En todas las páginas que preceden he procurado demostraros cómo Dios quiere hacernos partícipes de su vida y cómo la gracia de Cristo, elevándonos a la categoría de hijos de Dios, es el principio de la vida divina en nosotros. El Bautismo nos confiere esa gracia, que es el germen de la vida sobrenatural y como el río divino en su hontanar. Hay obstáculos que se oponen al desarrollo de esa vida y al crecimiento de ese río; ya os he dicho de qué modo debemos eliminarlos. Finalmente, en las dos últimas conferencias os he expuesto cuáles son las leyes generales que determinan la permanencia de esa vida en nuestras almas, y los medios de que disponemos para acrecentarla; cómo es preciso permanecer unidos a Cristo por la gracia santificante, y hacer todas y cada una de nuestras acciones por la gloria de su Padre, con intención recta y movidos de una ardiente caridad. Esta ley se extiende a toda nuestra actividad, y abarca todas nuestras obras, de cualquier naturaleza que sean.
Cuando un alma se percata de la grandeza de esta vida sobrenatural y se convence de que el fundamento de ella no es otro que nuestra unión con Cristo por la fe y por la caridad, aspira a la perfección de esa unión; anhela la plenitud de esa vida, que debe, según el pensamiento eterno de Dios, poseer en sí misma. Esta perfección ¿no será una utopía, una quimera?, se pregunta el alma. No, no es pura entelequia; aunque parezca una cosa sublime e inasequible, puede y debe convertirse en realidad. «Esto es imposible para los hombres; para Dios todas las cosas son posibles» (Mt 19,26).
Es cierto, en efecto, que todos los esfuerzos de la naturaleza humana abandonada a sí misma, sin Cristo, no pueden hacernos avanzar un paso en la realización de esa unión, ni provocar el nacimiento y desarrollo de la vida que la unión engendra. Dios sólo es el dispensador del germen y crecimiento; es necesario, indispensable, como dice San Pablo (1Cor 3,6), que nosotros plantemos y reguemos; pero los frutos de vida no se producen sino por la savia de la gracia divina que Dios hace correr por nosotros.
Dios Nuestro Señor pone a nuestra disposición medios incomparables para mantener esa savia, pues si en cuanto es Bondad infinita y soberanamente eficaz, quiere hacernos participantes de su naturaleza y felicidad, como Sabiduría eterna, proporciona también los medios para el fin; de
una virtualidad y eficacia a las que nada iguala si no es la dulzura con que esa sabiduría eterna obra: «Alcanza poderoso del uno al otro extremo y todo lo gobierna suavemente» (Sab 8,1).
Ahora bien, si después de haber considerado cómo Dios nos infunde en el Bautismo el germen de esta vida y las primicias de esta unión, y la ley general que rige su desarrollo, deseamos conocer, en concreto, los medios que Dios pone a nuestra disposición, veremos que se reducen principalmente a la oración y a la recepción del Sacramento de la Eucaristía.
Dios se ha comprometido con el alma que se dirige a El: «Si pedís alguna cosa a mi Padre en mi nombre, dice Jesús, os la concederá»; y añade: «Pedid y recibiréis, a fin de que vuestra alegría sea perfecta»; y esta alegría es la alegría de Cristo -«para que posean en toda su plenitud mi gozo» (Jn 16, 23-24)-, la alegría de su gracia, la alegría de su vida la cual, como rio divino, nace de El y fluye hasta nosotros para regocijarnos (Sal 45,5).
La Eucaristía es el otro medio, mucho más poderoso aún. En la oración, Dios comunica sus dones con ciertas condiciones; en el sacramento de la Eucaristía, es el mismo Cristo quien se da a nosotros, la Eucaristía es propiamente el sacramento de la unión que alimenta y mantiene la vida divina en nosotros. A ella se refiere particularmente lo que dijo Nuestro Señor: «Yo he venido para dar a las almas la abundancia de la vida» (Jn 10,10). Al recibir a Cristo en la comunión, nos unimos a la vida misma.
Pero antes de darse al alma en alimento, Cristo se inmola, puesto que no se hace presente bajo las especies sacramentales sino en el sacrificio de la Misa. Por esta razón, debo, en primer lugar, tratar de la oblación del altar, aplazando para la próxima conferencia el hablaros de la comunión eucarística.
Digamos, pues, lo que es el sacrificio de la Misa y cómo hay en él virtualidad para irnos transformando en Jesús.
Este tema es inefable; el mismo sacerdote, para quien el sacrificio eucarístico es como el centro y el sol de su existencia, es incapaz de dar a comprender con su palabra las maravillas que el amor de Cristo ha acumulado en él. Todo lo que el hombre, simple criatura, puede decir de ese misterio, salido del corazón de un Dios, queda tan por debajo de la realidad, que después de decir todo cuanto se sabe de él, parece que no se ha dicho nada. Este misterio es tan santo y elevado que no hay tema que el sacerdote ame y a la vez tema tanto tratar.
Pidamos a la fe que nos ilumine, pues el sacrificio eucarístico es por excelencia un misterio de fe, mysterium fidei, y así, para comprender algo de él, es preciso recurrir a Cristo, repitiéndole las palabras de San Pedro, cuando Jesús anunció este misterio a los judíos, y varios de sus discípulos le abandonaron escandalizados: «¿A quién iremos, Señor, únicamente tú tienes palabras de vida eterna» (ib. 6,69), y sobre todo, creamos al amor, como dice San Juan (ib. 4,16). Nuestro Señor quiso instituir este sacramento en el instante en que iba a darnos, por su Pasión, el testimonio más grande de su amor para con nosotros, y quiso que se perpetuase entre nosotros, «en memoria de El»; es como su último pensamiento y el testamento de su sagrado corazón: «Haced esto en memoria mía» (1Cor 11,24).
Adoración Eucarística de san Juan Pablo II
Señor Jesús:
Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos.
“Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios” (Jn. 6,69).
Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres.
Aumenta nuestra FE.
Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo.
Contigo ya podemos decir: Padre nuestro.
Siguiéndote a ti, “camino, verdad y vida”, queremos penetrar en el aparente “silencio” y “ausencia” de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo” (Mt. 17,5).
Con esta FE, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social.
Tú eres nuestra ESPERANZA, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo.
Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives “siempre intercediendo por nosotros” (Heb. 7,25).
Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.
Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo.
Apoyados en esta ESPERANZA, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.
Queremos AMAR COMO TÚ, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres.
Quisiéramos decir como San Pablo: “Mi vida es Cristo” (Flp. 1,21).
Nuestra vida no tiene sentido sin ti.
Queremos aprender a “estar con quien sabemos nos ama”, porque “con tan buen amigo presente todo se puede sufrir”. En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración “el amor es el que habla” (Sta. Teresa).
Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.
CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO, TE ADORAMOS con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: “Quedaos aquí y velad conmigo” (Mt. 26,38).
Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación.
El Espíritu Santo que has infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos “gemidos inenarrables” (Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra.
En nuestras noches físicas y morales, si tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no sentiremos la consolación.
Aprendiendo este más allá de la ADORACIÓN, estaremos en tu intimidad o “misterio”.
Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el “misterio” de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación.
Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de AMAR y de SERVIR.
Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.
Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos.
Amén.
Juan Pablo II
QUE TE GUARDEN EN TUS CAMINOS
De los Sermones de san Bernardo, abad
(Sermón 12 sobre el salmo «Qui habitat», 3, 6-8: Opera omnia, edición cisterciense, 4 [1966], 458-462)
A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos.» Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.
A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.
Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.
En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.
Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.
La fuerza de la devoción
Expresión de nuestro amor a Dios y a lo sagrado
“Pido ser enterrado junto a un sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado!”
San Manuel González
Hace ya más de 20 años, por una de esas maravillosas delicadezas de la Divina Providencia, entré por primera vez a la sencilla capilla de la parroquia de “Nuestra Señora del Huerto”, sin sospechar -en aquel momento- que al año siguiente en esa misma capilla recibiría a diario a nuestro Señor sacramentado, acompañándolo también expuesto en la Custodia y pudiéndolo visitar cuando quisiera, simplemente caminando unos pocos metros… y todo esto a partir de aquel primer encuentro que cambiaría radicalmente el curso de mi vida.
La primera vez que entré en dicha capilla, me encontré delante de una escena que se quedó plasmada para siempre, pues era totalmente nueva para mí: el sacerdote estaba incensando el altar durante los ritos iniciales de la santa Misa, y yo me quedé como embobado, pues no recuerdo haber tenido antes la oportunidad de ver algo así. Participaba de la santa Misa en otro lugar, de hecho, me estaba preparando para la confirmación, pero aquí veía algo especial que no entendía bien qué era. Luego me gustó la prédica y la liturgia completa, y entonces decidí que iría allí a participar de la santa Misa. Pero como las gracias de Dios jamás vienen solas, me invitaron a la Adoración Eucarística, a lo cual accedí más bien para no quedar mal, debo reconocer, pues no sabía lo que era propiamente ni qué debía hacer… pero fui. Y nuevamente -aunque esta vez sí tuve todo tiempo que quise para reflexionar-, me quedé cautivado mirando tanto a nuestro Señor sacramentado en la custodia (allí descubrí lo que era una custodia), cuanto al sacerdote, por la gran delicadeza, recogimiento y respeto con que el padre realizó la exposición. No sabía qué debía responder, no entendí bien a los demás como para “copiarles las respuestas”, ni sabía siquiera si debía estar sentado, parado o arrodillado; pero sí que algo me quedó bastante claro a partir de aquella primera Adoración con exposición solemne para mí (pues hasta al incienso lo miraba con respeto): comprendí que comenzaba una nueva etapa de mi vida en la que quería estar más presente para nuestro Señor Jesucristo. Dios me había mostrado de una manera totalmente inesperada lo que es la devoción. Y yo la quería.
Todo esto fue el año 2004. Al año siguiente entré al noviciado y continué con mi preparación religiosa y sacerdotal hasta llegar a este punto, en que comparto esta sencilla reflexión con más de una década de sacerdocio monástico. Y durante estos más de 20 años desde aquella primera adoración solemne que Dios me regaló, no he dejado de gozarme en la exposición del Santísimo Sacramento, de la que ahora tomo parte muy seguido gracias a la bondad divina; pues me parece cada vez más uno de los momentos más hermosos de nuestra piedad católica y del ministerio sacerdotal.
Dejo para otra oportunidad lo que, por supuesto, es evidente que hay que tratar si se habla de sacerdocio e intimidad con Dios, como lo es la santa Misa o la vida sacramental del sacerdote, para detenerme en esta expresión tan delicada y tan íntima para el ministro de Cristo, a pesar de realizarse muchas veces delante de sus fieles; pero es que la manera de tratar a Jesús sacramentado, a la vez que es manifestación de la fe y el amor del sacerdote a su Señor, también es una oportunidad para que lo feligreses contemplen y aprendan la devoción que se ha de tener ante nuestro Dios hecho sacramento por nosotros y para nosotros.
El sacerdote, a menudo puede andar corriendo: siempre hay cosas que atender, intenciones para elevar al Cielo en sus plegarias, sacrificios para ofrecer; mensajes para responder, compras para realizar, apostolados para preparar, misas que celebrar, sacramentos para administrar, sermones que preparar; direcciones espirituales, trámites, médico, mantenimiento, etc. Todo un vasto ministerio para poner a disposición de las almas cada vez que éstas lo necesiten; porque el sacerdote no se pertenece, es de Dios y de las almas. Sin embargo, cuando llega la hora de exponer el Santísimo Sacramento y “dedicarse a Él”, todo lo demás se ha de detener, porque así lo exige la devoción: ni una impía genuflexión relámpago, ni unas indescifrables oraciones apresuradas, ni una disipada atención deben entrar a la capilla junto con el sacerdote cuando llega “la hora santa”, eso se queda afuera porque en la capilla está Jesús Sacramentado. Si algo de esto se nos cuela los demás lo notan, y eso no es fecundo. En cambio, el sacerdote que trata con profunda devoción a Jesús Sacramentado, con respeto, con delicadeza, con amor, le da a su ministerio la poderosa impronta de la devoción que le da fuerza a sus palabras y a sus acciones; pero devoción verdadera, no artificial o caricaturesca. La devoción genuina es respetuosa; se toma el tiempo correspondiente y nada más; no termina en el ministro sino en Jesús sacramentado; mueve, inspira, cautiva para Dios.
Por supuesto que la devoción no está restringida solamente a los sacerdotes, la devoción “es nuestra”, de todos los creyentes y todos debemos aspirar a crecer en ella; de hecho, no pocas veces las personas más sencillas nos adelantan y nos motivan en gran medida sin siquiera darse cuenta; pero en esta oportunidad nos quedamos con este ejemplo concreto del sacerdote delante del Santísimo Sacramento, porque es allí donde de manera especial -así como en su manera de celebrar la santa Misa-, la devoción puede tener una fuerza enorme y cautivadora, como hemos podido constatar a lo largo de la historia de la Iglesia en sus santos sacerdotes, grandes adoradores y promotores de la Adoración Eucarística, descanso de sus almas y de donde debemos sacar nuestras fuerzas para cumplir con lo que Dios nos pide. Del santo cura de Ars se decía que, al hablar sobre la Eucaristía a los fieles, muchas veces se emocionaba tanto que no podía terminar las frases y rompía en llanto o silencio; o que cuando miraba el sagrario, solía exclamar conmovido: «¡Él está ahí!» o «¡Él nos espera!»; y podemos constatar la fuerza arrolladora de su predicación, sus penitencias, sus ejemplos, etc.
Hasta el día de hoy, no deja de edificarme el contemplar a mis hermanos en el ministerio sacerdotal al tratar con piedad a nuestro Señor sacramentado. A los sacerdotes devotos los admiro y deseo imitarlos en su devoción, y le ruego a Dios que mi devoción crezca y se haga profunda, pues sólo así será fecunda. Pero la invitación es para todos los creyentes, para todos los miembros de la Iglesia que tenemos la posibilidad de acudir a nuestro Señor en la Eucaristía -¡Oh, qué triste sería no tener la Eucaristía!-; así que amemos mucho a Jesucristo Sacramentado, porque en definitiva nuestra devoción es una expresión de nuestro amor. Vayamos a visitarlo, vayamos a recibirlo, pasemos tiempo con Él, correspondámosle. Él ya nos abrió su corazón, abrámosle nosotros en nuestro, y que nuestro trato hacia Él sea cada vez más piadoso e íntimo.
P. Jason.
CORAZÓN DE JESÚS, TEMPLO SANTO DE DIOS – San Juan Pablo II
9 de junio, 1985
1. A la hora de la común oración del Angelus, nos dirigimos, juntamente con María – por medio de su Corazón Inmaculado – al Corazón Divino de su Hijo.
¡Corazón de Jesús – Templo santo de Dios!
¡Corazón de Jesús – Tabernáculo del Altísimo!
Corazón de un Hombre semejante a tantos otros corazones humanos y, a la vez, Corazón de Dios-Hijo. Por tanto, sí es verdad que cada uno de los hombres ‘habita”- de algún modo, en su corazón, entonces, en el Corazón del Hombre de Nazaret, de Jesucristo, habita Dios. Es “templo de Dios” por ser Corazón de este hombre.
2. Dios-Hijo está unido con el Padre, como Verbo Eterno. “Dios de Dios, Luz de Luz… engendrado no creado”. El Hijo está unido con el Padre en el Espíritu Santo, que es el “soplo” del Padre y del Hijo y es, en la Divina Trinidad, la Persona-Amor. El Corazón del Hombre Jesucristo es, pues, en el sentido trinitario, “Templo de Dios”: es el templo interior del Hijo que está unido con el Padre en el Espíritu Santo mediante la unidad de la Divinidad. ¡Qué inescrutable permanece el misterio de este Corazón, que es “Templo de Dios” y “Tabernáculo del Altísimo”.
3. Al mismo tiempo, es la verdadera “morada de Dios con los hombres” (Ap 21,3), porque el Corazón de Jesús, en su templo interior abrazo a todos los hombres. Todos habitan allí, abrazados por el eterno amor. A todos pueden dirigirse – en el Corazón de Jesús – las palabras del Profeta:
“Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia” (Jer 31,3).
4. Que esta fuerza del eterno amor que está en el Corazón Divino de Jesús, se comunique hoy de modo particular a los jóvenes que reciben la confirmación. En ellos debe habitar de modo particular el Espíritu Santo. Que se conviertan, pues, también sus corazones a semejanza de Cristo – en “templo santo de Dios” y “tabernáculo del Altísimo”. Con frecuencia he oído cantar a los jóvenes: “¿Vosotros sabéis que sois un templo?” Sí, somos templo de Dios y el Espíritu Santo habita en nosotros, según las palabras de San Pablo (cf. 1 Cor 3,16).
5. Por medio del Corazón Inmaculado de María permanezcamos en la Alianza con el Corazón de Jesús que es “Templo de Dios” el más espléndido “Tabernáculo del Altísimo”, el más perfecto.
EN El CORAZÓN DE LA IGLESIA, YO SERÉ EL AMOR
De la Narración de la vida de santa Teresa del Niño Jesús, virgen, escrita por ella misma
(« Manuscrits autobiographiques», Lisieux 1957, 227-229)
Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.
Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: Aspirad a los dones más excelentes; yo quiero mostraros un camino todavía mucho mejor. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.
Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mi misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.
Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé:
«Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y mi deseo se verá colmado.»
DEBEMOS SER HUMILDES, SENCILLOS Y PUROS
De la carta de san Francisco de Asís, dirigida a todos los fieles
(Opúsculos, edición Quaracchi, Florencia) 1949, 87-94)
La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno, tan santo y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre. Y, al acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre, diciendo: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz.
Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los que quieran dar culto verdadero adorarán al verdadero padre en espíritu y verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad. Y dirijámosle día y noche nuestra alabanza y oración, diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos; porque debemos orar siempre sin desanimarnos.
Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo tan sólo se llevan consigo el premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración. No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario; debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana criatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres de nuestro Señor Jesucristo.
EL MINISTÉRIO DE LOS ÁNGELES
Sermón para la fiesta de los Santos Ángeles Custodios
San Juan María Vianney -Santo Cura de Ars- (s. XIX)
EL CORRER DE LAS ACEQUIAS ALEGRA LA CIUDAD DE DIOS
EL NOMBRE DE JESÚS – BEATO FULTON SHEEN
El nombre «Jesús» era muy corriente entre los judíos. En la forma hebrea originaria era «Josué». El ángel dijo a José que María Parirá un hijo, al que darás el nombre de Jesús; porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. (Mt 1, 21)
La primera indicación de la naturaleza de su misión sobre la tierra no hace mención de su doctrina, ya que la doctrina sería ineficaz a menos que primero hubiera la salvación. Al mismo tiempo se le dio otro nombre, el de «Emmanuel».
He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel; que, traducido, quiere decir: Dios con nosotros. (Mt 1, 23)
Este nombre fue tomado de la profecía de Isaías, y aseguraba algo además de la divina presencia: junto con el nombre «Jesús», significaba una divina presencia que libera y salva. El ángel también dijo a María:
Y he aquí que concebirás en tu seno, y darás a luz un hijo, y le darás el nombre de Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David su padre, y reinará sobre la casa de Jacob eternamente; y su reino no tendrá fin. (Lc 1, 31-33)
El título «Hijo del Altísimo» es el mismo que dio al Redentor el mal espíritu que tenía obseso al joven de Gerasa. De este modo, el ángel caído confesó que Él era lo mismo que el ángel no caído había anunciado que sería:
¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? (Mc 5, 7)
La salvación que se promete con el nombre «Jesús» no es una salvación social, sino más bien espiritual. No habría de salvar necesariamente a la gente de la pobreza, sino del pecado. Destruir el pecado es arrancar las raíces de la pobreza. El nombre «Jesús» evocó para los judíos el recuerdo de aquel gran caudillo que los llevó a la tierra prometida. El hecho de que Jesús estuviera prefigurado por Josué indica que poseía las cualidades militares necesarias para la victoria final sobre el mal, victoria que provendría de la aceptación gozosa del sufrimiento, del valor inquebrantable, de la resolución de la voluntad y de la firme devoción al mandato del Padre.
El pueblo judío, esclavizado bajo el yugo romano, anhelaba liberación; de ahí que presintiera que todo cumplimiento profético de Josué tendría algo que ver con la política. Más tarde la gente le preguntaría cuándo iría a liberarlos del poder del césar. Pero aquí, en el mismo comienzo de su vida, el divino soldado afirmaba por medio de un ángel que habría que vencer a un enemigo mayor que el césar. De momento tenían que dar al césar las cosas que fuesen del césar, ya que la misión de Él era librarlos de una tiranía mucho más grande, la del pecado. Durante toda su vida, el pueblo continuaría materializando el concepto de salvación, creyendo que la liberación había de interpretarse solamente en términos de política. El nombre de «Jesús», o «Salvador», no le fue dado después de haber obrado la salvación, sino en el preciso instante en que fue concebido en las entrañas de su madre. El fundamento de su salvación se hallaba en la eternidad, y no en el tiempo.