QUE TE GUARDEN EN TUS CAMINOS

De los Sermones de san Bernardo, abad
(Sermón 12 sobre el salmo «Qui habitat», 3, 6-8: Opera omnia, edición cisterciense, 4 [1966], 458-462)

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos.» Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.

Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.

En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.

Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.

La fuerza de la devoción

Expresión de nuestro amor a Dios y a lo sagrado

“Pido ser enterrado junto a un sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado!”
San Manuel González

Hace ya más de 20 años, por una de esas maravillosas delicadezas de la Divina Providencia, entré por primera vez a la sencilla capilla de la parroquia de “Nuestra Señora del Huerto”, sin sospechar -en aquel momento- que al año siguiente en esa misma capilla recibiría a diario a nuestro Señor sacramentado, acompañándolo también expuesto en la Custodia y pudiéndolo visitar cuando quisiera, simplemente caminando unos pocos metros… y todo esto a partir de aquel primer encuentro que cambiaría radicalmente el curso de mi vida.

La primera vez que entré en dicha capilla, me encontré delante de una escena que se quedó plasmada para siempre, pues era totalmente nueva para mí: el sacerdote estaba incensando el altar durante los ritos iniciales de la santa Misa, y yo me quedé como embobado, pues no recuerdo haber tenido antes la oportunidad de ver algo así. Participaba de la santa Misa en otro lugar, de hecho, me estaba preparando para la confirmación, pero aquí veía algo especial que no entendía bien qué era. Luego me gustó la prédica y la liturgia completa, y entonces decidí que iría allí a participar de la santa Misa. Pero como las gracias de Dios jamás vienen solas, me invitaron a la Adoración Eucarística, a lo cual accedí más bien para no quedar mal, debo reconocer, pues no sabía lo que era propiamente ni qué debía hacer… pero fui. Y nuevamente -aunque esta vez sí tuve todo tiempo que quise para reflexionar-, me quedé cautivado mirando tanto a nuestro Señor sacramentado en la custodia (allí descubrí lo que era una custodia), cuanto al sacerdote, por la gran delicadeza, recogimiento y respeto con que el padre realizó la exposición. No sabía qué debía responder, no entendí bien a los demás como para “copiarles las respuestas”, ni sabía siquiera si debía estar sentado, parado o arrodillado; pero sí que algo me quedó bastante claro a partir de aquella primera Adoración con exposición solemne para mí (pues hasta al incienso lo miraba con respeto): comprendí que comenzaba una nueva etapa de mi vida en la que quería estar más presente para nuestro Señor Jesucristo. Dios me había mostrado de una manera totalmente inesperada lo que es la devoción. Y yo la quería.

Todo esto fue el año 2004. Al año siguiente entré al noviciado y continué con mi preparación religiosa y sacerdotal hasta llegar a este punto, en que comparto esta sencilla reflexión con más de una década de sacerdocio monástico. Y durante estos más de 20 años desde aquella primera adoración solemne que Dios me regaló, no he dejado de gozarme en la exposición del Santísimo Sacramento, de la que ahora tomo parte muy seguido gracias a la bondad divina; pues me parece cada vez más uno de los momentos más hermosos de nuestra piedad católica y del ministerio sacerdotal.

Dejo para otra oportunidad lo que, por supuesto, es evidente que hay que tratar si se habla de sacerdocio e intimidad con Dios, como lo es la santa Misa o la vida sacramental del sacerdote, para detenerme en esta expresión tan delicada y tan íntima para el ministro de Cristo, a pesar de realizarse muchas veces delante de sus fieles; pero es que la manera de tratar a Jesús sacramentado, a la vez que es manifestación de la fe y el amor del sacerdote a su Señor, también es una oportunidad para que lo feligreses contemplen y aprendan la devoción que se ha de tener ante nuestro Dios hecho sacramento por nosotros y para nosotros.

El sacerdote, a menudo puede andar corriendo: siempre hay cosas que atender, intenciones para elevar al Cielo en sus plegarias, sacrificios para ofrecer; mensajes para responder, compras para realizar, apostolados para preparar, misas que celebrar, sacramentos para administrar, sermones que preparar; direcciones espirituales, trámites, médico, mantenimiento, etc. Todo un vasto ministerio para poner a disposición de las almas cada vez que éstas lo necesiten; porque el sacerdote no se pertenece, es de Dios y de las almas. Sin embargo, cuando llega la hora de exponer el Santísimo Sacramento y “dedicarse a Él”, todo lo demás se ha de detener, porque así lo exige la devoción: ni una impía genuflexión relámpago, ni unas indescifrables oraciones apresuradas, ni una disipada atención deben entrar a la capilla junto con el sacerdote cuando llega “la hora santa”, eso se queda afuera porque en la capilla está Jesús Sacramentado. Si algo de esto se nos cuela los demás lo notan, y eso no es fecundo. En cambio, el sacerdote que trata con profunda devoción a Jesús Sacramentado, con respeto, con delicadeza, con amor, le da a su ministerio la poderosa impronta de la devoción que le da fuerza a sus palabras y a sus acciones; pero devoción verdadera, no artificial o caricaturesca. La devoción genuina es respetuosa; se toma el tiempo correspondiente y nada más; no termina en el ministro sino en Jesús sacramentado; mueve, inspira, cautiva para Dios.

Por supuesto que la devoción no está restringida solamente a los sacerdotes, la devoción “es nuestra”, de todos los creyentes y todos debemos aspirar a crecer en ella; de hecho, no pocas veces las personas más sencillas nos adelantan y nos motivan en gran medida sin siquiera darse cuenta; pero en esta oportunidad nos quedamos con este ejemplo concreto del sacerdote delante del Santísimo Sacramento, porque es allí donde de manera especial -así como en su manera de celebrar la santa Misa-, la devoción puede tener una fuerza enorme y cautivadora, como hemos podido constatar a lo largo de la historia de la Iglesia en sus santos sacerdotes, grandes adoradores y promotores de la Adoración Eucarística, descanso de sus almas y de donde debemos sacar nuestras fuerzas para cumplir con lo que Dios nos pide. Del santo cura de Ars se decía que, al hablar sobre la Eucaristía a los fieles, muchas veces se emocionaba tanto que no podía terminar las frases y rompía en llanto o silencio; o que cuando miraba el sagrario, solía exclamar conmovido: «¡Él está ahí!» o «¡Él nos espera!»; y podemos constatar la fuerza arrolladora de su predicación, sus penitencias, sus ejemplos, etc.

Hasta el día de hoy, no deja de edificarme el contemplar a mis hermanos en el ministerio sacerdotal al tratar con piedad a nuestro Señor sacramentado. A los sacerdotes devotos los admiro y deseo imitarlos en su devoción, y le ruego a Dios que mi devoción crezca y se haga profunda, pues sólo así será fecunda. Pero la invitación es para todos los creyentes, para todos los miembros de la Iglesia que tenemos la posibilidad de acudir a nuestro Señor en la Eucaristía -¡Oh, qué triste sería no tener la Eucaristía!-; así que amemos mucho a Jesucristo Sacramentado, porque en definitiva nuestra devoción es una expresión de nuestro amor. Vayamos a visitarlo, vayamos a recibirlo, pasemos tiempo con Él, correspondámosle. Él ya nos abrió su corazón, abrámosle nosotros en nuestro, y que nuestro trato hacia Él sea cada vez más piadoso e íntimo.

P. Jason.

CORAZÓN DE JESÚS, TEMPLO SANTO DE DIOS – San Juan Pablo II

9 de junio, 1985

1. A la hora de la común oración del Angelus, nos dirigimos, juntamente con María – por medio de su Corazón Inmaculado – al Corazón Divino de su Hijo.

¡Corazón de Jesús – Templo santo de Dios!

¡Corazón de Jesús – Tabernáculo del Altísimo!

Corazón de un Hombre semejante a tantos otros corazones humanos y, a la vez, Corazón de Dios-Hijo.  Por tanto, sí es verdad que cada uno de los hombres ‘habita”- de algún modo, en su corazón, entonces, en el Corazón del Hombre de Nazaret, de Jesucristo, habita Dios. Es “templo de Dios” por ser Corazón de este hombre.

2. Dios-Hijo está unido con el Padre, como Verbo Eterno. “Dios de Dios, Luz de Luz… engendrado no creado”. El Hijo está unido con el Padre en el Espíritu Santo, que es el “soplo” del Padre y del Hijo y es, en la Divina Trinidad, la Persona-Amor. El Corazón del Hombre Jesucristo es, pues, en el sentido trinitario, “Templo de Dios”: es el templo interior del Hijo que está unido con el Padre en el Espíritu Santo mediante la unidad de la Divinidad. ¡Qué inescrutable permanece el misterio de este Corazón, que es “Templo de Dios” y “Tabernáculo del Altísimo”.

3. Al mismo tiempo, es la verdadera “morada de Dios con los hombres” (Ap 21,3), porque el Corazón de Jesús, en su templo interior abrazo a todos los hombres. Todos habitan allí, abrazados por el eterno amor. A todos pueden dirigirse – en el Corazón de Jesús – las palabras del Profeta:

“Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia” (Jer 31,3).

4. Que esta fuerza del eterno amor que está en el Corazón Divino de Jesús, se comunique hoy de modo particular a los jóvenes que reciben la confirmación. En ellos debe habitar de modo particular el Espíritu Santo. Que se conviertan, pues, también sus corazones a semejanza de Cristo – en “templo santo de Dios” y “tabernáculo del Altísimo”. Con frecuencia he oído cantar a los jóvenes: “¿Vosotros sabéis que sois un templo?” Sí, somos templo de Dios y el Espíritu Santo habita en nosotros, según las palabras de San Pablo (cf. 1 Cor 3,16).

5. Por medio del Corazón Inmaculado de María permanezcamos en la Alianza con el Corazón de Jesús que es “Templo de Dios” el más espléndido “Tabernáculo del Altísimo”, el más perfecto.

EN El CORAZÓN DE LA IGLESIA, YO SERÉ EL AMOR

De la Narración de la vida de santa Teresa del Niño Jesús, virgen, escrita por ella misma
(« Manuscrits autobiographiques», Lisieux 1957, 227-229)

Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.

Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: Aspirad a los dones más excelentes; yo quiero mostraros un camino todavía mucho mejor. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.

Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mi misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé:

«Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y mi deseo se verá colmado.»

DEBEMOS SER HUMILDES, SENCILLOS Y PUROS

De la carta de san Francisco de Asís, dirigida a todos los fieles
(Opúsculos, edición Quaracchi, Florencia) 1949, 87-94)

La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno, tan santo y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre. Y, al acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre, diciendo: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz.
Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los que quieran dar culto verdadero adorarán al verdadero padre en espíritu y verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad. Y dirijámosle día y noche nuestra alabanza y oración, diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos; porque debemos orar siempre sin desanimarnos.
Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo tan sólo se llevan consigo el premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración. No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario; debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana criatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres de nuestro Señor Jesucristo.

EL MINISTÉRIO DE LOS ÁNGELES

Sermón para la fiesta de los Santos Ángeles Custodios

San Juan María Vianney -Santo Cura de Ars- (s. XIX)

Hermanos míos, nuestros ángeles custodios son nuestros más fieles amigos, porque están con nosotros día y noche, en todo tiempo y lugar; la fe nos enseña que los tenemos siempre a nuestro lado. Eso es lo que hizo decir a David: «No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos (Sl 90, 11). Y para que veamos cuán grandes son sus cuidados para con nosotros, el profeta dice que nos llevan en sus manos como una madre lleva a su hijo. ¡Ah! es que el Señor previó los peligros sin número a los que estaríamos expuestos en la tierra, en medio de tantos enemigos y que todos buscan nuestra perdición. Sí, son los ángeles buenos que nos consuelan en nuestras penas, que hacen nos demos cuenta cuando el demonio nos quiere tentar, que presentan a Dios nuestras oraciones y todas nuestras buenas acciones, que nos asisten en la hora de la muerte y presentan nuestras almas a su soberano juez.
Desde el comienzo del mundo, el trato de los ángeles con los hombres es tan frecuente que la Escritura santa los menciona a cada instante. Casi todos los patriarcas y profetas han sido instruidos por los ángeles acerca de la voluntad del Señor. Incluso a menudo vemos que el mismo Señor se ha hecho representar por ángeles. Pero me diréis, si les viéramos ¿no aumentaría nuestra confianza en ellos? Si esto hubiera sido necesario para la salvación de nuestra alma, el buen Dios los habría hecho visibles. Pero eso tiene muy poca importancia, porque en nuestra religión sólo conocemos por la fe, y esto para que todas nuestras acciones sean más meritorias.
Si deseáis saber el número de ángeles que existen, su función, os diré que son muy numerosos: unos han sido creados para honrar a Jesucristo en su vida escondida, dolorosa y gloriosa, o bien para ser los guardianes de los hombres sin dejar, por ello, de gozar de la presencia divina. Otros están ocupados en contemplar las perfecciones de Dios, o bien velan para que conservemos nuestra vida cristiana proveyéndonos de todos los medios necesarios para nuestra santificación. Si bien es verdad que el buen Dios se basta a sí mismo, no es menos verdad que para gobernar al mundo, se sirve del ministerio de sus ángeles.
Aunque el buen Dios se baste a sí mismo, sin embargo emplea, para gobernar el mundo, el ministerio de sus ángeles. Si vemos a Dios cuidar con tanto esmero de nuestra vida, debemos concluir que nuestra alma es algo muy grande y muy precioso, para que emplee para su conservación y santificación todo lo que tiene de más grande en su tribunal. Nos dio a su Hijo para salvarnos; Este mismo Hijo nos da a cada uno de nosotros, uno y hasta varios ángeles, que únicamente se ocupan de pedirle para nosotros las gracias y los socorros necesarios para nuestra salvación. ¡Oh, qué poco conoce el hombre lo que es, y el fin para qué ha sido creado! Leemos en la Escritura que el Señor decía a su pueblo: » Voy a enviaros a mi ángel, con el fin de que os conduzca en todos vuestros pasos» (Ex 23, 20).
Debemos invocar a menudo a nuestros ángeles de la guarda, respetarlos y, sobre todo tratar de imitarlos en todas nuestras acciones. La primera cosa que debemos imitar en ellos, es el pensamiento de la presencia de Dios. En efecto, si estuviéramos bien penetrados de la presencia de Dios, ¿cómo podríamos hacer el mal? ¡Nuestras virtudes y todas nuestras buenas obras, serían mucho más agradables a Dios! Dios le dice a Abraham: «¿Quieres ser perfecto? Camina en mi presencia» (Gn 17, 1).
¿Cómo puede ser que olvidemos tan fácilmente al buen Dios, si lo tenemos siempre delante de nosotros? ¿Por qué no tenemos respeto y reconocimiento hacia nuestros ángeles, que nos acompañan día y noche? «Soy demasiado miserable, diréis, para merecer esto”. No sólo, hermanos míos, Dios no os pierde de vista un instante, sino que os da un ángel, que no deja de guiar vuestros pasos. ¡Oh, inmensa felicidad, tan poca conocida por los hombres!

EL CORRER DE LAS ACEQUIAS ALEGRA LA CIUDAD DE DIOS

De los Tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos
(Salmo 64, 14-15: CSEL 22, 245-246)
 
La acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales, riegas los surcos, tu llovizna los deja mullidos. No cabe duda alguna de cuál sea la acequia a la que se refiere nuestro texto, pues el profeta dice de ella: El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Y el mismo Señor afirma en el Evangelio. En aquel que beba del agua que yo le dé, se convertirá ésta en manantial, cuyas aguas brotan para comunicar vida eterna. Y también: Quien crea en mí, como ha dicho la Escritura, brotarán de su seno torrentes de agua viva. Esto lo dijo del Espíritu Santo, que habían de recibir los que a él se unieran por la fe. Esta acequia de Dios va, pues, llena de agua. En efecto, el Espíritu Santo nos inunda con sus dones y así, por obra suya, la acequia de Dios, brotando del manantial divino, derrama agua abundante sobre todos nosotros.
 
Y además, tenemos también un manjar. ¿De qué manjar se trata? De aquel, sin duda, que ya en este mundo nos dispone para gozar de la comunión de Dios, por medio de la comunión del cuerpo de Cristo, comunión que nos prepara para tener nuestra parte en aquel lugar donde reina ya este santísimo cuerpo. Esto es precisamente lo que significan las palabras del salmo que siguen a continuación: Preparas los trigales, y los valles se visten de mieses; porque en realidad, aunque ya estemos salvados desde ahora por este alimento, con todo, él nos prepara también para la vida futura.
 
Para quienes hemos renacido por medio del santo bautismo este alimento constituye nuestro mayor gozo, pues él nos aporta ya los primeros dones del Espíritu Santo, haciéndonos penetrar en la inteligencia de los misterios divinos y en el conocimiento de las profecías; este alimento nos hace hablar con sabiduría, nos da la firmeza de la esperanza y nos confiere el don de curaciones. Estos dones nos van penetrando, y son como las gotas de una lluvia que va cayendo poco a poco para que luego demos fruto abundante.

EL NOMBRE DE JESÚS – BEATO FULTON SHEEN

El nombre «Jesús» era muy corriente entre los judíos. En la forma hebrea originaria era «Josué». El ángel dijo a José que María Parirá un hijo, al que darás el nombre de Jesús; porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. (Mt 1, 21)

La primera indicación de la naturaleza de su misión sobre la tierra no hace mención de su doctrina, ya que la doctrina sería ineficaz a menos que primero hubiera la salvación. Al mismo tiempo se le dio otro nombre, el de «Emmanuel».

He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel; que, traducido, quiere decir: Dios con nosotros. (Mt 1, 23)

Este nombre fue tomado de la profecía de Isaías, y aseguraba algo además de la divina presencia: junto con el nombre «Jesús», significaba una divina presencia que libera y salva. El ángel también dijo a María:

Y he aquí que concebirás en tu seno, y darás a luz un hijo, y le darás el nombre de Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David su padre, y reinará sobre la casa de Jacob eternamente; y su reino no tendrá fin. (Lc 1, 31-33)

El título «Hijo del Altísimo» es el mismo que dio al Redentor el mal espíritu que tenía obseso al joven de Gerasa. De este modo, el ángel caído confesó que Él era lo mismo que el ángel no caído había anunciado que sería:

¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? (Mc 5, 7)

La salvación que se promete con el nombre «Jesús» no es una salvación social, sino más bien espiritual. No habría de salvar necesariamente a la gente de la pobreza, sino del pecado. Destruir el pecado es arrancar las raíces de la pobreza. El nombre «Jesús» evocó para los judíos el recuerdo de aquel gran caudillo que los llevó a la tierra prometida. El hecho de que Jesús estuviera prefigurado por Josué indica que poseía las cualidades militares necesarias para la victoria final sobre el mal, victoria que provendría de la aceptación gozosa del sufrimiento, del valor inquebrantable, de la resolución de la voluntad y de la firme devoción al mandato del Padre.

El pueblo judío, esclavizado bajo el yugo romano, anhelaba liberación; de ahí que presintiera que todo cumplimiento profético de Josué tendría algo que ver con la política. Más tarde la gente le preguntaría cuándo iría a liberarlos del poder del césar. Pero aquí, en el mismo comienzo de su vida, el divino soldado afirmaba por medio de un ángel que habría que vencer a un enemigo mayor que el césar. De momento tenían que dar al césar las cosas que fuesen del césar, ya que la misión de Él era librarlos de una tiranía mucho más grande, la del pecado. Durante toda su vida, el pueblo continuaría materializando el concepto de salvación, creyendo que la liberación había de interpretarse solamente en términos de política. El nombre de «Jesús», o «Salvador», no le fue dado después de haber obrado la salvación, sino en el preciso instante en que fue concebido en las entrañas de su madre. El fundamento de su salvación se hallaba en la eternidad, y no en el tiempo.

SI MI OSCURIDAD ES LUZ PARA ALGÚN ALMA, SOY PERFECTAMENTE FELIZ

De los Escritos de santa Teresa de Calcuta, virgen
(Carta enviada al P. José Neuner alrededor del año de 1960: B. Kolodiejchuk, Mother Teresa. Come be my light, p. 209-212)

En Loreto, padre, yo era muy feliz—pienso, la más feliz de las hermanas. Después vino el llamado, nuestro Señor me lo pidió directamente; la voz era clara y llena de convicción. Una y otra vez me lo pidió en 1946. Sabía que era él. Había temor y terribles sentimientos en mí, por miedo a ser engañada. Pero como siempre había vivido en obediencia, decidí comunicarle todo a mi padre espiritual. Esperaba, todo ese tiempo, que él diría que todo era engaño del diablo, pero no fue así. Como en aquella voz, él también dijo: “el mismo Jesús te lo está pidiendo”. Y luego usted sabe cómo sucedió el resto. Mis superioras me mandaron a la ciudad de Asansol en 1947, y allí, fue como si nuestro Señor se entregara a mí, por completo. La dulzura, la consolación y el estado de unión de esos seis meses pasaron demasiado pronto. Y luego, el trabajo comenzó en diciembre de 1948.

Le cuento, padre, que ya desde 1949 o 1950, hay en mí una terrible sensación de pérdida; esta indecible oscuridad, esta soledad, este continuo anhelo por Dios, lo cual causa ese dolor profundo en mi corazón. La obscuridad es tal, que realmente no puedo ver ni con mi mente ni con mi razón. El lugar de Dios en mi alma está vacío. Dios no está en mí. Cuando el dolor del anhelo es tan grande, solo anhelo y añoro a Dios; y es entonces cuando siento: él no me quiere, él no está aquí. Cielo, almas… son solo palabras que significan nada para mí. Mi propia vida parece tan contradictoria. Yo le ayudo a las almas—¿a ir adonde? ¿Por qué todo esto? ¿Dónde está el alma dentro de mi propio ser? Dios no quiere nada de mí. A veces sólo escucho mi propio corazón gritar: “Dios mío” y nada más. El tormento y el dolor no los puedo explicar. Desde mi infancia, he tenido el amor más tierno por Jesús en el Santísimo Sacramento, pero esto también se ha ido. No siento nada frente a Jesús, y aun así no perdería la santa Comunión por nada.

Vea, padre, la contradicción en mi vida. Anhelo a Dios, quiero amarlo, amarlo muchísimo, vivir únicamente por amor a él, solamente amar—y sin embargo, no hay más que dolor, hay anhelo pero no hay amor. Años atrás, hace como diecisiete años, quería darle algo muy hermoso a Dios. Me comprometí, bajo pena de pecado mortal, a no negarle nada. Desde entonces he guardado esta promesa, y cuando a veces la oscuridad es muy oscura, y estoy a punto de decirle “no” a Dios, el pensamiento de esa promesa me saca a flote.

Sólo quiero a Dios en mi vida. “El trabajo” es verdadera y exclusivamente suyo. Él me lo pidió. Él me dijo qué hacer; él guió cada paso. Él dirige cada movimiento que hago: pone palabras en mi boca, me hace enseñarles a las hermanas el camino. Todo eso y todo en mí, es él. Por eso, cuando el mundo me elogia, esos elogios no tocan ni siquiera la superficie de mi alma. En cuanto al trabajo, estoy convencida que todo es él.

Antes, podía pasar horas frente a nuestro Señor –amándolo, hablándole– y ahora ni siquiera la meditación me sale bien, nada, sólo “Dios mío”. Hasta eso a veces no me sale. Sin embargo, en alguna parte de lo más profundo de mi corazón, ese anhelo por Dios sigue abriéndose camino en la oscuridad. Cuando estoy afuera trabajando o reuniéndome con gente hay una presencia de alguien viviendo muy cerca, dentro de mí. No sé qué sea esto, pero a menudo, incluso a diario, ese amor en mí por Dios crece y es más real. Me encuentro diciéndole a Jesús inconscientemente las palabras de amor más insólitas.

Le he abierto mi corazón a usted, padre. Enséñeme a amar a Dios. Enséñeme a amarlo mucho. No soy estudiada; no sé mucho sobre las cosas de Dios. Yo quiero amar a Dios como lo que él es para mí, “mi Padre”.

Mi corazón y mi alma y mi cuerpo le pertenecen solo a Dios—a quien él ha rechazado como si no la deseara, a la hija de su amor. Y por esto, padre, he hecho en este retiro una resolución: estar a la disposición de Dios; que haga de mí lo que quiera, como quiera, todo el tiempo que él quiera. Si mi oscuridad es luz para algún alma –aunque no sea nada para nadie– soy perfectamente feliz siendo flor del campo de Dios.

POR AMOR A CRISTO, CUANDO HABLO DE ÉL, NI A MÍ MISMO ME PERDONO

De las homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro del profeta Ezequiel
(Libro 1,11, 4-6: CCL 142,170-172)

Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia. Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión. Me confieso culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del Juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero, desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos. Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular; otras veces tengo que ocuparme de asuntos de orden civil, otras, de lamentarme de los estragos causados por las tropas de los bárbaros y de temer por causa de los lobos que acechan al rebaño que me ha sido confiado. Otras veces debo preocuparme de que no falte la ayuda necesaria a los que viven sometidos a una disciplina regular, a veces tengo que soportar con paciencia a algunos que usan de la violencia, otras, en atención a la misma caridad que les debo, he de salirles al encuentro. Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? Además, muchas veces, obligado por las circunstancias, tengo que tratar con las personas del mundo, lo que hace que alguna vez se relaje la disciplina impuesta a mi lengua. Porque, si mantengo en esta materia una disciplina rigurosa, sé que ello me aparta de los más débiles, y así nunca podré atraerlos adonde yo quiero. Y esto hace que, con frecuencia, escuche pacientemente sus palabras, aunque sean ociosas. Pero, como yo también soy débil, poco a poco me voy sintiendo atraído por aquellas palabras ociosas, y empiezo a hablar con gusto de aquello que había empezado a escuchar con paciencia, y resulta que me encuentro a gusto postrado allí mismo donde antes sentía repugnancia de caer.
¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad? Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono.

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado