Dispensadora de tiernísimas finezas

“En efecto, Cristo nos la dio como madre, para que dispensara sus gracias sobre cada uno de nosotros.”

P. Gustavo Pascual, IVE.

 

María es la dispensadora de todas las gracias que proceden de Dios a los hombres. Todos los méritos y gracias que nos ha conseguido Jesús en su Pascua, quiere, es su voluntad, que nos las alcance María, de tal manera, que ninguna gracia deje de pasar por ella. En efecto, Cristo nos la dio como madre, para que dispensara sus gracias sobre cada uno de nosotros.

María es dispensadora de gracias por haber sufrido con Cristo en el Calvario, unida a Él, y en comunión de padecimientos. Ella en la cruz comenzó a ser Corredentora de los hombres, y también, Mediadora entre nosotros y Jesús. Ella distribuye todas las gracias de Jesús sobre sus hijos.

María es Dispensadora de grandes gracias y de pequeñas gracias, de tiernísimas finezas, que muchas veces, desconocemos por no contemplarlas con detenimiento.

Vivimos absortos en las cosas de la tierra, y esto resta a nuestra vida contemplación de las cosas celestiales. Si contempláramos cada una de las maravillas que hace Dios en nuestra vida nos admiraríamos. Si contemplásemos cómo Dios nos dispensa cada día tiernísimas finezas por María se encendería en nosotros una hoguera de amor.

La Santísima Virgen mostró en Caná una de estas tiernísimas finezas para con sus hijos. En una boda en Galilea, el vino es un elemento importante, para el clima de fiesta y alegría. Sin embargo, en aquella ocasión los novios no habían calculado bien la cantidad y en medio de la fiesta se les terminó el vino. Jesús y María estaban allí, pero fue María la que observó este detalle. Jesús lo sabía, como también sabía lo que iba a hacer en aquella ocasión, pero fue su Madre la que vio la necesidad de aquellos esposos y pidió el milagro a su Hijo: “No tienen vino”[1]. María presentó el problema y esperó en su Hijo. “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”. Y María dijo confiadamente: “Haced lo que él os diga”. Y Jesús realizó por intercesión de su Madre el primer milagro.

María dispensó en aquella ocasión a los esposos un pequeño detalle que los hizo felices y los hizo creer en el invitado de Nazaret. También sus discípulos creyeron en Él.

María tuvo también detalles de ternura para con su Hijo: “le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre”[2] cuando Jesús era pequeño. Lo tuvo entre sus brazos, lo amamantó, y lo estrecho contra su pecho. Lo cuidó incansablemente, y después de darlo a luz en una cueva, lo llevó a una casa de Belén donde los magos la encontraron cuidando a su Hijo[3]. Lo llevó al Templo, y allí de sus brazos, lo recogió Simeón para presentarlo al Señor[4]. Lo llevó muchas veces a Jerusalén para la fiesta de Pascua[5]. Lo cuidó, lo crió y lo fue educando en Nazaret viéndolo crecer en sabiduría y en gracia[6].

Si observamos con detenimiento nuestra vida, notaremos esas finezas de María, para con nosotros. Pequeños detalles que como antes dije, muchas veces, los pasamos por alto.

La caridad tiene esos pequeños detalles. No sólo se demuestra por las obras, sino por las obras realizadas con perfección, y hay detalles que coronan las obras buenas y les dan ese toque de perfección y de sorpresa que las hace excelentes.

La tiernísima fineza de la caridad de María en la visita a su prima es un ejemplo: el ángel le insinúa el embarazo de su prima y ella va presurosa para ayudarla y se está con ella hasta que da a luz.

La fineza de María en la confianza en Dios cuando calla ante su prometido José. No se excusa, no manifiesta su inocencia con gestos o hechos, sino que calla, confiando plenamente en Dios, con ese detalle propio de las almas santas entregadas sin reserva al amor de Dios.

Cada uno de nosotros puede y debería revisar en su vida los detalles de amor que la Madre ha tenido con nosotros. Cuando hemos estado tristes, cuando hemos estado lejos de Jesús, en el momento de convertirnos, en la atracción por el rezo del santo rosario, en el amor a ella, en la veneración a sus imágenes, en la manifestación sencilla del pueblo de Dios que nos trasmite su fe, en los ejemplos de los santos y de la jerarquía de la Iglesia, en la salud de los enfermos con los cuales nos hemos encontrado en nuestra vida, en la conversión de los sectarios que han pedido en los momentos extremos su compañía…

Detalles exquisitos, tiernísimas finezas, que contempladas nos hacen crecer en amor a ella. Dejemos que esta contemplación inunde nuestro corazón y lo encienda. Imitemos su ejemplo y seamos como ella dispensadores de amor para con nuestros hermanos, pero, con ese toque que ella nos enseña. Caridad dispensada con tiernísimas finezas.

 

[1] Jn 2, 1ss.

[2] Lc 2, 7

[3] Mt 2, 11

[4] Lc 2, 28

[5] Lc 2, 41ss.

[6] Lc 2, 52

Solemnidad de la asunción de María Santísima

«Magnificat anima mea Dominum!» (Lc 1, 46).
San Juan Pablo II
La Iglesia peregrina en la historia se une hoy al cántico de exultación de la bienaventurada Virgen María; expresa su alegría y alaba a Dios porque la Madre del Señor entra triunfante en la gloria del cielo. En el misterio de su Asunción, aparece el significado pleno y definitivo de las palabras que ella misma pronunció en Ain Karim, respondiendo al saludo de Isabel: «Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso» (Lc 1, 49).
Gracias a la victoria pascual de Cristo sobre la muerte, la Virgen de Nazaret, unida profundamente al misterio del Hijo de Dios, compartió de modo singular sus efectos salvíficos. Correspondió plenamente con su «sí» a la voluntad divina, participó íntimamente en la misión de Cristo y fue la primera en entrar después de él en la gloria, en cuerpo y alma, en la integridad de su ser humano.
El «sí» de María es alegría para cuantos estaban en las tinieblas y en la sombra de la muerte. En efecto, a través de ella vino al mundo el Señor de la vida. Los creyentes exultan y la veneran como Madre de los hijos redimidos por Cristo. Hoy, en particular, la contemplan como «signo de consuelo y de esperanza» (cf. Prefacio) para cada uno de los hombres y para todos los pueblos en camino hacia la patria eterna.
Amadísimos hermanos y hermanas, dirijamos nuestra mirada a la Virgen, a quien la liturgia nos hace invocar como aquella que rompe las cadenas de los oprimidos, da la vista a los ciegos, arroja de nosotros todo mal e impetra para nosotros todo bien (cf. II Vísperas, Himno).
«Magnificat anima mea Dominum!».
La comunidad eclesial renueva en la solemnidad de hoy el cántico de acción de gracias de María: lo hace como pueblo de Dios, y pide que cada creyente se una al coro de alabanza al Señor. Ya desde los primeros siglos, san Ambrosio exhortaba a esto: «Que en cada uno el alma de María glorifique al Señor, que en cada uno el espíritu de María exulte a Dios» (san Ambrosio, Exp. Ev. Luc., II, 26). Las palabras del Magníficat son como el testamento espiritual de la Virgen Madre. Por tanto, constituyen con razón la herencia de cuantos, reconociéndose como hijos suyos, deciden acogerla en su casa, como hizo el apóstol san Juan, que la recibió como Madre directamente de Jesús, al pie de la cruz (cf. Jn 19, 27).
«Signum magnum paruit in caelo» (Ap 12, 1).
La página del Apocalipsis que se acaba de proclamar, al presentar la «gran señal» de la «mujer vestida de sol» (Ap 12, 1), afirma que estaba «encinta, y gritaba con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). También María, como hemos escuchado en el evangelio, cuando va a ayudar a su prima Isabel lleva en su seno al Salvador, concebido por obra del Espíritu Santo.
Ambas figuras de María, la histórica, descrita en el evangelio, y la bosquejada en el libro del Apocalipsis, simbolizan a la Iglesia. El hecho de que el embarazo y el parto, las asechanzas del dragón y el recién nacido arrebatado y llevado «junto al trono de Dios» (Ap 12, 4-5), pertenezcan también a la Iglesia «celestial» contemplada en visión por el apóstol san Juan, es bastante elocuente y, en la solemnidad de hoy, es motivo de profunda reflexión.
Así como Cristo resucitado y ascendido al cielo lleva consigo para siempre, en su cuerpo glorioso y en su corazón misericordioso, las llagas de la muerte redentora, así también su Madre lleva en la eternidad «los dolores del parto y el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). Y de igual modo que el Hijo, mediante su muerte, no deja de redimir a cuantos son engendrados por Dios como hijos adoptivos, de la misma manera la nueva Eva sigue dando a luz, de generación en generación, al hombre nuevo, «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4, 24). Se trata de la maternidad escatológica de la Iglesia, presente y operante en la Virgen.
En el actual momento histórico, al término de un milenio y en vísperas de una nueva época, esta dimensión del misterio de María es más significativa que nunca. La Virgen, elevada a la gloria de Dios en medio de los santos, es signo seguro de esperanza para la Iglesia y para toda la humanidad.
La gloria de la Madre es motivo de alegría inmensa para todos sus hijos, una alegría que conoce las amplias resonancias del sentimiento, típicas de la piedad popular, aunque no se reduzca a ellas. Es, por decirlo así, una alegría teologal, fundada firmemente en el misterio pascual. En este sentido, la Virgen es «causa nostrae laetitiae», causa de nuestra alegría.
María, elevada al cielo, indica el camino hacia Dios, el camino del cielo, el camino de la vida. Lo muestra a sus hijos bautizados en Cristo y a todos los hombres de buena voluntad. Lo abre, sobre todo, a los humildes y a los pobres, predilectos de la misericordia divina. A las personas y a las naciones, la Reina del mundo les revela la fuerza del amor de Dios, cuyos designios dispersan a los de los soberbios, derriban a los potentados y exaltan a los humildes, colman de bienes a los hambrientos y despiden a los ricos sin nada (cf. Lc 1, 51-53).
«Magnificat anima mea Dominum!». Desde esta perspectiva, la Virgen del Magníficat nos ayuda a comprender mejor el valor y el sentido del gran jubileo ya inminente, tiempo propicio en el que la Iglesia universal se unirá a su cántico para alabar la admirable obra de la Encarnación. El espíritu del Magníficat es el espíritu del jubileo; en efecto, en el cántico profético María manifiesta el júbilo que colma su corazón, porque Dios, su Salvador, puso los ojos en la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 47-48).

Breves del Monasterio de la Sagrada Familia

Desde la casa de santa Ana
Queridos amigos:
Por gracia de Dios, si bien no han sido muchos, hemos podido recibir a algunos peregrinos así como peregrinar nosotros debido a una necesidad importante para ir a Belén, por lo cual de regreso pudimos pasar por Jerusalén (a 20 minutos) y rezar en algunos santos lugares. Ni siquiera la dureza de este tiempo (julio y agosto son los meses de mayor calor y humedad en Tierra Santa), ha impedido alguna que otra visita a nuestro monasterio, entre las cuales destacamos la visita del P. Bruno Martínez, misionero en Egipto y su Madre, a quienes no veíamos hace años, y fue realmente una grata visita; también queremos destacar una “visita sacramental” por decirlo así, y es que un grupo de 150 jóvenes asistió un día por la mañana para celebrar una liturgia penitencial y, posteriormente, las confesiones que marcarían el inicio de su peregrinación, fue así que nosotros dos, los monjes de Séforis, más 3 sacerdotes que venían con ellos, nos pusimos nuestras estolas moradas y nos distribuimos por el Monasterio para atender las confesiones de estos jóvenes, la mayoría en inglés y español, y hasta en italiano algunos. Realmente fue muy lindo ver el monasterio convertido en un “gran confesionario” y ser testigos privilegiados, como siempre, de la gran obra que realiza siempre la Divina Misericordia en las almas que se lo permiten al momento de decidir pedirle perdón a Dios como corresponde: mediante el santo sacramento de la confesión. Realmente una hermosa experiencia.
También contamos con la visita del Hermano Ernesto, compañero de seminario del P. Jason, quien además nos ayuda mucho con la jardinería debido a su experiencia; también la visita de un pequeño grupo de consagradas de Schoenstatt, 3 chilenas y una argentina, quienes además de sus oraciones quisieron regalarle un ramo de flores a nuetra madre del cielo presente en uestra capilla. También unos pocos grupos locales y a nuestras hermanas, entre las cuales destacamos a las de la comunidad de santa María Magdalena, a tan sólo media hora de nosotros, con quienes pudimos compartir la santa Misa y los festejos del día de su patrona, así como la santa Misa del día san Joaquín y santa Ana (posteriormente escribiremos una crónica sobre la solemnidad) y los festejos animandos el P. Gonzalo con los cantos árabes que ha aprendido, contando con la participación de algunos amigos y la muy generosa familia de “Abu Shárbel”, quienes al enterarse de nuestra celebración, decidieron preparar ellos mismo la cena como regalo para todos, siendo ellos mismos quienes nos atendieron de manera muy caritativa. Finalmente queremos destacar que gracias a nuestras hermanas de Jerusalén, los fines de semana podemos solemnizar mejor la liturgia, ya que nos regalaron un órgano, con el cual nuevamente -pese a ser sólo dos monjes-, pudimos volver a cantar los salmos y ornamentar la santa Misa con música sacra y las melodías que siempre han acompañado el rezo de los salmos en nuestras casas religiosas. El resto es lo de siempre: jardín, mantenimiento, y principalmente rezar y agradecer por tantos bienes recibidos.
Gracias como siempre por sus oraciones; seguimos correspondiendo con las nuestras, y en esta ocasión les pedimos especialmente su intercesión ante la Sagrada Familia, por las necesidades de nuestro monasterio.
Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.
(En facebook: https://www.facebook.com/m.seforis/posts/pfbid02wdW8PEfkrKYnz8tj7ZrsnCrFWQeQ1AYaRG6xckFQDxXp857jfgVRgj63XdGTFhw3l)

ATENCIÓN DE NUESTRAS MISERIAS

Nuestra madre siempre está atenta…

P. Gustavo Pascual, IVE.

Hay un pasaje del evangelio, en el cual, María atiende a las miserias de los hombres. Es el pasaje de las bodas de Caná[1]. Una miseria material, es cierto, y quizá hoy mirada como no tan importante como en aquella época.

María nota esa miseria de los novios. Miseria que quizá tuvo un origen trivial como la falta de cálculo o el exceso de comensales… pero que delante de la sociedad cananea los dejaba como míseros. En realidad asomaba en sus almas la miseria seguida de inquietud y tristeza, de casi desesperación e impotencia para solucionar el problema.

María notó el “apurón” de los novios, quizá por su ausencia repentina o por el cambio de actitud, quizá por el cuchicheo de los sirvientes o por la exigencia de algún comensal, y vio la inquietud en sus almas.

Acudió sin demora y por caridad a ayudarlos y lo hizo buscando una ayuda infalible, ¡cuánto conocía María a Jesús, su poder y su amor! Y le planteo la miseria de los novios: ¡no tienen vino! Ya conocemos el desenlace de la historia.

María está atenta a todas nuestras miserias, las materiales, las corporales, las psíquicas, las temperamentales, las espirituales.

Hay dos títulos que aluden a esta realidad: “Salud de los enfermos” y “refugio de los pecadores”.

María es nuestra madre y como toda madre conoce a sus hijos y no en masa sino uno por uno. María conoce cada una de nuestras miserias, lo que nos hace pequeños, en especial ante Dios. ¿Pero alguien es grande ante Dios? No, pero, Dios nos quiere almas grandes, magnánimos, no pequeños, pusilánimes, míseros. Y hay muchas cosas que empequeñecen nuestra alma, muchos pecados, muchos vicios, nuestro egoísmo, la desconfianza, la tristeza, el temor…

María está atenta a cada una de nuestras miserias y no con una atención curiosa y crítica sino que atiende a ellas para curarlas, para sanarlas, para que desaparezcan, y tiene una frase que uso en Caná y que en verdad es una receta eficacísima: “haced lo que Él os diga”. Pero María también intercede por nosotros como lo hizo en Caná. Ella es la “omnipotencia suplicante”, la que todo lo puede ante su Hijo.

Hay miserias en nosotros, que son reales, y que si las aceptamos son saludables. La principal, la miseria de nuestra indigencia existencial, que no es una miseria mala sino natural y real. La indigencia existencial aceptada nos conduce a Dios, el cual, nos eleva y nos saca, por decirlo así, de esa miseria porque nos eleva a una vida sobrenatural y aunque por naturaleza seguimos siendo hombres somos hijos de Dios, es decir, somos elevados a la naturaleza divina y salimos, en cierta manera, de la naturaleza herida por el pecado.

María también está presente en esta obra de nuestra elevación a la filiación divina. La estuvo cuando Cristo la consiguió, como corredentora, y lo está en cada alma que comienza a ser hija de Dios.

¡María está atenta a nuestras miserias! Por eso debemos recurrir a ella con toda confianza. Ella por pudor no nos las hará notar sino que las socorrerá pero quiere que se las manifestemos con toda confianza como lo hace un hijo con su madre.

Madre me duele la cabeza, estoy enfermo, estoy angustiado, estoy triste, estoy deprimido, soy muy irascible, soy muy apocado, no puedo salir de este vicio, este pecado me es insuperable, lo llevo conmigo desde hace tiempo, no puedo alejarme de esta persona que me hace mal, etc. Hay que exponerle confiado a María las miserias que nos aquejan y ella nos librará de ellas como lo hizo con los novios en Caná de Galilea.

Dios te salve María…

 

[1] Jn 2, 1s

Lo que veía Jesucristo

“Colócate delante del Señor,

déjate mirar por Él,

y descansa en Él”

 San Alberto Hurtado

 

Existe una escena en la vida de nuestro Señor Jesucristo que en más de una oportunidad me he detenido a considerar. Es una escena cotidiana, sin nada de extraordinario, perfectamente fácil de imaginar y que, sin embargo, no termino de rumiar ni de detenerme en ella de vez en cuando, para preguntarme y especular acerca de lo que pasaba por el Sagrado Corazón cada vez que ésta se repetía. Es sumamente sencilla: Jesucristo mirando a sus apóstoles y ya. Pero claramente es mucho más que eso, es decir, Jesucristo es Dios y su mirada va mucho más allá, porque conoce hasta lo más profundo de los corazones[1] y sabía perfectamente a quiénes había elegido para que estuviesen junto con Él, después de haber pasado la noche entera en oración… y éstos son “los que Él quiso”[2].

Y ya a partir de aquí no deja de resonar la gran interrogante de “¿por qué ellos?”[3]. Jesucristo podría haber comenzado, como sabemos, reclutando a san Juan Bautista para delegarle posteriormente el timón de su Iglesia, ya que era el mayor entre los nacidos de mujer[4], el primero en reconocerlo[5] y alegrarse de su entrada redentora en el mundo, ya desde el vientre de su madre[6]; y comenzando por él forjar un elenco apostólico a partir de los sabios de entre el pueblo elegido, los letrados, los que conocían y amaban las Escrituras y las profecías, los que esperaban con ansias el tiempo del Mesías y hasta vivían entre oraciones y penitencias atentos a su venida. Y, sin embargo, de alguna manera que sólo Él comprendía, para confundir a la sabiduría humana[7], en vez de buscar para su Iglesia los cimientos entre las canteras que ofrecían nobles materiales, decidió sacarlos de entre las orillas del rústico mar de Galilea[8], de la mesa de un cambista[9], o de entre los sencillos seguidores del citado precursor que vestía pieles de camello[10]; y decidió hacerse cargo en persona del labrado de las futuras columnas… y qué firme y paciente cincel el de nuestro Señor, que no dejaba de observar su obra mientras la llevaba a cabo.

Más o menos esto es lo que podemos llegar a ver nosotros, pero Jesucristo veía mucho más.

Jesucristo por ser Dios puede verlo todo, puede ver el interior y puede ver hasta el final; es así que contemplaba desde el momento de la llamada de cada uno de ellos -y desde la eternidad-, hasta la solemne cena de despedida y ordenación sacerdotal de sus predilectos[11]; y más allá, hasta la huida en Getsemaní[12]; y más allá… hasta el reencuentro en el Cenáculo[13] y después. Pero en esta escena cotidiana, en aquello en que acostumbro a detenerme, es en el contraste natural que existe con lo extraordinario de un Dios hecho hombre que no se espanta de los pecadores, y hasta acepta vivir su vida entre ellos[14], por ellos, y alistándolos en las filas del Reino de los Cielos que comienza aquí, en la vasta redondez e imperfección de la tierra. Jesucristo, en definitiva, veía a sus apóstoles tales cuales eran: toda una variada y colorida gama de imperfecciones, que pasaban por los arrebatos de entusiasmo desencaminado[15], la vergonzosa pretensión de los primeros puestos[16], la absurda búsqueda de venganza tan opuesta a la predicación del Maestro[17]; hasta la cobardía[18], traición[19] y negación[20] de las promesas y hasta del mismo Señor a quien seguían. Jesucristo veía abundancia de defectos y pecados, pero lo especial y propio de aquel que venía no por los justos sino por los que necesitan conversión[21], es que Él los veía “a su modo”: he aquí la gran novedad de este Dios hecho hombre, que fija sus ojos en la humanidad con la mirada propia del Creador que, conmovido[22] por la herida del pecado que signó a su creatura predilecta, posa sobre ella una mirada llena de misericordia que no ha venido a condenar sino a salvar[23].

La mirada de Jesucristo va más allá del defecto y del pecado, y traspasando la ofensa descubre una herida que no puede ser sanada más que por Él mismo, el de las entrañas compasivas, el del perdón hasta el extremo[24], el mismo que decide llamar a los que Él quiere y designarlos como sus amigos[25]. Pero hay algo más, “profundamente interesante” y siempre digno y provechoso de volver a meditar, y es el hecho de que, conociendo el Señor las miserias pasadas, presentes y futuras de sus discípulos, sin embargo, Él jamás dio un paso atrás en su elección.

Jesucristo es el Verbo Encarnado, Dios verdadero[26] a quien nada ni nadie se le escapa de las manos y que dispone todo en orden a un designio eterno que no puede no cumplirse. Es así como, en su perfecta humanidad, nos adoctrina tanto con lo que dice y hace[27] cuanto con lo que no hace; porque absolutamente nada deja al azar ni le es indiferente. Todo tiene su lugar correspondiente, en perfecta armonía con este designio misterioso en que incluso la permisión del pecado está presente cumpliendo una función, hasta que sea consumado el plan de redención. Y parte de este plan divino fue la elección de los apóstoles del Cordero, quebrachos toscos y difíciles de trabajar, amalgama de rudeza, debilidad y posterior compunción, aptos “sólo a los ojos de Cristo” para asentar sobre ellos las bases de su Iglesia formada por los hijos adoptivos de Dios, los que a diferencia de Él sí podemos fallar, sí podemos traicionar, sí podemos apostatar y hasta perdernos; pero sobre los cuales también se cierne una mirada bondadosa y deseosa de ir curando sus miserias, de ir puliendo y acrisolando sus corazones a través del arrepentimiento y del perdón, de las pruebas, oscuridades, sequedades y todo tipo de cruces que sean necesarias para volverlos una y otra vez hacia el Señor, que los llamó para que estuvieran con Él tanto en esta vida mortal como en la venidera, la que no termina, porque Jesucristo jamás retrocede…; y todo esto -pido perdón por la extensión-, para remarcar de manera especial que entre las cosas que Jesucristo “no hizo”, está el retractarse de haber llamado a estos imperfectos, débiles y faltos tantas veces de entendimiento respecto a sus enseñanzas; es decir, los doce íntimos que lo abandonaron en el momento de la prueba, y que Jesús sabía perfectamente que lo harían y hasta se los había anunciado[28], y, sin embargo, a ninguno ni antes ni después le pidió que dejara su puesto como apóstol; a ninguno le quitó la vocación ni decidió quedarse con los más o menos fieles, como tal vez Juan que regresaría después al Gólgota[29] o Pedro que al menos lloraría amargamente su traición[30]. Pero no, Jesucristo no se retracta y hasta intentó hacer entrar en razón al traidor en el momento terrible de la entrega, sin negarle su amistad ni su cercanía, llamándolo por su nombre[31], llamándolo amigo[32], y posando sobre él ciertamente una mirada que nada tenía de rencor, reproche o desdén, sino llena de un terrible y amargo dolor, porque era el discípulo quien se alejaba de la vista del Maestro para siempre, porque fue Judas el que renunció a su elección, no Jesucristo quien se la quitó.

Hoy en día el Hijo natural de Dios sigue contemplando a los hombres con compasión, y continúa fijando su mirada de predilección sobre aquellos que Él quiere que estemos junto con Él: los consagrados. Y Jesucristo sigue viendo en nosotros la imperfección, porque lo ve todo; pero prefiere fijarse más bien en nuestra compunción, en cada vez que nos levantamos para seguir adelante, en cada vez que reconocemos nuestras heridas y lo buscamos a Él como nuestro médico fiel, y en vez de correr tras el pecado decidimos correr tras Él. Y jamás nos quita la elección de su mirada.

Parece que para nuestro Señor es más grato poner los ojos en la meta que nos tiene preparada, que en el arduo y empinado camino que nos conduce a ella, donde podemos fallar, donde nos podemos perder, pero donde también podemos decidirnos de una vez por todas a caminar fielmente hacia la santidad que Él, en su designio amoroso para con los pecadores, dispuso para todos aquellos que se dejen labrar y decidan corresponder a la misericordia que ha venido en busca de la imperfección, esperando que ésta eleve su mirada hacia lo alto, donde espera el Maestro, el que perfecciona, el que transforma, el que convierte y santifica… el que siempre puede ver más allá.

P. Jason Jorquera M.

[1] Cf. Lc 16, 15

[2] Lc 6, 12-16

[3] Mc 3, 16-19

[4] Mt 11,11

[5] Cf. Jn 1,29

[6] Lc 1, 41

[7] 1 Cor 1,27

[8] Cf. Mc 1, 19-20; Mt 4, 18-22; etc.

[9] Mt 9,9; Mc 2,14

[10] Jn 1, 25-37

[11] Jn 13 ss.

[12] Mc 14,50; Mt 26,56

[13] Cf. Jn 20, 26 ss.

[14] Cf. Jn 1,14

[15] Cf. Jn 18,10; Mc 8,32; Mc 14,29

[16] Mc 10, 35-37

[17] Cf. Lc 9,54

[18] Mc 14,50; Mt 26,56

[19] Mc 14, 10-11; 43,26, etc.

[20] Cf. Mc 14, 66-72

[21] Cf. Lc 5,32

[22] Cf. Mc 6,34

[23] Cf. Jn 12,47

[24] Cf. Lc 23,34

[25] Jn 15,14-15

[26] Cf. Mt 16,16; Jn 1,49 etc.

[27] Cf. Mt 7,29; Lc 4,32; Mc 7,37

[28] Mc 14,27; Mt 26,31 etc.

[29] Cf. Jn 19,26

[30] Mt 26,75

[31] Lc 22,48

[32] Mt 26,50

“JORNADA MONÁSTICA EN JERUSALÉN… UN APOSTOLADO DEL TODO ESPECIAL”

Queridos amigos:

Dice nuestro Directorio de vida contemplativa: “Toda la vida de los religiosos debe ordenarse a la contemplación como elemento constitutivo de la perfección cristiana; sin embargo, “…es necesario que algunos fieles expresen esta nota contemplativa de la Iglesia viviendo de modo peculiar, recogiéndose realmente en la soledad…”. Ésta ha sido la misión de los monjes, quienes fueron y siguen siendo testigos de lo trascendente, pues proclaman con su vocación y género de vida que Dios es todo y que debe ser todo en todos.”

En esta oportunidad, queremos compartirles un evento del todo especial. Por gracia de Dios, este año pudimos participar por vez primera en una jornada para religiosos de vida contemplativa de Tierra Santa, muy bien organizada en Jerusalén, en la Iglesia de santa Ana, atendida por los padres blancos (Sociedad de los Misioneros de África). Para dicha ocasión, se invitó a más de 40 monasterios de distintas congregaciones presentes en los lugares santos y sus alrededores, para conocernos y a la vez testimoniar aquellos de específico que cada comunidad dedicada a la oración tiene en particular. El evento fue abierto al público, durante la mañana y, posteriormente, desde las 14:00 a las 18:00; donde cada monasterio estaba representado por al menos dos religiosos o religiosas, con un stand y afiche personalizado, y mesas donde se podían poner los folletos e información, así como los productos que cada monasterio hace para ayudar a su sustento, con total disposición en cada momento para recibir a los demás contemplativos, peregrinos y demás curiosos que participaron del evento. Contamos con una excelente ubicación, muy cerca de la entrada, donde pudimos ubicarnos junto con nuestras hermanas, representando a ambos monasterios de nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado: Monasterio de la pasión, muerte y Resurrección de nuestro Señor, y Monasterio de la Sagrada Familia.

Es muy digno de mencionar lo bien representada que se vio la gran riqueza de la Iglesia en sus carismas, pues pudimos y compartir con una gran variedad de consagrados especialmente a la oración, lo cual se dejaba ver en todo el colorido que ornamentó la jornada, no sólo metafóricamente sino también los diversos hábitos religiosos que pasaban de un lado a otro acompañando personas, visitando los stand de otros monasterios, haciendo alguna visita a la capilla (que permaneció abierta todo el día) para rezar las horas litúrgicas, escuchar las visitas guiadas del lugar o escuchar a los religiosos y religiosas que formaron en la capilla hermosos coros de canto sacro, el cual en esta capilla es del todo especial, debido a la excelente acústica que posee y ayuda a elevarse con facilidad al escuchar los cantos de “los que se dedican a rezar”.

Entre las hermanas y nosotros pudimos hacer un gran apostolado también con los asistentes, quienes también formaron parte del colorido programa en cuanto a sus lugares de procedencia y respectivas lenguas que no dejaban de pasar y detenerse ante los religiosos, a quienes atendíamos en un momento en francés, luego en inglés, italiano, árabe o hebreo, según a quien le tocaba hablar con alguno de nosotros que supiera dicha lengua… y así, gracias a Dios, nos pudimos complementar muy bien en el apostolado.

Al final de la jornada, ceñida por la invitación general al rezo del santo Rosario, terminamos, obviamente agradecidos; convidados y convidando a rezar a los distintos monasterios, y especialmente alegres de todo el bien que se pudo hacer, dando testimonio de la dicha sobrenatural que implica dar la vida para dedicarse a Dios, buscando que cada momento de la misma valga la pena y sea una búsqueda continua de su gloria.

Nos encomendamos como siempre a sus oraciones; esperamos poder participar el próximo año de esta frutífera jornada, y les pedimos especiales plegarias para que nunca falten y aumentes las almas generosas en decir que sí a este estilo de vida especial del monacato.

En Cristo y María:

Miembros de la familia religiosa del Verbo Encarnado de vida contemplativa.

Virgen pura y limpia

Otra hermosa advocación para la Madre de Dios[1]

P. Gustavo Pascual, IVE.

Vamos a tomar estos dos adjetivos por separado: la pureza y la limpieza.

¿Por qué María es una Virgen pura y limpia? Es pura por su castidad, es decir, por la pulcritud del corazón o por la pureza interior.

El Señor dice: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”[2] y con esta bienaventuranza se refiere a la pureza exterior e interior. A la simplicidad del corazón, al corazón sin mancha aunque también al cuerpo sin mancha.

A María le fue concedida la gracia de ser Madre y Virgen. Ella quería permanecer virgen, consagrada a Dios, y Dios la llamó para ser su Madre. “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”[3].

María concibió a Jesús y lo dio a luz permaneciendo virgen. En ella se cumplió el oráculo del profeta Isaías: “he aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel”[4]. María después de dar a luz permaneció virgen hasta el momento de su tránsito al cielo donde reina como la Virgen de las vírgenes, como la Reina de las vírgenes. Por eso es llamada “la bienaventurada siempre Virgen María”.

La virginidad no sólo implica el no haber corrompido la carne con la unión sexual sino que es más profunda, se extiende al corazón. El no haber apostatado de Dios, el haberle sido fiel sin contaminarse con ningún ídolo. De estos dice el libro del Apocalipsis al describir el acompañamiento del Cordero: “estos son los que no se mancharon con mujer, pues son vírgenes […] en su boca no se encontró mentira; no tienen tacha”[5]. “En sentido metafórico: la lujuria designa tradicionalmente la idolatría[6], aquí el culto de la Bestia[7]. Los ciento cuarenta y cuatro mil han sido comprados[8], son íntegros y fieles[9], han rechazado la idolatría y pueden ser desposados con el Cordero”[10]. El haber preferido la criatura o a nosotros mismos por Dios es una especie de adulterio.

María es la virgen fiel, la que siempre obedeció a la voluntad de Dios, la más pariente de Jesús, la que estuvo más estrechamente unida a Jesús por la fe que por la carne. La virginidad del corazón está en la perfecta fidelidad a la voluntad de Dios.

María también fue limpia, porque su corazón, su alma, jamás tuvo mancha alguna. El pecado mancha el corazón. El mortal mata al alma y la pone, por la ausencia de Dios, monstruosa y horrible. El pecado venial deliberado también mancha al alma, la ensucia, y toda falta por pequeña que sea, cuando es voluntaria, quita belleza y brillo al alma.

María tuvo su alma siempre limpia: “Toda hermosa eres, no hay tacha en ti”[11].

Fue limpia en este sentido negativo de no tener mancha, pero también en el sentido positivo de estar llena de Dios, del tres veces santo, y de su Hijo, el Cordero inmaculado. El alma de María sólo se ocupaba de una cosa, con simplicidad, de vivir en la contemplación de Dios y ninguna otra cosa la distraía ni manchaba su corazón.

María es la Inmaculada Concepción. Concebida sin mancha de pecado. Pero su vida toda, desde su concepción hasta su muerte, fue limpia con la limpieza de la Virgen de las vírgenes y con la limpieza de la Madre de Dios.

La limpieza del corazón nos hace ver a Dios ya desde esta vida. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. En la otra vida por la luz de la gloria, en esta vida por la luz de la fe.

La luz de la fe iluminó el alma de María y esa luz purificó su corazón, “dichosa la que ha creído”[12]. La pureza y la limpieza aquí se unen. La pureza de la fe y la limpieza del corazón ambas desembocan en la visión de Dios.

María contempló principalmente a Dios en su Hijo, en el Verbo Encarnado, en el Emmanuel y vivió en esa contemplación un anticipo del cielo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo”[13].

[1] Advocación a la Virgen de Luján en sus letanías.

[2] Mt 5, 8

[3] Lc 1, 34-35

[4] 7, 14

[5] 14, 4-5

[6] Cf. Os 1, 2ss.

[7] Cf. Ap 17, 1

[8] Cf. Ap 5, 9

[9] v. 5

[10] Jsalén. a Ap 14, 4

[11] Ct 4, 7

[12] Lc 1, 45

[13] Jn 17, 3

María en el misterio de la Iglesia

María, madre de la Iglesia[1]

P. Gustavo Pascual, IVE

La Santísima Virgen ha sido llamada Madre de la Iglesia. Por ser Madre de la Cabeza de la Iglesia, Jesucristo, es también Madre de los miembros de esa Cabeza, es decir, de nosotros, los cristianos. “Jesucristo, que es la Cabeza del género humano, nació de ella; los predestinados, que son los miembros de esa Cabeza, deben también, como consecuencia necesaria, nacer de Ella […] Una misma madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza […] de igual modo, en el orden de la gracia, la cabeza y los miembros nacen de una misma madre”[2], “en el Calvario comenzó María de modo particular a ser Madre de toda la Iglesia (San Alfonso María de Ligorio)[3].

Misión de María en el pueblo de Dios

 a) Colaboradora de Dios

+ Dios Padre creó un depósito de todas las aguas y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias y la llamó María (Pedro de Celles).

María es el tesoro del Señor (216), de cuya plenitud se enriquecen los hombres.

+ Dios Hijo comunicó a su madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos infinitos y virtudes admirables. Ella es la tesorera de cuanto el Padre le dio en herencia.

María es el acueducto por el cual hace pasar suave y abundantemente sus misericordias (142).

+ Dios Espíritu Santo comunicó a su fiel Esposa, María, sus dones inefables y la escogió por dispensadora de cuanto posee.

Ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y cuando quiere todos sus dones y gracias.

No se concede a los hombres ningún don celestial que no pase por sus manos.

 b) Influjo maternal de María (cf. 139-143)

El Señor es todavía en el cielo Hijo de María como lo fue en la tierra y por consiguiente, conserva para con ella la sumisión y obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres.

Las plegarias y súplicas son tan poderosas ante Dios que valen como mandatos. Dios no desoye jamás las súplicas de su querida madre porque son siempre humildes y conformes a la voluntad divina.

María impera en el cielo sobre los ángeles y bienaventurados. Por su humildad, Dios le ha dado el poder y la misión de llenar de santos los tronos vacíos del cielo.

c) Señal de fe auténtica (29-30)

 + Dios Padre quiso formarse hijos por medio de María hasta la consumación del mundo.

Todos los verdaderos predestinados e hijos de Dios tienen a Dios por Padre y a María por madre. Y quién no tenga a María por madre, tampoco tiene a Dios por Padre.

El hombre de perversa doctrina, el réprobo, desprecia o es indiferente para con María.

d) María, madre de la Iglesia (31-33)

+ Dios Hijo quiso formarse por medio de María y por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo Místico y le dice “entra en la heredad de Israel”[4], “uno por uno todos han nacido en ella”[5].

Un primer hombre nacido de María es el hombre-Dios, Jesucristo, el segundo es un hombre-hombre, hijo de Dios y de María por adopción. Si Jesucristo, Cabeza de la humanidad, ha nacido de ella, los predestinados, que son los miembros de esta Cabeza deben también, por consecuencia necesaria nacer de ella[6].

Cristo es fruto de María “y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”.

            Si algún hombre tiene a Cristo formado en su corazón puede decir: gracias María, lo que poseo es obra y fruto tuyo y sin ti no lo tendría.

Y María podría decirle ¡hijito mío! de nuevo sufro los dolores del alumbramiento hasta que Cristo se forme en ti[7].

“Todos los que van al cielo están ocultos en el seno de la Virgen hasta que ella los da a luz para la vida del cielo después de la muerte” (San Agustín).

e) María, figura de la Iglesia (34-36)

 + Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en ella y por ella.

Ella llena de virtudes a los elegidos de Dios para que crezcan espiritualmente.

Ella se reproduce en sus devotos y el Espíritu Santo se agrada en ellos.

Cuando María hecha raíces en un alma hace en ella maravillas de gracias.

Ella colabora con su Esposo a través de los siglos.

Colaboró en la Encarnación.

Realizará la formación y educación de los grandes santos del fin del mundo.

Cuando el Espíritu Santo la encuentra en un alma, entra en esa alma y la llena con la plenitud de la gracia.

 

  1. Consecuencias

 a) María es Reina de los corazones (37-38)

             María ha recibido de Dios un gran dominio sobre las almas de los elegidos.

María es la Reina del cielo y de la tierra, por gracia.

El reino de la Virgen está principalmente en el interior del hombre.

María tiene por gracia poder sobre su Hijo único y natural y también sobre sus hijos adoptivos.

 b) María es necesaria a los hombres (39-59)

 + Para la salvación

La devoción a María es señal infalible de predestinación.

Así las palabras y figuras del Antiguo y Nuevo Testamento. Así el sentir y ejemplo de los santos. Así la razón y la experiencia. Así lo han confesado obligadamente los demonios y sus secuaces.

“Ser devoto tuyo, oh María, es un arma de salvación que Dios ofrece a los que quiere salvar” (San Juan Damasceno).

+ Para una perfección particular

Nadie puede llegar a una íntima unión con el Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión estrecha con María y con su socorro.

Dios por ella quiere embellecer, levantar, enriquecer las almas y por ella llevarlas a la santidad.

Dios ha entregado a María las llaves que dan entrada a la intimidad del amor divino[8].

“Las personas más ricas en gracia y virtud, los mayores santos son los mas asiduos en rogar a la Santísima Virgen y contemplarla siempre como el modelo perfecto a imitar y la ayuda eficaz que les debe socorrer” (San Bernardo).

Ella es la formadora de los grandes santos de los últimos tiempos.

 

[1] Sigo a SAN Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen… Los números entre paréntesis corresponden al tratado. Uso sus mismas palabras

[2] V.D. nº 32…, 453.

[3] Buela , El Catecismo de los jóvenes…, 52

[4] Si 24, 13

[5] Cf. Sal 86, 6

[6] Cf. L.G. 53

[7] Cf. Ga 4, 19

[8] Cf. San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, Canción 26…, 674-80.

Reglas para sentir con la Iglesia

“No podemos colaborar si no tenemos el espíritu de la Iglesia militante.”

San Alberto Hurtado

 

Reglas para estar siempre con la Iglesia, en el espíritu de la Iglesia militante. No podemos colaborar si no tenemos el espíritu de la Iglesia militante. Nuestra primera idea es buscar enemigos para pelear con ellos… es bastante ordinaria…

Alabar las largas oraciones, los ayunos, las órdenes religiosas, la teología escolástica… Alabar, alabar.

¡¡No se trata de vendarse los ojos y decir amén a todos!! Pero el presupuesto profundo está un poco escondido. Hay un pensamiento espléndido, a veces olvidado: tengo que alabar del fondo de mi corazón lo que legítimamente no hago. ¡¡No medir el Espíritu divino por mis prejuicios!! Voy a alabar largas oraciones en casa, que yo no hago… Alabar las procesiones, que yo no hago.

La mente de la Iglesia es la anchura de espíritu. Si legítimamente ellos lo hacen, yo legítimamente no lo hago. La idea central es que, en la Iglesia, para manifestar su riqueza divina, hay muchos modos: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones” (Jn 14,2). La vida de la Iglesia es sinfonía. Cada instrumento tiene el deber de alabar a los demás, pero no de imitarlos. El tambor no imita la flauta, pero no la censura… Es un poco ridículo, pero tiene su papel. ¿Los demás pueden mofarse del bombo? No porque no son bombo. Es como el arco iris… El rojo ¿puede censurar al amarillo? Cada uno tiene su papel (qué bien cuadra esto dentro del Espíritu del Cuerpo Místico).

Luego, no encerrar la Iglesia dentro de mi espíritu, de mi prejuicio de raza, de mi clase, de mi nación. La Iglesia es ancha. Los herejes so pretexto de libertad estrecharon la mente humana. Nosotros con nuestros prejuicios burgueses, hubiéramos acabado con las glorias de la Iglesia.

En el siglo IV: “Queremos servir a Dios a nuestro modo. Vamos a construir una columna y encima de la columna una plataforma pequeña… bastante alta para quedar fuera del alcance de las manos, y no tanto que no podamos hablarles… La caridad de los fieles nos dará alimento, ¡oraremos!”. Nosotros ¿qué habríamos hecho? -Esos son los locos… ¿Por qué no hacen como todos? El hombre no es ningún loco. La Iglesia no echó ninguna maldición, ¡les dio una gran bendición! Ustedes pueden hacerlo, pero no obliguen a los demás. Ustedes en su columna, pero el obispo puede ir sentarse en su trono y los fieles dormir en su cama. De todo el mundo Romano venían a verlos, arreglaban los vicios, predicaban. San Simón Estilita, y con él otros. Voy a alabar a los monjes estilitas, pero no voy a construir la columna.

Otro grupo raro: “Nos vamos al desierto, a los rincones más alejados para toda la vida. Vamos a pelear contra el diablo, a ayunar y a orar… a vivir en una roca”. ¿Y nosotros? Con nuestro buen sentido burgués barato, diríamos: Quédense en la ciudad. Hagan como toda la gente. Abran un almacén; peleen con el diablo en la ciudad. La Iglesia tiene para ellos una inmensa bendición. ¡No peleen demasiado entre sí! Pero no obliguen a los demás a ir al desierto; lo que ustedes legítimamente hacen, ¡¡otros no lo hacen!! Nosotros hoy, despedazados al loco ritmo de la vida moderna, recordamos a los Anacoretas con un poco de nostalgia; todos los santos monjes y eremitas, ustedes que hallaron a Dios en la paz: rogad por nosotros.

El tiempo de las Cruzadas. La gran amenaza contra el Islam. Llegan unos religiosos bien curiosos. ¿Para nosotros qué es un religioso? ¿Manso, manos en las mangas, modesto, oye confesiones de beatas, birrete? No tienen birrete sino casco, espada en lugar de Rosario… Religiosos guerreros. Hacían los tres votos de religiosos para pelear mejor. Hacían un cuarto voto: el de los templarios, voto solemne: “no retroceder lo largo de su lanza, cuando solos tenían que enfrentar a tres enemigos”. Era el cuarto voto. La Iglesia lo aprobó. Luego, ¿todos tienen que pelear y ser matamoros? Lo que ellos legítimamente hacen; nosotros, no.

Vienen otros, tímidos, humildes, pordioseros:

-Un poco de oro y de plata, pero oro es mejor…

-¿Qué van a hacer con el oro de los cristianos?

-¡Llevarlo a los Moros!

-¿Van a enriquecer a los Moros? ¡¿El tesoro de la cristiandad que se va?!

-En la cristiandad no hay mejor tesoro que la libertad de los cristianos.

Los de la Merced, un voto: ¡quedarse como rehenes para lograr la libertad de los fieles! Bendijo la Iglesia a los militares y a la Merced.

¿Qué habríamos hecho nosotros con San Francisco de Asís? ¡Lo habríamos encerrado como loco! ¿No es de loco desnudarse totalmente en el almacén de su padre para probar que nada hay necesario? ¿No era de loco cortar los cabellos de Santa Clara sin permiso de nadie? Cuando el fuego le devoraba el hábito, dice: “no lo apagues, es tu hermano fuego que tiene hambre”. ¿Qué habríamos hecho nosotros? En el almacén, el obispo le arrojó su manto, símbolo de la Iglesia que lo acepta.

Vienen los Cartujos, que no hablan hasta la muerte. Si el superior le manda a predicar, puede decir: ¡No, es contra la Regla! ¡Absurdo, después de 7 años… a predicar! La Iglesia mantuvo la libertad de los Cartujos: quieren mantenerse en silencio, ¡pueden hacerlo! Pozos de ciencia, sin hablar. ¡Nuestro sentido burgués!

Vienen los Frailes Predicadores, los Dominicos: le da su bendición a los Predicadores… Lo que ustedes legítimamente…

San Francisco de Asís: una idea: construir un templo con cuatro paredes sin ventanas, un pilar, un techo, un altar, dos velas y un crucifijo. ¡Ah no! Eso es un galpón… Vamos a colgar cuadritos… vamos a poner bancos y cojines… ¡Nada!, dice San Francisco. Gran bendición a su Iglesia y fabulosas indulgencias. Es el recuerdo del Pesebre de Belén.

En los primeros tiempos de los Jesuitas, hay dos cardenales Farnese y Ludovisi y construyen el Gesù y San Ignacio. El Gesù: columnas torneadas, oro y lapislázuli… La bóveda… 20 años pintando la bóveda: Nubes, santos y bienaventurados. Y San Luis… ángeles mofletudos y barrigones… El altar hasta el techo, con Moisés y Abraham bien barbudos. Nosotros diríamos: “eso es demasiado, falta de gusto, de moderación”. Y la Iglesia bendijo al Gesù y San Ignacio. No es el pesebre, es la gloria tumultuosa de la Resurrección.

En la Iglesia se puede rezar de todos modos: vocal, meditación, contemplación, hasta con los pies (es decir, en romería). Los herejes, en cambio: fuera lámpara, fuera imágenes, fuera medallas… Hay pueblos que no quieren besar el anillo, sino que lo olfatean. ¡Bien, pueden hacerlo! Iglesias en estilo chino ¿De dónde sacan que el Gótico es el único estilo? Santa Sofía, San Pedro…

¡Todos los desastres de la Iglesia vienen de esa estrechez de espíritu! ¡El clero secular contra el regular, y orden contra orden! Para pensar conforme a la Iglesia hay que tener el criterio del Espíritu Santo que es ancho.

En el Congo ¿podemos pintar Ángeles negros? ¡Claro! ¿Y Nuestra Señora negra y Jesús negro? ¡Sí! Ese Jesús chino… ¡admirable! Nuestro Señor, en los límites de su cuerpo mortal, no podía manifestar toda su riqueza divina. En el Congo un Padre compró cuadros de la Bonne Presse. Muestra el infierno, y los negros entusiasmados. No había ningún negro, ¡sólo blancos! ¡Ningún negro en el infierno!

En la Compañía de Jesús a veces odio, por carecer de este espíritu. Los demás que se queden cada uno conforme a su vocación. Este es un pensamiento genial de San Ignacio, expuesto sencillamente: alabar, alabar, alabar. Alabemos todo lo que se hace en la Iglesia bajo la bendición del Espíritu Santo. ¡Cuando la Iglesia mantiene una libertad, alabémosla!

Pero esta vez del mismo lado del Jordán…

“Pequeña convivencia monástica”

Queridos amigos:

Como dice nuestro Directorio de Vida Contemplativa, “…la alegría del monje ha de brotar simplemente de considerar que Dios es, que Cristo es: ¡Ánimo!, que Soy Yo, no temáis (Mc 6,50); de estar convencidos que la verdad prima sobre la mentira; el bien sobre el mal; la belleza sobre la fealdad; el amor sobre el odio, la paz sobre la guerra, la misericordia sobre la venganza, la vida sobre la muerte, la gracia sobre el pecado; de la certeza, finalmente, de que el ser está sobre la nada, la Virgen sobre Satanás, Cristo sobre el Anticristo y Dios sobre todo, esta alegría no es otra cosa que el gozo de la contemplación de los misterios divinos.”; y si bien la alegría del monje depende esencialmente de las verdades sobrenaturales, sin embargo, eso no quita las razones naturales que también nos pueden alegrar, como es el hecho de que finalmente, después de casi dos años y medio, se facilitó notablemente la entrada al país de los peregrinos, razón por la cual nuestros monjes que se encuentran del otro lado del río Jordán (como les contamos en una crónica anterior), pudieron visitarnos para poder realizar la ansiada convivencia monástica, durante la cual pudimos peregrinar juntos y celebrar la santa Misa en algunos de los santos lugares, como la basílica de la Anunciación en Nazaret, o en el Monte Tabor.

Notable fue también el hecho de sumar nuevas voces a los cantos de la liturgia, ya sea para la Santa Misa o para el rezo de las horas litúrgicas, y haber celebrado este pasado lunes a la Virgen de Luján, patrona de nuestra familia religiosa, junto con nuestros demás religiosos en Belén.

Pero lo que más queríamos destacar en esta oportunidad, además de la peregrinación y sus muchos frutos, es la importancia de la vida fraterna en común que también vivimos los monjes, pese a estar la mayor parte del día en silencio, ya que es justamente con nuestra comunidad con quien ejercitamos y adquirimos las virtudes, y donde buscamos ayudarnos a tender hacia la santidad en un ambiente religioso y familiar que busca no otra cosa que vivir el Evangelio lo mejor posible según las buenas disposiciones, caridad y generosidad de los monjes; y decimos con precisión que somos verdaderamente una “familia religiosa”, porque a la familia no se la elige, sino que uno nace en ella y dentro de ella debe crecer y madurar, lo mismo que en la vida religiosa, familia dispuesta por Dios mismo en el lugar de misión, la cual debe ayudar a cada uno de sus miembros según sus necesidades a buscar la santidad y preparar lo mejor posible el ambiente para su consecución, con paciencia ante los defectos de cada uno, con caridad para con todos, y en nuestro caso mediante el cumplimiento de nuestros votos y constituciones, es decir, el camino hacia la santidad que Dios ha trazado para los miembros de la comunidad en general, al mismo tiempo que descubriendo mediante la vida de oración y de fraternidad, los designios personales entre el alma y Dios para el beneficio de ésta y la gloria de Aquél: he ahí nuestra alegría especial en este encuentro, ya que por unos pocos días nuestra comunidad creció y así pudimos compartir tanto la oración cuanto nuestras experiencias en nuestros actuales monasterios.

Damos gracias a Dios y a la Sagrada Familia por todos los beneficios recibidos durante esta breve pero muy fecunda convivencia, y encomendamos a sus oraciones en esta oportunidad a todos nuestros monjes, dedicados a rezar y ofrecer sacrificios por los que no rezan y por los que no se abrazan a la cruz salvadora de nuestro Señor Jesucristo, y por la conversión y santificación de las almas.

Con nuestra bendición, en Cristo y María:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,

Séforis, Tierra Santa.

 

.

 

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado