Discurso de San Hipólito contra la herejía de Noeto (9-12)
Hermanos, hay un Dios, cuyo conocimiento obtenemos de las Sagradas Escrituras, y de ninguna otra fuente. Porque así como un hombre, si desea ser hábil en la sabiduría de este mundo, se verá incapaz de alcanzarla de otra manera que dominando los dogmas de los filósofos, así todos los que deseamos practicar la piedad seremos incapaz de aprender su práctica de ningún otro lugar que no sean los oráculos de Dios.
Cualesquiera cosas, pues, declaran las Sagradas Escrituras, tomemos en cuenta estas cosas; y todo lo que ellos enseñen, esto aprendamos nosotros; y como el Padre quiere que creamos, creamos; y como Él quiere que el Hijo sea glorificado, glorifiquémosle; y como Él quiere que se nos conceda el Espíritu Santo, recibámoslo. No según nuestra propia voluntad, ni según nuestra propia mente , ni tampoco usando violentamente las cosas que Dios nos ha dado, sino que así como Él ha escogido enseñarlas por las Sagradas Escrituras, así hemos de discernirlas.
Dios, subsistiendo solo y sin tener nada contemporáneo a sí mismo, decidió crear el mundo. Y concebiendo el mundo en mente, y queriendo y pronunciando la palabra, la hizo; y al momento apareció, formado como le había agradado. Para nosotros, entonces, basta simplemente con saber que no hubo nada contemporáneo de Dios. Aparte de Él no había nada; pero Él, aunque existía solo, existía en pluralidad. Porque Él no carecía de razón, ni de sabiduría, ni de poder, ni de consejo, y todas las cosas estaban en Él, y Él era el Todo.
Cuando quiso y como quiso, manifestó su palabra en los tiempos por él determinados, y por él hizo todas las cosas. Cuando quiere, lo hace; y cuando piensa, ejecuta; y cuando habla, se manifiesta; cuando Él modela, lo hace con sabiduría. A todas las cosas hechas, Él las forma mediante la razón y la sabiduría, creándolas en la razón y disponiéndolas en la sabiduría. Los hizo, pues, como quiso, porque era Dios.
Como Autor, Consejero y Estructurador de las cosas que están en formación, Él engendró al Verbo; y como Él lleva esta Palabra en sí mismo, a este mundo invisible Él hizo visible; y pronunciando la voz primero, y engendrándolo como Luz de Luz, lo presentó al mundo como su Señor y su propia mente. Siendo antes visible sólo para sí mismo e invisible para el mundo que está hecho, lo hace visible para que el mundo pueda verle en su manifestación y poder salvarse.
Y así apareció otro, aparte de Él. Pero cuando digo otro no quiero decir que haya dos dioses, sino que es sólo como luz de luz, o como agua de una fuente, o como rayo del sol. Porque sólo hay un poder, que proviene del Todo; y el Padre es el Todo, de quien proviene este Poder, el Verbo. Y esta es la mente que vino al mundo y se manifestó como el Hijo de Dios. Todas las cosas, pues, son por Él, y sólo Él es del Padre.
¿Quién, pues, aduce una multitud de dioses traídos una y otra vez? Porque todos están cerrados, aunque sea de mala gana, a admitir este hecho: que el Todo se convierte en uno. Entonces, si todas las cosas convergen en una, incluso según Valentin, Marción, Cerinto y todas sus tonterías, también se ven reducidos, aunque sea de mala gana, a esta posición de que deben reconocer que el Uno es la causa de todo. Todas las cosas. Así, pues, también éstos, aunque no lo quieran, coinciden con la verdad y admiten que un solo Dios hizo todas las cosas según su buena voluntad. Y dio la ley y los profetas; y al dárselos, les hizo hablar por el Espíritu Santo, para que, dotados de la inspiración del poder del Padre, declararan el consejo y la voluntad del Padre.
Actuando entonces en estos profetas, el Verbo habló de sí mismo. Porque ya Él se convirtió en su propio heraldo, y mostró que la Palabra sería manifestada entre los hombres. Y por eso clamó así: Me he manifestado a los que no me buscaban; Me encontré con los que no preguntaban por mí. ¿Y quién es el que se manifiesta sino el Verbo del Padre, a quien el Padre envió, y en quien mostró a los hombres el poder que procede de él?
Así, pues, se manifestó el Verbo, como dice el bienaventurado Juan. Porque resume las cosas dichas por los profetas y muestra que éste es el Verbo por quien fueron hechas todas las cosas. Porque habla de este modo: En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada fue hecho. Y debajo dice: El mundo fue hecho por él, y el mundo no le conoció; A los suyos vino, y los suyos no le recibieron.
Por tanto, si el mundo fue hecho por él, según la palabra del profeta, y por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, entonces ésta es la Palabra que también se manifestó. En consecuencia, vemos al Verbo encarnado, conocemos al Padre por Él, creemos en el Hijo y adoramos al Espíritu Santo. Entonces miremos el testimonio de las Escrituras con respecto al anuncio de la futura manifestación de la Palabra.