CUÁNDO DIOS MENDIGA UN CORAZÓN

“Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice ‘dame de beber’, le pedirías tú, y él te daría agua viva.” (Jn 4,10)

                No tengo dudas de que en este IIIº domingo de la cuaresma, la Iglesia nos propone unas de las páginas más hermosas de todo el Nuevo Testamento, una preciosidad de detalles que se hace tanto de parte de la “samaritana” -con todo el proceso de su conversión hasta reconocer a Cristo Nuestro Señor como Mesias- como también de parte de Cristo, que se nos revela como un verdadero manantial de agua viva. La escena comienza con la descripción del trayecto que hacía nuestro Señor en dirección a Galilea. Tras caminar por horas, llega a Sicar, que está en el territorio de Samaría, al norte de Jerusalén. Se detiene en el pozo de Jacob a descansar, pues como dice S. Juan estaba cansado del camino. A sus discípulos les había enviado a la ciudad a conseguir comida, quiso quedarse solo, era alrededor de la hora sexta; el sol ardía en el cielo azul primaveril de la región de samaria, y de repente se acerca una persona, una persona un tanto misteriosa; una mujer que llega hasta el pozo (justo en el que se encuentra nuestro Señor descansando), viene a coger un poco de agua, necesita para su vida cotidiana, sin embargo el horario y el modo como va, nos dan indicios de que lo hace buscando no ser vista; necesita mantenerse más lejos de los demás, algo en su conciencia le incomoda, le hace quedar inquieta…

                Se acerca la mujer con sus cubos, le extraña ver un judío sentado al borde del pozo, pero lo entiende: un viajero, cansado, hacer una pausa ahí para tomar un poco de agua y aliviar el peso del camino no sería una cosa del todo inusual. Sin embargo, nuestro Señor la observa, más, mucho más de lo que las simple apariencias. “El señor mira al corazón”… Sabe de las necesidades del hombre, sabe de sus debilidades, de sus límites… Él mismo está en este momento cansado, necesitaba descansar… Para demostrar su compasión con el género humano, para hacernos ver de modo claro que tenía semejanza en todo con nosotros -excepto en el pecado- le dice a la mujer: “Dame de beber”. Se sobresalta la mujer: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”… En este momento nuestro Señor se revela compasivo, tierno en sus palabras, profundo en su conocimiento de la pobreza y miseria humana, se muestra verdadero hombre, pero también se revela como verdadero Dios: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”… si conocieras el grandiosísimo don que Dios te concede en este momento, si conocieras a la miseria de la naturaleza humana como yo la conozco, con sus efectos, debilidades y todo lo que quieras, y más, si conocieras quién es el que te pide de beber, ¡ah, éste que te pide de beber es el mismo que les dio de beber a tus padres en el desierto!, el que te pide ahora de beber, puede parecer que necesita de esta agua para saciar una sed simplemente natural; sin embargo, si conocieras… ¡ah! La sed que me envuelve por todos lados es una sed que no se sacia con esta agua, tengo sed, sí… dame de beber mujer, dame de beber, lo único que necesito es que veas, que conozcas quién es el que te pide; cuando tengas este conocimiento, se colmarán tus anhelos, tus deseos serán saciados, beberías de una fuente de vida, de vida eterna, vida que no se acaba: yo soy la vida, si me pides de beber como yo te estoy pidiendo ahora, serías tú misma quién sería colmada de las abundantes aguas de la vida.”

                La mujer empieza su caminar en la fe, todavía desconocido para ella misma, pero el contacto con el Señor le va haciendo cambios profundos… Por ahora vuelve a interpelarlo llamándolo de Señor, sin embargo todavía no ha logrado comprender qué es lo que el Maestro le quiere enseñar. Acaso en las palabras con que pregunta a Jesús si es más que nuestro padre Jacob, nunca imaginaría que sí, es mucho más, este es aquel en quien Jacob creyó, por quien Jacob confió en las promesas del Señor. Pero este secreto todavía le es muy oscuro, la fe necesita de una fuente que sea inagotable, por eso nuestro Señor le revela a ella la plena saciedad que Él le puede dar si ella le pide… “si conocieras el don de Dios”… beberías del agua que puedo darte, y no solamente beberías y te quedarías saciada, sino que beberías y no tendrías más sed… y no sólo esto, sino que también se convertiría en ti misma en fuente, de ti surgiría un agua que salta hasta la vida eterna. En este momento, vuelve la mujer a presentarle al Señor su angustia, el Señor conoce las debilidades del corazón humano, sabe que deseamos el fin de las penas, sabe que el peso del pecado se nos hace cada vez más difícil de llevar, tener que salir en el medio del día, como a las escondidas, buscando huir de algo que jamás vamos conseguir huir, de nuestra propia conciencia. La mujer demuestra su deseo de no tener que buscar más agua natural, en efecto dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”, se me hace pesado tener que ocultarme de mi conciencia, busco saciar mi sed, hay un deseo en mí de estar saciada plenamente, si tú tienes de esta agua que me puede saciar, dame de ella Señor.

                Por más que ahora la mujer pide al Señor que le de de beber, no le pide con el conocimiento verdadero de lo que está pidiendo, ¡ah si conocieras el don de Dios!, si supieras que el agua de la cual hablo es algo que va mucho más allá de lo que te parece ahora… quiero, tengo sed, dame de beber, necesito que me dés de beber, necesito de materia para poder saciarte, la gracia (el “don de Dios”) que tengo para darte es algo que para que lo recibas, tienes que dármelo todo; ahora Jesús va más incisivo en la conciencia de la mujer: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. Una sentencia fría si la miramos superficialmente. El Señor que hasta entonces venía como alentando a la mujer, prometiéndole un don precioso, una gracia inestimable que le saciaría de todos sus deseos, se vuelve a ella como si fuese una especie de máquina de radiografía: llama a tu marido y vuelve. Busca en su conciencia la causa de su pesadumbrez, de su debilidad, de sus flaquezas. Jesús con su pregunta le toca en el corazón, ¿acaso viviendo con el hombre con la cuál vivía esta mujer, podría intentar engañarse a sí misma, a su propia conciencia diciéndose a sí misma que era su marido, que estaba bien, que andaba en la verdad? Sin embargo, al ser sorprendida con esta pregunta, no pudo esconder más la verdad: “No tengo marido”, tal vez que una respuesta bastante fría (seca) para una sentencia lanzada por el Señor también en el mismo tono; o quizás una respuesta un tanto corta para expresar una realidad un poco más profunda: “has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido”. El reconocerte pecadora ya te hace caminar en el camino de la humildad, andar en ella es la clave para empezar a beber de esta agua que yo puedo darte. En eso has dicho la verdad, no me lo ocultaste lo que pesa en tu conciencia.” Delante de sí mismo, uno debe tener la certeza de que no podemos ocultar nada, ahí es el santuario donde Dios nos habla. Cristo le dice a la mujer: “Tienes razón, que no tienes marido”. Te enfrentaste contigo misma, pusiste la verdad delante de tu engaño, delante de la mentira, delante del pecado, lo enfrentaste con la verdad. Reconocerlo es un paso.

                Jesús ahora, al demonstrar a la mujer que no solamente sufre en su cuerpo la debilidad de la naturaleza humana, siente en su debilidad las consecuencias del pecado, pero ahora le acaba de demostrar que es Dios, que conoce los corazones; es Dios, que “sondeas los abismos” más profundos de la conciencia, del corazón del hombre, ante sus ojos nada está oculto. Es verdadero Dios, todo lo conoce, pero ¡ah, si conocieras quién es el que te dice dame de beber…! Todavía la mujer no le reconoce de modo pleno, sabe que es algo más que un simple judío, el referirse a Él como Señor ya se queda atrás; le reconoce dones sobrenaturales, le tiene por profeta. El asunto cambia de rumbo, ahora que le reconoce por profeta, la conduce al tema de la religión, de su fe expresada de modo público: su creencia de que está en la verdad en cuanto a la práctica exterior de su fe le lleva a fiarse de la tradición de los suyos: “Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.” En su respuesta, Jesús deja en claro la verdad: la salvación viene de los judíos, además de esto, vosotros adoráis a uno que no conocéis, nosotros adoramos a uno que conocemos. Sin embargo, esto a partir de ahora ya no será así, ya pues ya se acerca la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al padre en espíritu y verdad. Este es el deseo del Padre, por eso a partir de ahora, que se os ha dado a conocer algo de estos misterios, podéis vosotros también adorar al Dios verdadero, podéis conocerlo, por eso le pidió dame de beber, dame tu fe, créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. ¡ah, si conocieras…! “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”… Cuando todavía nuestra fe es muy poca, o demasiado débil para comprender las realidades que Dios nos quiere mostrar, Él mismo se dispone a revelárnosla y a poner delante de nuestros ojos las realidades que no logramos comprender, este “¡ah, si conocieras el don de Dios!” Sólo puede ser plenamente satisfecho por obra de Dios mismo; el reconocimiento de Cristo como nuestro Salvador, como nuestro Redentor, como Salvador del mundo es también una gracia. La mujer demuestra su fe, su esperanza puesta en la llegada del Mesías para que les revele y les diga todo lo que está velado; por poco no puede reconocer delante de sí al que es fuente y origen de la gracia, “Soy yo, el que habla contigo”, créeme mujer… Ante dicha revelación ya desaparece la figura de la mujer. Luego de la revelación de nuestro Señor como el verdadero Mesías, vuelven sus discípulos y dice el texto que ellos se extrañaban de que [Jesús] estuviera hablando con una mujerLa mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y aquella que había salido en el sol del mediodía a buscar agua para saciarse y para mantener su vida, abandona los medios ordinarios para dar una saciedad temporal a sus deseos de infinitud. Entenderá ella que ahora, en espíritu y verdad será posible adorar a Dios, y más que eso, al menos por dos días, será posible que ella lo adore también en su presencia real: Jesús se queda dos días en el pueblo. Se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Sin embargo, por ahora podréis hacerlo en espíritu y verdad, nuestro Señor se queda unos días con ellos, enseñándoles las verdades de la fe, la plenitud de la fe, esta fe oscura que para muchos estaba velada.

En verdad, la salvación viene de los judíos, pero viene para todos; de nuestra parte, el Señor nos pide, como condición para recibir esta salvación, una cosa: Dame de beber. Esta sed de almas, sed de nuestra entrega total a Él, sed de nuestra adhesión plena a la Verdad, le acompaña hasta sus últimos momentos; en lo alto de la cruz Él exclama y al mismo tiempo suplica: “Tengo sed”; en Sicar, bastó con que hablase a solas con la samaritana y le pidiese de beber, pero como su alimento es hacer la voluntad del que le envió y llevar a término su obra, tenía que ir más allá, tenía que decirle al mundo entero, a todas las generaciones que esta obra que el Padre le tenía preparada para que llevase a cabo, fuese concluida, por eso su sed aumentó creció tanto que necesitaba un púlpito para que se escuchase y sonase más lejos su voz, por eso sube al púlpito de la Cruz para gritarle al mundo y “suplicarle” que le sacien: Tengo sed, dame de beber. A nosotros nos cabe acudir a Él y “saciarlo” de esta sed, y así esta agua de la cuál vamos beber, agua que brotó de su lado abierto, junto con su preciosísima Sangre, se convertirá en nosotros en surtidor de agua que salta hasta la vida eterna; por eso, al depararnos con este misterio, debemos pedirle a Dios que nos de a conocer este inmenso don que nos da en su Hijo; que reconozcamos a nuestro Salvador, que reconozcamos en Él la fuente de vida para que podamos beber “aguas con gozo en las fuentes del Salvador”.

Ave María Purísima

P. Harley Carneiro, IVE

 

Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar

De las Homilías de san Asterio de Amasea, obispo
(Homilía 13: PG 40, 355-358. 362)

IMITEMOS EL ESTILO DEL SEÑOR EN SU MANERA DE APACENTAR

Si queréis asemejaros a Dios, puesto que habéis sido hechos a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, nombre que en sí mismo implica la bondad, imitad el amor de Cristo.

Considerad las riquezas de su bondad, ya que, queriendo venir a los hombres haciéndose él mismo hombre, envió ante sí a Juan, como pregonero y ejemplo de penitencia, y, antes de Juan, a todos los profetas, los cuales exhortaban a los hombres a que se arrepintieran, a que volvieran a la vida, a que se enmendaran.

Luego, al venir él en persona, clamaba con su propia voz: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. ¿Y cómo acogió a los que hicieron caso de esta invitación? Les concedió sin dificultad el perdón de sus pecados, al momento los libró de todo aquello que los agobiaba: el Hijo los santificó, el Espíritu los confirmó, el hombre viejo fue sepultado en el agua bautismal y el hombre nuevo, regenerado, resplandeció por la gracia.

¿Qué se siguió de ahí? El que antes era enemigo se convirtió en amigo, el que era un extraño en hijo, el que era profano en sagrado y santo.

Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar; meditemos los evangelios y, viendo en ellos, como en un espejo, su ejemplo de diligencia y benignidad, aprenderemos a fondo estas virtudes.

En ellos, en efecto, encontramos descrito, con un lenguaje parabólico y misterioso, a un hombre, pastor de cien ovejas, el cual, cuando una de las cien se separó del rebaño e iba errando descarriada, no se quedó con las demás que continuaban paciendo ordenadamente, sino que se marchó a buscar a la descarriada, atravesando valles y desfiladeros, subiendo montes altos y escarpados, pasando por desiertos, y así le fue siguiendo la pista con gran fatiga, hasta que la halló errante.

Una vez hallada, no le dio de azotes, ni la hizo volver con prisas y a empujones al rebaño, sino que la cargó sobre sus hombros y, tratándola suavemente, la llevó al rebaño, con una alegría mayor por aquella sola que había encontrado que por la muchedumbre de las demás. Reflexionemos sobre el significado de este hecho, envuelto en la oscuridad de una semejanza. Esta oveja y este pastor no significan simplemente una oveja y un pastor cualquiera, sino algo más profundo.

En estos ejemplos se esconde una enseñanza sagrada. En ellos se nos advierte que no tengamos nunca a nadie por perdido sin remedio y que, cuando alguien se halle en peligro, no seamos negligentes o remisos en prestarle ayuda, sino que a los que se han desviado de la recta conducta los volvamos al buen camino, nos alegremos de su vuelta y los agreguemos a la muchedumbre de los que viven recta y piadosamente.

Estuvimos allí en el Calvario

Fragmento del libro “El calvario y la Misa”

Mons. Fulton Sheen

“…Estuvimos, pues, allí durante la Crucifixión. El drama se completó ya hasta donde la visión de Cristo abarcaba; pero todavía no se ha representado ante todos los hombres, en todos los lugares, en todos los tiempos. Si, por ejemplo, un rollo de película fuera consciente de sí mismo conocería el drama desde el principio hasta el fin, pero los espectadores en el teatro no le conocerían hasta que le hubieran visto desarrollado en la pantalla. De mañera semejante nuestro Señor en la Cruz vio en su mente divina el drama entero de la Historia, la historia de cada alma en particular, y cómo más tarde reaccionaría ante su Crucifixión; pero, aun cuando Él lo vio todo, nosotros no podemos conocer cómo reaccionaríamos ante la Cruz hasta que no nos desenvolviésemos en la pantalla del tiempo.

No éramos conscientes de estar presentes en el Calvario aquel día, pero El sí estaba consciente de nuestra presencia. Hoy conocemos el papel que representamos entonces en el teatro del Calvario por el modo como vivimos y actuamos ahora en el teatro del siglo XX. Por eso el Calvario es actual; por eso la Cruz es crisis; por eso, en

cierto sentido, las llagas siguen abiertas; por eso el dolor sigue deificado, y la sangre, como estrellas que caen, está aún cayendo sobre nuestras almas. No hay huida de la Cruz; ni negándole, como hicieron los fariseos; ni vendiéndole, como Judas; ni aun crucificándole, como hicieron los verdugos. Todos la vemos: o abrazarla para la salvación, o huir de ella para la desgracia. Pero, ¿cómo se hace eso visible? ¿Cómo encontraremos el Calvario perpetuado? Encontraremos el Calvario revalidado, renovado, representado, como lo hemos dicho, en la Santa Misa. El Calvario es uno con la Misa, y la Misa es una con el Calvario, porque en ambos es el mismo el Sacerdote y la Víctima. Las siete últimas palabras son como las siete partes de la Misa. Y justamente como en música hay siete notas que admiten una infinita variedad de armonías y combinaciones, así también en la Cruz hay siete divinas notas que Cristo muriendo hizo sonar para los siglos, y todas ellas se combinan para formar la bella armonía de la Redención del mundo.

Cada palabra es una parte de la Misa. La Primera Palabra, “Perdónales”, es el Confíteor. La Segunda Palabra, “Hoy estarás en el Paraíso”, es el ofertorio. La Tercera Palabra, “He ahí a tu Madre”, es el Sanctus. La Cuarta Palabra, “¿Por qué me has abandonado?”, es la Consagración, La Quinta Palabra, “Tengo sed”, es la Comunión. La Sexta Palabra, “Todo se ha acabado”, es el Ite, Missa est. La Séptima Palabra, “Padre, en tus manos”, es el último Evangelio, imagínate, pues, al Sumo Sacerdote, Cristo, dejando el Santuario del cielo por el altar del Calvario. Ya se ha puesto las vestiduras de nuestra humana naturaleza, el manípulo de nuestros sufrimientos, la estola del sacerdocio, la casulla de la Cruz. El Calvario es su catedral; la roca del Calvario la piedra del altar; el sol volviéndose rojo es la lámpara del santuario; María y Juan los altares laterales vivientes; la hostia es su Cuerpo, el vino es su Sangre. Está erguido como Sacerdote, y sin embargo, postrado como Víctima: Su Misa va a comenzar.”

(Pintura de Raúl Berzosa)

 

 

La ley, por Moisés; la gracia y la verdad, por Jesucristo

De los sermones de san León Magno, Sermón 51, 3-4.8

El Señor puso de manifiesto su gloria ante los testigos que había elegido, e hizo resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo, semejante al de todos los hombres, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve.

En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida.

Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre (Mt 13,43). Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá (Rm 8,18); y de nuevo: Habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria (Col 3,3-4).

Pero, en aquel milagro, hubo también otra lección para confirmación y completo conocimiento de los apóstoles. Pues aparecieron, en conversación con el Señor, Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, para que se cumpliera con toda verdad, en presencia de aquellos cinco hombres, lo que está escrito: Toda palabra quede confirmada por boca de dos o tres testigos (Mt 18,16).

¿Y pudo haber una palabra más firmemente establecida que ésta, en cuyo anuncio resuena la trompeta de ambos Testamentos y concurren las antiguas enseñanzas con la doctrina evangélica?

Las páginas de los dos Testamentos se apoyaban entre sí, y el esplendor de la actual gloria ponía de manifiesto, a plena luz, a aquel que los anteriores signos habían prometido bajo el velo de sus misterios; porque, como dice san Juan, la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo (Jn 1,17), en quien se cumplieron, a la vez, la promesa de las figuras proféticas y la razón de los preceptos legales, ya que, con su presencia, atestiguó la verdad de las profecías y, con su gracia, otorgó a los mandamientos la posibilidad de su cumplimiento.

Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió.

En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo (Mt 17,5).

 

Imitemos la benignidad de Dios

De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo

IMITEMOS LA BENIGNIDAD DE DIOS

Reconoce de dónde te viene la existencia, el aliento, la inteligencia y el saber, y, lo que es más aún, el conocimiento de Dios, la esperanza del reino de los cielos, la contemplación de la gloria (ahora, es verdad, como en un espejo y confusamente, pero después de un modo pleno y perfecto), el ser hijo de Dios, el ser coheredero de Cristo y, para decirlo con toda audacia, el haber sido incluso hecho dios. ¿De dónde y de quién te viene todo esto?

Y, para enumerar también estas cosas menos importantes y que están a la vista, ¿por gracia de quién contemplas la hermosura del cielo, el recorrido del sol, la órbita de la luna, la multitud de las estrellas y el orden y concierto que en todo esto brilla, como en las cuerdas de una lira? ¿Quién te ha dado la lluvia, el cultivo de los campos, la comida, las diversas artes, el lugar para habitar, las leyes, la vida social, una vida llevadera y civilizada, la amistad y la familiaridad con los que están unidos a ti por vínculos de parentesco?

¿De dónde te viene que, entre los animales, unos te sean mansos y dóciles, y otros estén destinados a servirte de alimento?

¿Quién te ha constituido amo y rey de todo lo que hay sobre la tierra?

¿Quién, para no recordar una por una todas las cosas, te ha dado todo aquello que te hace superior a los demás seres animados?

¿No es verdad que todo esto procede de Dios, el cual te pide ahora, en justa retribución, tu benignidad, por encima de todo y en favor de todo? ¿Es que no nos avergonzaremos, después que de él hemos recibido y esperamos recibir tanto, de negarle incluso esto: la benignidad? Él, aun siendo Dios y Señor, no se avergüenza de llamarse Padre nuestro, y nosotros ¿nos cerraremos a los que son de nuestra misma condición?

No, hermanos y amigos míos, no seamos malos administradores de los bienes que Dios nos ha regalado, no nos hagamos acreedores a la reprensión de Pedro: Avergonzaos, los que retenéis lo ajeno, esforzaos en imitar la equidad de Dios, y así nadie será pobre.

No pongamos nuestro afán en reunir y conservar riquezas, mientras otros padecen necesidad, no sea que nos alcancen las duras y amenazadoras palabras del profeta Amós, cuando dice: Escuchad, los que decís: «¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?»

Imitemos aquella suprema y primera ley de Dios, según la cual hace llover sobre justos y pecadores, y hace salir el sol igualmente para todos; que pone la tierra, las fuentes, los ríos y los bosques a plena disposición de los animales terrestres, el aire a disposición de las aves, el agua a disposición de los animales acuáticos; y que ha dado a todos con abundancia lo que necesitan para subsistir, sin estar en esto sujetos al dominio de nadie, sin ninguna ley que ponga limitaciones, sin límites ni fronteras; sino que lo ha puesto todo en común, con amplitud y abundancia, sin que por ello falte nunca de nada. Y esto lo hizo para hacer resaltar, con la igualdad del don, la igual dignidad de toda la naturaleza y para manifestar las riquezas de su benignidad.

(Disertación 14, Sobre el amor a los pobres, 23-25: PG 35, 887-890 )