EL GRITO

 

Cuando del alto de un madero Tú gritabas,

atraías corazones; redención les ofrecías,

cuando apenas te miraban, grande paz les concedías,

por un grito que en la agonía

de Tu pecho exhalabas.

 

Cuando de un madero elevado proclamabas

Redención y Salvación nos ofrecías

a pesar de cuantas faltas te traían

Tú corazón enternecido se encontraba

cuando con un grito dolorido

de dentro de Tu pecho exhalabas.

 

Cuando del Trono de la Cruz gritabas,

al mundo entero y más allá te dirigías,

almas pesarosas, manchadas de tinieblas Tú querías.

“¡Tengo sed!” desde el Gólgota se escuchaba

cuando por un grito exprimido entre dolores

del profundo de tu alma exhalabas.

 

Cuando en Sicar ya no gritabas,

a un corazón afligido le socorrías.

“¡Tengo Sed!” también a ella le decías.

Paso a paso te revelabas y

manantial de Agua Viva prometías,

como en el susurro de un grito,

a una Samaritana al mediodía,

del fondo de Tu pecho susurrabas.

 

Cuando entre mis dedos te elevas,

en muchos corazones Tú pretendes

adentrarse y hacer morada cada día.

Pero a mí, cual Samaritana en el camino,

me gritas: “Tengo Sed!” y susurrando

Te respondo a Ti Eucaristía,

cuando dentro de mi pecho Te adentras,

y sediento de mi corazón te sacias.

 

P. Harley Carneiro, IVE