A pesar de todo, siempre vuelven a sonreír…

Reflexión dedicada a los feligreses de la Parroquia de la Sagrada Familia, en Gaza

Una de aquellas frases sueltas que recuerdo de mi infancia, entre tantas otras, es aquella que dice que “los niños son como esponjas”, es decir, que aprenden con prontitud; ya que, al estar en desarrollo, todo en ellos va creciendo o se está formando: el cuerpo, el conocimiento, el carácter, los hábitos, dones, etc. Y es por esta razón que decimos que los niños están en un proceso. Y es de vital importancia especialmente para los padres moldearlos de la mejor manera posible, para lo cual se requiere cariño, atención, paciencia, palabras, ejemplos, etc. “Ejemplos”, qué fundamentales son los ejemplos, “porque arrastran”, porque confirman la enseñanza o la destrozan, porque revelan si el formador es coherente o mendaz, porque pueden encaminar un alma al Cielo o torcerle el camino hacia la perdición. Sí, hay que darles buenos ejemplos a los niños; “educa a los niños y no será necesario castigar a los hombres”, dice la frase atribuida a Pitágoras, y educar y guiar corresponde normalmente a los más grandes, a “los que saben porque ya aprendieron”. Pero esto no es absoluto… ya que también los niños pueden -y, de hecho, muchas veces lo hacen- darnos ejemplos a nosotros, los más grandes, los que estudiamos y tenemos experiencia, los que por oficio o profesión debemos enseñar; pero sí, también nosotros podemos aprender de ellos tantas cosas -o “recordar” tal vez, podríamos decir; reconsiderar, examinar, etc.-; como la prontitud en perdonar y no guardar rencor, o la inocencia y sencillez para aceptar la verdad, y hasta la capacidad tan notable que suelen tener para hacer nuevos amigos con presteza. Todo esto lo sabemos bien, no es nada nuevo, no hay originalidad en lo escrito hasta ahora, pero quería citarlo a modo de introducción para llegar al punto que, en esta oportunidad, quisiera compartir; y me refiero a un ejemplo muy concreto, y de un lugar muy específico, en una comunidad que lleva el maravilloso nombre que también titula nuestro monasterio: Sagrada Familia, la Parroquia católica de la Sagrada Familia en Gaza; conocida seguramente por todos nosotros gracias a las noticias diarias que nos han acompañado a lo largo de la guerra en esta parte del mundo y que, por aquellos lados, ha sido terriblemente devastadora, y cuyas consecuencias seguirán sólo Dios sabe hasta cuándo…

Queridos lectores, en esta oportunidad les comparto un sencillo pensamiento y reflexión que ha surgido, precisamente, a lo largo de estos últimos años, en que los sagrarios de todo el mundo, pero especialmente los de aquí en Medio Oriente, han sido testigos de las abundantes y constantes oraciones pidiendo en favor de la paz, así como de uno de los milagros más hermosos -a mi parecer-, que se han dejado ver como la flor entre las cenizas; como esa lejana luz del faro que en medio de la tormenta se roba toda la atención y guía lleno de esperanza; en fin, como una palabra de aliento en la aridez más profunda, pero de esas palabras que cambian el ambiente y saben hacernos sacar fuerzas desde donde antes no las había. “Algo así” han sido para mí las sonrisas de los niños y feligreses de la parroquia de la Sagrada Familia; nuestros hermanos en la fe; quienes al abrigo misterioso de la Divina Providencia, y asistidos por nuestros padres y hermanas entregados a tan especial misión, sin embargo, a pesar de haber vivido entre constantes explosiones, inmersos en la más terrible incertidumbre de no saber hasta cuándo se encontrarían con vida, sufriendo y viendo sufrir, y dejando de ver a quienes partieron antes que ellos hacia la eternidad; y entre noches sin dormir, y habitaciones y camas improvisadas, y entre todo lo demás, tan terrible como sabemos (y miramos a la distancia), asombrosa y ejemplarmente, a pesar de todo -repetimos-, siempre vuelven a sonreír.

Me detengo especialmente en los más pequeños, aquellas almas inocentes que tantas veces en lugar de un parque de juegos no contaron más que con un espacio entre los demás refugiados para jugar… y todavía pueden jugar. Niños que, en la más tierna edad tuvieron que vivir cosas que nosotros quizás jamás veremos, y asumir pérdidas que nosotros recién de adultos hemos sufrido; corazones cuyo entorno gris no ha podido apagar el colorido de sus sonrisas ni los cantos de sus voces, ¡oh!, ¡cómo me enternecen sus cantos a la Virgen! Ojo que no estamos negando sus sufrimientos, que a pesar de ser ellos pequeños éstos son grandes y mucho, o no; ellos sufren más que nosotros, pero saben sufrir mejor que muchos de nosotros -al menos hablo por mí.; pues sufren abrazados a la Cruz y no renegando de ella, ¡niños tan pequeños y de ejemplos tan grandes!; a su corta edad ya han aprendido a ofrecer sus padecimientos con esperanza sobrenatural; a vivir con una fe probada en una tristemente variada gama de adversidades; a practicar la caridad fraterna y santa resignación de una manera admirable.

Dejando de lado los rincones más profundos y exclusivos del alma, en los cuales solamente entra Dios, podemos ir poniendo cada uno de nuestros problemas junto a los de estos hermanos nuestros ejemplares, y veremos cómo van perdiendo fuerza y dimensiones; no que no sean tales necesariamente, pero sí que tenemos ejemplos tangibles de cómo han de padecerse ellos y seguir nosotros adelante en la vida espiritual. Tal vez estas hermosas sonrisas entre los escombros sean para ellos la antesala -sino la entrada-, o al menos la expresión de aquella verdad madura y profunda que los santos supieron comprender y que tan difícil nos resulta a nosotros mientras no emprendamos con grandísima y fiel determinación nuestra purificación, es decir, mientras no pasemos por las noches del alma con que Dios nos quiere purificar para hacernos menos carnales y más espirituales: la alegría de la cruz; la eficacia de la cruz, la bendición que es la cruz, el camino que es la cruz, la fecundidad de la cruz y la santificación que se haya en la cruz; no, claro, por el sufrimiento mismo que ésta lleva consigo, sino por todos estos bienes que ella nos ofrece y nos alcanza si aprendemos a abrazarla como Jesucristo nuestro Señor lo quiere: suavizando el yugo y aligerando su carga en la medida de nuestra santa aceptación y ofrecimiento, amando en ella a nuestro Dios crucificado, y viendo en Él mismo, el primero de todos y el ejemplo sublime, la manera amorosa de llevarla.

Recordemos aquí la conocida reflexión de san Alberto Hurtado acerca del valor de una sonrisa. Escribía el santo: “¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da. Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre. Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla. Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad. Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado, sol para el triste y recuerdo para el turbado.

Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da. Y en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa? Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás”.[1] Dice el santo al principio que “no cuesta nada pero vale mucho”; no cuesta en cuanto a que no hay que pagar por ella monetariamente hablando, pero al mismo tiempo “vale mucho”, a su vez, en la medida que se haya tenido que abrir paso entre las tristezas, las arideces, el arrepentimiento, los escombros o las cenizas… tal vez por esta razón las sonrisas de estos niños y feligreses nos parecen de un valor inmensurable, imposible de llegar a conocer en profundidad, porque eso le corresponde solamente a Dios, el mismo que en sus secretos y profundísimos designios los sostiene en el dolor, los levanta de la frustración, los guía con esperanza sobrenatural en medio de las tinieblas, y les ha concedido la perseverancia en la dureza de las pruebas que implica la guerra.

Aprendamos a seguir el ejemplo que nos dan nuestros hermanos más probados en la fe, especialmente de los pequeños de alma grande, de los que lloran pero serán consolados, de los artífices de paz que no saben de rencores; de los pobres -y no sólo de espíritu- que poseen las llaves del Reino de los Cielos; de los afligidos que serán consolados; en fin, de los feligreses que aun en medio de sus arduos sufrimientos y el entorno catastrófico en que han sabido forjar y mantener un verdadero oasis espiritual en torno al Sagrario, a pesar de todo siempre vuelven a sonreír.

P. Jason Jorquera M., IVE.

[1] San Alberto Hurtado S.J.; extracto del capítulo diez de su libro “Humanismo Social”