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A nuestra Madre de amor

Nuestro bendito cuarto voto…

A todos los miembros de mi amada familia religiosa:

el Instituto del Verbo Encarnado.

P. Jason Jorquera Meneses.

Bien sabemos que aquello que nos constituye propiamente en religiosos son nuestros sagrados votos; aquella profesión solemne que irrumpió en nuestras vidas para hacernos morir… y vivir más intensamente que nunca: morir a los terrenales lazos para aferrarnos a los eternos; al modo humano, ciertamente porque tales somos, pero según el modelo de una concreta humanidad; aquella misma que zanjó la historia con un estilo de vida propio, completamente consagrado al Padre, y cuya gran enseñanza es la de rendir la voluntad para triunfar, pero rendirla totalmente y sin reservas hasta el extremo del amor, el cual “mientras más extremo, es más cercano a Dios”. Es así que el estilo de vida de Jesucristo en la tierra, se precisó en los consejos evangélicos; entregando el corazón y todos sus afectos por medio de la castidad; reconociendo efectivamente a Dios como nuestra riqueza absoluta mediante la pobreza; y haciendo de nuestra existencia toda el más preciado don al Cielo, mediante la obediencia.

Los sagrados votos, “aquellos lazos que liberan”[1], son el modelo acabado de una vida que se ofrece en la patena y se eleva con agrado al trono del Eterno, cuyo brillo será tanto mayor cuanto lo sea su fidelidad, y cuya manifestación primera al mundo no será otra que la de reproducir -en la medida de nuestras “generosas posibilidades”-, como hemos dicho, la atractiva manera de vivir la vida según el Verbo Encarnado.

Y como Jesucristo siempre ha sido generoso con nuestra familia religiosa, desde los comienzos -y desde sus raíces-, decidió entregarnos un medio más: el mejor y más acabado; el mismo que moldea a las almas predilectas para hacer las cosas grandes, las que sólo alcanzan los humildes, las que cantaremos de generación en generación a la creatura cuya imagen es la más perfecta; la llena de gracia y la más parecida a Jesucristo; y no sólo por sus rasgos físicos al haberlo concebido en su vientre y dado luego a luz, sino principalmente por la similitud de su alma, la única capaz de merecer la contribución en el plan de redención, cuya amorosa decisión en la eternidad comenzó aquí en la tierra con un humilde “sí”, expresado en las perpetuas y siempre profundas palabras de la joven purísima de Nazaret: “hágase en mí según tu palabra”[2], prefiguración de la más absoluta entrega que se llevaría a cabo en Getsemaní, 33 años después, en Jesucristo y hasta el fin de los tiempos en sus consagrados, y que sintetizaría la esencia de la consagración religiosa mediante los sagrados votos: “…no se haga mi voluntad sino la tuya”[3]: he ahí la razón sobrenatural del alma dedicada completamente a Dios.

Siendo María santísima nuestra Madre, necesariamente nos corresponden los deberes de los hijos respecto a ella, comenzando con amarla, y de ahí a todo lo demás: el respeto, la ternura, la confianza y la piedad; sin dejar de lado el buen ejemplo de los hijos de tal Madre con respecto los demás. Ahora bien, esto es común a todo hijo de la Iglesia, pero en nuestro caso existe, además, el solemne compromiso de abrazarnos con la vida a esta Madre castísima, como el niño pequeño en los brazos que primero lo acogieron como cuna, y de manera inalienable. Nuestro voto de esclavitud mariana no está orientado hacia un consejo evangélico o una virtud, sino hacia una persona que es ejemplo de virtudes; más aún: nuestro voto a María santísima nos es propiamente “tender” sino “aferrarse” a esta buena madre, la mejor de todas, con un lazo “sumamente filial”, es decir, en el aspecto más propio de la relación de dependencia entre madre e hijo, con la particularidad de que en este caso, en vez de madurar hasta seguir adelante por nuestra propia cuenta -como los hijos al crecer-, mientras más crece nuestra vida espiritual más intensa y más estrecha se vuelve nuestra relación con María santísima y viceversa, poniendo todas nuestras obras en sus manos al haberla asumido como Madre con un compromiso sellado y aceptado por el mismo Dios.

Cualquier religioso que decidiera formalmente renunciar a alguno de sus votos se haría traidor y despreciable, pues no se renuncia a aquello que se ha abrazado poniendo a Dios como testigo, más aún cuando Él mismo será quien lleve a término la obra comenzada si le somos fieles. Ahora bien, el voto de esclavitud mariana es demasiado importante como para pretender desentenderse de él o serle indiferente, así que no olvidemos jamás a nuestra Madre. El voto, como hemos dicho, es una promesa hecha a Dios, y en este caso de imitar a Jesucristo también en cuanto hijo de María en amorosa “esclavitud de amor”; agradándole y buscando en todo contentarla sin poner excusas, sencillamente porque le pertenecemos, y porque en virtud de este voto somos los más beneficiados por ella: al asumirnos como hijos predilectos se convierte en nuestra primera intercesora ante el trono celestial, mientras nos alcanza todas las gracias necesarias para “hacer lo que su Hijo nos diga”[4] en miras a la eternidad; “Pero, ¿qué serán estos servidores, esclavos e hijos de María? Serán fuego encendido, ministros del Señor, que prenderán por todas partes el fuego del amor divino. Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos: como saetas en mano de un valiente. Serán hijos de Levi, bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones y muy unidos a Dios. Llevarán en el corazón el fuego del amor, el incienso de la oración en el espíritu y en el cuerpo la mirra de la mortificación.”[5]

Es así que “marianizar la vida” consiste en darle una verdadera impronta, no tan sólo en las devociones tradicionales sino, y principalmente, en el espíritu mariano que debe embeber toda nuestra existencia, porque “todo fiel esclavo de Jesús en María debe, por tanto, invocarla, saludarla, pensar en Ella, hablar de Ella, honrarla, glorificarla, recomendarse a Ella, gozar y sufrir con Ella, trabajar, orar y descansar con Ella y, en fin, desear vivir siempre por Jesús y por María, con Jesús y con María, en Jesús y en María, para Jesús y para María”[6]

Que jamás nos olvidemos de nuestra Madre, que cantemos con la vida las grandezas de María, que nuestra devoción filial sea la impronta y el perfume de nuestra jornada, llevando a todas las almas a María y por medio de ella a Jesucristo; porque este es nuestro “compromiso solemne” … no le fallemos a María santísima, y no le fallaremos a nuestro Señor Jesucristo.

 

[1] Título de otro artículo -no terminado aun-, acerca de los sagrados votos como expresión de la máxima libertad aquí en la tierra.

[2] Lc 1, 38

[3] Lc 22, 42; Mt 26, 39

[4] Cf. Jn 2, 5

[5] San Luis María Grignion de Montfort

[6] Constituciones nº 89

El dulce nombre de María

Una Madre a quien siempre invocar

P. Jason Jorquera M.
Un nombre consiste en aquella palabra capaz de sintetizar, de alguna manera, la esencia y características propias de las cosas o las personas. Existen nombres cuyo significado cualifica a las cosas, como un tenedor (“el que tiene, o sostiene”), un abogado (el que aboga o defiende) o un padre (el que engendra, educa y protege). Pero cuando se trata de los nombres propios es más bien al revés; no estamos hablando del significado propio de la palabra en cuanto tal, como “Cristofer”, que significa el portador de Cristo; o “Leticia”, que significa alegría; sino que nos referimos a lo que contiene un nombre respecto a la persona que lo posee, como los nombres de nuestros hermanos, que contienen en sí toda las experiencias que hayamos tenido juntos, recuerdos, lágrimas y risas, consejos, aventuras, etc.; o los de cada uno de nuestros amigos y, más aun, de nuestros padres.
Y teniendo todo en cuenta, me quisiera referir en este día a un nombre que sigue extendiendo sus favores a la humanidad, intercediendo por ella ante su Hijo día y noche, cada vez que nosotros lo invocamos con confianza filial y amor incondicional; aquel nombre que se adorna con letanías que podemos rezar y cantar junto con la Iglesia para alabar piadosamente a la purísima creatura que lo lleva, aquella que extiende su misión en cada aspecto de las letanías, de tal riqueza que le agregamos “Puerta del cielo”, “Estrella de la mañana”, “Salud de los enfermos”, “Refugio de los pecadores”, “Consoladora de los Afligidos”, “Auxilio de los cristianos”; Virgen, Madre, Reina, Protectora, Abogada, etc., etc.; y cuya síntesis está expresada y contenida en su dulce nombre, que hoy celebramos; y nos referimos a nuestra madre del Cielo: María, la Virgen Madre.
Recurrir al nombre de María santísima es mucho más que una simple plegaria, pues significa encaminar el corazón hacia Dios por medio de ella; es recurrir al menor y más perfecto medio para hacer llegar nuestras oraciones al Altísimo y ganarnos los favores del Cordero de Dios por medio de las manos corredentoras que se convirtieron en el primer regazo del Hijo de Dios, en Belén; y de la humanidad entera a partir del Calvario.
El nombre de María es tan poderoso que hace temblar a los demonios ante tan grande humildad, y tan eficaz que es capaz de forjar a los hijos más perfectos y agradables a Dios, razón por la cual todo gran santo la tuvo como Madre amadísima; y motivo irrenunciable por el cual nosotros, los monjes del I.V.E., la tomamos como madre bajo voto.
De ahí la hermosa oración de san Bernardo, alma magnánima y devotísima de María, en la cual el santo afirma sin posibilidad de errar, la importancia de acudir constantemente al nombre de María: cada vez que nos sintamos solos, cada vez que arremetan fuertemente las tentaciones, cada vez que el dolor y la angustia quieran anidar en nuestro corazón o cada vez que queramos firmemente amar más y más a Dios… tan sólo debemos invocarla llenos de confianza y amor filial:
“…Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, nada tendrás que temer;
si Ella te conduce, no te cansarás; si Ella te es favorable, alcanzarás el fin.
Y así verificarás, por tu propia experiencia,
con cuánta razón fue dicho: “Y el nombre de la Virgen era María”. (san Bernardo).
Le pedimos en este día a nuestra Madre, María, la gracia de jamás dejar de acudir a ella en la adversidad, y dejarnos conducir por sus manos maternales hacia la divina voluntad de Aquel que por madre nos la entregó.

A partir de la Cruz

Una reflexión y una poesía de Viernes Santo

P. Jason Jorquera M.

 

Es un hecho de experiencia que existen acontecimientos históricos tan importantes que no pueden pasar desapercibidos, y por eso marcan para siempre un antes y un después, como la invención de la rueda, la caída del imperio romano o la creación de la imprenta. Pero en el cristianismo existe un antes y un después del cual depende absolutamente todo, no sólo la fe y la redención sino la historia de toda la humanidad; y es el “antes y después de Cristo”, acontecimiento tan grande que, de hecho, rige el tiempo hasta el día de hoy… Pero esta venida en la persona del Hijo de Dios al mundo tuvo su culminación 33 años después de la Encarnación, y eso es exactamente lo que conmemoramos en Viernes Santo: el antes y después definitivo contra el pecado y contra la muerte de Jesucristo en la cruz. Porque “a partir de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo”, todas las cosas cambiaron:

Antes de la Cruz de Cristo, la humanidad entera se encontraba con que las puertas del Cielo estaban cerradas por culpa del pecado, rebelión de la creatura contra su Creador tras la absurda elección de lo incorrecto;

Antes del Calvario el sufrimiento de la humanidad estaba impregnado completamente de un sentido penal, pero después de Jesucristo el dolor humano se transformó en una fuente abundante de gracias para el Cielo, haciendo posible el mérito del hombre para la eternidad, y configurándolo con el Cordero de Dios que por medio del dolor lo redimió;

Antes del “amor hasta el extremo” de la cruz, no teníamos ejemplo de hasta dónde llegan las consecuencias del amor total de Dios hacia nosotros; pero ahora sabemos cuál es el extremo hacia el cual debemos ir, cuál es el extremo al cual debemos corresponder, y hasta qué punto estuvo dispuesto a llegar el Hijo de Dios para salvarnos. Después de la cruz no tenemos excusas para no amar a Dios.

Antes del sacrificio de Jesucristo, no teníamos la gracia necesaria para comenzar nuestra santificación en serio, porque el hombre tenía solamente sus pocas fuerzas y su naturaleza herida; pero ahora sabemos y tenemos muchos ejemplos en los santos, de cómo la gracia de Dios es capaz de hacer milagros;

Antes de que Jesucristo expirase en la Cruz, no estaba “todo consumado”, porque no se habían cumplido las profecías; pero luego de la cruz el Mesías ya vino, y además está con nosotros “hasta el fin de los tiempos”, sacramentalmente en cada Sagrario, en cada hostia consagrada, y espiritualmente en cada alma en gracia que le de lugar y lo acoja con sinceridad. Ahora sí, después de la cruz, todo está consumado y en ella se consuma nuestra unión con Dios aquí en la tierra.

La cruz marca también un antes y un después en la vida espiritual. Cuando un alma abraza la cruz de Cristo recién allí comienza a caminar, a progresar, a crecer; en definitiva, a “parecerse” a Jesucristo, su modelo a seguir. Por eso despreciar la cruz es despreciar a Cristo, porque está clavado en ella y no se quiere separar, y desde ella invita a las almas a ser sus verdaderos discípulos: la cruz de nuestro Señor Jesucristo, a primera vista parece resaltar más bien el aspecto oblativo del sacrificio del Dios encarnado; pero jamás debemos olvidar que esta oblación es una manifestación que clava sus raíces en lo más profundo del amor de Dios por los hombres. Por lo tanto, aquella cruz que antes de Cristo fue el signo de la mayor de las humillaciones, después de Él se ha convertido en el signo y señal más grande del amor, porque todo amor, si es verdadero, implica también la cruz. Por lo tanto, la semejanza con Cristo mediante la cruz necesariamente ha de desembocar en la correspondencia al amor de Dios que nos amó primero… cargar la cruz, entonces, no es otra cosa que amar a Dios con sinceridad, no como los fariseos que la despreciaban, sino como María santísima que besaba en ella a su Hijo amado.

Renovemos nuestros deseos de no despreciar lo que Cristo no despreció y abrazar lo que Cristo abrazó, y a su modo: queriendo que se cumpla en todo la voluntad de su Padre, como la cruz.

 

“Cuando el tiempo quiso detenerse”

(Poesía de Viernes Santo)

 

Un día el tiempo quiso detenerse

pero bien sabía

que era vano el imponerse,

pues no podía.

Y una profecía lo impedía.

 

Aquel día el tiempo contempló

con indecible pena

la más terrible escena;

cuando el hombre sentenció

-con su fatal condena-

a Aquel que lo creó.

 

El tiempo quiso llorar

y dejar de continuar,

y gritar a la humanidad

que cesara tal maldad…

mientras él no podía parar,

pues su esencia es continuar.

 

Y entonces, desesperado,

pidió ayuda a su manera

para que alguien algo hiciera

contra el hecho despiadado

de quien “imagen divina” fuera,

y ahora “infamia” se volviera.

 

De pronto, el cielo intervino

luciendo su manto gris,

queriendo llamar así

la atención de los asesinos,

pero nada consiguió

por más que gris se quedó;

 

Quiso ayudar el viento

y arremetió con violencia,

mientras la tierra, rugiendo,

se sacudió sin clemencia…

pero nada consiguieron:

sus propósitos se hundieron,

y los hombres sólo huyeron.

 

Luego llegó el silencio

y contempló con dolor

la muerte del gran Amador,

mientras seguía pasando el tiempo

de balde haciendo el intento

de ir un poco más lento;

pero no podía parar

pues su esencia es continuar…

 

El tiempo desde aquel día

observa a la humanidad

recordando la iniquidad

contra su Dios y Mesías,

y sin poder comprender

por qué consumó su mal

pudiéndose detener.

La lluvia…

Para aprender a escuchar…

P. Fernando Lamas, IVE

Hay momentos en los cuales el mejor diálogo es callar, por que las palabras romperían la armonía de aquel instante que ya no es; fue un momento, un soplo, un casi eterno, donde se siente que el tiempo no es nuestro, que corre vertiginoso en contra de nuestra voluntad, es un momento donde tomamos conciencia de nuestra existencia pobre y caduca.
Un momento de silencio, es quietud, es angustia y libertad, es nuestro cuando somos sus creadores, nos pertenece en la medida que nosotros lo permitimos.
Hay un silencio de sorpresas, antes de la lluvia, un instante donde todo se detiene, hasta el tirano de las agujas parece asustado, el viento deja su silbido de orquestas eternas, los pajarillos dejan su trinar, los hombres dejan sus pensamientos, elevan el rostro al cielo, llenos de esperanza e ilusión, saben muy bien que el agua es vida, que el agua hace bien al espíritu.
Y sin quererlo, con una timidez de primavera, se rompe el instante de silencio, y una tras otra, irrepetibles y únicas, caen como centellas las gotas, chocan contra todo, no les importa destruirse.
Y ese silencio casi divino se rompió, y las gotas son como aplauso de gratitud a tan inmenso momento, aplausos que elogian al silencio.

Solo se aprende a escuchar cuando se ha aprendido a callar…

Un escudo más para el Sagrado Corazón de Jesús

“Debemos ser Escudos del Sagrado Corazón”

P. Esteban Olivares, IVE.

“— ¿Crees que, aunque tú no hagas nada, como dice el mundo, puedes ayudar a salvarlo?

Los ojos de Esteban se iluminaron.

—Estoy profundamente convencido de que nosotros ayudamos a salvar el mundo; y sé perfectamente que el mundo está convencido de que nada hacemos. Es el caso de que aquellos que nada hacen, salvan el mundo.

—Bien. Ahora quiero convencerte de que tú y toda la comunidad pueden también salvar a Cristo.

— ¿Salvar a Cristo? —repitió Esteban con asombro— y, ¿de qué?

— ¡De ser nuevamente atravesado por la lanza! Debemos ser Escudos del Sagrado Corazón, Esteban, pues el Sagrado Corazón necesita escudos. De todos lados parten saetas, dirigidos a ese Sagrado Pecho[1].

Creo que no pocos de nosotros hemos vivido el despertar de grandes ideales al leer por primera vez este diálogo entre el abad Alberico y el monje Esteban Harding, en la conocida obra Tres monjes rebeldes del padre Raymond. Y es que Dios, a través de numerosos medios (incluyendo una novela hagiográfica), nos inspira a realizar por Él grandes cosas.

Esta imagen está aquí presentada de un modo poético, novelado, pero tiene mucho de realidad en nuestras vidas.

Debemos ser Escudos del Sagrado Corazón, pues el Sagrado Corazón necesita escudos.

El Diccionario de la Real Academia tiene algunas acepciones de la palabra escudo. Es una palabra que viene del latín: scutum. Solamente me quiero detener en tres de las acepciones que trae el Diccionario:

*1 La primera acepción es: un Arma defensiva, que se lleva embrazada, para cubrirse y resguardarse de las armas ofensivas y de otras agresiones.

Cada contemplativo se tiene que dejar tomar por Jesús, Jesús tiene que tener un absoluto dominio en nuestras vidas, que él nos tome y se proteja de todas las agresiones de este mundo pecador. Tiene que ser nuestro ideal como religiosos contemplativos.

¡Qué bueno sería que Jesús se cubra con nuestras vidas!, porque él sepa que estamos dispuestos a ser despedazados por el mal, antes que dejar que un hombre quiera dañar su Corazón Sacratísimo con el pecado.

*2 La segunda acepción de esta palabra que tomaremos es: escudo como Amparo, defensa, protección.

En la Sagrada Escritura David dice: “Yahveh, mi roca, y mi baluarte, mi liberador, mi Dios, la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio…” (2Sam 22, 2).

¿Por qué no cambiamos los personajes?

Que Dios, conociendo nuestra disposición de proteger su Corazón, diga de cada uno de nosotros: “Este contemplativo, es la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio…”.

*3 La tercera acepción de la palabra escudo es: Persona o cosa que se utiliza como protección.

Toda nuestra vida, tiene que estar ordenada a proteger el corazón de Jesús que constantemente se ve asediado de pecados de toda la humanidad. Como contemplativos debemos considerar muchas veces esto: somos escudos del Sagrado Corazón; y por eso debemos salvar con nuestras vidas nuevamente a Cristo. Nuestra vida escondida, de silencio y de retiro, es un escudo para el Corazón divino de nuestro Redentor que es tan atacado en el mundo. Con nuestra vida podemos salvar nuevamente a Cristo que vive en cada alma en gracia.

Eso mismo es lo que hace vivir en nosotros estas palabras de nuestro Directorio:

“No puede el monje que dice amar a Dios olvidarse de su prójimo, porque el amor a Dios encierra en sí el amor a los hermanos, ya que ‘la caridad es única’”[2].

“Por tanto el monje que ‘busca verdaderamente a Dios’, deberá necesariamente participar del ardiente amor de Cristo por las almas: ‘Conscientemente o no, el alma que busca verdaderamente a Dios es por lo mismo apóstol’. Es decir que ‘el monje será apóstol siendo monje’. ‘Su deber, así como su principal negocio, es consagrarse a Dios en virtud de una función, por decirlo así, oficial, como víctimas y hostias propiciatorias por su salvación y la del prójimo’”[3].

El Corazón de Jesús busca, en medio de los ataques que recibe de tantos lados y todo el tiempo, refugiarse en nuestras pobres oraciones, en nuestras horas de adoración frente al Santísimo Sacramento, en nuestra vida de trabajo en silencio, en nuestra vida de retiro, apartados de todo mundanal ruido.

Hoy, más que nunca, el Sagrado Corazón de Jesús necesita almas que quieran ser escudos de Él, almas que estén dispuestas a sufrir cualquier ataque con tal de protegerle, a fin de que Cristo viva en cada alma encomendada a nuestras oraciones.

El Corazón de Jesús busca almas que estén dispuestas a sufrir el ataque de la incomprensión, el martirio de buscar vivir radicalmente todos los votos, almas que sólo quieran morir, dándole ese lugar de refugio al Corazón de Jesús.

Creo que este deseo de ser escudos del Sagrado Corazón entra en unión con ese ideal tan generoso que logró vivir san Francisco Marto, santo que nuestro fundador quiso que sea modelo de todo contemplativo de nuestra Familia Religiosa. Ya que deseamos ser escudos, sólo para dar algo de consuelo al Corazón de Jesús. En su libro sobre la Virgen de Fátima el padre nos decía:

“Aquí repito, particularmente a las contemplativas y contemplativos de nuestros Institutos, que nuestra vida religiosa puede ser de muy poco triunfo, de mucha incomprensión, de falta de reconocimiento incluso por parte de los mismos hermanos; finalmente, pasar la vida metidos en un monasterio, ignorados del mundo, poco importa, si nosotros llegamos a hacer la experiencia de unión mística con Dios, si nosotros llegamos a ser el consuelo de Jesús”[4].

Toda esta breve y simple reflexión me sirve a modo de introducción para contar con gran alegría a toda la Familia Religiosa que por gracia de Dios uno de los nuestros en la solemnidad del Sagrado Corazón pudo recibir el hábito monástico. Se trata del Hno. Joel, uno más que con alegría y generosidad se ofrece a Dios como escudo del Sagrado Corazón. Un religioso más que con la gracia de Dios quiere dar alivio al Divino Corazón tan golpeado por los pecadores. Un religioso más que con su vida de silencio, de oración y penitencia, quiere convertirse en un escudo que protege al Corazón de Jesús.

El Hno. Joel es el primer Hermano religioso de las tierras de Brasil que vestirá el hábito monástico del Instituto del Verbo Encarnado, lo cual nos lleva a todos como provincia religiosa, en este año jubilar, a dar gracias a Dios por todos los beneficios que estamos recibiendo desde la fundación del monasterio San Miguel Arcángel en las tierras de la Santa Cruz. Pedimos oraciones por él, por su santificación, y para que siga Dios dando abundantes y santas vocaciones monásticas para nuestra Familia Religiosa.

Sao Pablo, Brasil ,19 de junio de 2020

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 

“Rompiendo el vaso de alabastro…” (Mc. 14,3)

También hoy, nosotros quedamos sin palabras al ser testigos del ingreso a la clausura, de almas que quieren consagrarse a Dios en el estado de vida contemplativa.

 

Hna. María del Niño Jesús, SSVM

“María, tomando una libra de ungüento de nardo legítimo, de gran valor, ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos, y la casa se llenó del olor del ungüento” (Jn. 12,3).

La acción realizada por esta mujer trascendió el tiempo, de tal modo que podemos decir que el perfume del ungüento llega hasta nuestros días. La promesa hecha por Cristo “En verdad os digo, donde quiera que se predique el Evangelio, en todo el mundo se hablará de lo que ésta ha hecho…”[1], se cumple no sólo, cuando escuchamos o leemos este pasaje evangélico, sino también cuando esta actitud encuentra eco en el corazón de un alma contemplativa.

La obstinada actitud de María al quebrar el frasco de alabastro y derramarlo sobre los pies y la cabeza de Cristo, sin importarle el gran precio del perfume, sin importarle la opinión de los comensales, sin preocuparse por su propia persona; y la actitud de Cristo en defenderla, en corregir la opinión de sus discípulos, en alabar la actitud de María, hasta querer proclamarla por todo el mundo, no pueden menos que llamar nuestra atención.

También hoy, hombres y mujeres derraman su existencia hasta “romper el vaso de alabastro”, sin reservarse absolutamente nada, sino que lo donan todo, o mejor aún, se donan del todo con un derroche que a la vista de muchos parece exagerado. Pero es que esa existencia ¿no podría haberse gastado para los pobres? Sin embargo, ellos descubrieron que aquí hay Alguien Mayor, el que da vida y alimento a todos los pobres, y sólo quieren ungir a Este Señor, perfumando con sus oraciones y sacrificios, con su silenciosa y amorosa contemplación, toda la casa de la Santa Iglesia.

También hoy, Cristo sentencia “ha hecho una buena obra conmigo”, “ha hecho lo que ha podido, anticipándose a ungir mi cuerpo”. Y ¿quién podrá reprochar a Cristo esta defensa? No hay más protestas, todos quedan en silencio, aspirando el perfume del nardo purísimo.

También hoy, nosotros quedamos sin palabras al ser testigos del ingreso a la clausura, de almas que quieren consagrarse a Dios en el estado de vida contemplativa. Vemos que están dispuestas a sortear todo tipo de obstáculo con tal de llegarse a los pies de Cristo y estarse allí con Él, vemos que su amor las lleva a romper el vaso de alabastro para derramar su existencia en alabanza de la Trinidad Santísima, pues están convencidas de que “oran y viven por la Iglesia, y a menudo obtienen para su vitalidad y su progreso gracias y ayudas celestiales muy superiores a las que se realizan con la acción”[2], por eso se dedican a ungir el Cuerpo Místico de Cristo con ese nardo purísimo de la oración y del sacrificio. Ungen los pies y la cabeza; los pies, derramando el perfume de sus oraciones sobre los miembros de la Iglesia que son misioneros; y la cabeza, cuando oran por aquellos miembros eminentes, sobre todo por Pedro, el príncipe de los apóstoles.

Dando gracias a Dios porque sigue inspirando la unción de Betania en nuestros días, pedimos oraciones por los consagrados de vida contemplativa, especialmente por las dos postulantes que ingresaron este domingo, para que perseveren con gran generosidad en esta vocación especial dentro de nuestra Familia Religiosa, pues, como dice San Juan Pablo Magno: “Conviene, en este momento, recordar que la respuesta a la vocación contemplativa implica grandes sacrificios, en especial la renuncia a una actividad directamente apostólica, que hoy particularmente parece tan connatural a la mayoría de los cristianos, tanto hombres como mujeres. Los contemplativos se dedican al culto del Eterno y «ofrecen a Dios el magnífico sacrificio de alabanza» (Perfectae caritatis, 7), en un estado de oblación personal tan elevado que exige una vocación especial…”[3].

En el Verbo Encarnado y María Santísima.

María del Niño Jesús.

Solemnidad de la Santísima Trinidad

07/06/2020

Reacción cristiana ante la angustia

¿Qué hacer, Señor?…

San Alberto Hurtado

 

  El alma que se ha purificado en el amor con frecuencia es atormentada por la angustia. No la angustia de su propia suerte: tiene demasiado amor, espera profundamente, como para detenerse en la consideración de sus propios males. Él se sabe pequeño y débil, pero buscado por Dios y amado de Él…

Es la miseria del mundo la que le angustia. La locura de los hombres, su ignorancia, sus ambiciones, sus cobardías, el egoísmo de los pueblos, el egoísmo de las clases, la obstinación de la burguesía que no comprende, su mediocridad moral, el llamado ardiente y puro de las masas, la vista tan corta, a veces el odio de sus jefes. El olvido de la justicia. La inmensidad de ranchos y pocilgas. Los salarios insuficientes o mal utilizados. El alcoholismo, la tuberculosis, la sífilis, la promiscuidad, el aire impuro. El espectáculo banal, el espectáculo carnal, tantos bares, tantos cafés dudosos, tanta necesidad de olvido, tanta evasión, tanto desperdicio de las formas de la vida. Tanta mediocridad en los ricos como en los pobres. Una humanidad loca, que se aturde con música barata y que luego se bate.

El alma se siente sobrecogida por una gran angustia. La miseria del mundo, que se ha ido a vivir en su alma, tortura el alma. El corazón va como a estallar. Ya no puede más. Las entrañas se aprietan, la angustia sube del corazón y estrecha la garganta.

¿Qué hacer, Señor? ¿Hay que declararse impotente, aceptar la derrota, gritar: sálvese quien pueda? ¿Hay que apartarse de este arroyo mal oliente? ¿Hay que escaparse de este delirio?

No. Todos estos hombres son mis hermanos queridos, todos sin excepción alguna. Esperan que se los ilumine. Necesitan la Buena Nueva. Están dispuestos a recibir la comunicación del Espíritu, con tal que se les comunique; con tal que haya alguien que por ellos haya pensado, haya llorado, haya amado; con tal que haya alguien que esté cerca de ellos muy cerca para comprenderlos y echarlos a caminar; con tal que haya alguien que, antes que nada, ame apasionadamente la verdad y la justicia, y que las viva intensamente.

Con tal que haya alguien que sea capaz de liberarlos, de ayudarlos a descubrir su propia riqueza, la que está oculta en su interior, en la luz verdadera, en la alegría fraternal, en deseo profundo de Dios.

Con tal que quien quiera ayudarlos haya reflexionado bastante para captar todo el universo en su mirada, el universo que busca a Dios, el universo que lleva el hombre para hacerlo llegar a Dios, mediante la ayuda mutua de los hermanos, hechos para amarse, para cooperar en el reparto equitativo de las cargas y de los frutos; mediante el análisis de la realidad sobre la cual hay que operar, por la previsión de los éxitos y de las derrotas, por la intervención inteligente, por la sabiduría política en fin reconquistada, por la adhesión a toda verdad; por la adhesión a Cristo en la fe. Por la esperanza. Por el don pleno de mí mismo a Dios y a la humanidad, y de todos aquellos a los cuales voy a llevar el mensaje y a encender la llama de la verdad y del amor.

Documento del Padre Hurtado redactado en París, en noviembre de 1947.

 

El Santo Sepulcro

Impresiones de Tierra Santa

 

P. Jason Jorquera M.

Visitar la capilla del Santo Sepulcro, constituye una verdadera confirmación y, a la vez, anticipo del triunfo definitivo de nuestra fe; porque el Santo Sepulcro se ha convertido en una especie de síntesis de la historia de la salvación: he ahí el lugar de la Cruz, la que partió la roca en dos; he ahí un trozo de la columna en la que fue azotado nuestro Señor Jesucristo; he ahí el lugar donde fue ungido su sacrosanto cuerpo luego de expirar, conmemorado por una fragante piedra de mármol; he ahí la roca donde estuvo sentado el ángel que preguntaba a la Magdalena la causa de sus lágrimas, cuando ya no había más motivo[1]; he ahí también el sepulcro vacío, porque si no estuviera vacío -siguiendo al apóstol de los gentiles-, vana sería nuestra fe[2].

     La mañana del Domingo de Resurrección, aconteció un hecho demasiado grande como para quedar contenido en el sepulcro, y esta es la causa de que podamos decir que “la grandeza del hecho de la Resurrección no cabía en el sepulcro, y fue por esto que se quedó vacío”. Pero dejando a un lado la metáfora, hay que atender primero a la realidad, en la que aquella tiene su fundamento, y esta genuina realidad no es otra que el triunfo glorioso del Mesías que arrastra consigo la redención de la humanidad y la constatación del cumplimiento de las arcaicas profecías en Jesús de Nazaret, nacido de una mujer, nacido bajo la ley[3]…, y verdaderamente Hijo de Dios, como bien lo afirmó delante del colegio apostólico nuestro primer Papa en el instante previo a recibir el vicariato[4]. Por lo tanto, hablar del Santo Sepulcro –reiteramos- es hablar de la Resurrección, y hablar de la Resurrección es hablar inseparablemente de la victoria de Jesucristo.

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     Hoy en día, por extraño que parezca, nos encontramos con muchos discípulos como Cleofás camino de Emaús[5], es decir, que habiendo constatado la trayectoria salvífica del siervo sufriente[6] vaticinado por las Sagradas Escrituras, sin embargo, se quedaron con los ojos puestos en el Calvario olvidándose de que así tenía que suceder[7] para que se cumpliera la profecía figurada en Jonás[8] en referencia directa al Cordero de Dios[9]: he aquí el gran peligro del cual nos advierte el santo jesuita, y del cual nos libra la fe: “Los peces del océano viven en agua salada y a pesar del medio salado, tenemos que echarles sal cuando los comemos: se conservan insípidos, sosos. Así podemos vivir en la alegría de la resurrección sin empaparnos de ella: sosos. Debemos empaparnos, pues, en la resurrección. El mensaje de la resurrección es alentador, porque es el triunfo completo de la bondad de Cristo.”[10] Y si el triunfo es completo, entonces no hay motivos para desesperar, ni para aminorar el fervor de nuestra fe; porque la fe en el Hijo de Dios va de la mano con un sublime estilo de vida: el del evangelio; con un mismo espíritu que anima: el de las bienaventuranzas; y una consoladora certeza ya realizada por un divino designio, y que sólo debe ser “aplicada” en nosotros, lo cual se concretará en la medida de nuestra aceptación del mensaje de Jesucristo con todas sus consecuencias; porque la consecuencia de nuestra naturaleza herida por el pecado fue la misericordia de Dios, y de ésta lo fue la Encarnación, y de aquella la Cruz…, pero el problema está justamente cuando los ojos terrenales se detienen aquí olvidándose de que el camino del Calvario termina en la Resurrección, y ésta en la eternidad. Y tanto para aquellos que se quedaron con la mirada puesta en el Calvario, como para los que viven mirando siempre el Cielo, Jesucristo nos dejó un sepulcro vacío: motivo de confianza y conversión para los que dudan, y de amorosa confirmación para los creen.

     Si tanto predicamos la Cruz de Cristo, es porque hay que pasar por ella. Pero no olvidemos que la Cruz es tanto el signo de nuestra fe cuanto un camino y no un término; el más seguro y el único eficaz para producir la salvación, por eso Jesucristo lo eligió; y en su sabiduría infinita decidió asumirla para resaltar más aun el triunfo de su Resurrección, y así, el Santo Sepulcro asume en nuestras vidas una función análoga a la del Tabor, en cuanto que nos sirve de reconfortante consuelo al manifestarnos desde ya la gloria a la que el Hijo de Dios nos invita. Esta es la causa de que en este Sepulcro, que es santo, no descanse ya un cuerpo mortal sino una alegría sobrenatural, porque de aquí salió el primer cuerpo glorioso que no es otro que el del mismo Hijo de Dios para ofrecer gloria también a los mortales, porque “la resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo…”[11]; pero de un gozo doble: por la victoria de la misericordia de Dios sobre el pecado, y por nuestra adopción filial que gracias al Hijo natural de Dios, con su Cruz y su Resurrección, nos engendran -mediante la gracia- para la eternidad: “este fue el motivo de la venida de Cristo en la carne, de su convivencia con los hombres, de sus sufrimientos, de su cruz, de su sepultura y de su resurrección: que el hombre, una vez salvado, recobrara, por la imitación de Cristo, su antigua condición de hijo”[12]; y todo esto sí que está contenido en el Santo Sepulcro, dispuesto a dejarse degustar por las almas que poseen una fe verdadera.

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     Si bien, como hemos dicho metafóricamente, “la grandeza del hecho de la Resurrección no cabía en el sepulcro”, sin embargo, eso no quita el hecho de que Jesucristo nos haya dejado un Santo Sepulcro vacío; motivo de confianza y conversión para los que dudan, y de amorosa confirmación para los creen.

[1] Cfr. Jn 20, 12-13

[2] Cfr. 1 Cor 15,17

[3] Cfr. Gál 4,4

[4] Mt 16,16 “Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»”

[5] Cfr. Lc 24,13-31

[6] Cfr. Is 53,3

[7] Ídem.

[8] Cfr. Jon 2,1

[9] Mt 12,40

[10] San Alberto Hurtado: “El espíritu de la Resurrección”, Meditación de unos Ejercicios Espirituales predicados a jesuitas, posterior a 1944. Un disparo a la eternidad, pp. 315-317.

[11] San Máximo de Turín, Sermón 53

[12] San Basilio, Sobre el Espíritu Santo, 15, 35

La roca del Calvario

Impresiones de Tierra Santa

P. Jason Jorquera M.

 

Existe una cualidad en todo ser humano que es esencial para poder abrazar la verdad y aprender a gozar de ella. Y como sabemos que la verdad se identifica con el ser, y que “lo que es” tiene la capacidad de ser amado, concluimos que para amar la verdad, antes es necesario descubrir en ella aquello que tiene de “amable”. Pero es real también que no todo lo que conocemos lo amamos, ¿por qué?, sencillamente porque no todo nos atrae de la misma manera. He aquí la capacidad esencial que necesitamos para enamorarnos de una verdad: la capacidad de asombrarse ante lo bello, bueno y verdadero de las cosas; porque el que no se asombra de algo pasará de largo sin detenerse a considerarlo, en cambio, quien se encuentra con algo deslumbrante –al menos bajo algún aspecto- se vuelve capaz de volverse hacia él y abrazar su verdad-bondad con toda el alma.

De las casi infinitas realidades capaces de asombrar al hombre en este mundo, espirituales o materiales, nos quedamos ahora con la roca del Calvario que, “asombrosamente”, se partió de arriba a abajo cuando el Hijo de Dios consumaba la augusta obra de la redención[1] entregando su espíritu al Padre celestial[2], mientras entraba triunfante en el limbo de los justos para rescatar a los que primero entrarían en el reino de los cielos.

En el santuario del Santo Sepulcro se encuentra signado con solemne precisión el lugar de la roca en que se apoyó la santa Cruz de nuestro Señor Jesucristo. Está en la base de un altar erigido en su honor y rodeado, como otros santos lugares, con un gran aro de plata por el cual se puede introducir perfectamente la mano para tocar dicha roca y rezar…, y rezar…, porque en Tierra Santa prácticamente todo invita a rezar, a considerar los misterios de la vida terrena del Salvador del mundo, a detenerse y leer los hermosos pasajes del Evangelio que hace casi 2000 años se escribieran no con letras sino con hechos, con Vida, con Verdad, etc., y ahora reviven en los corazones de los fieles de la santa Iglesia que se fundó aquí, en Tierra Santa, y que desde aquí comenzó a propagarse por el mundo hasta el fin de los tiempos; Iglesia de la cual sabemos que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella[3], ¿por qué?, pues porque lleva en sí la promesa de Jesucristo de acompañarla hasta el fin de los tiempos[4] y porque el mismo Salvador decidió fundarla sobre roca[5], como la Cruz, porque si algo se edifica sobre roca ni las lluvias ni las aguas torrenciales, ni los vientos, ni nada podrá derrumbarlo[6]. Por lo tanto, no es casualidad que Jesucristo haya cambiado el nombre a su vicario por el de Pedro, “Petrus”, es decir roca o piedra asentando así las indefectibles bases de su Cuerpo Místico; y tampoco es coincidencia que la Cruz misma se haya asentado sobre la firmeza de la roca, porque así tenía que ser y así nos enseña también a nosotros a fijar nuestra cruz sobre la sólida base de la roca que es la fe.

El sacrificio de Jesucristo por nosotros en la Cruz, puso sus fundamentos en la roca del Calvario, y así –oscilando y complementando entre el plano histórico y el espiritual- consolidó su entrega hasta la muerte[7]; porque la firmeza última de la Cruz se encontraba en “la roca amante” de la voluntad de Cristo, el Cordero de Dios de amor inamovible. Pero como la roca del Calvario sostenía el instrumento divino que exigía la vida del Redentor, una vez consumado el sacrosanto sacrificio, la roca se rompió. Y es que, como sea, se hallaba ligada tan estrechamente a la muerte del Mesías, que no podía quedar incólume una vez que en ella misma fue vencida la muerte por el Hijo de Dios, perdiendo así la muerte toda su solidez ante la entrega de Aquel que vino a vencerla junto con el pecado[8].

Ante este gran pedazo de historia partida por en medio, Dios me concedió la gracia de rezar embebido del misterio de la Cruz, la de maderos contrapuestos que armonizan perfectamente la horizontalidad de la naturaleza humana con la verticalidad sobrenatural de la gracia; y es que parece que la paradoja se las arregla como sea para acompañar los misterios divinos, comenzando por la Encarnación, y enriqueciéndolos con su consideración. Y “paradojalmente” yo contenía las lágrimas allí donde el Hijo de Dios no contuvo la sangre, porque se hallaba fundida con la divina misericordia que vino a derramar sobre la tierra: ¡y se quiebra la roca cuando no lo hacen los corazones de los hombres!, mas no en vano, porque ni todos seguirán caminando hacia la condenación, ni pocos son los que ven figurada en esta veta de la piedra la “puerta estrecha”[9] que termina en la eternidad.

Y como a Dios no se le escapan los detalles, la roca del Calvario se partió en dos cuando expiró Aquel que también en dos dividió la historia.

 

[1] Cfr. Jn 19,30

[2] Lc 23,46: “y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró.”

[3] Mt 16,18

[4] Cfr. Mt 28,20

[5] Cfr. Mt 16,18

[6] Cfr. Mt 7,24-25; Cant 8,7

[7] Cfr. Fil 2,8

[8] Cfr. 2Ti 1,10

[9] Cfr. Lc 13,24

Sobre la Pasión de Cristo

Si Él dio su vida por mí, dé yo mi vida por Él…

San Alberto Hurtado

«Hagamos un sencillo recorrido de lo que Jesús dejó por mí. Todo lo que puede constituir el bienestar humano lo sacrificó Jesús por mí. Nació sacrificándolo todo, porque para nacer fue a buscar un humilde establo, lo más miserable que parecía existir sobre la tierra; luego fue prófugo en un país extraño, para darnos ejemplo de ese abandono de todo lo humano y descansar tranquilo en la confianza amorosa del Padre de los cielos…

Pobre había sido siempre el vestido de Cristo. Su túnica mojada en su propia sangre… pero ¡es su túnica! Y la ha de dejar para vestir el vestido de los locos, ser el hazmerreír de todos… Se le despoja de todo: sus vestidos son distribuidos entre sus verdugos y sobre su túnica echaron suertes. Y el Rey del cielo, el que ha creado los astros, el sol y el follaje de las plantas, que viste a las aves del cielo y a los lirios del campo, por amor al hombre, por amor a mí, para enseñarme la sublime lección de sabiduría, el saber dejarlo todo cuanto está de por medio la voluntad de su Padre de los cielos, muere desnudo… Cristo fracasó humanamente. Sepamos por Cristo no exigir éxitos, sino los puestos difíciles, los encargos duros, y cuando fuere necesario aceptar un fracaso, no negarle a Cristo nuestro Jefe lo que Él tomó y aceptó por mí…

En la noche de Getsemaní y probablemente durante todo el drama de la pasión, triste estuvo el alma de Cristo, triste hasta la muerte, turbado, angustiado, casi enloquecido de dolor. Ni siquiera quiso reservarse aquello que hubiera parecido lo menos, la entereza de mostrarse inaccesible al dolor. Y ante estos dolores ¡cómo explicarlo! Pero parece que el Hijo se hubiese despojado de su facultad de ser insensible a fin de ponerse mejor a nivel de su criatura y de su modo de sufrir…

No le queda más que un sacrificio que ofrecer, el mayor de suyo, pero en este caso, el menor. Su vida. Ya la había dado, ya había entregado todo lo que puede hacer amable la vida, pero quiso dar la vida misma, y llevar su humana derrota hasta el fin: muerto por nosotros…

Si yo llegara a tomar en serio esta realidad. ¡Jesús muere por mí! ¡Qué arranques de amor sacaría de mi pobre alma, el comprender algo siquiera de lo que Cristo ha hecho por mí! ¡Mi vida sería entonces entera para Él! Si Él dio su vida por mí, dé yo mi vida por Él… y dándola como Él».

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado