Cosechamos y sembramos…

Un deber de gratitud…

Existe un dicho bastante conocido que dice más o menos así: “cosechas lo que siembras”, referido normalmente al fruto de nuestras acciones moralmente consideradas, es decir, el que hace el bien (siembra el bien), recibirá bienes a futuro (fruto de lo que ha cosechado), y así también respecto al mal; y sabemos que esto es más o menos así, aunque admite a veces largas esperas especialmente en lo que se refiere a la cosecha del bien, la cual puede incluso llevarse a cabo directamente como la eterna recompensa de la vida futura, como las almas buenas y piadosas que entre sufrimientos santamente sobrellevados, sembraron para cosechar la eternidad del Paraíso, que ya no admitirá más que gozo y alegría interminable.

Pero en esta oportunidad quiero referirme específicamente al caso tan especial consagrado, que constantemente debe estar sembrando y cosechando el bien, si desea ser consecuente con su vocación, rodeado de tantos y tan abundantes bienes sobrenaturales que éstos por fuerza lo exceden, lo desbordan, y que por esos secretos designios de la Divina Providencia y su amor eterno que arremete incesantemente, lo hacen cosechar también lo que no ha sembrado, a la vez que le imponen una alentadora obligación de caridad para sembrar también para aquellos que vendrán después de él: hermosa realidad que adorna a la vida consagrada en tierra de misión, donde el religioso llega a cosechar los frutos de las oraciones, trabajos, sudor y lágrimas, y hasta cruces tal vez inimaginables que sembraron los que estuvieron antes de él, preparando el terreno con los medios que tenían y las fuerzas que podían, de cara a esa “santa incertidumbre” que posee el misionero, de que no sabe con exactitud hasta cuándo seguirá en tal o cual lugar de misión, porque ya entregó a Dios su voluntad por medio de sus superiores, los cuales le dirán a su debido momento si continuar arando en esa misma tierra sin mirar atrás, o si debe ir a hacerlo a otros campos, quizás hasta más duros si confían en su experiencia para disponer mejor el terreno, quizás de tierras más blandas para que se reponga de su desgaste; pero sea como sea y donde sea, cosechando lo de los que pasaron primero, y sembrando lo más posible para los que vendrán después, movido por ese motor irrefrenable del santo entusiasmo, una vez que se pone en marcha con la fe, la esperanza, la caridad, la gratitud y generosidad con que se viva.

Tenemos un deber de gratitud muy grande aquí en Séforis (así como en tantas otras de nuestras misiones por el mundo), y nuestra respuesta no puede ser otra que la de imitar a nuestros predecesores sembrando con esfuerzo, llevando nuestra cruz, con esa visión que tenían, por ejemplo, los diseñadores de las grandes catedrales que sabían bien que tardarían tantos años en ser edificadas que ellos mismos no las verían terminadas, porque sabían que ver el fruto de su trabajo en esta vida no era lo importante, sino lo que se sembraba para el futuro y en bien de los demás, como los buenos consejos de los padres a sus hijos, como las virtudes que se adquieren en el tiempo de formación en el seminario, y como cada una de nuestras buenas obras para la eternidad: si aun no somos santos, es porque nos falta sembrar más para cosechar más, ¡¿qué estamos esperando?!

Gracias a los primeros monjes que se desgastaron con alegría por este sencillo y apartado monasterio; gracias a todas las personas que cooperan de una forma u otra con nosotros, sea con ayudas, sea con sus oraciones; gracias a nuestra amada familia religiosa por confiarnos un lugar santo que albergó la santidad cotidiana que hasta pasó humildemente desapercibida para muchos, y que aun así nos sigue dando ejemplo de virtudes. ¡Gracias a la Sagrada Familia; gracias a Dios!

Que jamás nos cansemos de sembrar en bien de los demás, de los que vendrán, de los que a su debido tiempo y circunstancias también sembrarán para el futuro.

Profesión y renovación de nuestro voto a la Virgen en Nazaret

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:

Por gracia de Dios, el día de ayer pudimos renovar nuestro 4º voto religioso de materna esclavitud de amor a María santísima, nuestra tierna madre del Cielo, propio de los religiosos del Verbo Encarnado, y al cual se sumaron con gran devoción algunos de los miembros de nuestra tercera orden (laicos que asumen vivir también nuestra espiritualidad según su deber de estado), luego de haber hecho la correspondiente preparación durante jucho tiempo, y de entre ellos 3 mujeres recibieron además el santo escapulario.

La santa Misa fue celebrada en la basílica superior de la Anunciación, presidida y predicada por nuestros monjes de Séforis y ornamentada por los cantos de nuestras hermanas SSVM a cargo del coro y acompañadas por nuestros terciarios y amigos.

Posteriormente realizamos los correspondientes festejos aquí en el monasterio.

Realmente una gracia hermosa, como tantas otras que nuestro buen Dios no deja de concedernos, el poder rezar todos juntos, laicos y religiosos de la misma familia, dando y renovando nuestro “sí” a esta filial manera de consagración, justamente arriba de la gruta en que hace 2000 años la misma María santísima diera el “sí” que, a partir de ese momento, dividiría la historia en dos al dar paso a la Encarnación del Hijo de Dios y nuestra salvación:

“Siendo María santísima nuestra Madre, necesariamente nos corresponden los deberes de los hijos respecto a ella, comenzando con amarla, y de ahí a todo lo demás: el respeto, la ternura, la confianza y la piedad; sin dejar de lado el buen ejemplo de los hijos de tal Madre con respecto los demás. Ahora bien, esto es común a todo hijo de la Iglesia, pero en nuestro caso existe, además, el solemne compromiso de abrazarnos con la vida a esta Madre castísima, como el niño pequeño en los brazos que primero lo acogieron como cuna, y de manera inalienable. Nuestro voto de esclavitud mariana no está orientado hacia un consejo evangélico o una virtud, sino hacia una persona que es ejemplo de virtudes; más aún: nuestro voto a María santísima nos es propiamente “tender” sino “aferrarse” a esta buena madre, la mejor de todas, con un lazo “sumamente filial”, es decir, en el aspecto más propio de la relación de dependencia entre madre e hijo, con la particularidad de que en este caso, en vez de madurar hasta seguir adelante por nuestra propia cuenta -como los hijos al crecer-, mientras más crece nuestra vida espiritual más intensa y más estrecha se vuelve nuestra relación con María santísima y viceversa, poniendo todas nuestras obras en sus manos al haberla asumido como Madre con un compromiso sellado y aceptado por el mismo Dios.”

Con nuestra bendición, en Cristo y María:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,

Séforis, Tierra Santa.

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Divina Señora

Señora es uno de los nombres de María. María significa Señora[1]. Pero María, es una Señora muy especial, es una “Divina Señora”.

P. Gustavo Pascual, IVE

 

María es Señora por ser la Madre del Señor. Jesús recién recibió el título de Señor, como Dios, después de la resurrección aunque lo poseía eternamente, cuando los primeros cristianos lo llamaban Señor[2], igualándolo a Dios o mejor reconociéndolo Dios, dándole el título que sólo a Dios se daba en el Antiguo Testamento. Pero Jesús es Señor, desde toda la eternidad porque es Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo, la Sabiduría, la Palabra hecha hombre. Igual a Dios, Dios[3]. Por eso también, Jesucristo es Señor por naturaleza, y en consecuencia, su Madre también es Señora, la Madre del Señor[4]. María es Señora por derecho natural.

María es Señora, por ser Madre del Redentor de los hombres, el que fue exaltado por Dios y se le otorgó el nombre de Señor, para que al nombrarlo, toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos[5], pero no sólo, por ser Madre del que conquistó toda la creación para Dios, sino, porque también ella participó de esta obra de recreación padeciendo con su Hijo la muerte en la cruz. María es Señora por derecho de conquista.

María ha enseñoreado, junto con su Hijo, toda la creación. A ella alaban el cielo y la tierra. Ante ella tiemblan los habitantes del abismo al pronunciarse su nombre. María ha conquistado, al pie de la cruz, a todos los hombres y es Madre y Señora de todos nosotros. Nos ha conquistado, compadeciendo con su Hijo, pero también, dándonos a luz.

La Virgen María es la Gran Señora que nos enseña a hacer las obras con magnanimidad, con distinción, con perfección, por amor a la verdad y con simplicidad, porque estas son las notas, que manifiestan el verdadero señorío. El señorío, más que un título heredado, se concreta en el obrar.

Ser Señor es obrar con alma grande y María obró siempre con magnanimidad. Dijo: “engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso”[6]. Exultación de un alma grande que alaba al Ser Infinito. ¿Qué cosas grandes ha hecho Dios en María? La ha hecho su Madre. Pero si bien es obra de Dios sólo, la grandeza de su Madre, no es obra de Él solo, el que sea su Madre, porque Dios, como amante glorioso esperó el sí de su amada criatura, y ella pronunció su sí, secundando la moción del Espíritu Santo, que la movía a ser Madre de Dios. El sí de María procede de un alma grande que se entrega, sin condiciones, a la vocación divina.

Dios ha hecho de María una Madre Virgen y es una obra única de Dios, juntar en una misma persona, la virginidad y la maternidad. María concibió y dio a luz al Verbo de Dios y permaneció virgen ante la admiración de cielo y tierra. ¡Obra prodigiosa de Dios, obra grande, obra magnánima!

Dios ha hecho de María una Corredentora, asociándola singularmente, a la obra redentora de su Hijo; la ha hecho Reina y Señora de toda la creación por ser la Madre del Rey de reyes y Señor de señores, pero también, la ha hecho Reina y Señora porque ella ha conquistado estos títulos por la compasión al pie de la cruz.

María es Señora porque su obrar es con distinción. Desde que contestó sí al Señor, y durante toda su vida, sus obras han tenido este toque característico. Ella cuando el ángel le dio a conocer el mensaje divino, preguntó con delicadeza, cómo se haría aquello, puesto que no conocía varón, y el ángel le reveló la manera: concebirás por obra del Espíritu Santo.

María con distinción pidió el primer milagro de su Hijo, con distinción recibió a los reyes de oriente, con distinción acogió a Juan cuando Jesús se lo dio por hijo, con distinción recibió a su Hijo al pie de la cruz, con distinción de Señora, mantuvo la esperanza despierta, hasta el momento de la resurrección del Señor y sostuvo la fe de los apóstoles, y finalmente, el toque de distinción excelso de su dormición y asunción al Cielo.

María como gran Señora ha hecho las obras con perfección. Ella pudo decir al final de su existencia terrena “todo está cumplido”. Realizó todas sus obras con total fidelidad a la voluntad de Dios y con la perfección que Él se lo pedía, porque las obras divinas, llevan el toque de lo perfecto y este toque dio María a su obrar terreno.

El señorío de María se nota en su amor a la verdad. Ella imitó perfectamente a su Hijo, que es la Verdad, y ella misma se hizo verdad. María es la verdad de Cristo, la verdad en sus palabras, y sobre todo, la verdad en su obrar. Sus obras y todo su ser son simples. Su existencia es simple y por tanto veraz. Simplicidad que habla de la entrega absoluta y sin reservas a Dios, sin otro amor, que sólo Dios. Esta gran Señora sobresale por la grandeza de su simplicidad que mira a una sola cosa, a contemplar y vivir, sólo para Dios.

 

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, Catena Áurea, Lucas (IV), Cursos de Cultura Católica Buenos Aires 1946, San Beda a Lc 1, 27.

[2] Título divino de Jesús resucitado, Hch 2, 36; Flp 2, 11ss., que Lucas le concede desde su vida terrena, con más frecuencia que Mt, Mc. Lc 7, 13; 10, 1.39.41; 11, 39 etc.

[3] Cf. Jn 1, 1

[4] Lc 1, 43

[5] Flp 2, 9-10

[6] Lc 1, 46-49

Dispensadora de tiernísimas finezas

“En efecto, Cristo nos la dio como madre, para que dispensara sus gracias sobre cada uno de nosotros.”

P. Gustavo Pascual, IVE.

 

María es la dispensadora de todas las gracias que proceden de Dios a los hombres. Todos los méritos y gracias que nos ha conseguido Jesús en su Pascua, quiere, es su voluntad, que nos las alcance María, de tal manera, que ninguna gracia deje de pasar por ella. En efecto, Cristo nos la dio como madre, para que dispensara sus gracias sobre cada uno de nosotros.

María es dispensadora de gracias por haber sufrido con Cristo en el Calvario, unida a Él, y en comunión de padecimientos. Ella en la cruz comenzó a ser Corredentora de los hombres, y también, Mediadora entre nosotros y Jesús. Ella distribuye todas las gracias de Jesús sobre sus hijos.

María es Dispensadora de grandes gracias y de pequeñas gracias, de tiernísimas finezas, que muchas veces, desconocemos por no contemplarlas con detenimiento.

Vivimos absortos en las cosas de la tierra, y esto resta a nuestra vida contemplación de las cosas celestiales. Si contempláramos cada una de las maravillas que hace Dios en nuestra vida nos admiraríamos. Si contemplásemos cómo Dios nos dispensa cada día tiernísimas finezas por María se encendería en nosotros una hoguera de amor.

La Santísima Virgen mostró en Caná una de estas tiernísimas finezas para con sus hijos. En una boda en Galilea, el vino es un elemento importante, para el clima de fiesta y alegría. Sin embargo, en aquella ocasión los novios no habían calculado bien la cantidad y en medio de la fiesta se les terminó el vino. Jesús y María estaban allí, pero fue María la que observó este detalle. Jesús lo sabía, como también sabía lo que iba a hacer en aquella ocasión, pero fue su Madre la que vio la necesidad de aquellos esposos y pidió el milagro a su Hijo: “No tienen vino”[1]. María presentó el problema y esperó en su Hijo. “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”. Y María dijo confiadamente: “Haced lo que él os diga”. Y Jesús realizó por intercesión de su Madre el primer milagro.

María dispensó en aquella ocasión a los esposos un pequeño detalle que los hizo felices y los hizo creer en el invitado de Nazaret. También sus discípulos creyeron en Él.

María tuvo también detalles de ternura para con su Hijo: “le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre”[2] cuando Jesús era pequeño. Lo tuvo entre sus brazos, lo amamantó, y lo estrecho contra su pecho. Lo cuidó incansablemente, y después de darlo a luz en una cueva, lo llevó a una casa de Belén donde los magos la encontraron cuidando a su Hijo[3]. Lo llevó al Templo, y allí de sus brazos, lo recogió Simeón para presentarlo al Señor[4]. Lo llevó muchas veces a Jerusalén para la fiesta de Pascua[5]. Lo cuidó, lo crió y lo fue educando en Nazaret viéndolo crecer en sabiduría y en gracia[6].

Si observamos con detenimiento nuestra vida, notaremos esas finezas de María, para con nosotros. Pequeños detalles que como antes dije, muchas veces, los pasamos por alto.

La caridad tiene esos pequeños detalles. No sólo se demuestra por las obras, sino por las obras realizadas con perfección, y hay detalles que coronan las obras buenas y les dan ese toque de perfección y de sorpresa que las hace excelentes.

La tiernísima fineza de la caridad de María en la visita a su prima es un ejemplo: el ángel le insinúa el embarazo de su prima y ella va presurosa para ayudarla y se está con ella hasta que da a luz.

La fineza de María en la confianza en Dios cuando calla ante su prometido José. No se excusa, no manifiesta su inocencia con gestos o hechos, sino que calla, confiando plenamente en Dios, con ese detalle propio de las almas santas entregadas sin reserva al amor de Dios.

Cada uno de nosotros puede y debería revisar en su vida los detalles de amor que la Madre ha tenido con nosotros. Cuando hemos estado tristes, cuando hemos estado lejos de Jesús, en el momento de convertirnos, en la atracción por el rezo del santo rosario, en el amor a ella, en la veneración a sus imágenes, en la manifestación sencilla del pueblo de Dios que nos trasmite su fe, en los ejemplos de los santos y de la jerarquía de la Iglesia, en la salud de los enfermos con los cuales nos hemos encontrado en nuestra vida, en la conversión de los sectarios que han pedido en los momentos extremos su compañía…

Detalles exquisitos, tiernísimas finezas, que contempladas nos hacen crecer en amor a ella. Dejemos que esta contemplación inunde nuestro corazón y lo encienda. Imitemos su ejemplo y seamos como ella dispensadores de amor para con nuestros hermanos, pero, con ese toque que ella nos enseña. Caridad dispensada con tiernísimas finezas.

 

[1] Jn 2, 1ss.

[2] Lc 2, 7

[3] Mt 2, 11

[4] Lc 2, 28

[5] Lc 2, 41ss.

[6] Lc 2, 52

Solemnidad de la asunción de María Santísima

«Magnificat anima mea Dominum!» (Lc 1, 46).
San Juan Pablo II
La Iglesia peregrina en la historia se une hoy al cántico de exultación de la bienaventurada Virgen María; expresa su alegría y alaba a Dios porque la Madre del Señor entra triunfante en la gloria del cielo. En el misterio de su Asunción, aparece el significado pleno y definitivo de las palabras que ella misma pronunció en Ain Karim, respondiendo al saludo de Isabel: «Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso» (Lc 1, 49).
Gracias a la victoria pascual de Cristo sobre la muerte, la Virgen de Nazaret, unida profundamente al misterio del Hijo de Dios, compartió de modo singular sus efectos salvíficos. Correspondió plenamente con su «sí» a la voluntad divina, participó íntimamente en la misión de Cristo y fue la primera en entrar después de él en la gloria, en cuerpo y alma, en la integridad de su ser humano.
El «sí» de María es alegría para cuantos estaban en las tinieblas y en la sombra de la muerte. En efecto, a través de ella vino al mundo el Señor de la vida. Los creyentes exultan y la veneran como Madre de los hijos redimidos por Cristo. Hoy, en particular, la contemplan como «signo de consuelo y de esperanza» (cf. Prefacio) para cada uno de los hombres y para todos los pueblos en camino hacia la patria eterna.
Amadísimos hermanos y hermanas, dirijamos nuestra mirada a la Virgen, a quien la liturgia nos hace invocar como aquella que rompe las cadenas de los oprimidos, da la vista a los ciegos, arroja de nosotros todo mal e impetra para nosotros todo bien (cf. II Vísperas, Himno).
«Magnificat anima mea Dominum!».
La comunidad eclesial renueva en la solemnidad de hoy el cántico de acción de gracias de María: lo hace como pueblo de Dios, y pide que cada creyente se una al coro de alabanza al Señor. Ya desde los primeros siglos, san Ambrosio exhortaba a esto: «Que en cada uno el alma de María glorifique al Señor, que en cada uno el espíritu de María exulte a Dios» (san Ambrosio, Exp. Ev. Luc., II, 26). Las palabras del Magníficat son como el testamento espiritual de la Virgen Madre. Por tanto, constituyen con razón la herencia de cuantos, reconociéndose como hijos suyos, deciden acogerla en su casa, como hizo el apóstol san Juan, que la recibió como Madre directamente de Jesús, al pie de la cruz (cf. Jn 19, 27).
«Signum magnum paruit in caelo» (Ap 12, 1).
La página del Apocalipsis que se acaba de proclamar, al presentar la «gran señal» de la «mujer vestida de sol» (Ap 12, 1), afirma que estaba «encinta, y gritaba con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). También María, como hemos escuchado en el evangelio, cuando va a ayudar a su prima Isabel lleva en su seno al Salvador, concebido por obra del Espíritu Santo.
Ambas figuras de María, la histórica, descrita en el evangelio, y la bosquejada en el libro del Apocalipsis, simbolizan a la Iglesia. El hecho de que el embarazo y el parto, las asechanzas del dragón y el recién nacido arrebatado y llevado «junto al trono de Dios» (Ap 12, 4-5), pertenezcan también a la Iglesia «celestial» contemplada en visión por el apóstol san Juan, es bastante elocuente y, en la solemnidad de hoy, es motivo de profunda reflexión.
Así como Cristo resucitado y ascendido al cielo lleva consigo para siempre, en su cuerpo glorioso y en su corazón misericordioso, las llagas de la muerte redentora, así también su Madre lleva en la eternidad «los dolores del parto y el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). Y de igual modo que el Hijo, mediante su muerte, no deja de redimir a cuantos son engendrados por Dios como hijos adoptivos, de la misma manera la nueva Eva sigue dando a luz, de generación en generación, al hombre nuevo, «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4, 24). Se trata de la maternidad escatológica de la Iglesia, presente y operante en la Virgen.
En el actual momento histórico, al término de un milenio y en vísperas de una nueva época, esta dimensión del misterio de María es más significativa que nunca. La Virgen, elevada a la gloria de Dios en medio de los santos, es signo seguro de esperanza para la Iglesia y para toda la humanidad.
La gloria de la Madre es motivo de alegría inmensa para todos sus hijos, una alegría que conoce las amplias resonancias del sentimiento, típicas de la piedad popular, aunque no se reduzca a ellas. Es, por decirlo así, una alegría teologal, fundada firmemente en el misterio pascual. En este sentido, la Virgen es «causa nostrae laetitiae», causa de nuestra alegría.
María, elevada al cielo, indica el camino hacia Dios, el camino del cielo, el camino de la vida. Lo muestra a sus hijos bautizados en Cristo y a todos los hombres de buena voluntad. Lo abre, sobre todo, a los humildes y a los pobres, predilectos de la misericordia divina. A las personas y a las naciones, la Reina del mundo les revela la fuerza del amor de Dios, cuyos designios dispersan a los de los soberbios, derriban a los potentados y exaltan a los humildes, colman de bienes a los hambrientos y despiden a los ricos sin nada (cf. Lc 1, 51-53).
«Magnificat anima mea Dominum!». Desde esta perspectiva, la Virgen del Magníficat nos ayuda a comprender mejor el valor y el sentido del gran jubileo ya inminente, tiempo propicio en el que la Iglesia universal se unirá a su cántico para alabar la admirable obra de la Encarnación. El espíritu del Magníficat es el espíritu del jubileo; en efecto, en el cántico profético María manifiesta el júbilo que colma su corazón, porque Dios, su Salvador, puso los ojos en la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 47-48).

Breves del Monasterio de la Sagrada Familia

Desde la casa de santa Ana
Queridos amigos:
Por gracia de Dios, si bien no han sido muchos, hemos podido recibir a algunos peregrinos así como peregrinar nosotros debido a una necesidad importante para ir a Belén, por lo cual de regreso pudimos pasar por Jerusalén (a 20 minutos) y rezar en algunos santos lugares. Ni siquiera la dureza de este tiempo (julio y agosto son los meses de mayor calor y humedad en Tierra Santa), ha impedido alguna que otra visita a nuestro monasterio, entre las cuales destacamos la visita del P. Bruno Martínez, misionero en Egipto y su Madre, a quienes no veíamos hace años, y fue realmente una grata visita; también queremos destacar una “visita sacramental” por decirlo así, y es que un grupo de 150 jóvenes asistió un día por la mañana para celebrar una liturgia penitencial y, posteriormente, las confesiones que marcarían el inicio de su peregrinación, fue así que nosotros dos, los monjes de Séforis, más 3 sacerdotes que venían con ellos, nos pusimos nuestras estolas moradas y nos distribuimos por el Monasterio para atender las confesiones de estos jóvenes, la mayoría en inglés y español, y hasta en italiano algunos. Realmente fue muy lindo ver el monasterio convertido en un “gran confesionario” y ser testigos privilegiados, como siempre, de la gran obra que realiza siempre la Divina Misericordia en las almas que se lo permiten al momento de decidir pedirle perdón a Dios como corresponde: mediante el santo sacramento de la confesión. Realmente una hermosa experiencia.
También contamos con la visita del Hermano Ernesto, compañero de seminario del P. Jason, quien además nos ayuda mucho con la jardinería debido a su experiencia; también la visita de un pequeño grupo de consagradas de Schoenstatt, 3 chilenas y una argentina, quienes además de sus oraciones quisieron regalarle un ramo de flores a nuetra madre del cielo presente en uestra capilla. También unos pocos grupos locales y a nuestras hermanas, entre las cuales destacamos a las de la comunidad de santa María Magdalena, a tan sólo media hora de nosotros, con quienes pudimos compartir la santa Misa y los festejos del día de su patrona, así como la santa Misa del día san Joaquín y santa Ana (posteriormente escribiremos una crónica sobre la solemnidad) y los festejos animandos el P. Gonzalo con los cantos árabes que ha aprendido, contando con la participación de algunos amigos y la muy generosa familia de “Abu Shárbel”, quienes al enterarse de nuestra celebración, decidieron preparar ellos mismo la cena como regalo para todos, siendo ellos mismos quienes nos atendieron de manera muy caritativa. Finalmente queremos destacar que gracias a nuestras hermanas de Jerusalén, los fines de semana podemos solemnizar mejor la liturgia, ya que nos regalaron un órgano, con el cual nuevamente -pese a ser sólo dos monjes-, pudimos volver a cantar los salmos y ornamentar la santa Misa con música sacra y las melodías que siempre han acompañado el rezo de los salmos en nuestras casas religiosas. El resto es lo de siempre: jardín, mantenimiento, y principalmente rezar y agradecer por tantos bienes recibidos.
Gracias como siempre por sus oraciones; seguimos correspondiendo con las nuestras, y en esta ocasión les pedimos especialmente su intercesión ante la Sagrada Familia, por las necesidades de nuestro monasterio.
Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.
(En facebook: https://www.facebook.com/m.seforis/posts/pfbid02wdW8PEfkrKYnz8tj7ZrsnCrFWQeQ1AYaRG6xckFQDxXp857jfgVRgj63XdGTFhw3l)

ATENCIÓN DE NUESTRAS MISERIAS

Nuestra madre siempre está atenta…

P. Gustavo Pascual, IVE.

Hay un pasaje del evangelio, en el cual, María atiende a las miserias de los hombres. Es el pasaje de las bodas de Caná[1]. Una miseria material, es cierto, y quizá hoy mirada como no tan importante como en aquella época.

María nota esa miseria de los novios. Miseria que quizá tuvo un origen trivial como la falta de cálculo o el exceso de comensales… pero que delante de la sociedad cananea los dejaba como míseros. En realidad asomaba en sus almas la miseria seguida de inquietud y tristeza, de casi desesperación e impotencia para solucionar el problema.

María notó el “apurón” de los novios, quizá por su ausencia repentina o por el cambio de actitud, quizá por el cuchicheo de los sirvientes o por la exigencia de algún comensal, y vio la inquietud en sus almas.

Acudió sin demora y por caridad a ayudarlos y lo hizo buscando una ayuda infalible, ¡cuánto conocía María a Jesús, su poder y su amor! Y le planteo la miseria de los novios: ¡no tienen vino! Ya conocemos el desenlace de la historia.

María está atenta a todas nuestras miserias, las materiales, las corporales, las psíquicas, las temperamentales, las espirituales.

Hay dos títulos que aluden a esta realidad: “Salud de los enfermos” y “refugio de los pecadores”.

María es nuestra madre y como toda madre conoce a sus hijos y no en masa sino uno por uno. María conoce cada una de nuestras miserias, lo que nos hace pequeños, en especial ante Dios. ¿Pero alguien es grande ante Dios? No, pero, Dios nos quiere almas grandes, magnánimos, no pequeños, pusilánimes, míseros. Y hay muchas cosas que empequeñecen nuestra alma, muchos pecados, muchos vicios, nuestro egoísmo, la desconfianza, la tristeza, el temor…

María está atenta a cada una de nuestras miserias y no con una atención curiosa y crítica sino que atiende a ellas para curarlas, para sanarlas, para que desaparezcan, y tiene una frase que uso en Caná y que en verdad es una receta eficacísima: “haced lo que Él os diga”. Pero María también intercede por nosotros como lo hizo en Caná. Ella es la “omnipotencia suplicante”, la que todo lo puede ante su Hijo.

Hay miserias en nosotros, que son reales, y que si las aceptamos son saludables. La principal, la miseria de nuestra indigencia existencial, que no es una miseria mala sino natural y real. La indigencia existencial aceptada nos conduce a Dios, el cual, nos eleva y nos saca, por decirlo así, de esa miseria porque nos eleva a una vida sobrenatural y aunque por naturaleza seguimos siendo hombres somos hijos de Dios, es decir, somos elevados a la naturaleza divina y salimos, en cierta manera, de la naturaleza herida por el pecado.

María también está presente en esta obra de nuestra elevación a la filiación divina. La estuvo cuando Cristo la consiguió, como corredentora, y lo está en cada alma que comienza a ser hija de Dios.

¡María está atenta a nuestras miserias! Por eso debemos recurrir a ella con toda confianza. Ella por pudor no nos las hará notar sino que las socorrerá pero quiere que se las manifestemos con toda confianza como lo hace un hijo con su madre.

Madre me duele la cabeza, estoy enfermo, estoy angustiado, estoy triste, estoy deprimido, soy muy irascible, soy muy apocado, no puedo salir de este vicio, este pecado me es insuperable, lo llevo conmigo desde hace tiempo, no puedo alejarme de esta persona que me hace mal, etc. Hay que exponerle confiado a María las miserias que nos aquejan y ella nos librará de ellas como lo hizo con los novios en Caná de Galilea.

Dios te salve María…

 

[1] Jn 2, 1s

Lo que veía Jesucristo

“Colócate delante del Señor,

déjate mirar por Él,

y descansa en Él”

 San Alberto Hurtado

 

Existe una escena en la vida de nuestro Señor Jesucristo que en más de una oportunidad me he detenido a considerar. Es una escena cotidiana, sin nada de extraordinario, perfectamente fácil de imaginar y que, sin embargo, no termino de rumiar ni de detenerme en ella de vez en cuando, para preguntarme y especular acerca de lo que pasaba por el Sagrado Corazón cada vez que ésta se repetía. Es sumamente sencilla: Jesucristo mirando a sus apóstoles y ya. Pero claramente es mucho más que eso, es decir, Jesucristo es Dios y su mirada va mucho más allá, porque conoce hasta lo más profundo de los corazones[1] y sabía perfectamente a quiénes había elegido para que estuviesen junto con Él, después de haber pasado la noche entera en oración… y éstos son “los que Él quiso”[2].

Y ya a partir de aquí no deja de resonar la gran interrogante de “¿por qué ellos?”[3]. Jesucristo podría haber comenzado, como sabemos, reclutando a san Juan Bautista para delegarle posteriormente el timón de su Iglesia, ya que era el mayor entre los nacidos de mujer[4], el primero en reconocerlo[5] y alegrarse de su entrada redentora en el mundo, ya desde el vientre de su madre[6]; y comenzando por él forjar un elenco apostólico a partir de los sabios de entre el pueblo elegido, los letrados, los que conocían y amaban las Escrituras y las profecías, los que esperaban con ansias el tiempo del Mesías y hasta vivían entre oraciones y penitencias atentos a su venida. Y, sin embargo, de alguna manera que sólo Él comprendía, para confundir a la sabiduría humana[7], en vez de buscar para su Iglesia los cimientos entre las canteras que ofrecían nobles materiales, decidió sacarlos de entre las orillas del rústico mar de Galilea[8], de la mesa de un cambista[9], o de entre los sencillos seguidores del citado precursor que vestía pieles de camello[10]; y decidió hacerse cargo en persona del labrado de las futuras columnas… y qué firme y paciente cincel el de nuestro Señor, que no dejaba de observar su obra mientras la llevaba a cabo.

Más o menos esto es lo que podemos llegar a ver nosotros, pero Jesucristo veía mucho más.

Jesucristo por ser Dios puede verlo todo, puede ver el interior y puede ver hasta el final; es así que contemplaba desde el momento de la llamada de cada uno de ellos -y desde la eternidad-, hasta la solemne cena de despedida y ordenación sacerdotal de sus predilectos[11]; y más allá, hasta la huida en Getsemaní[12]; y más allá… hasta el reencuentro en el Cenáculo[13] y después. Pero en esta escena cotidiana, en aquello en que acostumbro a detenerme, es en el contraste natural que existe con lo extraordinario de un Dios hecho hombre que no se espanta de los pecadores, y hasta acepta vivir su vida entre ellos[14], por ellos, y alistándolos en las filas del Reino de los Cielos que comienza aquí, en la vasta redondez e imperfección de la tierra. Jesucristo, en definitiva, veía a sus apóstoles tales cuales eran: toda una variada y colorida gama de imperfecciones, que pasaban por los arrebatos de entusiasmo desencaminado[15], la vergonzosa pretensión de los primeros puestos[16], la absurda búsqueda de venganza tan opuesta a la predicación del Maestro[17]; hasta la cobardía[18], traición[19] y negación[20] de las promesas y hasta del mismo Señor a quien seguían. Jesucristo veía abundancia de defectos y pecados, pero lo especial y propio de aquel que venía no por los justos sino por los que necesitan conversión[21], es que Él los veía “a su modo”: he aquí la gran novedad de este Dios hecho hombre, que fija sus ojos en la humanidad con la mirada propia del Creador que, conmovido[22] por la herida del pecado que signó a su creatura predilecta, posa sobre ella una mirada llena de misericordia que no ha venido a condenar sino a salvar[23].

La mirada de Jesucristo va más allá del defecto y del pecado, y traspasando la ofensa descubre una herida que no puede ser sanada más que por Él mismo, el de las entrañas compasivas, el del perdón hasta el extremo[24], el mismo que decide llamar a los que Él quiere y designarlos como sus amigos[25]. Pero hay algo más, “profundamente interesante” y siempre digno y provechoso de volver a meditar, y es el hecho de que, conociendo el Señor las miserias pasadas, presentes y futuras de sus discípulos, sin embargo, Él jamás dio un paso atrás en su elección.

Jesucristo es el Verbo Encarnado, Dios verdadero[26] a quien nada ni nadie se le escapa de las manos y que dispone todo en orden a un designio eterno que no puede no cumplirse. Es así como, en su perfecta humanidad, nos adoctrina tanto con lo que dice y hace[27] cuanto con lo que no hace; porque absolutamente nada deja al azar ni le es indiferente. Todo tiene su lugar correspondiente, en perfecta armonía con este designio misterioso en que incluso la permisión del pecado está presente cumpliendo una función, hasta que sea consumado el plan de redención. Y parte de este plan divino fue la elección de los apóstoles del Cordero, quebrachos toscos y difíciles de trabajar, amalgama de rudeza, debilidad y posterior compunción, aptos “sólo a los ojos de Cristo” para asentar sobre ellos las bases de su Iglesia formada por los hijos adoptivos de Dios, los que a diferencia de Él sí podemos fallar, sí podemos traicionar, sí podemos apostatar y hasta perdernos; pero sobre los cuales también se cierne una mirada bondadosa y deseosa de ir curando sus miserias, de ir puliendo y acrisolando sus corazones a través del arrepentimiento y del perdón, de las pruebas, oscuridades, sequedades y todo tipo de cruces que sean necesarias para volverlos una y otra vez hacia el Señor, que los llamó para que estuvieran con Él tanto en esta vida mortal como en la venidera, la que no termina, porque Jesucristo jamás retrocede…; y todo esto -pido perdón por la extensión-, para remarcar de manera especial que entre las cosas que Jesucristo “no hizo”, está el retractarse de haber llamado a estos imperfectos, débiles y faltos tantas veces de entendimiento respecto a sus enseñanzas; es decir, los doce íntimos que lo abandonaron en el momento de la prueba, y que Jesús sabía perfectamente que lo harían y hasta se los había anunciado[28], y, sin embargo, a ninguno ni antes ni después le pidió que dejara su puesto como apóstol; a ninguno le quitó la vocación ni decidió quedarse con los más o menos fieles, como tal vez Juan que regresaría después al Gólgota[29] o Pedro que al menos lloraría amargamente su traición[30]. Pero no, Jesucristo no se retracta y hasta intentó hacer entrar en razón al traidor en el momento terrible de la entrega, sin negarle su amistad ni su cercanía, llamándolo por su nombre[31], llamándolo amigo[32], y posando sobre él ciertamente una mirada que nada tenía de rencor, reproche o desdén, sino llena de un terrible y amargo dolor, porque era el discípulo quien se alejaba de la vista del Maestro para siempre, porque fue Judas el que renunció a su elección, no Jesucristo quien se la quitó.

Hoy en día el Hijo natural de Dios sigue contemplando a los hombres con compasión, y continúa fijando su mirada de predilección sobre aquellos que Él quiere que estemos junto con Él: los consagrados. Y Jesucristo sigue viendo en nosotros la imperfección, porque lo ve todo; pero prefiere fijarse más bien en nuestra compunción, en cada vez que nos levantamos para seguir adelante, en cada vez que reconocemos nuestras heridas y lo buscamos a Él como nuestro médico fiel, y en vez de correr tras el pecado decidimos correr tras Él. Y jamás nos quita la elección de su mirada.

Parece que para nuestro Señor es más grato poner los ojos en la meta que nos tiene preparada, que en el arduo y empinado camino que nos conduce a ella, donde podemos fallar, donde nos podemos perder, pero donde también podemos decidirnos de una vez por todas a caminar fielmente hacia la santidad que Él, en su designio amoroso para con los pecadores, dispuso para todos aquellos que se dejen labrar y decidan corresponder a la misericordia que ha venido en busca de la imperfección, esperando que ésta eleve su mirada hacia lo alto, donde espera el Maestro, el que perfecciona, el que transforma, el que convierte y santifica… el que siempre puede ver más allá.

P. Jason Jorquera M.

[1] Cf. Lc 16, 15

[2] Lc 6, 12-16

[3] Mc 3, 16-19

[4] Mt 11,11

[5] Cf. Jn 1,29

[6] Lc 1, 41

[7] 1 Cor 1,27

[8] Cf. Mc 1, 19-20; Mt 4, 18-22; etc.

[9] Mt 9,9; Mc 2,14

[10] Jn 1, 25-37

[11] Jn 13 ss.

[12] Mc 14,50; Mt 26,56

[13] Cf. Jn 20, 26 ss.

[14] Cf. Jn 1,14

[15] Cf. Jn 18,10; Mc 8,32; Mc 14,29

[16] Mc 10, 35-37

[17] Cf. Lc 9,54

[18] Mc 14,50; Mt 26,56

[19] Mc 14, 10-11; 43,26, etc.

[20] Cf. Mc 14, 66-72

[21] Cf. Lc 5,32

[22] Cf. Mc 6,34

[23] Cf. Jn 12,47

[24] Cf. Lc 23,34

[25] Jn 15,14-15

[26] Cf. Mt 16,16; Jn 1,49 etc.

[27] Cf. Mt 7,29; Lc 4,32; Mc 7,37

[28] Mc 14,27; Mt 26,31 etc.

[29] Cf. Jn 19,26

[30] Mt 26,75

[31] Lc 22,48

[32] Mt 26,50

“JORNADA MONÁSTICA EN JERUSALÉN… UN APOSTOLADO DEL TODO ESPECIAL”

Queridos amigos:

Dice nuestro Directorio de vida contemplativa: “Toda la vida de los religiosos debe ordenarse a la contemplación como elemento constitutivo de la perfección cristiana; sin embargo, “…es necesario que algunos fieles expresen esta nota contemplativa de la Iglesia viviendo de modo peculiar, recogiéndose realmente en la soledad…”. Ésta ha sido la misión de los monjes, quienes fueron y siguen siendo testigos de lo trascendente, pues proclaman con su vocación y género de vida que Dios es todo y que debe ser todo en todos.”

En esta oportunidad, queremos compartirles un evento del todo especial. Por gracia de Dios, este año pudimos participar por vez primera en una jornada para religiosos de vida contemplativa de Tierra Santa, muy bien organizada en Jerusalén, en la Iglesia de santa Ana, atendida por los padres blancos (Sociedad de los Misioneros de África). Para dicha ocasión, se invitó a más de 40 monasterios de distintas congregaciones presentes en los lugares santos y sus alrededores, para conocernos y a la vez testimoniar aquellos de específico que cada comunidad dedicada a la oración tiene en particular. El evento fue abierto al público, durante la mañana y, posteriormente, desde las 14:00 a las 18:00; donde cada monasterio estaba representado por al menos dos religiosos o religiosas, con un stand y afiche personalizado, y mesas donde se podían poner los folletos e información, así como los productos que cada monasterio hace para ayudar a su sustento, con total disposición en cada momento para recibir a los demás contemplativos, peregrinos y demás curiosos que participaron del evento. Contamos con una excelente ubicación, muy cerca de la entrada, donde pudimos ubicarnos junto con nuestras hermanas, representando a ambos monasterios de nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado: Monasterio de la pasión, muerte y Resurrección de nuestro Señor, y Monasterio de la Sagrada Familia.

Es muy digno de mencionar lo bien representada que se vio la gran riqueza de la Iglesia en sus carismas, pues pudimos y compartir con una gran variedad de consagrados especialmente a la oración, lo cual se dejaba ver en todo el colorido que ornamentó la jornada, no sólo metafóricamente sino también los diversos hábitos religiosos que pasaban de un lado a otro acompañando personas, visitando los stand de otros monasterios, haciendo alguna visita a la capilla (que permaneció abierta todo el día) para rezar las horas litúrgicas, escuchar las visitas guiadas del lugar o escuchar a los religiosos y religiosas que formaron en la capilla hermosos coros de canto sacro, el cual en esta capilla es del todo especial, debido a la excelente acústica que posee y ayuda a elevarse con facilidad al escuchar los cantos de “los que se dedican a rezar”.

Entre las hermanas y nosotros pudimos hacer un gran apostolado también con los asistentes, quienes también formaron parte del colorido programa en cuanto a sus lugares de procedencia y respectivas lenguas que no dejaban de pasar y detenerse ante los religiosos, a quienes atendíamos en un momento en francés, luego en inglés, italiano, árabe o hebreo, según a quien le tocaba hablar con alguno de nosotros que supiera dicha lengua… y así, gracias a Dios, nos pudimos complementar muy bien en el apostolado.

Al final de la jornada, ceñida por la invitación general al rezo del santo Rosario, terminamos, obviamente agradecidos; convidados y convidando a rezar a los distintos monasterios, y especialmente alegres de todo el bien que se pudo hacer, dando testimonio de la dicha sobrenatural que implica dar la vida para dedicarse a Dios, buscando que cada momento de la misma valga la pena y sea una búsqueda continua de su gloria.

Nos encomendamos como siempre a sus oraciones; esperamos poder participar el próximo año de esta frutífera jornada, y les pedimos especiales plegarias para que nunca falten y aumentes las almas generosas en decir que sí a este estilo de vida especial del monacato.

En Cristo y María:

Miembros de la familia religiosa del Verbo Encarnado de vida contemplativa.

Virgen pura y limpia

Otra hermosa advocación para la Madre de Dios[1]

P. Gustavo Pascual, IVE.

Vamos a tomar estos dos adjetivos por separado: la pureza y la limpieza.

¿Por qué María es una Virgen pura y limpia? Es pura por su castidad, es decir, por la pulcritud del corazón o por la pureza interior.

El Señor dice: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”[2] y con esta bienaventuranza se refiere a la pureza exterior e interior. A la simplicidad del corazón, al corazón sin mancha aunque también al cuerpo sin mancha.

A María le fue concedida la gracia de ser Madre y Virgen. Ella quería permanecer virgen, consagrada a Dios, y Dios la llamó para ser su Madre. “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”[3].

María concibió a Jesús y lo dio a luz permaneciendo virgen. En ella se cumplió el oráculo del profeta Isaías: “he aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel”[4]. María después de dar a luz permaneció virgen hasta el momento de su tránsito al cielo donde reina como la Virgen de las vírgenes, como la Reina de las vírgenes. Por eso es llamada “la bienaventurada siempre Virgen María”.

La virginidad no sólo implica el no haber corrompido la carne con la unión sexual sino que es más profunda, se extiende al corazón. El no haber apostatado de Dios, el haberle sido fiel sin contaminarse con ningún ídolo. De estos dice el libro del Apocalipsis al describir el acompañamiento del Cordero: “estos son los que no se mancharon con mujer, pues son vírgenes […] en su boca no se encontró mentira; no tienen tacha”[5]. “En sentido metafórico: la lujuria designa tradicionalmente la idolatría[6], aquí el culto de la Bestia[7]. Los ciento cuarenta y cuatro mil han sido comprados[8], son íntegros y fieles[9], han rechazado la idolatría y pueden ser desposados con el Cordero”[10]. El haber preferido la criatura o a nosotros mismos por Dios es una especie de adulterio.

María es la virgen fiel, la que siempre obedeció a la voluntad de Dios, la más pariente de Jesús, la que estuvo más estrechamente unida a Jesús por la fe que por la carne. La virginidad del corazón está en la perfecta fidelidad a la voluntad de Dios.

María también fue limpia, porque su corazón, su alma, jamás tuvo mancha alguna. El pecado mancha el corazón. El mortal mata al alma y la pone, por la ausencia de Dios, monstruosa y horrible. El pecado venial deliberado también mancha al alma, la ensucia, y toda falta por pequeña que sea, cuando es voluntaria, quita belleza y brillo al alma.

María tuvo su alma siempre limpia: “Toda hermosa eres, no hay tacha en ti”[11].

Fue limpia en este sentido negativo de no tener mancha, pero también en el sentido positivo de estar llena de Dios, del tres veces santo, y de su Hijo, el Cordero inmaculado. El alma de María sólo se ocupaba de una cosa, con simplicidad, de vivir en la contemplación de Dios y ninguna otra cosa la distraía ni manchaba su corazón.

María es la Inmaculada Concepción. Concebida sin mancha de pecado. Pero su vida toda, desde su concepción hasta su muerte, fue limpia con la limpieza de la Virgen de las vírgenes y con la limpieza de la Madre de Dios.

La limpieza del corazón nos hace ver a Dios ya desde esta vida. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. En la otra vida por la luz de la gloria, en esta vida por la luz de la fe.

La luz de la fe iluminó el alma de María y esa luz purificó su corazón, “dichosa la que ha creído”[12]. La pureza y la limpieza aquí se unen. La pureza de la fe y la limpieza del corazón ambas desembocan en la visión de Dios.

María contempló principalmente a Dios en su Hijo, en el Verbo Encarnado, en el Emmanuel y vivió en esa contemplación un anticipo del cielo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo”[13].

[1] Advocación a la Virgen de Luján en sus letanías.

[2] Mt 5, 8

[3] Lc 1, 34-35

[4] 7, 14

[5] 14, 4-5

[6] Cf. Os 1, 2ss.

[7] Cf. Ap 17, 1

[8] Cf. Ap 5, 9

[9] v. 5

[10] Jsalén. a Ap 14, 4

[11] Ct 4, 7

[12] Lc 1, 45

[13] Jn 17, 3

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado