1º DOLOR DE MARÍA – LA PROFECÍA DE SIMEÓN (Ven. Fulton Sheen)

Han pasado días desde que los ángeles cantaron su gloria en las blanquecinas colinas de Belem. Era ahora el segundo día de febrero. De acuerdo con la ley judía, toda madre después de parir un varón debía presentarse al Templo de Jerusalén para ser purificada, y para ofrecer su niño a Dios en testimonio de que todos los dones vienen de Él. Y así fue como el Señor del templo fue traído al Templo del Señor.

El sacrificio apropiado en tales ocasiones era un corderito de un año para un holocausto y un lechoncito o pichón de tórtola, para un voto propiciatorio. La benigna Legislación Mosaica permitía a los pobres traer en lugar del corderito dos tórtolas o dos lechoncitos. Tal fue el tributo de María que no poseía riqueza, excepto las riquezas del Señor de los Cielos y la tierra.

El sacerdote del templo en aquel día era Simeón, un devoto israelita ya casi encorvado con el peso de los años, pero feliz con el anuncio divino de que no iría a morir hasta que no hubiese visto al Mesías que habría de venir. Simeón era el representante y símbolo de la vieja Ley Judía que durante muchos siglos había estado esperando al Redentor; era el final de la raza de Adán, la coronación del Viejo Testamento, el fruto de su madurez, el fin y consumación del don de Israel al mundo.

Cuando nuestra Bendita Madre puso al divino niño en sus brazos, llegamos al momento de unión del Viejo y el Nuevo Testamento, o mejor, el pasaje del Viejo al Nuevo. Ese acto quería decir que todas las promesas del Viejo Testamento se habían cumplido, lo mismo que todas las profecías del pueblo escogido de Dios. La antigüedad había dicho su última palabra. La historia, que hasta entonces había registrado todas sus batallas y anotado el surgimiento y caída de los reinos como eventos sucedidos antes de Cristo, en adelante los iría a escribir como sucedidos en el año de Nuestro Señor.

Una vez que los cansados brazos de Simeón cargaran el peso del eterno sin que por esto desfallecieran; una vez que el anciano Simeón abrazara la juventud que era antes de todas las edades, podía entonces retirarse, cerrar los libros de las profecías y decir adiós a su propia vida. Y así, en la edad en que los ancianos dejan de cantar, Simeón dio salida al canto, y en el silencio del templo, se levantaron como dulce incienso las notas delicadas del Nunc Dimittis. Esta era la culminación de la Iglesia, que cantará este canto hasta edades remotas cuando el Señor venga sobre las nubes de los cielos en el día del crepúsculo del mundo.

“Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa.

Porque ya mis ojos han visto al salvador que nos has dado:

Al cual tienes destinado para que, expuesto a la vista de todos los pueblos, sea luz brillante que ilumine a los gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel.”

Pero toda esa luz que inundaba el alma de María pronto se vio oscurecida, como una nube negra a menudo oculta de nosotros la faz del sol. Las palabras de gozo pronunciadas por Simeón pronto cambiaron en dolor, cuando él habló de la parte que la madre y el hijo habían de representar en la redención del mundo:

“Mira, este niño que ves, está destinado para ruina, y para resurrección de muchos en Israel, y para ser el blanco de la contradicción de los hombres: lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos ocultos en los corazones de muchos”.

Era un anuncio solemne de que ella debía cuidar a la víctima hasta la hora del sacrificio y ser la Pastora hasta que el Cordero fuese conducido a la muerte en signo de contradicción, que es la cruz. fue un eco que llegó de nuevo al Jardín del Edén, donde un árbol trajo la ruina del primer Adán, y en cuyas puertas había un ángel con una espada flamígera para guardar la entrada hasta que sonara la hora de salvación señalada. Simeón decía ahora que la hora había llegado. El árbol del Edén, que trajo ruina, sería trasplantado al Calvario y sería su cruz; la espada del ángel sería quitada de la mano del ãngel para enterrarla en el corazón de María, como un primer testimonio de que sólo aquéllos que han sido traspasados con la espada de un amor sacrificial entrarán en el Edén eterno de los cielos.

“Un signo de contradicción!” María no necesitó esperar la cruz del Calvario. ella vio ahora que Aquel que es amor sería odiado; que Aquel que es paz, sería un pretexto para la guerra; que Aquel que es vida, sería ocasión de muerte; que Aquel que es verdad, sería el tema de todos los errores y herejías hasta el fin de los tiempos; que Aquel que es luz apartaría muchas almas por el mismo esplendor de su luz; que Aquel que vino para salvar al mundo, sería contradicho y crucificado por el mundo; que El sería la piedra de toque de todos los corazones; que de ahora en adelante todos los hombres tendrían que escoger su bando; que no habría más batallas parciales, más espadas a medio desenvainar, más lealtades divididas; que las personas, o se juntarían a Él, o se diseminarían, y que su contradicción de la misericordia haría su rechazo más fatal e inmisericorde.

Cuando María abandonó el templo aquel día entendió, como nunca había entendido antes, por qué los magos trajeron regalos de oro e incienso, y la más amarga, triste y dolorosa dádiva: la mirra. Ella vio ahora que la ley que le ataba a Él la ataría también a ella, y que mientras El tendría el árbol, ella tendría la espada; que así como Él era el nuevo Adán, ella habría de ser la nueva Eva; y que así como Eva fue instrumento en la caída, así ella sería instrumento en la salvación, como Co-Redentora del Cristo Redentor.

ORACIÓN

María, si tú hubieras sido separada de tu hijo divino, como un silencioso y pacífico jardín con el sol jugando delicadamente sobre él, lejos de la tormenta de gloria del Calvario, tú nunca habrías sido verdaderamente nuestra Madre. Cómo hubiera sido de terrible el mar de los dolores humanos si no hubiera existido tu luz brillando sobre ellos! Pero ahora que tú has sido llamada a co-redimir con Nuestro Redentor, vienes a ser la Madre de los afligidos. Enjuga nuestras lágrimas, pues tú entendiste los dolores; repara nuestros corazones rogos, pues el tuyo también fue roto! Aparta todas las espadas, pues tienes la empuñadura en tu mano. María, tú eres la Madre de los afligidos, pro si no lo fueras, nunca podrías ser la causa de nuestro gozo.

 

MUÉSTRAME TU GLORIA

Mirándote ahí no puedo

sin gemidos suspirar

hasta el cielo suplicar

y Tu perdón he de implorar

porque mucho he pecado.

 

Velo traigo en mis ojos;

nada puedo contemplar.

En Tu Corazón deseo entrar

para Tu Gloria vislumbrar

y el Amor que a mí has dado.

 

Crucificado y escarnecido,

atormentado y afligido.

Como el Profeta Mayor en la historia,

Te pido: “Muéstrame Tu Gloria”.

 

Resucitado y Glorificado,

de toda Vida y Salud colmado.

Como el ladrón en el Calvario,

Te pido: “Acuérdate de mí en Tu Gloria”.

 

P. Harley Carneiro, IVE

Jesús entra en Jerusalén

Homilía de san Juan Pablo II

Plaza de San Pedro
Domingo 30 de marzo de 1980

1. Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel; que en esta semana. precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.

Este  acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Jesús se acerca a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, y por lo tanto viniendo de las localidades de Betfagé y de Betania. Allí da orden a dos discípulos de traerle un borrico. Les da las indicaciones precisas: dónde encontrarán al animal y cómo deben responder a los que pregunten por qué lo hacen. Los discípulos siguen escrupulosamente las indicaciones. A los que preguntan por que desatan al borrico, les responden: “El Señor tiene necesidad de él” (Lc 19, 31), y esta respuesta es suficiente. El borrico es joven; hasta ahora nadie ha montado sobre él. Jesús será el primero. Así, pues, sentado sobre el borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera “entrada solemne en Jerusalén”.

Hoy celebramos el Domingo de Ramos, que nos recuerda y hace presente esta “entrada”. En un especial rito litúrgico repetimos y reproducimos todo lo que hicieron y dijeron los discípulos de Jesús —tanto los cercanos como los más lejanos en el tiempo— en ese camino, que llevaba desde el Monte de los Olivos a Jerusalén. Igual que ellos, tenernos en las manos los ramos de olivo y decimos —o mejor, cantamos— las palabras de veneración que ellos pronunciaron. Estas palabras, según la redacción del Evangelio de Lucas, dicen así: “Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19, 38).

En estas circunstancias, el simple hecho de Jesús, que junto con los discípulos sube hacia Jerusalén para la cercana solemnidad de la Pascua, asume claramente un significado mesiánico. Los detalles que forman el marco del acontecimiento, demuestran que en él se cumplen las profecías. Demuestran también que, pocos días antes de la Pascua, en ese momento de su misión pública, Jesús logró convencer a muchos hombres sencillos en Israel.. Le seguían los más cercanos, los Doce, y además una muchedumbre: “Toda la muchedumbre de los discípulos”, como dice el Evangelista Lucas (19, 37), la cual hacía comprender sin equívocos que veía en El al Mesías.

2. El Domingo de Ramos abre la Semana Santa de la pasión del Señor; de la que ya lleva en sí la dimensión más profunda. Por este motivo, leemos toda la descripción de la pasión del Señor según Lucas.

Jesús, al subir en ese momento hacia Jerusalén, se revela a Sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, se había revelado desde ya hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba y al enseñar, como doctrina de su Padre, todo lo que enseñaba. Las lecturas litúrgicas de las últimas semanas lo demuestran de manera clara: la “entrada solemne en Jerusalén” constituye un paso nuevo y decisivo en el camino hacia la muerte, que le preparan los representantes de los ancianos de Israel.

Las palabras que dice “toda la muchedumbre” de peregrinos, que subían a Jerusalén con Jesús, no podían menos de reforzar las inquietudes del Sanedrín y de apresurar  la decisión final.

El Maestro es plenamente consciente de esto. Todo cuanto hace, lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua. La entrada en Jerusalén fue el cumplimiento de la Escritura.

Jesús de Nazaret se revela, pues, según las palabras de los Profetas, que El sólo ha comprendido en toda su plenitud. Esta plenitud permaneció velada tanto a “la muchedumbre de los discípulos”, cine a lo largo del camino hacia Jerusalén cantaban “Hosanna”, alabando “a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto” (Lc 19, 37), como a esos Doce más cercanos a El. A estos últimos, el amor por Cristo no les permitía admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro: “Esto no te sucederá jamás” (Mt 16; 22).

En cambio, para Jesús las palabras de los Profetas son claras hasta el fin, y se le revelan con toda la plenitud de su verdad; y El mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. La acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre.

“El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás” (Is 50, 5).

De este modo la liturgia del Domingo de Ramos contiene ya en sí la dimensión plena de la pasión: la dimensión de la Pascua.

“He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los esputos” (Is 50, 6).

“Al verme, se burlan de mí; hacen visajes, menean la cabeza… me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica” (Sal 21 [22], 8-17-19).

3. He aquí la liturgia del Domingo de Ramos: en medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en El al Mesías, sólo El, Cristo, conoce hasta el fondo la verdad de su misión; sólo El, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre El han escrito los Profetas.

Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en El con la verdad interior de su alma. El, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su “entrada en Jerusalén”, El es “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8).

Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor, un beso interior de paz y de redención. En este beso, en este abandono sin límites, Jesucristo, que es de naturaleza divina, se despoja a Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (cf. Flp 2, 6-8). Y permanece en este abajamiento, en esta expoliación de su fulgor externo, de su divinidad y de su humanidad, llena de gracia y de verdad. El, Hijo del hombre, va, con este aniquilamiento y expoliación, hacia los acontecimientos que se cumplirán, citando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas formas exteriores: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, rechazado por el propio pueblo, condenado a muerte, crucificado, hasta que pronuncie el último: “todo está cumplido”, entregando el espíritu en las manos del Padre.

Esta es la entrada “interior” de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa.

4. En cierto momento, se le acercan los fariseos que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y dicen: “Maestro, reprende a tus discípulos”; Jesús contestó: “Os digo que si ellos callasen, gritarían las piedras” (Lc 19, 39-40).

Comenzamos hoy la Semana Santa de la pasión del Señor en Roma,, En esta ciudad no faltan las piedras que hablan de cómo ha llegado aquí la cruz de Cristo y de cómo ha echado sus raíces en esta capital. del mundo antiguo.

Que las piedras no hagan ruborizarse a los hombres.

Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que éllas.

EL GRITO

 

Cuando del alto de un madero Tú gritabas,

atraías corazones; redención les ofrecías,

cuando apenas te miraban, grande paz les concedías,

por un grito que en la agonía

de Tu pecho exhalabas.

 

Cuando de un madero elevado proclamabas

Redención y Salvación nos ofrecías

a pesar de cuantas faltas te traían

Tú corazón enternecido se encontraba

cuando con un grito dolorido

de dentro de Tu pecho exhalabas.

 

Cuando del Trono de la Cruz gritabas,

al mundo entero y más allá te dirigías,

almas pesarosas, manchadas de tinieblas Tú querías.

“¡Tengo sed!” desde el Gólgota se escuchaba

cuando por un grito exprimido entre dolores

del profundo de tu alma exhalabas.

 

Cuando en Sicar ya no gritabas,

a un corazón afligido le socorrías.

“¡Tengo Sed!” también a ella le decías.

Paso a paso te revelabas y

manantial de Agua Viva prometías,

como en el susurro de un grito,

a una Samaritana al mediodía,

del fondo de Tu pecho susurrabas.

 

Cuando entre mis dedos te elevas,

en muchos corazones Tú pretendes

adentrarse y hacer morada cada día.

Pero a mí, cual Samaritana en el camino,

me gritas: “Tengo Sed!” y susurrando

Te respondo a Ti Eucaristía,

cuando dentro de mi pecho Te adentras,

y sediento de mi corazón te sacias.

 

P. Harley Carneiro, IVE

DESNUDECES

Viendo tu cuerpo herido así desnudo

inerte y tan perfecto,

teniendo abierto así el pecho

por sufrimientos tan crudos;

de un Amor así no dudo

[y creo],

mirando a tu cuerpo así desnudo

inerte y tan perfecto.

 

Tu Santo cuerpo así desnudo,

de Gloria pleno y de Vida.

De un Sepulcro a la alborada

qué puertas abres para el mundo.

De oír promesa así no dudo

[y espero],

que de tal Cuerpo así desnudo

de gloria me llene y de vida.

 

Sublime Cuerpo así desnudo

de Divinidad desposeído.

Feliz el hombre que ha creído

que el sacerdote en manos pudo

traer a Dios aquí, y recibiéndote no dudo

[y amo],

Sublime Cuerpo así desnudo

de Divinidad desposeído.

 

P. Harley Carneiro, IVE

 

Excelencia de la caridad

De los sermones de san León Magno, Papa

Dice el Señor en el evangelio de Juan: La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros (Jn 13,35); y en la carta del mismo apóstol se puede leer: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (1 Jn 4,7).

Que los fieles abran de par en par sus mentes y traten de penetrar, con un examen verídico, los afectos de su corazón; si llegan a encontrar alguno de los frutos de la caridad escondido en sus conciencias, no duden de que tienen a Dios consigo, y, a fin de hacerse más capaces de acoger a tan excelso huésped, no dejen de multiplicar las obras de una misericordia perseverante.

Pues, si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras, ya que la Divinidad no admite verse encerrada por ningún término.

Los presentes días, queridísimos hermanos, son especialmente indicados para ejercitarse en la caridad —por más que no hay tiempo que no sea a propósito para ello—, quienes desean celebrar la Pascua del Señor con el cuerpo y el alma santificados deben poner especial empeño en conseguir, sobre todo, esta caridad, porque en ella se halla contenida la suma de todas las virtudes y con ella se cubre la muchedumbre de los pecados (cf. 1 Pe 4,8).

Por esto, al disponernos a celebrar aquel misterio que es el más eminente, con el que la sangre de Jesucristo borró nuestras iniquidades, comencemos por preparar ofrendas de misericordia, para conceder, por nuestra parte, a quienes pecaron contra nosotros lo que la bondad de Dios nos concedió a nosotros.

La largueza ha de extenderse ahora, con mayor benignidad, hacia los pobres y los impedidos por diversas debilidades, para que el agradecimiento a Dios brote de muchas bocas, y nuestros ayunos sirvan de sustento a los menesterosos. La devoción que más agrada a Dios es la de preocuparse de sus pobres, y, cuando Dios contempla el ejercicio de la misericordia, reconoce allí inmediatamente una imagen de su piedad. No hay por qué temer la disminución de los propios haberes con esas expensas, ya que la benignidad misma es una gran riqueza, ni puede faltar materia para la largueza allí donde Cristo apacienta y es apacentado. En toda esta faena interviene aquella mano que aumenta el pan cuando lo parte, y lo multiplica cuando lo da.

Quien distribuye limosnas debe sentirse seguro y alegre, porque obtendrá la mayor ganancia cuando se haya quedado con el mínimo, según dice el bienaventurado apóstol Pablo: El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia (2 Co 9,10) en Cristo Jesús, Señor nuestro, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO – SAN AGUSTÍN

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

2. Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.

Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado. ¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven le habían sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.

Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, más el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º), t. XXIII, Sermón 139A, 1-2, BAC Madrid 1983, pág. 270-73

Finalmente reconoció al Rey de reyes…

Sobre el buen ladrón

Mons. Fulton Sheen

Al principio los ladrones le insultaban y blasfemaban; pero uno de ellos, que la tradición llama Dimas, volvió su cabeza para contemplar la mansedumbre y la dignidad del rostro del Salvador crucificado. Como un carbón arrojado en el fuego se transforma en ascua brillante y resplandeciente, así el alma negra de este ladrón, arrojada en los fuegos de la crucifixión, se inflamó en amor del Corazón Sagrado.

Cuando el ladrón de la izquierda decía: “Si eres el Cristo sálvate y sálvanos”, el ladrón arrepentido le increpó exclamando: “¿Ni tú temes a Dios viéndote bajo la misma condena?” “Y nosotros ciertamente con justicia porque recibimos la paga debida a nuestras obras; pero éste, ¿qué mal ha hecho?” Luego, el mismo ladrón le dirigió un ruego, no suplicando un lugar entre los poderosos, sino solamente el favor de no ser olvidado: “Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu Reino”.

Tal fe y tal arrepentimiento no van a quedar sin recompensa. Y en unas circunstancias en que el poder de Roma no logró hacerle hablar, cuando los amigos pensaron que todo estaba perdido y los enemigos que todo estaba ganado, nuestro Señor rompió el silencio. El que era acusado se convirtió en Juez, y el crucificado se tornó en Divino Asesor de las almas cuando contestó el ladrón penitente con estas palabras: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Este día, en que dices la primera y última plegaria; hoy, tú estarás conmigo y donde yo estoy; esto es, en el paraíso. Con estas palabras, Nuestro Señor, que se estaba ofreciendo a su Padre Celestial como la Gran Hostia, une consigo en la patena de la Cruz, la primera hostia pequeña ofrecida en la Misa —Hostia de un ladrón arrepentido— un tizón sacado de la hoguera; una gavilla arrancada de la cosecha terrena; el trigo triturado en el molino de la crucifixión y hecho pan para la Eucaristía, Nuestro Señor no sufre solo en la Cruz, sufre con nosotros. Por eso unió el sacrificio del ladrón con el suyo propio. Esto es lo que significa San Pablo cuando dice que debemos llenar aquello que falta en los sufrimientos de Cristo. No significa que Nuestro Señor en la Cruz no sufrió todo lo que pudo. Significa, más bien, que el Cristo histórico, físico, sufrió cuanto pudo sufrir en su naturaleza humana; pero que el Cristo Místico, que es Cristo y nosotros, no ha sufrido hasta nuestra plenitud de sufrimiento. No todos los demás buenos ladrones de la historia del mundo han reconocido ya su culpa y pedido su recuerdo. Nuestro Señor está ahora en el Cielo. Por tanto, no puede sufrir más en su naturaleza humana, pero puede sufrir más en las nuestras. Así, se dirige a otras naturalezas humanas; a la tuya, a la mía, y nos pide que hagamos lo que hizo el buen ladrón, esto es, que nos incorporemos a El en la Cruz, para que, participando en su crucifixión, podamos también participar en su Resurrección; para que hechos participantes de su Cruz, podamos ser también participantes de su Gloria en el Cielo.

Como nuestro Divino Señor en aquel día escogió al ladrón como pequeña hostia de sacrificio, así hoy nos escoge a nosotros como otras pequeñas hostias, unidas con la suya en la patena, del altar. Volved los ojos de vuestra mente a la Misa, a cualquier Misa de las que se celebraban en los primeros siglos de la Iglesia, antes de que la civilización se volviese totalmente financiera y económica. Si asistiéramos al Santo Sacrificio en la Iglesia primitiva, llevaríamos al altar cada mañana pan y vino. El sacerdote tomaría un trozo de aquel pan sin levadura y un poco de aquel vino para el Sacrificio de la Misa. El resto lo pondría aparte, lo bendeciría y los distribuiría, entre los pobres. Actualmente no llevamos el pan y el vino. Damos lo equivalente; aquello con que compramos el pan y el vino. Por eso la colecta, en el Ofertorio. ¿Por qué llevamos a la Misa el pan, el vino o el equivalente? Llevamos el pan y el vino porque esas dos cosas, entre todas las de la naturaleza, son las que mejor representan la esencia de la vida. El trigo es como el meollo de la tierra y los racimos como su verdadera sangre y ambos nos proporcionan a nosotros el cuerpo y la sangre de la vida. Llevando esas dos cosas, que nos dan la vida, que nos nutren, equivalentemente nos llevamos a nosotros mismos al Sacrificio de la Misa.

Nosotros, pues, estamos presentes en todas y en cada una de las Misas bajo las apariencias de pan y vino, que representan simbólicamente nuestro cuerpo y nuestra sangre. No somos espectadores pasivos, como podemos serlo en un teatro contemplando el espectáculo, sino que estamos ofreciendo nuestra Misa con Cristo. Si algún cuadro pinta adecuadamente nuestro papel en el drama es éste: Una gran cruz se alza ante nosotros en la cual está tendida la Gran Víctima, Cristo. Alrededor de la colina del Calvario están nuestras pequeñas cruces, en las cuales nosotros, las pequeñas hostias, vamos a ofrecernos. Cuando Nuestro Señor va a su Cruz, nosotros vamos a nuestras pequeñas cruces y nos ofrecemos a nosotros mismos en unión con Él, como una oblación pura, al Padre Celestial. En este momento nosotros cumplimos literalmente el mandato del Señor hasta en su mínimo detalle: “Toma tu cruz cada día y sígueme”. Al hacerlo así no nos pide algo que El no haya hecho primero. Ni sirve de excusa el decir: “Yo soy una pobre hostia sin valor” Así era el ladrón.

Notad que hubo dos actitudes en el alma de aquel ladrón que le hicieron agradable a Nuestro Señor. Fue la primera el reconocimiento del hecho: él merecía lo que estaba sufriendo, no así Jesucristo, que, impecable, no merecía la Cruz. En otros términos, era un arrepentido. La segunda fue la fe en aquel que los hombres rechazaban, pero que el ladrón reconoció como el verdadero Rey de los Reyes.

Fragmento del libro “El Calvario y la Misa”.

Sobre la confianza en la Divina Providencia

Fragmento del libro “El abandono en la divina Providencia”,

de Jean Pierre de Caussade

Fe y abandono entre tormentas

 Dejando aparte las enfermedades evidentes que, por su naturaleza, obligan a permanecer en cama y a tomar las medicinas convenientes, todos esos otros temores y desfallecimientos de las almas que viven en el abandono no son más que ilusiones y apariencias que se deben superar con la confianza. Dios las permite o las envía para ejercitar esa fe y ese abandono, que son la medicina verdadera. Por tanto, sin prestarles mayor atención, deben proseguir generosamente su camino en medio de las vicisitudes y sufrimientos que Dios les envía, sirviéndose sin dudarlo de su cuerpo con toda libertad, como se hace con los caballos de alquiler, que no valen más que para trabajar, y que se les trata sin mayores cuidados. Esto da mejor resultado que las delicadezas, que no sirven más que para debilitar al espíritu. Esta fortaleza de espíritu tiene una virtud oculta para sostener un cuerpo débil. Y vale mucho más un año de vida noble y generosa, que un siglo de temores y cuidados.

Más aún, quien vive abandonado en Dios debe procurar mantener habitualmente en su exterior el aspecto de un niño dócil y amable, porque ¿hay algo que temer cuando se avanza bajo la guía de Dios? Guiados, sostenidos y protegidos por Él, nada deben presentar sus hijos en su exterior que no se vea lleno de ánimo. ¿Qué importancia tienen los objetos espantosos que se encuentran en el camino? Si Dios los guía por allí, sólo es para embellecer sus vidas con gloriosas hazañas. Si los mete en problemas de toda clase, donde la prudencia humana no ve ni imagina salida alguna, es para que sientan toda su flaqueza y se vean incapaces y confundidos. Entonces es cuando la Providencia divina manifiesta en todo su esplendor lo que es para aquellos que se abandonan totalmente a ella, y los libra de modos mucho más maravillosos que cuantos pudieran inventar los historiadores fabulosos, cuando, esforzando su imaginación en la comodidad y sosiego de sus escritorios, discurren las intrigas y peligros de sus héroes imaginarios, para concluir felizmente sus vanas historias.

Sí, la divina Providencia conduce las almas con habilidad mucho más prodigiosa y admirable por medio de muertes, peligros y monstruos, infiernos, demonios y sus trampas, y eleva hasta el cielo a estas almas, que son materia después de aquellas historias místicas, incomparablemente más bellas y curiosas que todas cuantas puedan inventar las más cavilosas imaginaciones humanas.

Vamos, pues, alma mía. Atravesemos los peligros y horrores, que no pueden dañarnos mientras nos hallemos conducidos y sostenidos por la mano segura e invisible, pero omnipotente e infalible, de la divina Providencia. Vamos sin miedo, dirigiéndonos a nuestra meta con paz y alegría, haciendo materia de victoria de todo cuanto se nos vaya presentando. Para combatir y vencer nos hemos alistado bajo las banderas de Jesucristo. «Salió como vencedor, y para seguir venciendo» [Apoc 6,2]. Contaremos tantos triunfos como pasos demos bajo su guía.

Dios es quien escribe nuestra vida

 El espíritu de Dios es el que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es sino la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres. Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos nuestros sufrimientos y acciones a su guía. No, no, todo lo que se nos presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son únicamente medios para que se continúe esta Escritura santa, que se acrecienta todos los días.

Un alma santa es aquella que se somete libremente, con la ayuda de la gracia, a la voluntad de Dios. Todo lo que precede al puro consentimiento es obra de Dios, y en modo alguno obra del hombre, que le recibe a ciegas en un abandono e indiferencia universal. Dios no le exige sino esta única disposición; el resto, Él lo determina y elige según sus designios, como un arquitecto señala y escoge las piedras.

Así pues, es preciso amar a Dios en todo, en todo su orden providencial. Es necesario amarle sea cual fuere el modo con que se presente al alma, sin desearle de otra forma. Si éstos u otros objetos son ofrecidos, eso no es asunto del alma, sino de Dios, que da lo mejor para el alma. El gran compendio, la máxima más sublime de la espiritualidad, es este abandono puro y entero a la voluntad de Dios, en un continuo olvido de sí mismo, para ocuparse enteramente en amarle y obedecerle, apartando temores y reflexiones, como también las inquietudes producidas por el cuidado de la salvación y de la propia perfección. Puesto que Dios se nos ofrece para arreglar nuestros asuntos, dejémosle hacer, y no nos ocupemos más que de Él mismo y de sus cosas.

Confiados, dejémosle hacer a Dios

 Vamos, alma mía, vamos con la cabeza bien alta por encima de todo lo que pasa fuera o dentro de nosotros, siempre contentos de Dios, contentos de lo que El hace en nosotros y nos hace hacer. Guardémonos bien de enredarnos imprudentemente en interminables reflexiones inquietantes, que, como otros tantos caminos perdidos, se ofrecen a nuestro espíritu para engañarle, y para hacerle caminar sin fin pasos y pasos perdidos. Salgamos del laberinto de nosotros mismos, saltando por encima, y no tratando de recorrer sus interminables vueltas y revueltas.

Vamos, alma mía, atravesemos por medio de los desalientos, enfermedades, sequedades, durezas de carácter, debilidades del espíritu, lazos del diablo y de los hombres, desconfianzas y envidias, siniestras ideas y persecuciones. Volemos como un águila sobre todas estas nubes, fija siempre la vista en el sol y en sus rayos, que son nuestras obligaciones. Sintamos todo eso, ya que no está en nosotros no sentirlo, pero no olvidemos que nuestra vida no debe ser una vida de sentimiento, sino la vida superior del alma, donde Dios y su voluntad obran una eternidad siempre serena, siempre igual e inmutable.

Abandono y paz en todas las cosas

 Es en esa estancia, completamente espiritual, en donde lo increado, lo incomprensible, lo inefable, mantiene al alma infinitamente alejada de todas las determinaciones de las sombras y demás cosas creadas. Los sentidos, sí, experimentan sus agitaciones, sus vicisitudes y sus cien metamorfosis, que pasan siempre, desapareciendo en el aire, como sin orden ni concierto. Pero Dios y su voluntad es el objeto eterno que fascina el corazón en la vida de la fe, y que, en la vida de la gloria, constituirá la verdadera felicidad.

Y este estado glorioso del corazón influirá en todo el compuesto material del hombre, que ahora es presa de monstruos, pájaros nocturnos y bestias feroces. Bajo estas apariencias horribles, la acción divina, dándole una facilidad completamente celestial, le hará brillar como el sol, porque las facultades del alma sensitiva y las del cuerpo, se preparan y trabajan aquí abajo como el oro, el hierro, el lino o las piedras. Estas diversas cosas no pueden gozar del brillo y pureza de su ser sin haber sufrido muchos golpes, destrucciones y despojos. Y del mismo modo, todo lo que las almas tienen que sufrir en la tierra bajo la mano de Dios, que es este amor, divino obrero, no sirve sino para disponerles a esa gloria eterna.

El alma de fe, que conoce el secreto de Dios, permanece absolutamente en paz, y todo lo que le pasa, en lugar de alarmarle, acrecienta su seguridad, pues está íntimamente persuadida de que es Dios quien la conduce. Por eso lo recibe todo como una gracia, y vive olvidada de sí misma, dejándole trabajar a Dios en ella, sin pensar más que en la obra que Él le ha encomendado, que es amarle sin cesar y cumplir con fidelidad y exactitud sus obligaciones.

El alma recibe distintas impresiones sensibles, aflictivas o consoladoras, por medio de los objetos a que la voluntad divina la aplica incesantemente, buscando sólo su bien. Pero todas le sirven para encontrar a Dios, que es el objeto de la fe, y para unirse a Dios en todas las diferentes situaciones y disposiciones.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios

Del libro a Autólico de san Teófilo de Antioquía

Si tú me dices: «Muéstrame a tu Dios», yo te responderé: «Muéstrame primero qué tal sea tu persona», y entonces te mostraré a mi Dios. Muéstrame primero si los ojos de tu mente ven, si los oídos de tu corazón oyen.
Del mismo modo, en efecto, que los que gozan de la visión corporal perciben lo que sucede aquí en la tierra y examinan las cosas opuestas entre sí —como son la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo hermoso, lo proporcionado y lo que no lo es, lo mesurado y lo desmesurado, lo que rebasa sus límites y lo que es incompleto—, y lo mismo podemos decir con respecto a lo que es objeto de audición —los sonidos agudos, graves, agradables—, así también acontece con los oídos del corazón y los ojos de la mente, con respecto a la visión de Dios.
Efectivamente, Dios se deja ver de los que son capaces de verlo, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen bañados en tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no porque los ciegos no la vean deja por eso de brillar la luz solar, sino que ha de atribuirse esta oscuridad a su defecto de visión. Así tú tienes los ojos entenebrecidos por tus pecados y malas acciones.
El alma del hombre debe ser nítida como un espejo reluciente. Cuando en un espejo hay herrumbre, no puede el hombre contemplar en él su rostro; del mismo modo, cuando hay pecado en el hombre, no puede éste ver a Dios. Pero, si quieres, puedes sanar; confíate al médico y él punzará los ojos de tu mente y de tu corazón. ¿Quién es este médico? Dios, que por su Palabra y sabiduría creó todas las cosas, ya que, como dice el salmo: La Palabra del Señor hizo el cielo; el Aliento de su boca, sus ejércitos. Eminente es su sabiduría. Con ella fundó Dios la tierra; con su inteligencia consolidó los cielos, con su ciencia brotaron los abismos y las nubes destilaron rocío.
Si eres capaz, oh hombre, de entender todo esto y procuras vivir de un modo puro, santo y piadoso, podrás ver a Dios; pero es condición previa que haya en tu corazón la fe y el temor de Dios, para llegar a entender estas cosas. Cuando te hayas despojado de tu condición mortal y hayas revestido la inmortalidad, entonces estarás en disposición de ver a Dios. Porque Dios resucitará tu cuerpo, haciéndolo inmortal como el alma, y entonces, hecho tú inmortal, podrás contemplar al que es inmortal, si ahora crees en él.

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado