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SOBRE LA ORACIÓN – San Agustín – Vª Parte

Aquí tienes, a mi juicio, no sólo las condiciones del que ora, sino también lo que ha de pedir. No te lo enseño yo, sino que te lo enseña quien a todos se ha dignado enseñarnos. Hemos de buscar la vida bienaventurada, hemos de pedírsela al Señor. Muchos han discutido interminablemente sobre esa bienaventuranza. Mas ¿qué necesidad tenemos de acudir a tantos autores y a tantas discusiones?

  1. Esto es lo que sin sombra de duda hemos de pedir para nosotros, para los nuestros, para los extraños y para los mismos enemigos, aunque uno pide por éste, otro pide por aquél, según sean sus relaciones o la lejanía de su familiaridad, mientras en el corazón del que ora haya y arda el afecto. En cambio, supongamos que en la oración alguien repite, por ejemplo: “Señor, multiplica mis riquezas” ; o bien: “Dame tanto cuanto le diste a aquel o aquel otro”; o bien: “Eleva mi dignidad; hazme poderoso y célebre en este mundo”, o cosa parecida; supongamos que dice eso por la concupiscencia que siente hacia esos bienes y no por el provecho que pueden traer a los hombres según la voluntad de Dios; seguramente no hallará en la oración dominical una sentencia a la que ajustar su petición. Vergüenza debiera darle pedir eso, si no le da vergüenza el apetecerlo; y si es que le da vergüenza, pero le domina la apetencia, mucho mejor será que pida al Señor que le libre de su concupiscencia, diciéndole:Mas líbranos de mal.
  2. Aquí tienes, a mi juicio, no sólo las condiciones del que ora, sino también lo que ha de pedir. No te lo enseño yo, sino que te lo enseña quien a todos se ha dignado enseñarnos. Hemos de buscar la vida bienaventurada, hemos de pedírsela al Señor. Muchos han discutido interminablemente sobre esa bienaventuranza. Mas ¿qué necesidad tenemos de acudir a tantos autores y a tantas discusiones? La Escritura de Dios nos dice breve y verazmente:Bienaventurado es el pueblo cuyo Dios es el Señor68.Para permanecer dentro de ese pueblo y para contemplar a Dios y para que podamos vivir con El sin fin, el fin del precepto es la caridad del corazón puro, de la conciencia buena y de la fe no fingida69. Al numerar las tres propiedades, se coloca la esperanza en lugar de la conciencia buena. Por lo tanto, la fe, la esperanza y la caridad70 conducen a Dios al que ora, es decir, al que cree, espera y desea, y advierte en la oración dominical lo que ha de pedir al Señor. Mucho ayudan también a la oración los ayunos, la mortificación de la concupiscencia carnal, sin dañar a la salud, y principalmente las limosnas para que podamos decir: En el día de mi tribulación busqué al Señor con mis manos, por la noche, en su presencia, y no fui defraudado71. ¿Cómo se ha de buscar con las manos al Señor, que es impalpable e incorporal, si no se le busca con las obras?
  3. Quizá me preguntes aún por qué dijo el Apóstol: No sabemos lo que hemos de pedir como conviene72.No hemos de pensar que él o los cristianos a quienes esto decía ignoraban la oración dominical. Por otra parte, no pudo hablar temeraria y falsamente. ¿Por qué dijo esto, sino porque de ordinario aprovechan las molestias y tribulaciones temporales para curarnos el tumor de la soberbia, o para probarnos y ejercitarnos la paciencia, a la que se asigna mayor y más noble premio cuando está probada y ejercitada, o, en fin, para borrar y castigar cualesquiera pecados? Sin embargo, como nosotros no vemos el provecho, deseamos vernos libres de toda tribulación. El Apóstol da a entender que ni él mismo se libró de esa ignorancia, aunque quizá sabía pedir como conviene, cuando en la alteza de sus revelaciones, y para que no se enorgulleciese, se le dio el aguijón de la carne, el ángel de Satanás, con el fin de que le abofetease73. Entonces pidió tres veces al Señor que le librase de él, seguramente sin saber lo que pedía como conviene. Al fin oyó la respuesta de Dios, manifestando por qué no se realizaba lo que tan grande santo pedía y por qué no convenía que se realizase:Te basta mi gracia, pues la virtud se perfecciona en la enfermedad74.
  4. En estas tribulaciones, que pueden ocasionarnos utilidad y ruina, no sabemos lo que hemos de pedir como conviene. Y, sin embargo, porque son molestas, porque van contra nuestro débil natural, todos coincidimos en pedir que se nos libre de ellas. Pero a nuestro Señor debemos la merced de pensar que no nos abandona cuando no nos las quita, sino que nos animamos a esperar mayores bienes soportando piadosamente los males. Y de este modo la virtud se perfecciona en la enfermedad. El Señor, airado contra algunos, que se lamentaban, les concedió lo que pedían, mientras se mostró piadoso al negárselo al Apóstol. En efecto, leemos lo que pidieron y lo que recibieron los israelitas. Mas, una vez satisfecha la concupiscencia, fue duramente castigada su impaciencia75. Cuando le pidieron un rey según el corazón de ellos y no según el de Dios, se lo concedió también76. Hasta al diablo le otorgó lo que pedía para que fuese tentado y probado su siervo Job77. Escuchó también a los inmundos espíritus que le pedían permiso para entrar en la piara de cerdos78. Esto se escribió para que nadie se enorgullezca si Dios le escucha cuando pide con impaciencia lo que no le convendría pedir, y juntamente para que nadie se apoque y desespere de la divina misericordia para con él, si Dios no le escucha cuando quizá pide algo cuya recepción sería riguroso tormento o ruina, por dejarse el beneficiario corromper por la prosperidad. En esos casos no sabemos pedir como conviene. Si algo acaece en contra de lo que hemos pedido, hemos de tolerarlo con paciencia, dando por todo gracias a Dios, sin dudar lo más mínimo de que lo más conveniente es lo que acaece por voluntad de Dios y no por la nuestra. Nuestro Salvador se nos puso de modelo cuando dijo:Padre, si es posible, pase de mí este cáliz,pues transformando la voluntad humana, que tenía por su encarnación, añadió en seguida: pero no lo que yo quiero, sino lo que quieres tú79. De aquí que, con razón, por la obediencia de uno se hacen justos muchos80.
  5. Mas quien pida al Señor aquella única cosa mencionada y la busque81, pide con certidumbre y seguridad; no teme que haya obstáculo para recibir, pues sin ella de nada le servirá cualquiera otra cosa que pida como conviene. Ella es la única y sola vida bienaventurada: contemplar el deleite del Señor para siempre, dotados de la inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo y del espíritu. Por sola ella se piden, y se piden convenientemente, las demás cosas. Quien ésta tuviere, tiene cuanto quiere; ni podrá allí querer algo que no convenga. Allí está la fuente de la vida82, cuya sed hemos de avivar en la oración mientras vivimos de esperanza. Ahora vivimos sin ver lo que esperamos, bajo las alas de aquel ante quien presentamos nuestro deseo, para embriagarnos de la abundancia de su casa y abrevarnos en el torrente de su dicha: porque en él está la fuente de la vida y en su resplandor hemos de ver la luz83. Y entonces se satisfará en los bienes nuestro deseo, y nada tendremos que pedir gimiendo, pues todo lo tendremos gozando. Y, con todo, ya que ella es la paz que sobrepuja a todo entendimiento, no sabemos lo que pedimos, como conviene84, cuando se la pedimos a Dios en la oración. No podemos imaginarlo como ello es en sí, y, por lo tanto, lo ignoramos. Y en verdad todo lo que nos viene a la imaginación lo rehuimos, rechazamos, reprobamos; sabemos que no es eso lo que buscamos, aunque no sabemos cómo es lo que buscamos.
  6. Eso quiere decir que hay en nosotros una docta ignorancia, por decirlo así, pero docta por el espíritu de Dios, que ayuda nuestra debilidad. En efecto, dice el Apóstol:Si lo que no vemos lo esperamos, por la paciencia lo aguardamos;y a continuación añade: De un modo semejante el espíritu socorre nuestra debilidad; porque no sabemos lo que hemos de pedir como conviene; mas el mismo espíritu interpela por nosotros con gemidos inenarrables. Y quien escruta los corazones conoce lo que sabe el Espíritu, pues interpela según Dios por los santos85. No hemos de entender esas palabras como si el Espíritu de Dios, que en la Trinidad de Dios es inmutable y un solo Dios con el Padre y con el Hijo, interpelase a Dios como alguien distinto de Dios. Se dice que interpela por los santos porque impulsa a los santos a interpelar. Del mismo modo se dice: Os tienta el Señor vuestro Dios para ver si le amáis86es decir, para que vosotros lo conozcáis. El Espíritu Santo impulsa a interpelar a los santos con gemidos inenarrables, inspirándoles el deseo de esa tan grande realidad, que todavía nos es desconocida y que esperamos con paciencia. Pero ¿cómo se narra lo que se ignora cuando se desea? Porque en verdad, si enteramente nos fuese ignorada, no la desearíamos. Y, por otra parte, si la viésemos, no la desearíamos ni la pediríamos con gemidos.

De la carta 130 de San Agustín a Proba

SOBRE LA ORACIÓN – San Agustín – IVª Parte

Su don es muy grande, y nosotros somos menguados y estrechos para recibirlo. Por eso se nos dice: Dilataos para no llevar el yugo con los infieles.Mayor capacidad tendremos para recibir ese don tan grande, que ni el ojo lo vio, porque no es color; ni el oído lo oyó, porque tampoco es sonido; ni subió al corazón del hombre, porque es el corazón el que debe subir hasta él; tanto mayor capacidad tendremos, cuanto más fielmente lo creamos, más firmemente lo esperemos y más ardientemente lo deseemos.

  1. Por eso se dice:Pedid, y recibiréis; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, y el que busca encuentra, y a quien llama le abrirán. ¿Quién de vosotros, si su hijo le pide un pan, le dará una piedra, o, si le pide un pez, le dará una culebra, o, si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto mejor vuestro Padre celestial dará bienes a los que se los piden?38Tres virtudes recomienda el Apóstol. La primera es la fe, que está simbolizada en el pez39, ya por razón del agua del bautismo, ya porque la fe se mantiene íntegra entre las olas de este siglo; al cual pez se opone la serpiente, que con un fraude venenoso persuadió a que se negase a Dios la fe. La segunda es la esperanza, que está simbolizada en el huevo, porque la vida del pollo todavía no es, sino que será; no se ve todavía, sino que se espera, puesto que la esperanza que se ve ya no es esperanza40; al huevo se opone el escorpión, porque quien espera la eterna vida se olvida de lo que atrás queda y tiende a lo que tiene por delante41, y para él es ruinoso el mirar atrás; en cambio, al escorpión hay que evitarle por esa parte de la cola, que es venenosa en forma de aguijón. La tercera virtud es la caridad, simbolizada en el pan. La mayor de las tres es la caridad42, como el pan supera por su utilidad a todos los demás alimentos; el pan se opone a la piedra, porque los corazones endurecidos rechazan la caridad. Aunque estos símbolos tengan otra interpretación más conveniente, no cabe duda de que quien sabe dar buenos dones a sus hijos nos obliga a pedir, buscar y llamar.
  2. Lo hace, aunque sabe lo que necesitamos antes de pedírselo43y puede mover nuestro ánimo. Esto puede causar extrañeza, si no entendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le mostremos nuestra voluntad, pues no puede desconocerla; pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y así prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar44. Su don es muy grande, y nosotros somos menguados y estrechos para recibirlo. Por eso se nos dice: Dilataos para no llevar el yugo con los infieles45.Mayor capacidad tendremos para recibir ese don tan grande, que ni el ojo lo vio, porque no es color; ni el oído lo oyó, porque tampoco es sonido; ni subió al corazón del hombre46, porque es el corazón el que debe subir hasta él; tanto mayor capacidad tendremos, cuanto más fielmente lo creamos, más firmemente lo esperemos y más ardientemente lo deseemos.
  3. En la fe, esperanza y caridad oramos siempre con un continuo deseo. Pero a ciertos intervalos de horas y tiempos oramos también vocalmente al Señor, para amonestarnos a nosotros mismos con los símbolos de aquellas realidades, para adquirir conciencia de los progresos que realizamos en nuestro deseo, y de este modo nos animemos con mayor entusiasmo a acrecentarlo. Porque ha de seguirse más abundoso efecto cuanto precediere más fervoroso afecto. Por eso dijo el Apóstol:Orad sin interrupción47.¿Qué significa eso sino «desead sin interrupción» la vida bienaventurada, que es la eterna, y que os ha de venir del favor del único que os la puede dar? Deseémosla, pues, siempre de parte de nuestro Señor y oremos siempre. Pero a ciertas horas substraemos la atención a las preocupaciones y negocios, que nos entibian en cierto modo el deseo, y nos entregamos al negocio de orar; y nos excitamos con las mismas palabras de la oración a atender mejor al bien que deseamos, no sea que lo que comenzó a entibiarse se enfríe del todo y se extinga por no renovar el fervor con frecuencia. Por lo cual dijo el mismo Apóstol: Vuestras peticiones sean patentes a Dios48. Eso no hay que entenderlo como si tales peticiones tuvieran que mostrarse a Dios, pues ya las conocía antes de que se formulasen; han de mostrarse a nosotros en presencia de Dios por la perseverancia y no ante los hombres por la jactancia. También podría interpretarse que se muestren a los ángeles, que están en presencia de Dios, para que en cierto modo las presenten a Dios y le consulten sobre ellas. Así, conociendo ellos lo que se ha de cumplir por orden divina, nos lo sugieran distinta o veladamente a nosotros, según lo entiendan en la divina orden. Porque fue un ángel el que le dijo a un hombre: Y ahora, cuando orabais tú y Sara, yo ofrecí vuestra oración en la presencia de la claridad de Dios49.
  4. Siendo esto así, no será inútil o vituperable el dedicarse largamente a la oración cuando hay tiempo, es decir, cuando otras obligaciones y actividades buenas y necesarias no nos lo impidan, aunque también en ellas, como he dicho, hemos de orar siempre con el deseo. Porque no es lo mismo orar con locuacidad que orar durante largo espacio50, como algunos piensan. Una cosa es un largo discurso y otra es un afecto sostenido. En efecto, del mismo Señor está escrito que pernoctaba en oración y que oró prolijamente51. ¿No era darnos el ejemplo, orando con oportunidad en el tiempo, aunque con el Padre oye en la eternidad?
  5. Se dice que los hermanos de Egipto se ejercitan en oraciones frecuentes, pero muy breves y como lanzadas en un abrir y cerrar de ojos, para que la atención se mantenga vigilante y alerta y no se fatigue ni embote con la prolijidad, pues es tan necesaria para orar. De ese modo nos enseñan que la atención no se ha de forzar cuando no puede sostenerse; pero tampoco se ha de retirar si puede continuar. Alejemos de la oración los largos discursos, pero mantengamos una duradera súplica si persevera ferviente la atención. El mucho hablar es tratar en la oración un asunto necesario con palabras superfluas. En cambio, la súplica sostenida es llamar con una sostenida y piadosa excitación del corazón a la puerta de aquel a quien oramos. Habitualmente este asunto se realiza más con gemidos que con palabras, más con llanto que con discursos. Dios pone nuestras lágrimas ente sí52y nuestros gemidos no se le ocultan a él53que todo lo creó por su Verbo y no necesita del verbo humano.
  6. Por lo tanto, para nosotros son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos permiten ver lo que pedimos, sin que se nos ocurra pensar que con ellas vamos a enseñar o a forzar al Señor. Cuando decimossantificado sea tu nombre54nos incitamos a nosotros mismos a desear que el nombre del Señor, que siempre es santo, sea tenido como santo por los hombres, es decir, no sea despreciado. Cuando decimosvenga a nosotros tu reino55que ciertamente ha de venir, queramos o no queramos, enardecemos nuestro deseo de aquel reino, para que venga a nosotros y merezcamos reinar en él. Cuando decimos hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo56le pedimos para nosotros la misma obediencia, para que cumplamos su voluntad, como en el cielo la cumplen sus ángeles. Cuando decimos el pan nuestro de cada día dánosle hoy57, en el término hoy entendemos el tiempo presente, para el que pedimos aquella suficiencia arriba mencionada, bajo el nombre de pan, es decir, de la parte principal; o quizá puede entenderse el sacramento de los fieles, que nos es necesario en el tiempo presente, aunque no para la felicidad del tiempo presente, sino para la eterna. Cuando decimos perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, nos obligamos a recapacitar sobre lo que pedimos y sobre lo que hacemos, para que merezcamos recibirlo. Cuando decimos no nos dejes caer en la tentación, nos exhortamos a pedirlo, no sea que, careciendo de la ayuda divina, sobrevenga la tentación y consintamos seducidos o cedamos afligidos. Cuando decimos mas líbranos de mal58, nos invitamos a pensar que no estamos aún en aquel lugar bueno en que no padeceremos mal alguno. Y esto último que se dice en la oración dominical abarca tanto, que el cristiano sometido a cualquiera tribulación gime con esa fórmula, con ella llora, por ella comienza, en ella se para y por ella termina la oración. Era menester valerse de palabras para imprimir en nuestra memoria las realidades mismas.
  7. Todas las demás palabras que digamos, ya las que formula el fervor precedente hasta adquirir conciencia clara, ya las que considera luego para crecer, no dicen otra cosa sino lo que se contiene en la oración dominical, si es que rezamos bien y apropiadamente. Y quien dice algo que no quepa dentro de esta oración evangélica, ora carnalmente, aunque no ore ilícitamente. Y aun no sé cómo puede ser lícito, cuando los renacidos en espíritu59no han de orar sino espiritualmente. Alguien dice por ejemplo:Muestra tu caridad entre todas las naciones, como la has manifestado entre nosotros; o también: Que tus profetas sean hallados fieles60¿Y qué otra cosa dice sino santificado sea el tu nombre? Otro dice: Dios de las virtudes, vuélvete a nosotros, muéstranos tu faz y seremos salvos61. ¿Y qué otra cosa dice sino venga a nosotros tu reino? Otro dice: Dirige mis caminos según tu palabra y no me domine iniquidad alguna62. ¿Y qué otra cosa dice sino hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo? Otro dice: No me des riquezas ni pobreza63. ¿Y qué otra cosa dice sino el pan nuestro de cada día dánosle hoy? Otro dice: Acuérdate, Señor, de David, de su mansedumbre64; o bien: Señor, si he ejecutado ese mal, si hay iniquidad en mis caminos, si a los que me hicieron mal se lo he devuelto65. ¿Qué otra cosa dice sino perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores? Otro dice: Quítame la concupiscencia del vientre y no sea yo esclavo de deseos impuros66. ¿Y qué otra cosa dice sino no nos dejes caer en la tentación? Otro dice: Líbrame, Señor, de mis enemigos y defiéndeme de los que se levantan contra mí67. ¿Y qué otra cosa dice sino líbranos de mal? Si vas discurriendo por todas las plegarias de la santa Escritura, nada hallarás, según creo, que no esté contenido y encerrado en la oración dominical. Por eso hay libertad para repetir en la oración las mismas cosas con diversas palabras; pero, en cambio, no hay libertad para decir distintas cosas.

De la carta 130 de San Agustín a Proba

PARA VIVIR MURIENDO

[Homilía predicada a religiosos]

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida – Jn 14, 1-6

Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Así nos exhorta San Pablo en su primera carta a los Corintios, en una defensa admirable que hace de la resurrección de Cristo como fundamento de nuestra resurrección final, y, en consecuencia, de nuestra fe para soportar todas las adversidades de esta vida presente.

En otro lugar, escribiendo a los Tesalonicenses, San Pablo habla expresamente sobre los que han muerto y lo relaciona con el tema de la esperanza que debemos tener en la resurrección de Cristo. Dice el Apóstol: “Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto.” (1 Tes 4, 13-14) Un santo Obispo de Zaragoza del siglo VI, Braulio, en una de sus cartas decía, comentando el pasaje que acabamos de citar de San Pablo: “Y el apóstol San Pablo quiere que no nos entristezcamos por la suerte de los difuntos, pues nuestra fe nos enseña que todos los que creen en Cristo, según se afirma en el Evangelio, no morirán para siempre: por la fe, en efecto, sabemos que ni Cristo murió para siempre ni nosotros tampoco moriremos para siempre.” (San Braulio de Zaragoza, obispo (s.VI), Carta 19)

En la primera Carta a los Corintios, que ya mencionamos antes, San Pablo sigue diciendo: “En consecuencia, siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras sea el cuerpo domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo.” (1Cor 15, 12-34)

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1005 dice que “Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario “dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor” (2 Co 5,8). En esta “partida” (Flp 1,23) que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos (cf. SPF 28).” Y un poco más adelante, en el número 1030 dice: “Los que mueren en gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.” Esto ya introduce el tema del purgatorio, que comienza aclarando en el número siguiente: “La iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. […] Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad al decir que, si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12,31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, dial. 4, 39).” (CIC, 1031)

Es justamente el tema de la celebración que en toda la Iglesia hoy estamos conmemorando: los fieles difuntos. Es de tradición antiquísima, incluso bíblica, como subraya el catecismo, el tema de la oración y sufragio por los muertos, para purificarse de sus pecados. Pone el ejemplo de Judas Macabeo para argumentar esto (Cfr. CIC 1032). Todo este tema de la purificación mientras aguardamos una resurrección final prometida por Cristo, quien nos precedió en esto como dice la escritura, como el primero a resucitar gloriosamente, todo esto nos lleva a un tema muy importante que debemos considerar, que es justamente el modo como nosotros aprovechamos nuestra vida, con este cuerpo, en este tiempo presente, para prepararnos para el encuentro definitivo con el Señor después de nuestra muerte.

Rezamos y ofrecemos sufragios por las benditas almas del purgatorio pues ellas están en un lugar terrible, de sufrimientos terribles, aunque, como lo ha remarcado el catecismo y lo hemos mencionado, es una pena que se distingue esencialmente de la pena de los condenados al infierno: “un sufrimiento terrible, pero con esperanza”. No tengo intención aquí de entrar propiamente en este tema, de las penas del purgatorio, del sufrimiento que pasan las almas allá y lo cuanto necesitan de nuestras oraciones, si bien podríamos desarrollarlo. Pero me parece más conveniente, teniendo en cuenta que nosotros, religiosos, vinimos a esta nuestra congregación para vivir muriendo, vivir como muertos, dando muerte a nuestro hombre viejo, para justamente “adelantar” este proceso de purificación y garantizar, en la medida que se nos hace posible, un ingreso definitivo en el cielo apenas nos deparemos con la muerte, podemos escuchar lo que escribió San Ambrosio de Milán en un libro suyo sobre la muerte de su hermano Sátiro: “En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como irla sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte.” (San Ambrosio de Milán, Del libro sobre la muerte de su hermano Sátiro, Libro 2)

“Nuestro espíritu -continúa el santo de Milán en otro lugar en la misma obra- aspira a abandonar las sinuosidades de esta vida y los enredos del cuerpo terrenal y llegar a aquella asamblea celestial, a la que sólo llegan los santos”.

Se trata del tema de nuestra purificación, de desvestirnos del hombre viejo, de la corruptibilidad de nuestro mísero cuerpo, para ir disponiéndonos ya a la unión con Dios, que nos revestirá de esta inmortalidad, de esta gloria de que habla San Pablo en el capítulo 15 de su primera carta a los Corintios: “Porque esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad. Hermanos: aunque nuestro hombre exterior se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno. Es cosa que ya sabemos: si se destruye este nuestro tabernáculo terreno, tenemos un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y que tiene una duración eterna en los cielos”. Aquí el Apóstol habla de estas mismas moradas que el Señor nos ha hablado en el Evangelio: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo…” (Jn 14, 1-6) Sigue San Pablo: “y, de hecho, por eso suspiramos, por el anhelo de vestirnos encima la morada que viene del cielo, suponiendo que nos encuentre aún vestidos, no desnudos. Los que vivimos en tiendas suspiramos bajo ese peso, porque no querríamos desnudarnos del cuerpo, sino ponernos encima el otro, y que lo mortal quedara absorbido por la vida.” (Cfr. 1Cor 15, 12-34)

Es verdaderamente necesario que nos purifiquemos de nuestras faltas, nuestros delitos son siempre un obstáculo para unirnos al Señor. Canta el Salmista: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?” Por más que sabemos que “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa” y que “Él redimirá a Israel de todos sus delitos” (Cfr. Sal 129, 1-8), en el Evangelio de San Juan, el Señor ha dicho categóricamente que para que lleguemos a estas moradas que Él nos iba a preparar, sería necesario seguir su mismo camino. Camino de cruz, de muerte… Que lleva a la resurrección, y que por esto fundamente nuestra fe y nuestra esperanza en la resurrección con Él en el último día, sí, por supuesto, pero es un camino de cruz, de muerte… Muerte que encuentra vida… “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” dijo el Señor.

Por esto, para concluir, debemos buscar esta muerte diaria, muerte que purifica, que no tiene otro deseo que prepararnos para unirnos al Señor en la gloria del Cielo por toda la eternidad. Conviene recordar lo que nos dice nuestro derecho propio sobre esto:

[178] Debemos morir totalmente al propio yo. Hay tres momentos en la perfecta abnegación de sí mismo: la mortificación cristiana, el espíritu de sacrificio, y la muerte total al propio yo. A este tercer momento es muy difícil remontarse. Se logra mediante un trabajo perenne. Se trata de morir para vivir: estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Cor 3,3). La vida de Cristo fue una muerte continua, cuyo último acto y consumación fue la cruz.

Por diversos grados de muerte se establece en nosotros la vida mística de Cristo:

  • muerte a los pecados, incluso a los más ligeros y a las menores imperfecciones;
  • muerte al mundo y a todas las cosas exteriores;
  • muerte a los sentidos y al cuidado inmoderado del propio cuerpo;
  • muerte al carácter y a los defectos naturales: no hablar u obrar según propio humor, o capricho, mantenerse siempre en paz y en posesión de sí mismo;
  • muerte a la voluntad propia y al propio espíritu: someter la voluntad a la razón, no dejarse llevar por el capricho o las fantasías, no obstinarse en el propio juicio, saber escuchar, estar siempre alegres con lo que Dios nos da;
  • muerte a la estima y amor de nosotros mismos: al amor propio;
  • muerte a las consolaciones espirituales, que un día Dios retira completamente, y al alma todo le molesta, todo lo fastidia, todo le fatiga, la naturaleza grita, se queja, se enfurece;
  • muerte a los apoyos y seguridades con relación al estado de nuestra alma: experimentar el abandono de Dios…;
  • muerte a toda propiedad en lo que concierne a la santidad: entera desnudez. Ya no se ven los dones, ni las virtudes, sólo los pecados, la propia nada.”

Por esto, pidámosle a la Santísima Virgen María, que podamos adoptar esta postura: de vivir muriendo, para que podamos, al morir, unirnos prontamente al Señor Jesús y a toda la cohorte celestial. Pidámosle también por todos los fieles difuntos que padecen en el purgatorio, que la Virgen les alivie en sus penas y les lleven pronto a gozar de las alegrías eternas, dónde con todos los ángeles y santos, esperamos unirnos por los siglos de los siglos, amén.

P. Harley Carneiro, IVE

SOBRE LA ORACIÓN – San Agustín – IIIª Parte

La amistad, por su parte, no se reduce a esos estrechos límites, pues alcanza a todos los que tienen derecho al amor y a la caridad, aunque se incline hacia unos con mayor facilidad que hacia otros. Llega hasta los enemigos, pues se nos encarga el orar por ellos. Es decir, nadie hay en el género humano a quien no se le deba la caridad, si no por mutua correspondencia en el amor, por la común participación en la naturaleza.

  1. ¿Te place que, además de la salud temporal mencionada, deseen para sí y para los suyos honores y dignidades? En efecto, es decente el desearlos si con ello se atiende al bien de los subordinados, si no se buscan por sí mismos, sino por el bien que de ellos proviene. No sería decente el desearlos por vana pompa de ostentación, por exhibicionismo superfluo o por una nociva vanidad. Pueden desear para sí y para los suyos esa suficiencia de medios de vida de que habla el Apóstol de este modo:Es una gran ganancia la piedad con lo suficiente. Porque nada trajimos a este mundo y nada nos podremos llevar de él. Si tenemos la comida y el vestido, contentémonos con ellos. Pues los que pretenden enriquecerse caen en la tentación, en lazo y en hartas apetencias necias y nocivas, que sumergen a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque raíz de todos los males es la avaricia. Algunos, al practicarla, se desviaron de la fe y se enredaron en hartas aflicciones32.Quien desea esta suficiencia, y nada más desea, nada inconveniente desea. Porque, en otro caso, no la desea a ella, y, por lo tanto, no desea algo conveniente. Esa deseaba, y por ella oraba el que decía: No me des riquezas ni pobreza; otórgame lo que me es necesario y suficiente, no sea que, saciado, me vuelva mentiroso y diga: “¿Quién me ve?” O, si la pobreza me estrecha, me convierta en ladrón y perjure contra el nombre de Dios33. Ya advertirás que esta suficiencia se desea no por ella, sino por la salud corporal y por el oportuno decoro de la persona humana, decoro que es conveniente para aquellos con quienes se ha de tratar honesta y civilmente.
  2. En todas estas cosas se apetecen por sí mismas la integridad del hombre y la amistad, mientras que la suficiencia de los medios necesarios de vida no se apetece por sí misma cuando se desea como conviene, sino por esos otros dos bienes mencionados. La integridad se refiere a la vida misma: a la salud, a la plenitud del alma y del cuerpo. La amistad, por su parte, no se reduce a esos estrechos límites, pues alcanza a todos los que tienen derecho al amor y a la caridad, aunque se incline hacia unos con mayor facilidad que hacia otros. Llega hasta los enemigos, pues se nos encarga el orar por ellos. Es decir, nadie hay en el género humano a quien no se le deba la caridad, si no por mutua correspondencia en el amor, por la común participación en la naturaleza. Verdad es que nos deleitan mucho y justamente aquellos que a su vez nos aman santa y limpiamente. Hay que orar por esos bienes: cuando se poseen, para que no se pierdan, y cuando no se poseen, para alcanzarlos.
  3. ¿Es esto todo? ¿Se reduce a esto todo lo que constituye la suma de vida bienaventurada? ¿Acaso la verdad nos sugiere alguna otra cosa que haya de anteponerse a esos bienes? En efecto, la suficiencia y la integridad mencionadas, tanto la propia como la de los amigos, mientras se trate de lo temporal, hemos de desdeñarlas cuando se trata de alcanzar la vida eterna. Bien es verdad que, aunque esté sano el cuerpo, no está ya sano el espíritu si no antepone lo eterno a lo temporal, puesto que no se vive útilmente en el tiempo si no se negocia en méritos para la eterna. Luego no cabe duda de que todas las cosas que pueden desearse útil y convenientemente han de ser referidas a aquella vida en la que se vive con Dios y de Dios. Nos amamos a nosotros mismos justamente cuando amamos a Dios. Y, en conformidad con otro precepto, amamos con verdad a nuestro prójimo como a nosotros mismos cabalmente cuando, según nuestras posibilidades, le conducimos a un semejante amor de Dios. Es que a Dios le amamos por sí mismo, y a nosotros mismos y al prójimo nos amamos por El. Pero, aunque vivamos de ese modo, no pensemos que ya hemos alcanzado la vida bienaventurada y que ya nada nos queda por pedir. ¿Cómo puede ser bienaventurada nuestra vida faltándonos el bien único por el que vivimos bien?
  4. ¿Por qué desviar la atención a muchas cosas, preguntando qué hemos de pedir y temiendo nopedir como conviene?Más bien hemos de repetir con el Salmo: Una cosa pedí al Señor, ésta buscaré: que me permita habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida para poder contemplar el gozo de Dios y visitar su santo templo34. En aquella morada no se suman los días que llegan y pasan para componer una totalidad, ni el principio de uno es el fin de otro. Todos se dan simultáneamente y sin fin, pues no tiene fin aquella vida a la que pertenecen los días. Para alcanzar esa vida bienaventurada nos enseñó a orar la misma y auténtica Vida bienaventurada; pero no con largo hablar, como si se nos escuchase mejor cuanto más habladores fuéremos, ya que, como el mismo Señor dijo, oramos a aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos35. Aunque el Señor nos haya prohibido el mucho hablar, puede causar extrañeza el que nos haya exhortado a orar, siendo así que conoce nuestras necesidades antes de que las expongamos. Dijo en efecto: Es preciso orar siempre y no desfallecer, aduciendo el ejemplo de cierta viuda: a fuerza de interpelaciones se hizo escuchar por un juez inicuo, que, aunque no se dejaba mover por la justicia o la misericordia, se sintió abrumado por el cansancio36. De ahí tomó Jesús pie para advertirnos que el Señor, justo y misericordioso, mientras oramos sin interrupción, nos ha de escuchar con absoluta certeza, pues un juez inicuo e impío no pudo resistir la continua súplica de la viuda. También nos pone ante la vista cuan afable y de buen grado llenará los deseos buenos de aquellos que saben perdonar los pecados ajenos, cuando aquella que trató de vengarse llegó al lugar que apetecía. Y aquel a quien le había llegado un amigo de viaje y no tenía nada que poner a la mesa, deseaba que otro amigo le prestase tres panes, en los cuales tres se simboliza quizá la Trinidad en una sola sustancia. El huésped encontró a su amigo ya acostado, con todos los siervos, pero le despertó, llamando con la mayor insistencia y molestia para que le diese los panes deseados. Y tuvo el amigo que dárselos más bien por librarse de la molestia que pensando en la benevolencia37. Ese ejemplo nos puso Cristo para que entendamos que, si el que está dormido y es despertado contra su voluntad por un pedigüeño se ve obligado a dar, con mayor benignidad nos satisfará el que no puede dormir y hasta nos despierta a nosotros cuando dormimos para que pidamos.

De la carta 130 de San Agustín a Proba

SOBRE LA ORACIÓN – San Agustín – IIª Parte

Ya te he explicado quién debes ser para orar. Ahora oye lo que has de orar, objeto principal de tu consulta, pues te impresiona lo que dice el Apóstol:No sabemos lo que hemos de pedir, como conviene30.Temes que pueda causarte mayor perjuicio el orar como no conviene que el no orar. Puedo decírtelo todo en dos palabras: pide la vida bienaventurada

  1. Antes de que llegue esta consolación, por mucha felicidad de bienes temporales que disfrutes, acuérdate de que estás desolada, para que persistas día y noche en la oración. Porque el Apóstol no encarga ese deber a cualquier viuda,sino la que es,dice, verdadera viuda y desolada, espere en el Señor y persista en la oración de día y noche20. Pero evita con gran cautela lo que sigue: Mas la que vive en placeres, aun viviendo está muerta21. Trata el hombre en aquellos intereses que ama, en los que apetece como cosa grande, en aquellos con los que se considera dichoso. Por eso lo que la Escritura dice de los ricos: Si abundan las riquezas, no apeguéis el corazón a ellas22eso mismo te digo de los placeres: si abundan, no apegues el corazón a ellos. No te sobrestimes porque los placeres no te faltan, porque te inundan, porque fluyen como de la generosa fuente de la felicidad terrena. Menosprécialos y desdéñalos en absoluto y nada busques en ellos sino la íntegra salud del cuerpo. Sólo la salud es estimable por razón de las obligaciones que impone la vida, antes de que este cuerpo mortal se revista de inmortalidad23, es decir, de una verdadera, perfecta y perpetua salud, que no vaya decayendo con la terrena enfermedad ni tenga que repararse con un placer corruptible, sino que se mantenga en la constancia celestial y viva en la eterna incorrupción. El mismo Apóstol dice: No convirtáis en concupiscencia el cuidado de la carne24porque hemos de cuidar la carne, pero para las necesidades de la salud. Y como él mismo dice también: Nadie tuvo jamás odio a su carne25. A Timoteo, que al parecer era un excesivo castigador de su cuerpo, le amonesta a que beba un poco de vino por razón del estómago y de las frecuentes enfermedades26.
  2. Si la viuda vive en esos placeres, esto es, si habita en ellos y se apega a ellos por el placer del corazón, viviendo está muerta. Por eso muchos santos y santas los evitaron por todos los medios; desparramaron por las manos de los pobres esa misma riqueza, que es como la madre de los placeres. La trasladaron con mayor seguridad a los tesoros celestiales. Si tú no la repartes porque te ves ligada por una obligación de familia, bien sabes qué cuenta has de dar de ella a Dios.Nadie sabe lo que pasa en el hombre sino el espíritu del hombre que en él está27y por esono debemos nosotros juzgar nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor e ilumine los secretos de las tinieblas y manifieste los pensamientos del corazón, y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios28. Si nadas en placeres, toca a tu preocupación de viuda el no apegar el corazón, para que no se corrompa y muera entre ellos ese corazón, que debe estar en alto para vivir. Cuéntate en el número de aquellos a quienes se escribió: Vivirán sus corazones eternamente29.
  3. Ya te he explicado quién debes ser para orar. Ahora oye lo que has de orar, objeto principal de tu consulta, pues te impresiona lo que dice el Apóstol:No sabemos lo que hemos de pedir, como conviene30.Temes que pueda causarte mayor perjuicio el orar como no conviene que el no orar. Puedo decírtelo todo en dos palabras: pide la vida bienaventurada. Todos los hombres quieren poseerla, pues aun los que viven pésima y airadamente no vivirían de ese modo si no creyesen que así son o pueden ser felices. ¿Qué otra cosa has de pedir, pues, sino la que buscan los buenos y los malos, pero a la cual no llegan sino sólo los buenos?
  4. Quizá me preguntes aquí qué es la vida bienaventurada. En esta cuestión se han atormentado los ingenios y ocios de muchos filósofos, los cuales tanto menos la pudieron hallar, cuanto menos honraron a la Fuente de esa vida y no le dieron gracias. Mira, pues, primero si hemos de atender a los que dicen que es feliz aquel que vive según su voluntad. Líbrenos Dios de pensar que eso es verdad. ¿Y si uno quiere vivir inicuamente? ¿No demostrará que es tanto más mísero cuanto mayor facilidad halla su capricho para lo malo? Con motivo desecharon esa opinión aun aquellos mismos que filosofaron sin adorar a Dios. Uno de ellos, varón elocuentísimo, dijo: “Otros que no son filósofos, pero que están dispuestos a discutir, afirman que son felices los que viven como quieren. Es una falsedad, porque el querer lo que no conviene es la misma miseria. No es tan triste el carecer de lo que quieres como el querer conseguir lo que no conviene”. ¿No te parece que esas palabras han sido dichas por la misma Verdad por medio de un hombre cualquiera? Podemos afirmar aquí lo que el Apóstol dice de cierto poeta cretense al aceptarle una frase: Este testimonio es verdadero31.
  5. Aquel es bienaventurado que tiene cuanto quiere y no quiere nada malo. Si esto es así, busca qué hombres no quieren el mal. Uno quiere casarse; otro, libre del matrimonio, prefiere pasar en continencia su viudez; otro renuncia a toda unión carnal aun dentro del matrimonio. Se ve que en esto unos son mejores que otros, pero podemos decir que ninguno de ellos quiere algo que no le sea conveniente. Así también el desear tener hijos, que es el fruto de las bodas, o el desear que esos hijos gocen de vida y de salud, deseo que alberga la mayor parte de las veces incluso la viuda que vive en continencia. Porque, aunque desdeñen su anterior matrimonio y ya no deseen tener hijos, desean que se conserven incólumes los que antes tuvieron. De todas estas preocupaciones está libre la virginidad integral. Pero todos tienen allegados, a quienes aman y a quienes desean la salud temporal, sin que ello les sea inconveniente. ¿Podemos decir que son ya bienaventurados los hombres cuando han logrado salud en su persona y en la de aquellos a quienes aman? He aquí, en efecto, algo que pueden desear decentemente. Sin embargo, están aún muy distantes de la vida bienaventurada si no poseen otros bienes mayores ni mejores, más henchidos de utilidad y de nobleza.

De la carta 130 de San Agustín a Proba

REGINAE PALESTINAE, ORA PRO NOBIS!

Solemnidad de la Bienaventurada Virgen María, Reina de Tierra Santa – Patrona de la diócesis Patriarcal

Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá – Lc 1, 41-50

Juntamente con toda la diócesis Patriarcal de Tierra Santa, estamos celebrando en este domingo XXXº del Tiempo Ordinario, la solemnidad de la Bienaventurada Virgen María, Reina de Tierra Santa, patrona principal de la diócesis del Patriarcado Latino de Jerusalén.

La Virgen, en su Santuario, en el valle de Soreq, a unos 35 km al oeste de Jerusalén, a mitad del camino entre la Ciudad Santa y Tel Aviv, cerca de la ciudad de Beit Shemesh, bendice a todo su pueblo de estas santas Tierras. Tierras estas que fueron bendecidas antaño no solamente por su misma presencia como Madre del Hijo de Dios encarnado, sino también por la presencia del mismo Verbo Encarnado.

La fiesta de la Virgen María, Reina de Tierra Santa, o Reina de Palestina, desde el año 1927, fue aprobada por la Santa Sede con la invitación a que sus fieles implorasen a la Virgen de Nazaret por su protección, de manera muy especial, para esta que es su Tierra Natal. Allá, en el alto de este Santuario, se encuentra la Virgen: una estatua de bronce de 6 metros, destacándose sobre el frontispicio, representando a María bendiciendo su tierra con su mano extendida. A sus pies una dedicatoria proclama “Reginae Palestinae” (A la Reina de Palestina). Conviene aclarar aquí que, este título dado a la Virgen María no tiene el sentido político que a veces se le da en la actualidad, sino que designa más bien, sin más, a la región geográfica de la patria terrestre de Jesús y de María, su Madre.

San Juan Pablo II, cuándo estuvo peregrinando en el Jubileo del año 2000 a estas tierras, empezaba su homilía aquí en la Basílica de la Anunciación en Nazareth, citando a un hermoso pensamiento de San Agustín: “Él [Dios] eligió a la madre que había creado; creó a la madre que había elegido.” (Sermo 69, 3,4). Y añadía: “Aquí es muy fácil comprender por qué todas las generaciones llaman a María bienaventurada (Cf. Lc 1, 48).[1] Nosotros nos encontramos en medio de estas generaciones futuras que vendrían a proclamar la bienaventuranza de la Madre de Jesús. Tuvimos que venir de tierras muy lejanas para proclamarla aquí bienaventurada, y la razón solamente la conoce la Providencia de Dios y así lo ha dispuesto desde toda la Eternidad, pero la verdad es que, desde el momento mismo en que la Virgen María pronunció aquí -a algunos kilómetros de dónde estamos, en la humildad de la gruta en Nazareth- su Fiat al plan Salvífico de Dios, ella jamás ha dejado de ser objeto de alabanza y servicio por parte de los ángeles, más aún, con el paso del tiempo, especialmente después de que Su Hijo Unigénito, Jesucristo, nuestro Señor nos la dejó como madre nuestra, también los hombres se pusieron a su servicio, para alabarle por su belleza, su majestad, y por su plenitud de gracia.

Escuchemos las palabras de un obispo en el siglo XII, San Amadeo de Lausana: “Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya antes de la Asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los cielos. Convenía en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo; convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor. Así pues, durante su vida mortal, gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también descendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. […]”[2]

Sin embargo, no solamente podemos contar con la Santísima Virgen María para ser objeto de nuestra veneración, de nuestras alabanzas, sino que también y -podríamos decir-, especialmente, su papel más señalado es el de nuestra protectora, de nuestro refugio, auxilio. Una Reina verdadera que vela por su pueblo, por sus hijos afligidos, por los que sufren, por los que están indefensos; en fin, por todos nosotros.

Con mucha razón la Iglesia nos pone en la oración colecta que hemos rezado al comienzo de esta celebración, las siguientes palabras, suplicándole a la Virgen María “…que concedas a esta Tierra Santa, en la que el infinito amor de tu Hijo completó los sagrados misterios de la Redención, ser defendida de todo mal y servirte dignamente testimoniando la fe.” Nuestro Patriarca, el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, en el pasado mes de agosto, fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María, con palabras fuertes y profundas dijo en su homilía de Jerusalén: “Realmente parece que esta Tierra Santa nuestra, que custodia la más alta revelación y manifestación de Dios, es también el lugar de la más alta manifestación del poder de Satanás. Y quizás precisamente por esta misma razón, porque es el Lugar que custodia el corazón de la historia de la salvación, que se ha convertido también en el lugar en el que “el Antiguo Adversario” trata de imponerse más que en ningún otro lugar.”[3]

Nosotros estamos llamados a unirnos al clamor de toda la Iglesia suplicándole a la Santísima Virgen María su protección; es necesario que oremos sin desfallecer delante de nuestra Reina y Madre, para que esta bendición que nos imparte a todos desde el alto de su santuario en Deir Rafat, se extienda por todo el orbe, sí, pero de modo muy especial por esta Tierra Santa; que derrame sobre estas tierras -y no sólo a estas tierras, sino también a todo el mundo- la paz que tanto anhelamos, y que con ella venga el consuelo a los que lo necesitan, la alegría a los que lloran, la fortaleza a los que no pueden luchar más…

Pero sobre todo es necesario pedirle insistentemente que nos conceda la gracia de ser auténticos imitadores de su Hijo. Todos nosotros fuimos llamados a ser discípulos de Jesús, a anunciar la buena nueva del Evangelio a todos, primeramente, con nuestra vida, siendo nosotros mismos testimonios vivos de la fe que nos hace pedir la Iglesia en esta Misa.

Debemos confiar en que, por más que no sea posible ver mucha luz en el mundo que nos rodea, la maldad de este mundo jamás prevalecerá. Como en la lectura del Apocalipsis que escuchamos: fue dado a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro. Este hijo es el Dios-con-nosotros, el Emmanuel, es el Cristo en el cual fue establecido nuestra salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios. A Él la gloria, la alabanza y el poder, por los siglos de los siglos.

A la Santísima Virgen María, Reina de Tierra Santa, le rogamos confiados que nos escuche, que reciba primeramente nuestra veneración, nuestra alabanza, nuestros loores jubilosos por tener a tan tierna Madre como Reina y protectora, pero también que nos escuche e interceda por nosotros, para derramar sobre esta que es su Tierra natal, las gracias tan necesarias para sus hijos.

¡Así sea!

P. Harley Carneiro, IVE

[1] Cfr. Homilía en la Basílica de la Anunciación en Nazareth, 25/03/2000

[2] Homilía de San Amadeo de Lausana, obispo, siglo XII (2ª Lectura del Oficio proprio de la Solemnidad de la Virgen María, Reina de Tierra Santa)

[3] Pizzaballa, Card. Pierbattista, Homilia de la Asunción, 2025 (Disponible en: https://www.lpj.org/es/news/homily-assumption-of-the-blessed-virgin-mary-2025)

 

SOBRE LA ORACIÓN – San Agustín – Iª Parte

En estas tinieblas de la vida presente, en las que peregrinamos lejos del Señor, mientras caminamos por la fe y no por la visión9, debe el alma cristiana considerarse desolada, para que no cese de orar.

  1. Recuerdo que me pediste, y yo convine en ello, que había de escribir algo para ti acerca de la oración. Ahora que ese Dios a quien oramos me ayuda y tengo tiempo y oportunidad, voy a pagar mi deuda y ponerme al servicio de tu piadoso deseo en la caridad de Cristo. No puedo explicar con palabras el gozo que me causó tu petición, pues en ella reconocí lo mucho que te preocupas por tan alto negocio. ¿Qué ventaja mayor pudo ofrecerte tu viudez que la constancia en la oración de día y de noche, según el aviso del Apóstol, que dice:La que es verdaderamente viuda y desolada, espere en el Señor y persista en la oración de día y de noche?1Puede causar extrañeza el que, siendo, según este siglo, noble, rica, madre de numerosa familia, viuda en el siglo, aunque no desolada, haya llegado a ocupar tu espíritu y a reinar en él esa preocupación de orar; pero es porque prudentemente entiendes que en este mundo y en esta vida no hay alma que pueda vivir segura.
  2. Quien te infundió ese pensamiento, hace contigo, sin duda, lo que hizo con sus discípulos. Entristecidos quedaron, no por sí mismos, sino por el género humano, y desesperanzados de la salvación de todos, al oír que era más fácil que un camello entrara por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos. El Señor les hizo una portentosa y benigna promesa: que para Dios era fácil lo que para los hombres era imposible2. Pues aquel para quien es fácil hacer entrar a un rico en el reino de los cielos te inspiró esa piadosa solicitud, sobre la cual te decidiste a preguntarme cómo has de orar. Cuando todavía estaba Jesús en la carne, envió al rico Zaqueo al reino de los cielos. Resucitado y glorificado, después de la Ascensión, hizo que muchos ricos desdeñasen este siglo, repartiéndoles el Espíritu Santo, y aun los hizo más ricos poniendo fin a su codicia de riquezas ¿Cómo te preocuparías tú de orar a Dios si no esperases en Él? ¿Y cómo esperarías en Él si esperases en lo incierto de las riquezas y despreciases el precepto del Apóstol? Dijo, pues, el Apóstol:Manda a los ricos de este mundo que no se jacten de su saber ni esperen en lo incierto de las riquezas, sino en Dios vivo, que nos da de todo abundantemente para gozarlo; para que sean ricos en obras buenas y repartan con facilidad y comuniquen y se atesoren un fundamento bueno para el futuro, para que conquisten la vida eterna3.
  3. Debes, pues, por el amor de la vida verdadera, considerarte desolada en el siglo, sea cualquiera la felicidad que te envuelva. En conformidad con aquella vida verdadera (en cuya comparación esta que tanto se ama, por muy alegre y larga que sea, no merece el nombre de vida) es también verdadero el consuelo que el Señor promete por el profeta, diciendo:Le daré un consuelo verdadero, paz sobre paz4.Sin ese consuelo, en todos los otros consuelos más se encuentra desolación que consolación. Porque las riquezas y las cumbres de los honores y las demás vanidades con que se juzgan felices los mortales, por no conocer aquella verdadera felicidad, ¿qué consolación brindan, cuando en ellas es más importante no necesitar que sobresalir, cuando atormentan, después de adquiridas, con el temor de perderlas, mucho más que con el ardor de poseerlas cuando aún no se tienen? Con tales bienes no se hacen buenos los hombres; los que se hicieron buenos por otra parte, hacen por el buen uso que ellas sean bienes. No está en ellas el verdadero consuelo, sino más bien allí donde está la verdadera vida, puesto que es necesario que el hombre se haga bienaventurado con lo mismo que se hace bueno.
  4. Parece que los hombres buenos brindan en esta vida no pequeños consuelos. Si la pobreza aprieta, si el luto entristece, si el dolor corporal atormenta, si acongoja el destierro, si cualquiera calamidad angustia, hay hombres buenos que no sólo saben alegrarse con los que se alegran, sino también llorar con los que lloran5, y saben hablar y conversar amablemente. Suavizan no poco las asperezas, alivian las cargas, ayudan a superar las adversidades; pero en ellos y por ellos obra aquel que los hace buenos con su Espíritu6. Por el contrario, si las riquezas abundan y ninguna orfandad sobreviene, si hay salud en la carne y habitación incólume en la patria, pues en ella hay también hombres malos de quienes nada puede fiarse, de quienes se temen y soportan el fraude, el dolo, los arrebatos, las discordias y las traiciones, ¿acaso no se convierten en amargas y duras todas aquellas riquezas? ¿Acaso se encuentra en ellas parte dulce o alegre? En todos los negocios humanos, nada es grato para el hombre si no tiene por amigo al hombre. ¿Quién puede hallarse que sea tan buen amigo, que podamos tener en esta vida seguridad cierta de su intención y de sus costumbres? Como nadie se conoce a sí mismo, tampoco unos a otros se conocen; y nadie se conoce a sí mismo hasta el punto de estar seguro de su conducta en el siguiente día. Por eso, aunque muchos sean conocidos por sus obras7y otros muchos alegren a los prójimos con su buena conducta, otros muchos los entristecen con la suya mala. Por esa ignorancia e incertidumbre del ánimo humano, nos amonesta justamente el Apóstol a que no juzguemosantes de tiempo, hasta que venga el Señor, e iluminará los secretos de las tinieblas, y manifestará los pensamientos del corazón, y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios8.
  5. En estas tinieblas de la vida presente, en las que peregrinamos lejos del Señor, mientras caminamos por la fe y no por la visión9, debe el alma cristiana considerarse desolada, para que no cese de orar. Aprenda en las divinas y santas Escrituras a dirigir a ellas la vista de la fe como a una lámpara colocada en un tenebroso lugar hasta que nazca el día y el lucero brille en nuestros corazones10. Como una fuente inefable de ese resplandor es aquella luz, que reluce en las tinieblas11de tal modo que las tinieblas no la envuelven. Para verla hemos de limpiar nuestros corazones por medio de la fe12, puesbienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios13sabemos que cuando apareciere seremos semejantes a El, porque le veremos como El es14. Entonces habrá verdadera vida tras la muerte, y verdadero consuelo tras la desolación. Aquella vida eximirá a nuestra alma de la muerte, y aquel consuelo librará nuestros ojos de las lágrimas. Y pues allí no habrá tentación alguna, sigue diciendo el Salmo: Y librará mis pies de la caída. Pues si no hay ya tentación, tampoco habrá oración; porque no cabrá allí esperanza del bien prometido, sino goce pleno del bien otorgado. Por eso sigue diciendo: Agradaré al Señor en la región de los vivos15en que entonces estaremos, no en el desierto de los muertos, en que ahora estamos. Porque estáis muertos, dice el Apóstol, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; mas cuando apareciere Cristo, vuestra vida, entonces apareceréis vosotros con él en la gloria16. Esa es la verdadera vida, que los ricos deben conquistar con sus buenas obras, según tienen mandado. Una viuda desolada, aunque tenga muchos hijos y nietos y lleve piadosamente su casa, procurando que todos los suyos pongan su esperanza en Dios17, tiene que decir con este consuelo en la oración: Mi alma tuvo sed de ti; ¡cuánto te desea mi carne en esta tierra desierta, y sin camino, y sin agua!18 Esto es esta vida moribunda, por muchos consuelos humanos que la rodeen, por muchos compañeros de camino que tenga, por mucha abundancia de cosas que la llenen. Bien sabes cuan inciertas son todas las delicias. Y en comparación de aquella felicidad prometida, ¿qué podrían ser, aunque no fuesen inciertas?
  6. Te digo esto porque has solicitado mis palabras, tú, una viuda rica y noble, madre de numerosa familia, acerca de la oración; te invito a que te sientas desolada en medio de todos los que permanecen contigo en esta vida y te atienden, porque todavía no has alcanzado aquella vida en la que se da el verdadero y cierto consuelo, donde se cumplirá lo que está escrito por el profeta:Por la mañana nos saciamos de tu misericordia y nos hemos alegrado y regocijado en todos nuestros días. Nos hemos congratulado por los días en que nos humillaste, por los años en que vimos la adversidad19.

De la carta 130 de San Agustín a Proba

NECESIDAD DE LA CRUZ

¡Feliz el alma que se abandona en manos del Obrero eterno! Por su Espíritu, todo fuego y amor, que es “el dedo Dios”, el artista divino cincelará en ella los rasgos de Cristo a fin de que se parezca al Hijo de su amor, según el designio inefable de su sabiduría y de su misericordia.

D. Columba Marmion, OSB

No nos dejemos abatir por las pruebas, las contradicciones. Ellas serán tanto más grandes y profundas cuanto Dios nos llame a mayor perfección. ¿Por qué esta ley?

Porque es el camino por donde pasó Jesús, y cuanto más queramos estar unidos a Él, tanto más debemos asemejarnos a Él en el más profundo e íntimo de sus misterios. San Pablo, ya lo sabéis, reduce toda la vida interior al conocimiento práctico de Jesús, y de Jesús crucificado. Y Nuestro Señor mismo nos dice que el “Padre, que es el divino viñador, poda la rama para que dé más frutos”. Purga bit eum ut fructum plus afferat. Dios tiene mano poderosa, y sus operaciones purificadoras llegan a profundidades que sólo los santos conocen; por las tentaciones que permite, por las adversidades que envía, por los abandonos que y soledades que produce en el alma, intenta deshacerla de lo creado; la “persigue para poseerla”; penetra hasta los tuétanos, “rompe hasta los huesos”, como dice Bossuet en alguna parte, “a fin de reinar solo”.

¡Feliz el alma que se abandona en manos del Obrero eterno! Por su Espíritu, todo fuego y amor, que es “el dedo Dios”, el artista divino cincelará en ella los rasgos de Cristo a fin de que se parezca al Hijo de su amor, según el designio inefable de su sabiduría y de su misericordia.

Hay almas que tienen mucha actividad: hacen oración, se dan a la mortificación, se dedican a obras… adelantan, pero cojeando, un poco, porque su actividad es en parte humana. Hay otras almas que Dios ha tomado de su mano y que adelantan mucho, porque es Él mismo quien obra en ellas. Pero, antes de llegar a este segundo estado, se debe sufrir mucho, porque conviene que antes haya dejado sentir el Señor al alma que ella no es nada, ni puede nada; conviene que Él llegue a decir con toda sinceridad: Ut jumentum factus sum, apud te: ad nihilum redactus sum et nescivi: “Yo soy estúpido, sin inteligencia, como bestia de carga ante el Señor.”

Querida hija mía, es esto lo que el Señor está dispuesto hacer en vos, y tendréis que sufrir mucho mientras no logréis este resultado; pero no os espantéis si sentís que todo hierve en vos; no os desaniméis si, luego, sentís vuestra incapacidad porque Dios, después de haber como anulado vuestra actividad humana, vuestras energías naturales, tomará Él mismo al alma y la conducirá a la unión consigo. Cuando hagáis el Vía-Crucis, uníos a los sentimientos que tenía nuestro divino Salvador; esto no puede dejar de agradar al Padre Eterno, si le ofrecemos la imagen de su Hijo. En la XIV estación, vemos el Cuerpo de Nuestro Señor exinanitum, “inanimado”, pero tres días después sale del sepulcro, lleno de vida, de una vida magnífica… Lo mismo acaecerá con nosotros; si dejamos que Dios obre en nosotros, después de que Él haya destruido todo lo que en nosotros se opone a la gracia, nos llenará de su vida; será la realización de esta palabra: Christus mihi vita: “Cristo es mi vida.”

A esto debéis aspirar: el Padre eterno sólo desea ver en vos a su Hijo. Acordaos de la palabra de san Pablo: Ut inveniat in illo: Yo deseo ser hallado en Cristo (no con mi propia justicia). Os aconsejo que pongáis todas las mañanas cada una de vuestras facultades a los pies de Cristo, a fin de que todo salga de Él y que vos nada hagáis sino por amor a Él.

No hay duda alguna de que vuestras penas interiores forman gran parte del plan de Dios misericordiosísimo para la santificación de vuestra alma. Todos hemos pasado por este invierno, porque “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. Era necesario que vuestra alma fuese surcada por el sufrimiento; que experimentaseis que el sentimiento del entero abandono por parte de Dios es el mayor de todos los sufrimientos: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me habéis abandonado?” Porque erais agradable a Dios, era necesario que la prueba os visitara… Después del invierno vendrá la primavera; luego, el verano…

El sufrimiento desprende al alma

Después de que el sacerdote, ministro de Cristo, nos ha impuesto en el sacramento de la penitencia la satisfacción necesaria y, por la absolución, ha lavado nuestra alma en la sangre divina, añade estas palabras: “Que todos los esfuerzos que hagas para cumplir el bien, que todo cuanto sufras, sirva para el perdón de tus pecados, aumento de la gracia y recompensa en la vida eterna.”

Por esta plegaria, el sacerdote da a nuestros sufrimientos, a nuestros actos de satisfacción, de expiación, de mortificación, de reparación, de paciencia —que de esta manera une al sacramento— una eficacia particular, que nuestra fe no puede olvidar de poner a luz. “En remisión de tus pecados,”

El Concilio de Trento enseña a este propósito una verdad muy consoladora. Nos dice que Dios tiene tal munificencia en su misericordia, que no sólo las obras de expiación que el sacerdote nos impone, o que nosotros mismos escogemos, sino también todas las penas inherentes a nuestra condición humana, todas las contrariedades temporales que Dios envía o permite y que nosotros soportamos con paciencia, sirven, por los méritos de Jesucristo, de satisfacción cerca del Padre celestial. Por esto —y yo no sabría encarecéroslo bastante—es una práctica muy excelente y fecunda, la de que cuando nos presentemos ante el sacerdote o, mejor aún, ante Jesucristo, para acusar nuestras faltas, aceptemos, en expiación de ellas, todas las penas, todas las contrariedades, todas las contradicciones que nos puedan sobrevenir; y más aún, la de señalarnos en este momento tal o cual acto de mortificación, por insignificante que sea, para irlo cumpliendo hasta la confesión siguiente.

La fidelidad a esta práctica, que encaja muy bien con el espíritu de la Iglesia, es extraordinariamente fecunda.

Por de pronto, evita el peligro de la rutina. Un alma que se sumerge de tal modo, por la fe, en la consideración de la grandeza de este sacramento por el que se nos aplica la sangre de Jesús, y que, por una intención llena de amor, se ofrece a soportar con paciencia, en unión con Cristo en la cruz, todo cuanto se presente de duro, difícil, penoso, contrario en su vida, una alma así es refractaria a la rutina que se pega, en muchas personas, en la frecuente confesión.

Además, esta práctica representa un acto de amor en gran manera agradable a Nuestro Señor, porque indica la voluntad de participar de los sufrimientos de su Pasión, el más santo de sus misterios.

Hay renuncias que, por decreto de la Providencia, trae consigo el curso de la vida y que debemos aceptar como verdaderos discípulos de Jesucristo: tales son el sufrimiento, la enfermedad, la muerte de seres amados, los reveses y adversidades, las contrariedades y contradicciones que dificultan la realización de nuestros planes, el fracaso de nuestras empresas, nuestras decepciones, los momentos de tedio, las horas de tristeza, el “peso del día”, que abatía ya entonces tan fuertemente a san Pablo hasta el extremo de que “la existencia —lo dice él mismo— le era pesada”… tantas miserias que nos despegan de nosotros mismos y de las criaturas, no sin mortificar nuestra naturaleza, y “haciéndonos morir” poco a poco, “cada día”: quotidie morior.

Ésta era la frase de san Pablo; pero, si “él moría cada día”, era para vivir más, cada día también, la vida de Cristo.

Siento mucha compasión por vos, por la prueba que Dios os envía en estos momentos. Es un martirio. Sin embargo, yo me conformo enteramente con la santa voluntad de nuestro amado Señor, que os envía esta cruz tan íntima de su Corazón Sagrado. Creedme, y os lo digo en nombre de Dios, esta prueba os ha sido enviada por el amor de Nuestro Señor, y ella debe realizar una obra en vuestra alma que ninguna otra podría llevarla a cabo. Será la destrucción de vuestro amor propio, y, cuando salgáis de esta prueba, seréis mil veces más querida de su Sagrado Corazón que antes. Pues, aunque os tenga mucha compasión, no quisiera por nada del mundo que dejarais de pasarla, porque veo que Jesús, que os tiene un amor mil veces mayor que el que os podáis tener vos misma, permite que os alcance esta prueba. Estad segura de que durante todo este tiempo, os encomendaré mucho en mis oraciones y sacrificios, para que Dios os de fortaleza para saber aprovecharos bien de esta gracia.

Ya sabéis que Dios se complace en conducirnos por el camino de la perfección a la luz de la obediencia, y con Frecuencia nos priva de toda otra luz y nos conduce sin dejarnos comprender sus caminos. Conviene mantenerse, durante pruebas semejantes, en una sumisión completa y en una convicción inquebrantable —a pesar de lo contrario que os puedan inspirar vuestra razón o el demonio— de que sabrá sacar su gloria y vuestro crecimiento espiritual de manera muy diferente de la que habríais escogido por vuestra cuenta. Yo os digo de parte de Dios que esta prueba es una ganancia para vos, y estoy tan convencido que, desde que me di cuenta de su comienzo, sabía que duraría una temporada; es muy dolorosa, es la mayor de las cruces que Dios puede enviar a un alma que lo ama, pero, mientras seáis obediente, no hay peligro ninguno.

El sufrimiento da frutos para el alma y para toda la Iglesia

Dios colma de bendiciones especiales al alma poseída del espíritu de abandono. Se siente uno incapaz de decir lo que Dios hace en esta alma, cómo adelanta en santidad. La conduce por caminos seguros a la cumbre de la perfección. A veces, es cierto, puede parecer que estos caminos contrarían el fin, pero “Dios logra sus fines, guiando todas las cosas con fuerza y dulzura”. “Todo”, decía Jesús a su fiel sierva Gertrudis, “tiene su hora en los adorables designios de mi providente Sabiduría”.

¡Felices las almas a quienes Dios llama a vivir sólo de la desnudez de la cruz! Ésta es para ellas un manantial inagotable de preciosas gracias.

Los sufrimientos son el precio y la señal de los verdaderos favores divinos… Las obras y las fundaciones basadas en la cruz y el sufrimiento son las únicas durables.

Los sufrimientos que habéis soportado son, para mí, señal de una bendición especial de Aquel que, en su sabiduría, ha querido basarlo todo en la cruz.

Hay en vuestra carta una frase que me satisface mucho, porque en ella adivino una fuente de gran gloria de Dios. Decís: “En mí no hay nada, absolutamente nada, en que yo pueda tener un poco de seguridad. Así, pues, no ceso de abandonarme con confianza en el corazón de mi maestro.” Ésta es, hija mía, la verdadera alegría, porque todo lo que Dios hace por nosotros es efecto de su misericordia, movida por el reconocimiento de esta miseria; y un alma que ve su miseria y que la presenta continuamente a los ojos de la misericordia divina, da mucha gloria a Dios, dándole ocasión de mostrar su bondad al alma. Continuad siguiendo este atractivo, y dejaos conducir, en medio de las tinieblas de la prueba, a la unión que Dios os prepara con Cristo.

En cuanto vos, Nuestro Señor me obliga a rogar mucho para que permanezcáis con gran generosidad sobre el altar de la inmolación con Jesús. Un alma, por miserable que sea, unida así a Jesús en su agonía, pero, como Abraham, “esperando contra toda esperanza”, da una gloria “inmensa” a Dios y ayuda a Jesús en su obra de la Iglesia.

Veo que habéis sufrido, yo he sufrido también: ¡estamos tan unidos! Pero, sin embargo, no podía desear otra cosa. Yo os he depositado con Jesús, como su Amén, en el fondo del seno del Padre. Él os ama infinitamente mejor que yo. Yo os entrego a Él, como María entregó a Jesús, y si Él quiere clavaros en la cruz con vuestro Esposo, si quiere para vos la vergüenza, el sufrimiento y equivocaciones, si quiere para vos la inmolación, yo lo quiero también, como lo quiero para mí mismo. No hemos sido hechos para gozar aquí abajo: nuestra felicidad está arriba: Sursum corda. En el plan divino, todo bien viene del Calvario, del sufrimiento. San Juan de la Cruz ha dicho que Nuestro Señor no da casi nunca el don de la contemplación, de la unión perfecta, más que a aquellos que han trabajado mucho y sufrido mucho por Él. Pues bien, mi anhelo sobre vos es esta unión perfecta, tan fecunda para la Iglesia y las almas. San Pablo nos dice: “De buena gana me gloriaré de mis flaquezas, a fin de que la fuerza de Cristo habite en mí.” Yo os deseo ver muy débil en vos misma, pero llena de la virtus Christi. Jesús ha prometido que, por la Santa Comunión, no solamente nosotros moraremos en Él, sino que Él morará en nosotros. Es ésta la virtus Christi. Cuando más nuestra vida proceda de Él, tanto más tendremos la virtus Christi, más nuestra vida glorificará al Padre: “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto; aquel que mora en Mí y Yo en Él, éste da mucho fruto.”

El Señor es dueño de sus dones y, sin mérito ninguno de su parte, llama a ciertas almas a una unión más íntima con Él, a compartir sus penas y sus sufrimientos, para gloria de su Padre y bien de las almas: Adimpleo in corpore meo quae desunt passionum Christi pro corpore ejus, quod est Ecclesia: “Yo completo en mi propio cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo para su cuerpo místico que es la Iglesia.” “Nosotros somos el cuerpo de Cristo y miembros de sus miembros.” Dios hubiera podido salvar a los hombres sin que éstos hubiesen tenido que sufrir o merecer, como lo hace con los niños pequeños que mueren después del Bautismo. Pero, por decreto de su adorable sabiduría, había decidido que la salvación del mundo dependiera de una expiación, de la cual su Hijo Jesús sufriría la mayor parte, pero a la que se asociarían sus miembros. Muchos hombres se olvidan de dar su parte de sufrimientos aceptados en unión con Jesucristo.

Por esto, Nuestro Señor escoge a algunas almas que se asocian a la gran obra de la redención. Son almas selectas, víctimas de expiación y de alabanza. Estas almas hacen mucho por la gloria de Jesús, mucho más de lo que se puede imaginar, y las delicias de Jesús están en hallarse en ellas. Pues bien, hija mía, estoy persuadido de que vos sois una de estas almas. Sin mérito ninguno de vuestra parte, Jesús os ha escogido. Si sois fiel, llegaréis a una estrecha unión con Nuestro Señor y, una vez unida a Él, perdida en Él, vuestra vida será muy fecunda para su gloria y la salvación de las almas. El día de las bodas místicas, no veréis sino flores de la corona que Dios colocó sobre vuestra cabeza. Pero, hija mía, no olvidéis jamás que la esposa de un Dios crucificado es una víctima. Os digo esto, porque preveo que sufriréis y os hace falta mucho ánimo, mucha fe, mucha confianza. Se tendrá que atravesar desiertos, tinieblas, oscuridades, desalientos, abandonos. Sin esto, vuestro amor no sería nunca profundo, ni fuerte. Pero si sois fiel y abandonada, Jesús os tenderá siempre la mano: “Aunque tenga que pasar por las tinieblas de la muerte, nada temeré, pues Vos estáis conmigo.”

 

Columba Dom MarmionDios nos visita a través del sufrimiento y el amor. Ed. Lumen, Buenos Aires-Mexico, 2004, pag. 196- 199. 204 – 207

2ª CARTA DE UN MONJE EN EL SAHARA – SAN CHARLES DE FOUCAULD

El tiempo se nos ha dado para santificarnos y santificar a los demás, y no para ser inútiles y malos; grave es la advertencia de Jesús: «Será pedida cuenta en el último día de toda palabra inútil».

San Charles de Foucauld

Tamanrasset, 11 de marzo 1909

Desde hace mucho tiempo, perseguido por la idea del abandono espiritual de tantos infieles, y en particular del de los musulmanes e infieles de nuestras colonias, viendo, al mismo tiempo, el amor por los bienes materiales y la vanidad invadir cada vez más al pueblo cristiano, he puesto sobre el papel, después de mi último retiro, hace un año, un proyecto de asociación católica, teniendo el triple fin de llevar a los cristianos a una vida de acuerdo con la del Evangelio, presentando como modelo a Aquel que es el Modelo Único; de desarrollar entre ellos el amor de la Santa Eucaristía, que es el bien infinito y nuestro Todo, y provocar entre ellos un movimiento eficaz para la conversión de los infieles, y especialmente para el cumplimiento del deber estricto que todo pueblo cristiano tiene de dar educación cristiana a los infieles de sus colonias.

No solamente por medio de dones materiales es como se debe trabajar por la conversión de los infieles, sino provocando el establecimiento entre ellos, a título de cultivadores, de colonos, comerciantes, artesanos, propietarios, etc., de excelentes cristianos de todas las condiciones, destinados a ser preciosos apoyos para los misioneros, a atraer por medio del ejemplo, la bondad y el contacto, a los infieles a la fe y a ser los núcleos a los cuales puedan agregarse uno a uno los infieles a la medida que se conviertan. La Cofradía, con la intensidad de vida cristiana que debe desarrollar y el deber de convertir infieles, que debe ponerse continuamente ante los ojos, es apropiada también para multiplicar las vocaciones de sacerdotes, religiosos y religiosas misioneros. De buenos cristianos viviendo en el mundo, la Cofradía hará una especie de misioneros laicos; ella los llevará a expatriarse para ser misioneros laicos entre las ovejas más perdidas, mostrándolas cómo la conversión de ellas es un deber para los pueblos católicos y cómo es hermoso y cristiano consagrar su vida a ellas.

Los deberes de los hermanos y hermanas que no son sacerdotes ni religiosos hacia los infieles son tanto más graves cuanto ellos hacen a menudo más que los sacerdotes, religiosos y religiosas. Mejor que ellos pueden entrar en relaciones, ligar lazos de amistad, mezclarse y tomar contacto entre ellos. Como los infieles sienten una repulsión contra los cristianos, cuando tienen una religión que les inspira una fe profunda, los sacerdotes, religiosos y religiosas, les causan desconfianza; frecuentemente a los sacerdotes y religiosos les faltan puntos de contacto, ocasión de ponerse en relación con los infieles; además, la prudencia y las reglas de sus Institutos les estorban algunas veces para sobrepasar ciertos límites de intimidad, penetrar en el hogar familiar, entrar en relaciones estrechas. Aquellos que viven en el mundo tienen a menudo, al contrario, grandes facilidades para entrar en estrechas relaciones con los infieles. Sus ocupaciones, administración, agricultura, comercio, trabajo, cualquiera que sea, les ponen, si quieren, en cualquier momento en relación. De estas relaciones, con la ayuda de la caridad, de la suavidad del trato que practiquen, pueden, si quieren, hacer nacer verdaderas amistades, dándoles acceso a los hogares y a las familias más cerradas. El trabajo de los hermanos y hermanas que no son ni sacerdotes ni religiosos no es instruir a los infieles en la religión cristiana ni acabar su conversión; sino de prepararla haciéndose querer por ellos, haciendo caer los prejuicios por la visión de su vida, haciéndoles conocer, por sus actos mejor que por las palabras, la moral cristiana; de disponerlos ganando su confianza, su afecto, su amistosa familiaridad; de tal manera, que los misioneros encuentren un terreno preparado, almas bien dispuestas, yendo ellas mismas a ellos, y a las cuales pueden dirigirse sin obstáculos.

Es a los fieles de los países cristianos a los que incumbe el deber de la evangelización de los infieles… Cualquier retardo, cualquiera frialdad por su parte en el cumplimiento de un deber tan grave, puesto que se trata de la salvación de tantas almas, y tan urgente, puesto que cada día la muerte se lleva muchos delante del Tribunal supremo, es una responsabilidad de la cual cada uno tiene una parte proporcional. El tiempo se nos ha dado para santificarnos y santificar a los demás, y no para ser inútiles y malos; grave es la advertencia de Jesús: «Será pedida cuenta en el último día de toda palabra inútil». Si Dios permite que algunos conserven riquezas, en lugar de volverse pobres materialmente, como lo hizo Jesús, es para que ellos se sirvan de este depósito que Él les ha confiado, como a servidores fieles, según la voluntad del Dueño, para hacer a los demás los beneficios espirituales y temporales, dar recursos materiales allí donde son necesarios para el cumplimiento de los bienes espirituales. Ellos deberán dar cuenta del bien que habrían hecho y que no han hecho. De qué manera, en el Santo Evangelio, Jesús nos lo dice y repite: «Amaos los unos a los otros…; haced a los demás lo que quisierais que se os hiciese…; amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos…». Si después de estas frases, tan frecuentemente leídas, oídas y meditadas, los fieles, y sobre todo los sacerdotes, los religiosos y las religiosas entregados a las almas que están cerca de ellos son negligentes y abandonan a aquellas que están más alejadas, y de las cuales las necesidades son tan grandes y el peligro tan extremo, qué reproches no tendrán que tener por una omisión tan grave por parte de Aquel que ha dicho: «Cada vez que no lo habéis hecho a uno de estos pequeñuelos es a Mí a quien no se lo habéis hecho». Más que nunca, en el siglo XX, la evangelización de los pueblos infieles se ha convertido en un deber estricto para los pueblos cristianos. Otras veces, la ignorancia de los lugares habitados por ellos, lo largo de los viajes y la dificultad de las comunicaciones, la imposibilidad de entrar en relaciones con poblaciones fanáticas o salvajes, expulsando o martirizando a cualquier misionero, frecuentemente a cualquier europeo, eran otros tantos motivos de excusa, retardando la evangelización. Hoy estas excusas no existen. Los viajes, los más largos, se han convertido en cortos y fáciles.

Los pueblos infieles están en su mayor parte sometidos a los europeos, y a los demás les han forzado a respetarlos. Sobre todos los puntos del globo donde hay infieles, el contacto existe entre ellos y los europeos, y allí donde un misionero quiere ir puede hacerlo; no lo puede hacer siempre llamándose abiertamente misionero, pero puede hacerlo en todo momento, disimulando lo que es, bajo apariencias de comercio, agricultura u otras…

La patria es la extensión de la familia; Dios, poniendo en nuestra vida las personas de nuestra familia más cerca de nosotros que las demás, nos ha dado deberes especiales para con ellas; de una manera más amplia ocurre lo mismo con los compatriotas, y, por consiguiente, con las de las colonias de la patria, que forman parte de la gran familia nacional. Este motivo incontestable y fortísimo es el primero por el cual debemos trabajar particularmente por la conversión de los infieles de las colonias de nuestra patria. Otra razón se añade, y es que si somos negligentes hay el temor que sean totalmente abandonados. Por la misma razón que pertenecen a nuestra patria, los cristianos de otros países no se ocuparán, dejándonos a nosotros la carga. La conversión de los infieles es frecuentemente muy difícil. Lo es sobre todo cuando el gobierno local pone obstáculos y es adversario de la religión católica. Esto no debe desanimar; al contrario, esto debe hacer trabajar con más ardor; los obstáculos demuestran que el éxito pide un mayor esfuerzo… Cualesquiera que sean los ínfleles de las colonias de su patria, no serán más difíciles de convertir que los romanos y los bárbaros de los primeros siglos del cristianismo; por muy opuesto que pueda ser a la Iglesia el gobierno de su país, no lo será más que Nerón y sus sucesores. Que los hermanos y hermanas tengan el mismo celo por las almas, las mismas virtudes que los cristianos de los primeros siglos, y ellos harán las mismas obras. Lo harán como ellos, escondidos, disimulados, a ocultas, lo que no puedan hacer abiertamente. El amor hará encontrar los medios, y Jesús hará eficaces los esfuerzos que inspira. Digamos de nuevo: «Es necesario no medir nuestros trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos». Si las dificultades son grandes, apresurémonos tanto más a ponernos a la obra y multipliquemos más nuestros esfuerzos.

* En «Escritos Espirituales», 5ª edición, Editorial Herder – Barcelona – 1988, pp. 220-225.

JESUCRISTO IDEAL DEL SACERDOTE [FRAGMENTO]

“Imitad el misterio del que vosotros sois los ministros”, no solamente significa celebrar la Misa con espíritu de piedad, sino, sobre todo, unir a la ofrenda de Jesús la oblación más completa de nuestra vida.”

D. Columba Marmion

Podemos contemplar a Jesucristo em cada uno de los estados de su vida, y en cada una de sus virtudes. Él es el ideal que todos deben imitar. Lo mismo el niño que el adulto y el obrero como la virgen o el religioso encuentran en Él el modelo más acabado para su respectivo estado.

Pero hay en Jesús un Santo de los santos, un tabernáculo cerrado, donde el alma del sacerdote debe desear entrar, porque allí está la fuente de donde mana toda la vida interior de Jesús. Desde el punto mismo de su encarnación, “el Salvador se entregó enteramente al cumplimiento de la voluntad del Padre”: Ecce venido… ut faciam, Deus, voluntatem tuam (Hebr. X, 7). Y nunca renunció al cumplimiento de esta voluntad.

He aquí nuestra consigna: imitar a Jesús en la entrega total de su vida a la gloria de Dios y la salvación del mundo. Tal es la perfección que corresponde al sacerdote y esta vocación supera a la angélica.

Obedecer a esta invitación: “Imitad el misterio del que vosotros sois los ministros”, no solamente significa celebrar la Misa con espíritu de piedad, sino, sobre todo, unir a la ofrenda de Jesús la oblación más completa de nuestra vida. Debemos caer en la cuenta de que la muerte de Jesús en la cruz se preparó a todo lo largo de su existencia terrena. “Por nosotros” bajó del cielo, como dice el Credo: Propter nos homines et propter nostram salutem. Cuando vivía en Nazaret, en el modesto taller de José, tenía plena conciencia de que era la víctima destinada a la suprema inmolación. Y aceptó por anticipado toda la trama de su vida y previó su pasión con todo el cortejo de sus afrentas y sufrimientos. Y cuando llegó su hora, Jesús, movido por un impulso de inmenso amor, se ofreció por nuestra redención: Crucifixus etiam pro nobis.

Esta aceptación plena de todos los designios de Dios nos servirá de modelo. Imitamini… Presentemos también nosotros en el altar al Señor todo el desarrollo de nuestra existencia, aceptándolo, amándolo, ofreciéndolo y consagrándolo amorosamente a la causa de Dios y al bien de las almas. Esta imitación diaria de la ofrenda de Jesús nos permitirá penetrar gradualmente en la intimidad misteriosa del alma del divino Maestro.

Fragmento del libro Jesucristo Ideal del Sacerdote, de D. Columba Marmion.