Oraciones por los fieles difuntos

“ORACIONES POR LOS DIFUNTOS”

(Para rezar por las benditas almas del purgatorio, especialmente nuestros familiares y amigos)

“Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios”, decía San Agustín. Cada 2 de noviembre la Iglesia recuerda con mucho cariño a los fieles difuntos y por ello te recomendamos estas oraciones por las almas de tus familiares que ya partieron a la Casa del Padre.

Por un niño

Señor, tú que conoces nuestra profunda tristeza por la muerte del (de la) niño(a) N., concede a quienes acatamos con dolor tu voluntad de llevártelo(a), el consuelo de creer que vive eternamente contigo en la gloria. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Por un joven

Concede, Señor, la felicidad de la gloria eterna a tu siervo(a) N. a quien has llamado de este mundo cuando el vigor de la juventud embellecía su vida corporal; muestra para con él (ella) tu misericordia y acógelo(a) entre tus santos en el canto eterno de tu alabanza. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Por los padres y abuelos

¡Oh Dios! Nos mandaste honrar padre y madre. Por tu misericordia, ten piedad de mi padre (madre) y no recuerdes sus pecados. Que yo pueda verlo (la) de nuevo en el gozo de eterno fulgor. Te lo pido por Cristo nuestro Señor. Amén.

En caso de accidente o suicidio

Escucha, Señor, las súplicas de tu pueblo unidas a las lágrimas de dolor que sentimos por la muerte inesperada de nuestro(a) hermano(a) N., y haz que alcance tu misericordia y goce para siempre de la luz de aquella patria en que no hay más sufrimiento ni muerte. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración en el cementerio el día de los fieles difuntos

La costumbre de visitar los cementerios el día de difuntos es una buena oportunidad para orar por ellos y afirmar nuestra fe en la resurrección. Proponemos para esta ocasión la siguiente celebración.

A/. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. T/. Amén.

A/. Bendigamos al Señor que, por la resurrección de su Hijo, nos ha hecho nacer a una esperanza viva. T/. Bendito seas por siempre, Señor.

A/. Hermanos: Todos tenemos familiares y amigos que han muerto. Hoy los recordamos a ellos y a todos los que han fallecido y los encomendamos a la misericordia de Dios. En este cementerio nos unimos para afirmar nuestra fe en Cristo que ha vencido la muerte y nuestra esperanza de que él vencerá también nuestra muerte y nos reunirá con nuestros seres queridos en su reino de gloria. Que esta celebración nos anime a ser fieles al Señor y a seguir los buenos ejemplos que nuestros familiares nos dejaron en su vida. Comencemos reconociendo nuestros pecados ante el Señor (momentos de silencio).

Tú que resucitaste a Lázaro del sepulcro, SEÑOR, TEN PIEDAD.
Tú que has vencido la muerte y has resucitado, CRISTO, TEN PIEDAD.
Tú que nos has prometido una vida eterna contigo, SEÑOR, TEN PIEDAD.

A/. El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. T/: Amén.

L/. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (6, 3-4. 8-9).

“Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva… Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él”. Palabra de Dios. T/. Te alabamos, Señor.

A/. Hermanos: Invoquemos con fe a Dios Padre todopoderoso que resucitó de entre los muertos a su Hijo Jesucristo para la salvación de todos.

Para que afiance al pueblo cristiano en la fe, la esperanza y el amor, roguemos al Señor. Todos: TE LO PEDIMOS, SEÑOR.
Para que libere al mundo entero de todas sus injusticias, violencias y signos de muerte, roguemos al Señor.
Para que acoja e ilumine con la claridad de su rostro a todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección, roguemos al Señor.
Para que reciba en su reino a N. y N. (se pueden decir nombres) y a todos los difuntos de nuestras familias, roguemos al Señor.
Para que nuestra visita y nuestras ofrendas de flores, velas y comida sean signos de nuestra fe en la vida más allá de la muerte, roguemos al Señor.
Para que la fe en Cristo mueva nuestros corazones para dar frutos de solidaridad y de justicia, roguemos al Señor.

A/. Oremos, hermanos, como Jesús mismo nos enseñó.

T/. Padre nuestro… Dios te salve María… Gloria al Padre…

A/. El Dios de todo consuelo, que con amor inefable creó al hombre y en la resurrección de su Hijo ha dado a los creyentes la esperanza de resucitar, derrame sobre nosotros su bendición. T/. Amén.

A/. Él nos conceda el perdón de nuestras culpas a los que vivimos en este mundo y otorgue a los que han muerto el lugar de la luz y de la paz. T/. Amén.

A/. Y a todos nos conceda vivir eternamente felices con Cristo, al que proclamamos resucitado de entre los muertos. T/. Amén.

A/. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre. T/. Amén.

A/. Dales, Señor, el descanso eterno T/. Y brille para ellos la luz perpetua.

A/. Que las almas de todos los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz. T/. Amén.

Conmemoración de todos los fieles difuntos

Las benditas almas del purgatorio y el sentido cristiano de la muerte

Como sabemos, la santa Iglesia de Jesucristo, está formada por todas las almas que mediante la gracia se unen verdaderamente a Dios en una misma fe. Pero esta iglesia se encuentra en tres estados distintos que se fundirán en uno solo después del día del juicio final. Estos tres estados son: la iglesia militante (nosotros…); la iglesia purgante (las benditas almas del purgatorio…) y finalmente la iglesia triunfante, conformada por todas las almas que ya se encuentran gozando del cielo.

Nosotros ayer celebramos la solemnidad de la Iglesia triunfante, hacia la cual todos nosotros peregrinamos en esta vida. Y hoy se nos invita especialmente a conmemorar a las almas de todos los fieles difuntos.

Una “conmemoración” es la Memoria o recuerdo que se hace de alguien o algo, especialmente si se celebra con un acto o ceremonia, es por eso que en este día, se ofrece la santa Misa por todos los fieles difuntos, y se nos invita a rezar especialmente por las almas que ya han dejado la tierra pero aún no han llegado al cielo.

¿Quiénes son estas almas que aún no han llegado al cielo?, todos aquellos bautizados que murieron con la esperanza de la resurrección al fin de los tiempos y se encuentran ahora en el purgatorio. Es decir, que esta santa misa se ofrece por todos nuestros familiares y amigos, conocidos o no, por todos los hombres y mujeres de fe que nos precedieron en el camino al Cielo. Es cierto que ellos ya pueden estar gozando del Cielo, pero sólo Dios sabe si ya lo hicieron o si les hacen falta oraciones que los ayuden a terminar de purificarse para entrar en la gloria.

   La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos, de hecho san Isidoro de Sevilla escribía lo siguiente: « Ofrecer el sacrificio por el descanso de los difuntos (…) es una costumbre observada en el mundo entero. Por eso creemos que se trata de una costumbre enseñada por los mismos Apóstoles. En efecto, la Iglesia católica la observa en todas partes; y si ella no creyera que se les perdonan los pecados a los fieles difuntos, no haría limosnas por sus almas, ni ofrecería por ellas el sacrificio a Dios.»[1]

Debemos recordar que cuando una persona muere, ya no es capaz por sí misma de hacer  más para alcanzar el Cielo, porque los méritos sólo se pueden alcanzar en esta vida (después de la muerte no podemos hacer más méritos, como tampoco podemos perderlos, es imposible); por otro lado, hay que mencionar también que en el purgatorio las almas para poder purificarse sufren, aunque este sufrimiento, por grande que pueda ser, se alivia por la esperanza del Cielo. La esperanza del descanso eterno da fortaleza a aquellas almas para sufrir los dolores de la purificación: El purgatorio –podríamos decir que-  es como un gran desierto, después del cual hay un oasis eterno. Sin embargo, nosotros los vivos sí podemos ofrecer sufragios para que el difunto alcance finalmente la terna salvación; y estos sufragios son las oraciones, sacrificios, limosnas, Misas etc., que ofrecemos por ellos. ¿Cómo se entiende esto? Se entiende a la luz de la comunión de los santos; o sea, que los cristianos del Cielo y los de la tierra pueden interceder por las almas que se encuentran en el purgatorio terminando de purificarse antes de entrar al cielo, pero que ciertamente van a entrar.

Para comprender mejor la necesidad de rezar por los fieles difuntos es conveniente tratar un poco acerca del sentido cristiano de la muerte, que es lo que nos tiene que motivar a estar siempre preparados para cuando la muerte nos toque la puerta; porque, como dice aquel adagio: “la muerte está tan segura de sí misma, que nos da toda una vida de ventaja”. (No importa si es larga o corta, de todas maneras llegará).

De la muerte, en sentido general, sabemos con certeza 3 cosas:

 – 1º que es cierta en su venida… (nadie puede escapar de ella… no es racista ni discrimina a nadie)

– 2º que es incierta en el tiempo y circunstancias… (en cualquier momento)

– 3º que nos vamos a morir una sola vez… el día del juicio será la resurrección…

Sin embargo, en cuanto somos creyentes e hijos de Dios por el bautismo, también sabemos otras cosas respecto a la muerte, pero que son de otro orden, porque son verdades no ya de orden humano sino de orden sobrenatural, como por ejemplo:

  – (la 1ª gran verdad) Que la muerte vino por culpa del pecado: No es Dios quien hizo la muerte ni se complace cuando perecen los vivos (Sab 1,13); la muerte es una consecuencia del pecado, y el pecado lo cometió el hombre.

  – (2ª gran verdad) Que “Dios creó inmortal al hombre, lo hizo a imagen de su propia naturaleza. Fue por envidia del diablo que entró la muerte en el mundo” (Sab 2, 23-24)

  – (3ª gran verdad) Que Dios se hizo hombre y participó de nuestra muerte para destruir con Su muerte al que tenía el imperio de la muerte, es decir al Diablo, y librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban sujetos a servidumbre durante toda su vida (Hb 2,14).

A la luz de estas verdades reveladas podemos hablar más claramente del sentido cristiano de la muerte… es decir, no ya como el castigo más terrible del pecado, sino como el verdadero umbral de la casa de Dios para toda alma creyente que se encuentra con ella estando en gracia de Dios.

Este sentido sobrenatural de la muerte comienza con la resurrección de Jesucristo. A partir de ella la esperanza del paraíso revive, la fe se robustece y la caridad se enciende en deseos de imitar a aquel que venció la muerte por su obediencia al Padre.

Enseña el catecismo: «En la muerte Dios llama al hombre hacia Sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo: “Deseo partir y estar con Cristo” (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46)»[2]

Por eso dice la liturgia de este día en el prefacio de los difuntos: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.”(MR, Prefacio de difuntos).

«La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino.»[3]

Por eso cantaba san Francisco de Asís en su conocido cántico a las creaturas:

Y por la hermana muerte,

¡loado mi Señor!

Ningún viviente escapa de su persecución;

¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!

¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!

… En esta última frase está todo el gran secreto del sentido cristiano de la muerte: “¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!”, porque el que es fiel a los mandamientos y aprovecha los sacramentos no tiene por qué temer la muerte, y así, el único temor que debería tener el cristiano es el temor de llegar a ofender a Dios.

Éste es el sentido cristiano de la muerte: el saber que para el alma fiel no es más que un paso desde el tiempo hacia la eternidad. Pero un paso que a veces se retarda cuando todavía han quedado algunos pecados veniales por terminar de purificar, y es en este lugar de purificación y espera donde están las almas que pueden acortar ese tiempo de entrada en el Cielo mediante nuestras oraciones, limosnas y sacrificios por ellos… pero principalmente nuestra oración, porque: Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Porque cuando un alma del purgatorio pasa al cielo, comienza a interceder por aquellos que rezaron por ella en la tierra.

Ésta es la gran diferencia entre la muerte del cristiano fiel y la del impío: el impío se asusta o desespera, en cambio el fiel, el que tiene la conciencia tranquila delante Dios, se duerme lleno de paz y esperanza. Ésta es la esperanza que anima a las almas de los fieles difuntos y que debe animarnos también a nosotros a rezar por ellas.

Que María santísima, Reina y Señora de los cielos, nos alcance la gracia de vivir constantemente pensando en el Cielo.

 

P. Jason Jorquera M.

 

[1] San Isidoro de Sevilla, Sobre los oficios eclesiásticos, 1

[2] Catecismo de la Iglesia Católica nº 1011

[3] Catecismo de la Iglesia Católica nº 1013

CORAZÓN DE JESÚS, HIJO DEL ETERNO PADRE – San Juan Pablo II

2 de junio, 1985

Hoy, primer domingo del mes de junio, la Iglesia encuentra en el Corazón de Cristo el acceso al Dios que es la Santísima Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Este único Dios – Uno y Trino a la vez – es un misterio inefable de la fe. Verdaderamente él “habita en una luz inaccesible” (1 Tm 6,16).

Y, al mismo tiempo, el Dios infinito ha permitido que le abrace el Corazón de un Hombre cuyo nombre es Jesús de Nazaret, Jesucristo. Y a través del Corazón del Hijo, Dios Padre se acerca también a nuestros corazones y viene a ellos. Y así cada uno de nosotros es bautizado “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Cada uno de nosotros está inmerso, desde el principio, en el Dios Uno y Trino, en el Dios vivo, en el Dios vivificante. A este Dios lo confesamos como Espíritu Santo que, procediendo del Padre y del Hijo, “da la vida”.

2. El Corazón de Jesús fue “formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre”. El Dios que “da la vida” y “se entrega al hombre” comenzó la obra de su economía salvífica haciéndose hombre. Justamente en la concepción virginal y en su nacimiento de María, comienza su corazón humano “formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre”.

A este Corazón queremos venerar durante el mes de junio. A este Corazón hoy mismo queremos hacerle singular fiduciario de nuestros pobres corazones humanos, de los corazones probados de diversas maneras, oprimidos de diversos modos. Y también de los corazones confiados en la potencia del mismo Dios y en la potencia salvífica de la Santísima Trinidad.

3. María, Madre Virgen, que conoces mejor que nosotros el Corazón Divino de tu Hijo, únete a nosotros hoy en esta adoración a la Santísima Trinidad e igualmente en la humilde oración por la Iglesia y el mundo. Tu sola eres la guía de nuestra plegaria.

VALOR INFINITO DE LA OBLACIÓN EUCARÍSTICA – D. Columba Marmion

Jesucristo comienza el ejercicio de su sacerdocio desde la Encarnación. «Todo pontífice ha sido, en efecto, instituido para ofrecer dones y sacrificios» (Heb 5,1); por eso convenía, o mejor dicho, era necesario que Cristo, pontífice supremo, tuviera también alguna cosa que ofrecer. ¿Qué es lo que va a ofrecer? ¿Cuál es la materia de su sacrificio? Veamos y consideremos lo que se ofrecía antes de El.
El sacrificio pertenece a la esencia misma de la religión; es tan antiguo como ella.
Desde que hay criaturas, parece justo y equitativo que reconozcan la soberanía divina, en eso consiste uno de los elementos de la virtud de religión, que es, a su vez, una manifestación de la virtud de justicia. Dios es el ser subsistente por sí mismo y contiene en sí toda la razón de ser de su existencia, es el ser necesario, independiente de todo otro ser, mientras que la esencia de la criatura consiste en depender de Dios. Para que la criatura exista, salga de la nada y se conserve en la existencia, para que luego pueda desplegar su actividad, necesita el concurso de Dios. Para conformarse, pues, con la verdad de su naturaleza, la criatura debe confesar y reconocer esta dependencia; y esta confesión y reconocimiento es la adoración. Adorar es reconocer con humildad la soberanía de Dios: «Venid, adoremos al Señor y postrémonos ante El… Porque El nos ha formado y no nosotros a nosotros mismos» (Sal 94,6, y Sal 99,3).
A decir verdad, en presencia de Dios, nuestra humillación debería llegar al anonadamiento, lo cual constituiría el homenaje supremo, aunque ni siquiera este anonadamiento seria bastante para expresar convenientemente nuestra condición de simples criaturas y la trascendencia infinita del Ser divino. Mas como Dios nos ha dado la existencia, no tenemos derecho a destruirnos por la inmolación de nosotros mismos, por el sacrificio de nuestra vida. El hombre se hace sustituir por otras criaturas, principalmente por las que sirven al sostenimiento de su existencia, como el pan, el vino, los frutos, los animales (Secreta del Jueves después del Domingo de Pasión). Por la ofrenda, la inmolación o la destrucción de esas cosas, el hombre reconoce la infinita majestad del Ser supremo, y eso es el sacrificio. Después del pecado, el sacrificio, a sus otros caracteres, une el de ser expiatorio.
Los primeros hombres ofrecían frutos, e inmolaban lo mejor que tenían en sus rebaños, para testimonar así que Dios era dueño soberano de todas las cosas.
Más tarde, Dios mismo determinó las formas del sacrificio en la ley mosaica. Existían, en primer lugar, los holocaustos, sacrificios de adoración; la víctima era enteramente consumida; había los sacrificios pacíficos, de acción de gracias o de petición: una parte de la víctima era quemada, otra reservada a los sacerdotes, y la tercera se daba a aquellos por quienes se ofrecía el sacrificio. Se ofrecían finalmente -y éstos eran los más importantes de todos- sacrificios expiatorios por el pecado.
Todos estos sacrificios, dice San Pablo, no eran más que figuras (1Cor 10,11); «imperfectos y pobres rudimentos» (Gál 4,9); no agradaban a Dios sino en cuanto representaban el sacrificio futuro, el único que pudo ser digno de El: el sacrificio del Hombre-Dios sobre la Cruz. [Deus… legalium differentiam hostiarum unius sacrificii perfectione sanxisti. Secreta del 7º Domingo después de Pentecostés].
De todos los símbolos, el más expresivo era el sacrificio de expiación, ofrecido una vez al año por el gran sacerdote en nombre de todo el pueblo de Israel, y en el cual la víctima sustituía al pueblo (Lev 15,9 y 16). ¿Qué vemos, en efecto? -Una víctima presentada a Dios por el sumo sacerdote. Este, revestido de los ornamentos sacerdotales, impone primero las manos sobre la víctima, mientras la muchedumbre del pueblo permanece postrada en actitud de adoración. ¿Qué significaba este rito simbólico? -Que la víctima sustituía a los fieles; representábalos delante de Dios, cargada, por decirlo así, con todos los pecados del pueblo. [Dios mismo, en el Levítico, había declarado que era El el autor de esta sustitución. Lev 17, 11]. Luego la víctima es inmolada por el sumo sacerdote, y este golpe, esta inmolación hiere moralmente a la multitud, que reconoce y deplora sus crimenes delante de Dios, dueño soberano de la vida y de la muerte. Después, la víctima puesta sobre la pira, es quemada y sube ante el trono de Dios, in odorem suavitatis símbolo de la ofrenda que el pueblo debía hacer de sí mismo a Aquel que es, no sólo su primer principio, sino también su último fin. El sumo sacerdote, habiendo rociado los ángulos del altar con la sangre de la víctima, penetra en el santo de los santos para derramarla también delante del arca de la Alianza, y a continuación de este sacrificio, Dios renovaba el pacto de amistad que había concertado con su pueblo.
Todo esto, ya os lo he dicho, no era más que alegoría. ¿En qué consiste la realidad? -En la inmolación sangrienta de Cristo en el Calvario, Jesús, dice San Pablo, se ha ofrecido El mismo a Dios por nosotros como una oblación y un sacrificio de agradable olor (Ef 5,2). Cristo ha sido propuesto por Dios a los hombres como la víctima propiciatoria en virtud de su sangre, por medio de la fe (Rom 3,25).
Pero notad bien que Cristo Jesús consumó su sacrificio en la cruz. Lo inauguró desde su Encarnación, aceptando el ofrecerse a sí mismo por todos los hombres.- Ya sabéis que el más mínimo padecimiento de Cristo, considerado en sí mismo, hubiera bastado para salvar al género humano; siendo Dios, sus acciones tenían, a causa de la dignidad de la persona divina, un valor infinito. Pero el Padre Eterno ha querido, en su sabiduría incomprensible, que Cristo nos rescatase con una muerte sangrienta en la Cruz. Ahora bien, nos dice expresamente San Pablo que este decreto de la adorable voluntad de su Padre, Cristo lo aceptó desde su entrada en el mundo. Jesucristo, en el momento de la Encarnación, vio con una sola mirada todo cuanto había de padecer por la salvación del género humano, desde el pesebre hasta la cruz, y entonces se consagró a cumplir enteramente el decreto eterno, e hizo la ofrenda voluntaria de su propio cuerpo para ser inmolado. Oigamos a San Pablo: «Cristo, entrando en el mundo, dice a su Padre: No quisiste ni víctimas ni ofrendas, pero me adaptaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni sacrificios por el pecado. Entonces dije: Heme aquí… Vengo, oh Dios mío, a hacer tu voluntad» (Heb 10,5 y 8-9). Y habiendo comenzado así la obra de su sacerdocio por la perfecta aceptación de la voluntad de su Padre y la oblación de sí mismo, Jesucristo consumó el sacrificio sobre la Cruz con una muerte sangrienta. Inauguró su Pasión renovando la oblación total que había hecho de sí mismo en el momento de la Encarnación. «Padre, dijo al ver el cáliz de dolores que se le presentaba, no lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres»; y su última palabra antes de expirar será: «Todo está cumplido» (Jn 19,30).
Considerad por algunos instantes este sacrificio y veréis que Jesucristo realizó el acto más sublime y rindió a Dios su Padre el homenaje más perfecto.- El pontífice es El, Dios-Hombre, Hijo muy amado. Es verdad que ofreció el sacrificio de su naturaleza humana, puesto que sólo el hombre puede morir; es verdad también que esta oblación fue limitada en su duración histórica; pero el pontífice que la ofrece es una persona divina, y esta dignidad confiere a la inmolación un valor infinito.- La víctima es santa, pura, inmaculada, pues es el mismo Jesucristo; El, cordero sin mancha, que con su propia sangre, derramada hasta la última gota como en los holocaustos, borra los pecados del mundo. Jesucristo ha sido inmolado en vez de nosotros; nos ha sustituido; cargado de todas nuestras iniquidades, se hizo víctima por nuestros pecados.·«Dios cargó sobre El las iniquidades de todos nosotros» (Is 53,6).- Jesucristo, en fin, ha aceptado y ofrecido este sacrificio con una libertad llena de amor: «No se le ha quitado la vida sino porque El ha querido» (Jn 5,18); y El lo ha querido únicamente «porque ama a su Padre». «Obro así para que conozca el mundo que amo al Padre» (Jn 14,31).
De esta inmolación de un Dios, inmolación voluntaria y amorosa, ha resultado la salvación del género humano: la muerte de Jesús nos rescata, nos reconcilia con Dios, restablece la alianza de donde se derivan para nosotros todos los bienes, nos abre las puertas del cielo, nos hace herederos de la vida eterna. Este sacrificio basta ya para todo; por eso, cuando Jesucristo muere, el velo del templo de Israel se rasga por medio, para mostrar que los sacrificios antiguos quedaban abolidos para siempre, y reemplazados por el único sacrificio digno de Dios. En adelante, no habrá salvación, no habrá santidad, sino participando del sacrificio de la Cruz, cuyos frutos son inagotables: «Por esta oblación única, dice San Pablo, Cristo ha procurado para siempre la perfección a los que han de ser santificados» (Heb 10,14).

¿ACASO LA VIRGEN MARÍA NO HIZO LA VOLUNTAD DEL PADRE?

Sermón sobre el Evangelio de Mateo, 25, 7-8 : PL 46, 937

Atiende a lo que dice Cristo, el Señor, extendiendo la mano hacia sus discípulos: «He aquí mi madre y mis hermanos». Y luego: «El que hace la voluntad de mi Padre, que me envió, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 49-50). ¿Acaso la Virgen María no hizo la voluntad del Padre, ella que creyó por la fe, que concibió por la fe? Santa María hizo, sí, la voluntad del Padre, y por consiguiente María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz al Maestro, lo llevó en su seno.

Ved si lo que digo no es verdad. Cuando el Señor pasaba, seguido por la muchedumbre y haciendo milagros, una mujer se puso a decir: «¡Feliz y bienaventurado, el pecho qué te llevó!» ¿Y qué le replicó el Señor, para evitar que se coloque la felicidad en la carne? «¡ Feliz más bien aquellos qué escuchan la palabra de Dios y la cumplen!». Pues, María es bienaventurada también porque oyó la palabra de Dios y la cumplió: su alma guardó la verdad más, que su pecho guardó la carne. La Verdad, es Cristo; la carne, es Cristo. La verdad, es Cristo en el corazón de María; la carne, es Cristo en el seno de María. Lo que está en el alma es más que lo que está en el seno. ¡Santa María, bienaventurada María!

Pero vosotros, queridísimos, mirad:vosotros sois miembros Cristo, y sois el cuerpo del Cristo (1Co 12, 27). «El que escucha y hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre». Porque sólo hay una herencia. Y es por eso que Cristo, aunque era el Hijo único, no quiso ser único; en su misericordia, quiso que fuéramos herederos del Padre, que fuéramos herederos con Él (Rm 8, 17).

Compartiendo un consejo

Transformemos nuestros tropiezos en tesoros

Uno de los tantos hermosos aspectos de la vida del sacerdote es el de dar consejo. No por nada estudiamos -en nuestro caso- al menos 8 años para poder llegar a la ordenación sacerdotal, pasando además por los correspondientes cursos y exámenes que nos ayudan a prepararnos tanto para administrar el sacramento de la confesión cuanto para la posible dirección espiritual. Y aún así hay que seguir estudiando siempre que sea posible, pues el sacerdote tiene la paternal obligación de transmitir lo que Dios le ha ido enseñando a través de sus estudios, de su experiencia, y, por supuesto, de sus ratos de oración y reflexión delante de Jesús sacramentado, pues las almas han de ser atendidas lo mejor posible. Que el Señor nos alcance esta gracia poniendo nosotros de nuestra parte.

La gran variedad de almas y sus obvias diferencias (temperamento, edad, circunstancias, vocación; estado actual de consolación o desolación, formación, vida de oración, y todo aquello que actualmente anide en ellas), hace que la gama de consejos se abra en un abanico sumamente colorido de posibilidades según las correspondientes necesidades, y de allí hay que descender con la máxima caridad posible hasta los consejos particulares. Pero también existen muchos consejos más bien generales, prácticos, más o menos fáciles -al menos de entender-, y que normalmente ayudan si los sabemos poner en práctica. Y en esta oportunidad quisiera compartir uno que personalmente me ha ayudado, así como a no pocas personas a las cuales en algún momento se los pude aconsejar: “Transformemos nuestros tropiezos en tesoros”. Me explico:

A menudo, cuando nos examinamos, nos podemos encontrar con ciertas faltas más o menos constantes, derivadas de circunstancias también constantes en nuestra vida que suelen encontrarse con nuestra debilidad y falta de ciertas virtudes que todavía no hemos conquistado o terminado mejor de conquistar (si es que realmente estamos trabajando en ello, se entiende). Pongo algunos ejemplos muy simples: esa persona en mi trabajo que normalmente me hace perder la paciencia, sea por su irresponsabilidad, por su impuntualidad, etc.; ese compañero que prefiero evitar porque su temperamento fuerte choca con el mío; esas faltas de caridad con los que no tenemos casi nada en común pero con los cuales debo verme a menudo; o más general aún, considerando las faltas más comunes que tenemos (las cuales solemos descubrir examinando nuestras confesiones: de qué normalmente pido perdón). Sea lo que sea, podemos poner delante de nosotros algunos de nuestros “tropiezos habituales”, y pedir a Dios la gracia de que sean transformados en “tesoros que podamos ofrecer a nuestro Señor”: así, por ejemplo, supongamos que suelo perder la paciencia con tal o cual persona, de mi trabajo, de mi comunidad, de donde sea que implique para mí una situación habitual, normalmente irrenunciable; y así, al momento de comenzar mi día, hacer una oración en la cual, en lugar de quejarme de esa persona y de que probablemente hoy “tenga nuevamente la oportunidad de perder con ella la paciencia”, y tal vez contestarle mal o simplemente amargarme murmurando interiormente, en cambio, que yo mismo le pida al Señor no que me aparte de la ocasión de encontrarme a esa persona, sino “que me regale la oportunidad de hacer un acto de paciencia con ella”, ¿se entiende?, es decir, que aquella ocasión que anteriormente ha sido motivo de alguna falta de virtud o tropiezo, y que normalmente deseo rehuir, ahora se convierta, por mi oración sincera delante de Dios para poder ofrecerle algo, en una oportunidad no ya que quiera rechazar, sino que honestamente, virtuosamente, esté esperando con atención y la mejor de las disposiciones. Esto es algo muy sencillo de entender, el tema es poner en ello toda nuestra buena voluntad según aquel “tropiezo” que antes precedió a la culpa; pero que esta vez se cambie en un acto de virtud que deseo de todo corazón poder realizar para ofrecer a Dios: “Señor, ante tal circunstancia suelo perder la paciencia: te pido la gracia de que hoy me concedas regalarte un acto de paciencia”; “Señor, suelo faltar a la caridad en tal situación: te pido que me concedas la gracia de regalarte hoy un acto de caridad”, etc.; con lo que queramos: nosotros elegimos y luego Dios lo aceptará con agrado.
Esta es una manera muy concreta de irnos venciendo poco a poco en nuestros defectos, nuestras faltas de virtud, “nuestros tropiezos habituales”. Y como correspondiente colofón: una vez hecho el acto de virtud que estuvimos esperando desde la mañana para poder ofrecerle a Dios, “guardarlo como un tesoro”, es decir, llevarlo a una oración de ofrecimiento y agradecimiento, delante del Señor de ser posible; pero sea como sea, con el gozo sobrenatural de haber podido hacer tal acto de virtud. Y si esto nos resulta con la ayuda de la gracia y nuestro deseo sincero de avanzar en la vida espiritual, lo podemos ir haciendo habitualmente e ir pasando por las virtudes que deseemos trabajar y conquistar.

No olvidemos, finalmente, que delante de lo que decidamos transformar en un tesoro para ofrecer, debemos poner a nuestro Señor Jesucristo en su trato con los pecadores, con nosotros, los que tropezamos; pero de quienes espera también que practiquemos las virtudes que Él practica amorosamente con nosotros: paciencia, compasión, generosidad, humildad, caridad, etc.

P. Jason.

CARICIAS DE UNA SANTA RITA

En la famosa obra de Dostoievski, “El Idiota”, hay una frase que se hizo muy conocida y que quiero traer aquí para dar pie a lo que vendrán a ser estas pocas líneas: “La belleza salvará el mundo.”; hecho comprobado, y es que a veces algo sencillo pero cargado de significado, nos detiene y nos asombra. Su belleza nos invita a alzar la mirada y a pensar en Aquel de quien procede toda hermosura. Como cantaba San Juan de la Cruz: “Mil gracias derramando… pasó por estos sotos con presura… y yéndolos mirando… vestidos los dejó de su hermosura…” Podríamos decir que encontrar cosas bellas es encontrarse con estos destellos de la Belleza suprema que siempre quiere decirnos algo.

Dejando de lado los preámbulos, ¿a qué vengo? En el interior de las ruinas de la Basílica Cruzada dedicada a resguardar la Roca de la casa de Santa Ana —donde vivimos y que custodiamos—, tenemos a la derecha del ábside central, una imagen imponente que representa a Santa Ana, la dueña de la casa, con la Virgen Niñita a su lado. Tierna imagen. Ya habrán podido contemplarla en algunas de las fotos que por ahí hemos publicado. El entorno de la imagen está adornado con distintas flores y plantas que realzan la belleza de la imagen hecha toda en mármol, regalo de una parroquia de Estados Unidos —dedicada justamente a la Madre de la Virgen María—. Justo detrás de la imagen, hay dos plantas que, de acuerdo con las informaciones de los que entienden de estas cosas, se llaman Santa Ritas, que aquí en la región son bastante comunes, y se destacan por sus vivos colores y casi nada de cuidados especiales para que florezcan y embellezcan cualquier lugar donde se las plante.

Pues bien. Una de estas ramas de la Santa Rita, justamente hoy estaba dispuesta de modo que las flores rosadas acariciaban el pequeño rostro blanco de la Virgen Niña. Tierna imagen, que al mirarla no pude menos que detenerme a contemplarla un rato y de ahí me vino la idea de estas líneas.

Pensaba en cómo nosotros podemos ofrecerle a la Virgen a lo largo de todo el día, innumerables obras, gestos, que, con todo amor y devoción filial hacia nuestra Madre del Cielo, podemos creer que los recibe gozosa desde su Trono en el Reino Celestial como la más exultante madre que recibe estos regalos sencillos de sus hijos pero que van cargados del cariño, del afecto, del amor que ellos le tienen.

Innecesario me parece aquí el recordar que es justamente el hecho de querer hacer cada gesto con amor lo que lo convierte en una “caricia a la Virgen”.

Siempre me ha llamado mucho la atención la ternura con que San Alfonso María de Ligorio —por poner un ejemplo— cuenta en su libro Las Glorias de María muchos y muy diversos testimonios de personas que han dedicado en sus vidas, algunos —o muchos— momentos para ofrecerle a la Virgen algún gesto de su filial afecto, de su amor confiado hacia tan buena Madre que Nuestro Redentor nos dio como último tesoro que nos podía dar en su vida de paso por esta Tierra. Indudablemente, la Virgen jamás dejará caer en el olvido cosas así hechas hacia ella. Como enseña San Luis María Grignion de Montfort, siempre ella nos llevará hacia Su Hijo, adornados con las más señaladas gracias y méritos que nosotros jamás podríamos alcanzar por nuestras solas fuerzas.

Es por esto que me llamó tanto la atención esta tan bella imagen de las caricias que recibía la Virgen Niña que les acabo de describir, porque de modo análogo, nosotros podemos —con cada gesto de devoción y piedad filial que le ofrecemos amorosamente— acariciar a la Virgen, ofrecerle estas caricias de hijos tan deseosos de agradar a tan buena Madre, deseosos de consolarla, de devolverle del modo más sencillo que nos sea posible, las incontables gracias que de ella misma recibimos a diario.

Lewis escribió que: “Las pequeñas decisiones que tú y yo tomamos cada día tienen una importancia infinita”[1]. Aplicando esta idea al tema de estas líneas, tiene importancia infinita cada decisión, cada gesto, por pequeño que sea, que tomamos, que ofrecemos a la Virgen, porque ella no los dejará pasar y caer en el olvido. Los recordará en el día del juicio, así lo creemos piadosamente. Por eso es que cada cosa, por pequeña e insignificante que sea, que hagamos por ella —sea una flor que le ponemos a sus pies, sea un beso que le demos a una de sus imágenes, una reverencia, una mirada confiada, una súplica abrasada, una vela encendida, lo que sea—, tiene importancia infinita, porque justamente encierra en sí una belleza análoga a la de esta Santa Rita que acaricia el delicado rostro de la pequeña Virgen de nuestro monasterio.

Y así terminamos como empezamos: ¿no será la belleza la que salvará el mundo?

P. Harley Carneiro, IVE

[1] C.S. LEWIS, Mero Cristianismo, Libro III, cap. 9: “La caridad” [Traducción propia]

 

CORAZÓN DE JESÚS, FORMADO EN EL SENO DE LA VIRGEN – San Juan Pablo II

27 de junio, 1982

1. Así rezamos en las letanías al Sacratísimo Corazón.  Esta invocación se refiere directamente al misterio que meditamos, al rezar el Angelus Domini: por obra del Espíritu Santo fue formada en el seno de la Virgen de Nazaret la Humanidad de Cristo, Hijo del Eterno Padre.

¡Por obra del Espíritu Santo fue formado en esta Humanidad el Corazón! El Corazón, que es el órgano central del organismo humano de Cristo y, a la vez, el verdadero símbolo de su vida interior: del pensamiento, de la voluntad, de los sentimientos. Mediante este Corazón la Humanidad de Cristo es, de modo particular, “el templo de Dios” y, al mismo tiempo, mediante este Corazón, está incesantemente abierta al hombre y a todo lo que es “humano”. “Corazón de Jesús de cuya plenitud todos hemos recibido”.

2. El mes de junio está dedicado, de modo especial, a la veneración del Corazón divino. No sólo un día, la fiesta litúrgica que, de ordinario, cae en junio, sino todos los días. Con esto se vincula la devota práctica de rezar o cantar cotidianamente las letanías al Sacratísimo Corazón de Jesús.

Las letanías del Corazón de Jesús se inspiran abundantemente en las fuentes bíblicas y, al mismo tiempo, reflejan las experiencias más profundas de los corazones humanos. Son, a la vez, oración de veneración y de diálogo auténtico. Hablamos en ellas del corazón y, al mismo tiempo, dejamos a los corazones hablar con este único Corazón, que es “fuente de vida y de santidad” y “deseo de los collados eternos”. Del Corazón que es “paciente y lleno de misericordia” y “generoso para todos los que le invocan”.

Esta oración, rezada y meditada, se convierte en una verdadera escuela del hombre interior: la escuela del cristiano.

La solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús nos recuerda, sobre todo, los momentos en que este Corazón fue “traspasado por la lanza” y, mediante esto, abierto de manera “Visible” al hombre y al mundo.

Al rezar las letanías – y en general al venerar al Corazón Divino -conocemos el misterio de la redención en toda su divina y, a la vez, humana profundidad. Simultáneamente, nos hacemos sensibles a la necesidad de reparación. Cristo nos abre su Corazón para que nos unamos con El en su reparación por la salvación del mundo. Hablar del Corazón Traspasado es decir toda la verdad de su Evangelio y de la Pascua.

Tratemos de captar cada vez mejor este lenguaje. Aprendámoslo.

LA EUCARISTÍA COMO SACRIFÍCIO – D. Columba Marmion

El Concilio de Trento, como sabéis, definió que la Misa es «un verdadero sacrificio», que recuerda y renueva la inmolación de Cristo en el Calvario. La Misa es ofrecida como «un verdadero sacrificio» (Sess 22, can.1). En «ese divino sacrificio», que se realiza en la Misa, se inmola de una manera incruenta el mismo Cristo que sobre el altar de la Cruz se ofreció de un modo cruento. No hay, por consiguiente, más que una sola víctima; el mismo Cristo que se ofreció sobre la Cruz es ofrecido ahora por ministerio de los sacerdotes; la diferencia, pues, consiste únicamente en el modo de ofrecerse e inmolarse (ib. cap.2).
El sacrificio del altar, según acabáis de ver por el Concilio de Trento, renueva esencialmente el del Gólgota, y no hay más diferencia que la del modo de oblación. Pues si queremos comprender la grandeza del sacrificio que se ofrece en el altar, debemos considerar un instante de dónde proviene el valor de la inmolación de la Cruz. El valor de un sacrificio depende de la dignidad del pontífice y de la calidad de la víctima por eso vamos a decir unas palabras del sacerdocio y del sacrificio de Cristo.
Todo sacrificio verdadero supone un sacerdocio, es decir, la institución de un ministro encargado de ofrecerlo en nombre de todos.- En la ley judía, el sacerdote era elegido por Dios de la tribu de Aarón y consagrado al servicio del Templo por una unción especial. Pero en Cristo el sacerdocio es trascendental; la unción que le consagra pontífice máximo es única: consiste en la gracia de unión que, en el momento de la Encarnación, une a la persona del Verbo la humanidad que ha escogido. El Verbo encarnado es «Cristo», que significa «ungido» no con una unción externa, como la que servía para consagrar a los reyes, profetas y sacerdotes del Antiguo Testamento, sino ungido por la divinidad, que se extiende sobre la humanidad, según dice el Salmista, «como aceite delicioso»; «Has amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso te ungió el Señor, tu Dios, anteponiéndote a tus compañeros, con aceite de alegría» (Sal 44,8).
Jesucristo es «ungido», consagrado y constituido sacerdote y pontífice, es decir, mediador entre Dios y los hombres, por la gracia que le hace Hombre-Dios, Hijo de Dios, y en el momento mismo de esa unión. Y de esta suerte quien le constituye pontifice máximo es su Padre. Escuchemos lo que dice San Pablo: «Cristo no se glorificó a sí mismo para llegar a ser pontifice, sino que Aquel que le dijo (en el día de la Encarnación): «Tú eres mi Hijo; Te he engendrado hoy», le llamó para constituirle sacerdote del Altísimo» (Heb 5,5; +6, y 7,1).
De ahí, pues, que, por ser el Hijo único de Dios, Cristo podrá ofrecer el único sacrificio digno de Dios. Y nosotros oímos al Padre Eterno ratificar por un juramento esta condición y dignidad de pontífice: «El Señor lo juró, y no se arrepentirá de ello: Tú eres sacerdote por siempre, según el orden de Melquisedec» (Sal 109,4). ¿Por qué es Cristo sacerdote eterno? -Porque la unión de la divinidad y de la humanidad en la Encarnación, unión que le consagra pontífice, es indisoluble: «Cristo, dice San Pablo, posee un sacerdocio eterno porque El permanece siempre» (Heb 7,3).
Y ese sacerdocio es según «el orden», es decir, la semejanza «del de Melquisedec». San Pablo recuerda ese personaje misterioso del Antiguo Testamento, que representa, por su nombre y por su ofrenda de pan y vino, el sacerdocio y el sacrificio de Cristo. Melquisedec significa «Rey de justicia», y la Sagrada Escritura nos dice que era «Rey de Salem» (Gén 14,18; Heb 7,1), que quiere decir «Rey de paz». Jesucristo es Rey; El afirmó, en el momento de su Pasión, ante Pilato, su realeza: «Tú lo has dicho» (Jn 18,37). Es rey de justicia porque cumplirá toda justicia. Es rey de paz (Is 9,6) y vino para restablecerla en el mundo entre Dios y los hombres, y precisamente en su sacrificio fue donde la justicia, al fin satisfecha, y la paz, ya recobrada, pactaron, con un beso, su alianza (Sal 84,11).
Lo veis bien: Jesús, Hijo de Dios desde el momento de su Encarnación, es por esta razón el pontífice máximo y eterno y el mediador soberano entre los hombres y su Padre; Cristo es el pontífice por excelencia. Así, pues, su sacrificio posee, como su sacerdocio, un carácter de perfección única y de valor infinito.

¿CUÁNTO CUESTA EL REINO?

“El Reino de Dios no tiene precio, sin embargo vale sólo lo que tenéis.” (San León Magno)

Vale sólo lo que tenéis…

Para la viuda, el precio era dos moneditas…

Para Zaqueo, que tenía dinero —mucho dinero—, el precio era cuatro veces más de lo que había defraudado…

Para el Joven rico —que también tenía muchas riquezas—, además del cumplimiento de los mandamientos, le costaba la libertad para dejarlo todo…

Para el centurión, que no tenía con qué devolver la salud de su siervo, le costó la fe y la humildad…

La Samaritana tenía un cántaro vacío y una vida llena de medias verdades… para ella, le costó sus medias verdades…

El paralítico de Cafarnaúm sólo tenía la fe y la amistad de sus amigos… esto le costó el Reino de Dios…

A la hemorroísa apenas le quedaba el coraje para acercarse al Señor… Este fue su precio…

Al paralítico de la piscina probática, de Jerusalén, le costó sus treinta y ocho años de ilusiones desesperanzadas…

Y ¿con qué se encontró Cristo?

Dos monedas.

Riquezas.

Enfermedad.

Un cántaro y medias verdades.

Algunos amigos, una camilla y el techo abierto.

Una mano temblorosa.

Treinta y ocho años de espera.

Era lo que tenían ellos en sus manos, y es con esto que Dios actúa: con lo que encuentra en nuestras manos.

¿Y los santos?

¿Qué tenían ellos?

Quizás es ahí donde se esconde uno de los secretos del Reino de los Cielos…

El precio es extraño.

No cuesta lo mismo para todos y, sin embargo, cuesta exactamente lo mismo para todos.

Las cosas eran distintas: dos monedas, tesoros, riquezas que abandonar… Pedro tenía las redes… Mateo la mesa de impuestos… un gesto de audacia de la hemorroísa… A tantos mártires, les costó la sangre.

Eran realmente cosas distintas. Pero el precio era el mismo: TODO.

Dios no pide a todos las mismas cosas.

Pero a todos les pide la misma cosa: TODO.

Existe algo de subjetividad que se sostiene y se apoya sobre una realidad bien objetiva cuando se trata del precio del Reino de los Cielos. No era lo mismo para la viuda en el templo que para Zaqueo en Jericó, sin embargo. Para que pudieran comprar el Reino, la entrega tenía que ser total.

Ahí es donde entra en acción la extraña aritmética divina: dos monedas pesan más que todos los tesoros… una oveja vale más que noventa y nueve…

Dios no considera solamente lo que damos, sino lo que reservamos —y esta parte tiene mucho más peso—, por eso el que no se reserva nada, pone muchísimo en la balanza.

El Joven rico tenía algo… estaba apegado a sus riquezas, por eso se marchó triste.

Judas también tenía algo: su avaricia.

(Y hay posesiones que son terribles, terminan poseyendo al que las posee.)

Judas debía entregarla, poner también aquella miseria a los pies de Cristo… la Samaritana lo hizo… Pero Judas no la quiso soltar, se aferró a ella, y como una cuerda que se enrolla al cuello, le apretó y… se ahorcó.

Se hace necesario bajar a lo particular, al ámbito privado de cada uno: ¿Qué tengo? O quizás sea mejor: ¿Qué cosa me tiene a mí?

A cada uno puede ser algo distinto: dinero, personas, bienes, heridas, juicio propio, ambición, miedo, comodidad, un recuerdo… Puede incluso ser una virtud de la que empezamos a encariñarnos y apropiarnos de ella…

Cosas grandes, cosas pequeñas… Cosas exteriores, cosas interiores… Riquezas que ofrecer… pobrezas que aceptar… Virtudes que entregar, vicios que abandonar.

No importa… el precio sigue siendo el mismo: TODO.

Hay algo más todavía: pues Jesús dijo que el hombre que encontró el tesoro escondido en aquel campo, fue y vendió todo cuanto tenía para comprar el campo… Pero, añade el Evangelio, que lo hizo “lleno de alegría”…

Es una más de estas paradojas del Evangelio… desposeer de todo y llenarse del Todo, de la alegría que del Todo brota…

El Reino de los Cielos tiene un valor infinito… ni si poseyéramos todas las riquezas de la tierra lo podríamos comprar… Pero, sin embargo (¿Paradoja? ¡Por supuesto!) Dios ha querido ponerle un precio que hasta el más pobre puede pagar.

¿Cuánto?

Lo que tengas, pero que sea TODO.

Si tienes dos monedas: dos monedas…

Si tienes riquezas: tus riquezas…

Si tienes fuerza: tu fuerza…

Si tienes solamente debilidad: tus debilidades…

Si tienes pecados: entregalos arrepentido…

Si tienes una vida entera: una vida entera…

Porque Dios no te pedirá lo que no tienes, pero querrá todo lo que tienes.

Este misterio podríamos intentar expresarlo —con escuetas palabras— así: el Tesoro que vale infinitamente más que todas las cosas puede ser comprado por el más pobre de los hombres… porque el Reino de Dios no cuesta mucho… ni cuesta poco… Cuesta todo.

Es por esto que, al final, tenía razón San León Magno… es algo que parece absurdo pero que, sin embargo, es verdad: ¡El Reino de Dios sólo vale lo que tienes!

 

P. Harley Carneiro, IVE

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado