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Continuando con la poda de olivos

Queridos amigos:
Conocida es la sentencia que resume lo que ha de ser la impronta de cada alma dedicada a la hermosamente llamada “vida contemplativa”, es decir, aquella parte mejor para la cual ha sido elegido el monje por el mismo Dios: “Ora et labora” (Reza y trabaja); representada con profunda sencillez en la figura de María, la hermana de Marta, quien con absoluta simplicidad escuchaba y meditaba las palabras del Maestro que visitaba su hogar… “No se dice simplemente de María que estaba sentada cerca de Jesús, sino junto a sus pies; es para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo de oírlo y el gran respeto que profesaba al Señor.” (San Juan Crisóstomo).
Mientras Marta se dedicaba al servicio del Señor, María no pudo evitar quedarse como absorta en las palabras de Jesús. El hombre ha sido creado en este mundo como un viador que camina hacia la eternidad, es decir, hacia la contemplación sin fin de su Dios y Señor, pero es cierto también que desde ya, aunque de manera participada mas no por eso ineficaz, puede el alma poner sus ojos en Dios mediante la oración con la reflexión y meditación de sus misterios, que es como una manera de “anticipar nuestro fin último” dentro de lo que nos permite nuestra actual condición, en la cual nos podemos gozar de los misterios divinos ya que somos seres espirituales, capaces de degustar la verdad que contemplaremos cara a cara en la otra vida, y esta actitud de “contemplar”, es tan preclara que Jesucristo mismo la defiende en María, a quien “no le será quitada”, y tan importante que dentro del seno mismo de la Iglesia Dios se ha apartado a algunos pocos para que dediquen toda su vida a contemplar e interceder por sus hermanos mediante la oración en la vida monástica. Por eso dice San Gregorio que, “El cuidado de Marta no se reprende, pero se alaba el de María; son grandes los méritos de la vida activa, pero son mayores los de la contemplativa. Se dice además que nunca le será quitada la parte a María, porque las obras de la vida activa pasan con el cuerpo, mientras que los goces de la vida contemplativa mejoran al fin.”, y agrega san Ambrosio: “Que el deseo de la sabiduría te haga como María; ésta es la obra más grande, la más perfecta. Que el cuidado de tu ministerio no te aparte del conocimiento del Verbo celestial, ni acuses, ni estimes ociosos a los que veas dedicados a la sabiduría.”
En resumen, el monje debe dedicarse a la oración, al “Ora”… pero sin descuidar jamás la otra cara y complemento de esta moneda: el “Labora”; porque si bien el esfuerzo del trabajo consistió en un castigo para el hombre después del pecado original, sin embargo, a partir de la ley de la gracia, en que Jesucristo vino a transformarlo todo para nuestro bien y salvación, el trabajo no podía quedar exento, convirtiéndose así, como bien sabemos, en fuente de gracias y méritos cada vez que lo ofrecemos a Dios por nuestras intenciones…, y mayor mérito a mayor esfuerzo y alegría en el ofrecimiento.
Por gracia de Dios, continuamos con el arduo trabajo de la poda de los olivos de nuestro monasterio: 84 contra dos monjes, así que a Dios gracias y a la Sagrada Familia hay bastante aún para ofrecer, ya que no es solo la poda de los troncos grandes que hace 5 años fueron bien cortados, sino también trozar el resto para poder arrastrar y limpiar las ramas y el parque mientras hacemos el mantenimiento normal, así que es una gran alegría poder ir poco a poco mejorando el aspecto del lugar.
Agradecemos a la Sagrada Familia y como siempre a ustedes sus oraciones, y seguimos rezando por sus intenciones, especialmente para que junto con sus plegarias ofrezcan cada día sus trabajos, esfuerzos, sufrimientos y todas sus cruces al Señor, quien acepta gustoso esta ofrenda en favor de las almas y su plan de redención.
Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.

“Yo tampoco lo entiendo”

Recitado a la vida monástica

P. Jason Jorquera Meneses, IVE.

I

¿Cómo se entiende esta vida

-me preguntaba un amigo-,

que pone a Dios por testigo

de una existencia escondida

lo más que pueda, y decida

cerrarle al mundo la puerta;

al tiempo que desconcierta

la inclinación natural

de ceder cuando acecha el mal

o si arrecia la tormenta?

II

Y entonces me puse a pensar:

¿por qué Dios me habrá llamado?;

no por virtuoso probado

ni por ser muy ejemplar;

y tampoco por destacar

en piedad o devoción,

si más bien siempre fui bufón

y sin importarme mucho

de prudencia no ser ducho

cuando andaba de burlón.

III

Y así, comencé a indagar

otras posibles razones;

y mientras más reflexiones

menos podía encontrar

de mérito singular

para ser un elegido,

de aquellos pocos que han sido

apartados del mundo,

para vivir un fecundo

morir de la cruz prendido.

IV

¿Por qué escoger soledades?,

¿por qué huir de los hombres?,

¿por qué despreciar renombres,

aplausos y suavidades?

Oh, misteriosas verdades

que Dios mismo va tejiendo

en el alma poniendo

por su cuenta una elección,

cuya última intención

sólo Él sabe… y yo no entiendo.

V

Pues nunca se podrá entender

que a la simple creatura

el Amor sin mesura

la quiera consigo traer

de cerca, para esconder

en ella una vocación

de silencio y oración,

en favor del mundo entero,

recompensando al obrero

con su propia dilección.

VI

Qué antinomia tan oscura

por un lado, y por otro, luz:

oscura, porque en la cruz

sabe encontrar dulzura;

luminosa, porque cura

la ceguera del corazón

herido de cerrazón

por la culpa del pecado;

pero ahora renovado

por el Autor de la elección.

VII

Un silencio misterioso

para oír mejor la voz

del que invita a andar en pos

de su ejemplo bien copioso

de virtudes, y un ganoso

deseo de santidad,

cimentado en la humildad

de un pasar desapercibido,

cuanto pueda el que ha asumido

esta vida de piedad;

VIII

Oculto en el monasterio,

y viviendo agradecido

de que Dios le haya pedido

abrazar su magisterio

de amor, tomando en serio

el despojo y la renuncia,

el monje sereno anuncia

cuánto vale la pena

esta vida que refrena

al tentador que se pronuncia.

IX

Convertir en oración

la jornada, es sentencia

labradora de la esencia

monástica y arpón

contra el mal y su aguijón;

al mismo tiempo que aliento

que aferra a la Vid el sarmiento

mientras su unión se estrecha,

preparando la cosecha

que dará del uno el ciento.

X

El monje es trigo que muere

combatiendo firme, a diario,

todo afecto contrario

a la virtud que tanto quiere

alcanzar, por eso adhiere

su voluntad a la del Cielo,

despreciando hasta el consuelo

-si lo aleja del camino-

que le trazó el Divino

pa’ emprender junto a Él el vuelo.

XI

En esta entrega completa

de la propia libertad

no hay lugar a flojedad

porque la Gloria es la meta

que mantiene al alma inquieta,

trabajando sin parar

por llegar a conquistar,

en el ocaso de su vida,

la tierra prometida

al que se ocupa en amar.

XII

La vida contemplativa

no se entiende humanamente,

pues su razón y su fuente

es sólo un Dios que cautiva

la existencia; y que motiva

al corazón que eligió

para seguirlo, y apartó

por un designio secreto,

que mantiene discreto

hasta el final que Él trazó.

Frutos de la búsqueda continua de Dios que vive el monje

«¿A qué he venido al monasterio?»

(San Bernardo)

Dom Columba Marmion

(Fragmento tomado del libro “Jesucristo ideal del monje”)

Si, a pesar de todos los obstáculos, buscamos a Dios; si le rendimos cada día y en cada momento el homenaje sumamente agradable de cifrar en Él, únicamente en Él, nuestra felicidad; si no buscamos más que su voluntad, si obramos siempre según su beneplácito, como móvil de nuestros actos, estemos seguros de que Dios jamás nos faltará. «Dios es fiel»; «no puede abandonar a los que le buscan» (1Tes 5, 25; Ps 9, 11). Cuanto más nos acerquemos a Él por la fe, la confianza y el amor, tanto más nos veremos cercanos a la perfección. Dios es el autor principal de nuestra santidad, por ser ésta obra sobrenatural; por tanto, aproximarnos a Él, permanecer unidos a Él por la caridad, constituye la esencia misma de nuestra perfección. A. medida, pues, que nos veamos libres de toda falta, de cualquier imperfección, de toda criatura, de todo móvil humano, para pensar sólo en él, para obrar según su beneplácito, más abundante irá siendo la vida en nosotros, y con mayor plenitud se nos dará Dios a sí mismo: «Buscad al Señor y vuestra alma tendrá vida» (Ps 68, 33).

Almas hay que con tal sinceridad han buscado a Dios, que han llegado a sentirse totalmente poseídas, sin poder vivir fuera de Él. «Os declaro –escribía una santa benedictina, la beata Bonomo, a su padre– que ya no me pertenezco, pues hay en mí otro que por completo me posee: Él es mi dueño absoluto, y no sé cómo podría, Dios mío, deshacerme de Él»[1].

Cuando un alma se entrega a Dios de una manera tan completa, su Majestad se entrega también a ella, y la mira con particular cuidado; se diría que por esa alma se olvida Dios a veces de las demás criaturas. Ved a santa Gertrudis. Sabéis el singular amor que le manifestaba nuestro Señor, hasta el punto que declaró no haber entonces en la tierra criatura alguna que más le agradase, y añadía que se le hallaría siempre en el corazón de Gertrudis[2], cuyos menores deseos se complacía en realizar. Otra alma, que conocía tan gran intimidad, se atrevió a preguntar al Señor, cómo la santa le había merecido tan singular preferencia. «La amo así –respondió el Señor– a causa de la libertad de su corazón, en donde nada penetra que pueda disputarme la soberanía»[3]. Esta Santa mereció, pues, ser objeto de las complacencias divinas, verdaderamente inefables y extraordinarias, porque, desasida del todo de las criaturas, buscó a Dios en todas las cosas.

Como esta gran Santa, digna hija de san Benito, busquemos siempre y con todo el corazón a Dios; sinceramente con todo nuestro ser. Digamos repetidamente con el Salmista: «Tu rostro tengo yo de buscar, Dios mío» (Ps 26, 8). «¿Quién sino tú hay para mí en los cielos?; y a tu lado no hallo gusto en la tierra. Dios es de mi corazón la roca y mi porción para siempre» (Ps 72, 25-26). Eres tan grande Dios mío, tan hermoso, tan bello, tan bueno, que me bastas tú solo. Que otros se entreguen al amor humano, no sólo lo permites, sí que también lo ha ordenado tu Providencia, para preparar los elegidos, destinados a tu reino; y para esta misión tan grande y elevada, que tu Apóstol califica de «misterio grandioso» (Ef 5, 32), colmas a tus fieles servidores de «abundantes bendiciones» (Ps 127). Mas yo aspiro a ti solo, a fin de que mi corazón se conserve íntegro y no se preocupe más que de los intereses de tu gloria, uniéndose a ti sin embarazo» (1Co 7, 32. 35).

Si la criatura nos solicita y halaga, digámosle interiormente como santa Inés: «Apártate de mí que eres presa de muerte»[4].

Portándonos de este modo, hallaremos a Dios, y con Él todos los bienes. «Búscame –dice Él mismo al alma–; búscame con esa sencillez de corazón que nace de la sinceridad; porque me hago encontradizo con aquellos que no se apartan de mí; me manifiesto a los que en mí confían» (Sab 1, 12).

Hallando a Dios poseeremos también la felicidad.

Hemos sido creados para la dicha, para ser felices; nuestro corazón es de capacidad infinita y nada hay que pueda saciarle) plenamente sino Dios. «Para ti solo nos has creado; nuestro corazón vive inquieto mientras no descanse en ti»[5]. He aquí por qué cuando buscamos algo fuera de Dios o de su voluntad, no hallamos la felicidad estable y perfecta.

En toda comunidad algo numerosa se encuentran diversas categorías de almas; unas viven siempre contentas, e irradian al exterior su júbilo interior. No es aquella alegría sensible, que depende frecuentemente del temperamento, estado de salud o de circunstancias extrañas a la voluntad, sino la alegría que se asienta en el fondo del alma, y es como un preludio de la felicidad eterna. ¿Están libres de pruebas y exentas de luchas estas almas? ¿No las visita a veces la contradicción? Ciertamente que sí, pues «todo discípulo de Jesucristo tiene que llevar su cruz» (Cf. Lc 9, 23); pero el fervor de la gracia y la unción divina les hace soportar con gozo esos sufrimientos. En cambio, hay otras almas que jamás gozan estas alegrías: muchas veces su rostro inquieto y melancólico revela la turbación que interiormente las domina. ¿Por qué esta diferencia? Sencillamente, porque las unas buscan a Dios en todo y, no aspirando más que a Él, lo encuentran por doquiera, y con él, el bien sumo, la felicidad inmutable: «Es bueno el Señor para los que le buscan» (Lam 3 25). No así las otras: pues, o ponen el corazón en las criaturas, o se buscan a sí mismas, llevadas de egoísmo, amor propio o ligereza. Y lo que hallan es a sí mismas, es decir, la nada, y, como es natural, este hallazgo no puede satisfacerlas, porque el alma criada para Dios siente necesidad del bien perfecto. ¿Qué siente vuestro corazón? Allá a donde vuelan vuestros pensamientos, allí está vuestro tesoro, vuestro corazón. Si vuestro tesoro es Dios, seréis felices; si es algo perecedero, que la herrumbre, la corrupción y la mortalidad consumen, entonces vuestro tesoro se disipará y vuestro corazón se empobrecerá y agotará»[6].

Cuando los mundanos están dominados del tedio en sus hogares, buscan fuera de casa las satisfacciones que el hogar no les brinda: tratan de distraerse en el club, en la tertulia, en el conservatorio o emprenden un viaje. Al religioso no le cabe este recurso: debe permanecer en su monasterio, donde la vida regular, cuyos actos se suceden al toque de campana, no le permite entreverarla con esas distracciones, que los del mundo pueden legítimamente disfrutar. Si Dios no lo es todo para el monje, pronto el aburrimiento hará su presa en medio de esa monotonía inherente a la vida regular; y cuando el monje no halla a Dios, porque no le busca, necesariamente juzgará excesiva la carga que pesa sobre él.

Podrá, sin duda, engolfarse en una ocupación, distraerse en el trabajo; mas, como dice nuestro venerable Ludovico Blosio, todo ello no es más que una diversión insuficiente e ilusoria: «Todo cuanto buscamos fuera de Dios ocupa el espíritu, mas no lo sacia»[7]. En el monasterio hay momentos en que uno se encuentra frente a frente de sí mismo, es decir, de la nada; el fondo del alma no gusta de aquella alegría que transporta; el alma no experimenta ese fervor hondo y apacible que produce la íntima unión con Dios; no va derecha a Él: divaga sin cesar en torno del mismo sin encontrarle jamás perfectamente.

Pero cuando el alma busca solamente a Dios, cuando va a Él con todas sus fuerzas, sin apegarse a la criatura, Dios la colma de gozo, de aquel desbordante gozo de que habla san Benito cuando dice: «Que a medida que la fe y con ella la esperanza y el amor, aumentan en el alma del monje, éste corre, dilatado el corazón, por los caminos de los preceptos divinos con inefable dulzura de caridad»[8].

Repitamos, pues, muchas veces con san Bernardo[9]; «¿A qué he venido al monasterio?» ¿Por qué dejé el mundo y con él a seres para mí tan queridos? ¿Por qué renuncié a mi libertad, y me abracé con un sinnúmero de sacrificios? ¿He venido, por ventura, para consagrarme a trabajos intelectuales, ocuparme en artes o enseñanza? No, no hemos venido, y tengámoslo muy presente, más que para una cosa: a «buscar verdaderamente a Dios». Renunciamos a todo por adquirir la preciosa perla de la unión con Dios: «Viniéndole a las manos una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene, y la compra» (Mt 13, 46).

Examinemos de vez en cuando hasta qué punto nos hemos desprendido de la criatura, y en qué grado buscamos a Dios. Si nuestra alma es leal, Dios nos dará a conocer los estorbos que en ella se oponen a tender plenamente hacia Él. Nuestro fin y nuestra gloria es buscar a Dios. Es una vocación sublime formar en «el linaje de los que buscan a Dios» (Ps 23, 6). Al escoger lo único necesario, hemos escogido la parte mejor: «Hermosa es, a la verdad, la herencia que me ha tocado» (Ps 15, 6).

Conservémonos fieles a nuestra sublime vocación. Ciertamente, no lograremos realizar este ideal en un día o en un año; no lo alcanzaremos sin trabajos y sufrimientos; porque la pureza de afectos, el desasimiento absoluto, pleno y constante que Dios nos exige antes de dársenos perfectamente, no se adquiere sino a costa de una gran generosidad; mas si nos entregamos por completo a Dios, sin segundas intenciones, sin regateos de ningún género, estemos seguros de que Él recompensará nuestros esfuerzos, y en la perfecta posesión del mismo hallaremos nuestra felicidad. «Harto gran misericordia hace Dios al alma –dice santa Teresa– a quien da gracia y ánimo para determinarse a procurar con todas sus fuerzas este bien, porque si persevera no se niega Dios a nadie: poco a poco va habilitando el ánimo, para que salga con esta victoria»[10].

«Cuando uno se ha resuelto –escribía un alma benedictina que comprendía esta verdad el primer paso es lo único que cuesta, pues, desde el momento en que nuestro amado Salvador ve la buena voluntad, Él hace lo demás. Nada podría yo regatear a Jesús que me invita. Su voz es asaz elocuente, y realmente sería una insensatez dejar el todo por la parte. El amor de Jesús es el todo; lo demás, piénsese como se quiera, es algo despreciable y no digno de nuestro amor, si se parangona con nuestro único tesoro. Amaré, pues, a Jesús. Todo lo demás me es indiferente. Le amaré con delirio. Mi voluntad, mi entendimiento, serán duramente probados; no importa: yo no dejaré por ello el solo bien, mi divino Jesús, o, mejor dicho, Él no me dejará a mí. Es menester que nuestras almas a nadie más que a Jesús traten de agradar»[11].

[1] Dom Du Bourg, La B. J. M. Bonomo, moniale bénédictine. París, 1910, pág. 56.

[2] Heraldo del amor divino, lib. I, cap. 3

[3] Dom Guéranger, Introducción a los Ejercicios de santa Gertrudis, p. VIII.

[4] Oficio de santa Inés, 1ª ant. del I Noct.

[5] San Agustín, Confes., lib. I. Y añade el Santo: «El alma no encuentra en si misma de qué saciarse». Conf., libr. XIII, cap. XVI, núm. 1.

[6] Bossuet, Meditaciones sobre el Evangelio. Sermón de la Montaña, 29º día.

[7] Canon vitae sptritualis, c. 15. El gran Abad no hace en esto más que repetir la idea de un antiguo monje: «Formada el alma racional a imagen de Dios, pueden sólo ocuparla las demás cosas, mas no saciarla; capaz de Dios, nada que no sea de Dios la colmará. P. L., t. 184. col. 455.

[8] Prólogo de la Regla.

[9] Vida, por Vacandard, tomo 1, cap, 2.

[10] L. c., pág. 145.

[11] Une âme bénédietine, Dom Pie de Hemptine, 5ª ed., pág. 264.

“Oración: camino de la unión con Dios”

“¿Quién es este de quien oigo tales cosas?”
Era la pregunta de Herodes acerca de nuestro Señor Jesucristo y tenía ganas de verlo, así como tantos otros que poco a poco se iban enterando de su fama y sus prodigios… Ciertamente que esta pregunta podría tener una respuesta muy sencilla: “el Hijo de Dios que bajó del cielo para rescatarnos”, pero para nosotros, esa respuesta, es mucho más profunda y sólo se responde y profundiza poco a poco mediante nuestra vida de oración, que es el gran medio para ir conociendo más y más a Dios y a nosotros mismos con todas las consecuencias que este conocimiento implica.
Escribía el P. Hurtado: “Nosotros no somos sino discípulos y pecadores. ¿Cómo podremos realizar el plan divino, si no detenemos con frecuencia nuestra mirada sobre Cristo y sobre Dios? Nuestros planes, que deben ser parte del plan de Dios, deben cada día ser revisados, corregidos. Esto se hace sobre todo en las horas de calma, de recogimiento, de oración… El equilibrio de las vidas apostólicas sólo puede obtenerse en la oración. Los santos guardan el equilibrio perfecto entre una oración y una acción que se compenetran hasta no poder separarse, pero todos ellos se han impuesto horas, días, meses en que se entregan a la santa contemplación. ¿Por qué?, porque la oración es la puerta de la unión con Dios.”
Cada vez que rezamos, cada vez que nos ponemos frente al sagrario o frente a la custodia, o inclusive cuando rezamos las oraciones de la noche y de la mañana; cada vez que elevamos a Dios nuestra oración nos encontramos ante Él tal cual somos. Para Dios no existen las caretas ni los disfraces, Él contempla nuestra alma tal cual es y así también nos invita a contemplarnos. En la oración aprendemos a conocer a Dios y a nosotros mismos iluminados por su luz: la luz de la fe.
En la oración es donde realmente vamos aprendiendo cada vez más a respondernos quién es Jesucristo, pero especialmente “quién es para nosotros, aquí y ahora en nuestras vidas”; y así ir aprendiendo también las consecuencias de este conocimiento que comienza con la fe. Y para este propósito, conviene mencionar brevemente algunos de los beneficios que comporta nuestra oración bien hecha:
La oración…
– Fortalece las convicciones que nos da la fe y robustece las decisiones de trabajar y sufrir por amor a Dios. Todo creyente debe buscar momentos de oración para estar a solas con Aquel que sabemos que nos ama. Los novios, por ejemplo, quieren estar juntos continuamente; se llaman, se escriben, se juntan para estar a solas y conversar, reír, tal vez llorar, etc.; cuánto más el corazón creyente debe buscar momentos de trato a solas con Dios. Es luz que precede, orienta e ilumina el camino de unión con el Amado.
– La oración es el ejercicio mismo de la vida espiritual, es decir, que guiará nuestra santificación y removerá los obstáculos que estorban al alma que quiere ir en pos de Dios. Para lo cual es importante enriquecer nuestra oración mediante el estudio y las buenas lecturas, especialmente la Palabra de Dios, que es alimento de la oración, así como las obras su fruto.
– La oración es, además, el termómetro de nuestra vida espiritual. Esto significa que nuestra vida espiritual es reflejo de nuestro trabajo en la oración: si la vida espiritual no anda bien, se va enfriando el fervor y aminorando los santos propósitos, significa que estamos fallando en la oración; pero así también es muy cierto que podemos elevarnos nuevamente intensificando nuestro trato con Dios y dedicándonos a amarlo primero y ante todo, y en Él a los demás, de tal manera que será Él mismo quien se encargue de guiarnos por sus designios de santidad.
Conocida es la definición de la oración de Santa Teresa: “un tratar de amistad muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama”: cada momento de oración es actualización del amor de Dios con nuestra alma, es decir, un intercambio entre dos amores, pues el alma que cuenta con la gracia, que es de naturaleza divina, está habilitada para una penetración recíproca, mutua, entre su amor a Dios y el amor de Dios por ella, y este amor es, por tanto, sobrenatural.
¿Cuál es, en definitiva, la finalidad de la oración en cada uno de nosotros? La unión del alma con Dios en esta vida según el amor que el alma le profese. El alma sin oración es como un cuerpo tullido, que no puede caminar ni progresar… en cambio, el alma que reza, se une a Dios, aprende a amar, a no negarle nada a Dios, y produce siempre abundantes frutos de santidad.
Pidamos constantemente a María santísima, nuestro modelo maternal de unión con Dios, la gracia de ser sinceramente almas de oración.
P. Jason.

“Avál kedái -אבל כדאי-” (Pero vale la pena)

Desde la casa de santa Ana

 
Queridos amigos:
 
Como sabrán, la casa de santa Ana se encuentra en un lugar que actualmente no es cristiano, pero haciendo de todas maneras las veces de testigo silencioso siempre vigente -pese a su sencillez-, del lugar que acogiera a María santísima cuando niña junto a sus padres, aun entre tanta historia contenida desde hace siglos en Séforis, conocida en tiempo de los romanos como Eirenopolis y Diocesaraea, y también como “ornamento de la Galilea” según atestigua la pluma de Flavio Josefo. Y es “el encanto de la sencillez” precisamente el que llama la atención de quienes actualmente visitan estas ruinas, para saber algo más sobre su historia y “escuchar a los que viven en silencio”, los monjes, siempre con gran interés en lo que implica la consagración total y todas las renuncias que conlleva. “Esta vida es muy difícil”, dicen a menudo; “avál kedái” (pero vale la pena) por amor a Dios como bien sabemos, es siempre nuestra respuesta. Y a partir de aquí se establece siempre el diálogo que ayuda a compartir opiniones y lo que creemos, siendo el primer testimonio el propio estilo de vida, marcado por la señal de los discípulos de Cristo, es decir, la cruz; e impregnado de la esperanza sobrenatural que Dios ofrece a aquellos le siguen, a aquellos que justamente abrazan la cruz, y que día a día piden al Altísimo que no los deje jamás mirar atrás, pues ya han puesto sus manos en el arado.
 
La vida religiosa sigue siendo una novedad, y, por lo tanto, el testimonio para el mundo de que seguir de cerca a Dios -aún cuando esto implique estar muy lejos de la familia o de la patria-, siempre valdrá la pena: he ahí la razón sobrenatural de la alegría del consagrado, de que su dicha sea estar donde Dios lo quiere y viviendo según lo hiciera Jesucristo en su humanidad: casto, pobre y obediente; testimoniando así un estilo de vida del todo especial, cuyos frutos definitivos se esperan recibir en el Cielo, aunque no sin ver más de una vez la mano de Dios obrando en las almas con las que tiene contacto el religioso en su lugar de misión: “El consagrado es el que afirma y vive en sí mismo el señorío absoluto de Dios, que quiere ser todo en todos… Os pido una renovada fidelidad, que haga mas encendido el amor a Cristo, mas sacrificada y alegre vuestra entrega, mas humilde vuestro servicio” (san Juan Pablo II).
 
Es cierto que no es fácil el camino hacia la gloria, pero como hemos dicho antes, la señal de los discípulos de Jesucristo es la cruz, no los consuelos, no los honores, no los propios antojos o “las cruces a medida”, es decir, las que nosotros nos fabricamos a gusto propio, sino “la cruz que Dios elige para cada uno de nosotros”: será a veces la distancia, o quizás la lengua, la cultura, los propios defectos o alguna enfermedad, no importa; el hecho es que luchar contra todo esto para testimoniar el Evangelio con la propia vida, en consonancia con el anuncio del Hijo de Dios, pese a todo lo que implique -y por difíl que parezca-, “siempre valdrá la pena”; y si algún consagrado cayera en la tristeza sería por haber olvidado esta verdad que venimos mencionando; en cambio, quien se aferra a Dios con santo abandono en vez de vanas y caprichosas exigencias, es el que sabe ser feliz y gozarse sobrenaturalmente en medio de las pruebas y arideces propias de la misión, ya que “no es mayor el discípulo que el maestro”, y para resucitar glorioso Cristo antes pasó por el calvario: el Señor cuenta con nuestros propósitos de ser mejores, de luchar más contra los defectos y contra todo aquello, por pequeño que sea, que nos separa de Él; cuenta con un apostolado intenso entre aquellas personas con las que nos relacionamos más a menudo. Debemos preguntarnos si nuestra vida influye para bien de los demás y pedir la gracia de que así sea.
 
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, sigue diciendo Jesucristo a sus discípulos, especialmente a los misioneros… pidamos a María santísima que nos alcance la gracia de jamás olvidar que llevar nuestra cruz en esta vida, a cambio de la eternidad, siempre valdrá la pena.
 
P. Jason.

La celda

El orden de la celda es reflejo del orden del alma, del orden interior.

P.  Gabriel Prado, IVE.

 

Hablar de la celda significa hablar de un aspecto esencial de la vida monástica, y esto es la soledad. La celda será el espacio físico y espiritual que resguarde este elemento.

Dice Colombás: “La soledad constituye la ascesis particular, el sacramento propio  del monacato. San Ammonas la considera como el origen de todas las virtudes cuando enumera ‘en primer lugar, la soledad; la soledad engendra la ascesis  y las lágrimas; las lágrimas el temor, etc’.

Si monje es sinónimo de solitario, lógicamente la soledad constituye el medio ambiente vital de quienes son designados por este nombre.

Se cuenta que a San Arsenio, que pidió en oración luz para ver el camino de salvación, el Señor le respondió: “Arsenio, huye de los hombres y te salvarás”; en Egipto, ya ermitaño volvió a pedir luz al Señor y éste le volvió a decir: “Arsenio, huye, calla y permanece tranquilo: tales son las raíces de la impecabilidad”[1].

La misión de la celda en los monasterios cenobíticos será la de custodiar la soledad que proporcionaban la ermita y el desierto a los ermitaños.

Es el espacio más privado y personal de que dispone el monje, su lugar de intimidad, allí donde más se identifica con el significado de su nombre (el solo). La celda es el verdadero lugar de retiro del monje. La celda monacal es un claustro dentro del claustro[2].

El orden de la celda es reflejo del orden del alma, del orden interior. El orden de la celda no solo refleja el orden de la voluntad a Dios, y de las potencias inferiores a la voluntad, sino el orden inspirado por la razón, a la cual se somete la voluntad.

En efecto, el orden de la celda responde a un orden dictado por la razón. El orden de la celda debería ser el orden que Dios quiere para esa celda. Dios quiere una celda libre de bienes superfluos, apta para ayudar a la santificación del religioso, apta para el desarrollo del apostolado intelectual, apta para que el religioso eleve su alma a Dios, pobre a imitación de la casa de Nazareth, cerrada para que el religioso se ocupe de Dios libre de las acechanzas del mundo, ornada con la Cruz –en el centro de todo- y sagradas imágenes que lo ayuden a convertir sus labores en plegaria, estrecha para recordar que es estrecho el camino al Paraíso, iluminada para ayudar a la iluminación de la mente, provista de libros ordenados y necesarios. De esta manera, la celda del religioso será una pequeña Cristiandad, una Fortaleza de Dios, un anticipo de la gloriosa morada que Cristo nos prepara en el Cielo.

Pero no solo el orden de la celda refleja el orden del alma, sino que también el orden y la disposición de la celda ayudan a ordenar siempre mejor el alma. En efecto, el orden de la celda ayuda a aprovechar mejor el tiempo, a cumplir mejor el horario, a tener más presente a Dios, a vacar más en Dios y olvidar más el mundo. Quien tiene la celda desordenada, se verás más estimulado a salir a divagar, más quien tiene una celda ordenada, hallará fuerte estímulo a ocuparse del estudio de las cosas de Dios y del apostolado intelectual.

El orden de la celda es un medio de apostolado. La celda ordenada, perfectamente ordenada, es un apostolado… Frente al desorden del mundo, urge la necesidad de oponer el orden, empezando por el orden –interno y externo- del mismo misionero. La celda, ademàs de arena de lucha interior y palestra del combate ascético, es en efecto, es el primer puesto de Misión.

Por eso, queda edificado quien entra a una celda ordenada, queda edificado y se ve estimulado a más ordenar su vida y sus cosas.

El Gobierno de Dios ordena el mundo y busca someterlo totalmente a Cristo Rey. El orden de la celda participa, entonces, del Gobierno Divino sobre el mundo. El religioso al ordenar su celda, coopera con el divino designio de ordenar el mundo y someterlo a Cristo Rey.

Finalmente, el religioso ordenando su celda, y mantieniendola ordenada, no solo lucra méritos y salva almas –si lo ofrece-, sino que rinde culto a Dios ya que todos los actos del religioso son actos de religión. En suma, el religioso ordenando su celda, alaba a Dios… El orden de la celda es alabanza divina.

[1] Apotegmas de San Arsenio, citado por Colombás en Monacato primitivo p. 555-ss.

[2] Cfr. MIGUEL MARTÍNEZ ANTÓN, Conocer el monacato de nuestro tiempo, Ed. Monte Casino.

Catequesis sobre la oración

La oración es el camino del Verbo

que abraza todo.

San Juan Pablo II

Jesús enseña a sus discípulos a orar

Primero, pues, el camino de la oración. Digo “primero”, porque deseo hablar de ella antes que de las otras. Pero diciendo “primero”, quiero añadir hoy que en la obra total de nuestra conversión, esto es, de nuestra maduración espiritual, la oración no está aislada de los otros dos caminos que la Iglesia define con el término evangélico de “ayuno y limosna”. El camino de la oración quizá nos resulta más familiar. Quizá comprendemos con más facilidad que sin ella no es posible convertirse a Dios, permanecer en unión con Él, en esa comunión que nos hace madurar espiritualmente. Sin duda, entre vosotros, que ahora me escucháis, hay muchísimos que tienen una experiencia propia de oración, que conocen sus varios aspectos y pueden hacer partícipes de ella a los demás. En efecto, aprendemos a orar, orando. El Señor Jesús nos ha enseñado a orar ante todo orando Él mismo: “y pasó la noche orando” (Lc6,12); otro día, como escribe San Mateo, “subió a un monte apartado para orar y, llegada la noche, estaba allí solo” (Mt 14,23). Antes de su pasión y de su muerte fue al monte de los Olivos y animó a los Apóstoles a orar, y Él mismo, puesto de rodillas, oraba. Lleno de angustia, oraba más intensamente (cf. Lc 22,39-46). Sólo una vez, cuando le preguntaron los Apóstoles: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1), les dio el contenido más sencillo y más profundo de su oración: el “Padrenuestro”.

Dado que es imposible encerrar en un breve discurso todo lo que se puede decir o lo que se ha escrito sobre el tema de la oración, querría hoy poner de relieve una sola cosa. Todos nosotros, cuando oramos, somos discípulos de Cristo, no porque repitamos las palabras que Él nos enseñó una vez —palabras sublimes, contenido completo de la oración—, somos discípulos de Cristo incluso cuando no utilizamos esas palabras. Somos sus discípulos sólo porque oramos: “Escucha al Maestro que ora; aprende a orar. Efectivamente, para esto oró Él, para enseñar a orar” afirma San Agustín (Enarrationes in Ps. 56, 5). Y un autor contemporáneo escribe: “Puesto que el fin del camino de la oración se pierde en Dios, y nadie conoce el camino excepto el que viene de Dios, Jesucristo, es necesario (…) fijar los ojos en Él sólo. Es el camino, la verdad y la vida. Sólo Él ha recorrido el camino en las dos direcciones. Es necesario poner nuestra mano en la suya y partir” (Y. Raguin, Chemins de la contemplation, Desclée de Brower, 1969, pág. 179). Orar significa hablar con Dios -o diría aún más-, orar significa encontrarse en el Único Verbo eterno a través del cual habla el Padre y que habla al Padre. Este Verbo se ha hecho carne, para que nos sea más fácil encontrarnos en Él también con nuestra palabra humana de oración. Esta palabra puede ser muy imperfecta a veces, puede tal vez hasta faltarnos, sin embargo esta incapacidad de nuestras palabras humanas se completa continuamente en el Verbo que se ha hecho carne para hablar al Padre con la plenitud de esa unión mística que forma con Él cada hombre que ora, que todos los que oran forman con Él. En esta particular unión con el Verbo está la grandeza de la oración, su dignidad y, de algún modo, su definición.

Es necesario sobre todo comprender bien la grandeza fundamental y la dignidad de la oración. Oración de cada hombre Y también de toda la Iglesia orante. La Iglesia llega, en cierto modo, tan lejos como la oración. Dondequiera haya un hombre que ora.

La plegaria del Padrenuestro

Es necesario orar basándose en este concepto esencial de la oración. Cuando los discípulos pidieron al Señor Jesús: “Enséñanos a orar”, Él respondió pronunciando las palabras de la oración del Padrenuestro, creando así un modelo concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe decir al Padre está encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de memoria. Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, y a la vez una profundidad tal, que se puede consumir una vida entera en meditar el sentido de cada una de ellas. ¿Acaso no es así? ¿No nos habla cada una de ellas, una tras otra, de lo que es esencial para nuestra existencia, dirigida totalmente a Dios, al Padre? ¿No nos habla del “pan de cada día”, del “perdón de nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos”, y al mismo tiempo de preservarnos de la “tentación” y de “librarnos del mal”?

Cuando Cristo, respondiendo a la pregunta de los discípulos “enséñanos a orar”, pronuncia las palabras de su oración, enseña no sólo las palabras, sino enseña que en nuestro coloquio con el Padre debemos tener una sinceridad total y una apertura plena. La oración debe abrazar todo lo que forma parte de nuestra vida. No puede ser algo suplementario o marginal. Todo debe encontrar en ella su propia voz. También todo lo que nos oprime; de lo que nos avergonzamos; lo que por su naturaleza nos separa de Dios. Precisamente esto, sobre todo. La oración es la que siempre, primera y esencialmente, derriba la barrera que el pecado y el mal pueden haber levantado entre nosotros y Dios.

A través de la oración todo el mundo debe encontrar su referencia justa: esto es, la referencia a Dios: mi mundo interior y también el mundo objetivo, en el que vivimos y tal como lo conocemos. Si nos convertimos a Dios, todo en nosotros se dirige a Él. La oración es la expresión precisamente de este dirigirse a Dios; y esto es, al mismo tiempo, nuestra conversión continua: nuestro camino.

Dice la Sagrada Escritura:

“Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión” (Is 55,10-11).

La oración es el camino del Verbo que abraza todo. Camino del Verbo eterno que atraviesa lo íntimo de tantos corazones, que vuelve a llevar al Padre todo lo que en Él tiene su origen.

La oración es el sacrificio de nuestros labios (cf. Heb 13,15). Es, como escribe San Ignacio de Antioquía, “agua viva que susurra dentro de nosotros y dice: ven al Padre” (cf. Carta a los romanos VII, 2).

Con mi bendición apostólica.

Catequesis sobre la oración, 14 de marzo de 1979

¡Qué ideal tan noble!

Carta de san Alberto Hurtado a su prima

21 de noviembre de 1932, Lovaina

 

Señorita Marta Hurtado Valdés

La paz de Jesucristo sea contigo, mi querida Marta. Tu carta me ha ocasionado una alegría inmensa y he dado gracias con toda mi alma a Nuestro Señor por el beneficio inmenso que nos ha hecho llamándote al Carmelo. El Corazón de Jesús ha escogido para ti la mejor parte. Vivir siempre en Él, no hacer más que su santísima Voluntad conocida hasta en los mayores detalles, y sacrificarse por la conversión de las almas. ¡Qué ideal tan noble! Y cómo nos ha de empujar hacia la santidad. Ahora de una manera especial, que se trata de arrojar a Nuestro Señor de todas partes y se oyen hasta en las familias que se dicen cristianas ideas que están tan lejos de ser cristianas; es necesario que la oración y el sacrificio suban hasta Nuestro Señor y le arranquen gracias eficaces para la conversión de las almas. Y han de ser la oración y el sufrimiento los que obren este milagro, pues ya puede gritar el predicador que si Nuestro Señor no mueve el alma con su gracia todo será en vano.

Esta idea me impresiona cada día más y al estudiar la Sagrada Teología la veo confirmada con toda suerte de argumentos que la prueban hasta la evidencia. Yo creo que la devoción sincera al Sagrado Corazón de Jesús ha de ser un medio eficaz para realizar en la práctica esta idea que la inteligencia ve clara, pero que la voluntad se resiste a abrazar. Esta devoción ha de inflamar en nuestra alma el deseo de reparar y consolar al Sagrado Corazón e insensiblemente nos va acercando a Él y vaciando de nosotros mismos, cosa que tanto necesitamos para hacer un poquito de bien. Él irá también disponiendo las almas de manera que no se resistan a su gracia. Por otra parte, esta devoción es tan consoladora para nosotros que vemos tantas imperfecciones en nosotros a pesar de las gracias inmensas que recibimos cada día, y tan consoladora también para las almas de las personas a que procuramos hacer un poco de bien, ya que les muestra a Nuestro Señor loco de amor por ellas.

En fin, mi querida Marta, hazme el servicio de rogar mucho para que Nuestro Señor me conceda la gracia de empaparme de esta bendita devoción, que tanto la necesita un jesuita que ha de ocuparse por ministerio de trabajar activamente con las almas. Tú has de hacer de María -lo espero- interesándote ante Nuestro Señor por mis futuros ministerios, ya tan próximos, pues con el favor de Dios espero ser ordenado sacerdote dentro de nueve meses. Estos meses que preceden al sacerdocio son preciosos y necesito en ellos más que nunca de tus oraciones y de las de toda esa comunidad. Pídeselo así a las Reverendas Madres, en especial a la Madre María Marta. Dile que le agradezco muchísimo sus oraciones y que yo he procurado también ser fiel al pacto de oraciones.

Junto con la carta que te escribo envío por medio de mi mamá unas cuantas líneas a mi tío Julio y a Elena, felicitándoles por el valor que Nuestro Señor les ha dado y por la bendición que ha enviado sobre la familia, ya que una religiosa es un pararrayos sobre la familia. A pesar de todo el cariño y resignación que te han manifestado tu papá y mamá, sin embargo temo que ha de continuar afligiéndoles un poco el recuerdo de la separación, pero Nuestro Señor irá dulcificando ese dolor y, sin duda alguna, para mis tíos y Elena el mayor consuelo será saber que estás consagrada al Señor. Yo lo he visto tan claro con mi mamá, para quien en medio de tantas penas como ha tenido que pasar, no ha habido mayor consuelo que pensar en mi próximo sacerdocio. No te olvides de rogar por mi mamá, y sobre todo por Miguel, que me da mucho cuidado, y la Raquel. Que Dios tenga misericordia de ellos y arregle todo eso como sea para su mayor gloria.

No te había escrito antes porque he tenido un trabajo abrumador y no quería enviarte cuatro líneas sino una carta larga.

Se encomienda muy de veras en tus oraciones, tu primo,

Alberto s.j.

Un escudo más para el Sagrado Corazón de Jesús

“Debemos ser Escudos del Sagrado Corazón”

P. Esteban Olivares, IVE.

“— ¿Crees que, aunque tú no hagas nada, como dice el mundo, puedes ayudar a salvarlo?

Los ojos de Esteban se iluminaron.

—Estoy profundamente convencido de que nosotros ayudamos a salvar el mundo; y sé perfectamente que el mundo está convencido de que nada hacemos. Es el caso de que aquellos que nada hacen, salvan el mundo.

—Bien. Ahora quiero convencerte de que tú y toda la comunidad pueden también salvar a Cristo.

— ¿Salvar a Cristo? —repitió Esteban con asombro— y, ¿de qué?

— ¡De ser nuevamente atravesado por la lanza! Debemos ser Escudos del Sagrado Corazón, Esteban, pues el Sagrado Corazón necesita escudos. De todos lados parten saetas, dirigidos a ese Sagrado Pecho[1].

Creo que no pocos de nosotros hemos vivido el despertar de grandes ideales al leer por primera vez este diálogo entre el abad Alberico y el monje Esteban Harding, en la conocida obra Tres monjes rebeldes del padre Raymond. Y es que Dios, a través de numerosos medios (incluyendo una novela hagiográfica), nos inspira a realizar por Él grandes cosas.

Esta imagen está aquí presentada de un modo poético, novelado, pero tiene mucho de realidad en nuestras vidas.

Debemos ser Escudos del Sagrado Corazón, pues el Sagrado Corazón necesita escudos.

El Diccionario de la Real Academia tiene algunas acepciones de la palabra escudo. Es una palabra que viene del latín: scutum. Solamente me quiero detener en tres de las acepciones que trae el Diccionario:

*1 La primera acepción es: un Arma defensiva, que se lleva embrazada, para cubrirse y resguardarse de las armas ofensivas y de otras agresiones.

Cada contemplativo se tiene que dejar tomar por Jesús, Jesús tiene que tener un absoluto dominio en nuestras vidas, que él nos tome y se proteja de todas las agresiones de este mundo pecador. Tiene que ser nuestro ideal como religiosos contemplativos.

¡Qué bueno sería que Jesús se cubra con nuestras vidas!, porque él sepa que estamos dispuestos a ser despedazados por el mal, antes que dejar que un hombre quiera dañar su Corazón Sacratísimo con el pecado.

*2 La segunda acepción de esta palabra que tomaremos es: escudo como Amparo, defensa, protección.

En la Sagrada Escritura David dice: “Yahveh, mi roca, y mi baluarte, mi liberador, mi Dios, la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio…” (2Sam 22, 2).

¿Por qué no cambiamos los personajes?

Que Dios, conociendo nuestra disposición de proteger su Corazón, diga de cada uno de nosotros: “Este contemplativo, es la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio…”.

*3 La tercera acepción de la palabra escudo es: Persona o cosa que se utiliza como protección.

Toda nuestra vida, tiene que estar ordenada a proteger el corazón de Jesús que constantemente se ve asediado de pecados de toda la humanidad. Como contemplativos debemos considerar muchas veces esto: somos escudos del Sagrado Corazón; y por eso debemos salvar con nuestras vidas nuevamente a Cristo. Nuestra vida escondida, de silencio y de retiro, es un escudo para el Corazón divino de nuestro Redentor que es tan atacado en el mundo. Con nuestra vida podemos salvar nuevamente a Cristo que vive en cada alma en gracia.

Eso mismo es lo que hace vivir en nosotros estas palabras de nuestro Directorio:

“No puede el monje que dice amar a Dios olvidarse de su prójimo, porque el amor a Dios encierra en sí el amor a los hermanos, ya que ‘la caridad es única’”[2].

“Por tanto el monje que ‘busca verdaderamente a Dios’, deberá necesariamente participar del ardiente amor de Cristo por las almas: ‘Conscientemente o no, el alma que busca verdaderamente a Dios es por lo mismo apóstol’. Es decir que ‘el monje será apóstol siendo monje’. ‘Su deber, así como su principal negocio, es consagrarse a Dios en virtud de una función, por decirlo así, oficial, como víctimas y hostias propiciatorias por su salvación y la del prójimo’”[3].

El Corazón de Jesús busca, en medio de los ataques que recibe de tantos lados y todo el tiempo, refugiarse en nuestras pobres oraciones, en nuestras horas de adoración frente al Santísimo Sacramento, en nuestra vida de trabajo en silencio, en nuestra vida de retiro, apartados de todo mundanal ruido.

Hoy, más que nunca, el Sagrado Corazón de Jesús necesita almas que quieran ser escudos de Él, almas que estén dispuestas a sufrir cualquier ataque con tal de protegerle, a fin de que Cristo viva en cada alma encomendada a nuestras oraciones.

El Corazón de Jesús busca almas que estén dispuestas a sufrir el ataque de la incomprensión, el martirio de buscar vivir radicalmente todos los votos, almas que sólo quieran morir, dándole ese lugar de refugio al Corazón de Jesús.

Creo que este deseo de ser escudos del Sagrado Corazón entra en unión con ese ideal tan generoso que logró vivir san Francisco Marto, santo que nuestro fundador quiso que sea modelo de todo contemplativo de nuestra Familia Religiosa. Ya que deseamos ser escudos, sólo para dar algo de consuelo al Corazón de Jesús. En su libro sobre la Virgen de Fátima el padre nos decía:

“Aquí repito, particularmente a las contemplativas y contemplativos de nuestros Institutos, que nuestra vida religiosa puede ser de muy poco triunfo, de mucha incomprensión, de falta de reconocimiento incluso por parte de los mismos hermanos; finalmente, pasar la vida metidos en un monasterio, ignorados del mundo, poco importa, si nosotros llegamos a hacer la experiencia de unión mística con Dios, si nosotros llegamos a ser el consuelo de Jesús”[4].

Toda esta breve y simple reflexión me sirve a modo de introducción para contar con gran alegría a toda la Familia Religiosa que por gracia de Dios uno de los nuestros en la solemnidad del Sagrado Corazón pudo recibir el hábito monástico. Se trata del Hno. Joel, uno más que con alegría y generosidad se ofrece a Dios como escudo del Sagrado Corazón. Un religioso más que con la gracia de Dios quiere dar alivio al Divino Corazón tan golpeado por los pecadores. Un religioso más que con su vida de silencio, de oración y penitencia, quiere convertirse en un escudo que protege al Corazón de Jesús.

El Hno. Joel es el primer Hermano religioso de las tierras de Brasil que vestirá el hábito monástico del Instituto del Verbo Encarnado, lo cual nos lleva a todos como provincia religiosa, en este año jubilar, a dar gracias a Dios por todos los beneficios que estamos recibiendo desde la fundación del monasterio San Miguel Arcángel en las tierras de la Santa Cruz. Pedimos oraciones por él, por su santificación, y para que siga Dios dando abundantes y santas vocaciones monásticas para nuestra Familia Religiosa.

Sao Pablo, Brasil ,19 de junio de 2020

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 

“Rompiendo el vaso de alabastro…” (Mc. 14,3)

También hoy, nosotros quedamos sin palabras al ser testigos del ingreso a la clausura, de almas que quieren consagrarse a Dios en el estado de vida contemplativa.

 

Hna. María del Niño Jesús, SSVM

“María, tomando una libra de ungüento de nardo legítimo, de gran valor, ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos, y la casa se llenó del olor del ungüento” (Jn. 12,3).

La acción realizada por esta mujer trascendió el tiempo, de tal modo que podemos decir que el perfume del ungüento llega hasta nuestros días. La promesa hecha por Cristo “En verdad os digo, donde quiera que se predique el Evangelio, en todo el mundo se hablará de lo que ésta ha hecho…”[1], se cumple no sólo, cuando escuchamos o leemos este pasaje evangélico, sino también cuando esta actitud encuentra eco en el corazón de un alma contemplativa.

La obstinada actitud de María al quebrar el frasco de alabastro y derramarlo sobre los pies y la cabeza de Cristo, sin importarle el gran precio del perfume, sin importarle la opinión de los comensales, sin preocuparse por su propia persona; y la actitud de Cristo en defenderla, en corregir la opinión de sus discípulos, en alabar la actitud de María, hasta querer proclamarla por todo el mundo, no pueden menos que llamar nuestra atención.

También hoy, hombres y mujeres derraman su existencia hasta “romper el vaso de alabastro”, sin reservarse absolutamente nada, sino que lo donan todo, o mejor aún, se donan del todo con un derroche que a la vista de muchos parece exagerado. Pero es que esa existencia ¿no podría haberse gastado para los pobres? Sin embargo, ellos descubrieron que aquí hay Alguien Mayor, el que da vida y alimento a todos los pobres, y sólo quieren ungir a Este Señor, perfumando con sus oraciones y sacrificios, con su silenciosa y amorosa contemplación, toda la casa de la Santa Iglesia.

También hoy, Cristo sentencia “ha hecho una buena obra conmigo”, “ha hecho lo que ha podido, anticipándose a ungir mi cuerpo”. Y ¿quién podrá reprochar a Cristo esta defensa? No hay más protestas, todos quedan en silencio, aspirando el perfume del nardo purísimo.

También hoy, nosotros quedamos sin palabras al ser testigos del ingreso a la clausura, de almas que quieren consagrarse a Dios en el estado de vida contemplativa. Vemos que están dispuestas a sortear todo tipo de obstáculo con tal de llegarse a los pies de Cristo y estarse allí con Él, vemos que su amor las lleva a romper el vaso de alabastro para derramar su existencia en alabanza de la Trinidad Santísima, pues están convencidas de que “oran y viven por la Iglesia, y a menudo obtienen para su vitalidad y su progreso gracias y ayudas celestiales muy superiores a las que se realizan con la acción”[2], por eso se dedican a ungir el Cuerpo Místico de Cristo con ese nardo purísimo de la oración y del sacrificio. Ungen los pies y la cabeza; los pies, derramando el perfume de sus oraciones sobre los miembros de la Iglesia que son misioneros; y la cabeza, cuando oran por aquellos miembros eminentes, sobre todo por Pedro, el príncipe de los apóstoles.

Dando gracias a Dios porque sigue inspirando la unción de Betania en nuestros días, pedimos oraciones por los consagrados de vida contemplativa, especialmente por las dos postulantes que ingresaron este domingo, para que perseveren con gran generosidad en esta vocación especial dentro de nuestra Familia Religiosa, pues, como dice San Juan Pablo Magno: “Conviene, en este momento, recordar que la respuesta a la vocación contemplativa implica grandes sacrificios, en especial la renuncia a una actividad directamente apostólica, que hoy particularmente parece tan connatural a la mayoría de los cristianos, tanto hombres como mujeres. Los contemplativos se dedican al culto del Eterno y «ofrecen a Dios el magnífico sacrificio de alabanza» (Perfectae caritatis, 7), en un estado de oblación personal tan elevado que exige una vocación especial…”[3].

En el Verbo Encarnado y María Santísima.

María del Niño Jesús.

Solemnidad de la Santísima Trinidad

07/06/2020

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado