Sal de la tierra y luz del mundo

El valor del buen ejemplo

(Homilía)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». (Mt 5, 13-16)

Cuando un alma se va alejando de Dios, por más que no lo haga completamente cometiendo un pecado mortal, poco a poco ella misma se va privando de innumerables beneficios que tendría si estuviera más cerca de Él, como le pasa a la persona que tiene frío y se aleja del fuego… obviamente que dejará de recibir el calor que necesita para no congelarse. Y aquí entramos en el tema que nos presenta la liturgia de este Domingo en el Evangelio que acabamos de escuchar: el cristiano, el católico, debe convertirse en “sal de la tierra y luz del mundo”, para poder cooperar con su vida en bien de los que aman a Dios.

Así como podemos contribuir al plan de salvación de Dios mediante nuestras oraciones y sacrificios, no debemos olvidar nunca que existe algo más, de un valor tan grande y tan poderoso que siempre, sea como sea, produce frutos y nos referimos aquí al valor incalculable que tiene “nuestro buen ejemplo ante los demás”.

Tal vez más de alguna vez habremos oído aquello de “los pensamientos vuelan, las palabras permanecen, pero “los ejemplos arrastran”, y de una manera más hermosa y evangélica: “vosotros sois sal de la tierra y luz del mundo”; es como si Jesucristo nos dijera “ustedes han de ser ejemplo mío para los demás” … ¿de qué manera?, podríamos decir: como sazonando e iluminando a los demás con el buen ejemplo.

A lo largo de la historia de la Iglesia podemos leer en la vida de los santos cuánta importancia tiene los ejemplos de virtud, cuantas almas se han salvado gracias al buen obrar de otro, a veces sin palabras. A veces sin siquiera enterarnos estamos sembrando semillas que después brotarán para la gloria de Dios y salvación de las almas.

Por el buen ejemplo de los cristianos que ayudaban a todos sin distinción se convirtió a la fe un joven llamado Pacomio que sería después padre de monjes, y fundador de monasterios con alrededor de 400 monjes cada uno; por el buen ejemplo de una madre que prefirió morir antes abortar a su hijo se han salvado muchísimas vidas de niños indefensos y también  muchas almas de mujeres que comprendieron la importancia de no cometer semejante pecado y eligieron lo correcto: ser madres. Esa mujer se llama ahora santa Gianna Beretta Molla…

 Podríamos citar muchísimos ejemplos, cada uno mejor que el otro, pero debemos decir simplemente que nuestro mayor ejemplo y al que ningún otro se le puede comparar es el de Jesucristo, el Dios que por amor a los hombres bajó del cielo, por amor a los hombres murió en una cruz, y por amor a los hombres los resucitará en el día final si aceptamos vivir según su ejemplo: Para regalarnos el Cielo, Dios nos pone solamente una condición: que no le pongamos condiciones..

Ahora sí, podemos retomar el con mayor claridad el relato del Evangelio. Jesús nos llama a todos a ser sal de la tierra y luz del mundo. Para comprender mejor este llamado hay que considerar que aquí Jesús está haciendo una analogía que se debe entender a la luz de las propiedades de estos elementos y aplicarlos así en nuestra vida espiritual.

Sal de la tierra

¿Qué significa ser sal de la tierra? La respuesta no es difícil, basta con decir que la sal es capaz de conservar, de impregnar y adentrarse en las cosas que toca y finalmente de darles otro sabor, pero un sabor mejor, de condimentarlas.

El católico se vuelve sal de la tierra cuando se ha dejado impregnar de tal manera del Evangelio que los demás lo notan, eso no se puede ocultar porque las virtudes siempre se manifiestan a los demás, pues tienen una especie de brillo especial capaz de ser percibido hasta por los malos (para quienes se vuelve un reproche en la conciencia). No nos tiene que pasar lo mismo que a los peces del mar, a los cuales san Alberto Hurtado compara las almas de los creyentes que viven rodeados de las aguas del Evangelio pero “jamás se salan con ella”: el pez vive toda su vida en el mar y, sin embargo, cuando se lo pesca y se lo cocina para comer hay que ponerle sal porque no es de carne salada.

Nosotros debemos ser todo lo contrario: almas que se dejen “salar” por el Evangelio, que se dejen impregnar de la sagrada revelación, de la vida de gracia, de la práctica de las virtudes… quien se deja salar por Jesucristo, es el que practica la caridad con los demás (amigos o enemigos), es el que sabe perdonar, el que habla bien de los demás y no murmura a sus espaldas, el que no miente por quedar bien con otros sino que prefiere la gloria de Dios antes que la de los hombres; el que no tiene miedo de defender su fe, el que sabe cargar su cruz con alegría… en definitiva, el que hace carne en su vida el mensaje de Cristo y es fiel al Espíritu Santo que nos reveló todas estas cosas.

La vida de pecado hace que el alma se vuelva impermeable a la gracia de Dios, pero la vida de los sacramentos y la práctica de las virtudes, nos ayuda a que nos dejemos “condimentar” por su gracia.

No debemos olvidar nunca que nosotros tenemos una gran ventaja: si la sal pierde su sabor no se la puede volver a salar… pero el amor de Dios nos ha ofrecido una manera de acrecentar, de intensificar o de recuperar ese sabor si por desgracia lo hubiésemos perdido: Dios nos quiso dejar el sacramento de la confesión para que no perdiéramos el sabor de nuestra sal… así como nos dejó la Eucaristía para iluminar en nuestras almas la imagen de su Hijo amado.

Luz del mundo

 Escribía san Alberto Hurtado: Cada uno de nosotros, por ser cristiano, está llamado a ser apóstol, o mejor dicho: somos apóstoles por vocación… Pero ser apóstoles no significa llevar una insignia; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transubstanciarse –si se puede hablar así– en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, o poseer la luz, sino ser la luz… debemos ser delegados de la luz –enviados- en estos tiempos de oscuridad, en estos tiempos en que la fe de muchos se está apagando, nosotros debemos: “Iluminar como Cristo que es la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo”[1] (cf. Jn 1,9).

El Evangelio no es tanto la doctrina de Cristo como la manifestación de la doctrina de Cristo; más que una lección es un ejemplo porque Jesucristo mismo vino al mundo… dejándoos un modelo para que sigáis sus huellas (1Pe_2:21).

Ser luz del mundo es llevar a los demás el mensaje del evangelio convertido en vida viviente.

 Ser apóstol significa vivir nuestro bautismo, vivir la vida divina, transformados en Cristo,… ser continuadores de su obra, irradiar en nuestra vida la vida de Cristo.

  Esta idea la expresaba un joven con esta hermosa plegaria: “Que al verme, oh Jesús, os reconozcan”.

 …es como decir: Señor Jesús, que me parezca a ti… y ya está; porque si buscamos la semejanza con Cristo en la práctica de las virtudes, entonces nos iremos convirtiendo poco a poco en sal de la tierra y luz del mundo.

¿Qué es la virtud?: recordemos que la virtud es aquella acción que hace buena una obra al mismo tiempo que hace bueno a quien la realiza. Tenemos dos condiciones entonces para el acto virtuoso: que la obra sea buena y que haga bueno a quien la realiza. Es por eso que no es virtud si doy una limosna para ser alabado de los demás, o si soy amable sólo por buscar algún beneficio, pero si soy caritativo, amable, generoso, atento, etc., con todos por amor de Cristo, por amor de Dios, de María, del cielo, etc., entonces esa obra sí es completamente buena, en sí misma, y también en nosotros porque nos hace mejores, nos hace más semejantes a Cristo.

Para terminar simplemente hay que notar un pequeño gran detalle: que Cristo llama a sus discípulos “luz del mundo”, y esto es sumamente interesante ya que unos versículos más adelante se va a llamar a sí mismo luz del mundo: “yo soy la luz del mundo, y todo el que viene a mí no permanece en tinieblas” ¿qué significa esto?, pues significa que la luz es lo que más nos hará parecidos a Jesús. Él es la luz del mundo… pero nos invita a ser también nosotros luz del mundo.

Ser sal de la tierra y luz del mundo significa cooperar con Cristo, cooperar con la redención, iluminando sobre las tinieblas y salando a los demás con las virtudes para ir quitando el “sabor del pecado”.

Para ser sal de la tierra y luz del mundo no hace falta hacer grandes milagros o cosas extraordinarias, basta con comenzar haciendo grandemente las cosas pequeñas: desde pelar una papa hasta dar la vida por Cristo, todo hay que hacerlo por amor a Dios… eso es lo que sazona e ilumina nuestras vidas y las de los demás.

Que María santísima, la Madre Virgen que nos ilumina silenciosa, nos conceda la gracia de jamás perder el brillo que se nos dio en nuestro bautismo y de que jamás nos privemos de degustar los beneficios que nos trajo Jesucristo con la vida de la gracia.

P. Jason Jorquera Meneses.

[1] Claudel, carta.

“Peregrinación a pie hasta Nazaret y misioneros de la caridad en Séforis”

Breves del Monasterio de la Sagrada Familia
Queridos amigos:
Como podemos constatar en tantos pasajes de los evangelios, a menudo nuestro Señor Jesucristo recorre los distintos lugares repartiendo abundantemente sus gracias: curaciones, consuelos, liberaciones, aumento de fe, milagros, etc.; resaltando, además, en no pocas ocasiones la importancia y dependencia directa de nuestra fe respecto a los beneficios o gracias que le pedimos, ya que es la fe en Él la que nos capacita de alguna manera para “arrebatarle” dichas gracias de sus manos bondadosas. Pero como también podemos constatar, no es extraño que nuestro Señor nos pida algo a cambio (lo cual tantas veces es el mismo acto de fe), no porque no pueda concedernos dichas gracias si es que éstas serán de beneficio para nuestras almas, sino que pareciera querer constatar la sinceridad de nuestra fe, a la vez que darnos la oportunidad de hacerla más meritoria todavía mediante las obras que movidas por ella podemos realizar y ofrecer, es decir, no es un “pasando y pasando, yo te doy y tú me das”, como hacemos a veces nosotros, sino una especie de “Señor, porque confío en ti y tengo fe, te ofrezco esto para agradecerte y alcanzar de ti tal gracia”, es decir, un acto de amor, devoción, confianza y gratitud anticipado (y luego prolongado), por las gracias que deseamos que Dios nos conceda. Pues bien, este es exactamente el sentido, por ejemplo, de tantos buenos y santos ofrecimientos que tan altas y hermosas gracias nos pueden alcanzar. ¿Cuántas madres han ofrecido fe y lágrimas por la conversión de sus hijos?, ¿cuántos enfermos han ofrecido fe y dolores pidiendo su salud espiritual y la de sus seres queridos?; ¿cuántas personas han ofrecido fe y limosnas para poder dejar atrás un vicio?; y más cercano y cotidiano aún, ¿cuántas veces ofrecemos con fe nuestras oraciones por ayuda en nuestras necesidades y las de nuestros seres queridos?… ciertamente muchas.
Siguiendo esta misma consideración es que deseamos compartirles lo que fue la gracia de poder ofrecer algo especial a nuestro Dios, en acción de gracias por todos los beneficios recibidos, y también pidiéndole de manera especial por las necesidades de nuestro monasterio y de nuestra Provincia de Medio Oriente, y nos referimos a la peregrinación que pudimos realizar a Nazaret caminando, de ida y vuelta, llevando además las oraciones de quienes rezan por nosotros para poder ofrecerlas ante la gruta de la Anunciación del ángel a María santísima y la Encarnación del Hijo de Dios por su amor y nuestra redención.
Comenzamos con la santa Misa en nuestra capilla, y luego de la acción de gracias y un desayuno frugal, salimos hacia nuestra meta habiendo rezado por las intenciones de dicho viaje y cobrando fuerzas desde el principio con el rezo del santo Rosario.
Luego de casi dos horas y 11 kilómetros de por medio, pasamos por “la fontana de María” y llegamos finalmente a la basílica, donde pudimos ofrecer delante de la gruta nuestro viaje y oraciones. Allí nos quedamos rezando en silencio, una media hora hasta que los grupos grandes de peregrinos comenzaron a llegar para rezar también en el santo lugar. Luego de dar gracias a Dios y a la Sagrada Familia, comenzamos el regreso, cansados pero felices de haber podido renovar esta peregrinación que hace casi un año atrás también pudimos realizar. Dos horas después contemplábamos la torre de la basílica del monasterio desde afuera, atravesando sus muros silenciosos para descansar un poco y seguir con nuestra vida normal, pero eso sí, muy agradecidos y confiados en la Divina Providencia.
Esperamos que siempre sean más y más las peregrinaciones, aunque no fuesen tan largas (cada uno según sus posibilidades), ya sea a los santuarios marianos, de los santos, dedicados al Sagrado Corazón, etc., donde las almas devotas puedan llevar y ofrecer a Dios sus esfuerzos y oraciones en favor de sus necesidades e intenciones, como manifestación y robustecimiento de la fe, la misma que mueve, la misma que confía, la misma que se debe traducir en obras para ser sincera.
Aprovechamos para mencionar otra visita de los misioneros de la caridad, acompañados por el actual superior, el P. George, quienes tienen su convento justo frente a la basílica de Nazaret con adoración continua. Se encontraban peregrinando con un hermano que partía para Italia y deseaba conocer el monasterio. Pudimos compartir con ellos la Adoración eucarística y posteriormente el tradicional café árabe que no puede faltar cuando hay visitas. Finalmente cosecharon ellos mismos algunas aceitunas del monasterio para preparar, y nos despedimos con el habitual trato fraterno que tenemos desde que nos conocemos, hace ya varios años.
Damos gracias a la Sagrada Familia, como siempre, y encomendamos a sus oraciones a nuestro monasterio y también, de manera muy especial, a los enfermos por los cuales nos piden oraciones. Desde ya muchas gracias.
Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

“La presentación del Señor” (2 de febrero)

“Día del religioso”

(Homilía dedicada especialmente a los consagrados)

La liturgia de hoy conmemora la presentación de Jesucristo, nuestro Señor, en el templo. Esta celebración litúrgica ya la encontramos testimoniada en el siglo IV y por lo tanto debemos decir que debido a su antigüedad es de suma importancia para nosotros; de hecho, lo conmemoramos también cuando rezamos los misterios de gozo en el santo rosario.

Jesucristo, la consagración perfecta

Es bueno recordar que en tiempos de Jesús los niños varones primogénitos debían ser presentados en el templo a los cuarenta días desde su nacimiento, para ser ofrecidos a Dios y para que la madre quedara purificada. Ciertamente que ni Jesús ni la Virgen santísima estaban obligados a este rito por ser Jesús el Hijo de Dios y porque María santísima no tiene pecado, razón por la cual este rito constituye en ellos un verdadero ejemplo de humildad o, como dice el santoral, “coronación de la meditación anual sobre el gran misterio navideño”, es decir, coronación de la humildad del pesebre.

Pero no es ésta la única enseñanza de esta celebración litúrgica, sino que hay otra verdad más profunda y que depende directamente del hecho mismo de ser presentado “en el templo”, es decir, en el lugar sagrado donde Dios habitaba como su morada; y esta verdad es que: “la ofrenda de Jesús al Padre, en el Templo de Jerusalén, es un preludio de su ofrenda sacrificial sobre la cruz”. Esto significa que la presentación en el templo es a la vez figura y anticipo de la entrega total que haría Jesucristo de sí mismo por nosotros entregándose en la cruz.

Y notemos cuánto se parece esta ofrenda al sacrificio de la cruz:

– Aquí Jesús derramará la sangre de la circuncisión; y en la cruz entregará también su sangre, aunque allí será toda.

– Aquí es presentado por su Madre y san José; y en la cruz también será su Madre quien lo ofrezca con el corazón traspasado de dolor.

– Aquí su divinidad está escondida y su grandeza sólo se manifiesta a unos pocos; y en la cruz también serán muy pocos quienes lo reconozcan como el Mesías.

– Aquí es presentado en la casa del Padre; en la cruz será Él mismo quien se presente entregándole su espíritu, entrando así con todo su poder en la casa eterna del Padre.

La presentación de Jesús en el templo, nos debe ayudar a considerar que el Hijo de Dios se hizo ofrenda agradable al Padre “por nosotros” y para salvarnos de las consecuencias del pecado; y para darnos a la vez ejemplo de que debemos también nos debemos presentar delante de Dios como Él lo hizo: con la sencillez de un niño que busca a su padre, y haciéndonos cada vez más dignos de la presencia de Dios por medio de la gracia y las virtudes, especialmente la humildad, recordando siempre que “No soy nada más que lo que valgo delante de Dios”; y por lo tanto, debemos estar siempre con el corazón preparado para cuando Dios nos llame a presentarnos delante de Él.

El religioso, a imitación de Cristo

Escribía san Juan Pablo II: La identidad y autenticidad de la vida religiosa “se caracteriza por el seguimiento de Cristo y la consagración a El” mediante la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Con ellos se expresa la total dedicación al Señor y la identificación con El en su entrega al Padre y a los hermanos. El seguimiento de Cristo mediante la vida consagrada supone “una particular docilidad a la acción del Espíritu Santo”, sin la cual la fidelidad a la propia vocación quedaría vacía de contenido.

Jesucristo, crucificado y resucitado, Señor de la vida y de la historia, tiene que ser el “ideal vivo y perenne de todos los consagrados.” De su palabra se vive, en su compañía se camina, de su presencia interior se goza, de su misión salvífica se participa. Su persona y su misterio son el anuncio y el testimonio esencial de vuestro apostolado. No pueden existir soledades cuando el llena el corazón y la vida. No deben existir dudas acerca de la propia identidad y misión cuando se anuncia, se comunica y se encarna su misterio y su presencia entre los hombres.

Al igual que Jesucristo, el religioso se ha consagrado al servicio de Dios de manera exclusiva, imitándolo en aquello que se ha convertido en el distintivo propio del religioso: los sagrados votos, mediante los cuales imitará por el resto de su vida a quien por Él entregó la suya en una búsqueda ininterrumpida de la gloria de Dios.

Toda la vida del religioso ha de ser una afectiva y efectiva prolongación del ofrecimiento total que hoy conmemoramos, a imitación de Jesucristo; con sincera humildad ante el don recibido que es esta especial consagración; buscando en todo el Reino de los cielos y gozando desde ya lo que este estilo de vida le anticipa, como bien entendieron los santos: “Si llegaran a entender los hombres la paz de la que gozan los buenos religiosos, el mundo se trocaría en un vasto monasterio”(santa Escolástica); y a la vez pidiendo cada día la perseverancia y santificación que no se logra sin esfuerzo, sin sudor, sin trabajo, en definitiva sin la cruz; y, por supuesto, sin la fidelidad a los sagrados votos de pobreza, castidad y obediencia, señal de la consagración total, ya que “El religioso inobservante camina hacia la perdición decididamente”(san Basilio); en cambio, quien hace de Dios su prioridad exclusiva en todo y desde allí al prójimo, ése es el imitador fiel y discípulo verdadero del Señor.

Que María santísima nos alcance la gracia de convertirnos también nosotros, mediante la docilidad a la gracia, en una ofrenda agradable al Padre y digna de presentarse delante de Él cuando así lo disponga.

P. Jason Jorquera M.

Bienvenido a casa (2ª parte)

Los lazos espirituales

Por gracia de Dios ha llegado el momento en que puedo decir que, literalmente, la mitad de mi vida he sido religioso; y sinceramente estos 18 años de consagración han pasado volando (desde el noviciado hasta ahora), así como las experiencias, buenos consejos, buenos amigos, y gracias tras gracias y bendiciones que siempre saben estar presente y abrirse paso a través de las necesarias cruces -¡benditas cruces!-, en que ha de ser clavada la vida religiosa para poder -y sólo así-, dar frutos, pese a nuestras limitaciones, pese a nuestros defectos… bendito sea Dios para quien todas nuestras debilidades y miserias no le son impedimento si, confiados en sus manos paternales, “lo dejamos obrar”. Tenemos toda la vida para madurar, para crecer, para dejarnos moldear; pero como no sabemos cuándo llegará el momento de presentarnos ante nuestro Redentor, aquel mismo que por sus secretas razones nos ha elegido, es que debemos dedicarnos a trabajar y seguir arando lo mejor posible sin mirar jamás atrás: ¡que la Virgen nos alcance esta gracia!

A la luz de esta consideración fue que pude degustar de una manera muy especial el viaje para visitar a mi familia, donde no tan sólo constaté la intacta firmeza de los lazos de la carne con mi familia natural, la que Dios me regaló; sino también la de aquellos lazos espirituales que Dios mismo también se encarga de forjar y prolongar por el mundo entero a través de las misiones, y más y más en la medida en que éstas se sigan extendiendo, y me refiero a los lazos irrenunciables que se establecen entre todos nosotros, los religiosos de la familia del Verbo Encarnado, familia espiritual, familia sobrenatural, familia también elegida por Dios para nosotros…

“Bienvenido a casa”, me dijeron al recibirme en el noviciado de Chile, y también en “La Finca”, nuestro amado seminario y casa de formación durante nuestros primeros años, verdadero hogar en el que de golpe nos encontramos rodeados de un montón de nuevos hermanos (aunque esto ya desde el noviciado), unidos todos bajo el mismo ideal, Jesucristo; y bajo el mismo sendero hacia la santidad que debemos recorrer y aprovechar en miras a alcanzar esa meta con esfuerzo: el carisma, nuestro carisma…, “bienvenido a casa”, mismo saludo que me abrió las puertas en las demás casas religiosas por las que pasé: otros noviciados, otro seminario, conventos y monasterios tanto de los religiosos como de las religiosas, etc.; porque era mi familia, la de los lazos espirituales, familia unida también por las oraciones con las cuales nos ayudamos mutuamente y a las cuales constantemente nos encomendamos. “Padre, jamás había visto un monje de los nuestros”, me dijeron en algún lugar recibiéndome como a uno más de allí; “padre, ¿cómo está Séforis?”, me preguntaron en más de una oportunidad, personas que no conocía personalmente pero que nos acompañan con sus oraciones a la distancia y por las noticias y escritos que publicamos; “¿nos podría contar algo sobre su misión?, nos encanta recibir a los misioneros”, otra frase común que acompañó el itinerario. Y, si bien todo fue grandioso, cada lugar, cada charla de presentación, cada  santa Misa que allí podía celebrar, cada vez que fui a confesar, atender algunas consultas, etc., me gustaría hacer una mención especial de lo que fue “estar del otro lado de la mesa” después de haber podido visitar con indecible emoción el seminario donde fuimos preparando nuestras respectivas misiones con todo lo recibido de parte de Dios por medio de nuestros formadores y compañeros, verdaderos hermanos -reitero-, para continuar con esta base lo que se llama nuestra “formación permanente”, porque somos imperfectos y no hay que conformarse en la misión: hay que seguir rezando y cada vez más, seguir estudiando y aprendiendo para poder entregar más. Digo “del otro lado de la mesa”, porque tengo muy claro el recuerdo de cuando llegaba a visitar la Finca algún misionero y nosotros como seminaristas apenas nos enterábamos preguntábamos en qué misión estaba, cómo era estar en esas tierras, y el idioma y la cultura, etc.; y esperábamos sus “buenas noches” después del rezo de vísperas o alguna charla donde nos contara acerca de su misión, y si traía fotos ya se armaba la presentación normalmente después de la cena. Y entre lo que más claramente recuerdo, es cuando aparecía el misionero en el comedor para desayunar, donde “a los pocos segundos de sentarse a la mesa”, se veía rodeado del correspondiente grupo de seminaristas que comenzaba el curioso e infaltable interrogatorio acerca de dicha misión, con las típicas preguntas que todos nos hacíamos y que tanto nos entusiasmaban para discernir a dónde podríamos ofrecernos después a misionar, moviéndonos a disponernos desde ya para el futuro que Dios nos tuviera preparados.

El misionero sentado, sin poder terminar su desayuno hasta que tocara la campana para ir a las clases de los entusiastas seminaristas, es uno de mis mejores recuerdos luego de las Misas solemnes, las actividades comunitarias y hasta las mismas clases. Pero esta vez me tocó estar del otro lado de la mesa, como misionero, y cuando me senté y “de golpe me rodearon las negras vestimentas”, en vez de asustarme me sonreí, jajaja, al darme cuenta de que hace algunos años éramos nosotros los de las sotanas y las preguntas; esta vez era yo quien tenía algo para compartir: la gracia de contarles sobre Séforis y repetir tal vez los mismos consejos (caridad fraterna, generosidad, espíritu de renuncia, amor a la cruz, fidelidad, rezar sin cansarse para pedir la perseverancia, etc.), más lo que les pudiera servir de la experiencia personal. Qué dicha enorme la ver a estos jóvenes con ese fervor que ha de encender cada vez más el corazón del misionero conforme pasa el tiempo, templado por la madurez y la reflexión, pero especialmente por aquella íntima unión con Dios que debemos procurar como lo más importante en nuestras vidas.

Finalmente quisiera mencionar la gracia que fue -¡otra más!-, poder hacer una escala en Brasil para reencontrarme con algunos de mis compañeros de noviciado y ordenación sacerdotal, además de conocer varias de las casas que tenemos en ese país. Es cierto que sabemos desde el principio que tal vez sea difícil volver a encontrarnos con nuestros compañeros de curso, es decir, con aquellos con quienes comenzamos a caminar la senda de la consagración y con quienes tanto compartimos; fue por eso que aquel “bienvenido a casa” que me brindaron fue del todo especial, ya que no importaba que fuera otro lugar lejano de misión, ni que estuviera solamente de paso, pues era también mi familia religiosa la que me recibía. Y además de compartir especialmente con mis amigos y familia religiosa, me tocó estar nuevamente y varias veces del otro lado de la mesa.

Agradezco a la Sagrada Familia y a las oraciones de todos ustedes por esta hermosa oportunidad, a las familias que me ayudaron durante este viaje, familiares y amigos de nuestros religiosos; y les pido especiales oraciones por nuestros misioneros en todo el mundo, por los cuales los monjes rezamos de manera especial: los que están en las tierras más difíciles de misión, los que más sufren, los que más se sacrifican y se entregan con gran generosidad al servicio de Dios y de las almas, los que se desgastan por hacer el bien, etc.; y todo esto sobrellevado con aquella misteriosa y siempre fecunda alegría de la cruz, que sólo puede comprenderse a la luz de la fe, la esperanza y el sincero amor a Dios: “la mies es mucha, mas los obreros pocos. “Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Jesucristo)

Con mi bendición, en Cristo y María:

P. Jason Jorquera Meneses.

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Brasil, seminario mayor.
Con algunos de mis compañeros de curso del seminario, sacerdotes en Brasil.
Bachillerato humanista Alfredo Bufano, san Rafael
Monasterio san Miguel Arcángel, Brasil
Noviciado Marcelo Javier Morsella, Chile
Familia Fredes, familiares de dos religiosos, quienes me recibieron en Mendoza camino a san Rafael

San Rafael
“La Finca”, Seminario Mayor “María Madre del Verbo Encarnado”, san Rafael
Noviciado Brasil
Con Maira y Nancy, nazarenas que me recibieron y ayudaron durante la escala en Bogotá

El orgullo y la humildad

“Yo detesto la soberbia, el orgullo, la mala conducta y la boca perversa” Proverbios 8, 13
P. Gonzalo Arboleda
Cuando hay un peligro grande en el camino, sería propio de un buen amigo advertírnoslo con insistencia, no sea que caigamos en él y no lleguemos a nuestra meta final. Pues bien, hay un grave peligro en nuestro camino al cielo; y Nuestro Señor, como buen amigo, nos advierte sobre él con gran frecuencia, especialmente en las Sagradas Escrituras. Este peligro es el vicio del orgullo.
El orgullo es un vicio espiritual. ¿Qué es lo que busca y desea? Su propio honor. El orgullo es el vicio que nos impulsa a desear y buscar constantemente nuestro propio honor. En cada situación, el hombre orgulloso busca ser visto por todos como una persona excelente, talentosa, envidiable. No soporta el menor agravio; al momento que siente su honor herido o menospreciado, salta el orgullo como un abogado furioso, acusando al otro de ofensa e injuria.
La Escritura nos enseña cuán desagradable a Dios sea el orgullo. Dice la Sabiduría Eterna en el libro de los Proverbios, 8, 13: “Yo detesto la soberbia, el orgullo, la mala conducta y la boca perversa”. San Pedro también nos enseña en su primera carta, 5, 5, “Dios resiste a los soberbios, y a los humildes da su gracia”. El mismo Señor Jesús nos inculca la fealdad del orgullo ante Dios con su parábola acerca de los dos hombres que fueron al Templo a rezar, un fariseo y un cobrador de impuestos (Lc 18). El fariseo, por muchas que fueran sus buenas obras, no es justificado en su oración – su oración es rechazada. Y, ¿por qué? Por su orgullo: porque consideraba que todo lo bueno que tenía era gracias a sus propios méritos, y no a la gracia de Dios. El soberbio es detestable a Dios porque en fin de cuentas, es mentiroso, ladrón, e idólatra: miente, pues sostiene que su bondad es por su solo esfuerzo y no por la gracia de Dios; roba, pues le quita a Dios la gloria que le pertenece, atribuyéndola a sí mismo; y comete idolatría, porque en su gran soberbia se termina convirtiendo en su propio Dios.
Todo hombre que se entregue al orgullo terminará por caer en infinidad de pecados. Hay que saber que el orgullo es como una fuente de donde brota la iniquidad; una mala raíz de donde crece un árbol podrido que no da sino frutos malos. La razón es porque el orgullo lleva al hombre a pensar que no es necesario someterse a la ley de Dios; el orgullo lleva al hombre a pensar que él puede hacer su propia ley, y ser su propio maestro. Entonces, si no tiene temor de Dios, si no cree en la obligación de someterse a Dios, cometerá toda clase de pecados. Por eso dice el libro de los Proverbios 16, 18: “Antes de la catástrofe está el orgullo, y antes de la caída, el espíritu altanero”. Como si dijera que antes de que un hombre caiga en la catástrofe y desgracia de pecar gravemente contra Dios, ya había dado pie a que el orgullo creciera en su corazón, y fue ese mismo orgullo lo que eventualmente lo llevó a la ruina espiritual.
El orgullo no solamente es causa de destrucción para el individuo, sino para toda la sociedad humana. No hay nada más peligroso para una civilización que el orgullo colectivo de las masas que obra como la levadura, haciendo que las masas se levanten contra la justa autoridad. Esta soberbia lleva a todo desorden civil, y termina en revoluciones que no traen más que violencia, injusticia, y mayor desigualdad que antes. ¿No fue este el caso de la reforma protestante, cuando el orgullo de un fraile contra la autoridad eclesiástica terminó por desestabilizar todo un país, engendrar guerras sangrientas y privar a tantas gentes de la auténtica fe católica de los apóstoles? ¿Acaso no se dio así en el movimiento feminista, que buscando dar a la mujer más lugar en el cuerpo laboral, terminó por quitándole su gran dignidad de madre? Yo no estoy en contra de que una mujer estudie y trabaje, pero sí me opongo a que la mujer sienta que es necesario tener una carrera para desarrollarse como persona y para ser útil a la sociedad, hasta menospreciar el altísimo y potentísimo oficio de madre, oficio sagrado, oficio mil veces más importante que cualquier otro trabajo que pueda tener en el mundo; porque es dar la vida y formar la mente y plantar en las almas las semillas de la fe, que brotarán en el fruto de la vida eterna. Vemos entonces que el orgullo ha sido el origen de toda subversión en la historia, y fuente de la rebelión, la anarquía y el totalitarismo.
Alzándose con esplendor contra la altanería del orgullo, en el lado opuesto, tenemos la hermosa e inestimable virtud de la humildad. Es una defensa segura, un arma potente, un fuerte baluarte contra las acechanzas del orgullo. Por eso es tan recomendada por Nuestro Señor Jesucristo. Es esto lo que significan aquellas luminosas palabras de la primera bienaventuranza. “Bienaventurados los pobres de espíritu” quiere decir, en primer lugar, bienaventurados los humildes. Así lo explica San Agustín diciendo: “Quizá quieras saber de mí qué significa ser pobre de espíritu. Nadie que se infla es pobre de espíritu; luego el humilde es el pobre de espíritu. El reino de los cielos está arriba, pero quien se humilla será ensalzado [hasta él]” (Sermón 53).
La humildad es enormemente agradable a Dios. “Dios da su gracia a los humildes”, declaran tanto San Pedro (1 Pe 5,5) como Santiago (4, 6) en sus cartas. Esta virtud es hermosa a los ojos de Dios porque primero que todo, lo glorifica. Pues el hombre humilde reconoce, no solo con su boca, sino desde lo más hondo de su corazón, que todo lo que tiene se lo debe a Dios, y que solo a él pertenece toda la gloria. El hombre humilde, cuando recibe un alago o alabanza, no se lo apropia, sino que lo entrega a Dios como la Santísima Virgen que, al ser alabada por Santa Isabel, anuncia que es Dios el que debe ser magnificado, diciendo “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, y no la mía propia (Lc 1). El hombre humilde, cuando recibe alguna afrenta o desprecio, aun si no lo merece, prefiere agachar la cabeza y poner la otra mejilla, siguiendo así el sublime ejemplo de Nuestro Salvador, que, como dice el Apóstol San Pedro en su primera carta, “ultrajado, no replicaba con injurias, y, atormentado, no amenazaba, sino que lo remitía al que juzga con justicia” (1 Pe 2, 23).
Pero, sobre todo, el hombre humilde es agradable a Dios porque se sujeta a la ley de Dios. La ley de Dios, que no está allí para limitar ni oprimirnos, sino para protegernos, para salvarnos del pecado y la esclavitud que el pecado produce; esta ley, el hombre humilde la ama y la cumple con devoción y reverencia. Y por eso, será bendecido por el Señor, tanto en esta vida como en la futura; porque como dice Cristo, Lc 18, 14 “el que se humilla será engrandecido”.
Queridos hermanos, el orgullo es un gran peligro en nuestra vida espiritual. Es capaz de hacer que nos rebelemos contra la autoridad de Dios, y haciendo así, no nos quedará más que compartir el lote del príncipe de las tinieblas que por su inmensa soberbia se opone a todo lo justo y recto. Pero en la humildad, tenemos un camino seguro contrario a este vicio infernal. Practiquemos, pues, la humildad, en nuestros pensamientos, palabras, y obras. Entonces seremos pobres de espíritu, y nuestro será el reino de los cielos. Amén.

Breves del Monasterio de la Sagrada Familia

Visitas y trabajos

“La alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, se convierte en el gigantesco secreto del cristiano” (Chesterton)

Queridos amigos: en esta oportunidad les compartimos algo más acerca de nuestro monasterio en estas últimas semanas, además de lo constituye nuestra gran ocupación al modo monástico: “ora et labora”.

Por gracia de Dios hemos podido recibir a algunos pocos peregrinos, ya que últimamente la mayor parte del tiempo tras los muros del monasterio no se han visto mucho más que a los monjes en su silenciosa y orante existencia, aunque siempre atentos a recibir y atender a quienes los deseen, especialmente a quienes vienen a este santo lugar para rezar. De entre las últimas visitas que hemos recibido, cabe mencionar a Monseñor Rafic Nahara, vicario patriarcal para Israel y obispo auxiliar del Patriarcado Latino de Jerusalén, quien vino por última vez un poco antes de ser ordenado obispo y quien deseaba volver al monasterio a conversar un rato con nosotros y compartir una muy agradable conversación antes de regresar a sus demás ocupaciones en Nazaret; también recibimos la visita de un pequeño grupo de los Padres Misioneros de la Caridad, con un sacerdote de más de 80 años a cargo, quien traía en peregrinación a 3 hermanos para prepararse a su pronta profesión perpetua, contándonos cómo tuvo la gracia de conocer y compartir con la santa Madre Teresa de Calcuta, a quien recuerda con gran cariño. Finalmente recibimos la visita de Carlota Valenzuela, una joven peregrina que realizó una peregrinación desde España hasta Tierra Santa abandonada exclusivamente a la Divina Providencia, quien luego de un año caminando finalmente pudo llegar a los lugares santos que tanto deseaba conocer.

Por otra parte, Continuamos con la poda de los olivos y de la hierba que en tiempo de lluvias crece rápidamente. También comenzamos a envasar el aceite de este año para vender y contribuir al sostenimiento del monasterio, así como con la elaboración de la siempre esperada mermelada de limón.

Como siempre, damos gracias a la Sagrada Familia y a todos los que nos acompañan a la distancia con sus oraciones, pidiéndoles especialmente en esta ocasión que recen por las necesidades del monasterio y el regreso de los peregrinos.

Siempre en unión de oraciones y con nuestra bendición, en Cristo y María:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

Madre dulce y tierna

María es la madre dulce y tierna que lleva en sus brazos a sus hijo: es Madre dulce y tierna.

P. Gustavo Pascual

 

Este título es un atractivo hacia la Madre de Dios, título que inspira confianza absoluta.

La dulcedumbre se opone al amargor y la ternura a la brusquedad. Son virtudes de todos los hombres pero que especialmente sobresalen en las mujeres y sobre todo en la mujer que es madre.

Son virtudes que se practican entre los hombres, pero especialmente entre la madre y el hijo.

María es dulce y tierna para con nosotros sus hijos, para que con confianza nos acerquemos a ella, para que pongamos en su conocimiento nuestras necesidades. Ella, sin embargo, conoce nuestras necesidades porque está en el Cielo y ve en Dios todas las cosas. Ella se adelanta a socorrer a sus hijos confiados y les da lo que necesitan antes que se lo pidan como hizo en la tierra, especialmente en Caná; allí su caridad se adelantó a la necesidad de los novios y pidió para ellos a su Hijo un milagro, que hizo por el poder de su súplica, adelantar la hora de Jesús.

María es la madre dulce y tierna que lleva en sus brazos a sus hijos confiados y los mece con cariño y suavidad. Nos hace descansar cuando estamos fatigados, nos calma y nos da la paz cuando estamos enfadados o iracundos, hace graciosos y limpios nuestros pensamientos e imágenes cuando la tormenta de la concupiscencia toca nuestra alma, suaviza nuestra fatiga porque nos mece en su seno, consuela nuestras arideces porque nos llena de caricias y besos… como un niño en brazos de su madre, así espere el alma confiada en esta madre dulce y tierna.

¿Y cuándo nos portamos mal es recia y dura? No; nos corrige, eso sí, pero con suavidad; y nos busca porque ella también es pastora, nos busca como a la oveja descarriada y le avisa al Buen Pastor para que nos vaya a recoger. María nos corrige con dulzura para que nos acerquemos cada día más a su Hijo Jesús. Deja muchas veces que nos vayamos de su lado, aunque sabe que nos perjudicamos, para respetar nuestra libertad. Deja que le recriminemos tontamente que ya somos hijos grandes y que no necesitamos que nos lleve en sus brazos para respetar nuestro querer y para que experimentemos lo que no debiéramos: la dureza y la reciedumbre de la vida sin Cristo y sin ella, la miseria de la vida solitaria, de los que se quedan solos sin Cristo y sin María, sin el hermano y sin la madre; de los que experimentan la dureza del mundo sin Dios.

¿Quién te arropará en las noches crudas de invierno sino esta Madre dulce y tierna? ¿Quién te dará de comer comida blanda sino esta Madre amorosa? ¿Quién te cantará canciones de cuna para que te duermas en paz sino esta Madre buena? ¿Quién te llevará de la mano para que tu pie no tropiece sino María? ¿Quién te llevará por un camino fácil, seguro, perfecto y corto hacia el Cielo sino esta Madre dulce y tierna?

¡Cuántas veces estamos fríos en nuestra devoción!; a veces, por culpa nuestra, por ser negligentes en los ejercicios espirituales, por no prepararnos a ellos, por no darles la importancia que merecen, por pereza. También podemos estar faltos de devoción porque Dios nos prueba y nos deja en un estado de frialdad. El primer estado es culpable, el segundo es permisión divina, y no hay en él culpa alguna. Sin embargo, sea cual fuere la causa de nuestra frialdad María puede devolvernos, si es la voluntad de Jesús, el calor de la devoción, el amor fogoso por las cosas de Dios. Ella es la Madre dulce y tierna que nos ayudará con su intercesión y su gracia para que salgamos del estado de tibieza o para que tengamos paciencia en la prueba haciéndola corta y suave, y devolviendo a nuestra alma la devoción perdida.

Cuando lamentablemente nos estemos alimentando mal, cuando estemos comiendo comida dura que lastima nuestros dientes o cuando estemos alimentándonos con las bellotas de los puercos pidamos a María que venga en nuestra ayuda. Ella nos traerá el alimento que necesitamos, la comida adecuada a nuestras fuerzas y a nuestro estado espiritual. Por ella nos vendrá, si se lo pedimos, el alimento que deseamos sin saber, el alimento que nos fortalece en el camino y el que tiene todas las delicias. Ella nos traerá a Jesús sacramentado que es el alimento cumbre de nuestra vida interior.

¡Qué bien estamos aquí!, le dijo Pedro a Jesús en el monte de la transfiguración, y lo dijo porque su alma estaba en paz y llena de gozo. Qué bien se vive y se descansa con el alma en paz. La paz es como un arrullo a nuestra alma inquieta que la tranquiliza y la hace reposar; María nos traerá esta paz para que vivamos una vida serena, para que nuestras noches sean calmas como un cielo estrellado. Ella alejará de nosotros, por su paz, la turbulencia de las pasiones que nos inquietan en algunos momentos de nuestra vida. Con María viviremos en paz y gozo. Su voz melodiosa callará a los enemigos de nuestra alma y callará las vocingleras pasiones que conturban el alma.

Con María caminaremos seguros, sin tropiezos. Aunque somos grandes nos cuesta caminar sin riesgos. A veces nos caemos, otras tropezamos, otras nos desviamos de la senda que tenemos que seguir, confundidos por tantos carteles que nos invitan a apartarnos del sendero seguro. María nos quiere llevar con seguridad por el camino recto pero quiere que nos hagamos como niños, no nos quiere autosuficientes, quiere que nos abandonemos en ella y ella nos llevará seguros sin tropiezos, sin desvíos, sin caídas, sin peligros, al destino seguro del Cielo.

Ella es camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios en la cual consiste la perfección cristiana[1].

[1] Cf. San Luis María G. de Montfort, O.C., Tratado de la verdadera devoción nº 152-168, BAC Madrid 1954, 522-528. En adelante V.D.

 

Bienvenido a casa (Primera parte)

LOS LAZOS DE SANGRE
“Y todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.” (Mt 19, 29)
Hace casi 10 años que me despedí de mi familia y salí de Chile rumbo a la misión que Dios, en su paterna bondad, me había preparado; es decir, aquel lugar tan esperado adonde nos llevamos “nuestra mochila” cargada de toda aquella hermosa e impagable formación, junto con los inolvidables momentos que fuimos preparando durante todo el tiempo de seminario, en nuestra amada “Finca”, la casa de formación que con su encantadora sencillez ha forjado con gran esfuerzo y dedicación a tantos misioneros que hoy en día van por todo el mundo llevando el Evangelio.
Ahora, después de mis primeros años en Tenerife (Monasterio del Socorro), y estos últimos en Tierra Santa; las cosas se dispusieron de tal manera que pudiera regresar a visitar a mi familia luego de todo este tiempo, en mi primera “visita como monje misionero”. No parecía nada fácil al principio, por lo cual le encomendé este viaje a la Sagrada Familia (que vivió aquí, incluidos san Joaquín y santa Ana en su momento: ¡qué gracia), pidiéndole que por favor me ayudara a disponer todo y conseguir lo necesario si es que era voluntad de Dios que realizara dicho viaje; y en muy poco tiempo Dios, una vez más, me mostró con claridad su generosidad, arreglando Él mismo todas las cosas para poder volver a ver a mi familia, y poder dar especialmente a mi hermana ese fuerte abrazo que por años estábamos esperando, al igual que el resto de mis seres queridos y amigos.
Pues bien, dejando de lado muchas cosas que podrían extender este relato a unas cuantas páginas más, resumo diciendo simplemente que no dejé de impresionarme con las gracias que venían a montones, y desde antes de salir del Monasterio hasta que regresé nuevamente a él.
Mi hermana estaba feliz conmigo, como siempre; mis padres y mis abuelos se veían un poco mayores, al igual que mis tíos aunque no me pareció mucho (será que yo estoy más viejo, jaja); mis primos y primas “pequeños” ya todos jóvenes grandes (especialmente los dos que bauticé la última vez que nos vimos y que son mis ahijados), hasta con sus familias unos cuantos; y mis primos mayores algunos con más hijos que antes y trabajos y responsabilidades nuevas, etc., lo mismo mis amigos y vecinos; es decir, que en todos se notaban obviamente cambios; pero lo más encantador fue el hecho de que de alguna manera el cariño parecía permanecer intacto… soy monje, mi existencia es más silenciosa, no me comunico tan a menudo debido a mi estilo de vida y demás responsabilidades, especialmente sacerdotales (direcciones espirituales, atención de consultas y peregrinos, predicaciones, apostolado online, estudios, etc.), y sin embargo, mi familia no dejó de alegrarse de mi visita en ningún momento: no sé a cuántos hice llorar con mi llegada (comenzando por mi mamá y mi papá), no sé cuántos me hicieron llorar con su llegada, pero sí sé que jamás abracé tanto ni me sentí tan cómodo con aquella hermosa frase que de seguro escuchan todos los misioneros cuando regresan a sus lugares de origen con sus familias, a sus países y sus barrios (en mi caso, a “la pobla”), pero que esta vez resuenan realmente de una manera diferente, nueva, llena de sincero afecto: “bienvenido a casa”… y es que así me hicieron sentir todo el tiempo, donde fuera. Ya no existía mi habitación como tal, pero me sentía en casa; la casa de mi mamá era nueva y recibió de mis manos su primera bendición, pero igual me sentía en casa; donde mis tíos, mis primos, mis abuelos, mis amigos y vecinos, donde cada persona que visité me sentía en casa. Tan natural seguía siendo el cariño familiar, que de una manera espontánea una de mis primas del lado materno, madre primeriza, apenas se enteró del viaje me pidió que le bautizara a su hijito; y lo mismo otra de mis primas, del lado paterno; y como si esto fuera poco hubo un detalle más: el único lugar que estaba disponible (ya que la parroquia estaba con todos los horarios cubiertos), era la “Capilla de la medalla milagrosa”, donde todos nosotros -los primos- recibimos nuestra primera Comunión. La ceremonia fue emotiva, así como el reencuentro, y más aun la alegría en el Cielo: ¡dos nuevos hijos de Dios!
En cada Misa que celebraba aparecía algún familiar, algún amigo, o amigos de mis amigos que querían conocerme; y pude predicar a los míos, confesar a muchas personas, y hasta despedirme de una tía abuela y compartir con ella un hermoso y emotivo momento de la lucidez que hace tiempo había perdido y que sorpresivamente reapareció cuando entré a su habitación, poco antes de que el Señor decidiera llevarla junto a Él… y hasta el funeral fue hermoso, con más familia para saludar y aconsejar.
Sólo Dios sabe la cantidad de recuerdos que se suscitaban en cada casa que visité, en el taller donde hasta el día de hoy trabaja a diario y duramente mi abuelo, la capilla que fuera antaño nuestro noviciado, lugar donde conocí a mi amada familia religiosa: el Instituto del Verbo Encarnado; el patio de mi casa, la mesa de mi abuela, etc. No faltaron los sacramentos administrados, no faltaron las conversaciones profundas, no faltaron los corazones que se abrían y se desahogaban y pedían consejo; y a Dios gracias tampoco faltó el consuelo en más de una ocasión, ni las risas ante los recuerdos graciosos o cierta nostalgia por otros.
Todos hemos crecido, todos tenemos nuestras vidas, y soy muy consciente de que mi felicidad está justamente en esto: en que mi vida no sea mía, es decir, que sea para buscar la gloria de Dios y el bien de las almas, ya que en cuanto sacerdote mientras menos me pertenezca mayores frutos daré, porque hay que ser cada vez “más de Dios” y más de las almas… y mucho menos de uno mismo; y en cuanto monje, regresé también con “más para rezar”, para pedir y para agradecer.
El tiempo pasó volando; fue intenso, fue grandioso, y fue también suficiente, ya que, si bien estaba feliz de ver a mi familia, ahora mi hogar está en el monasterio y extrañaba nuestra capilla, aquel sencillo espacio en la esquina de una ruina en donde a diario nos dedicamos a Dios, mismo lugar en que la familia modelo santificó lo cotidiano.
Le pedí a la Sagrada Familia que si era voluntad de Dios pudiera visitar a mi familia y me lo concedió… pero es mucho más lo que me regaló este viaje, porque pude palpar nuevamente aquel “ciento por uno” que nos promete Jesús en el Evangelio a todos los consagrados y que a veces, con todo respeto, hasta perece quedarse corto, es decir, ¡es más que el ciento por uno!, pues las gracias y bendiciones no se pueden mesurar, y respecto a nuestra limitada humanidad son siempre desproporcionadas: Dios siempre da más y nos regala una familia que no deja de crecer con lazos nuevos, lazos espirituales, de la cual hablaré en otra crónica: la familia religiosa.
Gracias a mi familia por haberme recibido con tanto cariño: los llevo conmigo a cada uno en el corazón, en el monasterio que sea, en la misión que sea, en mis oraciones. Gracias por esa calurosa bienvenida, tanto de ustedes como de las muchas personas a quienes pude conocer y asistir espiritualmente. Será hasta la próxima, cuando Dios lo disponga, aunque de todas maneras los espero aquí en mi hogar, para poder decirles yo algún día también a ustedes: bienvenidos a casa.
Que nuestra Madre del Cielo nos conceda la gracia de pensar y de sentir como decía aquella alma buena: “Mi mayor deseo es hacer lo que Dios quiere y estar allí donde Él me quiera” (Beata María Elena Stollenwerk)
En Cristo y María,
P. Jason Jorquera Meneses, IVE.
Monasterio de la Sagrada Familia.

Epifanía

El llamado divino y nuestro acto de fe

(Homilía)

P. Jason Jorquera M.

 

Escribe san Pablo en su carta a los hebreos estas palabras: Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas.  En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo

La solemnidad de la epifanía, como cada uno de los misterios de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, nos viene a instruir acerca de las verdades de nuestra fe, de esa fe que el mismo Dios nos ha querido regalar, para que la vayamos fortaleciendo, madurando y manifestando en nuestra vida de cristianos católicos.

Debemos recordar que la palabra epifanía es una palabra griega que significa “manifestación”, y es por eso que podríamos hablar, en sentido amplio, de varias epifanías de Nuestro Serñor Jesucristo a lo largo de su vida, porque se manifestó a san Juan Bautista mediante los signos que hacía; se manifestó a sus discípulos, a los sumos sacerdotes y escribas, a las masas del pueblo elegido e inclusive a algunos paganos.

Pero esta epifanía o manifestacion que hoy celebramos, es la primera en que Dios se muestra a los hombres de todo el mundo “representados por aquellos que lo visitan”:

  • Primero al pueblo elegido, representado por los pastores  que apacentaban sus rebaños;
  • y en seguida a los demás hombres del mundo, representados por los magos venidos desde lejanas tierras para adorar al Mesías nacido en el pesebre

A partir de este día, “la Epifanía de Jesús”, se convierte en nuestra gran fiesta, porque también a nosotros se nos ha manifestado y nos ha hecho miembros de su Iglesia mediante la gracia.

Consideremos algunos aspectos de la epifanía.

A) El llamado

La Epifanía de Jesucristo, el Niño-Dios nacido en Belén, nos revela, en primer lugar, “el llamado de Dios a todas las almas”, a todos los hombres del mundo entero para que se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Como sabemos, Dios se eligió un pueblo, en el cual se debían cumplir las profecías y las promesas que Dios había hecho… es este el pueblo que recibió la ley y las escrituras y además la promesa del Mesías que nacería de la estirpe de David, por lo tanto, parece justo que sean ellos los primeros en recibir la manifestación de Dios en la persona de los pastores.

Pero Dios, que quiere colmar al hombre de sus beneficios y, por tanto, quiere también la salvación de su alma, una vez más no se contenta sólo con manifestarse a unos pocos, y es entonces que se da a conocer a todos los hombres para ofrecerles la gloria del cielo viniendo Él mismo a la tierra a llamarlos. Y es por eso que enseguida de manifestado a los judíos se manifiesta a los gentiles, a los paganos, en la persona de estos reyes magos; así nos lo han enseñado los santos padres desde los comienzos de la Iglesia y así lo hemos experimentado nosotros al hacernos miembros del nuevo pueblo de Dios, que quiere abarcar a todos los hombres. Y es justamente la actitud de los magos la que nosotros debemos tener como cristianos, es decir, la de seguir con perseverancia al Dios que se nos ha manifestado: los magos vinieron de lejanas tierras, atravesaron países, peligros, largas caminatas, probablemente noches frías y días de calor, y sin embargo, no se detuvieron hasta encontrar al Rey de los judíos, en el que reconocieron al Dios del universo pues, como ellos mismos dijeron, venían a adorarlo.

Nosotros hoy, para ir en busca de ese Rey-Dios, debemos caminar por el sendero una “seria vida de santificación”: tal vez no tendremos que atravesar ni desiertos ni montañas, pero sí practicar las virtudes, acrecentar nuestra fe, cumplir los mandamientos, aprovechar los sacramentos, etc., ese es el llamado que hoy nos hace Jesucristo, a vivir nuestra fe de manera activa, en cada momento de nuestras vidas. Decía el Papa Francisco: Hay que buscar a Dios para encontrarlo, y encontrarlo para buscarlo una y otra vez. Sólo esta inquietud da paz al corazón…Sin inquietud somos estériles

B) El acto de fe

¿Qué es lo que nos mueve a ir continuamente hacia el Dios que se nos ha manifestado?, lo  mismo que movió a los magos a venir desde lejanas tierras: solamente la fe.

Decía el P. Sáenz que: El llamado a creer en Cristo es universal. Dios es quien invi­ta, de Él es la iniciativa. El hombre, creado libre y por lo tanto capaz de decidir, puede responderle que sí a Dios, con lo cual se acerca a la luz, o puede negarse a la convocatoria, en cuyo caso permanece en la noche tenebrosa… La estrella de Belén invitó a los Magos a seguirla a través de un largo y dificultoso camino. Fatigas, hambre, vigilias, acecha­ron el itinerario. Pero ellos no se amedrentaron, porque estaban deseosos de encontrar a quien ya no se hallaba lejos de sus cora­zones. La estrella de la fe brilla en la oscuridad de este mundo, haciéndonos buscar a Dios incansablemente. Ella no sólo será la luz que nos ilumina para poder ver, sino la guía del camino. Tal es el cometido de la estrella, figura de la fe, conducimos por el sendero de la vida, hasta el encuentro definitivo con Cristo.

Los Magos la siguieron, y encontraron efectivamente al Señor. Su “orientadora” (la estrella) no les falló. Así también la fe, luz que guía nuestra inteligencia, no nos defraudará. Nos llevará hasta el final, y hasta el término en el camino de este peregrinar, que no es otro que el descanso en la contemplación del Verbo Encama­do, y a través de Él, de la Santísima Trinidad.

Y escribía también San Juan de la Cruz: “La fe y el amor serán los lazarillos que te llevarán a Dios por donde tú no sabes ir. La fe son los pies que llevan a Dios al alma. El amor es el orientador que la encamina“.

Para encontrar a Dios, es necesario vivir una fe auténtica, una fe pura, es decir, no mezclada con los criterios de la tierra sino los del cielo: ¿cómo decir que amo a Dios si no me reconcilio con Él en la confesión?; ¿cómo rezar el Padre Nuestro si no vivo como hijo de Dios?… tenemos que vivir lo que creemos, y creer lo que Dios nos ha manifestado:

  • Id por todo el mundo y predicad el evangelio… (la predicación comienza con el ejemplo)
  • Lo que hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis… (la caridad cristiana)
  • Yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan… (la oración por los que nos persiguen)
  • Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano… (el perdón y la reconciliación)
  • Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos… (practicar las virtudes, o mejor dicho, vivir una vida virtuosa)

Los reyes magos se dejaron guiar sólo por la fe, y gracias a su fe es que encontraron al Dios que buscaban.

Escribía el Papa Francisco: “Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo. Es esta la pregunta que debemos hacernos: ¿tenemos esas grandes visiones y el impulso? ¿Somos audaces? ¿Nuestro sueño vuela alto? ¿El celo nos devora? ¿O somos mediocres y nos contentamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio? Recordémoslo siempre: la fuerza de la Iglesia no está en sí misma y en su capacidad de organizar, sino que se esconde en las aguas profundas de Dios. Y estas aguas agitan nuestros deseos y los deseos expanden el corazón. Es lo que dice San Agustín: rezar para desear y desear para agrandar el corazón. … Sin deseos no se va a ninguna parte y es por eso que se tienen que ofrecer los propios deseos al Señor…”

Buscad y hallareis, dice Jesucristo. Y si buscamos a Dios, ¿acaso no se va a dejar encontrar?… Dios siempre se deja encontrar.

Cuando los Magos llegaron a Belén, al final de tantas fatigas, de tanto buscar al que con Amor eterno ya los había llamado (y germinalmente encontrado), por fin descansaron. Quizás esperaban hallar un palacio, riquezas, lujo y ostentación. Sólo vieron a un Niño en brazos de su Madre. Y sin embargo, la luz que los tra­jo, suscitó en su interior un sagrado deber de piedad y religiosi­dad. Se arrodillaron entonces, ante el Niño, para expresar con tal postura su tributo de adoración. Habían encontrado, por fin, a su Dios y Señor: ese es el premio de la fe.

Que María santísima nos alcance la gracia de tener una fe inquieta, no muerta ni estancada, que no se canse de buscar a Dios en esta vida hasta encontrarlo en la eternidad.

Concordia

La concordia: adorno y distintivo de los creyentes

P. Jason Jorquera

 

Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado,

para que sean uno como nosotros.”

Jesucristo.

 

Explicando este versículo, dice san Agustín que Jesús no se refiere a que sean uno con Dios, con Él en refiriéndose a su naturaleza, puesto que obviamente esto es imposible, sino que se refiere más bien a la unidad de voluntades lo cual es consecuencia exclusiva del amor. Es decir, que este “ser unos” con Dios y con su Hijo, significa ser uno en la búsqueda de la voluntad de Dios en nuestras vidas. Cuando el alma aprende a buscar en todo la voluntad de Dios, alcanza un fruto que la llena de gozo y a la vez es capaz de redundar en beneficio de quienes la rodean, este fruto tan deseado por los hombres de buena voluntad es lo que llamamos concordia, que es la conformidad en la unidad de corazones. Esta concordia es la que Jesucristo pide y exige para sus discípulos, por lo tanto, para ser verdaderos seguidores de Cristo en necesario que en nuestras comunidades viva la concordia si queremos que Jesucristo esté en medio de nosotros; y nos referimos a todas las comunidades de creyentes: comunidades religiosas, la familia, el trabajo, etc., porque la concordia, desde los primeros tiempos de la Iglesia, ha sido el adorno y distintivo de los creyentes.

Dice el libro del eclesiástico: Con tres cosas me adorno y me presento, hermosas ante el Señor y ante los hombres: la concordia entre hermanos, la amistad entre los prójimos y la armonía entre mujer y marido[1].

La concordia está presente donde reina la caridad; porque « La caridad nos une a Dios, la caridad cubre la multitud de los pecados, la caridad lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en ella; la caridad no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en la caridad hallan su perfección todos los elegidos de Dios y sin ella nada es grato a Dios.»[2]

Jesucristo quiere que todos sean uno y para guiar mejor al hombre hacia esa unidad con el Padre y el Espíritu Santo, ha querido hacernos parte de su única iglesia; la que tiene un solo Señor, una sola Fe, un solo bautismo y una sola Madre para conducirnos al cielo.

La Donum Veritatis, hablando a los teólogos dice: «La iglesia es ‘como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano’. Por consiguiente, buscar la concordia y la comunión significa aumentar la fuerza de su testimonio y credibilidad; ceder, en cambio, a la tentación del disenso es dejar que se desarrollen ‘fermentos de infidelidad al Espíritu Santo»[3]

De todo esto se sigue lo nefasto y terrible que es crear discordia, que es el pecado que se opone a la concordia, entre los miembros de la Iglesia. Por eso debemos estar atentos a todo lo que sea causa de sembrar discordia, es decir, desunión entre los hermanos, como por ejemplo la murmuración, la mentira, las calumnias, el mal espíritu, etc. San Bernardo llega a decir: «Más vale que perezca uno, que la unidad: es necesario separar al que perturba la concordia[4]; y san León Magno: «Aborreced el espíritu de discordia; vivid siempre en paz; no disputéis de cosa alguna por diversión; las disputas engendran disputas; de ellas nacen las discusiones; encienden las llamas del odio; apagan la paz del corazón y rompen la unión de las almas.»[5]

El deseo de Jesucristo es que reine la paz y la unidad entre los hombres, cuanto más debemos nosotros convertirnos en ejemplo de concordia para el mundo, por eso Él  mismo se dirige al Padre suplicándole: Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.

[1] Eclo 25, 1.

[2] San Clemente, Carta a los Corintios.

[3] Donum Veritatis nº 40, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, Congregación para la doctrina de la fe, 24 de mayo de 1990

[4] S. Bern., Ep. 102, sent. 62, Tric. T. 10, p. 325 y 326

[5] S. León Papa, Serm. 25, c. 5, sent. 19, Tric. T. 8, p, 385.

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado