MISTERIO INSONDABLE DE UN DIOS QUE MORA EN MÍ
Porque Dios amó tanto al mundo… Jn 3,16-18
Queridos todos,
San Atanasio, el gran Santo y Doctor del Verbo Encarnado, como es conocido, obispo de Alejandría, en una de sus cartas decía: “Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición de la doctrina y la fe de la Iglesia Católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres.”[1] El Papa Benedicto XVI en una homilía en Génova decía que “la fiesta de hoy nos invita a contemplarlo a Él, el Señor; nos invita a subir en cierto sentido, al ‘monte’, como hizo Moisés.”[2]
El contenido que la doctrina y la fe de la Iglesia que nos han transmitido, como decía San Atanasio, y que hoy somos invitados a contemplar, como hacía mención el Papa Benedicto XVI, es lo que magistralmente encontramos explicado por San Pablo en la primera carta a los Corintios (2, 1-16):
“…una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos…”
“…enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria…”
“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.”
“¿Quién conoce el íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.”
“…Dios nos lo ha revelado por el Espíritu…”
“…para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos…”
“A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él, no está sujeto al juicio de nadie.”
“Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu.”
Lo que vamos a intentar ahora, queridos hermanos, es adentrarnos un poco más en esta inefable realidad; este insondable misterio de un Dios Uno y Trino que habita en el alma en gracia.
No tengo intención de explicar un misterio tan sublime, porque evidentemente me supera absurdamente; lo que sí quiero que hagamos, es considerar esta verdad tan hermosa empezando por la Escritura misma, en las lecturas de la Liturgia de hoy hasta llegar a una aplicación más práctica, más cercana a nuestra vida corriente.
Partiendo de la primera lectura que nos propone la Iglesia para hoy, del libro del Éxodo, podemos contemplar una cercanía de Moisés -que según la misma Sagrada Escritura fue el mayor de todos los profetas (cfr. Deut 34,10)- con Dios mismo. Cuando allá en el Sinaí, Moisés subió en medio de la madrugada, el Señor baja en la nube y se queda allí con él. Moisés es el profeta que contempló a Dios cara a cara; es el que sabía reconocer al Señor. Ahí, en ese momento de una cercanía profunda, Moisés se da cuenta de que hay un abismo enorme entre la Divinidad y su pequeña e insignificante humanidad. Tras pronunciar el nombre del Señor, el Altísimo pasó ante Moisés, éste se inclinó, y se echó por tierra en señal de profunda reverencia (cfr. Ex 34, 4-6.8-9).
Lo que contemplamos aquí es una cercanía muy grande, pero que todavía no es algo interior, íntimo. Lo que escuchamos en el salmo, sacado de un cántico del profeta Daniel ilustra bien esta realidad: “Bendito eres en el templo de tu santa gloria… Bendito eres sobre el trono de tu reino… Bendito eres tú, que, sentado sobre querubines, sondeas los abismos… Bendito eres en la bóveda del cielo.” (Dan 3, 52-56)
Esta relación entre Dios y el hombre, desde el Génesis, después de la creación del hombre, hasta llegar a la plenitud de los tiempos, se va desarrollando en un ciclo que se repite: el hombre se aleja, Dios lo busca; Dios lo perdona, el hombre vuelve; Dios hace una alianza, el hombre se olvida, Dios permite el castigo; el pueblo se arrepiente, etc. Pero cuando Jesús, el Verbo Encarnado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumió la naturaleza humana en el seno de la Virgen María, estuvo tan cerca del hombre, tan cerca como jamás había estado antes; ni en el Edén cuando bajaba a la tarde para caminar junto al hombre, ni en la montaña santa con Moisés, ni en la cueva con el profeta Elías… Juan Pablo II expresó esta verdad con las siguientes palabras: “Dios no estuvo nunca tan cerca del hombre -y el hombre jamás estuvo tan cercano a Dios- como precisamente en este momento: ¡en el instante del misterio de la Encarnación!.”[3]
Este niño -Divino Niño- que fue gestado en el seno purísimo de la Virgen, debía recibir el nombre de Emanuel, que quiere decir Dios con Nosotros (cfr. Mt 1,23). Allá en el Éxodo, también Moisés pronunció el nombre de Dios, en la Montaña Santa, pero era otro el nombre: “El Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en gracia y fidelidad.” (Ex 34,6) El Papa Benedicto XVI decía, en la misma homilía que mencionamos antes, que: San Juan, en el Nuevo Testamento, resume esta expresión en una sola palabra: “Amor” (1Jn 4,8.16). Lo atestigua también el pasaje evangélico de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).”[4]
Este Dios Amor, no solamente es amor, no solamente intervino en nuestra historia decidiendo hacer la redención del género humano[5], sino que, como leemos en San Pablo: “el Dios del amor y de la paz estará con vosotros” (2Cor 13, 11-13) Y no estará como algo transitorio, sino como algo permanente, en el mismo texto, el Apóstol habla de este don tan sublime, de esta presencia inefable: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros” (Ibid.)
Retomando una frase de San Atanasio también en la carta ya mencionada antes: “Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.”[6] Pero no es que sea simplemente una existencia encerrada en sí misma, satisfecha en su propia autosuficiencia, como aclara Benedicto XVI, sino que “es vida que quiere comunicarse, es apertura, relación.”[7] Y retomando el tema del nombre de Dios, sigue diciendo que “palabras como ‘misericordioso’, compasivo’, ‘rico en clemencia’, nos hablan de una relación, en particular de un Ser vital que se ofrece, que quiere colmar toda laguna, toda falta, que quiere dar y perdonar, que desea entablar un vínculo firme y duradero.”[8] En otras palabras: es un misterio de un Dios -Uno y Trino- que quiere habitar en nosotros.
Lo que hace la Liturgia de hoy, comentaba Juan Pablo II en una homilía en su visita a Bulgaria, es invitarnos “a remontarnos hasta la Fuente suprema de este don: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Santísima Trinidad.”[9] Y sigue diciendo que la vida del cristiano se orienta totalmente hacia este misterio. De la correspondencia fiel al amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo depende el éxito de nuestro camino en la tierra.”[10]
A primera vista, contemplar este misterio de la Santísima Trinidad, de la Inhabitación Trinitaria dentro del alma en gracia, pareciera alejarnos del mundo y de sus problemas, en una especie de introspección para abstraerse de la realidad. A esta objeción responde el Papa Benedicto XVI diciendo que “en realidad se descubre que precisamente conociendo a Dios más de cerca” es que “se reciben también las indicaciones fundamentales para nuestra vida.” Para explicarlo, retoma el ejemplo de Moisés, en el Sinaí, pues el Patriarca, “al subir al Sinaí y permanecer en la presencia de Dios, recibió la ley grabada en las tablas de piedra, en las que el pueblo encontró una guía para seguir adelante, para encontrar la libertad y para formarse como pueblo en libertad y justicia. Del nombre de Dios depende nuestra historia; de la luz de su rostro depende nuestro camino.”[11]
En síntesis, “toda la revelación se resume en estas palabras: “Dios es amor” (1Jn 4, 8.16); y el amor es siempre un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla.”[12]
Para ir concluyendo, queridos hermanos, debemos alegrarnos, animarnos siempre, exultar de alegría por un don que excede toda comprensión humana: el don de tener a un Dios Uno y Trino, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, que quiere habitar en nuestro corazón; quiere hacernos partícipes del movimiento de Vida y Amor que emana del seno mismo de la Trinidad.
Por eso, pidámosle a la Santísima Virgen María -ella quien mejor supo vivir en este misterio de Amor dentro de la Santísima Trinidad- que nos ayude a comprender un poco este misterio insondable de la Inhabitación de Dios en nuestra alma, pero más que comprenderlo bien, que nos ayude a vivirlo como debemos, para así degustar ya desde la tierra, lo que serán las delicias que nos esperan en el Paraíso.
P. Harley Carneiro, IVE
[1] San Atanasio de Alejandría, CARTA 1 A SERAPIÓN, 28-30 (Tomado del Oficio de Lecturas de esta Solemnidad)
[2] Homilía del Papa Benedicto XVI en la plaza de la Victoria de Génova el domingo 18 de mayo de 2008
[3] San Juan Pablo II, Angelus, 02/08/1981
[4] Papa Benedicto XVI, op.cit.
[5] Cfr. EE de San Ignacio, contemplación de la Encarnación, 1º Punto
[6] San Atanasio de Alejandría, op.cit.
[7] Papa Benedicto, op.cit.
[8] Ibid.
[9] San Juan Pablo II, Homilia en la plaza central de Plovdiv (Bulgaria), domingo, 26/05/2002
[10] Ibid.
[11] Papa Benedicto XVI, …
[12] Papa Benedicto XVI, Angelus, Domingo 22/05/2005
Virgen venerable
Quien ignora el esplendor de la eterna luz, es ciego…
De las Homilías de san Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia
«Un mendigo ciego estaba sentado al borde del camino» Con razón la Escritura nos presenta a este ciego al borde del camino y pidiendo limosna, porque el que es la Verdad misma ha dicho: Yo soy el camino. Quien ignora el esplendor de la eterna luz, es ciego. Con todo, si ya cree en el Redentor, entonces ya está sentado a la vera del camino. Esto, sin embargo, no es suficiente. Si deja de orar para recibir la fe y abandona las imploraciones, es un ciego sentado a la vera del camino, pero sin pedir limosna. Solamente si cree y, convencido de la tiniebla que le oscurece el corazón, pide ser iluminado, entonces será como el ciego que estaba sentado en la vera del camino pidiendo limosna. Quienquiera que reconozca las tinieblas de su ceguera, quienquiera que comprenda lo que es esta luz de la eternidad que le falta, invoque desde lo más íntimo de su corazón, grite con todas las energías de su alma, diciendo: «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí».
Que todo hombre que sabe que las tinieblas hacen de él un ciego grite desde el fondo de su ser: «Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí» Pero escucha también lo que sigue a los gritos del ciego: «los que iban delante lo regañaban para que se callara» (Lc 18, 39).
¿Quiénes son estos? Ellos están ahí para representar los deseos de nuestra condición humana en este mundo, los que nos arrastran a la confusión, los vicios del hombre y el temor, que, con el deseo de impedir nuestro encuentro con Jesús, perturban nuestras mentes mediante la siembra de la tentación y quieren acallar la voz de nuestro corazón en la oración.
En efecto, suele ocurrir con frecuencia que nuestro deseo de volver de nuevo aDios nuestro esfuerzo de alejar nuestros pecados por la oración, se ven frustrados por estos: la vigilancia de nuestro espíritu se relaja al entrar en contacto con ellos, llenan de confusión nuestro corazón y ahogan el grito de nuestra oración.
¿Qué hizo entonces el ciego para recibir luz a pesar de los obstáculos? «Él gritó más fuerte: ¡Hijo de David, ten compasión de mí!» Ciertamente, cuanto más nos agobie el desorden de nuestros deseos más debemos insistir con nuestra oración. Cuanto más nublada esté la voz de nuestro corazón, hay que insistir con más fuerza, hasta dominar el desorden de los pensamientos que nos invaden y llegar a oídos fieles del Señor. Creo, que cada uno se reconocerá en esta imagen: en el momento en que nos esforzamos por desviarlos de nuestro corazón y dirigirlos a Dios suelen ser tan inoportunos y nos hacen tanta fuerza que debemos combatirlos. Pero insistiendo vigorosamente en la oración, haremos que Jesús se pare al pasar. Como dice el Evangelio: «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran» (v. 40).
Observemos lo que el Señor dijo al ciego que se le acercó: «¿qué quieres que haga por ti?» El que tiene el poder de devolver la vista, ¿ignoraba lo que quería el ciego? Evidentemente, no. Pero Él desea que le pidamos las cosas, aunque Él lo sepa de antemano y nos lo vaya a conceder. Nos exhorta a pedir, incluso hasta ser molestos, el que afirma: “vuestro Padre celestial sabe lo que os hace falta, antes de que lo pidáis» (Mt 6, 8). Si pregunta, es para que se le pida; si pregunta, es para impulsar nuestro corazón a la oración.
Lo que pide el ciego al Señor, no es oro, sino luz. No le preocupa solicitar otra cosa más que luz. Imitemos a este hombre, hermanos muy queridos. No pidamos al Señor ni riquezas engañosas, ni obsequios de la tierra, ni honores pasajeros, sino luz: No la luz circunscrita por el espacio, limitada por el tiempo, interrumpida por la noche, con la que compartimos la vista con los animales, pidamos esta luz que sólo los ángeles ven como nosotros, que no tiene principio y ni fin. Sin embargo, el camino para llegar a esta luz es la fe. Por tanto, con razón el Señor responde inmediatamente al ciego que va a recobrar la luz: «¡Levántate! Tu fe te ha salvado».
Es tiempo de escuchar lo que fue hecho al ciego que pedía la vista o, también, lo que él mismo hizo. Dice todavía el Evangelio: «Luego él recuperó la vista y se puso a seguir a Jesús». Ve y sigue quien realiza el bien que conoció; ve, pero no sigue aquel que igualmente conoce el bien, pero no se dedica a realizarlo.
Si, pues, hermanos carísimos, ya conocemos la ceguera de nuestro peregrinar; si, con la fe en el misterio de nuestro Redentor, ya estamos sentados en la vera del camino; si, con una oración continua, ya pedimos la luz a nuestro creador; si, además de eso, después de la ceguera, por el don de la fe que penetra la inteligencia, fuimos iluminados, esforcémonos por seguir con las obras a aquel Jesús que conocemos con la inteligencia. Observemos hacia donde el Señor se dirige e, imitándolo, sigamos sus pasos. En efecto, sólo sigue a Jesús quien lo imita”.
Homilías sobre el evangelio, n°2 ; PL 76, 1081.
Estad siempre alegres en el Señor
“…alegraos en la verdad, no en la iniquidad; alegraos en la esperanza de la eternidad, no en la flor pasajera de la vanidad”
De los Sermones de san Agustín, obispo
“Yo les he dado la gloria que tú me diste”
Amar y orar
Hermosa obligación del Hombre
San Juan María Vianney
Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.
El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.
La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.
Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.
Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.
Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.
Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.
Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti», Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.
EL CIELO Y LA VIDA ETERNA
Jn 17, 3 – Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo.
Queridos todos, en este VIIº Domingo del tiempo de Pascua, estamos rodeados de una “atmósfera celeste” en la liturgia -es cierto que la liturgia siempre es algo celeste que realizamos en la tierra, pero ahora parece ser aún más notable este aire que se siente-: hace pocas semanas hemos celebrado el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte, resucitando al tercer día, según las Escrituras; hace apenas algunos días (el pasado jueves), hemos festejado devotamente la solemnidad de la Ascensión del Señor, cuando subió a los Cielos y donde está sentado a la derecha del Padre; y ahora nos preparamos para, dentro de una semana, celebrar la venida del Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria…
Santo Tomás de Aquino tiene un sermón en que comenta el Credo, artículo por artículo. Cuando el Aquinate comenta el artículo sexto: Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso, dice que “Después de afirmar la Resurrección de Cristo, conviene creer en su Ascensión, pues Él subió al cielo después de cuarenta días de resucitado. He ahí por qué se dice en el Credo: ‘Subió a los cielos’.”
El Doctor Angélico explica tres características principales de este acontecimiento, de las que voy a abordar apenas un aspecto de la última.
Dice él que la Ascensión fue sublime, racional y útil.
Al hablar de la utilidad de la Ascensión, (el santo) explica que Cristo ascendió a los cielos para conducirnos hasta allá; una vez que desconocíamos el camino, fue útil para nosotros que Él nos lo mostrase. También dice que Jesús subió a los cielos para interceder por nosotros, y para corroborarlo, cita la carta a los Hebreos que dice: “Subió por sí mismo al Dios siempre vivo para interceder por nosotros” (Heb 7,25). En último lugar, dice que Cristo subió a los cielos para atraer a sí nuestros corazones, pues como el mismo Señor había dicho en el Evangelio de Mateo (6,21): “Dónde está tu corazón está tu tesoro.” No es mi intención detenerme en estos aspectos, porque ya hemos celebrado la Ascensión, lo que quiero remarcar aquí en este sermón de hoy, es la realidad de dónde está Cristo, de dónde está esperándonos: en el Cielo, a la derecha del Padre.
¿Qué es el Cielo? Algunos me responderán que es la Vida Eterna. Y si les pregunto ¿qué es la vida eterna? Me podrían contestar con las palabras de Jesús en el Evangelio que apenas hemos escuchado: “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.” (Jn 17,3) El gran poeta italiano, Dante Alighieri, en el Libro del Paraíso, en la Divina Comedia, Cántico XXXIII (vv. 124-126) expresa casi como si estuviera ya contemplando lo que Jesús nos dijo en el Evangelio hoy, pero en un tono bien poético, dice:
O luce etterna che sola in te sidi,
sola t’intendi, e da te intelletta
e intendente te ami e arridi!”
(“Oh luz eterna que sólo en ti reposas, / sólo tú te comprendes, y por ti comprendida, / y comprendiéndote, te amas y sonríes.”)
Algunos grandes autores han descrito también, de modo poético algún aspecto -en la medida de lo posible- del cielo. Fray Luís de León, por ejemplo, en su Oda Noche Serena canta:
Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura…
La gran Doctora de Ávila, Santa Teresa, quizás siguiendo el Evangelio dónde Nuestro Señor dice: “El Reino de los Cielos está en vosotros”, describe con la analogía del Castillo Interior la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en el interior del alma: “Considerar nuestra alma como un castillo hecho de un diamante o muy claro cristal” dónde dentro habita una luz indescriptible, que es el mismo Dios.
O también San Juan de la Cruz, el Doctor Místico de Fontiveros, siguiendo la línea de Santa Teresa, canta en su Llama de amor viva (estrofa 1):
¡Oh llama de amor viva,
Que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Y en otro lugar en la misma canción (estrofa 4):
¡Cuán manso y amoroso
Recuerdas en mi seno,
Donde secretamente solo moras!
De todos modos, me parece útil preguntarnos qué es lo que la Iglesia, con su sabiduría de casi dos milenios, ha entendido siempre por el Cielo. Veamos qué dice el Catecismo de la Iglesia:
CIC 1024: “Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama ‘el cielo’. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.”
Es cierto que, como dice San Pablo a los Corintios en su primera carta: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1Cor 2,9), sin embargo es posible, con base en lo que hemos dicho hasta aquí, establecer algunas características esenciales del cielo, especialmente siguiendo lo que el Catecismo nos enseña.
Vida Perfecta: Por la gracia de Dios, somos “partícipes de la naturaleza divina” (Cf. 2Pe 1,4) enseña San Pedro. La vida que vive la Santísima Trinidad es una vida perfecta y que nosotros, por la gracia, somos llamados a participar: aquí en esta vida, de un modo imperfecto, en el cielo, perfectamente.
Comunión de vida y de amor: El conocimiento que tiene Dios de sí mismo genera vida y amor. Dios es vida y amor en sumo grado: “Dios es amor” dice San Juan (Cfr. 1Jn 4,8; 16). El mismo Jesús dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Cf. Jn 8, 32). Estando en el cielo, estaremos metidos en esta harmonía eterna que irradia de la Divinidad.
Fin último: Todo el que obra, obra por un fin, es un principio filosófico. Dios, al crearnos, ha puesto en nosotros una finalidad. San Ignacio de Loyola nos lo enseña muy bien en el libro de los EE: “El hombre es creado para amar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma.” (EE, 23) El fin último nuestro es salvar nuestra alma, es decir, alcanzar el cielo por toda la eternidad, por medio del amor, de la alabanza y del servicio de Dios nuestro Señor.
Dicha definitiva y suprema: Otro principio filosófico es que, una vez alcanzado el fin, la creatura reposa en él: “La voluntad descansa en el bien poseído”, de un modo estupendo San Agustín lo ha formulado así: “Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Fecisti nos ad Te et inquietum es cor Nostrum donec requiescat in Te, Confesiones, I, c.1) Esto justamente es lo que nos da el gozo supremo: la posesión del bien supremo, es decir, Dios mismo. Allá en el cielo lo tendremos, lo contemplaremos cara a cara.
Para terminar, podemos citar algunos textos de la Sagrada Escritura dónde justamente nos habla de esta vida eterna en el cielo:
“Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.” (Jn 17,3)
“Y este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al hijo de Dios no tiene la vida…” (1Jn 5, 11-12)
“Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: ‘Conoce al Señor’, porque todos me conocerán, del menor al mayor, pues perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados…” (Heb 8,11-12)
“…y comprenderemos. Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra.” (Os 6,3)
“Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo…” (2Cor 4,6)
Pidámosle pues, a la Santísima Virgen María, que nos alcance la gracia de amar con todo nuestro corazón esta verdad del cielo. Que en unos instantes, cuando profesemos nuestra fe y digamos creer en la Vida Eterna, que realmente lo hagamos con todo el corazón, y que la Virgen nos conceda también la gracia de crecer siempre más en el conocimiento del Señor, pues como dice el Espíritu Santo en el libro de la Sabiduría: “Conocerte a ti es justicia perfecta y reconocer tu poder es la raíz de la inmortalidad…” (Sab 15,3)
Ave María Purísima.
P. Harley Carneiro, IVE
En el misterio del pan y del vino, inmolado, nos alimenta…
Y HACE 20 AÑOS QUE JESÚS VOLVIÓ A LA CASA DE SU ABUELA…
Hace cosa de una semana, estábamos concluyendo los trabajos para preparar una sencilla fiesta donde celebramos el vigésimo aniversario de la presencia de los monjes del IVE en la Casa de Santa Ana, en Séforis. Mientras hacíamos estos últimos ajustes y repasábamos los últimos detalles, encontramos un videíto del P. Alejandro Díaz, que fue uno de los monjes que fundaron esta comunidad, en que él, en determinado momento, habla de que a partir de aquel IVº Domingo de Pascua del año 2006, cuando los monjes celebraron la primera Misa de la Comunidad aquí, “Jesús volvió al Sagrario”, volvió a estar presente… la lucecita que acompaña la presencia real, verdadera y substancial de Jesús en el augusto Sacramento, volvió a estar encendida después de poco más de tres décadas. Luego de escuchar estas palabras del relato del Padre me puse a reflexionar, y me vino a la mente justamente lo que lleva por título de este pequeño escrito: “Y hace 20 años Jesús volvió a la casa de su abuela…”
Las realidades vividas en el lugar santo donde habitamos, en la Casa de santa Ana, son cosas que nos pueden llenar muchísimo la imaginación, dado que los hechos documentados son realmente escasos, y los que existen no son retratos fieles de lo que sucedió aquí, uno puede lícitamente -amparado en lo que es la tradición oral y el peso que tiene especialmente en estas tierras-, recrear momentos; imaginándolos con toda la simplicidad que nos permite la fe y la piedad cristiana. ¿O será algo de otro mundo el pensar en cómo la Virgen Niña aprendió de su mamá, santa Ana, las tareas más sencillas del hogar?; ¿Acaso no habrá ella tenido sus momentos de estudio, de alegría, jugando con otras niñas de la ciudad?; ¿No habrá recorrido los campos enormes que desaparecían ante sus ojos tan pequeños de niña, jugando, riéndose, haciendo lo que tenía que hacer [como siempre lo hizo] que era ser precisamente una niña?
¿Estará mal el pensar que después de haber sido desposada por san José, varón justo, trabajador ejemplar, artesano habilidoso, hubiesen recorrido estas tierras con el Niño Dios en medio, jugueteando por un lado, por otro, haciendo admirarse a todos los que le rodeaban? Iba creciendo en estatura, sabiduría y gracia, dice el Evangelio. ¿Acaso estará mal el pensar e imaginar cómo habrán rezado en su casa, o más bien, en la casa de su abuela? Habrán aprendido de ellos los rasgos más importantes de la piedad del pueblo hebreo, de entre tantas otras cosas que habrán aprendido aquí… Me parece que realmente vale la pena imaginar estas cosas… Son sencillas, pero al final, ¿no son las cosas sencillas que mayor impacto dejan en el alma?
El poder estar trabajando, cuidando de la casa de los abuelos de Jesús es algo realmente increíble, una gracia tremenda que el Señor ha concedido a nuestra pequeña familia religiosa hace ya 20 años. El trabajo de los monjes aquí es tan sencillo y oculto como lo fue la vida de san Joaquín, de santa Ana, de la Virgen Niña, de san José, del Niño Jesús, del Adolescente Jesús, del Adulto Jesús… Y como nosotros, por regla, tenemos la gracia de adorar al Señor en el Santísimo Sacramento dos horas todos los días (una a la mañana y otra al final del día), tenemos una fuente de primera mano para imitar las virtudes de los que aquí vivieron muchísimos años atrás.
Realmente hacen eco en nuestros corazones, las palabras de la Virgen que ella le dirige a los sirvientes de las bodas en Caná de Galilea (a tan sólo unos pocos kilómetros de aquí): “Haced todo lo que Él os diga…” Y hace 20 años que la presencia del Señor del Universo, de Jesús Eucaristía, guía y sostiene la vida de los varios misioneros que han pasado ya por esta casa. En el silencio, en la soledad, en el ocultamiento y en la laboriosa tarea de guardar la casa de los abuelos de Jesús, también -paralelamente- los monjes han ido manteniendo y arreglando, perfeccionando cada vez más el otro edificio más interior, el de sus almas.
El lugar es propicio, el ejemplo lo tenemos en el sagrario (desde hace 20 años), y entre la contemplación y la acción, le damos alas a la imaginación para alimentar la piedad y buscar imitar a los que aquí han vivido, celosamente guardando lo que de más sagrado puede haber aquí: Jesús, el Verbo Encarnado, que nos mira desde el sagrario, reposando plácidamente en la casa de su abuela…
P. Harley Carneiro, IVE