Desde la casa de santa Ana

“TRABAJOS EN EL MONASTERIO”
(Nueva cruz para el jardín)

“En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los «nuevos cielos y otra tierra nueva», los cuales precisamente mediante la fatiga del trabajo son participados por el hombre y por el mundo. A través del cansancio y jamás sin él. Esto confirma, por una parte, lo indispensable de la cruz en la espiritualidad del trabajo humano; pero, por otra parte, se descubre en esta cruz y fatiga, un bien nuevo que comienza con el mismo trabajo: con el trabajo entendido en profundidad y bajo todos sus aspectos, y jamás sin él.” (San Juan Pablo II)

Queridos amigos:
Queremos agradecer sus oraciones y mensajes por el monasterio y junto con ello compartirles algunas fotos de los últimos trabajos, como la nueva cruz -más alta-, ya que la anterior se había deteriorado mucho por ser de madera vieja, al punto de caerse.

Ciertamente que el mantenimiento del lugar es trabajo de todo el año, pero poder realizarlo es siempre motivo para agradecer y seguir pidiendo oraciones, especialmente por la fidelidad de todos los consagrados, para que seamos fieles a la misión que Dios nos ha encomendado, a cada uno de nosotros, y que podamos así seguir correspondiendo con nuestras oraciones y frecimientos por las necesidades de la Iglesia y del mundo entero.

Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.

“San José y san Francisco, finalmente en la capilla”

“Desde la casa de santa Ana”

 

Queridos amigos:

Hace un par de años nos regalaron dos hermosas y significativas imágenes: san José con el Niñito Jesús, a quien tanto le debemos, comenzando por su atento cuidado del Hijo de Dios y su madre, además de innumerables gracias para nuestra comunidad; y san Francisco de Asís, santo fundador gracias al cual hoy en día los padres y hermanos franciscanos han podido mantener tantos santos lugares, con quienes tenemos un trato verdaderamente familiar y en la misma liturgia cuando podemos. Pues bien, había un inconveniente más: estaban en bastante mal estado, pero pese a eso los recibimos gustosos esperando la oportunidad de mandarlos a restaurar, lo cual debido a diversas circunstancias se nos hizo sumamente difícil… hasta ahora, en que por gracia de Dios se pudo concretar. Luego de haber recibido las imágenes, con las extremidades faltantes restauradas, las partes agrietadas reparadas y con la notable nueva viveza de sus colores, solamente nos faltaban los pedestales, los cuales ayer pudimos recibir, hechos y terminados hermosamente en Belén y traídos directamente a la casa de santa Ana. Y para celebrar de manera especial este día de la Asunción del Señor (celebrado hoy jueves en esta parte, aunque por motivos pastorales se traslada a veces al Domingo), además recibimos la visita del P. Carlos Ferrero, nuestro Provincial (quien concelebró la santa Misa en la capilla con “los nuevos integrantes”), junto con el P. Marcelo Gallardo, para compartir un tiempo en familia.
Agradecemos como siempre a Dios, que tiene sus tiempos y sus razones para obrar, permitiéndonos ser partícipes de estos “pequeños detalles” que podrán contemplar los peregrinos cuando regresen a visitar los santos lugares; y también agradecemos sus oraciones por nuestro sencillo monasterio, y que desde acá correspondemos con las nuestras.

Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.

Reacción cristiana ante la angustia

¿Qué hacer, Señor?…

San Alberto Hurtado

 

  El alma que se ha purificado en el amor con frecuencia es atormentada por la angustia. No la angustia de su propia suerte: tiene demasiado amor, espera profundamente, como para detenerse en la consideración de sus propios males. Él se sabe pequeño y débil, pero buscado por Dios y amado de Él…

Es la miseria del mundo la que le angustia. La locura de los hombres, su ignorancia, sus ambiciones, sus cobardías, el egoísmo de los pueblos, el egoísmo de las clases, la obstinación de la burguesía que no comprende, su mediocridad moral, el llamado ardiente y puro de las masas, la vista tan corta, a veces el odio de sus jefes. El olvido de la justicia. La inmensidad de ranchos y pocilgas. Los salarios insuficientes o mal utilizados. El alcoholismo, la tuberculosis, la sífilis, la promiscuidad, el aire impuro. El espectáculo banal, el espectáculo carnal, tantos bares, tantos cafés dudosos, tanta necesidad de olvido, tanta evasión, tanto desperdicio de las formas de la vida. Tanta mediocridad en los ricos como en los pobres. Una humanidad loca, que se aturde con música barata y que luego se bate.

El alma se siente sobrecogida por una gran angustia. La miseria del mundo, que se ha ido a vivir en su alma, tortura el alma. El corazón va como a estallar. Ya no puede más. Las entrañas se aprietan, la angustia sube del corazón y estrecha la garganta.

¿Qué hacer, Señor? ¿Hay que declararse impotente, aceptar la derrota, gritar: sálvese quien pueda? ¿Hay que apartarse de este arroyo mal oliente? ¿Hay que escaparse de este delirio?

No. Todos estos hombres son mis hermanos queridos, todos sin excepción alguna. Esperan que se los ilumine. Necesitan la Buena Nueva. Están dispuestos a recibir la comunicación del Espíritu, con tal que se les comunique; con tal que haya alguien que por ellos haya pensado, haya llorado, haya amado; con tal que haya alguien que esté cerca de ellos muy cerca para comprenderlos y echarlos a caminar; con tal que haya alguien que, antes que nada, ame apasionadamente la verdad y la justicia, y que las viva intensamente.

Con tal que haya alguien que sea capaz de liberarlos, de ayudarlos a descubrir su propia riqueza, la que está oculta en su interior, en la luz verdadera, en la alegría fraternal, en deseo profundo de Dios.

Con tal que quien quiera ayudarlos haya reflexionado bastante para captar todo el universo en su mirada, el universo que busca a Dios, el universo que lleva el hombre para hacerlo llegar a Dios, mediante la ayuda mutua de los hermanos, hechos para amarse, para cooperar en el reparto equitativo de las cargas y de los frutos; mediante el análisis de la realidad sobre la cual hay que operar, por la previsión de los éxitos y de las derrotas, por la intervención inteligente, por la sabiduría política en fin reconquistada, por la adhesión a toda verdad; por la adhesión a Cristo en la fe. Por la esperanza. Por el don pleno de mí mismo a Dios y a la humanidad, y de todos aquellos a los cuales voy a llevar el mensaje y a encender la llama de la verdad y del amor.

Documento del Padre Hurtado redactado en París, en noviembre de 1947.

 

Es la devoción al amor de Cristo…

Devoción al Sagrado Corazón

Extracto de Consagración de hombres al Sagrado Corazón. Catedral de Santiago en 1940.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en su más íntimo sentido, es tan antigua como el cristianismo. Tiene como libro fundamental los Evangelios, en particular el de San Juan donde el Corazón de Cristo se expansiona con ternura infinita. Es la devoción al amor de Cristo, al amor increado del Dios Eterno y al amor creado de la persona adorable de Cristo, amor que se simboliza en su corazón.

El amor de Cristo…

Dios nos ha amado desde toda eternidad, mejor dicho me ha amado, no lo olvidemos, me ha amado… Él me amó, y si estoy sobre la tierra es porque Él resolvió crearme para darme su vida como vida mía, para hacerme participante de su eterna alegría, para que mi pensamiento lo conozca íntimamente y me revele sus secretos más íntimos y me los revelará siempre nuevos… por toda una eternidad. Mi voluntad, sedienta de amor, ha sido creada, no para ser perpetuamente atormentada, sino para sumirse en la posesión de Dios que aspira a dárseme totalmente y entregarse a mí, como jamás una esposa se ha entregado con tanto cariño a su esposo, ni un amigo con tanta lealtad de espíritu a su amigo.

Ese es el plan eterno de Dios sobre mí, el único que Dios podía concebir, el único digno de Él. Y para que pudiese amarlo libremente me dio fuerzas abundantes, me reveló su vida, envió al mundo profetas que me enseñaran el camino, habla Él mismo en el fondo del alma humana con voces secretas que llamamos la voz de la conciencia y las inspiraciones del espíritu. Y como todos estos medios no bastaron para levantar al hombre, a todos los hombres, se decide a la suprema muestra de amor, a darnos su propio Hijo para que se hiciese hombre, como nosotros, y muriese por nosotros en la cruz. Y todo esto por el hombre, por mí.

Esta idea es la que volvía loco el corazón generoso de San Pablo. Me amó y se entregó a la muerte por mí…. también por mí. El Dios inmenso me amó. ¡Si lo meditara, cómo debería vibrar con entusiasmo mi corazón! Los hombres nos damos poco, pero Cristo se dio por entero.

¿Quién es esta criatura amada por Cristo? ¿Serán sólo las almas escogidas, algunos de esos héroes de la santidad? Puede que ellos tengan derecho a pensar que Cristo los ame, pero ¿y los demás? ¿Y nosotros? ¿Y los pobres pecadores atrapados en el pecado? ¿Los habrá amado Cristo también a ellos?

Sí, también a ellos Cristo los amó. El los ama a todos, aun a los más miserables de los hombres, los pecadores, los desamparados, los abandonados del mundo, los publícanos y salteadores, todos ellos son amados por Cristo, y a semejanza de aquel buen ladrón cuando quieren oír la palabra de Cristo, se transforman en santos.

Hay y ha habido siempre grupos de personas en todos los países, en todas las condiciones sociales y en todas las edades para quienes la vida tiene sentido en el amor. Hay vidas para quienes su primer valor es Cristo, su doctrina, que hacen en la medida de sus fuerzas del amor de Cristo, la suprema aspiración de su vida… A esos venimos a agregarnos nosotros. Y este es el sentido de nuestra consagración que vamos a renovar ahora.

Esta consagración, hermanos, que no sea una fórmula más que venga a agregarse a otras; que no sea un rezo más que venga a incrementar las prácticas de piedad… No, por favor, que no sea ese su sentido último. Nuestra piedad ordinaria padece, por desgracia, de ese defecto. Es un todo formado de multitud de piedras aisladas que carece de unidad. Son devociones, mandas, santos, actos aislados de piedad, todos ellos necesarios o al menos útiles. Pero que no falte lo esencial, el alma de la cual sacan su valor todas estas prácticas. Esa alma es el amor apasionado a Cristo.

La consagración no es una fórmula que se recita, no es un escapulario más que se agrega a otros, ni una imagen más que viene a adornas nuestro hogar. No, todo eso es muy secundario. La consagración es la entrega de nuestra vida entera, de nuestro querer, ser y poseer a Cristo. Nuestra consagración significará para ustedes un interesarse por todo lo que Cristo se interesó, amar lo que Cristo amó, y se traduce en esta sublime fórmula, en vivir ahora, como viviría Cristo si estuviese en mi lugar.

Esta consagración significa, por tanto, interesarse por la cosa pública como Cristo se interesaría, esto es inscribirse en los registros electorales, no desinteresarse de los grandes intereses de la Nación por egoísmo, pesimismo o lo que es más común por monstruosa apatía e indiferencia a todo lo que no le atañe a él. La consagración trae consigo una actitud de paz, de caridad, de amor entre los hombres que aman a Cristo, sin odios, sin rencillas, sin susceptibilidades. La consagración significa una actitud ante los pobres de comprensión de su situación, de interés por sus almas y por sus cuerpos, de sacrificio de todo lo superfluo por amor a Cristo en nuestros hermanos. La consagración trae consigo sacrificar de las propias comodidades lo necesario para hacer vivir a los demás.

La consagración significará en todos esa valorización de los espiritual por encima de la materia, del amor de Cristo por sobre los bienes del mundo y se resumirá en una entrega de todas nuestras vidas a Cristo para no tener otro ideal hacer lo que haría un maestro.

San Alberto Hurtado S.J.

Triduo Pascual en Séforis

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:

Pese a las especiales circunstancias de esta Semana Santa, por gracia de Dios pudimos celebrar el Triduo Pascual, con las debidas disposiciones e indicaciones para cada lugar, como familia religiosa.

“En el Misterio pascual está el sentido y el culmen de la historia humana. «Por ello –subraya el Catecismo de la Iglesia Católica–, la Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la “Fiesta de las fiestas”, “Solemnidad de las solemnidades”, como la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el gran sacramento). San Atanasio la llama “el gran domingo” (Ep. fest. 329) así como la Semana Santa es llamada en oriente “la gran semana”. El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía hasta que todo le esté sometido»” (San Juan Pablo II)

Con la participación y ayuda de las hermanas SSVM, pudimos celebrar el Triduo Pascual lo mejor posible, y gracias a lo significativo de este lugar, la liturgia fue de gran provecho para todos, sea en ella misma y todos sus signos, las lecturas, los salmos, predicaciones, etc.

Dios jamás se deja ganar en generosidad y nos regaló esta oportunidad de rezar por todo el mundo de manera especial en este tiempo.

Nos encomendamos a sus oraciones y pedimos por la conversión y santificación de las almas, especialmente las más alejadas del Creador, en quien siempre encuentran nuestras almas fortaleza, confianza, caridad y todo lo que necesitamos para caminar al Cielo, donde nos espera quien venció a la muerte y el pecado, como el gran triunfador, porque ¡Jesucristo resucitó!

En Cristo y María:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,

Séforis, Tierra Santa. 

El Santo Sepulcro

Impresiones de Tierra Santa

 

P. Jason Jorquera M.

Visitar la capilla del Santo Sepulcro, constituye una verdadera confirmación y, a la vez, anticipo del triunfo definitivo de nuestra fe; porque el Santo Sepulcro se ha convertido en una especie de síntesis de la historia de la salvación: he ahí el lugar de la Cruz, la que partió la roca en dos; he ahí un trozo de la columna en la que fue azotado nuestro Señor Jesucristo; he ahí el lugar donde fue ungido su sacrosanto cuerpo luego de expirar, conmemorado por una fragante piedra de mármol; he ahí la roca donde estuvo sentado el ángel que preguntaba a la Magdalena la causa de sus lágrimas, cuando ya no había más motivo[1]; he ahí también el sepulcro vacío, porque si no estuviera vacío -siguiendo al apóstol de los gentiles-, vana sería nuestra fe[2].

     La mañana del Domingo de Resurrección, aconteció un hecho demasiado grande como para quedar contenido en el sepulcro, y esta es la causa de que podamos decir que “la grandeza del hecho de la Resurrección no cabía en el sepulcro, y fue por esto que se quedó vacío”. Pero dejando a un lado la metáfora, hay que atender primero a la realidad, en la que aquella tiene su fundamento, y esta genuina realidad no es otra que el triunfo glorioso del Mesías que arrastra consigo la redención de la humanidad y la constatación del cumplimiento de las arcaicas profecías en Jesús de Nazaret, nacido de una mujer, nacido bajo la ley[3]…, y verdaderamente Hijo de Dios, como bien lo afirmó delante del colegio apostólico nuestro primer Papa en el instante previo a recibir el vicariato[4]. Por lo tanto, hablar del Santo Sepulcro –reiteramos- es hablar de la Resurrección, y hablar de la Resurrección es hablar inseparablemente de la victoria de Jesucristo.

***

     Hoy en día, por extraño que parezca, nos encontramos con muchos discípulos como Cleofás camino de Emaús[5], es decir, que habiendo constatado la trayectoria salvífica del siervo sufriente[6] vaticinado por las Sagradas Escrituras, sin embargo, se quedaron con los ojos puestos en el Calvario olvidándose de que así tenía que suceder[7] para que se cumpliera la profecía figurada en Jonás[8] en referencia directa al Cordero de Dios[9]: he aquí el gran peligro del cual nos advierte el santo jesuita, y del cual nos libra la fe: “Los peces del océano viven en agua salada y a pesar del medio salado, tenemos que echarles sal cuando los comemos: se conservan insípidos, sosos. Así podemos vivir en la alegría de la resurrección sin empaparnos de ella: sosos. Debemos empaparnos, pues, en la resurrección. El mensaje de la resurrección es alentador, porque es el triunfo completo de la bondad de Cristo.”[10] Y si el triunfo es completo, entonces no hay motivos para desesperar, ni para aminorar el fervor de nuestra fe; porque la fe en el Hijo de Dios va de la mano con un sublime estilo de vida: el del evangelio; con un mismo espíritu que anima: el de las bienaventuranzas; y una consoladora certeza ya realizada por un divino designio, y que sólo debe ser “aplicada” en nosotros, lo cual se concretará en la medida de nuestra aceptación del mensaje de Jesucristo con todas sus consecuencias; porque la consecuencia de nuestra naturaleza herida por el pecado fue la misericordia de Dios, y de ésta lo fue la Encarnación, y de aquella la Cruz…, pero el problema está justamente cuando los ojos terrenales se detienen aquí olvidándose de que el camino del Calvario termina en la Resurrección, y ésta en la eternidad. Y tanto para aquellos que se quedaron con la mirada puesta en el Calvario, como para los que viven mirando siempre el Cielo, Jesucristo nos dejó un sepulcro vacío: motivo de confianza y conversión para los que dudan, y de amorosa confirmación para los creen.

     Si tanto predicamos la Cruz de Cristo, es porque hay que pasar por ella. Pero no olvidemos que la Cruz es tanto el signo de nuestra fe cuanto un camino y no un término; el más seguro y el único eficaz para producir la salvación, por eso Jesucristo lo eligió; y en su sabiduría infinita decidió asumirla para resaltar más aun el triunfo de su Resurrección, y así, el Santo Sepulcro asume en nuestras vidas una función análoga a la del Tabor, en cuanto que nos sirve de reconfortante consuelo al manifestarnos desde ya la gloria a la que el Hijo de Dios nos invita. Esta es la causa de que en este Sepulcro, que es santo, no descanse ya un cuerpo mortal sino una alegría sobrenatural, porque de aquí salió el primer cuerpo glorioso que no es otro que el del mismo Hijo de Dios para ofrecer gloria también a los mortales, porque “la resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo…”[11]; pero de un gozo doble: por la victoria de la misericordia de Dios sobre el pecado, y por nuestra adopción filial que gracias al Hijo natural de Dios, con su Cruz y su Resurrección, nos engendran -mediante la gracia- para la eternidad: “este fue el motivo de la venida de Cristo en la carne, de su convivencia con los hombres, de sus sufrimientos, de su cruz, de su sepultura y de su resurrección: que el hombre, una vez salvado, recobrara, por la imitación de Cristo, su antigua condición de hijo”[12]; y todo esto sí que está contenido en el Santo Sepulcro, dispuesto a dejarse degustar por las almas que poseen una fe verdadera.

***

     Si bien, como hemos dicho metafóricamente, “la grandeza del hecho de la Resurrección no cabía en el sepulcro”, sin embargo, eso no quita el hecho de que Jesucristo nos haya dejado un Santo Sepulcro vacío; motivo de confianza y conversión para los que dudan, y de amorosa confirmación para los creen.

[1] Cfr. Jn 20, 12-13

[2] Cfr. 1 Cor 15,17

[3] Cfr. Gál 4,4

[4] Mt 16,16 “Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»”

[5] Cfr. Lc 24,13-31

[6] Cfr. Is 53,3

[7] Ídem.

[8] Cfr. Jon 2,1

[9] Mt 12,40

[10] San Alberto Hurtado: “El espíritu de la Resurrección”, Meditación de unos Ejercicios Espirituales predicados a jesuitas, posterior a 1944. Un disparo a la eternidad, pp. 315-317.

[11] San Máximo de Turín, Sermón 53

[12] San Basilio, Sobre el Espíritu Santo, 15, 35

La roca del Calvario

Impresiones de Tierra Santa

P. Jason Jorquera M.

 

Existe una cualidad en todo ser humano que es esencial para poder abrazar la verdad y aprender a gozar de ella. Y como sabemos que la verdad se identifica con el ser, y que “lo que es” tiene la capacidad de ser amado, concluimos que para amar la verdad, antes es necesario descubrir en ella aquello que tiene de “amable”. Pero es real también que no todo lo que conocemos lo amamos, ¿por qué?, sencillamente porque no todo nos atrae de la misma manera. He aquí la capacidad esencial que necesitamos para enamorarnos de una verdad: la capacidad de asombrarse ante lo bello, bueno y verdadero de las cosas; porque el que no se asombra de algo pasará de largo sin detenerse a considerarlo, en cambio, quien se encuentra con algo deslumbrante –al menos bajo algún aspecto- se vuelve capaz de volverse hacia él y abrazar su verdad-bondad con toda el alma.

De las casi infinitas realidades capaces de asombrar al hombre en este mundo, espirituales o materiales, nos quedamos ahora con la roca del Calvario que, “asombrosamente”, se partió de arriba a abajo cuando el Hijo de Dios consumaba la augusta obra de la redención[1] entregando su espíritu al Padre celestial[2], mientras entraba triunfante en el limbo de los justos para rescatar a los que primero entrarían en el reino de los cielos.

En el santuario del Santo Sepulcro se encuentra signado con solemne precisión el lugar de la roca en que se apoyó la santa Cruz de nuestro Señor Jesucristo. Está en la base de un altar erigido en su honor y rodeado, como otros santos lugares, con un gran aro de plata por el cual se puede introducir perfectamente la mano para tocar dicha roca y rezar…, y rezar…, porque en Tierra Santa prácticamente todo invita a rezar, a considerar los misterios de la vida terrena del Salvador del mundo, a detenerse y leer los hermosos pasajes del Evangelio que hace casi 2000 años se escribieran no con letras sino con hechos, con Vida, con Verdad, etc., y ahora reviven en los corazones de los fieles de la santa Iglesia que se fundó aquí, en Tierra Santa, y que desde aquí comenzó a propagarse por el mundo hasta el fin de los tiempos; Iglesia de la cual sabemos que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella[3], ¿por qué?, pues porque lleva en sí la promesa de Jesucristo de acompañarla hasta el fin de los tiempos[4] y porque el mismo Salvador decidió fundarla sobre roca[5], como la Cruz, porque si algo se edifica sobre roca ni las lluvias ni las aguas torrenciales, ni los vientos, ni nada podrá derrumbarlo[6]. Por lo tanto, no es casualidad que Jesucristo haya cambiado el nombre a su vicario por el de Pedro, “Petrus”, es decir roca o piedra asentando así las indefectibles bases de su Cuerpo Místico; y tampoco es coincidencia que la Cruz misma se haya asentado sobre la firmeza de la roca, porque así tenía que ser y así nos enseña también a nosotros a fijar nuestra cruz sobre la sólida base de la roca que es la fe.

El sacrificio de Jesucristo por nosotros en la Cruz, puso sus fundamentos en la roca del Calvario, y así –oscilando y complementando entre el plano histórico y el espiritual- consolidó su entrega hasta la muerte[7]; porque la firmeza última de la Cruz se encontraba en “la roca amante” de la voluntad de Cristo, el Cordero de Dios de amor inamovible. Pero como la roca del Calvario sostenía el instrumento divino que exigía la vida del Redentor, una vez consumado el sacrosanto sacrificio, la roca se rompió. Y es que, como sea, se hallaba ligada tan estrechamente a la muerte del Mesías, que no podía quedar incólume una vez que en ella misma fue vencida la muerte por el Hijo de Dios, perdiendo así la muerte toda su solidez ante la entrega de Aquel que vino a vencerla junto con el pecado[8].

Ante este gran pedazo de historia partida por en medio, Dios me concedió la gracia de rezar embebido del misterio de la Cruz, la de maderos contrapuestos que armonizan perfectamente la horizontalidad de la naturaleza humana con la verticalidad sobrenatural de la gracia; y es que parece que la paradoja se las arregla como sea para acompañar los misterios divinos, comenzando por la Encarnación, y enriqueciéndolos con su consideración. Y “paradojalmente” yo contenía las lágrimas allí donde el Hijo de Dios no contuvo la sangre, porque se hallaba fundida con la divina misericordia que vino a derramar sobre la tierra: ¡y se quiebra la roca cuando no lo hacen los corazones de los hombres!, mas no en vano, porque ni todos seguirán caminando hacia la condenación, ni pocos son los que ven figurada en esta veta de la piedra la “puerta estrecha”[9] que termina en la eternidad.

Y como a Dios no se le escapan los detalles, la roca del Calvario se partió en dos cuando expiró Aquel que también en dos dividió la historia.

 

[1] Cfr. Jn 19,30

[2] Lc 23,46: “y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró.”

[3] Mt 16,18

[4] Cfr. Mt 28,20

[5] Cfr. Mt 16,18

[6] Cfr. Mt 7,24-25; Cant 8,7

[7] Cfr. Fil 2,8

[8] Cfr. 2Ti 1,10

[9] Cfr. Lc 13,24

Sobre la Pasión de Cristo

Si Él dio su vida por mí, dé yo mi vida por Él…

San Alberto Hurtado

«Hagamos un sencillo recorrido de lo que Jesús dejó por mí. Todo lo que puede constituir el bienestar humano lo sacrificó Jesús por mí. Nació sacrificándolo todo, porque para nacer fue a buscar un humilde establo, lo más miserable que parecía existir sobre la tierra; luego fue prófugo en un país extraño, para darnos ejemplo de ese abandono de todo lo humano y descansar tranquilo en la confianza amorosa del Padre de los cielos…

Pobre había sido siempre el vestido de Cristo. Su túnica mojada en su propia sangre… pero ¡es su túnica! Y la ha de dejar para vestir el vestido de los locos, ser el hazmerreír de todos… Se le despoja de todo: sus vestidos son distribuidos entre sus verdugos y sobre su túnica echaron suertes. Y el Rey del cielo, el que ha creado los astros, el sol y el follaje de las plantas, que viste a las aves del cielo y a los lirios del campo, por amor al hombre, por amor a mí, para enseñarme la sublime lección de sabiduría, el saber dejarlo todo cuanto está de por medio la voluntad de su Padre de los cielos, muere desnudo… Cristo fracasó humanamente. Sepamos por Cristo no exigir éxitos, sino los puestos difíciles, los encargos duros, y cuando fuere necesario aceptar un fracaso, no negarle a Cristo nuestro Jefe lo que Él tomó y aceptó por mí…

En la noche de Getsemaní y probablemente durante todo el drama de la pasión, triste estuvo el alma de Cristo, triste hasta la muerte, turbado, angustiado, casi enloquecido de dolor. Ni siquiera quiso reservarse aquello que hubiera parecido lo menos, la entereza de mostrarse inaccesible al dolor. Y ante estos dolores ¡cómo explicarlo! Pero parece que el Hijo se hubiese despojado de su facultad de ser insensible a fin de ponerse mejor a nivel de su criatura y de su modo de sufrir…

No le queda más que un sacrificio que ofrecer, el mayor de suyo, pero en este caso, el menor. Su vida. Ya la había dado, ya había entregado todo lo que puede hacer amable la vida, pero quiso dar la vida misma, y llevar su humana derrota hasta el fin: muerto por nosotros…

Si yo llegara a tomar en serio esta realidad. ¡Jesús muere por mí! ¡Qué arranques de amor sacaría de mi pobre alma, el comprender algo siquiera de lo que Cristo ha hecho por mí! ¡Mi vida sería entonces entera para Él! Si Él dio su vida por mí, dé yo mi vida por Él… y dándola como Él».

Tú, mi Dios, eres el que llena mi alma

Ahora ¡qué feliz soy!

 

San Rafael Arnáiz

Día 12 de abril de 1938.

 

San Rafael Arnáiz

Sólo en Dios encuentro lo que busco, y lo encuentro en tanta abundancia, que no me importa no hallar en los hombres aquello que algún día fue mi ilusión, ilusión que ya paso…

Busqué la «verdad» y no la hallé. Busqué la «caridad» y sólo vi en los hombres algunas chispitas que no llenaron mi corazón sediento de ella… Busqué la paz y vi que no hay paz en la tierra.

Ya la ilusión pasó, pasó suavemente, sin darme cuenta… El Señor que es quien me engañó para llevarme hacia sí, me lo hizo ver…

Ahora ¡qué feliz soy! ¿Qué buscas entre los hombres?, me dice… ¿Qué buscas en la tierra en la que eres peregrino? ¿Qué paz es la que deseas?… ¡Qué bueno es el Señor que de la vanidad y de la criatura me aparta!

Ahora ya veo claramente que en Dios está la verdadera paz…, que en Jesús está la verdadera caridad…, que Cristo es la única Verdad.

Hoy en la santa comunión, cuando tenía a Jesús en mi pecho, mi alma nadaba en la enorme e inmensa alegría de poseer la Verdad… Me veía dueño de Dios, y Dios dueño de mi… Nada deseaba más que amar profundísimamente a este Señor que en su inmensa bondad consolaba mi corazón sediento de algo que yo no sabía lo que era y que en la criatura buscaba en vano, y el Señor me hace comprender, sin ruido de palabras, que lo que mi alma desea es Él… Que la Verdad, la Vida y el Amor es Él… Y que teniéndole a Él… ¿qué busco, qué pido…, qué quiero?

Nada, Señor…, el mundo es pequeño para contener lo que Tú me das. ¿Quién podrá explicar lo que es poseer la suma Verdad? ¿Quién tendrá palabras bastantes para decir lo que es: nada deseo, pues tengo a Dios?

Mi alma casi llora de alegría… ¿Quién soy yo, Señor? ¿Dónde pondré mi tesoro, para que no se manche? ¿Cómo es posible que viva tranquilo, sin temor a que me lo roben? ¿Qué hará mi alma para agradarte?

¡Pobre hermano Rafael, que tendrás que responder delante de Dios a tanto beneficio como aquí te hace! Tienes un corazón de piedra, que no lloras tantas ingratitudes y tantos desprecios a la divina gracia.

Vivo, Señor mío, enfangado en mis propias miserias, y al mismo tiempo, no sueño ni vivo más que para Ti. ¿Cómo se entiende esto? Vivo sediento de Ti… Lloro mi destierro, sueño con el cielo; mi alma suspira por Jesús en quien ve su Tesoro, su Vida, su único Amor; nada espero de los hombres… Te amo con locura, Jesús mío y, sin embargo, como, río, duermo, hablo, estudio, y vivo entre los hombres sin hacer locuras, y aún me avergüenza verlo…, busco mis comodidades. ¿Cómo se explica esto, Señor?

¿Cómo es posible que Tú pongas tu gracia en mi? Si en algo correspondiera…, quizás me lo explicara.

Jesús mío, perdóname…, debía ser santo, y no lo soy. ¿Y era yo, el que antes se escandalizaba de algunas miserias de los hombres? ¿Yo?… qué absurdo.

Ya que me has dado luz para ver y comprender, dame, Señor, un corazón muy grande, muy grande para amar a esos hombres que son hijos tuyos, hermanos míos en los cuales mi enorme soberbia veía faltas, y en cambio no me veía a mí mismo.

¿Si al último de ellos le hubieras dado lo que a mi?. Mas Tú lo haces todo bien… Mi alma llora sus antiguas mañas, sus antiguas costumbres… Ya no busca la perfección en el hombre…, ya no llora el no encontrar donde descansar…, ya lo tiene todo.

Tú, mi Dios, eres el que llena mi alma; Tú mi alegría; Tú mi paz y mi sosiego, Tú. Señor, eres mi refugio, mi fortaleza, mi vida, mi luz, mi consuelo, mi única Verdad y mi único Amor. ¡Soy feliz, lo tengo todo!

Cuánta suavidad me inunda al pensar en estos profundísimos favores que Jesús me hace. Cómo se inunda mi alma de caridad verdadera hacia el hombre, hacia el hermano débil, enfermo… Cómo comprende y con qué dulzura disculpa la flaqueza que antes al verla en el prójimo la hacia sufrir… ¡Ah! si el mundo supiera lo que es amar un poco a Dios, también amaría al prójimo.

Al amar a Jesús, al amar a Cristo, también forzosamente se ama lo que Él ama. ¿Acaso no murió Jesús de amor por los hombres? Pues al transformar nuestro corazón en el de Cristo, también sentimos y notamos sus efectos… Y el más grande de todos es el amor…. el amor a la voluntad del Padre, el amor a todo el mundo, que sufre, que padece… Es el padre, el hermano lejano, sea inglés, japonés o trapense; el amor a María… En fin. ¿quién podrá comprender el Corazón de Cristo? Nadie, pero chispitas de ese Corazón hay quien las tiene…, muy ocultas…, muy en silencio, sin que el mundo se entere.

Jesús mío, qué bueno eres. Tú lo haces todo maravillosamente bien. Tú me enseñas el camino; Tú me enseñas el fin.

El camino es la dulce Cruz…, es el sacrificio, la renuncia, a veces la batalla sangrienta que se resuelve en lágrimas en el Calvario, o en el Huerto de los Olivos; el camino, Señor, es ser el último, el enfermo, el pobre oblato trapense que a veces sufre junto a tu Cruz.

Pero no importa; al contrario…, la suavidad del dolor sólo se goza sufriendo humildemente por Ti.

Las lágrimas junto a tu Cruz, son un bálsamo en esta vida de continua renuncia y sacrificio; y los sacrificios y renuncias son agradables y fáciles, cuando anima en el alma la caridad, la fe y la esperanza.

He aquí cómo Tú transformas las espinas en rosas. Mas ¿y el fin?… El fin eres Tú, y nada más que Tú… El fin es la eterna posesión de Ti allá en el cielo con Jesús, con María, con todos los ángeles y santos. Pero eso será allá en el cielo. Y para animar a los flacos, a los débiles y pusilánimes como yo, a veces te muestras al corazón y le dices…, ¿qué buscas? ¿qué quieres? ¿a quién llamas?… Toma, mira lo que soy… Yo soy la Verdad y la Vida.

Y entonces derramas en el alma delicias que el mundo ignora y no comprende. Entonces, Señor, llenas el alma de tus siervos de dulzuras inefables que se rumian en silencio, que apenas el hombre se atreve a explicar…

Jesús mío, cuánto te quiero, a pesar de lo que soy…, y cuanto peor soy y más miserable, más te quiero…, y te querré siempre y me agarraré a Ti y no te soltaré, y… no sé lo que iba a decir.

¡Virgen María ayúdame!

Blanco de Tentaciones

Una importante consideración para el contemplativo…

P. Bernardo Ibarra, IVE.

El cielo se veía cubierto de parpadeantes estrellas que intentaban suplir la luz lunar que se ausentaba. Y en el fondo de una celda una llama bailaba mientras consumía una vieja vela. Ni las estrellas ni la llama podían iluminar la oscura noche que se cernía sobre el antiguo monasterio, y menos aún la que invadía esa pobre celda.

De puntiaguda capucha y de ascética presencia un hombre cubría sus ojos con sus lastimadas manos. En su escritorio un libro yacía abierto esperando a su lector que no hacía más que suspirar y  combatir.

« ¡Qué monotonía de días! ¡Qué horario agobiante! ¡Qué rutina esclavizante!» pensaba para sí el hombre de ojos sepultados. Ya no aguantaba más el vivir encerrado por horas en cuatro pálidas paredes, o trabajar la tierra sin fruto alguno, o cantar siempre los mismos salmos.

Y a la vez se decía « ¡cuántas cosas por hacer allí afuera! ¡Cuántas almas necesitan sacramentos! Mi vida es una pérdida de tiempo»… y levantando su rostro lloró.

Lloró porque pensaba que no valía la pena encerrarse, que no servía vivir enclaustrado, que su vida sería un malgasto de su sacerdocio, que nunca podría consolar al triste, enseñar al que no sabe…; porque quería salir al mundo a predicar a los cuatro vientos y embarcarse en misiones emblemáticas.

Y de entre las paredes  pudo verse espesas brumas negras brotando que intentaban ahogar al monje; era la misma tentación.

Quitó las manos de su rostro y se levantó del duro lecho en que estaba sentado. Cerró el libro y se quitó la capucha, y fue en ese momento cuando las negras brumas tomaron más fuerzas e hicieron del monje un pobre castillo sitiado por feroces turbas. Y para peor se quitó el escapulario…parecía no tener salvación.

Sus ojos estaban completamente empapados y su alma en plena batalla…deseaba irse de ¡aquellos espantosos lugares, de aquellas salas de torturas, de aquellos hombres de mortífera presencia!

Y sin darse cuenta elevó sus ojos y vio aquella cruz ya olvidada que coronaba la celda…y la tentación fue vencida.

Tomó su silla, se paró en ella y llegando a aquella cruz sucia de telas de arañas la besó, y la tomó en sus manos. Y su memoria voló a años pasados recordando  la historia de aquella cruz sin crucificado.

-¿Así que quieres hacerte monje?-

– Así es padre Abad- le contestó con ilusión juvenil

-¿Y estas preparado…?- le preguntó sin poder terminar la pregunta pues el postulante le interrumpió diciendo – claro  que estoy preparado-

-Pero ¿estás preparado para ser Blanco de Tentaciones?-

Bajó la mirada y no supo que contestar

Y agregó el Abad –mira, cuando estés abrumado por la tentación, eleva los ojos a esta cruz que colgará de tu celda- le decía mientras de su escritorio sacaba un antigua cruz española – y al ver que está vacía de crucificado piensa que allí debes estar crucificado y que no va hacer sino la misma tentación la que allí te crucifique y la que te haga sudar sangre…-

Y siguió diciendo  –y cuando vistas tu armadura blanca, encuentra en ella tu baluarte, tu castillo…porque, aunque es sólo un paño, está bendito y es tu vestimenta de combate. Protégete en ella, nunca te la quites pues en el monasterio serás blanco de tentaciones.-

Y el monje volviendo a colocarse su escapulario y su capucha tomó la cruz y sobre ella talló una frase que hoy reza crucificado en esta cruz soy blanco de tentaciones y me hago uno con mi Dios que vence en el desierto que triunfa en el huerto…

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado