A pesar de todo, siempre vuelven a sonreír…

Reflexión dedicada a los feligreses de la Parroquia de la Sagrada Familia, en Gaza

Una de aquellas frases sueltas que recuerdo de mi infancia, entre tantas otras, es aquella que dice que “los niños son como esponjas”, es decir, que aprenden con prontitud; ya que, al estar en desarrollo, todo en ellos va creciendo o se está formando: el cuerpo, el conocimiento, el carácter, los hábitos, dones, etc. Y es por esta razón que decimos que los niños están en un proceso. Y es de vital importancia especialmente para los padres moldearlos de la mejor manera posible, para lo cual se requiere cariño, atención, paciencia, palabras, ejemplos, etc. “Ejemplos”, qué fundamentales son los ejemplos, “porque arrastran”, porque confirman la enseñanza o la destrozan, porque revelan si el formador es coherente o mendaz, porque pueden encaminar un alma al Cielo o torcerle el camino hacia la perdición. Sí, hay que darles buenos ejemplos a los niños; “educa a los niños y no será necesario castigar a los hombres”, dice la frase atribuida a Pitágoras, y educar y guiar corresponde normalmente a los más grandes, a “los que saben porque ya aprendieron”. Pero esto no es absoluto… ya que también los niños pueden -y, de hecho, muchas veces lo hacen- darnos ejemplos a nosotros, los más grandes, los que estudiamos y tenemos experiencia, los que por oficio o profesión debemos enseñar; pero sí, también nosotros podemos aprender de ellos tantas cosas -o “recordar” tal vez, podríamos decir; reconsiderar, examinar, etc.-; como la prontitud en perdonar y no guardar rencor, o la inocencia y sencillez para aceptar la verdad, y hasta la capacidad tan notable que suelen tener para hacer nuevos amigos con presteza. Todo esto lo sabemos bien, no es nada nuevo, no hay originalidad en lo escrito hasta ahora, pero quería citarlo a modo de introducción para llegar al punto que, en esta oportunidad, quisiera compartir; y me refiero a un ejemplo muy concreto, y de un lugar muy específico, en una comunidad que lleva el maravilloso nombre que también titula nuestro monasterio: Sagrada Familia, la Parroquia católica de la Sagrada Familia en Gaza; conocida seguramente por todos nosotros gracias a las noticias diarias que nos han acompañado a lo largo de la guerra en esta parte del mundo y que, por aquellos lados, ha sido terriblemente devastadora, y cuyas consecuencias seguirán sólo Dios sabe hasta cuándo…

Queridos lectores, en esta oportunidad les comparto un sencillo pensamiento y reflexión que ha surgido, precisamente, a lo largo de estos últimos años, en que los sagrarios de todo el mundo, pero especialmente los de aquí en Medio Oriente, han sido testigos de las abundantes y constantes oraciones pidiendo en favor de la paz, así como de uno de los milagros más hermosos -a mi parecer-, que se han dejado ver como la flor entre las cenizas; como esa lejana luz del faro que en medio de la tormenta se roba toda la atención y guía lleno de esperanza; en fin, como una palabra de aliento en la aridez más profunda, pero de esas palabras que cambian el ambiente y saben hacernos sacar fuerzas desde donde antes no las había. “Algo así” han sido para mí las sonrisas de los niños y feligreses de la parroquia de la Sagrada Familia; nuestros hermanos en la fe; quienes al abrigo misterioso de la Divina Providencia, y asistidos por nuestros padres y hermanas entregados a tan especial misión, sin embargo, a pesar de haber vivido entre constantes explosiones, inmersos en la más terrible incertidumbre de no saber hasta cuándo se encontrarían con vida, sufriendo y viendo sufrir, y dejando de ver a quienes partieron antes que ellos hacia la eternidad; y entre noches sin dormir, y habitaciones y camas improvisadas, y entre todo lo demás, tan terrible como sabemos (y miramos a la distancia), asombrosa y ejemplarmente, a pesar de todo -repetimos-, siempre vuelven a sonreír.

Me detengo especialmente en los más pequeños, aquellas almas inocentes que tantas veces en lugar de un parque de juegos no contaron más que con un espacio entre los demás refugiados para jugar… y todavía pueden jugar. Niños que, en la más tierna edad tuvieron que vivir cosas que nosotros quizás jamás veremos, y asumir pérdidas que nosotros recién de adultos hemos sufrido; corazones cuyo entorno gris no ha podido apagar el colorido de sus sonrisas ni los cantos de sus voces, ¡oh!, ¡cómo me enternecen sus cantos a la Virgen! Ojo que no estamos negando sus sufrimientos, que a pesar de ser ellos pequeños éstos son grandes y mucho, o no; ellos sufren más que nosotros, pero saben sufrir mejor que muchos de nosotros -al menos hablo por mí.; pues sufren abrazados a la Cruz y no renegando de ella, ¡niños tan pequeños y de ejemplos tan grandes!; a su corta edad ya han aprendido a ofrecer sus padecimientos con esperanza sobrenatural; a vivir con una fe probada en una tristemente variada gama de adversidades; a practicar la caridad fraterna y santa resignación de una manera admirable.

Dejando de lado los rincones más profundos y exclusivos del alma, en los cuales solamente entra Dios, podemos ir poniendo cada uno de nuestros problemas junto a los de estos hermanos nuestros ejemplares, y veremos cómo van perdiendo fuerza y dimensiones; no que no sean tales necesariamente, pero sí que tenemos ejemplos tangibles de cómo han de padecerse ellos y seguir nosotros adelante en la vida espiritual. Tal vez estas hermosas sonrisas entre los escombros sean para ellos la antesala -sino la entrada-, o al menos la expresión de aquella verdad madura y profunda que los santos supieron comprender y que tan difícil nos resulta a nosotros mientras no emprendamos con grandísima y fiel determinación nuestra purificación, es decir, mientras no pasemos por las noches del alma con que Dios nos quiere purificar para hacernos menos carnales y más espirituales: la alegría de la cruz; la eficacia de la cruz, la bendición que es la cruz, el camino que es la cruz, la fecundidad de la cruz y la santificación que se haya en la cruz; no, claro, por el sufrimiento mismo que ésta lleva consigo, sino por todos estos bienes que ella nos ofrece y nos alcanza si aprendemos a abrazarla como Jesucristo nuestro Señor lo quiere: suavizando el yugo y aligerando su carga en la medida de nuestra santa aceptación y ofrecimiento, amando en ella a nuestro Dios crucificado, y viendo en Él mismo, el primero de todos y el ejemplo sublime, la manera amorosa de llevarla.

Recordemos aquí la conocida reflexión de san Alberto Hurtado acerca del valor de una sonrisa. Escribía el santo: “¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da. Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre. Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla. Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad. Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado, sol para el triste y recuerdo para el turbado.

Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da. Y en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa? Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás”.[1] Dice el santo al principio que “no cuesta nada pero vale mucho”; no cuesta en cuanto a que no hay que pagar por ella monetariamente hablando, pero al mismo tiempo “vale mucho”, a su vez, en la medida que se haya tenido que abrir paso entre las tristezas, las arideces, el arrepentimiento, los escombros o las cenizas… tal vez por esta razón las sonrisas de estos niños y feligreses nos parecen de un valor inmensurable, imposible de llegar a conocer en profundidad, porque eso le corresponde solamente a Dios, el mismo que en sus secretos y profundísimos designios los sostiene en el dolor, los levanta de la frustración, los guía con esperanza sobrenatural en medio de las tinieblas, y les ha concedido la perseverancia en la dureza de las pruebas que implica la guerra.

Aprendamos a seguir el ejemplo que nos dan nuestros hermanos más probados en la fe, especialmente de los pequeños de alma grande, de los que lloran pero serán consolados, de los artífices de paz que no saben de rencores; de los pobres -y no sólo de espíritu- que poseen las llaves del Reino de los Cielos; de los afligidos que serán consolados; en fin, de los feligreses que aun en medio de sus arduos sufrimientos y el entorno catastrófico en que han sabido forjar y mantener un verdadero oasis espiritual en torno al Sagrario, a pesar de todo siempre vuelven a sonreír.

P. Jason Jorquera M., IVE.

[1] San Alberto Hurtado S.J.; extracto del capítulo diez de su libro “Humanismo Social”

Jesús, su vida en la Iglesia y en el alma fiel

De las meditaciones escritas en Nazaret

San Charles de Foucauld

Mi Señor Jesús: Vos estáis «con nosotros hasta la consumación de los siglos», no solamente en la Santa Eucaristía, sino también por medio de vuestra gracia… Vuestra gracia existe y vive en la Iglesia al igual que en toda alma fiel… La Iglesia es vuestra Esposa, el alma fiel lo es asimismo…
¿Cuál «es la acción de vuestra gracia en ella?… Hacerla semejante a Vos… Vuestra gracia obra sin cesar en la Iglesia para hacerla más perfecta: más perfecta por el número creciente de sus santos; los nuevos se añaden incesantemente a los antiguos, y esta corona de santos se completa cada día con nuevos diamantes; más perfecta, por la explicación cada vez mayor de sus dogmas, por la organización más completa de su liturgia, su disciplina; por las nuevas cruces que Vos la cargáis cada día y las victorias que diariamente obtiene contra el príncipe de este mundo; por las persecuciones que soporta a través de los siglos y que la vuelven, por los sufrimientos, cada vez más parecida a su Esposo; más perfecta, por el peso de los méritos de sus miembros, añadiéndose a los de la víspera; ésa es una suma creciente de santidad incesante, una nueva suma de glorificación de Dios, añadiéndose a la antigua, que está viva delante del Señor; más perfecta, por la multitud de Sacrificios, Tabernáculos, Comuniones, donde Jesús está cada día ofrecido por la tierra a Dios, uniendo las nuevas ofrendas a las antiguas; porque la gracia acumulada a la de ayer no puede dejar de hacer subir a esta Esposa de escalón en escalón hasta más cerca de su Esposo; Jesús es el alma de la Iglesia; Él la da todo lo que el alma da al cuerpo: la vida. La vida inmortal, volviéndola inconmovible; la luz, haciéndola infalible en la declaración de la vendad; obra por ella misma, y continúa por su mediación la obra comenzada en su cuerpo mientras Él vivía entre los hombres; la glorificación de Dios para la santificación de los hombres.., Esta obra es el fin de la Iglesia, como ella fue la de Cristo:
Jesús la cumple en ella, a través de los siglos…
Señor mío: Vos habitáis en el alma fiel: «Vendremos a ella y haremos nuestra morada»; Vos convertido como en el alma de esta alma; vuestra gracia la sostiene totalmente, ilumina su inteligencia, dirige su voluntad; no es ella la que obra, sois Vos, que obráis en ella… Vos le dais la vida, la vida de gracia, semilla de la vida de gloria, con una abundancia creciente; Vos le dais la verdad; Vos la establecéis, le dais el gusto, le abrís los ojos, le hacéis ver las cosas bajo la mirada de la fe; Vos la ponéis así en la luz divina, bien alta, por encima de las tinieblas del mundo; continuáis en ella vuestra obra… El fin de cada hombre, como el fin de la Iglesia, como vuestro propio fin, mi Señor Jesús, es la glorificación de Dios, es decir, la manifestación exterior de su gloria y la santificación de los hombres… Vos nos amáis; cuanto más perfectos seamos nosotros, más seréis Vos consolado; debemos desear consolaros lo más posible puesto que Vos ordenáis que os amemos con todas nuestras fuerzas; debemos desear ser lo más perfectos posible… Convertid, pues, nuestros pensamientos, palabras y acciones conformes con los vuestros, conformes a lo que Vos haríais; vivid en nosotros, reinad en nosotros, que no seamos nosotros los que vivimos, sino que seáis Vos. Dios mío, el que viváis en nosotros y que, sirviéndoos de nuestro cuerpo y alma, que os hemos entregado sin reservas, continuéis por medio de ellos vuestra vida y obra en este mundo, la glorificación de Dios y la salvación de los hombres en la medida en que lo habéis decretado Vos mismo en vuestros designios eternos, en Vos, por Vos y para Vos. Amén. Amén. Amén.

Cordero de Dios e Hijo de Dios

“Cordero de Dios e Hijo de Dios”

Homilía del Domingo

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta un momento crucial: el Precursor se encuentra finalmente con su Señor; lo reconoce, lo da a conocer y da testimonio de Él ante los presentes; probablemente sus discípulos, aquellos que a partir de ahora deberían dejarlo porque su maravillosa misión llegaba a su fin, al mismo tiempo que comenzaba la de Jesús.

San Juan Bautista, no solamente debía preparar el terreno para la llegada de Jesús mediante su vida de penitencia y de predicación, sino que además recibiría una gracia única: fue él quien señaló explícitamente a Jesús como “el que había de venir”, el que el pueblo elegido llevaba siglos esperando. Y todo esto se enmarca entre dos títulos exclusivos también, pero aplicables solamente a Jesús por antonomasia. San Juan bautista, al comienzo de este Evangelio, lo llama “Cordero de Dios”; y el Evangelio cierra este capítulo proclamándolo “Hijo de Dios”. Antes de decir algo acerca de ambas maneras de referirse a nuestro Señor, digamos un poco acerca de la misión del Precursor.

En primer lugar: san Juan Bautista reconoce a Jesús como el Mesías

Para reconocer a alguien debemos entrar en contacto de alguna manera. Y en este caso debemos considerar que donde se encontraba san Juan Bautista acudían multitudes, es decir, gran variedad de personas, de distintos lugares, edades, oficios, clases sociales, etc. Pero de entre todos ellos solamente una persona llama la atención del Precursor: Jesús, quien no venía ciertamente ni con opulencia, ni con ropas llamativas, ni las propias de los sacerdotes y escribas, sino como un hombre más, sencillo, probablemente en silencio; y, sin embargo, apenas la mirada de san Juan se posó sobre Él (o tal vez en cuanto sus miradas se hubieron encontrado), en seguida “lo reconoció”.

A partir de aquí podemos comenzar nuestras propias consideraciones, preguntándonos si nosotros también sabemos reconocer a Cristo presente, es decir, en nuestras dificultades para sostenernos, en nuestros dolores para consolarnos, en nuestras alegrías para compartirlas, en nuestra vida espiritual para acrecentarla, en nuestra oración para asistirnos, aconsejarnos, susurrarnos sus designios, etc.; en la Eucaristía, pero realmente presente, como una Persona divina que desea entrar en contacto con nuestra alma; porque reconocerlo no significa tan solo “afirmar” -claro que no-, reconocerlo implica una manera especial de vivir, de ser, de practicar efectivamente nuestra fe.

En segundo lugar: san Juan Bautista debía señalar a Jesús a los demás

Esta es exactamente la actitud que todos los santos, sin excepción, han tenido: señalar a Jesucristo: ¿cómo?; con sus obras, con sus palabras, con sus ejemplos. Porque señalar implica dirección, y los santos y las almas buenas y todos nosotros también debemos señalar a Jesús como nuestro Salvador a los demás. Del santo cura de Ars dijo una vez un feligrés que pasó unos pocos minutos con él “he visto a Dios en un hombre”; y así son los santos: corazones nobles que atraen a los otros corazones, pero para llevarlos a Dios: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria” dice el salmo 115; y así también hacen con el bien las almas que no son egoístas, es decir, las que quieren compartir los beneficios recibidos, comunicando el bien, enseñando la verdad, e invitando a los demás a seguir también a Dios.

En tercer lugar: reconocer a Jesucristo y señalarlo para los demás tiene implicancias profundas. Hemos dicho anteriormente que a Jesucristo se lo señala con la vida, pero es más que eso todavía, como vemos en la actitud del Bautista, quien debió disminuir para que Cristo creciera (grandioso ejemplo de humildad), y le cedió a sus discípulos para que lo acompañaran y para que ellos contemplaran la Verdad más plena en Jesús, y hasta dio su vida por mantenerse fiel a la verdad.

La segunda gran consideración son los apelativos con los cuales el Evangelio se refiere a Jesús: como el Cordero de Dios y como el Hijo de Dios.

Sabemos muy bien que Jesucristo, como “Cordero de Dios”, es una de las maneras más hermosas, tiernas y desgarradoras de referirse a nuestro Señor. El cordero es un animal que, a diferencia de otros, al ser llevado al sacrificio no comienza a balar, no da golpes ni intenta siquiera huir, sino que simplemente guarda silencio. Probablemente los presentes no comprendieron en aquel momento a qué se refería san Juan con este apelativo tan llamativo, tal vez recordado posteriormente en la pasión de nuestro Señor:

“«¡Este es el Cordero de Dios!» dice Juan Bautista. Jesucristo no habla; es Juan quien dice todo. El Esposo tiene la costumbre de actuar así. No dice nada a la Esposa sino que se presenta y se mantiene en silencio. Otros lo anuncian y lo presentan a la Esposa. Cuando ella aparece, el Esposo no la coge él mismo sino que la recibe de manos de otro. Pero después de haberla recibido de este modo, se une tan fuertemente a ella que la Esposa ya no se acuerda de los que ha dejado para seguir al Esposo. Esto se realiza en Cristo. Ha venido para unirse a su Esposa, la Iglesia.” (San Juan Crisóstomo).

Jesucristo no es cualquier cordero, sino aquel “que quita el pecado del mundo”, es decir, el que es capaz de quitar el yugo más grande que se puede cernir sobre las almas: el pecado; porque es un yugo interno, que la aprisiona y la hace capaz de condenarse; ese mismo yugo que en la tierra nos inclina hacia las cosas bajas. Esto significa que este Cordero de Dios, es capaz de romper las cadenas del alma y liberarla, y justamente para eso ha venido a este mundo, para ofrecer liberación, santidad y salvación por medio de su gracia, la cual ofrecerá a partir de su entrega silenciosa, aceptada por amor a nosotros, los hombres que sin Él estábamos perdidos.

Así mismo como cuando entró en este mundo lo hizo sin estrépito, y desapercibido para la mayoría, así también comienza su ministerio público, en silencio, apenas reconocido; como recordándonos aquella misteriosa enseñanza del pesebre que sucintamente nos decía Benedicto VXI: “Dios a veces está donde menos se lo espera encontrar”, como en el tumulto del Jordán, o entre el ruido del mundo, pasando sin ser notado mientras no sea suficiente nuestra fe… como cordero silencioso.

Finalmente, nos encontramos con la gran revelación y testimonio del Bautista:

“Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”; aludiendo directamente a las palabras del profeta: “Saldrá un renuevo del tronco de Jesé (padre de David), un vástago brotará de sus raíces. Sobre él reposará el espíritu del Señor” (Is 11,1-2)

El relato del Evangelio llega más allá, incluso, del nombre de “Cordero de Dios”; y va hasta donde los discípulos llegarían mucho después, luego de muchas pruebas, incomprensiones, enseñanzas, correcciones, etc., pues llegó hasta la afirmación de la divinidad de Jesús; una divinidad escondida que estaba a punto de comenzar, poco a poco, a manifestarse entre aquellos que Jesucristo ha venido a salvar.

Jesucristo es el “Cordero de Dios” y el “Hijo de Dios”; el que a veces pasa desapercibido, el que no retrocede ante los sufrimientos que nos alcanzarán la salvación; y el mismo que hace milagros en los corazones que lo sepan reconocer y señalar a los demás con fe profunda y dispuesta a lo que sea, con tal de dar valiente testimonio de este Dios nuestro que decidió venir por nosotros a este mundo y quedarse hasta el fin de los tiempos, invitando a la conversión y salvación.

Le pedimos a María santísima que nos alcance de su Hijo la gracia de reconocerlo en sus designios, en su santa voluntad, en la santísima Eucaristía y a lo largo de toda nuestra vida; dado fiel testimonio de nuestra fe hasta el final, como lo hizo el gran precursor de nuestro Señor.

P. Jason.

Jesús en la santa Eucaristía

De los escritos de san Charles de Foucauld

¡Mi Señor Jesús, Vos estáis en la Santa Eucaristía! ¡Vos estáis ahí, a un metro de mí, en ese Tabernáculo! ¡Vuestro Cuerpo, vuestra Alma, vuestra Humanidad, vuestra Divinidad, vuestro Ser enteramente está ahí, en su doble Naturaleza! ¡Qué cerca, Dios mío, mi Salvador, Jesús mío, mi Hermano, mi Esposo, mi Bienamado!… ¡Vos no estabais más cerca de la Santa Virgen durante los nueve meses que ella os llevó en su seno que lo estáis de mí cuando os depositáis sobre mi lengua en la Comunión! ¡Vos no estabais más cerca de la Santa Virgen y de San José en la gruta de Belén, en la casa de Nazaret, en la huida a Egipto, durante todos los instantes de aquella divina vida de familia, que lo estáis de mí en este momento y tan frecuentemente en este Tabernáculo! ¡Santa Magdalena no estaba más próxima a vuestros pies en Betania que lo estoy yo al pie de este altar! ¡Vos no estabais más cerca de los Apóstoles cuando estabais sentado en medio de ellos que lo estáis de mi alma, Dios mío!… ¡Qué dichoso soy! Estar solo en mi celda y conversar con Vos en el silencio de la noche es agradable, Señor mío, y Vos estáis ahí como Dios, así como por medio de vuestra gracia; sin embargo, quedarme en mi celda cuando podría estar delante del Santo Sacramento, es hacer como si Santa Magdalena, cuando estabais en Betania, os dejase solo…, para ir a pensar en Vos, sola en su habitación… Besar los lugares que habéis santificado en vuestra vida mortal, las piedras de Getsemaní y del Calvarlo, el suelo de la Vía Dolorosa, las olas del mar de Galilea, es dulce y piadoso, Dios mío; pero preferir esto a vuestro Tabernáculo es separarme de Jesús vivo a mi lado, dejarle solo e irme solitario a venerar piedras muertas donde Él no está; es dejar la habitación donde Él está y su divina compañía, para ir a besar el suelo de una habitación donde Él estuvo, pero en donde ahora no está… Dejar el Tabernáculo para ir a venerar las estatuas, es dejar a Jesús vivo cerca de mí e ir a otra habitación para saludar a su retrato…

Cuando se ama, ¿no encontramos perfectamente empleado todo el tiempo pasado al lado del amado? ¿No es éste el tiempo mejor empleado, salvo aquel donde la voluntad, el bien, del ser amado nos llama por otra parte?

«Allí donde está la Santa Hostia está Dios vivo; es tu Salvador, tan real como cuando Él vivía y hablaba en Galilea y en Judea, y como está ahora en el cielo… No pierdas jamás una Comunión por tu culpa: una Comunión es más que la vida, más que todos los bienes del mundo, más que el universo entero; es Dios mismo, soy Yo, Jesús. ¿Puedes preferir cualquier otra cosa? ¿Puedes, si me amas aunque sea poco, perder voluntariamente la gracia que Yo te hago de entrar en ti? ¡Ámame con toda la profundidad y toda la sencillez de tu corazón!…»

BAUTISMO DEL SEÑOR

Queridos hermanos y hermanas, en este día celebramos litúrgicamente la fiesta del Bautismo del Señor. Celebramos la fiesta que cierra el tiempo de Navidad, propuesta por la Iglesia justamente después de la Solemnidad de la Epifanía, fiesta de la manifestación del Señor. San Juan Crisóstomo decía que, en la Epifanía, donde escuchamos este año la manifestación de Cristo a los Reyes Magos, tenemos una manifestación más reservada; y hoy, en la fiesta del Bautismo del Señor, se da como una segunda manifestación, (pero) una manifestación al público.

Pues bien, el evangelista hoy nos dice que sobre el Señor en oración se abrió el cielo. Jesús entra en contacto con su Padre y el cielo se abre sobre Él. El cielo se abre sobre nosotros en el sacramento. Cuanto más vivimos en contacto con Jesús en la realidad de nuestro bautismo, tanto más el cielo se abre sobre nosotros.

Y del cielo —como dice el Evangelio— aquel día salió una voz que dijo a Jesús: “Tú eres mi Hijo amado” (Lc 3,22). En nuestro bautismo, el Padre celestial repitió también estas palabras refiriéndose a cada uno de nosotros. Dijo: “Tú eres mi Hijo”. En el bautismo somos adoptados e incorporados a la familia de Dios, en la comunión con la Santísima Trinidad, en la comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Precisamente por eso el bautismo debe administrarse en nombre de la Santísima Trinidad. Estas palabras no son solo una fórmula; son una realidad. Marcan el momento en que todos nosotros renacemos como Hijos de Dios. De hijos de padres humanos, nos convertimos también en hijos de Dios en el Hijo del Dios vivo.

El Apóstol San Pablo, cuándo escribe a Tito, dice que: Él nos salvó “según su misericordia, por medio del baño de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5). ¡Un baño de regeneración! El bautismo no es sólo una palabra; no es sólo algo espiritual; implica también la materia. Toda la realidad de la tierra queda involucrada. El bautismo no es algo que se refiera solamente al alma. La espiritualidad del hombre afecta al hombre en su totalidad, cuerpo y alma. La acción de Dios en Jesucristo es una acción de eficacia universal. Cristo asume la carne y esto continúa en los sacramentos, en los que la materia es asumida y pasa a formar parte de la acción divina.

Ahora podemos preguntarnos por qué precisamente el agua es el signo de esta totalidad.

El agua es fuente de fecundidad. Sin agua no hay vida. Y así, en todas las grandes religiones, el agua se ve como símbolo de la maternidad, de la fecundidad. Para los Padres de la Iglesia, el agua se convierte en símbolo del seno materno de la Iglesia.

En Tertuliano, un escritor eclesiástico del siglo III, se encuentran estas sorprendentes palabras: “Cristo nunca está sin agua”. Con estas palabras Tertuliano quería decir que Cristo nunca está sin la Iglesia. En el bautismo somos adoptados por el Padre Celestial, pero en esta familia que Él constituye existe también una madre, la Madre Iglesia. El hombre no puede tener a Dios como Padre, decían ya los antiguos escritores cristianos, si no tiene también a la Iglesia como Madre. Así, de nuevo vemos cómo el cristianismo no es solamente una realidad espiritual, individual, una simple decisión subjetiva que yo tomo, sino que es algo real, algo concreto; podríamos decir, algo también material.

La familia de Dios se construye en la realidad concreta de la Iglesia. La adopción como Hijos de Dios, del Dios trino, es a su vez incorporación a la familia de la Iglesia, inserción como hermanos y hermanas en la gran familia de los cristianos. Y solamente podemos decir “Padre nuestro”, dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo, si como hijos de Dios nos insertamos como hermanos y hermanas en la realidad de la Iglesia. Esta oración supone siempre el “nosotros” de la familia de Dios.

Pero ahora debemos recordar las palabras del Evangelio, donde Juan Bautista dijo: “Yo los bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo (…) Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). Hemos visto el agua; pero ahora surge la pregunta: ¿en qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista? Para ver esta realidad del fuego, presente en el bautismo junto con el agua, debemos observar que el bautismo de Juan era un gesto humano, un acto de penitencia; era el esfuerzo humano por dirigirse a Dios para pedirle el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una nueva vida. Era solo un deseo humano, un ir hacia Dios con las propias fuerzas.

Ahora bien, esto no basta. La distancia sería demasiado grande. En Jesucristo vemos que Dios viene a nuestro encuentro. En el bautismo cristiano, instituido por Cristo, no actuamos solamente nosotros con el deseo de ser lavados, con la oración para obtener el perdón. En el bautismo es Dios mismo quien actúa mediante el Espíritu Santo. En el bautismo cristiano está presente el fuego del Espíritu Santo. Dios actúa, no solamente nosotros.

Pero naturalmente, Dios no actúa de modo mágico. Actúa solamente con nuestra libertad. No podemos renunciar a nuestra libertad. Dios interpela nuestra libertad, nos invita a cooperar con el fuego del Espíritu Santo. Estas dos cosas deben ir juntas. El bautismo seguirá siendo durante toda la vida un don de Dios, que ha grabado su sello en nuestra alma. Pero luego requiere nuestra cooperación, la disponibilidad de nuestra libertad para decir el “sí” que confiere eficacia a la acción divina.

A la Virgen Madre de Jesús, nuestro Salvador, presentado en la liturgia de hoy como el Hijo predilecto de Dios, encomendémonos, para que María vele por todos nosotros y nos acompañe siempre, para que se realice plenamente el plan de salvación que Dios tiene para cada uno.

¡Así sea!

P. Harley Carneiro, IVE

Jesús, su vida oculta

Jesús mío, que estáis tan cerca de mí, inspiradme lo que es necesario que yo piense de vuestra vida oculta…

San Carlos de Foucauld

«Él descendió con ellos y fue a Nazaret y les estaba sujeto»… Él descendió, se hundió, se humilló… Esto es, fue una vida de humildad: Dios, Vos aparecéis como un Hombre; Hombre, Vos os habéis hecho el último de los hombres; esto fue, una vida de abyección, hasta el último de los puestos; Vos descendisteis con ellos para vivir su vida, la vida de los pobres obreros, viviendo de su trabajo; vuestra vida fue como la suya, pobreza y trabajo; ellos vivían oscuramente, Vos vivisteis en la penumbra de su oscuridad. Fuisteis a Nazaret, pequeña ciudad perdida, oculta en la montaña, de donde «nada de bueno salía», según se decía; esto era el retiro, el alejamiento del mundo y de las capitales. Vos vivisteis en este retiro…

 

Vos estabais sometido, sometido como un hijo lo está a su padre y a su madre; esto era una vida de sumisión, de sumisión filial; obedecíais en todo lo que obedece un buen hijo. Si un deseo de vuestros padres no estaba de acuerdo con la vocación divina que Vos teníais, no le cumplíais. Vos

obedecíais «a Dios antes que a los hombres», como cuando os quedasteis tres días en Jerusalén; pero, salvo el caso en que la vocación que teníais pedía que nos os prestaseis a sus deseos, os entregabais en todo, siendo el mejor de los hijos, y, por consiguiente, no solamente obediente a sus menores deseos, sino previéndolos, haciendo todo lo que pudiera causarle un placer, consolándolos, haciéndoles la vida dulce y agradable, procurando con todo el corazón hacerles dichosos, siendo el hijo modelo y teniendo todas las atenciones posibles para con vuestros padres, en la medida, bien entendido, que permitía vuestra vocación… Pero ésta era la de ser perfecto, y Vos no podíais dejar de serlo, ¡oh Hijo eterno, oh Hijo de Dios! También durante esos treinta años fuisteis el Hijo más tierno, previsor, sumiso, amable y consolador, causando el mayor placer posible a vuestros padres, ayudándoles, sosteniéndoles, animándoles en su trabajo cotidiano, tomando para Vos la mayor parte posible para permitirles descansar, no contradiciéndoles jamás, a menos que una necesidad para la mayor gloria de Dios lo exigiera, y entonces, ¡con qué dulzura, bondad y ternura lo hacíais, que volvía la contradicción más dulce que una aquiescencia y la hacía ser como un rocío celestial, teniendo todas las atenciones, gracias, delicadezas, previsiones, las amabilidades que hacen la vida tan dulce cuando están hechas por una hermosa alma!… No omitiendo nada de lo que pudiera consolar a vuestros padres y hacer de su casita lo que ella era: un Cielo…

¡He aquí lo que fue vuestra vida en Nazaret, aquí, puesto que yo tengo la infinita dicha, la gracia incomparable de vivir en este Nazaret querido! ¡Gracias, gracias! Vuestra vida era la de un hijo modelo, viviendo entre un padre y una madre pobres obreros. Esto era la mitad de vuestra vida, la que mira a la tierra, aun esparciendo sobre la tierra un perfume celeste… Esto era la parte visible. La parte invisible era la vida en Dios, la contemplación en todos los instantes. Vos trabajabais, consolabais a vuestros padres, os entreteníais ternísimamente y santamente con ellos, orabais con ellos durante el día…, pero ¡cómo oraríais también en la soledad, en las tinieblas de la noche; cómo vuestra alma se exhalaba en silencio!… Siempre, siempre oraríais, oraríais en todos los instantes, pues orar es estar con Dios, y Vos sois Dios; pero cómo vuestra alma humana prolongaba esta contemplación durante las noches, cómo durante todos los instantes del día, ¡ella se unía a vuestra divinidad!… ¡Cómo vuestra vida sería un derramamiento continuo en Dios, una mirada continua hacia Dios; contemplación constante de Él en todos vuestros instantes!… ¿Y qué era esta oración que constituía la mitad de vuestra vida en Nazaret? Era, primero y sobre todo, la adoración, es decir, la contemplación, la adoración muda, que es la más elocuente de las alabanzas Tibi silentium laudis esta nueva admiración, que encierra la más apasionada de las declaraciones de amor, como el amor de admiración es el más ardiente de los amores… Después, en segundo lugar y empleando menos tiempo, la acción de gracias, primeramente por la gloria de Dios, de éste que es Dios de todas las gracias concedidas a la tierra y a todas las criaturas; el grito de perdón por todos los pecados cometidos contra Dios, perdón por los que no lo piden; acto de contrición por el mundo entero, dolor de ver a Dios ofendido; la petición, petición de la gloria de Dios, que Dios sea glorificado por todas las criaturas, que su Reino llegue a ellas, que su Voluntad se haga en ellas, como entre los ángeles, y que estas pobres criaturas reciban, en lo espiritual y en lo temporal, todo lo que ellas tengan necesidad y sean al fin libradas de todo mal en este mundo y en el otro… Y que las gracias se derramen en particular, en abundancia, sobre aquellos que la Voluntad divina ha puesto cerca de Jesús, alrededor de Él: su madre, su padre, sus primos, amigos; las almas que le aman, aquellos que se ligan a Él…