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Maximiliano Kolbe y la Inmaculada

Homilía de san Juan Pablo II

 

«Te saludo, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1, 28).

1. Mientras estas palabras del saludo del Ángel resuenan suavemente en nuestro alma, deseo dirigir la mirada: junto con vosotros, queridos hermanos y hermanas, sobre el misterio de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María con los ojos espirituales de San Maximiliano Kolbe. El dedicó todas las obras de su vida y de su vocación a la Inmaculada. Y por eso en este año, en el que ha sido elevado a la gloria de los Santos: él está mucho más cerca en la Solemnidad de la Inmaculada de quien amo definirse «militante».

El amor a la Inmaculada fue, en efecto, el centro de su vida espiritual, el fecundo principio animador de su actividad apostólica. El modelo sublime de la Inmaculada iluminó y guió su intensa existencia sobre los caminos del mundo e hizo de su muerte heroica en el campo de exterminio de Auschwitz un espléndido testimonio cristiano y sacerdotal. Con la intuición del santo y la finura del teólogo, Maximiliano Kolbe meditó con agudeza extraordinaria el misterio de la Concepción Inmaculada de María a la luz de la Sagrada Escritura, del Magisterio y de la Liturgia de la Iglesia, sacando admirables lecciones de vida. Ha sido para nuestro tiempo profeta y apóstol de una nueva «era mariana», destinada a hacer brillar con fuerte luz en el mundo entero a Cristo y su Evangelio.

Esta misión que él llevó adelante con ardor y dedicación, «lo clasifica —como afirmó Pablo VI en la homilía para su Beatificación— entre los grandes Santos y los espíritus videntes que han comprendido, venerado y cantado el Misterio de María» (lnsegnamenti di Paolo VI, IX, 1971, p. 909). Asimismo, conocedor de la profundidad inagotable del misterio de la Concepción Inmaculada, para la que «las palabras humanas no son capaces de expresar Aquella que ha llegado a ser verdadera Madre de Dios» (Gli escritti di Massimiliano Kolbe, eroe di Oswiecjm e Beato della Chiesa, Vol. 3, Edizione Cittá di Vita, Firenze, 1975, v. III, p. 690), su mayor dolor era que la Inmaculada no fuera suficientemente conocida y amada a imitación de Jesucristo y como nos enseña la tradición de la Iglesia y el ejemplo de los Santos. En efecto, amando a María, nosotros honramos a Dios que la elevó a la dignidad de Madre de su propio Hijo hecho Hombre y nos unimos a Jesucristo que la amó como Madre; no la amaremos nunca como El la amó: «Jesús ha sido el primero en honrarla como su Madre y nosotros debemos imitarle también en esto. No renunciemos nunca a igualarle en el amor con que Jesús la amó» (Ibidem v. 11, p. 351). El amor a María, afirma el P. Maximiliano, es el camino más sencillo y más fácil para santificamos, realizando nuestra vocación cristiana. El amor de que habla no es, en verdad, sentimentalismo superficial, sino que es esfuerzo generoso es donación de toda la persona, como él mismo nos demostró con su vida de fidelidad evangélica hasta su muerte heroica.

2. La atención de San Maximiliano Kolbe se concentró incesantemente sobre la Concepción Inmaculada de María para poder tomar la riqueza maravillosa encerrada en el nombre que Ella misma manifestó y que constituye la ilustración de cuanto nos enseña el Evangelio de hoy, con las palabras del ángel Gabriel: «Te saludo, oh llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1, 28). Refiriéndose a las apariciones de Lourdes —que para él fueron estímulo e incentivo para comprender mejor las fuentes de la Revelación— observa: «A. S. Bernadetta, que muchas veces le había preguntado, la Virgen responde: Yo soy la Inmaculada Concepción». Con estas palabras Ella manifestó claramente no solamente ser concebida sin pecado, sino ser la misma «Concepción Inmaculada», así como una cosa es un objeto blanco y otra la blancura; una cosa es perfecta y otra la perfección» (ib. v. III, p. 516). Concepción Inmaculada es el nombre que revela con precisión qué es María: no afirma solamente una cualidad, sino que describe exactamente su Persona: María es santa radicalmente en la totalidad de su existencia desde el principio.

3. La excelsa grandeza sobrenatural fue concedida a María en orden a Jesucristo, y en El y mediante El Dios le comunicó la plenitud de santidad: María es Inmaculada porque es Madre de Dios y llega a ser Madre de Dios porque es Inmaculada, afirma escultóricamente Maximiliano Kolbe. La Concepción Inmaculada de María manifiesta de manera única y sublime la centralidad absoluta y la función salvífica universal de Jesucristo. «De la maternidad divina surgen todas las gracias concedidas a la santísima Virgen y la primera de ellas es la Inmaculada Concepción» (lb. v. III, p. 475). Por este motivo, María no es sencillamente como Eva antes del pecado, sino que fue enriquecida con una plenitud de gracias incomparables porque sería Madre de Cristo y la Concepción Inmaculada fue el inicio de una prodigiosa expansión sin pausas de su vida sobrenatural.

4 El misterio de la santidad de María debe ser contemplado en la globalidad del orden divino de la salvación para ser ilustrado de manera armónica y para que no parezca como un privilegio que la separa de la Iglesia que es el Cuerpo de Cristo. El padre Maximiliano Kolbe tuvo sumo cuidado en unir la Concepción Inmaculada de María y su función en el plano de la salvación al misterio de la Trinidad y de forma especial con la persona del Espíritu Santo. Con genial profundidad desarrolló los múltiples aspectos contenidos en la noción de «Esposa del Espíritu Santo», bien conocida en la tradición patrística y teológica y sugerida. en el Nuevo Testamento: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti, sobre ti extenderá su sombra el poder del Altísimo. Lo que de ti nacerá será Santo y llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). Es una analogía, subraya Maximiliano Kolbe, que hace entrever la inefable unión, íntima y fecunda entre el Espíritu Santo y María. «El Espíritu Santo estableció la propia morada en María desde el primer instante de su existencia, tomó posesión absoluta y la compenetró tan grandemente que el nombre de esposa del Espíritu Santo no expresa más que una sombra lejana, pálida e imperfecta de tal unión» (ib. v. III, p. 515).

5. Escrutando con estática admiración el plan divino de la salvación, que tiene su fuente en el Padre el cual quiere comunicar libremente a las criaturas la vida divina de Jesucristo y que se manifiesta en María Inmaculada de forma maravillosa, el Padre Kolbe fascinado y arrebatado exclama: «Por todas partes está el amor» (ib. v. III, p. 690) el amor gratuito de Dios es la respuesta a todas las interrogaciones; «Dios es amor», afirma San Juan (1 Jn 4, 8).

Todo lo que existe es reflejo del amor libre de Dios, y por eso toda criatura traduce, de alguna manera, su infinito esplendor. De forma especial el amor es el centro y el vértice de la persona, hecha a imagen y semejanza de Dios. María Inmaculada, la más alta y perfecta de las personas humanas, reproduce de manera eminente la imagen de Dios y es por consiguiente capaz de amarlo con intensidad incomparable como Inmaculada, sin desviaciones ni retrasos.

Es la única esclava del Señor (cf. Lc 1, 38) que con su fiat libre y personal responde al amor de Dios cumpliendo siempre cuanto El la pide. Como la de toda otra criatura, la suya no es una respuesta autómata, sino que es gracia y don de Dios; en tal respuesta va envuelta toda su libertad, la libertad de Inmaculada. «En la unión del Espíritu Santo con María el amor no enlaza solamente a estas dos personas, sino que el primer amor es todo el amor de la Santísima Trinidad, mientras que el segundo, el de María, es todo el amor de la creación, y así, en tal unión el Cielo se une a la tierra, todo el Amor increado con todo el amor creado … Es el vértice del amor» (ib. v. III, p. 758).

La circularidad del amor, que tiene origen en el Padre, y que en la respuesta de María vuelve a su fuente, es un aspecto característico y fundamental del pensamiento mariano del P. Kolbe. Es este un principio que está en la base de su antropología cristiana, de la visión de la historia y de la vida espiritual de cada hombre. María Inmaculada es arquetipo y plenitud de todo amor creatural; su amor límpido e intensísimo hacia Dios encierra en su perfección el frágil y contaminado de las otras criaturas. La respuesta de María es la de la humanidad entera.

Todo esto no oscurece ni disminuye la centralidad absoluta de Jesucristo en el orden de la salvación, sino que la ilumina y proclama con vigor, porque María recibe toda su grandeza de El. Como enseña la historia de la Iglesia, la función de María es la de hacer resplandecer al propio Hijo, de conducir a El y de ayudar a acogerlo.

El continuo profundizamiento teológico del misterio de María Inmaculada llega a ser para Maximiliano Kolbe fuente y motivo de donación ilimitada y de dinamismo extraordinario; el sabe verdaderamente incorporar la verdad a la vida, también llega al conocimiento de María, como todos los santos, no solamente por la reflexión guiada por la fe, sino especialmente por la oración «Quien no es capaz de doblar las rodillas y de implorar de María, en humilde plegaria, la gracia de conocer lo que ella es realmente no espere aprender otra cosa más sobre ella» (ib. VIII, 474).

6. Y ahora, acogiendo esta exhortación final del heroico hijo de Polonia y auténtico mensajero del culto mariano, nosotros, reunidos en esta espléndida Basílica para la plegaria eucarística en honor de la Inmaculada Concepción, doblaremos nuestras rodillas delante de su imagen y le repetiremos con ardor y piedad filial —que tanto distinguieron a San Maximiliano— las palabras del Ángel: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo». Amén.

Basílica de Santa María la Mayor
Miércoles 08 de diciembre del 1982

Las santidades sospechosas

Diferencias entre verdadera santidad y mera ilusión

 

P. Alfonso Torres, del libro “Los caminos de Dios”

Uno de los caminos por los que naufraga la santificación es el camino de la poesía. Soñar con que pueden acaecernos tales pruebas, soñar con que yo pueda lleva a cabo tal empresa, soñar con que yo me pueda encontrar en tales circunstancias…, ¡es tan fácil! Pero por ahí naufraga la santidad. Nos mecemos en estos ensueños poéticos, esperando que por ahí despunte para nosotros el sol de nuestra santificación, y entre tanto tenemos la santificación en nuestras manos, en la prosa cotidiana de nuestra vida, viéndolo todo en Dios y aprovechándolo todo según Dios, y nos descuidamos, la perdemos de vista para seguir soñando.

Uno de los mayores enemigos que tiene la santificación de las almas son las santidades hipotéticas. Las santidades hipotéticas, por su misma naturaleza, no suelen realizarse. Deja el alma escapar la realidad que tiene delante, en la cual se debería santificar, y se echa a soñar con situaciones irreales, creyendo alucinadamente que en ellas se santificaría.

La santidad no consiste en ciertas prácticas devotas que exteriormente se hagan, la santidad no está en una vida exterior muy ordenada; eso es superfluo; todo lo más, secundario; la santidad está en las virtudes verdaderas, ni siquiera está en los sentimientos, sino en la manera  como el alma reacciona cuando siente o no siente; si reacciona siempre según la virtud, según la perfección de las virtudes, entonces la santidad será verdadera, y la santidad verdadera tiene como características las grandes virtudes religiosas: la humildad, la pobreza, la perfecta abnegación, la completa obediencia, que es como la base y la piedra fundamental de la perfección; y sólo cuando esas virtudes llegan a ser virtudes puras con toda la perfección que el Evangelio les atribuye, entonces es cuando se está en justicia y santidad verdaderas.

Hay una gran diferencia entre el alma fervorosa, que se ha entregado de veras a Dios, y que ve y busca a Dios en todo, y las almas tibias, amigas de sí mismas. Las almas fervorosas tienen un instinto sobrenatural, una habilidad divina para encontrar a Dios en todo: en lo próspero y en lo adverso, en el amor y en el desamor de las creaturas, del que sacan el fruto de desapegarse de ellas; en las alegrías, que miran como migajas que les caen de la mesa del Padre Celestial, y en las lágrimas, porque saben unirlas con las de Jesús; en sus fervores, que son como un vuelo que las acerca a Dios, y en sus sequedades y desolaciones, que las unen con Jesús en el huerto de la agonía. Siempre encuentran a Dios, nada hay que las estorbe para unirse con Él; diríase que desafían a todas las creaturas, seguras de vencerlas. Así son las almas santas.

Todo lo contrario es la condición de las tibias. Hasta en las cosas santas encuentran tropiezos; donde hay la menor cosa, ellas sacan más, van mendigando el amor de las creaturas; su desamor las desilusiona y las llena de amargura, porque no buscan a Dios, sino que se buscan a sí mismas. Si tratan con Dios, no le buscan a Él, sino sus consuelos, y así por todas las sendas espirituales o temporales de la vida convierten en daño lo que debía serles provechoso.

 

La lucha contra la tentación

Parte del camino a la santidad

 

P. Jason Jorquera M.

Dice san Basilio, comentando el final del Padrenuestro, que: «[…] En general, Jesucristo mandó que orásemos para que no cayésemos en la tentación; pero cuando alguno se ve en ella, conviene que pida a Dios la virtud de resistirla, para que se cumpla en nosotros lo que dice San Mateo[1]: “El que persevere hasta el fin, se salvará“»[2].

La tentación, como sabemos y experimentamos, es una realidad de la cual nadie se ve exento; incluso Nuestro Señor Jesucristo se vio tentado, tanto por el demonio como por los hombres. Y como el discípulo no es mayor que el maestro[3], nosotros tampoco podemos estar libres de ellas. Pero como la sabiduría divina dispone todas las cosas en beneficio de aquellos que aman a Dios[4], ni siquiera las tentaciones pueden escapar a la Divina Providencia, que las permite para sacar de ellas abundantes frutos, comenzando por las plausibles  victorias, cada vez que las vencemos ayudados por la gracia.

A la luz de estas verdades podemos hablar de nuestra lucha contra la tentación con la confianza de saber que combatimos del lado de Dios y de que gracias a Él, si permanecemos fieles a su gracia, podremos triunfar sobre todo mal porque Dios es más fuerte que la tentación, siempre.

 Recordemos ahora algunas verdades acerca de la lucha contra la tentación:

1º) Los más tentados son los que más quieren agradar a Dios: los sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos verdaderamente comprometidos, etc. De esta verdad se deduce fácilmente que las tentaciones siempre estarán presentes mientras dure nuestra lucha contra el pecado y búsqueda de la virtud; sea que surjan por parte de nuestra herida naturaleza, sean por parte del demonio, debemos estar atentos a rechazarlas en cuanto aparezcan o las percibamos como tales.

Es un hecho presente en toda la hagiografía que el demonio tiene una saña especial contra los santos, y esto no es -obviamente-, por ser ellos más pecadores, sino todo lo contrario: porque son almas que desean realmente agradar a Dios mediante la semejanza con su Hijo en el obrar. El demonio odia de manera especial a los virtuosos y busca desanimarlos de sus buenos propósito, asustarlos y hacerlos retroceder con sus embates, pero a imitación de los santos -y especialmente de Jesucristo-, no debemos desanimarnos sino todo lo contrario, redoblar las fuerzas mediante la oración y el sacrificio para salir vencedores con la gracia que Dios nos concede en el momento de la prueba y salir triunfantes en su nombre, porque, como enseña el libro del Eclesiástico: “Si te has decidido a servir al Señor, prepárate para la prueba.”; pero siempre con la confianza de tener un Defensor fiel e inquebrantable que nos sostiene.

2º) Debemos dejar de lado todo miedo a la tentación: porque si le tememos le estamos dando mayor fuerza de la que realmente tiene. Esto se logra mediante los actos de confianza en Dios que van fortaleciendo nuestra voluntad contra la tentación, comenzando por la oración, como enseña el salmo: “Dios mío, en ti he puesto mi confianza; no me pongas jamás en vergüenza. Tú eres un Dios justo; ¡rescátame y ponme a salvo! ¡Préstame atención y ayúdame! ¡Protégeme como una roca donde siempre pueda refugiarme!”[5]; y como el propio Jesucristo enseña a sus apóstoles: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.”[6]

3º) El demonio no puede hacernos cometer un pecado, es decir, que no puede vencer sino al que se deja vencer, o al que se acerca demasiado a él. Pero si nos mantenemos a distancia, no podrá vencernos porque no tiene dominio directo sobre nuestra voluntad. Podrá sugerir malos pensamientos, malos deseos, insistentemente y sin pretender cansarse siquiera de su actuar, pero debemos estar seguros de que, pese a sus ataques, no es dueño de nuestra voluntad ya que sólo Dios es dueño del alma y no la abandonará si ésta no lo abandona a Él por el consentimiento en el pecado; pues siempre asiste al alma donde habita.

4º) No olvidar jamás que en la medida que crece la tentación, crece también el auxilio divino para vencerlas, razón por la cual escribía san Pablo: “Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí.”[7]

5º) Considerar cual ha de ser nuestra conducta respecto a la tentación, y esto se analiza en tres momentos:

  • Antes de la tentación: debemos prevenir, estar alertas, no exponernos, guardar los sentidos y evitar toda posible ocasión de pecado, ya sean lugares o personas; pues vale más perder un falso amigo a cambio de no ofender a Dios que ofenderlo por quedar bien con los hombres. Vigilar y orar para no caer en ella, depositando la confianza en Dios, en la Virgen Madre y en el ángel de la guarda que Dios ha dado a cada uno para que le proteja del demonio tentador: “Velad y orad para no caer en tentación. El espíritu está animoso, pero la carne es flaca.”[8]; y, por supuesto, vivir en unión con Dios mediante la vida de la gracia: “Someteos, pues, a Dios; resistid al Diablo y él huirá de vosotros”.[9]

–  Durante la tentación: Resistir mediante la oración, y rechazar la tentación con energía, buscando distracciones que lleven nuestros pensamientos a cosas distintas; o bien directamente haciendo lo contrario a lo que la tentación nos incita.

Después de la tentación: sólo tenemos dos opciones; abandonarse a la misericordia de Dios y enmendarse en caso de que hayamos caído recobrando nuevas fuerzas en el perdón divino; o dar gracias a Dios si hemos resistido pues la victoria, en definitiva, ha sido gracias a Él, a quien debemos agradecer.

A María santísima, la mujer que aplastó la cabeza del demonio, el gran tentador, le pedimos la gracia de evitar todas las ocasiones de pecado y ser fieles a la gracia divina para vencer la tentación.

[1] Mt 10,22

[2] San Basilio, in Regul. brevior., ad interrogat. 224

[3] Cf. Jn 13,16

[4] Cf. Ro 8,28

[5] Sal 71

[6] Jn 16, 33

[7] 2 Cor 12, 9

[8] Mt 26,41

[9] Stgo 4, 7

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Hipódromo Peñuelas – La Serena (Chile)
Domingo 5 de abril de 1987

Queridos hermanos y hermanas:

1. “En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a las turbas, una mujer de entre el gentío levantó la voz diciendo: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! (Lc 11, 27)”.

Esta alabanza a Jesús y a María brota de la fe sencilla de una mujer desconocida. Emocionada en lo más profundo del corazón, ante las enseñanzas de Jesús, ante su figura amable, aquella persona no puede contener su admiración. En sus palabras reconocemos una muestra genuina de la religiosidad popular, siempre viva entre los cristianos a lo largo de la historia.

Con gran gozo y con gratitud al Señor, por estar hoy entre vosotros, en esta noble y antigua ciudad de La Serena, saludo con afecto a cuantos participáis en esta celebración de la Palabra, y a todos los habitantes del llamado Norte Chico de Chile que, sin embargo, no deja de ser grande por muchos motivos; en primer lugar por su fe cristiana, de la que son testimonio sus santuarios y que se manifiesta en las peregrinaciones, en las fiestas y bailes religiosos, a los que se une el Norte Grande.

En presencia de estas imágenes veneradas de la Virgen de Andacollo, de la Candelaria y del Carmen, y del Niño Dios de Sotaquí, San Pedro de Coquimbo, San Isidro de Illapel, Cruz de Mayo y ante las demás representaciones de la Madre de Dios que habéis traído para su bendición, el Papa quiere repetir junto con vosotros la misma alabanza de la mujer del Evangelio: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc 11, 27). ¿No percibimos ahora en estas palabras el coro unido de hombres y mujeres chilenos que, desde el comienzo de la evangelización de vuestra patria, han amado y honrado al Señor y a la Virgen, su Madre? ¿No sentimos el fervor espontáneo que suscita la devoción popular a María Santísima, Madre nuestra, que no cesa de interceder por sus hijos?

2. Si, la piedad popular es un verdadero tesoro del Pueblo de Dios. Es una demostración continua de la presencia activa del Espíritu Santo en la Iglesia. Es El quien enciende en los corazones la fe, la esperanza y el amor, virtudes excelsas que dan valor a la piedad cristiana. Es el mismo Espíritu el que ennoblece tantas y tan variadas formas de expresar el mensaje cristiano de acuerdo con la cultura y costumbres propias de cada lugar en todos los tiempos.

En efecto, esas mismas costumbres religiosas, transmitidas de generación en generación, son verdaderas lecciones de vida cristiana: desde las oraciones personales, o de familia, que habéis aprendido directamente de vuestros padres, hasta las peregrinaciones que convocan a muchedumbres de fieles en las grandes fiestas de vuestros santuarios.

De ahí que sea muy digna de elogio la firme voluntad de los obispos de Chile, de fomentar todos los valores de la religiosidad conservados por el pueblo. Por mi parte quiero repetir ante vosotros lo que les dije a ellos en Roma, con ocasión de su última visita “ad limina”: “Es pues, necesario valorizar plenamente la piedad popular, purificarla de indebidas incrustaciones del pasado y hacerla plenamente actual. Esto significa evangelizarla, o sea, enriquecerla de contenidos salvíficos portadores del misterio de Cristo y del Evangelio” (Discurso a los obispos chilenos en visita “ad limina Apostolorum”, 19 de octubre de 1984, n 4).

Todas las devociones populares genuinamente cristianas han de ser fieles al mensaje de Cristo y a las enseñanzas de la Iglesia. Por eso habéis de comprender cuán bueno sea que vuestros Pastores, en el cumplimiento de la misión que les ha confiado el Señor, os ayuden a rectificar determinadas prácticas o creencias, cuando sea necesario, para que no haya nada en ellas contrario a la recta doctrina evangélica. Siguiendo con docilidad sus indicaciones, agradáis mucho al Señor y a la Virgen, pues quien oye a los Pastores de la Iglesia, oye al mismo Señor que los ha enviado (cf. Lc 10, 16).

La piedad popular ha de conducirnos siempre a la piedad litúrgica, esto es, a una participación consciente y activa en la oración común de la Iglesia. Me consta que, como culminación de vuestras peregrinaciones, procuráis recibir con fruto el sacramento de la penitencia, mediante una sincera confesión de vuestros pecados al sacerdote, el cual os perdona en nombre de Dios y de la Iglesia. Luego asistís a la Santa Misa y recibís la comunión, participando así de ese gran misterio de fe y de amor, el Sacrificio de Cristo, que se renueva por nosotros en el altar.

Estas celebraciones de la Iglesia, hacia las cuales ha de encauzarse dócilmente la religiosidad popular son sin duda alguna momentos de gracia. En ellas, habéis notado seguramente cómo vibra vuestro corazón, a compás con los nobles sentimientos que vuestra oración y vuestra vida elevan a Dios. Que esos momentos de conversión profunda y de encuentro gozoso en la Iglesia, sean cada vez más frecuentes, especialmente para celebrar los sacramentos. Las fiestas de los Patronos de cada lugar, los tiempos de misión, las peregrinaciones a los santuarios, son como invitaciones que el Señor dirige a toda la comunidad –y a cada uno–, para avanzar por el camino de la salvación.

Pero no estéis esperando a que vengan esas grandes festividades: acudid a la Misa dominical, santificando así el día del Señor, dedicado al culto divino, al legítimo descanso y a la vida de familia más intensa. Que en ninguna de vuestras jornadas falten momentos de oración personal o familiar dentro de esa iglesia doméstica que es el propio hogar, para que toda vuestra existencia se vea como inundada por la luz y la gracia de Dios.

3. Entre los múltiples signos indicativos de la piedad cristiana, la devoción a la Virgen María ocupa un lugar destacadísimo, el que corresponde a su condición de ser Madre de Dios y Madre nuestra. Como aquella mujer del Evangelio lanzó un grito de admiración y bienaventuranza hacia Jesús y su Madre, así también vosotros, en vuestro afecto y en vuestra devoción soléis unir siempre a María con Jesús. Comprendéis que la Virgen nos conduce a su divino Hijo, y que El escucha siempre las súplicas que le dirige su Madre. Esa unión imperecedera de la Virgen María con su Hijo es la señal más confidencial y fidedigna de su misión maternal, tal como nos lo demuestran las palabras dirigidas en Caná: “Haced lo que él os diga” (Jn  2, 5). María nos exhorta siempre a ser fieles al Evangelio, como Ella lo fue, pues su vida es un testimonio de fidelidad a la palabra y a la voluntad del Padre.

¿Veis cómo la devoción a la Virgen María es un rasgo esencial de la fe y de la piedad cristiana? Es pues natural que esta devoción anide en el alma de este país y que por lo mismo invoquéis a María con expresiones llenas de piedad y de confianza filial porque, además, brotan de los hijos predilectos del Señor: los pobres y sencillos, a quienes Dios ha destinado el reino de los cielos (cf Mt 5, 3).

La Virgen nos enseña con su ejemplo a poner en el Señor nuestra confianza de hijos mediante la alabanza y la acción de gracias.

“Alabad el Señor en su templo, alabadlo en su fuerte firmamento. / Alabadlo por sus obras magníficas, alabadlo por su inmensa grandeza” (Sal 150, 1. 2).

¡Oh Señor, Dios nuestro! En este día venturoso queremos aclamarte y cantarte con estas palabras del Salmista por tu bondad infinita para con nosotros. Porque no sólo has querido que seamos llamados hijos tuyos, hermanos de tu Hijo, sino que lo seamos también de verdad (cf 1Jn 3, 1).

Gracias sean dadas a Ti también, oh Cristo, porque nos has dado a tu Madre. Con aquellas palabras que pronunciaste en la cruz: “He ahí a tu hijo” (Jn 19, 26), nos la confiaste en manos de Juan, para que fuera la Madre de todos los hombres.

Te alabamos, Señor, porque muestras tu inmensa grandeza en la pequeñez de tu esclava (cf. Lc 1, 48). Porque Tú la escogiste, la adornaste con todas las gracias y la elevaste por encima de los ángeles y de los santos, para que nuestra Madre Santa María, la llena de gracia fuese la “obra magnífica de Dios por excelencia, a la que Chile entero aclama con amor y gratitud filiales.

4. La Virgen del “Magníficat” es el modelo de quienes se alegran en el Dios de la salvación y expresan con sencillez su gozo.

“Alabadlo tocando trompetas, / alabadlo con arpas y cítaras, / alabadlo con tambores y danzas, / alabadlo con trompas y flautas” (Sal 150, 3-4).

En la primera lectura hemos recordado el traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén, entre los cantos y bailes del rey David y del pueblo de Israel que la acompañaban. Fue ese un momento de júbilo para todos, expresado con alabanzas a Dios y adhesión a su Alianza, simbolizada en el Arca con las tablas de la ley.

También vuestro amor y devoción a la Virgen y al Niño Dios tienen manifestaciones parecidas, afincadas en siglos de tradición. De modo muy humano, con vuestros trajes, instrumentos y ritmos, se expresa visiblemente la fe de los hijos de esta tierra, que con todo su ser y al son de la música tributan honor a Cristo y a María Santísima. Se reproduce en cierto sentido aquella escena del Antiguo Testamento, pero esta vez en honor de María. Arca de la Nueva Alianza. “Bendito el fruto de tu vientre, Jesús”: María ha llevado en su seno al Hijo de Dios encarnado, autor y mediador de la nueva y eterna Alianza. Por esto, tantos cristianos la aclaman a diario con la invocación contenida en las letanías lauretanas: “Arca de la Alianza”.

“Todo ser que alienta alabe al Señor” (Sal 150, 6). Queremos, Señor, con la ayuda valiosa de tu Madre, extender por toda la tierra los frutos de tu Alianza de amor con el hombre. Queremos que todos los hombres te reconozcan y te alaben como Creador y Señor: que sepan descubrir tu presencia en sus vidas y el fin para el que fueron creados: que trabajen por hacer resplandecer la imagen que Tú acuñaste en el corazón de cada hombre con admirable benevolencia. Haz que con tu gracia, esa imagen divina grabada en su alma no quede dañada por el odio o la violencia dirigidos contra la misma vida, en especial la ya concebida y aún no nacida: ni por la perversión de las costumbres o las falsas evasiones que proporcionan los señuelos de la droga o del desorden sexual; ni tampoco abandonada a merced de las presiones de ideologías materialistas, sean del signo que fueren, que hieren y ahogan en su fundamento la misma dignidad de la persona humana.

Te pedimos hoy, Señor, que si alguien ha dejado de alabarte y ha preferido caminos desviados del Evangelio, deponga su actitud, y vuelva a Ti de la mano de María.

¡Y tú, Madre buena, que estás siempre cerca de tus hijos, y que aguardas su regreso a la Iglesia, haz que vuelvan! ¡Así lo pedimos a Dios por tu intercesión!

5. Demos gracias a Dios, hermanos, por la presencia maternal de María en la historia de vuestro pueblo. Ella ha guiado a los que os trajeron la fe, a los que os han enseñado a rezar. Ella ha hecho fructificar en los corazones de los chilenos de buena voluntad pensamientos de paz y no de aflicción (cf Jr 29, 11)). Ella os ha sostenido en las dificultades como signo de esperanza, de victoria y de felicidad futuras. Junto con toda la Iglesia en Chile, deseo ponerme bajo la protección de la Santísima Virgen del Carmen, Patrona de vuestra patria, peregrinando espiritualmente a los numerosos santuarios, iglesias y centros marianos del país, desde Tarapacá hasta Magallanes.

¡Ojalá la devoción popular a la Virgen se mantenga siempre viva en Chile, y en todos los chilenos y chilenas! En vuestra función de primeros evangelizadores (cf. Lumen gentium, 11), vosotros, padres de familia, habéis de enseñar a vuestros hijos a invocar a María con filial confianza, a recurrir a Ella como auxilio seguro y a imitar su vida como camino hacia el cielo.

Quiero recomendaros, de manera particular, el rezo del Rosario, que es fuente de vida cristiana profunda. Procurad rezarlo a diario, solos o en familia, repitiendo con gran fe esas oraciones fundamentales del cristiano, que son el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria. Meditad esas escenas de la vida de Jesús y de María, que nos recuerdan los misterios de gozo, dolor y gloria. Aprenderéis así en los misterios gozosos a pensar en Jesús que se hizo pobre y pequeño: ¡un niño!, por nosotros, para servirnos; y os sentiréis impulsados a servir al prójimo en sus necesidades. En los misterios dolorosos os daréis cuenta de que aceptar con docilidad y amor los sufrimientos de esta vida –como Cristo en su Pasión–, lleva a la felicidad y alegría, que se expresa en los misterios gloriosos de Cristo y de María a la espera de la vida eterna.

Conozco la hermosa costumbre, tan arraigada en Chile, del mes de María, celebrado en el mes de noviembre, el mes de las flores, y que culmina con la fiesta de su Purísima Concepción. Pido al Señor que esta devoción siga dando frutos abundantes de vida cristiana, de penitencia y reconciliación, en muchos, que alejados quizá de la práctica religiosa y tibios en la fe, retornan cada año a Jesús a través del calor y la bondad maternal de María.

6. Volvamos al relato del Evangelio para oír la respuesta de Cristo a la voz de esa mujer que exclamaba: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc 11, 28). El Señor, para que todos aprendiéramos, quiso responder con otra bienaventuranza: “Mejor: ¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Ibíd.).

Así elogió Jesús a su Madre, por el sacrificio silencioso de su vida, llena de inmenso amor, de servicio incondicional a los planes divinos de salvación. Nos la dejó como modelo de aceptación y cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios. En la vida de María, de una madre y esposa, aprendemos que en la normalidad cotidiana de nuestros deberes familiares y sociales, cumplidos con mucho amor, podemos y debemos alcanzar la santidad cristiana. El Concilio Vaticano II ha querido recordar este valor santificador que tienen las realidades diarias para todos los cristianos, cada cual en su tarea, al enseñar con respecto a los laicos que “todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios, por Jesucristo” (Lumen gentium, 34).

Pienso ahora especialmente en las mujeres de Chile, que saben imitar tan bien a nuestra Madre la Virgen. Doy gracias al Señor por esas virtudes femeninas con las que contribuyen al bien de todos. Le pido que toda la vida nacional se beneficie de esa ternura y fortaleza del buen sentido humano y cristiano, de la fidelidad v el amor que las distinguen. Para que se alcance un clima de serena y gozosa convivencia entre todos los chilenos, hace falta que os sigáis empeñando siempre en hacer de cada hogar un remanso de paz y una fuente de alegría cristiana. Viviendo como esposas, hijas y hermanas ejemplares, podréis difundir en la sociedad y en la Iglesia el calor del hogar de la Sagrada Familia de Nazaret.

7. Queridos hermanos y hermanas: Acercándoos a la Virgen mediante vuestras devociones populares, obtendréis siempre abundantes gracias, os sentiréis estimulados a la oración, a la penitencia y a la caridad fraterna. Son signos de la verdadera religiosidad popular, que mueve a dirigir la mente y el corazón a Dios, nuestro Padre: que impulsa a la reconciliación sincera con Dios y que os hace sentiros más vinculados a vuestros hermanos, a los que debéis amar y servir como Jesús nos ha enseñado con sus palabras y con su vida entera.

Por la intercesión maternal de María vuestras oraciones y vuestros sacrificios –que son también una meritoria forma de plegaria–, vuestros cantos y bailes, vuestras procesiones y el cuidado que ponéis en el culto, atraerán del Señor abundantes bendiciones de paz y de unión entre los chilenos, de conversión, de vocaciones sacerdotales y religiosas a su servicio.

Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Reina de la Paz y Patrona de Chile. Enséñanos a orientar toda nuestra piedad según las enseñanzas de Jesús y el beneplácito del Padre.

Y podremos cantar eternamente: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc 11, 28). De este modo, mereceremos, con el auxilio de María, aquella alabanza de Jesús: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”

Es la devoción al amor de Cristo…

Devoción al Sagrado Corazón

Extracto de Consagración de hombres al Sagrado Corazón. Catedral de Santiago en 1940.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en su más íntimo sentido, es tan antigua como el cristianismo. Tiene como libro fundamental los Evangelios, en particular el de San Juan donde el Corazón de Cristo se expansiona con ternura infinita. Es la devoción al amor de Cristo, al amor increado del Dios Eterno y al amor creado de la persona adorable de Cristo, amor que se simboliza en su corazón.

El amor de Cristo…

Dios nos ha amado desde toda eternidad, mejor dicho me ha amado, no lo olvidemos, me ha amado… Él me amó, y si estoy sobre la tierra es porque Él resolvió crearme para darme su vida como vida mía, para hacerme participante de su eterna alegría, para que mi pensamiento lo conozca íntimamente y me revele sus secretos más íntimos y me los revelará siempre nuevos… por toda una eternidad. Mi voluntad, sedienta de amor, ha sido creada, no para ser perpetuamente atormentada, sino para sumirse en la posesión de Dios que aspira a dárseme totalmente y entregarse a mí, como jamás una esposa se ha entregado con tanto cariño a su esposo, ni un amigo con tanta lealtad de espíritu a su amigo.

Ese es el plan eterno de Dios sobre mí, el único que Dios podía concebir, el único digno de Él. Y para que pudiese amarlo libremente me dio fuerzas abundantes, me reveló su vida, envió al mundo profetas que me enseñaran el camino, habla Él mismo en el fondo del alma humana con voces secretas que llamamos la voz de la conciencia y las inspiraciones del espíritu. Y como todos estos medios no bastaron para levantar al hombre, a todos los hombres, se decide a la suprema muestra de amor, a darnos su propio Hijo para que se hiciese hombre, como nosotros, y muriese por nosotros en la cruz. Y todo esto por el hombre, por mí.

Esta idea es la que volvía loco el corazón generoso de San Pablo. Me amó y se entregó a la muerte por mí…. también por mí. El Dios inmenso me amó. ¡Si lo meditara, cómo debería vibrar con entusiasmo mi corazón! Los hombres nos damos poco, pero Cristo se dio por entero.

¿Quién es esta criatura amada por Cristo? ¿Serán sólo las almas escogidas, algunos de esos héroes de la santidad? Puede que ellos tengan derecho a pensar que Cristo los ame, pero ¿y los demás? ¿Y nosotros? ¿Y los pobres pecadores atrapados en el pecado? ¿Los habrá amado Cristo también a ellos?

Sí, también a ellos Cristo los amó. El los ama a todos, aun a los más miserables de los hombres, los pecadores, los desamparados, los abandonados del mundo, los publícanos y salteadores, todos ellos son amados por Cristo, y a semejanza de aquel buen ladrón cuando quieren oír la palabra de Cristo, se transforman en santos.

Hay y ha habido siempre grupos de personas en todos los países, en todas las condiciones sociales y en todas las edades para quienes la vida tiene sentido en el amor. Hay vidas para quienes su primer valor es Cristo, su doctrina, que hacen en la medida de sus fuerzas del amor de Cristo, la suprema aspiración de su vida… A esos venimos a agregarnos nosotros. Y este es el sentido de nuestra consagración que vamos a renovar ahora.

Esta consagración, hermanos, que no sea una fórmula más que venga a agregarse a otras; que no sea un rezo más que venga a incrementar las prácticas de piedad… No, por favor, que no sea ese su sentido último. Nuestra piedad ordinaria padece, por desgracia, de ese defecto. Es un todo formado de multitud de piedras aisladas que carece de unidad. Son devociones, mandas, santos, actos aislados de piedad, todos ellos necesarios o al menos útiles. Pero que no falte lo esencial, el alma de la cual sacan su valor todas estas prácticas. Esa alma es el amor apasionado a Cristo.

La consagración no es una fórmula que se recita, no es un escapulario más que se agrega a otros, ni una imagen más que viene a adornas nuestro hogar. No, todo eso es muy secundario. La consagración es la entrega de nuestra vida entera, de nuestro querer, ser y poseer a Cristo. Nuestra consagración significará para ustedes un interesarse por todo lo que Cristo se interesó, amar lo que Cristo amó, y se traduce en esta sublime fórmula, en vivir ahora, como viviría Cristo si estuviese en mi lugar.

Esta consagración significa, por tanto, interesarse por la cosa pública como Cristo se interesaría, esto es inscribirse en los registros electorales, no desinteresarse de los grandes intereses de la Nación por egoísmo, pesimismo o lo que es más común por monstruosa apatía e indiferencia a todo lo que no le atañe a él. La consagración trae consigo una actitud de paz, de caridad, de amor entre los hombres que aman a Cristo, sin odios, sin rencillas, sin susceptibilidades. La consagración significa una actitud ante los pobres de comprensión de su situación, de interés por sus almas y por sus cuerpos, de sacrificio de todo lo superfluo por amor a Cristo en nuestros hermanos. La consagración trae consigo sacrificar de las propias comodidades lo necesario para hacer vivir a los demás.

La consagración significará en todos esa valorización de los espiritual por encima de la materia, del amor de Cristo por sobre los bienes del mundo y se resumirá en una entrega de todas nuestras vidas a Cristo para no tener otro ideal hacer lo que haría un maestro.

San Alberto Hurtado S.J.

La Cuaresma, Camino hacia la Pascua

Catequesis del Papa Magno

 

Invitación a la penitencia

1. Nos encontramos hoy en el primer día de Cuaresma, Miércoles de Ceniza. En esta jornada, al comenzar el de cuarenta días de preparación a la Pascua, la Iglesia nos impone la ceniza sobre la cabeza y nos invita a la penitencia. La palabra penitencia se repite en muchas páginas de la Sagrada Escritura, resuena en la boca de tantos profetas y, en fin, de modo particularmente elocuente, en la boca del mismo Jesucristo: «Arrepentios, porque el reino de los cielos está cerca» (Mt. 3,2). Se puede decir que Cristo introdujo la tradición del ayuno de cuarenta días en el año litúrgico de la Iglesia, porque Él mismo «ayunó cuarenta días y cuarenta noches» (Mt 4,2), antes de comenzar a enseñar. Con este ayuno cuadragesimal, la Iglesia, en cierto sentido, esta llamada cada año a seguir a su Maestro y Señor si quiere predicar eficazmente su Evangelio. El primer día de Cuaresma –precisamente hoy– debe testimoniar de modo especial que la Iglesia acepta esta llamada de Cristo y que desea cumplirla.Convertirse a Dios

2. La penitencia en sentido evangélico significa sobre todo conversión. Bajo este aspecto es muy significativo el pasaje del Evangelio del Miércoles de Ceniza. Jesús habla del cumplimiento de los actos de penitencia conocidos y practicados por sus contemporáneos, por el pueblo de la Antigua Alianza. Pero al mismo tiempo somete a crítica el modo puramente externo del cumplimiento de estos actos: limosna, ayuno, oración, porque ese modo es contrario a la finalidad propia de los mismos actos. El fin de los actos de penitencia es un más profundo acercarse a Dios mismo para poderse encontrar con Él en lo íntimo de la entidad humana, en el secreto del corazón.
«Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas… para ser alabados de los hombres… ; No sepa tu izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre que ve lo oculto te premiará.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas…, para ser vistos de los hombres…, sino… entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará.
Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas…, (sino)… úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt. 6,2).
Por lo tanto, el significado primero y principal de la penitencia es interior, espiritual. El esfuerzo principal de la penitencia consiste en entrar en sí mismo, en lo más profundo de la propia entidad, entrar en esa dimensión de la propia humanidad en la que, en cierto sentido, Dios nos espera. El hombre exterior debe ceder –diría– en cada uno de nosotros al hombre interior y, en cierto sentido, dejarle el puesto. En la vida corriente el hombre no vive bastante interiormente. Jesucristo indica claramente que también los actos de devoción y de penitencia (como el ayuno, la limosna, la oración) que por su finalidad religiosa son principalmente interiores, pueden ceder al exteriorizan corriente, y, por lo tanto, pueden ser falsificados. En cambio, la penitencia, como conversión a Dios, exige sobre todo que el hombre rechace las apariencias, sepa liberarse de la falsedad y encontrarse en toda su verdad interior. Hasta una mirada rápida, breve, en el fulgor divino de la verdad interior del hombre, es ya un éxito. Pero es necesario consolidar hábilmente este éxito mediante un trabajo sistemático sobre sí mismo. Tal trabajo se llama ascesis (así lo llamaban ya los griegos de los tiempos de los orígenes del cristianismo). Ascesis quiere decir esfuerzo interior para no dejarse llevar y empujar por las diversas corrientes exteriores, para permanecer así siempre ellos mismos y conservar la dignidad de la propia humanidad.
Pero el Señor Jesús nos llama a hacer aún algo más. Cuando dice «entra en tu cámara y cierra la puerta», indica un esfuerzo ascético del espíritu humano que no debe terminar en el hombre mismo. Ese cerrarse es, al mismo tiempo, la apertura más profunda del corazón humano. Es indispensable para encontrarse con el Padre, y por esto debe realizarse. «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Aquí se trata de recobrar la sencillez de pensamiento, voluntad y corazón, que es indispensable para encontrarse con Dios en el propio yo interior. ¡Y Dios espera esto para acercarse al hombre interiormente recogido y, a la vez, abierto a su palabra y a su amor! Dios desea comunicarse al alma así dispuesta. Desea darle la verdad y el amor que tienen en Él la verdadera fuente.
Liberación espiritual
3. Así, pues, la corriente principal de la Cuaresma debe correr a través del hombre interior, a través de corazones y conciencias. En esto consiste el esfuerzo esencial de la penitencia. En este esfuerzo, la voluntad humana de convertirse a Dios es investida por la gracia proveniente de conversión y, al mismo tiempo, de perdón y liberación espiritual. La penitencia no es sólo un esfuerzo, una carga, sino también una alegría. A veces es una gran alegría del espíritu humano, alegría que otros manantiales no pueden dar.
Parece que el hombre contemporáneo haya perdido, en cierta medida, el sabor de esta alegría. Ha perdido además el sentido profundo de aquel esfuerzo espiritual que permite volver a encontrarse a sí mismo en toda la verdad de la intimidad propia. A esto contribuyen muchas causas y circunstancias que es difícil analizar en los limites de este discurso. Nuestra civilización –sobre todo en Occidente–, estrechamente vinculada con el desarrollo de la ciencia y de la técnica, entrevé la necesidad del esfuerzo intelectual y físico; pero ha perdido notablemente el sentido del esfuerzo del espíritu, cuyo fruto es el hombre visto en sus dimensiones interiores.
En fin, el hombre que vive en las corrientes de esta civilización pierde muy frecuentemente la propia dimensión; pierde el sentido interior de la propia humanidad. A este hombre le resulta extraño tanto el esfuerzo que conduce al fruto hace poco mencionado como la alegría que proviene de él: la alegría grande del descubrimiento y del encuentro, la alegría de la conversión (metanoia), la alegría de la penitencia.
La liturgia austera del Miércoles de Ceniza y, después, todo el período de la Cuaresma es –como preparación a la Pascua– una llamada sistemática a esta alegría: a la alegría que fructifica por el esfuerzo del descubrimiento de sí mismo con paciencia: «Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas» (Lc. 21,19).
Que nadie tenga miedo de emprender este esfuerzo.
Juan Pablo II,
Ciudad del Vaticano, 7 de febrero de 1979

La Cátedra de San Pedro: don de Cristo a su Iglesia

Catequesis de Benedicto XVI

Audiencia general, Miércoles 22 de febrero de 2006.

Queridos hermanos y hermanas: 

La liturgia latina celebra hoy la fiesta de la Cátedra de San Pedro. Se trata de una tradición muy antigua, atestiguada en Roma desde el siglo IV, con la que se da gracias a Dios por la misión encomendada al apóstol san Pedro y a sus sucesores. La «cátedra», literalmente, es la sede fija del obispo, puesta en la iglesia madre de una diócesis, que por eso se llama «catedral», y es el símbolo de la autoridad del obispo, y en particular de su «magisterio», es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido encomendada, llevando la mitra y el báculo pastoral, se sienta en la cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles en la fe, en la esperanza y en la caridad.

¿Cuál fue, por tanto, la «cátedra» de san Pedro? Elegido por Cristo como «roca» sobre la cual edificar la Iglesia (cf. Mt 16, 18), comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. La primera «sede» de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en esa sala, donde también María, la Madre de Jesús, oró juntamente con los discípulos, a Simón Pedro le tuvieran reservado un puesto especial.

Sucesivamente, la sede de Pedro fue Antioquía, ciudad situada a orillas del río Oronte, en Siria (hoy en Turquía), en aquellos tiempos tercera metrópoli del imperio romano, después de Roma y Alejandría en Egipto. De esa ciudad, evangelizada por san Bernabé y san Pablo, donde «por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos» (Hch 11, 26), por tanto, donde nació el nombre de cristianos para nosotros, san Pedro fue el primer obispo, hasta el punto de que el Martirologio romano, antes de la reforma del calendario, preveía también una celebración específica de la Cátedra de San Pedro en Antioquía.

Desde allí la Providencia llevó a Pedro a Roma. Por tanto, tenemos el camino desde Jerusalén, Iglesia naciente, hasta Antioquía, primer centro de la Iglesia procedente de los paganos, y todavía unida con la Iglesia proveniente de los judíos. Luego Pedro se dirigió a Roma, centro del Imperio, símbolo del «Orbis» —la «Urbs» que expresa el «Orbis», la tierra—, donde concluyó con el martirio su vida al servicio del Evangelio. Por eso, la sede de Roma, que había recibido el mayor honor, recogió también el oficio encomendado por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el pueblo de Dios.

Así, la sede de Roma, después de estas emigraciones de san Pedro, fue reconocida como la del sucesor de Pedro, y la «cátedra» de su obispo representó la del Apóstol encargado por Cristo de apacentar a todo su rebaño. Lo atestiguan los más antiguos Padres de la Iglesia, como por ejemplo san Ireneo, obispo de Lyon, pero que venía de Asia menor, el cual, en su tratado Contra las herejías, describe la Iglesia de Roma como «la más grande, más antigua y más conocida por todos, que la fundaron y establecieron los más gloriosos apóstoles Pedro y Pablo»; y añade:  «Con esta Iglesia, a causa de su origen más excelente, debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes» (III, 3, 2-3). A su vez, un poco más tarde, Tertuliano afirma:  «¡Cuán feliz es esta Iglesia de Roma! Fueron los Apóstoles mismos quienes derramaron en ella, juntamente con su sangre, toda la doctrina» (La prescripción de los herejes, 36). Por tanto, la cátedra del Obispo de Roma representa no sólo su servicio a la comunidad romana, sino también su misión de guía de todo el pueblo de Dios.

Celebrar la «Cátedra» de san Pedro, como hacemos nosotros, significa, por consiguiente, atribuirle un fuerte significado espiritual y reconocer que es un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere congregar a toda su Iglesia y guiarla por el camino de la salvación.

Entre los numerosos testimonios de los santos Padres, me complace recordar el de san Jerónimo, tomado de una de sus cartas, escrita al Obispo de Roma, particularmente interesante porque hace referencia explícita precisamente a la «cátedra» de Pedro, presentándola como fuente segura de verdad y de paz. Escribe así san Jerónimo:  «He decidido consultar la cátedra de Pedro, donde se encuentra la fe que la boca de un Apóstol exaltó; vengo ahora a pedir un alimento para mi alma donde un tiempo fui revestido de Cristo. Yo no sigo un primado diferente del de Cristo; por eso, me pongo en comunión con tu beatitud, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia» (Cartas I, 15, 1-2).

Queridos hermanos y hermanas, en el ábside de la basílica de San Pedro, como sabéis, se encuentra el monumento a la Cátedra del Apóstol, obra madura de Bernini, realizada en forma de gran trono de bronce, sostenido por las estatuas de cuatro doctores de la Iglesia, dos de Occidente, san Agustín y san Ambrosio, y dos de Oriente, san Juan Crisóstomo y san Atanasio. Os invito a deteneros ante esta obra tan sugestiva, que hoy se puede admirar decorada con muchas velas, para orar en particular por el ministerio que Dios me ha encomendado.

Elevando la mirada hacia la vidriera de alabastro que se encuentra exactamente sobre la Cátedra, invocad al Espíritu Santo para que sostenga siempre con su luz y su fuerza mi servicio diario a toda la Iglesia. Por esto, como por vuestra devota atención, os doy las gracias de corazón.

El primado de la santidad

¡Con tal que Cristo sea glorificado, en esto me gozo y me gozaré siempre!

Extracto de un documento redactado en París en Noviembre de 1947 y titulado de la misma manera.

San Alberto Hurtado

Un apostolado racionalizado, una acción eficaz, requiere en primer lugar un hombre entregado a Dios, un alma apostólica, completamente ganada por el deseo de comunicar a Dios, de hacer conocer a Cristo; almas capaces de abnegación, de olvido de sí mismas, con espíritu de conquista, almas para las cuales el grito de San Pablo sea siempre actual ¡con tal que Cristo sea glorificado, en esto me gozo y me gozaré siempre!

La racionalización del apostolado, precisamente exige, que lo supraracional esté en primer lugar. ¡Que sea un santo! En definitiva, no va a apoyarse sobre los medios de su acción humana, sino sobre Dios. Lo demás vendrá después: que trabaje no como guerrillero sino como miembro del Cuerpo místico, en unión con todos los demás, aprovechándose de todos los medios para que Cristo pueda crecer en los demás, pero que primero la llama esté muy viva en él.

Que sea un hombre

Un santo es imposible si no es un hombre, no digo un genio, pero un hombre completo dentro de sus propias dimensiones. Hay tan pocos hombres completos. Los profesores nos preocupamos tan poco de formarlos; y pocos toman en serio el llegar a serlo…

…El hombre tiene dentro de sí su luz y su fuerza. No es el eco de un libro, el doble de otro, el esclavo de un grupo. Juzga las cosas mismas; quiere espontáneamente, no por fuerza, se somete sin esfuerzo a lo real, al objeto, y nadie es más libre que él.

Si se marcha más despacio que los acontecimientos; si se ve las cosas más chicas de lo que son; si se prescinde de los medios indispensables, se fracasa. Y no puede sernos indiferente fracasar, porque mi fracaso lo es para la Iglesia y para la humanidad. Dios no me ha hecho para que busque el fracaso. Cuando he agotado todos los medios, entonces tengo derecho a consolarme y a apelar a la resignación.

Muchos trabajan por ocuparse; pocos por construir; se satisfacen porque han hecho un esfuerzo. Eso no basta. Hay que querer eficazmente.

Guardar su equilibro

El equilibrio es un elemento precioso para un trabajo racional. Vale más un hombre equilibrado que un genio sin él, al menos para realizar el trabajo de cada día.

Equilibrio no quiere decir en ninguna manera, un buen conjunto de cualidades mediocres. Se trata de un crecimiento armónico que puede ser propio del hombre genial, o de una salud enfermiza, o una especialización muy avanzada. No se trata de destruir la convergencia de los poderes que se tiene, sino de sobrepasarlos por una adhesión más firme a la verdad, de completarse en Dios por el amor.

El cristianismo bien comprendido es un maravilloso fermento de equilibrio. El desequilibrio contemporáneo resulta de un crecimiento desordenado del poder material y de las capacidades de gozo. Se abusa de una y otras, en lugar de dominarlas. La vida social es tan compleja, que en lugar de liberar al hombre lo aplasta y lo determina.

La moral cristiana permite armonizarlo todo, jerarquizarlo todo, por más inteligente, ardiente, vigoroso que uno sea. La humildad viene a temperar el éxito; la prudencia frena la precipitación; la misericordia dulcifica la autoridad; la equidad tempera la justicia; la fe suple las deficiencias de la razón; la esperanza mantiene las razones para vivir; la caridad sincera impide el repliegue sobre sí mismo; la insatisfacción del amor humano deja siempre sitio para el amor fraternal de Cristo, la evasión estéril está reemplazada por la aspiración de Dios, cargada de oración, y de insaciable deseo.

El hombre no puede equilibrarse sino por un dinamismo, por una aspiración de los más altos valores de que él es capaz.

El equilibrio no se decreta; no se impone del exterior. Es un asunto personal, del cual cada uno es el primer responsable. Si el equilibrio viene a turbarse por estructuras enfermizas, impuestas desde afuera, será necesario un esfuerzo mayor para recobrarlo, pero será un equilibrio también superior.

Tan pronto como se siente comprometido el equilibrio hay que hacer todo lo posible por ponerse en condiciones de recobrarlo.

Influyen poderosamente en el equilibrio factores del ritmo diario, semanal, de estaciones. Hay que analizarlos con cuidado y corregirlos. El ritmo cotidiano debe armonizarse entre reposo, trabajo difícil, trabajo fácil, comidas, descansos. El ritmo semanal o mensual debe prevenir paradas, detenciones. El ritmo de estaciones y anual debe prever y armonizar períodos de estabilidad y de viajes; trabajo intensivo, trabajo moderado, vacaciones. La buena distinción entre trabajos materiales y espirituales, trabajo manual y esfuerzo intelectual es también muy importante. Es bueno recordar que en muchos casos se descansa de un trabajo pasando a otro trabajo, no al ocio.

A qué paso caminar

Una vez que se han tomado las precauciones necesarias para salvaguardar el equilibrio, hay que darse sin medirse para suprimir, en la medida de lo posible, las causas del dolor humano.

Se trabaja casi al límite de sus fuerzas, pero se encuentra en la totalidad de su donación y en la intensidad de su esfuerzo una energía como inagotable. Los que se dan a medias están pronto gastados, cualquier esfuerzo los cansa. Los que se han dado del todo se mantienen en la línea bajo el impulso de su vitalidad profunda.

Al paso de Dios

Con todo no hay que exagerar y disipar sus fuerzas en un exceso de tensión conquistadora. El hombre generoso tiende a marchar demasiado a prisa: querría instaurar el bien y pulverizar la injusticia, pero hay una inercia de los hombres y de las cosas con la cual hay que contar. Hay lo deseable y lo posible.

Es necesario adquirir el sentido de lo posible, dado lo que somos y lo que tenemos que emprender. Místicamente se trata de caminar al paso de Dios, de tomar su sitio justo en el plan de Dios. Todo esfuerzo que vaya más lejos es inútil, más aún es nocivo. A la actividad la reemplazará el activismo que se sube como la champaña, que pretende objetos inalcanzables, quita todo tiempo para la contemplación; y el hombre deja de ver el diseño de su vida.

Descansos en el camino

Al partir en la vida del espíritu se adquiere una actitud de tensión extrema que niega todo descanso, pero como ni el cuerpo ni el alma están hechos para este juego, viene luego el desequilibro, la ruptura. Se va hasta el extremo en la potencialidad de esfuerzo, sobrepasándose por nuevos esfuerzos de la voluntad, entonces viene el cansancio, el agotamiento…

Hay pues que detenerse humildemente en el camino y descansar bajo los árboles y recrearse con el panorama, podríamos decir, poner una zona de fantasía en la vida.

Peligro del exceso de acción: la compensación

Un hombre agotado busca fácilmente la compensación. Este momento es tanto más peligroso, cuanto que se ha perdido una parte del control de sí mismo, el cuerpo está cansado, los nervios agitados, la voluntad vacilante. Las mayores tonterías son posibles en estos momentos.

Entonces hay sencillamente que relajar; volver a encontrar la calma entre amigos bondadosos, recitar maquinalmente su rosario, dormitar dulcemente en Dios.

El pecado y la virtud repercuten en el prójimo

De “El diálogo”

Santa Catalina de Siena

 

Quien ofende a Dios, se daña a sí mismo y daña al prójimo

Quiero hacerte saber cómo toda virtud y todo defecto repercuten en el prójimo.

Quien vive en odio y enemistad conmigo, no sólo se daña a sí mismo, sino que daña a su prójimo. Le causa daño porque estáis obligados a amar al prójimo como a vosotros mismos, ya sea ayudándole espiritualmente con la oración, aconsejándole de palabra o socorriéndole espiritual y materialmente, según sea su necesidad.

Quien no me ama a mí, no ama al prójimo; al no amarlo, no lo socorre. Se daña a sí mismo, privándose de la gracia, y causa daño al prójimo, porque toda ayuda que le ofrezca no puede provenir más que del afecto que le tiene por amor a mí.

No hay pecado que no alcance al prójimo. Al no amarme a mí, tampoco lo quiere a él. Todos los males provienen de que el alma está privada del amor a mí y del amor a su prójimo. Al no hacer el bien, se sigue que hace el mal; y obrando el mal, ¿a quién daña? A sí misma, en primer lugar, y después al prójimo. Jamás a mí, puesto que a mí ningún daño puede hacerme, sino en cuanto yo considero como hecho a mí lo que hace al prójimo. Peca, ante todo, contra sí misma, y esta culpa le priva de la gracia; peor ya no puede obrar. Daña al prójimo, al no pagar la deuda de caridad con que debería socorrerlo con oraciones y santos deseos ofrecidos por él en mi presencia. Ésta es la manera general con que debéis ayudar a toda persona.

Las maneras particulares son las que debéis brindar a los que tenéis más cercanos, y a los que debéis ayudar con la palabra, con el ejemplo de las buenas obras y con todo lo que se juzgue oportuno, aconsejándoles sinceramente, como si se tratase de vosotros mismos, sin ningún interés egoísta.

No sólo se daña al prójimo con el pecado de obra sino con el de pensamiento. Éste último se comete en el momento en que se concibe el placer del pecado y se aborrece la virtud, cuando la persona se abandona al placer del amor propio sensitivo, impidiendo que me ame a mí y a su prójimo. Después de concebir el mal, va dándole a luz en perjuicio del prójimo de muy diversas maneras.

A veces el daño que ocasiona a su prójimo llega hasta la crueldad, no solamente por no darle ejemplo de virtud sino por hacer el oficio del demonio, al apartarlo de la virtud y conducirlo al vicio. O bien, por su codicia, cuando no sólo no lo socorre, sino que hasta le quita lo que le pertenece, robando a los pobres. Otras hace un daño brutal a su prójimo cuando abusa de su poder, cuando le engaña y estafa, cuando le dice palabras injuriosas, cuando se muestra soberbio, cuando le trata injustamente…

He aquí cómo los pecados de todos y en todas partes repercuten en el prójimo.

Toda virtud tiene necesariamente su expresión en la caridad al prójimo

Todos los pecados repercuten en el prójimo porque están privados de la caridad, la cual da vida a toda virtud. Y así, el amor propio, que impide amar al prójimo, es principio y fundamento de todo mal. Todos los escándalos, odios, crueldades y daños proceden del amor propio, que ha envenenado el mundo.

La caridad da vida a todas las virtudes, porque ninguna virtud puede subsistir sin la caridad.

[«La caridad es una madre que concibe en el alma los hijos de las virtudes y los da a luz, para gloria de Dios, en su prójimo» (Carta 33).]

En cuanto el alma se conoce a sí misma, según te he dicho, se hace humilde y odia su propia pasión sensitiva, reconociendo la ley perversa que está ligada a su carne y que lucha contra el espíritu. Por esto relega su sensualidad y la sujeta a la razón, y reconoce toda la grandeza de mi bondad por los beneficios que de mí recibe. Humildemente atribuye a mí el que la haya sacado de las tinieblas y la haya traído a la luz del verdadero conocimiento.

Todas las virtudes se reducen a la caridad, y no se puede amar a Dios sin, a la vez, amar al prójimo

El que ha conocido mi bondad, practica la virtud por amor a mí, al ver que de otra manera no podría agradarme. Y así, el que me ama procura hacer bien a su prójimo. Y no puede ser de otra forma, puesto que el amor a mí y el amor al prójimo son una misma cosa. Cuanto más me ama, más ama a su prójimo.

[«Toda virtud tiene vida por el amor; y el amor se adquiere en el amor, es decir, fijándonos cuán amados somos de Dios. Viéndonos tan amados, es imposible que no amemos…» (Carta 50)]

El alma que me ama jamás deja de ser útil a todo el mundo y procura atender las necesidades concretas de su prójimo. Lo socorre según de los dones que ha recibido de mí: con su palabra, con sus consejos sinceros y desinteresados, o con su ejemplo de santa vida (esto último lo deben hacer todos sin excepción).

Yo he distribuido las virtudes de diferentes maneras entre las almas. Aunque es cierto que no se puede tener una virtud sin que se tengan todas, por estar todas ligadas entre sí, hay siempre una que yo doy como virtud principal; a unos, la bondad; a otros, la justicia; a éstos, la humildad; a otros, una fe viva, a otros, la prudencia, la templanza, la paciencia, y a otros, la fortaleza. Cuando un alma posee una de estas virtudes como virtud principal, a la que se ve particularmente atraída, por esta inclinación atrae a sí a todas las demás, pues, como he dicho, están ligadas entre sí por la caridad.

[Todas las virtudes nacen, tienen vida y valor por la caridad]

Todos estos dones, todas estas virtudes gratuitamente dadas, todos estos bienes espirituales o corporales, los he distribuido tan diversamente entre los hombres a fin de que os veáis obligados a ejercitar la caridad los unos para con los otros. He querido así que cada uno tenga necesidad del otro y sean así ministros míos en la distribución de las gracias y dones que de mí han recibido. Quiera o no quiera el hombre, se ve precisado a ayudar a su prójimo. Aunque, si no lo hace por amor a mí, no tiene aquel acto ningún valor sobrenatural.

Puedes ver, por tanto, que he constituido a los hombres en ministros míos y que los he puesto en situaciones distintas y en grados diversos a fin de que ejerciten la virtud de la caridad. Yo nada quiero más que amor. En el amor a mí se contiene el amor al prójimo. Quien se siente ligado por este amor, si puede según su estado hacer algo de utilidad a su prójimo, lo hace.

El que ama a Dios debe dar prueba de la autenticidad de sus virtudes

Te diré ahora como el alma, por medio del prójimo y de las injurias que de él recibe, puede comprobar si tiene o no tiene en sí mismo la virtud de la paciencia. Todas las virtudes se prueban y se ejercitan por el prójimo, de la misma forma que, mediante él, los malos manifiestan toda su malicia. Si te fijas, verás cómo la humildad se prueba ante la soberbia, es decir, que el humilde apaga el orgullo del soberbio, quien no puede hacerle ningún daño. La fidelidad se prueba ante la infidelidad del malvado, que no cree ni espera en mí; pues éste no puede hacer perder a mi siervo la fe ni la esperanza que tiene en mí. Aunque vea a su prójimo en tan mal estado, mi siervo fiel no deja por eso de amarlo constantemente y de buscar siempre en mí su salvación. Así, la infidelidad y desesperanza prueban la fe del creyente.

Del mismo modo, el justo no deja de practicar la justicia cuando comprueba la injusticia ajena. La benignidad y la mansedumbre se ponen de manifiesto en el tiempo de la ira; y la caridad se manifiesta frente a la envidia y el odio, buscando la salvación de las almas.

No solamente se ponen de relieve las virtudes en aquellos que devuelven bien por mal, sino que muchas veces mis siervos con el fuego de su caridad disuelven el odio y el rencor del iracundo, y convierten muchas veces el odio en benevolencia, y esto por la perfecta paciencia con que soportan la ira del inicuo, sufriendo y tolerando sus defectos.

De igual modo la fortaleza y la perseverancia del alma se prueban sufriendo los ataques de los que intentan apartarla del camino de la verdad, bien sea por injurias y calumnias, o mediante halagos. Pero si al sufrir estas contrariedades la persona no da buena prueba de sí, es que no es virtud fundada en verdad.

Nos saciaremos con la visión del Verbo

De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 194, 3-4: PL 38, 1016-1017)

¿Quién puede conocer los tesoros de sabiduría y ciencia ocultos en Cristo y escondidos en la pobreza de su carne? Él, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para que nos enriqueciéramos con su pobreza. Al asumir nuestra condición mortal, destruyendo así la muerte, se mostró en pobreza; pero con ello nos garantizó las riquezas futuras, sin perder las que había dejado.

¡Cuán grande es la bondad que ha reservado para sus fieles, y que comunica a los que esperan en él!

Ahora nuestro conocimiento es parcial, hasta que llegue lo perfecto. Para hacernos capaces de esta perfección futura, él, igual al Padre por su condición de Dios, se hizo semejante a nosotros, tomando la condición de esclavo, para restituirnos nuestra semejanza con Dios; él, Hijo único de Dios, se hizo Hijo del hombre, para convertir en hijos de Dios a todos los hijos de los hombres; tomando la condición visible de esclavo, abolió nuestra condición de esclavos, haciéndonos libres y capaces de contemplar la naturaleza de Dios.

Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Aquellos tesoros de sabiduría y ciencia, aquellas riquezas divinas, son llamados así porque ellos nos bastarán. Y aquella gran bondad es llamada así porque nos saciará. Muéstranos, pues, al Padre, y eso nos bastará.

Y, en uno de los salmos, uno de nosotros, en nosotros y por nosotros, le dice al Señor: Me saciaré cuando aparezca tu gloria. Él y el Padre son una misma cosa, y el que lo ve a él ve también al Padre. Por tanto, el Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria. Cuando se vuelva a nosotros, nos mostrará su rostro; y seremos salvados y quedaremos saciados, y eso nos bastará.

Hasta que llegue este momento, hasta que nos muestre aquello que ha de bastarnos, hasta que podamos beber y saciarnos de aquella fuente de vida que es él mismo, mientras caminamos por la vía de la fe y vivimos en el destierro, lejos de él, mientras tenemos hambre y sed de perfección y santidad y deseamos con ardor inefable contemplar la belleza de Dios, celebremos con humilde devoción su nacimiento en condición de esclavo.

No podemos aún contemplar cómo es engendrado por el Padre antes de la aurora; festejemos su nacimiento de la Virgen en plena noche. Aún no percibimos cómo su nombre es eterno y su fama dura como el sol; reconozcamos que su tienda ha sido puesta en el sol.

Aún no vemos al Unigénito que permanece en el Padre; recordemos al Esposo que sale de su alcoba. Aún no ha llegado el momento de sentarnos a la mesa de nuestro Padre; veneremos el pesebre de nuestro Señor Jesucristo.