Sacrificarnos y sacrificar…
“Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Sal a la parte más profunda y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, dijo: Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero porque tú lo pides, echaré las redes. Y cuando lo hicieron, encerraron una gran cantidad de peces, de modo que sus redes se rompían; entonces hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Y vinieron y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: ¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!”
Lc 5, 4-8
La vida espiritual, como sabemos, tiene sus correspondientes altibajos. Pues la barca de nuestra alma emprende su recorrido hacia la eternidad definitiva (Cielo o infierno), trazando un recorrido que, si bien es personal en lo que respecta a las propias decisiones, así como a todo lo que le pertenece (afectos, virtudes, defectos, debilidades, fortalezas, caídas, enmiendas, victorias, etc.); sin embargo, siempre se abre paso a través de las circunstancias que el vasto e imponente mar le presenta. Y ante cada circunstancia, según el estado actual del alma, ésta debe tomar decisiones que la llevarán a avanzar o a retroceder, a progresar o a empeorar, a santificarse o no y punto, pues es bien sabido y constatado a lo largo de la historia que “en la vida espiritual o se avanza o se retrocede”; pues incluso el estancamiento es, en sí mismo, un retroceso. Decisiones correctas, plausibles, y errores grandes o pequeños, forman a menudo parte de las corrientes que varían en sus direcciones; y el pecado y la virtud soplan según sus contrarios propósitos al momento de disputar las elecciones que definen el rumbo en esta vida, y el puerto de llegada en la otra. A veces el mar está calmo, “planchado”, y basta con dejarse llevar por la suave brisa que acaricia las velas; pero otras veces hay tormenta, y se necesitan todas las fuerzas y destrezas para continuar la travesía, para no volcarse, ni encallar, ni hundirse; y esto es parte de la aventura de nuestra existencia, mediante la cual podemos aspirar realmente a la santidad. Y es necesario, porque de la tentación brotan las grandes victorias… o caídas, de las cuales debemos levantarnos; y de no pocos errores surgieron grandes experiencias y nuevos conocimientos; y en la bonanza damos gracias así como en la borrasca pedimos ayuda; y a veces los días serán soleados, y otros totalmente sombríos, pero en unos y otros el sol es siempre el mismo, y las estrellas siguen señalando la dirección al navegante que la va aprendiendo y asimilando cuando no hay nubes; y en su experiencia va descubriendo poco a poco la dirección que ha de seguir cuando éstas le impidan ver el cielo.
Dejando de lado la metáfora por un momento, no por nada san Ignacio en sus eclesialmente recomendados ejercicios espirituales, nos dejó las reglas tanto para los tiempos de consolación como para los de desolación, porque los santos saben bien que no hay triunfo sin esfuerzo, y que el alma no puede coronarse con la santidad sin haber pasado antes por el calvario y sus espinas, las mismas que a tantas almas refrenaron y arruinaron, pero por su falta de confianza y generosidad, y que a tantas otras motivaron y encendieron en un santo celo que no busca más que la correspondencia al amor divino; que las sostuvieron en sus altibajos, y que las llevaron a alcanzar el puerto seguro de la eternidad junto a Dios.
Y entre los momentos recios de la vida, quisiera invitar en esta ocasión a poner nuestros ojos en aquellos en que nos encontramos -atendiendo al título de esta reflexión- “como las redes de Simón”, que se rompían, o, según otras traducciones, “comenzaban a romperse”, “comenzaban a reventarse”, pero que, finalmente, sacrificando algunas de sus hebras lograron resistir lo suficiente, pues de no haberlo hecho el milagro no se habría consumado ni se habrían percibido sus frutos: no por nada solemos llamar a este relato el de “la pesca milagrosa”, y no el de “la triste pérdida de las redes que no resistieron”, ni el de “las redes que dejaron escapar los peces”.
En este maravilloso párrafo, tan rico en enseñanzas como en figuras e interpretaciones, podemos considerar la fragilidad de las redes ante tan grande y extraordinario acontecimiento, como nuestras propias frágiles vidas cuando irrumpe de lleno en ellas la grandiosa obra que Dios desea realizar. A diferencia de las redes, por supuesto, nosotros tomamos la decisión de dejar o no a Dios entrar de lleno en nuestra historia personal, en nuestra vida espiritual; o simplemente le dejamos hacer bien poco o nada, porque no queremos pagar el precio de la grandeza que es “romperse un poco”, es decir, sacrificarnos y sacrificar algo de lo nuestro a cambio de la multitud de gracias que Dios nos ofrece.
Aquí no hablamos, por supuesto, de romperse o quebrarse en el sentido trágico que a veces se utiliza para referirse a esas heridas profundas que, desgraciadamente, a muchas almas han dejado marcadas durante años; como esos rencores que aprisionan el corazón y lo hacen vivir arrastrando un peso insoportable que el perdón arrancaría y comenzaría a sanar poco a poco; o esos dolores terribles que no han sabido encontrar su lugar dentro de la Sagrada Pasión de Cristo, y han pretendido ser llevados con las solas fuerzas naturales que no pueden con ellos, y se han asentado en la tristeza y frustración que no dejan seguir adelante a las almas que han decidido aferrarse a ellas antes que a Dios… Simplemente recordemos en este punto, que no toda cicatriz ha de ser memorial doloroso, claro que no, algunas incluso se vuelven expresión de triunfo, como las que deja la operación que extirpó un tumor o las marcas de las uñas de una madre impresas en los brazos de su hijo al que salvó de las garras del león, porque su amor supo tirar más fuerte. Y bueno, no por nada nuestro Señor Jesucristo decidió conservar las suyas después de su resurrección.
Nosotros, como las redes de Simón, debemos aspirar a dejar a Dios obrar esas desproporciones de su gracia que tantas veces hemos encontrado en las vidas de los santos, contenedores pequeños y humildes de unas obras impresionantes que los superaban ampliamente, ¡totalmente!; pues estaban más allá de sus fuerzas naturales, porque así son las obras de Dios: gracias y bendiciones que transcienden el tiempo, la sabiduría humana y a las mismas almas que se dejaron “invadir de Dios” para convertirse en instrumentos eficaces a cambio de sacrificar -como hemos dicho-, algunas de sus hebras.
En la pesca milagrosa nuestro Señor Jesucristo llenó las redes a más no poder, y tanto así que tuvieron que llamar a los de la otra barca que también casi se hundían debido a la gran cantidad de peces… “y las redes resistieron lo suficiente”, así como lo hacen también las almas que dan su mayor esfuerzo, su entusiasmo, ¡su amor a Dios!; aceptando generosamente llegar hasta los límites de sus capacidades, ensanchando los linderos de sus virtudes, dejando que sea Dios quien haga el resto y se encargue de que atrapen la mayor cantidad de gracias posibles para su gloria y la salvación de las almas. Así, para volvernos como esas redes repletas, debemos ser generosos con Dios, ¡pero muy generosos!; confiar en Él y dejarlo obrar: ¡y que se rompan los hilos de nuestro egoísmo con tal de que nos invada a tope su caridad!; ¡y que se corten los lazos del orgullo con tal de que la humildad encuentre un lugar donde anidar!; que se revienten nuestras quejas y se hagan pedazos nuestras pequeñas infidelidades, nuestra falta de abandono y esa confianza enclenque del alma que no termina de entregarse por completo, porque todavía no ha llegado a comprender que, si es Jesucristo quien nos pide echar nuestras pequeñas redes en el vasto mar de sus designios amorosos, será Él mismo quien se encargará de sorprendernos con la inexplicable exuberancia de su divina bondad.
Confiemos, pues, en el Señor; y por más que nuestra debilidad pretenda objetar a los designios de su sagrado corazón, simplemente amémosle con sinceridad y sin restricciones, pues el que ama de verdad no sabe negarse al amado; y, así, digámosle siempre con gran fe y un generoso abandono -como lo hizo Simón-: “…pero porque tú lo pides, echaré las redes”.
P. Jason Jorquera M., IVE.
tiempo lleva su tiempo, dado que el área que debemos cubrir no es tan pequeña; además de esto, a medida que pasaban los minutos y el sol iba subiendo más hacia su ápice en el día, iba bajando por las frentes el sudor que
realmente se hacía molesto, pero ¿qué es este pequeño sacrificio en comparación con la finalidad por la que estábamos haciendo? Gracias a Dios tuvimos la ayuda de la comunidad de Belén que mencioné antes, entonces mientras estirábamos las cuerdas, sujetábamos las carpas por sus diversos puntos, algunos han estado ocupados con el posicionar sillas, hacer los últimos arreglos con las flores que tan hermosamente están adornando el monasterio —y que realmente hizo con que la gente después de la Misa nos dirigiera palabras de admiración, porque se veía hermosa la casa de Santa Ana y… al final, es nuestra misión aquí, cuidar de la casa de Santa Ana, a Dios gracias que podemos hacerlo bien y siempre para la gloria de Dios—. Terminamos los trabajos de la mañana con un rico almuerzo para festejar entre nosotros la Solemnidad del día, luego un pequeño descanso y… al trabajo… Ya quedaba poco. Luego empezaron a llegar los primeros feligreses venidos desde Nazaret. En momentos así, todo transcurre muy rápido, pero en medio de este torbellino de cosas y detalles, pude observar algo muy hermoso: el atardecer de este día… realmente el clima se hacía muy apacible, una brisa hermosa iba corriendo y suavizando lo que todavía quedaba de la fuerza del sol con el calor que suele hacer durante todo el día… El atardecer espectacular pintaba de un amarillo fuego todo el cielo, las flores y los árboles salpicaban los muros y entornos de la Basílica de colores vivos y armoniosos, ¡Qué paisaje!
Y para completar el cuadro, los pájaros mezclaban sus voces con el silbido suave de la brisa que circulaba por entre los olivos y todo se llenaba de una atmósfera muy poética, para los que tengan esa vena de poeta, creo que con lo dicho podrán hacerse alguna idea…


