Nuestra actitud ante la Cruz

Una consideración siempre actual

P. Jason Jorquera M., IVE.
Es sabido que, en la vida espiritual, las cruces se vuelven estériles cuando “nos las fabricamos a medida”, o cuando hacemos una “minuciosa selección de ellas”; porque naturalmente la cruz repugna, porque es difícil, porque cuesta; y luego del pecado nuestros corazones tomaron la decisión de inclinarse más bien a lo fácil, cómodo y deleitable. Pero cuando renunciamos de verdad a ser nosotros los fabricantes de nuestras cruces y dejamos que sea Dios el artesano, y aceptamos las cruces que Él nos envía o permite que padezcamos, entonces y sólo entonces comienza el mérito y el progreso espiritual…, allí arranca la santidad, nuestra santidad.
La humanidad actual es “culturalmente contraria a la cruz de Cristo”, como hace más o menos 2000 años atrás, en que aquel signo y distintivo de los discípulos del Redentor, no era más que señal de humillación y desprecio. Pero como sabemos también, cuando se cumplió el tiempo… el Hijo de Dios decidió encarnarse (Cf. Gál 4,4) y hacer nuevas todas las cosas (Cf. Ap 21,5); cambiarles a unas el sentido y a otras darles un sentido, y esto es exactamente lo que pasa con la cruz: de señal de ignominia se convirtió en signo de amor, de redención, de seguimiento de la Verdad… pero el problema, aun actual, es que este sentido sólo se ve, se entiende, y se puede sobrellevar con la mirada sobrenatural de la fe. Y por esta razón, es que quienes viven sin fe, y peor aún, quienes la rechazan, no pueden ver más que el peso, el dolor y la dificultad de llevar la cruz.
El espíritu mundano, que hunde sus raíces en todo lo que pueda hacer más terrenas y menos espirituales a las almas, por fuerza ha de ser contrario a la Cruz, porque la cruz que abre sus brazos a la humanidad también se forma con un madero vertical que desde la tierra sube al Cielo en busca de que allá pongan los corazones su mirada; y entonces este espíritu mundano, antagonista de la cruz, pugnará hasta el fin de los tiempos para echarla fuera, quitándola de su vista, de los muros, las calles, las escuelas, etc.; para arrancarla finalmente de los frívolos corazones, y haciendo lo posible para que su sentido sobrenatural -el que el Hijo de Dios le dio-, se pierda poco a poco y se convierta en reproche y desprecio… como antes. Pero como la cruz es salvación, y si bien comienza aquí pero termina en el Cielo, Dios mismo se encarga de enviar o permitir que el instrumento salvífico en que su Amor por nosotros se quedó clavado, extienda sus brazos sobre nosotros y sobre toda la humanidad, recordándonos que no es el fin sino el principio de la eternidad; que “después del Viernes Santo viene el Domingo de Resurrección” (San Alberto Hurtado); que después de la tormenta viene la calma, y que mientras mayor sea la prueba más grande será el premio.
Cuando la cruz nos es dada, y no hemos sido nosotros los artesanos, sólo podemos: o rechazarla con amargura y desconsuelo; o aferrarnos a ella fuertemente y ofrecerla a Dios, quien tiene sus propios designios salvíficos para las almas, y conoce mejor que nadie los bienes espirituales que más nos convienen.
Hubo un viernes en que los de espíritu mundano abandonaron el Gólgota, porque allí estaba la cruz y en ella el Crucificado. Pero también hubieron almas fieles que, en medio del profundo dolor de la cruz, permanecieron firmes junto al Dios-Amor que pendía de ella; porque sabían que allí en la cruz no terminaba todo, sino que era el comienzo de la redención, y por eso “la abrazaron” con santo abandono y ofrecieron su dolor al Altísimo acompañando hasta el final a quien más sufrió en la cruz. Ese viernes nacía el “amor hasta las últimas consecuencias”, y junto con él el Reino de los Cielos. Por eso ese viernes se llama santo.
No nos corresponde pedirle cuentas a Dios de nuestras cruces, pues no todas las quiere, sino sólo las que nos sirven, las que nos acercan a Él, nos asemejan a su Hijo y hermosean nuestras almas; las demás simplemente las permite porque a tal punto nos ama que respeta nuestra libertad aun cuando en vez de invertirla en su gloria la empleemos en el mal. Pero la decisión ante la cruz (o las cruces de nuestra vida), siempre dependerá de nosotros: o la abrazamos o la rechazamos; o santo abandono o tedioso reproche; o dolor confiado o desesperación…
Cuando la cruz se cierne sobre nosotros, no debemos prestar atención tanto a su peso y sus astillas, cuanto a Aquel que está unido inseparablemente a ella, porque es Él quien nos ha enseñado a llevarla tal como corresponde: a veces con gran dolor, pero siempre trazando un surco en dirección al Reino de los Cielos, preparado para los que con Él sepan crucificarse, padecer y ofrecer su sufrimiento, para gloria de Dios y salvación de las almas.
[…] recemos y ofrezcamos nuestras cruces con santo abandono, y dejemos las respuestas para cuando el Hijo de Dios venga en su gloria “a buscar a los benditos de su Padre” (Cf. Mt 25, 34), es decir, aquellos que, abrazando la cruz, pidan constantemente la gracia de perseverar hasta el final.

Más allá del pesebre

Reflexión Navideña
Escribía san Agustín: “Jesús yace en el pesebre, pero lleva las riendas del gobierno del mundo; toma el pecho, y alimenta a los ángeles; está envuelto en pañales, y nos viste a nosotros de inmortalidad; está mamando, y lo adoran; no halló lugar en la posada, y Él fabrica templos suyos en los corazones de los creyentes. Para que se hiciera fuerte la debilidad, se hizo débil la fortaleza… Así encendemos nuestra caridad para que lleguemos a la eternidad.”
Nosotros sabemos bien que, desde la Encarnación hasta su Ascensión, toda la vida de nuestro Señor Jesucristo es mucho más de lo que vemos (o leemos); y que cada una de sus acciones (gestos, palabras, decisiones, etc.), siempre van más allá de lo que ven nuestros ojos terrenales; como en la multiplicación de los panes, en que nos da a entender que con lo poco se puede hacer mucho cuando se confía en Dios, o como hoy que nos enseña que a Dios a veces se lo encuentra donde menos se lo espera, como en un pesebre…, o en una cruz especial, una gran dificultad, en nuestra lucha por alcanzar las virtudes o escondido detrás de los defectos de nuestro prójimo esperando que practiquemos con él la caridad… Como sea, en este día tan importante para nosotros y para el mundo entero, creyentes o no, perseguidos o perseguidores, virtuosos o mediocres (da igual en este caso, porque sea como sea Jesucristo ya cambió la historia); la invitación que se nos propone es la aprender a ver “más allá del pesebre”, en que el Hijo de Dios quiso nacer pobre y humilde, para entrar así en el mundo, sí, pero trayendo consigo una nueva realidad que está, justamente, “más allá del pesebre”… porque esta entrada humilde en extremo, como sabemos, nos dice mucho más, ya que nos presenta de manera plástica, gráfica -si se quiere-, lo que realmente ha venido a hacer Dios al mundo y que es el hecho de querer comenzar a “formar parte de nuestra historia personal”, estableciendo una relación espiritual (y, por lo tanto, sumamente real), entre Él que es Dios y nosotros que somos sus creaturas. Es decir, que Jesucristo nace en el mundo como anticipo y prefiguración de su nacimiento en nuestros corazones, pero de manera efectiva y “llena de consecuencias” que podemos constatar en nuestra vida espiritual. Porque quien deja a Jesucristo reinar su corazón, pero de verdad, sin quitarle las riendas de su vida, ciertamente podrá gozar de la asimilación paulatina de su Rey; así como también se nota cuando un alma se antepone a las inspiraciones que Dios le hace; especialmente con el egoísmo que directamente lo echa afuera.
Más allá del pesebre hay un Dios bueno que no se escandaliza de nuestra miseria y nuestros defectos (como nosotros a veces hacemos con los de los demás); más allá del pesebre hay un verdadero nacimiento espiritual de Jesucristo en el alma dócil a buscar la santidad; más allá del pesebre está toda la grandeza de Dios que nos muestra cómo es capaz de esconderse “en lo pequeño y los pequeños” pero sin dejar por esto de obrar grandemente en favor de las almas; y más allá del pesebre también, hay un designio eterno en el que -como hemos dicho-, todo depende de la relación personal que establezcamos con Jesucristo, que desde su nacimiento nos enseña las virtudes del anonadamiento, siempre agradables a Él y capaces de obrar en nosotros nuestra santificación.
Se preguntaba san Bernardo: “¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? ¿Qué hay más rebosante de piedad que la Palabra de Dios convertida en tan poca cosa por nosotros?” … y ese “por nosotros”, como sabemos, es la clave para comenzar a corresponder a Dios y construir una sólida relación con Él; porque tanto es lo que Dios hace por nosotros, que a nosotros nos toca en nuestra vida hacer algo también por Él, y ese algo es buscar imitar a Jesucristo que hoy nos muestra hasta dónde está dispuesto a llegar para llevarnos a Él, como en la humildad del pesebre, queriendo que veamos y descubramos “el designio que se esconde más allá de lo que ven las almas de mirada superficial”, y le correspondamos, cada cual según descubra lo que Él le pide en su intimidad con Él, que es Dios.
Habiéndonos concedido Dios la gracia enorme de celebrar la santa Misa del Navidad en el lugar bendito que recibiera a su Hijo hace poco más de 2000 años, agradecemos este hermoso regalo invitándolos a considerar las profundas palabras de san Juan Pablo II, ante este decisivo acontecimiento que celebramos durante toda esta octava de Navidad: “Contemplemos con María el rostro de Cristo: en aquel Niño envuelto en pañales y acostado en el pesebre (cf. Lc 2, 7), es Dios que viene a visitarnos para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (cf Lc 1, 79). María lo contempla, lo acaricia y lo arropa, interrogándose sobre el sentido de los prodigios que rodean el misterio de la Navidad.”
P. Jason Jorquera M.

EL PRINCIPIO DE LA GRANDEZA

La maternidad divina de María

         P. Gustavo Pascual, IVE.

 

          La maternidad divina es un dogma de fe definido por el concilio de Éfeso el año 431.

            La Iglesia quiere celebrar la Maternidad divina de María el primer día del año. Nos propone en el Evangelio contemplar la cueva de Belén y en ella al Niño, a María y a José.

            Debemos por tanto contemplar esa imagen y se nos hará mucho más fácil aceptar el dogma de la maternidad divina. El Niño acostado en el pesebre es el Emmanuel de Isaías[1], es el Verbo hecho carne del prólogo de San Juan[2] y la que está junto a El envolviéndolo en pobres pañales es su Madre que lo acaba de dar a luz. Ese Niño es Dios y la que lo da a luz es pues la Madre de Dios. Su madre es la que lo concibió en Nazaret[3]. Lo concibió en Nazaret en virginidad y ahora lo pare en virginidad.

            Contemplemos como lo pare en virginidad. Dice el Evangelio que la misma madre lo envolvió en pañales[4]. María trabajaba preparando la cuna y arropando al Niño porque no tuvo dolor en su parto… y, ¿cómo es esto? los Santos Padres dan el siguiente ejemplo: como el rayo de sol pasa a través del cristal de la ventana sin romperlo ni mancharlo así la Virgen dio a luz a su Hijo en Belén. Contemplemos el rostro feliz de María y también la alegría de José pues ha nacido el Emmanuel. Fue un parto milagroso “porque no hay nada imposible para Dios”[5]. Así como Cristo resucitado entraba en el Cenáculo sin abrir las puertas así salió del seno de su Madre sin corrupción de la carne.

            La aparición angélica a los pastores les revela que ha nacido el Mesías, el Señor[6] y van presurosos a Belén y encuentran al Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre como lo habían señalado los ángeles[7] a María, su madre y a José. La Virgen escuchaba el relato de los pastores y lo guardaba en su corazón.

            Contemplemos al Niño. Es Dios que quiere nacer como nosotros de una madre[8]. La condescendencia divina se manifiesta en este nacimiento. Convenía que aquél que iba a ser en todo semejante a los hombres menos en el pecado naciese como nosotros.

            Contemplemos a María. Es ejemplo de madre. Da a luz al hijo concebido. A pesar de muchos inconvenientes y sacrificios María resguarda en su seno el fruto de su compromiso con Dios. Ha dicho sí a Dios en Nazaret y su sí permanece en Belén.

            Contemplemos la cueva de Belén. ¡Qué milagro inmenso! María la Virgen ha dado a luz al Emmanuel. La madre de Dios junto a la cuna de Dios hecho hombre.

            Cada nacimiento es algo extraordinario. Una mujer que acepta la voluntad de Dios y se hace junto a su esposo creador de vida continuando la obra de Dios y dando a luz a un nuevo ser destinado a ser hijo de Dios y ciudadano del Reino de los cielos.

            La fiesta de la maternidad de María es un canto a la vida. Un canto a la vida corporal que deja el seno de la madre donde ha vivido nueve meses y ve la luz del mundo; un canto a la vida del espíritu que es germen deseoso de vida interminable.

            Pero María sólo tuvo un Hijo. ¿Un hijo? Un hijo sin dolor en Belén. Y tú y yo también somos hijos y generaciones y generaciones son hijos de María y estos partos con dolor porque María quiere tener muchos hijos y quiere que todos los hombres la llamen madre. Así es también el querer de Dios que todos lo tengan a Él por Padre y a María por madre.

            Contemplemos a María. Esa joven judía es la Madre de Dios y por tanto su poder no tiene límites. Los santos dicen de María más pura que ella solo Dios o menos Dios cualquier título es digno de ella. Los Santos Padres asombrados de gracia tan inmensa la llaman “omnipotencia suplicante” y con razón porque qué no podrá la que es Madre de Dios.

            Contemplemos a María y al Niño. Ese Niño junto con el Padre y el Espíritu Santo predestinaron a María para ser su madre. La llenaron de gracias para oficio tan sublime, la preservaron de la mancha original para que fuese limpio manantial de donde surgiera la Divina Gracia.

            Esa Madre que acaricia y acuna al Niño es siempre virgen y corredentora. Ella es madre espiritual de todos los hombres, es la Nueva Eva que engendra a la nueva prole de los vivientes, es la primera que esta en el trono de Dios en cuerpo y alma reinando con su Hijo para siempre.

            Pero la maternidad divina, misterio admirable del amor de Dios es grandiosa. Sólo una madre puede comprender a otra madre. Sólo la Santa Madre Iglesia puede comprender la maternidad divina por eso en su sabiduría nos enseña aquella oración “ante la admiración de cielo y tierra engendraste a tu propio Creador y permaneces siempre virgen…” (Alma Redemptoris Mater).

[1] 7, 14

[2] 1, 14

[3] Lc 1, 38

[4] Lc 2, 7

[5] Lc 1, 37

[6] Lc 2, 11

[7] v. 12

[8] Cf. Ga 4, 4

Breves del monasterio de la Sagrada Familia: dos meses intensos

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:
Debido a diversas circunstancias, hemos dejado pasar algunas nuevas de nuestro monasterio en estos últimos casi dos meses, en que algo les hemos compartido pero quisiéramos contarles un poco más, aunque lo más brevemente posible, acerca de las infaltables gracias que Dios nos sigue concediendo.
Hemos recibido varias visitas de nuestros religiosos y religiosas, como el P. Carlos Ferrero y el P. Gabriel Romanelli, como ya les hemos contado, pero también de más de un grupo de nuestras hermanas misioneras también en Tierra Santa; dos de las cuales hasta nos dieron una mano para preparar las mermeladas que nos ayudan a sustentarnos. Respecto a esto, como les contamos anteriormente, también ha sido una gracia enorme la realización de la cosecha y aceite de este año para contribuir también a nuestro sostenimiento, y esta semana el comienzo de la poda de los olivos que no pudimos hacer el año pasado y que ciertamente es muy necesaria.
El pasado mes también pudimos celebrar una santa Misa especial en que Sandra y Matán, amigos nuestros, renovaron sus compromisos matrimoniales en su séptimo aniversario.
También hemos comenzado a recibir a muchos grupos locales tanto de cristianos como de no cristianos, de los cuales éstos últimos a menudo se interesan mucho en saber qué es un monje católico y en qué consiste nuestro estilo de vida, llamándoles grandemente a muchos la atención; y donde los cristianos han podido rezar y conocer los restos de la casa de santa Ana que aquí reposan.
Los trabajos de mantenimiento nunca cesan, y entre todo esto hemos podido ir haciendo pequeños arreglos y mejoras como la iluminación de los muros de la basílica y el jardín, además de agregar algunos arreglos más cerca de la Cruz que domina la entrada al monasterio.
No podemos dejar de mencionar algunas donaciones para la capilla, como rosarios, incienso y estampitas, pero especialmente el hermoso cáliz que nos donaron desde Holanda por medio de una hermana y un sacerdote muestros, que actualmente nos acompaña en la celebración de la santa Misa.
Imagen de santa Ana y la Virgen niña
Es una enorme alegría para nosotros poder compartirles, además,  una de esas gracias especiales para nuestro monasterio, que Dios y la Sagrada Familia han obrado especialmente por medio de santa Ana, a quien constantes oraciones le hemos elevado a partir de un encuentro providencial hace 3 años con el P. Sergio Muñoz Fita, sacerdote a cargo de la parroquia de “Santa Ana” en Arizona, quien enocontrándose en plena peregrinación llegó aquí, a la casa de “su patrona”, y luego de hablar fraternalmente con el P. Jason, quien se encontraba trabajando en aquel momento en el jardín, le ofreció alguna ayuda especial a futuro de parte de él y su parroquia, ante lo cual surgió la manifestación de querer tener más adelante una imagen de santa Ana próxima al ábside de la ruina, pidiéndole particulares oraciones a él y su parroquia para que esto se llegara a concretar algún día. Pues bien, luego de haber rezado en la capilla y despedirse muy cordialmente, las oraciones mutuas fueron el nexo hasta que al poco tiempo el P. Sergio nos contactó nuevamente para sorprendernos con la grande y hermosa noticia de que su parroquia nos ofrecía generosamente la imagen de santa Ana con la Virgen niña, para ornamentar y acompañar la devoción de los peregrinos, llenándonos obviamente de gran alegría, y especialmente ahora que, Dios mediante, luego de algún tiempo contamos con la correspondiente aprobación para recibir e instalar la bellísima imagen que ha sido confeccionada en Italia.
Agradecemos a la Sagrada Familia por su intercesión, así como a todos aquellos religiosos y laicos que rezan especialmente por esta intención, y les queremos pedir a todos ustedes que nos acompañan a la distancia, especiales oraciones por todas estas almas generosas de la parroquia dedicada a la abuela de nuestro Señor Jesucristo, que han contribuido a esta donación con el gran esfuerzo que implica en estos tiempos tan difíciles para todos, y para que finalmente salga todo bien y se concrete el traslado hasta acá (la imagen aun no llega y deseamos que lo haga sin problemas), y podamos definitivamente instalarla en el lugar que antaño recibiera en persona a quienes representan: “La congregación de Santa Ana está formada por familias e individuos en distintas fases de su caminar en la fe, y ya sea a través de la oración, de la celebración de los sacramentos o simplemente conviviendo fuera de las paredes de la iglesia, estamos comprometidos a amar a Dios y al prójimo.” (de la página oficial de la parroquia de santa Ana, Arizona).
Finalmente les contamos que a principios de noviembre conseguimos una reservación para poder celebrar la santa Misa en el Santo Sepulcro, en el altar del Calvario, agradeciendo especialmente a Dios por sus beneficios y tantas bendiciones para nuestra comunidad.
Damos gracias a Dios por todas estas bendiciones y las muchas otras que sólo Él conoce y no deja de concedernos, pidiéndoles especiales oraciones por las necesidades materiales y espirituales de nuestro monasterio, comprometiendo como siempre nuestras oraciones por ustedes.
Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.
La hermosa imagen de santa Ana con la Virgen niña que nos han ofrecido para el monasterio.
Santa Misa en el Santo Sepulcro: altar del Calvario.
Entrada al Santo Sepulcro.
Entrada al Santo Sepulcro.
P. Gabriel Romanelli visitando el monasterio.
P. Carlos Ferrero y P. Gabriel Romanelli visitando el monasterio.
Nuestros sacerdotes celebrando la santa Misa en la capilla del monasterio.
Nuestras hermanas visitando el monasterio.
Preparando nuevas plantas para el jardín.
Preparando nuevas plantas para el jardín.
Sandra y Matán, amigos del monasterio, renovando sus promesas matrimoniales en su séptimo aniversario.
Rezando ante el Santísimo durante la Adoración de la tarde.
Hermanas dándonos una mano en la elaboración de las mermeladas.
Preparando las mermeladas.
Mermeladas y aceite envasados.
Mermeladas y aceite envasados.
Nuevos maceteros para el jardín.
Nuevos maceteros para el jardín.
Nuevos maceteros para el jardín.
Nuevos maceteros para el jardín.
El hermoso cáliz que nos regalaron para embellecer la liturgia.
Adoración Eucarística de la tarde.
Adoración Eucarística de la tarde.

El gozo contenido

No era otra la voluntad de Dios sobre su esclava: guardar contenta las maravillas del Señor en su alma…

P. Gustavo Pascual, IVE.

Es hermoso narrar las maravillas de Dios, de cantar su gloria a través de la Escritura, pero hay otra manera de glorificar y cantar la gloria de Dios que es viviéndola y esta segunda es más perfecta, a mi modo de entender.

            Muchas veces sentimos ganas de escribir para librarnos de lo que tenemos dentro… ¿Qué cosa? Un gozo inmenso por la contemplación de Dios que quema dentro. El contento tiene que estallar de alguna manera y estalla en gozo, en alegría y a veces en júbilo. El contento a veces estalla en fuerza misionera o en predicación abrazada, en algunos en grafía.

            San Juan Bautista estuvo contenido contemplando al Verbo Encarnado treinta años. Su primera contemplación lo hizo saltar de gozo en el seno de Isabel y fue tan grande su caridad que quedó santificado (sin dejar de lado la gracia particular que es lo principal de su santificación) y luego tuvo su gozo contenido en su paraje eremítico hasta que estalló a orillas del Jordán como un torbellino de fuego incendiando los corazones bien dispuestos.

            Juan custodió con la ascética su contemplación y consecuente gozo del misterio del Verbo Encarnado, gran lección para todo hombre religioso que únicamente debería salir fuera para dar a conocer las grandezas de Dios, porque si salimos fuera por otra razón perdemos el gozo, porque dejamos de contemplar, dejamos de estar contentos y nos disipamos en cosas terrenales. El que da a conocer el misterio hacia fuera no se derrama sino que sigue contenido, por lo cual, nuestra predicación nunca debe mermar nuestra vida interior. Si lo hace mala señal. Por eso es necesaria la ascética para seguir contento, mucho más para el hombre religioso.

            San Juan estalló en el Jordán rebalsando el misterio contenido en su alma a los hombres que quisieron escucharlo.

            Jesús, el Verbo Encarnado dio a conocer en toda su vida quién era y las grandezas de Dios y fue tan grande su desborde que no sólo lo tradujo en palabras sino también en obras y algunas obras de “locura” a los ojos del mundo[1]. Su muerte en cruz es la expresión más elocuente del estallido del amor de su alma. Es el desborde incontenible e infinito de la Sabiduría Eterna.

            Y María no predicó, no dijo a nadie quién era, no escribió (probablemente no sabía escribir, pertenecía a un pueblo de tradición oral) y estuvo contenida toda la vida, por arriba Dios por abajo su humildad. Y esto es muy doloroso para el alma extática.

            Si bien los santos viven comúnmente su ser extraordinario, por ahí Dios les concede aliviar la presión interna de su alma enamorada, su contento, por un milagro, un éxtasis, una predicación, una exaltación, un escrito…, pero María fue una nazaretana más. A Jesús que admiraba a los hombres por su doctrina y por sus milagros lo tenían por uno más: “¿No es éste el hijo del carpintero?”[2], ¡que sería de María que realmente en el exterior era igual a las demás mujeres de su pueblo: pobre, trabajadora, sufrida! aunque brillaba en ella la caridad.

            Y “María, guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón” y no era otra la voluntad de Dios sobre su esclava: guardar contenta las maravillas del Señor en su alma.

            Guardar el secreto de su maternidad divina, el de su virginidad perpetua, el de su plenitud de gracias, el de su elección admirable. Después de su encuentro con Isabel en donde exultó en Dios se hace un gran silencio en torno a María. En Nazaret era una más. ¡Qué dolor el tener que callar las maravillas de Dios! Pero ¿por qué no las decía a las nazaretanas? Porque María por voluntad de Dios debía estar escondida y además para que agregar dolor al dolor. Cómo hablar de las maravillas de Dios a los que hablan otro idioma, a los que hablan de la tierra. Si Jesús con su autoridad inmensa era desoído, qué podrían entender de una paisana, a la cual, le había salido un hijo medio loco.

            Por eso María callaba y gozaba en su interior pero no sin dolor porque no somos ángeles, aunque ella tenía algo de divino y angélico que nos falta a nosotros. Nuestro estado interno lo queremos expresar por los sentidos. El alma de María fue un alma llena de dolor de amor porque crecía el amor sin poderlo manifestar y lo guardaba contenida en su corazón si que saltara en júbilo para expresarlo.

            Sólo tendría término el dolor de su alma en el éxtasis del Calvario donde la noche del alma sería el término y la cumbre del dolor. Allí se liberó María traduciendo su amor contento en un fruto: sus hijos que somos nosotros. Dolor que pasa al dar a luz[3]. Gozo contenido que es liberado. Con ansia inmensa he deseado esta pascua…[4]

            Pero volvamos a Nazaret para aprender. El dolor de la Virgen se daba en su silencio, en su humildad, pero sobre todo en hacer lo extraordinario en lo ordinario o de lo ordinario algo extraordinario. Exteriormente como cualquier otra persona, interiormente algo extraordinario. Y si bien en los santos hay cosas extraordinarias que los acreditan como tales, no las tienen en cuenta sino como gracias gratuitamente dadas por Dios. Quieren la cruz como María, la cruz del silencio y de la humildad, del ocultamiento… porque allí custodian mejor las maravillas de Dios y por eso cuando son enviados tienen fuego.

            Es mejor y más seguro camino el meditar las cosas en el corazón y ofrecer el dolor de estar contenido. Así debe hacer todo hombre religioso, a no ser que sea otra la voluntad de Dios, para imitar a la Madre y Señora, para dolerse en el contento y hacerlo algo extraordinario porque en realidad es algo extraordinario encerrado en lo ordinario que si se calla tiene sabor de cruz, tiene sabor de Dios, tiene sabor de eternidad.

[1] 1 Co 1, 23

[2] Mt 13, 53

[3] Cf. Jn 16, 21

[4] Cf. Lc 22, 14

AQUELLOS LAZOS QUE LIBERAN

Sobre los sagrados votos religiosos

P. Jason Jorquera Meneses, IVE.

Dedicado a todos los miembros del Instituto del Verbo Encarnado, mi familia religiosa;

especialmente a quienes se encuentran en las más lejanas y difíciles tierras de misión,

perseverando aferrados a su cruz y buscando cada día corresponder

a la divina predilección de Aquel que llamó a los que quiso,

y sigue llamando cada día a seguirlo de cerca

según un estilo de vida propio, su estilo de vida:

el del Evangelio.

Explica santo Tomás que “se llaman religiosos por antonomasia aquellos que se entregan totalmente al servicio divino, ofreciéndose como holocausto a Dios. De ahí también la afirmación de San Gregorio […]: Hay quienes no se reservan cosa alguna para sí mismos, sino que inmolan al Dios todopoderoso su pensamiento, su lengua, su vida, todos los bienes que recibieron. Ahora bien: la perfección del hombre está en unirse totalmente a Dios… Luego, bajo este aspecto, la vida religiosa lleva consigo un estado de perfección.”[1]

Del citado texto de santo Tomás, podemos sacar variadas consideraciones en lo que respecta a la vida religiosa, tales como su aspecto de “holocausto”, “búsqueda especial de unión con Dios”, “renuncia” y “servicio”; todo lo cual se encuentra embebido del sublime don que Dios nos quiso regalar por sobre las demás creaturas de este mundo: la libertad. Y aquí está la clave para comenzar a comprender la vida religiosa que se vuelve una inexplicable paradoja para las almas carentes de fe, ya que el religioso “libremente se obliga”, libremente se ata por medio de los votos, y libremente también ha decidido seguir y servir de cerca a su Dios y Señor: ¿cómo explicar fuera del ámbito de la fe tal compromiso?, ¿cómo comprender el “obligarse” delante de Dios y bajo pecado a su servicio?, ¿cómo concebir que una cadena nos permita volar?; y la respuesta sólo se entiende a la luz de un amor que va más allá de nuestra humana lógica, de un amor que nos cobija, que nos protege, y que nos ha llamado a seguirlo de cerca, y tan de cerca que hemos querido hacerlo -nosotros, los religiosos- poniéndonos estos verdaderos lazos de amor y correspondencia que son los votos, lazos especiales y exclusivos, una de las más grandes incomprensiones tanto de los frívolos incrédulos como de los creyentes egoístas, simplemente porque son aquellos lazos que liberan.

El voto

El voto es una promesa hecha a Dios de un bien mejor y posible.

“Promesa voluntaria” y no coacción, es decir, completamente libre: un voto obligado no es tal sino una farsa; una promesa, en cambio, hecha con pleno conocimiento y libertad sí lo es. “De un bien mejor”, en este caso, los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia cuya síntesis conjunta no es otra que la imitación de nuestro Señor Jesucristo en su estilo de vida, en la manera concreta en que vivió su humanidad en la tierra dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas, como diría san Pedro, pero con la particularidad de que implican toda la vida del religioso; es decir, que no son como los votos que se hacen pidiendo alguna gracia especial, sino que son ellos mismos una inefable gracia ofrecida gratuitamente por Dios y aceptada libremente también por el alma en un acto de “comprometida generosidad”.

Finalmente, este bien mejor es “posible” por la gracia divina, que ofrece al consagrado todos aquellos medios necesarios para llevar a cabo su especialísima consagración, emulando el estilo de vida casto, pobre y obediente de nuestro Redentor; y todo esto resguardado -reiteramos: como corresponde al verdadero voto-, bajo una solemne y pública promesa.

Los votos religiosos: acto libre y liberador

Un religioso, propiamente dicho, es tal por tener votos, es decir, porque voluntariamente decidió abrazar la pobreza, castidad y obediencia para seguir más de cerca y mejor a Jesucristo. Y justamente en el momento que entregó a Dios su voluntad eligió para sí una “nueva manera de libertad” que está por encima del ámbito terrenal (por eso es sobrenatural), y ésta es la libertad de aquellos que dejándolo todo lo siguieron[2], tomando en sus manos el arado sin querer mirar atrás[3], obligándose a imitar a su Señor en su modo específico de vivir.

Dejando esto en claro, nos encontramos ahora ante la gran disyuntiva de opiniones respecto a la vida religiosa: o se es libre o se está atado; pero “¿atarse para ser más libre?”, ¿cómo se entiende? Pues bien, así como la barca extiende sus velas y las ata firmemente para que el viento sople en ellas y la lleve consigo, de manera análoga los sagrados votos ayudan a los religiosos a liberarse de las ataduras terrenas, para que el viento del Espíritu Santo sople sobre ellos y los conduzca por los senderos que exige su especial consagración; pero para eso las amarras de los votos deben estar firmes. En otras palabras, pasa lo mismo que en cualquier otra elección, pero con consecuencias definitivamente sublimes, porque elegir una cosa significa renunciar a otra (o a otras), aunque en el consagrado es mucho más significativo y más profundo, ya que renuncia a cosas que de hecho son buenas, como por ejemplo el matrimonio, pero para elegir algo mejor: la imitación de Cristo consagrado enteramente al Padre.

El primer lazo: la pobreza

La libertad del religioso se aferra al Absoluto, del cual hace su única riqueza al renunciar a todo aquello que el mundo le quiera ofrecer, tomando el mínimo necesario y simplemente como medio para unirse más a su modelo, quien siendo rico se hizo pobre[4], invitando a la perfección a través del desprendimiento de lo terrenal, para ir forjando desde aquí un tesoro en el Cielo[5] que jamás le será arrebatado. Este lazo de la pobreza efectiva, sin embargo, es simplemente el acicate hacia el desprendimiento sincero que tiene todo por pérdida con tal de ganar a Cristo[6], haciendo del consagrado un cautivo de la riqueza espiritual que Dios le ofrece a cambio de renuncia y amorosa fidelidad.

El segundo lazo: la castidad

Siguiendo aquella amorosa fidelidad de la que acabamos de hablar, debemos decir que este segundo lazo liberador, que es la castidad, corresponde al amor de predilección que Dios ha tenido con el religioso quien, en su entrega generosa, no desea otra cosa que ofrecer completamente el corazón, y sus afectos, a Aquel que lo amó primero[7] y lo ha invitado a seguirlo de cerca, en una intimidad especial que busca destruir en él cualquier desorden que le impida unirse a este buen Dios, que lo ha elegido para simplemente “dedicarse a Él”, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas[8]

El tercer lazo: la obediencia

El voto de obediencia constituye el lazo principal. Es decir, que si los otros votos son las cuerdas la obediencia es una cadena, mediante la cual la propia voluntad se rinde a Dios y su Divina Voluntad para ir en comprometida búsqueda de su máxima libertad: la de los hijos de Dios, quienes libres de las ataduras de este mundo y del pecado, de sus afectos desordenados y de sus caprichos, abrazan con firmeza la obra que Dios quiere realizar en sus almas mediante el estilo de vida al cual el Verbo Encarnado les ha llamado . Quien “se ata a Dios” se hace capaz de romper las otras ataduras y volar; porque toda alma que generosamente corresponda al llamado divino y se ponga en manos de Dios con todo lo que implique, con todas sus cruces, con todas las arideces por las cuales deba pasar para purificarse en esta vida; y con la determinación firme de vencerse a sí misma y no renunciar jamás a este “compromiso sublime”, ciertamente se encamina a triunfar con creces sobre lo terreno y bajo la impronta de los elegidos de Dios.

Nuestro cuarto lazo: el voto de esclavitud mariana

Por divina disposición nuestra familia religiosa cuenta con “un lazo más”, uno que se entrelaza con los demás como filial expresión de amor: el voto a María santísima; aquella humilde sierva del Señor merecedora de la Encarnación en la pureza de su vientre, alma fiel hasta el Calvario y de allí en adelante en cada alma que acepte su excelsa maternidad, capaz de moldear los corazones en la medida de su docilidad, y señal de salvación para quienes la honren afectuosamente como se merece. María santísima es un lazo de hilos finos y suaves, firmes para apartar a sus hijos del pecado, tiernos para llevarlos a su Hijo Jesucristo, y completamente capaces ayudar a tejer con ellos nuestra santificación.

Conclusión

El espíritu del mundo ofrece constantemente ataduras que buscan sumir y esclavizar los corazones de los hombres, obligándolos a dejar de mirar las realidades eternas; la vida religiosa constituye el testimonio vivo de la verdadera libertad, destructor de dichas ataduras por medio del compromiso íntimo y perpetuo con el Evangelio de Jesucristo, el gran liberador y salvador de las almas. El mundo más que nunca necesita almas generosas que acepten el llamado a “liberarse y liberar” los corazones del pecado, combatiendo virilmente bajo la bandera del Hijo de Dios, y aceptando vivir su estilo de vida hasta las últimas consecuencias, aferrados a la Cruz, ciertamente, pero con la alegría sobrenatural que se ha vuelto la impronta luminosa entre las tinieblas, propia de aquellos que lo han dejado todo para seguirlo de cerca, de aquellos que han hecho de las pequeñas renuncias el pan cotidiano, y cuyo verdadero holocausto espiritual se ha hecho concreto mediante la máxima expresión de su libertad: la profesión religiosa, los sagrados votos… aquellos lazos que liberan.

[1] Cf. II,II, 186,1

[2] Cf. Lc 5,11; Mt 4,20

[3] Cf. Lc 9,62

[4] Cf. 2 Cor, 8-9

[5] Cf. Mt 19, 21

[6] Cf. Flp 3, 8

[7] Cf. 1 Jn 4, 19

[8] Cf. Mc 12, 30

“Y PENSAR QUE UN DÍA AQUÍ…”

Reflexión desde la casa de santa Ana
Un misionero, si bien a renunciado a todo por seguir su vocación, dejando a menudo la patria, la familia, los amigos, la cultura, la lengua, etc., sigue siendo parte de su familia: es “el hijo que está lejos”, “el hermano a la distancia”, “el amigo que reza”, “el portador de la Buena Nueva que salió de tal lugar”, etc. Pero no es que propiamente renuncie a ella del todo, sino que pasa a formar parte -además- de una familia mucho más extensa, de lazos espirituales que son parte de aquella recompensa prometida a la renuncia por amor a Jesucristo (Cf. Mc 10, 28-31); capaces de fructificar hasta el ciento por uno según sea su fidelidad a la divina voluntad y su “morir al hombre viejo”, para volverse más espiritual en la vida de intimidad con Dios. Y esta renuncia -reiteramos-, si bien implica sacrificios porque está aferrada irrevocablemente a la Cruz, también se encuentra llena de dádivas de lo alto, comenzando por los bienes espirituales de la propia alma para llevar a cabo su misión, el ser testigos del obrar de Dios en los corazones que le han sido encomendados, y gozar de la satisfacción de que se ha hecho la mejor y más segura inversión de la propia vida según la divina disposición. Pero también implica en muchos casos aquellos pequeños detalles siempre impagables, porque son gracias, que fuerzan a la gratitud y a la determinación de traducirla en obras, como es el caso de este santo lugar, erigido en monasterio y llamado con toda propiedad “de la Sagrada Familia”, puesto que aquel pequeño gran detalle de Dios para con sus consagrados aquí, no es otro que el haberlo santificado por medio de la familia que acogió en su regazo al mismo Hijo de Dios, dándole una santísima Madre Virgen, un varón justo en extremo como guardián, y hasta los abuelos de quienes la tradición nos ha dejado sus nombres, habiendo sido ésta antaño su casa y, por lo tanto, morada temporal de quienes santificaron más que nadie el concepto y realidad de “la familia”.
Probablemente fue de paso, por motivos de trabajo (Jesús, María y José), pero también en algún momento como hogar (la Virgen niña, santa Ana y san Joaquín); como sea, el hecho es que un día aquí, donde hoy tenemos una ruina que lo conmemora, estuvo cuando niña quien sería la madre del Redentor, junto a sus padres en amorosa obediencia, riendo y jugando, como lo haría probablemente después su Hijo… y pensar que san José pudo haber tenido aquí algunas de sus herramientas, y a Jesucristo aprendiendo también al modo humano… y todos santificando a la familia.
Siglos después, los cruzados dejarían erigida la basílica en el lugar que antes recibiera a la Sagrada Familia, la cual destruyeron en gran parte los siglos venideros, pero sin impedir que la divina Providencia mantuviera hasta hoy en día el ábside con la gran roca al centro, testigos silenciosos que hasta hoy dan testimonio de que la más santa de las madres y el más justo varón como custodio, pasaron alguna vez por aquí con el Verbo del Altísimo encarnado, que vendría a instituir la gran familia de Dios por medio su Iglesia y de la vida de la gracia.
Encomendamos a sus oraciones a todos aquellos consagrados que se encuentran en lejanas tierras, dándolo todo por el Evangelio; a todos los misioneros que se desgastan por la gloria de Dios y salvación de las almas, y a quienes tienen el oficio de rezar y ofrecer especiales sacrificios por ellos y sus misiones, rogando todos juntos al Dueño de la mies que suscite y envíe operarios a trabajar en su viña…
P. Jason.

 

Iluminación y cosecha en la casa de santa Ana

Desde la casa de santa Ana…

Queridos amigos:
Después de tanto tiempo es una gran alegría para nosotros poder compartirles las últimas mejoras que por gracia de Dios y tantas oraciones de ustedes, hemos podido concretar. Ciertamente que la actual situación ha limitado muchas cosas y tantas otras se han vuelto mucho más difíciles; sin embargo, la Divina Providencia no cesa de estar presente en todas partes y nos ha permitido ir poco a poco manteniendo y haciendo pequeños arreglos que contribuirán a preparar la casa de santa Ana para el retorno de los futuros peregrinos.
En esta oportunidad les queremos contar que, finalmente, hemos iluminado el jardín que recibe a quienes visitan estas ruinas, además de agregar algunas plantas nuevas, permitiendo así que tanto ellos como los posibles ejercitantes (quienes hacen Ejercicios Espirituales según el método de san Ignacio de Loyola) tengan un ambiente más para rezar incluso cuando cae el sol. Por ahora seguimos rezando para tener algún día un par de imágenes más que ciertamente contribuirían a la devoción de la casa de santa Ana.
Por otra parte, hoy comenzamos la cosecha para el aceite que nos abastece todo el año y que, si es suficiente, también podemos vender para ayudar al monasterio; es así que a partir de hoy nos dedicaremos especialmente a este trabajo tan importante para nosotros.
Finalmente les contamos que hoy pudimos abrir nuevamente las puertas del monasterio (con las normativas correspondientes a la actual situación), recibiendo 3 grupos de visitantes locales, quienes pudieron conocer acerca de nuestra vida aquí en Tierra Santa y algo de la historia de este santo lugar.
Siempre agradecidos de Dios, la Sagrada Familia y sus oraciones, a éstas nos seguimos encomendando y agradeciendo con las nuestras; y pidiendo especialmente por la actualmente difícil situación a nivel mundial que a tantas personas ha perjudicado; especialmente para que siempre aprovechemos las cruces, ofreciéndoselas a Dios en reparación por los pecados y abrazándolas con paciencia y santo abandono a su divina volunatd, que SIEMPRE sabe sacar bienes de los males que padecemos, sobre todo espirituales, si aceptamos amorosamente sus designios.
En Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.

¡Qué ideal tan noble!

Carta de san Alberto Hurtado a su prima

21 de noviembre de 1932, Lovaina

 

Señorita Marta Hurtado Valdés

La paz de Jesucristo sea contigo, mi querida Marta. Tu carta me ha ocasionado una alegría inmensa y he dado gracias con toda mi alma a Nuestro Señor por el beneficio inmenso que nos ha hecho llamándote al Carmelo. El Corazón de Jesús ha escogido para ti la mejor parte. Vivir siempre en Él, no hacer más que su santísima Voluntad conocida hasta en los mayores detalles, y sacrificarse por la conversión de las almas. ¡Qué ideal tan noble! Y cómo nos ha de empujar hacia la santidad. Ahora de una manera especial, que se trata de arrojar a Nuestro Señor de todas partes y se oyen hasta en las familias que se dicen cristianas ideas que están tan lejos de ser cristianas; es necesario que la oración y el sacrificio suban hasta Nuestro Señor y le arranquen gracias eficaces para la conversión de las almas. Y han de ser la oración y el sufrimiento los que obren este milagro, pues ya puede gritar el predicador que si Nuestro Señor no mueve el alma con su gracia todo será en vano.

Esta idea me impresiona cada día más y al estudiar la Sagrada Teología la veo confirmada con toda suerte de argumentos que la prueban hasta la evidencia. Yo creo que la devoción sincera al Sagrado Corazón de Jesús ha de ser un medio eficaz para realizar en la práctica esta idea que la inteligencia ve clara, pero que la voluntad se resiste a abrazar. Esta devoción ha de inflamar en nuestra alma el deseo de reparar y consolar al Sagrado Corazón e insensiblemente nos va acercando a Él y vaciando de nosotros mismos, cosa que tanto necesitamos para hacer un poquito de bien. Él irá también disponiendo las almas de manera que no se resistan a su gracia. Por otra parte, esta devoción es tan consoladora para nosotros que vemos tantas imperfecciones en nosotros a pesar de las gracias inmensas que recibimos cada día, y tan consoladora también para las almas de las personas a que procuramos hacer un poco de bien, ya que les muestra a Nuestro Señor loco de amor por ellas.

En fin, mi querida Marta, hazme el servicio de rogar mucho para que Nuestro Señor me conceda la gracia de empaparme de esta bendita devoción, que tanto la necesita un jesuita que ha de ocuparse por ministerio de trabajar activamente con las almas. Tú has de hacer de María -lo espero- interesándote ante Nuestro Señor por mis futuros ministerios, ya tan próximos, pues con el favor de Dios espero ser ordenado sacerdote dentro de nueve meses. Estos meses que preceden al sacerdocio son preciosos y necesito en ellos más que nunca de tus oraciones y de las de toda esa comunidad. Pídeselo así a las Reverendas Madres, en especial a la Madre María Marta. Dile que le agradezco muchísimo sus oraciones y que yo he procurado también ser fiel al pacto de oraciones.

Junto con la carta que te escribo envío por medio de mi mamá unas cuantas líneas a mi tío Julio y a Elena, felicitándoles por el valor que Nuestro Señor les ha dado y por la bendición que ha enviado sobre la familia, ya que una religiosa es un pararrayos sobre la familia. A pesar de todo el cariño y resignación que te han manifestado tu papá y mamá, sin embargo temo que ha de continuar afligiéndoles un poco el recuerdo de la separación, pero Nuestro Señor irá dulcificando ese dolor y, sin duda alguna, para mis tíos y Elena el mayor consuelo será saber que estás consagrada al Señor. Yo lo he visto tan claro con mi mamá, para quien en medio de tantas penas como ha tenido que pasar, no ha habido mayor consuelo que pensar en mi próximo sacerdocio. No te olvides de rogar por mi mamá, y sobre todo por Miguel, que me da mucho cuidado, y la Raquel. Que Dios tenga misericordia de ellos y arregle todo eso como sea para su mayor gloria.

No te había escrito antes porque he tenido un trabajo abrumador y no quería enviarte cuatro líneas sino una carta larga.

Se encomienda muy de veras en tus oraciones, tu primo,

Alberto s.j.

“Mamá”

 El corazón de María es un cofre que guarda los acontecimientos de la vida de cada uno de sus hijos…

P. Gustavo Pascual, IVE.

 

Jesús confesó públicamente la Maternidad Divina cuando dijo su primera palabra: ¡mamá!

Muchos años después la Iglesia definió esta verdad para ser creída y confesada por toda la Iglesia, fue en el Concilio de Éfeso, del año 431, siendo Papa San Clementino I (422-432): “Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema”[1].

            Muchos Concilios repitieron y confirmaron esta doctrina:

Concilio de Calcedonia[2].

Concilio II de Constantinopla[3].

Concilio III de Constantinopla[4].

María da a luz a Cristo según la naturaleza humana, pero quien de ella nace, es decir, el sujeto nacido, no es una naturaleza humana, sino el supuesto divino que la sustenta, o sea, el Verbo.

            De ahí que el Hijo de María es propiamente el Verbo que subsiste en la naturaleza humana, María es verdadera Madre de Dios, puesto que el Verbo es Dios.

“He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”[5].

            “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús […] El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”[6].

            “Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley”[7].

            “De los cuales (los israelitas) también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén”[8].

San Pablo nos dice en su carta a los Gálatas que “al llegar la plenitud de los tiempos”[9] determinado por Dios para la salvación del género humano, envió Dios a su Hijo que nació en el tiempo de una mujer, como cualquier hombre, para rescatar a los hombres de la esclavitud del pecado. Este hombre-Dios, Jesucristo, nacido de María en Belén es el mediador, el pontífice perfecto entre Dios y los hombres. Resalta San Pablo que el Hijo de Dios nació de una mujer.

            En el relato de la visita de los pastores a Belén[10] dice el Evangelio que van a buscar un niño recién nacido y envuelto en pañales, a quien acompañan su mamá y su papá. Los pastores dan a conocer la Buena Nueva recibida de los ángeles “os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor”[11]. Ha nacido, ¿quién? Jesús (el Salvador), el Cristo, el Mesías, el Ungido profetizado, que es Señor, es decir, Dios.

            Jesús ha nacido de María pero no ha nacido como fruto de una concepción corriente. Su concepción es obra del Espíritu Santo[12] que unió la naturaleza humana, un cuerpo y un alma racional, al Verbo de Dios en el mismo instante que María pronunciaba su “hágase”[13]. Su nacimiento también es milagroso, pues María concibió y dio a luz permaneciendo virgen[14] para que se cumpliese el oráculo del profeta Isaías[15].

            Y ¿a quién da a luz? A Jesús[16]. Y ¿quién es Jesús? Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre. Luego, María dio a luz al Hijo de Dios, que es Dios como el Padre y el Espíritu Santo. María es Madre de Dios porque dio a luz al Hijo de Dios según su naturaleza humana. Le dio de su cuerpo y de su sangre a aquel que no tenía cuerpo para que fuera nuestro Jesús, nuestro Salvador, como lo llamó en la circuncisión[17].

            María por ser Madre de Dios, que es el título más sublime y más importante que posee, nos consiguió en la actual economía de la salvación el poder ser hijos de Dios. Por eso San Pablo dice que el Hijo de Dios por haber nacido de mujer nos rescató y nos hizo hijos adoptivos de Dios y herederos de la gloria[18].

            La maternidad divina de María es una maternidad gloriosa y sin dolor. María da a luz la cabeza del Cristo total. La maternidad de María llega a su perfección cuando da a luz el cuerpo místico de la Iglesia, los miembros del Cristo total al pie de la cruz, maternidad de humillación y dolor, dándonos a luz a nosotros y recibiéndonos por hijos en el apóstol Juan. Maternidad divina y maternidad espiritual de los hombres se unen para que recibamos la dignidad sublime de ser hijos de Dios.

            Por eso con toda propiedad podemos decir que no tiene a Dios por Padre quien no tiene a María por Madre. Si rechazamos su maternidad espiritual, rechazamos su maternidad divina y si rechazamos su maternidad divina rechazamos la divinidad de Jesús y si rechazamos la divinidad de Jesús seguimos siendo esclavos y no hijos porque no hemos sido redimidos.

            La maternidad divina de María honra a María pero también nos honra a nosotros porque una representante de la naturaleza humana dio a luz a Aquel que quiso asumir una naturaleza como la nuestra. Dios quiere nacer de una mujer para vencer a aquel que había vencido por medio de una mujer. Jesús con la cooperación de una mujer quiso darnos el remedio a la enfermedad que Adán y Eva nos dieron en herencia[19]. Vencieron junto a un árbol al demonio que había vencido junto a un árbol a nuestros primeros padres. Herencia de muerte que recibimos de un hombre y una mujer; herencia de vida que recibimos de un Dios que es hijo de mujer y de una mujer que es Madre de Dios.

            Somos hijos de una mujer que es Madre de Dios y somos hijos de Dios por un Dios que ha nacido de mujer.

            “María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”[20].

            El corazón de María es un cofre que guarda los acontecimientos de la vida de cada uno de sus hijos. No es extraño a María lo que nos sucede a cada uno de nosotros como no fue extraño los sucesos de la vida de Jesús, aunque algunos no entendió en su momento[21].

            El Evangelio de la infancia narrado por Lucas ha tomado como fuente principal los recuerdos que María guardaba en su corazón[22].

            El corazón de María fue fiel al anuncio del ángel y luego se llenó de gozo al contemplar el cumplimiento de lo anunciado[23]. El corazón de María guardaba las maravillas que se decían de su Hijo[24] y también las profecías dolorosas[25]. El corazón de María guardaba también la vida pública del Señor, su intercesión en Caná que adelantó la hora de su Hijo[26], su compañía sirviéndolo y a los apóstoles, su pasión y muerte, su resurrección, su ascensión y el envío del Paráclito prometido, el nacimiento de la Iglesia y su propagación.

            Pero María desde la cruz conserva también los sucesos vitales de cada uno de sus hijos porque “desde aquella hora”[27] fue madre nuestra.

            María conoce cuando obramos bien y se congratula con nosotros porque por ella pasan las gracias que nos santifican. María cuando obramos mal ve brillar una gota de sangre en su corazón traspasado y aunque no llora ni se entristece porque está en el cielo, y ya lloró y sufrió todo con su Hijo corredimiéndonos, intercede como ella sola lo puede hacer para que nos volvamos a su Hijo.

            Como ella sola puede interceder, porque es la Madre de Dios y esto le ha valido el título de omnipotencia suplicante, María todo lo puede ante Jesús y esto debe motivar en nosotros una confianza sin límites.

            María nos ha traído a Jesús, nos ha traído la salvación y nos traerá todos los medios necesarios para llegar a la salvación eterna. María nos trae en su corazón como a Jesús y nos trae presentes en acto. María está intercediendo ante su Hijo para que yo escriba de ella ahora. María está moviendo vuestros corazones ahora para que entiendan cuanto los ama y cuanto desea llevarlos a la salvación, a Jesús.

            Por eso María debe hacerse cada día más cercana en nuestra vida. Debemos tenerla presente a toda hora en nuestro corazón como ella nos tiene presente a toda hora. Debemos vivir “en María”, “con María”, “por María” y “para María”[28].

            Madre de Dios, cercanísima, la más cercana a Dios porque lo dio a luz en Belén[29] y por tanto omnipotencia suplicante. Madre de los hombres, cercanísima, la más cercana a los hombres porque nos dio a luz en el Calvario[30].

            María guarda a Jesús en su corazón como una joya preciosa y nos guarda a nosotros como una joya preciosa también en su corazón. El corazón de María es el lugar del encuentro íntimo entre sus hijos. María en su corazón nos une a su Hijo y nos modela de acuerdo al modelo de hombre Cristo Jesús. Por el corazón de María han pasado todos los santos y pasarán todos los que serán santos, su corazón es el paso obligado de todos los predestinados.

“María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” ¿Qué cosas? Tus problemas y los míos, tus ansiedades y las mías, tus miedos, tus metas, tus deseos, tus dolores, tus soledades, tus amores, tus esperanzas…todo… tu ser y tu poseer, porque nada le es extraño a la Madre de sus hijos, y todo ese cúmulo de vicisitudes lo quiere transformar en amor a Jesús y en unión con Él porque esto es el Cielo, que se encuentra en el corazón de María.

[1] Dz. 113

[2] Dz. 148

[3] Dz. 218, 256

[4] Dz. 290

[5] Is 7, 14

[6] Lc 1, 31.35

[7] Ga 4, 4

[8] Ro 9, 5

[9] 4, 4

[10] Lc 2, 15-20

[11] Lc 2, 11

[12] Lc 1, 35

[13] Lc 1, 38

[14] Lc 1, 31

[15] 7, 14

[16] Mt 1, 25; 2, 1; Lc 2, 7

[17] Lc 2, 21

[18] Ga 4, 5

[19] Cf. Gn 3, 15

[20] Lc 2, 19; Cf. 2, 51

[21] Lc 2, 50

[22] Lc 1, 1-4

[23] Lc 1, 45

[24] Lc 1, 31-34.68-75; 2, 17.29-32.46-48

[25] Lc 2, 34-35; 49-50

[26] Jn 2, 1-12

[27] Jn 19, 27

[28] Cf. V. D. nº 257-65

[29] Lc 2, 7

[30] Jn 19, 27

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado