APRENDED DE MÍ – Mons. Tihamér Toth

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”
(Mt. 11, 29)

¡Qué mandato tan extraño es éste! “Aprended de mí…” ¿Qué debemos aprender, a obrar milagros? No. ¿A resucitar muertos? Tampoco. ¿A curar ciegos? Tampoco. Sino “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Esto es lo principal para el Señor. Aprended de mí a ser: 1° buenos; 2° mansos, y 3º humildes.

1° Aprended de mí, que soy bueno. Y la humanidad aprendió de Él; tan sólo de El aprendió la bondad verdadera. La historia de la filosofía da una lista de hombres sabios, pero los demás, aun de los mejores, aprendieron muy poco. Conocerás sin duda el nombre de los dos grandes filósofos griegos: Platón y Aristóteles. La magnífica doctrina de Platón tocante a la divinidad subyuga todavía hoy al lector, pero no nos consta el nombre de un solo pueblo, de una sola familia, que Platón arrancase de las aberraciones de la idolatría. ¿De qué sirve la filosofía más profunda, si no es más que letra muerta y no sabe hacer mejor al hombre? Piensa en otros grandes hombres como Cicerón, Sócrates, Séneca, ¡qué fogosos son sus discursos sobre los deberes y virtudes del hombre! Pero ¿lograron mejorar un solo hombre? Y he ahí que Jesucristo no filosofa mucho; con toda sencillez se presenta delante de los hombres y mostrándoles su propio ejemplo, les dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Y lo que no pudieron lograr los más grandes filósofos y oradores, lo logra El: santifica y ennoblece a los individuos, familias, naciones; y así seguirá en el porvenir.

2° Aprended de mí, que soy manso. “¿Manso? Esto vale tanto como decir tonto y apocado” —me dirás tal vez asustado—. “¡Manso! Es decir, cobarde, que se traga todas las ofensas, que se acoge a la falda de su madre”. No te asustes. Bien sabía Jesús que en los nervios de un joven de quince o dieciséis años vibra una corriente eléctrica y que discurre por sus venas una lava encendida; no quiere verte acurrucado en un rincón, cabizbajo, mustio. Entonces, ¿cómo se entiende que seas “manso”? Quiere que seas alegre, pero sin desenfreno; que sean valiente, pero no temerario ni altivo; que seas vivaz, y no atolondrado; que seas el primero en el juego y al mismo tiempo esforzado y tenaz en el estudio; que sepas rezar fervorosamente cuando llega la hora de la oración.

¿Has de ser cobarde? No. Pero si alguien te ofende, no le levantes el puño ni le contestes a bofetón limpio, sino con mansedumbre y serenidad bien disciplinada. ¿Has de tragarte todas las injurias? De ninguna manera. Pero has de contestar a la ofensa con dominio varonil. Como lo hizo Nuestro Señor Jesucristo cuando le hirió el soldado: “Si yo he hablado mal, manifiesta lo malo que he dicho: pero si bien, ¿por qué me pegas?” (Jn.18, 23). “Más heroico es —me objetarás— dar una buena trompada al que se burla de mí”. Te equivocas. Responder a la ofensa con ofensa, lo hace cualquiera: si no lo crees, asiste a una riña de gallos; pero conservar el propio dominio y la superioridad frente a una ofensa, sólo puede hacerlo la voluntad humana sujeta a disciplina. La superioridad del hombre sobre los animales se muestra con toda su brillantez justamente en los momentos críticos. ¿Aplaudimos cualquier clase de fuerza? No, sino la fuerza reglamentada, bien encauzada, que obedece a la razón. La dinamita es fuerza. Lo es el rayo de sol. La primera explota y derriba. El segundo hace brotar la vida. Aquélla diríamos que es una fuerza desenfrenada. Éste es una fuerza mansa. Aprende de Jesucristo a ser mansamente fuerte.

3º Aprended de mí, que soy humilde de corazón. Cuando los scouts se internan en los bosques, con su típico uniforme, la camisa y el pantalón kaki se distinguen apenas de las hojas. Si tú no eres scout, trata con todo, de llevar en tu alma, en tus obras, en toda tu vida, el color de la humildad. Si eres el mejor del curso, no lo des a entender por tu comportamiento. Si eres rico, no muestres orgullo ni por asomo. Si tienes inteligencia rápida, no por esto te jactes. Sé profundamente religioso, pero no quieras llamar la atención. Sé cortés, atento, pero no te pavonees con los favores que hayas podido hacer a otros. Sé el consuelo de tus padres que luchan con los contratiempos; ayuda a tus compañeros pobres, infunde alientos a los que lloran…, y todo esto hazlo disimuladamente, como la cosa más natural del -mundo, sin ostentación alguna. Haz como los pájaros cantores que cantan admirablemente de madrugada, pero con tanta naturalidad que ni ellos mismos se dan cuenta; sé como las flores que de sus corolas aterciopeladas despiden fragancia sin notarlo siquiera. Sé afable, caritativo, justo, prudente, generoso, pero sin saberlo tu. Y así serás humilde de corazón, conforme a las enseñanzas de Jesucristo. “Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el reposo para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 29-30).

 

(TihamérToth, El Joven y Cristo, Ed. Gladius, Buenos Aires, 1989, p. 55 – 57)

SOBRE LA ORACIÓN DEL SEÑOR

DESPUÉS DEL ALIMENTO, PEDIMOS EL PERDÓN DE LOS PECADOS

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor
(Cap. 18. 22: CSEL 3, 280-281. 283-284)

Continuamos la oración y decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto, el pan de vida es Cristo, y este pan no es sólo de todos en general, sino también nuestro en particular. Porque, del mismo modo que decimos: Padre nuestro, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en él, de la misma manera decimos: Nuestro pan, ya que Cristo es el pan de los que entramos en contacto con su cuerpo.

Pedimos que se nos dé cada día este pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su eucaristía como alimento saludable no nos veamos privados, por alguna falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del cuerpo de Cristo, ya que él mismo nos enseña: Yo soy el pan vivo bajado del cielo; todo el que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo voy a dar es mi carne ofrecida por la vida del mundo.
Por lo tanto, si él afirma que los que coman de este pan vivirán eternamente, es evidente que los que entran en contacto con su cuerpo y participan rectamente de la eucaristía poseen la vida; por el contrario, es de temer, y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se privan de la unión con el cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmina con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Por eso pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y permanecemos en Cristo no nos apartemos de su cuerpo que nos santifica.

Después de esto, pedimos también por nuestros pecados, diciendo: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados.

Esta petición nos es muy conveniente y provechosa, porque ella nos recuerda que somos pecadores, ya que, al exhortarnos el Señor a pedir el perdón de los pecados, despierta con ello nuestra conciencia. Al mandarnos que pidamos cada día el perdón de nuestros pecados, nos enseña que cada día pecamos, y así nadie puede vanagloriarse de su inocencia ni sucumbir al orgullo.

Es lo mismo que nos advierte Juan en su carta, cuando dice: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y bondadoso es el Señor para perdonarnos y purificarnos de toda iniquidad.

Dos cosas nos enseña en esta carta: que hemos de pedir el perdón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón. Por esto dice que el Señor es fiel, porque él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdonados nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón.

SOBRE LA ORACIÓN DEL SEÑOR

VENGA TU REINO, HÁGASE TU VOLUNTAD

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 13-15: CSEL 3, 275-278)

Prosigue la oración que comentamos: Venga tu reino. Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios, del mismo modo que suplicamos que su nombre sea santificado en nosotros. Porque no hay un solo momento en que Dios deje de reinar, ni puede empezar lo que siempre ha sido y nunca dejará de ser. Pedimos a Dios que venga a nosotros nuestro reino que tenemos prometido, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino que está preparado para vosotros desde la creación del mundo.

También podemos entender, hermanos muy amados, este reino de Dios, cuya venida deseamos cada día, en el sentido de la misma persona de Cristo, cuyo próximo advenimiento es también objeto de nuestros deseos. Él es la resurrección, ya que en él resucitaremos, y por esto podemos identificar el reino de Dios con su persona, ya que en él hemos de reinar. Con razón, pues, pedimos el reino de Dios, esto es, el reino celestial, porque existe también un reino terrestre. Pero el que ya ha renunciado al mundo está por encima de los honores y del reino de este mundo.

Pedimos a continuación: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y misericordia divina. Además, el Señor, dando pruebas de la debilidad humana, que él había asumido, dice: Padre mío, si es posible, que pase este cáliz sin que yo lo beba, y, para dar ejemplo a sus discípulos de que hay que anteponer la voluntad de Dios a la propia, añade: Sin embargo, no se haga mi voluntad, sino la tuya.

La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres; el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a su cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos, en los tormentos la confianza con que luchamos y en la muerte la paciencia que nos obtiene la corona. Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre.

El corazón de Jesús

LA GRAN DEVOCIÓN DE LOS TIEMPOS PRESENTES

P. Alfonso Torres

a) Busca al pecador, se complace en el justo

El corazón de Cristo es herido de dos maneras: por los pecadores, con sus pecados, y por las almas de sus fieles servidores, con los dardos de su amor.

La delicadeza y sensibilidad del Divino Corazón, ¿quién podrá ni rastrearlas? Los atisbos de ellas que alcanzamos cuando meditamos el Evangelio, bastan para que nos persuadamos de que ni de lejos pueden los corazones humanos, aun los más perfectos, compararse con el Corazón de Cristo.

¡Así es el corazón de Cristo! No es tan estrecho el corazón de nuestro Señor como el nuestro; su condescendencia y amor no tienen límites; cuando se halla en presencia del pecador, se desborda, como quien conoce la propia pequeñez.

En el corazón de Cristo se puede morar de tres maneras. Primero, por la mente iluminada por la fe. Segundo, por el corazón encendido en amor. Tercero, por la gracia especial del Espíritu Santo.

Hay que entrar en el corazón: para que nuestros sentimientos sean como los del corazón de Cristo, que no haya ninguna disonancia, y que, cuando oiga Dios las vibraciones, las palpitaciones de nuestro corazón, crea oír el eco, la reminiscencia, los latidos del corazón de su Hijo unigénito.

b) La gran devoción de los tiempos presentes

El reinado del corazón de Jesús es la gran devoción de los tiempos presentes, es la expresión que ha tomado ahora el reino de Dios, y nosotros no podemos comentar la petición Venga a nosotros tu reino sin que al mismo tiempo nos acordemos de ese Corazón divino y le pidamos que definitivamente reine aquí en la tierra.

En los últimos siglos, por causas que no tenemos ahora que analizar, el mundo se ha enfriado en el amor de Dios. Los principios de la fe han sido suplantados por dictámenes tallados en el heterogéneo bloque de una filosofía desviada; los preceptos morales por, por máximas que tienden a entronizar la libertad de la carne. La vida pública de las naciones ha decaído tanto de los ideales evangélicos que ha acabado por ser el reverso de los grandes siglos cristianos. Y Dios, en su adorable providencia, se ha valido de una devoción, calumniada de incrédulos y herejes, para restaurar la fe y el fervor cristianos. No es la primera vez que Dios elige una devoción particular para renovar el mundo. Recuerden lo que fue la devoción del santo Rosario para la edad media. La devoción así elegida viene a ser como símbolo y bandera del Reino de Dios en una época.

Vivían aislados en la tradición cristiana dos elementos que, sin embargo, tenían entre sí relaciones profundas y misteriosas: el amor de Jesucristo y su divino Corazón. Dios, que, en su adorable providencia, va guiando a la Iglesia por las sendas de la santidad, se valió de almas muy interiores y santas para que comenzaran en los siglos medios a meditar y a revelar aquellas profundas y misteriosas relaciones, como quien prepara los gérmenes que más adelante, en los tiempos de fría y desolada incredulidad y herejías crueles y desesperantes, habían de renovar la vida de la Iglesia, y nosotros asistimos a la fecunda floración de esos gérmenes, y vemos el campo del padre de familias cubierto con todas las hermosuras de la devoción al Corazón de Jesús, nuevo lábaro que nos lleva ahora a los combates por el Reino de Dios.

c) Devoción salvadora, pero incomprendida

La devoción al corazón de Jesús se muestra toda misericordia, toda amor; es la devoción del Dios perdonador, del Buen Pastor. El jansenismo no entiende de esto, y en libros y revistas, escritos y conciliábulos, siempre luchó contra la devoción al corazón de Cristo; y tales horrores dijo y tales blasfemias escribió, que no pueden repetirse. Todo fue sacrílegamente atropellado, todo; nada respetaba.

Para los mundanos es incomprensible esta devoción, no hay en ella nada que halague los sentidos {…}. La encuentran ridícula. Y por eso ni la entienden ni la pueden entender.

El verdadero espíritu de la devoción al corazón de Jesús está en lo interior; no es una devoción de novela, popular, cosa vana. Exige prácticas exteriores, pero lo verdadero está en lo interior. Su espíritu consiste en esconderse en el corazón de Cristo, y entiéndase que los más escondidos, los que no son conocidos, los que se alejan del mundo, son los que luchan en la vanguardia. Los que han querido sólo a Dios, los que lo han dejado todo por Él.

SOBRE LA ORACIÓN DEL SEÑOR

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 11-12: CSEL 3, 274-275)

Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos pongamos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.

Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian. Asimismo el Apóstol dice en una de sus cartas: No os pertenecéis a vosotros mismos; habéis sido comprados a precio; en verdad glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.

A continuación añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.

El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna concedernos, cuando dice: Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los rapaces poseerán el reino de Dios. Y en verdad que eso erais algunos; pero fuisteis lavados, fuisteis santificados, fuisteis justificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido santificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Lo que pedimos, pues, es que permanezca en nosotros esta santificación y —acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó a aquel hombre que él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor— no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia.

SOBRE LA ORACIÓN DEL SEÑOR

NUESTRA ORACIÓN ES PÚBLICA Y COMÚN

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 8-9: CSEL 3, 271-272)

Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en el cielo», ni: «Dame hoy mi pan de cada día», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.

El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces —dice— los tres, a una sola voz, se pusieron a cantar, glorificando y bendiciendo a Dios. Oraban los tres a una sola voz, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.

Por eso fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos —dice la Escritura— perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de éste. Perseveraban unánimes en la oración, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.

¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vuestra oración —dice el Señor— ha de ser así: «Padre nuestro, que estás en el cielo.»

El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a los suyos —dice el Evangelio— y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en el cielo.

PREPARADA POR EL ALTÍSIMO

De las Homilías de san Bernardo, abad, Sobre las excelencias de la Virgen Madre

(Homilía 2, 1-2. 4: Opera omnia, edición cisterciense, 4, [1966], 21-23)
El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Virgen; asimismo, la dignidad de la Virgen demandaba que quien naciere de ella no fuere otro que el mismo Dios. Por esto el Hacedor del hombre, al hacerse hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que elegir, mejor dicho, que formar para sí, entre todas, una madre tal cual él sabía que había de serle conveniente y agradable.
Quiso, pues, nacer de una virgen inmaculada, él, el inmaculado, que venía a limpiar las máculas de todos.
Quiso que su madre fuese humilde, ya que él, manso y humilde de corazón, había de dar a todos el ejemplo necesario y saludable de estas virtudes. Y el mismo que ya antes había inspirado a la Virgen el propósito de la virginidad y la había enriquecido con el don de la humildad le otorgó también el don de la maternidad divina.
De otro modo, ¿cómo el ángel hubiese podido saludarla después como llena de gracia, si hubiera habido en ella algo, por poco que fuese, que no poseyera por gracia? Así pues, la que había de concebir y dar a luz al Santo de los santos recibió el don de la virginidad para que fuese santa en el cuerpo, el don de la humildad para que fuese santa en el espíritu.
Así engalanada con las joyas de estas virtudes, resplandeciente con la doble hermosura de su alma y de su cuerpo, conocida en los cielos por su belleza y atractivo, la Virgen regia atrajo sobre sí las miradas de los que allí habitan, hasta el punto de enamorar al mismo Rey y de hacer venir al mensajero celestial.
Fue enviado el ángel, dice el Evangelio, a la Virgen. Virgen en su cuerpo, virgen en su alma, virgen por su decisión, virgen, finalmente, tal cual la describe el Apóstol, santa en el cuerpo y en el alma; no hallada recientemente y por casualidad, sino elegida desde la eternidad, predestinada y preparada por el Altísimo para él mismo, guardada por los ángeles, designada anticipadamente por los padres antiguos, prometida por los profetas.

SOBRE LA ORACIÓN DEL SEÑOR

LA ORACIÓN HA DE SALIR DE UN CORAZÓN HUMILDE

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor
(Cap. 4-6: CSEL 3, 268-270)

Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque así como es propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con un tono de voz moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está presente en todas partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito: ¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no soy Dios también de lejos? Si alguno se esconde en su escondrijo, ¿acaso no lo veo yo? ¿Acaso no lleno yo el cielo y la tierra? Y también: En todo lugar los ojos de Dios observan a malos y buenos.

Y, cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones, deshaciéndonos en un torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros pensamientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas:
¿Por qué pensáis tan mal? Y en otro lugar: Así conocerán todas las Iglesias que yo soy quien escudriña las entrañas y los corazones.

De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el corazón, porque sabía que así el Señor la escuchaba, y, de este modo, consiguió lo que pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba interiormente, y no se oía su voz aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en los salmos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mismo nos sugiere y enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que adorarte en lo interior, Señor.

El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba los pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina misericordia, mientras que el fariseo oraba satisfecho de sí mismo; y fue justificado el publicano, porque, al orar, no puso la esperanza de la salvación en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es inocente, sino que oró confesando humildemente sus pecados, y aquel que perdona a los humildes escuchó su oración.

 

“No se haga Mi voluntad, sino la Tuya”

Misa crismal en Getsemaní

 

“Tanto cuando trabajaba en Nazaret como cuando iba por los caminos de Galilea o hablaba con sus apóstoles o se retiraba a orar en el monte, Jesús siempre tenía conciencia de su sacerdocio. Lo mismo debiera decirse de nosotros, porque no dejamos de ser sacerdotes cuando bajamos del altar, sino que seguimos siéndolo dondequiera y siempre. A la manera de Jesús, vivamos siempre con el alma vuelta a los intereses de Dios”

Dom Columba Marmion

 

Vivir en Tierra Santa es una de esas muchas gracias del Cielo para las cuales el agradecimiento parece siempre quedarse corto; es decir, fue el paso del mismo Dios encarnado el que santificó esta tierra… y luego su madre, sus discípulos, sus mártires, y tantas otras almas buenas que se dejaron abrazar por el aroma sobrenatural de la santidad que Jesucristo dejó por aquí, el mismo que comienza a perfumar las vidas que se lo permitan. Y es por esto que, al ser toda Tierra Santa un verdadero y enorme relicario, que abarca desde los más hermosos santuarios hasta las más sencillas ruinas y vestigios… y hasta el desierto y las piedras de las ciudades como la afamada Jerusalén y tantas otras; se comprende que, por fuerza, todo aquí sea especial: por aquí Jesucristo predicó, y por allá se encarnó, y en tal lugar hizo tales milagros y en tal otro se retiró a orar; y así podríamos seguir por horas a la luz de los santos Evangelios. En definitiva, en Tierra Santa tenemos innumerables lugares para elegir qué meditar: qué suceso de la vida terrena del Hijo de Dios, qué aspecto de la doctrina del Redentor, qué pasajes o palabras, y hasta con la correspondiente geografía casi intacta en algunos casos; así de maravillosa, así de profunda, así de fecunda y así de santificante es Tierra Santa para las almas devotas.

Pues bien, uno de los santos lugares que, personalmente más me ha impactado siempre, es Getsemaní: el huerto de los olivos, donde esta mañana, por gracia de Dios, hemos podido participar de la santa Misa Crismal de este año. La pasada guerra obligó a trasladar la celebración; y la actual paz permitió que en este día, más de 60 sacerdotes y varios obispos, junto con el Patriarca Latino de Jerusalén, pudiéramos rezar en uno de los lugares santos más significativos, especialmente para nosotros los sacerdotes; pues fue exactamente en Getsemaní donde nuestro Señor Jesucristo pronunció esas piadosísimas palabras tan sacerdotales y tan impregnadas de su amor hasta el extremo, que vienen a nosotros inevitablemente cada vez que nos situamos delante de “la roca de la agonía’’, al centro del santuario, y que nos recuerdan el culmen de la entrega amorosa del Cordero de Dios: “Padre, si es tu voluntad, aparta de Mí este cáliz ; pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya”. ¡Oh, Getsemaní!; ¡Testigo silencioso del ofrecimiento absoluto del Hijo de Dios, que entre tus olivos ofreció al Padre su sacratísima voluntad para redimirnos!

Mientras los discípulos dormían, el Sacerdote eterno sellaba la nueva alianza con la sangre que desde antes de la cruz ya comenzaba salir; mirando desde aquel primer jueves santo de la historia, a todas las almas que se beneficiarían de su sacrificio; y de manera particular a las almas elegidas para entregar también la voluntad al Padre celestial mediante la sagrada unción del crisma: los sacerdotes de la nueva alianza, llamados a imitar la entrega total de la vida al servicio de nuestro Señor.

En Getsemaní, es difícil apartar los ojos de la roca de la agonía; es decir, allí nuestro Señor abrió su corazón sufriente de tal manera que, posteriormente, el Cielo decidió enviar un ángel para consolarlo (Lc 22, 43)… oficio que, a pesar de nuestras limitaciones, también nosotros debemos asumir a nuestra manera, limitada, imperfecta, sí, pero no por eso menos importante para el Sagrado Corazón que se consuela en quienes aceptan su perdón y emprenden una generosa conversión; en quienes se desentienden del mundo para dedicarse a buscar una unión mucho más profunda con nuestro gran Amador. Oh, Getsemaní, escenario lúgubre del amor de Dios por los hombres apresado por la injusticia, ofrecido a los injustos, entregado por el mundo entero.

Es difícil explicar la emoción de renovar nuestras promesas sacerdotales de cara a la roca donde, antaño según atestigua la Tradición, nuestro amado Señor aceptara el cáliz de la Pasión bajo la Paternal mirada, misma que observaba a sus ministros afirmando nuevamente el triple “Quiero” que responde con precisión y aceptación sacerdotal a cada pregunta del celebrante principal: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con Él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?” Cada pregunta implica un examen de conciencia, una consideración estricta de nosotros mismos sobre cómo hemos venido llevando nuestro sacerdocio, siempre en orden a mejorar, a dar y darse más, a morir más; y a no quedarse con el cáliz en la mano sino también beberlo, porque Jesucristo lo bebió e invita a sus sacerdotes a beberlo también. Y si alguna vez nos hemos quedado dormidos en “nuestro Getsemaní”, es momento de despertar, de escribir la historia de los apóstoles que no abandonan cuando aparecen los soldados, que cumplen sus promesas de ir hasta la muerte junto al Señor con tal de mantenerse fieles, si Él así lo dispone, y de escribir en nuestros corazones las palabras que definen a las vidas que se entregan a Dios sin condiciones, mismas que nos enseñó nuestro Señor en el huerto de los olivos: “…no se haga Mi voluntad, sino la Tuya”, y que espera especialmente de sus sacerdotes, no tanto con los labios, sino más bien expresadas con la vida, una vida dedicada a ofrecerse en todo lo que el Padre, en su infinita sabiduría e insondable bondad haya dispuesto, como se puede contemplar en su querido Hijo, de manera especial en el silencio de Getsemaní.

P. Jason.

“OS HE DADO PASTORES SEGÚN MI CORAZÓN”

Domingo XIº T.O – Año A

Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas… Mt 9, 36-10,8

Hay un tema en el que me gusta pensar a veces y que pretendo algún día poder desarrollar más, con la gracia de Dios, y es el tema de las miradas de Nuestro Señor Jesucristo. Miradas tan poderosas. Miradas de un Dios. Miradas de un hombre. Miradas divinas por medio de ojos humanos. Realmente se puede profundizar muchísimo en cada pasaje del Evangelio donde se narra que nuestro Señor ha mirado, o ha visto algo. El Evangelio de este domingo es uno de estos.

Dice el Evangelio que Jesús, al ver a las gentes, se compadecía de ellas… Es un detalle que remarca mucho el sentimiento que movía al Señor a hacer todas las cosas que tenía que hacer. Digamos que este sentimiento era doble: por un lado, hacia el Padre, por estar siempre aplicado a hacer Su voluntad, como el mismo Jesús ha dicho en distintos pasajes; por otro lado, tenemos el sentimiento de misericordia o, para usar el término del Evangelio de hoy, compasión, que tenía Él por las gentes. Jesús, al ver a las personas, perdidas, extenuadas, abandonadas como estaban, se compadeció de ellas. En verdad no solamente tuvo compasión, misericordia, sino que el Señor es, Él mismo el “rostro de la misericordia del Padre”.

Santo Tomás de Aquino directamente relaciona a la compasión a la misericordia, cuando en la Suma Teológica pone a la primera [compasión] dentro de la definición de la segunda: “La misericordia es la compasión de nuestro corazón por la miseria ajena, que nos impulsa a socorrerla si está en nuestro poder.” (S.Th., II-II, q.30, a.1) ¡Qué preciosa descripción! No solamente que siente, o padece (cum passio) por las miserias ajenas, sino que hay una fuerza que lo impulsa a socorrerla. Santo Tomás aclara que, esto lo hace la persona si está en su poder, con mucho mayor razón se podría aplicar esta definición a la misericordia que tenía, o mejor dicho, que tiene nuestro Señor por nosotros. Él es el que tiene todo el Poder, la Fuerza y más, el Amor, la voluntad, podríamos decir, tiene ganas de socorrernos. Este socorro que el Señor nos puede dar puede realizarse de muchos modos, Jesús es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, todo fue hecho por Él y sin Él nada de lo que existe fue hecho.

En la primera lectura de hoy, hemos escuchado en el libro del Éxodo, que el Señor le dice a su pueblo que si ellos escuchasen a la voz del Señor y guardasen su alianza, ellos serían “propiedad personal” del Señor, tomado de entre todos los pueblos. El Salmista lo confirma en el Salmo 99, diciendo que el “Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.” Para luego seguir diciendo que el Señor es “bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades”. Y todo esto, cuando nosotros todavía no éramos cercanos a Él. En efecto, lo dice San Pablo a los Romanos en la segunda lectura: “Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!” (cfr. Rm 5,6-11).

Sin embargo, un detalle interesante, que me ha llamado la atención, es el “medio”, podríamos decirlo así, con el que el Señor decide “remediar” la miseria de este pueblo, de Su pueblo. Elige de en medio de sus discípulos a doce, a Los Doce, para ser columnas y fundamentos de la Nueva Jerusalén, como ha sido revelado a san Juan en el Apocalipsis. Es decir, que Cristo, para remediar la miseria de su pueblo, que estaba extenuado y abandonado, les da pastores.

Es algo muy lógico, pues sabemos que estaban abandonados y extenuados justamente porque parecían ovejas que no tienen pastor. Pastores existieron, existen y existirán muchos a lo largo del tiempo, pero los verdaderos pastores, los que conocen a sus ovejas, y a los que las ovejas les reconocen su voz, esos son pocos en verdad: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos…

¿Qué quiere decir todo esto, queridos hermanos? Quiere decir que para que encontremos alivio, descanso, auxilio en nuestro camino en el rebaño del Señor, como pueblo elegido, pueblo Suyo, esta “nación santa”, como bien nos recuerda la primera lectura, debemos buscar los auxilios que nos ha dejado el mismo Señor.

No es mi intención aquí hacer un sermón apologético, en defensa de la verdadera Iglesia de Cristo, la Iglesia católica -aunque podría ser de mucho provecho-, lo que quiero simplemente es remarcar la necesidad que nosotros, todos nosotros, incluyéndome en este grupo, tenemos de los pastores de la Iglesia para nuestro paso por este mundo, para nuestro camino espiritual.

Somos enviados siempre como mansos corderos en medio de lobos feroces. El Señor nos manda ser discípulos suyos viviendo en un mundo feroz, que intenta sumergirnos a todos en el más profundo abismo de perdición, buscando placeres, deleites, gozos momentáneos, cosas efímeras que no valen realmente nada para la verdadera Vida, para la Eternidad. Y nosotros, además de esto, nos vemos acechados por el demonio, que intenta seducirnos, utilizando no solamente el mundo como secuaz, pero también a nuestra misma carne, aumentando exponencialmente el horror al sufrimiento, el miedo a cualquier molestia, promoviendo el bienestar a cualquier costo.

Justamente en contra de esto es que el Señor ha enviado también a nosotros, su pueblo y ovejas de su rebaño, los pastores, en la figura de los obispos principalmente, pero de manera participada también en todos los sacerdotes. Escuchemos nuevamente las instrucciones que les da nuestro Señor apenas elige a los Doce: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios.”

Todas estas cosas que nos acechan, que nos fatigan, nos hacen caminar en pesadez, desconsolados en medio a este valle de lágrimas del mundo actual en que vivimos. Dos de los más hermosos auxilios que nos dejó el Señor en sus pastores, son la Eucaristía y la Confesión. En efecto, ¿en qué otro lugar, o con qué otras personas, fuera de los pastores, de nuestros pastores, de los pastores de la Iglesia, nosotros podemos encontrar el Pan de la Vida como alimento de nuestra alma, y al perdón de los pecados, que borra nuestras culpas?; ¿Cómo podríamos sobrevivir en un mundo tan terrible como el que vivimos, si no tuviéramos una fuente segura donde encontrar alivio, refugio, auxilio en los momentos de tentación, de miedo, de desesperación?

Realmente, el Señor al mirar a la gente -y aquí subrayemos que el Señor seguramente vio a las generaciones futuras, nos vio a nosotros, seamos sacerdotes, religiosos, laicos, lo que sea-, se compadeció de nosotros y quiso dejarnos este remedio.

Por esto es que, en esta Santa Misa, le vamos a pedir, le vamos a suplicar a la Virgen María, a su Inmaculado Corazón, que nos obtenga la gracia de realmente experimentar este alivio, este socorro, este auxilio que podemos encontrar siempre en los pastores de la Iglesia, y que sepamos valorarlo como se merece, y que aprendamos a no tenerles miedo, y acercarnos a ellos siempre, porque al final, “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.” (Sal 99)

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado