Homilia de San Juan Pablo II, 11-08-1993
“Vosotros sois la sal de la tierra“
Son palabras de Jesús a sus discípulos, que hemos escuchado en la lectura del Evangelio en esta solemne celebración eucarística.
Homilia de San Juan Pablo II, 11-08-1993
“Vosotros sois la sal de la tierra“
Son palabras de Jesús a sus discípulos, que hemos escuchado en la lectura del Evangelio en esta solemne celebración eucarística.
El les dijo:
“no todos son capaces de esto, sino aquéllos a quienes es dado…
(Mt 19, 10)
San Juan Pablo II, papa
…Conviene ahora que volvamos de nuevo a las palabras del Evangelio, en las que Cristo hace referencia a la resurrección: palabras que tienen una importancia fundamental para entender el matrimonio en el sentido cristiano y también «la renuncia” a la vida conyugal “por el reino de los cielos”.
La compleja casuística del Antiguo Testamento en el campo matrimonial no sólo impulsó a los fariseos a ir a Cristo para plantearle el problema de la indisolubilidad del matrimonio (cf. Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12), sino también a los saduceos en otra ocasión para preguntarle por la ley del llamado levirato. Los sinópticos relatan concordemente esta conversación (cf. Mt 22, 24-30; Mc 12, 18-27; Lc 20, 27-40. Aunque las tres redacciones sean casi idénticas, sin embargo, se notan entre ellas algunas diferencias leves, pero, al mismo tiempo, significativas. Puesto que la conversación está en tres versiones, la de Mateo, Marcos y Lucas, se requiere un análisis más profundo, en cuanto que la conversación comprende contenidos que tienen un significado esencial para la teología del cuerpo.
Junto a los otros dos importantes coloquios, esto es: aquel en el que Cristo hace referencia al “principio” (cf. Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12), y el otro en el que apela a la intimidad del hombre (al “corazón”), señalando al deseo y a la concupiscencia de la carne como fuente del pecado (cf. Mt 5, 27-32), el coloquio que ahora nos proponemos someter a análisis, constituye, diría, el tercer miembro del tríptico de las enunciaciones de Cristo mismo: tríptico de palabras esenciales y constitutivas para la teología del cuerpo. En este coloquio Jesús alude a la resurrección, descubriendo así una dimensión completamente nueva del misterio del hombre.
La revelación de esta dimensión del cuerpo, estupenda en su contenido —y vinculada también con el Evangelio releído en su conjunto y hasta el fondo—, emerge en el coloquio con los saduceos, “que niegan la resurrección” (Mt 22, 23); vinieron a Cristo para exponerle un tema que —a su juicio— convalida el carácter razonable de su posición. Este tema debía contradecir “las hipótesis de la resurrección”. El razonamiento de los saduceos es el siguiente: “Maestro, Moisés nos ha prescrito que, si el hermano de uno viniere a morir y dejare la mujer sin hijos, tome el hermano esa mujer y dé sucesión a su hermano” (Mc 12, 19). Los saduceos se refieren a la llamada ley del levirato (cf. Dt 25, 5-10), y basándose en la prescripción de esa antigua ley, presentan el siguiente “caso”: “Eran siete hermanos. El primero tomó mujer, pero al morir no dejó descendencia. La tomó el segundo, y murió sin dejar sucesión, e igual el tercero, y de los siete ninguno dejó sucesión. Después de todos murió la mujer. Cuando en la resurrección resuciten, ¿de quién será la mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer” (Mc 12, 20-23).
La respuesta de Cristo es una de las respuestas-clave del Evangelio, en la que se revela — precisamente a partir de los razonamientos puramente humanos y en contraste con ellos — otra dimensión de la cuestión, es decir, la que corresponde a la sabiduría y a la potencia de Dios mismo. Análogamente, por ejemplo, se había presentado el caso de la moneda del tributo con la imagen de César, y de la relación correcta entre lo que en el ámbito de la potestad es divino y lo que es humano (“de César”) (cf. Mt 22, 15-22). Esta vez Jesús responde así: “¿No está bien claro que erráis y que desconocéis las Escrituras y el poder de Dios? Cuando en la resurrección resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán como ángeles en los cielos” (Mc 12, 24-25). Esta es la respuesta basilar del “caso”, es decir, del problema que en ella se encierra. Cristo, conociendo las concepciones de los saduceos, e intuyendo sus auténticas intenciones, toma de nuevo inmediatamente el problema de la posibilidad de la resurrección, negada por los saduceos mismos: “Por lo que toca a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, ¿cómo habló Dios diciendo Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12, 26-27).
Como se ve, Cristo cita al mismo Moisés al cual han hecho referencia los saduceos, y termina afirmando: “Muy errados andáis” (Mc 12, 27).
Cristo repite por segunda vez esta afirmación conclusiva. Efectivamente, la primera vez la pronunció al comienzo de su exposición. Entonces dijo: “Estáis en el error y ni conocéis las Escrituras ni el poder de Dios”: así leemos en Mateo (22, 29). Y en Marcos: “¿No está bien claro que erráis y que desconocéis las Escrituras y el poder de Dios?” (Mc 12, 24). En cambio, la misma respuesta de Cristo, en la versión de Lucas (20, 27-36), carece de acento polémico, de ese “estáis en gran error”. Por otra parte, él proclama lo mismo en cuanto que introduce en la respuesta algunos elementos que no se hallan ni en Mateo ni en Marcos. He aquí el texto: “Díjoles Jesús: Los hijos de este siglo toman mujeres y maridos. Pero los juzgados dignos de tener parte en aquel siglo y en la resurrección de los muertos, ni tomarán mujeres ni maridos, porque ya no pueden morir y son semejantes a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección” (Lc 20, 34-36). Por lo que respecta a la posibilidad misma de la resurrección, Lucas — como los otros dos sinópticos — hace referencia a Moisés, o sea, al pasaje del libro del Éxodo 3, 2-6, en el que efectivamente, se narra que el gran legislador de la Antigua Alianza había oído desde la zarza que “ardía y no se consumía”, las siguientes palabras: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob” (Éx 3, 6). En el mismo lugar, cuando Moisés preguntó el nombre de Dios, había escuchado la respuesta: “Yo soy el que soy” (Éx 3, 14).
Así, pues, al hablar de la futura resurrección de los cuerpos, Cristo hace referencia al poder mismo de Dios viviente…
Audiencia General. La teología del cuerpo. Miércoles 11 de noviembre de 1981
¿Qué hacer cuando nuestros sentidos nos engañan, cuándo fallan?
Esta pregunta se me vino a la mente mientras reflexionaba delante del Señor y me acordaba de esta parte del himno eucarístico Adoro Te Devote, que dice: “Visus, tactus, gustus, in Te fallitur… En una pequeña reflexión en este domingo, Solemnidad de Corpus Christi para nosotros aquí en Tierra Santa y en tantos otros lugares, mencionaba cómo tantísimas personas le tratan a Jesús en la Eucaristía con una fría indiferencia…
A lo mejor, ellos también se quedan pasmados delante de esta pregunta que lleva el título de estas líneas: ¿Qué hacer cuando nos fallan los sentidos?
Ellos miran a su alrededor, al mundo que los rodea, ven que hay tanta maldad, tanta confusión… su visión parece indicarles un desastre inminente, el fin de todo, quizás… el punto es que, la visión, que justamente da a nuestro cuerpo cierta “estabilidad” para mantenerse de pie y seguir adelante, nos muestra algo a punto de desmoronarse… esto lo podemos percibir también nosotros.
Con el tacto. Estas personas de las que estamos hablando, pueden sentir en viva carne las luchas salvajes para buscar complacerse, cada uno a sí mismo, o a los demás para complacerse a uno, se siente el egoísmo; se siente por otro lado el miedo. Escalofríos que desconciertan y esto, sumado a lo que se ve, conducen a un desespero terrible… Esto quizás también nosotros lo podemos percibir…
Se presenta al paladar un sabor amargo, una especie de caramelo con una muy fina capa dulce que esconde un interior amargo como hiel. El mundo les traga… les insiste que hay que consumir más de este “caramelo” para quitarte el amargo sabor del vacío, del desespero… Quizás también aquí nosotros lo podemos percibir…
Los sentidos nos fallan, podemos experimentar todo esto en nosotros mismos, y es que todavía no he entrado en el ámbito religioso, de la fe… Porque ahí, justamente es dónde más nos damos cuenta de cómo nos fallan los sentidos…
En la Eucaristía: “Visus, tactus, gustus, in Te fallitur…” y delante de este defecto de nuestros sentidos, ¿qué hacer?
Arrodillado delante de la custodia, en uno de los puntos de bendición Eucarística en la sencilla, pero digna, procesión del Corpus que hicimos aquí en nuestro Monasterio este año, se veía por detrás de la Custodia un hermoso y apacible paisaje de fondo, algo casi celestial -me atrevo a decir- se me presentaba a los sentidos…

Pero aquí también me fallan los sentidos… sé que en este mismo momento, en algún otro lugar, el mismo Jesús estaba presente dentro de alguna pequeña custodia o algún sencillo tabernáculo, en alguna iglesia rodeada de destrucción, escombros, ruinas. Sé que en algún otro lugar, los sentidos de otras personas estaban fallando también… Quizás miraban a Jesús en la custodia, o en el tabernáculo y el contraste entre lo que contemplaban y lo que les rodea y les toca vivir, puede que les de miedo, les causa desespero… quizás les surge la misma pregunta: “¿Qué hacer si me están fallando los sentidos?” A lo mejor no les está fallando, les está mostrando una realidad desoladora, desesperanzadora, “¿Será real?” “¿Habrá solución?” “¿Me engañan mis sentidos, qué hago?”
Seguramente hay una respuesta para esto… hasta aquí, no he escrito nada más que ideas o pensamientos “demasiado inmanentes” o “mundanos” o “naturales”… quizás… pero la respuesta a la pregunta que me hice al comienzo, tengo plena confianza de que no la encontraría en este plano (inmanente, mundano, natural). ¡Es necesario trascenderlo!
¿Qué hacer cuando nos fallan los sentidos? La respuesta “eucarísticamente” correcta, si es que podemos acuñar este término, está en las tres virtudes que justamente transcienden lo humano, lo natural, las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza, Caridad.
Mis sentidos me engañan: Visus, tactus, gustus, in Te fallitur… arrodillado, yo, delante de Jesús expuesto en una Custodia mirando al fondo un valle de Galilea, o al fiel que devotamente mira a Jesús desde una infinitud de escombros y ruinas, o el Papa con una multitud de más de medio millón de personas por detrás, miramos a un “pan” blanco, inamovible, que no habla, que no escucha, que no nos toca… ¡Pero no! ¡Definitivamente que no! Hay algo…
Algo me dice que dentro de este pequeño círculo de cristal, hay algo -o mejor, Alguien- que merece respeto, adoración, alabanza… ¿Qué es lo que me dice esto? La FE…
Creemos que no es un “pan” cualquiera, pero que es “El Pan Vivo” que ha bajado del cielo para quedarse con nosotros, para darnos vida, y vida en abundancia, que brota y nos conduce hasta la eternidad…
Cuando nos fallan los sentidos, esta fe nos conduce automáticamente a una ESPERANZA viva, pues no puede ser en vano que hacemos todo lo que hacemos para el Pan Vivo, para el que es el Pan de los Ángeles… Él nos prometió algo más, nos prometió el cielo, la fe me lleva a esperar vivamente el cumplimiento de esta promesa…
Y mientras pasa todo esto, mientras nos siguen fallando los sentidos, la fe y la esperanza nos invitan al AMOR… A amar a este Dios que nos habla desde un silencio profundo, que nos mira desde una Custodia aquí en nuestro Monasterio, o desde un Sagrario en la guerra, o delante de miles de jóvenes en una plaza bajo el sol y el calor sofocante de una tarde de verano madrileña; nos invita a amar a un Dios que parece gustarle estos juegos de contraste con los sentidos, que le gusta desacreditar a los sentidos y muchas veces nos hace “perder el sentido” real de las cosas…
Por esto, cuando nos fallan los sentidos, debemos creer, esperar y amar… El objeto directo de estos tres verbos es Jesús en la Eucaristía, es Jesús en el Augusto Sacramento, es, en definitiva, Dios mismo, pero que no podemos ver porque visus, tactus, gustus, in Te fallitur…
P. Harley Carneiro, IVE
Es su amor lo que nos convoca, lo que nos une…
Papa León XIV
(…) En este día de la Solemnidad de Corpus, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, queremos reconocer y celebrar a Cristo presente entre nosotros. Y por eso salimos a la calle, para manifestar al mundo nuestra fe, para dar testimonio y para llegar con el misterio de la Presencia de Cristo a todos.
Es verdad que hay varias formas de la Presencia de Jesucristo en medio de nosotros, en la Iglesia y en el mundo. San Papa Pablo VI habló de estos modos indicando algunos de ellos:
Presente está Cristo en su Iglesia que ora, porque es él quien ora por nosotros, ora en nosotros y a Él oramos: ora por nosotros como Sacerdote nuestro; ora en nosotros como Cabeza nuestra y a Él oramos como a Dios nuestro. Y Él mismo prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»
Presente está Él en su Iglesia que ejerce las obras de misericordia, no sólo porque cuando hacemos algún bien a uno de sus hermanos pequeños se lo hacemos al mismo Cristo, sino también porque es Cristo mismo quien realiza estas obras por medio de su Iglesia, socorriendo así continuamente a los hombres con su divina caridad.
Presente está en su Iglesia que peregrina y anhela llegar al puerto de la vida eterna, porque Él habita en nuestros corazones por la fe y en ellos difunde la caridad por obra del Espíritu Santo que Él nos ha dado.
Está también presente en su Iglesia que predica, puesto que el Evangelio que ella anuncia es la Palabra de Dios, y solamente en el nombre, con la autoridad y con la asistencia de Cristo, Verbo de Dios encarnado, se anuncia, a fin de que haya una sola grey gobernada por un solo pastor.
Presente está en su Iglesia que rige y gobierna al pueblo de Dios, puesto que la sagrada potestad se deriva de Cristo, y Cristo, Pastor de los pastores, asiste a los pastores que la ejercen, según la promesa hecha a los Apóstoles.
Además, de modo aún más sublime, está presente Cristo en su Iglesia que en su nombre ofrece el sacrificio de la misa y administra los sacramentos. Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los demás sacramentos, el más dulce por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido; ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos.
Hermanos, en la Eucaristía, Cristo está verdaderamente presente entre nosotros –y por su Cuerpo y su Sangre, nos hace a todos Iglesia– somos Iglesia y vivimos en comunión, unidos en Cristo.
La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 1).
Este es el gran misterio que celebramos hoy. Un Misterio grande, Misterio de misericordia, misterio de amor. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida. [San Juan Pablo II, ibid. n. 11].
El amor de Dios no conoce medida. San Agustín dice que “la medida del amor es el amor sin medida”. Amar sin límites –así nos ama Dios, y así Dios nos llama a vivir– a compartir su amor con los demás. Es su amor lo que nos convoca, lo que nos une, lo que nos hace una única familia, amor que crea la Iglesia, la comunión del amor.
Papa León XIV (s.XXI) • Homilía Corpus Christi 2020 – Catedral de Chiclayo, Perú.
Porque Dios amó tanto al mundo… Jn 3,16-18
Queridos todos,
San Atanasio, el gran Santo y Doctor del Verbo Encarnado, como es conocido, obispo de Alejandría, en una de sus cartas decía: “Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición de la doctrina y la fe de la Iglesia Católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres.”[1] El Papa Benedicto XVI en una homilía en Génova decía que “la fiesta de hoy nos invita a contemplarlo a Él, el Señor; nos invita a subir en cierto sentido, al ‘monte’, como hizo Moisés.”[2]
El contenido que la doctrina y la fe de la Iglesia que nos han transmitido, como decía San Atanasio, y que hoy somos invitados a contemplar, como hacía mención el Papa Benedicto XVI, es lo que magistralmente encontramos explicado por San Pablo en la primera carta a los Corintios (2, 1-16):
“…una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos…”
“…enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria…”
“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.”
“¿Quién conoce el íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.”
“…Dios nos lo ha revelado por el Espíritu…”
“…para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos…”
“A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él, no está sujeto al juicio de nadie.”
“Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu.”
Lo que vamos a intentar ahora, queridos hermanos, es adentrarnos un poco más en esta inefable realidad; este insondable misterio de un Dios Uno y Trino que habita en el alma en gracia.
No tengo intención de explicar un misterio tan sublime, porque evidentemente me supera absurdamente; lo que sí quiero que hagamos, es considerar esta verdad tan hermosa empezando por la Escritura misma, en las lecturas de la Liturgia de hoy hasta llegar a una aplicación más práctica, más cercana a nuestra vida corriente.
Partiendo de la primera lectura que nos propone la Iglesia para hoy, del libro del Éxodo, podemos contemplar una cercanía de Moisés -que según la misma Sagrada Escritura fue el mayor de todos los profetas (cfr. Deut 34,10)- con Dios mismo. Cuando allá en el Sinaí, Moisés subió en medio de la madrugada, el Señor baja en la nube y se queda allí con él. Moisés es el profeta que contempló a Dios cara a cara; es el que sabía reconocer al Señor. Ahí, en ese momento de una cercanía profunda, Moisés se da cuenta de que hay un abismo enorme entre la Divinidad y su pequeña e insignificante humanidad. Tras pronunciar el nombre del Señor, el Altísimo pasó ante Moisés, éste se inclinó, y se echó por tierra en señal de profunda reverencia (cfr. Ex 34, 4-6.8-9).
Lo que contemplamos aquí es una cercanía muy grande, pero que todavía no es algo interior, íntimo. Lo que escuchamos en el salmo, sacado de un cántico del profeta Daniel ilustra bien esta realidad: “Bendito eres en el templo de tu santa gloria… Bendito eres sobre el trono de tu reino… Bendito eres tú, que, sentado sobre querubines, sondeas los abismos… Bendito eres en la bóveda del cielo.” (Dan 3, 52-56)
Esta relación entre Dios y el hombre, desde el Génesis, después de la creación del hombre, hasta llegar a la plenitud de los tiempos, se va desarrollando en un ciclo que se repite: el hombre se aleja, Dios lo busca; Dios lo perdona, el hombre vuelve; Dios hace una alianza, el hombre se olvida, Dios permite el castigo; el pueblo se arrepiente, etc. Pero cuando Jesús, el Verbo Encarnado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumió la naturaleza humana en el seno de la Virgen María, estuvo tan cerca del hombre, tan cerca como jamás había estado antes; ni en el Edén cuando bajaba a la tarde para caminar junto al hombre, ni en la montaña santa con Moisés, ni en la cueva con el profeta Elías… Juan Pablo II expresó esta verdad con las siguientes palabras: “Dios no estuvo nunca tan cerca del hombre -y el hombre jamás estuvo tan cercano a Dios- como precisamente en este momento: ¡en el instante del misterio de la Encarnación!.”[3]
Este niño -Divino Niño- que fue gestado en el seno purísimo de la Virgen, debía recibir el nombre de Emanuel, que quiere decir Dios con Nosotros (cfr. Mt 1,23). Allá en el Éxodo, también Moisés pronunció el nombre de Dios, en la Montaña Santa, pero era otro el nombre: “El Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en gracia y fidelidad.” (Ex 34,6) El Papa Benedicto XVI decía, en la misma homilía que mencionamos antes, que: San Juan, en el Nuevo Testamento, resume esta expresión en una sola palabra: “Amor” (1Jn 4,8.16). Lo atestigua también el pasaje evangélico de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).”[4]
Este Dios Amor, no solamente es amor, no solamente intervino en nuestra historia decidiendo hacer la redención del género humano[5], sino que, como leemos en San Pablo: “el Dios del amor y de la paz estará con vosotros” (2Cor 13, 11-13) Y no estará como algo transitorio, sino como algo permanente, en el mismo texto, el Apóstol habla de este don tan sublime, de esta presencia inefable: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros” (Ibid.)
Retomando una frase de San Atanasio también en la carta ya mencionada antes: “Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.”[6] Pero no es que sea simplemente una existencia encerrada en sí misma, satisfecha en su propia autosuficiencia, como aclara Benedicto XVI, sino que “es vida que quiere comunicarse, es apertura, relación.”[7] Y retomando el tema del nombre de Dios, sigue diciendo que “palabras como ‘misericordioso’, compasivo’, ‘rico en clemencia’, nos hablan de una relación, en particular de un Ser vital que se ofrece, que quiere colmar toda laguna, toda falta, que quiere dar y perdonar, que desea entablar un vínculo firme y duradero.”[8] En otras palabras: es un misterio de un Dios -Uno y Trino- que quiere habitar en nosotros.
Lo que hace la Liturgia de hoy, comentaba Juan Pablo II en una homilía en su visita a Bulgaria, es invitarnos “a remontarnos hasta la Fuente suprema de este don: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Santísima Trinidad.”[9] Y sigue diciendo que la vida del cristiano se orienta totalmente hacia este misterio. De la correspondencia fiel al amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo depende el éxito de nuestro camino en la tierra.”[10]
A primera vista, contemplar este misterio de la Santísima Trinidad, de la Inhabitación Trinitaria dentro del alma en gracia, pareciera alejarnos del mundo y de sus problemas, en una especie de introspección para abstraerse de la realidad. A esta objeción responde el Papa Benedicto XVI diciendo que “en realidad se descubre que precisamente conociendo a Dios más de cerca” es que “se reciben también las indicaciones fundamentales para nuestra vida.” Para explicarlo, retoma el ejemplo de Moisés, en el Sinaí, pues el Patriarca, “al subir al Sinaí y permanecer en la presencia de Dios, recibió la ley grabada en las tablas de piedra, en las que el pueblo encontró una guía para seguir adelante, para encontrar la libertad y para formarse como pueblo en libertad y justicia. Del nombre de Dios depende nuestra historia; de la luz de su rostro depende nuestro camino.”[11]
En síntesis, “toda la revelación se resume en estas palabras: “Dios es amor” (1Jn 4, 8.16); y el amor es siempre un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla.”[12]
Para ir concluyendo, queridos hermanos, debemos alegrarnos, animarnos siempre, exultar de alegría por un don que excede toda comprensión humana: el don de tener a un Dios Uno y Trino, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, que quiere habitar en nuestro corazón; quiere hacernos partícipes del movimiento de Vida y Amor que emana del seno mismo de la Trinidad.
Por eso, pidámosle a la Santísima Virgen María -ella quien mejor supo vivir en este misterio de Amor dentro de la Santísima Trinidad- que nos ayude a comprender un poco este misterio insondable de la Inhabitación de Dios en nuestra alma, pero más que comprenderlo bien, que nos ayude a vivirlo como debemos, para así degustar ya desde la tierra, lo que serán las delicias que nos esperan en el Paraíso.
P. Harley Carneiro, IVE
[1] San Atanasio de Alejandría, CARTA 1 A SERAPIÓN, 28-30 (Tomado del Oficio de Lecturas de esta Solemnidad)
[2] Homilía del Papa Benedicto XVI en la plaza de la Victoria de Génova el domingo 18 de mayo de 2008
[3] San Juan Pablo II, Angelus, 02/08/1981
[4] Papa Benedicto XVI, op.cit.
[5] Cfr. EE de San Ignacio, contemplación de la Encarnación, 1º Punto
[6] San Atanasio de Alejandría, op.cit.
[7] Papa Benedicto, op.cit.
[8] Ibid.
[9] San Juan Pablo II, Homilia en la plaza central de Plovdiv (Bulgaria), domingo, 26/05/2002
[10] Ibid.
[11] Papa Benedicto XVI, …
[12] Papa Benedicto XVI, Angelus, Domingo 22/05/2005
De las Homilías de san Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia
«Un mendigo ciego estaba sentado al borde del camino» Con razón la Escritura nos presenta a este ciego al borde del camino y pidiendo limosna, porque el que es la Verdad misma ha dicho: Yo soy el camino. Quien ignora el esplendor de la eterna luz, es ciego. Con todo, si ya cree en el Redentor, entonces ya está sentado a la vera del camino. Esto, sin embargo, no es suficiente. Si deja de orar para recibir la fe y abandona las imploraciones, es un ciego sentado a la vera del camino, pero sin pedir limosna. Solamente si cree y, convencido de la tiniebla que le oscurece el corazón, pide ser iluminado, entonces será como el ciego que estaba sentado en la vera del camino pidiendo limosna. Quienquiera que reconozca las tinieblas de su ceguera, quienquiera que comprenda lo que es esta luz de la eternidad que le falta, invoque desde lo más íntimo de su corazón, grite con todas las energías de su alma, diciendo: «Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí».
Que todo hombre que sabe que las tinieblas hacen de él un ciego grite desde el fondo de su ser: «Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí» Pero escucha también lo que sigue a los gritos del ciego: «los que iban delante lo regañaban para que se callara» (Lc 18, 39).
¿Quiénes son estos? Ellos están ahí para representar los deseos de nuestra condición humana en este mundo, los que nos arrastran a la confusión, los vicios del hombre y el temor, que, con el deseo de impedir nuestro encuentro con Jesús, perturban nuestras mentes mediante la siembra de la tentación y quieren acallar la voz de nuestro corazón en la oración.
En efecto, suele ocurrir con frecuencia que nuestro deseo de volver de nuevo aDios nuestro esfuerzo de alejar nuestros pecados por la oración, se ven frustrados por estos: la vigilancia de nuestro espíritu se relaja al entrar en contacto con ellos, llenan de confusión nuestro corazón y ahogan el grito de nuestra oración.
¿Qué hizo entonces el ciego para recibir luz a pesar de los obstáculos? «Él gritó más fuerte: ¡Hijo de David, ten compasión de mí!» Ciertamente, cuanto más nos agobie el desorden de nuestros deseos más debemos insistir con nuestra oración. Cuanto más nublada esté la voz de nuestro corazón, hay que insistir con más fuerza, hasta dominar el desorden de los pensamientos que nos invaden y llegar a oídos fieles del Señor. Creo, que cada uno se reconocerá en esta imagen: en el momento en que nos esforzamos por desviarlos de nuestro corazón y dirigirlos a Dios suelen ser tan inoportunos y nos hacen tanta fuerza que debemos combatirlos. Pero insistiendo vigorosamente en la oración, haremos que Jesús se pare al pasar. Como dice el Evangelio: «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran» (v. 40).
Observemos lo que el Señor dijo al ciego que se le acercó: «¿qué quieres que haga por ti?» El que tiene el poder de devolver la vista, ¿ignoraba lo que quería el ciego? Evidentemente, no. Pero Él desea que le pidamos las cosas, aunque Él lo sepa de antemano y nos lo vaya a conceder. Nos exhorta a pedir, incluso hasta ser molestos, el que afirma: “vuestro Padre celestial sabe lo que os hace falta, antes de que lo pidáis» (Mt 6, 8). Si pregunta, es para que se le pida; si pregunta, es para impulsar nuestro corazón a la oración.
Lo que pide el ciego al Señor, no es oro, sino luz. No le preocupa solicitar otra cosa más que luz. Imitemos a este hombre, hermanos muy queridos. No pidamos al Señor ni riquezas engañosas, ni obsequios de la tierra, ni honores pasajeros, sino luz: No la luz circunscrita por el espacio, limitada por el tiempo, interrumpida por la noche, con la que compartimos la vista con los animales, pidamos esta luz que sólo los ángeles ven como nosotros, que no tiene principio y ni fin. Sin embargo, el camino para llegar a esta luz es la fe. Por tanto, con razón el Señor responde inmediatamente al ciego que va a recobrar la luz: «¡Levántate! Tu fe te ha salvado».
Es tiempo de escuchar lo que fue hecho al ciego que pedía la vista o, también, lo que él mismo hizo. Dice todavía el Evangelio: «Luego él recuperó la vista y se puso a seguir a Jesús». Ve y sigue quien realiza el bien que conoció; ve, pero no sigue aquel que igualmente conoce el bien, pero no se dedica a realizarlo.
Si, pues, hermanos carísimos, ya conocemos la ceguera de nuestro peregrinar; si, con la fe en el misterio de nuestro Redentor, ya estamos sentados en la vera del camino; si, con una oración continua, ya pedimos la luz a nuestro creador; si, además de eso, después de la ceguera, por el don de la fe que penetra la inteligencia, fuimos iluminados, esforcémonos por seguir con las obras a aquel Jesús que conocemos con la inteligencia. Observemos hacia donde el Señor se dirige e, imitándolo, sigamos sus pasos. En efecto, sólo sigue a Jesús quien lo imita”.
Homilías sobre el evangelio, n°2 ; PL 76, 1081.
“…alegraos en la verdad, no en la iniquidad; alegraos en la esperanza de la eternidad, no en la flor pasajera de la vanidad”
De los Sermones de san Agustín, obispo