La única vez en que los artistas representan a nuestra bendita madre sin su niño es cuando ella se halla mirando gozosa hacia el cielo, como en la Inmaculada Concepción. Pero hubo una vez en que ella no tuvo a su niño y no miraba hacia arriba, y fue cuando miraba hacia el desierto en la dolorosa búsqueda de su niño. Nuestro bendito Señor tenía a la sazón doce años. Era la edad en que, de acuerdo con la leyenda judía, Moisés había dejado la casa de la hija del Faraón; y Salomón había dado el juicio que reveló por primera vez su sabiduría, y Josías había soñado por vez primera en gran reforma.
En ese año El subió a Jerusalén a la Pascua con María y José, y de acuerdo con la tradición, iba a pie. Nazaret, su tierra nativa, se hallaba distante ochenta millas de Jerusalén. Dejando la guirnalda de colinas que circundaba el pueblito como pétalos de una flor abierta, caminaron hasta la Ciudad Santa donde el plumaje profano de las águilas romanas se balanceaba en la puerta de entrada por donde ellos pasaron hacia el templo para la celebración de la Pascua. Muchos ancianos del templo suspiraban por la memoria de días mejores cuando el gran Isaías y Jeremías conmovieron a Israel con sus profecías. ¡Y con todo, cuan débiles eran esos profetas comparados a un hombre venerable y una madre hermosa arrodillada en el templo, y entre ellos un niño cuyo nombre era eterno, y que sin embargo contaba apenas doce años computados por la sucesión de estaciones y de lunas! ¡ Si, los coros de los ángeles debieron haber callado ante las oraciones de Dios el hijo sobre la tierra, que flotaba por las sombras invisibles hasta su padre que está en los cielos! María y José debieron haber dejado de mirar el velo detrás del cual se hallaba el santo de los santos, para fijar su mirada en medio de ellos y confesar con oración de éxtasis la divinidad del niño, cuyos ojos levantados se fijaban en los cielos que El dejó para hacer entrar al mundo en razón. El milagro verdaderamente grande fue que las mismas piedras del templo no gritaran, y el sol detuviera su curso, y los cedros del Líbano no se postraran en adoración del Dios cuyos pies ahora sobre la tierra traían entonces la eternidad al tiempo. No era extraño que la tierra continuara con sus compras y sus ventas, su comercio y sus necesidades, sin dar siquiera una sonrisa de comprensión a Aquel que nos estaba enseñando cómo cambiar humanidad por divinidad, y nada por todo.
Cuando la fiesta hubo terminado, las multitudes partieron, los hombres por una puerta y las mujeres por otra, para permanecer reunidos en el lugar de descanso por toda la noche. Los niños iban o con su madre o con su padre. Como cada uno sospechaba que el Niño Divino iba con el otro, fue hasta que la noche cayó cuando se vino a descubrir la pérdida. Nunca antes hubo corazones tan desolados sobre el mundo, ni siquiera cuando Adán y Eva fueron expulsados del Jardín de los Placeres. Por tres días buscaron y al fin le encontraron en el templo exponiendo la ley de los doctores y asombrándolos con su sabiduría.
“Al verle pues sus padres, quedaron maravillados: Y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo llenos de aflicción te hemos andado buscando”.
“Y él les respondió: ¿Cómo es que me buscabais? ¿No, sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi padre?”
Pero María y José debieron haberle buscado en el Templo el primer día. ¿Dónde estaba pues El, y también durante las noches? Sólo podemos conjeturar, pero a mí me gusta pensar que probablemente visitó las escenas futuras de su pasión; se detuvo fuera de la fortaleza de Antonia donde más tarde Pilato trataría de lavarse su sangre de sus manos; miró al interior de la casa de Anás quien posteriormente habría de acusarlo de blasfemia; anduvo hacia las afueras de los muros de la ciudad hasta una pequeña colina donde el mundo erigiría una cruz y la llamaría su trono; y finalmente, pasó una noche en el Jardín de Getsemaní bajo la luna llena de Pascua donde treinta y un años más tarde sus Apóstoles dormirían mientras El bebía las más amargas heces del cáliz del pecado del hombre.
Pero háyase encontrado en una u otra parte hasta el tercer día, en este tercer dolor el alma de María fue sumergida en las tinieblas más densas, pues había perdido a su Dios. Fue en este dolor en el cual la Madre Inmaculada vino a ser en un sentido más verdadero el refugio de los pecadores. En un principio nos sorprende como incongruente que aquella que era sin pecado pudiera ser el puerto de los pecadores. ¿Cómo podía ella, que nunca había sentido un remordimiento de conciencia, ser el refugio de aquéllos cuya conciencia está llena de maldad? ¿Cómo podía ella, que nunca perdió a su Dios, conocer las angustias de un alma que por el pecado pierde a su Dios?
La contestación es esta. ¿Qué es el pecado? El pecado es la separación de Dios. Ahora, en estos tres días de pérdida, María estuvo físicamente separada de su niño, ¡y ella también había perdido a su Dios! La separación física de su niño fue apenas un símbolo de la separación espiritual que tienen los hombres de Dios. El tercer dolor hizo posible para ella adivinar los sentimientos de los pecadores y conservar sin embargo su alma inviolada. Conoció lo que es el pecado. ¡También había perdido a su Dios! Así estaba ella sufriendo entonces en reparación por todas las mentes que una vez tuvieron la fe, y luego la perdieron; por todas aquellas almas que una vez amaron a Dios, y luego lo olvidaron; por todos esos corazones que una vez oraron, y luego lo abandonaron a Él. Toda la nostalgia espiritual por la divinidad, toda la nostalgia por el cielo, y todo el vacío de los corazones que lo vaciaron ellos mismos de Dios, todo esto sintió María como si fuera suyo: pues ahora ella estaba sin el Redentor. Si una madre terrena llora por la muerte física de uno de sus hijos, ¡qué dolor no debió sentir María ante la muerte espiritual de millones de hombres cuya madre era ella por cuanto Dios la había llamado a serlo!
ORACIÓN
María, por este tu tercer dolor, enséñanos que si llegáramos a ser tan desgraciados de perder a Dios, no debemos buscarle a Él en otras fes, en nuevos cultos o nuevas modas, pues Él puede ser hallado solamente donde lo perdimos: en el templo, en la oración, en su Iglesia. En aquellas otras ocasiones, cuando nuestras almas son tan áridas como un desierto, en que nuestros corazones parecen fríos, y hallamos difícil orar, y aun empezamos a creer que tal vez Dios nos haya olvidado, porque parece tan distante, dinos quedamente la dulce recordación de que aun cuando parezca que lo hemos perdido, Él está siempre al pie de los negocios de su Padre.