Un escudo más para el Sagrado Corazón de Jesús

“Debemos ser Escudos del Sagrado Corazón”

P. Esteban Olivares, IVE.

“— ¿Crees que, aunque tú no hagas nada, como dice el mundo, puedes ayudar a salvarlo?

Los ojos de Esteban se iluminaron.

—Estoy profundamente convencido de que nosotros ayudamos a salvar el mundo; y sé perfectamente que el mundo está convencido de que nada hacemos. Es el caso de que aquellos que nada hacen, salvan el mundo.

—Bien. Ahora quiero convencerte de que tú y toda la comunidad pueden también salvar a Cristo.

— ¿Salvar a Cristo? —repitió Esteban con asombro— y, ¿de qué?

— ¡De ser nuevamente atravesado por la lanza! Debemos ser Escudos del Sagrado Corazón, Esteban, pues el Sagrado Corazón necesita escudos. De todos lados parten saetas, dirigidos a ese Sagrado Pecho[1].

Creo que no pocos de nosotros hemos vivido el despertar de grandes ideales al leer por primera vez este diálogo entre el abad Alberico y el monje Esteban Harding, en la conocida obra Tres monjes rebeldes del padre Raymond. Y es que Dios, a través de numerosos medios (incluyendo una novela hagiográfica), nos inspira a realizar por Él grandes cosas.

Esta imagen está aquí presentada de un modo poético, novelado, pero tiene mucho de realidad en nuestras vidas.

Debemos ser Escudos del Sagrado Corazón, pues el Sagrado Corazón necesita escudos.

El Diccionario de la Real Academia tiene algunas acepciones de la palabra escudo. Es una palabra que viene del latín: scutum. Solamente me quiero detener en tres de las acepciones que trae el Diccionario:

*1 La primera acepción es: un Arma defensiva, que se lleva embrazada, para cubrirse y resguardarse de las armas ofensivas y de otras agresiones.

Cada contemplativo se tiene que dejar tomar por Jesús, Jesús tiene que tener un absoluto dominio en nuestras vidas, que él nos tome y se proteja de todas las agresiones de este mundo pecador. Tiene que ser nuestro ideal como religiosos contemplativos.

¡Qué bueno sería que Jesús se cubra con nuestras vidas!, porque él sepa que estamos dispuestos a ser despedazados por el mal, antes que dejar que un hombre quiera dañar su Corazón Sacratísimo con el pecado.

*2 La segunda acepción de esta palabra que tomaremos es: escudo como Amparo, defensa, protección.

En la Sagrada Escritura David dice: “Yahveh, mi roca, y mi baluarte, mi liberador, mi Dios, la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio…” (2Sam 22, 2).

¿Por qué no cambiamos los personajes?

Que Dios, conociendo nuestra disposición de proteger su Corazón, diga de cada uno de nosotros: “Este contemplativo, es la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio…”.

*3 La tercera acepción de la palabra escudo es: Persona o cosa que se utiliza como protección.

Toda nuestra vida, tiene que estar ordenada a proteger el corazón de Jesús que constantemente se ve asediado de pecados de toda la humanidad. Como contemplativos debemos considerar muchas veces esto: somos escudos del Sagrado Corazón; y por eso debemos salvar con nuestras vidas nuevamente a Cristo. Nuestra vida escondida, de silencio y de retiro, es un escudo para el Corazón divino de nuestro Redentor que es tan atacado en el mundo. Con nuestra vida podemos salvar nuevamente a Cristo que vive en cada alma en gracia.

Eso mismo es lo que hace vivir en nosotros estas palabras de nuestro Directorio:

“No puede el monje que dice amar a Dios olvidarse de su prójimo, porque el amor a Dios encierra en sí el amor a los hermanos, ya que ‘la caridad es única’”[2].

“Por tanto el monje que ‘busca verdaderamente a Dios’, deberá necesariamente participar del ardiente amor de Cristo por las almas: ‘Conscientemente o no, el alma que busca verdaderamente a Dios es por lo mismo apóstol’. Es decir que ‘el monje será apóstol siendo monje’. ‘Su deber, así como su principal negocio, es consagrarse a Dios en virtud de una función, por decirlo así, oficial, como víctimas y hostias propiciatorias por su salvación y la del prójimo’”[3].

El Corazón de Jesús busca, en medio de los ataques que recibe de tantos lados y todo el tiempo, refugiarse en nuestras pobres oraciones, en nuestras horas de adoración frente al Santísimo Sacramento, en nuestra vida de trabajo en silencio, en nuestra vida de retiro, apartados de todo mundanal ruido.

Hoy, más que nunca, el Sagrado Corazón de Jesús necesita almas que quieran ser escudos de Él, almas que estén dispuestas a sufrir cualquier ataque con tal de protegerle, a fin de que Cristo viva en cada alma encomendada a nuestras oraciones.

El Corazón de Jesús busca almas que estén dispuestas a sufrir el ataque de la incomprensión, el martirio de buscar vivir radicalmente todos los votos, almas que sólo quieran morir, dándole ese lugar de refugio al Corazón de Jesús.

Creo que este deseo de ser escudos del Sagrado Corazón entra en unión con ese ideal tan generoso que logró vivir san Francisco Marto, santo que nuestro fundador quiso que sea modelo de todo contemplativo de nuestra Familia Religiosa. Ya que deseamos ser escudos, sólo para dar algo de consuelo al Corazón de Jesús. En su libro sobre la Virgen de Fátima el padre nos decía:

“Aquí repito, particularmente a las contemplativas y contemplativos de nuestros Institutos, que nuestra vida religiosa puede ser de muy poco triunfo, de mucha incomprensión, de falta de reconocimiento incluso por parte de los mismos hermanos; finalmente, pasar la vida metidos en un monasterio, ignorados del mundo, poco importa, si nosotros llegamos a hacer la experiencia de unión mística con Dios, si nosotros llegamos a ser el consuelo de Jesús”[4].

Toda esta breve y simple reflexión me sirve a modo de introducción para contar con gran alegría a toda la Familia Religiosa que por gracia de Dios uno de los nuestros en la solemnidad del Sagrado Corazón pudo recibir el hábito monástico. Se trata del Hno. Joel, uno más que con alegría y generosidad se ofrece a Dios como escudo del Sagrado Corazón. Un religioso más que con la gracia de Dios quiere dar alivio al Divino Corazón tan golpeado por los pecadores. Un religioso más que con su vida de silencio, de oración y penitencia, quiere convertirse en un escudo que protege al Corazón de Jesús.

El Hno. Joel es el primer Hermano religioso de las tierras de Brasil que vestirá el hábito monástico del Instituto del Verbo Encarnado, lo cual nos lleva a todos como provincia religiosa, en este año jubilar, a dar gracias a Dios por todos los beneficios que estamos recibiendo desde la fundación del monasterio San Miguel Arcángel en las tierras de la Santa Cruz. Pedimos oraciones por él, por su santificación, y para que siga Dios dando abundantes y santas vocaciones monásticas para nuestra Familia Religiosa.

Sao Pablo, Brasil ,19 de junio de 2020

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 

“Rompiendo el vaso de alabastro…” (Mc. 14,3)

También hoy, nosotros quedamos sin palabras al ser testigos del ingreso a la clausura, de almas que quieren consagrarse a Dios en el estado de vida contemplativa.

 

Hna. María del Niño Jesús, SSVM

“María, tomando una libra de ungüento de nardo legítimo, de gran valor, ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos, y la casa se llenó del olor del ungüento” (Jn. 12,3).

La acción realizada por esta mujer trascendió el tiempo, de tal modo que podemos decir que el perfume del ungüento llega hasta nuestros días. La promesa hecha por Cristo “En verdad os digo, donde quiera que se predique el Evangelio, en todo el mundo se hablará de lo que ésta ha hecho…”[1], se cumple no sólo, cuando escuchamos o leemos este pasaje evangélico, sino también cuando esta actitud encuentra eco en el corazón de un alma contemplativa.

La obstinada actitud de María al quebrar el frasco de alabastro y derramarlo sobre los pies y la cabeza de Cristo, sin importarle el gran precio del perfume, sin importarle la opinión de los comensales, sin preocuparse por su propia persona; y la actitud de Cristo en defenderla, en corregir la opinión de sus discípulos, en alabar la actitud de María, hasta querer proclamarla por todo el mundo, no pueden menos que llamar nuestra atención.

También hoy, hombres y mujeres derraman su existencia hasta “romper el vaso de alabastro”, sin reservarse absolutamente nada, sino que lo donan todo, o mejor aún, se donan del todo con un derroche que a la vista de muchos parece exagerado. Pero es que esa existencia ¿no podría haberse gastado para los pobres? Sin embargo, ellos descubrieron que aquí hay Alguien Mayor, el que da vida y alimento a todos los pobres, y sólo quieren ungir a Este Señor, perfumando con sus oraciones y sacrificios, con su silenciosa y amorosa contemplación, toda la casa de la Santa Iglesia.

También hoy, Cristo sentencia “ha hecho una buena obra conmigo”, “ha hecho lo que ha podido, anticipándose a ungir mi cuerpo”. Y ¿quién podrá reprochar a Cristo esta defensa? No hay más protestas, todos quedan en silencio, aspirando el perfume del nardo purísimo.

También hoy, nosotros quedamos sin palabras al ser testigos del ingreso a la clausura, de almas que quieren consagrarse a Dios en el estado de vida contemplativa. Vemos que están dispuestas a sortear todo tipo de obstáculo con tal de llegarse a los pies de Cristo y estarse allí con Él, vemos que su amor las lleva a romper el vaso de alabastro para derramar su existencia en alabanza de la Trinidad Santísima, pues están convencidas de que “oran y viven por la Iglesia, y a menudo obtienen para su vitalidad y su progreso gracias y ayudas celestiales muy superiores a las que se realizan con la acción”[2], por eso se dedican a ungir el Cuerpo Místico de Cristo con ese nardo purísimo de la oración y del sacrificio. Ungen los pies y la cabeza; los pies, derramando el perfume de sus oraciones sobre los miembros de la Iglesia que son misioneros; y la cabeza, cuando oran por aquellos miembros eminentes, sobre todo por Pedro, el príncipe de los apóstoles.

Dando gracias a Dios porque sigue inspirando la unción de Betania en nuestros días, pedimos oraciones por los consagrados de vida contemplativa, especialmente por las dos postulantes que ingresaron este domingo, para que perseveren con gran generosidad en esta vocación especial dentro de nuestra Familia Religiosa, pues, como dice San Juan Pablo Magno: “Conviene, en este momento, recordar que la respuesta a la vocación contemplativa implica grandes sacrificios, en especial la renuncia a una actividad directamente apostólica, que hoy particularmente parece tan connatural a la mayoría de los cristianos, tanto hombres como mujeres. Los contemplativos se dedican al culto del Eterno y «ofrecen a Dios el magnífico sacrificio de alabanza» (Perfectae caritatis, 7), en un estado de oblación personal tan elevado que exige una vocación especial…”[3].

En el Verbo Encarnado y María Santísima.

María del Niño Jesús.

Solemnidad de la Santísima Trinidad

07/06/2020

UN CORPUS CHRISTI DIFERENTE…

Desde la casa de santa Ana…

 

Ciertamente que hoy es un día especial: es Domingo, día del Señor, pero uno de aquellos domingos que “poseen un nombre más largo”, como el “Domingo de la Divina Misericordia” o el “Domingo del buen Pastor”. Hoy celebramos el cumplimiento de una promesa, la constatación de una victoria y un milagro demasiado grande que se contiene en pequeño: hoy es el Domingo de Corpus Christi; en que la promesa de Jesucristo de “permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 20), su victoria sobre el pecado y sobre la muerte y su maravillosa y redentora iniciativa de hacerse por nosotros “Pan de vida” (Jn 6,35), se sintetizan y se nos comunican en la Sagrada Eucaristía: Jesucristo mismo hecho sacramento por amor a los hombres, ofreciéndose a ellos como pan de eternidad y don del Cielo, presente en todos los sagrarios del mundo y esperando nuestra compañía y nuestra recepción, es decir, quedándose “con nosotros y entre nosotros”. Y, siendo que cada solemnidad es en sí misma especial, esta vez fue algo diferente…

No se dieron las condiciones como para hacer una gran procesión, como se acostumbra (de hecho, finalmente no tuvimos feligreses); y, sin embargo, hicimos lo que pudimos porque el fin es siempre el mismo: darle gloria a Dios; con lo que se tenga y como se pueda, no importa si a veces es poco, el resto lo debe suplir la buena voluntad. Así que luego de la santa Misa, expusimos el Santísimo Sacramento e hicimos de todas maneras la procesión: Jesucristo sacramentado abriendo camino, yo sosteniéndolo en la custodia y el hermano Cristóbal con el turíbulo llevando el incienso, ambos cantando y rezando hasta la mesita preparada para la bendición. Debo decir que justo antes de salir de la capilla pensé fugazmente en los emocionantes ejemplos que tantas veces nos contaban los misioneros que pasaban por el seminario así que ellos me entenderán; en lo que implica para el misionero “querer ofrecer más”, querer llenar para Dios las iglesias, querer que sean más y más las almas que participen de la liturgia y aprovechen los sacramentos… pero por diversas circunstancias, a veces -especialmente en las misiones que recién comienzan-, esto sencillamente no se puede; lo cual si bien por una parte duele, por otra es un gran incentivo para seguir rezando, sacrificarse y trabajar más intensamente el la misión, donde a menudo nos encontramos con limitaciones; pero con la confianza necesaria para seguir delante pues la obra no es nuestra sino de Dios; y mientras uno ponga los medios correspondientes, Él mismo se encargará de todo lo demás y de la manera que Él quiera, pues Él conoce sus tiempos… tal vez el próximo año seamos más, no lo sé, pero lo que sí sabemos, especialmente estando en tierra de misión, es que al igual que en la procesión Eucarística, “Jesucristo sabe abrirse camino”. Del misionero depende la entrega cada vez más profunda a Dios y dejar el resto en sus manos.

Este Corpus Christi fue diferente, fue más íntimo… dos monjes católicos en un lugar donde la creencia es otra, y, sin embargo, rezando y dando gloria a Dios con lo poco que tenían: ¡qué gran bendición! Ya regresarán los peregrinos, Dios sabe cuándo, pero mientras tanto hay que esperar buscando la santidad… y ese “mientras tanto” implica toda nuestra vida.

Finalmente, la bendición Eucarística, luego de rezar las letanías del Santísimo Sacramento, se dirigió hacia toda Galilea desde el patio del monasterio, prolongando así la bendición que hace 2000 años recibió esta tierra al recibir al Hijo de Dios que entraba con su cuerpo humano y su redención en este mundo, para llegar desde aquí a todas partes hecho sacramento por medio la Iglesia y sus misioneros.

Dios los bendiga; seguimos rezando por sus intenciones y a sus oraciones, como siempre, nos encomendamos.

Desde la casa de santa Ana

“TRABAJOS EN EL MONASTERIO”
(Nueva cruz para el jardín)

“En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los «nuevos cielos y otra tierra nueva», los cuales precisamente mediante la fatiga del trabajo son participados por el hombre y por el mundo. A través del cansancio y jamás sin él. Esto confirma, por una parte, lo indispensable de la cruz en la espiritualidad del trabajo humano; pero, por otra parte, se descubre en esta cruz y fatiga, un bien nuevo que comienza con el mismo trabajo: con el trabajo entendido en profundidad y bajo todos sus aspectos, y jamás sin él.” (San Juan Pablo II)

Queridos amigos:
Queremos agradecer sus oraciones y mensajes por el monasterio y junto con ello compartirles algunas fotos de los últimos trabajos, como la nueva cruz -más alta-, ya que la anterior se había deteriorado mucho por ser de madera vieja, al punto de caerse.

Ciertamente que el mantenimiento del lugar es trabajo de todo el año, pero poder realizarlo es siempre motivo para agradecer y seguir pidiendo oraciones, especialmente por la fidelidad de todos los consagrados, para que seamos fieles a la misión que Dios nos ha encomendado, a cada uno de nosotros, y que podamos así seguir correspondiendo con nuestras oraciones y frecimientos por las necesidades de la Iglesia y del mundo entero.

Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.

“San José y san Francisco, finalmente en la capilla”

“Desde la casa de santa Ana”

 

Queridos amigos:

Hace un par de años nos regalaron dos hermosas y significativas imágenes: san José con el Niñito Jesús, a quien tanto le debemos, comenzando por su atento cuidado del Hijo de Dios y su madre, además de innumerables gracias para nuestra comunidad; y san Francisco de Asís, santo fundador gracias al cual hoy en día los padres y hermanos franciscanos han podido mantener tantos santos lugares, con quienes tenemos un trato verdaderamente familiar y en la misma liturgia cuando podemos. Pues bien, había un inconveniente más: estaban en bastante mal estado, pero pese a eso los recibimos gustosos esperando la oportunidad de mandarlos a restaurar, lo cual debido a diversas circunstancias se nos hizo sumamente difícil… hasta ahora, en que por gracia de Dios se pudo concretar. Luego de haber recibido las imágenes, con las extremidades faltantes restauradas, las partes agrietadas reparadas y con la notable nueva viveza de sus colores, solamente nos faltaban los pedestales, los cuales ayer pudimos recibir, hechos y terminados hermosamente en Belén y traídos directamente a la casa de santa Ana. Y para celebrar de manera especial este día de la Asunción del Señor (celebrado hoy jueves en esta parte, aunque por motivos pastorales se traslada a veces al Domingo), además recibimos la visita del P. Carlos Ferrero, nuestro Provincial (quien concelebró la santa Misa en la capilla con “los nuevos integrantes”), junto con el P. Marcelo Gallardo, para compartir un tiempo en familia.
Agradecemos como siempre a Dios, que tiene sus tiempos y sus razones para obrar, permitiéndonos ser partícipes de estos “pequeños detalles” que podrán contemplar los peregrinos cuando regresen a visitar los santos lugares; y también agradecemos sus oraciones por nuestro sencillo monasterio, y que desde acá correspondemos con las nuestras.

Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.

Reacción cristiana ante la angustia

¿Qué hacer, Señor?…

San Alberto Hurtado

 

  El alma que se ha purificado en el amor con frecuencia es atormentada por la angustia. No la angustia de su propia suerte: tiene demasiado amor, espera profundamente, como para detenerse en la consideración de sus propios males. Él se sabe pequeño y débil, pero buscado por Dios y amado de Él…

Es la miseria del mundo la que le angustia. La locura de los hombres, su ignorancia, sus ambiciones, sus cobardías, el egoísmo de los pueblos, el egoísmo de las clases, la obstinación de la burguesía que no comprende, su mediocridad moral, el llamado ardiente y puro de las masas, la vista tan corta, a veces el odio de sus jefes. El olvido de la justicia. La inmensidad de ranchos y pocilgas. Los salarios insuficientes o mal utilizados. El alcoholismo, la tuberculosis, la sífilis, la promiscuidad, el aire impuro. El espectáculo banal, el espectáculo carnal, tantos bares, tantos cafés dudosos, tanta necesidad de olvido, tanta evasión, tanto desperdicio de las formas de la vida. Tanta mediocridad en los ricos como en los pobres. Una humanidad loca, que se aturde con música barata y que luego se bate.

El alma se siente sobrecogida por una gran angustia. La miseria del mundo, que se ha ido a vivir en su alma, tortura el alma. El corazón va como a estallar. Ya no puede más. Las entrañas se aprietan, la angustia sube del corazón y estrecha la garganta.

¿Qué hacer, Señor? ¿Hay que declararse impotente, aceptar la derrota, gritar: sálvese quien pueda? ¿Hay que apartarse de este arroyo mal oliente? ¿Hay que escaparse de este delirio?

No. Todos estos hombres son mis hermanos queridos, todos sin excepción alguna. Esperan que se los ilumine. Necesitan la Buena Nueva. Están dispuestos a recibir la comunicación del Espíritu, con tal que se les comunique; con tal que haya alguien que por ellos haya pensado, haya llorado, haya amado; con tal que haya alguien que esté cerca de ellos muy cerca para comprenderlos y echarlos a caminar; con tal que haya alguien que, antes que nada, ame apasionadamente la verdad y la justicia, y que las viva intensamente.

Con tal que haya alguien que sea capaz de liberarlos, de ayudarlos a descubrir su propia riqueza, la que está oculta en su interior, en la luz verdadera, en la alegría fraternal, en deseo profundo de Dios.

Con tal que quien quiera ayudarlos haya reflexionado bastante para captar todo el universo en su mirada, el universo que busca a Dios, el universo que lleva el hombre para hacerlo llegar a Dios, mediante la ayuda mutua de los hermanos, hechos para amarse, para cooperar en el reparto equitativo de las cargas y de los frutos; mediante el análisis de la realidad sobre la cual hay que operar, por la previsión de los éxitos y de las derrotas, por la intervención inteligente, por la sabiduría política en fin reconquistada, por la adhesión a toda verdad; por la adhesión a Cristo en la fe. Por la esperanza. Por el don pleno de mí mismo a Dios y a la humanidad, y de todos aquellos a los cuales voy a llevar el mensaje y a encender la llama de la verdad y del amor.

Documento del Padre Hurtado redactado en París, en noviembre de 1947.

 

Es la devoción al amor de Cristo…

Devoción al Sagrado Corazón

Extracto de Consagración de hombres al Sagrado Corazón. Catedral de Santiago en 1940.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en su más íntimo sentido, es tan antigua como el cristianismo. Tiene como libro fundamental los Evangelios, en particular el de San Juan donde el Corazón de Cristo se expansiona con ternura infinita. Es la devoción al amor de Cristo, al amor increado del Dios Eterno y al amor creado de la persona adorable de Cristo, amor que se simboliza en su corazón.

El amor de Cristo…

Dios nos ha amado desde toda eternidad, mejor dicho me ha amado, no lo olvidemos, me ha amado… Él me amó, y si estoy sobre la tierra es porque Él resolvió crearme para darme su vida como vida mía, para hacerme participante de su eterna alegría, para que mi pensamiento lo conozca íntimamente y me revele sus secretos más íntimos y me los revelará siempre nuevos… por toda una eternidad. Mi voluntad, sedienta de amor, ha sido creada, no para ser perpetuamente atormentada, sino para sumirse en la posesión de Dios que aspira a dárseme totalmente y entregarse a mí, como jamás una esposa se ha entregado con tanto cariño a su esposo, ni un amigo con tanta lealtad de espíritu a su amigo.

Ese es el plan eterno de Dios sobre mí, el único que Dios podía concebir, el único digno de Él. Y para que pudiese amarlo libremente me dio fuerzas abundantes, me reveló su vida, envió al mundo profetas que me enseñaran el camino, habla Él mismo en el fondo del alma humana con voces secretas que llamamos la voz de la conciencia y las inspiraciones del espíritu. Y como todos estos medios no bastaron para levantar al hombre, a todos los hombres, se decide a la suprema muestra de amor, a darnos su propio Hijo para que se hiciese hombre, como nosotros, y muriese por nosotros en la cruz. Y todo esto por el hombre, por mí.

Esta idea es la que volvía loco el corazón generoso de San Pablo. Me amó y se entregó a la muerte por mí…. también por mí. El Dios inmenso me amó. ¡Si lo meditara, cómo debería vibrar con entusiasmo mi corazón! Los hombres nos damos poco, pero Cristo se dio por entero.

¿Quién es esta criatura amada por Cristo? ¿Serán sólo las almas escogidas, algunos de esos héroes de la santidad? Puede que ellos tengan derecho a pensar que Cristo los ame, pero ¿y los demás? ¿Y nosotros? ¿Y los pobres pecadores atrapados en el pecado? ¿Los habrá amado Cristo también a ellos?

Sí, también a ellos Cristo los amó. El los ama a todos, aun a los más miserables de los hombres, los pecadores, los desamparados, los abandonados del mundo, los publícanos y salteadores, todos ellos son amados por Cristo, y a semejanza de aquel buen ladrón cuando quieren oír la palabra de Cristo, se transforman en santos.

Hay y ha habido siempre grupos de personas en todos los países, en todas las condiciones sociales y en todas las edades para quienes la vida tiene sentido en el amor. Hay vidas para quienes su primer valor es Cristo, su doctrina, que hacen en la medida de sus fuerzas del amor de Cristo, la suprema aspiración de su vida… A esos venimos a agregarnos nosotros. Y este es el sentido de nuestra consagración que vamos a renovar ahora.

Esta consagración, hermanos, que no sea una fórmula más que venga a agregarse a otras; que no sea un rezo más que venga a incrementar las prácticas de piedad… No, por favor, que no sea ese su sentido último. Nuestra piedad ordinaria padece, por desgracia, de ese defecto. Es un todo formado de multitud de piedras aisladas que carece de unidad. Son devociones, mandas, santos, actos aislados de piedad, todos ellos necesarios o al menos útiles. Pero que no falte lo esencial, el alma de la cual sacan su valor todas estas prácticas. Esa alma es el amor apasionado a Cristo.

La consagración no es una fórmula que se recita, no es un escapulario más que se agrega a otros, ni una imagen más que viene a adornas nuestro hogar. No, todo eso es muy secundario. La consagración es la entrega de nuestra vida entera, de nuestro querer, ser y poseer a Cristo. Nuestra consagración significará para ustedes un interesarse por todo lo que Cristo se interesó, amar lo que Cristo amó, y se traduce en esta sublime fórmula, en vivir ahora, como viviría Cristo si estuviese en mi lugar.

Esta consagración significa, por tanto, interesarse por la cosa pública como Cristo se interesaría, esto es inscribirse en los registros electorales, no desinteresarse de los grandes intereses de la Nación por egoísmo, pesimismo o lo que es más común por monstruosa apatía e indiferencia a todo lo que no le atañe a él. La consagración trae consigo una actitud de paz, de caridad, de amor entre los hombres que aman a Cristo, sin odios, sin rencillas, sin susceptibilidades. La consagración significa una actitud ante los pobres de comprensión de su situación, de interés por sus almas y por sus cuerpos, de sacrificio de todo lo superfluo por amor a Cristo en nuestros hermanos. La consagración trae consigo sacrificar de las propias comodidades lo necesario para hacer vivir a los demás.

La consagración significará en todos esa valorización de los espiritual por encima de la materia, del amor de Cristo por sobre los bienes del mundo y se resumirá en una entrega de todas nuestras vidas a Cristo para no tener otro ideal hacer lo que haría un maestro.

San Alberto Hurtado S.J.

Triduo Pascual en Séforis

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:

Pese a las especiales circunstancias de esta Semana Santa, por gracia de Dios pudimos celebrar el Triduo Pascual, con las debidas disposiciones e indicaciones para cada lugar, como familia religiosa.

“En el Misterio pascual está el sentido y el culmen de la historia humana. «Por ello –subraya el Catecismo de la Iglesia Católica–, la Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la “Fiesta de las fiestas”, “Solemnidad de las solemnidades”, como la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el gran sacramento). San Atanasio la llama “el gran domingo” (Ep. fest. 329) así como la Semana Santa es llamada en oriente “la gran semana”. El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía hasta que todo le esté sometido»” (San Juan Pablo II)

Con la participación y ayuda de las hermanas SSVM, pudimos celebrar el Triduo Pascual lo mejor posible, y gracias a lo significativo de este lugar, la liturgia fue de gran provecho para todos, sea en ella misma y todos sus signos, las lecturas, los salmos, predicaciones, etc.

Dios jamás se deja ganar en generosidad y nos regaló esta oportunidad de rezar por todo el mundo de manera especial en este tiempo.

Nos encomendamos a sus oraciones y pedimos por la conversión y santificación de las almas, especialmente las más alejadas del Creador, en quien siempre encuentran nuestras almas fortaleza, confianza, caridad y todo lo que necesitamos para caminar al Cielo, donde nos espera quien venció a la muerte y el pecado, como el gran triunfador, porque ¡Jesucristo resucitó!

En Cristo y María:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,

Séforis, Tierra Santa. 

El Santo Sepulcro

Impresiones de Tierra Santa

 

P. Jason Jorquera M.

Visitar la capilla del Santo Sepulcro, constituye una verdadera confirmación y, a la vez, anticipo del triunfo definitivo de nuestra fe; porque el Santo Sepulcro se ha convertido en una especie de síntesis de la historia de la salvación: he ahí el lugar de la Cruz, la que partió la roca en dos; he ahí un trozo de la columna en la que fue azotado nuestro Señor Jesucristo; he ahí el lugar donde fue ungido su sacrosanto cuerpo luego de expirar, conmemorado por una fragante piedra de mármol; he ahí la roca donde estuvo sentado el ángel que preguntaba a la Magdalena la causa de sus lágrimas, cuando ya no había más motivo[1]; he ahí también el sepulcro vacío, porque si no estuviera vacío -siguiendo al apóstol de los gentiles-, vana sería nuestra fe[2].

     La mañana del Domingo de Resurrección, aconteció un hecho demasiado grande como para quedar contenido en el sepulcro, y esta es la causa de que podamos decir que “la grandeza del hecho de la Resurrección no cabía en el sepulcro, y fue por esto que se quedó vacío”. Pero dejando a un lado la metáfora, hay que atender primero a la realidad, en la que aquella tiene su fundamento, y esta genuina realidad no es otra que el triunfo glorioso del Mesías que arrastra consigo la redención de la humanidad y la constatación del cumplimiento de las arcaicas profecías en Jesús de Nazaret, nacido de una mujer, nacido bajo la ley[3]…, y verdaderamente Hijo de Dios, como bien lo afirmó delante del colegio apostólico nuestro primer Papa en el instante previo a recibir el vicariato[4]. Por lo tanto, hablar del Santo Sepulcro –reiteramos- es hablar de la Resurrección, y hablar de la Resurrección es hablar inseparablemente de la victoria de Jesucristo.

***

     Hoy en día, por extraño que parezca, nos encontramos con muchos discípulos como Cleofás camino de Emaús[5], es decir, que habiendo constatado la trayectoria salvífica del siervo sufriente[6] vaticinado por las Sagradas Escrituras, sin embargo, se quedaron con los ojos puestos en el Calvario olvidándose de que así tenía que suceder[7] para que se cumpliera la profecía figurada en Jonás[8] en referencia directa al Cordero de Dios[9]: he aquí el gran peligro del cual nos advierte el santo jesuita, y del cual nos libra la fe: “Los peces del océano viven en agua salada y a pesar del medio salado, tenemos que echarles sal cuando los comemos: se conservan insípidos, sosos. Así podemos vivir en la alegría de la resurrección sin empaparnos de ella: sosos. Debemos empaparnos, pues, en la resurrección. El mensaje de la resurrección es alentador, porque es el triunfo completo de la bondad de Cristo.”[10] Y si el triunfo es completo, entonces no hay motivos para desesperar, ni para aminorar el fervor de nuestra fe; porque la fe en el Hijo de Dios va de la mano con un sublime estilo de vida: el del evangelio; con un mismo espíritu que anima: el de las bienaventuranzas; y una consoladora certeza ya realizada por un divino designio, y que sólo debe ser “aplicada” en nosotros, lo cual se concretará en la medida de nuestra aceptación del mensaje de Jesucristo con todas sus consecuencias; porque la consecuencia de nuestra naturaleza herida por el pecado fue la misericordia de Dios, y de ésta lo fue la Encarnación, y de aquella la Cruz…, pero el problema está justamente cuando los ojos terrenales se detienen aquí olvidándose de que el camino del Calvario termina en la Resurrección, y ésta en la eternidad. Y tanto para aquellos que se quedaron con la mirada puesta en el Calvario, como para los que viven mirando siempre el Cielo, Jesucristo nos dejó un sepulcro vacío: motivo de confianza y conversión para los que dudan, y de amorosa confirmación para los creen.

     Si tanto predicamos la Cruz de Cristo, es porque hay que pasar por ella. Pero no olvidemos que la Cruz es tanto el signo de nuestra fe cuanto un camino y no un término; el más seguro y el único eficaz para producir la salvación, por eso Jesucristo lo eligió; y en su sabiduría infinita decidió asumirla para resaltar más aun el triunfo de su Resurrección, y así, el Santo Sepulcro asume en nuestras vidas una función análoga a la del Tabor, en cuanto que nos sirve de reconfortante consuelo al manifestarnos desde ya la gloria a la que el Hijo de Dios nos invita. Esta es la causa de que en este Sepulcro, que es santo, no descanse ya un cuerpo mortal sino una alegría sobrenatural, porque de aquí salió el primer cuerpo glorioso que no es otro que el del mismo Hijo de Dios para ofrecer gloria también a los mortales, porque “la resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo…”[11]; pero de un gozo doble: por la victoria de la misericordia de Dios sobre el pecado, y por nuestra adopción filial que gracias al Hijo natural de Dios, con su Cruz y su Resurrección, nos engendran -mediante la gracia- para la eternidad: “este fue el motivo de la venida de Cristo en la carne, de su convivencia con los hombres, de sus sufrimientos, de su cruz, de su sepultura y de su resurrección: que el hombre, una vez salvado, recobrara, por la imitación de Cristo, su antigua condición de hijo”[12]; y todo esto sí que está contenido en el Santo Sepulcro, dispuesto a dejarse degustar por las almas que poseen una fe verdadera.

***

     Si bien, como hemos dicho metafóricamente, “la grandeza del hecho de la Resurrección no cabía en el sepulcro”, sin embargo, eso no quita el hecho de que Jesucristo nos haya dejado un Santo Sepulcro vacío; motivo de confianza y conversión para los que dudan, y de amorosa confirmación para los creen.

[1] Cfr. Jn 20, 12-13

[2] Cfr. 1 Cor 15,17

[3] Cfr. Gál 4,4

[4] Mt 16,16 “Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»”

[5] Cfr. Lc 24,13-31

[6] Cfr. Is 53,3

[7] Ídem.

[8] Cfr. Jon 2,1

[9] Mt 12,40

[10] San Alberto Hurtado: “El espíritu de la Resurrección”, Meditación de unos Ejercicios Espirituales predicados a jesuitas, posterior a 1944. Un disparo a la eternidad, pp. 315-317.

[11] San Máximo de Turín, Sermón 53

[12] San Basilio, Sobre el Espíritu Santo, 15, 35

La roca del Calvario

Impresiones de Tierra Santa

P. Jason Jorquera M.

 

Existe una cualidad en todo ser humano que es esencial para poder abrazar la verdad y aprender a gozar de ella. Y como sabemos que la verdad se identifica con el ser, y que “lo que es” tiene la capacidad de ser amado, concluimos que para amar la verdad, antes es necesario descubrir en ella aquello que tiene de “amable”. Pero es real también que no todo lo que conocemos lo amamos, ¿por qué?, sencillamente porque no todo nos atrae de la misma manera. He aquí la capacidad esencial que necesitamos para enamorarnos de una verdad: la capacidad de asombrarse ante lo bello, bueno y verdadero de las cosas; porque el que no se asombra de algo pasará de largo sin detenerse a considerarlo, en cambio, quien se encuentra con algo deslumbrante –al menos bajo algún aspecto- se vuelve capaz de volverse hacia él y abrazar su verdad-bondad con toda el alma.

De las casi infinitas realidades capaces de asombrar al hombre en este mundo, espirituales o materiales, nos quedamos ahora con la roca del Calvario que, “asombrosamente”, se partió de arriba a abajo cuando el Hijo de Dios consumaba la augusta obra de la redención[1] entregando su espíritu al Padre celestial[2], mientras entraba triunfante en el limbo de los justos para rescatar a los que primero entrarían en el reino de los cielos.

En el santuario del Santo Sepulcro se encuentra signado con solemne precisión el lugar de la roca en que se apoyó la santa Cruz de nuestro Señor Jesucristo. Está en la base de un altar erigido en su honor y rodeado, como otros santos lugares, con un gran aro de plata por el cual se puede introducir perfectamente la mano para tocar dicha roca y rezar…, y rezar…, porque en Tierra Santa prácticamente todo invita a rezar, a considerar los misterios de la vida terrena del Salvador del mundo, a detenerse y leer los hermosos pasajes del Evangelio que hace casi 2000 años se escribieran no con letras sino con hechos, con Vida, con Verdad, etc., y ahora reviven en los corazones de los fieles de la santa Iglesia que se fundó aquí, en Tierra Santa, y que desde aquí comenzó a propagarse por el mundo hasta el fin de los tiempos; Iglesia de la cual sabemos que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella[3], ¿por qué?, pues porque lleva en sí la promesa de Jesucristo de acompañarla hasta el fin de los tiempos[4] y porque el mismo Salvador decidió fundarla sobre roca[5], como la Cruz, porque si algo se edifica sobre roca ni las lluvias ni las aguas torrenciales, ni los vientos, ni nada podrá derrumbarlo[6]. Por lo tanto, no es casualidad que Jesucristo haya cambiado el nombre a su vicario por el de Pedro, “Petrus”, es decir roca o piedra asentando así las indefectibles bases de su Cuerpo Místico; y tampoco es coincidencia que la Cruz misma se haya asentado sobre la firmeza de la roca, porque así tenía que ser y así nos enseña también a nosotros a fijar nuestra cruz sobre la sólida base de la roca que es la fe.

El sacrificio de Jesucristo por nosotros en la Cruz, puso sus fundamentos en la roca del Calvario, y así –oscilando y complementando entre el plano histórico y el espiritual- consolidó su entrega hasta la muerte[7]; porque la firmeza última de la Cruz se encontraba en “la roca amante” de la voluntad de Cristo, el Cordero de Dios de amor inamovible. Pero como la roca del Calvario sostenía el instrumento divino que exigía la vida del Redentor, una vez consumado el sacrosanto sacrificio, la roca se rompió. Y es que, como sea, se hallaba ligada tan estrechamente a la muerte del Mesías, que no podía quedar incólume una vez que en ella misma fue vencida la muerte por el Hijo de Dios, perdiendo así la muerte toda su solidez ante la entrega de Aquel que vino a vencerla junto con el pecado[8].

Ante este gran pedazo de historia partida por en medio, Dios me concedió la gracia de rezar embebido del misterio de la Cruz, la de maderos contrapuestos que armonizan perfectamente la horizontalidad de la naturaleza humana con la verticalidad sobrenatural de la gracia; y es que parece que la paradoja se las arregla como sea para acompañar los misterios divinos, comenzando por la Encarnación, y enriqueciéndolos con su consideración. Y “paradojalmente” yo contenía las lágrimas allí donde el Hijo de Dios no contuvo la sangre, porque se hallaba fundida con la divina misericordia que vino a derramar sobre la tierra: ¡y se quiebra la roca cuando no lo hacen los corazones de los hombres!, mas no en vano, porque ni todos seguirán caminando hacia la condenación, ni pocos son los que ven figurada en esta veta de la piedra la “puerta estrecha”[9] que termina en la eternidad.

Y como a Dios no se le escapan los detalles, la roca del Calvario se partió en dos cuando expiró Aquel que también en dos dividió la historia.

 

[1] Cfr. Jn 19,30

[2] Lc 23,46: “y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró.”

[3] Mt 16,18

[4] Cfr. Mt 28,20

[5] Cfr. Mt 16,18

[6] Cfr. Mt 7,24-25; Cant 8,7

[7] Cfr. Fil 2,8

[8] Cfr. 2Ti 1,10

[9] Cfr. Lc 13,24

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado