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SI MI OSCURIDAD ES LUZ PARA ALGÚN ALMA, SOY PERFECTAMENTE FELIZ

De los Escritos de santa Teresa de Calcuta, virgen
(Carta enviada al P. José Neuner alrededor del año de 1960: B. Kolodiejchuk, Mother Teresa. Come be my light, p. 209-212)

En Loreto, padre, yo era muy feliz—pienso, la más feliz de las hermanas. Después vino el llamado, nuestro Señor me lo pidió directamente; la voz era clara y llena de convicción. Una y otra vez me lo pidió en 1946. Sabía que era él. Había temor y terribles sentimientos en mí, por miedo a ser engañada. Pero como siempre había vivido en obediencia, decidí comunicarle todo a mi padre espiritual. Esperaba, todo ese tiempo, que él diría que todo era engaño del diablo, pero no fue así. Como en aquella voz, él también dijo: “el mismo Jesús te lo está pidiendo”. Y luego usted sabe cómo sucedió el resto. Mis superioras me mandaron a la ciudad de Asansol en 1947, y allí, fue como si nuestro Señor se entregara a mí, por completo. La dulzura, la consolación y el estado de unión de esos seis meses pasaron demasiado pronto. Y luego, el trabajo comenzó en diciembre de 1948.

Le cuento, padre, que ya desde 1949 o 1950, hay en mí una terrible sensación de pérdida; esta indecible oscuridad, esta soledad, este continuo anhelo por Dios, lo cual causa ese dolor profundo en mi corazón. La obscuridad es tal, que realmente no puedo ver ni con mi mente ni con mi razón. El lugar de Dios en mi alma está vacío. Dios no está en mí. Cuando el dolor del anhelo es tan grande, solo anhelo y añoro a Dios; y es entonces cuando siento: él no me quiere, él no está aquí. Cielo, almas… son solo palabras que significan nada para mí. Mi propia vida parece tan contradictoria. Yo le ayudo a las almas—¿a ir adonde? ¿Por qué todo esto? ¿Dónde está el alma dentro de mi propio ser? Dios no quiere nada de mí. A veces sólo escucho mi propio corazón gritar: “Dios mío” y nada más. El tormento y el dolor no los puedo explicar. Desde mi infancia, he tenido el amor más tierno por Jesús en el Santísimo Sacramento, pero esto también se ha ido. No siento nada frente a Jesús, y aun así no perdería la santa Comunión por nada.

Vea, padre, la contradicción en mi vida. Anhelo a Dios, quiero amarlo, amarlo muchísimo, vivir únicamente por amor a él, solamente amar—y sin embargo, no hay más que dolor, hay anhelo pero no hay amor. Años atrás, hace como diecisiete años, quería darle algo muy hermoso a Dios. Me comprometí, bajo pena de pecado mortal, a no negarle nada. Desde entonces he guardado esta promesa, y cuando a veces la oscuridad es muy oscura, y estoy a punto de decirle “no” a Dios, el pensamiento de esa promesa me saca a flote.

Sólo quiero a Dios en mi vida. “El trabajo” es verdadera y exclusivamente suyo. Él me lo pidió. Él me dijo qué hacer; él guió cada paso. Él dirige cada movimiento que hago: pone palabras en mi boca, me hace enseñarles a las hermanas el camino. Todo eso y todo en mí, es él. Por eso, cuando el mundo me elogia, esos elogios no tocan ni siquiera la superficie de mi alma. En cuanto al trabajo, estoy convencida que todo es él.

Antes, podía pasar horas frente a nuestro Señor –amándolo, hablándole– y ahora ni siquiera la meditación me sale bien, nada, sólo “Dios mío”. Hasta eso a veces no me sale. Sin embargo, en alguna parte de lo más profundo de mi corazón, ese anhelo por Dios sigue abriéndose camino en la oscuridad. Cuando estoy afuera trabajando o reuniéndome con gente hay una presencia de alguien viviendo muy cerca, dentro de mí. No sé qué sea esto, pero a menudo, incluso a diario, ese amor en mí por Dios crece y es más real. Me encuentro diciéndole a Jesús inconscientemente las palabras de amor más insólitas.

Le he abierto mi corazón a usted, padre. Enséñeme a amar a Dios. Enséñeme a amarlo mucho. No soy estudiada; no sé mucho sobre las cosas de Dios. Yo quiero amar a Dios como lo que él es para mí, “mi Padre”.

Mi corazón y mi alma y mi cuerpo le pertenecen solo a Dios—a quien él ha rechazado como si no la deseara, a la hija de su amor. Y por esto, padre, he hecho en este retiro una resolución: estar a la disposición de Dios; que haga de mí lo que quiera, como quiera, todo el tiempo que él quiera. Si mi oscuridad es luz para algún alma –aunque no sea nada para nadie– soy perfectamente feliz siendo flor del campo de Dios.

POR AMOR A CRISTO, CUANDO HABLO DE ÉL, NI A MÍ MISMO ME PERDONO

De las homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro del profeta Ezequiel
(Libro 1,11, 4-6: CCL 142,170-172)

Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia. Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión. Me confieso culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del Juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero, desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos. Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular; otras veces tengo que ocuparme de asuntos de orden civil, otras, de lamentarme de los estragos causados por las tropas de los bárbaros y de temer por causa de los lobos que acechan al rebaño que me ha sido confiado. Otras veces debo preocuparme de que no falte la ayuda necesaria a los que viven sometidos a una disciplina regular, a veces tengo que soportar con paciencia a algunos que usan de la violencia, otras, en atención a la misma caridad que les debo, he de salirles al encuentro. Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? Además, muchas veces, obligado por las circunstancias, tengo que tratar con las personas del mundo, lo que hace que alguna vez se relaje la disciplina impuesta a mi lengua. Porque, si mantengo en esta materia una disciplina rigurosa, sé que ello me aparta de los más débiles, y así nunca podré atraerlos adonde yo quiero. Y esto hace que, con frecuencia, escuche pacientemente sus palabras, aunque sean ociosas. Pero, como yo también soy débil, poco a poco me voy sintiendo atraído por aquellas palabras ociosas, y empiezo a hablar con gusto de aquello que había empezado a escuchar con paciencia, y resulta que me encuentro a gusto postrado allí mismo donde antes sentía repugnancia de caer.
¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad? Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono.

YO INSTRUÍ A MIS PROFETAS

Del libro de la Imitación de Cristo
(Libro 3, 3)

Escucha, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que trascienden toda la ciencia de los filósofos y letrados de este mundo. Mis palabras son espíritu y son vida, y no se pueden ponderar partiendo del criterio humano.

No deben usarse con miras a satisfacer la vana complacencia, sino oírse en silencio, y han de recibirse con humildad y gran afecto del corazón.

Y dije: Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros, para que no viva desolado aquí en la tierra.

Yo —dice el Señor— instruí a los profetas desde antiguo, y no ceso de hablar a todos hasta hoy; pero muchos se hacen sordos a mi palabra y se endurecen en su corazón.

Los más oyen de mejor grado al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen las apetencias de la carne que el beneplácito divino.

Ofrece el mundo cosas temporales y efímeras, y, con todo, se le sirve con ardor. Yo prometo lo sumo y eterno, y los corazones de los hombres languidecen presa de la inercia.

¿Quién me sirve y me obedece con tanto empeño y diligencia como se sirve al mundo y a sus dueños?

Sonrójate, pues, siervo indolente y quejumbroso, de que aquéllos sean más solícitos para la perdición que tú para la vida.

Más se gozan ellos en la vanidad que tú en la verdad. Y, ciertamente, a veces quedan fallidas sus esperanzas; en cambio, mi promesa a nadie engaña ni deja frustrado al que funda su confianza en mí.

Yo daré lo que tengo prometido, lo que he dicho lo cumpliré. Pero a condición de que mi siervo se mantenga fiel hasta el fin.

Yo soy el remunerador de todos los buenos, así como el fuerte que somete a prueba a todos los que llevan una vida de intimidad conmigo.

Graba mis palabras en tu corazón y medítalas una y otra vez con diligencia, porque tendrás gran necesidad de ellas en el momento de la tentación.

Lo que no entiendas cuando leas lo comprenderás el día de mi visita.

Porque de dos medios suelo usar para visitar a mis elegidos: la tentación y la consolación.

Y dos lecciones les doy todos los días: una consiste en reprender sus vicios, otra en exhortarles a progresar en la adquisición de las virtudes.

El que escucha mis palabras y las rechaza ya tiene quien lo condene en el último día.

¡LA PROFESIÓN, HOLOCAUSTO ABSOLUTO… EL MARTIRIO, UNIÓN DECISIVA A MI AMOR!

De las Cartas del Seminarista Aurelio Boix

A mis queridos padres y hermano desde el convento de Padres Escolapios de Barbastro, a 9 de agosto de 1936.
Padre, madre y hermano de mi corazón: Si esta mi carta llega a sus manos, el portador de la misma les contará de todo el proceso; yo me limito a unas líneas.
Hace 18 días que estamos casi todos los del Pueyo detenidos en esta prisión. Apesar de las garantías que se nos dan, como medida de prevención, quiero dedicar unas palabras a los seres que me son más caros. En noches anteriores se han fusilado unas 60 personas; entre ellas muchos curas, algunos religiosos, tres canónigos, y esta noche pasada al Sr. Obispo.
Conservo hasta el presente toda la serenidad de mi carácter; más aún, miro con simpatía el trance que se me acerca: considero una gracia especialísima dar mi vida en holocausto por una causa tan sagrada, por el único delito de ser religioso. Si Dios tiene a bien considerarme digno de tan gran merced alégrense también ustedes, mis amadísimos padres y hermano, que a ustedes les cabe la gloria de tener un hijo y hermano mártir de su fe.
La única pena que tengo, humanamente hablando, es la de no poder darles mi último beso. No les olvido y me atormenta el pensar las inquietudes que ustedes sufren por mí. Ánimo, mis amadísimos padres y hermano, al lado de su aflicción surgirá siempre la gloria de las causas que motivaron mi muerte. Rueguen por mí, voy a mejor vida.
Padre mío muy amado: la entereza de su carácter me da la completa seguridad que su espíritu de fe le hará comprender la gracia que el Señor le otorga. Esto me anima muchísimo: le doy el beso más fuerte que le he dado en mi vida. Adiós, padre, hasta el cielo. Amén.

Madre idolatrada: Yo me alegro sólo al pensar la dignidad a que Dios quiere elevarla, haciéndola madre de un mártir. Esta es la mejor garantía de que lo dos hemos de ser eternamente felices. Al recuerdo de mi muerte acompañará siempre esta gran idea: “un hijo muerto, pero mártir de la religión”. Que Dios no pueda imputarme más crimen que el que los hombres me imputan, ¡ser discípulo de Cristo! Madre mía muy querida, adiós, adiós… hasta la eternidad. ¡Qué feliz soy!
Hermano mío muy caro: En poco tiempo ¡qué dos gracias tan señaladas me concede mi buen Dios! ¡La profesión, holocausto absoluto… el martirio, unión decisiva a mi Amor! ¿No soy un ser privilegiado? Esto es lo más íntimo que tengo que comunicarte. Las cartas adjuntas, al extranjero, envíalas con una relación extensa de mi prisión, etc.; ya te pongo bien clara la dirección; certifícalas. El último beso, mi hermano, el más efusivo. Mi despedida postrera a la familia, son unas palabras de felicitación tanto para mí como para ustedes.
Que Dios proteja siempre la familia que ahora agracia con un favor tan señalado.
Su hijo que les ama con amor eterno.
Aurelio Ángel.

Ofrecerse con Cristo en la santa Misa

La Misa es, pues, la comunicación del Sacrificio del Calvario con nosotros, bajo las especies del pan y del vino.

Nosotros estamos en el altar bajo las apariencias de pan y de vino, porque ambas son el sostén de la vida. Y por eso, dando lo que nos da la vida, estamos simbólicamente dándonos a nosotros mismos. Además, el trigo debe ser molido para convertirse en pan, y la uva debe ser prensada para convertirse en vino. Y por eso ambos son representativos de los cristianos que están llamados a sufrir con Cristo, para que puedan también reinar con Él.

Al acercarse la Consagración de la Misa nuestro Señor está diciéndonos equivalentemente: “Tú, María; tú, Pedro… vosotros, todos… Dadme vuestro cuerpo, dadme vuestra sangre. Dadme vuestro ser entero… Yo ya no puedo sufrir… Yo pasé por mi cruz y llené hasta el tope los sufrimientos de mi cuerpo físico… pero no llené los que pertenecían a mi Cuerpo místico, en el cual estás tú… La Misa es el momento en que cada uno de vosotros podéis cumplir literalmente mi mandato… Toma tu cruz y sígueme…”

En la Cruz nuestro Divino Señor te estuvo mirando a ti con la esperanza de que un día quisieras entregarte a Él en el momento de la Consagración. Hoy en la Misa esta esperanza, acariciada sobre ti por Nuestro Señor, se ve cumplida. Cuando asistes a la Misa espera que le hagas a Él la entrega de tu ser.

Así, cuando el momento de la Consagración llega, el sacerdote, obediente a la voz del Señor “haced esto en memoria mía”, toma el pan en sus manos y dice: Esto es mi cuerpo”, y luego sobre el cáliz del vino dice: “Este es el cáliz de mi sangre del nuevo y eterno testamento”. No ha consagrado el pan y el vino a la vez, sino por separado. La consagración separada del pan y del vino es una simbólica representación de la separación del cuerpo y la sangre, y como la Crucifixión entraña precisamente este misterio, el Calvario es renovado en el altar. Pero Cristo, como se ha dicho, no está solo en el altar. Estamos con Él. Y por eso las palabras de la consagración tienen un doble sentido; el primero es: “Este es el cuerpo de Cristo”, “Esta es la sangre de Cristo”; pero su significación secundaria es “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre”.

¡Tal es la finalidad de la vida! Redimirnos a nosotros en unión con Cristo; aplicarnos sus méritos a nuestras almas, siendo como El en todas las cosas, hasta en su muerte de Cruz. Él pasó por su consagración en la Cruz para que nosotros ahora pasemos por la nuestra en la Misa…

No hay nada más trágico en todo el mundo que el dolor malgastado… Piensa cuánto se sufre en los hospitales, cuánto sufren los pobres, los desamparados. Piensa también cuántos de esos sufrimientos se pierden. Cuántas de esas almas solitarias, adoloridas, abandonadas, crucificadas, están diciendo con nuestro Señor en el momento de la Consagración. “Esto es mi cuerpo, tómalo”? Y, sin embargo, esto es lo que todos nosotros deberíamos hacer en ese instante!

 

“Yo me entrego a ti, Señor, aquí está mi cuerpo: tómalo. Aquí está mi sangre: tómala. Aquí está mi alma, mi voluntad, mi fuerza, mi propiedad, mi salud, todo cuanto tengo. Es tuyo, Señor. Tómalo, conságralo, ofrécelo…

Ofrécelo contigo a tu Padre Celestial para que, echando una mirada a este gran sacrificio vea solamente a ti, su Hijo amado, en quien tiene todas sus complacencias.

Trasmuta el pobre pan de mi vida en tu divina vida… Enciende el vino de mi gastada vida en tu divino espíritu. Une mi roto corazón con tu corazón. Cambia mi cruz en tu crucifijo. Que mis abandonos y mis pruebas y mis dolores no se pierdan… Recoge sus fragmentos. Y, como la gota de agua es absorbida por el vino en el Ofertorio de la Misa, sea mi vida absorbida por la tuya; sea mi pequeña cruz engastada en tu gran cruz para que pueda yo gozar los gozos de la vida eternal en unión con vos…

Consagrad estas pruebas de mi vida, que quedarían sin valor de no unirlas con vos. Transustanciadme, de tal manera que, como el pan que es ahora vuestro cuerpo y el vino que es ahora vuestra sangre, yo también sea todo vuestro…

No me preocupa si las especies permanecen, o que, como el pan y el vino, yo aparezca a los ojos humanos el mismo de antes…

mi puesto en la vida, mis deberes diarios, mi trabajo, mi familia… Todo eso no son sino las apariencias o especies de mi vida, que pueden quedar intactas; pero la sustancia de mi vida, mi alma, mi entendimiento, mi voluntad, mi corazón, cámbialos, Señor, transfórmalos todos para tu servicio, de modo que, a través de mí, todos puedan comprender cuán suave es el amor de Cristo, Amén…”

 Mons. Fulton Sheen, “El Calvario y la Misa” 

DIGÁMOSLE ALGO MÁS QUE PEDRO…

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? – Mt 16,13-20

Este Evangelio de hoy es uno de esos episodios en que encontramos una actitud del Señor, una pregunta que hace a sus Apóstoles que se nos clava en el alma. Doy un par de ejemplos para que se entienda de qué estoy hablando:

-Cuando Jesús mira a la mujer adúltera, en el patio del Templo, y le pregunta: “¿Dónde están los que te acusan?” (Cfr. Jn 8, 1-11)

-Cuando, en Jericó, le pregunta al ciego que gritaba tras él mientras pasaba en medio de la turba: “¿Qué quieres que te haga?” (Cfr. Mc 10, 46-52)

-Cuando Pedro va de encuentro al Señor en el Mar de Tiberíades, al empezar a hundirse, clama por socorro y el Señor le socorre, pero no sin antes dirigirle estas palabras: “¿Por qué dudaste?” (Cfr. Mt 14, 22-36)

-Cuando después del discurso del Pan de Vida, en la Sinagoga en Cafarnaúm, muchos discípulos se marchan por la dureza de la doctrina, el Señor se vuelve a los suyos y les pregunta: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Cfr. Jn 6, 60-71)

-Cuando se acerca el joven rico, pasando por en medio de la muchedumbre, se acerca al Señor para intentar descubrir qué tiene que hacer para salvarse, y tras decirle al Señor que ya llevaba una vida de observancia fiel de los mandamientos, el Evangelio dice que el Señor “se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: Si quieres…” (Cfr. Mc 10, 17-22)

-También podemos pensar en todas las miradas o llamadas “vocacionales”, como de Leví, de Pedro y Andrés, de Santiago y de Juan, etc.

Todos gestos, actitudes, sentencias y preguntas de una sublime elocuencia… nos interpelan en la profundidad de nuestra conciencia, ¿no? Por eso es que la palabra de Dios es “viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo.” (Heb 4,12)

También el Evangelio de hoy, después de saber de sus amigos cómo Él era conocido por la región (“¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”), Jesús les dirige esta pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y también la dirige a nosotros, a nuestra conciencia.

En este momento San Pedro, tomando la palabra, hace la primera profesión de fe de la Iglesia que, en instantes sería fundada oficialmente: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios Vivo”.

Pedro no lo dijo por sí mismo… Si dependiera solamente de su naturaleza humana, habría dicho cosas como la que, unos versículos más adelante (Cfr. Mt 16,22) le dice al Señor, intentando alejarlo del camino de la Cruz, pero aquí, no… Aquí es distinto. Estamos delante de un momento solemnísimo.

Es el Espíritu de Dios que “habla” en la boca de Pedro, el Padre le ha revelado la identidad del Hijo (“Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” Mt 11,27). Es una revelación confiada al colegio Apostólico. Ya comienza a delinearse en el horizonte, la misión sublime que tendrían los doce: dar testimonio de que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios vivo.

Jesús, en un acto de autoridad Divina, funda sobre Pedro —”sobre esta piedra”— la Iglesia, su Cuerpo Místico; la cual quedará encargada de prolongar la obra redentora del Señor en el tiempo y en todos los lugares.

Pedro no podía decir más… Todavía estaba Jesús en marcha hacia Jerusalén (“Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén” Lc 9,51), para ofrecer su sublime Sacrificio Redentor en el ara de la Cruz, sobre el altar del Calvario.

Pedro no podía decirle más… Todavía deberían recibir el Espíritu Santo para poder hacerles comprender toda la obra redentora de este que “es el Mesías, el Hijo del Dios vivo”…

Pedro no podía decirle más… hasta ahí llegó…

El mismo que reconoce a Jesús como Dios, como el “Mesías, el Hijo del Dios vivo”…

El mismo Pedro que acaba de transformarse en la “piedra” fundamental de la Iglesia de Cristo en la tierra…

El mismo Pedro que en instantes, intentará alejar al Señor de su Misión Divina —y que en consecuencia recibe una dura reprimenda del Señor (“¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios.” (Cfr. Mt 16,23)…

El mismo Pedro, no podía decirle más…

El mismo que algunos días más tarde, después de reconocer en Jesús el Hijo de Dios por revelación del Espíritu de Dios, lo niega por tres veces —aun habiendo sido alertado de esta caída, no le hizo caso (Cfr. Jn 13, 31-38; Jn 18, 15-27)

El mismo Pedro que reconoce al Hijo de Dios y hace su profesión de fe, ahora titubea, tiene dudas, se avergüenza y le niega incluso su divinidad: “No conozco a este hombre” (Cfr. Mt 26, 72)[1]

El mismo Pedro que escucharía el amargo canto del gallo, en aquella madrugada del fatídico Viernes Santo, y que saldrá llorando amargamente, ahora no puede decir más…

Pero después de la Cruz siempre viene la Resurrección, así como las tinieblas de la noche siempre dan paso a la aurora de un nuevo amanecer, así como después del llanto viene la alegría, también para Pedro este momento ha llegado…

Para redimirse de su infidelidad, Pedro reconoce la omnisciencia de su Señor y le profesa un amor más humilde: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero” (Cfr. Jn 21, 17). Cristo reafirma la misión de Pedro al mando de la Iglesia (“Apacienta mis ovejas” Jn 21, 17).

Llega el día de Pentecostés, el Espíritu Santo les hace comprender todo. Abren de par en par las puertas del cenáculo y ahora, llenos del Espíritu Santo, Pedro —el mismo Pedro— asume la palabra pero, ahora puede decir algo más…

Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos (…) Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él (…) Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías” (Hch 2,14.22.36-37)

Al escuchar esto, la primera asamblea que se reunía allí para saber qué estaba pasando, escucharon estupefactos, dice la Escritura que “al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Cfr. Hch 2, 37)

En aquel día hubo muchísimos bautizados, la Iglesia empieza a florecer. El discurso, la misión, el trabajo de Pedro como Roca no terminaría más. Hasta que Jesús vuelva, él, el mismo Pedro, en la persona del Santo Padre, sigue proclamando la misma verdad, pero ahora con una eficacia mucho más grande, porque Jesús ya pasó por su Pasión, ya nos redimió.

La Iglesia ahora anuncia la Redención de Cristo para que nosotros podamos, en Él encontrar la salvación. A Dios gracias por habernos presentado a Cristo; gracias por haberlo aceptado; gracias por haber creído en su sacrificio y por habernos sido acogidos en el seno de la Iglesia. Por eso, somos ahora los “amigos” del Señor, y una vez más, el mismo Señor vuelve a interpelar a sus amigos.  Una vez más el Señor se vuelve a nosotros con esta pregunta que nos penetra la conciencia y con esta sublime elocuencia de la que hablamos al comienzo, nos dice: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y podemos decirle algo más que Pedro… Cuando este recibió esta pregunta, no podía decirle más… pero nosotros ahora sí, podemos decirle algo más de lo que Pedro le dijo.

Digámosle pues, hagamos la profesión de nuestra fe, una profesión más completa todavía que la de Pedro. Digámosle: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo, nuestro Redentor, nuestro Salvador, a quién sea dada la gloria, el honor, el poder y la majestad, por los siglos de los siglos. Amén.”

P. Harley Carneiro, IVE

 

 

 

[1] Tomo esta idea de Mons. Fulton Sheen, en su libro El Sacerdote no se pertenece

LA IGLESIA SE LEVANTA COMO LA AURORA

De los libros de las Morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job.
(Libro 29, 2-4: PL 76, 478-480)

Con razón se designa con el nombre de amanecer o aurora a toda la Iglesia de los elegidos, ya que el amanecer o aurora es el paso de las tinieblas a la luz. La Iglesia, en efecto, es conducida de la noche de la incredulidad a la luz de la fe, y así, a imitación de la aurora, después de las tinieblas se abre al esplendor diurno de la claridad celestial. Por esto dice acertadamente el Cantar de los cantares: ¿Quién es ésta que se levanta como la aurora? Efectivamente, la santa Iglesia, por su deseo del don de la vida celestial, es llamada aurora, porque, al tiempo que va desechando las tinieblas del pecado, se va iluminando con la luz de la justicia.

Pero además, si consideramos la naturaleza del amanecer o aurora, hallaremos un pensamiento más sutil. La aurora o amanecer anuncia que la noche ya ha pasado, pero no muestra todavía la íntegra claridad del día, sino que, por ser la transición entre la noche y el día, tiene algo de tinieblas y de luz al mismo tiempo. Por esto, los que en esta vida vamos en seguimiento de la verdad somos como la aurora o amanecer, porque en parte obramos ya según la luz, pero en parte conservamos también restos de tinieblas. Se dice a Dios, por boca del salmista: Ningún hombre vivo es inocente frente a ti. Y también está escrito: Todos tenemos muchos tropiezos.

Por esto Pablo, cuando dice: La noche va pasando, no añade: «El día ha llegado», sino: El día está encima. Al decir, por tanto, que después de la noche el día está encima, no que ya ha llegado, enseña claramente que nos hallamos todavía en la aurora, en el tiempo que media entre las tinieblas y el sol.

La santa Iglesia de los elegidos será pleno día cuando no tenga ya mezcla alguna de la sombra del pecado. Será pleno día cuando esté perfectamente iluminada con la fuerza de la luz interior. Por esto, con razón, la Escritura nos enseña el carácter transitorio de esta aurora, cuando dice: Asignaste a la aurora su lugar, pues aquel a quien se le ha de asignar su lugar tiene que pasar de un sitio a otro. Y este lugar de la aurora no puede ser otro que la perfecta claridad de la visión eterna. Cuando haya sido conducida a esta perfecta claridad, ya no quedará en ella ningún rastro de tinieblas de la noche transcurrida. Este anhelo de la aurora por llegar a su lugar propio viene expresado por el salmo que dice: Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? También Pablo manifiesta la prisa de la aurora por llegar al lugar que ella reconoce como suyo, cuando dice que desea morir para estar con Cristo. Y también: Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia.

DICHOSOS LOS QUE PUDIERON HOSPEDAR AL SEÑOR EN SU PROPIA CASA

De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 103, 1-2. 6: PL 38, 613. 615)

Las palabras del Señor nos advierten que, en medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender. Tender, porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en la patria definitiva; hacia ella tiende nuestro deseo, pero no disfrutamos aún de su posesión. Sin embargo, no cejemos en nuestro esfuerzo, no dejemos de tender hacia ella, porque sólo así podremos un día llegar a término.

Marta y María eran dos hermanas, unidas no sólo por su parentesco de sangre, sino también por sus sentimientos de piedad; ambas estaban estrechamente unidas al Señor, ambas le servían durante su vida mortal con idéntico fervor. Marta lo hospedó, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera. Pero, en este caso, era una sirvienta que hospedaba a su Señor, una enferma al Salvador, una creatura al Creador. Le dio hospedaje para alimentar corporalmente a aquel que la había de alimentar con su Espíritu. Porque el Señor quiso tomar la condición de esclavo para así ser alimentado por los esclavos, y ello no por necesidad, sino por condescendencia, ya que fue realmente una condescendencia el permitir ser alimentado. Su condición humana lo hacía capaz de sentir hambre y sed.

Así, pues, el Señor fue recibido en calidad de huésped, él, que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron dio poder de llegar a ser hijos de Dios, adoptando a los siervos y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos y convirtiéndolos en coherederos. Pero que nadie de vosotros diga: «Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa.» No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

Por lo demás, tú, Marta —dicho sea con tu venia, y bendita seas por tus buenos servicios—, buscas el descanso como recompensa de tu trabajo. Ahora estás ocupada en los mil detalles de tu servicio, quieres alimentar unos cuerpos que son mortales, aunque ciertamente son de santos; pero ¿por ventura, cuando llegues a la patria celestial, hallarás peregrinos a quienes hospedar, hambrientos con quienes partir tu pan, sedientos a quienes dar de beber, enfermos a quienes visitar, litigantes a quienes poner en paz, muertos a quienes enterrar?

Todo esto allí ya no existirá; allí sólo habrá lo que María ha elegido: allí seremos nosotros alimentados, no tendremos que alimentar a los demás. Por esto, allí alcanzará su plenitud y perfección lo que aquí ha elegido María, la que recogía las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor. ¿Quieres saber lo que allí ocurrirá? Dice el mismo Señor, refiriéndose a sus siervos: Os aseguro que se pondrá de faena, los hará sentar a la mesa y se prestará a servirlos.

SEMBRAD PARA VOSOTROS MISMOS EN JUSTICIA

De las Homilías de san Basilio Magno, obispo.
(Homilía 3, Sobre la caridad, 6: PG 31, 266-267. 275)

Oh hombre, imita a la tierra; produce fruto igual que ella, no sea que parezcas peor que ella, que es un ser inanimado. La tierra produce unos frutos de los que ella no ha de gozar, sino que están destinados a tu provecho. En cambio, los frutos de beneficencia que tú produces los recolectas en provecho propio, ya que la recompensa de las buenas obras revierte en beneficio de los que las hacen. Cuando das al necesitado, lo que le das se convierte en algo tuyo y se te devuelve acrecentado. Del mismo modo que el grano de trigo, al caer en tierra, cede en provecho del que lo ha sembrado, así también el pan que tú das al pobre te proporcionará en el futuro una ganancia no pequeña. Procura, pues, que el fin de tus trabajos sea el comienzo de la siembra celestial: Sembrad para vosotros mismos en justicia, dice la Escritura.

Tus riquezas tendrás que dejarlas aquí, lo quieras o no; por el contrario, la gloria que hayas adquirido con tus buenas obras la llevarás hasta el Señor, cuando, rodeado de los elegidos, ante el juez universal, todos proclamarán tu generosidad, tu largueza y tus beneficios, atribuyéndote todos los apelativos indicadores de tu humanidad y benignidad. ¿Es que no ves cómo muchos dilapidan su dinero en los teatros, en los juegos atléticos, en las pantomimas, en las luchas entre hombres y fieras, cuyo solo espectáculo repugna, y todo por una gloria momentánea, por el estrépito y aplauso del pueblo?

Y tú, ¿serás avaro, tratándose de gastar en algo que ha de redundar en tanta gloria para ti? Recibirás la aprobación del mismo Dios, los ángeles te alabarán, todos los hombres que existen desde el origen del mundo te proclamarán bienaventurado; en recompensa por haber administrado rectamente unos bienes corruptibles, recibirás la gloria eterna, la corona de justicia, el reino de los cielos. Y todo esto te tiene sin cuidado, y por el afán de los bienes presentes menosprecias aquellos bienes que son el objeto de nuestra esperanza. Ea, pues, reparte tus riquezas según convenga, sé liberal y espléndido en dar a los pobres. Ojalá pueda decirse también de ti: Reparte limosna a los pobres, su caridad es constante.

Deberías estar agradecido, contento y feliz por el honor que se te ha concedido, al no ser tú quien ha de importunar a la puerta de los demás, sino los demás quienes acuden a la tuya. Y en cambio te retraes y te haces casi inaccesible, rehuyes el encuentro con los demás, para no verte obligado a soltar ni una pequeña dádiva. Sólo sabes decir: «No tengo nada que dar, soy pobre.» En verdad eres pobre y privado de todo bien: pobre en amor, pobre en humanidad, pobre en confianza en Dios, pobre en esperanza eterna.

HERMOSA OBLIGACIÓN DEL HOMBRE: ORAR Y AMAR

De la catequesis de san Juan María Vianney, presbítero
(«Catéchisme sur la priére»: A. Monnin, «Esprit du Curé d’Ars», París 1899, pp. 87-89)

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti … » Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.