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5º DOLOR DE LA VIRGEN – LA CRUCIFIXIÓN (Mons. Fulton Sheen)

Durante su vagar por el desierto, los israelitas fueron picados de terribles serpientes, viendo lo cual Moisés rogó a Dios que las quitara. Entonces el Señor dijo a Moisés: “Has una serpiente de bronce, y ponía en alto para señal: quien quiera que siendo mordido la mirare, vivirá”. Siglos más tarde, cuando el hijo de Dios vino a la tierra, dijo a Nicodemo: “Al modo que Moisés en el desierto levantó en alto la serpiente de bronce: así también es menester que el hijo del hombre sea levantado en alto: para que aquél que crea en él, no perezca, sino que logre la vida eterna”. Ahora llegó el día en que Cristo, apareciendo en la forma de un hombre, iba a ser levantado en la cruz, para que todo aquél que lo mirara, pudiera ser curado de la picadura del pecado.

Cuando El ascendió a su trono al ser erigida la cruz en su cimiento, la tierra se estremeció en protesta contra los que mataron el Dios que holló sus colinas y caminó por sus lagos; el sol se eclipsó en la mitad de su carrera en protesta contra la extinción de la luz del mundo; los corderos para el sacrificio en el templo protestaron también balando más plañideramente que nunca a la muerte de su Pastor, el Cordero de Dios. Pero no hubo protesta en su corazón. Escuchamos en vano esperando oír una expresión de sufrimiento físico. Cuando El rompe su silencio, no es jamás para manifestar una queja. Su vida personal está enterrada, como si todas sus necesidades del cuerpo hubieran sido olvidadas ante la necesidad de amor. Parecía como si las marcas de los clavos no hubieran impreso sobre El sus propias penas, sino las penas de los otros. Y lo que puede decir de El, se puede decir de su madre. Ella también parecía consciente de que éste no era el tiempo para los sollozos individuales, sino el tiempo para la comunión universal. Y a medida que el gran cáliz de todas las miserias comunes goteaba silenciosamente, lenta y misteriosamente, las gotas rojas de la salvación, la tierra hambrienta en su temblor abrió su boca para recibirlas, como si gritara más por redención que las almas sedientas de los hombres. Las siete palabras cayeron de la Cruz como siete espadas en el corazón de María. Parecía como si ella estuviera escuchándolo a El cantar su propio canto fúnebre. Cualquier otro corazón de madre se hubiera roto al suspiro de esa gran lámpara del santuario de vida, verdad y amor emitiendo sobre el Calvario, no rayos rojos, sino dejando caer cuentas rojas en el rosario de la Redención. Cualquier otra madre se hubiera desmayado ante la visión del bello pabilo de su alma vacilando moribunda mientras la cera de su cuerpo y de su sangre se quemaban también. No todos los corazones de madre tienen la misma capacidad de sufrimiento. Pero ninguna, madre en el mundo tiene un corazón tan tierno como la Madre de la Maternidad. Ella era tan delicada como un pétalo de rosa, capaz de responder al más suave soplo de las brisas nocturnales; por esto su dolor fue tan profundo que aún los más grandes mártires la han saludado como a su reina. Era tanto más amargo, por cuanto no podía hacer nada para aliviar el sufrimiento de su hijo. El dolor debe estar siempre haciendo algo, aun cuando sólo esté golpeando una frente afiebrada, pues las mismas necesidades del que sufre, son lo supérfluo del que consuela. ¿Y, sin embargo, qué podía hacer María? La  lmohada de la corona de espinas no podía ser suavizada; la cama de la Cruz no podía ser refrescada; los clavos que se hundían en sus manos y pies no podían ser quitados; aún en el momento de que El gritó: “Tengo sed”, no había nada que pudiera ofrecerle, excepto sus lágrimas. Magdalena se desmayó a sus pies: parecía que ésta había de estar siempre en actitud de penitente.

Pero María no se daría por vencida. El Evangelista que estuvo en la Cruz nos dice que se mantuvo de pie. Si Eva estuvo al pie del árbol, ella, la nueva Eva, se mantendría erguida al pie de la Cruz: mirando hacia un crucifijo. Y a causa de que estuvo de pie lista a servir, vino a ella de la Cruz su segunda anunciación, no de los labios de un ángel, sino de la boca misma de Dios. Mirando hacia abajo desde su trono, Jesús la vio a ella y a Juan, su discípulo amado, y dijo a su madre: Mujer ahí tienes a tu hijo; y después de eso, dijo a su discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. El no la llamó “Madre”, sino “Mujer” para denotar que iba a ser ahora la madre universal de la raza humana que Juan simbolizaba. Este era aparentemente un cambio bien pobre: un Maestro por un discípulo; un Creador por una criatura; un Rey por un pescador; un Hijo de Dios por un hijo de Zebedeo; y con todo María lo aceptó gustosa. Vio que, así como en Belem ella vino a ser la madre de Dios, ahora en el Calvario iba a ser la madre de los hombres, y que así como en la choza engendró al capitán de salvación, así ahora en la Cruz engendraría a sus soldados.

También vio que esto no podía hacerse sin sufrimiento, porque, aun cuando ella había engendrado al Inocente sin dolor, no podía dar a luz a pecadores sin aflicción. Había de costarle su propio hijo divino para hacerse la madre de los hombres, pero pagaría el precio. Y así su título de Madre de los Hombres vino a ser suyo, no por mera proclamación eterna, sino el derecho de nacimiento. Pesaba sobre ella la maldición de Eva, de que nos pariría con dolor, y aceptó la pena gustosa. Treinta años con el redentor le habían enseñado que debía amar a los hombres como El los amó: lo bastante para sufrir y morir por ellos, y seguir viviendo. Ella lo amó a El, porque El era Dios; pero nos amó a nosotros porque era la voluntad de Dios el salvarnos. El primer amor fue su martirio; el otro su sacrificio. Uno fue como tempestad en el océano, pero el otro fue como su calma. Aun en el dolor la Paz era suya, porque ella se había juntado a un Padre Eterno en el sacrificio de un Hijo común.

ORACIÓN

María, en Tu cuarto dolor nos mostraste a nosotros cómo debemos cargar nuestra cruz, y en éste, el quinto, Tú nos muestras cómo permanecer al pie de esa cruz. Tu Hijo nos ha dicho que sólo aquellos que perseveren hasta el fin serán salvos. Pero la perseverancia es a menudo muy difícil. Pocos de nosotros, como Tú, estamos dispuestos a permanecer al pie de la Cruz durante tres horas completas hasta que se haya terminado la Crucifixión. La mayoría de nosotros somos desertores del Calvario, almas crucificadas a medias; impacientes por sentarnos cuando no estamos clavados a una cruz. Muchos de nosotros tenemos firmes propósitos al amanecer, pero pocos los sostenemos hasta el final del día. Tu propia alma no desfallece, porque Tu Hijo no desfalleció. El mantuvo hasta la noche la promesa que había hecho con el sol brillando en luz roja como sangre. El ha terminado el trabajo que le fue dado. Y también Tú permaneciste al pie hasta el fin de ese día de sacrificio. Pide para nosotros entonces, la gracia de permanecer tres horas completas en el Gólgota, de manera que cuando el paso de nuestra vida haya terminado, podamos rogar con El y Contigo: “He terminado mi trabajo. Ahora, Dios mío, descuélgame y elévame a la unión perdurable Contigo”.

4º DOLOR DE LA VIRGEN – JESÚS ENCUENTRA A MARÍA EN EL CAMINO DEL CALVARIO (Ven. Fulton Sheen)

Han pasado creinta y dos años desde el tercer dolor. Durante este tiempo, dieciocho años transcurrieron en un hogar tranquilo y silencioso de Nazaret. La vida de María era la ascensión perenne de amor en su papel como Corredentora del mundo. Cada hora era como un noviciado en el cual ella aprendía más profundamente su participación en la cruz.

Sencillamente es imposible describir lo que significa gastar dieciocho años sirviendo de madre a Dios y sin embargo ser tratada como hija por El; ¡dieciocho años de recibir obediencia de El, y sin embargo ser su dulce esclava de amor! ¡Si Dios no fuera amor, no podríamos usar nunca esa palabra para describir la vida de éxtasis de María!

La misma profesión de Jesús como carpintero era una recordación de que un día, El que había carpinteado el universo, iba a ser carpinteado en una cruz. Cada glóbulo de sangre que El llevaba, le hacía recordar a María a Isaac llevando la leña de su sacrificio hasta la colina de su muerte, y más adelante hasta su divino hijo como el verdadero Isaac que llevó su propia cruz hasta la colina del Calvario. De cada uno de los clavos de ese taller de carpintería surgiría una crucifixión y de cada rosa roja, a su yo enrojecido. Después de esos dieciocho años se separaron. El tenía ahora treinta y debía estar al cuidado de los negocios de su Padre. El tuvo sus treinta años de obediencia; debía tener ahora sus tres años de enseñanza, y luego sus tres horas de trabajo de redención. Los tres años pasaron rápidamente, y aquél que vino a dar testimonio de la verdad, vio a Pilato de pie entre los pilares del asiento de juez, lavarse las manos para limpiar la verdad. Aquél que dijo que nadie destruiría su vida, se preparaba ahora para darla. Y en esa terrible mañana del Viernes Santo la súplica solitaria de María a Pilato fue ahogada en la rabiosa tempestad de miles de gritos de “¡Crucifícale!” La palabra había tenido éxito para contradecirlo a El, y en símbolo del triunfo de ellos, le dieron a El una cruz. Empezó la procesión; allí está el centurión dirigiéndola: siguen los heraldos cargando el letrero que será clavado sobre la cruz, los dos ladrones con sus cruces, y los Escribas y Fariseos que lo enviaron a El a la muerte en nombre de la lealtad al César: pero la ironía de esta procesión es que se movía por un camino cubierto de ramas de palma. María la siguió, pisando sobre la misma sangre que ella había adorado. Vio cada gota de ésta, vio las lanzas relucientes, también, que lucían co mo palmas; vio los ladrones; vio a las mujeres llorando; y sin embargo, veía solamente una cosa: a Jesús cargando el árbol trasplantado del Edén, así como ella iba cargando la espada del ángel trasplantada.

Cual si la muerte cercana hubiera hecho surgir el contraste, pensó en sus dulces días en Nazaret cuando ella lo criaba, lo alimentaba, se arrodillaba con El, y le adoraba cuando El estaba dormido. Ahora no lo tenía más; todos los demás lo tenían a El, menos ella, y ellos no lo estaban adorando, sino maldiciéndolo. Y a pesar de todo esto, no rogó que algún rayo los partiera, porque amaba más las almas. No hay madre en el mundo que no escoja recibir dolor de su hijo que hacer que éste lo soporte, pero cuando este hijo es Dios, ¿entonces quién podrá medir la amargura de su copa de pasión? En cierto sentido su propio hijo era su ejecutor, porque El la estaba venciendo en amor.

Este nuevo dolor de María fue la revelación de las palabras de su hijo, de que si nosotros hemos de ser discípulos debemos tomar nuestra cruz y seguirle. Toda persona ha de subir al Calvario, no libre de carga y con las manos limpias y vacías, sino cargando los mismos instrumentos de crucifixión, los mismos elementos de sacrificio. Como Isaac llevó la madera del sacrificio, como Jesús cargó su cruz, como el sacerdote lleva vino y pan para el altar, así María carga una cruz en su propio corazón.

La cruz no siempre necesita estar sobre nuestros hombros: el enfermo en cama con ardiente fiebre, la madre con sus brazos cargando un hijo, el padre en su trabajo diario, no tienen hombros libres para una cruz, pero tienen un corazón libre para ella, como lo tuvo María. El espíritu debe continuar haciendo lo que la carne no puede hacer, porque Cada acto en el corazón se cuenta como equivalente al trabajo hecho. Simón por un momento alivió los hombros de Jesús de su cruz, pero no alivió su voluntad de sufrir. La multitud vio en ese momento sólo una cruz y ésta estaba en los hombros del Cireneo. Había en verdad dos, ambas ocultas en los corazones de María y su hijo cargando su peso hasta el altar del sacrificio.

ORACIÓN

María, por este nuevo dolor, imprime en tus pobres hijos la lección de cargar la cruz. Recuérdame que yo puedo o no dar mi amor a Jesús, pues soy amo y capitán de mi alma, pero que no soy libre de aceptar su cruz o dejarla. La elección no está entre ir por el mundo con una cruz o ir por éste sin la cruz. Yo debo tomarla. No hay modo de eludirla: los brazos extendidos no me permitirán hacer eso. La elección está entre si yo la aceptaré como tú, o dejar que me la arrojen sobre mis hombros, como Simón. ¿Me veré impulsado a abrazarla o seré obligado a abrazarla? María, haz que vea que la única cruz verdadera es rehusar tomarla, pero que al abrazarla por el amor como tú, deja de ser una cruz y se convierte en peldaño que me conduce hasta el reino de Dios.

3º DOLOR DE MARÍA – LA PÉRDIDA DE TRES DÍAS (Ven. Fulton Sheen)

La única vez en que los artistas representan a nuestra bendita madre sin su niño es cuando ella se halla mirando gozosa hacia el cielo, como en la Inmaculada Concepción. Pero hubo una vez en que ella no tuvo a su niño y no miraba hacia arriba, y fue cuando miraba hacia el desierto en la dolorosa búsqueda de su niño. Nuestro bendito Señor tenía a la sazón doce años. Era la edad en que, de acuerdo con la leyenda judía, Moisés había dejado la casa de la hija del Faraón; y Salomón había dado el juicio que reveló por primera vez su sabiduría, y Josías había soñado por vez primera en gran reforma.

En ese año El subió a Jerusalén a la Pascua con María y José, y de acuerdo con la tradición, iba a pie. Nazaret, su tierra nativa, se hallaba distante ochenta millas de Jerusalén. Dejando la guirnalda de colinas que circundaba el pueblito como pétalos de una flor abierta, caminaron hasta la Ciudad Santa donde el plumaje profano de las águilas romanas se balanceaba en la puerta de entrada por donde ellos pasaron hacia el templo para la celebración de la Pascua. Muchos ancianos del templo suspiraban por la memoria de días mejores cuando el gran Isaías y Jeremías conmovieron a Israel con sus profecías. ¡Y con todo, cuan débiles eran esos profetas comparados a un hombre venerable y una madre hermosa arrodillada en el templo, y entre ellos un niño cuyo nombre era eterno, y que sin embargo contaba apenas doce años computados por la sucesión de estaciones y de lunas! ¡ Si, los coros de los ángeles debieron haber callado ante las oraciones de Dios el hijo sobre la tierra, que flotaba por las sombras invisibles hasta su padre que está en los cielos! María y José debieron haber dejado de mirar el velo detrás del cual se hallaba el santo de los santos, para fijar su mirada en medio de ellos y confesar con oración de éxtasis la divinidad del niño, cuyos ojos levantados se fijaban en los cielos que El dejó para hacer entrar al mundo en razón. El milagro verdaderamente grande fue que las mismas piedras del templo no gritaran, y el sol detuviera su curso, y los cedros del Líbano no se postraran en adoración del Dios cuyos pies ahora sobre la tierra traían entonces la eternidad al tiempo. No era extraño que la tierra continuara con sus compras y sus ventas, su comercio y sus necesidades, sin dar siquiera una sonrisa de comprensión a Aquel que nos estaba enseñando cómo cambiar humanidad por divinidad, y nada por todo.

Cuando la fiesta hubo terminado, las multitudes partieron, los hombres por una puerta y las mujeres por otra, para permanecer reunidos en el lugar de descanso por toda la noche. Los niños iban o con su madre o con su padre. Como cada uno sospechaba que el Niño Divino iba con el otro, fue hasta que la noche cayó cuando se vino a descubrir la pérdida. Nunca antes hubo corazones tan desolados sobre el mundo, ni siquiera cuando Adán y Eva fueron expulsados del Jardín de los Placeres. Por tres días buscaron y al fin le encontraron en el templo exponiendo la ley de los doctores y asombrándolos con su sabiduría.

“Al verle pues sus padres, quedaron maravillados: Y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo llenos de aflicción te hemos andado buscando”.

“Y él les respondió: ¿Cómo es que me buscabais? ¿No, sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi padre?”

Pero María y José debieron haberle buscado en el Templo el primer día. ¿Dónde estaba pues El, y también durante las noches? Sólo podemos conjeturar, pero a mí me gusta pensar que probablemente visitó las escenas futuras de su pasión; se detuvo fuera de la fortaleza de Antonia donde más tarde Pilato trataría de lavarse su sangre de sus manos; miró al interior de la casa de Anás quien posteriormente habría de acusarlo de blasfemia; anduvo hacia las afueras de los muros de la ciudad hasta una pequeña colina donde el mundo erigiría una cruz y la llamaría su trono; y finalmente, pasó una noche en el Jardín de Getsemaní bajo la luna llena de Pascua donde treinta y un años más tarde sus Apóstoles dormirían mientras El bebía las más amargas heces del cáliz del pecado del hombre.

Pero háyase encontrado en una u otra parte hasta el tercer día, en este tercer dolor el alma de María fue sumergida en las tinieblas más densas, pues había perdido a su Dios. Fue en este dolor en el cual la Madre Inmaculada vino a ser en un sentido más verdadero el refugio de los pecadores. En un principio nos sorprende como incongruente que aquella que era sin pecado pudiera ser el puerto de los pecadores. ¿Cómo podía ella, que nunca había sentido un remordimiento de conciencia, ser el refugio de aquéllos cuya conciencia está llena de maldad? ¿Cómo podía ella, que nunca perdió a su Dios, conocer las angustias de un alma que por el pecado pierde a su Dios?

La contestación es esta. ¿Qué es el pecado? El pecado es la separación de Dios. Ahora, en estos tres días de pérdida, María estuvo físicamente separada de su niño, ¡y ella también había perdido a su Dios! La separación física de su niño fue apenas un símbolo de la separación espiritual que tienen los hombres de Dios. El tercer dolor hizo posible para ella adivinar los sentimientos de los pecadores y conservar sin embargo su alma inviolada. Conoció lo que es el pecado. ¡También había perdido a su Dios! Así estaba ella sufriendo entonces en reparación por todas las mentes que una vez tuvieron la fe, y luego la perdieron; por todas aquellas almas que una vez amaron a Dios, y luego lo olvidaron; por todos esos corazones que una vez oraron, y luego lo abandonaron a Él. Toda la nostalgia espiritual por la divinidad, toda la nostalgia por el cielo, y todo el vacío de los corazones que lo vaciaron ellos mismos de Dios, todo esto sintió María como si fuera suyo: pues ahora ella estaba sin el Redentor. Si una madre terrena llora por la muerte física de uno de sus hijos, ¡qué dolor no debió sentir María ante la muerte espiritual de millones de hombres cuya madre era ella por cuanto Dios la había llamado a serlo!

ORACIÓN

María, por este tu tercer dolor, enséñanos que si llegáramos a ser tan desgraciados de perder a Dios, no debemos buscarle a Él en otras fes, en nuevos cultos o nuevas modas, pues Él puede ser hallado solamente donde lo perdimos: en el templo, en la oración, en su Iglesia. En aquellas otras ocasiones, cuando nuestras almas son tan áridas como un desierto, en que nuestros corazones parecen fríos, y hallamos difícil orar, y aun empezamos a creer que tal vez Dios nos haya olvidado, porque parece tan distante, dinos quedamente la dulce recordación de que aun cuando parezca que lo hemos perdido, Él está siempre al pie de los negocios de su Padre.

2º DOLOR DE MARÍA – LA HUÍDA A EGIPTO (Ven. Fulton Sheen)

Hacía siglos y siglos que el pueblo de Israel esclavizado en Egipto, había hecho su éxodo a la tierra prometida. La historia corría ahora para atrás. El éxodo es hacia Egipto, y el conductor no es Moisés, sino el Salvador INfante. La ocasión que motivó este último éxodo, fue la orden de Herodes el Grande, de que todos los niños varones menores de dos años en Belén serían pasados a espada. herodes escuchó de los magos que éstos buscaban un niño que iba a ser rey, y él estaba temeroso de su poder, como si Aquél que trajo el reino de oro del Cielo fuera a pensar alguna vez en quitar el reino efímero de la tierra. Pero los magos no volvieron donde Herodes después de ver al niño: uno siempre toma un camino diferente después de ver a Dios. Los celos de Herodes surgieron también por el recuerdo de que Suetonio, el historiador romano, conciudadano suyo, había citado una leyenda según la cual algún día nacería en Israel un rey destinado a gobernar sobre el pueblo romano. Para conjurar el peligro, el senado romano había ordenado que todos los niños varones nacidos en cierto año serían abandonados a su muerte, pero las esposas embarazadas de los senadores evitaron su ratificación. Herodes debió haber recordado todo esto, pero en todo caso ordenó la masacre de los niños inocentes. toda su carrera estaba roja con la sangre de sus asesinatos. El hizo que su cuñado, el joven Aristóbulo, fuese ahogado delante de sus ojos; ordenó la estrangulación de su esposa favorita, la princesa Mariana; sus tres hijos, y el padre y la madre de su esposa, igualmente perecieron por su espada; y aquellos que sobrevivieron eran más desgraciados que aquellos que sufrieron. de aquí que no era difícil para él ordenar la matanza de los bebés, pues la sangre de éstos era apenas una gota en el río escarlata de sus crímenes. Era duro para las pobres madres de Belén cuyos gritos se unieron a los de Raquel, que no sería consolada, pero era más duro todavía para María cuyo único crimen era que tenía en sus brazos un niño que contenía la hermosa grandeza de la cabeza de Dios en la vaina de la carne de un infante.

En una noche oscura, cuando las pobres madres que le negaron a ella un hogar la víspera de Navidad vagaban sin techo por las calles, apareció un ángel y dijo a José que tomara a María y al niño y huyera a Egipto. María no tenía tesoros para recoger, sino el único tesoro que sostenía en sus brazos. Se enfrentaban a ella el yermo, el desierto, el paganismo. Y mientras el viento soplaba, y la luna, que un día iba a ser pintada debajo de sus pies, brillaba ahora encima de su cabeza, salió furtivamente de Belén para internarse en las arenas. Otro José iba con ella y con el niño a Egipto, para salvar a éste del hambre, no con el pan que perece, sino con el pan que perdura en la vida eterna.

Este exilio del Creador que se apartó de sus criaturas escogidas, fue la segunda espada que traspasó el corazón de María. Era la más aguda, porque su niño era odiado!

Por qué alguien podía odiar a un bebé? Qué había hecho Él a un rey para que éste procediera en forma tan impropia de un rey? Jesús fue odiado! Y aún era más desamparado que ella misma. Ella conocía cuan adorable era Él y qué buen recibimiento merecía después de cuatro mil años de haber sido esperado. Por qué, entonces, tenían ellos que hacerlo huir antes de que fuese capaz de caminar?

Lo amargo de su dolor era que parecía -y dijo solamente parecía- ser muy exterior al orden de la Divina Providencia. Nosotros todos podemos fácilmente soportar las aflicciones que nos vienen directamente de Dios; sus mismos dedos que nos entregan diminutas cruces parecen aligerarla con su contacto. Los dolores de las otras madres fueron suavizados en los últimos años por los dulces pensamientos de que Dios no permitió que sus hijos crecieran para cantar “Hosana” el domingo y “Crucifícalo” el viernes. Vieron que sus aflicciones venían directamente de Dios. Podemos soportar una enfermedad o inclusive la muerte, porque ambas vienen directamente de Dios. Pero la injusticia e ingratitud de los hombres es más terrible y nunca sabemos cuándo terminará! Dios es más misericordioso. Así, cuando a David a causa de su pecado de orgullo se le ofreció que escogiese castigo entre la injusticia de los hombres o la pestilencia, exclamó: Mejor caer en las manos de DIos, pues sus misericordias son muchas, que en las manos de los hombres. Y así escogió la pestilencia.

El dolor de María fue de la clase más amarga: Vino de la perversidad de los hombres! De la injusticia de un pagano! Por lo tanto pareció ser todo lo más terrible porque Dios no parecía tener manos en él. Pero añadido a todo esto estaba la tragedia de que su nota triste había de quebrarse en la escala de los dolores en Egipto, una tierra lejana del hogar.

ORACIÓN

María, por este tu segundo dolor enséñanos que los caminos de Dios están ocultos en todo, un en aquellas cosas que parecen tan distantes como Egipto. A menudo durante nuestra vida, cuando nos veamos obligados a dejar la contemplación religiosa pacífica y silenciosa donde nos hallamos tan a nuestro gusto, para tomar los deberes y tareas de un mundo prosaico, que en comparación parecen un exilio de Egipto, recuérdanos que no hay nada en la vida que no pueda ser espiritualizado y convertido en una oración, con tal de que lo hagamos en unión con tu Hijo. María, yo soy lento para aprender, tardo para entender, reacio para emprender, pero imprime en mi la gran verdad de que podemos hacer una tierra santa del Egipto pagano de nuestro trabajo cotidiano, siempre que traigamos con nosotros a tu Niño.

1º DOLOR DE MARÍA – LA PROFECÍA DE SIMEÓN (Ven. Fulton Sheen)

Han pasado días desde que los ángeles cantaron su gloria en las blanquecinas colinas de Belem. Era ahora el segundo día de febrero. De acuerdo con la ley judía, toda madre después de parir un varón debía presentarse al Templo de Jerusalén para ser purificada, y para ofrecer su niño a Dios en testimonio de que todos los dones vienen de Él. Y así fue como el Señor del templo fue traído al Templo del Señor.

El sacrificio apropiado en tales ocasiones era un corderito de un año para un holocausto y un lechoncito o pichón de tórtola, para un voto propiciatorio. La benigna Legislación Mosaica permitía a los pobres traer en lugar del corderito dos tórtolas o dos lechoncitos. Tal fue el tributo de María que no poseía riqueza, excepto las riquezas del Señor de los Cielos y la tierra.

El sacerdote del templo en aquel día era Simeón, un devoto israelita ya casi encorvado con el peso de los años, pero feliz con el anuncio divino de que no iría a morir hasta que no hubiese visto al Mesías que habría de venir. Simeón era el representante y símbolo de la vieja Ley Judía que durante muchos siglos había estado esperando al Redentor; era el final de la raza de Adán, la coronación del Viejo Testamento, el fruto de su madurez, el fin y consumación del don de Israel al mundo.

Cuando nuestra Bendita Madre puso al divino niño en sus brazos, llegamos al momento de unión del Viejo y el Nuevo Testamento, o mejor, el pasaje del Viejo al Nuevo. Ese acto quería decir que todas las promesas del Viejo Testamento se habían cumplido, lo mismo que todas las profecías del pueblo escogido de Dios. La antigüedad había dicho su última palabra. La historia, que hasta entonces había registrado todas sus batallas y anotado el surgimiento y caída de los reinos como eventos sucedidos antes de Cristo, en adelante los iría a escribir como sucedidos en el año de Nuestro Señor.

Una vez que los cansados brazos de Simeón cargaran el peso del eterno sin que por esto desfallecieran; una vez que el anciano Simeón abrazara la juventud que era antes de todas las edades, podía entonces retirarse, cerrar los libros de las profecías y decir adiós a su propia vida. Y así, en la edad en que los ancianos dejan de cantar, Simeón dio salida al canto, y en el silencio del templo, se levantaron como dulce incienso las notas delicadas del Nunc Dimittis. Esta era la culminación de la Iglesia, que cantará este canto hasta edades remotas cuando el Señor venga sobre las nubes de los cielos en el día del crepúsculo del mundo.

“Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa.

Porque ya mis ojos han visto al salvador que nos has dado:

Al cual tienes destinado para que, expuesto a la vista de todos los pueblos, sea luz brillante que ilumine a los gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel.”

Pero toda esa luz que inundaba el alma de María pronto se vio oscurecida, como una nube negra a menudo oculta de nosotros la faz del sol. Las palabras de gozo pronunciadas por Simeón pronto cambiaron en dolor, cuando él habló de la parte que la madre y el hijo habían de representar en la redención del mundo:

“Mira, este niño que ves, está destinado para ruina, y para resurrección de muchos en Israel, y para ser el blanco de la contradicción de los hombres: lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos ocultos en los corazones de muchos”.

Era un anuncio solemne de que ella debía cuidar a la víctima hasta la hora del sacrificio y ser la Pastora hasta que el Cordero fuese conducido a la muerte en signo de contradicción, que es la cruz. fue un eco que llegó de nuevo al Jardín del Edén, donde un árbol trajo la ruina del primer Adán, y en cuyas puertas había un ángel con una espada flamígera para guardar la entrada hasta que sonara la hora de salvación señalada. Simeón decía ahora que la hora había llegado. El árbol del Edén, que trajo ruina, sería trasplantado al Calvario y sería su cruz; la espada del ángel sería quitada de la mano del ãngel para enterrarla en el corazón de María, como un primer testimonio de que sólo aquéllos que han sido traspasados con la espada de un amor sacrificial entrarán en el Edén eterno de los cielos.

“Un signo de contradicción!” María no necesitó esperar la cruz del Calvario. ella vio ahora que Aquel que es amor sería odiado; que Aquel que es paz, sería un pretexto para la guerra; que Aquel que es vida, sería ocasión de muerte; que Aquel que es verdad, sería el tema de todos los errores y herejías hasta el fin de los tiempos; que Aquel que es luz apartaría muchas almas por el mismo esplendor de su luz; que Aquel que vino para salvar al mundo, sería contradicho y crucificado por el mundo; que El sería la piedra de toque de todos los corazones; que de ahora en adelante todos los hombres tendrían que escoger su bando; que no habría más batallas parciales, más espadas a medio desenvainar, más lealtades divididas; que las personas, o se juntarían a Él, o se diseminarían, y que su contradicción de la misericordia haría su rechazo más fatal e inmisericorde.

Cuando María abandonó el templo aquel día entendió, como nunca había entendido antes, por qué los magos trajeron regalos de oro e incienso, y la más amarga, triste y dolorosa dádiva: la mirra. Ella vio ahora que la ley que le ataba a Él la ataría también a ella, y que mientras El tendría el árbol, ella tendría la espada; que así como Él era el nuevo Adán, ella habría de ser la nueva Eva; y que así como Eva fue instrumento en la caída, así ella sería instrumento en la salvación, como Co-Redentora del Cristo Redentor.

ORACIÓN

María, si tú hubieras sido separada de tu hijo divino, como un silencioso y pacífico jardín con el sol jugando delicadamente sobre él, lejos de la tormenta de gloria del Calvario, tú nunca habrías sido verdaderamente nuestra Madre. Cómo hubiera sido de terrible el mar de los dolores humanos si no hubiera existido tu luz brillando sobre ellos! Pero ahora que tú has sido llamada a co-redimir con Nuestro Redentor, vienes a ser la Madre de los afligidos. Enjuga nuestras lágrimas, pues tú entendiste los dolores; repara nuestros corazones rogos, pues el tuyo también fue roto! Aparta todas las espadas, pues tienes la empuñadura en tu mano. María, tú eres la Madre de los afligidos, pro si no lo fueras, nunca podrías ser la causa de nuestro gozo.

 

BAUTISMO DEL SEÑOR

Queridos hermanos y hermanas, en este día celebramos litúrgicamente la fiesta del Bautismo del Señor. Celebramos la fiesta que cierra el tiempo de Navidad, propuesta por la Iglesia justamente después de la Solemnidad de la Epifanía, fiesta de la manifestación del Señor. San Juan Crisóstomo decía que, en la Epifanía, donde escuchamos este año la manifestación de Cristo a los Reyes Magos, tenemos una manifestación más reservada; y hoy, en la fiesta del Bautismo del Señor, se da como una segunda manifestación, (pero) una manifestación al público.

Pues bien, el evangelista hoy nos dice que sobre el Señor en oración se abrió el cielo. Jesús entra en contacto con su Padre y el cielo se abre sobre Él. El cielo se abre sobre nosotros en el sacramento. Cuanto más vivimos en contacto con Jesús en la realidad de nuestro bautismo, tanto más el cielo se abre sobre nosotros.

Y del cielo —como dice el Evangelio— aquel día salió una voz que dijo a Jesús: “Tú eres mi Hijo amado” (Lc 3,22). En nuestro bautismo, el Padre celestial repitió también estas palabras refiriéndose a cada uno de nosotros. Dijo: “Tú eres mi Hijo”. En el bautismo somos adoptados e incorporados a la familia de Dios, en la comunión con la Santísima Trinidad, en la comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Precisamente por eso el bautismo debe administrarse en nombre de la Santísima Trinidad. Estas palabras no son solo una fórmula; son una realidad. Marcan el momento en que todos nosotros renacemos como Hijos de Dios. De hijos de padres humanos, nos convertimos también en hijos de Dios en el Hijo del Dios vivo.

El Apóstol San Pablo, cuándo escribe a Tito, dice que: Él nos salvó “según su misericordia, por medio del baño de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5). ¡Un baño de regeneración! El bautismo no es sólo una palabra; no es sólo algo espiritual; implica también la materia. Toda la realidad de la tierra queda involucrada. El bautismo no es algo que se refiera solamente al alma. La espiritualidad del hombre afecta al hombre en su totalidad, cuerpo y alma. La acción de Dios en Jesucristo es una acción de eficacia universal. Cristo asume la carne y esto continúa en los sacramentos, en los que la materia es asumida y pasa a formar parte de la acción divina.

Ahora podemos preguntarnos por qué precisamente el agua es el signo de esta totalidad.

El agua es fuente de fecundidad. Sin agua no hay vida. Y así, en todas las grandes religiones, el agua se ve como símbolo de la maternidad, de la fecundidad. Para los Padres de la Iglesia, el agua se convierte en símbolo del seno materno de la Iglesia.

En Tertuliano, un escritor eclesiástico del siglo III, se encuentran estas sorprendentes palabras: “Cristo nunca está sin agua”. Con estas palabras Tertuliano quería decir que Cristo nunca está sin la Iglesia. En el bautismo somos adoptados por el Padre Celestial, pero en esta familia que Él constituye existe también una madre, la Madre Iglesia. El hombre no puede tener a Dios como Padre, decían ya los antiguos escritores cristianos, si no tiene también a la Iglesia como Madre. Así, de nuevo vemos cómo el cristianismo no es solamente una realidad espiritual, individual, una simple decisión subjetiva que yo tomo, sino que es algo real, algo concreto; podríamos decir, algo también material.

La familia de Dios se construye en la realidad concreta de la Iglesia. La adopción como Hijos de Dios, del Dios trino, es a su vez incorporación a la familia de la Iglesia, inserción como hermanos y hermanas en la gran familia de los cristianos. Y solamente podemos decir “Padre nuestro”, dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo, si como hijos de Dios nos insertamos como hermanos y hermanas en la realidad de la Iglesia. Esta oración supone siempre el “nosotros” de la familia de Dios.

Pero ahora debemos recordar las palabras del Evangelio, donde Juan Bautista dijo: “Yo los bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo (…) Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). Hemos visto el agua; pero ahora surge la pregunta: ¿en qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista? Para ver esta realidad del fuego, presente en el bautismo junto con el agua, debemos observar que el bautismo de Juan era un gesto humano, un acto de penitencia; era el esfuerzo humano por dirigirse a Dios para pedirle el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una nueva vida. Era solo un deseo humano, un ir hacia Dios con las propias fuerzas.

Ahora bien, esto no basta. La distancia sería demasiado grande. En Jesucristo vemos que Dios viene a nuestro encuentro. En el bautismo cristiano, instituido por Cristo, no actuamos solamente nosotros con el deseo de ser lavados, con la oración para obtener el perdón. En el bautismo es Dios mismo quien actúa mediante el Espíritu Santo. En el bautismo cristiano está presente el fuego del Espíritu Santo. Dios actúa, no solamente nosotros.

Pero naturalmente, Dios no actúa de modo mágico. Actúa solamente con nuestra libertad. No podemos renunciar a nuestra libertad. Dios interpela nuestra libertad, nos invita a cooperar con el fuego del Espíritu Santo. Estas dos cosas deben ir juntas. El bautismo seguirá siendo durante toda la vida un don de Dios, que ha grabado su sello en nuestra alma. Pero luego requiere nuestra cooperación, la disponibilidad de nuestra libertad para decir el “sí” que confiere eficacia a la acción divina.

A la Virgen Madre de Jesús, nuestro Salvador, presentado en la liturgia de hoy como el Hijo predilecto de Dios, encomendémonos, para que María vele por todos nosotros y nos acompañe siempre, para que se realice plenamente el plan de salvación que Dios tiene para cada uno.

¡Así sea!

P. Harley Carneiro, IVE

FAMILIA, LUGAR DE PAZ

En el año 1979, en una solemnidad como la que celebramos hoy, san Juan Pablo II, polaco que hacía poco tiempo había asumido el gobierno de la Santa Iglesia, propuso al mundo una reflexión sobre esta hermosa fiesta de la Sagrada Familia. Decía él: “El Hijo de Dios vino al mundo de la Virgen cuyo nombre era María; nació en Belén y creció en Nazaret bajo la protección de un hombre justo llamado José.

Jesús fue desde el principio el centro del gran amor que llenaba y rodeaba siempre a la Sagrada Familia, lleno de solicitud y de afecto hacia el Niño Dios que acababa de nacer; fue su gran vocación; fue su inspiración; fue el gran misterio de su vida. En la casa de Nazaret: ‘crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres’ (Lc 2, 52). Fue obediente y sumiso, como debe ser un hijo con sus padres. Esta obediencia nazarena de Jesús a María y a José ocupa casi todos los años que Él vivió en la tierra y constituye, por tanto, el período más largo de esta total e ininterrumpida obediencia que tributó al Padre celestial. No son muchos los años que Jesús dedicó al servicio de la Buena Nueva y finalmente al Sacrificio de la Cruz.

Pertenece así a la Sagrada Familia una parte importante de este divino misterio, cuyo fruto es la redención del mundo.”

San Pablo, en la segunda carta a los cristianos de Colosas, en la lectura que escuchamos hace poco, deseaba a los cristianos de esta ciudad que “la paz de Cristo reine en vuestros corazones”. La Iglesia nos introduce en un tema profundamente importante con estas dos conexiones: la fiesta de la Sagrada Familia y también este deseo de san Pablo de que, finalmente, reine la paz de Cristo.

Nuestro Señor Jesucristo dijo que nos da la paz, pero dijo que no la da como la da el mundo; su paz es diferente. Esta paz que viene de Cristo y que el Apóstol desea que reine en nuestros corazones es una paz que comienza, sobre todo, en el ambiente familiar.

La paz, según san Agustín, puede definirse como tranquillitas ordinis, es decir, la tranquilidad en el orden de todas las cosas. Todos los ambientes que nos rodean, cuando están bien ordenados, siguiendo una jerarquía de valores —los sobrenaturales por encima de los naturales, la fe sobre la razón, la razón sobre la animalidad, etc.—, cuando las cosas están así ordenadas, se puede decir que estamos en paz. Todo está sometido a aquello a lo que le corresponde estar sometido.

Dentro de la familia también debe existir este orden. En verdad, es en la familia donde se debe enseñar este orden, para que de ella salgan personas bien ordenadas, personas que busquen la paz y busquen instaurar la paz de Cristo en la sociedad.

San Pablo nos deja algunas indicaciones de este orden, de cómo debe ser dentro de la familia, cuando nos enseña que, en primer lugar, todo lo que hagamos debemos hacerlo en nombre del Señor Jesucristo. Luego advierte a las esposas que sean solícitas con sus maridos, como conviene en el Señor. Después advierte también a los maridos que amen a sus esposas y no sean ásperos con ellas. A los hijos tampoco les falta un tirón de orejas: obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es bueno y correcto en el Señor. A los padres les dirige también palabras para enseñarles cómo deben comportarse con relación a sus hijos: no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen.

Este orden es algo establecido por Dios; es algo que Él, como Ser Supremo que pensó y quiso la familia desde toda la eternidad, busca honrar al padre en los hijos, como nos dice el libro del Eclesiástico en la primera lectura, y confirma sobre ellos la autoridad de la madre. Quien honra a su padre alcanza el perdón de los pecados, evita cometerlos y será escuchado en la oración cotidiana. Quien respeta a su madre es como alguien que acumula tesoros. Quien honra a su padre tendrá alegría con sus propios hijos, y el día en que ore será escuchado. Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien obedece al padre es el consuelo de su madre.

Después, ya al final de la primera lectura, el autor del Eclesiástico nos da una de las exhortaciones más hermosas de la Sagrada Escritura: “Hijo mío, cuida de tu padre en su vejez y no le causes tristeza mientras viva.” ¡Ah, cuántas familias hoy en día se están desmoronando por falta de aplicación de este consejo! Cuántos padres y madres ancianos abandonados por aquellos por quienes dieron la vida, por quienes se desvivieron para criarlos y educarlos! Y el autor del Eclesiástico continúa: “Aunque pierda la lucidez, sé comprensivo con él; no lo humilles en ninguno de los días de su vida. La caridad hecha a tu padre no será olvidada, sino que servirá para reparar tus pecados…”

¿Y qué significa esto sino la aplicación de aquello que Nuestro Señor dejó como el mayor mandamiento dentro de la familia? ¿No fue Nuestro Señor Jesucristo quien nos dijo que el nuevo mandamiento que nos dejaba era este:  amaos los unos a los otros como yo os he amado”? ¿Y no debemos entonces aplicar este mandamiento en la familia en primer lugar? ¿No es esto lo que nos exhortan las lecturas y la liturgia de este día dedicado a la Sagrada Familia?

Esta paz de Cristo, que el Apóstol Pablo desea que reine en nuestros corazones, que la Iglesia busca y siempre ha buscado que reine en las familias y que actualmente se ve tan atacada, tan bombardeada y debilitada, brota de la verdadera caridad, brota de la caridad aplicada a los más cercanos, a los más próximos a nosotros: a los de nuestra casa. El Apóstol exhorta: “Pero, sobre todo, amaos los unos a los otros, pues el amor es el vínculo de la perfección.”

Esta exhortación no puedo dejar de dirigirla a cada uno de ustedes; no puedo ignorarla. El mismo san Pablo me exhorta a mí: “Instruíos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría.”

San Juan Pablo II, en esta reflexión que mencionaba al comienzo de esta homilía, decía que: “Efectivamente, la paz es signo del amor, es su confirmación en la vida de la familia. La paz es la alegría de los corazones; es el consuelo en la fatiga cotidiana. La paz es el apoyo que se ofrecen recíprocamente la mujer y el marido, y que los hijos encuentran en los padres y los padres en los hijos.”

Por eso tenemos la gran alegría de, desde lo profundo de nuestros corazones, como pedía san Pablo en la segunda lectura, cantar a Dios salmos, himnos y cánticos espirituales, en acción de gracias porque tenemos a la Sagrada Familia para imitar. Ustedes tienen a Jesús, María y José como modelo de este orden perfecto que debe ser seguido dentro del hogar y, a partir de ahí, procurar ordenar todos los demás aspectos de sus vidas y así alcanzar la paz de Cristo. En síntesis: lograrán la paz de Cristo amándoos los unos a los otros como Cristo los amó, dentro de vuestros hogares.

Que la Sagrada Familia de Nazaret interceda en este día especial por todas las familias del mundo entero, especialmente por todos ustedes aquí reunidos en la presencia del Señor, para que alcancen la verdadera alegría que brota de la paz de Cristo que debe reinar en vuestra familia.

Ave Maria Puríssima.

P. Harley Carneiro, IVE

RECONOCE, CRISTIANO, TU DIGNIDAD – SAN LEÓN MAGNO

Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, pues participas de la 
naturaleza divina (cfr. 2 Re 1, 4), y no vuelvas a la antigua 
miseria con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de 
qué Cuerpo eres miembro.

San León Magno

Hoy, amadísimos, ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos.
No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la Vida,
disipando el temor de la muerte y llenándonos de gozo con la
eternidad prometida. Nadie se crea excluido de tal regocijo,
pues una misma es la causa de la común alegría. Nuestro
Señor, destructor del pecado y de la muerte, así como a nadie
halló libre de culpa, así vino a librar a todos del pecado. Exulte
el santo, porque se acerca al premio; alégrese el pecador,
porque se le invita al perdón; anímese el pagano, porque se le
llama a la vida.

Al llegar la plenitud de los tiempos (cfr. Gal 4, 4), señalada
por los designios inescrutables del divino consejo, tomó el Hijo
de Dios la naturaleza humana para reconciliarla con su Autor y
vencer al introductor de la muerte, el diablo, por medio de la
misma naturaleza que éste había vencido (cfr. Sab 2, 24). En
esta lucha emprendida para nuestro bien se peleó según las
mejores y más nobles reglas de equidad, pues el Señor
todopoderoso batió al despiadado enemigo no en su majestad,
sino en nuestra pequeñez, oponiéndole una naturaleza humana,
mortal como la nuestra, aunque libre de todo pecado.

No se cumplió en este nacimiento lo que de todos los demás
leemos: nadie está limpio de mancha, ni siquiera el niño que
sólo lleva un día de vida sobre la tierra (Job 14, 4-5). En tan
singular nacimiento, ni le rozó la concupiscencia carnal, ni en
nada estuvo sujeto a la ley del pecado. Se eligió una virgen de
la estirpe real de David que, debiendo concebir un fruto
sagrado, lo concibió antes en su espíritu que en su cuerpo. Y
para que no se asustase por los efectos inusitados del designio
divino, por las palabras del Ángel supo lo que en ella iba a
realizar el Espiritu Santo. De este modo no consideró un daño
de su virginidad llegar a ser Madre de Dios. ¿Por qué había de
desconfiar Maria ante lo insólito de aquella concepción, cuando
se le promete que todo será realizado por la virtud del Altísimo?
Cree Maria, y su fe se ve corroborada por un milagro ya
realizado: la inesperada fecundidad de Isabel testimonia que es
posible obrar en una virgen lo que se ha hecho con una estéril.

Asi pues, el Verbo, el Hijo de Dios, que en el principio estaba
en Dios, por quien han sido hechas todas las cosas, y sin el
cual ninguna cosa ha sido hecha (cfr. Jn 1, 1-3), se hace
hombre para liberar a los hombres de la muerte eterna. Al tomar
la bajeza de nuestra condición sin que fuese disminuida su
majestad, se ha humillado de tal forma que, permaneciendo lo
que era y asumiendo lo que no era, unió la condición de siervo
(cfr. Fil 2, 7) a la que Él tenía igual al Padre, realizando entre las
dos naturalezas una unión tan estrecha, que ni lo inferior fue
absorbido por esta glorificación, ni lo superior fue disminuido
por esta asunción. Al salvarse las propiedades de cada
naturaleza y reunirse en una sola persona, la majestad se ha
revestido de humildad; la fuerza, de flaqueza; la eternidad, de
caducidad.

Para pagar la deuda debida por nuestra condición, la
naturaleza inmutable se une a una naturaleza pasible;
verdadero Dios y verdadero hombre se asocian en la unidad de
un solo Señor. De este modo, el solo y único Mediador entre
Dios y los hombres (cfr. 1 Tim 2, 5) puede, como lo exigía
nuestra curación, morir, en virtud de una de las dos naturalezas,
y resucitar, en virtud de la otra. Con razón, pues, el nacimiento
del Salvador no quebrantó la integridad virginal de su Madre. La
llegada al mundo del que es la Verdad fue la salvaguardia de su
pureza.

Tal nacimiento, carísimos, convenía a la fortaleza y sabiduría
de Dios, que es Cristo (cfr. 1 Cor 1, 24), para que en Él se
hiciese semejante a nosotros por la humanidad y nos
aventajase por la divinidad. De no haber sido Dios, no nos
habría proporcionado remedio; de no haber sido hombre, no
nos habría dado ejemplo. Por eso le anuncian los ángeles,
cantando llenos de gozo: gloria a Dios en las alturas; y
proclaman: en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad
(Lc 2, 14). Ven ellos, en efecto, que la Jerusalén celestial se
levanta en medio de las naciones del mundo. ¿Qué alegría no
causará en el pequeño mundo de los hombres esta obra
inefable de la bondad divina, si tanto gozo provoca en la esfera
sublime de los ángeles?

Por todo esto, amadísimos, demos gracias a Dios Padre por
medio de su Hijo en el Espíritu Santo, que, por la inmensa
misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros; y,
estando muertos por el pecado, nos resucitó a la vida en Cristo
(cfr. Ef 2, 5) para que fuésemos en Él una nueva criatura, una
nueva obra de sus manos. Por tanto, dejemos al hombre viejo
con sus acciones (cfr. Col 3, 9) y renunciemos a las obras de la
carne, nosotros que hemos sido admitidos a participar del
nacimiento de Cristo.

Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, pues participas de la
naturaleza divina (cfr. 2 Re 1, 4), y no vuelvas a la antigua
miseria con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de
qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado del
poder de las tinieblas, has sido trasladado al reino y claridad de
Dios (cfr. Col 1, 13). Por el sacramento del Bautismo te
convertiste en templo del Espíritu Santo: no ahuyentes a tan
escogido huésped con acciones pecaminosas, no te entregues
otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la Sangre
de Cristo, quien te redimió según su misericordia y te juzgará
conforme a la verdad. El cual con el Padre y el Espiritu Santo
reina por los siglos de los siglos. Amén.

LAS DOS VENIDAS DE CRISTO – SAN CIRILO DE JERUSALÉN

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc 2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (cf. Sal 104,2a). En la primera «soportó la cruz, sin miedo a la ignominia» (Hebr 12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles.

San Cirilo de Jerusalén

Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento, esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino. Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón (Sal 72,6); el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc 2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (cf. Sal 104,2a). En la primera «soportó la cruz, sin miedo a la ignominia» (Hebr 12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles (cf. Mt 25,31).

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la segunda. Y, habiendo proclamado en la primera: «bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21,9), diremos eso mismo en la segunda (cf. Mt 23,39); y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos adorándolo: «Bendito el que viene en nombre del Señor». El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio (Mt 27,12) refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz y les dirá: «Esto hiciste y yo callé» (Sal 50,21 ) 3.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.

De ambas venidas habla el profeta Malaquías «De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis» (Mal 3,1). He ahí la primera venida. Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar —dice el Señor de los ejércitos—. ¿Quién podrá resistir el día de su venida? ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará para fundir y purgar» (3,1-3).

Y en las líneas que siguen dice el Salvador mismo: «Yo me acercaré a vosotros para el juicio, y seré un testigo expeditivo contra los hechiceros y contra los adúlteros, contra los que juran con mentira», etc. (3,5). Por eso, queriendo hacernos más cautos, dice Pablo: «Si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego» (I Cor 3,12-13)4.

Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas en estos términos: «Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tit 2,11-13). Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.

Por esta razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel «que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, sera otra vez renovado.

Catequesis XV, 1-3 – San Cirilo de Jerusalén

EL ÁRBOL GENEALÓGICO DE JESÚS – FULTON SHEEN

La diferencia entre la genealogía que presenta Lucas y la que presenta Mateo es debida al hecho de que Lucas, al escribir a los gentiles, ponía cuidado en dar la ascendencia natural; mientras que Mateo, al escribir a los judíos, puso claro empeñó en demostrar a los judíos que nuestro Señor era el heredero del reino de David. 

Fulton Sheen

Aunque su naturaleza divina procedía de la eternidad, su naturaleza humana tenía una base judía. La sangre que corría por sus venas era de la casa real de David, por medio de su madre, que, aunque pobre, pertenecía al linaje de aquel gran rey. Sus contemporáneos le llamaron el «hijo de David». El pueblo jamás habría consentido mirar como Mesías a ningún pretendiente que no cumpliera este requisito indispensable. Ni tampoco nuestro Señor desmintió nunca su origen davídico. Únicamente afirmó que su filiación davídica no explicaba las relaciones con que se hallaba unido al Padre en su persona divina.

Las primeras palabras del evangelio de Mateo sugieren la generación de nuestro Señor. El Antiguo Testamento empieza con la generación o génesis del cielo y de la tierra por medio de Dios, el cual creó todas las cosas. El Nuevo Testamento tuvo otra clase de génesis, en el sentido en que describe la creación nueva de todas las cosas. La genealogía que se da en dicho libro implica que Cristo era «un segundo Hombre», y no simplemente uno de entre tantos que habían surgido de Adán. Lucas, que dirigía su evangelio a los gentiles, remontó los ascendientes de nuestro Señor hasta el primer hombre, pero Mateo, que dirigía su evangelio a los judíos, lo presentó como el «hijo de David e hijo de Abraham». La diferencia entre la genealogía que presenta Lucas y la que presenta Mateo es debida al hecho de que Lucas, al escribir a los gentiles, ponía cuidado en dar la ascendencia natural; mientras que Mateo, al escribir a los judíos, puso claro empeñó en demostrar a los judíos que nuestro Señor era el heredero del reino de David. A Lucas le interesa el Hijo del hombre; a Mateo, el rey de Israel. De ahí que Mateo empiece así su evangelio:

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. (Mt 1, 1)

Mateo presenta las generaciones que van desde Abraham hasta nuestro Señor como si hubieran pasado a través de tres ciclos de catorce cada uno. Sin embargo, ello no representa una genealogía completa. Se mencionan catorce desde Abraham hasta David; catorce desde David hasta el cautiverio de Babilonia, y catorce desde el cautiverio de Babilonia hasta nuestro Señor. La genealogía desborda el fondo judío para incluir a unos pocos no judíos. Debió de haber alguna muy buena razón para ello, como debió de haberla para incluir a otros que no tenían la mejor reputación.

Una de estas personas fue la ramera Rahab, y otra fue Rut, que era extranjera, aunque admitida en la nación israelita; un tercer antepasado de mala fama fue la pecadora Betsabé, cuyo pecado con David arrojó oprobio sobre la línea de descendencia real. ¿Por qué había de haber tales manchas en el escudo de armas, como Betsabé, cuya pureza femenina fue mancillada; y Rut, que, aunque moralmente buena, fue un elemento que introdujo sangre extranjera en la descendencia? Posiblemente fue debido a que se quería indicar la relación de Cristo con respecto a los mancillados y a los pecadores, a las prostitutas, e incluso a los gentiles, los cuales fueron incluidos en su mensaje y en su redención.

En algunas traducciones de la Escritura, la palabra que se emplea para describir la genealogía es la palabra «engendró», por ejemplo: «Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob»; en otras traducciones hallamos la expresión «fue padre de», por ejemplo: «Jeconías fue padre de Salatiel». Una u otra manera de traducir es lo de menos; lo que llama la atención es que esta monótona expresión se usa a lo largo de cuarenta y una generaciones. Pero se omite al llegar a la generación cuarenta y dos. ¿Por qué? Debido al nacimiento virginal de Jesús.

Y Jacob engendró a José, marido de María; de la cual nació Jesús, que es llamado el Cristo. (Mt 1, 16)

Mateo, al trazar la genealogía, sabía que nuestro Señor no era hijo de José. De ahí que desde las primeras páginas del evangelio se presenta a nuestro Señor relacionado con la raza que, no obstante, no le produjo enteramente. Que llegó a formar parte de esta raza era evidente; sin embargo, era distinto de ella.

Si había una sugerencia al nacimiento virginal en la genealogía de Mateo, también la había en la genealogía de Lucas. En Mateo no se dice que José hubiera engendrado a nuestro Señor, y en Lucas se llama a nuestro Señor: Hijo (según se creía) de José. (Lc 3, 23)

Quería decir con estas palabras que corrientemente se suponía que nuestro Señor era hijo de José. Combinando las dos genealogías: en Mateo, nuestro Señor es hijo de David y de Abraham; en Lucas, es el hijo de Adán y es también la simiente de la mujer que Dios prometió habría de aplastar la cabeza de la serpiente. Personas inmorales son convertidas, mediante la providencia de Dios, en los instrumentos de su divina política: así, David, que asesinó a Urías, es, sin embargo, el canal por el cual la sangre de Abraham fluye hasta la sangre de María. Había pecadores en su  árbol genealógico, y Él parecería el más grande pecador de todos cuando pendiera del árbol genealógico de la cruz, haciendo a los hombres hijos adoptivos del Padre celestial.