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A nuestra Madre de amor

Nuestro bendito cuarto voto…

A todos los miembros de mi amada familia religiosa:

el Instituto del Verbo Encarnado.

P. Jason Jorquera Meneses.

Bien sabemos que aquello que nos constituye propiamente en religiosos son nuestros sagrados votos; aquella profesión solemne que irrumpió en nuestras vidas para hacernos morir… y vivir más intensamente que nunca: morir a los terrenales lazos para aferrarnos a los eternos; al modo humano, ciertamente porque tales somos, pero según el modelo de una concreta humanidad; aquella misma que zanjó la historia con un estilo de vida propio, completamente consagrado al Padre, y cuya gran enseñanza es la de rendir la voluntad para triunfar, pero rendirla totalmente y sin reservas hasta el extremo del amor, el cual “mientras más extremo, es más cercano a Dios”. Es así que el estilo de vida de Jesucristo en la tierra, se precisó en los consejos evangélicos; entregando el corazón y todos sus afectos por medio de la castidad; reconociendo efectivamente a Dios como nuestra riqueza absoluta mediante la pobreza; y haciendo de nuestra existencia toda el más preciado don al Cielo, mediante la obediencia.

Los sagrados votos, “aquellos lazos que liberan”[1], son el modelo acabado de una vida que se ofrece en la patena y se eleva con agrado al trono del Eterno, cuyo brillo será tanto mayor cuanto lo sea su fidelidad, y cuya manifestación primera al mundo no será otra que la de reproducir -en la medida de nuestras “generosas posibilidades”-, como hemos dicho, la atractiva manera de vivir la vida según el Verbo Encarnado.

Y como Jesucristo siempre ha sido generoso con nuestra familia religiosa, desde los comienzos -y desde sus raíces-, decidió entregarnos un medio más: el mejor y más acabado; el mismo que moldea a las almas predilectas para hacer las cosas grandes, las que sólo alcanzan los humildes, las que cantaremos de generación en generación a la creatura cuya imagen es la más perfecta; la llena de gracia y la más parecida a Jesucristo; y no sólo por sus rasgos físicos al haberlo concebido en su vientre y dado luego a luz, sino principalmente por la similitud de su alma, la única capaz de merecer la contribución en el plan de redención, cuya amorosa decisión en la eternidad comenzó aquí en la tierra con un humilde “sí”, expresado en las perpetuas y siempre profundas palabras de la joven purísima de Nazaret: “hágase en mí según tu palabra”[2], prefiguración de la más absoluta entrega que se llevaría a cabo en Getsemaní, 33 años después, en Jesucristo y hasta el fin de los tiempos en sus consagrados, y que sintetizaría la esencia de la consagración religiosa mediante los sagrados votos: “…no se haga mi voluntad sino la tuya”[3]: he ahí la razón sobrenatural del alma dedicada completamente a Dios.

Siendo María santísima nuestra Madre, necesariamente nos corresponden los deberes de los hijos respecto a ella, comenzando con amarla, y de ahí a todo lo demás: el respeto, la ternura, la confianza y la piedad; sin dejar de lado el buen ejemplo de los hijos de tal Madre con respecto los demás. Ahora bien, esto es común a todo hijo de la Iglesia, pero en nuestro caso existe, además, el solemne compromiso de abrazarnos con la vida a esta Madre castísima, como el niño pequeño en los brazos que primero lo acogieron como cuna, y de manera inalienable. Nuestro voto de esclavitud mariana no está orientado hacia un consejo evangélico o una virtud, sino hacia una persona que es ejemplo de virtudes; más aún: nuestro voto a María santísima nos es propiamente “tender” sino “aferrarse” a esta buena madre, la mejor de todas, con un lazo “sumamente filial”, es decir, en el aspecto más propio de la relación de dependencia entre madre e hijo, con la particularidad de que en este caso, en vez de madurar hasta seguir adelante por nuestra propia cuenta -como los hijos al crecer-, mientras más crece nuestra vida espiritual más intensa y más estrecha se vuelve nuestra relación con María santísima y viceversa, poniendo todas nuestras obras en sus manos al haberla asumido como Madre con un compromiso sellado y aceptado por el mismo Dios.

Cualquier religioso que decidiera formalmente renunciar a alguno de sus votos se haría traidor y despreciable, pues no se renuncia a aquello que se ha abrazado poniendo a Dios como testigo, más aún cuando Él mismo será quien lleve a término la obra comenzada si le somos fieles. Ahora bien, el voto de esclavitud mariana es demasiado importante como para pretender desentenderse de él o serle indiferente, así que no olvidemos jamás a nuestra Madre. El voto, como hemos dicho, es una promesa hecha a Dios, y en este caso de imitar a Jesucristo también en cuanto hijo de María en amorosa “esclavitud de amor”; agradándole y buscando en todo contentarla sin poner excusas, sencillamente porque le pertenecemos, y porque en virtud de este voto somos los más beneficiados por ella: al asumirnos como hijos predilectos se convierte en nuestra primera intercesora ante el trono celestial, mientras nos alcanza todas las gracias necesarias para “hacer lo que su Hijo nos diga”[4] en miras a la eternidad; “Pero, ¿qué serán estos servidores, esclavos e hijos de María? Serán fuego encendido, ministros del Señor, que prenderán por todas partes el fuego del amor divino. Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos: como saetas en mano de un valiente. Serán hijos de Levi, bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones y muy unidos a Dios. Llevarán en el corazón el fuego del amor, el incienso de la oración en el espíritu y en el cuerpo la mirra de la mortificación.”[5]

Es así que “marianizar la vida” consiste en darle una verdadera impronta, no tan sólo en las devociones tradicionales sino, y principalmente, en el espíritu mariano que debe embeber toda nuestra existencia, porque “todo fiel esclavo de Jesús en María debe, por tanto, invocarla, saludarla, pensar en Ella, hablar de Ella, honrarla, glorificarla, recomendarse a Ella, gozar y sufrir con Ella, trabajar, orar y descansar con Ella y, en fin, desear vivir siempre por Jesús y por María, con Jesús y con María, en Jesús y en María, para Jesús y para María”[6]

Que jamás nos olvidemos de nuestra Madre, que cantemos con la vida las grandezas de María, que nuestra devoción filial sea la impronta y el perfume de nuestra jornada, llevando a todas las almas a María y por medio de ella a Jesucristo; porque este es nuestro “compromiso solemne” … no le fallemos a María santísima, y no le fallaremos a nuestro Señor Jesucristo.

 

[1] Título de otro artículo -no terminado aun-, acerca de los sagrados votos como expresión de la máxima libertad aquí en la tierra.

[2] Lc 1, 38

[3] Lc 22, 42; Mt 26, 39

[4] Cf. Jn 2, 5

[5] San Luis María Grignion de Montfort

[6] Constituciones nº 89

El dulce nombre de María

Una Madre a quien siempre invocar

P. Jason Jorquera M.
Un nombre consiste en aquella palabra capaz de sintetizar, de alguna manera, la esencia y características propias de las cosas o las personas. Existen nombres cuyo significado cualifica a las cosas, como un tenedor (“el que tiene, o sostiene”), un abogado (el que aboga o defiende) o un padre (el que engendra, educa y protege). Pero cuando se trata de los nombres propios es más bien al revés; no estamos hablando del significado propio de la palabra en cuanto tal, como “Cristofer”, que significa el portador de Cristo; o “Leticia”, que significa alegría; sino que nos referimos a lo que contiene un nombre respecto a la persona que lo posee, como los nombres de nuestros hermanos, que contienen en sí toda las experiencias que hayamos tenido juntos, recuerdos, lágrimas y risas, consejos, aventuras, etc.; o los de cada uno de nuestros amigos y, más aun, de nuestros padres.
Y teniendo todo en cuenta, me quisiera referir en este día a un nombre que sigue extendiendo sus favores a la humanidad, intercediendo por ella ante su Hijo día y noche, cada vez que nosotros lo invocamos con confianza filial y amor incondicional; aquel nombre que se adorna con letanías que podemos rezar y cantar junto con la Iglesia para alabar piadosamente a la purísima creatura que lo lleva, aquella que extiende su misión en cada aspecto de las letanías, de tal riqueza que le agregamos “Puerta del cielo”, “Estrella de la mañana”, “Salud de los enfermos”, “Refugio de los pecadores”, “Consoladora de los Afligidos”, “Auxilio de los cristianos”; Virgen, Madre, Reina, Protectora, Abogada, etc., etc.; y cuya síntesis está expresada y contenida en su dulce nombre, que hoy celebramos; y nos referimos a nuestra madre del Cielo: María, la Virgen Madre.
Recurrir al nombre de María santísima es mucho más que una simple plegaria, pues significa encaminar el corazón hacia Dios por medio de ella; es recurrir al menor y más perfecto medio para hacer llegar nuestras oraciones al Altísimo y ganarnos los favores del Cordero de Dios por medio de las manos corredentoras que se convirtieron en el primer regazo del Hijo de Dios, en Belén; y de la humanidad entera a partir del Calvario.
El nombre de María es tan poderoso que hace temblar a los demonios ante tan grande humildad, y tan eficaz que es capaz de forjar a los hijos más perfectos y agradables a Dios, razón por la cual todo gran santo la tuvo como Madre amadísima; y motivo irrenunciable por el cual nosotros, los monjes del I.V.E., la tomamos como madre bajo voto.
De ahí la hermosa oración de san Bernardo, alma magnánima y devotísima de María, en la cual el santo afirma sin posibilidad de errar, la importancia de acudir constantemente al nombre de María: cada vez que nos sintamos solos, cada vez que arremetan fuertemente las tentaciones, cada vez que el dolor y la angustia quieran anidar en nuestro corazón o cada vez que queramos firmemente amar más y más a Dios… tan sólo debemos invocarla llenos de confianza y amor filial:
“…Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, nada tendrás que temer;
si Ella te conduce, no te cansarás; si Ella te es favorable, alcanzarás el fin.
Y así verificarás, por tu propia experiencia,
con cuánta razón fue dicho: “Y el nombre de la Virgen era María”. (san Bernardo).
Le pedimos en este día a nuestra Madre, María, la gracia de jamás dejar de acudir a ella en la adversidad, y dejarnos conducir por sus manos maternales hacia la divina voluntad de Aquel que por madre nos la entregó.

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Hipódromo Peñuelas – La Serena (Chile)
Domingo 5 de abril de 1987

Queridos hermanos y hermanas:

1. “En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a las turbas, una mujer de entre el gentío levantó la voz diciendo: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! (Lc 11, 27)”.

Esta alabanza a Jesús y a María brota de la fe sencilla de una mujer desconocida. Emocionada en lo más profundo del corazón, ante las enseñanzas de Jesús, ante su figura amable, aquella persona no puede contener su admiración. En sus palabras reconocemos una muestra genuina de la religiosidad popular, siempre viva entre los cristianos a lo largo de la historia.

Con gran gozo y con gratitud al Señor, por estar hoy entre vosotros, en esta noble y antigua ciudad de La Serena, saludo con afecto a cuantos participáis en esta celebración de la Palabra, y a todos los habitantes del llamado Norte Chico de Chile que, sin embargo, no deja de ser grande por muchos motivos; en primer lugar por su fe cristiana, de la que son testimonio sus santuarios y que se manifiesta en las peregrinaciones, en las fiestas y bailes religiosos, a los que se une el Norte Grande.

En presencia de estas imágenes veneradas de la Virgen de Andacollo, de la Candelaria y del Carmen, y del Niño Dios de Sotaquí, San Pedro de Coquimbo, San Isidro de Illapel, Cruz de Mayo y ante las demás representaciones de la Madre de Dios que habéis traído para su bendición, el Papa quiere repetir junto con vosotros la misma alabanza de la mujer del Evangelio: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc 11, 27). ¿No percibimos ahora en estas palabras el coro unido de hombres y mujeres chilenos que, desde el comienzo de la evangelización de vuestra patria, han amado y honrado al Señor y a la Virgen, su Madre? ¿No sentimos el fervor espontáneo que suscita la devoción popular a María Santísima, Madre nuestra, que no cesa de interceder por sus hijos?

2. Si, la piedad popular es un verdadero tesoro del Pueblo de Dios. Es una demostración continua de la presencia activa del Espíritu Santo en la Iglesia. Es El quien enciende en los corazones la fe, la esperanza y el amor, virtudes excelsas que dan valor a la piedad cristiana. Es el mismo Espíritu el que ennoblece tantas y tan variadas formas de expresar el mensaje cristiano de acuerdo con la cultura y costumbres propias de cada lugar en todos los tiempos.

En efecto, esas mismas costumbres religiosas, transmitidas de generación en generación, son verdaderas lecciones de vida cristiana: desde las oraciones personales, o de familia, que habéis aprendido directamente de vuestros padres, hasta las peregrinaciones que convocan a muchedumbres de fieles en las grandes fiestas de vuestros santuarios.

De ahí que sea muy digna de elogio la firme voluntad de los obispos de Chile, de fomentar todos los valores de la religiosidad conservados por el pueblo. Por mi parte quiero repetir ante vosotros lo que les dije a ellos en Roma, con ocasión de su última visita “ad limina”: “Es pues, necesario valorizar plenamente la piedad popular, purificarla de indebidas incrustaciones del pasado y hacerla plenamente actual. Esto significa evangelizarla, o sea, enriquecerla de contenidos salvíficos portadores del misterio de Cristo y del Evangelio” (Discurso a los obispos chilenos en visita “ad limina Apostolorum”, 19 de octubre de 1984, n 4).

Todas las devociones populares genuinamente cristianas han de ser fieles al mensaje de Cristo y a las enseñanzas de la Iglesia. Por eso habéis de comprender cuán bueno sea que vuestros Pastores, en el cumplimiento de la misión que les ha confiado el Señor, os ayuden a rectificar determinadas prácticas o creencias, cuando sea necesario, para que no haya nada en ellas contrario a la recta doctrina evangélica. Siguiendo con docilidad sus indicaciones, agradáis mucho al Señor y a la Virgen, pues quien oye a los Pastores de la Iglesia, oye al mismo Señor que los ha enviado (cf. Lc 10, 16).

La piedad popular ha de conducirnos siempre a la piedad litúrgica, esto es, a una participación consciente y activa en la oración común de la Iglesia. Me consta que, como culminación de vuestras peregrinaciones, procuráis recibir con fruto el sacramento de la penitencia, mediante una sincera confesión de vuestros pecados al sacerdote, el cual os perdona en nombre de Dios y de la Iglesia. Luego asistís a la Santa Misa y recibís la comunión, participando así de ese gran misterio de fe y de amor, el Sacrificio de Cristo, que se renueva por nosotros en el altar.

Estas celebraciones de la Iglesia, hacia las cuales ha de encauzarse dócilmente la religiosidad popular son sin duda alguna momentos de gracia. En ellas, habéis notado seguramente cómo vibra vuestro corazón, a compás con los nobles sentimientos que vuestra oración y vuestra vida elevan a Dios. Que esos momentos de conversión profunda y de encuentro gozoso en la Iglesia, sean cada vez más frecuentes, especialmente para celebrar los sacramentos. Las fiestas de los Patronos de cada lugar, los tiempos de misión, las peregrinaciones a los santuarios, son como invitaciones que el Señor dirige a toda la comunidad –y a cada uno–, para avanzar por el camino de la salvación.

Pero no estéis esperando a que vengan esas grandes festividades: acudid a la Misa dominical, santificando así el día del Señor, dedicado al culto divino, al legítimo descanso y a la vida de familia más intensa. Que en ninguna de vuestras jornadas falten momentos de oración personal o familiar dentro de esa iglesia doméstica que es el propio hogar, para que toda vuestra existencia se vea como inundada por la luz y la gracia de Dios.

3. Entre los múltiples signos indicativos de la piedad cristiana, la devoción a la Virgen María ocupa un lugar destacadísimo, el que corresponde a su condición de ser Madre de Dios y Madre nuestra. Como aquella mujer del Evangelio lanzó un grito de admiración y bienaventuranza hacia Jesús y su Madre, así también vosotros, en vuestro afecto y en vuestra devoción soléis unir siempre a María con Jesús. Comprendéis que la Virgen nos conduce a su divino Hijo, y que El escucha siempre las súplicas que le dirige su Madre. Esa unión imperecedera de la Virgen María con su Hijo es la señal más confidencial y fidedigna de su misión maternal, tal como nos lo demuestran las palabras dirigidas en Caná: “Haced lo que él os diga” (Jn  2, 5). María nos exhorta siempre a ser fieles al Evangelio, como Ella lo fue, pues su vida es un testimonio de fidelidad a la palabra y a la voluntad del Padre.

¿Veis cómo la devoción a la Virgen María es un rasgo esencial de la fe y de la piedad cristiana? Es pues natural que esta devoción anide en el alma de este país y que por lo mismo invoquéis a María con expresiones llenas de piedad y de confianza filial porque, además, brotan de los hijos predilectos del Señor: los pobres y sencillos, a quienes Dios ha destinado el reino de los cielos (cf Mt 5, 3).

La Virgen nos enseña con su ejemplo a poner en el Señor nuestra confianza de hijos mediante la alabanza y la acción de gracias.

“Alabad el Señor en su templo, alabadlo en su fuerte firmamento. / Alabadlo por sus obras magníficas, alabadlo por su inmensa grandeza” (Sal 150, 1. 2).

¡Oh Señor, Dios nuestro! En este día venturoso queremos aclamarte y cantarte con estas palabras del Salmista por tu bondad infinita para con nosotros. Porque no sólo has querido que seamos llamados hijos tuyos, hermanos de tu Hijo, sino que lo seamos también de verdad (cf 1Jn 3, 1).

Gracias sean dadas a Ti también, oh Cristo, porque nos has dado a tu Madre. Con aquellas palabras que pronunciaste en la cruz: “He ahí a tu hijo” (Jn 19, 26), nos la confiaste en manos de Juan, para que fuera la Madre de todos los hombres.

Te alabamos, Señor, porque muestras tu inmensa grandeza en la pequeñez de tu esclava (cf. Lc 1, 48). Porque Tú la escogiste, la adornaste con todas las gracias y la elevaste por encima de los ángeles y de los santos, para que nuestra Madre Santa María, la llena de gracia fuese la “obra magnífica de Dios por excelencia, a la que Chile entero aclama con amor y gratitud filiales.

4. La Virgen del “Magníficat” es el modelo de quienes se alegran en el Dios de la salvación y expresan con sencillez su gozo.

“Alabadlo tocando trompetas, / alabadlo con arpas y cítaras, / alabadlo con tambores y danzas, / alabadlo con trompas y flautas” (Sal 150, 3-4).

En la primera lectura hemos recordado el traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén, entre los cantos y bailes del rey David y del pueblo de Israel que la acompañaban. Fue ese un momento de júbilo para todos, expresado con alabanzas a Dios y adhesión a su Alianza, simbolizada en el Arca con las tablas de la ley.

También vuestro amor y devoción a la Virgen y al Niño Dios tienen manifestaciones parecidas, afincadas en siglos de tradición. De modo muy humano, con vuestros trajes, instrumentos y ritmos, se expresa visiblemente la fe de los hijos de esta tierra, que con todo su ser y al son de la música tributan honor a Cristo y a María Santísima. Se reproduce en cierto sentido aquella escena del Antiguo Testamento, pero esta vez en honor de María. Arca de la Nueva Alianza. “Bendito el fruto de tu vientre, Jesús”: María ha llevado en su seno al Hijo de Dios encarnado, autor y mediador de la nueva y eterna Alianza. Por esto, tantos cristianos la aclaman a diario con la invocación contenida en las letanías lauretanas: “Arca de la Alianza”.

“Todo ser que alienta alabe al Señor” (Sal 150, 6). Queremos, Señor, con la ayuda valiosa de tu Madre, extender por toda la tierra los frutos de tu Alianza de amor con el hombre. Queremos que todos los hombres te reconozcan y te alaben como Creador y Señor: que sepan descubrir tu presencia en sus vidas y el fin para el que fueron creados: que trabajen por hacer resplandecer la imagen que Tú acuñaste en el corazón de cada hombre con admirable benevolencia. Haz que con tu gracia, esa imagen divina grabada en su alma no quede dañada por el odio o la violencia dirigidos contra la misma vida, en especial la ya concebida y aún no nacida: ni por la perversión de las costumbres o las falsas evasiones que proporcionan los señuelos de la droga o del desorden sexual; ni tampoco abandonada a merced de las presiones de ideologías materialistas, sean del signo que fueren, que hieren y ahogan en su fundamento la misma dignidad de la persona humana.

Te pedimos hoy, Señor, que si alguien ha dejado de alabarte y ha preferido caminos desviados del Evangelio, deponga su actitud, y vuelva a Ti de la mano de María.

¡Y tú, Madre buena, que estás siempre cerca de tus hijos, y que aguardas su regreso a la Iglesia, haz que vuelvan! ¡Así lo pedimos a Dios por tu intercesión!

5. Demos gracias a Dios, hermanos, por la presencia maternal de María en la historia de vuestro pueblo. Ella ha guiado a los que os trajeron la fe, a los que os han enseñado a rezar. Ella ha hecho fructificar en los corazones de los chilenos de buena voluntad pensamientos de paz y no de aflicción (cf Jr 29, 11)). Ella os ha sostenido en las dificultades como signo de esperanza, de victoria y de felicidad futuras. Junto con toda la Iglesia en Chile, deseo ponerme bajo la protección de la Santísima Virgen del Carmen, Patrona de vuestra patria, peregrinando espiritualmente a los numerosos santuarios, iglesias y centros marianos del país, desde Tarapacá hasta Magallanes.

¡Ojalá la devoción popular a la Virgen se mantenga siempre viva en Chile, y en todos los chilenos y chilenas! En vuestra función de primeros evangelizadores (cf. Lumen gentium, 11), vosotros, padres de familia, habéis de enseñar a vuestros hijos a invocar a María con filial confianza, a recurrir a Ella como auxilio seguro y a imitar su vida como camino hacia el cielo.

Quiero recomendaros, de manera particular, el rezo del Rosario, que es fuente de vida cristiana profunda. Procurad rezarlo a diario, solos o en familia, repitiendo con gran fe esas oraciones fundamentales del cristiano, que son el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria. Meditad esas escenas de la vida de Jesús y de María, que nos recuerdan los misterios de gozo, dolor y gloria. Aprenderéis así en los misterios gozosos a pensar en Jesús que se hizo pobre y pequeño: ¡un niño!, por nosotros, para servirnos; y os sentiréis impulsados a servir al prójimo en sus necesidades. En los misterios dolorosos os daréis cuenta de que aceptar con docilidad y amor los sufrimientos de esta vida –como Cristo en su Pasión–, lleva a la felicidad y alegría, que se expresa en los misterios gloriosos de Cristo y de María a la espera de la vida eterna.

Conozco la hermosa costumbre, tan arraigada en Chile, del mes de María, celebrado en el mes de noviembre, el mes de las flores, y que culmina con la fiesta de su Purísima Concepción. Pido al Señor que esta devoción siga dando frutos abundantes de vida cristiana, de penitencia y reconciliación, en muchos, que alejados quizá de la práctica religiosa y tibios en la fe, retornan cada año a Jesús a través del calor y la bondad maternal de María.

6. Volvamos al relato del Evangelio para oír la respuesta de Cristo a la voz de esa mujer que exclamaba: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc 11, 28). El Señor, para que todos aprendiéramos, quiso responder con otra bienaventuranza: “Mejor: ¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Ibíd.).

Así elogió Jesús a su Madre, por el sacrificio silencioso de su vida, llena de inmenso amor, de servicio incondicional a los planes divinos de salvación. Nos la dejó como modelo de aceptación y cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios. En la vida de María, de una madre y esposa, aprendemos que en la normalidad cotidiana de nuestros deberes familiares y sociales, cumplidos con mucho amor, podemos y debemos alcanzar la santidad cristiana. El Concilio Vaticano II ha querido recordar este valor santificador que tienen las realidades diarias para todos los cristianos, cada cual en su tarea, al enseñar con respecto a los laicos que “todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios, por Jesucristo” (Lumen gentium, 34).

Pienso ahora especialmente en las mujeres de Chile, que saben imitar tan bien a nuestra Madre la Virgen. Doy gracias al Señor por esas virtudes femeninas con las que contribuyen al bien de todos. Le pido que toda la vida nacional se beneficie de esa ternura y fortaleza del buen sentido humano y cristiano, de la fidelidad v el amor que las distinguen. Para que se alcance un clima de serena y gozosa convivencia entre todos los chilenos, hace falta que os sigáis empeñando siempre en hacer de cada hogar un remanso de paz y una fuente de alegría cristiana. Viviendo como esposas, hijas y hermanas ejemplares, podréis difundir en la sociedad y en la Iglesia el calor del hogar de la Sagrada Familia de Nazaret.

7. Queridos hermanos y hermanas: Acercándoos a la Virgen mediante vuestras devociones populares, obtendréis siempre abundantes gracias, os sentiréis estimulados a la oración, a la penitencia y a la caridad fraterna. Son signos de la verdadera religiosidad popular, que mueve a dirigir la mente y el corazón a Dios, nuestro Padre: que impulsa a la reconciliación sincera con Dios y que os hace sentiros más vinculados a vuestros hermanos, a los que debéis amar y servir como Jesús nos ha enseñado con sus palabras y con su vida entera.

Por la intercesión maternal de María vuestras oraciones y vuestros sacrificios –que son también una meritoria forma de plegaria–, vuestros cantos y bailes, vuestras procesiones y el cuidado que ponéis en el culto, atraerán del Señor abundantes bendiciones de paz y de unión entre los chilenos, de conversión, de vocaciones sacerdotales y religiosas a su servicio.

Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Reina de la Paz y Patrona de Chile. Enséñanos a orientar toda nuestra piedad según las enseñanzas de Jesús y el beneplácito del Padre.

Y podremos cantar eternamente: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc 11, 28). De este modo, mereceremos, con el auxilio de María, aquella alabanza de Jesús: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”

¡Oh Virgen, por tu bendición queda bendita toda criatura!

“Dios entregó a María su propio Hijo, el único igual a él, a quien engendra de su corazón como amándose a sí mismo…”

Anselmo de Canterbury

Sermón 52: PL 158, 955-956

El cielo, las estrellas, la tierra, los ríos, el día y la noche, y todo cuanto está sometido al poder o utilidad de los hombres, se felicitan de la gloria perdida, pues una nueva gracia inefable, resucitada en cierto modo por ti ¡oh Señora!, les ha sido concedida. Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos para los que no habían sido creadas. Pero ahora, como resucitadas, felicitan a María, al verse regidas por el dominio y honradas por el uso de los que alaban al Señor.

Ante la nueva e inestimable gracia, las cosas todas saltaron de gozo, al sentir que, en adelante, no sólo estaban regidas por la presencia rectora e invisible de Dios su creador, sino que también, usando de ellas visiblemente, las santificaba. Tan grandes bienes eran obra del bendito fruto del seno bendito de la bendita María.

Por la plenitud de tu gracia, lo que estaba cautivo en el infierno se alegra por su liberación, y lo que estaba por encima del mundo se regocija por su restauración. En efecto, por el poder del Hijo glorioso de tu gloriosa virginidad, los justos que perecieron antes de la muerte vivificadora de Cristo se alegran de que haya sido destruida su cautividad, y los ángeles se felicitan al ver restaurada su ciudad medio derruida.

¡Oh mujer llena de gracia, sobreabundante de gracia, cuya plenitud desborda a la creación entera y la hace reverdecer! ¡Oh Virgen bendita, bendita por encima de todo por tu bendición queda bendita toda criatura, no sólo la creación por el Creador, sino también el Creador por la criatura!

Dios entregó a María su propio Hijo, el único igual a él, a quien engendra de su corazón como amándose a sí mismo. Valiéndose de María, se hizo Dios un Hijo, no distinto, sino el mismo, para que realmente fuese uno y el mismo el Hijo de Dios y de María. Todo lo que nace es criatura de Dios, y Dios nace de María. Dios creó todas las cosas, y María engendró a Dios. Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo mediante María; y, de este modo, volvió a hacer todo lo que había hecho. El que pudo hacer todas las cosas de la nada no quiso rehacer sin María lo que había sido manchado.

Dios es, pues, el padre de las cosas creadas; y María es la madre de las cosas recreadas. Dios es el padre a quien se debe la constitución del mundo; y María es la madre a quien se debe su restauración. Pues Dios engendró a aquel por quien todo fue hecho; y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado. Dios engendró a aquel sin el cual nada existe; y María dio a luz a aquel sin el cual nada subsiste.

¡Verdaderamente el Señor está contigo, puesto que ha hecho que toda criatura te debiera tanto como a él!

MAGNIFICAT ANIMA MEA DOMINUM

El cántico de la Virgen

( “Alaba mi alma la grandeza del Señor”)

P. Gustavo Pascual, IVE.

El Magnificat es un canto de inspiración personal cantado por la Santísima Virgen en la visita a su prima Isabel. En su composición se incluyen pasajes del Antiguo Testamento: del primer libro de Samuel, de Isaías, de los Salmos, del Génesis, lo cual nos revela el gran conocimiento que la Santísima Virgen tenía de las Sagradas Escrituras y la fidelidad de la transmisión oral en el Pueblo de Israel.

            María profetiza en el Magnificat el honor y el amor que le tendrán todos los hombres hasta el fin del mundo. “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”[2].

            El cántico tiene como dos partes:

  • Una que exalta a los humildes.
  • Otra que resalta la fidelidad de Dios a la promesa hecha al patriarca Abraham[3].

            Dice Juan Pablo II sobre este cántico que es “como el testamento espiritual de la Virgen Madre”[4].

           + Magnificat anima mea Dominum

María quiere que cada uno de nosotros alabe a Dios por las gracias que nos da.

“Sin duda que sólo aquel en quién el Poderoso hace obras grandes sabrá proclamar dignamente la grandeza del Señor y podrá exhortar a los que como él se sienten enriquecidos por Dios, diciendo: proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.

Pues el que no proclama la grandeza del Señor, sabiendo que es infinito, y no bendice su nombre será el último en el reino de los cielos” (San Beda el Venerable)[5].

            Resuena la glorificación de Dios a lo largo del cántico:

           Dios mi salvador (v.47)

El Poderoso ha hecho obras grandes en mi (v.49a)

            Santo es su nombre (v. 49b)

            Misericordioso de generación en generación (v.50)

            Derriba a los poderosos y enaltece a los humildes (v.52)

            El que acogió a Israel su pueblo (v.54)

            Su fidelidad a favor de Abraham y su descendencia (v.55)

+ Magnificat anima mea Dominum

           Exclamación que brota de la fe. Isabel termina su diálogo felicitando a María por su fe “feliz la que ha creído”[6]. Y la respuesta de fe de María es el Magnificat.

            El Catecismo de la Iglesia Católica pone como modelo de fe para los cristianos a María y a Abraham[7]. Ambos tienen una fe humilde, ambos una fe confiada. La fe del verdadero hombre religioso. Por eso ambos son ejemplos para todo hombre que quiera ser verdaderamente religioso.

            Ambos se ligan a Dios por un abandono total. Dios hace obras grandes en ambos, a Abraham lo hace padre del pueblo elegido y a María Madre de Dios.

+ Magnificat anima mea Dominum

           María exalta la grandeza de Dios y la humildad del instrumento humilde por el cual Dios se forma el nuevo Israel que es la Iglesia.

            María exalta la grandeza de Dios que cumplió misericordiosamente la promesa hecha a Abraham instrumento humilde por el cual formó el Israel carnal, el pueblo escogido de entre todos los pueblos.

+ Magnificat anima mea Dominum

           El verdadero religioso glorifica a Dios con sus palabras y con su vida porque sabe que lo grande en él es obra de Dios. Lo reconoce por la fe y apoya su fe en la humildad.

+ Magnificat anima mea Dominum

           La fe de María y la de Abraham en la entrega de sendos hijos.

            En uno, Abraham, el hijo no muere y en él está contenido el pueblo de Dios según la carne.

            María ve morir a su Hijo. Pero en la Pascua de Cristo está contenido el nuevo pueblo de Israel según el Espíritu.

+ Magnificat anima mea Dominum

            Nosotros glorificando a Dios no aumentamos su gloria (dice San Ambrosio)[8] sino que aumentamos la imagen de El en nosotros.

            El fin de nuestra vida, nuestra plenificación, está en glorificar a Dios. El cielo es glorificar a Dios eternamente y llegar a la plenitud de su imagen, como San Abraham, como la Santísima Virgen María.

            Es la fe la que nos hace decir Magnificat anima mea Dominum, es la fe la que nos hace verdaderos religiosos porque “el justo vive de la fe”[9].

 *          *          *

 Críticas al Magnificat

                       ¿Qué cristiano no sabe que el Magnificat es un canto de María? ¿Quién puede dudar que esas palabras, dulces como la miel, hayan brotado de nuestra querida Madre?

            Sin embargo, en estos tiempos muchos osan decir que el Magnificat no lo pronunció María sino que la Iglesia primitiva juntó varios pasajes del Antiguo Testamento, los armó bien bonito y los puso en boca de María.

            Ciertamente que el Magnificat tiene pasajes del Antiguo Testamento:

  • El Cántico de Ana[10].
  • Varios Salmos de David[11].
  • Textos del profeta Isaías[12].

            Pero ¿esto prueba la tesis de los críticos modernos? No. Por el contrario, debemos sostener que los relatos evangélicos son fidedignos y documentos auténticamente históricos.

            Además, el uso de María de los cánticos antiguos nos muestra el conocimiento que tenía de las Sagradas Escrituras.

            María fue inspirada por Dios al cantar el Magnificat.

El cántico

 + Gozo de María y bendición que hace al Señor.

       El gozo de María surge por la dignidad a que ha sido llamada, dignidad excelsa: ser la Madre de Dios.

            Este título es el principal y más excelso de María. De este dependen los demás.

            María es “llena de gracia” en vista a su misión especial.

            María es Reina por ser la Madre del Rey de reyes.

            María es Corredentora por haber sido incluida en un orden superior al nuestro, el orden hipostático.

            María es Virgen Perpetua porque así convenía a su dignidad.

            María es Inmaculada en su concepción porque fue redimida anticipadamente por su divino Hijo.

            La razón de su exaltación ella misma la dice “ha mirado la humildad de su esclava”, porque el corazón humilde no confía en sus fuerzas ni en cómo se realizarán las cosas que Dios propone sino que el corazón humilde pone toda su confianza en Dios. María no pretendía ser la Madre de Dios y por eso hizo voto de virginidad, pero Dios por su humildad la eligió por Madre.

 + La profecía de María.

            María recibe de Dios la gracia de profecía.

            Dice: “desde ahora me felicitarán todas las generaciones” profecía que se ha cumplido con toda exactitud a través de los siglos y se cumplirá hasta el fin del mundo.

+ Descripción de la acción de Dios para con los hombres y cumplimiento de las profecías.

  • Santidad de Dios “su nombre es santo”[13].
  • La misericordia[14].
  • Su predilección por los humildes[15].
  • Su amor a los más necesitados y la referencia implícita a la riqueza de los tiempos mesiánicos[16].
  • La fidelidad de Dios a sus promesas[17].

[1] “Alaba mi alma la grandeza del Señor” (Jsalén.).

[2] v. 48

[3] Jsalén.

[4] Juan Pablo II, Homilía en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, 15 de Agosto de 1999. http://www.mariologia.org/dogmasmarianosasuncion004.htm

[5] Cf. Sobre el Evangelio de San Lucas, Oficio de Lectura del miércoles 23 de diciembre del Tiempo de Adviento, segunda lectura.

[6] Lc 1, 45

[7] Cf. Cat. Ig. Cat., 145-149

[8] Cf. Oficio de Lectura del martes 21 de diciembre del Tiempo de Adviento, segunda lectura.

[9]  Cf. Rm 1, 17; Hb 10, 38

[10] Cf. 1 Sam 2, 1-10

[11]  Cf. 89, 11; 98, 3; 103, 17; 107, 9

[12]  Cf. 41, 8-9

[13] Lc 1, 49

[14] Lc 1, 50

[15] Lc 1, 51-52

[16] Lc 1, 53

[17] Lc 1, 54 ss.

El secreto de María

María nos da ejemplo

P. Gustavo Pascual, IVE.

 

            José ve a su esposa embarazada. Ella ha estado en Ain Karin y desde allí ha regresado con un notorio embarazo. José y María están desposados. Esperan el tiempo del matrimonio, momento en que comenzarán a convivir.

            José sabe que su esposa es una mujer santa pero ve la evidencia de su embarazo.

            A las desposadas adúlteras se las mandaba apedrear cuando el esposo las denunciaba en público. José resuelve abandonarla en secreto y así librarla de la muerte.

            María vuelve de Ain Karin y no dice nada a su esposo del misterio que se realiza en ella, lo guarda en silencio. Es el secreto suyo y de Dios. No lo quiere revelar.

            El arcángel Gabriel le reveló el secreto mesiánico a José después de la decisión que había tomado sobre su esposa. José sufrió la prueba también en silencio. “No temas de recibir a María en tu casa porque lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo”. No sólo le revela el secreto de la concepción virginal sino que lo incluye en el plan salvífico de Dios y lo incluye como custodio del secreto y de la Sagrada Familia.

            El Evangelio nos habla de dos nombres del concebido por María: Jesús. Es el principal nombre y significa Yahvé salvó. Es el nombre que llevará el hijo de María, el nombre que le pondrán el día de la circuncisión. El otro nombre es Emmanuel que significa “Dios con nosotros”[2]. Este nombre citado por Mateo en el cumplimiento de la profecía de Isaías[3] sobre la Virgen (parqevno”) que concebirá y dará a luz un hijo.

            Aprendamos de José y María la aceptación silenciosa del plan de Dios.

             Ante las cosas que nos cuesten comprender de nuestra vida interior, de nuestra vida religiosa y sobre todo lo concerniente a las cosas misteriosas o que nos parecen misteriosas o extrañas, callemos y aceptemos la voluntad de Dios. También en los sucesos críticos de nuestra vida, cuando nos sintamos engañados, decepcionados, confundidos, cuando creamos que nos han defraudado… sin dejar lugar a los pensamientos maledicentes abandonémonos en las manos del Señor. Muchas veces nos daremos cuenta que si hubiésemos obrado precipitadamente hubiésemos juzgado mal al prójimo. El Señor nos prueba en nuestra vida como a José y a María.

            María nos da ejemplo de simplicidad en el obrar. No hay por qué justificar nuestras acciones rectas ante Dios, aunque las mal interpreten. El querer de Dios y el seguir su voluntad pueden ser extrañas y hasta escandalizantes para las personas del mundo e incluso para las personas cercanas a nosotros y que comparten nuestros mismos ideales. Nuestra actitud tiene que ser la fidelidad a Dios, aunque no nos comprendan y aunque nos condenen.

             El silencio de María es un silencio martirial y es el germen de todos los testigos fieles de la historia que han sido condenados callando en su corazón la justificación que reclamaban sus verdugos. Ese silencio era parte de la voluntad de Dios que les manifestaba en su interior un plan desconocido para los demás hombres pero que reclamaba de ellos una amorosa obediencia al querer divino.

             No siempre podemos justificar nuestras acciones ante los demás y, sobre todo, cuando es Dios mismo el que nos pide que guardemos el secreto que hay entre Él y nosotros.

            María confió en Dios en un total abandono a su voluntad y José también confió en Dios abandonándose a sus planes desconocidos. Y José también confió en su esposa, en su integridad, aunque la evidencia de la realidad se impusiera manifestando algo que desdecía de su santidad. María fue fiel al secreto divino y José mostró una fe y una rectitud moral incomparables.

 


[1] Mt 1, 18-21

[2] 1, 23

[3] 7, 14

La concepción virginal de Jesús

Catequesis de Juan Pablo II

(31-VII-96)

 1. Dios ha querido, en su designio salvífico, que el Hijo unigénito naciera de una Virgen. Esta decisión divina implica una profunda relación entre la virginidad de María y la encarnación del Verbo. «La mirada de la fe, unida al conjunto de la revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión para con los hombres» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 502).

La concepción virginal, excluyendo una paternidad humana, afirma que el único padre de Jesús es el Padre celestial, y que en la generación temporal del Hijo se refleja la generación eterna: el Padre, que había engendrado al Hijo en la eternidad, lo engendra también en el tiempo como hombre.

2. El relato de la Anunciación pone de relieve el estado de Hijo de Dios, consecuente con la intervención divina en la concepción. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35).

Aquel que nace de María ya es, en virtud de la generación eterna, Hijo de Dios; su generación virginal, obrada por la intervención del Altísimo, manifiesta que, también en su humanidad, es el Hijo de Dios.

La revelación de la generación eterna en la generación virginal nos la sugieren también las expresiones contenidas en el Prólogo del evangelio de san Juan, que relacionan la manifestación de Dios invisible, por obra del «Hijo único, que está en el seno del Padre» (Jn 1,18), con su venida en la carne: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

San Lucas y san Mateo, al narrar la generación de Jesús, afirman también el papel del Espíritu Santo. Éste no es el padre del niño: Jesús es hijo únicamente del Padre eterno (cf. Lc 1,32.35) que, por medio del Espíritu, actúa en el mundo y engendra al Verbo en la naturaleza humana. En efecto, en la Anunciación el ángel llama al Espíritu «poder del Altísimo» (Lc 1,35), en sintonía con el Antiguo Testamento, que lo presenta como la energía divina que actúa en la existencia humana, capacitándola para realizar acciones maravillosas. Este poder, que en la vida trinitaria de Dios es Amor, manifestándose en su grado supremo en el misterio de la Encarnación, tiene la tarea de dar el Verbo encarnado a la humanidad.

3. El Espíritu Santo, en particular, es la persona que comunica las riquezas divinas a los hombres y los hace participar en la vida de Dios. Él, que en el misterio trinitario es la unidad del Padre y del Hijo, obrando la generación virginal de Jesús, une la humanidad a Dios.

El misterio de la Encarnación muestra también la incomparable grandeza de la maternidad virginal de María: la concepción de Jesús es fruto de su cooperación generosa en la acción del Espíritu de amor, fuente de toda fecundidad.

En el plan divino de la salvación, la concepción virginal es, por tanto, anuncio de la nueva creación: por obra del Espíritu Santo, en María es engendrado aquel que será el hombre nuevo. Como afirma el Catecismo de la Iglesia católica: «Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, porque él es el nuevo Adán que inaugura la nueva creación» (n. 504).

En el misterio de esta nueva creación resplandece el papel de la maternidad virginal de María. San Ireneo, llamando a Cristo «primogénito de la Virgen» (Adv. Haer. 3, 16, 4), recuerda que, después de Jesús, muchos otros nacen de la Virgen, en el sentido de que reciben la vida nueva de Cristo. «Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende a todos los hombres a los cuales él vino a salvar: “Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos” (Rm 8,29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 501).

4. La comunicación de la vida nueva es transmisión de la filiación divina. Podemos recordar aquí la perspectiva abierta por san Juan en el Prólogo de su evangelio: aquel a quien Dios engendró, da a los creyentes el poder de hacerse hijos de Dios (cf. Jn 1,12-13). La generación virginal permite la extensión de la paternidad divina: a los hombres se les hace hijos adoptivos de Dios en aquel que es Hijo de la Virgen y del Padre.

Así pues, la contemplación del misterio de la generación virginal nos permite intuir que Dios ha elegido para su Hijo una Madre virgen, para dar más ampliamente a la humanidad su amor de Padre.

[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 2-VIII-96]

El propósito de virginidad de María

Catequesis de Juan Pablo II

(24-VII-96)

  1. Al ángel, que le anuncia la concepción y el nacimiento de Jesús, María le dirige una pregunta: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34). Esa pregunta resulta, por lo menos, sorprendente si recordamos los relatos bíblicos que refieren el anuncio de un nacimiento extraordinario a una mujer estéril. En esos casos se trata de mujeres casadas, naturalmente estériles, a las que Dios ofrece el don del hijo a través de la vida conyugal normal (cf. 1 S 1,19-20), como respuesta a oraciones conmovedoras (cf. Gn 15,2; 30,22-23; 1 S 1,10; Lc 1,13).

Es diversa la situación en que María recibe el anuncio del ángel. No es una mujer casada que tenga problemas de esterilidad; por elección voluntaria quiere permanecer virgen. Por consiguiente, su propósito de virginidad, fruto de amor al Señor, constituye, al parecer, un obstáculo a la maternidad anunciada.

A primera vista, las palabras de María parecen expresar solamente su estado actual de virginidad: María afirmaría que no «conoce» varón, es decir, que es virgen. Sin embargo, el contexto en el que plantea la pregunta «¿cómo será eso?» y la afirmación siguiente: «no conozco varón», ponen de relieve tanto la virginidad actual de María como su propósito de permanecer virgen. La expresión que usa, con la forma verbal en presente, deja traslucir la permanencia y la continuidad de su estado.

  1. María, al presentar esta dificultad, lejos de oponerse al proyecto divino, manifiesta la intención de aceptarlo totalmente. Por lo demás, la joven de Nazaret vivió siempre en plena sintonía con la voluntad divina y optó por una vida virginal con el deseo de agradar al Señor. En realidad, su propósito de virginidad la disponía a acoger la voluntad divina «con todo su yo, humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con la gracia de Dios que previene y socorre y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo» (Redemptoris Mater, 13).

A algunos, las palabras e intenciones de María les parecen inverosímiles, teniendo presente que en el ambiente judío la virginidad no se consideraba un valor ni un ideal. Los mismos escritos del Antiguo Testamento lo confirman en varios episodios y expresiones conocidos. El libro de los Jueces refiere, por ejemplo, que la hija de Jefté, teniendo que afrontar la muerte siendo aún joven núbil, llora su virginidad, es decir, se lamenta de no haber podido casarse (cf. Jc 11,38). Además, en virtud del mandato divino: «Sed fecundos y multiplicaos» (Gn 1,28), el matrimonio es considerado la vocación natural de la mujer, que conlleva las alegrías y los sufrimientos propios de la maternidad.

  1. Para comprender mejor el contexto en que madura la decisión de María, es preciso tener presente que, en el tiempo que precede inmediatamente el inicio de la era cristiana, en algunos ambientes judíos se comienza a manifestar una orientación positiva hacia la virginidad. Por ejemplo, los esenios, de los que se han encontrado numerosos e importantes testimonios históricos en Qumrán, vivían en el celibato o limitaban el uso del matrimonio, a causa de la vida común y para buscar una mayor intimidad con Dios.

Además, en Egipto existía una comunidad de mujeres que, siguiendo la espiritualidad esenia, vivían en continencia. Esas mujeres, las Terapeutas, pertenecientes a una secta descrita por Filón de Alejandría (cf. De vita contemplativa, 21-90), se dedicaban a la contemplación y buscaban la sabiduría.

Tal vez María no conoció esos grupos religiosos judíos que seguían el ideal del celibato y de la virginidad. Pero el hecho de que Juan Bautista viviera probablemente una vida de celibato, y que la comunidad de sus discípulos la tuviera en gran estima, podría dar a entender que también el propósito de virginidad de María entraba en ese nuevo contexto cultural y religioso.

  1. La extraordinaria historia de la Virgen de Nazaret no debe, sin embargo, hacernos caer en el error de vincular completamente sus disposiciones íntimas a la mentalidad del ambiente, subestimando la unicidad del misterio acontecido en ella. En particular, no debemos olvidar que María había recibido, desde el inicio de su vida, una gracia sorprendente, que el ángel le reconoció en el momento de la Anunciación. María, «llena de gracia» (Lc 1,28), fue enriquecida con una perfección de santidad que, según la interpretación de la Iglesia, se remonta al primer instante de su existencia: el privilegio único de la Inmaculada Concepción influyó en todo el desarrollo de la vida espiritual de la joven de Nazaret.

Así pues, se debe afirmar que lo que guió a María hacia el ideal de la virginidad fue una inspiración excepcional del mismo Espíritu Santo que, en el decurso de la historia de la Iglesia, impulsaría a tantas mujeres a seguir el camino de la consagración virginal.

La presencia singular de la gracia en la vida de María lleva a la conclusión de que la joven tenía un compromiso de virginidad. Colmada de dones excepcionales del Señor desde el inicio de su existencia, está orientada a una entrega total, en alma y cuerpo, a Dios con el ofrecimiento de su virginidad.

Además, la aspiración a la vida virginal estaba en armonía con aquella «pobreza» ante Dios, a la que el Antiguo Testamento atribuye gran valor. María, al comprometerse plenamente en este camino, renuncia también a la maternidad, riqueza personal de la mujer, tan apreciada en Israel. De ese modo, «ella misma sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen» (Lumen gentium, 55). Pero, presentándose como pobre ante Dios, y buscando una fecundidad sólo espiritual, fruto del amor divino, en el momento de la Anunciación María descubre que el Señor ha transformado su pobreza en riqueza: será la Madre virgen del Hijo del Altísimo. Más tarde descubrirá también que su maternidad está destinada a extenderse a todos los hombres que el Hijo ha venido a salvar (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 501).

[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 26-VII-96]

¡FELIZ LA QUE HA CREIDO![1]

La redención comienza con el “Sí” de Maria

P. Gustavo Pascual, IVE.

 

Isabel felicita a María por su fe. Su fe es la llave para entrar en el misterio de Dios. Dicen los Santos Padres que María concibió al Verbo primero en su inteligencia por la fe y luego en su seno.

María ha entrado por la fe en la unión más íntima que puede existir entre el hombre y Dios: la unión hipostática. Ella está en el orden hipostático por su relación con Jesús, por ser la Madre del Verbo Encarnado.

La Redención comienza con el sí de María que es una perfecta realización de la obediencia en la fe y ésta fe la hace bienaventurada por todas las generaciones[2].

La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios[3]. La Virgen María se adhirió totalmente a Dios y llevó vida plenamente religiosa.

A María se le reveló el misterio. Ella indagó sobre las palabras del ángel, “discurría”[4], porque la fe y la razón se ayudan mutuamente, no se excluyen, porque tienen un mismo origen y un mismo fin. Por eso decía San Agustín “creo para comprender y comprendo para creer mejor”[5]. Además María recibió motivos de credibilidad: las profecías del Antiguo Testamento, la presencia del ángel, la futura constatación del milagro de Isabel. En la fe religiosa existe una evidencia indirecta que son los motivos de credibilidad y “creemos lo que no vemos; pero no creyéramos sino viésemos que hay que creer”, dice San Agustín[6].

Y María se entrega totalmente a Dios y en cierta manera se apropia de la omnipotencia divina como todo el que cree “¡todo es posible para el que cree!”[7]. De tal manera que ya nada es imposible para el que cree como “ninguna cosa es imposible para Dios”[8].

Y a mayor adhesión, es decir, a mayor fe, mayores obras, “el justo vive de la fe”[9] . La fe se acrecienta por el mayor abandono en Dios.

 

María es modelo de fe

            Todo cristiano ha hecho profesión de fe en el Bautismo con la finalidad de unirse a Dios y para vivir siempre en su fe bautismal.

Nada hay más nocivo para el cristiano que apartarse de la confianza en Dios y entregarse al peor enemigo de la fe que es el mundo.

El mundo ofrece al cristiano pequeños puntos de apoyo, pequeñas seguridades que debilitan su fe. La fe verdadera está en el absoluto abandono en Dios sin ninguna seguridad terrena, “boga mar adentro”[10], le dice el Señor a Pedro, lejos de las seguridades terrenas si quieres ser un cristiano de fe.

            Si el cristiano acepta cosas del mundo va perdiendo su identidad, se va apartando de las máximas de Jesús, se va haciendo inepto para el Reino de Dios como el que ara y mira atrás[11]. Cuando el cristiano acepta cosas del mundo se va polarizando y nadie puede servir a dos señores[12], a la corta o a la larga, o deja el mundo o deja a Cristo.

            “Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe”[13]. “¡Ánimo!: yo he vencido al mundo”[14].

            La gama de mundanización es variada, sutil y a veces imperceptible, por eso hay que estar atento: criterios, conversaciones, costumbres, consumismo, música, deseo inmoderado de cosas materiales, maneras, familiaridades peligrosas, simpatías mundanas, uso de los medios de comunicación, pensamientos, ilusiones, etc.

            Nuestra fe debe ser probada, pero eso no quiere decir que la tenemos que poner en ocasiones peligrosas.

            La fe verdadera tiene que ser probada en la cruz como la fe de María[15]. La fe sin martirio, sin sufrimiento, sin incomodidad es una fe aguada[16] que se acomoda a los criterios mundanos y es la fe que se nos ofrece como la mayor tentación.

            Nuestra fe es adhesión total a Dios, a Cristo y a su Iglesia[17].

            Felicitemos a María por su fe como lo hizo Isabel y aprendamos de ella a creer. Renovemos junto a ella nuestras promesas bautismales y hagamos nuevamente una adhesión absoluta a Dios por medio de ella todo tuyo María.

 

[1] Lc 1, 45

[2] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica nº 148. En adelante: Cat. Ig. Cat.

[3] Cat. Ig. Cat., 150

[4] Lc 1, 29

[5] Sermón 43, 7, 9. Cf. Cat. Ig. Cat., 158

[6] Castellani, Psicología humana, Jauja Mendoza 19972, 293.

[7] Mc 9, 22

[8] Lc 1, 37

[9] Hb 10, 38

[10] Lc 5, 4

[11] Cf. Lc 9, 62

[12] Cf. Lc 16, 13

[13] 1 Jn 5, 4

[14] Jn 16, 33

[15] Cf. Jn 19, 25

[16] Cf. Castellani, Psicología humana…, 296

[17] Cf. Cat. Ig. Cat., 150-2

La Virgen María, Madre de Jesús

El rostro materno de María en los primeros siglos

Catequesis de Juan Pablo II (13-IX-95)

 

En la constitución Lumen gentium, el Concilio afirma que «los fieles unidos a Cristo, su Cabeza, en comunión con todos los santos, conviene también que veneren la memoria “ante todo de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor”» (n. 52). La constitución conciliar utiliza los términos del canon romano de la misa, destacando así el hecho de que la fe en la maternidad divina de María está presente en el pensamiento cristiano ya desde los primeros siglos.

En la Iglesia naciente, a María se la recuerda con el título de Madre de Jesús. Es el mismo Lucas quien, en los Hechos de los Apóstoles, le atribuye este título, que, por lo demás, corresponde a cuanto se dice en los evangelios: «¿No es éste (…) el hijo de María?», se preguntan los habitantes de Nazaret, según el relato del evangelista san Marcos (6,3). «¿No se llama su madre María?», es la pregunta que refiere san Mateo (13,55).

A los ojos de los discípulos, congregados después de la Ascensión, el título de Madre de Jesús adquiere todo su significado. María es para ellos una persona única en su género: recibió la gracia singular de engendrar al Salvador de la humanidad, vivió mucho tiempo junto a él, y en el Calvario el Crucificado le pidió que ejerciera una nueva maternidad con respecto a su discípulo predilecto y, por medio de él, con relación a toda la Iglesia.

Para quienes creen en Jesús y lo siguen, Madre de Jesús es un título de honor y veneración, y lo seguirá siendo siempre en la vida y en la fe de la Iglesia. De modo particular, con este título los cristianos quieren afirmar que nadie puede referirse al origen de Jesús, sin reconocer el papel de la mujer que lo engendró en el Espíritu según la naturaleza humana. Su función materna afecta también al nacimiento y al desarrollo de la Iglesia. Los fieles, recordando el lugar que ocupa María en la vida de Jesús, descubren todos los días su presencia eficaz también en su propio itinerario espiritual.

Ya desde el comienzo, la Iglesia reconoció la maternidad virginal de María. Como permiten intuir los evangelios de la infancia, ya las primeras comunidades cristianas recogieron los recuerdos de María sobre las circunstancias misteriosas de la concepción y del nacimiento del Salvador. En particular, el relato de la Anunciación responde al deseo de los discípulos de conocer de modo más profundo los acontecimientos relacionados con los comienzos de la vida terrena de Cristo resucitado. En última instancia, María está en el origen de la revelación sobre el misterio de la concepción virginal por obra del Espíritu Santo.

Los primeros cristianos captaron inmediatamente la importancia significativa de esta verdad, que muestra el origen divino de Jesús, y la incluyeron entre las afirmaciones básicas de su fe. En realidad, Jesús, hijo de José según la ley, por una intervención extraordinaria del Espíritu Santo, en su humanidad es hijo únicamente de María, habiendo nacido sin intervención de hombre alguno.

Así, la virginidad de María adquiere un valor singular, pues arroja nueva luz sobre el nacimiento y el misterio de la filiación de Jesús, ya que la generación virginal es el signo de que Jesús tiene como padre a Dios mismo.

La maternidad virginal, reconocida y proclamada por la fe de los Padres, nunca jamás podrá separarse de la identidad de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, dado que nació de María, la Virgen, como profesamos en el símbolo niceno-constantinopolitano. María es la única virgen que es también madre. La extraordinaria presencia simultánea de estos dos dones en la persona de la joven de Nazaret impulsó a los cristianos a llamar a María sencillamente la Virgen, incluso cuando celebran su maternidad.

Así, la virginidad de María inaugura en la comunidad cristiana la difusión de la vida virginal, abrazada por los que el Señor ha llamado a ella. Esta vocación especial, que alcanza su cima en el ejemplo de Cristo, constituye para la Iglesia de todos los tiempos, que encuentra en María su inspiración y su modelo, una riqueza espiritual inconmensurable.

La afirmación: «Jesús nació de María, la Virgen», implica ya que en este acontecimiento se halla presente un misterio trascendente, que sólo puede hallar su expresión más completa en la verdad de la filiación divina de Jesús. A esta formulación central de la fe cristiana está estrechamente unida la verdad de la maternidad divina de María. En efecto, ella es Madre del Verbo encarnado, que es «Dios de Dios (…), Dios verdadero de Dios verdadero».

El título de Madre de Dios, ya testimoniado por Mateo en la fórmula equivalente de Madre del Emmanuel, Dios con nosotros (cf. Mt 1,23), se atribuyó explícitamente a María sólo después de una reflexión que duró alrededor de dos siglos. Son los cristianos del siglo III quienes, en Egipto, comienzan a invocar a María como Theotókos, Madre de Dios.

Con este título, que encuentra amplio eco en la devoción del pueblo cristiano, María aparece en la verdadera dimensión de su maternidad: es madre del Hijo de Dios, a quien engendró virginalmente según la naturaleza humana y educó con su amor materno, contribuyendo al crecimiento humano de la persona divina, que vino para transformar el destino de la humanidad.

De modo muy significativo, la más antigua plegaria a María (Sub tuum praesidium…, «Bajo tu amparo…») contiene la invocación: Theotókos, Madre de Dios. Este título no es fruto de una reflexión de los teólogos, sino de una intuición de fe del pueblo cristiano. Los que reconocen a Jesús como Dios se dirigen a María como Madre de Dios y esperan obtener su poderosa ayuda en las pruebas de la vida.

El concilio de Efeso, en el año 431, define el dogma de la maternidad divina, atribuyendo oficialmente a María el título de Theotókos, con referencia a la única persona de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Las tres expresiones con las que la Iglesia ha ilustrado a lo largo de los siglos su fe en la maternidad de María: Madre de Jesús, Madre virginal y Madre de Dios, manifiestan, por tanto, que la maternidad de María pertenece íntimamente al misterio de la Encarnación. Son afirmaciones doctrinales, relacionadas también con la piedad popular, que contribuyen a definir la identidad misma de Cristo.

[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 15-IX-95]