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HERMOSA OBLIGACIÓN DEL HOMBRE: ORAR Y AMAR

De la catequesis de san Juan María Vianney, presbítero
(«Catéchisme sur la priére»: A. Monnin, «Esprit du Curé d’Ars», París 1899, pp. 87-89)

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti … » Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

LA MISERICORDIA DIVINA Y LA MISERICORDIA HUMANA

De los Sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo.
(Sermón 25, 1: CCL 103, 111-112)

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Y por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu misericordia llega al cielo.

Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra.

¿Cómo somos nosotros, que cuando Dios nos da queremos recibir, y cuando nos pide no le queremos dar? Porque cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer. No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.

Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a la iglesia? Ciertamente la misericordia. Practicad, pues, la misericordia terrena y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios; aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente, y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad y se os dará. No comprendo cómo te atreves a esperar recibir, si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podáis, según vuestras posibilidades.

BUSCAR LA PRESENCIA DE DIOS

En la personal intimidad, en la conducta externa; en el trato con los demás, en el trabajo, cada uno ha de procurar mantenerse en continua presencia de Dios, con una conversación –un diálogo– que no se manifiesta hacia fuera.

San Josemaria Escrivá de Balaguer

 

Vida interior. Santidad en las tareas ordinarias, santidad en las cosas pequeñas, santidad en la labor profesional, en los afanes de cada día…; santidad, para santificar a los demás. Soñaba en cierta ocasión un conocido mío –¡nunca le acabo de conocer bien!– que volaba en un avión a mucha altura, pero no dentro, en la cabina; iba montado sobre las alas. ¡Pobre desgraciado: cómo padecía y se angustiaba! Parecía que Nuestro Señor le daba a entender que así van –inseguras, con zozobras– por las alturas de Dios las almas apostólicas que carecen de vida interior o la descuidan: con el peligro constante de venirse abajo, sufriendo, inciertas.

Y pienso, efectivamente, que corren un serio peligro de descaminarse aquellos que se lanzan a la acción –¡al activismo!–, y prescinden de la oración, del sacrificio y de los medios indispensables para conseguir una sólida piedad: la frecuencia de Sacramentos, la meditación, el examen de conciencia, la lectura espiritual, el trato asiduo con la Virgen Santísima y con los Ángeles custodios… Todo esto contribuye además, con eficacia insustituible, a que sea tan amable la jornada del cristiano, porque de su riqueza interior fluyen la dulcedumbre y la felicidad de Dios, como la miel del panal.

En la personal intimidad, en la conducta externa; en el trato con los demás, en el trabajo, cada uno ha de procurar mantenerse en continua presencia de Dios, con una conversación –un diálogo– que no se manifiesta hacia fuera. Mejor dicho, no se expresa de ordinario con ruido de palabras, pero sí se ha de notar por el empeño y por la amorosa diligencia que pondremos en acabar bien las tareas, tanto las importantes como las menudas. Si no procediéramos con ese tesón, seríamos poco consecuentes con nuestra condición de hijos de Dios, porque habríamos desperdiciado los recursos que el Señor ha colocado providencialmente a nuestro alcance, para que arribemos al estado del varón perfecto, a la medida de la edad perfecta según Cristo24.

Durante la última guerra española, viajaba yo con frecuencia para atender sacerdotalmente a tantos muchachos que se hallaban en el frente. En una trinchera, escuché un diálogo que se me quedó muy grabado. Cerca de Teruel, un soldado joven comentaba de otro, por lo visto un poco indeciso, pusilánime: ¡ése no es un hombre de una pieza! Me causaría una tristeza enorme que de cualquiera de nosotros se pudiera afirmar, con fundamento, que somos inconsecuentes; hombres que aseguran que quieren ser auténticamente cristianos, santos, pero que desprecian los medios, ya que en el cumplimiento de sus obligaciones no manifiestan continuamente a Dios su cariño y su amor filial. Si así se dibujara nuestra actuación, tampoco seríamos, ni tú ni yo, cristianos de una pieza.

Procuremos fomentar en el fondo del corazón un deseo ardiente, un afán grande de alcanzar la santidad, aunque nos contemplemos llenos de miserias. No os asustéis; a medida que se avanza en la vida interior, se perciben con más claridad los defectos personales. Sucede que la ayuda de la gracia se transforma como en unos cristales de aumento, y aparecen con dimensiones gigantescas hasta la mota de polvo más minúscula, el granito de arena casi imperceptible, porque el alma adquiere la finura divina, e incluso la sombra más pequeña molesta a la conciencia, que solo gusta de la limpieza de Dios. Díselo ahora, desde el fondo de tu corazón: Señor, de verdad quiero ser santo, de verdad quiero ser un digno discípulo tuyo y seguirte sin condiciones. Y enseguida has de proponerte la intención de renovar a diario los grandes ideales que te animan en estos momentos.

¡Jesús, si los que nos reunimos en tu Amor fuéramos perseverantes! ¡Si lográsemos traducir en obras esos anhelos que Tú mismo despiertas en nuestras almas! Preguntaos con mucha frecuencia: yo, ¿para qué estoy en la tierra? Y así procuraréis el perfecto acabamiento –lleno de caridad– de las tareas que emprendáis cada jornada y el cuidado de las cosas pequeñas. Nos fijaremos en el ejemplo de los santos: personas como nosotros, de carne y hueso, con flaquezas y debilidades, que supieron vencer y vencerse por amor de Dios; consideraremos su conducta y –como las abejas, que destilan de cada flor el néctar más precioso– aprovecharemos de sus luchas. Vosotros y yo aprenderemos también a descubrir tantas virtudes en los que nos rodean –nos dan lecciones de trabajo, de abnegación, de alegría…–, y no nos detendremos demasiado en sus defectos; solo cuando resulte imprescindible, para ayudarles con la corrección fraterna.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

EN EL TALLER DE JOSÉ

Fragmento de un sermón de San Josemaría Escrivá de Balaguer (19/03/1963)

Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida humilde y santa de José, añadió si se me permite hablar así la vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro.

La Iglesia entera reconoce en San José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado. Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título entrañable: Nuestro Padre y Señor.

San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre. Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con Él, a sabernos parte de la familia de Dios. San José nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos. Y ese hecho tiene también, para nosotros, un significado que es motivo de reflexión y de alegría.

Al celebrar hoy su fiesta, quiero evocar su figura, trayendo a la memoria lo que de él nos dice el Evangelio, para poder así descubrir mejor lo que, a través de la vida sencilla del Esposo de Santa María, nos transmite Dios.

La figura de San José en el Evangelio

Tanto San Mateo como San Lucas nos hablan de San José como de un varón que descendía de una estirpe ilustre: la de David y Salomón, reyes de Israel. Los detalles de esta ascendencia son históricamente algo confusos: no sabemos cuál de las dos genealogías, que traen los evangelistas, corresponde a María —Madre de Jesús según la carne— y cuál a San José, que era su padre según la ley judía. Ni sabemos si la ciudad natal de San José fue Belén, a donde se dirigió a empadronarse, o Nazaret, donde vivía y trabajaba.

Sabemos, en cambio, que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros.

La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. San Justino, hablando de la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y yugos1; quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de Sevilla concluye que José era herrero. En todo caso, un obrero que trabajaba en servicio de sus conciudadanos, que tenía una habilidad manual, fruto de años de esfuerzo y de sudor.

De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan.

No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana.

Para vivir la virtud de la castidad, no hay que esperar a ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del amor y, para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la alegría de la juventud. Joven era el corazón y el cuerpo de San José cuando contrajo matrimonio con María, cuando supo del misterio de su Maternidad divina, cuando vivió junto a Ella respetando la integridad que Dios quería legar al mundo, como una señal más de su venida entre las criaturas. Quien no sea capaz de entender un amor así, sabe muy poco de lo que es el verdadero amor, y desconoce por entero el sentido cristiano de la castidad.

Era José, decíamos, un artesano de Galilea, un hombre como tantos otros. Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea perdida, como era Nazaret? Sólo trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea.

Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida humilde y santa de José, añadió —si se me permite hablar así— la vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro. Dios no se deja nunca ganar en generosidad. José podía hacer suyas las palabras que pronunció Santa María, su esposa: Quia fecit mihi magna qui potens est, ha hecho en mí cosas grandes Aquel que es todopoderoso, quia respexit humilitatem, porque se fijó en mi pequeñez2.

José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo3. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina4; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo5. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres.

La fe, el amor y la esperanza de José

No está la justicia en la mera sumisión a una regla: la rectitud debe nacer de dentro, debe ser honda, vital, porque el justo vive de la fe6. Vivir de la fe: esas palabras que fueron luego tantas veces tema de meditación para el apóstol Pablo, se ven realizadas con creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo. La ley que vivía todo judío practicante no fue para él un simple código ni una recopilación fría de preceptos, sino expresión de la voluntad de Dios vivo. Por eso supo reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó inesperada, sorprendente.

Porque la historia del Santo Patriarca fue una vida sencilla, pero no una vida fácil. Después de momentos angustiosos, sabe que el Hijo de María ha sido concebido por obra del Espíritu Santo. Y ese Niño, Hijo de Dios, descendiente de David según la carne, nace en una cueva. Ángeles celebran su nacimiento y personalidades de tierras lejanas vienen a adorarle, pero el Rey de Judea desea su muerte y se hace necesario huir. El Hijo de Dios es, en la apariencia, un niño indefenso, que vivirá en Egipto.

Al narrar estas escenas en su Evangelio, San Mateo pone constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple los mandatos de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el sentido de esos mandatos le pudiera parecer oscuro o se le ocultara su conexión con el resto de los planes divinos.

En muchas ocasiones los Padres de la Iglesia y los autores espirituales hacen resaltar esta firmeza de la fe de San José. Refiriéndose a las palabras del Ángel que le ordena huir de Herodes y refugiarse en Egipto7, el Crisóstomo comenta: Al oír esto, José no se escandalizó ni dijo: eso parece un enigma. Tú mismo hacías saber no ha mucho que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y sufrir un largo desplazamiento: eso es contrario a tu promesa. José no discurre de este modo, porque es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que el Ángel lo había dejado indeterminado, puesto que le había dicho: está allí —en Egipto— hasta que yo te diga. Sin embargo, no por eso se crea dificultades, sino que obedece y cree y soporta todas las pruebas alegremente8.

La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida. Para comprender mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su fe es activa, y que su docilidad no presenta la actitud de la obediencia de quien se deja arrastrar por los acontecimientos. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores.

José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera sabiduría. De este modo, aprendió poco a poco que los designios sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en contradicción con los planes humanos.

En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá9. Ha aprendido a moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea.

Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él —un carpintero de Galilea—, estaba iniciando en el mundo: la redención de los hombres.

Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida de San José y los de toda vida cristiana. La entrega de San José aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por eso, un buen momento para que todos renovemos nuestra entrega a la vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha concedido el Señor.

Cuando se desea sinceramente vivir de fe, de amor y de esperanza, la renovación de la entrega no es volver a tomar algo que estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y esperanza, renovarse es —a pesar de los errores personales, de las caídas, de las debilidades— mantenerse en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad. Renovar la entrega es renovar, repito, la fidelidad a lo que el Señor quiere de nosotros: amar con obras.

El amor tiene necesariamente sus características manifestaciones. Algunas veces se habla del amor como si fuera un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para completar egoístamente la propia personalidad. Y no es así: amor verdadero es salir de sí mismo, entregarse. El amor trae consigo la alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz. Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del sacrificio, del dolor. Un dolor que se paladea, que es amable, que es fuente de íntimo gozo, pero dolor real, porque supone vencer el propio egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y de cada una de nuestras acciones.

Las obras del Amor son siempre grandes, aunque se trate de cosas pequeñas en apariencia. Dios se ha acercado a los hombres, pobres criaturas, y nos ha dicho que nos ama: Deliciae meae esse cum filiis hominum10, mis delicias son estar entre los hijos de los hombres. El Señor nos da a conocer que todo tiene importancia: las acciones que, con ojos humanos, consideramos extraordinarias; esas otras que, en cambio, calificamos de poca categoría. Nada se pierde. Ningún hombre es despreciado por Dios. Todos, siguiendo cada uno su propia vocación —en su hogar, en su profesión u oficio, en el cumplimiento de las obligaciones que le corresponden por su estado, en sus deberes de ciudadano, en el ejercicio de sus derechos—, estamos llamados a participar del reino de los cielos.

Eso nos enseña la vida de San José: sencilla, normal y ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de días humanamente monótonos, que se suceden los unos a los otros. Lo he pensado muchas veces, al meditar sobre la figura de San José, y esta es una de las razones que hace que sienta por él una devoción especial.

Cuando en su discurso de clausura de la primera sesión del Concilio Vaticano II, el pasado 8 de diciembre, el Santo Padre Juan XXIII anunció que en el canon de la misa se haría mención del nombre de San José, una altísima personalidad eclesiástica me llamó en seguida por teléfono para decirme: Rallegramenti! ¡Felicidades!: al escuchar ese anuncio pensé en seguida en usted, en la alegría que le habría producido. Y así era: porque en la asamblea conciliar, que representa a la Iglesia entera reunida en el Espíritu Santo, se proclama el inmenso valor sobrenatural de la vida de San José, el valor de una vida sencilla de trabajo cara a Dios, en total cumplimiento de la divina voluntad.

 

 

APRENDED DE MÍ – Mons. Tihamér Toth

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”
(Mt. 11, 29)

¡Qué mandato tan extraño es éste! “Aprended de mí…” ¿Qué debemos aprender, a obrar milagros? No. ¿A resucitar muertos? Tampoco. ¿A curar ciegos? Tampoco. Sino “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Esto es lo principal para el Señor. Aprended de mí a ser: 1° buenos; 2° mansos, y 3º humildes.

1° Aprended de mí, que soy bueno. Y la humanidad aprendió de Él; tan sólo de El aprendió la bondad verdadera. La historia de la filosofía da una lista de hombres sabios, pero los demás, aun de los mejores, aprendieron muy poco. Conocerás sin duda el nombre de los dos grandes filósofos griegos: Platón y Aristóteles. La magnífica doctrina de Platón tocante a la divinidad subyuga todavía hoy al lector, pero no nos consta el nombre de un solo pueblo, de una sola familia, que Platón arrancase de las aberraciones de la idolatría. ¿De qué sirve la filosofía más profunda, si no es más que letra muerta y no sabe hacer mejor al hombre? Piensa en otros grandes hombres como Cicerón, Sócrates, Séneca, ¡qué fogosos son sus discursos sobre los deberes y virtudes del hombre! Pero ¿lograron mejorar un solo hombre? Y he ahí que Jesucristo no filosofa mucho; con toda sencillez se presenta delante de los hombres y mostrándoles su propio ejemplo, les dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Y lo que no pudieron lograr los más grandes filósofos y oradores, lo logra El: santifica y ennoblece a los individuos, familias, naciones; y así seguirá en el porvenir.

2° Aprended de mí, que soy manso. “¿Manso? Esto vale tanto como decir tonto y apocado” —me dirás tal vez asustado—. “¡Manso! Es decir, cobarde, que se traga todas las ofensas, que se acoge a la falda de su madre”. No te asustes. Bien sabía Jesús que en los nervios de un joven de quince o dieciséis años vibra una corriente eléctrica y que discurre por sus venas una lava encendida; no quiere verte acurrucado en un rincón, cabizbajo, mustio. Entonces, ¿cómo se entiende que seas “manso”? Quiere que seas alegre, pero sin desenfreno; que sean valiente, pero no temerario ni altivo; que seas vivaz, y no atolondrado; que seas el primero en el juego y al mismo tiempo esforzado y tenaz en el estudio; que sepas rezar fervorosamente cuando llega la hora de la oración.

¿Has de ser cobarde? No. Pero si alguien te ofende, no le levantes el puño ni le contestes a bofetón limpio, sino con mansedumbre y serenidad bien disciplinada. ¿Has de tragarte todas las injurias? De ninguna manera. Pero has de contestar a la ofensa con dominio varonil. Como lo hizo Nuestro Señor Jesucristo cuando le hirió el soldado: “Si yo he hablado mal, manifiesta lo malo que he dicho: pero si bien, ¿por qué me pegas?” (Jn.18, 23). “Más heroico es —me objetarás— dar una buena trompada al que se burla de mí”. Te equivocas. Responder a la ofensa con ofensa, lo hace cualquiera: si no lo crees, asiste a una riña de gallos; pero conservar el propio dominio y la superioridad frente a una ofensa, sólo puede hacerlo la voluntad humana sujeta a disciplina. La superioridad del hombre sobre los animales se muestra con toda su brillantez justamente en los momentos críticos. ¿Aplaudimos cualquier clase de fuerza? No, sino la fuerza reglamentada, bien encauzada, que obedece a la razón. La dinamita es fuerza. Lo es el rayo de sol. La primera explota y derriba. El segundo hace brotar la vida. Aquélla diríamos que es una fuerza desenfrenada. Éste es una fuerza mansa. Aprende de Jesucristo a ser mansamente fuerte.

3º Aprended de mí, que soy humilde de corazón. Cuando los scouts se internan en los bosques, con su típico uniforme, la camisa y el pantalón kaki se distinguen apenas de las hojas. Si tú no eres scout, trata con todo, de llevar en tu alma, en tus obras, en toda tu vida, el color de la humildad. Si eres el mejor del curso, no lo des a entender por tu comportamiento. Si eres rico, no muestres orgullo ni por asomo. Si tienes inteligencia rápida, no por esto te jactes. Sé profundamente religioso, pero no quieras llamar la atención. Sé cortés, atento, pero no te pavonees con los favores que hayas podido hacer a otros. Sé el consuelo de tus padres que luchan con los contratiempos; ayuda a tus compañeros pobres, infunde alientos a los que lloran…, y todo esto hazlo disimuladamente, como la cosa más natural del -mundo, sin ostentación alguna. Haz como los pájaros cantores que cantan admirablemente de madrugada, pero con tanta naturalidad que ni ellos mismos se dan cuenta; sé como las flores que de sus corolas aterciopeladas despiden fragancia sin notarlo siquiera. Sé afable, caritativo, justo, prudente, generoso, pero sin saberlo tu. Y así serás humilde de corazón, conforme a las enseñanzas de Jesucristo. “Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el reposo para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 29-30).

 

(TihamérToth, El Joven y Cristo, Ed. Gladius, Buenos Aires, 1989, p. 55 – 57)

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO – SAN AGUSTÍN

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

2. Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.

Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado. ¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven le habían sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.

Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, más el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º), t. XXIII, Sermón 139A, 1-2, BAC Madrid 1983, pág. 270-73

EL VERDADERO TEMOR DEL SEÑOR

De los Tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos

¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Hay que advertir que, siempre que en las Escrituras se nos habla del temor del Señor, nunca se nos habla de él solo, como si bastase para la perfección de la fe, sino que va siempre acompañado de muchas otras nociones que nos ayudan a entender su naturaleza y perfección; como vemos en lo que está escrito en el libro de los Proverbios: Si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia, si la procuras como el dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor.

Vemos, pues, cuántos pasos hay que dar previamente para llegar al temor del Señor. Antes, en efecto, hay que invocar a la inteligencia, llamar a la prudencia, procurarla como el dinero y buscarla como un tesoro. Así se llega a la comprensión del temor del Señor. Porque el temor, en la común opinión de los hombres, tiene otro sentido.

El temor, en efecto, es el miedo que experimenta la debilidad humana cuando teme sufrir lo que no querría. Se origina en nosotros por la conciencia del pecado, por la autoridad del más poderoso, por la violencia del más fuerte, por la enfermedad, por el encuentro con un animal feroz, por la amenaza de un mal cualquiera. Esta clase de temor no necesita ser enseñado, sino que surge espontáneo de nuestra debilidad natural. Ni siquiera necesitamos aprender lo que hay que temer, sino que las mismas cosas que tememos nos infunden su temor.

En cambio, con respecto al temor del Señor, hallamos escrito: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Así, pues, el temor de Dios ha de ser aprendido, ya que es enseñado. No radica en el miedo, sino en la instrucción racional; ni es el miedo connatural a nuestra condición, sino que consiste en la observancia de los preceptos, en las obras de una vida inocente, en el conocimiento de la verdad.

Para nosotros, el temor de Dios radica en el amor, y en el amor halla su perfección. Y la prueba de nuestro amor a Dios está en la obediencia a sus consejos, en la sumisión a sus mandatos, en la confianza en sus promesas. Oigamos lo que nos dice la Escritura: Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien.

Muchos son los caminos del Señor, aunque él en persona es el camino. Y, refiriéndose a sí mismo, se da a sí mismo el nombre de camino, y nos muestra por qué se da este nombre, cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí.

Por lo tanto, hay que buscar y examinar muchos caminos e insistir en muchos de ellos para hallar, por medio de las enseñanzas de muchos, el único camino seguro, el único que nos lleva a la vida eterna. Hallamos, en efecto, varios caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las distintas obras mandadas; dichosos los que, movidos por el temor de Dios, caminan por ellos.

FAMILIA, LUGAR DE PAZ

En el año 1979, en una solemnidad como la que celebramos hoy, san Juan Pablo II, polaco que hacía poco tiempo había asumido el gobierno de la Santa Iglesia, propuso al mundo una reflexión sobre esta hermosa fiesta de la Sagrada Familia. Decía él: “El Hijo de Dios vino al mundo de la Virgen cuyo nombre era María; nació en Belén y creció en Nazaret bajo la protección de un hombre justo llamado José.

Jesús fue desde el principio el centro del gran amor que llenaba y rodeaba siempre a la Sagrada Familia, lleno de solicitud y de afecto hacia el Niño Dios que acababa de nacer; fue su gran vocación; fue su inspiración; fue el gran misterio de su vida. En la casa de Nazaret: ‘crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres’ (Lc 2, 52). Fue obediente y sumiso, como debe ser un hijo con sus padres. Esta obediencia nazarena de Jesús a María y a José ocupa casi todos los años que Él vivió en la tierra y constituye, por tanto, el período más largo de esta total e ininterrumpida obediencia que tributó al Padre celestial. No son muchos los años que Jesús dedicó al servicio de la Buena Nueva y finalmente al Sacrificio de la Cruz.

Pertenece así a la Sagrada Familia una parte importante de este divino misterio, cuyo fruto es la redención del mundo.”

San Pablo, en la segunda carta a los cristianos de Colosas, en la lectura que escuchamos hace poco, deseaba a los cristianos de esta ciudad que “la paz de Cristo reine en vuestros corazones”. La Iglesia nos introduce en un tema profundamente importante con estas dos conexiones: la fiesta de la Sagrada Familia y también este deseo de san Pablo de que, finalmente, reine la paz de Cristo.

Nuestro Señor Jesucristo dijo que nos da la paz, pero dijo que no la da como la da el mundo; su paz es diferente. Esta paz que viene de Cristo y que el Apóstol desea que reine en nuestros corazones es una paz que comienza, sobre todo, en el ambiente familiar.

La paz, según san Agustín, puede definirse como tranquillitas ordinis, es decir, la tranquilidad en el orden de todas las cosas. Todos los ambientes que nos rodean, cuando están bien ordenados, siguiendo una jerarquía de valores —los sobrenaturales por encima de los naturales, la fe sobre la razón, la razón sobre la animalidad, etc.—, cuando las cosas están así ordenadas, se puede decir que estamos en paz. Todo está sometido a aquello a lo que le corresponde estar sometido.

Dentro de la familia también debe existir este orden. En verdad, es en la familia donde se debe enseñar este orden, para que de ella salgan personas bien ordenadas, personas que busquen la paz y busquen instaurar la paz de Cristo en la sociedad.

San Pablo nos deja algunas indicaciones de este orden, de cómo debe ser dentro de la familia, cuando nos enseña que, en primer lugar, todo lo que hagamos debemos hacerlo en nombre del Señor Jesucristo. Luego advierte a las esposas que sean solícitas con sus maridos, como conviene en el Señor. Después advierte también a los maridos que amen a sus esposas y no sean ásperos con ellas. A los hijos tampoco les falta un tirón de orejas: obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es bueno y correcto en el Señor. A los padres les dirige también palabras para enseñarles cómo deben comportarse con relación a sus hijos: no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen.

Este orden es algo establecido por Dios; es algo que Él, como Ser Supremo que pensó y quiso la familia desde toda la eternidad, busca honrar al padre en los hijos, como nos dice el libro del Eclesiástico en la primera lectura, y confirma sobre ellos la autoridad de la madre. Quien honra a su padre alcanza el perdón de los pecados, evita cometerlos y será escuchado en la oración cotidiana. Quien respeta a su madre es como alguien que acumula tesoros. Quien honra a su padre tendrá alegría con sus propios hijos, y el día en que ore será escuchado. Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien obedece al padre es el consuelo de su madre.

Después, ya al final de la primera lectura, el autor del Eclesiástico nos da una de las exhortaciones más hermosas de la Sagrada Escritura: “Hijo mío, cuida de tu padre en su vejez y no le causes tristeza mientras viva.” ¡Ah, cuántas familias hoy en día se están desmoronando por falta de aplicación de este consejo! Cuántos padres y madres ancianos abandonados por aquellos por quienes dieron la vida, por quienes se desvivieron para criarlos y educarlos! Y el autor del Eclesiástico continúa: “Aunque pierda la lucidez, sé comprensivo con él; no lo humilles en ninguno de los días de su vida. La caridad hecha a tu padre no será olvidada, sino que servirá para reparar tus pecados…”

¿Y qué significa esto sino la aplicación de aquello que Nuestro Señor dejó como el mayor mandamiento dentro de la familia? ¿No fue Nuestro Señor Jesucristo quien nos dijo que el nuevo mandamiento que nos dejaba era este:  amaos los unos a los otros como yo os he amado”? ¿Y no debemos entonces aplicar este mandamiento en la familia en primer lugar? ¿No es esto lo que nos exhortan las lecturas y la liturgia de este día dedicado a la Sagrada Familia?

Esta paz de Cristo, que el Apóstol Pablo desea que reine en nuestros corazones, que la Iglesia busca y siempre ha buscado que reine en las familias y que actualmente se ve tan atacada, tan bombardeada y debilitada, brota de la verdadera caridad, brota de la caridad aplicada a los más cercanos, a los más próximos a nosotros: a los de nuestra casa. El Apóstol exhorta: “Pero, sobre todo, amaos los unos a los otros, pues el amor es el vínculo de la perfección.”

Esta exhortación no puedo dejar de dirigirla a cada uno de ustedes; no puedo ignorarla. El mismo san Pablo me exhorta a mí: “Instruíos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría.”

San Juan Pablo II, en esta reflexión que mencionaba al comienzo de esta homilía, decía que: “Efectivamente, la paz es signo del amor, es su confirmación en la vida de la familia. La paz es la alegría de los corazones; es el consuelo en la fatiga cotidiana. La paz es el apoyo que se ofrecen recíprocamente la mujer y el marido, y que los hijos encuentran en los padres y los padres en los hijos.”

Por eso tenemos la gran alegría de, desde lo profundo de nuestros corazones, como pedía san Pablo en la segunda lectura, cantar a Dios salmos, himnos y cánticos espirituales, en acción de gracias porque tenemos a la Sagrada Familia para imitar. Ustedes tienen a Jesús, María y José como modelo de este orden perfecto que debe ser seguido dentro del hogar y, a partir de ahí, procurar ordenar todos los demás aspectos de sus vidas y así alcanzar la paz de Cristo. En síntesis: lograrán la paz de Cristo amándoos los unos a los otros como Cristo los amó, dentro de vuestros hogares.

Que la Sagrada Familia de Nazaret interceda en este día especial por todas las familias del mundo entero, especialmente por todos ustedes aquí reunidos en la presencia del Señor, para que alcancen la verdadera alegría que brota de la paz de Cristo que debe reinar en vuestra familia.

Ave Maria Puríssima.

P. Harley Carneiro, IVE

SOBRE LA ORACIÓN – San Agustín – VIª Parte

No te olvides, en fin, de orar por mí con diligencia. No quiero un tal honor como el que me prestáis y llevo con peligro, si me habéis de sustraer la ayuda que yo tengo por necesaria. La familia de Cristo oró por Pedro y oró por Pablo. Celebro que vosotros os contéis en esa familia. Pero ya veis que necesito incomparablemente más que Pedro y Pablo de las oraciones fraternas.

  1. Considerando todo esto y cualquiera otra cosa que el Señor te sugiera y a mí no se me ocurra, o fuere muy larga de contar, esfuérzate para vencer al siglo en la oración. Ora con esperanza, ora con fidelidad y amor, ora con perseverancia y paciencia, ora como viuda de Cristo. Aunque como Él enseñó, el orar corresponde a todos sus miembros, es decir, de todos los que creen en El y están unidos a su cuerpo, en la Escritura se halla asociada de un modo especial a las viudas la preocupación más diligente por orar. Con el mayor honor se citan dos Anas, una casada, que dio a luz al santo Samuel, y otra viuda, que conoció al Santo de los santos cuando era todavía un infante87. La casada oró en el dolor de su alma y en aflicción de corazón, porque no tenía descendencia; entonces recibió a Samuel, y una vez recibido se lo devolvió a Dios, como se lo había prometido al pedirlo. Quizá resulte difícil comprobar cómo su petición entraba en la oración dominical, a no ser en la fraselíbranos de mal;porque le parecía pequeño mal el estar casada y carecer del fruto de las bodas, ya que sola la razón de criar hijos pudiera excusarlas. Atiende ahora a lo que se dice de la otra Ana viuda: No se retiraba del templo, sirviendo día y noche con ayunos y súplicas88. Con esto coinciden las palabras que antes cité del Apóstol: La que es verdadera viuda y desolada, espera en el Señor y persevera en la oración de día y de noche89. También el Señor, al animarnos a orar siempre y a no desfallecer, citó a una viuda, que con sus incesantes interpelaciones obligó a atender su caso a un juez90, aunque era inicuo, impío y menospreciador de Dios y de los hombres. Más que nadie deben las viudas entregarse a la oración. Eso se colige ya al ver que, para animarnos a todos al afán de orar, se nos presenta el ejemplo de las viudas como una exhortación.
  2. Y ¿qué es lo que ha mirado en las viudas al tratarse de la empresa de orar, sino su desamparo y desolación? Por lo tanto, el alma que en este mundo se siente desamparada y desolada, mientras peregrina lejos del Señor91, manifiesta con su perseverancia y fervorosa súplica una cierta viudez a Dios, su defensor. Ora tú como viuda de Cristo que todavía no gozas de la presencia de aquel cuyo auxilio suplicas. Y, aunque seas riquísima, ora como pobre. Porque todavía no posees las auténticas riquezas del siglo futuro, en donde ya no tendrás que temer daño ninguno. Aunque tengas hijos y nietos y una numerosa familia, como ya dijimos, ora como desamparada. Es incierto todo lo temporal, aunque para nuestra consolación se conserve hasta el fin de la vida presente. Si es que buscas y saboreas las cosas de arriba92, deseas las eternas y seguras, y pues todavía no las tienes, debes considerarte desolada, aunque conserves todos tus bienes y te obsequien todos. Y no sólo tú, sino tu religiosísima nuera con tu ejemplo y las demás santas viudas y vírgenes que se hallan bajo vuestra protección. Cuanto mejor llevéis vuestra casa, tanto más debéis insistir en la oración, sin dejaros absorber por los negocios de las cosas presentes, a no ser los que reclama una causa piadosa.
  3. No te olvides, en fin, de orar por mí con diligencia. No quiero un tal honor como el que me prestáis y llevo con peligro, si me habéis de sustraer la ayuda que yo tengo por necesaria. La familia de Cristo oró por Pedro y oró por Pablo93. Celebro que vosotros os contéis en esa familia. Pero ya veis que necesito incomparablemente más que Pedro y Pablo de las oraciones fraternas. Rivalizad en éstas con una santa y concorde emulación, puesto que no rivalizáis unos contra otros, sino todos contra el diablo, enemigo natural de todos los santos. La oración recibe un poderoso refuerzo con el ayuno, las vigilias y toda mortificación corporal. Cada una de vosotras haga lo que pudiere. Lo que una no puede hacer lo hace por medio de la otra, si ama en ésta lo que hace y ella no puede hacer. Por lo tanto, la que menos puede no impida a la que puede más, ni ésta exija a la que puede menos. Porque todas debéis vuestra conciencia a Dios. En cambio, a ningunade vosotras os debéis nada, sino la mutua caridad94. Escúchete el Señor, quien puede hacer más que lo que nosotros pedimos o entendemos95.

De la carta 130 de San Agustín a Proba

SOBRE LA ORACIÓN – San Agustín – Vª Parte

Aquí tienes, a mi juicio, no sólo las condiciones del que ora, sino también lo que ha de pedir. No te lo enseño yo, sino que te lo enseña quien a todos se ha dignado enseñarnos. Hemos de buscar la vida bienaventurada, hemos de pedírsela al Señor. Muchos han discutido interminablemente sobre esa bienaventuranza. Mas ¿qué necesidad tenemos de acudir a tantos autores y a tantas discusiones?

  1. Esto es lo que sin sombra de duda hemos de pedir para nosotros, para los nuestros, para los extraños y para los mismos enemigos, aunque uno pide por éste, otro pide por aquél, según sean sus relaciones o la lejanía de su familiaridad, mientras en el corazón del que ora haya y arda el afecto. En cambio, supongamos que en la oración alguien repite, por ejemplo: “Señor, multiplica mis riquezas” ; o bien: “Dame tanto cuanto le diste a aquel o aquel otro”; o bien: “Eleva mi dignidad; hazme poderoso y célebre en este mundo”, o cosa parecida; supongamos que dice eso por la concupiscencia que siente hacia esos bienes y no por el provecho que pueden traer a los hombres según la voluntad de Dios; seguramente no hallará en la oración dominical una sentencia a la que ajustar su petición. Vergüenza debiera darle pedir eso, si no le da vergüenza el apetecerlo; y si es que le da vergüenza, pero le domina la apetencia, mucho mejor será que pida al Señor que le libre de su concupiscencia, diciéndole:Mas líbranos de mal.
  2. Aquí tienes, a mi juicio, no sólo las condiciones del que ora, sino también lo que ha de pedir. No te lo enseño yo, sino que te lo enseña quien a todos se ha dignado enseñarnos. Hemos de buscar la vida bienaventurada, hemos de pedírsela al Señor. Muchos han discutido interminablemente sobre esa bienaventuranza. Mas ¿qué necesidad tenemos de acudir a tantos autores y a tantas discusiones? La Escritura de Dios nos dice breve y verazmente:Bienaventurado es el pueblo cuyo Dios es el Señor68.Para permanecer dentro de ese pueblo y para contemplar a Dios y para que podamos vivir con El sin fin, el fin del precepto es la caridad del corazón puro, de la conciencia buena y de la fe no fingida69. Al numerar las tres propiedades, se coloca la esperanza en lugar de la conciencia buena. Por lo tanto, la fe, la esperanza y la caridad70 conducen a Dios al que ora, es decir, al que cree, espera y desea, y advierte en la oración dominical lo que ha de pedir al Señor. Mucho ayudan también a la oración los ayunos, la mortificación de la concupiscencia carnal, sin dañar a la salud, y principalmente las limosnas para que podamos decir: En el día de mi tribulación busqué al Señor con mis manos, por la noche, en su presencia, y no fui defraudado71. ¿Cómo se ha de buscar con las manos al Señor, que es impalpable e incorporal, si no se le busca con las obras?
  3. Quizá me preguntes aún por qué dijo el Apóstol: No sabemos lo que hemos de pedir como conviene72.No hemos de pensar que él o los cristianos a quienes esto decía ignoraban la oración dominical. Por otra parte, no pudo hablar temeraria y falsamente. ¿Por qué dijo esto, sino porque de ordinario aprovechan las molestias y tribulaciones temporales para curarnos el tumor de la soberbia, o para probarnos y ejercitarnos la paciencia, a la que se asigna mayor y más noble premio cuando está probada y ejercitada, o, en fin, para borrar y castigar cualesquiera pecados? Sin embargo, como nosotros no vemos el provecho, deseamos vernos libres de toda tribulación. El Apóstol da a entender que ni él mismo se libró de esa ignorancia, aunque quizá sabía pedir como conviene, cuando en la alteza de sus revelaciones, y para que no se enorgulleciese, se le dio el aguijón de la carne, el ángel de Satanás, con el fin de que le abofetease73. Entonces pidió tres veces al Señor que le librase de él, seguramente sin saber lo que pedía como conviene. Al fin oyó la respuesta de Dios, manifestando por qué no se realizaba lo que tan grande santo pedía y por qué no convenía que se realizase:Te basta mi gracia, pues la virtud se perfecciona en la enfermedad74.
  4. En estas tribulaciones, que pueden ocasionarnos utilidad y ruina, no sabemos lo que hemos de pedir como conviene. Y, sin embargo, porque son molestas, porque van contra nuestro débil natural, todos coincidimos en pedir que se nos libre de ellas. Pero a nuestro Señor debemos la merced de pensar que no nos abandona cuando no nos las quita, sino que nos animamos a esperar mayores bienes soportando piadosamente los males. Y de este modo la virtud se perfecciona en la enfermedad. El Señor, airado contra algunos, que se lamentaban, les concedió lo que pedían, mientras se mostró piadoso al negárselo al Apóstol. En efecto, leemos lo que pidieron y lo que recibieron los israelitas. Mas, una vez satisfecha la concupiscencia, fue duramente castigada su impaciencia75. Cuando le pidieron un rey según el corazón de ellos y no según el de Dios, se lo concedió también76. Hasta al diablo le otorgó lo que pedía para que fuese tentado y probado su siervo Job77. Escuchó también a los inmundos espíritus que le pedían permiso para entrar en la piara de cerdos78. Esto se escribió para que nadie se enorgullezca si Dios le escucha cuando pide con impaciencia lo que no le convendría pedir, y juntamente para que nadie se apoque y desespere de la divina misericordia para con él, si Dios no le escucha cuando quizá pide algo cuya recepción sería riguroso tormento o ruina, por dejarse el beneficiario corromper por la prosperidad. En esos casos no sabemos pedir como conviene. Si algo acaece en contra de lo que hemos pedido, hemos de tolerarlo con paciencia, dando por todo gracias a Dios, sin dudar lo más mínimo de que lo más conveniente es lo que acaece por voluntad de Dios y no por la nuestra. Nuestro Salvador se nos puso de modelo cuando dijo:Padre, si es posible, pase de mí este cáliz,pues transformando la voluntad humana, que tenía por su encarnación, añadió en seguida: pero no lo que yo quiero, sino lo que quieres tú79. De aquí que, con razón, por la obediencia de uno se hacen justos muchos80.
  5. Mas quien pida al Señor aquella única cosa mencionada y la busque81, pide con certidumbre y seguridad; no teme que haya obstáculo para recibir, pues sin ella de nada le servirá cualquiera otra cosa que pida como conviene. Ella es la única y sola vida bienaventurada: contemplar el deleite del Señor para siempre, dotados de la inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo y del espíritu. Por sola ella se piden, y se piden convenientemente, las demás cosas. Quien ésta tuviere, tiene cuanto quiere; ni podrá allí querer algo que no convenga. Allí está la fuente de la vida82, cuya sed hemos de avivar en la oración mientras vivimos de esperanza. Ahora vivimos sin ver lo que esperamos, bajo las alas de aquel ante quien presentamos nuestro deseo, para embriagarnos de la abundancia de su casa y abrevarnos en el torrente de su dicha: porque en él está la fuente de la vida y en su resplandor hemos de ver la luz83. Y entonces se satisfará en los bienes nuestro deseo, y nada tendremos que pedir gimiendo, pues todo lo tendremos gozando. Y, con todo, ya que ella es la paz que sobrepuja a todo entendimiento, no sabemos lo que pedimos, como conviene84, cuando se la pedimos a Dios en la oración. No podemos imaginarlo como ello es en sí, y, por lo tanto, lo ignoramos. Y en verdad todo lo que nos viene a la imaginación lo rehuimos, rechazamos, reprobamos; sabemos que no es eso lo que buscamos, aunque no sabemos cómo es lo que buscamos.
  6. Eso quiere decir que hay en nosotros una docta ignorancia, por decirlo así, pero docta por el espíritu de Dios, que ayuda nuestra debilidad. En efecto, dice el Apóstol:Si lo que no vemos lo esperamos, por la paciencia lo aguardamos;y a continuación añade: De un modo semejante el espíritu socorre nuestra debilidad; porque no sabemos lo que hemos de pedir como conviene; mas el mismo espíritu interpela por nosotros con gemidos inenarrables. Y quien escruta los corazones conoce lo que sabe el Espíritu, pues interpela según Dios por los santos85. No hemos de entender esas palabras como si el Espíritu de Dios, que en la Trinidad de Dios es inmutable y un solo Dios con el Padre y con el Hijo, interpelase a Dios como alguien distinto de Dios. Se dice que interpela por los santos porque impulsa a los santos a interpelar. Del mismo modo se dice: Os tienta el Señor vuestro Dios para ver si le amáis86es decir, para que vosotros lo conozcáis. El Espíritu Santo impulsa a interpelar a los santos con gemidos inenarrables, inspirándoles el deseo de esa tan grande realidad, que todavía nos es desconocida y que esperamos con paciencia. Pero ¿cómo se narra lo que se ignora cuando se desea? Porque en verdad, si enteramente nos fuese ignorada, no la desearíamos. Y, por otra parte, si la viésemos, no la desearíamos ni la pediríamos con gemidos.

De la carta 130 de San Agustín a Proba