La ley, por Moisés; la gracia y la verdad, por Jesucristo

De los sermones de san León Magno, Sermón 51, 3-4.8

El Señor puso de manifiesto su gloria ante los testigos que había elegido, e hizo resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo, semejante al de todos los hombres, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve.

En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida.

Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre (Mt 13,43). Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá (Rm 8,18); y de nuevo: Habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria (Col 3,3-4).

Pero, en aquel milagro, hubo también otra lección para confirmación y completo conocimiento de los apóstoles. Pues aparecieron, en conversación con el Señor, Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, para que se cumpliera con toda verdad, en presencia de aquellos cinco hombres, lo que está escrito: Toda palabra quede confirmada por boca de dos o tres testigos (Mt 18,16).

¿Y pudo haber una palabra más firmemente establecida que ésta, en cuyo anuncio resuena la trompeta de ambos Testamentos y concurren las antiguas enseñanzas con la doctrina evangélica?

Las páginas de los dos Testamentos se apoyaban entre sí, y el esplendor de la actual gloria ponía de manifiesto, a plena luz, a aquel que los anteriores signos habían prometido bajo el velo de sus misterios; porque, como dice san Juan, la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo (Jn 1,17), en quien se cumplieron, a la vez, la promesa de las figuras proféticas y la razón de los preceptos legales, ya que, con su presencia, atestiguó la verdad de las profecías y, con su gracia, otorgó a los mandamientos la posibilidad de su cumplimiento.

Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió.

En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo (Mt 17,5).

 

Imitemos la benignidad de Dios

De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo

IMITEMOS LA BENIGNIDAD DE DIOS

Reconoce de dónde te viene la existencia, el aliento, la inteligencia y el saber, y, lo que es más aún, el conocimiento de Dios, la esperanza del reino de los cielos, la contemplación de la gloria (ahora, es verdad, como en un espejo y confusamente, pero después de un modo pleno y perfecto), el ser hijo de Dios, el ser coheredero de Cristo y, para decirlo con toda audacia, el haber sido incluso hecho dios. ¿De dónde y de quién te viene todo esto?

Y, para enumerar también estas cosas menos importantes y que están a la vista, ¿por gracia de quién contemplas la hermosura del cielo, el recorrido del sol, la órbita de la luna, la multitud de las estrellas y el orden y concierto que en todo esto brilla, como en las cuerdas de una lira? ¿Quién te ha dado la lluvia, el cultivo de los campos, la comida, las diversas artes, el lugar para habitar, las leyes, la vida social, una vida llevadera y civilizada, la amistad y la familiaridad con los que están unidos a ti por vínculos de parentesco?

¿De dónde te viene que, entre los animales, unos te sean mansos y dóciles, y otros estén destinados a servirte de alimento?

¿Quién te ha constituido amo y rey de todo lo que hay sobre la tierra?

¿Quién, para no recordar una por una todas las cosas, te ha dado todo aquello que te hace superior a los demás seres animados?

¿No es verdad que todo esto procede de Dios, el cual te pide ahora, en justa retribución, tu benignidad, por encima de todo y en favor de todo? ¿Es que no nos avergonzaremos, después que de él hemos recibido y esperamos recibir tanto, de negarle incluso esto: la benignidad? Él, aun siendo Dios y Señor, no se avergüenza de llamarse Padre nuestro, y nosotros ¿nos cerraremos a los que son de nuestra misma condición?

No, hermanos y amigos míos, no seamos malos administradores de los bienes que Dios nos ha regalado, no nos hagamos acreedores a la reprensión de Pedro: Avergonzaos, los que retenéis lo ajeno, esforzaos en imitar la equidad de Dios, y así nadie será pobre.

No pongamos nuestro afán en reunir y conservar riquezas, mientras otros padecen necesidad, no sea que nos alcancen las duras y amenazadoras palabras del profeta Amós, cuando dice: Escuchad, los que decís: «¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?»

Imitemos aquella suprema y primera ley de Dios, según la cual hace llover sobre justos y pecadores, y hace salir el sol igualmente para todos; que pone la tierra, las fuentes, los ríos y los bosques a plena disposición de los animales terrestres, el aire a disposición de las aves, el agua a disposición de los animales acuáticos; y que ha dado a todos con abundancia lo que necesitan para subsistir, sin estar en esto sujetos al dominio de nadie, sin ninguna ley que ponga limitaciones, sin límites ni fronteras; sino que lo ha puesto todo en común, con amplitud y abundancia, sin que por ello falte nunca de nada. Y esto lo hizo para hacer resaltar, con la igualdad del don, la igual dignidad de toda la naturaleza y para manifestar las riquezas de su benignidad.

(Disertación 14, Sobre el amor a los pobres, 23-25: PG 35, 887-890 )

Las segundas conversiones

 “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 4, 17)

Breve homilía para religiosas de Nazaret

El versículo central del Evangelio de hoy viene a ser como uno de los primeros anticipos del tiempo litúrgico que se aproxima: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. Así que vamos a hablar un poco acerca de la conversión, pero, en concreto, de las llamadas “segundas conversiones”, es decir, esa especie de escalones de la vida espiritual que se van abriendo paso en nuestra vida en busca de la voluntad de Dios que nos quiere santificar; esos pequeños -o grandes- cambios que apuntan hacia lo que Dios espera de nosotros.

En primer lugar, recordemos qué es la conversión

 Convertir: Hacer que alguien o algo se transforme en algo distinto de lo que era. Es decir, en el sentido cristiano, que debemos sufrir una verdadera transformación en nosotros mismos, pero no es tan sólo una transformación exterior (modo de obrar) sino un verdadero cambio en el alma, que se producirá al principio a partir de la sincera compunción del corazón, que se duele de sus pecados, y que quiere con la ayuda divina enmendarse; pero después de la compunción la razón será otra, no ya el haber dejado atrás lo malo, sino el abrazar en adelante “lo más bueno”, para poder caminar efectivamente hacia la santidad. En otras palabras, no ya convertirse para rechazar el pecado, sino convertirse para ir en búsqueda de la semejanza con Cristo.

En el Jordán se escuchó la voz del Padre que decía “este es mi Hijo amado, en quien me complazco”, y las llamadas segundas conversiones lo que buscan es justamente hacerse con este elogio según las propias capacidades y la buena voluntad personal de cada uno de nosotros: hacer lo necesario para que Dios se complazca en nosotros, o en palabras del santo: “Nuestra actividad no es plenamente fecunda sino en la sumisión perfecta al ritmo divino, en una sincronización total de mi voluntad con la de Dios. Todo lo que queda acá o allá de ese querer, no es [ni siquiera] paja, es nada para la construcción divina.” (san Alberto Hurtado)

Las segundas conversiones, podríamos decir que de alguna manera tienen por motivo doble el amor: el amor a Dios y el amor al prójimo; en el sentido de que debemos mejorar para hacernos cada vez más agradables a Dios, es decir, cada vez complacer más a Dios, cada vez amarlo más y mejor; y respecto al prójimo, para acercarlo más a Dios, porque -como vemos en las vidas de los santos-, las almas más perfectas atraen más y llevan más a Dios. Y nosotros, en cuanto que somos verdaderamente hijos de Dios, jamás podemos conformarnos en este sentido, como pretendiendo que en algún momento de nuestra vida hayamos alcanzado la virtud suficiente como para ya dejar de trabajar y renunciar a seguir creciendo en la vida espiritual.

Las segundas conversiones nos hacen mejores y pueden hacernos santos. Es por eso que a veces nos encontramos con tantos y tantos cristianos, religiosos y sacerdotes buenos y virtuosos, en diferentes lugares y misiones, pero no tanto así con almas realmente heroicas en lo que a virtudes se refiere, de esas que arrastran hacia Dios con sus ejemplos y que tengan un impacto realmente profundo en las almas que los rodean; y la gran diferencia es que los creyentes buenos tal vez ya se conformaron; creen -o creemos, al menos de hecho-, que ya hicieron suficiente y renunciaron a hacer más y más por Dios, darse más, dar más, amar más; en cambio, si ponemos nuestra mirada detenidamente en las vidas de los santos, veremos claramente que no se conforman consigo mismos, y que “en su santa inconformidad”, van en busca de las segundas conversiones de manera constante e imparable: siempre de lo bueno a lo mejor, y de lo mejor a lo que “es más para la Gloria de Dios”.

A la luz de todo esto que venimos diciendo, podemos afirmar que las segundas conversiones, para todos los creyentes -y especialmente para nosotros los consagrados-, son una obligación de amor para con Dios y las almas que se nos encomiendan.

Como dice el P. Alfonso Torres: “Pensemos en las almas que se salvarían por nuestra propia virtud si nosotros nos santificáramos, que no es cosa tan baladí el ser fiel o no a Dios aun en aquellas cosas que no nos obligan bajo pecado mortal, puesto que de ahí depende nuestra santificación, y de ésta, la salvación de muchas almas, el bien que podemos hacer al mundo y la gloria que podemos dar a nuestro Dios. Dios nuestro Señor nunca permite que un alma fervorosa sea un alma estéril. El alma fervorosa es siempre un alma fecundísima.”

“Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”, nos dice nuestro Señor Jesucristo, y nosotros podríamos expresarlo más o menos así:

Convirtámonos, porque nos falta todavía más caridad; porque todavía no soy lo suficientemente generoso como para que Dios me pida lo que quiera y yo le pueda decir gustoso siempre que sí; convirtámonos porque todavía no hemos renunciado a todo, porque todavía hay muertes que no hemos realizado; convirtámonos porque quizás “ya somos buenos”, pero todavía no somos “firmemente virtuosos”; en fin, convirtámonos en aquello que Dios desea y espera que nos convirtamos.

Que María santísima, nuestra tierna madre del Cielo, nos alcance la gracia de jamás sentirnos conformes con “nuestro grado de virtud”, y nos alcance esa santa inconformidad que mueve a las segundas conversiones con el alma llena de confianza en Dios, a quien deseamos complacer, y para quien debemos desear ser cada vez mejores y hasta santos.

P. Jason Jorquera M., IVE

El amor fraterno a imitación de Cristo

Del Espejo de caridad, del beato Elredo, abad
(Libro 3, cap. 5: PL 195, 582)

La perfección de la caridad consiste en el amor a los enemigos. A ello nada nos anima tanto como la consideración de aquella admirable paciencia con que el más bello de los hombres ofreció su rostro, lleno de hermosura, a los salivazos de los malvados; sus ojos, cuya mirada gobierna el universo, al velo con que se los taparon los inicuos; su espalda a los azotes; su cabeza, venerada por los principados y potestades, a la crueldad de las espinas; toda su persona a los oprobios e injurias; aquella admirable paciencia, finalmente, con que soportó la cruz, los clavos, la lanzada, la hiel y el vinagre, todo ello con dulzura, con mansedumbre, con serenidad. En resumen, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

¿Quién, al oír aquellas palabras, llenas de dulzura, de amor, de inmutable serenidad: Padre, perdónalos, no se decide al momento a amar de corazón a sus enemigos? Padre —dice—, perdónalos. ¿Puede haber una oración que exprese mayor mansedumbre y amor?

Hizo más aún: le pareció poco orar; quiso también excusar. «Padre —dijo—, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Su pecado ciertamente es muy grande, pero su conocimiento de causa muy pequeño; por eso, Padre, perdónalos. Me crucifican, es verdad, pero no saben a quién crucifican, porque, si lo hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria; por eso, Padre, perdónalos. Ellos me creen un transgresor de la ley, un usurpador de la divinidad, un seductor del pueblo. Les he ocultado mi faz, no han conocido mi majestad; por eso, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»

Por tanto, que el amor del hombre a sí mismo no se deje corromper por las apetencias de la carne. Para no sucumbir a ellas, que tienda con todo su afecto a la mansedumbre de la carne del Señor. Más aún, para que repose de un modo más perfecto y suave en el gozo del amor fraterno, que estreche también a sus enemigos con los brazos de un amor verdadero.

Y, para que este fuego divino no se enfríe por el impacto de las injurias, que mire siempre, con los ojos de su espíritu, la serena paciencia de su amado Señor y Salvador.

La oración es un arma poderosa

De la homilía sobre la incomprensibilidad de Dios, n. 5

San Juan Crisóstomo

La oración es un arma poderosa, un tesoro indefectible, una riqueza inagotable, un puerto al amparo de las tempestades, un depósito de calma; la oración es la raíz, la fuente y la madre de bienes innumerables. Pero la oración de la que hablo no es mediocre, ni negligente; es una oración ardiente, surge de la aflicción del alma y del esfuerzo del espíritu. He aquí la oración que sube hasta el cielo. Escucha lo que dice el escritor sagrado: «grité al Señor cuando estaba angustiado, y me libró » (Sal 119, 1). El que reza así en su angustia podrá, después de la oración, gustar en su alma una gran alegría.

Por «oración» entiendo, no la que es solamente con la boca, sino la que brota del fondo del corazón. Así como los árboles cuyas raíces se hunden profundamente no se quiebran ni arrancan, aunque el viento desencadene mil asaltos contra ellos, porque sus raíces están fuertemente arraigadas en las profundidades de la tierra, lo mismo las oraciones que salen del fondo del corazón, tan arraigadas, suben al cielo con toda seguridad y no se devuelven por ningún pensamiento de falta de seguridad o de mérito. Por eso el salmista dice: «Desde lo hondo a ti grito, Señor» (Sal 129, 1).

¡Si el hecho de contarles a hombres tus desgracias personales y de describirles las pruebas que te golpearon, aporta algún alivio a tus penas, como si a través de las palabras surgiera una brisa refrescante, con más razón si das parte a tu Señor de los sufrimientos de tu alma encontrarás en abundancia alivio y consuelo! En efecto, a menudo los hombres soportan con dificultad a los que se les acercan a quejarse y llorar; los apartan y los rechazan. Pero Dios no actúa así; al contrario, hace que te acerques y te atrae hacia él; y aunque te pases el día exponiéndole tus desgracias, está aún más dispuesto a quererte y a otorgar tus súplicas.

Quien nos dio la vida nos enseñó también a orar

Del Tratado sobre la oración del Señor

De san Cipriano, obispo y mártir
(Cap. 1-3: CSEL 3, 267-268)

QUIEN NOS DIO LA VIDA NOS ENSEÑÓ TAMBIÉN A ORAR

Los preceptos evangélicos, hermanos muy amados, no son sino enseñanzas divinas, fundamentos para edificar la esperanza, medios para consolidar la fe, alimento para inflamar el corazón, guía para indicar el camino, amparo para obtener la salvación; ellos, instruyendo las mentes dóciles de los creyentes en la tierra, los conducen a la vida eterna.

Ya por los profetas, sus siervos, Dios quiso hablar y hacerse oír de muchas maneras; pero mucho más es lo que nos dice el Hijo, lo que la Palabra de Dios, que estuvo en los profetas, atestigua ahora con su propia voz, pues ya no manda preparar el camino para el que ha de venir, sino que viene él mismo, nos abre y muestra el camino, a fin de que, los que antes errábamos ciegos y a tientas en las tinieblas de la muerte, iluminados ahora por la luz de la gracia, sigamos la senda de la vida, bajo la tutela y dirección de Dios.

A más de otras enseñanzas y preceptos divinos, con los cuales encaminó a su pueblo a la salvación, Cristo nos enseñó también la forma de orar, él mismo nos inculcó y enseñó las cosas que hemos de pedir. Quien nos dio la vida nos enseñó también a orar, con aquella misma benignidad con que se dignó dar y conferir los demás dones, para que, al hablar ante el Padre con la misma oración que el Hijo enseñó, más fácilmente seamos escuchados.

El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y en verdad; y cumplió lo que antes había prometido, de manera que nosotros, que por su santificación hemos recibido el espíritu y la verdad, también por su enseñanza podamos adorar en verdad y en espíritu.

¿Pues qué otra oración en espíritu puede haber fuera de la que nos fue dada por Cristo, el mismo que nos envió el Espíritu Santo? ¿Qué otra plegaria puede haber que sea en verdad ante el Padre, sino la pronunciada por boca del Hijo, que es la misma verdad? Hasta tal punto, que orar de manera distinta de la que él nos enseñó no sólo es ignorancia, sino también culpa, ya que él mismo dijo: Anuláis el mandamiento de Dios por seguir vuestras tradiciones.

Oremos, pues, hermanos muy amados, tal como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le resulta familiar y aceptable la oración, cuando oramos con la que es suya, cuando llega a sus oídos la oración del mismo Cristo.

Reconozca el Padre las palabras del Hijo, cuando hacemos oración; el mismo que habita en nuestro interior esté también en nuestra voz y, puesto que es abogado de nuestros pecados ante el Padre, pronunciemos las palabras de este abogado nuestro cuando nosotros, pecadores, pidamos por nuestros delitos.

Pues, si dice que cuanto pidamos al Padre en su nombre nos lo concederá, ¿con cuánta mayor eficacia no obtendremos lo que pedimos en el nombre de Cristo, si lo pedimos con su propia oración?

La oración es luz del alma

De las homilías de san Juan Crisóstomo

El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con él: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción. Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el Señor. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo. La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo y abrace a Dios con inefables abrazos, apeteciendo la leche divina, como el niño que, llorando, llama a su madre; por la oración, el alma expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.

Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras: la oración que es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables (Rm 8,26). El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien lo saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como en un fuego ardiente que inflama su alma.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad y hazte resplandeciente con la luz de la justicia; decora tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y, por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, coloca la oración, a fin de preparar a Dios una casa perfecta y poderle recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de Dios colocada en el templo del alma.

Suplemento, Homilía 6 sobre la oración: PG 64, 462-466

El ayuno penitencial

Extracto de la audiencia General de San Juan Pablo II

21 de marzo de 1979

Durante la Cuaresma resuena con fuerza en mi corazón la palabra del Evangelio: Vendrán días en que les será arrebatado el esposo, y entonces ayunarán (Mt 9, 15). Estas palabras iluminan el sentido profundo del ayuno cristiano. El Esposo ha sido arrebatado: arrebatado, arrestado, encarcelado, abofeteado, flagelado, coronado de espinas, crucificado. Y yo, como discípulo suyo, no puedo permanecer indiferente ante este misterio. El ayuno es mi respuesta de amor, mi solidaridad con Cristo en su camino hacia la Pascua.

Entre las prácticas penitenciales que la Iglesia propone, el ayuno conserva un valor permanente. No es una dieta terapéutica, aunque pueda tener efectos saludables; es, más bien, una terapia del alma. Cuando ayuno, reafirmo en mí mismo la verdad proclamada por Jesús en el desierto: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4, 4). En un mundo donde el consumismo multiplica necesidades artificiales y dispersa el corazón, el ayuno me ayuda a entrar en mí mismo, como aconseja san Agustín: Entra en ti mismo. Sin esta interioridad, el hombre se pierde incluso a sí mismo.

Hoy veo con claridad cómo el activismo y la saturación de estímulos pueden vaciar la vida espiritual. El ayuno penitencial me permite recuperar el silencio interior, la capacidad de escuchar, el equilibrio personal, familiar y social. La sobriedad en los alimentos se extiende también a las cosas no necesarias, y así se convierte en un camino de libertad. Sobriedad, recogimiento y oración van unidos.

La Cuaresma es tiempo de penitencia, es decir, de conversión, de metánoia. Por eso el ayuno no puede separarse de la oración y de la limosna. La abstinencia de comida o bebida es sólo el signo visible de una renuncia más profunda: el desprendimiento de la actitud consumística que reduce al hombre a un buscador de sensaciones. Cuando me oriento exclusivamente hacia la posesión y el uso de bienes materiales, mi vida se empobrece. El ayuno me recuerda que soy más grande que mis impulsos, que puedo decirme a mí mismo: no. El hombre es él mismo también porque logra privarse de algo.

Esta renuncia no es un fin en sí misma. Tiene como finalidad allanar el camino para los contenidos más profundos de los que se alimenta el hombre interior. Mi personalidad no puede quedar encerrada en los estratos superficiales ligados a la sensualidad; necesita abrirse a los estratos profundos donde habitan la conciencia, la voluntad, la búsqueda de la verdad y la apertura a Dios. Por eso el ayuno es un acto de organización interior, de ordenamiento del corazón.

En este camino no estoy solo. La tradición cristiana ha visto siempre en el ayuno una fuerza espiritual. San Pedro Crisólogo decía: El ayuno es paz para el cuerpo, fuerza de las mentes, vigor de las almas; y también: El ayuno es el timón de la vida humana y rige toda la nave de nuestro cuerpo. San Ambrosio recordaba: El que no se abstiene de ninguna cosa lícita está muy cercano a las ilícitas. Estas voces antiguas expresan una verdad que permanece: el ayuno es parte de la sabiduría universal de la vida.

El ayuno, además, fortalece mi oración. La mortificación de los sentidos y el dominio del cuerpo confieren a la oración una eficacia mayor. Descubro que soy más dueño de mí mismo, más libre, más capaz de encontrarme con Dios. La conversión se vuelve más profunda, más real. Por eso el ayuno no es un residuo del pasado: es una necesidad del hombre de hoy.

También en el uso de los medios de comunicación encuentro un campo para el ayuno. Son útiles, pero no deben adueñarse de mi vida. En muchas familias, el televisor sustituye el diálogo. Un cierto ayuno en este ámbito puede ser saludable, para dedicar más tiempo a la reflexión, a la oración y a las relaciones humanas.

En este camino miro a María, la Virgen santísima. El Evangelio dice que meditaba en lo más íntimo de su corazón (Lc 2, 19) los acontecimientos de su vida. Ella es el modelo del ayuno espiritual que libera de la esclavitud de las cosas y dispone el espíritu para encontrar al Señor. Le pido que me enseñe ese secreto, que me ayude a vivir desprendido, atento a la Palabra, disponible a la gracia.

Así comprendo el ayuno cuaresmal: como un camino de libertad, de purificación y de amor. En un mundo saturado de estímulos, me devuelve la capacidad de desear lo verdadero. En un tiempo de dispersión, me devuelve la unidad interior. En un tiempo de consumismo, me devuelve la sobriedad. Y en un tiempo de olvido de Dios, me devuelve la memoria del Esposo arrebatado, cuya Pascua espero con corazón renovado.

Jesús, su Pasión

De las meditaciones en Nazaret

San Charles de Foucauld

¡Vuestra Pasión, Dios mío; he aquí lo que Vos queréis que medite: hacedme pensar Vos mismo, ya que siempre me encuentro impotente ante tales visiones! Ya Pasión… ¡Qué recuerdos! Las bofetadas y los golpes de los criados de los pontífices: «Profetiza: ¿quién te ha dado?» El silencio delante de Heredes y de Pilatos… La flagelación, la coronación de espinas.

El via crucis… La crucifixión… La Cruz… «Padre mío, en tus manos entrego mi espíritu.» ¡Qué visiones, Dios mío, qué cuadros! ¡Qué lágrimas, yo que os amo! ¡Qué remordimientos, si pienso que esto es por expiar dignamente mis pecados por lo que habéis sufrido así! ¡Qué emoción, si pienso que si habéis pasado por mí esos tormentos es porque lo habéis querido, que es para probarme vuestro amor, para declarármelo a través de los siglos! ¡Qué remordimiento por amaros tan poco! ¡Qué remordimientos por hacer tan poca penitencia de los pecados, por los cuales Vos habéis hecho una tan grande! ¡Qué deseo de amaros, en fin, a mi vez y de probaros mi amor por todos los medios posibles!… ¿Cuáles son estos medios, Dios mío; cómo amaros, cómo deciros que os amo?… «El que me ama es aquel que guarda mis mandamientos… No hay mayor amor que aquel que da su vida por el que ama.» Cumplir vuestros mandamientos, Mandata, es decir, cumplir no solamente las órdenes, sino los consejos, adaptarse a los pequeños avisos, a los más pequeños ejemplos. Entre vuestros consejos, uno de los primeros es el de imitaros. «Sígueme… Aquel que me siga no anda entre tinieblas… Yo os he dado el ejemplo para que como Yo lo he hecho, vosotros lo hagáis también… El perfecto servidor debe ser como su Maestro.» Seguir lo más exactamente posible todas vuestras enseñanzas y vuestros ejemplos mientras que vivimos y morir por vuestro Nombre, he aquí el medio de amaros y probaros que os amamos; sois Vos mismo quien nos lo ha dicho en el Evangelio, Dios mío… El amor pide aún más, y el Evangelio me lo dice también, no por palabras, pero sí por el ejemplo de la Santísima Virgen y de Santa Magdalena al pie de la Cruz: Stabat Mater. La compasión, llorar vuestros dolores… En verdad, es una gracia: yo no puedo por mí mismo, a la vista del espectáculo de vuestra Cruz, sacar gemidos de este corazón de piedra, ¡ay!, espantosamente endurecido… Pero debo pediros esta compasión, y porque ella os es debida, debo pedírosla para dárosla. Debo pediros todo, yo debo darme…

Dios mío, puesto que en los abismos de vuestra misericordia, en los tesoros de vuestras misteriosas e infinitas bondades, me habéis hecho esta gracia, bajo el cielo y sobre esta tierra que habéis pisado y que habéis, ¡ay!, regado con vuestras lágrimas, sudores y vuestra sangre, no me dejéis recorrer sin lágrimas estos lugares, testigos de vuestros dolores; no me dejéis besar sin lágrimas las huellas de vuestros pasos en Getsemaní, sobre la vía dolorosa, en el pretorio, en el Calvario; dadme un corazón de carne, en lugar de mi corazón de piedra, y, puesto que me hacéis esta gracia inaudita, me permito besar esta tierra tan santa, hacédmela besar con el alma y el corazón, con las lágrimas que Vos queréis que tenga, que es mi deber tener. ¡Oh, Señor mío, mi Rey, mi Maestro, mi Esposo, mi Hermano, mi Bienamado, mi Salvador, mi Dios!…

Resolución.—Pedir, desear, y si es agradable a Dios, pedir el martirio, para amar a Jesús con un gran amor… Celo de las almas, ardiente amor por la salvación de las almas, que todas han sido rescatadas a un tal precio. No despreciar a nadie, pero sí desear el mayor bien a todos los hombres, puesto que todos están cubiertos como por un manto por la sangre de Jesús… Hacer lo posible por la salvación de todas las almas, según mi estado, pues todas han costado tan caro a Jesús y han sido y son tan amadas por Él. Ser perfecto, ser santo, yo, por quien Jesús ha tenido tal estima que ha dado por mí toda su sangre. Tener grandes deseos de perfección, creer en la posibilidad de todo, por la gloria de Dios, cuando mi confesor me prescribe hacer una cosa. ¿Cómo Dios me negará una gracia después de haber dado por mí toda su sangre? Horror infinito del pecado y de la imperfección que ha conducido al mismo, pues esto ha costado tan caro a Jesús… Dolor de los pecados de los otros y de haber ofendido a Dios, pues el pecado le causa un tal horror que ha querido expiarlos por medio de tales tormentos… Confianza absoluta en el amor de Dios, fe inquebrantable en este amor, que Él nos ha probado, queriendo sufrir por nosotros tales dolores… Humildad, viendo todo lo que Él hace por mí y lo poco que yo he hecho por Él.

Deseo de sufrimientos, para devolverle amor por amor, para imitarle, y no estar coronado de rosas cuando Él lo está de espinas; para expiar mis pecados, que Él ha expiado tan dolorosamente, para compartir su obra, ofrecerme a Él todo, la nada que yo soy, en sacrificio, en víctima, por la santificación de los hombres…

Nuestra santidad en el plan de Dios

Realización de este decreto por la adopción divina mediante la gracia: carácter sobrenatural de la vida espiritual

Dom Columba Marmion

¿Cómo realiza Dios este designio magnífico, por el cual quiere que tomemos parte en esta vida que excede las proporciones de nuestra naturaleza, que supera sus derechos y sus energías propias, que no es reclamada por ninguna de sus exigencias, sino que sin destruir esa naturaleza viene a colmarla de una felicidad que el corazón humano es incapaz de sospechar? ¿Cómo va Dios a hacernos «entrar en la sociedad inefable» (1Jn 1,3) de su vida divina para que seamos partícipes de su eterna beatitud? Adoptándonos por hijos suyos. Por una voluntad infinitamente libre, pero llena de amor: «Según el decreto de su voluntad» (Ef 1,5), Dios nos predestina a ser, no sólo criaturas, sino también hijos suyos (Ef 1,5) para hacernos así «partícipes de su naturaleza divina» (2Pe 1,4). Dios nos adopta por hijos. ¿Qué quiere decir con esto San Pablo? ¿Qué es la adopción humana?

Es la admisión de un extraño en una familia. Por la adopción, el extraño llega a ser miembro de la familia, toma su nombre, recibe el título, con derecho a heredar los bienes. Pero para poder ser adoptado, es preciso ser de la misma raza; para ser adoptado por un hombre es preciso ser miembro de la raza humana.- Pues bien; nosotros, que no somos de la raza de Dios, que somos pobres criaturas, que estamos por nuestra naturaleza más lejos de Dios que el animal del hombre, que nos hallamos infinitamente distantes de Dios: «Extraños y advenedizos» (Ef 2,19), ¿cómo podremos ser adoptados por Dios?

He aquí el milagro de la sabiduría, del poder y de la bondad de Dios. Dios nos da una participación misteriosa de su naturaleza que llamamos «gracia»: «Para haceros partícipes de la naturaleza divina» (2Pe 1,4). [San Pedro no dice que llegamos a ser participantes de la esencia divina, sino de la naturaleza divina, es decir, de esa actividad que constituye la vida de Dios, y que consiste en el conocimiento y el amor fecundo y beatificante de las Personas divinas].

La gracia es una cualidad interior producida por Dios en nosotros, inherente al alma, adorno del alma, que hace al alma agradable a Dios, del mismo modo que, en el dominio de la naturaleza, la belleza y la fuerza son cualidades del cuerpo, el genio y la ciencia del espíritu, el valor y la lealtad del corazón. Según Santo Tomás, esa gracia es una «semejanza participada de la naturaleza de Dios» [participata similitudo divinæ naturæ. III, q.62, a.1. Por esto se dice en Teología que la gracia es deiforme, para significar la semejanza divina que produce en nosotros]. La gracia nos hace participantes de la naturaleza divina, de una manera que no podemos comprender del todo; nos eleva a un estado que no nos correspondería por naturaleza, en cierto modo llegamos a ser dioses. No nos hacemos iguales, sino semejantes a Dios; por eso nuestro Señor decía a los judios: «¿Acaso no está escrito en vuestros Libros Santos: Yo he dicho: Vosotros sois dioses?» (Jn 10,34).

Por tanto, nuestra participación en esta vida divina se realiza por medio de la gracia, en virtud de la cual nuestra alma recibe la capacidad de conocer a Dios como Dios se conoce, de amar a Dios como Dios se ama, de gozar de Dios como Dios está henchido de su propia beatitud, y de vivir así de la vida del mismo Dios.

Tal es el misterio inefable de la adopción divina. Pero hay una profunda diferencia entre la adopción divina y la humana. Esta no es más que exterior, ficticia, garantizada, sin duda, por un documento legal, pero sin llegar hasta la naturaleza de aquel que es adoptado.- Dios, por el contrario, al adoptarnos, al darnos la gracia, llega hasta el fondo de nuestra naturaleza; sin cambiar lo que es esencial en el orden de esa naturaleza, la levanta interiormente por su gracia hasta el punto que llégamos a ser verdaderamentc hijos de Dios; este acto de adopción tiene tal eficacia, que nos hace de una manera realísima, mediante la gracia, participantes de la naturaleza divina, y porque la participación de la gracia divina constituye nuestra santidad, esta gracia se llama santificante.

La consecuencia de ese decreto divino de nuestra adopción, de esa predestinación tan llena de amor por la que Dios se digna hacernos hijos suyos, es dar a nuestra santidad un carácter especial. ¿Qué carácter es ése? Que nuestra santidad es sobrenatural.

La vida a que Dios nos eleva es, con respecto a nosotros como con respecto a toda criatura, sobrenatural, es decir, que excede las proporciones, los derechos y las exigencias de nuestra naturaleza. No hemos, pues, de ser santos como simples criaturas humanas, sino como hijos de Dios, por actos inspirados y animados por la gracia. La gracia llega a ser en nosotros el principio de una vida divina. ¿Qué es vivir? -Vivir, para nosotros, es movernos en virtud de un principio interior, fuente de acciones que nos impulsan a la perfección de nuestro ser. En nuestra vida natural se injerta, por decirlo así, otra vida cuyo principio es la gracia; la gracia viene a ser en nosotros fuente de acciones y operaciones, que son sobrenaturales y se encaminan a un fin divino: poseer a Dios algún día y gozar de El, como El se conoce y goza en sus perfecciones.

Es este punto de capital importancia, y desearía que nunca le perdieseis de vista. Dios podía haberse contentado con aceptar de nosotros el homenaje de una religión natural; ésta hubiera sido la fuente de una moralidad humana, natural también, de una unión con Dios conforme a nuestra naturaleza de seres racionales, fundada en nuestras relaciones de criaturas con el Creador y en nuestras relaciones con los semejantes.

Pero Dios no quiso limitarse a esta religión natural. Nos hemos encontrado ciertamente con hombres que no están bautizados, y que, sin embargo de ello, son rectos, leales, íntegros, equitativos, justos y compasivos, pero allí no hay más que una honradez natural [hay que añadir, además, que a causa de los malos instintos, secuela del pecado original, esta honradez, puramente natural, raras veces es perfecta]. Sin rechazarla, todo lo contrario, Dios no se contenta con ella. Porque ha decidido hacernos partícipes de su vida infinita, de su propia beatitud -lo cual representa para nosotros un destino sobrenatural- por el hecho de habernos otorgado su gracia, Dios quiere que nuestra unión con El sea una unión, una santidad sobrenatural, que tenga a esa gracia como origen y principio.

Fuera de este plan, no hay para nosotros más que la perdición eterna. Dios es dueño de sus dones, y desde toda la eternidad ha decretado que no llegaremos a ser santos delante de El sino viviendo por la gracia como hijos de Dios. ¡Oh Padre Celestial, concédeme que guarde mi alma la gracia que hace de mí un hijo tuyo! ¡Presérvame de todo el mal que podría alejarme de ti!

 

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado