La verdadera fe, la fe profunda

«Hija, ten confianza; tu fe te ha sanado.»

 La virtud que Nuestro Señor recompensa más, la que más alaba, es casi siempre la fe. Algunas veces alaba el amor, como en la Magdalena; algunas otras, la humildad; pero estos ejemplos son raros; es casi siempre la fe la que recibe de Él la recompensa y las alabanzas… ¿Por qué?… Sin duda porque la fe es la virtud, si no la más alta (la caridad va delante), al menos la más importante, pues ella es el fundamento de todas las otras, comprendida la caridad, y también porque es la más rara… Tener verdaderamente fe, la fe que inspira todas las acciones, esa fe sobrenatural que despoja al mundo de su máscara y muestra a Dios en todas las cosas; que hace desaparecer toda imposibilidad, que hace que todas estas palabras, inquietud, peligro y temor, no tengan sentido; que hace que se ande por la vida con una calma, una paz y una alegría profundas, como un niño de la mano de su madre, que establece al alma en un desasimiento tan absoluto de las cosas sensibles, en las cuales ella ve claramente la nada y la puerilidad; que da confianza en la oración, la confianza del niño, pidiendo una cosa justa a su padre; esa fe que nos muestra «que fuera de lo que es agradable a Dios, todo es mentira»; esa fe que hace ver todo como bajo otro prisma —a los hombres a imagen de Dios, que hace falta amar y venerar como retrato de nuestro Bienamado y a los que es necesario hacer todo el bien posible; a las otras criaturas como cosas que deben, sin excepción, ayudarnos a ganar el Cielo, alabando a Dios a este efecto, sirviéndole o privándonos —; esa fe, que haciéndonos entrever la grandeza de Dios, nos hace ver nuestra pequeñez; que hace emprender sin dudar, sin enrojecer, sin temor, sin retroceder jamás, todo lo que es agradable a Dios.

¡Oh, qué rara es esta fe!… ¡Dios mío, dádmela! ¡Dios mío, haced que yo crea y que ame; os lo pido en nombre de Nuestro Señor Jesucristo! Amén.

 

San Charles de Foucauld

Cuando ninguna voz se alzó para defenderlo

JESUCRISTO EN EL PRETORIO

Y ellos volvieron a gritar: “Crucifícale”. Y les decía:

“¿Pues qué mal es el que ha hecho?”

Mas ellos gritaban con mayor fuerza: “Crucifícale”.

Al fin Pilatos, deseando contentar al pueblo, les soltó a Barrabás,

y a Jesús, después de haberle hecho azotar,

se lo entregó para que fuese crucificado. (Mc 15, 13-15)

A lo largo de la historia de la humanidad, a menudo las verdades son precedidas por misterios, es decir, secretos u oscuridades que por fuerza nos hacen ir en busca de la verdad para esclarecerla y darla a conocer, compartirla, degustarla y enriquecernos con ella. Pero también es cierto que existen algunos misterios tan profundos que parecieran quedar siempre revestidos de tinieblas, por más luz que arrojemos sobre ellos y aun cuando, de hecho, podamos seguir sacándoles las verdades que se han ido como gestando entre sus tinieblas… y, aun así -reiteramos-, parte de ellos seguirán siendo siempre un gran enigma. Tal es el caso de día fatal que contempló con indecible pena a nuestro Señor Jesucristo ante Pilatos y ante la fatídica multitud, que terminó pidiendo la infame sentencia de muerte del mismísimo Autor de la vida.

Sabemos bien que la Escritura debía cumplirse, tal como estaba escrito y como había confirmado y reiterado este Varón de dolores llevado como oveja al matadero; pero qué difícil es detenerse a contemplar a nuestro Dios hecho hombre, salvador y redentor, aclamado como Rey pocos días atrás, bajo este manto de injusticia e impiedad. “Hosana, hijo de David”, le decían el Domingo anterior, multitudes que llegaban a Jerusalén para la Pascua; hombres y mujeres, jóvenes, ancianos y niños; tal vez algunos sanados por Él; quizás conocidos de aquellos que habrían recibido de Jesús alguna gracia; entusiastas oyentes de sus prodigios o devotos admiradores de su doctrina; sea como fuere, el hecho es que se habla también de multitudes, que llegan a la ciudad santa proclamando la entrada triunfal de este hombre extraordinario, del que hablaba como nadie y con una autoridad que deslumbraba tanto como sus prodigios; Aquel mismo que se había abierto paso entre los presentes cuando quisieron quitarle la vida, y al cual los sumos sacerdotes y escribas no se habían animado a ponerle las manos encima por temor a quienes “lo seguían”, y que no eran pocos: no solamente los doce, sino también las santas mujeres y los demás discípulos, y hasta algunos curiosos -¿por qué no?-; y, sin embargo, inexplicablemente, “oscuramente”, ahora es entregado a la muerte también por multitudes…, ¡pero qué multitudes son estas!: ¿dónde están los de las palmas en las manos, los mantos en el suelo y los “hosanas” en sus labios?; ¿dónde están sus íntimos; los que lo seguirían hasta la muerte?; ¿no hay ninguno cerca, acaso, que gracias a Él ahora pueda ver o caminar?; ¿dónde está el de la mano seca?, ¿dónde fueron los leprosos sanados?; ¿tan lejos de su sanador llegó acaso el paralítico?, ¿no hay siquiera uno, cuyos oídos se hayan abierto para oír esta injusticia, que se conmueva de Jesús?; ¿o alguno cuya lengua se hubiera soltado para poder decir ¡basta ya!? …ningún intercesor, ¡ninguna voz se alzó para defenderlo!; callaron las muchedumbres cuando había que abogar por Él, por malicia, cobardía, coacción, ¿ignorancia?; ¡pero gritaron para condenarlo! …mientras Cristo calla, por fidelidad al plan divino, por salvar a los culpables, por compasión con los pecadores; por amar hasta el extremo.

En esta terrible escena, donde el péndulo de la culpa oscila entre los que pedían a gritos la muerte del Salvador y aquellos otros que guardaron silencio en lugar de defenderlo, debemos considerar aquel destello de verdad que viene iluminar nuestras acciones, nuestro modo de proceder; pues si bien nosotros en cuanto creyentes no pediremos, obviamente, la condena de nuestro Redentor, sin embargo, aún corremos el riesgo de no levantar lo suficiente nuestras voces para ponernos de su parte; de ser de aquellos favorecidos por su gracia que pasaron desapercibidos entre el tumulto de la infamia; de aquellos que escondieron la lámpara de la luz del Evangelio bajo el celemín del respeto humano, o aquellos cuyo amor por el Hijo de Dios que nos vino a salvar en persona, no llega a arder como debiera entre la oscuridad, para iluminar a los demás y dar a conocer con qué leño ha sido encendido, y hasta dónde es capaz de abrasar el fuego del corazón del Siervo sufriente, que “ardientemente” ha deseado inaugurar la nueva Pascua con su propio sacrificio, por medio de la cruz, y aceptando este designio misterioso de pagar nuestro rescate asumiendo, ¡Él, el más inocente!, nuestra culpa y nuestro castigo.

Reflexionemos con profundidad, ofrezcamos a Dios reparación con sinceridad, y cambiemos en nosotros esta terrible actitud contra Jesús que ahora contemplamos, de tal manera que de aquí en adelante estemos siempre, fielmente, de su parte.

“A todo el que me confesare, pues, delante de los hombres, también le confesaré Yo delante de mi Padre, que está en los cielos; y al que me negare delante de los hombres, también le negaré Yo delante de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 10, 32-33)

 

P. Jason, IVE.

El Sagrado Corazón camino a su pasión

Comenzando la Semana Santa

Y pensar que un día el hombre le negó su corazón a Dios… porque eso es el pecado. Y qué irónico que, por buscarse a sí mismo, terminó dándole su corazón a las creaturas, amando libremente aquello que le quita los ojos del Cielo y lo ata a la tierra, como un prisionero que acaricia sus cadenas o un animal abrazado a su jaula… porque eso es el pecado. Fue así que, el hombre decidió emprender su propio camino al margen de Dios, prefiriendo abandonarlo y olvidando que este buen Padre siempre lo seguirá de cerca, porque Dios jamás se desentiende de nosotros, su corazón de padre no se lo permite; al punto de que, para recuperar el amor del corazón del hombre, Él mismo en la persona del Hijo decidió asumir la humanidad… con su correspondiente corazón. Y como éste es para amar, el Sagrado Corazón no deja de hacerlo con intensidad por cada una de nuestras almas, y eso es exactamente lo que ahora consideramos: al Sagrado Corazón del Hijo de Dios que no se anda con pequeñeces, porque todo lo hace en grande, y ama si restricciones y arremete con fuerza contra nuestras excusas, nuestra tibieza, nuestros defectos y hasta contra nuestros pecados, ¡y cómo no, si ni siquiera las heridas de una lanza pudieron detenerlo para volver a latir y retomar la vida que desea comunicarnos!

Estamos apunto de comenzar la Semana Santa, conmemoración y participación del acontecimiento que pondría de manifiesto aquel amor hasta el extremo del Sagrado Corazón de Jesucristo, cuyos latidos son divinos y cuya razón somos nosotros; un Corazón que hoy, como siempre, desea ser correspondido, desea ocupar el lugar central y reinar en nuestros corazones a partir del sacrificio más grande de todos ofrecido a su Padre por nosotros, porque Jesús, como dice san Alberto Hurtado: “Quería, delante de su Padre, en el silencio y en la soledad, reunir en su corazón misericordioso toda la miseria humana para hacerla más y más suya, para sentirse oprimido, para llorarla. Él quería, en su vida de hombre, afirmar el derecho soberano de la divinidad. Él quería, como cabeza de la humanidad, unirse más íntimamente a cada existencia humana, fijar su mirada en la historia del mundo que venía a salvar.”; y el Triduo Pascual es justamente para que nosotros, especialmente ahora, tomemos parte de esta culminación de la vida terrena del Hijo de Dios, contemplándolo y acompañándolo en su camino hacia el Calvario, compadeciéndonos del castigo que viene sufrir en lugar de nosotros, y buscando aquella sintonía de corazones que alcanzaron los grandes santos a “fuerza amorosa” de meditar en su sagrada Pasión, de detenerse en sus heridas y adentrarse en los dolores más profundos de su alma.

También ahora el Padre celestial está mirando, cerniendo igualmente sobre sus hijos adoptivos su mirada, contemplando aquellos corazones que deciden regresar a su regazo, y alegrándose con Él el mismo Cielo por cada pecador que se convierte, que se retracta de su mala conducta, que se decide a cambiar para mejor y determina con su vida amar en serio a su Dios, que siendo hombre y “sin aspecto humano” (Is 53, 2), debido a sus heridas, continúa adelante hacia el Calvario, sin darle la espalda al misterioso designio de salvación que ha forjado la cruz en la cual nos regalará hasta su último latido; porque Dios jamás deja las cosas a medias animado por el amor y la certeza absoluta de que su entrega dolorosa no es en vano sino para aquellos que decidan ignorarla, pero que para quienes comprendan que la cruz ha sido el instrumento de la divina Misericordia para nuestra salvación, y se decidan a acompañar de cerca a Jesucristo en su Pasión, se convierte en esperanza, redención y santificación en esta vida, coronándola con la felicidad del que se sabe beneficiario de esta divina compasión que llega hasta la justificación ante el Padre.

Acompañemos en este Triduo Pascual a nuestro Señor, refugiémonos en este Sagrado Corazón que será traspasado y en su herida nos ofrecerá un lugar para habitar. Escuchemos sus latidos y sencillamente correspondámosle, como Él espera, como Él desea.

“Levántate, oh alma amiga de Cristo. No ceséis en vuestra vigilia, pegad vuestros labios a este Corazón para que allí podáis sacar las aguas de las fuentes del Salvador”. (San Buenaventura)

 

P. Jason, IVE.

Si el grano de trigo no muere…

Sobre el sentido del sacrificio

Homilía Domingo 5º de Cuaresma, Ciclo B

Queridos hermanos:

En el Evangelio que acabamos de escuchar, nuestro Señor Jesucristo, parece sintetizar todo el significado de la cuaresma en un solo versículo, cuando dice: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto.» (Jn 12, 24). Y decimos que en este versículo se resume el significado de la cuaresma porque, como toda la Sagrada Escritura, estas palabras tan breves en extensión tienen un sentido muy profundo que se fundamenta en el hecho de ser palabra de Dios.

si el grano de trigo muere… da mucho fruto”, esto tenemos que aplicarlo en sentido espiritual, a la muerte a nosotros mismos que a cada uno de nosotros nos exige la vida de la gracia, y más aún, la misma sangre de Cristo, que compró la salvación de cada uno de nosotros. Esta muerte que se nos exige, la conocemos también con el nombre de “sacrificio”, y es justamente Jesús quien ha venido a llenar de sentido la realidad inevitable del sacrificio en nuestras vidas.

Cuando Adán y Eva pecaron, perdieron todos los dones preternaturales y entró en la tierra el sacrificio como castigo por la ofensa hecha Dios: el hombre debía ganar el pan con el sudor de su frente. Apareció también la enfermedad, el dolor (en el plano corporal), el sufrimiento (en el orden espiritual), dificultad, la muerte, etc.; y toda la vida del hombre se volvió llena de sacrificios. En otras palabras, el sacrificio era solamente una pena más para la humanidad.

Pero cuando vino el Hijo de Dios al mundo, para manifestar la fuerza de su poder, quiso servirse misteriosamente del mismo sacrificio para salvarnos, y es así que Jesucristo llenó la palabra y el hecho del sacrificio, de un significado completamente nuevo, y a partir del más grande de todos, que fue el de la cruz, donde el Hijo de Dios conquistó la salvación de todos los hombres y mujeres de todo el mundo y de todos los tiempos. A partir de Jesucristo, el sacrificio ya no tiene un sentido solamente penal, sino que se llenó además de un misterioso, y más profundo, “sentido redentor”.

Cada vez que nosotros unimos nuestros sacrificios a los de Cristo, nos vamos haciendo más agradables a Dios y a su vez él nos va llenando de bendiciones, por más que muchas veces no veamos las gracias que Él nos concede; porque Jesucristo, como hemos dicho, transformó el sentido del sacrificio a tal punto que nos lo dejó como signo de su amor por nosotros, y esto la santa Iglesia y todos nosotros lo hemos entendido tan bien que, de hecho, nuestro signo como cristianos católicos es el crucifijo, es decir, el sacrificio del Hijo de Dios por nosotros, expresión máxima del amor hasta el extremo.

Los beneficios del sacrificio ofrecido a Dios son muchos, nombremos algunos:

– Nos ayuda a expiar y reparar nuestros pecados y, por lo tanto, nos quitan tiempo de purgatorio.

– También nuestros sacrificios nos hacen más semejantes a Jesucristo y, por lo tanto, en este sentido nos santifican.

– Además el sacrificio fortalece nuestra voluntad contra el pecado.

– Nos ayuda a morir a nuestros desordenes afectivos para aspirar mejor a las realidades espirituales.

– Nos hace ganar méritos tanto para nosotros como para otras almas.

– y, en definitiva, nos hacen participar de la cruz que es, como sabemos, la única llave para entrar en el Cielo.

Por eso Jesucristo ha dicho que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto, porque el sacrificarse es una especie de muerte espiritual, y es justamente el tipo de muerte que produce esos frutos abundantes de los que nos habla Jesús en los evangelios: es morir a lo malo, a lo desordenado, a lo torcido, a lo incorrecto, a lo mediocre, a lo triste y pusilánime, a lo que estanca al alma y no le permite volar hacia la santidad.

Pensemos, por ejemplo, en los grandes sacrificios de los mártires, que soportaron la muerte del cuerpo para ganar la vida del alma; o en las lágrimas de santa Mónica que después de tantos años dieron como fruto a uno de los santos más grandes de la Iglesia, su hijo san Agustín; o el fruto de los sacrificios de tantos misioneros que en medio de grandes dificultades, largos viajes y peligros, enfermedades, torturas, etc., finalmente fructificaron la evangelización y conversión de pueblos enteros a la fe y su consecuente santificación; o hasta más cercano y cotidiano aún: ¿quién puede ignorar los sacrificios de los padres y las madres para educar cristianamente a sus hijos?, ¿las horas en vela y compañía de nuestros enfermos?, ¿las largas jornadas de trabajo para llevar el sustento a nuestra familias?…, y todas aquellas cosas que nos gustan y son buenas a las cuales renunciamos para ir tras las mejores, las de mayor peso para la eternidad, como esa sencilla hora a la semana para asistir a la santa Misa que tal vez hubiera sido un pequeño descanso, o ese sacrificio de nuestro orgullo para realizar una buena confesión, o esos minutos ofrecidos a la Madre de Dios para regalarle un ramo de rosas mediante el rezo del santo rosario, o ese tiempito que dedicamos a examinar nuestra conciencia para corregirnos y ser mejores de allí en adelante, etc.

Siempre los sacrificios, cuando son ofrecidos a Dios como corresponde, alcanzan abundantes frutos. ¿Qué significa que sean ofrecidos como corresponde?, significa ofrecerlos por los mismos motivos que Cristo: por amor, no por conveniencia egoísta o vanidad, sino sólo por amor a Dios. Y teniendo siempre presente que los frutos muchas veces no los veremos, sino que los sembramos para que otros los cosechen -nos referimos a los frutos de este mundo, claro, porque los frutos del cielo los recibiremos en la otra vida-.

En definitiva, el gran medio de seguimiento de Cristo que es siempre eficaz para santificarnos y producir frutos abundantes, es seguirlo sacrificándonos con Él en la cruz (en nuestra cruz de cada día).

Escribía san Alberto Hurtado como con los labios Jesucristo: «Para que siguiéndome en la pena, ya lo sabes: El que quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame… El grano de trigo, si no muere se queda solo; si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros, si a mí me han llamado Beelzebul ¿cómo os llamarán a vosotros? (cf. Mt 16,24; Jn 12,24; Mt 10,25). No haya ilusiones, en mi seguimiento hay penas… Soy Rey, pero reinaré desde la cruz, “cuando fuere exaltado de la tierra, todo lo atraeré a mí” (Jn 12,32). Muchos se desalientan de seguirme porque buscan un reino material, consuelos, triunfos, deleites, al menos espirituales… pero yo te lo digo: tendrás la paz del alma, pero has de estar dispuesto a vivir mi vida y morir mi muerte, la mía de Jesús, Salvador.»

“Sacrificarse” significa aprender a morir a sí mismo en búsqueda de ideales más altos que los ideales terrenales, por eso todo sacrificio implica renuncias, a veces incluso a cosas buenas y nobles, pero siempre en miras a las más altas, como hemos dicho, que no comprenderá jamás quien no tenga una fe pura y verdadera en el Hijo de Dios, que eligió el sacrificio como medio de salvar nuestras almas y como signo invencible de su amor por nosotros.

Si queremos llegar a hacer grandes sacrificios por amor a Dios y en reparación de nuestros pecados, debemos comenzar por las cosas pequeñas, porque “el que no es fiel en lo poco no es fiel en lo mucho” -como dice nuestro Señor-, y de esta manera la gracia de Dios va a ir obrando a sus tiempos en nuestras almas para asemejarnos cada vez más al mayor ejemplo de sacrificio por amor que es el del mismo Jesucristo.

En este Domingo de cuaresma, le pedimos a María santísima, aquella que participó más que nadie de los sacrificios de su Hijo en su propia alma, que nos alcance la gracia de descubrir con la fe el sentido salvador de cada sacrificio que tengamos oportunidad de ofrecer a Dios y aprovecharlo, y aprender a morir cada día a nuestro egoísmo, para dar abundantes frutos de salvación.

P. Jason Jorquera M., IVE.

Y pensar que tuvieron que preguntarle…

Sobre la delicadeza del corazón de Cristo

 

Y cuando vino la tarde, se sentó a la mesa con sus doce discípulos.

Y cuando ellos estaban comiendo, dijo:

“En verdad os digo, que uno de vosotros me ha de entregar.

Y ellos muy llenos de tristeza, cada uno comenzó a decir:

¿Por ventura soy yo, Señor?

Mt 26, 20-21

 

Estando en las vísperas del momento crucial de su sagrada pasión, nuestro Señor Jesucristo se encuentra a la mesa con sus discípulos, sus cercanos, sus íntimos…, sus amigos. Y entonces decide revelarles una de las verdades, tal vez, más dolorosas para su sagrado Corazón: no ya el abandono general con que ellos mismos le pagarían dentro de muy poco tiempo, pese a haberle prometido más de una vez que estarían siempre con Él, sino la de aquella entrega traicionera que había comenzado a gestarse desde hacía tiempo en el corazón de aquel cuyo nombre estaba a punto de convertirse en sinónimo de traición, el cual no quiso revelar el Salvador, para darle la oportunidad, como sabemos, de arrepentirse -como hace con nosotros-, de dar un paso atrás ante la decisión más terrible de la vida que acabaría por quitarse ante la desesperación… y Jesús le sigue dando tiempo, y sigue esperando para ofrecerle su perdón, como dice, entre otros, san Jerónimo: “Como el Señor había predicho ya su pasión, ahora predice cuál será el traidor, dándole lugar a que haga penitencia, puesto que sabía que conocía sus pensamientos, y los secretos de su corazón, con el fin de que se arrepintiese de lo hecho”.

De más está decir lo inexplicable que resulta la traición de Judas sabiendo que Jesús conocía bien los corazones, y cuánto más los de sus discípulos, y más aún ante tal y tan grande predilección; oscuro misterio en el cual solamente la sabiduría Divina se puede adentrar, y que a nosotros no nos corresponde más que contemplar con gran tristeza y con profundo dolor.

Pero pongamos más bien nuestra atención en aquel detalle tan propio del Sagrado Corazón de Jesús, de una delicadeza exquisita y tan ejemplar para nosotros que nos decimos también sus seguidores, y es el hecho de que, ante el anuncio de la traición terrible y dolorosa del apóstol corrompido, sus discípulos “tuvieron que preguntarle de quién se trataba”, es decir, que tanta era esta delicadeza de nuestro Señor, que ninguno se dio cuenta de las intenciones de Judas; en otras palabras, a tal punto Jesús quería el arrepentimiento del traidor que, pese a conocer sus intenciones -¡porque veía su corazón y él lo sabía!-, sin embargo, lo siguió tratando como a cada uno de sus amigos: con afabilidad, con simpatía, con ternura tal vez, y, por supuesto, con aquella caridad exquisita que ocultó a los ojos de los demás discípulos las nefastas intenciones de quien le había puesto precio a su Redentor y su maestro.

De todo esto se entiende bien que Jesucristo nos enseña a no rendirnos con nosotros mismos ni con los demás, así como tampoco Él se rinde con nosotros; a tener entre nosotros la paciencia que Dios nos tiene hasta el final de nuestras vidas; a no dejar de luchar contra nuestros defectos y pecados, y emprender sin dar marcha atrás la misión de conquistar a los demás para Dios (ofreciéndonos antes nosotros mismos del todo a Dios, claro), pues nosotros también somos apóstoles del Hijo de Dios, seamos sacerdotes o religiosos, madres o padres de familia, amigos, compañeros o lo que fuere respecto a los demás. El Corazón de Cristo no retrocede ante el mal del hombre sino todo lo contrario, persevera, espera y no deja de amar al pecador que le conmueve las entrañas, sin retirarle jamás la mano para sacarlo del abismo y llevarlo junto consigo para resguardarlo.

Allí donde nosotros vemos a veces un motivo de reproche o decepción, Jesucristo ve una herida que desea remediar, pues los pecadores, los heridos por el pecado, son sus predilectos y la razón de su Encarnación, misterio divino fruto del amor del Dios que no abandona y viene en busca de los que se hallaban perdidos para conducirlos Él mismo a su redil.

Los apóstoles no supieron que se refería a Judas porque Jesús no lo trataba con menos consideración, ni lo habrá escuchado con menos atención, ni le habrá negado el rostro o afectado siquiera el tono de su voz, ni fruncido el ceño, ni evitado, ni le habrá dedicado, por supuesto, ninguna otra actitud de entre la variada gama de la malicia del rencor y del desprecio, porque el Hijo de Dios no se espanta de los pecadores ni sus faltas más terribles, su misericordia no se lo permite, y seguirá esperando nuestras conversiones hasta el final de nuestras vidas, pues solamente la muerte ese es el límite para su rescate de la condena (o el inicio de nuestra efectiva santificación): ni lo terrible de los pecados, ni lo profundo de la culpa, ni siquiera la prolongación de la indiferencia de algunas almas; Jesucristo no deja de esperar, como con Judas, a quien hasta el último momento habrá mirado con ternura y con dolor por su traición, pero ciertamente ni con rabia o condena… así habrá sido su mirada postrera en Getsemaní luego de haber recibido el beso de la condena del que no quiso retractarse.

Dice san Agustín: “La virtud del alma que se llama paciencia es un don de Dios tan grande, que Él mismo, que nos la otorga, pone de relieve la suya, cuando aguarda a los malos hasta que se corrijan.”; paciencia fruto de la Misericordia divina, consecuencia del amor del Sagrado Corazón de Jesús que nos invita a actuar, a cambiar para mejor, en definitiva, a llevar a cabo una profunda conversión que corresponda a la tiernísima delicadeza de nuestro Señor.

 

P. Jason, IVE.

Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios

Homilía del Domingo 1º de Cuaresma – ciclo B

 

Queridos hermanos:

Uno de los temas que aparece en más de una oportunidad en la Sagrada Escritura es el del tiempo, entendido específicamente como “plazo”, es decir, el momento preciso en que una acción debe cumplirse; así por ejemplo escribirá san Pablo a los gálatas (4,4) acerca de la Encarnación de Cristo: “cuando se cumplió el tiempo envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley…”; e incluso mucho antes ya se podía leer en el libro del Eclesiastés (3,1): “Para todo hay un tiempo oportuno. Hay tiempo para todo lo que se hace bajo el sol.”. Pues bien, este tema surge nuevamente en el Evangelio de hoy, donde nuestro Señor Jesucristo dice explícitamente: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Como bien sabemos, la santa Cuaresma es un tiempo litúrgico -y espiritual si la vivimos como corresponde-, dedicado especialmente a buscar nuestra conversión por medio del acompañamiento de nuestro Señor en su camino a la sagrada Pasión. La cuaresma en es gran tiempo en que nos debemos poner delante de Dios con total sinceridad y humildad, y presentarle todo aquello de malo que haya en nosotros, y ofrecerle nuestro genuino arrepentimiento y propósito de enmienda, movidos por la contemplación de las terribles consecuencias del pecado que nos viene a hacer visibles de una manera única y exclusiva en los dolores de Jesús: en su preparación de nuestra redención y su culminación en el Calvario, donde su muerte por amor dividiría para siempre la historia en dos, tanto de la humanidad en general como la de cada alma que decida aceptarlo de verdad y comenzar su propio “después de Cristo” en su vida, que no es otra cosa que decir “desde ahora junto a Cristo”, pero de cerca, como amigos, arrepentidos, reparadores y entusiasmados por traducir en virtudes la gratitud por el perdón recibido.

Jesucristo viene a decirnos que “hay un plazo que ya se ha cumplido”, el cual podemos entender como todo el tiempo transcurrido hasta su venida al mundo, a partir de la cual ya no hay excusas porque ya nos predicó la verdad, y nos quedó escrita en la Sagrada Escritura y custodiada en la Iglesia Católica, y vivida y ejemplificada en ese vasto ejército de santos que la vivieron con un compromiso absoluto. Así también debemos mirar esta santa Cuaresma “como un plazo”, es decir, un tiempo especial “que debe cumplirse” para alcanzar gracias especiales de conversión, tiempo de mayor intimidad con Dios y ofrecimientos de buenas acciones en abundancia; tiempo para reparar nuestras faltas, tiempo de pedirle perdón a Dios y a quienes hayamos ofendido, tiempo de reconciliación, y tiempo de renunciar a los impedimentos que le ponemos a Dios para que pueda hacernos santos: pecados sin arrepentimiento, afectos desordenados no mortificados, olvido de su asistencia y compañía, indiferencia a las exigencias de nuestra fe, o defectos no combatidos con los cuales hayamos pactado amistad. Aún es tiempo de misericordia, aún es tiempo de perdón, aún se puede salir del lodo más espeso y del abismo más profundo, pero debemos actuar ya, ahora mismo, no mañana ni pronto sino hoy, porque nadie tiene asegurado el mañana y Dios está esperando hoy nuestra conversión, por eso decía magistralmente san Agustín: “No digas, pues: «Mañana me convertiré, mañana contentaré a Dios, y de todos mis pecados pasados y presentes quedaré perdonado». Dices bien que Dios ha prometido el perdón al que se convierte; pero no ha prometido el día de mañana a los perezosos.”; así es que ahora, mis queridos hermanos, debemos decidirnos con firmeza a cambiar para mejor: que el alma en pecado salga de él, que las almas buenas se decidan a ser santas, y que todo esto esté reflejado en obras concretas de virtud. Esta santa Cuaresma es el tiempo de dejar atrás el hombre viejo y comenzar una nueva historia, de cara al Dios que ha venido en persona por los pecadores, “sus predilectos”, para transformarlos.

En este punto debemos recordar dos aspectos clave para emprender nuestra transformación, que son la confianza en Dios y “la paciencia” con nosotros mismos, pues iremos adelantando más o menos rápido según nuestras buenas disposiciones y nuestro sano entusiasmo perfumados por la gracia divina, sí, pero también según nuestras heridas y debilidades, las cuales deben sanar poco a poco normalmente, aunque si Dios desea infundir súbitamente un cambio radical depende absolutamente de su voluntad, como hizo con san Pablo, por ejemplo, pero no nos corresponde a nosotros exigírselo, aunque podemos perfectamente pedírselo con nuestras oraciones y nuestras acciones;  mientras tanto debemos dedicarnos a progresar a nuestro ritmo, sin parar, sin retroceder, sin bajar los brazos, y yendo siempre adelante quitando los obstáculos y adornando nuestra alma con virtudes, pues -como decía san Alberto Hurtado-, “Cada una de nuestras acciones tiene un momento divino, una duración divina, una intensidad divina, etapas divinas, término divino. Dios comienza, Dios acompaña, Dios termina. Nuestra obra, cuando es perfecta, es a la vez toda suya y toda mía. Si es imperfecta, es porque nosotros hemos puesto nuestras deficiencias, es porque no hemos guardado el contacto con Dios durante toda la duración de la obra, es porque hemos marchado más aprisa o más despacio que Dios. Nuestra actividad no es plenamente fecunda sino en la sumisión perfecta al ritmo divino, en una sincronización total de mi voluntad con la de Dios. Todo lo que queda acá o allá de ese querer, no es [ni siquiera] paja, es nada para la construcción divina.”.

Jesucristo culmina la enseñanza del Evangelio de hoy, con la simple y profundísima verdad que es capaz de cambiar una vida por completo: “creed en el Evangelio”, nos dice a cada uno de nosotros. ¿Qué significa actualmente esto para nosotros, los bautizados de hoy en día?, si ya creemos, ya poseemos la fe y tenemos a disposición los sacramentos… Pues podríamos decir que significa “creer más”, es decir, profundizar nuestras convicciones en el mensaje de Cristo, pues nuestra falta de progreso espiritual y santificación, si bien implica ausencia de virtudes o falta de desarrollo de estas en general, no pocas veces es la falta de fe, al menos en la práctica, pues pareciera que no creemos que podemos salir de nuestras faltas, que nos resignamos a nuestros defectos (“así soy”, frase terrible y arruinadora de santidades, expresión de la desconfianza en la gracia); que no creemos que el mismo Dios que resucita muertos y resucita almas y que hace santos nos puede transformar también a nosotros si ponemos de nuestra parte. Cuántas almas han renunciado a la santidad por egoísmo: por quedarse mirando solamente sus defectos (a sí mismos), a su naturaleza herida, a las miserias que arrastran, sin poner los ojos en la misericordia divina y en la gracia que es capaz de hacer milagros, tales como hacer amigos íntimos de Dios sacados de las canteras de toda la vasta gama y colorido de los vicios y pecados: hay santos que fueron ladrones, asesinos, prostitutas, mentirosos, rencorosos, perversos, etc., etc., y sin embargo, se rindieron ante la bondad de Dios y lo dejaron obrar en ellos… sabemos esto -no es nada nuevo lo que estamos diciendo-, pero ¿lo creemos de verdad?, ¿tenemos realmente fe en que la omnipotencia de Dios puede obrar también así en nosotros?; creamos mis queridos hermanos, creamos en Dios y creámosle a Dios firmemente cuando nos dice que ha venido a llamar a los pecadores, a rescatar lo que se hallaba perdido, y que el Reino de los Cielos es de los que se hacen pequeños, de los misericordiosos, los humildes, los pacíficos, etc.; y de cada uno de nosotros si le damos a Dios la oportunidad de transformarnos con su gracia. Pensemos en que mientras dure nuestra vida en este mundo Dios estará esperando nuestras conversiones, pues su bondad no le permite negarnos la posibilidad de cambiar, entonces, ¿le negaremos nosotros la oportunidad de transformarnos en mejores?

No sabemos cuál será nuestro último día en esta vida, no nos arriesguemos a que nos encuentre sin estar trabajando por entrar en el Reino de los Cielos.

Que María santísima nos alcance de su Hijo la gracia de ver con claridad, en esta santa Cuaresma, aquellos aspectos de nuestra vida en los cuales debemos trabajar siempre con gran confianza en Dios, y que nuestros propósitos le sean agradables y que los cumplamos con fidelidad y alegría, pues la recompensa que nos espera si nos decidimos de verdad, es desproporcionadamente maravillosa: el Reino de los Cielos, meta y recompensa de los pecadores que se convirtieron y creyeron con intensidad en el Evangelio.

P. Jason, IVE.

Señora de todos

“Queremos ser todo tuyos”

P. Gustavo Pascual, IVE.

“Así pues, durante su vida mortal gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también condescendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles cuidaban de ella, especialmente San Juan, gozoso de que el Señor, en la cruz, le hubiese encomendado su madre virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban de contemplar a su reina, estos a su señora, y unos y otros se esforzaban en complacerla con sentimientos de piedad y devoción.

Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes, inundada como estaba por el mar inagotable de sus carismas divinos, derramaba en abundancia sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, que superaban a las de cualquier otra creatura. Daba la salud a los cuerpos y el remedio para las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o deprimido de su lado, o ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas, habiendo alcanzado por la madre del Señor lo que deseaban”[1].

María es Madre de todos porque su señorío es universal. Su señorío subordinado al de Cristo se extiende al cielo, a la tierra y a los mismos abismos[2].

En el Cielo reina sobre los mismos ángeles en virtud de su elevación al orden hipostático relativo. Es Señora y Reina de los ángeles. También es Señora de los bienaventurados y santos, que adquirieron la bienaventuranza por la redención de Cristo y la corredención de María. Es Reina y Señora de todos los santos.

María es Señora de las almas del purgatorio que están confirmadas en gracia y gozarán de la eterna bienaventuranza. La Santísima Virgen ejerce su señorío sobre ellas visitándolos maternalmente, consolándolos y apresurando la hora de su liberación.

En los abismos se deja sentir también su señorío, en cuanto que los demonios y condenados, reconociendo su poder, tiemblan ante ella, ya que puede desbaratar sus ataques, vencer sus tentaciones y triunfar de sus insidias sobre los hombres. Y cuando el mundo termine, perdurará eternamente el rigor de la justicia divina sobre aquellos que rechazaron definitiva y obstinadamente el señorío de amor de Jesús y de María.

María es Señora de toda la tierra por derecho natural y de conquista. La Iglesia pone en boca de María estas palabras de la Escritura que corresponden primariamente a Cristo: “Por mí reinan los reyes, y los príncipes decretan lo justo; por mí mandan los jefes, y los nobles juzgan la tierra” (Pr 8, 15-16)[3].

María es Señora de todos por su maternidad espiritual. Es Señora de los pobres y de los ricos, de los enfermos y de los sanos, de los ignorantes y de los sabios, de los pecadores y de los santos, de las ovejas del pueblo de Dios y de sus pastores.

Vemos que a su lado llegan hijos para pedir el sustento diario, el trabajo, las necesidades materiales, pero también acuden los que necesitan las cosas espirituales, el perdón de los pecados, el conocimiento de los misterios divinos y el camino para llegar a Jesús. A ella acuden todos, ricos y pobres, para pedir la salud, pues, no hay bienes materiales suficientes para conseguirla. A ella acuden los sabios de la Iglesia para crecer en el conocimiento divino porque ella es sede de la sabiduría. A ella acuden todos los cristianos para venerarla, para ofrecerle sus oraciones, sus sacrificios y su vida. A ella también acuden los pastores de la Iglesia para que ella, divina pastora, les enseñe a guiar la grey de su Hijo, en fin, todos recurren a esta Señora para que ella les colme de gracias.

María como buena Madre y señora no deja de lado a nadie, no discrimina a nadie, sino que a todos ama y los quiere conducir al cielo. Incluso los más grandes pecadores encontrarán acogida en los brazos de esta Divina Señora. Las almas santas también recurren a ella para que las sostenga porque es poderosa en el cielo, en la tierra y en los abismos. En el Cielo es poderosa intercesora, es la omnipotencia suplicante. En la tierra tiene poder absoluto sobre los enemigos de la Iglesia. Contra los herejes y sus herejías como lo muestra la historia, p.ej., la de Santo Domingo en su lucha contra los albigenses o en la lucha de los cristianos contra los musulmanes en Lepanto. Y en el abismo por su eterna enemistad con el diablo y por el poder que Dios ha concedido a esta mujer de nuestra raza.

Señora de todos y a la que todos, en consecuencia, debemos respeto y sobre todo amor, porque su señorío no es de fuerza y poder, de explotación, sino de mansedumbre, de libertad y de amor porque quiere que todos la tengan por Señora.

Tener a María por Señora es una gracia y una gracia inmensa que es concedida como don pero que impetramos por nuestra devoción sincera, por nuestro absoluto abandono en sus manos. Si le entregamos todo nuestro ser, en especial, nuestro corazón, ella lo enseñoreará y lo hará semejante a su corazón.

¡Madre de todos, queremos ser todo tuyos y darte todo lo nuestro para que toda nuestra persona te pertenezca y también todos nuestros bienes!

[1] San Amadeo de Lausana, Homilía 7: SC 72, 188.190.192.200. Cit. en la Segunda Lectura del Oficio de la Santísima Virgen María, Reina. Día 22 de agosto.

[2] Cf. Flp 2, 10-11

[3] Sigo a Royo Marín, La Virgen María, BAC Madrid 1968, 228-29

“Providencialmente llegó para la cuaresma”

Nueva imagen de nuestro Señor para el Vía Crucis de la basílica

Queridos amigos:

Acabamos de comenzar el tiempo de Cuaresma, invitación a la conversión mediante la contemplación de la sagrada Pasión de nuestro Señor. En este tiempo debemos acrecentar nuestra piedad y nuestra vida de oración, para alcanzar aquellas gracias que la Divina Providencia ha dispuesto de manera especial en este tiempo para transformarnos espiritualmente en mejores; tiempo de dar más limosnas a quienes lo necesitan y así reparar nuestras faltas y practicar la caridad; tiempo de sacrificios y privaciones por amor a Dios, por amor a la virtud, al bien, a lo mejor… a la santidad. Es por eso que, además del santo rosario y demás prácticas de devoción que siempre son fecundas, siempre nos benefician, también es muy recomendable rezar el santo Vía Crucis, y mejor si es en comunidad, porque “donde hay dos o tres reunidos en el nombre del Señor, allí está Él en medio de ellos”, y en este caso de manera muy especial, pues esta piadosa devoción produce grandes frutos en el alma que la reza con profunda piedad y aprende a adentrarse más y más ese gran misterio del Dios encarnado viniendo a tomar el lugar que le corresponde a los culpables y sufrir lo indecible, sin retroceder jamás, pues la nobleza de su amor lo llevó hasta las últimas consecuencias, hasta el calvario y la cruz por cada uno de nosotros.

Es por eso que hace años rezamos en cuaresma el santo Vía Crucis por la basílica, recorriendo cada una de las estaciones que ornamentan con llamativa sencillez los muros de las ruinas que resguarda el monasterio, pero este año es diferente, especial, pues por gracia de Dios pudimos conseguir y colocar una hermosa imagen de nuestro Señor Jesucristo en la 12ª estación, y llegó justo para la Cuaresma gracias a esas cosas de Dios:

Un sacerdote amigo de un sacerdote nuestro, le contó acerca de un lugar donde vendían cosas antiguas: muebles, vajilla, adornos, etc., pero también imágenes que venían tristemente de iglesias que se habían cerrado; fue así que, una vez conseguida la dirección fuimos a tratar de rescatar al menos alguna de esas imágenes y devolverlas a la devoción de los feligreses, y la verdad es que gracias a Dios pudimos conseguir más de una, tanto nosotros como nuestras  hermanas (nosotros gracias a nuestros padres misioneros que nos regalaron una hermosa Sagrada Familia de Nazaret y un bellísimo Sagrado Corazón, además de un crucifijo para el altar); y si bien nos hubiera encantado traerlas todas, no tenemos obviamente ni el dinero ni el lugar donde ponerlas, pero lo importante es que varias están ahora donde les corresponde: conventos, monasterios y capillas. Pero volviendo un poco atrás, el día en que llegamos al lugar había que ponerse a recorrer y buscar entre muebles polvorientos, lámparas, espejos, y tantas otras cosas, para encontrar lo que buscábamos. Y fue justamente detrás de una puerta que daba a una vieja escalera, la cual subía a unas viejas habitaciones, donde entre un montón de cuadros viejos y tapados de tierra, se dejaba ver apenas un hermoso rostro, en el suelo, sucio, un poco roto y despintado, pero realmente hermoso… Fue en ese mismo momento en que “se dejó encontrar” por nosotros que en seguida fue pensado para estar donde ahora está: formando parte del Vía Crucis del monasterio, mirando hacia la imagen de santa Ana, en la 12ª estación que conmemora la muerte más importante de la historia porque es la única capaz de producir vida, salvación y eternidad. Así que, una vez en casa y restaurado, sólo quedaba ubicarlo donde corresponde y se destaca, llamando la atención de los turistas (los no cristianos que vienen a visitar por el aspecto histórico de este lugar), respondiendo a la piedad de los peregrinos, y contribuyendo delicadamente a la oración comunitaria de los monjes. Y, por supuesto, hicimos la solemne bendición de esta hermosa imagen.

Damos gracias a Dios y a la Sagrada Familia por cada uno de esos “detalles” que la Divina Providencia tiene constantemente con la casa de la abuela de nuestro Señor, gracias a ustedes por sus oraciones a la distancia por apartado lugar que poco a poco ha ido reviviendo y llamando a los peregrinos a rezar en la sencillez de sus muros y simplicidad de su capilla. Les deseamos a todos una muy fecunda cuaresma, y que cada uno de nosotros se determine seriamente a ser generosos con Dios en nuestro tiempo para rezar y acompañarlo a su sagrada Pasión en este próximo Triduo Pascual. Que aprendamos de nuestro Señor a abrazar también nuestra cruz con alegría sobrenatural, sabiendo que esconde en sí un manantial de bendiciones para quienes la sepan aprovechar principalmente para unirse más a Dios:

“La llevas hoy conmigo y por mí y, de una manera admirable, quieres que ahora yo, como entonces Simón de Cirene, lleve contigo tu cruz y que, acompañándote, me ponga contigo al servicio de la redención del mundo. Ayúdame para que mi Vía crucis sea algo más que un momentáneo sentimiento de devoción. Ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, sino a recorrer tu camino con el corazón, más aún, con los pasos concretos de nuestra vida cotidiana. Que nos encaminemos con todo nuestro ser por la vía de la cruz y sigamos siempre tus huellas.” Benedicto XVI

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

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Nube fecunda que destila bienes

Es María la Nube fecunda que trae a Dios a nuestra alma…

P. Gustavo Pascual, IVE.

La nube es otra figura de la Santísima Virgen. Pero no una nube cualquiera sino una nube fecunda.

Por el cielo vemos pasar distintas variedades de nubes: las hay muy pequeñas, que nunca crecen sino, por el contrario, se desarman y son estériles. Hay otras que vienen cargadas y aparecen terribles, negras y ruidosas, rodeadas de rayos y que precipitan en granizo y no son beneficiosas sino perjudiciales. Las hay, finalmente, cargadas, inmensas y que precipitan en lluvias fecundas, en bienes para la tierra sedienta.

No hay cosa mejor para la tierra que la lluvia. Ella hace crecer la semilla y hace dar fruto. Sin la lluvia la tierra se vuelve estéril y se manifiesta muerta.

La palabra de Dios es como la lluvia que siempre produce frutos. Dios la envía a la tierra con ese fin y nunca vuelve a Dios vacía, sino que lleva frutos.

La palabra de Dios, el Verbo de Dios, ha sido derramada sobre la tierra, ha sido dada a los hombres por medio de María. Ella es la nube fecunda que ha destilado el mejor bien para los hombres que es Jesucristo. Y por este bien nos vienen todos los bienes.

Jesús con su redención nos ha dado el Cielo, nos ha dado a Dios mismo, el mejor de los bienes.

Dice Santa Teresa hablando de la oración que cuando está en su cumbre es como la lluvia que Dios envía. Sin fatiga nuestra empapa nuestra vida interior y la hace producir muchos frutos. Esto se puede aplicar a la vida espiritual. Cuando Dios obra en el alma, cuando Dios fecunda el alma, cuando Dios viene y habita en el alma, nuestra alma se vuelve terreno bueno, campo que da el ciento por uno.

Es María la Nube fecunda que trae a Dios a nuestra alma. Sin fatigas de nuestra parte, ella, cuando nos entregamos en sus brazos, nos da a Jesús y con Él todos los bienes.

Como el panal destila miel y la flor néctar así la Santísima Virgen destila bienes a los hombres.

Todas las gracias nos vienen por María. Así lo ha querido Dios. Ella nos trajo al Autor de la gracia y con Él todas las gracias.

María es mediadora de todas las gracias. Es la que distribuye las gracias conseguidas por Jesús. Una por una ella las distribuye entre los hombres.

La nube es impulsada por el viento y precipita allí donde el viento la lleva. El viento es el Espíritu Santo y la nube es María. Esta nube fue movida por el Espíritu Santo para dar una respuesta acertada a la embajada del ángel. Por su sí el Espíritu Santo la cubrió con su sombra y ella concibió al Verbo Encarnado. Por obra del Espíritu Santo la Virgen comenzó a ser Madre y de nube infecunda se convirtió en nube colmada de bienes.

Esta Nube fecunda se deja arrastrar también ahora por el viento del Divino Espíritu y derrama sobre cada hombre los bienes que Dios tiene dispuesto derramar por ella.

María no se mueve sino por el impulso de su Divino Esposo. De María debemos aprender la fidelidad al Espíritu Santo porque Él nos llevará por el camino de la santidad y nos hará también a nosotros nubes fecundas que den muchos frutos.

Y es notable que, aunque la nube puede precipitar en distintos lugares, según se den las condiciones atmosféricas, por lo general precipita en zonas determinadas y así se forman zonas fértiles y aptas para el cultivo, zonas donde es la lluvia la fuente única de riego, zonas donde la tierra se vuelve fértil y fecunda.

María va formando a los predestinados, a los que ella quiere formar o mejor dicho moldear siguiendo en esto la voluntad de Dios, pero de parte de los hombres esta nube generosa requiere una disposición: la total apertura para ser regada, para que ella derrame una lluvia copiosa de bienes en ellos. No puede derramar su lluvia sobre aquellos que no la desean o que rechazan la fecundidad de esta nube o niegan su grandeza y riqueza. Sólo la tierra sedienta de Dios y de la lluvia es apta para ser regada por el agua de esta nube. La tierra de estas zonas espera pacientemente la lluvia para hacer crecer la semilla y llevar frutos y la nube se derrama con profusión, en la medida del anhelo de la tierra.

Y después de la lluvia, ¡qué hermoso se vuelve el lugar! ¡qué nítido! ¡qué transparente! Desaparece todo el polvo en suspensión, se precipitan las partículas espurias del aire y todo se vuelve claro y luminoso. Además, se siente un perfume en el aire, perfume a tierra mojada. La naturaleza expande sus aromas y hace agradable el paraje.

Así ocurre con las almas fecundadas por María. Se vuelven claras y limpias, transparentes, puras, graciosas, cristalinas y esparcen el buen olor de Cristo, el olor del alma llena de Dios, del alma colmada de esperanza, del alma que promete abundantes frutos.

 

Pecar es morir

Meditación sobre el pecado

San Alberto Hurtado

 

Pecar es morir. Es la única muerte. Sin pecado la muerte es vida, es comienzo de la verdadera vida; pero con pecado el que vive muerto está:

“No son los muertos los que en la paz descansan de la tumba fría,

muertos son los que tienen muerta el alma y viven todavía”.

Esta verdad es la más cierta de todas: ¡Pecar es morir! La muerte entró en el mundo por el pecado (cf. Rom 5,12). Dios, Padre de amor, puso a los hombres para que vivan, vivan aquí, ¡inmortales continúen viviendo allá! Aquí, en salud, sin tentaciones, sin fatigas, sin dolores, en salud, en descanso, en belleza, en amor. El placer de hacer lo que quiero, de obrar como supremo soberano, de ser mi propia ley, de no estar sometido… y creatura significa esencialmente “sometido”… vulneró su naturaleza en lo más íntimo, perdió su sobrenaturaleza, y definitivamente los adornos preternaturales de su vivir.

Una experiencia de su libertad: la mariposa quiso conocer el fuego y se quemó; el chiquillo quiso lanzarse al espacio y se hizo pedazos; el temerario quiso probar sus fuerzas sobre las olas y se ahogó. Violentaron su naturaleza y murieron. Y desde Adán y Eva, la muerte física de todos: la experiencia de la muerte, la más universal de las experiencias, pero esta muerte física no es sino el símbolo de las otras muertes que tiene el pecador.

  1. Morir a la verdad

El pecado es la mentira. Es mentira que somos autónomos. Tenemos ley y la atropellamos. Mentira que amamos a Dios y le ofendemos. Mentira que esos placeres nos van a dar felicidad. El que se adhiere a lo caduco cae con ello; el que se apoya en caña, sangra al romperse. Mentira que seguimos la naturaleza porque cada pecado es un atropello a la naturaleza: del hijo que insulta a su padre; del hermano que atropella y despoja a su hermano; del hombre que viola las funciones de vida; de la creatura que desconoce los derechos del Creador.

  1. Morir a la belleza

El pecado es la fealdad: rompe la armonía. La obra de Dios es bella y armónica: parece un concierto; el pecado es desarmonía, una nota estridente. ¡Alguien que se sale del concierto para dar su nota de egoísmo! Y cada pecado tiene específica fealdad: La ira es arrebato, es estallido de pasión, “yo”, es oprimir al débil, es cebarse en carne humana. La pereza, que horrible es la pereza… la indolencia, no colaborar en el gran trabajo humano. La embriaguez, perder el sentido, renunciar a ser hombre. La gula: hartarse peor que los animales como los Romanos… vomitar… poner en riesgo su salud, ¡esclavo de la comida! La lujuria: esclavos de la carne. El hombre al servicio de sus glándulas. Y por una conmoción de un rato, de orden animal, renunciar a su amor, a su hogar, a sus hijos, a perder su porvenir. Es mentira y es fealdad. Jurar un amor que no se tiene para poseer y abandonar, ¡a veces para matar después! El egoísmo: fealdad del hombre concentrado en el “yo”, y muerto a lo demás. Los dolores de los demás, su hambre, a veces la muerte no le impresionan. Se desespera en cambio por cualquier capricho propio. Y así todos los demás pecados son feos: por eso se ocultan en la noche, se disculpan, se disimulan… y cuando ni eso se hace es porque la fealdad ha llegado a su máximo: es el cinismo.

Mata a la hombría, al valor, porque es la derrota, la renuncia. No hago lo que quiero… sino lo que otro, o lo que mi “yo” menos bueno, mi “yo” inferior manda. ¿Dónde está el valor en arder y renunciar, o en arder y dejarse quemar? En querer guardar lo que me agrada, o darlo generosamente a otro. Recórranse todas las tentaciones y se verá que el verdadero valor, la hombría está en sobreponerse. Hay quienes dicen que esto es demasiado, que es un lenguaje pasado de moda, ¡que no se pide tanto! Eso se dice. ¿Qué se podrá tallar en esa madera?.

Y lo peor es que cada pecado debilita más y más. A medida que uno persevera en el barro se hunde más y más, y se hace más difícil salir. El poder para el bien se hace cada vez más débil, el poder para el mal, el atractivo, las voces del pecado, cada vez más fuertes.

  1. Morir a la delicadeza

Esa hermosa cualidad que hace la vida hermosa: fijarse en lo pequeño, deseo de agradar, atenciones, sacrificios, que son el perfume de la vida… El pecado vuelve al hombre grosero, egoísta, vuelto sobre sí mismo. No tiene ojos más que para sus propios gustos. A veces uno ve maridos, casados con una esposa ideal, nace un amor torcido, y se vuelven brutos, ven a su esposa triste, envejecida, perdido el sentido de la vida… sus hijos abandonados, el patrimonio que se va… y nada. “No corto con lo que me agrada”.

A veces muchachos llenos de cualidades, dominados por una pasión, van poco a poco perdiendo la delicadeza: piden dinero prestado, no lo devuelven, viven de la bolsa, hacen una incorrección, y luego otra para tapar la primera… ya no se esconden: se exhiben en público…

Otras veces son las palabras duras, la falta de respeto y de cariño a los padres: no hay tiempo para conversar con ellos, para darles un gusto, para sacarlos, para darles una bella vejez. ¡Hasta a veces se les da positivos disgustos! Y no es puramente voluntario: es que ha cambiado su carácter, se hace irascible, ha perdido el control, falta el aceite, no hay la vida interior en la que todo se arregla, no hay la humildad de una confesión sincera… ¡a lo más una acusación con cualquiera para salir del paso!. Falta el ánimo de levantarse para “volver a ser yo”. “Feliz aquel que cuando oyere la voz del Señor se levanta a tiempo y va hacia su Padre y recobra su delicadeza!”.

  1. Morir a la dignidad

¿Adónde se rebaja un pecador? Roba a su madre: el que le pidió plata, no se la dieron, le robó, la mató… y se fue a suicidar. ¡Qué casos, Dios mío, los que uno sabe! ¿Cómo se ha podido llegar allá? Abusa de la confianza de un amigo… llega a prostituir a su mujer o a su hija… para lucrar; ¡no pasan en las nubes esos casos! Falsifica firmas… ¡Engaña a su mejor amigo! Es la suerte del pecador… Y el que se pone en el plano inclinado ¿quién sabe a donde irá a parar?

  1. Morir a los ideales

Bellos ideales de juventud: obras que yo quería realizar ¿dónde estáis? ¿Por qué ya no me conmovéis como antes? ¿Por qué no me decís nada?… ¿Me dejáis frío? Os miro como algo tan lejano. ¡Cómo pude yo entusiasmarme con esto! La vida tiene sólo un sentido positivo, frío, egoísta, que yo llamo a veces “realista”, “positivo”, “puesto en este mundo”. ¿Estaré en la verdad? ¡¡Esta vida que se pesa, se mide, se cuenta, es la única!!

  1. Morir a las realidades

Pero no sólo a los ideales, a las mismas realidades. ¡Cuántos ha podido uno ver que prometían tanto y no han hecho nada! Se han hundido, ¡¡se pasmaron!! Y parece que esto fuera más propio de aquellos que han sido de inteligencia más clara, porque han comprendido más las posibilidades de la vida y no se pueden contentar con mediocridades. Al perder el sentido de lo heroico, ¡pierden también el sentido de lo humano! No hay nada que estimule una labor que sólo se puede animar con algo proporcionado a su gran capacidad. Otros, para quienes el dinero, el trabajo mismo es el único ideal, son capaces de esto. ¿Hasta dónde les llena después, hasta dónde les satisface plenamente?

 

“Un disparo a la eternidad”, pp.49-55 s53y05

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado