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Madre de la divina gracia

“Fue María la dulce depositaria de la gracia”

P. Gustavo Pascual

No aparece explícitamente en las Sagradas Escrituras que María sea Madre de la Divina Gracia, pero es fácil deducirlo:

Si Jesús es Hijo de María[1],Y Jesús se presenta muchas veces como fuente de todas las gracias y también como la Divina Gracia:

“De su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia”[2].

“Él te habría dado agua viva […] El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna”[3].

“Para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado. En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia”[4].

 

Luego, María es Madre de la Divina Gracia.

Dice San Agustín que: “María alimentaba a Jesús con su leche virginal, y Jesús alimentaba a María con la gracia celestial. María envolvía a Jesús en el pesebre y Jesús preparaba a María una mesa celestial”.

Y San Bernardo: “Completamente envuelta por el sol como por una vestidura, ¡cuán familiar eres a Dios, señora, ¡cuánto has merecido estar cerca de Él, en su intimidad, cuanta gracia has encontrado en El! Él permanece en Ti y Tú en Él; Tú le revistes a Él y eres a la vez revestida por Él. Lo revistes con la sustancia de la carne, y Él te reviste con la gloria de su majestad. Revistes al sol con una nube y Tu misma eres revestida por el sol”[5].

El culmen de la revelación de Cristo como la Divina Gracia se encuentra en la parábola de la Vid y los sarmientos[6]. Dios Padre (el Viñador) plantó una Vid. La Vid es Cristo que fue plantado por el Padre en la encarnación, haciéndose tierra, hombre, sin dejar de ser Dios. Esa Vid tiene muchos sarmientos que son los hombres, unos dan fruto y otros no. Los que dan frutos son los que además de estar unidos por la fe con Cristo, traducen la fe en obras. Estos son los podados con pruebas, tribulaciones, noches, sequedades… para que den más frutos. Los que no llevan frutos sólo se quedaron con la fe del bautismo, pero por su pecado perdieron la gracia bautismal y nunca la recuperaron, por lo cual, además de no llevar frutos se secaron. Estos serán cortados y arrojados al fuego.

El Padre quiso plantar una Vid para que los hombres unidos a ella, la fuente de todas las gracias, sean alimentados por su misma sabia y glorifiquen a Dios en unidad de amor.

Separados de Cristo, la Vid verdadera, nada puede hacer el hombre. Sus buenas obras por más que sean grandísimas, no le servirán de nada porque les faltará la forma que les da la caridad, la cual se pierde con la gracia, es decir, con la unión a Cristo. Dice San Agustín “Porque aquel que opina que puede dar fruto por sí mismo, ciertamente no está en la vid: el que no está en la vid no está en Cristo, y el que no está en Cristo no es cristiano”[7].

Por eso, el cristiano debe unirse a la Vid verdadera, debe beber la sabia del costado abierto de la Vid, de lo contrario, padecerá siempre sed: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva”[8].

María es Madre de la Divina Gracia, Jesucristo. Porque Cristo no sólo es la fuente de este germen del cielo, sino que es la Divina Gracia que el Padre celestial entregó a la humanidad por pura misericordia y amor. Divina Gracia por ser divina su persona y también porque abrió las puertas del cielo por su muerte y resurrección.

Fue María la dulce depositaria de aquella Gracia que por ser divina tiene el poder de divinizar al que la recibe. Por eso María Madre amantísima te pedimos nunca dejes de dar a luz en nuestra alma, como lo hiciste en el pesebre de Belén, a Cristo la Divina Gracia.

[1] Mt 1, 18

[2] Jn 1, 16

[3] Jn. 4, 10.14

[4] Ef 1, 6-8

[5] Royo Marín, La Virgen María…, 265-66

[6] Cf. Jn 15, 1-11

[7] Catena Aurea, Juan (V), Cursos de Cultura Católica Buenos Aires 1948, 350

[8] Jn 7, 37-38

 

El tesoro de la cruz

Homilía para consagrados en el día de san Juan de la Cruz

Celebramos en este día a san Juan de la Cruz, una de aquellas almas puras y selectas que con su vida y sus escritos vinieron a iluminar la vida espiritual de todas las almas que con sinceridad deseen caminar hacia la unión con Dios… y dentro de este grupo de almas tenemos que estar -por fuerza-, nosotros los consagrados, los que aceptamos dedicar la vida al servicio de Dios muriendo a diario a nosotros mismos; y esta noble determinación no debe irse apagando con los años de vida religiosa, sino todo lo contrario, debe irse encendiendo conforme se hace más profunda nuestra entrega y nuestro amor a Dios.

Todo consagrado debe velar por las almas que la Divina Providencia pone en su camino para ayudarlas a llegar a Dios; pero sin descuidar jamás la propia alma, lo cual ocurre -tristemente-, cuando el apostolado se desordena, llevando a descuidar la propia vida espiritual, es decir, cuando se vuelve más importante que el mismo trato con Dios; y el alma se preocupa más de agradar a los demás que a su Señor. Y si esto llegase a ocurrir -como sabemos-, probablemente la vida espiritual habrá desaparecido… o al menos estará en agonía. En cambio, cuando el alma se dedica con amor y constancia a Dios, Él mismo se encargará de todo lo demás, santificando al alma generosa; porque, en definitiva, si el alma se dedica a buscar la gloria de Dios, Dios dedicará sus cuidados y abundantes gracias a esa alma.

Dedicarse a Dios implica amar, morir a sí mismo, renunciar, sacrificarse y aprender a sufrir con generosidad; para lo cual es clave adentrarse en los misterios de Cristo y a partir de ahí, vivir una “ascesis intensa”, es decir, todo lo que acabamos de decir pero con una generosidad realmente grande, totalmente opuesta a la pequeñez de la mediocridad, y completamente fundamentada en el santo deseo de corresponder al amor Divino; obligando al alma a disponerse a las necesarias purificaciones para adentrarse en la intimidad con Dios a la que todos están invitados, pero son pocos los que llegan, “Porque -como dice san Juan de la Cruz- aún a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios, y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella.”

San Juan de la Cruz es sumamente claro: debemos primero padecer mucho para entrar a una intimidad más exclusiva con Dios; debemos pasar por contrariedades, por incomprensiones, por injusticias, por grandes dolores y sufrimientos que no son más que la manera más perfecta y divina que nuestro buen Dios ha elegido para purificarnos y hacernos más dignos de Él ante sus ojos (…¡más dignos de Dios!). En otras palabras, renunciar a todos estos sufrimientos y despreciar la cruz no es más que la elección de no querer llegar a la cercanía y santidad que nos ofrece nuestro Padre celestial, lo cual es una total locura a los ojos de la fe, del amor de Dios y de los muchos ejemplos que los grandes santos místicos nos dejaron. En cambio, renunciar a los placeres, a los deleites, gozos, aplausos, honores, etc.; renunciar a cometer cualquier pecado deliberado y cualquier posible acto de egoísmo en nuestras vidas, movidos por el solo amor de Dios; es elección segura del camino que conduce al corazón del mismo Dios, que desea comenzar en esta vida nuestra purificación, pero que no lo hará mientras nosotros no nos determinemos a darnos enteramente a Él… pero si somos coherentes y consecuentes con nuestra consagración, ciertamente iremos por el camino correcto; y el adelantar más o menos rápido, dependerá (de nuestra parte), de la generosidad de nuestra entrega -como hemos dicho-, según sea nuestro amor a Dios.

Justamente, lleno de amor a su Creador y Padre celestial, exclamaba nuestro santo: “¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer, para entrar en ella, en la espesura de la cruz!”

Este mismo Dios de amor, en la persona del Hijo, le ha dicho a cada uno de sus elegidos -a nosotros-, y les repetirá hasta el fin de los tiempos: “si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame”… no habla de pausas, no habla de descansos, simplemente de cruz y seguimiento en esta vida; los cuales como sabemos, darán el hermoso fruto no tan sólo de la salvación, sino de la exclusividad y gloria especial reservada a los que entran en la eternidad con la impronta de haberse dedicado en esta a vida a ser trigo que muere amando a Dios, con la alegría de la cruz que sólo los corazones generosos saben descubrir.

Pedimos por intercesión de María santísima y de san Juan de la Cruz, la gracia de vivir nuestra consagración como escribía el santo en su conocido y profundo Cántico espiritual:

Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal, en su servicio;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

que ya sólo en amar es mi ejercicio.

 

P. Jason, IVE.

 

Madre de la Iglesia

“Virgen íntegra por la fe, la Iglesia imita su fidelidad al Esposo, Cristo Jesús”

P. Gustavo Pascual, IVE.

            Las referencias bíblicas de este título son las usadas por la liturgia en las Misas en honor de la Virgen María imagen y madre de la Iglesia[1].

“La Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor (cfr. 2 P 3, 10), brilla ante el Pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo”[2].

“María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia (cf. LG 63): ‘La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es la virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo’ (LG 64)”[3].

“Madre de la Iglesia […] este título nos permite penetrar en todo el misterio de María, desde el momento de la Inmaculada Concepción, a través de la Anunciación, la Visitación y el Nacimiento de Jesús en Belén, hasta el Calvario. Él nos permite a todos nosotros encontrarnos de nuevo […] en el Cenáculo donde los Apóstoles junto con María, Madre de Jesús, perseverando en oración, esperando, después de la Ascensión del Señor, el cumplimiento de la promesa, es decir, la venida del Espíritu Santo, para que pueda nacer la Iglesia”[4].

“¡Madre de Cristo y Madre de la Iglesia! Te acogemos en nuestro corazón, como herencia preciosa que Jesús nos confió desde la cruz. Y en cuanto discípulos de tu Hijo, nos confiamos sin reservas a tu solicitud porque eres la Madre del Redentor y la Madre de los redimidos”[5].

La Virgen como Madre de la Iglesia ha sido tratado en el capítulo ocho de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II, cuyo título es “La Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia en el misterio de Cristo y de la Iglesia”.

El día 21 de noviembre de 1964, en la homilía de la solemne Misa con que se clausuraba la IIIª sesión del Concilio Vaticano II, Pablo VI declaró a “María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, así de los fieles como de los Pastores, quienes la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título”[6].

Desde ese momento muchas Iglesias locales y familias religiosas comenzaron a venerar a la Bienaventurada Virgen bajo el título de “Madre de la Iglesia”. Y en el año 1974, para fomentar las celebraciones del Año Santo de la Reconciliación se compuso una misa que, poco después, fue incorporada a la edición típica del Misal Romano, entre las misas de la Bienaventurada Virgen María.

Podemos contemplar los múltiples vínculos con que la Iglesia está unida a la Bienaventurada Virgen y, especialmente, su oficio maternal en la Iglesia y a favor de la Iglesia.

  Cuatro momentos cumbres de la relación María-Iglesia:

            La encarnación del Verbo, en la cual la Virgen María acogiendo con un corazón sin mancha al Hijo de Dios mereció concebir en su seno virginal y dando a luz al fundador, animó los orígenes de la Iglesia.

La pasión de Cristo, porque el Unigénito de Dios, clavado en la cruz, constituyó a la Virgen María, su Madre, como Madre nuestra.

Pentecostés, en la cual la Madre del Señor uniendo sus plegarias a las súplicas de los discípulos sobresale cual modelo de la Iglesia orante.

La asunción de la Virgen, porque Santa María elevada a la gloria de los cielos, sigue de cerca, con amor maternal a la Iglesia peregrina y cuida benigna, sus pasos hacia la patria, hasta que llegue el día glorioso del Señor.

  María es modelo de virtudes para la Iglesia:

De caridad; por lo que los fieles piden: “concede a tu Iglesia que sumisa como ella al mandamiento del amor brille ante todas las naciones como sacramento de tu predilección”.

De fe y de esperanza; por ello los fieles ruegan que la Iglesia al contemplar continuamente a la Virgen Bienaventurada arda por el celo de la fe y sea fortalecida por la esperanza de la gloria futura.

De profunda humildad; nos has dejado en la Bienaventurada Virgen María el modelo de la más profunda humildad.

De perseverancia y de oración común; pues los apóstoles y los primeros discípulos perseveraban en la oración, con María la Madre de Jesús[7] y con los apóstoles oraba en común.

De culto espiritual; se ofrece a tu Iglesia como modelo de culto espiritual, por el que debemos ofrecernos a nosotros mismos como hostia santa y agradable en tu presencia[8]      .

De auténtico culto litúrgico; la Madre de Jesús -como advierte Pablo VI- aparece como ejemplo de la actividad espiritual con que la Iglesia celebra y vive los divinos misterios (MC 16); porque María es la Virgen oyente, la Virgen orante, la Virgen Madre, la Virgen actuante (Cf. MC 16-21), la Virgen vigilante que espera sin vacilar la resurrección de su Hijo. En una palabra, María es ejemplo para toda la Iglesia en el ejercicio del culto divino (MC 21).

La Iglesia contempla a María como imagen profética de su peregrinación terrena hacia la gloria futura del cielo (Cf. SC 103).

La Virgen María espejo sin mancha de la majestad de Dios[9] se ofrece a los ojos de la Iglesia como la imagen más pura de la discípula perfecta en el seguimiento de Cristo, para que fijos sus ojos en ella, siga fielmente a Cristo y se conforme a su imagen; Virgen íntegra por la fe, la Iglesia imita su fidelidad al Esposo, Cristo Jesús (Cf. LG 64); esposa fiel que acompañó a su Hijo durante toda la vida y en quien la Iglesia contempla más a fondo el misterio de la Encarnación (Cf. LG 65) y Reina gloriosa llena de virtudes en quien la Iglesia ve el reflejo de su gloria futura (Cf. SC 103)[10].

 

[1] Gn 3, 9-15.20; Hch 1, 12-14; Ap 21, 1-5a; Jn 2, 1-11; 19, 25-27; Lc 1, 26-38. Cf. Colección de misas de la bienaventurada Virgen María

[2] Vaticano II, Documentos Conciliares, Constitución Dogmática Lumen Gentium nº 68, Paulinas Buenos Aires 1981, 89. En adelante L.G.

[3] Cat. Igl. Cat. nº 507…, 119.

[4] Juan Pablo II en Polonia, Paulinas, Buenos Aires 1980, 64

[5] Juan Pablo II, Vino y enseñó, Conferencia Episcopal Argentina, of. del libro Buenos Aires 1987, 152

[6] Acción Católica Española, Colección de Encíclicas y documentos pontificios [Concilio Vaticano II], t. II, Publicaciones de la Junta Nacional Madrid 19677, 2981.

[7] Cf. Hch 1, 12-14

[8] Cf. Rm 12, 1

[9] Cf. Sb 7, 26

[10] He seguido en esta última parte a Colección de misas de la bienaventurada Virgen María…, 98-107. Resumo usando sus mismas palabras.

Jesús se fija en los detalles

“Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos…”

 Leyendo nuevamente aquel hermoso pasaje del Evangelio que nos narra la fugaz historia de la viuda pobre que echó sus dos únicas moneditas en la ofrenda del templo, no podemos no admirar a esta alma buena cuyo nombre desconocemos y cuya grandeza de alma pasó desapercibida para la gran mayoría de los presentes… mas no para Jesús, nuestro buen Dios con corazón de hombre, que quiso compartir “el hermoso secreto de la viuda” que en aquel momento también el Padre celestial observaba con agrado. Personalmente, esta maravillosa pincelada que se quedó como escondida dentro del inmenso lienzo de la vida pública de nuestro Señor, siempre me dejó una entusiasta curiosidad  respecto a esta buena mujer; es decir, el Sagrado Corazón que veía lo que los demás no, es el mismo que se compadece ante las miserias de la humanidad y que sabe bien recompensar la fe de los pequeños, los humildes y sencillos, predilectos de Dios por sus necesidades; es así que espontáneamente surge la pregunta sobre ¿cómo se habrá preocupado Dios por asistir a esta alma ejemplar que le ofrecía todo lo que tenía con absoluta confianza? …Sólo Dios lo sabe. Pero volvamos a nuestro Señor.

A Jesucristo, como hemos dicho, no se le pasa por alto ninguna de nuestras acciones; cada una de ellas recae bajo su mirada sublime, profunda, que ve y sopesa nuestras obras con exactitud; es por eso que nos confesamos, por ejemplo, para que nos perdone aquello que Él bien conoce y espera que nosotros reconozcamos con total sinceridad y arrepentimiento: Jesús contempla nuestra historia en su totalidad, con todas las veces en que le hemos fallado, con cada infidelidad a su bondad alzando la mano en alto, con cada propósito incumplido, cada falta no corregida, cada pecado cometido y no detestado, etc., y si la conciencia de esta realidad me lleva a la verdadera compunción pues bendito sea Dios, que ilumina al pecador que desea realmente enmendarse y comenzar a tejer junto con su gran Perdonador una nueva historia, que a través del amor y la purificación se dedica a buscar la gloria que a este buen Dios le debe tributar. Y exactamente en este punto debemos repetir y considerar un nuevo aspecto sobre el título de esta sencilla reflexión: “Jesucristo se fija en los detalles”, pero ¿a qué detalles nos referimos?, pues a aquellos detalles que al igual que las dos moneditas de la viuda ejemplar, parecen pequeñeces que para otros podrían no tener importancia, pero no es así para Dios; esos que los intereses mundanos dejan pasar desapercibidos mientras los intereses divinos los aprecian y dejan bien agendados sobre la balanza de la expiación y de los méritos para la eternidad, es decir, esos pequeños detalles que en realidad no son pequeños porque son capaces de ir forjando la grandeza, como ese mal pensamiento rechazado con gran esfuerzo para que no pueda llegar a asentarse con comodidad en nuestro corazón; esos pequeños sacrificios con que “negociamos” para adquirir las virtudes de las cuales carecemos o estamos flacos; esa lengua refrenada para no dañar a mis hermanos; esos perdones tácitos ante las ofensas recibidas que se visten de caridad, de concordia y oración por quienes nos han herido; esos dolores secretos por el bien que no terminamos de hacer a causa de la debilidad de nuestra voluntad; esas lágrimas calladas ante la necesidad; esas espinas que no se pueden quitar mientras veamos alejados de Dios a quienes más amamos y las plegarias prolongadas que miran con confianza, sí, los frutos de la fe, pero desde lejos y apoyadas a veces en las partes más oscuras de la fe…  o hasta el santo sufrimiento por no darle a Dios la gloria que le corresponde.

Todos estos “detalles que parecen tristes”, sin embargo, no lo son, ¡por supuesto que no!; porque Jesucristo los conoce, los valora y los mira siempre con tierna aprobación: nos deja en claro que sí importan, ¡que sí suman!, por pequeños que nos parezcan o que de alguna manera lo sean, pero que no deben dejar de hacerse.

Tal vez tengamos solamente dos moneditas para poner en la ofrenda, pero si lo ofrecemos todo eso vale más que los grandes sacrificios y grandes renuncias que otros tal vez podrán hacer con menos pobreza de espíritu y un amor a Dios más bien escaso: examinemos qué tenemos para darle a Dios aunque parezca poco -¡pero que jamás sean migajas, es decir, no las sobras de nuestro tiempo, las renuncias que no nos cuentan ni los “sacrificios sin sudores”!; tiremos rencores a la basura y corrijamos las malas decisiones; ofrezcamos los esfuerzos de nuestras flaquezas, esas pequeñas privaciones que nos cuestan y esos actos de virtudes que tal vez no resplandecen, pero que para nosotros son arduos de realizar, y que poco a poco se irán asentando y acrecentando. Jamás es poco el darlo todo, jamás es vano dar “nuestras dos moneditas” mientras las demos por amor a Dios, porque Él sabe apreciar mejor que nadie lo que encarecidamente le ofrecemos.

 

P. Jason, IVE.

Dios mío, enséñame a amar tu Cruz.

“Mi vida quisiera que fuera un solo acto de amor…, un suspiro prolongado de ansias de Ti…”

San Rafael Arnáiz

Dios mío…, Dios mío, enséñame a amar tu Cruz. Enséñame a amar la absoluta soledad de todo y de todos. Comprendo, Señor, que es así como me quieres, que es así de la única manera que puedes doblegar a Ti este corazón tan lleno de mundo y tan ocupado en vanidades.

Así en la soledad en que me pones, me enseñarás la vanidad de todo, me hablarás Tú solo al corazón y mi alma se regocijará en Ti.

Pero sufro mucho, Señor…, cuando la tentación aprieta y Tú te escondes… ¡cómo pesan mis angustias!…

¡Silencio pides!… Señor, silencio te ofrezco.

¡Vida oculta!… Señor, sea la Trapa mi escondrijo.

¡Sacrificio!… Señor, ¿qué te diré?, todo por Ti lo di.

¡Renuncia!… Mi voluntad es tuya, Señor.

¿Qué queréis Señor, de mi?

¡¡Amor!! ¡Ah!, Señor, eso quisiera poseer a raudales. Quisiera, Señor, amarte como nadie… Quisiera, Jesús mío, morir abrasado en amor y en ansias de Ti. ¿Qué importa mi soledad entre los hombres? Bendito Jesús, cuanto más sufra…, más te amaré. Más feliz seré, cuanto mayor sea mi dolor. Mayor será mi consuelo, tanto más carezca de él. Cuanto más solo esté, mayor será tu ayuda.

Todo lo que Tú quieras seré.

Mi vida quisiera que fuera un solo acto de amor…, un suspiro prolongado de ansias de Ti.

Quisiera que mi pobre y enferma vida, fuera una llama en la que se fueran consumiendo por amor… todos los sacrificios, todos los dolores, todas las renuncias, todas las soledades.

Quisiera que tu vida, fuera mi única Regla

Que tu “amor eucarístico” mi único alimento.

Tu evangelio mi único estudio.

Tu amor, mi única razón de vivir..

¡Quisiera dejar de vivir si vivir pudiera sin amarte!

Quisiera morir de amor, ya que sólo de amor vivir no puedo.

Quisiera, Señor…, volverme loco… Es angustioso vivir así.

¡Es tan doloroso querer amarte y no poder! Es tan triste arrastrar por el suelo del mundo la materia que es cárcel del alma que sólo suspira por Ti… ¡Ah!, Señor, morir o vivir, lo que Tú quieras…, pero por amor

Ni yo mismo sé lo que digo, ni lo que quiero… Ni sé si sufro, ni si gozo…, ni sé lo que quiero ni lo que hago.

Ampárame, Virgen María… Sé mi luz en las tinieblas que me rodean. Guíame en este camino en que ando solo, guiado solamente por mi deseo de amar entrañablemente a tu Hijo.

No me dejes, Madre mía. Ya sé que nada soy y que nada valgo. Miseria y pecados…, eso es lo único, y lo mejor, que puedo alegar para que tú atiendas mi oración.

Señora, vine a la Trapa, dejando a los hombres, y con los hombres me encuentro. Ayúdame a seguir los consejos de la Imitación de Cristo, que me dice no busque nada en las criaturas y me refugie en el Corazón de Cristo.

Nada quiero que no sea Dios…, fuera de Él todo es vanidad.

Cosechando en familia

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:
El año pasado fue notablemente el peor en lo que respecta a la cosecha, y esto en todo el país; de hecho, tuvimos que esperar a que el lugar donde llevamos las aceitunas para hacer el aceite estuviera abierto, lo cual fue unos pocos días a la semana ya que muy pocos llevaban sus frutos, y el tema común mientras esperábamos nuestro turno era siempre la poca cantidad que había salido ese año. Pero por gracia de Dios este año fue mejor, hay más aceitunas y esperamos poder cosechar un poco más.
El trabajo es intenso, no agotador pero intenso; hay que cosechar las partes altas de los árboles que no alcanzamos a podar el año pasado con escaleras y palos largos, juntar, limpiar, embolsar; llevar hasta el pueblo que tiene las máquinas y esperar varias horas hasta conseguir un turno. Luego envasar, etiquetar, etc.; es así que la ayuda que nos ofrecieron nuestras hermanas así como algunos amigos y feligreses del monasterio, ha sido una grandísima ayuda para nosotros, y se ha convertido en una hermosa ocasión para compartir y hasta conocer voluntarios nuevos que se sumaron también a ayudar. La cosecha de este año ha sido, además, un alivio dentro de esta guerra terrible que sigue afectando a tantas personas en Tierra Santa y sus alrededores. Comenzamos el trabajo temprano y durante la jornada hemos podido compartir variados temas sobre la fe, la esperanza, la voluntad de Dios, la Divina Providencia, etc.; además de compartir el almuerzo en el correspondiente clima de alegría y gratitud que hasta hace pasar desapercibida, de vez en cuando, la especial situación por la que estamos pasando.
El año pasado, repetimos, apenas pudimos cosechar unas pocas aceitunas para tener algo de aceite, pero este año es diferente, los frutos son más, abundantes, de igual manera que las gracias de Dios que se abren paso entre toda esta complejidad de Tierra Santa y no han dejado de llegar a bendecir la casa de santa Ana, fruto a su vez de las oraciones de todos ustedes a quienes no dejamos de encomendar a diario a la Sagrada Familia: hemos conocido a nuevos amigos, hemos podido visitar y recibir la visita de nuestros padres y hermanas de otras comunidades; no dejamos de recibir sus saludos y oraciones por nosotros y, gracias a Dios, los motivos para rezar y el trabajo por hacer jamás se acaban, así que seguimos dedicados a vivir nuestra vida religiosa en estas circunstancias particulares siempre hacia adelante, a través de la cruz, con el triunfo de la cruz, y asistidos siempre por Aquel que por nosotros murió en la cruz.
La pequeña reflexión que deseamos compartirles en esta ocasión, es el hecho de que siempre estaremos en guerra: contra el demonio, contra el espíritu mundano, contra nuestras pasiones desordenadas y defectos; pero hay que estar tranquilos: ¡Cristo ya venció!, solamente hay que seguir luchando por unirse a ese triunfo maravilloso, poco a poco, a nuestro ritmo, a través de las pruebas; con trabajo, con esfuerzo, ¡con oración!, siempre con santo entusiasmo por la virtud y agradecidos de las bendiciones de Dios que ningún mal puede impedir, comenzando por la gracia divina en el alma. Habrán años con menor cosecha en el ámbito terreno, pero no es la misma norma para el plano espiritual, donde por el contrario, las sequías y tormentas del alma, bien llevadas y ofrecidas, traen por fuerza una cosecha abundante en gracias: perseverancia, fortaleza, fe, caridad, generosidad, entrega, santo abandono, etc.
Sigamos rezando por el fin de la guerra en todo el mundo, sigamos ofreciendo oraciones y sacrificios; sembremos actos de virtud y cosecharemos virtudes.
Dios los bendiga, muchas gracias a todos por ayudarnos con sus oraciones, cada día se agradecen.
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Los que hemos dejado todo por seguir a Cristo, ¿hemos dejado todo por seguir a Cristo?

Reflexión dedicada a los consagrados

Sabemos bien que cada palabra, cada gesto, cada acción del Hijo de Dios encarnado pasando entre la humanidad, constituye una enseñanza.  Jesucristo, nuestro Señor, es capaz de adoctrinarnos hasta con las actitudes de quienes lo rodean; tan sólo hay que saber mirar la escena desde la distancia correcta, con la disposición correcta, para contemplar y comprender qué es lo que nos está diciendo a través de cada uno de los detalles que jamás se dejan caer en las infecundas tierras del azar. Y una de estas escenas, de las más conocidas, es su encuentro con el denominado “joven rico” (Mc 10, 17-30), alma buena que cambió la posibilidad de la mayor dicha de su vida por la tristeza que entretejen los afectos mundanos cuando se interponen claramente entre las santas intenciones y los grandes sacrificios, que saben bien recompensar con esas gracias misteriosas que colman y rompen los diques de ciertas felicidades que construimos según nuestro corto entendimiento, como el seguimiento de Cristo pero desde cerca, desde la vereda de los elegidos para estar con Él y compartir la intimidad de su misión.

El joven rico se nos muestra como la representación de la otra esquina, la de los que no quisieron seguir a Jesús y, en contraste con sus fieles discípulos, “no lo dejaron todo para seguirlo” (Cf. Mc 10, 28); y el justo pago a su falta de generosidad fue la mencionada tristeza con la que se marchó: vino en busca del Maestro preguntando con sinceridad sobre la vida eterna; y Jesús le respondió, pero no el joven a Jesús, siendo que “una sola cosa le faltaba”…, por eso se marchó apenado, porque comprendió perfectamente -pues no habían metáforas ni interpretaciones de por medio-, pero no quiso soltar, no se quiso desprender; puso en la misma balanza sus quereres y el querer de Jesucristo para Él, pero -misterio siempre actual-, pesaron más en su corazón sus posesiones que los despojos fecundísimos que nos pide el Evangelio. Y de aquí la primera gran enseñanza general: el fruto de la buena voluntad que le pregunta a Dios qué es lo que debe hacer para darle gloria y ser feliz, pero que antepone a los designios divinos sus afectos desordenados, es la tristeza de saber que ha elegido lo incorrecto y la amargura de la incertidumbre sobre las gracias y bendiciones que su egoísmo no le permitirá conocer mientras no haya sido desterrado del alma, al menos no mientras el alma no se retracte de su mala decisión… y mientras no se le acabe el tiempo o las posibilidades de elegir bien. Esto es lo que eligen quienes son llamados por Dios y le dicen que no, y esto es lo que pasa cuando Dios nos pide ciertas renuncias para nuestro bien, para nuestra purificación, para poder comenzar a tejer sus designios de grandeza en nosotros, pero no se lo permitimos. Oscuro y triste misterio.

Por otro lado están los apóstoles, los que lo dejaron todo y sí siguieron a Jesús, arquetipo de los futuros consagrados que con todas sus imperfecciones y hasta faltas que enmendar, sin embargo, le concedieron al Maestro su respuesta positiva y asentaron las bases del seguimiento de Cristo que constituye nuestra vida consagrada, seguimiento y búsqueda continua de la imitación del nuevo estilo de vida inaugurado por el Hijo de Dios al hacerse hombre: vivir para Dios, servir a Dios en los demás, despojarse de las creaturas mediante los sagrados votos; hombres y mujeres de todo el mundo llamados a refugiarse en Dios y dedicarse a darle gloria; a tratar de amarlo más, de ofrecerle y ofrecerse más; a combatir sin tregua contra sí mismos para convertirse, con la gracia de Dios, en morada agradable de la Trinidad, deseosos de ensanchar el corazón y aprender a crucificarse cada día y padecer por amor a Aquel que los eligió. Pero justamente aquí es donde nos detenemos, nosotros los consagrados, ante la radical pregunta que, “si nos dedicamos a responder” cuantas veces sea necesario durante el desarrollo de nuestra vida espiritual, ciertamente nos traerá muy fecundas consecuencias: ¿lo hemos dejado todo por seguir a Cristo?

El religioso, mediante sus votos y su pertenencia a su familia religiosa, ya lo ha dejado todo por seguir a Cristo, repetimos siempre. Pero dentro de esa radicalidad a los ojos del mundo, todavía es admisible una mayor profundidad a los ojos de Dios, de la cual depende traspasar o no los límites entre el religioso bueno que se conforma con ser bueno, y el religioso bueno y generoso que no se conforma, porque entiende bien que Dios merece más… estos son los que aman más y corresponden más al amor de Dios, y emprenden justamente por amor a Dios la noble y extraordinaria empresa de “aprender a despojarse más”, decisión y determinación por la gloria de Dios que constituye la antesala y el inicio de la santidad: aquí lo que importa es lo esencial, es decir, la gloria de Dios, de la cual la santidad será una consecuencia para el alma.

Tal vez aún hay mucho por dejar: ¿Ya dejé “mis planes” y mis conveniencias?, ¿ya dejé mis caprichos y mis complacencias?, ¿ya dejé de entristecerme por las cruces?, ¿ya dejé atrás las quejas y tristezas ante las incomprensiones y contrariedades?, ¿ya dejé de olvidarme que la Divina Providencia no descansa y no hay instante en que no esté presente sosteniéndome, consolándome y ayudándome a seguir adelante a través de los designios divinos? Si todavía nos falta mucho la respuesta no es entristecerse y marcharse -como lo hizo el joven rico, a quien Jesús miró y amó, como a nosotros-, sino entusiasmarse y “ponerlo en positivo”, de tal manera que sepamos alegrar a Dios y alegrarnos nosotros mismos de los pequeños progresos que podamos ir realizando asistidos por la gracia divina: “por amor a Dios, trabajaré en dejar atrás mis planes y mis conveniencias, mis caprichos y mis complacencias, mis tristezas y mis quejas, mis faltas de confianza y de abandono en las manos divinas; en fin, porque Dios lo quiere me despojaré, porque quiero dejarlo todo por seguirlo”.

Difícil es “dejar lo nuestro”, pero Jesucristo siempre merece nuestro esfuerzo; y si correspondemos a la bondad de su mirada -que se ha querido fijar en nosotros, pobres pecadores-, pagando el precio que haya que pagar, con determinación y alegría sobrenatural, poco a poco iremos dejando más y más de lo que nos impide actualmente una unión más íntima con Dios.

El que todo lo renuncia, todo lo posee, y pasa por la vida con una mirada libre, pura y desposeída.” (san Alberto Hurtado)

P. Jason.

Amar

Grandeza del hombre: poderse dejar formar por el amor.

San Alberto Hurtado

 

El verdadero secreto de la grandeza: siempre avanzar y jamás retroceder en el amor. ¡Estar animado por un inmenso amor! ¡Guardar siempre intacto su amor! He aquí consignas fundamentales para un cristiano.

¿A quiénes amar?

A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías.

Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado… Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño… A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro… Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas… Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles… Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios… Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América… Todos los del mundo: son mis hermanos.

Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios.

Hacer en Cristo la unidad de mis amores: riqueza inmensa de las almas plenamente en la luz, y las de otras, como la mía, en luz y en tinieblas. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!.

Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.

¿A quiénes más amar?

Pero, entre todos los hombres, hay algunos a quienes me ligan vínculos más particulares; son mis más próximos, prójimos, aquellos a quienes por voluntad divina he de consagrar más especialmente mi vida.

Mi primera misión, conocerlos exactamente, saber quiénes son. Me debo a todos, sí; pero hay quienes lo esperan todo, o mucho, de mí: el hijo para su madre, el discípulo para su maestro, el amigo para el amigo, el obrero para su patrón, el compañero para el compañero. ¿Cuál es el campo de trabajo que Dios me ha confiado? Delimitarlo en forma bien precisa; no para excluir a los demás, pero sí para saber la misión concreta que Dios me ha confiado, para ayudarlos a pensar su vida humana. En pleno sentido ellos serán mis hermanos y mis hijos.

¿Qué significa amar?

Amar no es vana palabra. Amar es salvar y expansionar al hombre. Todo el hombre y toda la humanidad.

Entregarme a esta empresa, empresa de misericordia, urgido por la justicia y animado por el amor. No tanto atacar los efectos, cuanto sus causas. ¿Qué sacamos con gemir y lamentarnos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo.

Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó (cf. Lc 10,30-32). El agonizante del camino, es el desgraciado que encuentro cada día, pero es también el proletariado oprimido, el rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo, en todos sus sectores.

La miseria, toda la miseria humana, toda la miseria de las habitaciones, de los vestidos, de los cuerpos, de la sangre, de las voluntades, de los espíritus; la miseria de los que están fuera de ambiente, de los proletarios, de los banqueros, de los ricos, de los nobles, de los príncipes, de las familias, de los sindicatos, del mundo…

Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la más tenaz, la que más oprime, la más fatal. Y el pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males, pero, ¿quién se consagra en cuerpo y alma a atacar las causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía, de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez. Proveer a las necesidades inmediatas, es necesario, pero cambia poco su situación mientras no se abre las inteligencias, mientras no rectifica y afirma las voluntades, mientras no se anima a los mejores con un gran ideal, mientras que no se llega a suprimir o al menos a atenuar las opresiones y las injusticias, mientras no se asocia a los humildes a la conquista progresiva de su felicidad.

Tomar en su corazón y sobre sus espaldas la miseria del pueblo, pero no como un extraño, sino como uno de ellos, unido a ellos, todos juntos en el mismo combate de liberación.

Desde que no se lance seriamente, eficazmente, a preocuparse de la miseria, ella lloverá alrededor de uno; o bien, es como una marea que sube y lo sumerge. Quien quiera muchos amigos no tiene más que ponerse al servicio de los abandonados, de los oprimidos, y que no espere mucho reconocimiento. Lo contrario de la miseria no es la abundancia, sino el valor. La primera preocupación no es tanto producir riqueza cuanto valorar el hombre, la humanidad, el universo.

¿A quiénes consagrarme especialmente?

Amarlos a todos, al pueblo especialmente; pero mis fuerzas son tan limitadas, mi campo de influencias es estrecho. Si mi amor ha de ser eficaz, delimitar el campo –no de mi afecto– pero sí de mis influencias. Delimitarlo bien: tal sector, tal barrio, tal profesión, tal curso, tal obra, tales compañeros. Ellos serán mi parroquia, mi campo de acción, los hombres que Dios me ha confiado, para que los ayude a ver sus problemas, para que los ayude a desarrollarse como hombres.

Lo primero, amarlos

Amar el bien que se encuentra en ellos. Su simplicidad, su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador, sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan ante sus familias…

Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias… Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la tuberculosis. Mi misión no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos en su miseria, mientras yo como tranquilamente y mientras nada me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas, su alimentación deficiente, la falta de educación de sus hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, me desgarre a mí también.

Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se expansione en ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados; que sepan usar correctamente de su razón, discernir el bien del mal, rechazar la mentira, reconocer la grandeza de la obra de Dios, comprender la naturaleza, gozar de la belleza; para que sean hombres y no brutos.

Que los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente. Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten; que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten; que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad.

Y esto no es más que la traducción de la palabra “amor”. Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9).

Toda luz de la razón natural es luz de Cristo; todo conocimiento, toda ciencia humana. Cristo es la ciencia suprema. Desde que los abrimos a la verdad, comienza a realizarse en ellos la imagen de Dios. Cuando desarrollan su inteligencia, cuando comprenden el universo, se acercan a Dios, se asemejan más a Él.

Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas. ¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo, cara a cara (1Cor 13,12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar su mirada hasta saciarse del mismo Dios.

Y este llamamiento es para cada uno de ellos: para los más miserables, para los más ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para ellos todos (cf. Jn 1,5). Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán profundamente desgraciados.

Amarlos para que adquieran conciencia de su destino, para que se estimen en su valor de hombres llamados por Dios al más alto conocimiento, para que estimen a Dios en su valor divino, para que estimen cada cosa según su valor frente al plan de Dios.

Amarlos apasionadamente en Cristo, para que el parecido divino progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda creatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se expansione en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo (cf. Col 1,24).

Amarlos apasionadamente. Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada se pierde de lo que se hace en el amor.

 

 “La búsqueda de Dios”, pp. 59-63

Santa Teresita del Niño Jesús

Homilía de san Juan Pablo II,
Domingo, 19 de octubre de 1997
1. “Los pueblos caminarán a tu luz” (Is 60, 3). En estas palabras del profeta Isaías resuena, como ardiente espera y luminosa esperanza, el eco de la Epifanía. Precisamente la relación con esa solemnidad nos permite comprender mejor el carácter misionero de este domingo. En efecto, la profecía de Isaías prolonga a la humanidad entera la perspectiva de la salvación, y así anticipa el gesto profético de los Magos de Oriente que, acudiendo a adorar al Niño divino nacido en Belén (cf. Mt 2, 1-12), anuncian e inauguran la adhesión de los pueblos al mensaje de Cristo. Todos los hombres están llamados a acoger en la fe el Evangelio que salva. La Iglesia ha sido enviada a todos los pueblos, a todas las tierras y culturas: “Id (…) y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Estas palabras, pronunciadas por Cristo antes de subir al cielo, junto con la promesa, hecha a los Apóstoles y a sus sucesores, de que estaría con ellos hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20), constituyen la esencia del mandato misionero: es Cristo mismo quien, en la persona de sus ministros, va ad gentes, hacia las gentes que no han recibido aún el anuncio de la fe.
2. Teresa Martín, carmelita descalza de Lisieux, deseaba ardientemente ser misionera. Y lo fue, hasta el punto de que pudo ser proclamada patrona de las misiones. Jesús mismo le mostró de qué modo podía vivir esa vocación: practicando en plenitud el mandamiento del amor, se introduciría en el corazón mismo de la misión de la Iglesia, sosteniendo con la fuerza misteriosa de la oración y de la comunión a los heraldos del Evangelio. Así, ella realizó lo que subrayó el concilio Vaticano II, cuando enseñó que la Iglesia, por su naturaleza, es misionera (cf. Ad gentes, 2). No sólo los que escogen la vida misionera, sino también todos los bautizados, de alguna manera, son enviados ad gentes. Por eso, he querido escoger este domingo misionero para proclamar Doctora de la Iglesia universal a santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz: una mujer, una joven y una contemplativa.
3. Todos percibimos, por consiguiente, que hoy se está realizando algo sorprendente. Santa Teresa de Lisieux no pudo acudir a universidades ni realizar estudios sistemáticos. Murió muy joven y, a pesar de ello, desde hoy tendrá el honor de ser Doctora de la Iglesia, un notable reconocimiento que la exalta en la estima de toda la comunidad cristiana más de lo que pudiera hacer un “título académico”. En efecto, cuando el Magisterio proclama a alguien Doctor de la Iglesia, desea señalar a todos los fieles, y de modo especial a los que prestan en la Iglesia el servicio fundamental de la predicación o realizan la delicada tarea de la investigación y la enseñanza de la teología, que la doctrina profesada y proclamada por una persona puede servir de punto de referencia, no sólo porque es acorde con la verdad revelada, sino también porque aporta nueva luz sobre los misterios de la fe, una comprensión más profunda del misterio de Cristo. El Concilio nos recordó que, con la asistencia del Espíritu Santo, crece continuamente en la Iglesia la comprensión del “depositum fidei”, y a ese proceso de crecimiento no sólo contribuyen el estudio rico de contemplación a que están llamados los teólogos y el magisterio de los pastores, dotados del “carisma cierto de la verdad”, sino también el “profundo conocimiento de las cosas espirituales” que se concede por la vía de la experiencia, con riqueza y diversidad de dones, a quienes se dejan guiar con docilidad por el Espíritu de Dios (cf. Dei Verbum. La Lumen gentium, por su parte, enseña que en los santos “nos habla Dios mismo” (n. 50). Por esta razón, con el fin de profundizar en los divinos misterios, que son siempre más grandes que nuestros pensamientos, se atribuye un valor especial a la experiencia espiritual de los santos, y no es casualidad que la Iglesia escoja únicamente entre ellos a las personas a quienes quiere otorgar el título de “Doctor”.
4. Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz es la más joven de los “Doctores de la Iglesia”, pero su ardiente itinerario espiritual manifiesta tal madurez, y las intuiciones de fe expresadas en sus escritos son tan vastas y profundas, que le merecen un lugar entre los grandes maestros del espíritu. En la carta apostólica que he escrito para esta ocasión, he señalado algunos aspectos destacados de su doctrina. Pero no puedo menos de recordar, en este momento, lo que se puede considerar el culmen, a la luz del relato del conmovedor descubrimiento que hizo de su vocación particular dentro de la Iglesia. “La caridad escribe me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diferentes miembros, no le faltaba el más noble de todos: comprendí que la Iglesia tenía un corazón y que este corazón ardía de amor. Comprendí que sólo el Amor hacía actuar a los miembros de la Iglesia: que si el Amor se apagara, los apóstoles no anunciarían el Evangelio, los mártires no querrían derramar su sangre (…). Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones (…). Entonces, con alegría desbordante, exclamé: oh Jesús, Amor mío, (…) por fin he encontrado mi vocación. Mi vocación es el amor” (Ms B, 3 v). Es una página admirable, que basta por sí sola para ilustrar cómo se puede aplicar a santa Teresa el pasaje evangélico que acabamos de escuchar en la liturgia de la Palabra: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25).
5. Teresa de Lisieux no sólo captó y describió la profunda verdad del amor como centro y corazón de la Iglesia, sino que la vivió intensamente en su breve existencia. Precisamente esta convergencia entre la doctrina y la experiencia concreta, entre la verdad y la vida, entre la enseñanza y la práctica, resplandece con particular claridad en esta santa, convirtiéndola en un modelo atractivo especialmente para los jóvenes y para los que buscan el sentido auténtico de su vida. Frente al vacío espiritual de tantas palabras, Teresa presenta otra solución: la única Palabra de salvación que, comprendida y vivida en el silencio, se transforma en manantial de vida renovada. A una cultura racionalista y muy a menudo impregnada de materialismo práctico, ella contrapone con sencillez desarmante el “caminito” que, remitiendo a lo esencial, lleva al secreto de toda existencia: el amor divino que envuelve y penetra toda la historia humana. En una época, como la nuestra, marcada con gran frecuencia por la cultura de lo efímero y del hedonismo, esta nueva Doctora de la Iglesia se presenta dotada de singular eficacia para iluminar el espíritu y el corazón de quienes tienen sed de verdad y de amor.
6. Santa Teresa es proclamada Doctora de la Iglesia el día en que celebramos la Jornada mundial de las misiones. Ella abrigó un deseo ardiente de consagrarse al anuncio del Evangelio y hubiera querido coronar su testimonio con el sacrificio supremo del martirio (cf. Ms B, 3 r). Además, es conocido con cuánto empeño sostuvo el trabajo apostólico de los padres Maurice Bellière y Adolphe Roulland, misioneros respectivamente en África y China. En su impulso de amor por la evangelización, Teresa tenía un solo ideal, como ella misma afirma: “Lo que le pedimos es trabajar por su gloria, amarlo y hacerlo amar” (Carta 220). La senda que recorrió para llegar a este ideal de vida no fue la de las grandes empresas, reservadas a unos pocos, sino una senda que está al alcance de todos, el “caminito”, un camino de confianza y de abandono total a la gracia del Señor. No se ha de subestimar este camino, como si fuese menos exigente. En realidad es exigente, como lo es siempre el Evangelio. Pero es un camino impregnado del sentido de confiado abandono a la misericordia divina, que hace ligero incluso el compromiso espiritual más riguroso. Por este camino, en el que lo recibe todo como “gracia”; por el hecho de que pone en el centro de todo su relación con Cristo y la elección de amor; y por el espacio que da también a los afectos y sentimientos en su itinerario espiritual, Teresa de Lisieux es una santa que permanece joven, a pesar del paso de los años, y se presenta como modelo eminente y guía en el itinerario de los cristianos para nuestro tiempo, en el umbral del tercer milenio.
7. Por eso, es grande la alegría de la Iglesia en esta jornada que corona las expectativas y las oraciones de tantos que han intuido, al solicitar que se le concediera el título de Doctora, este especial don de Dios y han promovido su reconocimiento y su acogida. Deseamos dar gracias por ello al Señor todos juntos, y particularmente con los profesores y los estudiantes de las universidades eclesiásticas romanas, que precisamente en estos días han comenzado el nuevo año académico. Sí, Padre, te bendecimos, junto con Jesús (cf. Mt 11, 25), porque has ocultado tus secretos “a los sabios y a los inteligentes”, y los has revelado a esta “pequeña”, que hoy nuevamente propones a nuestra atención y a nuestra imitación. ¡Gracias por la sabiduría que le concediste, convirtiéndola en testigo singular y maestra de vida para toda la Iglesia! ¡Gracias por el amor que derramaste en ella, y que sigue iluminando y calentando los corazones, impulsándolos hacia la santidad! El deseo que Teresa expresó de “pasar su cielo haciendo el bien en la tierra” sigue cumpliéndose de modo admirable. ¡Gracias, Padre, porque hoy nos la haces cercana de una manera nueva, para alabanza y gloria de tu nombre por los siglos! Amén.

Mi viejo rosario

Reflexión

El 30 de mayo del 2006, vísperas de nuestra primera profesión de votos, mi mamá me entregaba un pequeño y hermoso crucifijo. Y al hacerlo me contó su sencilla e interesante historia: resulta que un día, hablando con una señora que le compraba telas en ese momento, salió el tema de que me encontraba en el seminario para ser sacerdote, entonces la señora le dijo a mi mamá: “tengo algo para su hijo”, y después le entregó dicho crucifijo, el cual se había encontrado en la calle unos 40 años atrás, pensando que “debía guardarlo para una ocasión especial”, la cual “se dio cuenta que había llegado al hablar con mi mamá”. Y así, luego de 4 décadas piadosamente guardado, llegó a mis manos. Y desde el principio me encantó. Años después, ya como sacerdote en nuestro monasterio del Socorro, en Tenerife, el P. Romanelli viajaba desde Medio Oriente para predicarnos nuestros ejercicios espirituales anuales, dejándonos como regalo a cada monje un rosario traído desde Tierra Santa, tocado al Santo Sepulcro, sencillo, al cual con gran aprecio le cambié la cruz de madera por el pequeño crucifijo que desde el primer año de seminario me venía acompañando. Esta es la simple historia de mi “viejo rosario”, que si bien tiene apenas 11 años, en años de rosarios y sus respectivos Ave Marías pasando a través de él, considero que es bastante, pues sus cuentas están notablemente deterioradas: su madera ya no brilla y más de alguna deja ver una pequeña grieta que amenaza dividirla en dos; además, después de habérseme cortado varias veces, hoy luce un nuevo cordel que ha vuelto a unirlo todo en armonía, contrastando un poco con el uso que se deja ver claramente en todo lo demás, pero especialmente en el hermoso crucifijo, que luego de todo este tiempo, está realmente desgastado.

La primera tragedia de su crucifijo fue la pérdida de su pequeño “INRI”, acontecida por un descuido que lo dejó en el bolsillo de mi hábito al lavarlo; después fue perdiendo su color original, pues la madera era negra y la parte metálica era plateada. Fue desapareciendo aquel pequeño rostro que más o menos se dejaba apreciar, y que hoy por hoy no se distingue, así como los pliegos que representaban esa tela que apenas cubría el sacrosanto cuerpo del Señor. En síntesis, se perdieron sus rasgos por el tiempo, pero no por eso deja de ser hermoso, de hecho, su desgaste lo reviste de algo especial, le da una belleza que no es estética, esa que es diferente y no siempre es estimada, y es exactamente lo que me ha movido a escribir y compartir esta sencilla reflexión sobre un aspecto de la vida espiritual, o mejor dicho, una verdad que con visión sobrenatural podemos ver, y comprender, y profundizar, y hasta imitar si decidimos emprender con seriedad la dichosa búsqueda de la voluntad de Dios; y que podemos contemplar de manera sublime en el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, pero también en sus santos y en toda alma recta -cada cual a su modo, se entiende-, y que es ese maravilloso “desgastarse por la gloria de Dios” que debería ser nuestra gran aspiración en esta vida, y que quizás a ratos lo es, pero que si fuera una constante…, o mejor aún, un trabajo continuo, es decir, ininterrumpido, ciertamente transformaría nuestra vida y la de quienes nos rodean, como hacen los santos que parece que todo lo que tocan de alguna manera se ve afectado por ellos, con sus más y sus menos, pero es que ese “desgaste” paradójicamente parece ser la razón de su fortaleza espiritual y su santa determinación… Espero poder expresarme bien, es decir, no estamos hablando de una especie de destrucción de la salud o imprudencia respecto a nuestras capacidades, pues cada cual tiene “su máximo y sus límites”, pero también es cierto que en las almas ejemplares vemos cómo el amor a Dios constantemente va empujando esos linderos y le van permitiendo realizar esa maravillosa desproporción que llamamos magnanimidad, pequeñez del alma puesta en manos de Dios con todas sus fuerzas, con toda su confianza, con todo su amor, las cuales Dios mismo va acrecentando para recompensar al alma y hacerla “más partícipe” de su obra. Hay que ser prudentes, hay que ser sensatos, pero también hay que ser generosos y cada vez más, pedir la gracia de serlo, de “aprender a desgastarse” por la gloria de Dios, como hemos dicho, discerniendo y rechazando nuestras excusas.

Cuando miro el crucifijo de mi viejo rosario, no pienso que ya no sirve (¿y quién lo haría?), o que ya no ayuda a rezar bien, ¡nada de eso!; es decir, no está roto sino desgastado, porque le pasaron por encima años de oraciones, y ha estado en el bolsillo de mi hábito y luego en la capilla, o acompañándome por el jardín; siempre testigo de las plegarias a nuestra Madre del Cielo que van pasando por sus cuentas. Y en su desgaste veo reflejado aquel que exige el amor de Dios, ese por el cual los santos se consumen y se vuelven más y más fecundos.

Una vez un compañero de seminario me contaba que la biblia de su mamá llamaba la atención porque las hojas de los evangelios estaban muy gastadas en comparación con el resto, y se entiende perfectamente lo que esto significa. Recuerdo también haber leído una biografía de san Bernardo que decía que a los 40 años se veía como si tuviera más de 50; o la madre santa Teresa de Calcuta, en cuyo rostro se veía también el desgaste, pero el de los santos, ese que es fecundo, que jamás se desanima, que sabe sacar nuevas fuerzas del contacto con Dios en la oración y que hermosea… como el crucifijo de mi viejo rosario.

Desgastarse por la gloria de Dios, como hemos dicho, significa aprender a consumirse de alguna manera en la correspondencia a su amor, y es una gracia que debemos pedir constantemente. Tal vez nos falta mucho, tal vez todavía no nos determinamos con firmeza, pero también, tal vez, hoy podríamos comenzar a hacerlo si nos decidimos.

P. Jason.