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EN El CORAZÓN DE LA IGLESIA, YO SERÉ EL AMOR

De la Narración de la vida de santa Teresa del Niño Jesús, virgen, escrita por ella misma
(« Manuscrits autobiographiques», Lisieux 1957, 227-229)

Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.

Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: Aspirad a los dones más excelentes; yo quiero mostraros un camino todavía mucho mejor. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.

Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mi misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé:

«Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y mi deseo se verá colmado.»

DEBEMOS SER HUMILDES, SENCILLOS Y PUROS

De la carta de san Francisco de Asís, dirigida a todos los fieles
(Opúsculos, edición Quaracchi, Florencia) 1949, 87-94)

La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno, tan santo y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre. Y, al acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre, diciendo: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz.
Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los que quieran dar culto verdadero adorarán al verdadero padre en espíritu y verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad. Y dirijámosle día y noche nuestra alabanza y oración, diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos; porque debemos orar siempre sin desanimarnos.
Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo tan sólo se llevan consigo el premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración. No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario; debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana criatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres de nuestro Señor Jesucristo.

¡LA PROFESIÓN, HOLOCAUSTO ABSOLUTO… EL MARTIRIO, UNIÓN DECISIVA A MI AMOR!

De las Cartas del Seminarista Aurelio Boix

A mis queridos padres y hermano desde el convento de Padres Escolapios de Barbastro, a 9 de agosto de 1936.
Padre, madre y hermano de mi corazón: Si esta mi carta llega a sus manos, el portador de la misma les contará de todo el proceso; yo me limito a unas líneas.
Hace 18 días que estamos casi todos los del Pueyo detenidos en esta prisión. Apesar de las garantías que se nos dan, como medida de prevención, quiero dedicar unas palabras a los seres que me son más caros. En noches anteriores se han fusilado unas 60 personas; entre ellas muchos curas, algunos religiosos, tres canónigos, y esta noche pasada al Sr. Obispo.
Conservo hasta el presente toda la serenidad de mi carácter; más aún, miro con simpatía el trance que se me acerca: considero una gracia especialísima dar mi vida en holocausto por una causa tan sagrada, por el único delito de ser religioso. Si Dios tiene a bien considerarme digno de tan gran merced alégrense también ustedes, mis amadísimos padres y hermano, que a ustedes les cabe la gloria de tener un hijo y hermano mártir de su fe.
La única pena que tengo, humanamente hablando, es la de no poder darles mi último beso. No les olvido y me atormenta el pensar las inquietudes que ustedes sufren por mí. Ánimo, mis amadísimos padres y hermano, al lado de su aflicción surgirá siempre la gloria de las causas que motivaron mi muerte. Rueguen por mí, voy a mejor vida.
Padre mío muy amado: la entereza de su carácter me da la completa seguridad que su espíritu de fe le hará comprender la gracia que el Señor le otorga. Esto me anima muchísimo: le doy el beso más fuerte que le he dado en mi vida. Adiós, padre, hasta el cielo. Amén.

Madre idolatrada: Yo me alegro sólo al pensar la dignidad a que Dios quiere elevarla, haciéndola madre de un mártir. Esta es la mejor garantía de que lo dos hemos de ser eternamente felices. Al recuerdo de mi muerte acompañará siempre esta gran idea: “un hijo muerto, pero mártir de la religión”. Que Dios no pueda imputarme más crimen que el que los hombres me imputan, ¡ser discípulo de Cristo! Madre mía muy querida, adiós, adiós… hasta la eternidad. ¡Qué feliz soy!
Hermano mío muy caro: En poco tiempo ¡qué dos gracias tan señaladas me concede mi buen Dios! ¡La profesión, holocausto absoluto… el martirio, unión decisiva a mi Amor! ¿No soy un ser privilegiado? Esto es lo más íntimo que tengo que comunicarte. Las cartas adjuntas, al extranjero, envíalas con una relación extensa de mi prisión, etc.; ya te pongo bien clara la dirección; certifícalas. El último beso, mi hermano, el más efusivo. Mi despedida postrera a la familia, son unas palabras de felicitación tanto para mí como para ustedes.
Que Dios proteja siempre la familia que ahora agracia con un favor tan señalado.
Su hijo que les ama con amor eterno.
Aurelio Ángel.

DIGÁMOSLE ALGO MÁS QUE PEDRO…

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? – Mt 16,13-20

Este Evangelio de hoy es uno de esos episodios en que encontramos una actitud del Señor, una pregunta que hace a sus Apóstoles que se nos clava en el alma. Doy un par de ejemplos para que se entienda de qué estoy hablando:

-Cuando Jesús mira a la mujer adúltera, en el patio del Templo, y le pregunta: “¿Dónde están los que te acusan?” (Cfr. Jn 8, 1-11)

-Cuando, en Jericó, le pregunta al ciego que gritaba tras él mientras pasaba en medio de la turba: “¿Qué quieres que te haga?” (Cfr. Mc 10, 46-52)

-Cuando Pedro va de encuentro al Señor en el Mar de Tiberíades, al empezar a hundirse, clama por socorro y el Señor le socorre, pero no sin antes dirigirle estas palabras: “¿Por qué dudaste?” (Cfr. Mt 14, 22-36)

-Cuando después del discurso del Pan de Vida, en la Sinagoga en Cafarnaúm, muchos discípulos se marchan por la dureza de la doctrina, el Señor se vuelve a los suyos y les pregunta: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Cfr. Jn 6, 60-71)

-Cuando se acerca el joven rico, pasando por en medio de la muchedumbre, se acerca al Señor para intentar descubrir qué tiene que hacer para salvarse, y tras decirle al Señor que ya llevaba una vida de observancia fiel de los mandamientos, el Evangelio dice que el Señor “se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: Si quieres…” (Cfr. Mc 10, 17-22)

-También podemos pensar en todas las miradas o llamadas “vocacionales”, como de Leví, de Pedro y Andrés, de Santiago y de Juan, etc.

Todos gestos, actitudes, sentencias y preguntas de una sublime elocuencia… nos interpelan en la profundidad de nuestra conciencia, ¿no? Por eso es que la palabra de Dios es “viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo.” (Heb 4,12)

También el Evangelio de hoy, después de saber de sus amigos cómo Él era conocido por la región (“¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”), Jesús les dirige esta pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y también la dirige a nosotros, a nuestra conciencia.

En este momento San Pedro, tomando la palabra, hace la primera profesión de fe de la Iglesia que, en instantes sería fundada oficialmente: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios Vivo”.

Pedro no lo dijo por sí mismo… Si dependiera solamente de su naturaleza humana, habría dicho cosas como la que, unos versículos más adelante (Cfr. Mt 16,22) le dice al Señor, intentando alejarlo del camino de la Cruz, pero aquí, no… Aquí es distinto. Estamos delante de un momento solemnísimo.

Es el Espíritu de Dios que “habla” en la boca de Pedro, el Padre le ha revelado la identidad del Hijo (“Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” Mt 11,27). Es una revelación confiada al colegio Apostólico. Ya comienza a delinearse en el horizonte, la misión sublime que tendrían los doce: dar testimonio de que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios vivo.

Jesús, en un acto de autoridad Divina, funda sobre Pedro —”sobre esta piedra”— la Iglesia, su Cuerpo Místico; la cual quedará encargada de prolongar la obra redentora del Señor en el tiempo y en todos los lugares.

Pedro no podía decir más… Todavía estaba Jesús en marcha hacia Jerusalén (“Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén” Lc 9,51), para ofrecer su sublime Sacrificio Redentor en el ara de la Cruz, sobre el altar del Calvario.

Pedro no podía decirle más… Todavía deberían recibir el Espíritu Santo para poder hacerles comprender toda la obra redentora de este que “es el Mesías, el Hijo del Dios vivo”…

Pedro no podía decirle más… hasta ahí llegó…

El mismo que reconoce a Jesús como Dios, como el “Mesías, el Hijo del Dios vivo”…

El mismo Pedro que acaba de transformarse en la “piedra” fundamental de la Iglesia de Cristo en la tierra…

El mismo Pedro que en instantes, intentará alejar al Señor de su Misión Divina —y que en consecuencia recibe una dura reprimenda del Señor (“¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios.” (Cfr. Mt 16,23)…

El mismo Pedro, no podía decirle más…

El mismo que algunos días más tarde, después de reconocer en Jesús el Hijo de Dios por revelación del Espíritu de Dios, lo niega por tres veces —aun habiendo sido alertado de esta caída, no le hizo caso (Cfr. Jn 13, 31-38; Jn 18, 15-27)

El mismo Pedro que reconoce al Hijo de Dios y hace su profesión de fe, ahora titubea, tiene dudas, se avergüenza y le niega incluso su divinidad: “No conozco a este hombre” (Cfr. Mt 26, 72)[1]…

El mismo Pedro que escucharía el amargo canto del gallo, en aquella madrugada del fatídico Viernes Santo, y que saldrá llorando amargamente, ahora no puede decir más…

Pero después de la Cruz siempre viene la Resurrección, así como las tinieblas de la noche siempre dan paso a la aurora de un nuevo amanecer, así como después del llanto viene la alegría, también para Pedro este momento ha llegado…

Para redimirse de su infidelidad, Pedro reconoce la omnisciencia de su Señor y le profesa un amor más humilde: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero” (Cfr. Jn 21, 17). Cristo reafirma la misión de Pedro al mando de la Iglesia (“Apacienta mis ovejas” Jn 21, 17).

Llega el día de Pentecostés, el Espíritu Santo les hace comprender todo. Abren de par en par las puertas del cenáculo y ahora, llenos del Espíritu Santo, Pedro —el mismo Pedro— asume la palabra pero, ahora puede decir algo más…

“Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos (…) Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él (…) Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías” (Hch 2,14.22.36-37)

Al escuchar esto, la primera asamblea que se reunía allí para saber qué estaba pasando, escucharon estupefactos, dice la Escritura que “al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Cfr. Hch 2, 37)

En aquel día hubo muchísimos bautizados, la Iglesia empieza a florecer. El discurso, la misión, el trabajo de Pedro como Roca no terminaría más. Hasta que Jesús vuelva, él, el mismo Pedro, en la persona del Santo Padre, sigue proclamando la misma verdad, pero ahora con una eficacia mucho más grande, porque Jesús ya pasó por su Pasión, ya nos redimió.

La Iglesia ahora anuncia la Redención de Cristo para que nosotros podamos, en Él encontrar la salvación. A Dios gracias por habernos presentado a Cristo; gracias por haberlo aceptado; gracias por haber creído en su sacrificio y por habernos sido acogidos en el seno de la Iglesia. Por eso, somos ahora los “amigos” del Señor, y una vez más, el mismo Señor vuelve a interpelar a sus amigos.  Una vez más el Señor se vuelve a nosotros con esta pregunta que nos penetra la conciencia y con esta sublime elocuencia de la que hablamos al comienzo, nos dice: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y podemos decirle algo más que Pedro… Cuando este recibió esta pregunta, no podía decirle más… pero nosotros ahora sí, podemos decirle algo más de lo que Pedro le dijo.

Digámosle pues, hagamos la profesión de nuestra fe, una profesión más completa todavía que la de Pedro. Digámosle: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo, nuestro Redentor, nuestro Salvador, a quién sea dada la gloria, el honor, el poder y la majestad, por los siglos de los siglos. Amén.”

P. Harley Carneiro, IVE

 

 

 

[1] Tomo esta idea de Mons. Fulton Sheen, en su libro El Sacerdote no se pertenece

HERMOSA OBLIGACIÓN DEL HOMBRE: ORAR Y AMAR

De la catequesis de san Juan María Vianney, presbítero
(«Catéchisme sur la priére»: A. Monnin, «Esprit du Curé d’Ars», París 1899, pp. 87-89)

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti … » Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

LA MISERICORDIA DIVINA Y LA MISERICORDIA HUMANA

De los Sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo.
(Sermón 25, 1: CCL 103, 111-112)

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Y por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu misericordia llega al cielo.

Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra.

¿Cómo somos nosotros, que cuando Dios nos da queremos recibir, y cuando nos pide no le queremos dar? Porque cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer. No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.

Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a la iglesia? Ciertamente la misericordia. Practicad, pues, la misericordia terrena y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios; aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente, y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad y se os dará. No comprendo cómo te atreves a esperar recibir, si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podáis, según vuestras posibilidades.

BUSCAR LA PRESENCIA DE DIOS

En la personal intimidad, en la conducta externa; en el trato con los demás, en el trabajo, cada uno ha de procurar mantenerse en continua presencia de Dios, con una conversación –un diálogo– que no se manifiesta hacia fuera.

San Josemaria Escrivá de Balaguer

 

Vida interior. Santidad en las tareas ordinarias, santidad en las cosas pequeñas, santidad en la labor profesional, en los afanes de cada día…; santidad, para santificar a los demás. Soñaba en cierta ocasión un conocido mío –¡nunca le acabo de conocer bien!– que volaba en un avión a mucha altura, pero no dentro, en la cabina; iba montado sobre las alas. ¡Pobre desgraciado: cómo padecía y se angustiaba! Parecía que Nuestro Señor le daba a entender que así van –inseguras, con zozobras– por las alturas de Dios las almas apostólicas que carecen de vida interior o la descuidan: con el peligro constante de venirse abajo, sufriendo, inciertas.

Y pienso, efectivamente, que corren un serio peligro de descaminarse aquellos que se lanzan a la acción –¡al activismo!–, y prescinden de la oración, del sacrificio y de los medios indispensables para conseguir una sólida piedad: la frecuencia de Sacramentos, la meditación, el examen de conciencia, la lectura espiritual, el trato asiduo con la Virgen Santísima y con los Ángeles custodios… Todo esto contribuye además, con eficacia insustituible, a que sea tan amable la jornada del cristiano, porque de su riqueza interior fluyen la dulcedumbre y la felicidad de Dios, como la miel del panal.

En la personal intimidad, en la conducta externa; en el trato con los demás, en el trabajo, cada uno ha de procurar mantenerse en continua presencia de Dios, con una conversación –un diálogo– que no se manifiesta hacia fuera. Mejor dicho, no se expresa de ordinario con ruido de palabras, pero sí se ha de notar por el empeño y por la amorosa diligencia que pondremos en acabar bien las tareas, tanto las importantes como las menudas. Si no procediéramos con ese tesón, seríamos poco consecuentes con nuestra condición de hijos de Dios, porque habríamos desperdiciado los recursos que el Señor ha colocado providencialmente a nuestro alcance, para que arribemos al estado del varón perfecto, a la medida de la edad perfecta según Cristo24.

Durante la última guerra española, viajaba yo con frecuencia para atender sacerdotalmente a tantos muchachos que se hallaban en el frente. En una trinchera, escuché un diálogo que se me quedó muy grabado. Cerca de Teruel, un soldado joven comentaba de otro, por lo visto un poco indeciso, pusilánime: ¡ése no es un hombre de una pieza! Me causaría una tristeza enorme que de cualquiera de nosotros se pudiera afirmar, con fundamento, que somos inconsecuentes; hombres que aseguran que quieren ser auténticamente cristianos, santos, pero que desprecian los medios, ya que en el cumplimiento de sus obligaciones no manifiestan continuamente a Dios su cariño y su amor filial. Si así se dibujara nuestra actuación, tampoco seríamos, ni tú ni yo, cristianos de una pieza.

Procuremos fomentar en el fondo del corazón un deseo ardiente, un afán grande de alcanzar la santidad, aunque nos contemplemos llenos de miserias. No os asustéis; a medida que se avanza en la vida interior, se perciben con más claridad los defectos personales. Sucede que la ayuda de la gracia se transforma como en unos cristales de aumento, y aparecen con dimensiones gigantescas hasta la mota de polvo más minúscula, el granito de arena casi imperceptible, porque el alma adquiere la finura divina, e incluso la sombra más pequeña molesta a la conciencia, que solo gusta de la limpieza de Dios. Díselo ahora, desde el fondo de tu corazón: Señor, de verdad quiero ser santo, de verdad quiero ser un digno discípulo tuyo y seguirte sin condiciones. Y enseguida has de proponerte la intención de renovar a diario los grandes ideales que te animan en estos momentos.

¡Jesús, si los que nos reunimos en tu Amor fuéramos perseverantes! ¡Si lográsemos traducir en obras esos anhelos que Tú mismo despiertas en nuestras almas! Preguntaos con mucha frecuencia: yo, ¿para qué estoy en la tierra? Y así procuraréis el perfecto acabamiento –lleno de caridad– de las tareas que emprendáis cada jornada y el cuidado de las cosas pequeñas. Nos fijaremos en el ejemplo de los santos: personas como nosotros, de carne y hueso, con flaquezas y debilidades, que supieron vencer y vencerse por amor de Dios; consideraremos su conducta y –como las abejas, que destilan de cada flor el néctar más precioso– aprovecharemos de sus luchas. Vosotros y yo aprenderemos también a descubrir tantas virtudes en los que nos rodean –nos dan lecciones de trabajo, de abnegación, de alegría…–, y no nos detendremos demasiado en sus defectos; solo cuando resulte imprescindible, para ayudarles con la corrección fraterna.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

EN EL TALLER DE JOSÉ

Fragmento de un sermón de San Josemaría Escrivá de Balaguer (19/03/1963)

Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida humilde y santa de José, añadió —si se me permite hablar así— la vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro.

La Iglesia entera reconoce en San José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado. Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título entrañable: Nuestro Padre y Señor.

San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre. Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con Él, a sabernos parte de la familia de Dios. San José nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos. Y ese hecho tiene también, para nosotros, un significado que es motivo de reflexión y de alegría.

Al celebrar hoy su fiesta, quiero evocar su figura, trayendo a la memoria lo que de él nos dice el Evangelio, para poder así descubrir mejor lo que, a través de la vida sencilla del Esposo de Santa María, nos transmite Dios.

La figura de San José en el Evangelio

Tanto San Mateo como San Lucas nos hablan de San José como de un varón que descendía de una estirpe ilustre: la de David y Salomón, reyes de Israel. Los detalles de esta ascendencia son históricamente algo confusos: no sabemos cuál de las dos genealogías, que traen los evangelistas, corresponde a María —Madre de Jesús según la carne— y cuál a San José, que era su padre según la ley judía. Ni sabemos si la ciudad natal de San José fue Belén, a donde se dirigió a empadronarse, o Nazaret, donde vivía y trabajaba.

Sabemos, en cambio, que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros.

La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. San Justino, hablando de la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y yugos1; quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de Sevilla concluye que José era herrero. En todo caso, un obrero que trabajaba en servicio de sus conciudadanos, que tenía una habilidad manual, fruto de años de esfuerzo y de sudor.

De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan.

No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana.

Para vivir la virtud de la castidad, no hay que esperar a ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del amor y, para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la alegría de la juventud. Joven era el corazón y el cuerpo de San José cuando contrajo matrimonio con María, cuando supo del misterio de su Maternidad divina, cuando vivió junto a Ella respetando la integridad que Dios quería legar al mundo, como una señal más de su venida entre las criaturas. Quien no sea capaz de entender un amor así, sabe muy poco de lo que es el verdadero amor, y desconoce por entero el sentido cristiano de la castidad.

Era José, decíamos, un artesano de Galilea, un hombre como tantos otros. Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea perdida, como era Nazaret? Sólo trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea.

Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida humilde y santa de José, añadió —si se me permite hablar así— la vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro. Dios no se deja nunca ganar en generosidad. José podía hacer suyas las palabras que pronunció Santa María, su esposa: Quia fecit mihi magna qui potens est, ha hecho en mí cosas grandes Aquel que es todopoderoso, quia respexit humilitatem, porque se fijó en mi pequeñez2.

José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo3. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina4; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo5. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres.

La fe, el amor y la esperanza de José

No está la justicia en la mera sumisión a una regla: la rectitud debe nacer de dentro, debe ser honda, vital, porque el justo vive de la fe6. Vivir de la fe: esas palabras que fueron luego tantas veces tema de meditación para el apóstol Pablo, se ven realizadas con creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo. La ley que vivía todo judío practicante no fue para él un simple código ni una recopilación fría de preceptos, sino expresión de la voluntad de Dios vivo. Por eso supo reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó inesperada, sorprendente.

Porque la historia del Santo Patriarca fue una vida sencilla, pero no una vida fácil. Después de momentos angustiosos, sabe que el Hijo de María ha sido concebido por obra del Espíritu Santo. Y ese Niño, Hijo de Dios, descendiente de David según la carne, nace en una cueva. Ángeles celebran su nacimiento y personalidades de tierras lejanas vienen a adorarle, pero el Rey de Judea desea su muerte y se hace necesario huir. El Hijo de Dios es, en la apariencia, un niño indefenso, que vivirá en Egipto.

Al narrar estas escenas en su Evangelio, San Mateo pone constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple los mandatos de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el sentido de esos mandatos le pudiera parecer oscuro o se le ocultara su conexión con el resto de los planes divinos.

En muchas ocasiones los Padres de la Iglesia y los autores espirituales hacen resaltar esta firmeza de la fe de San José. Refiriéndose a las palabras del Ángel que le ordena huir de Herodes y refugiarse en Egipto7, el Crisóstomo comenta: Al oír esto, José no se escandalizó ni dijo: eso parece un enigma. Tú mismo hacías saber no ha mucho que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y sufrir un largo desplazamiento: eso es contrario a tu promesa. José no discurre de este modo, porque es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que el Ángel lo había dejado indeterminado, puesto que le había dicho: está allí —en Egipto— hasta que yo te diga. Sin embargo, no por eso se crea dificultades, sino que obedece y cree y soporta todas las pruebas alegremente8.

La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida. Para comprender mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su fe es activa, y que su docilidad no presenta la actitud de la obediencia de quien se deja arrastrar por los acontecimientos. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores.

José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera sabiduría. De este modo, aprendió poco a poco que los designios sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en contradicción con los planes humanos.

En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá9. Ha aprendido a moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea.

Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él —un carpintero de Galilea—, estaba iniciando en el mundo: la redención de los hombres.

Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida de San José y los de toda vida cristiana. La entrega de San José aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por eso, un buen momento para que todos renovemos nuestra entrega a la vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha concedido el Señor.

Cuando se desea sinceramente vivir de fe, de amor y de esperanza, la renovación de la entrega no es volver a tomar algo que estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y esperanza, renovarse es —a pesar de los errores personales, de las caídas, de las debilidades— mantenerse en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad. Renovar la entrega es renovar, repito, la fidelidad a lo que el Señor quiere de nosotros: amar con obras.

El amor tiene necesariamente sus características manifestaciones. Algunas veces se habla del amor como si fuera un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para completar egoístamente la propia personalidad. Y no es así: amor verdadero es salir de sí mismo, entregarse. El amor trae consigo la alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz. Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del sacrificio, del dolor. Un dolor que se paladea, que es amable, que es fuente de íntimo gozo, pero dolor real, porque supone vencer el propio egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y de cada una de nuestras acciones.

Las obras del Amor son siempre grandes, aunque se trate de cosas pequeñas en apariencia. Dios se ha acercado a los hombres, pobres criaturas, y nos ha dicho que nos ama: Deliciae meae esse cum filiis hominum10, mis delicias son estar entre los hijos de los hombres. El Señor nos da a conocer que todo tiene importancia: las acciones que, con ojos humanos, consideramos extraordinarias; esas otras que, en cambio, calificamos de poca categoría. Nada se pierde. Ningún hombre es despreciado por Dios. Todos, siguiendo cada uno su propia vocación —en su hogar, en su profesión u oficio, en el cumplimiento de las obligaciones que le corresponden por su estado, en sus deberes de ciudadano, en el ejercicio de sus derechos—, estamos llamados a participar del reino de los cielos.

Eso nos enseña la vida de San José: sencilla, normal y ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de días humanamente monótonos, que se suceden los unos a los otros. Lo he pensado muchas veces, al meditar sobre la figura de San José, y esta es una de las razones que hace que sienta por él una devoción especial.

Cuando en su discurso de clausura de la primera sesión del Concilio Vaticano II, el pasado 8 de diciembre, el Santo Padre Juan XXIII anunció que en el canon de la misa se haría mención del nombre de San José, una altísima personalidad eclesiástica me llamó en seguida por teléfono para decirme: Rallegramenti! ¡Felicidades!: al escuchar ese anuncio pensé en seguida en usted, en la alegría que le habría producido. Y así era: porque en la asamblea conciliar, que representa a la Iglesia entera reunida en el Espíritu Santo, se proclama el inmenso valor sobrenatural de la vida de San José, el valor de una vida sencilla de trabajo cara a Dios, en total cumplimiento de la divina voluntad.

 

 

APRENDED DE MÍ – Mons. Tihamér Toth

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”
(Mt. 11, 29)

¡Qué mandato tan extraño es éste! “Aprended de mí…” ¿Qué debemos aprender, a obrar milagros? No. ¿A resucitar muertos? Tampoco. ¿A curar ciegos? Tampoco. Sino “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Esto es lo principal para el Señor. Aprended de mí a ser: 1° buenos; 2° mansos, y 3º humildes.

1° Aprended de mí, que soy bueno. Y la humanidad aprendió de Él; tan sólo de El aprendió la bondad verdadera. La historia de la filosofía da una lista de hombres sabios, pero los demás, aun de los mejores, aprendieron muy poco. Conocerás sin duda el nombre de los dos grandes filósofos griegos: Platón y Aristóteles. La magnífica doctrina de Platón tocante a la divinidad subyuga todavía hoy al lector, pero no nos consta el nombre de un solo pueblo, de una sola familia, que Platón arrancase de las aberraciones de la idolatría. ¿De qué sirve la filosofía más profunda, si no es más que letra muerta y no sabe hacer mejor al hombre? Piensa en otros grandes hombres como Cicerón, Sócrates, Séneca, ¡qué fogosos son sus discursos sobre los deberes y virtudes del hombre! Pero ¿lograron mejorar un solo hombre? Y he ahí que Jesucristo no filosofa mucho; con toda sencillez se presenta delante de los hombres y mostrándoles su propio ejemplo, les dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Y lo que no pudieron lograr los más grandes filósofos y oradores, lo logra El: santifica y ennoblece a los individuos, familias, naciones; y así seguirá en el porvenir.

2° Aprended de mí, que soy manso. “¿Manso? Esto vale tanto como decir tonto y apocado” —me dirás tal vez asustado—. “¡Manso! Es decir, cobarde, que se traga todas las ofensas, que se acoge a la falda de su madre”. No te asustes. Bien sabía Jesús que en los nervios de un joven de quince o dieciséis años vibra una corriente eléctrica y que discurre por sus venas una lava encendida; no quiere verte acurrucado en un rincón, cabizbajo, mustio. Entonces, ¿cómo se entiende que seas “manso”? Quiere que seas alegre, pero sin desenfreno; que sean valiente, pero no temerario ni altivo; que seas vivaz, y no atolondrado; que seas el primero en el juego y al mismo tiempo esforzado y tenaz en el estudio; que sepas rezar fervorosamente cuando llega la hora de la oración.

¿Has de ser cobarde? No. Pero si alguien te ofende, no le levantes el puño ni le contestes a bofetón limpio, sino con mansedumbre y serenidad bien disciplinada. ¿Has de tragarte todas las injurias? De ninguna manera. Pero has de contestar a la ofensa con dominio varonil. Como lo hizo Nuestro Señor Jesucristo cuando le hirió el soldado: “Si yo he hablado mal, manifiesta lo malo que he dicho: pero si bien, ¿por qué me pegas?” (Jn.18, 23). “Más heroico es —me objetarás— dar una buena trompada al que se burla de mí”. Te equivocas. Responder a la ofensa con ofensa, lo hace cualquiera: si no lo crees, asiste a una riña de gallos; pero conservar el propio dominio y la superioridad frente a una ofensa, sólo puede hacerlo la voluntad humana sujeta a disciplina. La superioridad del hombre sobre los animales se muestra con toda su brillantez justamente en los momentos críticos. ¿Aplaudimos cualquier clase de fuerza? No, sino la fuerza reglamentada, bien encauzada, que obedece a la razón. La dinamita es fuerza. Lo es el rayo de sol. La primera explota y derriba. El segundo hace brotar la vida. Aquélla diríamos que es una fuerza desenfrenada. Éste es una fuerza mansa. Aprende de Jesucristo a ser mansamente fuerte.

3º Aprended de mí, que soy humilde de corazón. Cuando los scouts se internan en los bosques, con su típico uniforme, la camisa y el pantalón kaki se distinguen apenas de las hojas. Si tú no eres scout, trata con todo, de llevar en tu alma, en tus obras, en toda tu vida, el color de la humildad. Si eres el mejor del curso, no lo des a entender por tu comportamiento. Si eres rico, no muestres orgullo ni por asomo. Si tienes inteligencia rápida, no por esto te jactes. Sé profundamente religioso, pero no quieras llamar la atención. Sé cortés, atento, pero no te pavonees con los favores que hayas podido hacer a otros. Sé el consuelo de tus padres que luchan con los contratiempos; ayuda a tus compañeros pobres, infunde alientos a los que lloran…, y todo esto hazlo disimuladamente, como la cosa más natural del -mundo, sin ostentación alguna. Haz como los pájaros cantores que cantan admirablemente de madrugada, pero con tanta naturalidad que ni ellos mismos se dan cuenta; sé como las flores que de sus corolas aterciopeladas despiden fragancia sin notarlo siquiera. Sé afable, caritativo, justo, prudente, generoso, pero sin saberlo tu. Y así serás humilde de corazón, conforme a las enseñanzas de Jesucristo. “Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el reposo para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 29-30).

 

(TihamérToth, El Joven y Cristo, Ed. Gladius, Buenos Aires, 1989, p. 55 – 57)

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO – SAN AGUSTÍN

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

2. Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.

Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado. ¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven le habían sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.

Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, más el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º), t. XXIII, Sermón 139A, 1-2, BAC Madrid 1983, pág. 270-73