4º DOLOR DE LA VIRGEN – JESÚS ENCUENTRA A MARÍA EN EL CAMINO DEL CALVARIO (Ven. Fulton Sheen)

Han pasado creinta y dos años desde el tercer dolor. Durante este tiempo, dieciocho años transcurrieron en un hogar tranquilo y silencioso de Nazaret. La vida de María era la ascensión perenne de amor en su papel como Corredentora del mundo. Cada hora era como un noviciado en el cual ella aprendía más profundamente su participación en la cruz.

Sencillamente es imposible describir lo que significa gastar dieciocho años sirviendo de madre a Dios y sin embargo ser tratada como hija por El; ¡dieciocho años de recibir obediencia de El, y sin embargo ser su dulce esclava de amor! ¡Si Dios no fuera amor, no podríamos usar nunca esa palabra para describir la vida de éxtasis de María!

La misma profesión de Jesús como carpintero era una recordación de que un día, El que había carpinteado el universo, iba a ser carpinteado en una cruz. Cada glóbulo de sangre que El llevaba, le hacía recordar a María a Isaac llevando la leña de su sacrificio hasta la colina de su muerte, y más adelante hasta su divino hijo como el verdadero Isaac que llevó su propia cruz hasta la colina del Calvario. De cada uno de los clavos de ese taller de carpintería surgiría una crucifixión y de cada rosa roja, a su yo enrojecido. Después de esos dieciocho años se separaron. El tenía ahora treinta y debía estar al cuidado de los negocios de su Padre. El tuvo sus treinta años de obediencia; debía tener ahora sus tres años de enseñanza, y luego sus tres horas de trabajo de redención. Los tres años pasaron rápidamente, y aquél que vino a dar testimonio de la verdad, vio a Pilato de pie entre los pilares del asiento de juez, lavarse las manos para limpiar la verdad. Aquél que dijo que nadie destruiría su vida, se preparaba ahora para darla. Y en esa terrible mañana del Viernes Santo la súplica solitaria de María a Pilato fue ahogada en la rabiosa tempestad de miles de gritos de “¡Crucifícale!” La palabra había tenido éxito para contradecirlo a El, y en símbolo del triunfo de ellos, le dieron a El una cruz. Empezó la procesión; allí está el centurión dirigiéndola: siguen los heraldos cargando el letrero que será clavado sobre la cruz, los dos ladrones con sus cruces, y los Escribas y Fariseos que lo enviaron a El a la muerte en nombre de la lealtad al César: pero la ironía de esta procesión es que se movía por un camino cubierto de ramas de palma. María la siguió, pisando sobre la misma sangre que ella había adorado. Vio cada gota de ésta, vio las lanzas relucientes, también, que lucían co mo palmas; vio los ladrones; vio a las mujeres llorando; y sin embargo, veía solamente una cosa: a Jesús cargando el árbol trasplantado del Edén, así como ella iba cargando la espada del ángel trasplantada.

Cual si la muerte cercana hubiera hecho surgir el contraste, pensó en sus dulces días en Nazaret cuando ella lo criaba, lo alimentaba, se arrodillaba con El, y le adoraba cuando El estaba dormido. Ahora no lo tenía más; todos los demás lo tenían a El, menos ella, y ellos no lo estaban adorando, sino maldiciéndolo. Y a pesar de todo esto, no rogó que algún rayo los partiera, porque amaba más las almas. No hay madre en el mundo que no escoja recibir dolor de su hijo que hacer que éste lo soporte, pero cuando este hijo es Dios, ¿entonces quién podrá medir la amargura de su copa de pasión? En cierto sentido su propio hijo era su ejecutor, porque El la estaba venciendo en amor.

Este nuevo dolor de María fue la revelación de las palabras de su hijo, de que si nosotros hemos de ser discípulos debemos tomar nuestra cruz y seguirle. Toda persona ha de subir al Calvario, no libre de carga y con las manos limpias y vacías, sino cargando los mismos instrumentos de crucifixión, los mismos elementos de sacrificio. Como Isaac llevó la madera del sacrificio, como Jesús cargó su cruz, como el sacerdote lleva vino y pan para el altar, así María carga una cruz en su propio corazón.

La cruz no siempre necesita estar sobre nuestros hombros: el enfermo en cama con ardiente fiebre, la madre con sus brazos cargando un hijo, el padre en su trabajo diario, no tienen hombros libres para una cruz, pero tienen un corazón libre para ella, como lo tuvo María. El espíritu debe continuar haciendo lo que la carne no puede hacer, porque Cada acto en el corazón se cuenta como equivalente al trabajo hecho. Simón por un momento alivió los hombros de Jesús de su cruz, pero no alivió su voluntad de sufrir. La multitud vio en ese momento sólo una cruz y ésta estaba en los hombros del Cireneo. Había en verdad dos, ambas ocultas en los corazones de María y su hijo cargando su peso hasta el altar del sacrificio.

ORACIÓN

María, por este nuevo dolor, imprime en tus pobres hijos la lección de cargar la cruz. Recuérdame que yo puedo o no dar mi amor a Jesús, pues soy amo y capitán de mi alma, pero que no soy libre de aceptar su cruz o dejarla. La elección no está entre ir por el mundo con una cruz o ir por éste sin la cruz. Yo debo tomarla. No hay modo de eludirla: los brazos extendidos no me permitirán hacer eso. La elección está entre si yo la aceptaré como tú, o dejar que me la arrojen sobre mis hombros, como Simón. ¿Me veré impulsado a abrazarla o seré obligado a abrazarla? María, haz que vea que la única cruz verdadera es rehusar tomarla, pero que al abrazarla por el amor como tú, deja de ser una cruz y se convierte en peldaño que me conduce hasta el reino de Dios.

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