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“OS HE DADO PASTORES SEGÚN MI CORAZÓN”

Domingo XIº T.O – Año A

Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas… Mt 9, 36-10,8

Hay un tema en el que me gusta pensar a veces y que pretendo algún día poder desarrollar más, con la gracia de Dios, y es el tema de las miradas de Nuestro Señor Jesucristo. Miradas tan poderosas. Miradas de un Dios. Miradas de un hombre. Miradas divinas por medio de ojos humanos. Realmente se puede profundizar muchísimo en cada pasaje del Evangelio donde se narra que nuestro Señor ha mirado, o ha visto algo. El Evangelio de este domingo es uno de estos.

Dice el Evangelio que Jesús, al ver a las gentes, se compadecía de ellas… Es un detalle que remarca mucho el sentimiento que movía al Señor a hacer todas las cosas que tenía que hacer. Digamos que este sentimiento era doble: por un lado, hacia el Padre, por estar siempre aplicado a hacer Su voluntad, como el mismo Jesús ha dicho en distintos pasajes; por otro lado, tenemos el sentimiento de misericordia o, para usar el término del Evangelio de hoy, compasión, que tenía Él por las gentes. Jesús, al ver a las personas, perdidas, extenuadas, abandonadas como estaban, se compadeció de ellas. En verdad no solamente tuvo compasión, misericordia, sino que el Señor es, Él mismo el “rostro de la misericordia del Padre”.

Santo Tomás de Aquino directamente relaciona a la compasión a la misericordia, cuando en la Suma Teológica pone a la primera [compasión] dentro de la definición de la segunda: “La misericordia es la compasión de nuestro corazón por la miseria ajena, que nos impulsa a socorrerla si está en nuestro poder.” (S.Th., II-II, q.30, a.1) ¡Qué preciosa descripción! No solamente que siente, o padece (cum passio) por las miserias ajenas, sino que hay una fuerza que lo impulsa a socorrerla. Santo Tomás aclara que, esto lo hace la persona si está en su poder, con mucho mayor razón se podría aplicar esta definición a la misericordia que tenía, o mejor dicho, que tiene nuestro Señor por nosotros. Él es el que tiene todo el Poder, la Fuerza y más, el Amor, la voluntad, podríamos decir, tiene ganas de socorrernos. Este socorro que el Señor nos puede dar puede realizarse de muchos modos, Jesús es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, todo fue hecho por Él y sin Él nada de lo que existe fue hecho.

En la primera lectura de hoy, hemos escuchado en el libro del Éxodo, que el Señor le dice a su pueblo que si ellos escuchasen a la voz del Señor y guardasen su alianza, ellos serían “propiedad personal” del Señor, tomado de entre todos los pueblos. El Salmista lo confirma en el Salmo 99, diciendo que el “Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.” Para luego seguir diciendo que el Señor es “bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades”. Y todo esto, cuando nosotros todavía no éramos cercanos a Él. En efecto, lo dice San Pablo a los Romanos en la segunda lectura: “Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!” (cfr. Rm 5,6-11).

Sin embargo, un detalle interesante, que me ha llamado la atención, es el “medio”, podríamos decirlo así, con el que el Señor decide “remediar” la miseria de este pueblo, de Su pueblo. Elige de en medio de sus discípulos a doce, a Los Doce, para ser columnas y fundamentos de la Nueva Jerusalén, como ha sido revelado a san Juan en el Apocalipsis. Es decir, que Cristo, para remediar la miseria de su pueblo, que estaba extenuado y abandonado, les da pastores.

Es algo muy lógico, pues sabemos que estaban abandonados y extenuados justamente porque parecían ovejas que no tienen pastor. Pastores existieron, existen y existirán muchos a lo largo del tiempo, pero los verdaderos pastores, los que conocen a sus ovejas, y a los que las ovejas les reconocen su voz, esos son pocos en verdad: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos…

¿Qué quiere decir todo esto, queridos hermanos? Quiere decir que para que encontremos alivio, descanso, auxilio en nuestro camino en el rebaño del Señor, como pueblo elegido, pueblo Suyo, esta “nación santa”, como bien nos recuerda la primera lectura, debemos buscar los auxilios que nos ha dejado el mismo Señor.

No es mi intención aquí hacer un sermón apologético, en defensa de la verdadera Iglesia de Cristo, la Iglesia católica -aunque podría ser de mucho provecho-, lo que quiero simplemente es remarcar la necesidad que nosotros, todos nosotros, incluyéndome en este grupo, tenemos de los pastores de la Iglesia para nuestro paso por este mundo, para nuestro camino espiritual.

Somos enviados siempre como mansos corderos en medio de lobos feroces. El Señor nos manda ser discípulos suyos viviendo en un mundo feroz, que intenta sumergirnos a todos en el más profundo abismo de perdición, buscando placeres, deleites, gozos momentáneos, cosas efímeras que no valen realmente nada para la verdadera Vida, para la Eternidad. Y nosotros, además de esto, nos vemos acechados por el demonio, que intenta seducirnos, utilizando no solamente el mundo como secuaz, pero también a nuestra misma carne, aumentando exponencialmente el horror al sufrimiento, el miedo a cualquier molestia, promoviendo el bienestar a cualquier costo.

Justamente en contra de esto es que el Señor ha enviado también a nosotros, su pueblo y ovejas de su rebaño, los pastores, en la figura de los obispos principalmente, pero de manera participada también en todos los sacerdotes. Escuchemos nuevamente las instrucciones que les da nuestro Señor apenas elige a los Doce: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios.”

Todas estas cosas que nos acechan, que nos fatigan, nos hacen caminar en pesadez, desconsolados en medio a este valle de lágrimas del mundo actual en que vivimos. Dos de los más hermosos auxilios que nos dejó el Señor en sus pastores, son la Eucaristía y la Confesión. En efecto, ¿en qué otro lugar, o con qué otras personas, fuera de los pastores, de nuestros pastores, de los pastores de la Iglesia, nosotros podemos encontrar el Pan de la Vida como alimento de nuestra alma, y al perdón de los pecados, que borra nuestras culpas?; ¿Cómo podríamos sobrevivir en un mundo tan terrible como el que vivimos, si no tuviéramos una fuente segura donde encontrar alivio, refugio, auxilio en los momentos de tentación, de miedo, de desesperación?

Realmente, el Señor al mirar a la gente -y aquí subrayemos que el Señor seguramente vio a las generaciones futuras, nos vio a nosotros, seamos sacerdotes, religiosos, laicos, lo que sea-, se compadeció de nosotros y quiso dejarnos este remedio.

Por esto es que, en esta Santa Misa, le vamos a pedir, le vamos a suplicar a la Virgen María, a su Inmaculado Corazón, que nos obtenga la gracia de realmente experimentar este alivio, este socorro, este auxilio que podemos encontrar siempre en los pastores de la Iglesia, y que sepamos valorarlo como se merece, y que aprendamos a no tenerles miedo, y acercarnos a ellos siempre, porque al final, “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.” (Sal 99)

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE

SAN JUAN PABLO II – CARTA AL ARZOBISPO DE LYON (4 de junio de 1999)

Carta de Su Santidad, Juan Pablo II al arzobispo de Lyon, con motivo de la peregrinación a Paray-le-Monial (Francia). 4 de junio de 1999

Con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón y del recuerdo de la consagración del género humano realizada hace cien años por el Papa León XIII, me uno mediante la oración al itinerario espiritual de todos los peregrinos y de cuantos hacen hoy un acto de consagración al Sagrado Corazón.

Siguiendo el ejemplo de San Juan Eudes, que nos enseñó a contemplar a Jesús, el Corazón de los corazones, en el corazón de María, el culto al Sagrado Corazón se difundió especialmente gracias a Santa Margarita María de Alacoque. León XIII pidió al Señor que fuera Rey no solo de los fieles, sino también de quienes lo han abandonado o aún no lo conocen, suplicándole que los conduzca a la verdad y a Aquel que es la vida. En la encíclica Annum Sacrum expresó su compasión por los hombres alejados de Dios y su deseo de encomendarlos a Cristo redentor.

La Iglesia contempla sin cesar el amor de Dios, manifestado de forma sublime en el Calvario y hecho sacramentalmente presente en cada Eucaristía. Como escribió San Alfonso María de Ligorio: “Del corazón amorosísimo de Jesús proceden todos los  sacramentos, y especialmente el mayor de todos, el sacramento del amor”. Cristo es una hoguera ardiente de amor que invita y tranquiliza: “Venid a mí (…) que soy manso y humilde de corazón”.

El Corazón del Verbo Encarnado es el signo del amor por excelencia. Por eso he destacado personalmente la importancia de penetrar el misterio de este corazón rebosante de amor a los hombres, que contiene un mensaje extraordinariamente actual. Como escribió San Claudio de La Colombière: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha escatimado nada con tal de agotarse y consumirse para testimoniar su amor“.

En el umbral del tercer milenio, “el amor de Cristo nos impulsa” a hacer que el Salvador sea conocido y amado. Exhorto encarecidamente a los fieles a adorar a Cristo presente en el Santísimo Sacramento del altar, permitiéndole que cure nuestra conciencia, nos purifique, nos ilumine y nos unifique. En el encuentro con él, los cristianos hallarán la fuerza para su vida espiritual y para su misión en el mundo. En la relación de corazón a corazón con el divino Maestro, descubrirán el amor infinito del Padre y serán verdaderos adoradores en espíritu y verdad.

Su fe se reavivará; entrarán en el misterio de Dios y serán profundamente transformados por Cristo. En las pruebas y en las alegrías conformarán su vida al misterio de la cruz y de la resurrección del Salvacor. Serán cada día más hijos en el Hijo. Así, a través de ellos, el amor se derramará en el corazón de los hombres para edificar el cuerpo de Cristo que es la Iglesia y construir una sociedad de justicia, paz y fraternidad. Serán también intercesores de la humanidad entera, pues toda alma que se eleva hacia Dios eleva al mismo tiempo al mundo.

Invito, por tanto, a todos los fieles a proseguir con piedad su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, adaptándola a nuestro tiempo, para acoger sus insondables riquezas y responder con alegría amando a Dios y a los hermanos, encontrando así la paz, siguiendo un camino de reconciliación y fortaleciendo la esperanza de vivir un día en la plenitud junto a Dios y en compañía de todos los santos.

Conviene asimismo trasmitir a las generaciones futuras el deseo de encontrarse con el Señor, fijar su mirada en él y responder a la llamada a la santidad, descubriendo cada uno su misión específica en la Iglesia y en el mundo. En efecto, “la caridad divina, don preciosísimo del Corazón de Cristo y de su Espíritu”, se comunica a los hombres para que sean testigos del amor de Dios.

Invocando la intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, imparto de buen grado mi bendición apostólica a todos los fieles que, con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón, peregrinen a Paray-le-Monial o participen con devoción en celebraciones litúrgicas y momentos de oración al Sagrado Corazón.

¡OH BANQUETE PRECIOSO Y ADMIRABLE!

De las Obras de santo Tomás de Aquino, presbítero
(Opúsculo 57, En la fiesta del Cuerpo de Cristo, lect. 1-4)

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiritual en su misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

SE RECIBE LA LUZ PARA DARLA

Homilia de San Juan Pablo II, 11-08-1993

“Vosotros sois la sal de la tierra

Son palabras de Jesús a sus discípulos, que hemos escuchado en la lectura del Evangelio en esta solemne celebración eucarística.

Vosotros y yo somos no sólo fruto, sino también sembradores de las palabras de Jesús: «Id y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19), es decir, apóstoles de la nueva evangelización a la que, en virtud de nuestro bautismo, estamos todos llamados. Por eso, el Señor nos recuerda hoy nuevamente que somos «la sal de la tierra, la luz del mundo» (cf. ibíd., 5, 13-14).
«Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5, 13). Son palabras que el Señor dirige hoy a vosotros. En la fe cristiana, sois verdaderamente la sal de la tierra. Vosotros, que habéis acogido en vuestro corazón el mensaje salvador de Cristo, sois, pues, sal de la tierra porque habéis de contribuir a evitar que la vida del hombre se deteriore o que se corrompa persiguiendo los falsos valores, que tantas veces se proponen en la sociedad contemporánea.
La Iglesia, como Madre y Maestra, hace suyos los problemas que afectan al hombre, y en especial a los más pobres y abandonados, y trata de iluminarlos desde el Evangelio. Por eso, en la construcción de una sociedad más justa y fraterna, la doctrina social de la Iglesia propone siempre la primacía de la persona sobre las cosas (Centesimus annus, 53-54), de la conciencia moral sobre los criterios utilitaristas, que pretenden ignorar la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.
Cristo, luz del mundo (cf. Jn 8, 12), nos exhorta hoy a que nosotros seamos también luz ante los hombres para que, viendo nuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 16). Cristo, «luz verdadera, que ilumina todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9), es el Verbo proclamado por san Juan en el prólogo de su Evangelio (Ibíd., 1 1-4): el Hijo eterno, consustancial con el Padre. La Vida estaba en Él, y Él la ha traído al mundo. «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él… tenga la vida eterna» (Ibíd., 3, 16).
Ésta es la prueba suprema del amor de Dios a los hombres desde toda la eternidad: la Encarnación del Verbo. Y también vosotros, queridos hermanos, habéis sido objeto de ese amor de predilección por parte de Dios; también por amor vuestro se encarnó su Hijo Unigénito. También a vosotros Dios Padre os lo entrega como Salvador, para que tengáis la vida eterna. «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Ibíd., 17, 3).
Cristo es la luz del mundo, pues en Él se ha revelado la Vida. Se ha revelado mediante la palabra del Evangelio, pero sobre todo se ha revelado mediante su muerte redentora en la Cruz. Ha ofrecido en sacrificio al Padre su vida en expiación por los pecados del mundo. Y con este sacrificio cruento Él ha vencido el pecado y la muerte. En el Gólgota aceptó la muerte, pero al tercer día resucitó y vive para siempre. Vive para darnos su Vida. De este modo, Cristo es aquella Luz, aquella Vida que ha demostrado ser más fuerte que la muerte. En Él está la Vida divina, que es Luz para los hombres (cf. Jn 1, 4). Cristo, luz del mundo, os está enviando hoy a vosotros hermanos y hermanas, descendientes de los antepasados, os está enviando a vosotros en el camino de la vida. Éste es el camino de verdad, es el camino de siempre y de la nueva evangelización.
También vosotros, queridos hermanos, gracias al Evangelio, habéis recibido la luz y estáis llamados a dar valientemente testimonio de ella. Cada uno de vosotros ha de sentirse llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo. Habéis de ser sal que preserva de la corrupción y que da sabor a los frutos de la tierra. Habéis de iluminar a los que os rodean mediante vuestra caridad; caridad que es amar a los demás como Cristo nos ha amado (cf. Jn 15, 12). Ésta es la evangelización de ayer, de hoy y para siempre.
Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo. Os lo dice Cristo mismo, que es la Luz. Lo dice también con el ejemplo de su vida, con la verdad de sus sufrimientos, con su muerte en la Cruz.

Sobre el matrimonio cristiano o su renuncia por el reino de los Cielos

El les dijo:

“no todos son capaces de esto, sino aquéllos a quienes es dado…

(Mt 19, 10)

San Juan Pablo II, papa

…Conviene ahora que volvamos de nuevo a las palabras del Evangelio, en las que Cristo hace referencia a la resurrección: palabras que tienen una importancia fundamental para entender el matrimonio en el sentido cristiano y también «la renuncia” a la vida conyugal “por el reino de los cielos”.

La compleja casuística del Antiguo Testamento en el campo matrimonial no sólo impulsó a los fariseos a ir a Cristo para plantearle el problema de la indisolubilidad del matrimonio (cf. Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12), sino también a los saduceos en otra ocasión para preguntarle por la ley del llamado levirato. Los sinópticos relatan concordemente esta conversación (cf. Mt 22, 24-30; Mc 12, 18-27; Lc 20, 27-40. Aunque las tres redacciones sean casi idénticas, sin embargo, se notan entre ellas algunas diferencias leves, pero, al mismo tiempo, significativas. Puesto que la conversación está en tres versiones, la de Mateo, Marcos y Lucas, se requiere un análisis más profundo, en cuanto que la conversación comprende contenidos que tienen un significado esencial para la teología del cuerpo.

Junto a los otros dos importantes coloquios, esto es: aquel en el que Cristo hace referencia al “principio” (cf. Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12), y el otro en el que apela a la intimidad del hombre (al “corazón”), señalando al deseo y a la concupiscencia de la carne como fuente del pecado (cf. Mt 5, 27-32), el coloquio que ahora nos proponemos someter a análisis, constituye, diría, el tercer miembro del tríptico de las enunciaciones de Cristo mismo: tríptico de palabras esenciales y constitutivas para la teología del cuerpo. En este coloquio Jesús alude a la resurrección, descubriendo así una dimensión completamente nueva del misterio del hombre.

La revelación de esta dimensión del cuerpo, estupenda en su contenido —y vinculada también con el Evangelio releído en su conjunto y hasta el fondo—, emerge en el coloquio con los saduceos, “que niegan la resurrección” (Mt 22, 23); vinieron a Cristo para exponerle un tema que —a su juicio— convalida el carácter razonable de su posición. Este tema debía contradecir “las hipótesis de la resurrección”. El razonamiento de los saduceos es el siguiente: “Maestro, Moisés nos ha prescrito que, si el hermano de uno viniere a morir y dejare la mujer sin hijos, tome el hermano esa mujer y dé sucesión a su hermano” (Mc 12, 19). Los saduceos se refieren a la llamada ley del levirato (cf. Dt 25, 5-10), y basándose en la prescripción de esa antigua ley, presentan el siguiente “caso”: “Eran siete hermanos. El primero tomó mujer, pero al morir no dejó descendencia. La tomó el segundo, y murió sin dejar sucesión, e igual el tercero, y de los siete ninguno dejó sucesión. Después de todos murió la mujer. Cuando en la resurrección resuciten, ¿de quién será la mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer” (Mc 12, 20-23).

La respuesta de Cristo es una de las respuestas-clave del Evangelio, en la que se revela — precisamente a partir de los razonamientos puramente humanos y en contraste con ellos — otra dimensión de la cuestión, es decir, la que corresponde a la sabiduría y a la potencia de Dios mismo. Análogamente, por ejemplo, se había presentado el caso de la moneda del tributo con la imagen de César, y de la relación correcta entre lo que en el ámbito de la potestad es divino y lo que es humano (“de César”) (cf. Mt 22, 15-22). Esta vez Jesús responde así: “¿No está bien claro que erráis y que desconocéis las Escrituras y el poder de Dios? Cuando en la resurrección resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán como ángeles en los cielos” (Mc 12, 24-25). Esta es la respuesta basilar del “caso”, es decir, del problema que en ella se encierra. Cristo, conociendo las concepciones de los saduceos, e intuyendo sus auténticas intenciones, toma de nuevo inmediatamente el problema de la posibilidad de la resurrección, negada por los saduceos mismos: “Por lo que toca a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, ¿cómo habló Dios diciendo Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12, 26-27).

Como se ve, Cristo cita al mismo Moisés al cual han hecho referencia los saduceos, y termina afirmando: “Muy errados andáis” (Mc 12, 27).

Cristo repite por segunda vez esta afirmación conclusiva. Efectivamente, la primera vez la pronunció al comienzo de su exposición. Entonces dijo: “Estáis en el error y ni conocéis las Escrituras ni el poder de Dios”: así leemos en Mateo (22, 29). Y en Marcos: “¿No está bien claro que erráis y que desconocéis las Escrituras y el poder de Dios?” (Mc 12, 24). En cambio, la misma respuesta de Cristo, en la versión de Lucas (20, 27-36), carece de acento polémico, de ese “estáis en gran error”. Por otra parte, él proclama lo mismo en cuanto que introduce en la respuesta algunos elementos que no se hallan ni en Mateo ni en Marcos. He aquí el texto: “Díjoles Jesús: Los hijos de este siglo toman mujeres y maridos. Pero los juzgados dignos de tener parte en aquel siglo y en la resurrección de los muertos, ni tomarán mujeres ni maridos, porque ya no pueden morir y son semejantes a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección” (Lc 20, 34-36). Por lo que respecta a la posibilidad misma de la resurrección, Lucas — como los otros dos sinópticos — hace referencia a Moisés, o sea, al pasaje del libro del Éxodo 3, 2-6, en el que efectivamente, se narra que el gran legislador de la Antigua Alianza había oído desde la zarza que “ardía y no se consumía”, las siguientes palabras: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob” (Éx 3, 6). En el mismo lugar, cuando Moisés preguntó el nombre de Dios, había escuchado la respuesta: “Yo soy el que soy” (Éx 3, 14).

Así, pues, al hablar de la futura resurrección de los cuerpos, Cristo hace referencia al poder mismo de Dios viviente…

Audiencia General. La teología del cuerpo. Miércoles 11 de noviembre de 1981

Domingo de Corpus Christi

Es su amor lo que nos convoca, lo que nos une…

Papa León XIV

(…) En este día de la Solemnidad de Corpus, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, queremos reconocer y celebrar a Cristo presente entre nosotros. Y por eso salimos a la calle, para manifestar al mundo nuestra fe, para dar testimonio y para llegar con el misterio de la Presencia de Cristo a todos.

Es verdad que hay varias formas de la Presencia de Jesucristo en medio de nosotros, en la Iglesia y en el mundo. San Papa Pablo VI habló de estos modos indicando algunos de ellos:

Presente está Cristo en su Iglesia que ora, porque es él quien ora por nosotros, ora en nosotros y a Él oramos: ora por nosotros como Sacerdote nuestro; ora en nosotros como Cabeza nuestra y a Él oramos como a Dios nuestro. Y Él mismo prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Presente está Él en su Iglesia que ejerce las obras de misericordia, no sólo porque cuando hacemos algún bien a uno de sus hermanos pequeños se lo hacemos al mismo Cristo, sino también porque es Cristo mismo quien realiza estas obras por medio de su Iglesia, socorriendo así continuamente a los hombres con su divina caridad.

Presente está en su Iglesia que peregrina y anhela llegar al puerto de la vida eterna, porque Él habita en nuestros corazones por la fe y en ellos difunde la caridad por obra del Espíritu Santo que Él nos ha dado.

Está también presente en su Iglesia que predica, puesto que el Evangelio que ella anuncia es la Palabra de Dios, y solamente en el nombre, con la autoridad y con la asistencia de Cristo, Verbo de Dios encarnado, se anuncia, a fin de que haya una sola grey gobernada por un solo pastor.

Presente está en su Iglesia que rige y gobierna al pueblo de Dios, puesto que la sagrada potestad se deriva de Cristo, y Cristo, Pastor de los pastores, asiste a los pastores que la ejercen, según la promesa hecha a los Apóstoles.

Además, de modo aún más sublime, está presente Cristo en su Iglesia que en su nombre ofrece el sacrificio de la misa y administra los sacramentos. Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los demás sacramentos, el más dulce por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido; ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos.

Hermanos, en la Eucaristía, Cristo está verdaderamente presente entre nosotros –y por su Cuerpo y su Sangre, nos hace a todos Iglesia– somos Iglesia y vivimos en comunión, unidos en Cristo.

La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 1).

Este es el gran misterio que celebramos hoy. Un Misterio grande, Misterio de misericordia, misterio de amor. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida. [San Juan Pablo II, ibid. n. 11].

El amor de Dios no conoce medida. San Agustín dice que “la medida del amor es el amor sin medida”. Amar sin límites –así nos ama Dios, y así Dios nos llama a vivir– a compartir su amor con los demás. Es su amor lo que nos convoca, lo que nos une, lo que nos hace una única familia, amor que crea la Iglesia, la comunión del amor.

Papa León XIV (s.XXI) • Homilía Corpus Christi 2020 – Catedral de Chiclayo, Perú.

El agua no purifica sin la acción del Espíritu Santo

“Descendiste, pues, a la piscina bautismal. Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo.”
Del Tratado de san Ambrosio, obispo
Antes se te ha advertido que no te limites a creer lo que ves, para que no seas tú también de éstos que dicen: «¿Éste es aquel gran misterio que ni el ojo vio, ni el oído oyó, -ni vino a la mente del hombre? Veo la misma agua de siempre, ¿ésta es la que me ha de purificar, si es la misma en la que tantas veces me he sumergido sin haber quedado nunca puro?» De ahí has de deducir que el agua no purifica sin la acción del Espíritu.
Por esto has leído que en el bautismo los tres testigos se reducen a uno solo: el agua, la sangre y el Espíritu, porque si prescindes de uno de ellos ya no hay sacramento del bautismo. ¿Qué es, en efecto, el agua sin la cruz de Cristo, sino un elemento común, sin ninguna eficacia sacramental? Pero tampoco hay misterio de regeneración sin el agua, porque el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. También el catecúmeno cree en la cruz del Señor Jesús, con la que ha sido marcado, pero si no fuere bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no puede recibir el perdón de los pecados ni el don de la gracia espiritual. Por eso el sirio Naamán, en la ley antigua, se bañó siete veces, pero tú has sido bautizado en el nombre de la Trinidad. Has profesado -no lo olvides- tu fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. Vive conforme a lo que has hecho. Por esta fe has muerto para el mundo y has resucitado para Dios y, al ser como sepultado en aquel elemento del mundo, has muerto al pecado y has sido resucitado a la vida eterna. Cree, por tanto, en la eficacia de estas aguas.
Finalmente, aquel paralítico (el de la piscina Probática) esperaba un hombre que lo ayudase. ¿A qué hombre, sino al Señor Jesús nacido de una virgen, a cuya venida ya no era la sombra la que había de salvar a uno por uno, sino la realidad la que había de salvar a todos? Él era, pues, al que esperaban que bajase, acerca del cual dijo el Padre a Juan Bautista: Sobre quien veas descender el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y Juan dio testimonio de él diciendo: Vi al Espíritu bajar del cielo como una paloma y posarse sobre él. Y si el Espíritu descendió como paloma fue para que tú vieses y entendieses en aquella paloma que el justo Noé soltó desde el arca una imagen de esta paloma y reconocieses en ello una figura del sacramento.
¿Te queda aún lugar a duda? Recuerda cómo en el Evangelio el Padre te proclama con toda claridad: Éste es mi Hijo, en quien tengo mis complacencias, cómo proclama lo mismo el Hijo, sobre el cual se mostró el Espíritu Santo como una paloma, cómo lo proclama el Espíritu Santo, que descendió como una paloma, cómo lo proclama el salmista: La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria hace oír su trueno, el Señor sobre las aguas torrenciales, cómo la Escritura te atestigua que, a ruegos de Yerubbaal, bajó fuego del cielo, y cómo también, por la oración de Elías, fue enviado un fuego que consagró el sacrificio. En los sacerdotes, no consideres sus méritos personales, sino su ministerio. Y si quieres atender a los méritos, considéralos como a Elías, considera también en ellos los méritos de Pedro y Pablo, que nos han confiado este misterio que ellos recibieron del Señor Jesús. Aquel fuego visible era enviado para que creyesen; en nosotros, que ya creemos, actúa un fuego invisible; para ellos, era una figura, para nosotros, una advertencia. Cree, pues, que está presente el Señor Jesús, cuando es invocado por la plegaria del sacerdote, ya que dijo: Donde dos o tres están reunidos, allí estoy yo también. Cuánto más se dignará estar presente donde está la Iglesia, donde se realizan los sagrados misterios.
Descendiste, pues, a la piscina bautismal. Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. No significa esto que creas en uno que es el más grande, en otro que es menor, en otro que es el último, sino que el mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual que en el Hijo, con la sola excepción de que profesas que tu fe en la cruz se refiere únicamente a la persona del Señor Jesús.
Sobre los misterios.
(Núms. 19-21. 24. 26-28: SC 25 bis, 164-170)

MISTERIO INSONDABLE DE UN DIOS QUE MORA EN MÍ

Porque Dios amó tanto al mundo… Jn 3,16-18

Queridos todos,

San Atanasio, el gran Santo y Doctor del Verbo Encarnado, como es conocido, obispo de Alejandría, en una de sus cartas decía: “Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición de la doctrina y la fe de la Iglesia Católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres.”[1] El Papa Benedicto XVI en una homilía en Génova decía que “la fiesta de hoy nos invita a contemplarlo a Él, el Señor; nos invita a subir en cierto sentido, al ‘monte’, como hizo Moisés.”[2]

El contenido que la doctrina y la fe de la Iglesia que nos han transmitido, como decía San Atanasio, y que hoy somos invitados a contemplar, como hacía mención el Papa Benedicto XVI, es lo que magistralmente encontramos explicado por San Pablo en la primera carta a los Corintios (2, 1-16):

“…una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos…

…enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria…

Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

¿Quién conoce el íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.”

“…Dios nos lo ha revelado por el Espíritu…”

…para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos…

A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él, no está sujeto al juicio de nadie.

Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu.”

Lo que vamos a intentar ahora, queridos hermanos, es adentrarnos un poco más en esta inefable realidad; este insondable misterio de un Dios Uno y Trino que habita en el alma en gracia.

No tengo intención de explicar un misterio tan sublime, porque evidentemente me supera absurdamente; lo que sí quiero que hagamos, es considerar esta verdad tan hermosa empezando por la Escritura misma, en las lecturas de la Liturgia de hoy hasta llegar a una aplicación más práctica, más cercana a nuestra vida corriente.

Partiendo de la primera lectura que nos propone la Iglesia para hoy, del libro del Éxodo, podemos contemplar una cercanía de Moisés -que según la misma Sagrada Escritura fue el mayor de todos los profetas (cfr. Deut 34,10)- con Dios mismo. Cuando allá en el Sinaí, Moisés subió en medio de la madrugada, el Señor baja en la nube y se queda allí con él. Moisés es el profeta que contempló a Dios cara a cara; es el que sabía reconocer al Señor. Ahí, en ese momento de una cercanía profunda, Moisés se da cuenta de que hay un abismo enorme entre la Divinidad y su pequeña e insignificante humanidad. Tras pronunciar el nombre del Señor, el Altísimo pasó ante Moisés, éste se inclinó, y se echó por tierra en señal de profunda reverencia (cfr. Ex 34, 4-6.8-9).

Lo que contemplamos aquí es una cercanía muy grande, pero que todavía no es algo interior, íntimo. Lo que escuchamos en el salmo, sacado de un cántico del profeta Daniel ilustra bien esta realidad: “Bendito eres en el templo de tu santa gloria… Bendito eres sobre el trono de tu reino… Bendito eres tú, que, sentado sobre querubines, sondeas los abismos… Bendito eres en la bóveda del cielo.” (Dan 3, 52-56)

Esta relación entre Dios y el hombre, desde el Génesis, después de la creación del hombre, hasta llegar a la plenitud de los tiempos, se va desarrollando en un ciclo que se repite: el hombre se aleja, Dios lo busca; Dios lo perdona, el hombre vuelve; Dios hace una alianza, el hombre se olvida, Dios permite el castigo; el pueblo se arrepiente, etc. Pero cuando Jesús, el Verbo Encarnado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumió la naturaleza humana en el seno de la Virgen María, estuvo tan cerca del hombre, tan cerca como jamás había estado antes; ni en el Edén cuando bajaba a la tarde para caminar junto al hombre, ni en la montaña santa con Moisés, ni en la cueva con el profeta Elías… Juan Pablo II expresó esta verdad con las siguientes palabras: “Dios no estuvo nunca tan cerca del hombre -y el hombre jamás estuvo tan cercano a Dios- como precisamente en este momento: ¡en el instante del misterio de la Encarnación!.”[3]

Este niño -Divino Niño- que fue gestado en el seno purísimo de la Virgen, debía recibir el nombre de Emanuel, que quiere decir Dios con Nosotros (cfr. Mt 1,23). Allá en el Éxodo, también Moisés pronunció el nombre de Dios, en la Montaña Santa, pero era otro el nombre: “El Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en gracia y fidelidad.” (Ex 34,6) El Papa Benedicto XVI decía, en la misma homilía que mencionamos antes, que: San Juan, en el Nuevo Testamento, resume esta expresión en una sola palabra: “Amor” (1Jn 4,8.16). Lo atestigua también el pasaje evangélico de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).”[4]

Este Dios Amor, no solamente es amor, no solamente intervino en nuestra historia decidiendo hacer la redención del género humano[5], sino que, como leemos en San Pablo: “el Dios del amor y de la paz estará con vosotros” (2Cor 13, 11-13) Y no estará como algo transitorio, sino como algo permanente, en el mismo texto, el Apóstol habla de este don tan sublime, de esta presencia inefable: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros” (Ibid.)

Retomando una frase de San Atanasio también en la carta ya mencionada antes: “Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.”[6] Pero no es que sea simplemente una existencia encerrada en sí misma, satisfecha en su propia autosuficiencia, como aclara Benedicto XVI, sino que “es vida que quiere comunicarse, es apertura, relación.”[7] Y retomando el tema del nombre de Dios, sigue diciendo que “palabras como ‘misericordioso’, compasivo’, ‘rico en clemencia’, nos hablan de una relación, en particular de un Ser vital que se ofrece, que quiere colmar toda laguna, toda falta, que quiere dar y perdonar, que desea entablar un vínculo firme y duradero.”[8] En otras palabras: es un misterio de un Dios -Uno y Trino- que quiere habitar en nosotros.

Lo que hace la Liturgia de hoy, comentaba Juan Pablo II en una homilía en su visita a Bulgaria, es invitarnos “a remontarnos hasta la Fuente suprema de este don: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Santísima Trinidad.”[9] Y sigue diciendo que la vida del cristiano se orienta totalmente hacia este misterio. De la correspondencia fiel al amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo depende el éxito de nuestro camino en la tierra.”[10]

A primera vista, contemplar este misterio de la Santísima Trinidad, de la Inhabitación Trinitaria dentro del alma en gracia, pareciera alejarnos del mundo y de sus problemas, en una especie de introspección para abstraerse de la realidad. A esta objeción responde el Papa Benedicto XVI diciendo que “en realidad se descubre que precisamente conociendo a Dios más de cerca” es que “se reciben también las indicaciones fundamentales para nuestra vida.” Para explicarlo, retoma el ejemplo de Moisés, en el Sinaí, pues el Patriarca, “al subir al Sinaí y permanecer en la presencia de Dios, recibió la ley grabada en las tablas de piedra, en las que el pueblo encontró una guía para seguir adelante, para encontrar la libertad y para formarse como pueblo en libertad y justicia. Del nombre de Dios depende nuestra historia; de la luz de su rostro depende nuestro camino.”[11]

En síntesis, “toda la revelación se resume en estas palabras: “Dios es amor” (1Jn 4, 8.16); y el amor es siempre un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla.”[12]

Para ir concluyendo, queridos hermanos, debemos alegrarnos, animarnos siempre, exultar de alegría por un don que excede toda comprensión humana: el don de tener a un Dios Uno y Trino, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, que quiere habitar en nuestro corazón; quiere hacernos partícipes del movimiento de Vida y Amor que emana del seno mismo de la Trinidad.

Por eso, pidámosle a la Santísima Virgen María -ella quien mejor supo vivir en este misterio de Amor dentro de la Santísima Trinidad- que nos ayude a comprender un poco este misterio insondable de la Inhabitación de Dios en nuestra alma, pero más que comprenderlo bien, que nos ayude a vivirlo como debemos, para así degustar ya desde la tierra, lo que serán las delicias que nos esperan en el Paraíso.

P. Harley Carneiro, IVE

 

 

 

[1] San Atanasio de Alejandría, CARTA 1 A SERAPIÓN, 28-30 (Tomado del Oficio de Lecturas de esta Solemnidad)

[2] Homilía del Papa Benedicto XVI en la plaza de la Victoria de Génova el domingo 18 de mayo de 2008

[3] San Juan Pablo II, Angelus, 02/08/1981

[4] Papa Benedicto XVI, op.cit.

[5] Cfr. EE de San Ignacio, contemplación de la Encarnación, 1º Punto

[6] San Atanasio de Alejandría, op.cit.

[7] Papa Benedicto, op.cit.

[8] Ibid.

[9] San Juan Pablo II, Homilia en la plaza central de Plovdiv (Bulgaria), domingo, 26/05/2002

[10] Ibid.

[11] Papa Benedicto XVI,

[12] Papa Benedicto XVI, Angelus, Domingo 22/05/2005

Virgen venerable

“Bendita tú entre las mujeres”
P. Gustavo Pascual, IVE
En los Evangelios María Santísima es venerada. Por el Ángel Gabriel: “Alégrate, llena de gracia” . Por Santa Isabel: “bendita tú entre las mujeres” .
“Con todo lo íntimo, pues, de nuestros corazones, con todos los afectos de las entrañas, y con todos los votos y deseos veneremos a esta María, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo tuviéramos por María” .
La Iglesia en su magisterio enseña que debe tributarse honor y veneración a los santos y especialmente a la Santísima Virgen .
La virtud de la religión es la que nos hace dar el culto debido a Dios.
Existen tres clases de culto: el de latría, sólo a Dios, al cual reconocemos como único Dios verdadero y creador de todas las cosas. A ninguna criatura le debemos culto de latría. El que rinde culto de latría a alguna criatura comete un pecado gravísimo que es la idolatría.
El culto de dulía que rendimos a los santos por su eximia vida en la tierra, por su imitación de Cristo y por haber alcanzado el cielo. Este culto no implica la adoración y es Dios mismo el que ha querido asociarse a sus criaturas en la obtención y distribución de gracias. Por otra parte, por ser una misma comunión la iglesia militante, purgante y triunfante exige de nosotros su veneración para que intercedan y nos obtengan gracias de Dios. Dicha comunión (de los santos) hace que ellos nos ayuden a obtener el premio eterno.
El culto de hiperdulía, culto intermedio entre el de latría y dulía, es exclusivo de María Santísima. No se diferencia en especie del de dulía en cuanto a la santidad ya que aunque María posee la santidad en grado muy superior a todos los santos y ángeles juntos, sin embargo, ellos también poseen santidad. Lo que hace diferente en especie ambos cultos es el privilegio exclusivísimo de la Virgen que por ser Madre de Dios ha quedado incluida en el orden hipostático relativo.
En el Evangelio de Juan dice Jesús: “Yo soy el camino y la verdad y la vida, nadie va al Padre sino por Mí” . ¿Esta cita se opone acaso a la intercesión de María la Madre de Jesús, a su veneración? ¿O, qué hijo se entristece o enoja porque hablemos y honremos a su Madre? ¡Cuánto más Jesús se alegra de que honremos a María! Ella es como el puente por el que nosotros sus hijos espirituales nos unimos con Cristo y por Cristo con Dios.
La virtud de la religión nos exige rendir en primer lugar culto a Dios con culto de latría, a María con culto de hiperdulía (distinción que deshace todas las objeciones protestantes a la veneración de la Virgen).
Pero nuestra veneración a María debe ser interna.
Entre los actos internos que debemos a María la verdadera devoción es un acto especial de la voluntad. Devotos serán los que se consagran a ella para estarle totalmente sometidos . San Luis María Grignion de Montfort habla sobre la verdadera devoción a María en su tratado diciendo que la verdadera devoción debe ser interior, tierna, santa, constante y desinteresada .
Otro acto interno que debemos a María es la oración que puede ser interior o exterior. Por ella el hombre se somete a María y reconoce al pedirle que tiene necesidad de ella, afirmando su oficio de mediadora de gracias . También nuestra veneración a María debe ser externa. Entre los actos externos de la religión señalaremos aquel en el que se incluye el acto exterior de oración que es la alabanza, sobre el cual, trataremos al hablar del título “Virgen laudable”.
Por ser hijos espirituales de María, algunos simples devotos, otros hijos consagrados y otros esclavos de amor debemos venerarla por ser ella la Madre del Verbo Encarnado y también por ser nuestra Madre. Debemos seguir el ejemplo de los santos que la veneraron en sus imágenes, imágenes que nos recuerdan que ella está en el cielo y que debemos amarla e imitarla si queremos llegar junto a ella.

Quien ignora el esplendor de la eterna luz, es ciego…

De las Homilías de san Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia

«Un mendigo ciego estaba sentado al borde del camino» Con razón la Escritura nos presenta a este ciego al borde del camino y pidiendo limosna, porque el que es la Verdad misma ha dicho: Yo soy el camino. Quien ignora el esplendor de la eterna luz, es ciego. Con todo, si ya cree en el Redentor, entonces ya está sentado a la vera del camino. Esto, sin embargo, no es suficiente. Si deja de orar para recibir la fe y abandona las imploraciones, es un ciego sentado a la vera del camino, pero sin pedir limosna. Solamente si cree y, convencido de la tiniebla que le oscurece el corazón, pide ser iluminado, entonces será como el ciego que estaba sentado en la vera del camino pidiendo limosna. Quienquiera que reconozca las tinieblas de su ceguera, quienquiera que comprenda lo que es esta luz de la eternidad que le falta, invoque desde lo más íntimo de su corazón, grite con todas las energías de su alma, diciendo: «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí».

Que todo hombre que sabe que las tinieblas hacen de él un ciego grite desde el fondo de su ser: «Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí» Pero escucha también lo que sigue a los gritos del ciego: «los que iban delante lo regañaban para que se callara» (Lc 18, 39).

¿Quiénes son estos? Ellos están ahí para representar los deseos de nuestra condición humana en este mundo, los que nos arrastran a la confusión, los vicios del hombre y el temor, que, con el deseo de impedir nuestro encuentro con Jesús, perturban nuestras mentes mediante la siembra de la tentación y quieren acallar la voz de nuestro corazón en la oración.

En efecto, suele ocurrir con frecuencia que nuestro deseo de volver de nuevo aDios nuestro esfuerzo de alejar nuestros pecados por la oración, se ven frustrados por estos: la vigilancia de nuestro espíritu se relaja al entrar en contacto con ellos, llenan de confusión nuestro corazón y ahogan el grito de nuestra oración.

¿Qué hizo entonces el ciego para recibir luz a pesar de los obstáculos? «Él gritó más fuerte: ¡Hijo de David, ten compasión de mí!» Ciertamente, cuanto más nos agobie el desorden de nuestros deseos más debemos insistir con nuestra oración. Cuanto más nublada esté la voz de nuestro corazón, hay que insistir con más fuerza, hasta dominar el desorden de los pensamientos que nos invaden y llegar a oídos fieles del Señor. Creo, que cada uno se reconocerá en esta imagen: en el momento en que nos esforzamos por desviarlos de nuestro corazón y dirigirlos a Dios suelen ser tan inoportunos y nos hacen tanta fuerza que debemos combatirlos. Pero insistiendo vigorosamente en la oración, haremos que Jesús se pare al pasar. Como dice el Evangelio: «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran» (v. 40).

Observemos lo que el Señor dijo al ciego que se le acercó: «¿qué quieres que haga por ti?» El que tiene el poder de devolver la vista, ¿ignoraba lo que quería el ciego? Evidentemente, no. Pero Él desea que le pidamos las cosas, aunque Él lo sepa de antemano y nos lo vaya a conceder. Nos exhorta a pedir, incluso hasta ser molestos, el que afirma: “vuestro Padre celestial sabe lo que os hace falta, antes de que lo pidáis» (Mt 6, 8). Si pregunta, es para que se le pida; si pregunta, es para impulsar nuestro corazón a la oración.

Lo que pide el ciego al Señor, no es oro, sino luz. No le preocupa solicitar otra cosa más que luz. Imitemos a este hombre, hermanos muy queridos. No pidamos al Señor ni riquezas engañosas, ni obsequios de la tierra, ni honores pasajeros, sino luz: No la luz circunscrita por el espacio, limitada por el tiempo, interrumpida por la noche, con la que compartimos la vista con los animales, pidamos esta luz que sólo los ángeles ven como nosotros, que no tiene principio y ni fin. Sin embargo, el camino para llegar a esta luz es la fe. Por tanto, con razón el Señor responde inmediatamente al ciego que va a recobrar la luz: «¡Levántate! Tu fe te ha salvado».

Es tiempo de escuchar lo que fue hecho al ciego que pedía la vista o, también, lo que él mismo hizo. Dice todavía el Evangelio: «Luego él recuperó la vista y se puso a seguir a Jesús». Ve y sigue quien realiza el bien que conoció; ve, pero no sigue aquel que igualmente conoce el bien, pero no se dedica a realizarlo.

Si, pues, hermanos carísimos, ya conocemos la ceguera de nuestro peregrinar; si, con la fe en el misterio de nuestro Redentor, ya estamos sentados en la vera del camino; si, con una oración continua, ya pedimos la luz a nuestro creador; si, además de eso, después de la ceguera, por el don de la fe que penetra la inteligencia, fuimos iluminados, esforcémonos por seguir con las obras a aquel Jesús que conocemos con la inteligencia. Observemos hacia donde el Señor se dirige e, imitándolo, sigamos sus pasos. En efecto, sólo sigue a Jesús quien lo imita”.

Homilías sobre el evangelio, n°2 ; PL 76, 1081.