Y después de tres horas Cristo murió de sed: no de una sed por las aguas puras de los arroyos de Galilea, no por las aguas del pozo de Jacob, ni el confortante vino de la Ultima Cena, sino de sed de amor, que estuvo a punto de ser apagada, no cuando un romano acercó a El la hiél y vinagre, sino cuando un ladrón oscuro que se tambaleaba en las tinieblas de la muerte le dio a El el amor de su sangrante corazón. ¡Cristo estaba muerto! ¡Había reventado la última cuerda del Harpa Divina: era la ruptura del corazón por medio de la ruptura del amor. El había muerto en la cruz a la manera como los hombres quisieron, a la manera como El escogió, y como Su Padre Celestial consintió. Había expiado hasta lo último. Ahora comienza nuestra expiación: pero aún no ha terminado.
Aquellos que no habían creído que cometían ningún pecado para inaugurar sus fiestas con la muerte de su Mesías, estaban seriamente alarmados porque la santidad del Sabbath, que empezaba a la caída del sol, se podía ver profanada por tres cuerpos que colgaban como ruinas rojizas contra un cielo lívido. En consecuencia, llegaron algunos soldados y quebraron las piernas de los dos ladrones para apresurar su muerte, y llegándose a Jesús lo encontraron muerto.
Al no quebrar Sus piernas, involuntariamente hicieron cumplir una profecía de más de mil años de antigua: que no sería roto un solo hueso de Su cuerpo. Uno de los soldados llamado Longinos, profanó el santuario horadando el corazón de Cristo con una lanza. El insulto fue a Cristo, la pena de María. Brotó de la herida sangre y agua: Sangre que es el precio de la Redención; agua que es el símbolo de nuestra regeneración. La tradición nos cuenta que cuando las primeras gotas del Líquido de Amor cayeron sobre los ojos enfermos de Longinos, éste fue inmediatamente sanado. María sintió gran gozo porque había sucedido un gran milagro, cuando Longinos creyó en Aquel cuyo Corazón había traspasado.
Luego llegaron a la colina del dolor dos ciudadanos notables de Jerusalem y el Sanhedrín: José de Arimatea y Nicodemos, los compañeros del crepúsculo que desde antes querían ser amigos de Cristo y sin embargo no aparecían como tales. La muerte dio valor a esas almas tibias, y ahora vinieron a trenzar con manos diligentes las flores y coronas de la muerte. Colocaron la escalera contra la Cruz y subieron a ella, mientras María, Juan y Magdalena permanecían abajo. A María le pareció apropiado que José fuera el privilegiado para descolgar a Jesús de la Cruz, pues fue su José quien, mientras vivía, tuvo tantas veces el privilegio de manejar los miembros y tocar la carne del Verbo Encarnado. Pero él se había ido al seno de la muerte, y ahora alguien que llevaba su nombre tomaba su lugar. Con manos delicadas y corazones amorosos, el Rey que llegó tambaleándose a Su Trono, es retirado ahora de éste en aparente derrota. Cada clavo es extraído de esas manos que aún entonces podían desencajar de sus goznes las puertas de todos los reinos de la tierra. Uno se pregunta si cuando los Clavos, la Corona de Espinas y la Cruz, llegaron a las manos de María toda la Naturaleza no se conmovería. El mismo hierro en el oscuro seno de la tierra debe haberse estremecido, porque había clavado a su Dios. Cada espina, por el momento, debe haberse escondido de vergüenza debajo de los pétalos de cada rosa; cada árbol debe haberse estremecido de dolor, porque cargó el peso del Crucificado, y sin duda sus brazos llenos de hojas se levantaron en oración, pidiendo que en adelante fuera cortado por una hacha de sacrificio para llegar a ser una cruz que invite a los corazones a volver a Dios.
Al fin el Cuerpo del Salvador fue desprendido y entregado a Su Madre. Esto fue como una rosa roja desfalleciendo en sus rodillas. ¡El Hijo Pródigo volvía a su hogar! Mil recuerdos brotaron en su doliente corazón. A través de sus ojos oscurecidos por el llanto parecía que Belén había regresado, porque su Hijo estaba una vez más en su regazo; Simeón pareció estar cerca cuando otra espada de dolor traspasó su corazón hasta la misma empuñadura; pareció que uno de los tres reyes la visitaba de nuevo, cuando Nicodemo trajo la mirra para el entierro; aun el ungimiento en casa de Simeón fue revivido cuando Magdalena tomó su puesto y ungió para el entierro los Pies que hollaron las colinas perdurables.
Las madres viven de las últimas miradas, y María debía tomar las suyas. Mientras ella miraba, el sol que se ponía en el tabernáculo áureo del oeste arrojaba sobre la colina la sombra de la cruz que se alargaba sobre el corazón de la Madre del Mundo. Cuando entregó nuevamente a Su Hijo para la sepultura, estuvo tan cerca del sacerdocio como ninguna madre ha estado jamás, porque estaba ofreciendo en la patena de sus brazos la Hostia Inmaculada del Pan de Vida. Fue un gran desgarramiento entregarlo a El de nuevo; parecía que el mundo lo había tenido tanto tiempo, y ella tan poco: pero era porque ella lo amaba muchísimo. Era un acerbo dolor que sería inexcrutable misterio para todas las madres, excepto para ella: pero era porque su voluntad era la voluntad de Dios; para ella, el dolor es la revelación de Dios; son las manos heridas de Cristo apartando las nubes que ocultan Su trono donde todo dolor es convertido en gozo.
ORACIÓN
María, la mayoría de nosotros nos dispensamos de los deberes y nos detenemos en nuestro trabajo en la hora de nuestras penas, y buscamos simpatía humana que alivie nuestro dolorido corazón. Mas Tú, oh Madre de dolor, durante tu sexto dolor no buscaste consuelo humano, con el fin de recordarnos a nosotros que a Dios agrada más venir a corazones solitarios que no han sido llenados con ningún otro amor. Ni tampoco Tú hiciste de tu aflicción una carga para nadie; Tú ayudaste a colocar la Hostia en el Corporal Inmaculado de Tu regazo; Tu corazón estaba roto, pero nadie lo supo. Por tu calmada resignación, Madre querida, enséñanos que nuestro dolor nunca debe interponerse en el camino; que cada cruz que nosotros carguemos debe ser una cruz solamente para nosotros; que el cielo consuela primero a los corazones inconsolables de la tierra, y que un corazón destrozado, como el Tuyo, es el santuario favorito de Dios.