3ª meditación del retiro predicado a los profesores de la UC en 1940: ‘Nuestra imitación de Cristo’.
San Alberto Hurtado
Este es Cristo. Y toda nuestra santificación, conocer a Cristo, e imitar a Cristo. A los que predestinó, los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo. Ninguno se salva sino en Cristo. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Camino que andar; Verdad que creer; Vida que vivir… Todo el evangelio y todos los santos llenos de este ideal, que es el ideal cristiano por excelencia. Vivir en Cristo; transformarse en Cristo… San Pablo: “Nada juzgué digno sino de conocer a Cristo y a éste crucificado” (1Cor 2,2)… “Vivo yo, ya no yo, sino Cristo vive en mí” (Gál 2,20)… La tarea de todos los santos es realizar en la medida de sus fuerzas, según la donación de la gracia, diferente en cada uno, el ideal paulino de vivir la vida de Cristo. Imitar a Cristo, meditar en su vida, conocer sus ejemplos…
El más popular libro en la Iglesia después del Evangelio es el de la “Imitación de Cristo”, pero, ¡de cuán diferentes maneras se ha comprendido la imitación de Cristo!
- [Maneras erradas de imitar a Cristo].
- Para unos, la imitación de Cristo se reduce a un estudio histórico de Jesús. Van a buscar el Cristo histórico y se quedan en Él. Lo estudian. Leen el Evangelio, investigan la cronología, se informan de las costumbres del pueblo judío… Se ponen en contacto con lo que San Pablo llamaba el Cristo según la carne, al cual él decía que no conocía (cf. 2Cor 5,16). Y su estudio, más bien científico que espiritual, es frío e inerte. La imitación de Cristo para éstos ¡qué falseada aparecería! Se reduciría a una copia literal de la vida de Cristo… Arameo, a pie, turbante. Accidentes que asumió per accidens. Así lo entendieron los artistas medievales.
La historia, para el cristianismo, no es la visión total de la vida, sino una visión limitadísima, que puede ser depasada por una superior, en nuestro caso por la fe. La iglesia no es antihistórica, pero la sobrepasa. Pero no es esto. No: “El espíritu vivifica; la letra mata” (2Cor 3,6).
- Para otros, la imitación de Cristo es más bien un asunto especulativo. Ven en Jesús como el gran legislador; el que soluciona todos los problemas humanos, el sociólogo por excelencia; el artista que se complace en la naturaleza, que se recrea con los pequeñuelos… Para unos es un artista, un filósofo, un reformador, un sociólogo, y ellos lo contemplan, lo admiran, pero no mudan su vida ante Él. Son a veces paganos, como Ghandi, apóstatas como Renán, poetas semipaganos como tantos que admiramos en los que, sin embargo, por propia declaración, no ha brillado la luz de la fe, pero para quienes, sin embargo, Cristo es el personaje central de su vida y de la historia… Cristo permanece sólo en su inteligencia y en su sensibilidad, pero no ha trascendido a su vida misma. Con frecuencia ésta es inmoral, porque para él Cristo es más un personaje admirable, que una norma de vida. Religiosidad frecuente en el tipo universitario, mucho menos en la mujer. Estos hombres constituyen con frecuencia un peligro para la religión, la evacuan de sentido, la vacían de su sobrenaturalismo. Son el profesor Savagnac que nos describe Bourget en el demonio de mediodía, con Chateubriand que escribía, donde jamás debía haber penetrado un cristiano, su apología del cristianismo. Son a veces hombres que librarán batallas por Cristo, o más bien por su Iglesia, sus instituciones, pero desprovistos de todo espíritu cristiano, del alma del cristianismo. Esa admiración, ¡no es imitar a Cristo!
- Otro grupo de personas creen imitar a Cristo preocupándose, al extremo opuesto, únicamente de la observancia de sus mandamientos, siendo fieles observadores de las leyes divinas y eclesiásticas. Escrupulosos en la hora de llegada a los oficios divinos, en la práctica de los ayunos y abstinencias.
Contemplan la vida de Cristo como un prolongado deber, y nuestra vida como un deber que prolonga el de Cristo. A las leyes dadas por Cristo ellos agregan otras, para completar los silencios, de modo que toda la vida es un continuo deber, un reglamento de perfección, desconocedor en absoluto de la libertad de espíritu. Las leyes centrales son desmenuzadas en multitud de aplicaciones rigurosas…
El cristianismo es un fariseísmo, una casuística; se cae en la escrupulosidad. ¡Cuántas veces se ha deformado la conciencia cristiana haciéndole creer que eso es imitar a Cristo! Y tenemos como consecuencias almas apocadas, que no se preocupan sino de conocer ajenas interpretaciones sobre el propio obrar, que carecen de toda libertad de espíritu, y para quienes la vida cristiana es un prolongado martirio. El confesor para estas personas es un artículo de bolsillo a quien deben consultar en todos los instantes de la vida.
El foco de su atención no es Cristo, sino el pecado. El sacramento esencial en la Iglesia no es la Eucaristía, ni el bautismo, sino la confesión. La única preocupación es huir del pecado, y su mejor oración, el examen de conciencia. El sexto mandamiento en especial los atormenta y los preocupa. E imitar a Cristo para ellos es huir de los pensamientos malos, evitar todo peligro, limitar la libertad de todo el mundo y sospechar malas intenciones en cualquier acontecimiento de la vida.
No; no es ésta la imitación de Cristo que proponemos. Esta podría ser la actitud de los fariseos, no la de Cristo. Puede un alma estar tentada de escrúpulos y esta prueba es una prueba y dolor verdadero, tan verdadero como un cáncer, la pobreza o el hambre; pero la escrupulosidad, el rigorismo y el fariseísmo no son la esencia del catolicismo; no consiste en ellos la imitación de Cristo. Nuestra actitud ante el pecado la expresa admirablemente San Juan: “Hijitos míos…”.
- Para otros, la imitación de Cristo es un gran activismo apostólico, una multiplicación de esfuerzos de orientación de apostolado, un moverse continuamente en crear obras y más obras, en multiplicar reuniones y asociaciones. Algunos sitúan el triunfo del catolicismo únicamente en actitudes políticas. Lo esencial para ellos es el triunfo de una combinación o de un partido; el cambio de un ministro, la salida de una profesora… Para otros, lo esencial una gran procesión de antorchas, un meeting monstruo, la fundación de un periódico… Y no digo que eso esté mal, que eso no haya de hacerse. Todo es necesario, pero no es eso lo esencial del catolicismo. Cuando eso falla, o no puede realizarse, no por eso dejo yo de imitar a Cristo. Cuando estoy enfermo y no puedo trabajar… Cuando preso, cuando vencido, cuando las fuerzas del mal se enseñorean, no por eso Cristo reina menos en la sociedad, no por eso se le imita menos.
Esta concepción de activismo en la imitación de Cristo, ¡tan frecuente entre nosotros en la imitación de Cristo! No que la condene, pero sí que diga que ella no es lo esencial ni lo primordial en nuestra relación con Cristo. Es algo parecido al Islamismo que es una religión ante todo conquistadora… y éstos en general viven en el pesimismo, pensando que lo primordial, que es la conquista, está en mala situación.
- Verdadera solución
Nuestra religión no consiste, como en primer elemento, en una reconstrucción del Cristo histórico (los que no supieran leer, ni tuvieran letras, o vivieran antes que se hubiese escrito el Evangelio); ni en una pura metafísica o sociología o política (¡qué para los ignorantes!); ni en una sola lucha fría y estéril contra el pecado, que es una manifestación del amor, pero no el amor salvador; ni primordialmente en la actitud de conquista, que puede darse en individuos muertos a Cristo por el pecado mortal. Nuestra imitación de Cristo no consiste tampoco en hacer lo que Cristo hizo, ¡nuestra civilización y condiciones de vida son tan diferentes!
Nuestra imitación de Cristo consiste en vivir la vida de Cristo, en tener esa actitud interior y exterior que en todo se conforma a la de Cristo, en hacer lo que Cristo haría si estuviese en mi lugar.
Lo primero necesario para imitar a Cristo es asimilarse a Él por la gracia, que es la participación de la vida divina. Y de aquí ante todo aprecia el bautismo, que introduce, y la Eucaristía que alimenta esa vida y que da a Cristo, y si la pierde, la penitencia para recobrar esa vida… Esa vida de la gracia es la primera aspiración de su alma. Estar en Dios, tener a Dios, vivir la vida divina, ser templo de la Santísima Trinidad… Por no perder esa vida, que es la participación de Dios, su divinización, está dispuesto a perder el ojo, la mano, la vida… No por temor, sino por amor. Esa vida es para él la perla preciosa, el tesoro escondido (cf. Mt 13,44-46).
Y luego de poseer esa vida, procura actuarla continuamente en todas las circunstancias de su vida por la práctica de todas las virtudes que Cristo practicó, en particular por la caridad, la virtud más amada de Cristo. La misión de este hombre es la de iluminar el mundo con la caridad de Cristo. Ofrecerse al mundo como una solución a sus problemas; ser para el mundo una luz, una gracia, una verdad que los lleve al Padre.
La encarnación histórica necesariamente restringió a Cristo y su vida divino-humana a un cuadro limitado por el tiempo y el espacio. La encarnación mística, que es el cuerpo de Cristo, la Iglesia, quita esa restricción y la amplía a todos los tiempos y espacios donde hay un bautizado. La vida divina aparece en todo el mundo. El Cristo histórico fue judío viviendo en Palestina en tiempo del Imperio Romano. El Cristo místico es chileno del siglo XX, alemán, francés y africano… Es profesor y comerciante, es ingeniero, abogado y obrero, preso y monarca… Es todo cristiano que vive en gracia de Dios y que aspira a integrar su vida en las normas de la vida de Cristo, en sus secretas aspiraciones, y que aspira siempre a esto: a hacer lo que hace, como Cristo lo haría en su lugar. A enseñar la ingeniería, como Cristo la enseñaría, el derecho… a hacer una operación con la delicadeza… a tratar a sus alumnos con la fuerza suave, amorosa y respetuosa de Cristo, a interesarse por ellos como Cristo se interesaría si estuviese en su lugar. A viajar como viajaría Cristo, a orar como oraría Cristo, a conducirse en política, en economía, en su vida de hogar como se conduciría Cristo.
Esto supone un conocimiento de los evangelios y de la tradición de la Iglesia, una lucha contra el pecado, trae consigo una metafísica, una estética, una sociología, un espíritu ardiente de conquista… Pero no cifra en ellos lo primordial. Si humanamente fracasa, si el éxito no corona su apostolado, no por eso se impacienta. Si viene sobre el mundo la garra brutal del paganismo y nuevas persecuciones, y aun nuevas apostasías, no por eso cree que el catolicismo está destrozado, no por eso pierde su ánimo, porque su triunfo primordial no es el externo, sino el interior.
Y Cristo triunfó desde la cruz, “Cuando sea elevado sobre la tierra” (Jn 12,32). La misión de Cristo, que es lo que más nos importa, se realizó a pesar de nuestras debilidades: esa misión que consistió en pagar la deuda del pecado, redimir al hombre, darnos la gracia santificante.
Y él, como Cristo, en éxito o en derrota siembra la verdad; respondan o no, da testimonio de la verdad; se presenta como una luz cada día fulgurante, procura buscar las ovejas que no son del rebaño.
Actitud de paz: “La paz con vosotros” (Lc 24,36)… perpetuo triunfo. La única derrota consiste en dejar de ser Cristo por la apostasía o por el pecado. La primera lo expulsa del Cuerpo místico, la segunda lo hace un miembro muerto del mismo. Si el mundo se paganiza, el cristianismo no fracasa, fracasa el mundo por no querer servirse del cristianismo, el único que podría salvarlo.
Este es el catolicismo de un Francisco de Asís, Ignacio, Javier, Vico Necchi, Contardo Ferrini, Salvador Palma, Luis Goycolea, Vicente Philippi, de un don Gilberto Fuenzalida, y de tantos jóvenes y no jóvenes que viven su vida cotidiana de casados, de profesores, de solteros, de estudiantes, de religiosos, que participan en el deporte y en la política con ese criterio de ser Cristo. Éste muestra al hombre egoísta lo que puede ser el hombre que ha encontrado la solución del misterio de la vida por el abandono de sí mismo en la divinidad. Éstos son los faros que convierten las almas, y que salvan las naciones. Éstos son los tipos que ha de producir la Universidad Católica. Esto es lo que primordialmente necesita esta Universidad. Profesores llenos de esta sublime aspiración: ser Cristo, plenamente Cristo, en la seriedad de su vida profesional, en la intimidad de su vida de hogar, en sus relaciones de comercio, en su vida social, en sus relaciones con sus alumnos. Ésta es la vida que con su conducta y sus palabras han de predicar. ¡Ah, si así fuese!, ¡qué juventud la que tendríamos! ¡Qué influencia la de nuestra Universidad! ¡Este es el único camino sólido y seguro de salvar a Chile, y de responder a los deseos de Cristo! Meditemos en el camino, y en nuestra obligación de ser para nuestros alumnos esa luz, esa gracia que oriente sus vidas hacia un cristianismo totalitario que los satisfaga totalmente y que les muestre cómo, en cada circunstancia de la vida, ellos tienen el deber de ser católicos y cómo a su vez pueden serlo.
Los jóvenes de ahora, en este mundo material, sienten como nunca esta inquietud. Es deber nuestro de los sacerdotes y de los catedráticos de saciar esa sed y de mostrarles con nuestras palabras, y sobre todo con nuestras vidas, el camino seguro de realizar esa aspiración.
“Un disparo a la eternidad”, pp. 79-85.
En las dos últimas catequesis hemos reflexionado sobre la oración como fenómeno universal, que, si bien con formas distintas, está presente en las culturas de todos los tiempos. Hoy, en cambio, quiero comenzar un recorrido bíblico sobre este tema, que nos llevará a profundizar en el diálogo de alianza entre Dios y el hombre que anima la historia de salvación, hasta su culmen: la Palabra definitiva que es Jesucristo. En este camino nos detendremos en algunos textos importantes y figuras paradigmáticas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Será Abraham, el gran patriarca, padre de todos los creyentes (cf. Rm 4, 11-12.16-17), quien nos ofrecerá el primer ejemplo de oración, en el episodio de la intercesión por las ciudades de Sodoma y Gomorra. Y también quiero invitaros a aprovechar el recorrido que haremos en las próximas catequesis para aprender a conocer mejor la Biblia —que espero tengáis en vuestras casas— y, durante la semana, deteneros a leerla y meditarla en la oración, para conocer la maravillosa historia de la relación entre Dios y el hombre, entre Dios que se comunica a nosotros y el hombre que responde, que reza.
En efecto, como dice San Agustín, la Pasión de Cristo basta totalmente como instrucción para nuestra vida. Pues quien anhele vivir de manera perfecta, que no haga otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y que desee lo que Cristo deseó. Porque ningún ejemplo de virtud falta en la cruz. Pues si buscas un ejemplo de caridad, “nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por sus amigos”, Jn 15, 13. Y esto fue lo que hizo Cristo en la cruz. Por lo tanto, si Él dio su vida por nosotros, no se nos debe hacer pesado soportar por El cualquier mal. Salmo 115, 12: “¿Qué le daré al Señor por todo lo que El me ha dado?”.
Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores “el saco y la ceniza”, los ayunos y las mortificaciones, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia (cf Jl 2,12-13; Is 1,16-17; Mt 6,1-6. 16-18).
¡Cuantas veces hemos leído y escuchado el texto conmovedor del capítulo veinticinco del Evangelio según San Mateo: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria…, dirá… Venid, benditos de mi Padre… porque tuve hambre, y me disteis de comer…»!
Hoy quiero seguir reflexionando sobre cómo la oración y el sentido religioso forman parte del hombre a lo largo de toda su historia.
Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.
Hoy quiero comenzar una nueva serie de catequesis. Después de las catequesis sobre los Padres de la Iglesia, sobre los grandes teólogos de la Edad Media, y sobre las grandes mujeres, ahora quiero elegir un un tema que nos interesa mucho a todos: es el tema de la oración, de modo específico de la cristiana, es decir, la oración que Jesús nos enseñó y que la Iglesia sigue enseñándonos. De hecho, es en Jesús en quien el hombre se hace capaz de unirse a Dios con la profundidad y la intimidad de la relación de paternidad y de filiación. Por eso, juntamente con los primeros discípulos, nos dirigimos con humilde confianza al Maestro y le pedimos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1).
1. ¿Qué significa, hermanos, lo que hemos oído decir al Señor: Quien en mí cree, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado?