corazón con el divino Maestro, descubrirán el amor infinito del Padre y serán verdaderos adoradores en espíritu y verdad.

Su fe se reavivará; entrarán en el misterio de Dios y serán profundamente transformados por Cristo. En las pruebas y en las alegrías conformarán su vida al misterio de la cruz y de la resurrección del Salvacor. Serán cada día más hijos en el Hijo. Así, a través de ellos, el amor se derramará en el corazón de los hombres para edificar el cuerpo de Cristo que es la Iglesia y construir una sociedad de justicia, paz y fraternidad. Serán también intercesores de la humanidad entera, pues toda alma que se eleva hacia Dios eleva al mismo tiempo al mundo.

Invito, por tanto, a todos los fieles a proseguir con piedad su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, adaptándola a nuestro tiempo, para acoger sus insondables riquezas y responder con alegría amando a Dios y a los hermanos, encontrando así la paz, siguiendo un camino de reconciliación y fortaleciendo la esperanza de vivir un día en la plenitud junto a Dios y en compañía de todos los santos.

Conviene asimismo trasmitir a las generaciones futuras el deseo de encontrarse con el Señor, fijar su mirada en él y responder a la llamada a la santidad, descubriendo cada uno su misión específica en la Iglesia y en el mundo. En efecto, “la caridad divina, don preciosísimo del Corazón de Cristo y de su Espíritu”, se comunica a los hombres para que sean testigos del amor de Dios.

Invocando la intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, imparto de buen grado mi bendición apostólica a todos los fieles que, con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón, peregrinen a Paray-le-Monial o participen con devoción en celebraciones litúrgicas y momentos de oración al Sagrado Corazón.

¡OH BANQUETE PRECIOSO Y ADMIRABLE!

De las Obras de santo Tomás de Aquino, presbítero
(Opúsculo 57, En la fiesta del Cuerpo de Cristo, lect. 1-4)

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiritual en su misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

SE RECIBE LA LUZ PARA DARLA

Homilia de San Juan Pablo II, 11-08-1993

“Vosotros sois la sal de la tierra

Son palabras de Jesús a sus discípulos, que hemos escuchado en la lectura del Evangelio en esta solemne celebración eucarística.

Vosotros y yo somos no sólo fruto, sino también sembradores de las palabras de Jesús: «Id y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19), es decir, apóstoles de la nueva evangelización a la que, en virtud de nuestro bautismo, estamos todos llamados. Por eso, el Señor nos recuerda hoy nuevamente que somos «la sal de la tierra, la luz del mundo» (cf. ibíd., 5, 13-14).
«Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5, 13). Son palabras que el Señor dirige hoy a vosotros. En la fe cristiana, sois verdaderamente la sal de la tierra. Vosotros, que habéis acogido en vuestro corazón el mensaje salvador de Cristo, sois, pues, sal de la tierra porque habéis de contribuir a evitar que la vida del hombre se deteriore o que se corrompa persiguiendo los falsos valores, que tantas veces se proponen en la sociedad contemporánea.
La Iglesia, como Madre y Maestra, hace suyos los problemas que afectan al hombre, y en especial a los más pobres y abandonados, y trata de iluminarlos desde el Evangelio. Por eso, en la construcción de una sociedad más justa y fraterna, la doctrina social de la Iglesia propone siempre la primacía de la persona sobre las cosas (Centesimus annus, 53-54), de la conciencia moral sobre los criterios utilitaristas, que pretenden ignorar la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.
Cristo, luz del mundo (cf. Jn 8, 12), nos exhorta hoy a que nosotros seamos también luz ante los hombres para que, viendo nuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 16). Cristo, «luz verdadera, que ilumina todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9), es el Verbo proclamado por san Juan en el prólogo de su Evangelio (Ibíd., 1 1-4): el Hijo eterno, consustancial con el Padre. La Vida estaba en Él, y Él la ha traído al mundo. «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él… tenga la vida eterna» (Ibíd., 3, 16).
Ésta es la prueba suprema del amor de Dios a los hombres desde toda la eternidad: la Encarnación del Verbo. Y también vosotros, queridos hermanos, habéis sido objeto de ese amor de predilección por parte de Dios; también por amor vuestro se encarnó su Hijo Unigénito. También a vosotros Dios Padre os lo entrega como Salvador, para que tengáis la vida eterna. «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Ibíd., 17, 3).
Cristo es la luz del mundo, pues en Él se ha revelado la Vida. Se ha revelado mediante la palabra del Evangelio, pero sobre todo se ha revelado mediante su muerte redentora en la Cruz. Ha ofrecido en sacrificio al Padre su vida en expiación por los pecados del mundo. Y con este sacrificio cruento Él ha vencido el pecado y la muerte. En el Gólgota aceptó la muerte, pero al tercer día resucitó y vive para siempre. Vive para darnos su Vida. De este modo, Cristo es aquella Luz, aquella Vida que ha demostrado ser más fuerte que la muerte. En Él está la Vida divina, que es Luz para los hombres (cf. Jn 1, 4). Cristo, luz del mundo, os está enviando hoy a vosotros hermanos y hermanas, descendientes de los antepasados, os está enviando a vosotros en el camino de la vida. Éste es el camino de verdad, es el camino de siempre y de la nueva evangelización.
También vosotros, queridos hermanos, gracias al Evangelio, habéis recibido la luz y estáis llamados a dar valientemente testimonio de ella. Cada uno de vosotros ha de sentirse llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo. Habéis de ser sal que preserva de la corrupción y que da sabor a los frutos de la tierra. Habéis de iluminar a los que os rodean mediante vuestra caridad; caridad que es amar a los demás como Cristo nos ha amado (cf. Jn 15, 12). Ésta es la evangelización de ayer, de hoy y para siempre.
Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo. Os lo dice Cristo mismo, que es la Luz. Lo dice también con el ejemplo de su vida, con la verdad de sus sufrimientos, con su muerte en la Cruz.

¿QUÉ HACER CUANDO NOS FALLAN LOS SENTIDOS?

¿Qué hacer cuando nuestros sentidos nos engañan, cuándo fallan?

Esta pregunta se me vino a la mente mientras reflexionaba delante del Señor y me acordaba de esta parte del himno eucarístico Adoro Te Devote, que dice: “Visus, tactus, gustus, in Te fallitur… En una pequeña reflexión en este domingo, Solemnidad de Corpus Christi para nosotros aquí en Tierra Santa y en tantos otros lugares, mencionaba cómo tantísimas personas le tratan a Jesús en la Eucaristía con una fría indiferencia…

A lo mejor, ellos también se quedan pasmados delante de esta pregunta que lleva el título de estas líneas: ¿Qué hacer cuando nos fallan los sentidos?

Ellos miran a su alrededor, al mundo que los rodea, ven que hay tanta maldad, tanta confusión… su visión parece indicarles un desastre inminente, el fin de todo, quizás… el punto es que, la visión, que justamente da a nuestro cuerpo cierta “estabilidad” para mantenerse de pie y seguir adelante, nos muestra algo a punto de desmoronarse… esto lo podemos percibir también nosotros.

Con el tacto. Estas personas de las que estamos hablando, pueden sentir en viva carne las luchas salvajes para buscar complacerse, cada uno a sí mismo, o a los demás para complacerse a uno, se siente el egoísmo; se siente por otro lado el miedo. Escalofríos que desconciertan y esto, sumado a lo que se ve, conducen a un desespero terrible… Esto quizás también nosotros lo podemos percibir…

Se presenta al paladar un sabor amargo, una especie de caramelo con una muy fina capa dulce que esconde un interior amargo como hiel. El mundo les traga… les insiste que hay que consumir más de este “caramelo” para quitarte el amargo sabor del vacío, del desespero… Quizás también aquí nosotros lo podemos percibir…

Los sentidos nos fallan, podemos experimentar todo esto en nosotros mismos, y es que todavía no he entrado en el ámbito religioso, de la fe… Porque ahí, justamente es dónde más nos damos cuenta de cómo nos fallan los sentidos…

En la Eucaristía: “Visus, tactus, gustus, in Te fallitur…” y delante de este defecto de nuestros sentidos, ¿qué hacer?

Arrodillado delante de la custodia, en uno de los puntos de bendición Eucarística en la sencilla, pero digna, procesión del Corpus que hicimos aquí en nuestro Monasterio este año, se veía por detrás de la Custodia un hermoso y apacible paisaje de fondo, algo casi celestial -me atrevo a decir- se me presentaba a los sentidos…

Pero aquí también me fallan los sentidos… sé que en este mismo momento, en algún otro lugar, el mismo Jesús estaba presente dentro de alguna pequeña custodia o algún sencillo tabernáculo, en alguna iglesia rodeada de destrucción, escombros, ruinas. Sé que en algún otro lugar, los sentidos de otras personas estaban fallando también… Quizás miraban a Jesús en la custodia, o en el tabernáculo y el contraste entre lo que contemplaban y lo que les rodea y les toca vivir, puede que les de miedo, les causa desespero… quizás les surge la misma pregunta: “¿Qué hacer si me están fallando los sentidos?” A lo mejor no les está fallando, les está mostrando una realidad desoladora, desesperanzadora, “¿Será real?” “¿Habrá solución?” “¿Me engañan mis sentidos, qué hago?”

Seguramente hay una respuesta para esto… hasta aquí, no he escrito nada más que ideas o pensamientos “demasiado inmanentes” o “mundanos” o “naturales”… quizás… pero la respuesta a la pregunta que me hice al comienzo, tengo plena confianza de que no la encontraría en este plano (inmanente, mundano, natural). ¡Es necesario trascenderlo!

¿Qué hacer cuando nos fallan los sentidos? La respuesta “eucarísticamente” correcta, si es que podemos acuñar este término, está en las tres virtudes que justamente transcienden lo humano, lo natural, las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza, Caridad.

Mis sentidos me engañan: Visus, tactus, gustus, in Te fallitur… arrodillado, yo, delante de Jesús expuesto en una Custodia mirando al fondo un valle de Galilea, o al fiel que devotamente mira a Jesús desde una infinitud de escombros y ruinas, o el Papa con una multitud de más de medio millón de personas por detrás, miramos a un “pan” blanco, inamovible, que no habla, que no escucha, que no nos toca… ¡Pero no! ¡Definitivamente que no! Hay algo…

Algo me dice que dentro de este pequeño círculo de cristal, hay algo -o mejor, Alguien- que merece respeto, adoración, alabanza… ¿Qué es lo que me dice esto? La FE…

Creemos que no es un “pan” cualquiera, pero que es “El Pan Vivo” que ha bajado del cielo para quedarse con nosotros, para darnos vida, y vida en abundancia, que brota y nos conduce hasta la eternidad…

Cuando nos fallan los sentidos, esta fe nos conduce automáticamente a una ESPERANZA viva, pues no puede ser en vano que hacemos todo lo que hacemos para el Pan Vivo, para el que es el Pan de los Ángeles… Él nos prometió algo más, nos prometió el cielo, la fe me lleva a esperar vivamente el cumplimiento de esta promesa…

Y mientras pasa todo esto, mientras nos siguen fallando los sentidos, la fe y la esperanza nos invitan al AMOR… A amar a este Dios que nos habla desde un silencio profundo, que nos mira desde una Custodia aquí en nuestro Monasterio, o desde un Sagrario en la guerra, o delante de miles de jóvenes en una plaza bajo el sol y el calor sofocante de una tarde de verano madrileña; nos invita a amar a un Dios que parece gustarle estos juegos de contraste con los sentidos, que le gusta desacreditar a los sentidos y muchas veces nos hace “perder el sentido” real de las cosas…

Por esto, cuando nos fallan los sentidos, debemos creer, esperar y amar… El objeto directo de estos tres verbos es Jesús en la Eucaristía, es Jesús en el Augusto Sacramento, es, en definitiva, Dios mismo, pero que no podemos ver porque visus, tactus, gustus, in Te fallitur…

P. Harley Carneiro, IVE

 

 

MISTERIO INSONDABLE DE UN DIOS QUE MORA EN MÍ

Porque Dios amó tanto al mundo… Jn 3,16-18

Queridos todos,

San Atanasio, el gran Santo y Doctor del Verbo Encarnado, como es conocido, obispo de Alejandría, en una de sus cartas decía: “Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición de la doctrina y la fe de la Iglesia Católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres.”[1] El Papa Benedicto XVI en una homilía en Génova decía que “la fiesta de hoy nos invita a contemplarlo a Él, el Señor; nos invita a subir en cierto sentido, al ‘monte’, como hizo Moisés.”[2]

El contenido que la doctrina y la fe de la Iglesia que nos han transmitido, como decía San Atanasio, y que hoy somos invitados a contemplar, como hacía mención el Papa Benedicto XVI, es lo que magistralmente encontramos explicado por San Pablo en la primera carta a los Corintios (2, 1-16):

“…una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos…

…enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria…

Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

¿Quién conoce el íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.”

“…Dios nos lo ha revelado por el Espíritu…”

…para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos…

A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él, no está sujeto al juicio de nadie.

Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu.”

Lo que vamos a intentar ahora, queridos hermanos, es adentrarnos un poco más en esta inefable realidad; este insondable misterio de un Dios Uno y Trino que habita en el alma en gracia.

No tengo intención de explicar un misterio tan sublime, porque evidentemente me supera absurdamente; lo que sí quiero que hagamos, es considerar esta verdad tan hermosa empezando por la Escritura misma, en las lecturas de la Liturgia de hoy hasta llegar a una aplicación más práctica, más cercana a nuestra vida corriente.

Partiendo de la primera lectura que nos propone la Iglesia para hoy, del libro del Éxodo, podemos contemplar una cercanía de Moisés -que según la misma Sagrada Escritura fue el mayor de todos los profetas (cfr. Deut 34,10)- con Dios mismo. Cuando allá en el Sinaí, Moisés subió en medio de la madrugada, el Señor baja en la nube y se queda allí con él. Moisés es el profeta que contempló a Dios cara a cara; es el que sabía reconocer al Señor. Ahí, en ese momento de una cercanía profunda, Moisés se da cuenta de que hay un abismo enorme entre la Divinidad y su pequeña e insignificante humanidad. Tras pronunciar el nombre del Señor, el Altísimo pasó ante Moisés, éste se inclinó, y se echó por tierra en señal de profunda reverencia (cfr. Ex 34, 4-6.8-9).

Lo que contemplamos aquí es una cercanía muy grande, pero que todavía no es algo interior, íntimo. Lo que escuchamos en el salmo, sacado de un cántico del profeta Daniel ilustra bien esta realidad: “Bendito eres en el templo de tu santa gloria… Bendito eres sobre el trono de tu reino… Bendito eres tú, que, sentado sobre querubines, sondeas los abismos… Bendito eres en la bóveda del cielo.” (Dan 3, 52-56)

Esta relación entre Dios y el hombre, desde el Génesis, después de la creación del hombre, hasta llegar a la plenitud de los tiempos, se va desarrollando en un ciclo que se repite: el hombre se aleja, Dios lo busca; Dios lo perdona, el hombre vuelve; Dios hace una alianza, el hombre se olvida, Dios permite el castigo; el pueblo se arrepiente, etc. Pero cuando Jesús, el Verbo Encarnado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumió la naturaleza humana en el seno de la Virgen María, estuvo tan cerca del hombre, tan cerca como jamás había estado antes; ni en el Edén cuando bajaba a la tarde para caminar junto al hombre, ni en la montaña santa con Moisés, ni en la cueva con el profeta Elías… Juan Pablo II expresó esta verdad con las siguientes palabras: “Dios no estuvo nunca tan cerca del hombre -y el hombre jamás estuvo tan cercano a Dios- como precisamente en este momento: ¡en el instante del misterio de la Encarnación!.”[3]

Este niño -Divino Niño- que fue gestado en el seno purísimo de la Virgen, debía recibir el nombre de Emanuel, que quiere decir Dios con Nosotros (cfr. Mt 1,23). Allá en el Éxodo, también Moisés pronunció el nombre de Dios, en la Montaña Santa, pero era otro el nombre: “El Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en gracia y fidelidad.” (Ex 34,6) El Papa Benedicto XVI decía, en la misma homilía que mencionamos antes, que: San Juan, en el Nuevo Testamento, resume esta expresión en una sola palabra: “Amor” (1Jn 4,8.16). Lo atestigua también el pasaje evangélico de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).”[4]

Este Dios Amor, no solamente es amor, no solamente intervino en nuestra historia decidiendo hacer la redención del género humano[5], sino que, como leemos en San Pablo: “el Dios del amor y de la paz estará con vosotros” (2Cor 13, 11-13) Y no estará como algo transitorio, sino como algo permanente, en el mismo texto, el Apóstol habla de este don tan sublime, de esta presencia inefable: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros” (Ibid.)

Retomando una frase de San Atanasio también en la carta ya mencionada antes: “Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.”[6] Pero no es que sea simplemente una existencia encerrada en sí misma, satisfecha en su propia autosuficiencia, como aclara Benedicto XVI, sino que “es vida que quiere comunicarse, es apertura, relación.”[7] Y retomando el tema del nombre de Dios, sigue diciendo que “palabras como ‘misericordioso’, compasivo’, ‘rico en clemencia’, nos hablan de una relación, en particular de un Ser vital que se ofrece, que quiere colmar toda laguna, toda falta, que quiere dar y perdonar, que desea entablar un vínculo firme y duradero.”[8] En otras palabras: es un misterio de un Dios -Uno y Trino- que quiere habitar en nosotros.

Lo que hace la Liturgia de hoy, comentaba Juan Pablo II en una homilía en su visita a Bulgaria, es invitarnos “a remontarnos hasta la Fuente suprema de este don: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Santísima Trinidad.”[9] Y sigue diciendo que la vida del cristiano se orienta totalmente hacia este misterio. De la correspondencia fiel al amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo depende el éxito de nuestro camino en la tierra.”[10]

A primera vista, contemplar este misterio de la Santísima Trinidad, de la Inhabitación Trinitaria dentro del alma en gracia, pareciera alejarnos del mundo y de sus problemas, en una especie de introspección para abstraerse de la realidad. A esta objeción responde el Papa Benedicto XVI diciendo que “en realidad se descubre que precisamente conociendo a Dios más de cerca” es que “se reciben también las indicaciones fundamentales para nuestra vida.” Para explicarlo, retoma el ejemplo de Moisés, en el Sinaí, pues el Patriarca, “al subir al Sinaí y permanecer en la presencia de Dios, recibió la ley grabada en las tablas de piedra, en las que el pueblo encontró una guía para seguir adelante, para encontrar la libertad y para formarse como pueblo en libertad y justicia. Del nombre de Dios depende nuestra historia; de la luz de su rostro depende nuestro camino.”[11]

En síntesis, “toda la revelación se resume en estas palabras: “Dios es amor” (1Jn 4, 8.16); y el amor es siempre un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla.”[12]

Para ir concluyendo, queridos hermanos, debemos alegrarnos, animarnos siempre, exultar de alegría por un don que excede toda comprensión humana: el don de tener a un Dios Uno y Trino, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, que quiere habitar en nuestro corazón; quiere hacernos partícipes del movimiento de Vida y Amor que emana del seno mismo de la Trinidad.

Por eso, pidámosle a la Santísima Virgen María -ella quien mejor supo vivir en este misterio de Amor dentro de la Santísima Trinidad- que nos ayude a comprender un poco este misterio insondable de la Inhabitación de Dios en nuestra alma, pero más que comprenderlo bien, que nos ayude a vivirlo como debemos, para así degustar ya desde la tierra, lo que serán las delicias que nos esperan en el Paraíso.

P. Harley Carneiro, IVE

 

 

 

[1] San Atanasio de Alejandría, CARTA 1 A SERAPIÓN, 28-30 (Tomado del Oficio de Lecturas de esta Solemnidad)

[2] Homilía del Papa Benedicto XVI en la plaza de la Victoria de Génova el domingo 18 de mayo de 2008

[3] San Juan Pablo II, Angelus, 02/08/1981

[4] Papa Benedicto XVI, op.cit.

[5] Cfr. EE de San Ignacio, contemplación de la Encarnación, 1º Punto

[6] San Atanasio de Alejandría, op.cit.

[7] Papa Benedicto, op.cit.

[8] Ibid.

[9] San Juan Pablo II, Homilia en la plaza central de Plovdiv (Bulgaria), domingo, 26/05/2002

[10] Ibid.

[11] Papa Benedicto XVI,

[12] Papa Benedicto XVI, Angelus, Domingo 22/05/2005

Amar y orar

Hermosa obligación del Hombre

San Juan María Vianney

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti», Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

EL CIELO Y LA VIDA ETERNA

Jn 17, 3 – Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo.

Queridos todos, en este VIIº Domingo del tiempo de Pascua, estamos rodeados de una “atmósfera celeste” en la liturgia -es cierto que la liturgia siempre es algo celeste que realizamos en la tierra, pero ahora parece ser aún más notable este aire que se siente-: hace pocas semanas hemos celebrado el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte, resucitando al tercer día, según las Escrituras; hace apenas algunos días (el pasado jueves), hemos festejado devotamente la solemnidad de la Ascensión del Señor, cuando subió a los Cielos y donde está sentado a la derecha del Padre; y ahora nos preparamos para, dentro de una semana, celebrar la venida del Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria

Santo Tomás de Aquino tiene un sermón en que comenta el Credo, artículo por artículo. Cuando el Aquinate comenta el artículo sexto: Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso, dice que “Después de afirmar la Resurrección de Cristo, conviene creer en su Ascensión, pues Él subió al cielo después de cuarenta días de resucitado. He ahí por qué se dice en el Credo: ‘Subió a los cielos’.”

El Doctor Angélico explica tres características principales de este acontecimiento, de las que voy a abordar apenas un aspecto de la última.

Dice él que la Ascensión fue sublime, racional y útil.

Al hablar de la utilidad de la Ascensión, (el santo) explica que Cristo ascendió a los cielos para conducirnos hasta allá; una vez que desconocíamos el camino, fue útil para nosotros que Él nos lo mostrase. También dice que Jesús subió a los cielos para interceder por nosotros, y para corroborarlo, cita la carta a los Hebreos que dice: “Subió por sí mismo al Dios siempre vivo para interceder por nosotros” (Heb 7,25). En último lugar, dice que Cristo subió a los cielos para atraer a sí nuestros corazones, pues como el mismo Señor había dicho en el Evangelio de Mateo (6,21): “Dónde está tu corazón está tu tesoro.” No es mi intención detenerme en estos aspectos, porque ya hemos celebrado la Ascensión, lo que quiero remarcar aquí en este sermón de hoy, es la realidad de dónde está Cristo, de dónde está esperándonos: en el Cielo, a la derecha del Padre.

¿Qué es el Cielo? Algunos me responderán que es la Vida Eterna. Y si les pregunto ¿qué es la vida eterna? Me podrían contestar con las palabras de Jesús en el Evangelio que apenas hemos escuchado: “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.” (Jn 17,3) El gran poeta italiano, Dante Alighieri, en el Libro del Paraíso, en la Divina Comedia, Cántico XXXIII (vv. 124-126) expresa casi como si estuviera ya contemplando lo que Jesús nos dijo en el Evangelio hoy, pero en un tono bien poético, dice:

O luce etterna che sola in te sidi,

sola t’intendi, e da te intelletta

e intendente te ami e arridi!

(“Oh luz eterna que sólo en ti reposas, / sólo tú te comprendes, y por ti comprendida, / y comprendiéndote, te amas y sonríes.”)

Algunos grandes autores han descrito también, de modo poético algún aspecto -en la medida de lo posible- del cielo. Fray Luís de León, por ejemplo, en su Oda Noche Serena canta:

Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura…

La gran Doctora de Ávila, Santa Teresa, quizás siguiendo el Evangelio dónde Nuestro Señor dice: “El Reino de los Cielos está en vosotros”, describe con la analogía del Castillo Interior la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en el interior del alma: “Considerar nuestra alma como un castillo hecho de un diamante o muy claro cristal” dónde dentro habita una luz indescriptible, que es el mismo Dios.

O también San Juan de la Cruz, el Doctor Místico de Fontiveros, siguiendo la línea de Santa Teresa, canta en su Llama de amor viva (estrofa 1):

¡Oh llama de amor viva,

Que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Y en otro lugar en la misma canción (estrofa 4):

¡Cuán manso y amoroso

Recuerdas en mi seno,

Donde secretamente solo moras!

De todos modos, me parece útil preguntarnos qué es lo que la Iglesia, con su sabiduría de casi dos milenios, ha entendido siempre por el Cielo. Veamos qué dice el Catecismo de la Iglesia:

CIC 1024: “Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama ‘el cielo’. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.”

Es cierto que, como dice San Pablo a los Corintios en su primera carta: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1Cor 2,9), sin embargo es posible, con base en lo que hemos dicho hasta aquí, establecer algunas características esenciales del cielo, especialmente siguiendo lo que el Catecismo nos enseña.

Vida Perfecta: Por la gracia de Dios, somos “partícipes de la naturaleza divina” (Cf. 2Pe 1,4) enseña San Pedro. La vida que vive la Santísima Trinidad es una vida perfecta y que nosotros, por la gracia, somos llamados a participar: aquí en esta vida, de un modo imperfecto, en el cielo, perfectamente.

Comunión de vida y de amor: El conocimiento que tiene Dios de sí mismo genera vida y amor. Dios es vida y amor en sumo grado: “Dios es amor” dice San Juan (Cfr. 1Jn 4,8; 16). El mismo Jesús dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Cf. Jn 8, 32). Estando en el cielo, estaremos metidos en esta harmonía eterna que irradia de la Divinidad.

Fin último: Todo el que obra, obra por un fin, es un principio filosófico. Dios, al crearnos, ha puesto en nosotros una finalidad. San Ignacio de Loyola nos lo enseña muy bien en el libro de los EE: “El hombre es creado para amar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma.” (EE, 23) El fin último nuestro es salvar nuestra alma, es decir, alcanzar el cielo por toda la eternidad, por medio del amor, de la alabanza y del servicio de Dios nuestro Señor.

Dicha definitiva y suprema: Otro principio filosófico es que, una vez alcanzado el fin, la creatura reposa en él: “La voluntad descansa en el bien poseído”, de un modo estupendo San Agustín lo ha formulado así: “Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Fecisti nos ad Te et inquietum es cor Nostrum donec requiescat in Te, Confesiones, I, c.1) Esto justamente es lo que nos da el gozo supremo: la posesión del bien supremo, es decir, Dios mismo. Allá en el cielo lo tendremos, lo contemplaremos cara a cara.

Para terminar, podemos citar algunos textos de la Sagrada Escritura dónde justamente nos habla de esta vida eterna en el cielo:

Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.” (Jn 17,3)

Y este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al hijo de Dios no tiene la vida…” (1Jn 5, 11-12)

Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: ‘Conoce al Señor’, porque todos me conocerán, del menor al mayor, pues perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados…” (Heb 8,11-12)

…y comprenderemos. Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra.” (Os 6,3)

Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo…” (2Cor 4,6)

Pidámosle pues, a la Santísima Virgen María, que nos alcance la gracia de amar con todo nuestro corazón esta verdad del cielo. Que en unos instantes, cuando profesemos nuestra fe y digamos creer en la Vida Eterna, que realmente lo hagamos con todo el corazón, y que la Virgen nos conceda también la gracia de crecer siempre más en el conocimiento del Señor, pues como dice el Espíritu Santo en el libro de la Sabiduría: “Conocerte a ti es justicia perfecta y reconocer tu poder es la raíz de la inmortalidad…” (Sab 15,3)

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE