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CUÁN POCOS SON LOS QUE AMAN LA CRUZ DE CRISTO

¿Por qué pues temes tomar le Cruz por le cual se va al Reino? En la Cruz está le salud, en la Cruz está la vida, en le Cruz está la defensa contra los enemigos, en la Cruz está la infusión de la suavidad celestial, en la Cruz está la fortaleza del corazón, en la Cruz está el gozo del espíritu, en la Cruz está la suma virtud, en la Cruz está la perfección de la santidad.

Tomas de Kempis

Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, pero muy pocos que lleven su cruz. ‘Tiene muchos que desean el consuelo, y muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañeros halla para la mesa, y pocos para la abstinencia. Todos quieren gozarse con él, mas pocos quieren sufrir algo por él. Muchos siguen a Jesús cuando no hay adversidades; muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de él algunas consolaciones; si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían y abatirían.

Pero los que aman a Jesús por él mismo, y no por algún propio consuelo suyo, bendícenle en toda pena y angustia del corazón, tan bien como en el consuelo. Y aunque nunca más les quisiere dar consuelo, siempre le alabarían y darían gracias.

¡ Oh cuánto puede el amor puro de Jede sin mezcla del propio amor! Bien se pueden llamar propiamente mercenarios los que siempre buscan consolaciones. ¿No se aman a si mismos más que a Cristo, los que continuamente piensan en su provecho y ganancias? ¿Dónde se hallará alguno que quiera servir a Dios de balde?

Pocas veces se halla alguno tan espiritual, que esté desnudo de todas las cosas. ¿Pues quién hallará el verdadero pobre de espíritu y desnudo de toda criatura? De muy lejos y muy precioso es su valor. Si el hombre diere su hacienda toda, aún no es nada; y el hiciere gran penitencia, aún es poco. Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos; y si tuviere gran virtud y muy fervorosa devoción, aún le falta mucho; esto es una cosa que ha menester mucho. ¿Y cuál es ésta? Que dejadas todas las cosas, se deje a sí mismo, y salga de sí del todo, y no le quede nada de amor propio. Y cuando conociere que ha hecho todo lo que debe hacer, piense que aún no ha hecho nada.

No tenga en mucho que lo puedan tener por grande; más llámese en la verdad siervo sin provecho, como dice la Verdad; Cuando aun hubieres hecho todo lo que os está mandado, aún decid: Siervos somos sin provecho. Y así podrás ser pobre y desnudo de espíritu, y decir con el Profeta: Uno solo y pobre soy. Con todo eso, ninguno hay más rico, ninguno más poderoso, ninguno más libre, que aquél que sabe dejarse a sí mismo y a todas las cosas, y ponerse en el último lugar.

Capítulo XII

Del camino real de la Santa Cruz

Estas palabras parecen duras a muelles! “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y que sígueme”, Pero más duro será oír aquella terribles Palabras: “Apartaos de mí, maldito, al fuego eterno”. Los que ahora oyen y siguen de buena voluntad la palabra de la eterna condenación. Esta señal de la Cruz estará en el cielo cuando el Señor venga a juzgar. Entonces todos los siervos de la Cruz, que se conformaron su vida con el Crucificado, se llegarán a Cristo Juez con gran confianza.

¿Por qué pues temes tomar le Cruz por le cual se va al Reino? En la Cruz está le salud, en la Cruz está la vida, en le Cruz está la defensa contra los enemigos, en la Cruz está la infusión de la suavidad celestial, en la Cruz está la fortaleza del corazón, en la Cruz está el gozo del espíritu, en la Cruz está la suma virtud, en la Cruz está la perfección de la santidad. No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la Cruz. Toma, pues tu Cruz y sigue a Jesús e irás a la vida eterna. Él vino primero y llevó su Cruz, y murió en la Cruz por ti, porque tú también la tú también lleves y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con él vivirás con Él, y si fueres compañero de sus penas, lo serás también de su gloria.

Mira que todo consiste en la Cruz, y todo está en morir en ella; y no hay otro camino para la vida y para la verdadera paz sino el de la santa Cruz y continua mortificación. Ve donde quisieres, busca lo que quisieres, y no hallarás más alto camino en lo eminente ni más seguro en lo abatido sino la senda de la santa Cruz. Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer, y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la Cruz, pues, o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás tribulación en el espíritu.

Unas veces te dejará Dios y otras te mortificará el prójimo, y lo que más es, muchas veces te descontentarás de ti mismo, y no serás aliviado ni confortado con ningún remedio ni consuelo, y será preciso que sufras hasta cuando Dios quisiere, porque quiere que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo y que te sujetes del todo a él, y te hagas más humilde con la aflicción. Ninguno siente tan de corazón la pasión de Cristo, como aquél e quien acaece sufrir penas semejantes. De modo que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar. No le puedes huir donde quiera que fueres; porque a cualquier parte que huyas llevas a ti mismo, Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuere, vuélvete adentro, en todo hallarás la cruz; y es necesario que en todo lugar tengas paciencia si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona.

Si de buena voluntad llevas la cruz, llevará y guiará al fin deseado, adonde será el fin de padecer, aunque aquí no lo sea. Si contra tu voluntad la llevas, la hiciste mas pesada, y no obstante es preciso que la sufras. Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y acaso más pesada.

¿Piensas tú escapar de lo que ninguno de los mortales pudo? ¿Quién de los santos estuvo en el mundo sin cruz y tribulación? Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, en cuanto vivió en este mundo no estuvo una hora sin dolor, porque convenía que Cristo padeciese y resucitase de los muertos, y así entrase en su gloria. ¿Pues cómo buscas tú otra senda, sino este camino real que es el de la santa Cruz? ¿Y tu buscas para ti holgura y gozo? Yerras, yerras si buscas otra cosa que sufrir tribulaciones, porque toda esta vida mortal está llena de miserias y por todas partes está rodeada de cruces; y cuanto más altamente alguno aprovechare en espíritu, tanto más pesadas cruces hallará muchas veces, porque la pena de su destierro crece más por el amor.

Más este tal, así afligido de tantos modos, no está sin el alivio de la consolación, porque siente crecer en sí gran fruto de llevar su cruz, porque cuando se junta a ella de buena voluntad todo el peso de la tribulación se convierte en confianza del consuelo divino. Y cuanto más se quebranta la carne por la aflicción, tanto más se fortifica el espíritu por la gracia interior. Y algunas veces se conforta tanto con el afecto a la tribulación y adversidad por el amor y conformidad con la cruz de Cristo, que no quiere estar sin dolor y penalidad, porque se tiene por tanto más acepto a Dios, cuanto mayores y más graves cosas pudiere sufrir por Él. Esto no es virtud humana, sino gracia de Cristo, que tanto puede y hace en la carne frágil, que lo que naturalmente el hombre siempre aborrece y huye, lo acometa y acabe con fervor de espíritu.

No es propio de la humana condición llevar la cruz, amar la cruz, castigar el cuerpo y sujetarle a servidumbre, huir los honores, sufrir de grado las injurias, despreciarse a sí mismo y desear ser despreciado, tolerar todo lo adverso con daño y no desear cosa de prosperidad en este mundo. Si te miras a ti, no podrás por ti cosa alguna de éstas; mas si confías en Dios, él te dará fortaleza celestial y hará que te obedezca el mundo y la carne, y no temerás al demonio si estuvieres armado de fe y señalado con la cruz de Cristo.

Disponte, pues, como bueno y fiel siervo de Cristo para llevar varonilmente la Cruz de tu Señor, crucificado por amor tuyo. Prepárate a sufrir muchas adversidades y diversas incomodidades en esta miserable vida, porque así estará contigo donde quiera que fueres y de verdad lo hallarás en cualquier parte donde te escondas. Así conviene, y no hay otro remedio para escapar de la tribulación de los males y del dolor, sino sufrir. Bebe con afecto el cáliz del Señor si quieres ser su amigo y tener parte con él. Remite a Dios las consolaciones y haga Él con ellas lo que más le pluguiere. Pero tú disponte a sufrir las tribulaciones y estímalas por grandes consuelos; porque son condignas las penalidades de este tiempo pare merecer la gloria venidera, aunque tú pudieras sufrirlas todas.

Cuando llegares a punto que la aflicción te sea dulce y gustosa por amor de Cristo, piensa entonces que vas bien porque hallaste el paraíso en la tierra. Mientras te parezca penoso el padecer y procures huirlo, cree que vas mal, y donde quiera que fueres te seguirá el rastro de la tribulación.

Si te dispones para hacer lo que debes, conviene a saber, sufrir y morir, luego te irá mejor y hallarás paz. Y aunque fueres arrebatado hasta el tercer cielo con San Pablo, no estarás por eso seguro de no sufrir alguna contrariedad. Yo, dice Jesús, te mostraré cuántas cosas le convendrá padecer por mi nombre. Luego, sólo te queda el padecer, si quieres amar a Jesús y servirle siempre.

Pluguiese a Dios que fueses digno de padecer algo por el nombre de Jesús. ¡Cuán grande gloria se te daría! ¡Cuánta alegría causarías e todos los Santos de Dios! ¡Cuánta edificación sería para el prójimo!, pues todos alaban la paciencia, aunque pocos quieren padecer. Con razón debías sufrir algo de buena gene por Cristo, cuando hay tantos que sufren más graves cosas por el mundo.

Ten por cierto que te conviene morir viviendo; y que cuanto más muere cada uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir e Dios. Ninguno es apto para comprender esa cosas celestiales si no se aviene a sufrir lee adversidades por Cristo. No hay cosa a Dios más acepta, ni para ti en este mundo más saludable, que padecer gustosamente por Cristo. Y si te diesen a escoger, más debería desear padecer cosas adversas por Cristo, que ser recreado de muchas consolaciones; porque en esto le serías más semejante, y más conforme a todos los santos. Pues no está nuestro merecimiento, ni la perfección de nuestro estado en disfrutar muchas suavidades y consuelo, sino en sufrir grandes penalidades y tribulaciones.

Porque si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salvación de los hombre que el sufrir, Cristo lo hubiera declarado con su palabra y ejemplo; pues manifiestamente exhorte a sus discípulos, y a todos los que desean seguirle, que lleven la Cruz y les dice: Si alguno quisiere venir en pos de mí, niéguese a sí mis tu cruz, y sígame. Así que, leídas y bien consideradas todas las cosas, sea ésta la conclusión: Que por muchas tribulaciones nos es necesario entrar en el reino de Dios.

Tomás de KempisImitación de Cristo y menosprecio del mundo, Capítulo XI-XII

 

NECESIDAD DE LA CRUZ

¡Feliz el alma que se abandona en manos del Obrero eterno! Por su Espíritu, todo fuego y amor, que es “el dedo Dios”, el artista divino cincelará en ella los rasgos de Cristo a fin de que se parezca al Hijo de su amor, según el designio inefable de su sabiduría y de su misericordia.

D. Columba Marmion, OSB

No nos dejemos abatir por las pruebas, las contradicciones. Ellas serán tanto más grandes y profundas cuanto Dios nos llame a mayor perfección. ¿Por qué esta ley?

Porque es el camino por donde pasó Jesús, y cuanto más queramos estar unidos a Él, tanto más debemos asemejarnos a Él en el más profundo e íntimo de sus misterios. San Pablo, ya lo sabéis, reduce toda la vida interior al conocimiento práctico de Jesús, y de Jesús crucificado. Y Nuestro Señor mismo nos dice que el “Padre, que es el divino viñador, poda la rama para que dé más frutos”. Purga bit eum ut fructum plus afferat. Dios tiene mano poderosa, y sus operaciones purificadoras llegan a profundidades que sólo los santos conocen; por las tentaciones que permite, por las adversidades que envía, por los abandonos que y soledades que produce en el alma, intenta deshacerla de lo creado; la “persigue para poseerla”; penetra hasta los tuétanos, “rompe hasta los huesos”, como dice Bossuet en alguna parte, “a fin de reinar solo”.

¡Feliz el alma que se abandona en manos del Obrero eterno! Por su Espíritu, todo fuego y amor, que es “el dedo Dios”, el artista divino cincelará en ella los rasgos de Cristo a fin de que se parezca al Hijo de su amor, según el designio inefable de su sabiduría y de su misericordia.

Hay almas que tienen mucha actividad: hacen oración, se dan a la mortificación, se dedican a obras… adelantan, pero cojeando, un poco, porque su actividad es en parte humana. Hay otras almas que Dios ha tomado de su mano y que adelantan mucho, porque es Él mismo quien obra en ellas. Pero, antes de llegar a este segundo estado, se debe sufrir mucho, porque conviene que antes haya dejado sentir el Señor al alma que ella no es nada, ni puede nada; conviene que Él llegue a decir con toda sinceridad: Ut jumentum factus sum, apud te: ad nihilum redactus sum et nescivi: “Yo soy estúpido, sin inteligencia, como bestia de carga ante el Señor.”

Querida hija mía, es esto lo que el Señor está dispuesto hacer en vos, y tendréis que sufrir mucho mientras no logréis este resultado; pero no os espantéis si sentís que todo hierve en vos; no os desaniméis si, luego, sentís vuestra incapacidad porque Dios, después de haber como anulado vuestra actividad humana, vuestras energías naturales, tomará Él mismo al alma y la conducirá a la unión consigo. Cuando hagáis el Vía-Crucis, uníos a los sentimientos que tenía nuestro divino Salvador; esto no puede dejar de agradar al Padre Eterno, si le ofrecemos la imagen de su Hijo. En la XIV estación, vemos el Cuerpo de Nuestro Señor exinanitum, “inanimado”, pero tres días después sale del sepulcro, lleno de vida, de una vida magnífica… Lo mismo acaecerá con nosotros; si dejamos que Dios obre en nosotros, después de que Él haya destruido todo lo que en nosotros se opone a la gracia, nos llenará de su vida; será la realización de esta palabra: Christus mihi vita: “Cristo es mi vida.”

A esto debéis aspirar: el Padre eterno sólo desea ver en vos a su Hijo. Acordaos de la palabra de san Pablo: Ut inveniat in illo: Yo deseo ser hallado en Cristo (no con mi propia justicia). Os aconsejo que pongáis todas las mañanas cada una de vuestras facultades a los pies de Cristo, a fin de que todo salga de Él y que vos nada hagáis sino por amor a Él.

No hay duda alguna de que vuestras penas interiores forman gran parte del plan de Dios misericordiosísimo para la santificación de vuestra alma. Todos hemos pasado por este invierno, porque “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. Era necesario que vuestra alma fuese surcada por el sufrimiento; que experimentaseis que el sentimiento del entero abandono por parte de Dios es el mayor de todos los sufrimientos: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me habéis abandonado?” Porque erais agradable a Dios, era necesario que la prueba os visitara… Después del invierno vendrá la primavera; luego, el verano…

El sufrimiento desprende al alma

Después de que el sacerdote, ministro de Cristo, nos ha impuesto en el sacramento de la penitencia la satisfacción necesaria y, por la absolución, ha lavado nuestra alma en la sangre divina, añade estas palabras: “Que todos los esfuerzos que hagas para cumplir el bien, que todo cuanto sufras, sirva para el perdón de tus pecados, aumento de la gracia y recompensa en la vida eterna.”

Por esta plegaria, el sacerdote da a nuestros sufrimientos, a nuestros actos de satisfacción, de expiación, de mortificación, de reparación, de paciencia —que de esta manera une al sacramento— una eficacia particular, que nuestra fe no puede olvidar de poner a luz. “En remisión de tus pecados,”

El Concilio de Trento enseña a este propósito una verdad muy consoladora. Nos dice que Dios tiene tal munificencia en su misericordia, que no sólo las obras de expiación que el sacerdote nos impone, o que nosotros mismos escogemos, sino también todas las penas inherentes a nuestra condición humana, todas las contrariedades temporales que Dios envía o permite y que nosotros soportamos con paciencia, sirven, por los méritos de Jesucristo, de satisfacción cerca del Padre celestial. Por esto —y yo no sabría encarecéroslo bastante—es una práctica muy excelente y fecunda, la de que cuando nos presentemos ante el sacerdote o, mejor aún, ante Jesucristo, para acusar nuestras faltas, aceptemos, en expiación de ellas, todas las penas, todas las contrariedades, todas las contradicciones que nos puedan sobrevenir; y más aún, la de señalarnos en este momento tal o cual acto de mortificación, por insignificante que sea, para irlo cumpliendo hasta la confesión siguiente.

La fidelidad a esta práctica, que encaja muy bien con el espíritu de la Iglesia, es extraordinariamente fecunda.

Por de pronto, evita el peligro de la rutina. Un alma que se sumerge de tal modo, por la fe, en la consideración de la grandeza de este sacramento por el que se nos aplica la sangre de Jesús, y que, por una intención llena de amor, se ofrece a soportar con paciencia, en unión con Cristo en la cruz, todo cuanto se presente de duro, difícil, penoso, contrario en su vida, una alma así es refractaria a la rutina que se pega, en muchas personas, en la frecuente confesión.

Además, esta práctica representa un acto de amor en gran manera agradable a Nuestro Señor, porque indica la voluntad de participar de los sufrimientos de su Pasión, el más santo de sus misterios.

Hay renuncias que, por decreto de la Providencia, trae consigo el curso de la vida y que debemos aceptar como verdaderos discípulos de Jesucristo: tales son el sufrimiento, la enfermedad, la muerte de seres amados, los reveses y adversidades, las contrariedades y contradicciones que dificultan la realización de nuestros planes, el fracaso de nuestras empresas, nuestras decepciones, los momentos de tedio, las horas de tristeza, el “peso del día”, que abatía ya entonces tan fuertemente a san Pablo hasta el extremo de que “la existencia —lo dice él mismo— le era pesada”… tantas miserias que nos despegan de nosotros mismos y de las criaturas, no sin mortificar nuestra naturaleza, y “haciéndonos morir” poco a poco, “cada día”: quotidie morior.

Ésta era la frase de san Pablo; pero, si “él moría cada día”, era para vivir más, cada día también, la vida de Cristo.

Siento mucha compasión por vos, por la prueba que Dios os envía en estos momentos. Es un martirio. Sin embargo, yo me conformo enteramente con la santa voluntad de nuestro amado Señor, que os envía esta cruz tan íntima de su Corazón Sagrado. Creedme, y os lo digo en nombre de Dios, esta prueba os ha sido enviada por el amor de Nuestro Señor, y ella debe realizar una obra en vuestra alma que ninguna otra podría llevarla a cabo. Será la destrucción de vuestro amor propio, y, cuando salgáis de esta prueba, seréis mil veces más querida de su Sagrado Corazón que antes. Pues, aunque os tenga mucha compasión, no quisiera por nada del mundo que dejarais de pasarla, porque veo que Jesús, que os tiene un amor mil veces mayor que el que os podáis tener vos misma, permite que os alcance esta prueba. Estad segura de que durante todo este tiempo, os encomendaré mucho en mis oraciones y sacrificios, para que Dios os de fortaleza para saber aprovecharos bien de esta gracia.

Ya sabéis que Dios se complace en conducirnos por el camino de la perfección a la luz de la obediencia, y con Frecuencia nos priva de toda otra luz y nos conduce sin dejarnos comprender sus caminos. Conviene mantenerse, durante pruebas semejantes, en una sumisión completa y en una convicción inquebrantable —a pesar de lo contrario que os puedan inspirar vuestra razón o el demonio— de que sabrá sacar su gloria y vuestro crecimiento espiritual de manera muy diferente de la que habríais escogido por vuestra cuenta. Yo os digo de parte de Dios que esta prueba es una ganancia para vos, y estoy tan convencido que, desde que me di cuenta de su comienzo, sabía que duraría una temporada; es muy dolorosa, es la mayor de las cruces que Dios puede enviar a un alma que lo ama, pero, mientras seáis obediente, no hay peligro ninguno.

El sufrimiento da frutos para el alma y para toda la Iglesia

Dios colma de bendiciones especiales al alma poseída del espíritu de abandono. Se siente uno incapaz de decir lo que Dios hace en esta alma, cómo adelanta en santidad. La conduce por caminos seguros a la cumbre de la perfección. A veces, es cierto, puede parecer que estos caminos contrarían el fin, pero “Dios logra sus fines, guiando todas las cosas con fuerza y dulzura”. “Todo”, decía Jesús a su fiel sierva Gertrudis, “tiene su hora en los adorables designios de mi providente Sabiduría”.

¡Felices las almas a quienes Dios llama a vivir sólo de la desnudez de la cruz! Ésta es para ellas un manantial inagotable de preciosas gracias.

Los sufrimientos son el precio y la señal de los verdaderos favores divinos… Las obras y las fundaciones basadas en la cruz y el sufrimiento son las únicas durables.

Los sufrimientos que habéis soportado son, para mí, señal de una bendición especial de Aquel que, en su sabiduría, ha querido basarlo todo en la cruz.

Hay en vuestra carta una frase que me satisface mucho, porque en ella adivino una fuente de gran gloria de Dios. Decís: “En mí no hay nada, absolutamente nada, en que yo pueda tener un poco de seguridad. Así, pues, no ceso de abandonarme con confianza en el corazón de mi maestro.” Ésta es, hija mía, la verdadera alegría, porque todo lo que Dios hace por nosotros es efecto de su misericordia, movida por el reconocimiento de esta miseria; y un alma que ve su miseria y que la presenta continuamente a los ojos de la misericordia divina, da mucha gloria a Dios, dándole ocasión de mostrar su bondad al alma. Continuad siguiendo este atractivo, y dejaos conducir, en medio de las tinieblas de la prueba, a la unión que Dios os prepara con Cristo.

En cuanto vos, Nuestro Señor me obliga a rogar mucho para que permanezcáis con gran generosidad sobre el altar de la inmolación con Jesús. Un alma, por miserable que sea, unida así a Jesús en su agonía, pero, como Abraham, “esperando contra toda esperanza”, da una gloria “inmensa” a Dios y ayuda a Jesús en su obra de la Iglesia.

Veo que habéis sufrido, yo he sufrido también: ¡estamos tan unidos! Pero, sin embargo, no podía desear otra cosa. Yo os he depositado con Jesús, como su Amén, en el fondo del seno del Padre. Él os ama infinitamente mejor que yo. Yo os entrego a Él, como María entregó a Jesús, y si Él quiere clavaros en la cruz con vuestro Esposo, si quiere para vos la vergüenza, el sufrimiento y equivocaciones, si quiere para vos la inmolación, yo lo quiero también, como lo quiero para mí mismo. No hemos sido hechos para gozar aquí abajo: nuestra felicidad está arriba: Sursum corda. En el plan divino, todo bien viene del Calvario, del sufrimiento. San Juan de la Cruz ha dicho que Nuestro Señor no da casi nunca el don de la contemplación, de la unión perfecta, más que a aquellos que han trabajado mucho y sufrido mucho por Él. Pues bien, mi anhelo sobre vos es esta unión perfecta, tan fecunda para la Iglesia y las almas. San Pablo nos dice: “De buena gana me gloriaré de mis flaquezas, a fin de que la fuerza de Cristo habite en mí.” Yo os deseo ver muy débil en vos misma, pero llena de la virtus Christi. Jesús ha prometido que, por la Santa Comunión, no solamente nosotros moraremos en Él, sino que Él morará en nosotros. Es ésta la virtus Christi. Cuando más nuestra vida proceda de Él, tanto más tendremos la virtus Christi, más nuestra vida glorificará al Padre: “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto; aquel que mora en Mí y Yo en Él, éste da mucho fruto.”

El Señor es dueño de sus dones y, sin mérito ninguno de su parte, llama a ciertas almas a una unión más íntima con Él, a compartir sus penas y sus sufrimientos, para gloria de su Padre y bien de las almas: Adimpleo in corpore meo quae desunt passionum Christi pro corpore ejus, quod est Ecclesia: “Yo completo en mi propio cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo para su cuerpo místico que es la Iglesia.” “Nosotros somos el cuerpo de Cristo y miembros de sus miembros.” Dios hubiera podido salvar a los hombres sin que éstos hubiesen tenido que sufrir o merecer, como lo hace con los niños pequeños que mueren después del Bautismo. Pero, por decreto de su adorable sabiduría, había decidido que la salvación del mundo dependiera de una expiación, de la cual su Hijo Jesús sufriría la mayor parte, pero a la que se asociarían sus miembros. Muchos hombres se olvidan de dar su parte de sufrimientos aceptados en unión con Jesucristo.

Por esto, Nuestro Señor escoge a algunas almas que se asocian a la gran obra de la redención. Son almas selectas, víctimas de expiación y de alabanza. Estas almas hacen mucho por la gloria de Jesús, mucho más de lo que se puede imaginar, y las delicias de Jesús están en hallarse en ellas. Pues bien, hija mía, estoy persuadido de que vos sois una de estas almas. Sin mérito ninguno de vuestra parte, Jesús os ha escogido. Si sois fiel, llegaréis a una estrecha unión con Nuestro Señor y, una vez unida a Él, perdida en Él, vuestra vida será muy fecunda para su gloria y la salvación de las almas. El día de las bodas místicas, no veréis sino flores de la corona que Dios colocó sobre vuestra cabeza. Pero, hija mía, no olvidéis jamás que la esposa de un Dios crucificado es una víctima. Os digo esto, porque preveo que sufriréis y os hace falta mucho ánimo, mucha fe, mucha confianza. Se tendrá que atravesar desiertos, tinieblas, oscuridades, desalientos, abandonos. Sin esto, vuestro amor no sería nunca profundo, ni fuerte. Pero si sois fiel y abandonada, Jesús os tenderá siempre la mano: “Aunque tenga que pasar por las tinieblas de la muerte, nada temeré, pues Vos estáis conmigo.”

 

Columba Dom MarmionDios nos visita a través del sufrimiento y el amor. Ed. Lumen, Buenos Aires-Mexico, 2004, pag. 196- 199. 204 – 207

RESIGNARSE CRISTIANAMENTE ANTE LAS PRUEBAS

Domingo XXVI – T.O – Año C

Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado mientras que tú eres atormentado…– Lc 16,19-31

Algunas de las parábolas que el Señor cuenta en los Evangelios, son suficientes en sí mismas para explicar y poner de modo bien gráfico todo lo que quiere decir. El pasaje que tenemos en el Evangelio de este domingo XXVI del Tiempo Ordinario es uno de éstos.

Una parábola con un contenido riquísimo, que ilustra con una perfección impresionante una de las realidades más crudas que Nuestro Señor vino a revelar en este mundo: la existencia del infierno. Pero no se detiene ahí, pues también con esta parábola, el Señor nos deja un mensaje inspirador: como confiar de que, aunque suframos en este mundo y padezcamos males “insuperables”, o quizás “injustos” -dirán algunos-, si los sabemos llevar bien, podemos estar seguros de recibir un gran consuelo en el cielo. Por otra parte, al que no sabe aprovechar los bienes que tiene con humildad y caridad, puede esperar un destino tanto más sombrío y terrible.

En síntesis, la enseñanza cristiana es conocida siempre por la misericordia. Por la compasión, por el cuidado y atención a las necesidades de los demás, de los más pobres, pecadores, miserables. A esto vino nuestro Señor Jesucristo, nuestro maestro y modelo en todo. Al que no sigue este camino, y a los que confían en la opulencia de sus bienes, el Señor los identifica en la primera lectura, cuándo habla por boca del profeta: “¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sion, confiados en la montaña de Samaría! […] No se conmueven para nada por la ruina de la casa de José.” Es decir que, independiente de la situación que nos toca vivir en este mundo, una cosa es necesaria para que seamos verdaderamente cristianos: ser misericordiosos. Es esta la actitud del Señor, hemos cantado en el salmo responsorial: “El señor mantiene su fidelidad perpetuamente, / hace justicia a los oprimidos, / da pan a los hambrientos. / El Señor liberta a los cautivos. / […] El Señor ama a los justos.”

Aquí aparece un tema que es muy interesante considerar: el Señor ama a los justos. Sí, Él ama a los que practican la justicia. Él es Justicia, pero Él solamente puede ser justo en razón de su Misericordia; en efecto, Él es también Misericordia. Y es más, como enseña Santo Tomás de Aquino (I Pars, q.21, a.4), la misericordia es la raíz de todas las obras de Dios. Por eso se compadece de nosotros, sabe de qué barro somos hechos; sabe cómo nos cuestan nuestras pruebas, nuestras dificultades, nuestras luchas diarias.

En consecuencia, ¿qué es lo que nos toca hacer en nuestra vida? La respuesta nos la da el Apóstol San Pablo: “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna…” En otras palabras, debemos dedicarnos a vivir nuestra vida, con nuestras luchas, con nuestras cruces, con todas las adversidades que tenemos, pensando siempre en lo bueno que será el ser consolado por Dios en el cielo, dónde no habrá más lágrimas.

Se dice que un anciano estaba sentado en su lecho de muerte[1], y llenos de dolor rezaban sus hijos. Tenía los ojos cerrados como si durmiera. Un velo de calma y de quietud cubría su rostro pálido y exangüe. Había vivido toda la vida honrado y cristiano, y no tenía nada que en esta hora martirizara su conciencia. Los hijos no apartaban sus ojos de aquel rostro querido.

De pronto el anciano sonrió y quedó otra vez inmóvil. Al poco tiempo volvió a sonreír, y algunos minutos después una tercera sonrisa brotó en sus labios.

Despertó. Los hijos le abrazaron y uno de ellos le preguntó:

– Padre, ¿por qué sonreías?

El viejo, con voz débil, les dijo así:

– Hijos míos, la primera vez sonreí, porque estaba pensando en los bienes caducos de este mundo, y no pude menos de alegrarme viendo cómo yo los he despreciado siempre, y de reírme viendo cuántos necios corren desalentados detrás de ellos. La segunda vez sonreí porque pensé en los males que sufrí en la vida, y me llené de gozo al ver que por haberlos llevado con resignación me van a traer ahora bienes infinitos. La tercera vez sonreí porque vi a mi lado al Ángel de la Guarda que me señalaba unas puertas abiertas llenas de claridad y de luz que eran las puertas del cielo.

Luego se reclinó sobre las almohadas y se quedó muerto.

De esta pequeña historia, podríamos sacar algunas conclusiones muy provechosas para nuestras propias vidas, como es la necesidad de convencernos de la nada de las cosas de este mundo, o la importancia de vivir cristianamente los mandamientos, como el Apóstol exhortaba en la segunda lectura: “te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.” Sin embargo, me gustaría que tomásemos por “moraleja” esta verdad: cuán meritorio será para nosotros el saber sobrellevar bien, resignados, entregando en las manos providentes del Padre todos los momentos de nuestra vida, sean buenos o malos. Todo el dolor llevado con paciencia se convertirá en una gloria inmensa en el cielo.

En el salmo podemos encontrar al salmista expresando esta verdad con la alegoría del sembrado: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares.” (Sal 126, 5) Y el Señor pone en labios de Abrahán la sentencia consoladora para reconfortarnos a sobrellevar nuestras cruces en esta vida: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida”, es lo que le dice al rico epulón condenado en el infierno, y sigue: “y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.

Por eso, pidámosle a la Santísima Virgen María, que nos alcance la gracia de su Divino Hijo de ser totalmente entregados, abandonados en las manos de Dios, confiados en que lo que Él permite que nos suceda, será siempre lo mejor, y que sepamos llevarlo con paciencia y resignación cristiana. Que en todas estas nuestras dificultades, resuene en nuestro corazón el Fiat de la Virgen, el hágase en mí según Tu palabra, según la voluntad de Dios.

Ave María Purísima

P. Harley Carneiro, IVE

 

 

[1] Cfr. Sonreírnos ante la muerte, ROMERO, F., Recursos Oratorios, disponible en: https://vozcatolica.com/homiletica/28-de-septiembre-xvi-domingo-del-tiempo-ordinario-ciclo-c/

Vida interior

De los escritos del P. Alfonso Torres

 

a) Tesoro escondido

La vida interior de cada alma es un tesoro escondido.

Si se baja a las almas y se mira en particular lo que en cada alma se esconde, lo mismo de luces sobrenaturales que de tesoro de gracias y virtudes, si se mira, repito, ese mundo interior de cada alma, entiende uno que quien sabe vivir en ese interior del propio espíritu y sabe recogerse de esa vida exterior y miserable que consiste en derramarse a las criaturas, comprueba que esa vida interior es un verdadero tesoro.

Toda la vida interior es un glorificar a Dios, un vivir en lo alto, un salir de la tierra, donde el alma se asfixia; un subir a nuevos horizontes, un vivir en la verdad.

La vida verdadera del hombre está dentro de él. La vida verdadera del hombre es la que se esconde en la mente, en el corazón, en el alma. Un hombre es lo que es esa vida interior.

Los seres espirituales son los únicos que tienen la facultad de replegarse sobre sí mismos para encontrar a Dios en el fondo de su ser, lo mismo que para descubrirlo en las criaturas que les rodean. Dios vive en ellos y ellos viven en Dios.

La solución de los problemas espirituales que se nos presentan a cada uno en nuestra vida hay que hallarla, más bien que mirando hacia fuera, mirando hacia dentro.

b) Vida interior, vida divina

La vida interior no es solamente eso que llamamos nosotros mirar hacia dentro. Eso es, como si dijéramos, la puerta para entrar en la vida interior; es una de las condiciones que se necesitan para cultivar la vida interior; pero la vida interior es otra cosa. La vida interior es la vida divina manifestada, reflejada en nosotros. Un alma tiene vida interior en el mismo grado en que tiene vida divina. Y la vida divina no es otra cosa que la vida de la santidad, la vida de la gracia y la vida de las virtudes. Esa es la verdadera vida divina.

El amor es el que domina al hombre, la mente se ilumina según el amor; si se eleva el amor, la vida interior se eleva también, y, si baja, la vida interior decae. Al oír las palabras vida interior, parece que se está uno dirigiendo a las grandes almas contemplativas: a una Santa Teresa, a un San Juan de la Cruz, a un San Francisco de Borja… Pero no es así. Es verdad que estas almas son las manifestaciones más sublimes de dicha vida divina, pero la vida interior es para todos los cristianos.

Ahora bien, esta vida interior se puede vivir de muchas maneras. A veces se vive de una manera que consiste en guardar lo indispensable para no perder esa vida; pero reservando una parte, y a veces la mayor parte del corazón, para otras cosas. Esto es muy común en las almas cristianas. Hay otra manera de buscar la vida interior, que consiste en buscarla con todo corazón. Cuando las almas tienen esta manera de consagrarse a su vida interior, entonces sucede que todo lo demás lo ven en orden a la vida interior, y en tanto lo aman y lo buscan en cuanto a la vida interior conduce o de la vida interior procede, y en tanto prescinden de ello o lo rechazan en cuanto a la vida interior estorba o en cuanto retarda el crecimiento de esta vida interior.

Hay almas que viven para dentro, y entienden de vida interior, y hay otras derramadas, a las que hablarles de ella es, como se suele decir en nuestro lenguaje familiar, “hablarles en griego”. ¡No les interesa, no es su tema! Pero veamos más concretamente en qué consiste ser almas derramadas. Hay quien se preocupa de todo lo que pasa en torno suyo; son esas personas que, como crónicas vivientes, van registrando minuto por minuto todo lo que pasa a su alrededor; hay otras que, sin ocuparse así de los demás, se entregan tanto a la ocupación exterior, que se engolfan en ella, y sucede que eso es lo único que les interesa, y lo que es vida interior, no. Y así es cómo se da que haya almas verdaderamente derramadas, y éstas corren peligro de que se pierda para ellas la palabra de Dios.

c) Menosprecio actual por la vida interior

El nivel que tiene la apreciación de la vida interior en el mundo actual es sumamente bajo. Hay un desequilibrio perfecto entre la estima en que se tiene todo lo exterior y la desestima en que se tiene todo lo interior.

El cuidado, la diligencia, el esfuerzo que se pone en todo lo que sean medios externos para la difusión del Evangelio, para la propagación de la virtud, para la salvación de las almas, y el cuidado, la diligencia, el esfuerzo que se ponen en la vida interior de las almas, en la transformación íntima de los corazones, son muy desproporcionados; tan desproporcionados, que todo lo que es externo encuentra aplauso, encuentra acogida, encuentra entusiasmo, mientras que todo lo que es vida interior, todo lo que es purificación propia, encuentra, sí, alguna acogida; pero esa acogida cordial, fervorosa, diligente, que encuentran los medios externos, ésa no la encuentra la vida interior.

d) Vida interior y recogimiento del espíritu

Las almas puras, limpias, son como aquella palomita que Noé soltó del arca para ver si había cesado el diluvio, que después de volar un poco sobre las aguas, volvió al arca; las almas puras abandonan ese arca de su vida interior para salir al diluvio cenagoso de las cosas mundanas cuando no hay más remedio, pero en seguida vuelven a su arca, a su vida interior; no encuentran dónde descansar, dónde posarse; han gustado lo que es el Señor, y todo lo demás les resulta amargo y desabrido; además, ese recogimiento es la disposición necesaria para el trato con Dios, para recibir las comunicaciones divinas, los dones del Señor.

¿No sabemos todos el trabajo que nos cuesta adquirir el recogimiento interior? Es una de las mayores mortificaciones adquirir este recogimiento, una de las mortificaciones más fuertes, una de las ocupaciones más duras; cuesta mucho trabajo este vencimiento interno. Me atrevería a decir que es lo más fuerte de la vida espiritual.

Ese recogimiento lleva consigo la paz del corazón; no hay estrépitos en el alma recogida; lleva consigo la posesión de Dios; el alma recogida ha puesto su nido en Dios y mora en Dios; en el alma recogida se aprovechan las gracias divinas y se oyen hasta las más leves insinuaciones del Espíritu Santo; por consiguiente, florecen todas las virtudes, y, sobre todo, el alma recogida gusta de la suavidad de Dios, y sabe que estas palabras, “la suavidad de Dios”, no son palabras vanas.

Adviertan, sobre todo, que sin este recogimiento no llegarán nunca al trato íntimo y amoroso con Dios nuestro Señor, a que se le comunique Dios con esa abundancia con que se ha comunicado siempre a las almas recogidas. Una de las cosas que más fácilmente se pierden aún entre personas buenas y espirituales es el recogimiento, y esto es lo que hace que la vida espiritual sea distraída, poco intensa; una vida en que parece que se mezclan la luz y las tinieblas, el fervor y las tibiezas, la generosidad y la soberbia. Cierto que, si supiéramos los tesoros que tenemos en el recogimiento, ninguno de nosotros dejaría de trabajar con todas sus fuerzas hasta conseguirlo.

Nuestro Señor puede hacer sentir su voz aún en medio de un estrépito grande de las almas; pero la providencia ordinaria del Señor es ésta: que Él se comunica a las almas recogidas y no se comunica tanto a las almas derramadas.

¡Qué maravillas haría Jesús en las almas si siempre le oyeran! ¡Cuántas veces llevamos dentro una Jerusalén inquieta y alborotada en vez de una aldea sonriente y sosegada de Galilea! Como un rincón de la apartada Galilea son las almas que todavía aman al Señor.

e) Las condiciones inexcusables de la vida interior

La primera condición para la vida interior es ese pasar inadvertido a las miradas de las criaturas, ese esconderse, ese morar en el silencio humilde, no vivir hacia fuera en las cosas exteriores. Sin recogimiento, sin silencio, sin ese pasar inadvertidos, nunca tendremos vida interior.

Daos a la vida espiritual, escondida con Jesucristo en Dios, en el abismo de verdadera unión y pobreza, si no queréis vivir como ilusos.

Cuando se purifica de versas el corazón, entonces se adquiere la verdadera vida interior. Nosotros no hemos tenido la dicha de conservar pura el alma; necesitamos trabajar asiduamente en purificar nuestro corazón. Hay almas que se afanan por alcanzar la vida interior; nada hay que estorbe tanto las mociones del Espíritu Santo como la falta de purificación del corazón.

Las personas que quieran llegar a la vida interior han de andar por caminos de sacrificio, de cruz y de mortificación.

La vida espiritual es como una suerte de despojo. Cuando comienza uno a despojarse, comienza ya la vida espiritual; cuando adelanta en este despojarse, adelanta en la vida espiritual, y cuando se ha despojado de todo para quedarse únicamente en Dios y en la propia nada, entonces es cuando ha llegado a la cima de la misma vida espiritual.

Hay almas que no entran de lleno en la vida interior por esta causa, porque el camino que lleva a la vida interior es un camino estrecho, y ellas buscan más bien el camino ancho, en que la naturaleza tiene ciertas expansiones, en que la libertad, las tendencias naturales, son tratadas con condescendencia. Lo que tienen que vencer todas las almas para lanzarse a la santidad es esa tendencia hacia lo ancho.

f) Levadura transformadora del mundo

Cuando cultivamos nuestra vida interior, estamos depositando en el mundo en que vivimos, levadura de Evangelio, que secretamente, pero eficazmente, transformará las almas mucho más que todos los cálculos y las obras resonantes que el mundo aplaude, y a las que, por desgracia, nos vamos acostumbrando.

Cuando Dios quiere transformar al mundo, es decir, fundar su reino entre los hombres, establecer aquí en la tierra el reino de Dios, quiere proceder por esos caminos de la vida interior, por una acción profunda, escondida, como la acción de la levadura, y así misteriosamente, en lo escondido, en lo secreto del corazón, en lo interior de las almas y de las conciencias, ejercitar su eficacia divina, para que esas conciencias, esos corazones, esas almas se transformen y transformen el mundo.

Amemos cada vez más el santo recogimiento; aún en medio de nuestro trabajo apostólico, aprendamos a vivir hacia adentro en Dios. Cuanto más vivamos así, más eficaces serán nuestros trabajos en las almas.

 Las cosas de Dios muchas veces no pueden quedar escondidas. ¿Hay algo más oculto que la vida interior, que la verdadera santidad? ¿Y es posible que cuando hay verdadera santidad y vida interior, esa vida interior y esa santidad no sean conocidas de las gentes? La santidad, aunque escondida en el fondo del corazón, será revelada al mundo, y eso es inevitable; y es inevitable, porque así lo reclama la gloria de Dios y así lo reclama la edificación de los hombres. Dios no enciende la luz y la esconde para que los hombres no la vean; cuando enciende la luz es para colocarla sobre el candelero y que los que entren en la casa vean esa luz; y aunque parezca que esa luz está escondida, porque la envuelva el silencio, porque es la vida interior oculta en el fondo del corazón, esa luz resplandecerá un día, y en esto no solamente no hay nada malo, sino que el Señor lo desea y el Señor lo manda: Así resplandezca vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre celestial (Mt 5, 16).

g) El vicio de la curiosidad, enemigo de la vida interior

La curiosidad que san Bernardo describe es la antítesis de la vida interior; y no digo sólo de la vida interior, propia de loc contemplativos o que nosotros solemos imaginarnos como la de un cartujo, sino de toda vida interior. ¿Qué vida interior puede tener quien no entra dentro de sí como conviene, quien vive derramando hacia afuera?

Alma curiosa es alma sin vida interior o, a lo más, con una vida interior rudimentaria y superficial.

Las almas que se parecen al monje curioso de san Bernardo las encontramos a veces en nuestro camino, y solemos verlas locuaces, sobresaltadas, movedizas, volubles en sus pensamientos y juicios, intrigadas por todo género de bagatelas, tardas y descuidadas en el cumplimiento de sus deberes, escépticas de la virtud y santidad y como decepcionadas y desesperadas; pusilánimes para todo lo bueno o, como diría santa Teresa, sin fuerzas ni para levantar del suelo una paja; hostiles y rencorosas para quienes intenten iluminarlas o simplemente les hablen de cosas de Dios y con una malignidad como innata para interpretar todo lo espiritual.

Si tan grande es el daño que se hace a sí misma el alma víctima de la curiosidad, no es menor el que hace a otros, pues por lo pronto se comprende que un alma así, lejos de levantar el nivel espiritual en los otros y promover la vida interior, fomenta la disipación y la tibieza.

JESUCRISTO IDEAL DEL SACERDOTE [FRAGMENTO]

“Imitad el misterio del que vosotros sois los ministros”, no solamente significa celebrar la Misa con espíritu de piedad, sino, sobre todo, unir a la ofrenda de Jesús la oblación más completa de nuestra vida.”

D. Columba Marmion

Podemos contemplar a Jesucristo em cada uno de los estados de su vida, y en cada una de sus virtudes. Él es el ideal que todos deben imitar. Lo mismo el niño que el adulto y el obrero como la virgen o el religioso encuentran en Él el modelo más acabado para su respectivo estado.

Pero hay en Jesús un Santo de los santos, un tabernáculo cerrado, donde el alma del sacerdote debe desear entrar, porque allí está la fuente de donde mana toda la vida interior de Jesús. Desde el punto mismo de su encarnación, “el Salvador se entregó enteramente al cumplimiento de la voluntad del Padre”: Ecce venido… ut faciam, Deus, voluntatem tuam (Hebr. X, 7). Y nunca renunció al cumplimiento de esta voluntad.

He aquí nuestra consigna: imitar a Jesús en la entrega total de su vida a la gloria de Dios y la salvación del mundo. Tal es la perfección que corresponde al sacerdote y esta vocación supera a la angélica.

Obedecer a esta invitación: “Imitad el misterio del que vosotros sois los ministros”, no solamente significa celebrar la Misa con espíritu de piedad, sino, sobre todo, unir a la ofrenda de Jesús la oblación más completa de nuestra vida. Debemos caer en la cuenta de que la muerte de Jesús en la cruz se preparó a todo lo largo de su existencia terrena. “Por nosotros” bajó del cielo, como dice el Credo: Propter nos homines et propter nostram salutem. Cuando vivía en Nazaret, en el modesto taller de José, tenía plena conciencia de que era la víctima destinada a la suprema inmolación. Y aceptó por anticipado toda la trama de su vida y previó su pasión con todo el cortejo de sus afrentas y sufrimientos. Y cuando llegó su hora, Jesús, movido por un impulso de inmenso amor, se ofreció por nuestra redención: Crucifixus etiam pro nobis.

Esta aceptación plena de todos los designios de Dios nos servirá de modelo. Imitamini… Presentemos también nosotros en el altar al Señor todo el desarrollo de nuestra existencia, aceptándolo, amándolo, ofreciéndolo y consagrándolo amorosamente a la causa de Dios y al bien de las almas. Esta imitación diaria de la ofrenda de Jesús nos permitirá penetrar gradualmente en la intimidad misteriosa del alma del divino Maestro.

Fragmento del libro Jesucristo Ideal del Sacerdote, de D. Columba Marmion.

SOBRE LAS VISITAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Pero, además, nadie puede pretender entrar en la Iglesia con una mentalidad mundana, casi extraño a Dios, y arrodillarse y esperar que Dios vaya a verter sobre él cataratas de gracia y placeres celestiales. Va contra la naturaleza pasar del frío glacial al calor del horno, ir y volver entre los dos. Para gozar con la presencia de Dios ante el sagrario, el alma ha de vivir esa presencia normalmente a lo largo del día.

P. Segundo Llorente, SJ

[…] Entonces tratábamos asuntos espirituales de gran interés para nosotros. no había nada académico en ello. No se tomaban notas. No era una clase para estudiar. Era simplemente una conversación relajada, amistosa sobre lo que los santos decían sobre este o aquel capítulo. De tal manera que cubríamos un amplio espectro, como vivir en la presencia de Dios mientras se hacían las tareas cotidianas, sobrenaturalizando todo lo que hacíamos o decíamos; los demonios de no vivir en la presencia de Dios. Ya que fuimos creados para una beatífica visión, todo lo que nos ayude a lograr ese fin sobrenatural debe ser adoptado, y aquello que nos impida a nosotros alcanzarlo debe ser evitado.

De esta manera todos deben saber qué es lo que nos ayuda y lo que nos estorba. A continuación, seguía una vívida discusión sobre todo ello y era muy interesante escuchar lo que el Espíritu Santo inspiraba en cada uno de nosotros.

San Juan de la Cruz, otro doctor de la Iglesia, tenía mucho que decir acerca de las largas visitas al Santísimo. La cuestión era saber cuánto tiempo nosotros, los religiosos, gastábamos en nuestra vida activa en estar arrodillados o sentados en la capilla.

En primer lugar, al menos que uno ya arda en el amor de Cristo, siempre hay mil y una excusas para no hacerlo. Y es cierto que, cuando nos enfrentamos a una alternativa, el Señor siempre pierde. Siempre hay mil cosas que hacer antes que estar en la capilla orando. Y entonces finalmente no lo hacemos. Pero si llega la inspiración de ir a la capilla y estar con el Señor, entonces, una vez allí, de nuevo vuelven a surgir las excusas y las alternativas y finalmente nos vamos de la capilla para hacerlas.

La cuestión es también qué hacer en la capilla cuando se está solo, ya que la imaginación nos puede llevar a un millón de leguas de allí. Santa Teresa se quejaba de que la imaginación era la loca de la casa, es decir, la parte de locura que llevamos dentro de nuestro ser.

¿Y si se reza un rosario? ¿O se lee un libro espiritual? No, este no es el asunto. El asunto es que hay que sentarse en un banco, con nuestras manos confortablemente sobre nuestras rodillas, relajarnos tranquilamente, tomar posesión de todo nuestro ser, cerrar los ojos o mirar al suelo o al altar, y estar inmersos en la presencia de Dios. Si entonces la imaginación intenta despistarnos, has de decirte a ti mismo que no lo vas a permitir, que estás de guardia; estás velando ante la puerta del palacio del Rey en el tabernáculo como un centinela guarda la entrada.

Pero, además, nadie puede pretender entrar en la Iglesia con una mentalidad mundana, casi extraño a Dios, y arrodillarse y esperar que Dios vaya a verter sobre él cataratas de gracia y placeres celestiales. Va contra la naturaleza pasar del frío glacial al calor del horno, ir y volver entre los dos. Para gozar con la presencia de Dios ante el sagrario, el alma ha de vivir esa presencia normalmente a lo largo del día.

La finalidad de nuestros comentarios sobre estos asuntos era quitarnos de la cabeza la idea de que uno podía escuchar misa, rezar el rosario, recibir la sagrada comunión, cantar algunas oraciones y ya estaba todo. Un sacerdote puede decir misa sin tener un contacto personal con Cristo. Una monja puede hacer unos ejercicios espirituales diarios sin haberse encontrado ni una sola vez con la mirada de Cristo. Pero las largas visitas ante el sagrario pueden curar heridas y restaurar el alma para una vida espiritual sana, una vida de intimidad con Cristo. Entonces Cristo actuará a través de esa persona de una manera maravillosa y se convertirá en un instrumento apto en las manos de Dios para hacer cosas maravillosas.

Estas buenas hermanas caminaban en esta dirección de todo corazón y volvían de regreso con unos comentarios muy apropiados. Todos llegamos a la conclusión de que nuestras relaciones con el Señor eran muy superficiales. Por supuesto, Dios sabe que venimos del barro, que somos polvo y en polvo nos convertiremos. Por tanto, no puede esperar mucho de este polvo, esta es la realidad. Pero no solo somos polvo o barro. Somos templos del Espíritu Santo. Cristo tomó nuestra carne en su encarnación y la santificó y la elevó a una categoría superior. Tenemos en nosotros el gran potencial de transformarnos en Cristo. Pero, para hacer esto necesitamos mucha intimidad con Él, y esta intimidad solo llega con el contacto frecuente y cercano a Él. ¿Cuán frecuente ha de ser este contacto? Aquí de nuevo las monjas debatían el tema y cada una tenía una opinión que exponer.

Una de ellas remarcaba cómo trabajaba la Divina Providencia. Ella había sentido que venir a Alaska lo iba a privar de buenos sermones y charlas con sacerdotes sobre temas espirituales. Y, mira por donde, aquí estábamos con esta gran oportunidad de poder remontarnos hasta lo alto con estas conversaciones espirituales. Les dije que yo estaba aprendiendo de ellas tanto como ellas de mis comentarios. El mérito, en cualquier caso, era de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, pero de una manera más cercana, desde luego, también el Espíritu Santo nos iluminaba, sin el cual no seríamos capaces tan siquiera de pronunciar con devoción la palabra Jesús.

 

Fragmento del libro Memorias de un sacerdote en el Yukón, del P. Segundo Llorente, SJ

 

SAN JOSÉ

   Hijo ¿por qué has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te estábamos buscando con angustia.

   El Justo.

   Esposo de la Madre de Dios.

   Padre adoptivo del Redentor.

   Lugarteniente de Dios Padre.

   Patrono de la Iglesia Universal.

   Abogado de una Buena Muerte.

   Defensor de todos los Obreros.

   Modelo de todos los Padres de familia,

y al mismo tiempo el Santo de quien menos se sabe, el más humilde y escondido, como una estrella que hay en el cielo tan al lado del Sol que nadie ha visto.

   La Escritura dice de San José una sola palabra: que era justo, lo cual en el lenguaje de la Escritura significa santo, perfecto, cabal. Es tan grande la virtud de la justicia.

   Una virtud perfecta presupone todas: muchos se distinguen en alguna virtud, no hay hombre que no tenga alguna: generoso, leal, compasivo, recto, valiente, franco, piadoso, religioso, sobrio… Pero hay quienes son compasivos y débiles, generosos e incontinentes, fuertes y orgullosos, humildes y pusilánimes.

   Las tres virtudes que resplandecen en lo que el Evangelio nos narra de San José son la castidad, el trabajo y la oración.

  La castidad en el pasaje de San Lucas que cuenta la Anunciación de Nuestra Señora, donde se deduce que San José había ofrecido a Dios su castidad perpetua prenunciando así lo que había de ser después el estado religioso.

   El trabajo humilde y oscuro: “¿Acaso no es este el hijo del carpintero?”.

   La oración de San José está en las dos moniciones del ángel, la de recibir a su esposa y la de huir a Egipto.

   La Castidad. La narración de San Lucas es un pasaje delicadísimo. Lucas nos presenta de golpe las cosas ya hechas: una doncella prometida, el anuncio de que va a ser Madre del Mesías. La respuesta de María: “No conozco varón” ni lo conocerá nunca. “No importa”, dice el ángel: “será un milagro”. El milagro será la realización de la profecía de Isaías al rey Acaz: “El Señor mismo os dará una señal: he aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”[3].

   La Virgen consiente. Ese consentimiento es un poema de alabanza a San José, porque supone que los dos jóvenes habían hecho juramento de castidad. San José había aceptado casarse con María y vivir con ella como hermano y hermana. La virgen tenía plena confianza en la fidelidad de San José.

   El Espíritu Santo había inspirado a estos dos jóvenes esa actitud tan insólita en las costumbres de Israel. San José era joven, por lo menos relativamente, pues su misión era proteger y criar a Jesús durante treinta años. El matrimonio virginal de San José y la virgen fue matrimonio válido y no fingimiento porque lo que constituye al sacramento del matrimonio no es la unión conyugal propiamente sino el consentimiento de la voluntad ante el sacerdote. Porque el hombre es un cuerpo y es antes de todo una voluntad.

   San José es así ejemplo de una de las virtudes más necesarias de nuestros tiempos perturbados. La castidad significa el domino del hombre sobre los propios apetitos, aun los más violentos, el respeto a la propia dignidad y al honor ajeno, la limpieza y decoro delante de Dios y delante de los hombres. Perdida esta virtud, trae como consecuencia toda clase de terribles castigos; y el mundo moderno lo sabe perfectamente porque a un especial desenfreno de impureza, vemos cuántas plagas, desórdenes y catástrofes siguen. Sois vasos del Espíritu Santo, Dios mora en vosotros, sois miembros de Cristo, no ensuciéis vuestros cuerpos con torpezas, dice San Pablo.

   El Trabajo. San José fue encargado de una de las misiones más grandes del mundo. Personaje importantísimo. Nos asombramos ante la misión de un Colón, de un San Martín, de un Dus… San José es el eje sobre el que gira la redención –el mayor de los santos fuera de la madre de Dios– y mirad cómo son las vías de Dios: trabajo el más oscuro, humilde, insignificante. Trabajo manual rudo toda la vida. Pero, ¿cómo? ¿Vos, oh, San José, sois padre del Mesías, mandáis al Verbo de Dios, tenéis en vuestra casa a la esperanza de toda la humanidad y estáis haciendo arados, manceras, vigas, puertas, postigos, batientes, ataúdes…?

   No se puede decir que el mundo moderno no trabaje; trabaja quizá demasiado, pero trabaja mal. Ha robado al trabajo su sello divino y humano y ese es quizá el peor crimen de nuestra época, trabajo de bestias, trabajo de esclavos, máquinas, enfermos enloquecidos… Trabajan los pobres explotados por algunos ricos; trabajan ricos esclavizados al dios cruel del Lucro de la Avaricia, del más tengo más quiero; y al dios estúpido del placer frívolo y la diversión incesante que los trae con fiebre continua y se llama Vida Social, Figuración, Vida Mundana. Y sobre este mundo que ha olvidado la dignidad humana y cristiana del trabajo planea la más grande de las revoluciones de la historia.

   La Oración. La oración es necesaria. El mundo moderno anda perturbado porque ha perdido el contacto con Dios. Anda ciego detrás del Placer o del Oro porque no ve ni conoce más a Dios. La oración es necesaria al ser humano. El niño necesita de sus padres para poder llegar a su estado perfecto, a ser adulto. El hombre necesita de Dios para llegar a su Último Fin que es el mismo Dios. Representaos el estado de un hombre sin oración como el estado de un niño sin sus padres, y en medio de un bosque. La oración es necesaria para la salvación. Sin oración no hay salvación. El cielo nos lo da Dios. Nos lo da por nuestras buenas obras, pero nos lo da. “Pedid y recibiréis”. Y nuestras buenas obras nos las da Dios. “Sin mí nada podéis”.

   Por eso la Iglesia nos manda a hacer oraciones vocales, asistir a la misa dominical y a ciertas solemnidades.

   San José hablaba con Dios continuamente y penetraba las palabras de Jesús. ¿Por qué murió antes de la predicación de Jesús? Porque no la necesitaba. ¿Y por qué la Virgen? Porque Jesús necesitaba de ella. La contemplación de los santos, San Ignacio, Santa Teresa, es nada al lado de la de San José.

   Se ora poco en el mundo. A Dios gracias hay santa almas que oran por otras. Pero las naciones no oran, porque en ellas ha triunfado el liberalismo. Y bien, he aquí que las naciones se derrumban. “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. Si el Señor no guarda la ciudad, el centinela vigila en vano”. Las guerras son efectos de los pecados. Dice De Maistre que cuando los pecados, ciertos pecados, se acumulan, estalla la guerra:

   1°: Los vicios nefandos

   2°: la explotación del pobre, claman al cielo.

  Un mundo muere. Que se salve. Y nosotros morimos. La muerte, que tenemos tan olvidada, hecho trascendental para el hombre. Patrón de la buena muerte, salvadnos. Enséñanos a mirar la muerte sin horror y sin desesperación haciendo que nuestra alma penetre, como la tuya, el Misterio Grande de Jesús y de María.

P. Leonardo Castellani

Publicado en Gladius, n° 52 – año 2001

LA AMISTAD DEL SACERDOTE CON JESUCRISTO

Aquellos sacerdotes que ven a Cristo como un extraño total están en contradicción consigo mismos, como un policía que hace tratos con los ladrones. Una cosa hemos de tener clara en nuestra mente: ser igual que Cristo significa pobreza, mucho sufrimiento, estar solo, ser incomprendido, ser perseguido, arrostrar dolor y ser desgraciado.

P. Segundo Llorente, SJ

[…] Mi idea al ir a la Isla de las Zanahorias era decirle al Señor que allí me tenía toda una semana a su entera disposición sin hacer absolutamente nada más que escucharle a Él. En nuestro quehacer diario tenemos tiempo para todo excepto para rezar. El Señor está esperando constantemente hasta que llegue su turno, pero raras veces llega porque siempre hay algo que se interpone. Aquí yo tenía una semana entera. “Habla, Señor, Tu servidor está dispuesto ahora”. Normalmente, el Señor esperaba hasta que yo acababa de hacer mi camino en la playa. Entonces era cuando Su divina inspiración era más clara y profunda. Para ser otro Cristo hay que llevar la cruz.

Para muchos, Cristo es un extraño; vemos al Señor distante, como un ser abstracto perdido en algún lugar en las nubes. Eso explica por qué algunos curas dicen misa diariamente y acaban abandonando el sacerdocio y, en algunos casos, perdiendo su fe. Y es porque no hay un conocimiento de Cristo, un verdadero interés en estudiarle más de cerca, no existe un esfuerzo para intimar más fuertemente con Él. En otras palabras, Cristo y el sacerdote no son en estos casos verdaderos amigos.

El error, naturalmente, es del sacerdote que no vive inmerso en estos asuntos desde la mañana a la noche.

Recomiendo a todo sacerdote que pase una semana entera en soledad junto al Señor con un espíritu de fe y humildad. El Señor le colmará de divina luz y de esta manera verá las cosas desde el punto de vista que las ve Dios. Y quizás uno de los primeros cambios que note el sacerdote sea el desorden que regula su vida. Él verá enseguida que debe distanciarse de cada una de las formas de atadura: tabaco, bebida, programas de TV, literatura basura, comida delicatessen y viajar. Denle al Señor una oportunidad. Mantengan el silencio. Mediten al pie del altar. Dios hará el resto.

En la Isla de las Zanahorias -si puedo ya llamarla así-, desafié al Señor a hacer esta prueba. “Habla, Señor, tu Siervo está escuchando”, como Samuel fuera instruido a responder cuando escuchó la voz de Dios al invocarle.

El poder de Dios se manifiesta a sí mismo hablando al alma sin decir una palabra. Dios inunda el alma de luz. El alma ve, comprende, entiende y, al mismo tiempo, siente una fuerza divina que viene hacia ella en su rescate. Y esto va acompañado de una paz interior profunda. El alma se da cuenta de que esto es bueno para ella y se vuelve insaciable, queriendo más y más. Pero también apercibe que el Señor no va a ser manipulado en ningún sentido. Él es el jefe; Él está en todo momento a cargo de la situación y no está para tonterías. Si el alma vuelve a su estado anterior, digamos a los tiempos pasados, se encuentra a sí misma pobre, ignorante, ciega, débil, y entonces comprende que todo el problema parte de ella. Tiene que postrarse de rodillas de nuevo y rogar como lo hiciera el hijo pródigo. Esta es la meta de los retiros anuales donde el alma evalúa sus pérdidas y ganancias.

Cristo le dirá al sacerdote que espera de él que aspire a la transformación total hacia Él. Solo así activará Dios Padre en el sacerdote la obra que ejecutó en Su Divino Hijo. en los planes de Dios solo hay un Sacerdote, el Gran Sacerdote Jesús, y cualquier otro sacerdote en la tierra tiene que transformarse en uno con Jesucristo. Cuando Dios Padre contempla a Jesús, ve a todos los otros sacerdotes en Él; y cuando mira a los sacerdotes, a cualquiera de ellos, Él ve a Jesús en ellos. Dios dijo sobre las aguas del Jordán que Él estaba muy satisfecho con su Hijo, Jesús. Del mismo modo estará satisfecho con cualquier sacerdote en proporción al parecido de Jesús que cada uno lleva en sí mismo.

Aquellos sacerdotes que ven a Cristo como un extraño total están en contradicción consigo mismos, como un policía que hace tratos con los ladrones. Una cosa hemos de tener clara en nuestra mente: ser igual que Cristo significa pobreza, mucho sufrimiento, estar solo, ser incomprendido, ser perseguido, arrostrar dolor y ser desgraciado. Las almas se compran con sufrimiento, y no con cualquier sufrimiento, sino con el mayor de los sufrimientos unido al dolor de Cristo. De aquí vendrán la redención y la salvación. Tener una vida cómoda no es el camino de un cristiano. Los sacerdotes no pueden ser de este mundo y, sin embargo, no pueden escapar del mismo.

Dios entiende que los sacerdotes, siendo hombres, pueden cogerse una rabieta antes o después; son la naturaleza y el carácter de esta rabieta los que importan, ya que hay rabietas y rabietas; ya que, cuando dicha rabieta pasa, entonces queda el rencor, la amargura, el egotismo prolongado y, finalmente, la rebelión abierta. Cristo en Getsemaní gritó con lágrimas de sangre rogando al Padre eterno que le ahorrase todo aquello que se le venía encima. Pero enseguida apartó cualquier atisbo de rebelión añadiendo: “Que no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Este es el programa para cada sacerdote cuando el camino es áspero. Esta es la receta para salvar las almas.”

 

Fragmento del Libro Memorias de un sacerdote en el Yukón, del P. Segundo Llorente, SJ

El valor social de la santidad

De los escritos del P. Alfonso Torres

 

a) Fecundidad divina de la santidad

La Iglesia no tiene más defensa que su santidad; todo lo demás se cae como tinglado de cañas. La santidad tiene una doble fuerza. En primer lugar, la fuerza que tiene sobre las almas. Ante un santo se sobrecoge el mundo entero. Tiene, además, la santidad otra fuerza. Dios nuestro Señor está con los santos. Donde Dios vuelca todas sus misericordias, todas sus bondades, todos sus auxilios, todo su poder, es en los santos.

Tienen las santidades auténticas esta condición: que cuanto más se acerca uno a ellas, más se agigantan. Y por paradoja, cuanto más se esconden, más brillan. El ocultarse de la humildad tiene centelleos de luz divina, como el pavonearse de exhibicionismo tiene sombras de muerte. Es fuego fatuo en un cementerio de virtudes.

Nunca es estéril la santidad; algunas veces la santidad produce obras visibles que demuestran que no es estéril; pero, aun en los casos en que esas obras no se ven, en que no hay esas obras visibles, la santidad es fecundísima; por eso el demonio hace tanta guerra a esa santidad, porque sabe que el que se santifica salva a muchas almas y da mucha gloria a Dios.

Los santos tienen el don de elevar cuanto tocan. Una brizna de hierba que encuentren, la convierten en reflejo de la hermosura, de la vida y del amor divino. Tienen el secreto de convertirlo todo en misteriosa escala que les lleva a Dios. Los más tenues atisbos de virtud que descubren en las almas, les sugieren altísimas consideraciones llenas de sabiduría divina. Siguiendo el rayito de luz, se abisman en el sol.

Cuando tenemos la suerte de tropezar con alguna de esas personas que están muy cerca de Dios y que cuando hablan parece que transparentan a Dios, que lo llevan en su corazón, recibimos una gracia muy grande. Y no somos nosotros los que hacemos un obsequio a esas almas cuando las favorecemos en algo, sino que son ellas las que nos favorecen a nosotros cuando nos comunican eso que tienen de Dios.

 

b) Instrumento de salvación para muchas almas

Dios ha tenido puestos sus ojos en nosotros siempre con misericordia y con infinito amor. Los designios divinos han sido tomarnos a cada uno de nosotros como instrumento de santificación, y para eso enriquecernos con sus gracias divinas, llenar nuestro corazón de sus celestiales bendiciones, y disponernos así a que fuéramos instrumento de salvación para muchas almas y de mucha gloria divina.

Pensemos en las almas que se salvarían por nuestra propia virtud si nosotros nos santificáramos, que no es cosa tan baladí el ser fiel o no a Dios aun en aquellas cosas que no nos obligan bajo pecado mortal, puesto que de ahí depende nuestra santificación, y de ésta, la salvación de muchas almas, el bien que podemos hacer al mundo y la gloria que podemos dar a nuestro Dios.

Dios nuestro Señor nunca permite que un alma fervorosa sea un alma estéril. El alma fervorosa es siempre un alma fecundísima.

c) La formación de santos

Por grande que sea la conversión de un pecador, es mucho más grande la formación de un santo, porque la obra, en sí misma, es más perfecta y acabada y porque al formar un santo se prepara el instrumento que ha de convertir muchos pecadores. No hay santo -pensad en el más desconocido, en el más oculto, en el más ignorado- que no haya llevado tras de sí al Cielo una legión de almas con su oración, con su sacrificio y tal vez con su apostolado.

Santificar a un alma es salvar innumerables almas, y eso aunque el alma que se santifica esté escondida en el último rincón y pase completamente ignorada a los ojos del mundo, porque un alma santa, cuando ejercita su apostolado, dondequiera que esté es fecunda, aunque esté sepultada en el surco, como el grano de trigo del que habla el Evangelio. La fecundidad de un alma santa es incalculable; esa alma hace caer sobre el mundo un diluvio de misericordias divinas, de gracias celestiales.

d) El mundo necesita santos

El mayor milagro y la mayor señal de que Dios está con un apóstol o con una obra apostólica es la santidad de la vida; que no son, en último término, los milagros el mayor de los argumentos. El mayor de los argumentos es esa especie de milagro moral que se llama santidad verdadera.

Oiréis repetir mil veces que el mundo necesita grandes sabios, grandes empresas, grandes obras de celo, muchos medios de lucha contra el mal; todo eso será verdad; peo lo que más necesita el mundo son santos; pero santos auténticos, santos que se inmolen con la humildad y el sacrificio; santos según Dios, santos que sean la santa semilla de otras almas santas; eso es lo que más necesita el mundo y eso es lo que más busca el corazón divino de Jesús.

En horas en que el mundo está tan necesitado del Evangelio, en que tan necesitado está Jesucristo, lo que se necesitan, más que peroraciones y más que elucubraciones, son vidas santas, que, aunque estén escondidas en el último rincón del último convento, no dejarán por eso de extender sus aromas, como el árbol de incienso del que habla el eclesiástico, y embriagar o embalsamar con él todo el bosque.

 

 

 

 

 

El obstáculo mayor del optimismo

Contra el sentido de inferioridad

San Alberto Hurtado

1. El obstáculo mayor del optimismo es el sentimiento de inferioridad

El psicólogo vienés Alfredo Adler ha tratado de echar por tierra la teoría de Sigmund Freud sobre la causa de la neurosis. Según Freud, las neurosis arrancan de la represión de una tendencia de orden sexual, en los primeros años de la vida, que, sepultada en el inconsciente, perturba nuestra conducta. El remedio consistirá, mediante un psicoanálisis, en sacar a la conciencia ese elemento perturbador del inconsciente. Alfred Adler, en cambio, encamina sus explicaciones desde un punto de vista totalmente diferente: él parte de la tendencia que tiene toda persona de ser estimada, apreciada, del hambre de consideración… y cuando este sentimiento es atropellado, la tristeza interior provoca un verdadero conflicto que se traduce en el complejo de inferioridad (sentimiento de menor valía, compensado con revanchas en las líneas en que uno se siente fuerte).

Este complejo de apocamiento –llamémoslo así– es uno de los mayores obstáculos al optimismo. ¿Yo, para qué valgo? ¿Qué sentido tiene mi vida? Soy incapaz de todo… y por eso nadie me cotiza; no se me considera…

Y de aquí, un cruzarse de brazos. Al pretender empujarlo a que llene su vida de amor, a que haga algo útil por los demás… se ve lleno de desaliento. “Lo mismo da que haga, o que no haga. ¿De qué sirve mi modesto trabajo? ¿Qué va a pesar mi abstención?… Si yo no me sacrifico nada cambia… No hago falta a nadie. ¿Un voto más o menos?”… ¡Cuántos apóstoles se frustran… cuántas energías se pierden! ¡Cuántas almas se amargan!.

2. Cómo vencer el pesimismo

¿Y esta dificultad es verdadera? Sí… ¡¡y no!! Yo solo, ¿qué valgo? Bien poca cosa… Mis poderes de acción son tan limitados; mi prudencia tan incierta; mi valor tan débil… mi carácter tan vacilante… ¡¡Pero hay una manera en que puedo valer y mucho!! Tomado por las manos de Dios. Veamos la prueba.

Jesús predicaba… Lo seguía una inmensa muchedumbre. En una ocasión eran 5.000 hombres, sin contar las mujeres y los niños… Tres días iban tras Él: su hambre debía ser devoradora. Parecida a la que tiene el mundo moderno.

¿Comida para esa gente? Jesús quiere probar la fe de sus discípulos. ¿Qué haremos para darles de comer?… 200 denarios, el sueldo de un año de un obrero, no sería suficiente para darles un bocado… Pero, ¿para qué pensarlo siquiera?, ¡en el desierto! ¡Diles que se vayan!, dice el pesimista Felipe. ¡Que se vayan! ¡Que se las arreglen como puedan! No le veía otra solución… Lo mismo que el pesimista-naturalista. ¡La tremenda desproporción! ¡Tanto que hacer! ¡Tan difícil la tarea… y el instrumento tan débil!

Felizmente, había allí un optimista-sobrenatural. Este era un chiquillo: tendría sus 10 años. Su alma abierta y límpida había comprendido lo que Jesús era… y quería hacer… ¡hacer algo!

La tradición le ha dado un nombre. Se llamaba Ignacio, Ignacio el que después fue obispo de Antioquía y mártir de Cristo. El que escribió después páginas tan bellas como ésta; antes de ser arrojado a las fieras y para que los cristianos no se lo impidieran: Leer.

Pues bien, Ignacio se presenta atrevidamente a Jesús y, lleno de confianza, le ofrece lo que tiene: ¿Qué era eso? Cinco panes y dos peces… ¡qué panes! De cebada, duros como tejas… dos peces de agua dulce, blanduchos… quizás medio descompuestos, después de tres días de ajetreo en medio de aquella gente que se apretuja… ¡Qué poca cosa… qué ruin! ¿Qué valía aquello? Bien lo comprendió Felipe el pesimista: ¿qué es esto para tanta gente? La tremenda desproporción. ¡El eterno problema!

Pero el chiquitín optimista persiste feliz con su oblación… Hay 20.000 personas hambrientas. Allí está él con su canasta. Lo mira de hito en hito, su nariz respingada, sus ojazos abiertos, su pecho al aire, sus patitas descalzas, pero su alma entera y confiada… Él piensa que es tan sencillo y tan natural dar al Señor lo que uno tiene… Que si cada uno hiciera lo mismo, no habría problemas. Lo que tiene, lo da. Es poco, es pobre. ¡¡No tiene más!! Tomad Señor y recibid. El valor de la oblación ante los ojos de Dios no se mide por la riqueza del don, sino del amor. Tomad Señor estos frutos de mi huerto, están estropeados por las heladas, ¡¡pero no tengo más!!

¿Desprecia el Señor esa oblación? No. La recibe, la carga de su bendición… y con esos cinco panes y dos peces alimenta a toda esa inmensa muchedumbre, y todavía doce canastas de sobras: cabezas y espinas, ¡que hasta eso lo considera Cristo!

¡Ah, si yo comprendiera! Si me resolviera a dar a Cristo mi pobre don, pequeño, insignificante, mi alma mezquina, ¡si la pusiera al servicio de Cristo! Mis pobres centavos: como la Sinforosa; como la sirvienta belga: 5.000 francos para que un sacerdote negro suba al altar [a ofrecer la] Misa por mis padres. Cuando años después va un Padre como visitante al Congo, y oye que todo está bien… Es que aquí hay un ladrillo cargado de bendiciones. Cuando recibo para el Hogar de Cristo esas limosnas: “Es todo lo que tengo: mi anillo de compromiso; esta alhaja, no tengo más”… Yo estoy seguro que esas obras han de prosperar.

Y si mi problema es problema de alma: mi ruindad, mi pequeñez, recuerde lo que Cristo ha hecho con sus almas, las que consienten en entregársele: Camilo Lellis, el juego; Mateo Talbot, el trago; Eva Lavalière, la vanidad; María Magdalena, una mujer pública… Jóvenes que no eran nada… y después son tanto, ¡porque Cristo los ha tomado en su mano bendita!

Se quejaba uno: ¡Soy tan poca cosa, tan burro! Lo felicito; si Dios, por la mano de David, con una quijada de burro mató a tantos filisteos, ¿qué hará cuando tenga un burro entero?. Ruines pecadores fueron convertidos en alimento de millones de seres que han comido y seguirán alimentándose de ellos.

Yo puedo cambiar la faz de la tierra. No lo sabré, los peces tampoco lo supieron… y en esos momentos de desaliento piense en lo que puede el hombre tomado por Dios.

¿Soy pequeño como gota de agua? Piérdame en el cáliz… deme y seré transubstanciado. Una gota de agua entre tantos problemas… Seré mucho si consiento en perderme en Cristo, ¡¡en abandonarme en Él!!, en ser Él. “Vivo yo; ya no yo; vive en mí Cristo” (cf. Gal 2,20).

¡Ser Cristo! He aquí todo mi problema. La razón de ser de la creación. Todo el mundo ha sido creado para la gloria del Hijo de Dios, y yo me uno al Hijo de Dios por mi bautismo, que me hace a mí también Hijo de Dios, y me vinculo más y más íntimamente cada vez que comulgo. Por la Eucaristía puedo yo decir con toda verdad: ¡Cristo vive en mí, yo en Él! No ser sino uno. Toda la razón de ser de mi vida, todo el sentido de mi existencia, lo descubro y lo recuerdo cada vez que asisto a la Santa Misa, cada vez que comulgo.

3. Cómo recordar nuestro valor

La Santa Misa es por esto el sacramento del optimismo. Efectivamente, hay en la institución de la Sagrada Eucaristía, cuatro palabras, por demás decidoras, que resumen toda la teología de la Eucaristía, que es también la teología del optimismo. En la última noche que el Señor pasó con sus discípulos, como los hubiese amado, quiso amarlos hasta el fin (cf. Jn 13,1); se sentó a la mesa, en sus santas y venerables manos tomó el pan, lo bendijo, lo partió, y lo dio.

Lo tomó. En la noche de la institución, sobre la mesa del convite, había una canasta de pan… con multitud de panes, tan pobres como los del pequeño Ignacio, y Cristo tomó uno, el que quiso… no por mérito suyo, sino por su inmensa dignación… De entre los 2.000.000.000 de hombres me escogió a mí, me llamó a mí, a ser su hijo, me invita a hacer algo, algo grande. ¿Lo podré?

Lo bendijo. Lo cargó con su bendición y lo transubstanció. Sobre el altar, un copón de hostias: harina y agua… arrugadas, amarillas, hilachentas… Cargadas de la bendición de Cristo. Al asistir cada día al Ofertorio, veré al sacerdote que ofrece algo tan pobre. ¿No tiene vergüenza? Pero en la consagración, ¡esa pobreza, se transforma en divinidad!

Lo partió. Y ese pan preparado, lo rompe… Vea romper esa hostia… Los sacrificios… no para destruir, sino para dar. El grano de trigo… si no muere (cf. Jn 12,24).

Lo dio. El fin de mi vida: darme. Darme entero a los demás, con optimismo, porque cargado de la bendición divina. Si yo pudiera asistir cada día a Misa, comulgar cada día… ¡Cuánto sentido de optimismo tendría mi vida!

Y luego durante el día, orar… Orar sabiendo que Él vive en mí. Que no [somos] dos sino uno. [Es una enseñanza] de fe: la habitación de Dios en el alma. ¡Nosotros! No yo solo. Él en mí. ¿Valgo algo? ¡Ya lo creo! ¡A Ti solo me he entregado!