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Solemnidad de la asunción de María Santísima

«Magnificat anima mea Dominum!» (Lc 1, 46).
San Juan Pablo II
La Iglesia peregrina en la historia se une hoy al cántico de exultación de la bienaventurada Virgen María; expresa su alegría y alaba a Dios porque la Madre del Señor entra triunfante en la gloria del cielo. En el misterio de su Asunción, aparece el significado pleno y definitivo de las palabras que ella misma pronunció en Ain Karim, respondiendo al saludo de Isabel: «Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso» (Lc 1, 49).
Gracias a la victoria pascual de Cristo sobre la muerte, la Virgen de Nazaret, unida profundamente al misterio del Hijo de Dios, compartió de modo singular sus efectos salvíficos. Correspondió plenamente con su «sí» a la voluntad divina, participó íntimamente en la misión de Cristo y fue la primera en entrar después de él en la gloria, en cuerpo y alma, en la integridad de su ser humano.
El «sí» de María es alegría para cuantos estaban en las tinieblas y en la sombra de la muerte. En efecto, a través de ella vino al mundo el Señor de la vida. Los creyentes exultan y la veneran como Madre de los hijos redimidos por Cristo. Hoy, en particular, la contemplan como «signo de consuelo y de esperanza» (cf. Prefacio) para cada uno de los hombres y para todos los pueblos en camino hacia la patria eterna.
Amadísimos hermanos y hermanas, dirijamos nuestra mirada a la Virgen, a quien la liturgia nos hace invocar como aquella que rompe las cadenas de los oprimidos, da la vista a los ciegos, arroja de nosotros todo mal e impetra para nosotros todo bien (cf. II Vísperas, Himno).
«Magnificat anima mea Dominum!».
La comunidad eclesial renueva en la solemnidad de hoy el cántico de acción de gracias de María: lo hace como pueblo de Dios, y pide que cada creyente se una al coro de alabanza al Señor. Ya desde los primeros siglos, san Ambrosio exhortaba a esto: «Que en cada uno el alma de María glorifique al Señor, que en cada uno el espíritu de María exulte a Dios» (san Ambrosio, Exp. Ev. Luc., II, 26). Las palabras del Magníficat son como el testamento espiritual de la Virgen Madre. Por tanto, constituyen con razón la herencia de cuantos, reconociéndose como hijos suyos, deciden acogerla en su casa, como hizo el apóstol san Juan, que la recibió como Madre directamente de Jesús, al pie de la cruz (cf. Jn 19, 27).
«Signum magnum paruit in caelo» (Ap 12, 1).
La página del Apocalipsis que se acaba de proclamar, al presentar la «gran señal» de la «mujer vestida de sol» (Ap 12, 1), afirma que estaba «encinta, y gritaba con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). También María, como hemos escuchado en el evangelio, cuando va a ayudar a su prima Isabel lleva en su seno al Salvador, concebido por obra del Espíritu Santo.
Ambas figuras de María, la histórica, descrita en el evangelio, y la bosquejada en el libro del Apocalipsis, simbolizan a la Iglesia. El hecho de que el embarazo y el parto, las asechanzas del dragón y el recién nacido arrebatado y llevado «junto al trono de Dios» (Ap 12, 4-5), pertenezcan también a la Iglesia «celestial» contemplada en visión por el apóstol san Juan, es bastante elocuente y, en la solemnidad de hoy, es motivo de profunda reflexión.
Así como Cristo resucitado y ascendido al cielo lleva consigo para siempre, en su cuerpo glorioso y en su corazón misericordioso, las llagas de la muerte redentora, así también su Madre lleva en la eternidad «los dolores del parto y el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). Y de igual modo que el Hijo, mediante su muerte, no deja de redimir a cuantos son engendrados por Dios como hijos adoptivos, de la misma manera la nueva Eva sigue dando a luz, de generación en generación, al hombre nuevo, «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4, 24). Se trata de la maternidad escatológica de la Iglesia, presente y operante en la Virgen.
En el actual momento histórico, al término de un milenio y en vísperas de una nueva época, esta dimensión del misterio de María es más significativa que nunca. La Virgen, elevada a la gloria de Dios en medio de los santos, es signo seguro de esperanza para la Iglesia y para toda la humanidad.
La gloria de la Madre es motivo de alegría inmensa para todos sus hijos, una alegría que conoce las amplias resonancias del sentimiento, típicas de la piedad popular, aunque no se reduzca a ellas. Es, por decirlo así, una alegría teologal, fundada firmemente en el misterio pascual. En este sentido, la Virgen es «causa nostrae laetitiae», causa de nuestra alegría.
María, elevada al cielo, indica el camino hacia Dios, el camino del cielo, el camino de la vida. Lo muestra a sus hijos bautizados en Cristo y a todos los hombres de buena voluntad. Lo abre, sobre todo, a los humildes y a los pobres, predilectos de la misericordia divina. A las personas y a las naciones, la Reina del mundo les revela la fuerza del amor de Dios, cuyos designios dispersan a los de los soberbios, derriban a los potentados y exaltan a los humildes, colman de bienes a los hambrientos y despiden a los ricos sin nada (cf. Lc 1, 51-53).
«Magnificat anima mea Dominum!». Desde esta perspectiva, la Virgen del Magníficat nos ayuda a comprender mejor el valor y el sentido del gran jubileo ya inminente, tiempo propicio en el que la Iglesia universal se unirá a su cántico para alabar la admirable obra de la Encarnación. El espíritu del Magníficat es el espíritu del jubileo; en efecto, en el cántico profético María manifiesta el júbilo que colma su corazón, porque Dios, su Salvador, puso los ojos en la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 47-48).

ATENCIÓN DE NUESTRAS MISERIAS

Nuestra madre siempre está atenta…

P. Gustavo Pascual, IVE.

Hay un pasaje del evangelio, en el cual, María atiende a las miserias de los hombres. Es el pasaje de las bodas de Caná[1]. Una miseria material, es cierto, y quizá hoy mirada como no tan importante como en aquella época.

María nota esa miseria de los novios. Miseria que quizá tuvo un origen trivial como la falta de cálculo o el exceso de comensales… pero que delante de la sociedad cananea los dejaba como míseros. En realidad asomaba en sus almas la miseria seguida de inquietud y tristeza, de casi desesperación e impotencia para solucionar el problema.

María notó el “apurón” de los novios, quizá por su ausencia repentina o por el cambio de actitud, quizá por el cuchicheo de los sirvientes o por la exigencia de algún comensal, y vio la inquietud en sus almas.

Acudió sin demora y por caridad a ayudarlos y lo hizo buscando una ayuda infalible, ¡cuánto conocía María a Jesús, su poder y su amor! Y le planteo la miseria de los novios: ¡no tienen vino! Ya conocemos el desenlace de la historia.

María está atenta a todas nuestras miserias, las materiales, las corporales, las psíquicas, las temperamentales, las espirituales.

Hay dos títulos que aluden a esta realidad: “Salud de los enfermos” y “refugio de los pecadores”.

María es nuestra madre y como toda madre conoce a sus hijos y no en masa sino uno por uno. María conoce cada una de nuestras miserias, lo que nos hace pequeños, en especial ante Dios. ¿Pero alguien es grande ante Dios? No, pero, Dios nos quiere almas grandes, magnánimos, no pequeños, pusilánimes, míseros. Y hay muchas cosas que empequeñecen nuestra alma, muchos pecados, muchos vicios, nuestro egoísmo, la desconfianza, la tristeza, el temor…

María está atenta a cada una de nuestras miserias y no con una atención curiosa y crítica sino que atiende a ellas para curarlas, para sanarlas, para que desaparezcan, y tiene una frase que uso en Caná y que en verdad es una receta eficacísima: “haced lo que Él os diga”. Pero María también intercede por nosotros como lo hizo en Caná. Ella es la “omnipotencia suplicante”, la que todo lo puede ante su Hijo.

Hay miserias en nosotros, que son reales, y que si las aceptamos son saludables. La principal, la miseria de nuestra indigencia existencial, que no es una miseria mala sino natural y real. La indigencia existencial aceptada nos conduce a Dios, el cual, nos eleva y nos saca, por decirlo así, de esa miseria porque nos eleva a una vida sobrenatural y aunque por naturaleza seguimos siendo hombres somos hijos de Dios, es decir, somos elevados a la naturaleza divina y salimos, en cierta manera, de la naturaleza herida por el pecado.

María también está presente en esta obra de nuestra elevación a la filiación divina. La estuvo cuando Cristo la consiguió, como corredentora, y lo está en cada alma que comienza a ser hija de Dios.

¡María está atenta a nuestras miserias! Por eso debemos recurrir a ella con toda confianza. Ella por pudor no nos las hará notar sino que las socorrerá pero quiere que se las manifestemos con toda confianza como lo hace un hijo con su madre.

Madre me duele la cabeza, estoy enfermo, estoy angustiado, estoy triste, estoy deprimido, soy muy irascible, soy muy apocado, no puedo salir de este vicio, este pecado me es insuperable, lo llevo conmigo desde hace tiempo, no puedo alejarme de esta persona que me hace mal, etc. Hay que exponerle confiado a María las miserias que nos aquejan y ella nos librará de ellas como lo hizo con los novios en Caná de Galilea.

Dios te salve María…

 

[1] Jn 2, 1s

Virgen pura y limpia

Otra hermosa advocación para la Madre de Dios[1]

P. Gustavo Pascual, IVE.

Vamos a tomar estos dos adjetivos por separado: la pureza y la limpieza.

¿Por qué María es una Virgen pura y limpia? Es pura por su castidad, es decir, por la pulcritud del corazón o por la pureza interior.

El Señor dice: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”[2] y con esta bienaventuranza se refiere a la pureza exterior e interior. A la simplicidad del corazón, al corazón sin mancha aunque también al cuerpo sin mancha.

A María le fue concedida la gracia de ser Madre y Virgen. Ella quería permanecer virgen, consagrada a Dios, y Dios la llamó para ser su Madre. “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”[3].

María concibió a Jesús y lo dio a luz permaneciendo virgen. En ella se cumplió el oráculo del profeta Isaías: “he aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel”[4]. María después de dar a luz permaneció virgen hasta el momento de su tránsito al cielo donde reina como la Virgen de las vírgenes, como la Reina de las vírgenes. Por eso es llamada “la bienaventurada siempre Virgen María”.

La virginidad no sólo implica el no haber corrompido la carne con la unión sexual sino que es más profunda, se extiende al corazón. El no haber apostatado de Dios, el haberle sido fiel sin contaminarse con ningún ídolo. De estos dice el libro del Apocalipsis al describir el acompañamiento del Cordero: “estos son los que no se mancharon con mujer, pues son vírgenes […] en su boca no se encontró mentira; no tienen tacha”[5]. “En sentido metafórico: la lujuria designa tradicionalmente la idolatría[6], aquí el culto de la Bestia[7]. Los ciento cuarenta y cuatro mil han sido comprados[8], son íntegros y fieles[9], han rechazado la idolatría y pueden ser desposados con el Cordero”[10]. El haber preferido la criatura o a nosotros mismos por Dios es una especie de adulterio.

María es la virgen fiel, la que siempre obedeció a la voluntad de Dios, la más pariente de Jesús, la que estuvo más estrechamente unida a Jesús por la fe que por la carne. La virginidad del corazón está en la perfecta fidelidad a la voluntad de Dios.

María también fue limpia, porque su corazón, su alma, jamás tuvo mancha alguna. El pecado mancha el corazón. El mortal mata al alma y la pone, por la ausencia de Dios, monstruosa y horrible. El pecado venial deliberado también mancha al alma, la ensucia, y toda falta por pequeña que sea, cuando es voluntaria, quita belleza y brillo al alma.

María tuvo su alma siempre limpia: “Toda hermosa eres, no hay tacha en ti”[11].

Fue limpia en este sentido negativo de no tener mancha, pero también en el sentido positivo de estar llena de Dios, del tres veces santo, y de su Hijo, el Cordero inmaculado. El alma de María sólo se ocupaba de una cosa, con simplicidad, de vivir en la contemplación de Dios y ninguna otra cosa la distraía ni manchaba su corazón.

María es la Inmaculada Concepción. Concebida sin mancha de pecado. Pero su vida toda, desde su concepción hasta su muerte, fue limpia con la limpieza de la Virgen de las vírgenes y con la limpieza de la Madre de Dios.

La limpieza del corazón nos hace ver a Dios ya desde esta vida. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. En la otra vida por la luz de la gloria, en esta vida por la luz de la fe.

La luz de la fe iluminó el alma de María y esa luz purificó su corazón, “dichosa la que ha creído”[12]. La pureza y la limpieza aquí se unen. La pureza de la fe y la limpieza del corazón ambas desembocan en la visión de Dios.

María contempló principalmente a Dios en su Hijo, en el Verbo Encarnado, en el Emmanuel y vivió en esa contemplación un anticipo del cielo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo”[13].

[1] Advocación a la Virgen de Luján en sus letanías.

[2] Mt 5, 8

[3] Lc 1, 34-35

[4] 7, 14

[5] 14, 4-5

[6] Cf. Os 1, 2ss.

[7] Cf. Ap 17, 1

[8] Cf. Ap 5, 9

[9] v. 5

[10] Jsalén. a Ap 14, 4

[11] Ct 4, 7

[12] Lc 1, 45

[13] Jn 17, 3

María en el misterio de la Iglesia

María, madre de la Iglesia[1]

P. Gustavo Pascual, IVE

La Santísima Virgen ha sido llamada Madre de la Iglesia. Por ser Madre de la Cabeza de la Iglesia, Jesucristo, es también Madre de los miembros de esa Cabeza, es decir, de nosotros, los cristianos. “Jesucristo, que es la Cabeza del género humano, nació de ella; los predestinados, que son los miembros de esa Cabeza, deben también, como consecuencia necesaria, nacer de Ella […] Una misma madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza […] de igual modo, en el orden de la gracia, la cabeza y los miembros nacen de una misma madre”[2], “en el Calvario comenzó María de modo particular a ser Madre de toda la Iglesia (San Alfonso María de Ligorio)[3].

Misión de María en el pueblo de Dios

 a) Colaboradora de Dios

+ Dios Padre creó un depósito de todas las aguas y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias y la llamó María (Pedro de Celles).

María es el tesoro del Señor (216), de cuya plenitud se enriquecen los hombres.

+ Dios Hijo comunicó a su madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos infinitos y virtudes admirables. Ella es la tesorera de cuanto el Padre le dio en herencia.

María es el acueducto por el cual hace pasar suave y abundantemente sus misericordias (142).

+ Dios Espíritu Santo comunicó a su fiel Esposa, María, sus dones inefables y la escogió por dispensadora de cuanto posee.

Ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y cuando quiere todos sus dones y gracias.

No se concede a los hombres ningún don celestial que no pase por sus manos.

 b) Influjo maternal de María (cf. 139-143)

El Señor es todavía en el cielo Hijo de María como lo fue en la tierra y por consiguiente, conserva para con ella la sumisión y obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres.

Las plegarias y súplicas son tan poderosas ante Dios que valen como mandatos. Dios no desoye jamás las súplicas de su querida madre porque son siempre humildes y conformes a la voluntad divina.

María impera en el cielo sobre los ángeles y bienaventurados. Por su humildad, Dios le ha dado el poder y la misión de llenar de santos los tronos vacíos del cielo.

c) Señal de fe auténtica (29-30)

 + Dios Padre quiso formarse hijos por medio de María hasta la consumación del mundo.

Todos los verdaderos predestinados e hijos de Dios tienen a Dios por Padre y a María por madre. Y quién no tenga a María por madre, tampoco tiene a Dios por Padre.

El hombre de perversa doctrina, el réprobo, desprecia o es indiferente para con María.

d) María, madre de la Iglesia (31-33)

+ Dios Hijo quiso formarse por medio de María y por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo Místico y le dice “entra en la heredad de Israel”[4], “uno por uno todos han nacido en ella”[5].

Un primer hombre nacido de María es el hombre-Dios, Jesucristo, el segundo es un hombre-hombre, hijo de Dios y de María por adopción. Si Jesucristo, Cabeza de la humanidad, ha nacido de ella, los predestinados, que son los miembros de esta Cabeza deben también, por consecuencia necesaria nacer de ella[6].

Cristo es fruto de María “y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”.

            Si algún hombre tiene a Cristo formado en su corazón puede decir: gracias María, lo que poseo es obra y fruto tuyo y sin ti no lo tendría.

Y María podría decirle ¡hijito mío! de nuevo sufro los dolores del alumbramiento hasta que Cristo se forme en ti[7].

“Todos los que van al cielo están ocultos en el seno de la Virgen hasta que ella los da a luz para la vida del cielo después de la muerte” (San Agustín).

e) María, figura de la Iglesia (34-36)

 + Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en ella y por ella.

Ella llena de virtudes a los elegidos de Dios para que crezcan espiritualmente.

Ella se reproduce en sus devotos y el Espíritu Santo se agrada en ellos.

Cuando María hecha raíces en un alma hace en ella maravillas de gracias.

Ella colabora con su Esposo a través de los siglos.

Colaboró en la Encarnación.

Realizará la formación y educación de los grandes santos del fin del mundo.

Cuando el Espíritu Santo la encuentra en un alma, entra en esa alma y la llena con la plenitud de la gracia.

 

  1. Consecuencias

 a) María es Reina de los corazones (37-38)

             María ha recibido de Dios un gran dominio sobre las almas de los elegidos.

María es la Reina del cielo y de la tierra, por gracia.

El reino de la Virgen está principalmente en el interior del hombre.

María tiene por gracia poder sobre su Hijo único y natural y también sobre sus hijos adoptivos.

 b) María es necesaria a los hombres (39-59)

 + Para la salvación

La devoción a María es señal infalible de predestinación.

Así las palabras y figuras del Antiguo y Nuevo Testamento. Así el sentir y ejemplo de los santos. Así la razón y la experiencia. Así lo han confesado obligadamente los demonios y sus secuaces.

“Ser devoto tuyo, oh María, es un arma de salvación que Dios ofrece a los que quiere salvar” (San Juan Damasceno).

+ Para una perfección particular

Nadie puede llegar a una íntima unión con el Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión estrecha con María y con su socorro.

Dios por ella quiere embellecer, levantar, enriquecer las almas y por ella llevarlas a la santidad.

Dios ha entregado a María las llaves que dan entrada a la intimidad del amor divino[8].

“Las personas más ricas en gracia y virtud, los mayores santos son los mas asiduos en rogar a la Santísima Virgen y contemplarla siempre como el modelo perfecto a imitar y la ayuda eficaz que les debe socorrer” (San Bernardo).

Ella es la formadora de los grandes santos de los últimos tiempos.

 

[1] Sigo a SAN Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen… Los números entre paréntesis corresponden al tratado. Uso sus mismas palabras

[2] V.D. nº 32…, 453.

[3] Buela , El Catecismo de los jóvenes…, 52

[4] Si 24, 13

[5] Cf. Sal 86, 6

[6] Cf. L.G. 53

[7] Cf. Ga 4, 19

[8] Cf. San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, Canción 26…, 674-80.

Escuché tu voz Virgen de Fátima

¡Recemos el santo Rosario!     

P. Gustavo Pascual, IVE.

 

Mi primer ejercicio espiritual fue en la casa de retiro “San Pablo” en San Rafael en el año 1985. Lo predicó el Padre Carlos Buela. El fruto que saqué de él fue el rezo del Santo Rosario todos los días. Hoy 20 años después persevero por gracia de la Santísima Virgen en el propósito. Por el rezo del rosario han venido a mi vida muchísimas gracias. Entre las más importantes mi vocación a la vida religiosa.

La Virgen María quiere la honremos con el rezo del Santo Rosario. Nos llama a rezarlo, escuchémosla: “Responderé a la voz de tu clamor, luego que te oiga”[1].

            En su aparición en Fátima lo ha pedido.

En la primera aparición, el domingo 13 de mayo de 1917:

“Recen el Rosario todos los días con devoción, para obtener la paz del mundo”.

En la tercera aparición, el viernes 13 de julio de 1917:

            “Insistió, por tercera vez, sobre el rezo diario del Santo Rosario en su honor, con la intención de obtener la ansiada cesación de la guerra, porque únicamente ella podía socorrerles”.

            En la última aparición, la Virgen ha declarado:

“Soy Nuestra Señora del Rosario”.

 Los papas han recomendado esta devoción

León XIII tiene doce encíclicas recomendando el rosario. Principalmente la Encíclica Supremi apostolatus officio del 1 de septiembre de 1883.

San Pío X dice: “La oración del rosario es la más bella de todas, la más rica en gracias y aquella que toca más el corazón de la Madre de Dios. Si queréis que reine la paz en vuestros hogares, rezad allí el Rosario en común”.

            San Juan XXIII en su Carta Apostólica sobre el Rosario Il religioso convengo del 29 de septiembre de 1961.

Beato Pablo VI en su Exhortación apostólica Marialis cultus.

            San Juan Pablo II en su Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae del 16 de Octubre de 2002.

 

La Iglesia es incansable en honrar a María

Reconoce que no hay beneficio que no reciba de su mano. No hay mal que gracias a su intercesión, no desaparezca.

La Iglesia toda quisiera ser lenguas para alabar a la Virgen pues todo lo que tiene es por ella y por ella alcanza lo que pide. María es la omnipotencia suplicante. La Iglesia quiere hacer de la tierra un cielo nuevo para la Madre de Dios. La Iglesia ofrece dones a María y lo que mejor la representa es la rosa.

+ Por la fragancia de su olor suavísimo que simboliza la celestial pureza de María.

+ El delicado matiz de sus colores que representa su hermosura más que angélica.

+ La medicinal virtud de sus jugos que representan y prefiguran el universal remedio que para nuestras dolencias ha traído María. Su sangre que dará al Verbo Encarnado para que derrame en el Calvario.

Ofreciendo a María una rosa la honramos y confesamos ser ella la flor que ha brotado de los Patriarcas y Profetas. ¡Cuanto más si le ofrecemos un ramillete de rosas por el rezo del Santo Rosario!

Ofreciéndole este ramillete de rosas la consideramos parte muy principal en la obra redentora y al rezarlo recordamos sus misterios y la confesamos depositaria y tesorera de todas las gracias que consiguió Jesús en la cruz.

 El rezo del rosario es útil para la Iglesia

Dice Juan Pablo II: el rosario es el compendio del Evangelio[2]. Toda la fe cristiana se encierra en él y es la mejor confesión de pertenecer a la verdadera Iglesia.

El rosario ha sido siempre la oración de la Iglesia desde los primeros siglos. Rezaban los primeros cristianos el Padrenuestro y la salutación angélica que era la profesión de fe en la Encarnación.

Las sombras del Antiguo Testamento se desvanecen con la Redención. Jesús y María son los personajes principales.

La Iglesia hablaba del Hijo y de la Madre con la lengua de Jesús en el Padrenuestro. Con el Ave María recordando la anunciación y en las palabras de Isabel en la Visitación.

Estas oraciones del Padrenuestro y del Ave María eran el canto perpetuo de la nueva religión y símbolo en forma de plegaria.

Luego ante la herejía nestoriana la Iglesia añadió la declaración de María como Madre de Dios: santa María Madre de Dios.

 

    Señal del cristiano que canta las glorias de María

La salutación angélica “El Angelus” fue al principio y hasta ahora en la Iglesia un acto de fe, de esperanza y de caridad.

Los herejes que se levantaron para denigrar al Hijo y por ende a la Madre encontraron en la recitación del Ave María un obstáculo.

Por eso María al aparecerse a Santo Domingo afligido por no poder vencer la herejía albigense le enseñó el rezo del Rosario y con el obtuvo grandísimos resultados.

Gracias al Santo Rosario la edad media toma ese carácter profundamente cristiano. Se distingue por su amor a la Virgen.

El Rosario enardecía los corazones y confundía y desbarataba las herejías.

¿Y por qué todo esto?

Porque María es:

+ Madre de la Sabiduría increada, la que trajo la totalidad de la verdad al mundo.

+ La sabiduría creada, que ilumina y da luz a los doctores y teólogos para defender la fe. “Cetro de la doctrina ortodoxa” (San Cirilo), “ruina de las herejías” (San Atanasio).

Los Santos Padres unánimemente reconocen que ella ha sido elegida para combatir contra la herejía.

El instrumento de que se vale María para promover la gloria de su Hijo y de la Iglesia es el Santo Rosario.

El rezo del Santo Rosario es señal inequívoca de fe y piedad y su descuido es señal de corrupción de costumbres y frialdad en la fe.

La Iglesia considera el Santo Rosario como la primera de las devociones para honrar a la Madre de Dios pues en él canta la obra más grande de la historia: la Redención.

[1] Is 30, 19

[2] Cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica “Rosarium Virginis Mariae” nº 18…, 17.

Madre y Señora

Sobre la esclavitud mariana[1]

P. Gustavo Pascual, IVE.

            María es nuestra madre, pues, nos dio a luz al pie de la cruz[2].

¿Por qué la conveniencia de que sea nuestra señora? Son muchas las conveniencias de hacerse esclavo de amor de la Santísima Virgen.

 

  1. La esclavitud mariana nos consagra totalmente al servicio de Dios.
  2. Nos hace que imitemos el ejemplo de Jesucristo y practiquemos la humildad.
  3. Nos alcanza su protección maternal.

 

  1. Es un medio excelente para procurar la mayor gloria de Dios

 

Muchas veces no obramos por la gloria de Dios porque no sabemos por qué medios le damos mayor gloria o porque no la buscamos.

Nosotros al ceder el valor y mérito de nuestras buenas obras a esta gran Señora sabemos que ella las aplica a la mayor gloria de Dios.

 

  1. Conduce a la unión con el Señor

 

+ Camino fácil

– Camino abierto por Jesús.

– Camino por el que se avanza suave y tranquilamente.

– Camino que tiene la permanente compañía de María.

– Camino de cruces pero endulzado por nuestra madre.

 

+ Camino corto

– Porque en él nadie se extravía.

– Se avanza por él con rapidez, gusto y facilidad.

– Se adelanta más, en menos tiempo.

– Porque por la sumisión a María el alma pronto se enriquece.

– Hasta los jóvenes se hacen viejos en sabiduría celestial.

 

+ Camino perfecto

Porque María es la más perfecta y santa de las criaturas y Jesucristo ha venido a nosotros de la manera más perfecta y no tomó otro camino que María.

 

+ Camino seguro

– Porque esta devoción de esclavitud no es nueva. Muchos santos la han practicado desde antiguo y llegaron al cielo.

– Es medio seguro para ir a Jesucristo. Porque María tiene por oficio llevarnos a Jesús y éste a Dios Padre.

Pues quien desee tener el fruto perfecto Jesucristo debe tener el árbol que lo produce.

– Cuanto mas uno busque a María en oraciones, contemplaciones, acciones y padecimientos más perfectamente hallará a Jesús que esta siempre en María.

– Además donde esta María no esta el maligno.

– Para avanzar sin temor e ilusiones hay que seguir esta devoción de esclavitud de amor.

  1. Nos lleva a la plena libertad de los hijos de Dios

Libertad interior.

– Quita del alma todo escrúpulo y temor servil.

– Ensancha el corazón con santa confianza en Dios.

– Nos inspira amor filial y tierno.

 

  1. Procura grandes ventajas al prójimo

– Se le da el valor satisfactorio e impetratorio de nuestras obras y ella las aplica a quien quiere.

 

  1. Es un medio maravilloso de perseverancia

– Somos débiles en perseverar.

– Nos confiamos por esta devoción a su fidelidad.

 

“Cuando ella te sostiene, no caes; cuando ella te protege, no temes; cuando ella te guía, no te fatigas; cuando ella te es favorable, llegas hasta el puerto de salvación” (San Bernardo).

            “Si confío en ti, oh Madre de Dios, me salvare; protegido por ti, nada temeré; con tu auxilio combatiré a mis enemigos y los pondré en fuga porque ser devoto tuyo es un arma de salvación que Dios da a los que quiere salvar” (San Juan Damasceno).

 

  1. Hacer todo POR María

 

Obedecer en todo a María.

Regirse por su espíritu que es el Espíritu de Dios.

María jamás se condujo por su propio espíritu, siempre, por el espíritu de Dios, el cual fue Dueño y Señor de ella que tuvo su mismo espíritu.

María es grande por renunciar a su propio espíritu.

“El que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo”[3].

La humildad es base de la magnanimidad.

 

Tenemos que tener como ella:

+ Espíritu suave, manso y fuerte, es decir, santo abandono para grandes empresas, principalmente para llevar la cruz.

+ Espíritu celoso, con grandes deseos de glorificar a Dios y salvar las almas. Grandes deseos de ser santos.

+ Espíritu prudente, humilde y valeroso.

+ Espíritu puro, que viva la castidad a pleno en pensamientos, palabras y obras.

+ Espíritu fecundo, que arrastre al seguimiento y engendre hijos.

 

Para poseer éste espíritu hay que:

+ Renunciar al propio espíritu, luces y voluntad antes de hacer cualquier cosa.

+ Entregarse al espíritu de María para ser movidos y conducidos por ella.

Estar atentos… La voluntad de Dios se manifiesta a través de los mandamientos, del cumplimiento del deber de estado, de los superiores, etc.

Abandonarse sin preocupaciones, lo que no quiere decir inmovilidad y quietismo.

Dirigirle jaculatorias “renuncio a mí mismo por vos”, “me doy a vos, querida madre”.

 

  1. Hacer todo CON María

 

Mirar a María, conocerla y penetrar en los misterios de su vida.

Como lo hizo María o como lo haría María.

 

Meditar y examinar sus virtudes:

  • Su fe viva. Que nuestra fe sea inconmovible a pesar de la sensibilidad.
  • Su humildad profunda. Que nos lleve a ocultarnos.
  • Su pureza.

Que María sea nuestro molde.

 

III. Hacer todo EN María

 

+ Hay que entender y meditar lo siguiente: María es el verdadero paraíso terrenal del nuevo Adán.

  • En ella se albergó nueve meses Cristo.
  • En ella está el árbol de la vida. Allí encontramos a Cristo y también el cielo.
  • En ella está el árbol de la ciencia del bien y del mal. En ella encontramos la Sabiduría encarnada y la sabiduría para conducirnos en esta vida.

 

+ Para entrar en ella es necesaria la gracia del Espíritu Santo.

  • Debemos pedirla.
  • Debemos ser fieles para que el Señor se digne concedernos esa gracia.
  • Debemos, una vez conseguida, permanecer en ella con perseverancia.
  • Allí seremos alimentados de gracia y misericordia.
  • Seremos librados de temores y escrúpulos.
  • Estaremos a salvo de los enemigos del alma.

 

  1. Hacer todo PARA María

 

Todo hacerlo para ella como un siervo, como un esclavo.

Ella debe ser el fin próximo de nuestro obrar y así le agradaremos.

No permanecer ociosos. Para llegar a imitarla hay que tener un deseo eficaz.

Con su protección emprender grandes obras.

Defender sus privilegios.

Sostener su gloria.

Atraer a todos hacia ella.

Clamar y hablar contra los que abusan de su devoción.

Sólo debemos buscar como recompensa servir a esta gran Señora.

 

 

 

[1] Cf V.D. nº 135-182…, 513-41; 257-265…, 578-84.

[2] Cf. Jn 19, 27

[3] Mt 20, 27

Devoción a Nuestra Señora

San Alberto Hurtado

Es un elemento esencial en la vida cristiana. En los Ejercicios aparece continuamente: En todos los grandes coloquios: Infierno, Reino, Banderas, 3 grados de humildad; en las meditaciones de la Encarnación y del Nacimiento, en 2ª y 3ª semanas; en la oblación del Reino; mis votos religiosos en presencia de María.

El alma cristiana está llena de esta devoción. Los cruzados al caer: “Madre de Dios, ten misericordia de mí”, y los sarracenos los remataban: “Perro pagano, Dios no tiene Madre”. En países de misión, el Islam que avanza, se ve detenido por María. Esas religiosas indígenas, todas con títulos de María, Capillas, Rosario, Escapulario, Templos, Peregrinaciones, Grutas.

1. En qué se funda la devoción a María

Es una lástima que prediquen esta devoción poética: Palma de Cades, Rosa de Jericó, ponderando únicamente su hermosura. El verdadero fundamento no lo descubre el hombre raciocinando (pues no acepta la idea de privilegio), sino orando bajo la inspiración del Espíritu Santo. En nuestra oración hallamos tan natural el privilegio de María antes de todo mérito suyo. Se ve en la celebración del 8 de diciembre. El pueblo que ora lo intuye. En Lovaina en el 50º aniversario de la Inmaculada Concepción, había iluminación hasta de las casas más modestas. Un niño es interrogado: En la Fiesta de Nuestra Señora, ¿tú le tienes envidia? -Nadie tiene envidia de la Madre.

2. La gracia de María funcional:

La gracia de María es gracia funcional. Toda gracia es funcional, en provecho de todos los demás, justos y pecadores. No se trata de honores sino de funciones. La función de María es ser Madre de Dios, y su gracia es para nosotros lo que funda nuestra esperanza, ya que la preferida de Dios es mi Madre, ¡qué bien lo entendieron los cristianos de la Edad media, en esos himnos maravillosos!

Todo tu honor, lo alcanzaste para nosotros.

Tú tienes que sernos la puerta de la vida,

como Eva lo fue de la muerte.

La gracia funcional de María persiste: Cuando Dios ha elegido una persona para una función no cambia de parecer. San José, patrono de la Sagrada Familia; la Sagrada Familia creció y es la Iglesia, luego José, patrono de la Iglesia. María al cuidado doméstico de la Sagrada Familia… Ésta crece al cuidado doméstico de la Iglesia: “Así como cuando vivía Jesús iba usted, oh Madre, con el cántaro sobre la cabeza a sacar agua de la fuente, venga ahora a tomar agua de la gracia y tráigala, por favor, para nosotros que tanto la necesitamos”.

3. Modelo de cooperación

María como Madre no quiere condecoraciones ni honras, sino prestar servicios. Y Jesús no va a desoír sus súplicas, Él, que mandó obedecer padre y madre. Su primer inmenso servicio fue el “Hágase”… y el “He aquí la Esclava del Señor” (Lc 1,38). Todos los teólogos de acuerdo en admitir que no habríamos tenido Encarnación si María se hubiese resistido (¡cuántas encarnaciones de Dios en el alma de sus fieles fallan por nuestra culpa!). Dios hizo depender su obra del “Sí” de María. Sin hacer bulla prestó y sigue prestando servicios: esto llena el alma de una santa alegría y hace que los hijos que adoran al Hijo, no puedan separarlo de la Madre. Varonil, fuerte y tierna, esta devoción afirmémosla. ¡Será la defensa de nuestros mejores valores!

 

Madre de misericordia

P. Gustavo Pascual, IVE.

Esta advocación comienza con San Odón, abad de Cluny.

            María es madre de misericordia porque nos dio a Jesucristo y también por ser madre espiritual de los fieles. Ella presenta en el cielo las necesidades de sus hijos ante su Hijo como lo hizo en las bodas de Caná.

            María es la profetiza que ensalza la misericordia de Dios.

            María en el Magnificat alaba la misericordia de Dios:

            “Y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen”[1].

            “Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia”[2].

            Nosotros debemos proclamar la misericordia de Dios como lo hizo María pues tiene con cada cristiano una misericordia particular.

            María es la mujer que ha experimentado de modo especial la misericordia de Dios.

            “María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado —como nadie— la misericordia y, también de manera excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la misericordia divina”[3].

  1. María participa en grado eminente la misericordia divina

           En el Evangelio se narra la compasión de Jesús por nosotros. En esa compasión está nuestra salvación y seguridad, y en ella debemos aprender a ser misericordiosos con los demás. A mayor misericordia con los demás, alcanzaremos con más prontitud el favor de Dios[4].

            De esta misericordia es ejemplo la Santísima Virgen; ella “es la que conoce mas a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es”[5].

            “La misericordia nace del corazón y se apiada de la miseria ajena de tal manera que le duele y entristece como si fuera propia, llevando a poner los remedios oportunos para intentar sanarla”[6].

            En Jesucristo está la expresión plena de la misericordia divina: se entregó en la cruz, en acto supremo de amor misericordioso y ahora la ejerce desde el Cielo y en el sagrario; “No es tal nuestro Pontífice, que sea incapaz de compadecerse de nuestras miserias […] Lleguémonos, pues, confiadamente, al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia”[7].

            En María la misericordia se une a la bondad de madre; el título de madre de la misericordia fue ganado por ella en su “fiat” en Nazaret y en su “fiat” en el Calvario. “Por su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz”[8].

  1. Salud de los enfermos; refugio de los pecadores

           El título de madre de misericordia se ha expresado tradicionalmente a través de las siguientes advocaciones: salud de los enfermos, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos.

            La Santísima Virgen obtiene la curación del cuerpo, sobre todo cuando está ordenada al bien del alma. Otras veces hace entender el dolor, el mal físico como instrumento de la providencia de Dios para nuestro bien.

            La Santísima Virgen nos remedia también las heridas del pecado original que han sido agravadas por nuestros pecados personales. Fortalece a los que vacilan, levanta a los caídos y ayuda a disipar las tinieblas de la ignorancia y del error.

            En María encontramos amparo seguro. Ella acoge a los pecadores y los mueve al arrepentimiento.

  1. Consuelo de los afligidos y auxilio de los cristianos

           Durante su vida fue consuelo de San José en Belén, y también en la huída a Egipto. Fue consuelo de las mujeres en Nazaret y consuelo de los apóstoles en la Pasión y en el Cenáculo.

            Y finalmente auxilio de los cristianos, porque favorece principalmente a quienes ama y nadie amó más a quienes formamos parte de la familia de su Hijo. En ella encontramos todas las gracias para vencer en las tentaciones, en el apostolado, en el trabajo.

            “En mí se encuentra toda gracia de doctrina y de verdad, toda esperanza de vida y de virtud”[9].

[1] Lc 1, 50

[2] Lc 1, 54

[3] Juan Pablo II, Carta Encíclica “Dives in misericordia” nº 9, Paulinas Buenos Aires 1980, 41-2.

[4] Cf. Mt 6, 14

[5] Juan Pablo II, “Dives in misericordia” nº 9…, 42

[6] Cf. San Agustín, la Ciudad de Dios, 9. Cit. Carvajal, Hablar con Dios, t. III, Palabra Barcelona 1993, 338.

[7] Hb 4, 15-16

[8] L.G. 62

[9] Si 24, 25

MADRE, ENSÉÑANOS…

María es nuestra maestra

P. Gustavo Pascual, IVE.

            María es maestra nuestra que nos enseña la contemplación de Jesús[1].

            En “Ecclesia de Eucharistia” el Papa Juan Pablo II señala la relación estrecha de María con la Eucaristía. Ella es maestra incomparable de amor a Jesús Eucaristía.

            El canon romano la venera: “veneramos la memoria ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor” y en las otras plegarias eucarísticas esa veneración se transforma en imploración: “así, con María, la Virgen Madre de Dios… merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (II), “Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad con María, la Virgen Madre de Dios” (III), “El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen” (IV). Y el prefacio cuarto de Adviento: “Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos por el misterio de la Virgen Madre. Porque, si del antigua adversario nos vino la ruina, en el seno virginal de la hija de Sión ha germinado aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz”.

            ¿Quién puede hacernos gustar la grandeza del misterio eucarístico mejor que María? Nadie como ella puede enseñarnos con qué fervor se han de celebrar los santos Misterios y cómo hemos de estar en compañía de su Hijo escondido bajo las especies eucarísticas.

            Sacerdote… “ahí tienes a tu madre”[2] que ella sea tu maestra[3], cristiano fiel… “ahí tienes a tu madre” que ella sea tu maestra.

            En la encíclica sobre el Rosario el Papa presentaba a María como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, e incluía entre los misterios de luz la institución de la Eucaristía[4]. María puede guiarnos a la Eucaristía.

            María no aparece en el relato evangélico de la Ultima Cena, sí estaba con los Apóstoles en Pentecostés[5] y seguramente estaba en las celebraciones eucarísticas ya que los primeros cristianos eran asiduos “en la fracción del pan”[6].

            María es principalmente mujer eucarística con toda su vida.

            La Eucaristía es Misterio de la fe y, por tanto, ante ella es necesario un total abandono a la palabra de Dios, de lo cual es ejemplo María en la respuesta al Ángel: “hágase”[7].

            “Haced esto en recuerdo mío”[8]. Mandato del Señor que es eco de la enseñanza de María en Caná: “Haced lo que él os diga”[9]. María quiere que nos fiemos de la palabra de Jesús porque así como en las bodas convirtió el agua en vino pudo hacer del pan y el vino su cuerpo y su sangre.

            María practicó la fe eucarística antes de su institución, pues ofreció su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios, y la Eucaristía, memorial de la pasión, está en estrecha relación con la Encarnación. Nos alimentamos de la carne del Verbo Encarnado.

            María concibió en la anunciación al Hijo de Dios, incluso en la realidad física de su cuerpo y sangre, anticipando en cierta forma, lo que se realiza en el que recibe la Eucaristía.

            Hay una analogía profunda entre el “hágase” de María y el amén que cada fiel pronuncia al comulgar. A María se le pidió creer que a quien concibió por obra del Espíritu Santo era el Hijo de Dios[10]. Al que comulga se le pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies sacramentales.

            María anticipa en la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. En la visitación se convierte, en cierto modo, en “tabernáculo” en donde Jesús se ofrece a la adoración de Isabel. El abrazo de María al Niño recién nacido ¿no es modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?

            María, con toda su vida junto a Cristo y no solo en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la eucaristía. Desde la presentación donde Simeón manifiesta su vida sacrificial[11] hasta el “Stabat Mater” del Calvario.

            ¡Qué sentimientos brotarían del corazón de María al escuchar de los apóstoles “Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros”[12]!. Ese cuerpo bajo los signos sacramentales era el mismo cuerpo concebido en su seno. Recibir la Eucaristía sería para María una nueva Encarnación.

            “Haced esto en recuerdo mío”. En el “memorial” del Calvario también esta incluida la entrega de María como nuestra Madre.

            Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa acoger por madre a María. Significa el compromiso de conformarnos a Cristo aprendiendo de María y dejándonos acompañar por ella. María está presente en todas las celebraciones eucarísticas.

            En la Eucaristía, la Iglesia se une a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María.

            Recordemos su Magnificat…

            La Eucaristía como el Magnificat es alabanza y acción de gracias. María al cantar alaba al Padre “por” Jesús, pero también lo alaba “en” Jesús y “con” Jesús. Esta es la verdadera “actitud eucarística”.

            En el Magnificat María rememora las maravillas de Dios en la historia de la salvación principalmente la encarnación redentora. También en este canto está presente la tensión escatológica de la Eucaristía.

            Cada vez que Jesús se presenta bajo las especies eucarísticas suenan las palabras “exaltó a los humildes”[13]. María canta el “cielo nuevo” y la “tierra nueva” que se anticipan en la Eucaristía.

            El Magnificat expresa la espiritualidad de María, por tanto, debemos vivir el misterio eucarístico como un Magnificat sin fin[14].

[1] Cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica “Novo millennio ineunte” nº 23-24; Carta Apostólica “Rosarium Virginis Mariae nº 9-10, Instituto del Verbo Encarnado New York 2002, 9-10; Carta Encíclica “Ecclesia de Eucharistia” nº 53-58, Ediciones del Verbo Encarnado 2003, 47-50.

[2] Jn 19, 27

[3] Cf. Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes para el jueves santo de 2005, nº 8. Roma 13/03/05, V Domingo de Cuaresma de 2005

[4] Cf. nº 21

[5] Cf. Hch 1, 14

[6] Act 2, 42

[7] Lc 1, 38

[8] Lc 22, 17

[9] Jn 2, 5

[10] Cf. Lc 1, 30.35

[11] Cf. Lc 2, 34.35

[12] Lc 22, 19

[13] Lc 1, 52

[14] Cf. Ecclesia de Eucharistia nº 53-58…, 47-50.

“La más pariente”

Pertenecen a la familia del Señor todos los que hacen la voluntad del Padre[2].

P. Gustavo Pascual, IVE.

 

            Todos los cristianos formamos parte de la familia de la Iglesia y tenemos un Padre común y todos somos hermanos. La comunión de la Iglesia se da por el cumplimiento de la voluntad del Padre.

            Jesús nos enseñó esta verdad en la oración dominical “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. La Iglesia triunfante está confirmada en la obediencia a la voluntad de Dios y la Iglesia militante cumple también esta voluntad como así también los que verdaderamente pertenecen a ella.

            En el cumplimiento de la voluntad de Dios está nuestra perfección. Los santos en el cielo gozan de Dios por haber cumplido la voluntad de Dios aquí en la tierra.

De este pasaje aprendemos a ver el parentesco en la tierra relacionado con el parentesco en el cielo[3].

            ¿Y dónde se manifiesta la voluntad de Dios? En el cumplimiento de los diez mandamientos y los preceptos de la Iglesia; en el cumplimiento de nuestro deber de estado; en la aceptación de las cruces, enfermedades y dolores que Dios nos envía y en la voluntad de Dios en cosas más particulares que discernimos a través de los Ejercicios Espirituales anuales o en hechos concretos que aparecen, ayudados por el Director Espiritual… Es decir en el cumplimiento total de la voluntad de Dios: la voluntad significada[4] y la voluntad de beneplácito[5].

            En concreto cada acto de obediencia que hacemos a nuestros mayores es un obsequio de nuestra voluntad y querer propios a la voluntad de Dios. De esto Jesús se congratula y también la corte celestial.

            Muchos de los parientes carnales de Jesús no obedecieron sus palabras así como tampoco lo hicieron muchos de su propia raza.

            Jesús funda un nuevo parentesco, primero pequeño, alrededor suyo que iba a ser el núcleo de la Iglesia, la gran familia de Dios. Ellos fueron la Virgen y los discípulos.

            Estamos llamados a dar testimonio de la fidelidad a la voluntad de Dios para esclarecer cuál es la verdadera pertenencia a la Iglesia porque muchos quieren pertenecer a la Iglesia pero según su propia voluntad y aunque no reclaman un título de pertenencia carnal como los judíos si reclaman un título de cristianos pero sin fundamento real. Fundamento que consiste en vivir fielmente a la voluntad del Padre[6].

            Los santos son modelo, la Virgen es modelo, pero el modelo supremo de fidelidad a la voluntad del Padre es Jesús en quién el Padre se complace.

            Lo primero que tenemos que aceptar de Dios es la vocación a la cual nos ha llamado. Si aceptamos sus llamados viviremos felices y haremos feliz el entorno en que vivamos. Aceptar la propia vocación nos lleva al agradecimiento que se manifiesta en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo. Alzaré el cáliz de salvación e invocaré al Señor.

            “Quién cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (v. 35).

            Para cumplir la voluntad de Dios es necesario antes purificar nuestra voluntad:

Desprendernos de todo lo creado

            No estar apegado a lo creado de modo que nos impida hacer la voluntad de Dios.

            Y esto:

            Porque Dios es el todo y las criaturas son efímeras.

            Porque dos contrarios no caben en un sujeto.

            Para poder unirse a Dios.

            “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”[7].

Adnegarnos completamente a nosotros mismos

            Ya que el egoísmo o amor desordenado a sí mismo es el origen de todos los pecados.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”[8].

Cumplimiento de la voluntad de Dios

            Oír la palabra de Dios y practicarla.

¿Cómo se manifiesta la voluntad de Dios?

  • En los diez mandamientos.
  • En las indicaciones, consejos y mandamientos de la Iglesia.
  • En las obligaciones que lleva consigo la propia vocación y estado.
  • En aquellas cosas que Dios permite y que son siempre para nuestro bien: “sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman”[9]. Hay una providencia que se oculta detrás de cada acontecimiento.

EL CUMPLIMIENTO DE LA VOLUNTAD DE DIOS ES EL MÁS SEGURO GUÍA DEL CRISTIANO.

Distintas formas de cumplir la voluntad de Dios

            Con resignación que es un mero doblegarse como si no quedase otra posibilidad.

            Aceptándola es decir con una adhesión más profunda y meditada.

            Con conformidad queriendo lo que Dios quiere.

            Con pleno abandono que es una entrega completa confiando siempre y en todo en Dios.

            Con pleno abandono como Cristo. Si así lo hacemos conseguiremos fortaleza en las tentaciones y como fruto paz y alegría.

            Jesús al decir “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” no está rechazando a su madre sino que la está ensalzando porque la Santísima Virgen es la perfecta discípula de Jesús. María hizo siempre y con total perfección la voluntad de Dios. Toda su vida es un perfecto “fiat” (“hágase”). En ella Dios encuentra sus complacencias porque como su Hijo hizo en todo su voluntad.

[1] Mc 3, 31-35

[2] Pseudo Clemente, Crisóstomo; cit. La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Nuevo Testamento (2), Evangelio de San Marcos, Ciudad Nueva Madrid 2000, 102

[3] San Agustín, La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Nuevo Testamento (2), Evangelio de San Marcos…, 102B

[4] Todo lo que Dios nos manda en sus preceptos, lo que nos aconseja, lo que nos inspira.

[5] Todo lo que quiere y permite en nuestra vida. Lo que a cada instante nos va pidiendo y que no lo conocemos.

[6] Es decir la fidelidad a las promesas bautismales.

[7] Mt 10, 37

[8] Mt 16, 24-25

[9] Rm 8, 28