EL MISTERIO DEL CORAZÓN DE CRISTO – San Juan Pablo II

Audiencia general, Miércoles 20 de junio de 1979

1. Pasado mañana, próximo viernes, la liturgia de la Iglesia se concentra, con una adoración y un amor especial, en torno al misterio del Corazón de Cristo. Quiero, pues, ya hoy, anticipando este día y esta fiesta, dirigir junto con vosotros la mirada de nuestros corazones sobre el misterio de ese Corazón. El me ha hablado desde mi juventud. Cada año vuelvo a este misterio en el ritmo litúrgico del tiempo de la Iglesia.

Es sabido que el mes de junio está consagrado especialmente al Corazón Divino, al Sagrado Corazón de Jesús. Le expresamos nuestro amor y nuestra adoración mediante las letanías que hablan con profundidad particular de sus contenidos teológicos en cada una de sus invocaciones.

Por esto quiero detenerme, al menos brevemente, con vosotros ante este Corazón, al que se dirige la Iglesia como comunidad de corazones humanos. Quiero hablar, siquiera brevemente de este misterio tan humano, en el que con tanta sencillez y a la vez con profundidad y fuerza se ha revelado Dios.

2. Hoy dejamos hablar a los textos de la liturgia del viernes, comenzando por la lectura del Evangelio según Juan. El Evangelista refiere un hecho con la precisión del testigo ocular. “Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con Él; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 31-34).

Ni siquiera una palabra sobre el corazón.

El Evangelista habla solamente del golpe con la lanza en el costado, del que salió sangre y agua. El lenguaje de la descripción es casi médico, anatómico. La lanza del soldado hirió ciertamente el corazón, para comprobar si el Condenado ya estaba muerto. Este corazón —este corazón humano— ha dejado de latir. Jesús ha dejado de vivir. Pero, al mismo tiempo, esta apertura anatómica del corazón de Cristo, después de la muerte —a pesar de toda la “crudeza” histórica del texto— nos induce a pensar incluso a nivel de metáfora. El corazón no es sólo un órgano que condiciona la vitalidad biológica del hombre. El corazón es un símbolo. Habla de todo el hombre interior. Habla de la interioridad espiritual del hombre. Y la tradición entrevió rápidamente este sentido de la descripción de Juan. Por lo demás, en cierto sentido, el mismo Evangelista ha inducido a esto cuando, refiriéndose al testimonio del testigo ocular, que era él mismo, ha hecho referencia, a la vez, a esta frase de la Escritura: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37; Zac 12, 10).

En realidad así mira la Iglesia; así mira la humanidad. Y de hecho, en la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios.

3. Es diversa la medida del conocimiento que de este misterio han adquirido muchos discípulos y discípulas del Corazón de Cristo, en el curso de los siglos. Uno de los protagonistas en este campo fue ciertamente Pablo de Tarso, convertida de perseguidor en Apóstol. También nos habla él en la liturgia del próximo viernes con las palabras de la Carta a los efesios. Habla como el hombre que ha recibido una gracia grande, porque se le ha concedido “anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio oculto desde los siglos en Dios, Creador de todas las cosas” (Ef 3, 8-9).

Esa “riqueza de Cristo” es, al mismo tiempo, el “designio eterno de salvación” de Dios que el Espíritu Santo dirige al “hombre interior”, para que así “Cristo habite por la fe en nuestros corazones” (Ef 3, 16-17). Y cuando Cristo, con la fuerza del Espíritu, habite por la fe en nuestros corazones humanos, entonces estaremos en disposición “de comprender con nuestro espíritu humano” (es decir, precisamente con este “corazón”) “cuál es la anchura, la longura, la altura y la profundidad, y conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia…” (Ef 3, 18-19).

Para conocer con el corazón, con cada corazón humano, fue abierto, al final de la vida terrestre, el Corazón divino del Condenado y Crucificado en el Calvario.

Es diversa la medida de este conocimiento por parte de los corazones humanos. Ante la fuerza de las palabras de Pablo, cada uno de nosotros pregúntese a sí mismo sobre la medida del propio corazón. “…Aquietaremos nuestros corazones ante Él, porque si nuestro corazón nos arguye, mejor que nuestro corazón es Dios, que todo lo conoce” (1 Jn 3, 19-20). El Corazón del Hombre-Dios no juzga a los corazones humanos. El Corazón llama. El Corazón “invita”. Para esto fue abierto con la lanza del soldado.

4. El misterio del corazón, se abre a través de las heridas del cuerpo; se abre el gran misterio de la piedad, se abren las entrañas de misericordia de nuestro Dios (San Bernardo, Sermo 61, 4; PL 183, 1072).

Cristo dice en la liturgia del viernes: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

Quizá una sola vez el Señor Jesús nos ha llamado con sus palabras al propio corazón. Y ha puesto de relieve este único rasgo: “mansedumbre y humildad”. Como si quisiera decir que sólo por este camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones mediante “la mansedumbre y la humildad”. Todo el misterio de su reinado está expresado en estas palabras. La mansedumbre y la humildad encubren, en cierto sentido, toda la “riqueza” del Corazón del Redentor, sobre la que escribió San Pablo a los efesios. Pero también esa “mansedumbre y humildad” lo desvelan plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de suprema admiración.

Las hermosas letanías del Sagrado Corazón de Jesús están compuestas por muchas palabras semejantes, más aún, por las exclamaciones de admiración ante la riqueza del Corazón de Cristo. Meditémoslas con atención ese día.

5. Así, al final de este fundamental ciclo litúrgico de la Iglesia, que comenzó con el primer domingo de Adviento, y ha pasado por el tiempo de Navidad, luego por el de la Cuaresma, de la Resurrección hasta Pentecostés, domingo de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, se presenta discretamente la fiesta del Corazón divino, del Sagrado Corazón de Jesús. Todo este ciclo se encierra definitivamente en Él; en el Corazón del Dios-Hombre. De Él también irradia cada año toda la vida de la Iglesia.

Este Corazón es “fuente de vida y de santidad”.

LA EUCARISTÍA, FUENTE DE VIDA DIVINA – D. Columba Marmion

En todas las páginas que preceden he procurado demostraros cómo Dios quiere hacernos partícipes de su vida y cómo la gracia de Cristo, elevándonos a la categoría de hijos de Dios, es el principio de la vida divina en nosotros. El Bautismo nos confiere esa gracia, que es el germen de la vida sobrenatural y como el río divino en su hontanar. Hay obstáculos que se oponen al desarrollo de esa vida y al crecimiento de ese río; ya os he dicho de qué modo debemos eliminarlos. Finalmente, en las dos últimas conferencias os he expuesto cuáles son las leyes generales que determinan la permanencia de esa vida en nuestras almas, y los medios de que disponemos para acrecentarla; cómo es preciso permanecer unidos a Cristo por la gracia santificante, y hacer todas y cada una de nuestras acciones por la gloria de su Padre, con intención recta y movidos de una ardiente caridad. Esta ley se extiende a toda nuestra actividad, y abarca todas nuestras obras, de cualquier naturaleza que sean.
Cuando un alma se percata de la grandeza de esta vida sobrenatural y se convence de que el fundamento de ella no es otro que nuestra unión con Cristo por la fe y por la caridad, aspira a la perfección de esa unión; anhela la plenitud de esa vida, que debe, según el pensamiento eterno de Dios, poseer en sí misma. Esta perfección ¿no será una utopía, una quimera?, se pregunta el alma. No, no es pura entelequia; aunque parezca una cosa sublime e inasequible, puede y debe convertirse en realidad. «Esto es imposible para los hombres; para Dios todas las cosas son posibles» (Mt 19,26).
Es cierto, en efecto, que todos los esfuerzos de la naturaleza humana abandonada a sí misma, sin Cristo, no pueden hacernos avanzar un paso en la realización de esa unión, ni provocar el nacimiento y desarrollo de la vida que la unión engendra. Dios sólo es el dispensador del germen y crecimiento; es necesario, indispensable, como dice San Pablo (1Cor 3,6), que nosotros plantemos y reguemos; pero los frutos de vida no se producen sino por la savia de la gracia divina que Dios hace correr por nosotros.
Dios Nuestro Señor pone a nuestra disposición medios incomparables para mantener esa savia, pues si en cuanto es Bondad infinita y soberanamente eficaz, quiere hacernos participantes de su naturaleza y felicidad, como Sabiduría eterna, proporciona también los medios para el fin; de
una virtualidad y eficacia a las que nada iguala si no es la dulzura con que esa sabiduría eterna obra: «Alcanza poderoso del uno al otro extremo y todo lo gobierna suavemente» (Sab 8,1).
Ahora bien, si después de haber considerado cómo Dios nos infunde en el Bautismo el germen de esta vida y las primicias de esta unión, y la ley general que rige su desarrollo, deseamos conocer, en concreto, los medios que Dios pone a nuestra disposición, veremos que se reducen principalmente a la oración y a la recepción del Sacramento de la Eucaristía.
Dios se ha comprometido con el alma que se dirige a El: «Si pedís alguna cosa a mi Padre en mi nombre, dice Jesús, os la concederá»; y añade: «Pedid y recibiréis, a fin de que vuestra alegría sea perfecta»; y esta alegría es la alegría de Cristo -«para que posean en toda su plenitud mi gozo» (Jn 16, 23-24)-, la alegría de su gracia, la alegría de su vida la cual, como rio divino, nace de El y fluye hasta nosotros para regocijarnos (Sal 45,5).
La Eucaristía es el otro medio, mucho más poderoso aún. En la oración, Dios comunica sus dones con ciertas condiciones; en el sacramento de la Eucaristía, es el mismo Cristo quien se da a nosotros, la Eucaristía es propiamente el sacramento de la unión que alimenta y mantiene la vida divina en nosotros. A ella se refiere particularmente lo que dijo Nuestro Señor: «Yo he venido para dar a las almas la abundancia de la vida» (Jn 10,10). Al recibir a Cristo en la comunión, nos unimos a la vida misma.
Pero antes de darse al alma en alimento, Cristo se inmola, puesto que no se hace presente bajo las especies sacramentales sino en el sacrificio de la Misa. Por esta razón, debo, en primer lugar, tratar de la oblación del altar, aplazando para la próxima conferencia el hablaros de la comunión eucarística.
Digamos, pues, lo que es el sacrificio de la Misa y cómo hay en él virtualidad para irnos transformando en Jesús.
Este tema es inefable; el mismo sacerdote, para quien el sacrificio eucarístico es como el centro y el sol de su existencia, es incapaz de dar a comprender con su palabra las maravillas que el amor de Cristo ha acumulado en él. Todo lo que el hombre, simple criatura, puede decir de ese misterio, salido del corazón de un Dios, queda tan por debajo de la realidad, que después de decir todo cuanto se sabe de él, parece que no se ha dicho nada. Este misterio es tan santo y elevado que no hay tema que el sacerdote ame y a la vez tema tanto tratar.
Pidamos a la fe que nos ilumine, pues el sacrificio eucarístico es por excelencia un misterio de fe, mysterium fidei, y así, para comprender algo de él, es preciso recurrir a Cristo, repitiéndole las palabras de San Pedro, cuando Jesús anunció este misterio a los judíos, y varios de sus discípulos le abandonaron escandalizados: «¿A quién iremos, Señor, únicamente tú tienes palabras de vida eterna» (ib. 6,69), y sobre todo, creamos al amor, como dice San Juan (ib. 4,16). Nuestro Señor quiso instituir este sacramento en el instante en que iba a darnos, por su Pasión, el testimonio más grande de su amor para con nosotros, y quiso que se perpetuase entre nosotros, «en memoria de El»; es como su último pensamiento y el testamento de su sagrado corazón: «Haced esto en memoria mía» (1Cor 11,24).

Adoración Eucarística de san Juan Pablo II

Señor Jesús:

Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos.

“Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios” (Jn. 6,69).

Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres.

Aumenta nuestra FE.

Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo.

Contigo ya podemos decir: Padre nuestro.

Siguiéndote a ti, “camino, verdad y vida”, queremos penetrar en el aparente “silencio” y “ausencia” de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo” (Mt. 17,5).

Con esta FE, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social.

Tú eres nuestra ESPERANZA, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo.

Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives “siempre intercediendo por nosotros” (Heb. 7,25).

Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.

Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo.

Apoyados en esta ESPERANZA, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.

Queremos AMAR COMO TÚ, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres.

Quisiéramos decir como San Pablo: “Mi vida es Cristo” (Flp. 1,21).

Nuestra vida no tiene sentido sin ti.

Queremos aprender a “estar con quien sabemos nos ama”, porque “con tan buen amigo presente todo se puede sufrir”. En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración “el amor es el que habla” (Sta. Teresa).

Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.

CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO, TE ADORAMOS con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: “Quedaos aquí y velad conmigo” (Mt. 26,38).

Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación.

El Espíritu Santo que has infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos “gemidos inenarrables” (Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra.

En nuestras noches físicas y morales, si tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no sentiremos la consolación.

Aprendiendo este más allá de la ADORACIÓN, estaremos en tu intimidad o “misterio”.

Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el “misterio” de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación.

Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de AMAR y de SERVIR.

Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.

Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos.

Amén.

Juan Pablo II

QUE TE GUARDEN EN TUS CAMINOS

De los Sermones de san Bernardo, abad
(Sermón 12 sobre el salmo «Qui habitat», 3, 6-8: Opera omnia, edición cisterciense, 4 [1966], 458-462)

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos.» Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.

Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.

En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.

Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.

La fuerza de la devoción

Expresión de nuestro amor a Dios y a lo sagrado

“Pido ser enterrado junto a un sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado!”
San Manuel González

Hace ya más de 20 años, por una de esas maravillosas delicadezas de la Divina Providencia, entré por primera vez a la sencilla capilla de la parroquia de “Nuestra Señora del Huerto”, sin sospechar -en aquel momento- que al año siguiente en esa misma capilla recibiría a diario a nuestro Señor sacramentado, acompañándolo también expuesto en la Custodia y pudiéndolo visitar cuando quisiera, simplemente caminando unos pocos metros… y todo esto a partir de aquel primer encuentro que cambiaría radicalmente el curso de mi vida.

La primera vez que entré en dicha capilla, me encontré delante de una escena que se quedó plasmada para siempre, pues era totalmente nueva para mí: el sacerdote estaba incensando el altar durante los ritos iniciales de la santa Misa, y yo me quedé como embobado, pues no recuerdo haber tenido antes la oportunidad de ver algo así. Participaba de la santa Misa en otro lugar, de hecho, me estaba preparando para la confirmación, pero aquí veía algo especial que no entendía bien qué era. Luego me gustó la prédica y la liturgia completa, y entonces decidí que iría allí a participar de la santa Misa. Pero como las gracias de Dios jamás vienen solas, me invitaron a la Adoración Eucarística, a lo cual accedí más bien para no quedar mal, debo reconocer, pues no sabía lo que era propiamente ni qué debía hacer… pero fui. Y nuevamente -aunque esta vez sí tuve todo tiempo que quise para reflexionar-, me quedé cautivado mirando tanto a nuestro Señor sacramentado en la custodia (allí descubrí lo que era una custodia), cuanto al sacerdote, por la gran delicadeza, recogimiento y respeto con que el padre realizó la exposición. No sabía qué debía responder, no entendí bien a los demás como para “copiarles las respuestas”, ni sabía siquiera si debía estar sentado, parado o arrodillado; pero sí que algo me quedó bastante claro a partir de aquella primera Adoración con exposición solemne para mí (pues hasta al incienso lo miraba con respeto): comprendí que comenzaba una nueva etapa de mi vida en la que quería estar más presente para nuestro Señor Jesucristo. Dios me había mostrado de una manera totalmente inesperada lo que es la devoción. Y yo la quería.

Todo esto fue el año 2004. Al año siguiente entré al noviciado y continué con mi preparación religiosa y sacerdotal hasta llegar a este punto, en que comparto esta sencilla reflexión con más de una década de sacerdocio monástico. Y durante estos más de 20 años desde aquella primera adoración solemne que Dios me regaló, no he dejado de gozarme en la exposición del Santísimo Sacramento, de la que ahora tomo parte muy seguido gracias a la bondad divina; pues me parece cada vez más uno de los momentos más hermosos de nuestra piedad católica y del ministerio sacerdotal.

Dejo para otra oportunidad lo que, por supuesto, es evidente que hay que tratar si se habla de sacerdocio e intimidad con Dios, como lo es la santa Misa o la vida sacramental del sacerdote, para detenerme en esta expresión tan delicada y tan íntima para el ministro de Cristo, a pesar de realizarse muchas veces delante de sus fieles; pero es que la manera de tratar a Jesús sacramentado, a la vez que es manifestación de la fe y el amor del sacerdote a su Señor, también es una oportunidad para que lo feligreses contemplen y aprendan la devoción que se ha de tener ante nuestro Dios hecho sacramento por nosotros y para nosotros.

El sacerdote, a menudo puede andar corriendo: siempre hay cosas que atender, intenciones para elevar al Cielo en sus plegarias, sacrificios para ofrecer; mensajes para responder, compras para realizar, apostolados para preparar, misas que celebrar, sacramentos para administrar, sermones que preparar; direcciones espirituales, trámites, médico, mantenimiento, etc. Todo un vasto ministerio para poner a disposición de las almas cada vez que éstas lo necesiten; porque el sacerdote no se pertenece, es de Dios y de las almas. Sin embargo, cuando llega la hora de exponer el Santísimo Sacramento y “dedicarse a Él”, todo lo demás se ha de detener, porque así lo exige la devoción: ni una impía genuflexión relámpago, ni unas indescifrables oraciones apresuradas, ni una disipada atención deben entrar a la capilla junto con el sacerdote cuando llega “la hora santa”, eso se queda afuera porque en la capilla está Jesús Sacramentado. Si algo de esto se nos cuela los demás lo notan, y eso no es fecundo. En cambio, el sacerdote que trata con profunda devoción a Jesús Sacramentado, con respeto, con delicadeza, con amor, le da a su ministerio la poderosa impronta de la devoción que le da fuerza a sus palabras y a sus acciones; pero devoción verdadera, no artificial o caricaturesca. La devoción genuina es respetuosa; se toma el tiempo correspondiente y nada más; no termina en el ministro sino en Jesús sacramentado; mueve, inspira, cautiva para Dios.

Por supuesto que la devoción no está restringida solamente a los sacerdotes, la devoción “es nuestra”, de todos los creyentes y todos debemos aspirar a crecer en ella; de hecho, no pocas veces las personas más sencillas nos adelantan y nos motivan en gran medida sin siquiera darse cuenta; pero en esta oportunidad nos quedamos con este ejemplo concreto del sacerdote delante del Santísimo Sacramento, porque es allí donde de manera especial -así como en su manera de celebrar la santa Misa-, la devoción puede tener una fuerza enorme y cautivadora, como hemos podido constatar a lo largo de la historia de la Iglesia en sus santos sacerdotes, grandes adoradores y promotores de la Adoración Eucarística, descanso de sus almas y de donde debemos sacar nuestras fuerzas para cumplir con lo que Dios nos pide. Del santo cura de Ars se decía que, al hablar sobre la Eucaristía a los fieles, muchas veces se emocionaba tanto que no podía terminar las frases y rompía en llanto o silencio; o que cuando miraba el sagrario, solía exclamar conmovido: «¡Él está ahí!» o «¡Él nos espera!»; y podemos constatar la fuerza arrolladora de su predicación, sus penitencias, sus ejemplos, etc.

Hasta el día de hoy, no deja de edificarme el contemplar a mis hermanos en el ministerio sacerdotal al tratar con piedad a nuestro Señor sacramentado. A los sacerdotes devotos los admiro y deseo imitarlos en su devoción, y le ruego a Dios que mi devoción crezca y se haga profunda, pues sólo así será fecunda. Pero la invitación es para todos los creyentes, para todos los miembros de la Iglesia que tenemos la posibilidad de acudir a nuestro Señor en la Eucaristía -¡Oh, qué triste sería no tener la Eucaristía!-; así que amemos mucho a Jesucristo Sacramentado, porque en definitiva nuestra devoción es una expresión de nuestro amor. Vayamos a visitarlo, vayamos a recibirlo, pasemos tiempo con Él, correspondámosle. Él ya nos abrió su corazón, abrámosle nosotros en nuestro, y que nuestro trato hacia Él sea cada vez más piadoso e íntimo.

P. Jason.

CORAZÓN DE JESÚS, TEMPLO SANTO DE DIOS – San Juan Pablo II

9 de junio, 1985

1. A la hora de la común oración del Angelus, nos dirigimos, juntamente con María – por medio de su Corazón Inmaculado – al Corazón Divino de su Hijo.

¡Corazón de Jesús – Templo santo de Dios!

¡Corazón de Jesús – Tabernáculo del Altísimo!

Corazón de un Hombre semejante a tantos otros corazones humanos y, a la vez, Corazón de Dios-Hijo.  Por tanto, sí es verdad que cada uno de los hombres ‘habita”- de algún modo, en su corazón, entonces, en el Corazón del Hombre de Nazaret, de Jesucristo, habita Dios. Es “templo de Dios” por ser Corazón de este hombre.

2. Dios-Hijo está unido con el Padre, como Verbo Eterno. “Dios de Dios, Luz de Luz… engendrado no creado”. El Hijo está unido con el Padre en el Espíritu Santo, que es el “soplo” del Padre y del Hijo y es, en la Divina Trinidad, la Persona-Amor. El Corazón del Hombre Jesucristo es, pues, en el sentido trinitario, “Templo de Dios”: es el templo interior del Hijo que está unido con el Padre en el Espíritu Santo mediante la unidad de la Divinidad. ¡Qué inescrutable permanece el misterio de este Corazón, que es “Templo de Dios” y “Tabernáculo del Altísimo”.

3. Al mismo tiempo, es la verdadera “morada de Dios con los hombres” (Ap 21,3), porque el Corazón de Jesús, en su templo interior abrazo a todos los hombres. Todos habitan allí, abrazados por el eterno amor. A todos pueden dirigirse – en el Corazón de Jesús – las palabras del Profeta:

“Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia” (Jer 31,3).

4. Que esta fuerza del eterno amor que está en el Corazón Divino de Jesús, se comunique hoy de modo particular a los jóvenes que reciben la confirmación. En ellos debe habitar de modo particular el Espíritu Santo. Que se conviertan, pues, también sus corazones a semejanza de Cristo – en “templo santo de Dios” y “tabernáculo del Altísimo”. Con frecuencia he oído cantar a los jóvenes: “¿Vosotros sabéis que sois un templo?” Sí, somos templo de Dios y el Espíritu Santo habita en nosotros, según las palabras de San Pablo (cf. 1 Cor 3,16).

5. Por medio del Corazón Inmaculado de María permanezcamos en la Alianza con el Corazón de Jesús que es “Templo de Dios” el más espléndido “Tabernáculo del Altísimo”, el más perfecto.

EN El CORAZÓN DE LA IGLESIA, YO SERÉ EL AMOR

De la Narración de la vida de santa Teresa del Niño Jesús, virgen, escrita por ella misma
(« Manuscrits autobiographiques», Lisieux 1957, 227-229)

Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.

Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: Aspirad a los dones más excelentes; yo quiero mostraros un camino todavía mucho mejor. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.

Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mi misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé:

«Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y mi deseo se verá colmado.»

DEBEMOS SER HUMILDES, SENCILLOS Y PUROS

De la carta de san Francisco de Asís, dirigida a todos los fieles
(Opúsculos, edición Quaracchi, Florencia) 1949, 87-94)

La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno, tan santo y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre. Y, al acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre, diciendo: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz.
Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los que quieran dar culto verdadero adorarán al verdadero padre en espíritu y verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad. Y dirijámosle día y noche nuestra alabanza y oración, diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos; porque debemos orar siempre sin desanimarnos.
Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo tan sólo se llevan consigo el premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración. No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario; debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana criatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres de nuestro Señor Jesucristo.

EL MINISTÉRIO DE LOS ÁNGELES

Sermón para la fiesta de los Santos Ángeles Custodios

San Juan María Vianney -Santo Cura de Ars- (s. XIX)

Hermanos míos, nuestros ángeles custodios son nuestros más fieles amigos, porque están con nosotros día y noche, en todo tiempo y lugar; la fe nos enseña que los tenemos siempre a nuestro lado. Eso es lo que hizo decir a David: «No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos (Sl 90, 11). Y para que veamos cuán grandes son sus cuidados para con nosotros, el profeta dice que nos llevan en sus manos como una madre lleva a su hijo. ¡Ah! es que el Señor previó los peligros sin número a los que estaríamos expuestos en la tierra, en medio de tantos enemigos y que todos buscan nuestra perdición. Sí, son los ángeles buenos que nos consuelan en nuestras penas, que hacen nos demos cuenta cuando el demonio nos quiere tentar, que presentan a Dios nuestras oraciones y todas nuestras buenas acciones, que nos asisten en la hora de la muerte y presentan nuestras almas a su soberano juez.
Desde el comienzo del mundo, el trato de los ángeles con los hombres es tan frecuente que la Escritura santa los menciona a cada instante. Casi todos los patriarcas y profetas han sido instruidos por los ángeles acerca de la voluntad del Señor. Incluso a menudo vemos que el mismo Señor se ha hecho representar por ángeles. Pero me diréis, si les viéramos ¿no aumentaría nuestra confianza en ellos? Si esto hubiera sido necesario para la salvación de nuestra alma, el buen Dios los habría hecho visibles. Pero eso tiene muy poca importancia, porque en nuestra religión sólo conocemos por la fe, y esto para que todas nuestras acciones sean más meritorias.
Si deseáis saber el número de ángeles que existen, su función, os diré que son muy numerosos: unos han sido creados para honrar a Jesucristo en su vida escondida, dolorosa y gloriosa, o bien para ser los guardianes de los hombres sin dejar, por ello, de gozar de la presencia divina. Otros están ocupados en contemplar las perfecciones de Dios, o bien velan para que conservemos nuestra vida cristiana proveyéndonos de todos los medios necesarios para nuestra santificación. Si bien es verdad que el buen Dios se basta a sí mismo, no es menos verdad que para gobernar al mundo, se sirve del ministerio de sus ángeles.
Aunque el buen Dios se baste a sí mismo, sin embargo emplea, para gobernar el mundo, el ministerio de sus ángeles. Si vemos a Dios cuidar con tanto esmero de nuestra vida, debemos concluir que nuestra alma es algo muy grande y muy precioso, para que emplee para su conservación y santificación todo lo que tiene de más grande en su tribunal. Nos dio a su Hijo para salvarnos; Este mismo Hijo nos da a cada uno de nosotros, uno y hasta varios ángeles, que únicamente se ocupan de pedirle para nosotros las gracias y los socorros necesarios para nuestra salvación. ¡Oh, qué poco conoce el hombre lo que es, y el fin para qué ha sido creado! Leemos en la Escritura que el Señor decía a su pueblo: » Voy a enviaros a mi ángel, con el fin de que os conduzca en todos vuestros pasos» (Ex 23, 20).
Debemos invocar a menudo a nuestros ángeles de la guarda, respetarlos y, sobre todo tratar de imitarlos en todas nuestras acciones. La primera cosa que debemos imitar en ellos, es el pensamiento de la presencia de Dios. En efecto, si estuviéramos bien penetrados de la presencia de Dios, ¿cómo podríamos hacer el mal? ¡Nuestras virtudes y todas nuestras buenas obras, serían mucho más agradables a Dios! Dios le dice a Abraham: «¿Quieres ser perfecto? Camina en mi presencia» (Gn 17, 1).
¿Cómo puede ser que olvidemos tan fácilmente al buen Dios, si lo tenemos siempre delante de nosotros? ¿Por qué no tenemos respeto y reconocimiento hacia nuestros ángeles, que nos acompañan día y noche? «Soy demasiado miserable, diréis, para merecer esto”. No sólo, hermanos míos, Dios no os pierde de vista un instante, sino que os da un ángel, que no deja de guiar vuestros pasos. ¡Oh, inmensa felicidad, tan poca conocida por los hombres!

EL CORRER DE LAS ACEQUIAS ALEGRA LA CIUDAD DE DIOS

De los Tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos
(Salmo 64, 14-15: CSEL 22, 245-246)
 
La acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales, riegas los surcos, tu llovizna los deja mullidos. No cabe duda alguna de cuál sea la acequia a la que se refiere nuestro texto, pues el profeta dice de ella: El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Y el mismo Señor afirma en el Evangelio. En aquel que beba del agua que yo le dé, se convertirá ésta en manantial, cuyas aguas brotan para comunicar vida eterna. Y también: Quien crea en mí, como ha dicho la Escritura, brotarán de su seno torrentes de agua viva. Esto lo dijo del Espíritu Santo, que habían de recibir los que a él se unieran por la fe. Esta acequia de Dios va, pues, llena de agua. En efecto, el Espíritu Santo nos inunda con sus dones y así, por obra suya, la acequia de Dios, brotando del manantial divino, derrama agua abundante sobre todos nosotros.
 
Y además, tenemos también un manjar. ¿De qué manjar se trata? De aquel, sin duda, que ya en este mundo nos dispone para gozar de la comunión de Dios, por medio de la comunión del cuerpo de Cristo, comunión que nos prepara para tener nuestra parte en aquel lugar donde reina ya este santísimo cuerpo. Esto es precisamente lo que significan las palabras del salmo que siguen a continuación: Preparas los trigales, y los valles se visten de mieses; porque en realidad, aunque ya estemos salvados desde ahora por este alimento, con todo, él nos prepara también para la vida futura.
 
Para quienes hemos renacido por medio del santo bautismo este alimento constituye nuestro mayor gozo, pues él nos aporta ya los primeros dones del Espíritu Santo, haciéndonos penetrar en la inteligencia de los misterios divinos y en el conocimiento de las profecías; este alimento nos hace hablar con sabiduría, nos da la firmeza de la esperanza y nos confiere el don de curaciones. Estos dones nos van penetrando, y son como las gotas de una lluvia que va cayendo poco a poco para que luego demos fruto abundante.

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado