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2ª CARTA DE UN MONJE EN EL SAHARA – SAN CHARLES DE FOUCAULD

El tiempo se nos ha dado para santificarnos y santificar a los demás, y no para ser inútiles y malos; grave es la advertencia de Jesús: «Será pedida cuenta en el último día de toda palabra inútil».

San Charles de Foucauld

Tamanrasset, 11 de marzo 1909

Desde hace mucho tiempo, perseguido por la idea del abandono espiritual de tantos infieles, y en particular del de los musulmanes e infieles de nuestras colonias, viendo, al mismo tiempo, el amor por los bienes materiales y la vanidad invadir cada vez más al pueblo cristiano, he puesto sobre el papel, después de mi último retiro, hace un año, un proyecto de asociación católica, teniendo el triple fin de llevar a los cristianos a una vida de acuerdo con la del Evangelio, presentando como modelo a Aquel que es el Modelo Único; de desarrollar entre ellos el amor de la Santa Eucaristía, que es el bien infinito y nuestro Todo, y provocar entre ellos un movimiento eficaz para la conversión de los infieles, y especialmente para el cumplimiento del deber estricto que todo pueblo cristiano tiene de dar educación cristiana a los infieles de sus colonias.

No solamente por medio de dones materiales es como se debe trabajar por la conversión de los infieles, sino provocando el establecimiento entre ellos, a título de cultivadores, de colonos, comerciantes, artesanos, propietarios, etc., de excelentes cristianos de todas las condiciones, destinados a ser preciosos apoyos para los misioneros, a atraer por medio del ejemplo, la bondad y el contacto, a los infieles a la fe y a ser los núcleos a los cuales puedan agregarse uno a uno los infieles a la medida que se conviertan. La Cofradía, con la intensidad de vida cristiana que debe desarrollar y el deber de convertir infieles, que debe ponerse continuamente ante los ojos, es apropiada también para multiplicar las vocaciones de sacerdotes, religiosos y religiosas misioneros. De buenos cristianos viviendo en el mundo, la Cofradía hará una especie de misioneros laicos; ella los llevará a expatriarse para ser misioneros laicos entre las ovejas más perdidas, mostrándolas cómo la conversión de ellas es un deber para los pueblos católicos y cómo es hermoso y cristiano consagrar su vida a ellas.

Los deberes de los hermanos y hermanas que no son sacerdotes ni religiosos hacia los infieles son tanto más graves cuanto ellos hacen a menudo más que los sacerdotes, religiosos y religiosas. Mejor que ellos pueden entrar en relaciones, ligar lazos de amistad, mezclarse y tomar contacto entre ellos. Como los infieles sienten una repulsión contra los cristianos, cuando tienen una religión que les inspira una fe profunda, los sacerdotes, religiosos y religiosas, les causan desconfianza; frecuentemente a los sacerdotes y religiosos les faltan puntos de contacto, ocasión de ponerse en relación con los infieles; además, la prudencia y las reglas de sus Institutos les estorban algunas veces para sobrepasar ciertos límites de intimidad, penetrar en el hogar familiar, entrar en relaciones estrechas. Aquellos que viven en el mundo tienen a menudo, al contrario, grandes facilidades para entrar en estrechas relaciones con los infieles. Sus ocupaciones, administración, agricultura, comercio, trabajo, cualquiera que sea, les ponen, si quieren, en cualquier momento en relación. De estas relaciones, con la ayuda de la caridad, de la suavidad del trato que practiquen, pueden, si quieren, hacer nacer verdaderas amistades, dándoles acceso a los hogares y a las familias más cerradas. El trabajo de los hermanos y hermanas que no son ni sacerdotes ni religiosos no es instruir a los infieles en la religión cristiana ni acabar su conversión; sino de prepararla haciéndose querer por ellos, haciendo caer los prejuicios por la visión de su vida, haciéndoles conocer, por sus actos mejor que por las palabras, la moral cristiana; de disponerlos ganando su confianza, su afecto, su amistosa familiaridad; de tal manera, que los misioneros encuentren un terreno preparado, almas bien dispuestas, yendo ellas mismas a ellos, y a las cuales pueden dirigirse sin obstáculos.

Es a los fieles de los países cristianos a los que incumbe el deber de la evangelización de los infieles… Cualquier retardo, cualquiera frialdad por su parte en el cumplimiento de un deber tan grave, puesto que se trata de la salvación de tantas almas, y tan urgente, puesto que cada día la muerte se lleva muchos delante del Tribunal supremo, es una responsabilidad de la cual cada uno tiene una parte proporcional. El tiempo se nos ha dado para santificarnos y santificar a los demás, y no para ser inútiles y malos; grave es la advertencia de Jesús: «Será pedida cuenta en el último día de toda palabra inútil». Si Dios permite que algunos conserven riquezas, en lugar de volverse pobres materialmente, como lo hizo Jesús, es para que ellos se sirvan de este depósito que Él les ha confiado, como a servidores fieles, según la voluntad del Dueño, para hacer a los demás los beneficios espirituales y temporales, dar recursos materiales allí donde son necesarios para el cumplimiento de los bienes espirituales. Ellos deberán dar cuenta del bien que habrían hecho y que no han hecho. De qué manera, en el Santo Evangelio, Jesús nos lo dice y repite: «Amaos los unos a los otros…; haced a los demás lo que quisierais que se os hiciese…; amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos…». Si después de estas frases, tan frecuentemente leídas, oídas y meditadas, los fieles, y sobre todo los sacerdotes, los religiosos y las religiosas entregados a las almas que están cerca de ellos son negligentes y abandonan a aquellas que están más alejadas, y de las cuales las necesidades son tan grandes y el peligro tan extremo, qué reproches no tendrán que tener por una omisión tan grave por parte de Aquel que ha dicho: «Cada vez que no lo habéis hecho a uno de estos pequeñuelos es a Mí a quien no se lo habéis hecho». Más que nunca, en el siglo XX, la evangelización de los pueblos infieles se ha convertido en un deber estricto para los pueblos cristianos. Otras veces, la ignorancia de los lugares habitados por ellos, lo largo de los viajes y la dificultad de las comunicaciones, la imposibilidad de entrar en relaciones con poblaciones fanáticas o salvajes, expulsando o martirizando a cualquier misionero, frecuentemente a cualquier europeo, eran otros tantos motivos de excusa, retardando la evangelización. Hoy estas excusas no existen. Los viajes, los más largos, se han convertido en cortos y fáciles.

Los pueblos infieles están en su mayor parte sometidos a los europeos, y a los demás les han forzado a respetarlos. Sobre todos los puntos del globo donde hay infieles, el contacto existe entre ellos y los europeos, y allí donde un misionero quiere ir puede hacerlo; no lo puede hacer siempre llamándose abiertamente misionero, pero puede hacerlo en todo momento, disimulando lo que es, bajo apariencias de comercio, agricultura u otras…

La patria es la extensión de la familia; Dios, poniendo en nuestra vida las personas de nuestra familia más cerca de nosotros que las demás, nos ha dado deberes especiales para con ellas; de una manera más amplia ocurre lo mismo con los compatriotas, y, por consiguiente, con las de las colonias de la patria, que forman parte de la gran familia nacional. Este motivo incontestable y fortísimo es el primero por el cual debemos trabajar particularmente por la conversión de los infieles de las colonias de nuestra patria. Otra razón se añade, y es que si somos negligentes hay el temor que sean totalmente abandonados. Por la misma razón que pertenecen a nuestra patria, los cristianos de otros países no se ocuparán, dejándonos a nosotros la carga. La conversión de los infieles es frecuentemente muy difícil. Lo es sobre todo cuando el gobierno local pone obstáculos y es adversario de la religión católica. Esto no debe desanimar; al contrario, esto debe hacer trabajar con más ardor; los obstáculos demuestran que el éxito pide un mayor esfuerzo… Cualesquiera que sean los ínfleles de las colonias de su patria, no serán más difíciles de convertir que los romanos y los bárbaros de los primeros siglos del cristianismo; por muy opuesto que pueda ser a la Iglesia el gobierno de su país, no lo será más que Nerón y sus sucesores. Que los hermanos y hermanas tengan el mismo celo por las almas, las mismas virtudes que los cristianos de los primeros siglos, y ellos harán las mismas obras. Lo harán como ellos, escondidos, disimulados, a ocultas, lo que no puedan hacer abiertamente. El amor hará encontrar los medios, y Jesús hará eficaces los esfuerzos que inspira. Digamos de nuevo: «Es necesario no medir nuestros trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos». Si las dificultades son grandes, apresurémonos tanto más a ponernos a la obra y multipliquemos más nuestros esfuerzos.

* En «Escritos Espirituales», 5ª edición, Editorial Herder – Barcelona – 1988, pp. 220-225.

Madre del buen consejo

En el consejo de María está la clave de la perfección cristiana

P. Gustavo Pascual, IVE.

“Dice su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga[1]

“Aunque había dicho, no es llegada mi hora, al fin hizo lo que su madre le había pedido, y así prueba suficientemente que no estaba sujeto a horas. Pues si lo hubiese estado, ¿cómo hizo esto cuando aún no había llegado la hora debida? Además, por honra de su Madre, a quien no creía oportuno contradecir, ni quería avergonzar delante de todos; pues ésta le había traído a los que servían para que la petición se hiciese por muchos”[2].

“Aunque parece que se niega, lo hará, sin embargo. La madre sabía, pues que era bueno y caritativo”[3].

María es Virgen llena de gracias, llena de Dios, llena del Espíritu Santo. El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra[4].

María también posee el don de consejo, que es un hábito sobrenatural por el cual el alma justa, bajo la inspiración del Espíritu Santo, juzga rectamente, en los casos particulares, lo que conviene hacer en orden al fin último sobrenatural[5].

María no sólo poseyó el don del Espíritu Santo, sino que también junto con los apóstoles lo pidió y lo esperó hasta Pentecostés para ser aconsejada por este divino Espíritu y junto con Pedro y los demás apóstoles emprender la magna tarea de dirigir la naciente Iglesia[6].

Pero es en Caná donde nos da su consejo más excelente y la llave maestra para llegar al Cielo, para salir siempre victoriosos en la batalla contra la serpiente infernal. Dijo María: “haced lo que él os diga” que, como dice Santo Tomás en el comentario al Evangelio de Juan, en ello consiste la perfección de la justicia. Es una formula sencilla pero difícil en la práctica. Es hacer siempre la voluntad de Dios.

En el consejo de María está la clave de la perfección cristiana. Consejo que implica hacerse indiferente para querer lo que Dios quiere. Conformidad entera, sin reservas, constante, irrevocable de nuestra voluntad con la de Dios.

Voluntad sumisa que nada le daña, ni la prosperidad la ensalza, ni la cruz la abate. Voluntad que camina el camino de la cruz; que en él halla gozo, paz y alegría. Voluntad de niño que sólo actúa al mandato del Padre obedeciendo hasta el extremo como Cristo, “¡he aquí que vengo – pues de mí está escrito en el rollo del libro – a hacer, oh Dios, tu voluntad!”[7], como María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

Nuestro delito está en creernos grandes y querer prescindir en nuestras obras de la madre celestial y ya no hacer lo que ella nos aconseja, sino, por el contrario, hacer nuestra propia voluntad.

María nos aconseja en particular a cada uno en la voz de nuestra conciencia, en nuestro director espiritual, en nuestro confesor, en nuestros amigos […] pero, especialmente, en sus mensajes que no sólo a nosotros nos dirige en particular sino a toda la humanidad.

La Virgen de la Salette (Francia). Sobre la oración: “ah, hay que hacerla bien, mañana y tarde. Cuando no podáis, decid un Padrenuestro y un Ave María, pero cuando tengáis tiempo, hay que rezar más” (A los franceses).

La Virgen de Lourdes (Francia). A Santa Bernardita: “ruega a Dios por los pecadores”; “penitencia, penitencia, penitencia”.

La Virgen de Fátima (Portugal). A los pastorcitos: “rezad el rosario todos los días, a fin de obtener la paz para el mundo”; “sacrificios por los pecadores y decid a menudo, pero especialmente al hacer algún sacrificio: Oh Jesús, esto es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores, y en reparación de las ofensas hechas al Corazón inmaculado de María”[8].

“¡Madre del Buen Consejo! Indícanos siempre cómo debemos servir al hombre, a la humanidad en cada nación, cómo conducirla por los caminos de la salvación. Cómo proteger la justicia y la paz en el mundo, amenazada continuamente por varias partes. Cuán vivamente deseo, con ocasión de este encuentro de hoy, confiarte todos estos difíciles problemas de la sociedad, de los sistemas y de los Estados, problemas que no pueden resolverse con el odio, la guerra y la autodestrucción, sino sólo con la paz, la justicia, el respeto a los derechos de los hombres y las naciones”[9].

Madre del buen consejo, que nunca nos apartemos del camino por el que tú nos conduces, y que recurramos a Ti confiados en todas nuestras inquietudes.

 

[1] Jn 2, 5

[2] Catena Aurea, Juan (V)…, Crisóstomo a Jn 2, 5-11, 62-3

[3] Ibíd.…, San Beda a Jn 2, 5-11, 63

[4] Cf. Lc 1, 35

[5] Cf. II-II, 52, 1-2

[6] Cf. Hch 2, 1-4

 

[7] Hb 10, 7

[8] López Melús, Principales Apariciones de la Santísima Virgen, Alonso Madrid 1978, 77.122.124

[9] Juan Pablo II en Polonia, Paulinas, Buenos Aires 1979, 69

 

CARTA DE UN MONJE EN EL SAHARA – SAN CHARLES DE FOUCAULD

“Cuanto más la obra es difícil, lenta e ingrata, más es necesario ponerse apresuradamente a la obra y hacer grandes esfuerzos; la frase de San Juan de la Cruz «no se deben medir los trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos», debe estar continuamente ante nuestros ojos.”

San Charles de Foucauld

Tamanrasset, 9 de junio 1908.

    El rincón del Sahara, que yo solo tengo que trabajar, tiene dos mil kilómetros de Norte a Sur, y mil de Este a Oeste, con cien mil musulmanes dispersos por este espacio, sin un cristiano, si no son los militares franceses en todos los grados; estos últimos son poco numerosos; noventa o cien, diseminados en esta extensión; pues en las tropas saharianas sólo los cuadros son franceses; los soldados son indígenas. Yo no he hecho una sola conversión en serio desde hace siete años que estoy aquí; dos bautismos; pero Dios sabe lo que son y serán las almas bautizadas; un niño pequeño, que los Padres Blancos educan –¡Dios sabe lo que será!– y una pobre vieja ciega: ¿qué habrá en esa cabeza y en qué medida su conversión es real? Como conversión en serio, cero, y aún diré alguna cosa más triste, y es que cuanto más voy viendo, más creo que no hay lugar a buscar hacer conversiones aisladas (salvo casos particulares), por el momento, siendo la masa de un nivel tan bajo, el apego a la fe musulmana tan fuerte, el estado intelectual de los indígenas hace difícil, al presente, hacerles reconocer la falsedad de su religión y la verdad de la nuestra.

    Salvo caso excepcional, no se podría ahora buscar más que conversiones aisladas, conversiones interesadas y solamente aparentes, lo que es la peor de las cosas. En lo referente a los musulmanes, que son semibárbaros, el camino no es el mismo que con los idólatras y fetichistas, gentes del todo salvajes y bárbaros, teniendo una religión del todo inferior; ni como con los civilizados. A los civilizados se les puede proponer directamente la fe católica, son aptos para comprender los motivos de credulidad y para reconocer la verdad; a los completamente bárbaros, lo mismo, pues sus supersticiones son tan inferiores, que se les hace bastante fácil comprender la superioridad de la religión de un solo Dios… Parece ser que con los musulmanes el camino es civilizarlos primero, instruirlos, hacerles gentes parecidas a nosotros; hecho esto, su conversión estaría casi hecha, pues el islamismo no se puede defender delante de la instrucción; la Historia y la Filosofía le hacen justicia, sin discusión: cae como la noche ante el día.

    La obra a hacer aquí, como con todos los musulmanes, es, pues, una obra de educación moral: educarlos moral e intelectualmente por todos los medios: acercarse a ellos, tomar contacto, ligar amistades, hacer caer, por las relaciones diarias y amistosas, sus prevenciones contra nosotros; por medio de la conversación y el ejemplo de nuestra vida, modificar sus ideas; procurar la instrucción propiamente dicha, hacer, en fin, la educación entera de estas almas; enseñarles por medio de escuelas y colegios lo que se aprende en los mismos; enseñarles por el contacto diario y estrecho lo que se aprende en la familia; hacerse de su familia… Obtenido este resultado, sus ideas serán modificadas infinitamente, sus costumbres mejoradas por ellos mismos, y el paso al Evangelio se hará fácilmente. Sin duda alguna, Dios lo puede todo; puede, por su gracia, convertir a los musulmanes y lo que quiera en un instante; pero hasta ahora no ha querido hacerlo; parece, aún más, que no esté en sus designios conceder esta conversión solamente a la santidad, pues si la reserva para la santidad, ¿cómo es que San Francisco de Asís no la ha obtenido? Quedan por emplear los medios que parecen más razonables, todo, y santificándose lo más posible y acordándose que se hace el bien en la medida en que se es bueno.

    Estos medios, lentos e ingratos, con pueblos que nos rechazan y desprecian, que nos llaman «salvajes» y «paganos», que están tan alejados de nosotros en costumbres, lengua y en tantas cosas; estos medios lentos e ingratos son la educación por el contacto y la instrucción. Sobre todo, es necesario no desanimarse ante la dificultad, sino decirse que cuanto más la obra es difícil, lenta e ingrata, más es necesario ponerse apresuradamente a la obra y hacer grandes esfuerzos; la frase de San Juan de la Cruz «no se deben medir los trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos», debe estar continuamente ante nuestros ojos.

    ¿Qué hacer solo ante esta tarea? Por vocación debo tener una vida oculta, solitaria y no una vida de predicación y de viajes. Por otra parte, las almas de estos lugares, para los cuales yo estoy solo, exigen, en tanto que no haya otros obreros, ciertos viajes. Procuro conciliar las dos cosas. Tengo dos ermitas, a mil quinientos kilómetros una de otra. Paso tres meses en la del Norte, seis meses en la del Sur y tres meses en ir y venir cada año. Cuando estoy en una de las ermitas, vivo en ella en clausura, procurando hacer una vida de trabajo y oración, una vida de Nazaret. En el camino, pienso en la huida a Egipto y en los viajes anuales de la Santa Familia a Jerusalén… En las ermitas, como en el camino, procuro tomar contacto, en tanto que me sea posible, con los indígenas, haciéndoles pequeños servicios, hablando con ellos, divirtiéndoles como a los niños, por medio de estampas o cuentos, procurando empezar un poco esa parte de la educación que se hace en el seno de la familia. En la ermita, es la vida del claustro, pero en la forma en que ella lo es para el Hermano portero, encargado de recibir las personas y de hacerles el bien en lo posible… Pero, en suma, esto no es nada al lado de lo que sería necesario hacer. Haría falta, no un obrero, sino un centenar; con obreros, y no solamente ermitaños, sino también apóstoles, yendo y viniendo, tomando contacto y asimismo instruyéndoles.

    Este pueblo Tuareg es particularmente interesante, puesto que musulmán de nombre solamente, poco ferviente, está muy cerca de nosotros por sus costumbres, su viva inteligencia y su facilidad para intimar. Desgraciadamente, está bien lejos de nosotros, por su extrema ignorancia, sus prevenciones y su poco gusto por la instrucción… Es necesario trabajar y rogar al Padre de Familia que envíe obreros a su campo.

9 de febrero 1909

    Sus oraciones me son demasiado preciosas para que yo no se las pida, de cuando en cuando, para mí y para los pobres infieles que me rodean. Esta parte del reino de Jesús queda dolorosamente abandonada. El venerado y santo prefecto apostólico del Sahara no dispone más que de algunos sacerdotes para unas poblaciones dispersas sobre inmensos espacios, y usted se dará cuenta que las dificultades no faltan, viniendo de todas partes… En este momento estoy al sur de In Salah; al fin del verano volveré a Beni Abbés, cerca de la frontera de Marruecos, y allí la miseria espiritual es mayor todavía, pues numerosas gentes están en un abandono más grande aún… Rogad por tantas almas, que después de mil novecientos años no han recibido aún la Buena Nueva, o han perdido el conocimiento y el recuerdo después de tantos siglos. Recomendad estos pueblos a las oraciones de las almas piadosas. ¡Hay por aquí partes del campo del Padre de Familias bien abandonadas! Lugares donde las almas, desprovistas de nuestros medios de salvación, esclavas del error y del vicio, caen en el infierno en masa… Cristo ha muerto por cada una de ellas… ¿Qué no debemos hacer por estas almas, de las cuales el precio es la Sangre de Jesús? Rogad para que el Padre de Familia envíe obreros, buenos obreros a su campo; ¡y rogad por el pobre y miserable obrero que soy yo, a fin que sea lo que quiera Jesús!

 

* En «Escritos Espirituales», 5ª edición, Editorial Herder – Barcelona – 1988.

“A veces sin darnos cuenta…”

Reflexión

Una de las tantas cosas maravillosas de la vida consagrada, y especialmente misionera, es el enorme bagaje de edificantes anécdotas que se van forjando a lo largo de los años, muchas de las cuales vamos compartiendo en las diversas crónicas, buscando algún beneficio espiritual, algún entusiasmo por la virtud, y especialmente oraciones por la obra que Dios va realizando en las almas a través de quienes se encuentran en tierra de misión, pidiendo especialmente que los misioneros se santifiquen, de tal manera que su fecundidad apostólica sea cada vez mayor, es decir, de que sean instrumentos cada vez más aptos a través de los cuales el plan divino de redención llegue a la mayor cantidad de corazones posibles.

Hace ya casi 20 años, antes de entrar a la vida contemplativa, fuimos como seminaristas a misionar en uno de esos barrios bien difíciles, donde las primeras indicaciones para visitar las casas (dejando de lado, por ahora, las obvias razones sobrenaturales que acompañan siempre el inicio de las misiones populares), versaban sobre “dónde no meterse”, “dónde había que ir siempre acompañados”, “cómo encarar las cosas ante ciertas circunstancias especiales, difíciles o peligrosas”, etc.; hasta una lluvia de piedras tuvimos por aquellos días. En resumen, era un barrio peligroso y complicado, pero no por eso sin personas buenas también; y sobre todo por eso, necesitado del Evangelio y su predicación en orden a la preparación y posterior celebración de los sacramentos. Dicho esto, vamos propiamente a la hermosa anécdota que ahora nos interesa.

Hacia el final de una calle -creo que de tierra, pero no estoy seguro-, había una especie de canchita, un pedazo de terreno desocupado y polvoriento, donde el padre misionero comenzaba su sermón con un gran parlante, acompañado de los seminaristas y hermanas que íbamos por las sencillas casas invitando a participar a todos los que quisieran. Para llegar a dicha esquina, había que atravesar la estrecha calle donde cada cual tenía su música, bien fuerte por lo general, con los parlantes hacia afuera en las ventanas algunos, produciendo una especie de aturdimiento hasta llegar donde el padre debía comenzar su sermón misionero. El caso es que el primer día no fue ninguno de los vecinos a escuchar al padre mientras predicaba frente a nosotros, lo cual fue bastante triste, pues la prédica fue excelente, con ejemplos de los santos y explicaciones bien claras, pues el padre además de formador del seminario tenía mucha experiencia, y se notaba realmente en sus palabras. Al segundo día ocurrió lo mismo… y al tercero y cuarto día creo que había alguna que otra señora y unos pocos niños esperando para jugar luego con nosotros. Y fue bastante triste. Fue así que, llegada la cena, después de la santa Misa, rosario por las calles (para el cual sí habían acudido más personas y muchos niños gracias a Dios), el padre dijo muy sereno y con una pequeña sonrisa: “la gente no está yendo a escuchar el sermón misionero, yo les pido oraciones, por favor, y quien pueda ofrecer algún sacrificio especial por estas almas sería de gran ayuda”. Fue entonces cuando el seminarista que había hecho apostolado en dicho barrio todo el año -y varios años en realidad, o sea, el que conocía mejor a las personas-, corrigió caritativamente al padre y nos dejó a todos asombrados: “no padre, todo lo contrario: todos lo están escuchando”. Ante la cara de sorpresa nuestra y del padre, continuó con su inesperada aclaración: “A esa hora, todos están con la música a más no poder, como compitiendo cuál suena más fuerte; pero fíjese padre cómo bajan la música apenas usted empieza a hablar. No salen porque les da vergüenza, pero lo están escuchando.” Esta, queridos amigos, es una de las anécdotas, para mí, más hermosas que les puedo compartir de mis años de seminario (aunque son muchísimas gracias a la bondad de Dios). No nos habíamos dado cuenta de que todo el trabajo y esfuerzo estaban dando fruto frente a nuestros ojos…, bueno, detrás de las ventanas propiamente, pero allí estaban las personas escuchando atentas, en un lugar donde el primer día apenas nos podíamos dar algunas indicaciones por el ruido; y en el barrio donde se decía “traten de no meterse ahí”, habían muchas almas escuchando voluntariamente las palabras del padre misionero; con un respeto que para nosotros, los misioneros, había pasado totalmente desapercibido, pero que al momento de darnos cuenta de lo que en realidad estaba pasando, nos llenó de un nuevo entusiasmo, y nos enseñó una vez más que siempre es posible hacer el bien, incluso “sin darnos cuenta”, ¡y cuántas veces sin darnos cuenta! Es más, en tierra de misión a menudo debemos renovar nuestros actos de fe en el valor del Evangelio predicado sea de la manera que sea, con palabras y con ejemplos; renovar la convicción de que no hay dolor ni sacrificio ofrecido a Dios que pase desapercibido ante sus ojos paternales, y que no lleve consigo algún fruto espiritual, tantas veces oculto para preservar al misionero del orgullo o el exceso de confianza, para mantenerlo humilde e irlo purificando, en su alma, en sus intenciones, en la esperanza sobrenatural; pues el día en que midamos nuestra entrega a Dios a la luz de los frutos visibles y consuelos, habrá comenzado la ruina de nuestra fe. Es cierto que aun así Dios a menudo nos deja ver algunos frutos, y para algunos quizás hasta en abundancia, pero esa no es la razón de que nos esforcemos más o no, de que recemos más o no, de que confiemos más o menos en la Divina Providencia, ¡claro que no!, la razón de estar en tierra de misión es simplemente la voluntad de Dios sobre nosotros, por nuestra salvación y la de las almas que se nos encomiende ayudar a acercarse a Él.

Muchas veces nuestro testimonio, en ciertas misiones especialmente, “no hace ruido”, no deja ver grandes conversiones y quizás ni pocas ni ninguna; pero los frutos, si somos fieles, aun así se dan. Donde Dios quiera, como Dios quiera, en quien Él quiera y en el momento que quiera.

Tal vez sintamos de vez en cuando “que estamos solos predicando en una esquina”, pero sabemos por la fe que no es así, pues la oración sincera no se esfuma, sino que llega al Cielo, y los sacrificios ofrecidos con paciencia y caridad jamás se pierden, sino que llegan gratamente a las manos de Dios como reparación de nuestras faltas e intercesión por las de los demás.

Pidamos a Dios constantemente la gracia de perseverar en todo buen propósito; en el deseo inquebrantable de vivir y predicar de palabra y de obra el Evangelio sin desanimarnos; siempre con mirada sobrenatural, siempre con santo abandono a su santa voluntad y no pendientes de los posibles consuelos terrenos, sino buscando simplemente hacer lo que Él espera de nosotros. Él sabrá dar sus frutos al momento oportuno, como hacia el final de aquella misión popular de la que he compartido esta hermosa anécdota y enseñanza para nosotros, donde gracias a Dios los sacramentos administrados fueron muchos.

Continuemos el plan de Dios en nosotros sin desanimarnos ante las dificultades, ante el ruido, las contrariedades y hasta las persecuciones; pues probablemente haya a nuestro alrededor almas que, escondidas y en silencio, estén poniendo a su manera y a su tiempo, los ojos de su corazón en la verdad salvífica del Evangelio que Dios desea predicarles.

¡Recemos por la salvación de las almas; recemos por nuestra conversión y santificación; recemos por los consagrados!

 

P. Jason Jorquera, IVE.

JESUCRISTO IDEAL DEL SACERDOTE [FRAGMENTO]

“Imitad el misterio del que vosotros sois los ministros”, no solamente significa celebrar la Misa con espíritu de piedad, sino, sobre todo, unir a la ofrenda de Jesús la oblación más completa de nuestra vida.”

D. Columba Marmion

Podemos contemplar a Jesucristo em cada uno de los estados de su vida, y en cada una de sus virtudes. Él es el ideal que todos deben imitar. Lo mismo el niño que el adulto y el obrero como la virgen o el religioso encuentran en Él el modelo más acabado para su respectivo estado.

Pero hay en Jesús un Santo de los santos, un tabernáculo cerrado, donde el alma del sacerdote debe desear entrar, porque allí está la fuente de donde mana toda la vida interior de Jesús. Desde el punto mismo de su encarnación, “el Salvador se entregó enteramente al cumplimiento de la voluntad del Padre”: Ecce venido… ut faciam, Deus, voluntatem tuam (Hebr. X, 7). Y nunca renunció al cumplimiento de esta voluntad.

He aquí nuestra consigna: imitar a Jesús en la entrega total de su vida a la gloria de Dios y la salvación del mundo. Tal es la perfección que corresponde al sacerdote y esta vocación supera a la angélica.

Obedecer a esta invitación: “Imitad el misterio del que vosotros sois los ministros”, no solamente significa celebrar la Misa con espíritu de piedad, sino, sobre todo, unir a la ofrenda de Jesús la oblación más completa de nuestra vida. Debemos caer en la cuenta de que la muerte de Jesús en la cruz se preparó a todo lo largo de su existencia terrena. “Por nosotros” bajó del cielo, como dice el Credo: Propter nos homines et propter nostram salutem. Cuando vivía en Nazaret, en el modesto taller de José, tenía plena conciencia de que era la víctima destinada a la suprema inmolación. Y aceptó por anticipado toda la trama de su vida y previó su pasión con todo el cortejo de sus afrentas y sufrimientos. Y cuando llegó su hora, Jesús, movido por un impulso de inmenso amor, se ofreció por nuestra redención: Crucifixus etiam pro nobis.

Esta aceptación plena de todos los designios de Dios nos servirá de modelo. Imitamini… Presentemos también nosotros en el altar al Señor todo el desarrollo de nuestra existencia, aceptándolo, amándolo, ofreciéndolo y consagrándolo amorosamente a la causa de Dios y al bien de las almas. Esta imitación diaria de la ofrenda de Jesús nos permitirá penetrar gradualmente en la intimidad misteriosa del alma del divino Maestro.

Fragmento del libro Jesucristo Ideal del Sacerdote, de D. Columba Marmion.

SOBRE LAS VISITAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Pero, además, nadie puede pretender entrar en la Iglesia con una mentalidad mundana, casi extraño a Dios, y arrodillarse y esperar que Dios vaya a verter sobre él cataratas de gracia y placeres celestiales. Va contra la naturaleza pasar del frío glacial al calor del horno, ir y volver entre los dos. Para gozar con la presencia de Dios ante el sagrario, el alma ha de vivir esa presencia normalmente a lo largo del día.

P. Segundo Llorente, SJ

[…] Entonces tratábamos asuntos espirituales de gran interés para nosotros. no había nada académico en ello. No se tomaban notas. No era una clase para estudiar. Era simplemente una conversación relajada, amistosa sobre lo que los santos decían sobre este o aquel capítulo. De tal manera que cubríamos un amplio espectro, como vivir en la presencia de Dios mientras se hacían las tareas cotidianas, sobrenaturalizando todo lo que hacíamos o decíamos; los demonios de no vivir en la presencia de Dios. Ya que fuimos creados para una beatífica visión, todo lo que nos ayude a lograr ese fin sobrenatural debe ser adoptado, y aquello que nos impida a nosotros alcanzarlo debe ser evitado.

De esta manera todos deben saber qué es lo que nos ayuda y lo que nos estorba. A continuación, seguía una vívida discusión sobre todo ello y era muy interesante escuchar lo que el Espíritu Santo inspiraba en cada uno de nosotros.

San Juan de la Cruz, otro doctor de la Iglesia, tenía mucho que decir acerca de las largas visitas al Santísimo. La cuestión era saber cuánto tiempo nosotros, los religiosos, gastábamos en nuestra vida activa en estar arrodillados o sentados en la capilla.

En primer lugar, al menos que uno ya arda en el amor de Cristo, siempre hay mil y una excusas para no hacerlo. Y es cierto que, cuando nos enfrentamos a una alternativa, el Señor siempre pierde. Siempre hay mil cosas que hacer antes que estar en la capilla orando. Y entonces finalmente no lo hacemos. Pero si llega la inspiración de ir a la capilla y estar con el Señor, entonces, una vez allí, de nuevo vuelven a surgir las excusas y las alternativas y finalmente nos vamos de la capilla para hacerlas.

La cuestión es también qué hacer en la capilla cuando se está solo, ya que la imaginación nos puede llevar a un millón de leguas de allí. Santa Teresa se quejaba de que la imaginación era la loca de la casa, es decir, la parte de locura que llevamos dentro de nuestro ser.

¿Y si se reza un rosario? ¿O se lee un libro espiritual? No, este no es el asunto. El asunto es que hay que sentarse en un banco, con nuestras manos confortablemente sobre nuestras rodillas, relajarnos tranquilamente, tomar posesión de todo nuestro ser, cerrar los ojos o mirar al suelo o al altar, y estar inmersos en la presencia de Dios. Si entonces la imaginación intenta despistarnos, has de decirte a ti mismo que no lo vas a permitir, que estás de guardia; estás velando ante la puerta del palacio del Rey en el tabernáculo como un centinela guarda la entrada.

Pero, además, nadie puede pretender entrar en la Iglesia con una mentalidad mundana, casi extraño a Dios, y arrodillarse y esperar que Dios vaya a verter sobre él cataratas de gracia y placeres celestiales. Va contra la naturaleza pasar del frío glacial al calor del horno, ir y volver entre los dos. Para gozar con la presencia de Dios ante el sagrario, el alma ha de vivir esa presencia normalmente a lo largo del día.

La finalidad de nuestros comentarios sobre estos asuntos era quitarnos de la cabeza la idea de que uno podía escuchar misa, rezar el rosario, recibir la sagrada comunión, cantar algunas oraciones y ya estaba todo. Un sacerdote puede decir misa sin tener un contacto personal con Cristo. Una monja puede hacer unos ejercicios espirituales diarios sin haberse encontrado ni una sola vez con la mirada de Cristo. Pero las largas visitas ante el sagrario pueden curar heridas y restaurar el alma para una vida espiritual sana, una vida de intimidad con Cristo. Entonces Cristo actuará a través de esa persona de una manera maravillosa y se convertirá en un instrumento apto en las manos de Dios para hacer cosas maravillosas.

Estas buenas hermanas caminaban en esta dirección de todo corazón y volvían de regreso con unos comentarios muy apropiados. Todos llegamos a la conclusión de que nuestras relaciones con el Señor eran muy superficiales. Por supuesto, Dios sabe que venimos del barro, que somos polvo y en polvo nos convertiremos. Por tanto, no puede esperar mucho de este polvo, esta es la realidad. Pero no solo somos polvo o barro. Somos templos del Espíritu Santo. Cristo tomó nuestra carne en su encarnación y la santificó y la elevó a una categoría superior. Tenemos en nosotros el gran potencial de transformarnos en Cristo. Pero, para hacer esto necesitamos mucha intimidad con Él, y esta intimidad solo llega con el contacto frecuente y cercano a Él. ¿Cuán frecuente ha de ser este contacto? Aquí de nuevo las monjas debatían el tema y cada una tenía una opinión que exponer.

Una de ellas remarcaba cómo trabajaba la Divina Providencia. Ella había sentido que venir a Alaska lo iba a privar de buenos sermones y charlas con sacerdotes sobre temas espirituales. Y, mira por donde, aquí estábamos con esta gran oportunidad de poder remontarnos hasta lo alto con estas conversaciones espirituales. Les dije que yo estaba aprendiendo de ellas tanto como ellas de mis comentarios. El mérito, en cualquier caso, era de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, pero de una manera más cercana, desde luego, también el Espíritu Santo nos iluminaba, sin el cual no seríamos capaces tan siquiera de pronunciar con devoción la palabra Jesús.

 

Fragmento del libro Memorias de un sacerdote en el Yukón, del P. Segundo Llorente, SJ

 

SAN JOSÉ

   Hijo ¿por qué has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te estábamos buscando con angustia.

   El Justo.

   Esposo de la Madre de Dios.

   Padre adoptivo del Redentor.

   Lugarteniente de Dios Padre.

   Patrono de la Iglesia Universal.

   Abogado de una Buena Muerte.

   Defensor de todos los Obreros.

   Modelo de todos los Padres de familia,

y al mismo tiempo el Santo de quien menos se sabe, el más humilde y escondido, como una estrella que hay en el cielo tan al lado del Sol que nadie ha visto.

   La Escritura dice de San José una sola palabra: que era justo, lo cual en el lenguaje de la Escritura significa santo, perfecto, cabal. Es tan grande la virtud de la justicia.

   Una virtud perfecta presupone todas: muchos se distinguen en alguna virtud, no hay hombre que no tenga alguna: generoso, leal, compasivo, recto, valiente, franco, piadoso, religioso, sobrio… Pero hay quienes son compasivos y débiles, generosos e incontinentes, fuertes y orgullosos, humildes y pusilánimes.

   Las tres virtudes que resplandecen en lo que el Evangelio nos narra de San José son la castidad, el trabajo y la oración.

  La castidad en el pasaje de San Lucas que cuenta la Anunciación de Nuestra Señora, donde se deduce que San José había ofrecido a Dios su castidad perpetua prenunciando así lo que había de ser después el estado religioso.

   El trabajo humilde y oscuro: “¿Acaso no es este el hijo del carpintero?”.

   La oración de San José está en las dos moniciones del ángel, la de recibir a su esposa y la de huir a Egipto.

   La Castidad. La narración de San Lucas es un pasaje delicadísimo. Lucas nos presenta de golpe las cosas ya hechas: una doncella prometida, el anuncio de que va a ser Madre del Mesías. La respuesta de María: “No conozco varón” ni lo conocerá nunca. “No importa”, dice el ángel: “será un milagro”. El milagro será la realización de la profecía de Isaías al rey Acaz: “El Señor mismo os dará una señal: he aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”[3].

   La Virgen consiente. Ese consentimiento es un poema de alabanza a San José, porque supone que los dos jóvenes habían hecho juramento de castidad. San José había aceptado casarse con María y vivir con ella como hermano y hermana. La virgen tenía plena confianza en la fidelidad de San José.

   El Espíritu Santo había inspirado a estos dos jóvenes esa actitud tan insólita en las costumbres de Israel. San José era joven, por lo menos relativamente, pues su misión era proteger y criar a Jesús durante treinta años. El matrimonio virginal de San José y la virgen fue matrimonio válido y no fingimiento porque lo que constituye al sacramento del matrimonio no es la unión conyugal propiamente sino el consentimiento de la voluntad ante el sacerdote. Porque el hombre es un cuerpo y es antes de todo una voluntad.

   San José es así ejemplo de una de las virtudes más necesarias de nuestros tiempos perturbados. La castidad significa el domino del hombre sobre los propios apetitos, aun los más violentos, el respeto a la propia dignidad y al honor ajeno, la limpieza y decoro delante de Dios y delante de los hombres. Perdida esta virtud, trae como consecuencia toda clase de terribles castigos; y el mundo moderno lo sabe perfectamente porque a un especial desenfreno de impureza, vemos cuántas plagas, desórdenes y catástrofes siguen. Sois vasos del Espíritu Santo, Dios mora en vosotros, sois miembros de Cristo, no ensuciéis vuestros cuerpos con torpezas, dice San Pablo.

   El Trabajo. San José fue encargado de una de las misiones más grandes del mundo. Personaje importantísimo. Nos asombramos ante la misión de un Colón, de un San Martín, de un Dus… San José es el eje sobre el que gira la redención –el mayor de los santos fuera de la madre de Dios– y mirad cómo son las vías de Dios: trabajo el más oscuro, humilde, insignificante. Trabajo manual rudo toda la vida. Pero, ¿cómo? ¿Vos, oh, San José, sois padre del Mesías, mandáis al Verbo de Dios, tenéis en vuestra casa a la esperanza de toda la humanidad y estáis haciendo arados, manceras, vigas, puertas, postigos, batientes, ataúdes…?

   No se puede decir que el mundo moderno no trabaje; trabaja quizá demasiado, pero trabaja mal. Ha robado al trabajo su sello divino y humano y ese es quizá el peor crimen de nuestra época, trabajo de bestias, trabajo de esclavos, máquinas, enfermos enloquecidos… Trabajan los pobres explotados por algunos ricos; trabajan ricos esclavizados al dios cruel del Lucro de la Avaricia, del más tengo más quiero; y al dios estúpido del placer frívolo y la diversión incesante que los trae con fiebre continua y se llama Vida Social, Figuración, Vida Mundana. Y sobre este mundo que ha olvidado la dignidad humana y cristiana del trabajo planea la más grande de las revoluciones de la historia.

   La Oración. La oración es necesaria. El mundo moderno anda perturbado porque ha perdido el contacto con Dios. Anda ciego detrás del Placer o del Oro porque no ve ni conoce más a Dios. La oración es necesaria al ser humano. El niño necesita de sus padres para poder llegar a su estado perfecto, a ser adulto. El hombre necesita de Dios para llegar a su Último Fin que es el mismo Dios. Representaos el estado de un hombre sin oración como el estado de un niño sin sus padres, y en medio de un bosque. La oración es necesaria para la salvación. Sin oración no hay salvación. El cielo nos lo da Dios. Nos lo da por nuestras buenas obras, pero nos lo da. “Pedid y recibiréis”. Y nuestras buenas obras nos las da Dios. “Sin mí nada podéis”.

   Por eso la Iglesia nos manda a hacer oraciones vocales, asistir a la misa dominical y a ciertas solemnidades.

   San José hablaba con Dios continuamente y penetraba las palabras de Jesús. ¿Por qué murió antes de la predicación de Jesús? Porque no la necesitaba. ¿Y por qué la Virgen? Porque Jesús necesitaba de ella. La contemplación de los santos, San Ignacio, Santa Teresa, es nada al lado de la de San José.

   Se ora poco en el mundo. A Dios gracias hay santa almas que oran por otras. Pero las naciones no oran, porque en ellas ha triunfado el liberalismo. Y bien, he aquí que las naciones se derrumban. “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. Si el Señor no guarda la ciudad, el centinela vigila en vano”. Las guerras son efectos de los pecados. Dice De Maistre que cuando los pecados, ciertos pecados, se acumulan, estalla la guerra:

   1°: Los vicios nefandos

   2°: la explotación del pobre, claman al cielo.

  Un mundo muere. Que se salve. Y nosotros morimos. La muerte, que tenemos tan olvidada, hecho trascendental para el hombre. Patrón de la buena muerte, salvadnos. Enséñanos a mirar la muerte sin horror y sin desesperación haciendo que nuestra alma penetre, como la tuya, el Misterio Grande de Jesús y de María.

P. Leonardo Castellani

Publicado en Gladius, n° 52 – año 2001

Entre hoy y el día de nuestra muerte

(Reflexión)

Hablando del sentido de la muerte para nosotros, los creyentes, dice san Alberto Hurtado: “…para el cristiano no es la derrota, sino la victoria: el momento de ver a Dios. Esta vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte para hallarlo, la eternidad para poseerlo. Llega el momento en que, después del camino, se llega al término. El hijo encuentra a su Padre y se echa en sus brazos, brazos que son de amor, y por eso, para nunca cerrarlos, los dejó clavados en su Cruz; entra en su costado que, para significar su amor, quedó abierto por la lanza manando de él sangre que redime y agua que purifica (cf. Jn 19,34). La muerte para el cristiano no es el gran susto, sino la gran esperanza. ¡Felices de nosotros porque hemos de morir!”.

Nosotros sabemos bien por nuestra fe que esta vida nos ha sido ofrecida para conquistar desde aquí la eternidad. Sabemos que Jesucristo, nuestro Dios y Señor, fundó su Iglesia y junto con ella la posibilidad de salvarnos para siempre, de llegar al Paraíso y quedarnos junto a Él maravillosa e irrevocablemente, para lo cual Él mismo abrió las puertas del Cielo y nos dejó su gracia a cambio de fidelidad, perseverancia, arrepentimiento y conversión si es necesario, reparación y trabajo espiritual, precio nada alto si consideramos con profundidad sus inefables consecuencias. Pero así también, junto a esta innegable realidad de la dicha eterna, se encuentra también para nosotros, a lo largo de la vida, aquella otra que es penosamente terrible, y nos referimos a la del fracaso absoluto, e irreversible también, de la posibilidad de la condenación eterna, consecuencia justa y lógica también para aquel que haya tomado la decisión de alejarse de Dios, sea abandonando su Iglesia, sea abandonando su gracia (su amistad), sea rechazándolo abiertamente… o más o menos implícitamente. El punto aquí es que la respuesta definitiva nos llegará el día de pasar de este mundo al otro, cuando hayamos cerrado por última vez los ojos en esta vida para abrirlos tras el velo de lo finito y temporal, donde nuestro Señor Jesucristo se nos presentará con toda claridad, y pondrá delante de nosotros todas nuestras obras para ser juzgadas y pesadas en la balanza de la justicia, donde nosotros mismos veremos hacia qué lado se inclina y qué es lo que hemos llegado a merecer.

Dios mismo es quien nos juzgará, sí, pero no olvidemos que serán nuestras acciones las que determinen nuestro destino postrero; y si éstas han sido buenas, pues habrá Cielo para nosotros, y si han sido malas, pues habrá condena. Todo esto está en juego según las obras que hagamos entre hoy y el día de nuestra muerte.

Con esta reflexión, en tiempos donde la popularidad del pecado es tan abrumadora, tan grotesca su promoción y tan perseguida y condenada en tantos lugares la virtud, sin embargo, no pretendemos ser pesimistas ni pusilánimes, sino todo lo contrario, ya que debemos ser muy conscientes de que el día de nuestro juicio personal, delante del mismo Dios, somos nosotros mismos quienes lo vamos “diseñando a nuestra voluntad”; y es por eso que si hay falencias, si hay errores, si hay heridas, ¡si hay pecados, e incluso incontables pecados!, debemos enderezar las cosas y contrarrestar las más terribles consecuencias a fuerza de arrepentimiento, de reparación, de conversión; y si vemos el mal en nosotros hay que decidirse a echarlo fuera; si hemos hecho mucho mal pues debemos hacer desde ahora mucho bien, lo más que podamos; y si le cerramos alguna vez las puertas de nuestra alma a Dios, debemos abrirlas de par en par a partir de ahora, y “ordenar la casa” para que Él se sienta cómodo y se dedique gustosamente a acomodarlo todo.

Comparto estas sencillas consideraciones, movido en esta oportunidad por las hermosas experiencias que Dios me ha concedido presenciar en estos últimos años, en que he debido despedir a personas cercanas, así como también he tenido la gracia maravillosa de asistir en sus últimos momentos a algunos seres queridos, contemplando la antesala de lo que fue su encuentro amoroso y definitivo con nuestro Señor Jesucristo a los ojos de la fe, luego de haberlos visto recibir los sagrados sacramentos, incluso habiéndoselos dado por medio de mis propias manos.

Entre hoy y el día de nuestra muerte están nuestras acciones y el juicio de Dios sobre ellas. Sumemos, pues, buenas acciones en la balanza definitiva de nuestra vida terrena, sin pesimismos, sin mediocridades, sin quedarse a mitad de camino: pongamos sobre los platillos de la balanza nuestros perdones al prójimo, nuestro trabajo contra los defectos personales, nuestras luchas contra el pecado y nuestra reparación, nuestra paciencia ante nuestras cruces, nuestros fracasos sopesados y detestados a la luz de la experiencia y todas nuestras enmiendas; nuestra paciencia ante la adversidad, nuestras batallas contra las tentaciones y nuestras conquistas de las virtudes; nuestro tiempo delante de Dios, nuestra vida sacramental (cada santa Misa, cada confesión, etc.), nuestros deseos de santidad, el arrepentimiento de nuestras faltas y las santas determinaciones de todos nuestros buenos propósitos.

Tal vez más de una vez hemos escuchado la frase “nunca es tarde para cambiar”, lo cual podríamos decir que es cierto, pero solamente entendido como “mientras dure nuestra vida”, porque la muerte es para algunos su “demasiado tarde”, así como para otros es su dichoso “finalmente”, es decir, como recompensa a sus esfuerzos y trabajo espiritual por alcanzar la salvación eterna. Parece más acertado decir “¿por qué no comenzar a cambiar ahora mismo?; no mañana, no muy pronto, no cuando me sienta preparado, sino tomar la decisión en este mismo instante”; pues no sabemos cuándo tendremos que presentarnos delante de Dios para ser juzgados, pero sí podemos preparar desde ahora el “cómo”, es decir, velando, trabajando, haciendo el bien, y acercándonos más y más a Dios. La clave y la respuesta para preparar nuestro momento decisivo delante de Dios, es la pregunta que en esta vida acompañó a innumerables almas que se dejaron transformar por la gracia que absolutamente a todos se nos ofrece si decidimos aceptarla: ¿qué he hecho por Cristo, qué hago por Cristo, qué he de hacer por Cristo?

Roguemos al Cielo y trabajemos incansablemente para que entre hoy y el día de nuestra muerte, nos dediquemos a preparar un dichoso encuentro con nuestro Señor Jesucristo, y que sean cada vez más las almas que se determinen a cambiar para bien en respuesta a la Divina Misericordia, viviendo nuestras vidas en búsqueda de su gloria, pues allí se encuentra nuestra eterna salvación.

P. Jason Jorquera M., IVE.

¡Basílica llena!

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:

Como ya les hemos contado anteriormente, hace ya un buen tiempo, por gracia de Dios la casa de santa Ana aquí en Séforis, fue nombrada santuario de la Custodia franciscana de Tierra, atendido por los monjes del Instituto del Verbo Encarnado, maravillosa expresión de lo que pudimos ver hace algunos años, antes de la guerra y del corona, cuando los devotos grupos comenzaban a llegar prácticamente cada semana para rezar, confesarse, celebrar la santa Misa, escuchar la visita guiada de parte de los monjes y pedir las gracias especiales que se encuentran “escondidas” en cada santuario, particularmente según seas sus correspondientes patronos, como lo es aquí santa Ana y la Sagrada Familia completa. Sin embargo, después de la guerra y hasta ahora, ha sido realmente excepcional recibir a algún grupo en semanas, limitándose las visitas prácticamente a algún que otro vecino, quizás un par de amigos del monasterio o el paso de alguno de nuestros sacerdotes y hermanas que misionan por esta zona. Si bien el silencio externo es una parte esencial de la vida monástica en orden a ayudar a vivir en el silencio interior, apropiada fragua del recogimiento que ha de buscar incansablemente el monje, sin embargo, no deja de ser triste la razón actual del silencio de tantos santuarios, que no es otra que esta ausencia de los peregrinos que antes colorearan con sus visitas los santos lugares. Pero últimamente, al encontrarnos con otros religiosos, hemos escuchado -aunque muy aisladamente- que por tal lugar pasó un grupo y en tal santuario vieron otro, y que en tal altar de tal santuario una devota comitiva celebró la santa Misa… Con esto presente han de imaginarse y compartir nuestra alegría cuando un grupo de Senegal, acompañados al igual que el año pasado por Monseñor Paul Abel Mamba, nos confirmó su asistencia para celebrar este pasado sábado la santa Misa, en la cual los restos de la basílica que alberga este lugar santo pudieron ver nuevamente entre sus muros al gran grupo que vino a venerar especialmente a santa Ana. Monseñor, junto con 10 sacerdotes y 450 feligreses, ¡llenaron la basílica!, celebrando píamente la santa Misa acompañada por cantos tradicionales, y pudiendo hacer nosotros un gran apostolado, para el cual nos ayudaron nuestras hermanas de Nazaret.

Seguimos rezando por la paz en el mundo entero, pero la paz verdadera y duradera. Es cierto que por esta zona de Galilea y por Jerusalén hay actualmente tranquilidad, pero necesitamos que haya paz, ¡paz en los corazones!, ¡paz en las familias!, ¡paz entre los pueblos!, intención especialmente agregada continuamente en nuestro pequeño monasterio, que más silencioso de lo normal acompaña a la distancia con sus oraciones y sacrificios a todos aquellos que rezan por nosotros y nos piden oraciones.

Damos gracias a la Sagrada Familia y a todos ustedes por sus oraciones, y pedimos especialmente para que poco a poco los santuarios puedan volver a recibir las súplicas confiadas de quienes tengan la gracia de poder visitarlos.

Siempre en unión de oraciones:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia

LA AMISTAD DEL SACERDOTE CON JESUCRISTO

Aquellos sacerdotes que ven a Cristo como un extraño total están en contradicción consigo mismos, como un policía que hace tratos con los ladrones. Una cosa hemos de tener clara en nuestra mente: ser igual que Cristo significa pobreza, mucho sufrimiento, estar solo, ser incomprendido, ser perseguido, arrostrar dolor y ser desgraciado.

P. Segundo Llorente, SJ

[…] Mi idea al ir a la Isla de las Zanahorias era decirle al Señor que allí me tenía toda una semana a su entera disposición sin hacer absolutamente nada más que escucharle a Él. En nuestro quehacer diario tenemos tiempo para todo excepto para rezar. El Señor está esperando constantemente hasta que llegue su turno, pero raras veces llega porque siempre hay algo que se interpone. Aquí yo tenía una semana entera. “Habla, Señor, Tu servidor está dispuesto ahora”. Normalmente, el Señor esperaba hasta que yo acababa de hacer mi camino en la playa. Entonces era cuando Su divina inspiración era más clara y profunda. Para ser otro Cristo hay que llevar la cruz.

Para muchos, Cristo es un extraño; vemos al Señor distante, como un ser abstracto perdido en algún lugar en las nubes. Eso explica por qué algunos curas dicen misa diariamente y acaban abandonando el sacerdocio y, en algunos casos, perdiendo su fe. Y es porque no hay un conocimiento de Cristo, un verdadero interés en estudiarle más de cerca, no existe un esfuerzo para intimar más fuertemente con Él. En otras palabras, Cristo y el sacerdote no son en estos casos verdaderos amigos.

El error, naturalmente, es del sacerdote que no vive inmerso en estos asuntos desde la mañana a la noche.

Recomiendo a todo sacerdote que pase una semana entera en soledad junto al Señor con un espíritu de fe y humildad. El Señor le colmará de divina luz y de esta manera verá las cosas desde el punto de vista que las ve Dios. Y quizás uno de los primeros cambios que note el sacerdote sea el desorden que regula su vida. Él verá enseguida que debe distanciarse de cada una de las formas de atadura: tabaco, bebida, programas de TV, literatura basura, comida delicatessen y viajar. Denle al Señor una oportunidad. Mantengan el silencio. Mediten al pie del altar. Dios hará el resto.

En la Isla de las Zanahorias -si puedo ya llamarla así-, desafié al Señor a hacer esta prueba. “Habla, Señor, tu Siervo está escuchando”, como Samuel fuera instruido a responder cuando escuchó la voz de Dios al invocarle.

El poder de Dios se manifiesta a sí mismo hablando al alma sin decir una palabra. Dios inunda el alma de luz. El alma ve, comprende, entiende y, al mismo tiempo, siente una fuerza divina que viene hacia ella en su rescate. Y esto va acompañado de una paz interior profunda. El alma se da cuenta de que esto es bueno para ella y se vuelve insaciable, queriendo más y más. Pero también apercibe que el Señor no va a ser manipulado en ningún sentido. Él es el jefe; Él está en todo momento a cargo de la situación y no está para tonterías. Si el alma vuelve a su estado anterior, digamos a los tiempos pasados, se encuentra a sí misma pobre, ignorante, ciega, débil, y entonces comprende que todo el problema parte de ella. Tiene que postrarse de rodillas de nuevo y rogar como lo hiciera el hijo pródigo. Esta es la meta de los retiros anuales donde el alma evalúa sus pérdidas y ganancias.

Cristo le dirá al sacerdote que espera de él que aspire a la transformación total hacia Él. Solo así activará Dios Padre en el sacerdote la obra que ejecutó en Su Divino Hijo. en los planes de Dios solo hay un Sacerdote, el Gran Sacerdote Jesús, y cualquier otro sacerdote en la tierra tiene que transformarse en uno con Jesucristo. Cuando Dios Padre contempla a Jesús, ve a todos los otros sacerdotes en Él; y cuando mira a los sacerdotes, a cualquiera de ellos, Él ve a Jesús en ellos. Dios dijo sobre las aguas del Jordán que Él estaba muy satisfecho con su Hijo, Jesús. Del mismo modo estará satisfecho con cualquier sacerdote en proporción al parecido de Jesús que cada uno lleva en sí mismo.

Aquellos sacerdotes que ven a Cristo como un extraño total están en contradicción consigo mismos, como un policía que hace tratos con los ladrones. Una cosa hemos de tener clara en nuestra mente: ser igual que Cristo significa pobreza, mucho sufrimiento, estar solo, ser incomprendido, ser perseguido, arrostrar dolor y ser desgraciado. Las almas se compran con sufrimiento, y no con cualquier sufrimiento, sino con el mayor de los sufrimientos unido al dolor de Cristo. De aquí vendrán la redención y la salvación. Tener una vida cómoda no es el camino de un cristiano. Los sacerdotes no pueden ser de este mundo y, sin embargo, no pueden escapar del mismo.

Dios entiende que los sacerdotes, siendo hombres, pueden cogerse una rabieta antes o después; son la naturaleza y el carácter de esta rabieta los que importan, ya que hay rabietas y rabietas; ya que, cuando dicha rabieta pasa, entonces queda el rencor, la amargura, el egotismo prolongado y, finalmente, la rebelión abierta. Cristo en Getsemaní gritó con lágrimas de sangre rogando al Padre eterno que le ahorrase todo aquello que se le venía encima. Pero enseguida apartó cualquier atisbo de rebelión añadiendo: “Que no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Este es el programa para cada sacerdote cuando el camino es áspero. Esta es la receta para salvar las almas.”

 

Fragmento del Libro Memorias de un sacerdote en el Yukón, del P. Segundo Llorente, SJ