3º DOLOR DE MARÍA – LA PÉRDIDA DE TRES DÍAS (Ven. Fulton Sheen)

La única vez en que los artistas representan a nuestra bendita madre sin su niño es cuando ella se halla mirando gozosa hacia el cielo, como en la Inmaculada Concepción. Pero hubo una vez en que ella no tuvo a su niño y no miraba hacia arriba, y fue cuando miraba hacia el desierto en la dolorosa búsqueda de su niño. Nuestro bendito Señor tenía a la sazón doce años. Era la edad en que, de acuerdo con la leyenda judía, Moisés había dejado la casa de la hija del Faraón; y Salomón había dado el juicio que reveló por primera vez su sabiduría, y Josías había soñado por vez primera en gran reforma.

En ese año El subió a Jerusalén a la Pascua con María y José, y de acuerdo con la tradición, iba a pie. Nazaret, su tierra nativa, se hallaba distante ochenta millas de Jerusalén. Dejando la guirnalda de colinas que circundaba el pueblito como pétalos de una flor abierta, caminaron hasta la Ciudad Santa donde el plumaje profano de las águilas romanas se balanceaba en la puerta de entrada por donde ellos pasaron hacia el templo para la celebración de la Pascua. Muchos ancianos del templo suspiraban por la memoria de días mejores cuando el gran Isaías y Jeremías conmovieron a Israel con sus profecías. ¡Y con todo, cuan débiles eran esos profetas comparados a un hombre venerable y una madre hermosa arrodillada en el templo, y entre ellos un niño cuyo nombre era eterno, y que sin embargo contaba apenas doce años computados por la sucesión de estaciones y de lunas! ¡ Si, los coros de los ángeles debieron haber callado ante las oraciones de Dios el hijo sobre la tierra, que flotaba por las sombras invisibles hasta su padre que está en los cielos! María y José debieron haber dejado de mirar el velo detrás del cual se hallaba el santo de los santos, para fijar su mirada en medio de ellos y confesar con oración de éxtasis la divinidad del niño, cuyos ojos levantados se fijaban en los cielos que El dejó para hacer entrar al mundo en razón. El milagro verdaderamente grande fue que las mismas piedras del templo no gritaran, y el sol detuviera su curso, y los cedros del Líbano no se postraran en adoración del Dios cuyos pies ahora sobre la tierra traían entonces la eternidad al tiempo. No era extraño que la tierra continuara con sus compras y sus ventas, su comercio y sus necesidades, sin dar siquiera una sonrisa de comprensión a Aquel que nos estaba enseñando cómo cambiar humanidad por divinidad, y nada por todo.

Cuando la fiesta hubo terminado, las multitudes partieron, los hombres por una puerta y las mujeres por otra, para permanecer reunidos en el lugar de descanso por toda la noche. Los niños iban o con su madre o con su padre. Como cada uno sospechaba que el Niño Divino iba con el otro, fue hasta que la noche cayó cuando se vino a descubrir la pérdida. Nunca antes hubo corazones tan desolados sobre el mundo, ni siquiera cuando Adán y Eva fueron expulsados del Jardín de los Placeres. Por tres días buscaron y al fin le encontraron en el templo exponiendo la ley de los doctores y asombrándolos con su sabiduría.

“Al verle pues sus padres, quedaron maravillados: Y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo llenos de aflicción te hemos andado buscando”.

“Y él les respondió: ¿Cómo es que me buscabais? ¿No, sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi padre?”

Pero María y José debieron haberle buscado en el Templo el primer día. ¿Dónde estaba pues El, y también durante las noches? Sólo podemos conjeturar, pero a mí me gusta pensar que probablemente visitó las escenas futuras de su pasión; se detuvo fuera de la fortaleza de Antonia donde más tarde Pilato trataría de lavarse su sangre de sus manos; miró al interior de la casa de Anás quien posteriormente habría de acusarlo de blasfemia; anduvo hacia las afueras de los muros de la ciudad hasta una pequeña colina donde el mundo erigiría una cruz y la llamaría su trono; y finalmente, pasó una noche en el Jardín de Getsemaní bajo la luna llena de Pascua donde treinta y un años más tarde sus Apóstoles dormirían mientras El bebía las más amargas heces del cáliz del pecado del hombre.

Pero háyase encontrado en una u otra parte hasta el tercer día, en este tercer dolor el alma de María fue sumergida en las tinieblas más densas, pues había perdido a su Dios. Fue en este dolor en el cual la Madre Inmaculada vino a ser en un sentido más verdadero el refugio de los pecadores. En un principio nos sorprende como incongruente que aquella que era sin pecado pudiera ser el puerto de los pecadores. ¿Cómo podía ella, que nunca había sentido un remordimiento de conciencia, ser el refugio de aquéllos cuya conciencia está llena de maldad? ¿Cómo podía ella, que nunca perdió a su Dios, conocer las angustias de un alma que por el pecado pierde a su Dios?

La contestación es esta. ¿Qué es el pecado? El pecado es la separación de Dios. Ahora, en estos tres días de pérdida, María estuvo físicamente separada de su niño, ¡y ella también había perdido a su Dios! La separación física de su niño fue apenas un símbolo de la separación espiritual que tienen los hombres de Dios. El tercer dolor hizo posible para ella adivinar los sentimientos de los pecadores y conservar sin embargo su alma inviolada. Conoció lo que es el pecado. ¡También había perdido a su Dios! Así estaba ella sufriendo entonces en reparación por todas las mentes que una vez tuvieron la fe, y luego la perdieron; por todas aquellas almas que una vez amaron a Dios, y luego lo olvidaron; por todos esos corazones que una vez oraron, y luego lo abandonaron a Él. Toda la nostalgia espiritual por la divinidad, toda la nostalgia por el cielo, y todo el vacío de los corazones que lo vaciaron ellos mismos de Dios, todo esto sintió María como si fuera suyo: pues ahora ella estaba sin el Redentor. Si una madre terrena llora por la muerte física de uno de sus hijos, ¡qué dolor no debió sentir María ante la muerte espiritual de millones de hombres cuya madre era ella por cuanto Dios la había llamado a serlo!

ORACIÓN

María, por este tu tercer dolor, enséñanos que si llegáramos a ser tan desgraciados de perder a Dios, no debemos buscarle a Él en otras fes, en nuevos cultos o nuevas modas, pues Él puede ser hallado solamente donde lo perdimos: en el templo, en la oración, en su Iglesia. En aquellas otras ocasiones, cuando nuestras almas son tan áridas como un desierto, en que nuestros corazones parecen fríos, y hallamos difícil orar, y aun empezamos a creer que tal vez Dios nos haya olvidado, porque parece tan distante, dinos quedamente la dulce recordación de que aun cuando parezca que lo hemos perdido, Él está siempre al pie de los negocios de su Padre.

NA FENDA DA ROCHA

Um vento sopra do Leste,
Da Terra da Escuridão,
O meu coração estremece,
Desapareceu o meu chão.

Busco refúgio na Fenda
Da Rocha que é o Senhor,
Armo ali minha tenda,
No seu Coração de Amor.

Meu pão, a sua Palavra,
Bebo da Fonte da Vida,
Da qual uma gota basta
Para sarar minha ferida.

E quando a Tormenta passar,
E o Sol novamente surgir,
Eu não voltarei a chorar
Pois Ele me fará sorrir.

Hno. Diego Gusmão, IVE

Gloriémonos en la cruz de Cristo

De los sermones de san Agustín
La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es una prenda de gloria y una enseñanza de paciencia. Pues, ¿qué dejará de esperar de la gracia de Dios el corazón de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, coeterno con el Padre, no se contentó con nacer como un hombre entre los hombres, sino que quiso incluso morir por mano de los hombres, que él mismo había creado?
Grande es lo que el Señor nos promete para el futuro, pero es mucho mayor aún aquello que celebramos recordando lo que ya ha hecho por nosotros. ¿Dónde estaban o quiénes eran los impíos, cuando por ellos murió Cristo? ¿Quién dudará que a los santos pueda dejar el Señor de darles su vida, si él mismo les entregó su muerte? ¿Por qué vacila todavía la fragilidad humana en creer que un día será realidad el que los hombres vivan con Dios?
Lo que ya se ha realizado es mucho más increíble: Dios ha muerto por los hombres.
Porque, ¿quién es Cristo, sino aquel de quien dice la Escritura: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (Jn 1,1)? Esta Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn 1,14). Porque no habría poseído lo que era necesario para morir por nosotros, si no hubiera tomado de nosotros una carne mortal. Así el inmortal pudo morir, así pudo dar su vida a los mortales; y hará que más tarde tengan parte en su vida aquellos de cuya condición él primero se había hecho partícipe. Pues nosotros, por nuestra naturaleza, no teníamos posibilidad de vivir, ni él, por la suya, posibilidad de morir. Él hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio: tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de la suya la posibilidad de vivir.
Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte de nuestro Dios y Señor, sino que hemos de confiar en ella con todas nuestras fuerzas y gloriarnos en ella por encima de todo: pues al tomar de nosotros la muerte, que en nosotros encontró, nos prometió, con toda su fidelidad, que nos daría en sí mismo la vida que nosotros no podemos llegar a poseer por nosotros mismos. Y si aquel que no tiene pecado nos amó hasta tal punto que por nosotros, pecadores, sufrió lo que habían merecido nuestros pecados, ¿cómo, después de habernos justificado, dejará de darnos lo que es justo? Él, que promete con verdad, ¿cómo no va a darnos los premios de los santos, si soportó, sin cometer iniquidad, el castigo que los inicuos le infligieron?
Confesemos, por tanto, intrépidamente, hermanos, y declaremos bien a las claras que Cristo fue crucificado por nosotros: y hagámoslo no con miedo, sino con júbilo, no con vergüenza, sino con orgullo.
El apóstol Pablo, que cayó en la cuenta de este misterio, lo proclamó como un título de gloria. Y, siendo así que podía recordar muchos aspectos grandiosos y divinos de Cristo, no dijo que se gloriaba de estas maravillas —que hubiese creado el mundo, cuando, como Dios que era, se hallaba junto al Padre, y que hubiese imperado sobre el mundo, cuando era hombre como nosotros—, sino que dijo: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Ga 6,14).
San Agustín de Hipona

2º DOLOR DE MARÍA – LA HUÍDA A EGIPTO (Ven. Fulton Sheen)

Hacía siglos y siglos que el pueblo de Israel esclavizado en Egipto, había hecho su éxodo a la tierra prometida. La historia corría ahora para atrás. El éxodo es hacia Egipto, y el conductor no es Moisés, sino el Salvador INfante. La ocasión que motivó este último éxodo, fue la orden de Herodes el Grande, de que todos los niños varones menores de dos años en Belén serían pasados a espada. herodes escuchó de los magos que éstos buscaban un niño que iba a ser rey, y él estaba temeroso de su poder, como si Aquél que trajo el reino de oro del Cielo fuera a pensar alguna vez en quitar el reino efímero de la tierra. Pero los magos no volvieron donde Herodes después de ver al niño: uno siempre toma un camino diferente después de ver a Dios. Los celos de Herodes surgieron también por el recuerdo de que Suetonio, el historiador romano, conciudadano suyo, había citado una leyenda según la cual algún día nacería en Israel un rey destinado a gobernar sobre el pueblo romano. Para conjurar el peligro, el senado romano había ordenado que todos los niños varones nacidos en cierto año serían abandonados a su muerte, pero las esposas embarazadas de los senadores evitaron su ratificación. Herodes debió haber recordado todo esto, pero en todo caso ordenó la masacre de los niños inocentes. toda su carrera estaba roja con la sangre de sus asesinatos. El hizo que su cuñado, el joven Aristóbulo, fuese ahogado delante de sus ojos; ordenó la estrangulación de su esposa favorita, la princesa Mariana; sus tres hijos, y el padre y la madre de su esposa, igualmente perecieron por su espada; y aquellos que sobrevivieron eran más desgraciados que aquellos que sufrieron. de aquí que no era difícil para él ordenar la matanza de los bebés, pues la sangre de éstos era apenas una gota en el río escarlata de sus crímenes. Era duro para las pobres madres de Belén cuyos gritos se unieron a los de Raquel, que no sería consolada, pero era más duro todavía para María cuyo único crimen era que tenía en sus brazos un niño que contenía la hermosa grandeza de la cabeza de Dios en la vaina de la carne de un infante.

En una noche oscura, cuando las pobres madres que le negaron a ella un hogar la víspera de Navidad vagaban sin techo por las calles, apareció un ángel y dijo a José que tomara a María y al niño y huyera a Egipto. María no tenía tesoros para recoger, sino el único tesoro que sostenía en sus brazos. Se enfrentaban a ella el yermo, el desierto, el paganismo. Y mientras el viento soplaba, y la luna, que un día iba a ser pintada debajo de sus pies, brillaba ahora encima de su cabeza, salió furtivamente de Belén para internarse en las arenas. Otro José iba con ella y con el niño a Egipto, para salvar a éste del hambre, no con el pan que perece, sino con el pan que perdura en la vida eterna.

Este exilio del Creador que se apartó de sus criaturas escogidas, fue la segunda espada que traspasó el corazón de María. Era la más aguda, porque su niño era odiado!

Por qué alguien podía odiar a un bebé? Qué había hecho Él a un rey para que éste procediera en forma tan impropia de un rey? Jesús fue odiado! Y aún era más desamparado que ella misma. Ella conocía cuan adorable era Él y qué buen recibimiento merecía después de cuatro mil años de haber sido esperado. Por qué, entonces, tenían ellos que hacerlo huir antes de que fuese capaz de caminar?

Lo amargo de su dolor era que parecía -y dijo solamente parecía- ser muy exterior al orden de la Divina Providencia. Nosotros todos podemos fácilmente soportar las aflicciones que nos vienen directamente de Dios; sus mismos dedos que nos entregan diminutas cruces parecen aligerarla con su contacto. Los dolores de las otras madres fueron suavizados en los últimos años por los dulces pensamientos de que Dios no permitió que sus hijos crecieran para cantar “Hosana” el domingo y “Crucifícalo” el viernes. Vieron que sus aflicciones venían directamente de Dios. Podemos soportar una enfermedad o inclusive la muerte, porque ambas vienen directamente de Dios. Pero la injusticia e ingratitud de los hombres es más terrible y nunca sabemos cuándo terminará! Dios es más misericordioso. Así, cuando a David a causa de su pecado de orgullo se le ofreció que escogiese castigo entre la injusticia de los hombres o la pestilencia, exclamó: Mejor caer en las manos de DIos, pues sus misericordias son muchas, que en las manos de los hombres. Y así escogió la pestilencia.

El dolor de María fue de la clase más amarga: Vino de la perversidad de los hombres! De la injusticia de un pagano! Por lo tanto pareció ser todo lo más terrible porque Dios no parecía tener manos en él. Pero añadido a todo esto estaba la tragedia de que su nota triste había de quebrarse en la escala de los dolores en Egipto, una tierra lejana del hogar.

ORACIÓN

María, por este tu segundo dolor enséñanos que los caminos de Dios están ocultos en todo, un en aquellas cosas que parecen tan distantes como Egipto. A menudo durante nuestra vida, cuando nos veamos obligados a dejar la contemplación religiosa pacífica y silenciosa donde nos hallamos tan a nuestro gusto, para tomar los deberes y tareas de un mundo prosaico, que en comparación parecen un exilio de Egipto, recuérdanos que no hay nada en la vida que no pueda ser espiritualizado y convertido en una oración, con tal de que lo hagamos en unión con tu Hijo. María, yo soy lento para aprender, tardo para entender, reacio para emprender, pero imprime en mi la gran verdad de que podemos hacer una tierra santa del Egipto pagano de nuestro trabajo cotidiano, siempre que traigamos con nosotros a tu Niño.

1º DOLOR DE MARÍA – LA PROFECÍA DE SIMEÓN (Ven. Fulton Sheen)

Han pasado días desde que los ángeles cantaron su gloria en las blanquecinas colinas de Belem. Era ahora el segundo día de febrero. De acuerdo con la ley judía, toda madre después de parir un varón debía presentarse al Templo de Jerusalén para ser purificada, y para ofrecer su niño a Dios en testimonio de que todos los dones vienen de Él. Y así fue como el Señor del templo fue traído al Templo del Señor.

El sacrificio apropiado en tales ocasiones era un corderito de un año para un holocausto y un lechoncito o pichón de tórtola, para un voto propiciatorio. La benigna Legislación Mosaica permitía a los pobres traer en lugar del corderito dos tórtolas o dos lechoncitos. Tal fue el tributo de María que no poseía riqueza, excepto las riquezas del Señor de los Cielos y la tierra.

El sacerdote del templo en aquel día era Simeón, un devoto israelita ya casi encorvado con el peso de los años, pero feliz con el anuncio divino de que no iría a morir hasta que no hubiese visto al Mesías que habría de venir. Simeón era el representante y símbolo de la vieja Ley Judía que durante muchos siglos había estado esperando al Redentor; era el final de la raza de Adán, la coronación del Viejo Testamento, el fruto de su madurez, el fin y consumación del don de Israel al mundo.

Cuando nuestra Bendita Madre puso al divino niño en sus brazos, llegamos al momento de unión del Viejo y el Nuevo Testamento, o mejor, el pasaje del Viejo al Nuevo. Ese acto quería decir que todas las promesas del Viejo Testamento se habían cumplido, lo mismo que todas las profecías del pueblo escogido de Dios. La antigüedad había dicho su última palabra. La historia, que hasta entonces había registrado todas sus batallas y anotado el surgimiento y caída de los reinos como eventos sucedidos antes de Cristo, en adelante los iría a escribir como sucedidos en el año de Nuestro Señor.

Una vez que los cansados brazos de Simeón cargaran el peso del eterno sin que por esto desfallecieran; una vez que el anciano Simeón abrazara la juventud que era antes de todas las edades, podía entonces retirarse, cerrar los libros de las profecías y decir adiós a su propia vida. Y así, en la edad en que los ancianos dejan de cantar, Simeón dio salida al canto, y en el silencio del templo, se levantaron como dulce incienso las notas delicadas del Nunc Dimittis. Esta era la culminación de la Iglesia, que cantará este canto hasta edades remotas cuando el Señor venga sobre las nubes de los cielos en el día del crepúsculo del mundo.

“Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa.

Porque ya mis ojos han visto al salvador que nos has dado:

Al cual tienes destinado para que, expuesto a la vista de todos los pueblos, sea luz brillante que ilumine a los gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel.”

Pero toda esa luz que inundaba el alma de María pronto se vio oscurecida, como una nube negra a menudo oculta de nosotros la faz del sol. Las palabras de gozo pronunciadas por Simeón pronto cambiaron en dolor, cuando él habló de la parte que la madre y el hijo habían de representar en la redención del mundo:

“Mira, este niño que ves, está destinado para ruina, y para resurrección de muchos en Israel, y para ser el blanco de la contradicción de los hombres: lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos ocultos en los corazones de muchos”.

Era un anuncio solemne de que ella debía cuidar a la víctima hasta la hora del sacrificio y ser la Pastora hasta que el Cordero fuese conducido a la muerte en signo de contradicción, que es la cruz. fue un eco que llegó de nuevo al Jardín del Edén, donde un árbol trajo la ruina del primer Adán, y en cuyas puertas había un ángel con una espada flamígera para guardar la entrada hasta que sonara la hora de salvación señalada. Simeón decía ahora que la hora había llegado. El árbol del Edén, que trajo ruina, sería trasplantado al Calvario y sería su cruz; la espada del ángel sería quitada de la mano del ãngel para enterrarla en el corazón de María, como un primer testimonio de que sólo aquéllos que han sido traspasados con la espada de un amor sacrificial entrarán en el Edén eterno de los cielos.

“Un signo de contradicción!” María no necesitó esperar la cruz del Calvario. ella vio ahora que Aquel que es amor sería odiado; que Aquel que es paz, sería un pretexto para la guerra; que Aquel que es vida, sería ocasión de muerte; que Aquel que es verdad, sería el tema de todos los errores y herejías hasta el fin de los tiempos; que Aquel que es luz apartaría muchas almas por el mismo esplendor de su luz; que Aquel que vino para salvar al mundo, sería contradicho y crucificado por el mundo; que El sería la piedra de toque de todos los corazones; que de ahora en adelante todos los hombres tendrían que escoger su bando; que no habría más batallas parciales, más espadas a medio desenvainar, más lealtades divididas; que las personas, o se juntarían a Él, o se diseminarían, y que su contradicción de la misericordia haría su rechazo más fatal e inmisericorde.

Cuando María abandonó el templo aquel día entendió, como nunca había entendido antes, por qué los magos trajeron regalos de oro e incienso, y la más amarga, triste y dolorosa dádiva: la mirra. Ella vio ahora que la ley que le ataba a Él la ataría también a ella, y que mientras El tendría el árbol, ella tendría la espada; que así como Él era el nuevo Adán, ella habría de ser la nueva Eva; y que así como Eva fue instrumento en la caída, así ella sería instrumento en la salvación, como Co-Redentora del Cristo Redentor.

ORACIÓN

María, si tú hubieras sido separada de tu hijo divino, como un silencioso y pacífico jardín con el sol jugando delicadamente sobre él, lejos de la tormenta de gloria del Calvario, tú nunca habrías sido verdaderamente nuestra Madre. Cómo hubiera sido de terrible el mar de los dolores humanos si no hubiera existido tu luz brillando sobre ellos! Pero ahora que tú has sido llamada a co-redimir con Nuestro Redentor, vienes a ser la Madre de los afligidos. Enjuga nuestras lágrimas, pues tú entendiste los dolores; repara nuestros corazones rogos, pues el tuyo también fue roto! Aparta todas las espadas, pues tienes la empuñadura en tu mano. María, tú eres la Madre de los afligidos, pro si no lo fueras, nunca podrías ser la causa de nuestro gozo.

 

MUÉSTRAME TU GLORIA

Mirándote ahí no puedo

sin gemidos suspirar

hasta el cielo suplicar

y Tu perdón he de implorar

porque mucho he pecado.

 

Velo traigo en mis ojos;

nada puedo contemplar.

En Tu Corazón deseo entrar

para Tu Gloria vislumbrar

y el Amor que a mí has dado.

 

Crucificado y escarnecido,

atormentado y afligido.

Como el Profeta Mayor en la historia,

Te pido: “Muéstrame Tu Gloria”.

 

Resucitado y Glorificado,

de toda Vida y Salud colmado.

Como el ladrón en el Calvario,

Te pido: “Acuérdate de mí en Tu Gloria”.

 

P. Harley Carneiro, IVE

Jesús entra en Jerusalén

Homilía de san Juan Pablo II

Plaza de San Pedro
Domingo 30 de marzo de 1980

1. Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel; que en esta semana. precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.

Este  acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Jesús se acerca a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, y por lo tanto viniendo de las localidades de Betfagé y de Betania. Allí da orden a dos discípulos de traerle un borrico. Les da las indicaciones precisas: dónde encontrarán al animal y cómo deben responder a los que pregunten por qué lo hacen. Los discípulos siguen escrupulosamente las indicaciones. A los que preguntan por que desatan al borrico, les responden: “El Señor tiene necesidad de él” (Lc 19, 31), y esta respuesta es suficiente. El borrico es joven; hasta ahora nadie ha montado sobre él. Jesús será el primero. Así, pues, sentado sobre el borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera “entrada solemne en Jerusalén”.

Hoy celebramos el Domingo de Ramos, que nos recuerda y hace presente esta “entrada”. En un especial rito litúrgico repetimos y reproducimos todo lo que hicieron y dijeron los discípulos de Jesús —tanto los cercanos como los más lejanos en el tiempo— en ese camino, que llevaba desde el Monte de los Olivos a Jerusalén. Igual que ellos, tenernos en las manos los ramos de olivo y decimos —o mejor, cantamos— las palabras de veneración que ellos pronunciaron. Estas palabras, según la redacción del Evangelio de Lucas, dicen así: “Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19, 38).

En estas circunstancias, el simple hecho de Jesús, que junto con los discípulos sube hacia Jerusalén para la cercana solemnidad de la Pascua, asume claramente un significado mesiánico. Los detalles que forman el marco del acontecimiento, demuestran que en él se cumplen las profecías. Demuestran también que, pocos días antes de la Pascua, en ese momento de su misión pública, Jesús logró convencer a muchos hombres sencillos en Israel.. Le seguían los más cercanos, los Doce, y además una muchedumbre: “Toda la muchedumbre de los discípulos”, como dice el Evangelista Lucas (19, 37), la cual hacía comprender sin equívocos que veía en El al Mesías.

2. El Domingo de Ramos abre la Semana Santa de la pasión del Señor; de la que ya lleva en sí la dimensión más profunda. Por este motivo, leemos toda la descripción de la pasión del Señor según Lucas.

Jesús, al subir en ese momento hacia Jerusalén, se revela a Sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, se había revelado desde ya hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba y al enseñar, como doctrina de su Padre, todo lo que enseñaba. Las lecturas litúrgicas de las últimas semanas lo demuestran de manera clara: la “entrada solemne en Jerusalén” constituye un paso nuevo y decisivo en el camino hacia la muerte, que le preparan los representantes de los ancianos de Israel.

Las palabras que dice “toda la muchedumbre” de peregrinos, que subían a Jerusalén con Jesús, no podían menos de reforzar las inquietudes del Sanedrín y de apresurar  la decisión final.

El Maestro es plenamente consciente de esto. Todo cuanto hace, lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua. La entrada en Jerusalén fue el cumplimiento de la Escritura.

Jesús de Nazaret se revela, pues, según las palabras de los Profetas, que El sólo ha comprendido en toda su plenitud. Esta plenitud permaneció velada tanto a “la muchedumbre de los discípulos”, cine a lo largo del camino hacia Jerusalén cantaban “Hosanna”, alabando “a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto” (Lc 19, 37), como a esos Doce más cercanos a El. A estos últimos, el amor por Cristo no les permitía admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro: “Esto no te sucederá jamás” (Mt 16; 22).

En cambio, para Jesús las palabras de los Profetas son claras hasta el fin, y se le revelan con toda la plenitud de su verdad; y El mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. La acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre.

“El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás” (Is 50, 5).

De este modo la liturgia del Domingo de Ramos contiene ya en sí la dimensión plena de la pasión: la dimensión de la Pascua.

“He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los esputos” (Is 50, 6).

“Al verme, se burlan de mí; hacen visajes, menean la cabeza… me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica” (Sal 21 [22], 8-17-19).

3. He aquí la liturgia del Domingo de Ramos: en medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en El al Mesías, sólo El, Cristo, conoce hasta el fondo la verdad de su misión; sólo El, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre El han escrito los Profetas.

Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en El con la verdad interior de su alma. El, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su “entrada en Jerusalén”, El es “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8).

Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor, un beso interior de paz y de redención. En este beso, en este abandono sin límites, Jesucristo, que es de naturaleza divina, se despoja a Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (cf. Flp 2, 6-8). Y permanece en este abajamiento, en esta expoliación de su fulgor externo, de su divinidad y de su humanidad, llena de gracia y de verdad. El, Hijo del hombre, va, con este aniquilamiento y expoliación, hacia los acontecimientos que se cumplirán, citando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas formas exteriores: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, rechazado por el propio pueblo, condenado a muerte, crucificado, hasta que pronuncie el último: “todo está cumplido”, entregando el espíritu en las manos del Padre.

Esta es la entrada “interior” de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa.

4. En cierto momento, se le acercan los fariseos que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y dicen: “Maestro, reprende a tus discípulos”; Jesús contestó: “Os digo que si ellos callasen, gritarían las piedras” (Lc 19, 39-40).

Comenzamos hoy la Semana Santa de la pasión del Señor en Roma,, En esta ciudad no faltan las piedras que hablan de cómo ha llegado aquí la cruz de Cristo y de cómo ha echado sus raíces en esta capital. del mundo antiguo.

Que las piedras no hagan ruborizarse a los hombres.

Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que éllas.

EL GRITO

 

Cuando del alto de un madero Tú gritabas,

atraías corazones; redención les ofrecías,

cuando apenas te miraban, grande paz les concedías,

por un grito que en la agonía

de Tu pecho exhalabas.

 

Cuando de un madero elevado proclamabas

Redención y Salvación nos ofrecías

a pesar de cuantas faltas te traían

Tú corazón enternecido se encontraba

cuando con un grito dolorido

de dentro de Tu pecho exhalabas.

 

Cuando del Trono de la Cruz gritabas,

al mundo entero y más allá te dirigías,

almas pesarosas, manchadas de tinieblas Tú querías.

“¡Tengo sed!” desde el Gólgota se escuchaba

cuando por un grito exprimido entre dolores

del profundo de tu alma exhalabas.

 

Cuando en Sicar ya no gritabas,

a un corazón afligido le socorrías.

“¡Tengo Sed!” también a ella le decías.

Paso a paso te revelabas y

manantial de Agua Viva prometías,

como en el susurro de un grito,

a una Samaritana al mediodía,

del fondo de Tu pecho susurrabas.

 

Cuando entre mis dedos te elevas,

en muchos corazones Tú pretendes

adentrarse y hacer morada cada día.

Pero a mí, cual Samaritana en el camino,

me gritas: “Tengo Sed!” y susurrando

Te respondo a Ti Eucaristía,

cuando dentro de mi pecho Te adentras,

y sediento de mi corazón te sacias.

 

P. Harley Carneiro, IVE

DESNUDECES

Viendo tu cuerpo herido así desnudo

inerte y tan perfecto,

teniendo abierto así el pecho

por sufrimientos tan crudos;

de un Amor así no dudo

[y creo],

mirando a tu cuerpo así desnudo

inerte y tan perfecto.

 

Tu Santo cuerpo así desnudo,

de Gloria pleno y de Vida.

De un Sepulcro a la alborada

qué puertas abres para el mundo.

De oír promesa así no dudo

[y espero],

que de tal Cuerpo así desnudo

de gloria me llene y de vida.

 

Sublime Cuerpo así desnudo

de Divinidad desposeído.

Feliz el hombre que ha creído

que el sacerdote en manos pudo

traer a Dios aquí, y recibiéndote no dudo

[y amo],

Sublime Cuerpo así desnudo

de Divinidad desposeído.

 

P. Harley Carneiro, IVE

 

Excelencia de la caridad

De los sermones de san León Magno, Papa

Dice el Señor en el evangelio de Juan: La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros (Jn 13,35); y en la carta del mismo apóstol se puede leer: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (1 Jn 4,7).

Que los fieles abran de par en par sus mentes y traten de penetrar, con un examen verídico, los afectos de su corazón; si llegan a encontrar alguno de los frutos de la caridad escondido en sus conciencias, no duden de que tienen a Dios consigo, y, a fin de hacerse más capaces de acoger a tan excelso huésped, no dejen de multiplicar las obras de una misericordia perseverante.

Pues, si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras, ya que la Divinidad no admite verse encerrada por ningún término.

Los presentes días, queridísimos hermanos, son especialmente indicados para ejercitarse en la caridad —por más que no hay tiempo que no sea a propósito para ello—, quienes desean celebrar la Pascua del Señor con el cuerpo y el alma santificados deben poner especial empeño en conseguir, sobre todo, esta caridad, porque en ella se halla contenida la suma de todas las virtudes y con ella se cubre la muchedumbre de los pecados (cf. 1 Pe 4,8).

Por esto, al disponernos a celebrar aquel misterio que es el más eminente, con el que la sangre de Jesucristo borró nuestras iniquidades, comencemos por preparar ofrendas de misericordia, para conceder, por nuestra parte, a quienes pecaron contra nosotros lo que la bondad de Dios nos concedió a nosotros.

La largueza ha de extenderse ahora, con mayor benignidad, hacia los pobres y los impedidos por diversas debilidades, para que el agradecimiento a Dios brote de muchas bocas, y nuestros ayunos sirvan de sustento a los menesterosos. La devoción que más agrada a Dios es la de preocuparse de sus pobres, y, cuando Dios contempla el ejercicio de la misericordia, reconoce allí inmediatamente una imagen de su piedad. No hay por qué temer la disminución de los propios haberes con esas expensas, ya que la benignidad misma es una gran riqueza, ni puede faltar materia para la largueza allí donde Cristo apacienta y es apacentado. En toda esta faena interviene aquella mano que aumenta el pan cuando lo parte, y lo multiplica cuando lo da.

Quien distribuye limosnas debe sentirse seguro y alegre, porque obtendrá la mayor ganancia cuando se haya quedado con el mínimo, según dice el bienaventurado apóstol Pablo: El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia (2 Co 9,10) en Cristo Jesús, Señor nuestro, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado