Durante su vagar por el desierto, los israelitas fueron picados de terribles serpientes, viendo lo cual Moisés rogó a Dios que las quitara. Entonces el Señor dijo a Moisés: “Has una serpiente de bronce, y ponía en alto para señal: quien quiera que siendo mordido la mirare, vivirá”. Siglos más tarde, cuando el hijo de Dios vino a la tierra, dijo a Nicodemo: “Al modo que Moisés en el desierto levantó en alto la serpiente de bronce: así también es menester que el hijo del hombre sea levantado en alto: para que aquél que crea en él, no perezca, sino que logre la vida eterna”. Ahora llegó el día en que Cristo, apareciendo en la forma de un hombre, iba a ser levantado en la cruz, para que todo aquél que lo mirara, pudiera ser curado de la picadura del pecado.
Cuando El ascendió a su trono al ser erigida la cruz en su cimiento, la tierra se estremeció en protesta contra los que mataron el Dios que holló sus colinas y caminó por sus lagos; el sol se eclipsó en la mitad de su carrera en protesta contra la extinción de la luz del mundo; los corderos para el sacrificio en el templo protestaron también balando más plañideramente que nunca a la muerte de su Pastor, el Cordero de Dios. Pero no hubo protesta en su corazón. Escuchamos en vano esperando oír una expresión de sufrimiento físico. Cuando El rompe su silencio, no es jamás para manifestar una queja. Su vida personal está enterrada, como si todas sus necesidades del cuerpo hubieran sido olvidadas ante la necesidad de amor. Parecía como si las marcas de los clavos no hubieran impreso sobre El sus propias penas, sino las penas de los otros. Y lo que puede decir de El, se puede decir de su madre. Ella también parecía consciente de que éste no era el tiempo para los sollozos individuales, sino el tiempo para la comunión universal. Y a medida que el gran cáliz de todas las miserias comunes goteaba silenciosamente, lenta y misteriosamente, las gotas rojas de la salvación, la tierra hambrienta en su temblor abrió su boca para recibirlas, como si gritara más por redención que las almas sedientas de los hombres. Las siete palabras cayeron de la Cruz como siete espadas en el corazón de María. Parecía como si ella estuviera escuchándolo a El cantar su propio canto fúnebre. Cualquier otro corazón de madre se hubiera roto al suspiro de esa gran lámpara del santuario de vida, verdad y amor emitiendo sobre el Calvario, no rayos rojos, sino dejando caer cuentas rojas en el rosario de la Redención. Cualquier otra madre se hubiera desmayado ante la visión del bello pabilo de su alma vacilando moribunda mientras la cera de su cuerpo y de su sangre se quemaban también. No todos los corazones de madre tienen la misma capacidad de sufrimiento. Pero ninguna, madre en el mundo tiene un corazón tan tierno como la Madre de la Maternidad. Ella era tan delicada como un pétalo de rosa, capaz de responder al más suave soplo de las brisas nocturnales; por esto su dolor fue tan profundo que aún los más grandes mártires la han saludado como a su reina. Era tanto más amargo, por cuanto no podía hacer nada para aliviar el sufrimiento de su hijo. El dolor debe estar siempre haciendo algo, aun cuando sólo esté golpeando una frente afiebrada, pues las mismas necesidades del que sufre, son lo supérfluo del que consuela. ¿Y, sin embargo, qué podía hacer María? La lmohada de la corona de espinas no podía ser suavizada; la cama de la Cruz no podía ser refrescada; los clavos que se hundían en sus manos y pies no podían ser quitados; aún en el momento de que El gritó: “Tengo sed”, no había nada que pudiera ofrecerle, excepto sus lágrimas. Magdalena se desmayó a sus pies: parecía que ésta había de estar siempre en actitud de penitente.
Pero María no se daría por vencida. El Evangelista que estuvo en la Cruz nos dice que se mantuvo de pie. Si Eva estuvo al pie del árbol, ella, la nueva Eva, se mantendría erguida al pie de la Cruz: mirando hacia un crucifijo. Y a causa de que estuvo de pie lista a servir, vino a ella de la Cruz su segunda anunciación, no de los labios de un ángel, sino de la boca misma de Dios. Mirando hacia abajo desde su trono, Jesús la vio a ella y a Juan, su discípulo amado, y dijo a su madre: Mujer ahí tienes a tu hijo; y después de eso, dijo a su discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. El no la llamó “Madre”, sino “Mujer” para denotar que iba a ser ahora la madre universal de la raza humana que Juan simbolizaba. Este era aparentemente un cambio bien pobre: un Maestro por un discípulo; un Creador por una criatura; un Rey por un pescador; un Hijo de Dios por un hijo de Zebedeo; y con todo María lo aceptó gustosa. Vio que, así como en Belem ella vino a ser la madre de Dios, ahora en el Calvario iba a ser la madre de los hombres, y que así como en la choza engendró al capitán de salvación, así ahora en la Cruz engendraría a sus soldados.
También vio que esto no podía hacerse sin sufrimiento, porque, aun cuando ella había engendrado al Inocente sin dolor, no podía dar a luz a pecadores sin aflicción. Había de costarle su propio hijo divino para hacerse la madre de los hombres, pero pagaría el precio. Y así su título de Madre de los Hombres vino a ser suyo, no por mera proclamación eterna, sino el derecho de nacimiento. Pesaba sobre ella la maldición de Eva, de que nos pariría con dolor, y aceptó la pena gustosa. Treinta años con el redentor le habían enseñado que debía amar a los hombres como El los amó: lo bastante para sufrir y morir por ellos, y seguir viviendo. Ella lo amó a El, porque El era Dios; pero nos amó a nosotros porque era la voluntad de Dios el salvarnos. El primer amor fue su martirio; el otro su sacrificio. Uno fue como tempestad en el océano, pero el otro fue como su calma. Aun en el dolor la Paz era suya, porque ella se había juntado a un Padre Eterno en el sacrificio de un Hijo común.
ORACIÓN
María, en Tu cuarto dolor nos mostraste a nosotros cómo debemos cargar nuestra cruz, y en éste, el quinto, Tú nos muestras cómo permanecer al pie de esa cruz. Tu Hijo nos ha dicho que sólo aquellos que perseveren hasta el fin serán salvos. Pero la perseverancia es a menudo muy difícil. Pocos de nosotros, como Tú, estamos dispuestos a permanecer al pie de la Cruz durante tres horas completas hasta que se haya terminado la Crucifixión. La mayoría de nosotros somos desertores del Calvario, almas crucificadas a medias; impacientes por sentarnos cuando no estamos clavados a una cruz. Muchos de nosotros tenemos firmes propósitos al amanecer, pero pocos los sostenemos hasta el final del día. Tu propia alma no desfallece, porque Tu Hijo no desfalleció. El mantuvo hasta la noche la promesa que había hecho con el sol brillando en luz roja como sangre. El ha terminado el trabajo que le fue dado. Y también Tú permaneciste al pie hasta el fin de ese día de sacrificio. Pide para nosotros entonces, la gracia de permanecer tres horas completas en el Gólgota, de manera que cuando el paso de nuestra vida haya terminado, podamos rogar con El y Contigo: “He terminado mi trabajo. Ahora, Dios mío, descuélgame y elévame a la unión perdurable Contigo”.