Sobre la confianza en la Divina Providencia

Fragmento del libro “El abandono en la divina Providencia”,

de Jean Pierre de Caussade

Fe y abandono entre tormentas

 Dejando aparte las enfermedades evidentes que, por su naturaleza, obligan a permanecer en cama y a tomar las medicinas convenientes, todos esos otros temores y desfallecimientos de las almas que viven en el abandono no son más que ilusiones y apariencias que se deben superar con la confianza. Dios las permite o las envía para ejercitar esa fe y ese abandono, que son la medicina verdadera. Por tanto, sin prestarles mayor atención, deben proseguir generosamente su camino en medio de las vicisitudes y sufrimientos que Dios les envía, sirviéndose sin dudarlo de su cuerpo con toda libertad, como se hace con los caballos de alquiler, que no valen más que para trabajar, y que se les trata sin mayores cuidados. Esto da mejor resultado que las delicadezas, que no sirven más que para debilitar al espíritu. Esta fortaleza de espíritu tiene una virtud oculta para sostener un cuerpo débil. Y vale mucho más un año de vida noble y generosa, que un siglo de temores y cuidados.

Más aún, quien vive abandonado en Dios debe procurar mantener habitualmente en su exterior el aspecto de un niño dócil y amable, porque ¿hay algo que temer cuando se avanza bajo la guía de Dios? Guiados, sostenidos y protegidos por Él, nada deben presentar sus hijos en su exterior que no se vea lleno de ánimo. ¿Qué importancia tienen los objetos espantosos que se encuentran en el camino? Si Dios los guía por allí, sólo es para embellecer sus vidas con gloriosas hazañas. Si los mete en problemas de toda clase, donde la prudencia humana no ve ni imagina salida alguna, es para que sientan toda su flaqueza y se vean incapaces y confundidos. Entonces es cuando la Providencia divina manifiesta en todo su esplendor lo que es para aquellos que se abandonan totalmente a ella, y los libra de modos mucho más maravillosos que cuantos pudieran inventar los historiadores fabulosos, cuando, esforzando su imaginación en la comodidad y sosiego de sus escritorios, discurren las intrigas y peligros de sus héroes imaginarios, para concluir felizmente sus vanas historias.

Sí, la divina Providencia conduce las almas con habilidad mucho más prodigiosa y admirable por medio de muertes, peligros y monstruos, infiernos, demonios y sus trampas, y eleva hasta el cielo a estas almas, que son materia después de aquellas historias místicas, incomparablemente más bellas y curiosas que todas cuantas puedan inventar las más cavilosas imaginaciones humanas.

Vamos, pues, alma mía. Atravesemos los peligros y horrores, que no pueden dañarnos mientras nos hallemos conducidos y sostenidos por la mano segura e invisible, pero omnipotente e infalible, de la divina Providencia. Vamos sin miedo, dirigiéndonos a nuestra meta con paz y alegría, haciendo materia de victoria de todo cuanto se nos vaya presentando. Para combatir y vencer nos hemos alistado bajo las banderas de Jesucristo. «Salió como vencedor, y para seguir venciendo» [Apoc 6,2]. Contaremos tantos triunfos como pasos demos bajo su guía.

Dios es quien escribe nuestra vida

 El espíritu de Dios es el que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es sino la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres. Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos nuestros sufrimientos y acciones a su guía. No, no, todo lo que se nos presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son únicamente medios para que se continúe esta Escritura santa, que se acrecienta todos los días.

Un alma santa es aquella que se somete libremente, con la ayuda de la gracia, a la voluntad de Dios. Todo lo que precede al puro consentimiento es obra de Dios, y en modo alguno obra del hombre, que le recibe a ciegas en un abandono e indiferencia universal. Dios no le exige sino esta única disposición; el resto, Él lo determina y elige según sus designios, como un arquitecto señala y escoge las piedras.

Así pues, es preciso amar a Dios en todo, en todo su orden providencial. Es necesario amarle sea cual fuere el modo con que se presente al alma, sin desearle de otra forma. Si éstos u otros objetos son ofrecidos, eso no es asunto del alma, sino de Dios, que da lo mejor para el alma. El gran compendio, la máxima más sublime de la espiritualidad, es este abandono puro y entero a la voluntad de Dios, en un continuo olvido de sí mismo, para ocuparse enteramente en amarle y obedecerle, apartando temores y reflexiones, como también las inquietudes producidas por el cuidado de la salvación y de la propia perfección. Puesto que Dios se nos ofrece para arreglar nuestros asuntos, dejémosle hacer, y no nos ocupemos más que de Él mismo y de sus cosas.

Confiados, dejémosle hacer a Dios

 Vamos, alma mía, vamos con la cabeza bien alta por encima de todo lo que pasa fuera o dentro de nosotros, siempre contentos de Dios, contentos de lo que El hace en nosotros y nos hace hacer. Guardémonos bien de enredarnos imprudentemente en interminables reflexiones inquietantes, que, como otros tantos caminos perdidos, se ofrecen a nuestro espíritu para engañarle, y para hacerle caminar sin fin pasos y pasos perdidos. Salgamos del laberinto de nosotros mismos, saltando por encima, y no tratando de recorrer sus interminables vueltas y revueltas.

Vamos, alma mía, atravesemos por medio de los desalientos, enfermedades, sequedades, durezas de carácter, debilidades del espíritu, lazos del diablo y de los hombres, desconfianzas y envidias, siniestras ideas y persecuciones. Volemos como un águila sobre todas estas nubes, fija siempre la vista en el sol y en sus rayos, que son nuestras obligaciones. Sintamos todo eso, ya que no está en nosotros no sentirlo, pero no olvidemos que nuestra vida no debe ser una vida de sentimiento, sino la vida superior del alma, donde Dios y su voluntad obran una eternidad siempre serena, siempre igual e inmutable.

Abandono y paz en todas las cosas

 Es en esa estancia, completamente espiritual, en donde lo increado, lo incomprensible, lo inefable, mantiene al alma infinitamente alejada de todas las determinaciones de las sombras y demás cosas creadas. Los sentidos, sí, experimentan sus agitaciones, sus vicisitudes y sus cien metamorfosis, que pasan siempre, desapareciendo en el aire, como sin orden ni concierto. Pero Dios y su voluntad es el objeto eterno que fascina el corazón en la vida de la fe, y que, en la vida de la gloria, constituirá la verdadera felicidad.

Y este estado glorioso del corazón influirá en todo el compuesto material del hombre, que ahora es presa de monstruos, pájaros nocturnos y bestias feroces. Bajo estas apariencias horribles, la acción divina, dándole una facilidad completamente celestial, le hará brillar como el sol, porque las facultades del alma sensitiva y las del cuerpo, se preparan y trabajan aquí abajo como el oro, el hierro, el lino o las piedras. Estas diversas cosas no pueden gozar del brillo y pureza de su ser sin haber sufrido muchos golpes, destrucciones y despojos. Y del mismo modo, todo lo que las almas tienen que sufrir en la tierra bajo la mano de Dios, que es este amor, divino obrero, no sirve sino para disponerles a esa gloria eterna.

El alma de fe, que conoce el secreto de Dios, permanece absolutamente en paz, y todo lo que le pasa, en lugar de alarmarle, acrecienta su seguridad, pues está íntimamente persuadida de que es Dios quien la conduce. Por eso lo recibe todo como una gracia, y vive olvidada de sí misma, dejándole trabajar a Dios en ella, sin pensar más que en la obra que Él le ha encomendado, que es amarle sin cesar y cumplir con fidelidad y exactitud sus obligaciones.

El alma recibe distintas impresiones sensibles, aflictivas o consoladoras, por medio de los objetos a que la voluntad divina la aplica incesantemente, buscando sólo su bien. Pero todas le sirven para encontrar a Dios, que es el objeto de la fe, y para unirse a Dios en todas las diferentes situaciones y disposiciones.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios

Del libro a Autólico de san Teófilo de Antioquía

Si tú me dices: «Muéstrame a tu Dios», yo te responderé: «Muéstrame primero qué tal sea tu persona», y entonces te mostraré a mi Dios. Muéstrame primero si los ojos de tu mente ven, si los oídos de tu corazón oyen.
Del mismo modo, en efecto, que los que gozan de la visión corporal perciben lo que sucede aquí en la tierra y examinan las cosas opuestas entre sí —como son la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo hermoso, lo proporcionado y lo que no lo es, lo mesurado y lo desmesurado, lo que rebasa sus límites y lo que es incompleto—, y lo mismo podemos decir con respecto a lo que es objeto de audición —los sonidos agudos, graves, agradables—, así también acontece con los oídos del corazón y los ojos de la mente, con respecto a la visión de Dios.
Efectivamente, Dios se deja ver de los que son capaces de verlo, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen bañados en tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no porque los ciegos no la vean deja por eso de brillar la luz solar, sino que ha de atribuirse esta oscuridad a su defecto de visión. Así tú tienes los ojos entenebrecidos por tus pecados y malas acciones.
El alma del hombre debe ser nítida como un espejo reluciente. Cuando en un espejo hay herrumbre, no puede el hombre contemplar en él su rostro; del mismo modo, cuando hay pecado en el hombre, no puede éste ver a Dios. Pero, si quieres, puedes sanar; confíate al médico y él punzará los ojos de tu mente y de tu corazón. ¿Quién es este médico? Dios, que por su Palabra y sabiduría creó todas las cosas, ya que, como dice el salmo: La Palabra del Señor hizo el cielo; el Aliento de su boca, sus ejércitos. Eminente es su sabiduría. Con ella fundó Dios la tierra; con su inteligencia consolidó los cielos, con su ciencia brotaron los abismos y las nubes destilaron rocío.
Si eres capaz, oh hombre, de entender todo esto y procuras vivir de un modo puro, santo y piadoso, podrás ver a Dios; pero es condición previa que haya en tu corazón la fe y el temor de Dios, para llegar a entender estas cosas. Cuando te hayas despojado de tu condición mortal y hayas revestido la inmortalidad, entonces estarás en disposición de ver a Dios. Porque Dios resucitará tu cuerpo, haciéndolo inmortal como el alma, y entonces, hecho tú inmortal, podrás contemplar al que es inmortal, si ahora crees en él.

TAHÚRES EN EL CALVARIO – FULTON SHEEN

FRAGMENTO DEL LIBRO EL ETERNO GALILEO (Fulton Sheen)

Capítulo 11: Los tahúres en el Calvario

“[…] Las escenas cambian, pero la lección sigue siendo la misma. La Divinidad está aún en el mundo, y el mundo no la recibe. En todas sus clases sociales, el mundo continúa jugando las perlas de la eternidad por las lentejuelas del tiempo, sin dignarse dar siquiera una mirada a la Divinidad que Cristo ha dejado a su Iglesia. Si quieres saber dónde está la Divinidad en el siglo veinte, busca la Iglesia que ellos rechazan con la misma indiferencia crucificante con que rechazaron en el siglo primero al Señor de los cielos y la tierra. Observad la indiferencia en los campos de educación, política internacional, y religión.

[…] Entrad ahora al campo de la política internacional. Año tras año, en Washington, Londres, Genova y Lausanna, los representantes de las grandes naciones se congregan en un deseo verdaderamente sincero por unir a todos los pueblos en un lazo de unidad y paz. Pero año tras año sus tratados fracasan: ¿Y por qué?  Porque no hay nada fuera de las naciones para unirlas. Un hombre no puede envolver un paquete si él es parte de ese paquete; un hombre no puede hacer su valija si él es uno de los artículos que va dentro de esta valija. De igual manera, las naciones no pueden ligarse unas a otras en una liga si ellas son parte de esa liga. Y si son parte de esa liga sus tratados meramente significan obediencia o algún otro político más; y si nosotros difícilmente obedecemos a nuestros propios políticos, sólo el cielo sabrá si obedecemos a un político más. Sólo hay una cosa en el mundo que puede unir a todas las naciones en el lazo de paz, y tiene que ser algo fuera de las naciones mismas. Pero hay una sola cosa en el mundo que no solamente es internacional sino también supra-nacional y es la Iglesia cuyo Vicario es el padre espiritual de toda la Cristiandad, y cuya única fuerza es la fuerza moral de la Justicia y la Bondad de Cristo. Como ha dicho James Brown Scott, secretario de la Dotación Carnegie para la paz:

“Una disputa que se pusiera ante el Estado del Vaticano para que éste decidiera, estaría libre de la sugerencia de fuerza material que obligase su aceptación; estaría desconectada de cualquier idea de expansión territorial; tendría una presunción de Justicia en su favor, porque el Estado mismo es el reconocimiento de la justicia; y la decisión, cualquiera que pudiera ser, forzosamente tendría que estar en conformidad con el código moral de los siglos, y estar dominada por una concepción espiritual de las cosas, sin la cual los jueces temporales a veces juzgan.”

 ¿Y sin embargo, cuál es la actitud de las naciones en frente a esta fuerza moral, que está por encima de las naciones porque tiene que ver directamente con la salvación de las almas? Año tras año las naciones se encuentran en el Calvario de los campos de batalla del mundo, arrojan los dados de la política internacional, discuten sobre patrones de oro, armas de largo alcance y balanza comercial, y en todo este tiempo está allí en medio de ellos alguien que vino a traer la paz al mundo y que podría ser el arbitro de las naciones porque es la fuerza espiritual que está fuera de las naciones: y ellos solamente se sientan y vigilan.

Sugerir a nuestros políticos internacionales que el Estado Vaticano es la única Corte Internacional de Justicia moral, sería tan absurdo como haber sugerido a los tahúres del Calvario que el Hombre en la Cruz es la Fuerza Moral del mundo; pero la verdad aún sigue en pie: la Salvación para las naciones está en lo que los hombres tanto ignoran, y en cuya presencia juegan sus trucos de intriga cuando se limitan a sentarse y vigilar.”

Que la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, conceda de su Hijo Amado, la paz que tanto necesita el mundo.

Ave María Purísima.

El espíritu de la penitencia

De los escritos del P. Alfonso Torres, S.J.

El amor de Dios tiene sus diversos grados, evoluciones y matices. De este amor imperfecto se puede subir al amor de gratitud, que ya no busca el bien sino devolver algo por el mucho bien y por las muchas misericordias que hemos recibido de ese Dios tan bueno. Y, finalmente, el amor al supremo Bien por ser quien es. Así vemos que el espíritu de penitencia es: primero, santo temor de Dios; segundo, espíritu de humillación, y tercero, amor de Dios…”

a) Necesaria siempre

Nos es indispensable el espíritu de la penitencia para entrar en el Reino de los cielos.

El espíritu de la penitencia es propio de todas las almas, lo mismo de las que empiezan convirtiéndose como de las que ya tienen un amor puro y perfecto.

No olvidemos que necesitamos ser perdonados y que, al fin y al cabo, por mucho mal que nos hagan los hombres, siempre será mayor el que hemos merecido por nuestros pecados.

No puede negarse que la penitencia corporal en la vida espiritual es cosa secundaria; la principal es la penitencia interior, la del espíritu; pero la penitencia del cuerpo es la que nos llevará a la interior, y es cierto que no hay santidad sin penitencia. El camino del Evangelio es camino estrecho, sembrado de espinas. Lo principal para llegar a término es amar; quien ama, lo sabe todo, lo posee todo. Pero la penitencia enseña a amar. O hemos de vencer al cuerpo o el cuerpo nos vencerá.

b) Campo, etapas y características

Penitencia es palabra dulce para los espirituales. Quiere decir castigo. Todo, pues, lo que castiga, lo que duele, lo que mortifica, es penitencia. Enfermedades, dolores, incomodidades, rigor de las estaciones, mudanzas del clima, es penitencia. Trabajo corporal, ocupaciones que contrarían, estudios que fatigan, cansancio, penitencia son. Estados penosos del alma, sequedades, turbaciones, angustias, amarguras, desengaños, tentaciones, faltas involuntarias, penitencia es. Defectos físicos, combates del corazón, efervescencia de la imaginación, poca capacidad del entendimiento, condición del carácter, son penitencia. la fidelidad que exige la regla, el tedio de la soledad, la monotonía de la vida común, el sonrojo de la humillación, el aislamiento del silencio, la fatiga de la oración, el vencimiento para tratar al prójimo, son penitencia. Todo lo que duele al cuerpo o al alma exterior o interiormente, de uno mismo o de lo que nos rodea, que se busque o que se encuentre sin buscarlo, es todo materia de penitencia.

El espíritu de la penitencia tiene sus comienzos, sus progresos y su perfección. Comienza de un modo un poco mercenario, pero es bueno, saludable, y nos arranca del enemigo. Empieza con temor; el alma sabe que el pecado merece castigo eterno. Este temor toma diferentes matices; puede ser el de un siervo y el de un hijo.  Cuando llega a temor de hijo, lleno de confianza, puede llegar a ser un amor perfecto, porque nunca puede un alma desterrar de su corazón ese santo temor de Dios. Otro elemento del espíritu de penitencia es el espíritu de humillación.  Las almas que van adelantando en la vida espiritual y en el espíritu de penitencia, fijan el punto central en las humillaciones; éste va agrandándose paulatinamente, y al principio el alma recibe las humillaciones aceptándolas, y después empiezan a atisbar los tesoros que hay escondidos en las mismas, hasta amarlas y desearlas locamente.

Hablemos de otro de los elementos que corona todos los demás: el espíritu de la penitencia puede ser una fuente de amor a Dios. El amor de Dios tiene sus diversos grados, evoluciones y matices. De este amor imperfecto se puede subir al amor de gratitud, que ya no busca el bien sino devolver algo por el mucho bien y por las muchas misericordias que hemos recibido de ese Dios tan bueno. Y, finalmente, el amor al supremo Bien por ser quien es. Así vemos que el espíritu de penitencia es: primero, santo temor de Dios; segundo, espíritu de humillación, y tercero, amor de Dios.

El verdadero espíritu de la penitencia ha de ir acompañado del conocimiento de Dios y de un conocimiento lo más profundo posible. El conocimiento de Dios es una cosa muy compleja. Hay uno de los atributos divinos que frecuentemente olvidamos al tratar de la penitencia. Al tratar de volvernos a Él, de justificarnos, nos acordamos más del Dios justiciero, de Aquel del que dicen los santos que es horrendo caer en las manos del Dios vivo, que todo aparece manchado a sus ojos purísimos, y, en cambio, nos olvidamos de que, mientras vivimos en la tierra, lo que en Dios predomina es la misericordia y que el aspecto en que más se complace que le miremos es como Dios perdonador. Fíjense: Dios perdonador, no un Dios que perdona, sino un Dios que tiene por oficio, y por nombre, y por gala, y por recreo el perdonar; que está rebosando condescendencia para el pecador que quiere volver a Él, y derrochando longanimidad para esperarle, y suavidad y ternura dulcísima para recibirle. ¡Así es Dios! ¡Dios perdonador, todo misericordia!

Otra, y la tercera, de las cualidades del verdadero espíritu de la penitencia es la suavidad. De por sí, la penitencia es amarga, porque duele, remuerde y humilla, es cierto; pero hay que llegar a ejercitarla con suavidad, con benignidad. Airarse consigo mismo cuando se cae, eso cualquiera lo hace, hasta el alma más imperfecta; lo costoso y lo meritorio es la paciencia con nuestras miserias. Hay, sí, que detestarlas, pero mirando la propia alma con conmiseración, con los mismos sentimientos de benignidad y mansedumbre con que el Señor la mira.

c) Fuente de luz, paz y amor

La penitencia es fuente de donde brota ese día claro de comunicaciones divinas, donde el alma encuentra su descanso y su alegría. La senda del amor es ésta; por ella se entra en el corazón divino, por ella el alma se acerca a Dios.

La penitencia es también fuente de paz para el corazón; por su medio vamos aplacando nuestras pasiones, y, a medida que se aplacan, va entrando en el alma una paz profunda (según Isaías) como los abismos del mar.  Además, la  penitencia es, en cierto modo, iluminación o, más bien, preparación para que Dios ilumine.

El espíritu de la penitencia no es espíritu de tristeza; desde luego que lleva consigo el dolor, lágrimas y sacrificio, esto es indiscutible; pero sería error creer que lleva consigo amarguras e inquietudes. La vida de penitencia es, pues, gozo en Dios, consuelo en Dios y felicidad en Dios. De la raíz amarga del fruto de la penitencia brota el fruto de la consolación del amor de Dios.

Que también nosotros podamos ver y comprender

Curación del ciego de nacimiento

(Homilía del Domingo)

Jn 9,1.6-9.13-17.34-38

 

Queridos hermanos:

A partir del Evangelio de este Domingo podemos considerar diversos aspectos respecto al milagro que se nos narra: la misericordia de Jesucristo, la actitud del ciego, la respuesta de los fariseos, etc.; pero en esta oportunidad quería detenerme en la bastante conocida y siempre fructífera alegoría de Jesucristo como aquel que nos da la vista para que podamos “ver y comprender y adentrarnos en las realidades sobrenaturales”, pues como la gracia divina que Jesucristo conquistó para nosotros actúa y se queda directamente en el alma, necesariamente actúa en sus potencias que son la inteligencia y la voluntad, como sabemos, iluminando una y moviendo la otra hacia el bien respectivamente; porque no se ama lo que no se conoce, y una vez que la Gracia comienza a habitar en un alma, sus maravillosas consecuencias siempre se harán presentes y actuarán, y más y más en la medida de nuestra docilidad al Espíritu Santo que nos guía.

Dice san Agustín: “El género humano está representado en este ciego, y esta ceguedad viene por el pecado al primer hombre, de quien todos descendemos. Es, pues, un ciego de nacimiento. El Señor escupió en la tierra y con la saliva hizo lodo, “porque el Verbo se hizo carne” ( Jn 1,14). Untó los ojos del ciego de nacimiento. Tenía puesto el lodo y aun no veía, porque cuando lo untó, quizá le hizo catecúmeno. Le envió a la Piscina que se llama Siloé, porque fue bautizado en Cristo, y fue entonces cuando lo iluminó. Tocaba al Evangelista el darnos a conocer el nombre de esta Piscina, y por eso dice: “Que quiere decir Enviado”, porque si Aquél no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros habría sido absuelto del pecado.”

Nuestra vida espiritual está asentada sobre la fe que profesamos, y depende en última instancia de nuestro grado de caridad, pero se apoya necesariamente también en la fe y en la esperanza, en las realidades que no vemos pero que sí creemos, y en la recompensa que esperamos al final de nuestros días. Es por eso que, de alguna manera, permanecemos como ciegos ante ciertas realidades, ante ciertos dones recibidos, mientras Jesucristo no nos cure con su gracia y nos permita tener así una mirada completamente nueva, una mirada sobrenatural inquieta por descubrir a la Divina Providencia obrando en todo, ansiosa por descubrir aquel grandioso plan divino trazado para el alma, plan que se irá develando más y más en la medida de nuestro progreso espiritual. Teniendo todo esto en cuenta, podemos decir que el ciego de nacimiento a quien Jesucristo dio la vista con la tierra y su saliva, nos representa perfectamente, pues no comenzamos a ver de manera realmente profunda mientras Jesucristo nos intervenga directamente en nuestra vida (en nuestro caso por la gracia y los Sacramentos), y que nos da una pincelada de lo que implica la vida espiritual, en la que nuestro Salvador pone de sí pero también usando tierra, de la cual viene el hombre también, signo de la pertenencia a este mundo, de la parte humana, frágil; pero que unida al obrar de Jesucristo puede producir milagros.

San Gregorio comenta: “La saliva significa el sabor de la contemplación íntima, la cual baja desde la cabeza a la boca, porque desde la altura de la gloria es de donde viene Dios a nosotros por las dulzuras de la revelación, mientras estamos en esta vida. El Señor mezcló su saliva con la tierra y devolvió así la vista al ciego de nacimiento; porque mezclando la contemplación de su verdad con nuestro pensamiento es como la gracia sobrenatural irradia en nosotros. Y sanando al hombre de su natural ceguera, ilumina su inteligencia.”

Queridos hermanos, el Evangelio de este día nos invita a reflexionar en esta realidad sobrenatural que puede hacer magnánimas a las almas: “Jesucristo vino a ofrecernos y darnos la vista, pero no cualquier vista, sino más bien una profunda mirada sobrenatural”; la mirada que pone sus ojos en el Cielo y que todo lo refiere al Cielo; la mirada que se queda fija en Jesucristo Sacramentado haciendo un sincero acto de fe; la mirada que lo acompaña en el sagrario y lo descubre y atiende en el prójimo; la mirada que ve la mano de Dios en las cruces más pesadas y en los gozos más grandiosos.

El Evangelio de hoy cierra de una manera sumamente hermosa con el reencuentro de Jesucristo con el que antes era ciego. Jesucristo quiere que vea más allá, no tan sólo con los ojos del cuerpo sino también con los del alma, con la mirada de la fe, y es por eso que con su pregunta lo invita a creer:

«¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»…

Y comenta finalmente san Agustín: “Ahora purifica su corazón. Por último, purificado el corazón y limpia la conciencia, lo reconoce, no ya como Hijo del hombre solamente (como antes lo había creído), sino como Hijo de Dios, que había tomado la forma humana. “Y él dijo: Creo, Señor”. Poco es creer. ¿Quieres ver de qué manera cree? “Y postrándose le adoró”.”

Que María santísima, nuestra Madre del Cielo, nos alcance la gracia de creer profundamente en Jesucristo, de enamorarnos cada vez más de Él, y de que nuestra fe también se acreciente e ilumine nuestra vida espiritual e intimidad con Dios, de tal manera que veamos siempre más allá y no se nos pasen de largo los designios de santidad que Dios nos tiene preparados.

P. Jason Jorquera M.

Lo que pide la oración lo alcanza el ayuno y lo recibe la misericordia

De los Sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
(Sermón 43: PL 52, 320. 322)
Tres cosas hay, hermanos, por las que se mantiene la fe, se conserva firme la devoción, persevera la virtud. Estas tres cosas son la oración, el ayuno y la misericordia. Lo que pide la oración lo alcanza el ayuno y lo recibe la misericordia. Oración, misericordia y ayuno: tres cosas que son una sola, que se vivifican una a otra.
El ayuno es el alma de la oración, la misericordia es lo que da vida al ayuno. Nadie intente separar estas cosas, pues son inseparables. El que sólo practica una de ellas, o no las practica simultáneamente, es como si nada hiciese. Por tanto, el que ora que ayune también, el que ayuna que practique asimismo la misericordia. Quien desea ser escuchado en sus oraciones que escuche él también a quien le pide, pues el que no cierra sus oídos a las peticiones del que le suplica abre los de Dios a sus propias peticiones.
El que ayuna que procure entender el sentido del ayuno: que se haga sensible al hambre de los demás, si quiere que Dios sea sensible a la suya; si espera alcanzar misericordia, que él también la tenga; si espera piedad, que él también la practique; si espera obtener favores de Dios, que él también sea dadivoso. Es un mal solicitante el que espera obtener para sí lo que él niega a los demás.
Hombre, sé para ti mismo la medida de la misericordia; de este modo, alcanzarás misericordia del modo que quieras, en la medida que quieras, con la presteza que quieras; tan sólo es necesario que tú te compadezcas de los demás con la misma presteza y del mismo modo.
Hagamos, por consiguiente, que la oración, la misericordia y el ayuno sean los tres juntos nuestro patrocinio ante Dios, los tres juntos nuestra defensa, los tres juntos nuestra oración bajo tres formas distintas.
Reconquistemos con nuestro ayuno lo que perdimos por no saberlo apreciar; inmolemos con el ayuno nuestras almas, ya que éste es el mejor sacrificio que podemos ofrecer a Dios, como atestigua el salmo: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.
Hombre, ofrece a Dios tu alma, ofrécele el sacrificio del ayuno, para que sea una ofrenda pura, un sacrificio santo, una víctima viva que, sin salirse de ti mismo, sea ofrecida a Dios. No tiene excusa el que niega esto a Dios, ya que está en manos de cualquiera el ofrecerse a sí mismo.
Mas, para que esto sea acepto a Dios, al ayuno debe acompañar la misericordia; el ayuno no da fruto si no es regado por la misericordia, se seca sin este riego: lo que es la lluvia para la tierra, esto es la misericordia para el ayuno. Por más que cultive su corazón, limpie su carne, arranque sus malas costumbres, siembre las virtudes, si no abre las corrientes de la misericordia, ningún fruto recogerá el que ayuna.
Tú que ayunas, sabe que tu campo, si está en ayunas de misericordia, ayuna él también; en cambio, la liberalidad de tu misericordia redunda en abundancia para tus graneros. Mira, por tanto, que no salgas perdiendo, por querer guardar para ti, antes procura recolectar a largo plazo; al dar al pobre das a ti mismo, y lo que no dejas para los demás no lo disfrutarás tú luego.

LA SED DE UNA MUJER

Del Tratado de San Agustín, obispo, sobre el Evangelio de San Juan

Llegó una mujer. Esta mujer es figura de la Iglesia no justificada aún, pero en vías de justificación, ya que de esto trata el relato. Llegó ignorante de lo que allí le esperaba, encontró a Cristo, y éste le dirigió la palabra. Veamos qué palabras y por qué. Llegó una mujer samaritana a sacar agua. Los samaritanos no eran de raza judía, eran tenidos por extranjeros. Concuerda con el simbolismo del relato el hecho de que esta mujer, figura de la Iglesia, venga de un pueblo extranjero, ya que la Iglesia había de venir de entre los gentiles, de los que no eran de raza judía.

Por tanto, oigámonos a nosotros en sus palabras, reconozcámonos a nosotros en ella, y en ella demos gracias a Dios por nosotros. Ella era figura, no realidad; pero ella misma comenzó por ser figura y terminó por ser realidad. Creyó, en efecto, en aquel que quería hacerla figura de nosotros. Llegó, pues, a sacar agua. Había venido simplemente a sacar agua, como acostumbraban hacer todos.

Jesús le dijo: «Dame de beber.» Mientras tanto sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alguna cosa para comer. Díjole la samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Conviene saber que los judíos no alternan con los samaritanos.

Veis cómo se trata de extranjeros: los judíos no usaban en modo alguno de sus vasijas. Y aquella mujer, que llevaba consigo una vasija para sacar agua, se admira de que un judío le pida de beber, cosa que no solían hacer los judíos. Pero el que le pide de beber, en realidad, de lo que tiene sed es de la fe de aquella mujer.

Escucha quién es el que le pide de beber: Jesús le respondió: «Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.» Pide de beber y promete una bebida. Se presenta como quien está necesitado, y tiene en abundancia para saciar a los demás. Si conocieses —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero de momento habla a aquella mujer de un modo encubierto, y va entrando paulatinamente en su corazón. Seguramente empieza ya a instruirla. ¿Qué exhortación, en efecto, más suave y benigna que ésta? Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.

¿Qué agua había de darle, sino aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Pues no pueden ya tener más sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa.

Prometía el alimento y saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo entendía aún; y, por eso, ¿qué respondía? Exclamó entonces la mujer: «Señor, dame de ese agua, para que no sienta ya más sed ni tenga que venir aquí a sacar agua.» La necesidad la obligaba a fatigarse, pero su debilidad recusaba la fatiga. Ojalá hubiera podido escuchar aquellas palabras: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. Porque todo esto se lo decía Jesús para que no tuviera ya que fatigarse, mas ella no lo entendía aún.

EL VERDADERO TEMOR DEL SEÑOR

De los Tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos

¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Hay que advertir que, siempre que en las Escrituras se nos habla del temor del Señor, nunca se nos habla de él solo, como si bastase para la perfección de la fe, sino que va siempre acompañado de muchas otras nociones que nos ayudan a entender su naturaleza y perfección; como vemos en lo que está escrito en el libro de los Proverbios: Si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia, si la procuras como el dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor.

Vemos, pues, cuántos pasos hay que dar previamente para llegar al temor del Señor. Antes, en efecto, hay que invocar a la inteligencia, llamar a la prudencia, procurarla como el dinero y buscarla como un tesoro. Así se llega a la comprensión del temor del Señor. Porque el temor, en la común opinión de los hombres, tiene otro sentido.

El temor, en efecto, es el miedo que experimenta la debilidad humana cuando teme sufrir lo que no querría. Se origina en nosotros por la conciencia del pecado, por la autoridad del más poderoso, por la violencia del más fuerte, por la enfermedad, por el encuentro con un animal feroz, por la amenaza de un mal cualquiera. Esta clase de temor no necesita ser enseñado, sino que surge espontáneo de nuestra debilidad natural. Ni siquiera necesitamos aprender lo que hay que temer, sino que las mismas cosas que tememos nos infunden su temor.

En cambio, con respecto al temor del Señor, hallamos escrito: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Así, pues, el temor de Dios ha de ser aprendido, ya que es enseñado. No radica en el miedo, sino en la instrucción racional; ni es el miedo connatural a nuestra condición, sino que consiste en la observancia de los preceptos, en las obras de una vida inocente, en el conocimiento de la verdad.

Para nosotros, el temor de Dios radica en el amor, y en el amor halla su perfección. Y la prueba de nuestro amor a Dios está en la obediencia a sus consejos, en la sumisión a sus mandatos, en la confianza en sus promesas. Oigamos lo que nos dice la Escritura: Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien.

Muchos son los caminos del Señor, aunque él en persona es el camino. Y, refiriéndose a sí mismo, se da a sí mismo el nombre de camino, y nos muestra por qué se da este nombre, cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí.

Por lo tanto, hay que buscar y examinar muchos caminos e insistir en muchos de ellos para hallar, por medio de las enseñanzas de muchos, el único camino seguro, el único que nos lleva a la vida eterna. Hallamos, en efecto, varios caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las distintas obras mandadas; dichosos los que, movidos por el temor de Dios, caminan por ellos.

CUÁNDO DIOS MENDIGA UN CORAZÓN

“Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice ‘dame de beber’, le pedirías tú, y él te daría agua viva.” (Jn 4,10)

                No tengo dudas de que en este IIIº domingo de la cuaresma, la Iglesia nos propone unas de las páginas más hermosas de todo el Nuevo Testamento, una preciosidad de detalles que se hace tanto de parte de la “samaritana” -con todo el proceso de su conversión hasta reconocer a Cristo Nuestro Señor como Mesias- como también de parte de Cristo, que se nos revela como un verdadero manantial de agua viva. La escena comienza con la descripción del trayecto que hacía nuestro Señor en dirección a Galilea. Tras caminar por horas, llega a Sicar, que está en el territorio de Samaría, al norte de Jerusalén. Se detiene en el pozo de Jacob a descansar, pues como dice S. Juan estaba cansado del camino. A sus discípulos les había enviado a la ciudad a conseguir comida, quiso quedarse solo, era alrededor de la hora sexta; el sol ardía en el cielo azul primaveril de la región de samaria, y de repente se acerca una persona, una persona un tanto misteriosa; una mujer que llega hasta el pozo (justo en el que se encuentra nuestro Señor descansando), viene a coger un poco de agua, necesita para su vida cotidiana, sin embargo el horario y el modo como va, nos dan indicios de que lo hace buscando no ser vista; necesita mantenerse más lejos de los demás, algo en su conciencia le incomoda, le hace quedar inquieta…

                Se acerca la mujer con sus cubos, le extraña ver un judío sentado al borde del pozo, pero lo entiende: un viajero, cansado, hacer una pausa ahí para tomar un poco de agua y aliviar el peso del camino no sería una cosa del todo inusual. Sin embargo, nuestro Señor la observa, más, mucho más de lo que las simple apariencias. “El señor mira al corazón”… Sabe de las necesidades del hombre, sabe de sus debilidades, de sus límites… Él mismo está en este momento cansado, necesitaba descansar… Para demostrar su compasión con el género humano, para hacernos ver de modo claro que tenía semejanza en todo con nosotros -excepto en el pecado- le dice a la mujer: “Dame de beber”. Se sobresalta la mujer: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”… En este momento nuestro Señor se revela compasivo, tierno en sus palabras, profundo en su conocimiento de la pobreza y miseria humana, se muestra verdadero hombre, pero también se revela como verdadero Dios: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”… si conocieras el grandiosísimo don que Dios te concede en este momento, si conocieras a la miseria de la naturaleza humana como yo la conozco, con sus efectos, debilidades y todo lo que quieras, y más, si conocieras quién es el que te pide de beber, ¡ah, éste que te pide de beber es el mismo que les dio de beber a tus padres en el desierto!, el que te pide ahora de beber, puede parecer que necesita de esta agua para saciar una sed simplemente natural; sin embargo, si conocieras… ¡ah! La sed que me envuelve por todos lados es una sed que no se sacia con esta agua, tengo sed, sí… dame de beber mujer, dame de beber, lo único que necesito es que veas, que conozcas quién es el que te pide; cuando tengas este conocimiento, se colmarán tus anhelos, tus deseos serán saciados, beberías de una fuente de vida, de vida eterna, vida que no se acaba: yo soy la vida, si me pides de beber como yo te estoy pidiendo ahora, serías tú misma quién sería colmada de las abundantes aguas de la vida.”

                La mujer empieza su caminar en la fe, todavía desconocido para ella misma, pero el contacto con el Señor le va haciendo cambios profundos… Por ahora vuelve a interpelarlo llamándolo de Señor, sin embargo todavía no ha logrado comprender qué es lo que el Maestro le quiere enseñar. Acaso en las palabras con que pregunta a Jesús si es más que nuestro padre Jacob, nunca imaginaría que sí, es mucho más, este es aquel en quien Jacob creyó, por quien Jacob confió en las promesas del Señor. Pero este secreto todavía le es muy oscuro, la fe necesita de una fuente que sea inagotable, por eso nuestro Señor le revela a ella la plena saciedad que Él le puede dar si ella le pide… “si conocieras el don de Dios”… beberías del agua que puedo darte, y no solamente beberías y te quedarías saciada, sino que beberías y no tendrías más sed… y no sólo esto, sino que también se convertiría en ti misma en fuente, de ti surgiría un agua que salta hasta la vida eterna. En este momento, vuelve la mujer a presentarle al Señor su angustia, el Señor conoce las debilidades del corazón humano, sabe que deseamos el fin de las penas, sabe que el peso del pecado se nos hace cada vez más difícil de llevar, tener que salir en el medio del día, como a las escondidas, buscando huir de algo que jamás vamos conseguir huir, de nuestra propia conciencia. La mujer demuestra su deseo de no tener que buscar más agua natural, en efecto dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”, se me hace pesado tener que ocultarme de mi conciencia, busco saciar mi sed, hay un deseo en mí de estar saciada plenamente, si tú tienes de esta agua que me puede saciar, dame de ella Señor.

                Por más que ahora la mujer pide al Señor que le de de beber, no le pide con el conocimiento verdadero de lo que está pidiendo, ¡ah si conocieras el don de Dios!, si supieras que el agua de la cual hablo es algo que va mucho más allá de lo que te parece ahora… quiero, tengo sed, dame de beber, necesito que me dés de beber, necesito de materia para poder saciarte, la gracia (el “don de Dios”) que tengo para darte es algo que para que lo recibas, tienes que dármelo todo; ahora Jesús va más incisivo en la conciencia de la mujer: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. Una sentencia fría si la miramos superficialmente. El Señor que hasta entonces venía como alentando a la mujer, prometiéndole un don precioso, una gracia inestimable que le saciaría de todos sus deseos, se vuelve a ella como si fuese una especie de máquina de radiografía: llama a tu marido y vuelve. Busca en su conciencia la causa de su pesadumbrez, de su debilidad, de sus flaquezas. Jesús con su pregunta le toca en el corazón, ¿acaso viviendo con el hombre con la cuál vivía esta mujer, podría intentar engañarse a sí misma, a su propia conciencia diciéndose a sí misma que era su marido, que estaba bien, que andaba en la verdad? Sin embargo, al ser sorprendida con esta pregunta, no pudo esconder más la verdad: “No tengo marido”, tal vez que una respuesta bastante fría (seca) para una sentencia lanzada por el Señor también en el mismo tono; o quizás una respuesta un tanto corta para expresar una realidad un poco más profunda: “has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido”. El reconocerte pecadora ya te hace caminar en el camino de la humildad, andar en ella es la clave para empezar a beber de esta agua que yo puedo darte. En eso has dicho la verdad, no me lo ocultaste lo que pesa en tu conciencia.” Delante de sí mismo, uno debe tener la certeza de que no podemos ocultar nada, ahí es el santuario donde Dios nos habla. Cristo le dice a la mujer: “Tienes razón, que no tienes marido”. Te enfrentaste contigo misma, pusiste la verdad delante de tu engaño, delante de la mentira, delante del pecado, lo enfrentaste con la verdad. Reconocerlo es un paso.

                Jesús ahora, al demonstrar a la mujer que no solamente sufre en su cuerpo la debilidad de la naturaleza humana, siente en su debilidad las consecuencias del pecado, pero ahora le acaba de demostrar que es Dios, que conoce los corazones; es Dios, que “sondeas los abismos” más profundos de la conciencia, del corazón del hombre, ante sus ojos nada está oculto. Es verdadero Dios, todo lo conoce, pero ¡ah, si conocieras quién es el que te dice dame de beber…! Todavía la mujer no le reconoce de modo pleno, sabe que es algo más que un simple judío, el referirse a Él como Señor ya se queda atrás; le reconoce dones sobrenaturales, le tiene por profeta. El asunto cambia de rumbo, ahora que le reconoce por profeta, la conduce al tema de la religión, de su fe expresada de modo público: su creencia de que está en la verdad en cuanto a la práctica exterior de su fe le lleva a fiarse de la tradición de los suyos: “Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.” En su respuesta, Jesús deja en claro la verdad: la salvación viene de los judíos, además de esto, vosotros adoráis a uno que no conocéis, nosotros adoramos a uno que conocemos. Sin embargo, esto a partir de ahora ya no será así, ya pues ya se acerca la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al padre en espíritu y verdad. Este es el deseo del Padre, por eso a partir de ahora, que se os ha dado a conocer algo de estos misterios, podéis vosotros también adorar al Dios verdadero, podéis conocerlo, por eso le pidió dame de beber, dame tu fe, créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. ¡ah, si conocieras…! “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”… Cuando todavía nuestra fe es muy poca, o demasiado débil para comprender las realidades que Dios nos quiere mostrar, Él mismo se dispone a revelárnosla y a poner delante de nuestros ojos las realidades que no logramos comprender, este “¡ah, si conocieras el don de Dios!” Sólo puede ser plenamente satisfecho por obra de Dios mismo; el reconocimiento de Cristo como nuestro Salvador, como nuestro Redentor, como Salvador del mundo es también una gracia. La mujer demuestra su fe, su esperanza puesta en la llegada del Mesías para que les revele y les diga todo lo que está velado; por poco no puede reconocer delante de sí al que es fuente y origen de la gracia, “Soy yo, el que habla contigo”, créeme mujer… Ante dicha revelación ya desaparece la figura de la mujer. Luego de la revelación de nuestro Señor como el verdadero Mesías, vuelven sus discípulos y dice el texto que ellos se extrañaban de que [Jesús] estuviera hablando con una mujerLa mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y aquella que había salido en el sol del mediodía a buscar agua para saciarse y para mantener su vida, abandona los medios ordinarios para dar una saciedad temporal a sus deseos de infinitud. Entenderá ella que ahora, en espíritu y verdad será posible adorar a Dios, y más que eso, al menos por dos días, será posible que ella lo adore también en su presencia real: Jesús se queda dos días en el pueblo. Se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Sin embargo, por ahora podréis hacerlo en espíritu y verdad, nuestro Señor se queda unos días con ellos, enseñándoles las verdades de la fe, la plenitud de la fe, esta fe oscura que para muchos estaba velada.

En verdad, la salvación viene de los judíos, pero viene para todos; de nuestra parte, el Señor nos pide, como condición para recibir esta salvación, una cosa: Dame de beber. Esta sed de almas, sed de nuestra entrega total a Él, sed de nuestra adhesión plena a la Verdad, le acompaña hasta sus últimos momentos; en lo alto de la cruz Él exclama y al mismo tiempo suplica: “Tengo sed”; en Sicar, bastó con que hablase a solas con la samaritana y le pidiese de beber, pero como su alimento es hacer la voluntad del que le envió y llevar a término su obra, tenía que ir más allá, tenía que decirle al mundo entero, a todas las generaciones que esta obra que el Padre le tenía preparada para que llevase a cabo, fuese concluida, por eso su sed aumentó creció tanto que necesitaba un púlpito para que se escuchase y sonase más lejos su voz, por eso sube al púlpito de la Cruz para gritarle al mundo y “suplicarle” que le sacien: Tengo sed, dame de beber. A nosotros nos cabe acudir a Él y “saciarlo” de esta sed, y así esta agua de la cuál vamos beber, agua que brotó de su lado abierto, junto con su preciosísima Sangre, se convertirá en nosotros en surtidor de agua que salta hasta la vida eterna; por eso, al depararnos con este misterio, debemos pedirle a Dios que nos de a conocer este inmenso don que nos da en su Hijo; que reconozcamos a nuestro Salvador, que reconozcamos en Él la fuente de vida para que podamos beber “aguas con gozo en las fuentes del Salvador”.

Ave María Purísima

P. Harley Carneiro, IVE

 

Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar

De las Homilías de san Asterio de Amasea, obispo
(Homilía 13: PG 40, 355-358. 362)

IMITEMOS EL ESTILO DEL SEÑOR EN SU MANERA DE APACENTAR

Si queréis asemejaros a Dios, puesto que habéis sido hechos a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, nombre que en sí mismo implica la bondad, imitad el amor de Cristo.

Considerad las riquezas de su bondad, ya que, queriendo venir a los hombres haciéndose él mismo hombre, envió ante sí a Juan, como pregonero y ejemplo de penitencia, y, antes de Juan, a todos los profetas, los cuales exhortaban a los hombres a que se arrepintieran, a que volvieran a la vida, a que se enmendaran.

Luego, al venir él en persona, clamaba con su propia voz: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. ¿Y cómo acogió a los que hicieron caso de esta invitación? Les concedió sin dificultad el perdón de sus pecados, al momento los libró de todo aquello que los agobiaba: el Hijo los santificó, el Espíritu los confirmó, el hombre viejo fue sepultado en el agua bautismal y el hombre nuevo, regenerado, resplandeció por la gracia.

¿Qué se siguió de ahí? El que antes era enemigo se convirtió en amigo, el que era un extraño en hijo, el que era profano en sagrado y santo.

Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar; meditemos los evangelios y, viendo en ellos, como en un espejo, su ejemplo de diligencia y benignidad, aprenderemos a fondo estas virtudes.

En ellos, en efecto, encontramos descrito, con un lenguaje parabólico y misterioso, a un hombre, pastor de cien ovejas, el cual, cuando una de las cien se separó del rebaño e iba errando descarriada, no se quedó con las demás que continuaban paciendo ordenadamente, sino que se marchó a buscar a la descarriada, atravesando valles y desfiladeros, subiendo montes altos y escarpados, pasando por desiertos, y así le fue siguiendo la pista con gran fatiga, hasta que la halló errante.

Una vez hallada, no le dio de azotes, ni la hizo volver con prisas y a empujones al rebaño, sino que la cargó sobre sus hombros y, tratándola suavemente, la llevó al rebaño, con una alegría mayor por aquella sola que había encontrado que por la muchedumbre de las demás. Reflexionemos sobre el significado de este hecho, envuelto en la oscuridad de una semejanza. Esta oveja y este pastor no significan simplemente una oveja y un pastor cualquiera, sino algo más profundo.

En estos ejemplos se esconde una enseñanza sagrada. En ellos se nos advierte que no tengamos nunca a nadie por perdido sin remedio y que, cuando alguien se halle en peligro, no seamos negligentes o remisos en prestarle ayuda, sino que a los que se han desviado de la recta conducta los volvamos al buen camino, nos alegremos de su vuelta y los agreguemos a la muchedumbre de los que viven recta y piadosamente.

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado