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A la Sagrada Familia

Un sencillo presente…

Queridos todos, con ocasión de la solemnidad de la Sagrada Familia, y en acción de gracias por la hermosa pintura recibida para ornamentar devotamente la pequeña capilla del Monasterio, que representa tanto a los padres como los abuelos de nuestro Señor según la carne, quisiera compartir en un sólo artículo algunos escritos relacionados con ellos, algunos de los cuales ya han sido publicados. Espero poder algún día ofrecer algo más extenso respecto a nuestro Señor en su infancia y adolescencia, así como nuevas reflexiones sobre quienes fueron los responsables de recibirlo en este mundo dándole un cariñoso hogar hasta comenzar su misión apostólica. Sin más que agregar, les deseo una muy feliz solemnidad de la Sagrada Familia.

P. Jason Jorquera M., IVE.

Santa Ana

“La que supo esperar”

Antes de llegar a Séforis, confieso con gran pesar, que santa Ana era para mí una figura más bien lejana. Conocía su nombre y el de san Joaquín y no mucho más, sin pensar jamás que la humilde abuela de nuestro Señor, se convertiría en una santa tan cercana para mí, al punto tal de que -sin mérito alguno de mi parte-, terminaría ni más ni menos que cuidando los restos de lo que antaño fuera su hogar.

Apenas llegado Tierra Santa, y en la simplicidad de estas ruinas, por fuerza uno va aprendiendo a degustar “el encanto de la sencillez”, pues el sólo hecho de pensar que por este terreno actualmente amurallado jugó la santísima Virgen en su niñez, y probablemente nuestro Señor en su adolescencia, y san Joaquín cuidó de su esposa y su hija de la manera más tierna posible, y que san José habrá tenido más de alguna de sus herramientas por aquí (pues el trabajo en aquella época estaba en Séforis, la capital, más que en la pequeña aldea de Nazaret); se convierte en una consideración obligada de la devoción católica la familia que recibió en su seno al Redentor del mundo y a su santísima Madre.

Santa Ana, según la tradición, no podía concebir y era grande su aflicción, porque en aquel tiempo la esterilidad era vista como una mala señal entre el pueblo, y para algunos hasta podía considerarse un castigo del Cielo; es así que santa Ana se convertiría en aquella “bendecida por Dios” al serle cumplida con creces aquella súplica fervorosa de poder llegar a concebir un hijo: ¡y qué grande bendición la de convertirse en la madre de la “creatura inmaculada”, única capaz de llevar en su vientre al mismísimo Hijo de Dios!; santa Ana, después de la concepción de su hija purísima, cambió su terrible tristeza por los gozos más profundos que un alma puede tener, pues supo esperar, supo confiar, y algo de eso se quedó impregnado en este lugar, pues después de más de 30 años en que estas ruinas estuvieron como durmiendo escondidas tras el recuerdo de la antigua capital de Galilea, contemplando desde lejos a los posibles peregrinos que fueron olvidando su existencia, nuestra querida santa nos ha dejado esa misma confianza de “saber esperar”, esperar rezando, con fe, con firme esperanza, a que nuevamente los peregrinos comenzaran a escuchar acerca de la casa de santa Ana, lugar apartado y simple, adornado solamente por vestigios de lo que alguna vez fuera una basílica cruzada erigida en su honor, paraje silencioso que enseña a sus monjes a imitar a “la dueña de casa”, en su aceptación de los designios divinos y su perseverancia en las plegarias que constantemente deben elevarse al Cielo desde la pequeña capilla que abrazan estos muros. Cuántas gracias nos ha alcanzado santa Ana no lo podremos saber en esta vida, pero seguiremos repitiéndole con devota confianza aquella saeta constante que sabe llegar bien a su corazón bueno y generoso, pues ella es abuela, y esos corazones saben bien ceder ante las súplicas de quienes saben tirar de su manto con confianza: “querida santa Ana, nosotros te cuidamos la casa, por favor ayúdanos con…”; y santa Ana siempre intercede por nosotros…, a veces, solamente hay que saber esperar.

San Joaquín

“El primer guardián”

Antes de que san José recibiera la noble encomienda de cuidar al Verbo Encarnado y a su santísima Madre desde el momento de haberlo concebido, san Joaquín había recibido como respuesta a sus oraciones y sus penitencias, ni más ni menos que la gracia inmensurable de recibir en el seno de su pequeña familia a la creatura inmaculada, la santísima Virgen María, a quien debió proteger y dar el entorno familiar de un hogar santo, donde la pequeña María recibiría las primeras impresiones, en su alma purísima, de lo que es ser una buena hija y una madre santa. San Joaquín fue el encargado de que la Virgen niña viera en su trato a ella y a santa Ana, un destello generoso de lo que es la paternidad divina, la del Dios de amor que no deja de preocuparse por sus creaturas, ofreciéndoles lo necesario para que éstas puedan corresponder fiel y felizmente a su amor. Así, san Joaquín fue el responsable de darle a la Virgen Madre de Dios el entorno adecuado para que su pureza no se viera jamás amenazada sino todo lo contrario, siendo su amor paternal la cerca protectora de esta niña única, preservada del pecado, pequeño fruto que maduraría rápidamente ante la misión para la cual había sido pensada por Dios sin perder jamás la inocencia de su alma, de todo lo cual san Joaquín era el guardián.

Es cierto que en los Evangelios nada se nos dice acerca de los padres de la Virgen; de hecho, ni siquiera luego de la Anunciación se nos habla de ellos, y, sin embargo, me atrevería a decir -con el máximo respeto y devoción-, que no sería raro especular que san Joaquín le hubiera encomendado cariñosamente a san José el cuidado de su hija, pues como buen padre habrá visto en el corazón de san José al indicado para traspasarle la custodia de tan precioso tesoro y regalo del Cielo.

En fin, san Joaquín fue el guardián del entorno de María santísima hasta que le llegó el momento a ella de ser madre y no cualquier madre, sino la Madre de Dios, dando paso al  Nuevo Testamento que comenzaría a gestarse en el seno de su hija santísima, a quien tan bien supo cuidar.

 

María santísima

“La niña Inmaculada”

Sabemos bien que por el pecado original arrastramos aquella inclinación al mal contra la cual debemos luchar sin tregua, lucha a través de la cual, a su vez, se forjan los grandes santos. Es esta misma mancha del alma la que comienza a mover a los pequeños a sus primeras travesuras, buscando llevar poco a poco de una especie de diversión mal entendida o desordenada hasta la malicia que ya implica propiamente el pecado. Pero en la Virgen María esto no fue así: ella fue preservada del pecado original, como claramente afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: “A lo largo de siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María ‘llena de gracia’ (Lc 1, 28) por Dios, había sido redimida desde su concepción…preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador”. Esto quiere decir que la Virgen jamás experimentó desórdenes ni malas inclinaciones, es decir, literalmente “era la niña más buena del mundo”, por eso solamente a ella la llamamos “santísima”, y es por eso que reflexionar en toda su vida no es más que contemplar una pureza y una inocencia tales que jamás se vieron contrariadas por las consecuencias del pecado que los demás sí experimentamos.

La Virgen Niña, por lo tanto, fue siempre obediente, siempre amorosa, atenta, respetuosa, piadosa, etc.; y debemos pensar en su infancia con ternura, pidiéndole la gracia de purificar el corazón porque ella sabe de pureza, de hacernos humildes porque ella sabe de humildad, y de enamorarnos de Dios y aceptar gustosos sus designios porque ella sabe de qué se trata el no negarle nada a Dios, aun si hay que huir hacia el desierto o compartir los dolores de la cruz de nuestro gran Amador.

Adentrémonos en el corazón de María, el corazón que jamás dejó entrar el pecado, el corazón sin culpa, intacto en su inocencia y siempre fiel en su deseo de forjar a los que quieran darse del todo a su Hijo.

Que la Virgen niña cautive nuestras vidas y su ternura nos conduzca cada vez más cerca de Dios.

 

“La maternidad espiritual de María santísima”

(Homilía)

El primer principio de la Mariología […] es el de la maternidad divina de la Virgen, derivado directamente de la divinidad de Cristo, declarada en el concilio de Nicea el año 325 contra la herejía del arrianismo […]. A partir de esta verdad, se sigue necesariamente que María santísima ocupa un lugar único y exclusivo en la historia de la salvación, y, por lo tanto, también en nuestra historia personal con Dios. Porque esta mujer, que es la madre de Dios, se ha convertido para nosotros en el gran regalo que Jesucristo mismo nos ha hecho desde la cruz… porque fue justamente allí, cuando su amor por nosotros ardía con más fuerza, que nos la entrego como madre nuestra también.

Desde aquel día la Virgen María se llenó de hijos y comenzó a extenderse su tierna maternidad espiritual sobre cada uno de los miembros del cuerpo místico de su Hijo que es la Iglesia, es decir, sobre cada uno de nosotros.

Debemos decir que la conciencia de la importancia de la madre Jesús, el Cristo, el Salvador, es manifiesta ya desde los comienzos de la Iglesia; así por ejemplo san Ignacio de Antioquía […] afirma que Jesucristo ha nacido de María y de Dios.

Y por otro lado, tenemos a san Ireneo, discípulo de san Policarpo que fue, a su vez, discípulo de san Juan apóstol (el encargado de cuidar a la Virgen María) […] que escribe palabras hermosas acerca de la asociación de María a nuestra salvación por su intimidad tan profunda con su Hijo, y así por ejemplo escribe:

«Así como Eva, teniendo un esposo, Adán, pero permaneciendo virgen (…), por su desobediencia fue causa de muerte para sí misma y para toda la raza humana, así también María, desposada y, sin embargo, Virgen, por su obediencia se convirtió en causa de salvación, tanto para sí como para todo el género humano[1]

La maternidad espiritual de la Virgen es tan profunda que ha de afianzarse cada vez en nosotros junto con el desarrollo y madurez de nuestra vida de gracia. La razón: porque la gracia nos une con Jesucristo y su Madre y madre nuestra está siempre fielmente con Él.

Por eso decía san Alberto Hurtado, advirtiéndonos de no ofender a esta santa Madre: “María es madre mía en cuanto yo estoy unido con Cristo su Hijo Unigénito. La maternidad de María es consecuencia de mi unión mística con Jesús. Al romper con él, rompo también con María. ¡Un pecado! Si mirara a María ¿tendría valor de hacerlo? Uno vino a confesarse profundamente arrepentido porque había visto llorar a su madre… La leyenda del corazón de la madre que habla. “No permitas, madre, que me separe jamás de ti. Y si lo estoy, Ella ora a su hijo porque este hijo muerto resucite”. Acude a Ella, lleno de confianza y ¡pídele la gracia de ser de nuevo su hijo!”.

¿Cuáles son las implicancias de la maternidad espiritual de María santísima?

Las dividimos principalmente en dos especies:

De Parte de María y de parte nuestra

De parte de María, mencionamos tan sólo algunas:

– Su intercesión ante Dios: porque una buena madre siempre intercede en favor sus hijos y la Virgen es realmente nuestra abogada ante el trono celestial.

– Su protección: ella vela incansablemente por nosotros, así como veló siempre por Jesús.

– Su ejemplaridad: porque los padres tienen la obligación de ser modelos de vida para sus hijos, y María santísima es un modelo perfectísimo, al punto que Dios mismo la eligió como madre de su Hijo.

Finalmente su bondad infinita: que nos invita continuamente a no desanimarnos por nuestros pecados sino a tomar parte de la gran empresa de la reparación, y de esa manera, además de purificar nuestras almas, nos hace partícipes de la gran obra de su Hijo Jesucristo que es la Redención de mundo entero.

Implicancias de parte nuestra: como la Virgen María es Madre de Jesús y también Nuestra Madre Santa y querida. En Ella debemos poner:

– toda nuestra confianza, porque María jamás defrauda;

– nuestro amor, porque, como dice la canción, es la Madre del amor más hermoso;

– nuestra ternura y devoción… porque es la Madre de Dios.

Y así también, debemos hacer todo:

– buscando agradar a la Virgen,

– evitando todo cuanto pueda entristecerla,

– y alegrarla haciéndonos santos…

Recordemos que para esto, ella misma se nos ofrece como molde de santidad según los grandes santos marianos afirman: ella es quien mejor y más perfectamente moldea a los hijos de Dios.

      En este día de reparación de las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de Nuestra Madre del Cielo, recordemos las bellísimas palabras que la Virgen de Guadalupe la dice al indiecito san Juan Diego:

       “… a ti, a todos vosotros juntos, los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oiré (allí) sus lamentos y remediaré todas sus miserias, penas y dolores… Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas… ninguna enfermedad ni angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester?…”.

 Que María santísima nos conceda la gracia de vivir cada día más intensamente todas las hermosas consecuencias de haber sido adoptados tiernamente como Hijos suyos.

 

“Flores a mi Madre del Cielo”

Oh, Madre de los pobres pecadores

que acoges con ternura en tu regazo,

permíteme corresponder tu abrazo

y darte cada día nuevas flores:

 

Las rosas de las cruces ofrecidas

sin quejas ni amarguras ponzoñosas;

los lirios de las obras animosas

de bien, que contra el viento son bruñidas;

 

Orquídeas que fulguren gratitudes,

hortensias de plegarias coloridas,

geranios perfumados de despojos;

 

En fin, un ramillete de virtudes

labradas en el alma y acrecidas

al tiempo que se arrancan los abrojos.

 

“Ave María”

Dios te salve María,

noble albricia del Amor,

causa de nuestra alegría

y alabanza del Señor;

 

Llena eres de gracia

por divina dilección;

tu alma pura, sin falacia,

no conoce corrupción;

 

El Señor está contigo

como el sol junto a la luz,

como está en la espiga el trigo

o los brazos en la cruz.

 

Bendita, Madre, tú eres

-oh sagrario celestial-

entre todas las mujeres,

por ser Madre Virginal,

 

Y bendito sea el fruto

de tu vientre: tu Jesús,

cuya entrega fue el tributo

que agradó al Padre en la cruz.

 

“Santa María”, te aclaman

los creyentes con su voz,

y en los cielos te proclaman

como aquí, “Madre de Dios”;

 

Ruega tú, Corredentora,

por nosotros, pecadores,

desde ahora y en la hora

de la muerte y sus albores.

Amén.

 

San José

“El guardián de los tesoros de Dios”

Para cuidar los tesoros

se necesita un guardián

sin doblez y con afán

de proteger por decoro,

que esto vale más que el oro,

perlas, rubíes, diamantes;

y si además es constante

en las virtudes que expresa

-sobre todo la pureza-,

será confiable garante;

 

II

Cuánto más si los tesoros

corresponden al mismo Dios;

no uno solo sino dos,

y los más grandes de todos:

un Hijo, abajado al modo

de la herida humanidad;

y una Madre que en piedad

sobresale más que el sol;

y por eso el protector

debía ser santo en verdad.

 

III

Arquetipo de nobleza,

que Dios miraba con gusto,

de Belén, “el hombre justo”,

el de mayor entereza:

José recibió la empresa

de cuidarle al Poderoso

sus tesoros más grandiosos:

su Madre y su Hijo amados,

entre humildes cuidados

y el amor más dadivoso.

 

IV

Cuando el frío cruel sin rumbo

congelaba corazones,

las secretas razones

del Dios del amor profundo

irrumpían en el mundo,

trayendo la salvación;

y el dolor y la emoción

del corazón de José,

sostenido por su fe,

confirmaban su elección;

 

V

San José, entraba así

en el designio increíble,

donde Dios hizo posible

redimir al hombre ruin;

y él debía estar allí,

protegiendo y cuidando,

mientras iba contemplando

con tiernos ojos de padre,

a su Jesús y su Madre,

que lo iban santificando.

 

A la luz de nuestra fe, si bien no tenemos más que unos pocos versículos acerca de las acciones de san José, nuestro querido santo ha sido explícitamente llamado “varón justo”, es decir, santo. Y la pregunta que surge espontáneamente ante esta “falta de datos”, podría formularse así “¿acaso san José no debió haber sido un alma totalmente extraordinaria?”, es decir, ¡el mismo Dios le encomendó que cuidara ni más ni menos que a su Hijo y a su madre!; pues bien, la santidad de san José, obviamente, va más allá de las palabras, y solamente algo de ella podemos llegar a percibir a la luz de los hechos.

El Hijo de Dios nacería pobre en un pesebre, abandonado de los hombres, una noche fría y de la manera más impensada por la lógica humana; y san José fue el encargado de velar por Él, protegerlo, darle calor a Él y a su madre con la mayor de las delicadezas. Luego, la Sagrada Familia debía huir, entre los peligros del desierto y la gran longitud de la difícil travesía, y allí estaba san José para cuidarlos; y debía darles sustento, y ser el padre de familia, sin apartar sus cuidados sino hasta llegada la hora de Jesús… Algunos piensan que san José falleció justo antes que de nuestro Señor comenzara su vida pública, pues su tierno corazón no sería capaz de soportar verlo en la cruz, ni ver a su santísima esposa sufrir tal dolor; sea como sea, san José vivió para proteger los grandes tesoros de Dios, y eso implica que la pureza de su alma debía ser tal jamás faltara a la misión que el Todopoderoso le había confiado. San José no pudo tener simplemente un corazón purísimo, no; aprendió a amar de tal manera la sublime encomienda, viendo crecer al Dios-Amor ante sus ojos y entre sus brazos, que probablemente Dios mismo debió ensancharle el corazón y colmarlo de tales virtudes que su fidelidad al plan divino, del cual él formaba parte, se viera siempre intacta hasta el final.

San José fue el custodio perfecto de la grandeza de Dios, figurando de alguna manera cómo nosotros, análogamente, debemos ser guardianes de la gracia que Dios ha puesto en nuestros corazones, presencia divina por inhabitación en nuestro caso, que también implica nuestra fidelidad al plan de Dios en nosotros.

 

“La prueba de san José: ejemplo para nosotros”

(Homilía de Adviento)

Queridos hermanos:

Durante este tiempo litúrgico que venimos celebrando, se nos han propuesto en diversos momentos las denominadas “cuatro grandes figuras del Adviento”: el profeta Isaías, san Juan Bautista, María santísima y en este cuarto domingo la de san José, el varón justo, es decir, santo; elegido por Dios como el guardián y custodio de sus dos grandes tesoros: María santísima y Jesucristo, su Madre y su Hijo.

El evangelista nos presenta el conocido texto sobre la sorpresa de san José ante el conocimiento de que María santísima, la mujer con quien se desposaba, se encuentra de pronto embarazada, y su decisión de abandonarla en secreto. En síntesis, nos encontramos ante aquello que podríamos llamar “la gran prueba de san José”, quien “ciertamente buscaba una respuesta a la inquietante pregunta, pero, sobre todo, buscaba una salida a aquella situación tan difícil para él.” (San Juan Pablo II) Siguiendo la interpretación del Papa Magno, resulta difícil que san José se quisiese apartar de María santísima por desconfianza o desprecio: san José no era un hombre cualquiera, su virtud y la pureza de su corazón la habían ganado, como hemos dicho, la simpatía de Dios quien lo eligió como el exclusivo custodio de sus tesoros. ¿Cómo comprender, entonces, la actitud de san José?, ¿por qué pretender “dar un paso atrás” respecto a María, su esposa, de quien sabía su virtud?; y es que a este justo hijo de David le pasó lo mismo que a cualquier alma llamada a cosas grandes le puede pasar: sentirse indigno de tomar parte de algo que, ciertamente, está más allá de lo ordinario, de sus capacidades, de su comprensión, pero que tiene al mismo Dios por autor y sólo nosotros tenemos “el poder de frustrar” si nos alejamos de la divina voluntad. ¿Cuántas “almas pequeñas, como las nuestras” has sido llamadas a hacer cosas grandes?, ¿acaso no es la misma santidad, que Dios nos pide a cada uno sin discriminaciones, una grande empresa ante la cual retrocedemos?, ¿cuántas grandes renuncias Dios nos ha pedido y hemos “dado un paso atrás”, renunciando a la grandeza?; pues bien, en san José Dios nos enseña que nuestra nada y poquedad o son obstáculo para sus “grades obras”: Dios nos pide generosidad, Dios nos pide que confiemos en Él, Dios nos pide magnanimidad…

El ángel del Señor le dice a san José en sueños que “no tema”, porque el temor estanca las almas, frustra los planes divinos, y hace perder incontables gracias que nos serían concedidas si tan sólo confiáramos más en Dios.

“El mensajero se dirige a José como al «esposo de María», aquel que, a su debido tiempo, tendrá que imponer ese nombre al Hijo que nacerá de la Virgen de Nazaret, desposada con él. El mensajero se dirige, por tanto, a José confiándole la tarea de un padre terreno respecto al Hijo de María.” (San Juan Pablo II); pero no sólo se vuelve, san José, un modelo de padre para el Hijo de Dios a quien custodia, sino también un modelo de esposo, dedicado en todo a sustentar a su familia con el esfuerzo de su humilde trabajo: “Aunque no hubiera otra razón para alabar a San José, habría que hacerlo, me parece, por el solo deseo de agradar a María. No se puede dudar que ella tiene gran parte en los honores que se rinden a San José y que con ello se encuentra honrada. Además de reconocerle por su verdadero esposo, y de haber tenido para él todos los sentimientos que una mujer honesta tiene para aquel con quien Dios la ha ligado tan estrechamente, el uso que él hizo de su autoridad sobre ella, el respeto que tuvo con su pureza virginal le inspiró una gratuidad igual al amor que ella tenía por esta virtud y, consiguientemente, un gran celo por la gloría de San José” (san Claudio de la Colombiere); y san Bernardino de Siena llega a decir: “Si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen María, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José, después de ella, una especial gratitud y reverencia”.

Luego del sueño de san José, sin embargo, nuestro querido santo comprende bien que es el mismo Dios quien “le pide este favor”, y esto nos debe ayudar a preguntarnos a nosotros mismos ¿cuántas veces Dios me pidió algo a mí?, y ¿cuántas de aquellas veces le dijimos que no?, ¿cuántas veces dimos un paso atrás por falta de confianza en Dios? San José se ha convertido en ejemplo de fidelidad al plan de Dios, el cual una vez aceptado, no dejó de cumplir jamás. Si bien no sabemos cuándo aconteció su muerte, sí podemos deducir que hasta encontrarse con ella san José cumplió con Dios.

En este cuarto Domingo de adviento, ya casi la antesala del nacimiento más importante de la historia, le pedimos al custodio de Jesús y de María, que nos alcance la gracia de imitarlo en su abandono incondicional a la voluntad de Dios, de no retroceder ante las cosas grandes que Dios quiere hacer en y por nosotros, y de cumplir con fidelidad hasta el final los planes que Dios nos vaya trazando para nuestra santificación y encuentro final con Él en la eternidad.

“San José, modelo de contemplativo”

(Homilía predicada a religiosas contemplativas)

Como claramente nos enseña san Ignacio, “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima…” (EE 23) y punto, es decir, que allí se encierra perfectamente la síntesis de lo que debe ser nuestro paso por la tierra. Pero hay algo más… recordemos que, si bien el hombre está herido profundamente en su naturaleza debido al pecado, sin embargo, posee un alma espiritual que puede mucho más de los que puede el cuerpo, un alma que puede elegir, que puede amar y que, con todas sus limitaciones aun puede hacer algo más, que le es propio como a los demás seres espirituales… el alma, simplemente, es capaz de contemplar. San Ignacio dice que “el hombre es creado para alabar”, y san Gregorio dice que “en la contemplación se busca al principio, que es Dios.”

Acerca de la contemplación, el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña: “La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo lo miro y él me mira”, decía, en tiempos de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarlo y seguirlo (Cf San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales 104)”. A la luz de todo esto -ahora sí-, podemos decir con toda propiedad que san José es un perfecto modelo de contemplativo para nosotros que hemos abrazado justamente ese estilo de vida, el del que decide dedicarse a amar a Dios, como san José, y poner continuamente la mirada del alma en Jesucristo, el Verbo Encarnado. Pero san José es más cercano aun para nosotros, ya que no sólo contemplaba a Jesús, su hijo adoptivo y encomendado por el mismo Dios, sino además a la Virgen santísima, en quien contemplaba también la máxima perfección y ternura que el Altísimo se quiso forjar como madre, una creatura sin ninguna mancha de pecado, el segundo de los tesoros más grandes de Dios que también le era encomendado. Y san José nos resulta así “cercano de una manera especial”, porque profesamos los votos religiosos para imitar a Jesucristo, de quien san José fue testigo primerísimo desde el principio y cuya vida vio pasar delante de sus ojos paternales aprendiendo como nadie de este Dios hecho hombre que forjó la redención, pasando desapercibido junto a san José, en su humilde casa, en su sencillo taller y bajo su especial custodia; pero también nos resulta especialmente cercano por nuestro cuarto voto, que nos convierte en “los cercanos de la Virgen”, los que bajo juramento decimos agradarla y custodiar su honra maternal y virginal, como san José, el gran guardián de María santísima y su integridad y predilección delante de Dios. Por eso debemos amar tanto a san José y aprender de él a contemplar…, a dejar de lado nuestros planes y abandonarnos a los de Dios; a no tenerle miedo a la grandeza que Dios desea obrar en nuestras almas; a dar un paso atrás ante los buenos deseos que se oponen a los santos deseos; y especialmente como contemplativos, a buscar ese pasar desapercibidos mediante la humildad, y a crecer de manera especial en la intimidad con Jesucristo, abandonando completamente el corazón en las paternales manos de Dios, en su providencia, en sus designios.

Santa Teresa de Ávila, gran contemplativa y de una profundidad excepcional, tenía muy presente el rol de san José y con él como patrono comenzó su reforma desde Ávila, refiriéndose a él de esta manera: “A otros santos el Señor parece haberles dado la gracia para socorrernos en algunas de nuestras necesidades, pero de este santo glorioso mi experiencia es que nos socorre en todos ellos y que el Señor desea enseñarnos que como Él mismo estaba sujeto a él en la tierra (porque, siendo Su guardián y siendo llamado Su padre, él podría mandarle), de la misma manera en el Cielo Él todavía hace todo lo que pide. Esta ha sido también la experiencia de otras personas a las que he aconsejado que se encomienden a él; e incluso hoy en día hay muchos que le tienen una gran devoción por haber experimentado nuevamente esta verdad”; y el padre Pío afirma que: “San José, con el amor y la generosidad con que guardó a Jesús, así también guardará tu alma, y ​​como lo defendió de Herodes, así defenderá tu alma del Herodes más feroz: ¡el diablo! Todo el cariño que el Patriarca San José tiene por Jesús, lo tiene por ti y siempre te ayudará con su patrocinio. Él te librará de la persecución del malvado y orgulloso Herodes, y no permitirá que tu corazón se separe de Jesús. ¡Ite ad Ioseph! Acude a José con extrema confianza, porque yo, como Santa Teresa de Ávila, no recuerdo haberle pedido nada a san José sin haberlo obtenido de buena gana”.

Ciertamente que san José ocupa un lugar del todo especial cuando se trata de interceder por nosotros ante Dios, y la razón es que ocupó un puesto sumamente especial en la Sagrada Familia, de la cual debió ser el jefe y proveedor, guardián y defensor, padre y protector, y especialmente un gran “contemplativo del Hijo de Dios que se le había encomendado”. Pensemos en cuánto habrá crecido el corazón de san José a la luz del Verbo Encarnado, con cuánta ternura lo habrá observado y aprendido de cada detalle de “su hijo” durante el transcurso de su vida, una vida que había comprendido estar plena de sentido y que así, como era él, de pocas palabras pero de obras imborrables, se habrá apagado serenamente para encontrarse cara a cara, dichoso, con el Padre celestial que le había pedido que le cuidara sus tesoros en la tierra, tesoros que amó, que custodió y que siempre contempló.

Quería terminar con la primera estrofa de una poesía compuesta por santa Teresita de Lisieux en 1894, que tal vez conozcan, pero no está para nada de más. La compuso para ser cantada con una música popular. Al traducirla del francés, se pierde la rima, pero nos queda el contenido del poema, que es una oración.

 

  1. José, tu vida transcurrió en la sombra, humilde y escondida,

¡pero fue tu privilegio contemplar muy de cerca

la belleza de Jesús y de María!

José, tierno Padre, protege al Carmelo;

que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.

 

  1. Más de una vez, el que es Hijo de Dios

y entonces era niño, sometido en todo a tu obediencia,

¡descansó con placer sobre el dulce refugio

de tu pecho amante!

José, tierno Padre, protege al Carmelo;

que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.

 

  1. Y, como tú, nosotras servimos a María y a Jesús

en la tranquila soledad del monasterio.

Nuestro mayor cuidado es contentarles, no deseamos más.

José, tierno Padre, protege al Carmelo;

que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.

 

  1. A ti nuestra santa Madre Teresa

acudía amorosa y confiada en la necesidad,

y asegura que nunca dejaste de escuchar su plegaria.

José, tierno Padre, protege al Carmelo;

que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.

 

  1. Tenemos la esperanza de que un día,

cuando haya terminado la prueba de esta vida,

iremos a verte, Padre, al lado de María.

José, tierno Padre, protege al Carmelo

y, tras el destierro de esta vida, ¡reúnenos en el cielo!

 

Jesús

 

“Ofrenda al Niño Dios”

¿Qué darte Dios nacido así, pequeño;

tan sólo por amores torrenciales

que brotan de los valles celestiales

y bajan a esta tierra con su dueño?

 

No tengo ningún oro que ofrecerte,

ni tengo algo de mirra entre mis cosas,

tampoco llevo incienso olor de rosas

ni nada que no sean ganas de verte…

 

Mas, ¿qué es esa sonrisa luminosa

que brindas a los pobres pastorcitos,

que sólo traen consigo su mirada?…

 

¡Ya entiendo!, ¡qué respuesta tan hermosa!;

Señor, ahí en tus brazos pequeñitos

te dejo mi pobre alma enamorada.

El Sagrado Corazón de Jesús

(Homilía)

Cuando los hombres descubrimos algo de bondad en los demás, ello capta nuestra atención. Luego de detenernos algún tiempo surge la atracción hacia el objeto que contemplamos, y si es posible poseerlo, brota en nosotros la esperanza y junto con ello nuestra actitud de ir por él, de quererlo para sí, y de aquí en adelante es posible que se produzca el amor; y el fruto del amor, es la unión. Es por eso que dos personas que se aman, ya sean hermanos, amigos, esposos, padres e hijos, etc., necesariamente tienden a buscar la “unión de corazones”, y en la medida que ese amor se vaya acrecentando, se vaya haciendo puro, el que ama irá haciendo lo posible por entregarse más profundamente a la persona que ama. El amor verdadero, entonces posee ciertas características:

–  se corresponde: por ejemplo, los amigos que se buscan constantemente

–  se manifiesta: como los esposos que se dicen todos los días que se quieren

–  y busca cada vez más la unión de los que se aman.

Y como este día celebramos al Sagrado Corazón que nos amó y nos ama hasta el extremo, pasemos ahora a considerar el amor que brota hacia nosotros de este Sagrado Corazón cuyos latidos nos siguen llamando ininterrumpidamente a la unión con Él.

El amor de Cristo

Habiendo considerado todo esto, vemos más claramente que el amor genera lazos tan fuertes entre aquellos que se aman que se dice que “se van volviendo una sola alma”, en cuanto que aman lo mismo, es decir, la bondad que descubren en el otro. Por eso el amor verdadero, agradable a los ojos de Dios, es el amor que se funda en la virtud:

– no es amor verdadero el que se fundamenta en el interés,

– no es amor verdadero el que se funda en el placer,

– y no es amor verdadero el que se fundamenta en el pecado; sino el que se asienta sobre los lazos de la virtud.

Pero para formase estos “lazos fuertes” se necesita además tiempo y hábito, es decir, mantener la llama viva y avivarla cada vez más mediante los actos de amor, los gestos, los detalles, etc., y en consecuencia nuestro amor por Jesucristo se va a dar esencialmente a partir de nuestro contacto con Él en la oración, en nuestros ratos a solas con Él y en las obras de caridad que hagamos con los demás por amor a Él.

El amor del Sagrado Corazón es del todo especial, porque va más allá de los humanos esquemas ya que en realidad los trasciende, está por sobre ellos; ya que Él mismo, siendo Dios, se dignó amar a los hombres de modo gratuito y tomando Él mismo la iniciativa contra todo lo que la sabiduría humana nos podría decir:

– No hay proporción entre ambas partes; Dios es perfecto y el hombre pecador.

– El hombre se había enemistado con Dios por el pecado y lo abandonó… pero Dios no abandonó al hombre y le envió a su Hijo.

– El hombre había rechazado la gracia, pero Dios se la volvió a ofrecer.

– Correspondía el castigo divino por la rebelión, pero Dios nos ofreció misericordia.

Y nos podemos preguntar: ¿cómo es posible que Dios nos ofrezca incansablemente sus dones?, y la respuesta es muy sencilla. Él mismo nos la dejó escrita en “su gran carta”, llamada Sagrada Escritura, donde se nos dice que “Él  nos amó primero[2]… porque el Amor de Dios siempre se nos adelanta, y a partir del costado abierto de nuestro Señor en la Cruz, sabemos por la fe que el amor de su Sagrado Corazón no ha cesado de fluir deseoso de que nosotros le correspondamos, porque “el amor con amor se paga”, y se manifiesta con las obras; por lo tanto, los verdaderos discípulos de Jesucristo debemos dar ejemplo de caridad y llevar una vida tal que le sea agradable al Corazón de Cristo.

Decía san Juan Pablo II: “El corazón no es sólo un órgano que condiciona la vitalidad biológica del hombre. El corazón es un símbolo. Habla de todo el hombre interior. Habla de la interioridad espiritual del hombre. Y la tradición entrevió rápidamente este sentido de la descripción de Juan. … En realidad así mira la Iglesia; así mira la humanidad. Y, de hecho, en la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios.”

En el día de hoy la invitación es a considerar en nuestras vidas dos cosas:

-Lo que ofendió en mi vida al Sagrado Corazón, para comenzar a reparar;

-Lo que hice por Él para consolarlo, pare perseverar, seguir adelante y hacer nuevos y nobles propósitos respecto a esto, teniendo en cuenta las motivadoras palabras de san Alberto Hurtado: “Si pudiéramos nosotros en la vida realizar esta idea: ¿qué piensa de esto el Corazón de Jesús, ¿qué siente de tal cosa…? y procurásemos pensar y sentir como Él, ¡cómo se agrandaría nuestro corazón y se transformaría nuestra vida!”

Le pedimos a María santísima, que nos alcance de su Hijo la gracia de aprender a “dilatar nuestro corazón” de amor por Él, y de renovar con seriedad el noble deseo de vaciarnos de nuestro egoísmo para dejarle lugar al Sagrado Corazón que debe reinar en nosotros.

El corazón de Cristo

 

Contemplando el abandono sin razón

de los hombres que la infamia convenció,

el Eterno, compasivo, sentenció

asumir la humanidad y un Corazón:

 

Benigno, que acogiera a los heridos;

sensible, que supiera de flaquezas;

sincero, sin ambages ni cortezas;

radiante, luz y guía de afligidos;

 

Paciente, tierno, fuerte, generoso;

en fin, tan portentoso y aledaño,

que oyera quien quisiera sus latidos

 

Llamando a su regazo junto al gozo

sin fin del que regresa a su rebaño:

morada y redención de los perdidos.

 

La Sagrada Familia de santa Ana, san Joaquín y la Virgen niña

“San Joaquín y santa Ana: por los frutos se conoce el árbol”

Queridos hermanos:

En este día tan importante para nosotros, monjes del Monasterio de la Sagrada Familia, lugar que resguarda los cimientos de la casa de san Joaquín y santa Ana, podemos considerar varios aspectos acerca de los padres de la Virgen María a la luz de la tradición, algunos textos de los santos, o los datos del evangelio apócrifo de Santiago (donde encontramos, por ejemplo, sus nombres).

En esta oportunidad, quisiéramos referirnos brevemente a tres de ellos:

En primer lugar, siguiendo la idea de san Juan Damasceno, como el árbol se conoce por sus frutos, podemos estar seguros de la santidad de los padres de María santísima, ya que, en palabras del santo: “Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador.” Así como el Hijo de Dios debía nacer de un vientre purísimo, de la misma manera aquella que lo recibiría en el mundo en su vientre fue preparada desde toda la eternidad tanto por el eterno designio fuera del tiempo, como por la santidad de sus padres en la tierra, la cual fue probada con la “paciencia”, ya que fue recién en su vejez y luego de muchas plegarias que pudieron ser padres de tan excelsa niña; y por esta misma razón fue una santidad probada con la confianza en Dios y el santo abandono a su divina voluntad; por eso, dice también el Damasceno de los abuelos del Señor: “Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto, en el parto y después del parto; aquella que, de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo.”

En segundo lugar, san Joaquín y santa Ana fueron el instrumento por el cual la Virgen, ya desde niña, aprendió la maternidad que posteriormente se extendería a toda la humanidad, es decir, que fueron el primer ejemplo de lo que implica realmente ser madre o padre. Decía san Juan Pablo II: “La figura de Santa Ana, en efecto, nos recuerda la casa paterna de María, Madre de Cristo. Allí vino María al mundo, trayendo en Sí el extraordinario misterio de la Inmaculada Concepción. Allí estaba rodeada del amor y la solicitud de sus padres Joaquín y Ana. Allí «aprendía» de su madre precisamente, de Santa Ana, a ser madre… Así, pues, cuando como «herederos de la promesa» divina (cf. Gál 4, 28. 31), nos encontramos en el radio de esta maternidad y cuando sentimos de nuevo su santa profundidad y plenitud, pensamos entonces que fue precisamente Santa Ana la primera que enseñó a María, su Hija, a ser Madre”. Es decir, que, en san Joaquín y santa Ana, la Virgen conoció desde su infancia lo que implica el rol de los padres respecto a sus hijos: preocupación por ellos, renuncia, sacrificio, dolor de sus males y alegría de sus bienes; consuelo, compromiso y todo esto sin condiciones, porque así son las buenas madres, con un amor que no sabe de límites y no duda en olvidarse de sí con tal de beneficiar, especialmente el alma, de los hijos.

En tercer lugar, análogamente al Precursor, los santos padres de la Virgen son ejemplo de abandono absoluto a la voluntad de Dios, en concreto, a la misión para la cual el Altísimo los tenía destinados. Porque, así como el Bautista debía señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y luego dar un paso atrás, así también estos ancianos, hacia el ocaso de su vida ofrecieron a la Madre de Dios y de la Iglesia, desapareciendo luego humildemente, pues aquella había sido su misión y la aceptaron y cumplieron cuando Dios lo quiso, encontrando allí su santificación y posterior premio en la eternidad.

En este día en que celebramos la memoria de los abuelos de nuestro Señor Jesucristo y padres de María santísima, a ellos les pedimos que nos alcancen la gracia de abrazar la voluntad de Dios, al tiempo que Él quiera y de la manera que nos la muestre, para asemejarnos así a aquella que más que nadie agradó al Padre del Cielo con su santo abandono y su humildad.

La Sagrada Familia de Nazaret

“Que la familia sea escuela de virtud”

“(Homilía)

Queridos hermanos:

Hablando acerca de la solemnidad que hoy celebramos, dice san Juan Pablo II que este día está dedicado a celebrar a la “Sagrada Familia: Jesús, María y José. Y el título expresa por sí solo toda la sublime realidad de un hecho humano-divino, al presentar ante nosotros un modelo que reproducir en la vida, para que cada familia, especialmente la cristiana, se empeñe en realizar en sí misma esa armonía, honradez, paz, amor, que fueron prerrogativas admirables de la Familia de Nazaret.”

El Papa magno sintetiza de manera hermosa lo que significa para nosotros la familia de Nazaret: un modelo perfecto y acabado de lo que debe ser la familia cristiana, hoy más que nunca, en que vivimos una época en la que se ataca de manera especial, con una saña terrible, al núcleo de la sociedad y semillero de la fe y la santidad de los miembros de la Iglesia; ya que es “en la familia donde se adquieren o no los valores y virtudes que forjarán o no a los hombres y mujeres virtuosos del mañana”, es decir, todas aquellas almas buenas que desde pequeños aprendieron las virtudes cristianas del ejemplo de sus padres, que el día de mañana les permitirán alcanzar la madurez en la fe y la felicidad iniciada en este mundo, que sólo saben poseer quienes hayan asimilado los valores que en toda buena familia se deben inculcar desde pequeños; como el amor, el respeto, la paciencia, la perseverancia, el amor a la cruz y espíritu de sacrificio, la generosidad, etc.; sin los cuales lo único que se producen son los llamados “niños malcriados”, que serán los fracasados del mañana si no aprenden a adquirir las virtudes luego por su propia cuenta. Por ejemplo, un niño consentido, a quien por un amor mal entendido se le da todo lo que pide con alguna queja o lloriqueo, sin importar si eso lo hará mejor o no; si esto no se corrige, al crecer podría convertirse en un fracasado, al no tener experiencia justamente del fracaso y de cómo sobreponerse y superarlo, por la carencia de una experiencia tan importante como la de no recibir todo lo que quiere, de ganarse las cosas con trabajo y esfuerzo; pues por extraño que parezca, a menudo los adultos resentidos de hoy, son los niños consentidos de ayer, que de alguna manera más o menos clara llegan a percibir que si se los hubiera amado bien, corregido bien, estimulado bien en las virtudes, se les habrían inculcado los valores para hacerlos fuertes ante las adversidades de la vida, triunfadores en las pruebas, pilares ante las tormentas y hasta líderes de nobleza, en vez de dejarlos crecer con caprichos que terminarán pagando con frustraciones como adultos. Dicho esto, no olvidemos que, si bien hay virtudes que probablemente no se adquieran con ninguna facilidad si no arraigaron desde el seno de la familia, no debemos desconfiar de los increíbles frutos de la gracia en un alma que decide cambiar y abrazar la virtud bajo la tierna mirada de Dios…, así que a no desanimarse, pero tampoco a descuidar a nuestros hijos, que son los hombres y mujeres del mañana que deberán llevar el reinado de Jesucristo a los demás armados de la gracia y las virtudes que se les hayan enseñado y los hayan hecho firmes en la fe.

Y para iluminar un poco más esta necesidad de aprender a educar y amar bien en nuestras familias, pensemos en el hogar de la Sagrada Familia en Nazaret: una madre humilde, la más de todas, con el corazón más puro que jamás haya existido; un padre bondadoso, sacrificado y ciertamente un gran contemplativo, que a diario se detenía a observar y preocuparse de los dos grandes tesoros que el Dios eterno le había encomendado: su madre y su Hijo. Y, por supuesto, Jesucristo, el Verbo encarnado, la Palabra del Padre que dedicó la mayor parte de su vida a resguardarse y preparar su misión redentora, en la sencilla casa de Nazaret, “creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”, y sencillamente siendo un buen hijo: preocupado de sus padres, atento a sus consejos, empeñado en jamás dejarlos mal delante de los demás; sumamente respetuoso y educado con sus vecinos, etc. Pero sobre todo, la casa de Nazaret debía estar embebida de la madre de las virtudes: la caridad; y de la señal de las almas grandes: la humildad; donde Jesús, María y José, vivían en plenitud el significado de la familia: escuela de virtudes y valores que, revestidas de la divina gracia, hacen que las familias cristianas se conviertan en semilleros de santidad; como Mamá Margarita para san Juan Bosco, Luis y Celia para santa Teresita, y todas las madres y padres de familia que fueron decisivos en la santidad de tantas almas buenas que hoy podemos venerar en los altares.

Que en este día de la Sagrada Familia de Nazaret, nuevamente la tomemos por modelo de nuestras propias familias, especialmente haciendo que realmente sea Jesucristo en centro de nuestras vidas, y contemplándolo a Él y a sus padres nos decidamos firmemente a trabajar por la santidad que puede efectivamente comenzar en la sencillez de nuestros hogares.

Jesús, José y María: os doy el corazón y el alma mía.

 

[1] San Ireneo, Adversus haereses, I, 10, 1: PG 7, 549

[2] 1Jn 4,19

Carta del P. Segundo Llorente a las carmelitas descalzas del Cerro de los Ángeles (Madrid) en Enero de 1964.

Si no hubiera sido por la soledad, yo no hubiera resistido aquello… En la soledad he encontrado al Señor. Al Señor no se le encuentra fácilmente… Hay mucha gente que ama al Señor, así, vagamente, intelectualmente. Una fe así, intelectual…, pero ese contacto íntimo, esa experiencia, esa proximidad, ese sentirle y hablarle… todas esas cosas se sienten allí gracias a la soledad. Por ejemplo: yo por las noches, no todas, pero por las noches, cuando despacho a la gente, abro la puerta que me separa de la iglesia, entro en la iglesia y estoy yo solo con él… yo solo con el Señor… Allí no hay ruidos, nadie tose, nadie estornuda, no se oyen pasos, nadie baja las escaleras… Está uno solo. En aquella soledad uno, al cabo de los años, se va familiarizando, familiarizando, familiarizando más y más con él… hasta que llega un momento en que ya es una especie de transfiguración en él, y está uno que da gloria. Y allí me paso un rato muy largo con él por las noches. Hay noches que hace mucho, mucho, mucho frío y tengo mucho que hacer. Bueno, pues entonces antes de acostarme entro en la capilla, que a lo mejor hace 25 ó 30º bajo cero o algo así… me arrodillo y pongo los codos en el altar y pongo la cabeza así, muy cerca del sagrario, y le digo algunas cosas muy, muy bonitas, muy bonitas, y allí le tiro una infinidad de besos y… me marcho a la cama…

Yo noto en muchas familias que cuando los niños van a acostarse dan un beso a sus padres, y yo digo: ¡hombre, esto que se usa en las familias… pues aquí vivimos una familia! Él y yo y la Santísima Virgen. La familia es: la Santísima Trinidad, la Humanidad de Jesucristo, la Santísima Virgen, San José y yo, ¡solos!. Ustedes tienen que formar la suya con el mismo grupo (pero sin mí). Dios es infinito… En esta familia no admito a nadie, estoy de hijo único, unigénito solo con la familia aquella. Y allí ¿pues qué dice un niño? Hay mucha diferencia entre ser uno de casa o no ser. Yo entro allí, entro en casa, y entro en la intimidad con Dios, porque soy de la familia. Y usted también tiene que hacerse su familia, apañárselas como pueda…

Entonces yo noto lo siguiente: cuando no se tiene más que un hijo o una hija nada más, se la quiere de una manera especial, porque es la única. Pues para Dios nuestro Señor, que es infinito, cada uno es como si fuera él solo… Somos una familia, claro, una infinitud… Hay dos maneras de ver esto: una manera es verlos a todos debajo del manto de la Virgen… a todos amparados debajo del Sagrado Corazón… a todos en la casa de Dios. Y otra manera, es uno solo. Cuando no se tiene más que un hijo, siempre se le tiene un cariño especial y se le permiten ciertas travesuras… ¡Claro, se le corrige siempre!, pero… se le frunce el entrecejo, pero se supone que la chica hará alguna travesurilla. Mientras la travesurilla sea pequeña, pues está bien, no pasa nada, ¡claro! Por eso cada una de ustedes es hija única de Dios. Bueno, pues a ustedes les permite travesurillas…

Miren, cuando no sepan de qué confesarse, estén seguras de que ustedes faltan a lo siguiente:

. «De contentarse prácticamente con una medianía en la vida espiritual», es decir, no apuntar más alto, no aspirar a más, no querer señalarme más en el servicio de Dios, no amar a Dios con todas las fuerzas que debo, no sobrenaturalizar todo lo que hago como debiera hacerlo… y no hacer todo eso supone contentarse con una medianía en la vida espiritual, ¿estamos?

. «De irreverencias internas en el trato con Dios». Ahí caen todas, ¿verdad? Porque si realmente nos diésemos cuenta, así, cuenta completa de qué es lo que tratamos en la santa Misa o en la comunión y esas cosas… pues estaríamos así… como temblando de emoción, en un estado así de ternura temblorosa ante Dios… y al contrario de eso, lo damos por supuesto y vamos bostezando a comulgar… Bueno, bostezando no, pero vamos despreocupados, pensando en Cáceres o pensando en Ocaña, o pensando en yo qué sé, en vez de pensar lo que debemos pensar, de manera que a eso se llama irreverencia interna; externamente estamos muy modositos, muy reguapitos… internamente andamos por los Cerros de Úbeda, ¿verdad? Ya tienen dos acusaciones.

. «Faltar al silencio interno». ¿Saben lo que es silencio interno? Silencio interno es:

•pensamientos frívolos,

•pensamientos tontos,

•pensamientos vanos,

•pensamientos del pasado,

•pensamientos de cuando fuimos a la escuela, de aquella vez que nos caímos en el río, de aquella vez cuando salimos a bailar…,

y por falta de silencio interno Dios nuestro Señor no nos habla como quisiera hablarnos, porque nos encuentra ocupados… Quiere hablarnos, pero estamos ocupados. ¿En qué estamos ocupados? Pues en esos pensamientos.

. «Preocuparme inútilmente en cosas que ni me van ni me vienen». Porque no están muertas todavía… ¿Están muertas ya? Todavía no se han muerto, ¿eh?… Para morir, 1º quererlo, hay que quererlo… 2º Se va uno a la iglesia… y empieza a morir a todo. Mueren:

•a la patria, porque si la mandan a Alaska, o la mandan al Congo o al Canadá, usted está dispuesta a dejar España, ¿verdad? Pues usted muere a la patria.

•mueren a la lengua. Si la mandan al extranjero tiene que aprender otra lengua. ¿Está dispuesta usted a aprender otra lengua? ¿El japonés o así? ¿Usted va a morir al español? ¿Está dispuesta a sacrificar la lengua española?… Cada muerte de éstas es un golpe formidable en la cabeza del egoísmo, ¿eh?…

•mueren a la familia, quiere decir que hay que estar completamente despegada. La familia hay que quererla mucho. ¿eh?, pero hay que dejarla, ¿estamos? Y si alguna hermana de usted se casa, usted se coge la fotografía, le da un par de besos y después la rompe. ¿Por qué? Porque esas cosas atan, esas cosas llenan la habitación, la celda es pequeña, no hay sitio para esas cosas, ¿estamos? Usted rece mucho por ella, rece mucho por la familia. Bueno, pero mueran a la familia. ¿eh?…

•después mueren a la voluntad propia. ¡Hombre!, eso es facilísimo. Miren, no tienen que hacer más que lo siguiente: nunca hagan nada porque les gusta, nunca dejen de hacer nada porque les disgusta. Háganlo porque ésa es la voluntad del Padre Dios, todo lo que hacen lo hacen para agradar a Dios, y con eso ya no tienen voluntad propia. Bueno, ¿qué cosas quiere Dios?… Quiere todas las cosas que manda la Regla, eso lo quiere Dios; las virtudes, la práctica de las virtudes, eso lo quiere Dios; el silencio, la unión con Dios. ¿Qué es lo que quiere Dios?… Pues al alma le sale una especie de radar para ver, aunque haya una bruma espesísima a una distancia enorme, aunque sea noche oscurísima, con el cual ve venir los cielos de lejos, ve venir a mil kilómetros ya lo que ofende a Dios y lo que le agrada a Dios… ¿eh? Usted hace las cosas para agradar a Dios. Todo lo que hace lo hace porque Dios lo quiere, se acuesta porque Dios lo quiere, come porque Dios lo quiere. Ustedes hacen todo para gloria de Dios, y cuando les llegue la muerte, dicen: yo me muero porque Dios lo quiere… vivo porque Dios quiere que viva… y si usted se pone enferma, dice: porque Dios lo quiere, así… Y cuando lo sobrenaturalicen todo, cuando hagan todo, como lo han hecho por la gloria de Dios, han muerto ustedes a su propia voluntad… No es imposible, ¿verdad? Pues manos a la obra…

•luego mueren a la compañía. Ustedes están aquí con las que Dios les trae, no con las que ustedes quisieron tener.

•mueren a los consuelos espirituales. Ustedes se agarran a los consuelos que Dios les dé. A las lágrimas que les dé, agárrense bien a ellas y si Dios se las quita, si Dios quiere que usted pase por esas purificaciones, noches del sentido y noche del espíritu, no se quejen, ¿eh? Y díganle al Señor: Señor si tú a mí no me arredras, tú me estás queriendo… Mientras más árida y seca estoy, más me quieres tú. Así, con eso, pues ya se pasa mejor la aridez… Cuando el demonio las persuada a ustedes de que ustedes están ya condenadas, que ésas son las pruebas de la purificación del espíritu, díganle al Señor: aquí Satanás no hace más que decirme que yo estoy condenada, pero yo no se lo creo… Se lo dicen a él, ¿eh? Y así con eso ya están ustedes despojadas de todo y muertas a todo…

•Ah, ¡claro! a la fama, tienen que morir a la fama. A usted lo mismo le da ser abadesa que ser cocinera, ¿verdad? Lo mismo le da un oficio que otro, ¿verdad?… ¿Todavía no están muertas a los oficios?…

la fama, las ocupaciones, las compañeras, la voluntad propia, la lengua, la patria, la familia y los consuelos espirituales … Y cuando hayan muerto a esto, ya están muertas. Y luego después se levantan muertas y echan a andar muertas. ¿Ya está bien?… Hasta que a los tres o cuatro días resucitan… y una vez que resuciten… ¡a morirse otra vez! ¿Saben ustedes cuántas veces hay que morir y resucitar? ¡Setenta veces siete!… Y si las coge la muerte muriendo y resucitando, muriendo y resucitando, son ustedes como el Señor, que iba camino del Calvario, que es la muerte, y allí: Venid, benditos de mi Padre… Y ya está… Es que yo todo se lo cuento al Señor… todo se lo cuento a él.

Dice San Juan de la Cruz que las almas así, Dios tira con tal fuerza del alma y las almas tiran con tal fuerza de Dios, que las carnes ya no pueden sujetar al alma y el alma sale, y eso es morir de amor… Y esas almas ya no pasan por el purgatorio, porque ya están purificadas de amor de Dios. Y no pasan por el juicio, porque ya están juzgadas de antemano y aprobadas. Bueno, pues a mí me dio mucha luz… Cuando me veo en algún apuro o viene algún contratiempo o un desplante o algo, digo: Bueno, ¿y a mí qué me importa todo eso, si yo voy a morir de amor?… ¿A mí qué más me da… que me ahogue, o que muera en el hospital, o que muera en la cama, que nieve, que haga frío, que pierda el tren, que no lo pierda, a mí qué más me da, si tengo que morir de amor? ¡A mí que más me da! Puede que a lo mejor les ayude a ustedes.

Procuren desarrollar ustedes un poco de soledad por Dios, un poco de soledad por la ausencia de Dios… Eso hace mucho bien al alma… Soledad de Dios… Ausencia de Dios… como que les cuesta llevar ya tanto tiempo aquí, ausentes de él… que la vida se va gritando… Aquello de Santa Teresa cuando daba el reloj se alegraba porque ya le quedaba una hora menos de… ¿verdad que sí? Y luego, al acostarse, pues otro día más cerca… Ya otro día más… por la noche estoy un día más cerca de Dios… Así… cierta ausencia de Dios… Esa ausencia de Dios ayuda mucho al alma, despega mucho de la tierra… ¿estamos?…

El padre Segundo Llorente, jesuita leonés (1906-1989), pasó 40 años en Alaska evangelizando a los esquimales en condiciones de vida durísimas.

Dios ha revelado su caridad por medio de su Hijo

De la Carta a Diogneto
Nadie pudo ver ni dar a conocer a Dios, sino que fue él mismo quien se reveló. Y lo hizo mediante la fe, único medio de ver a Dios. Pues el Señor y Creador de todas las cosas, que lo hizo todo y dispuso cada cosa en su propio orden, no sólo amó a los hombres, sino que fue también paciente con ellos. Siempre fue, es y seguirá siendo benigno, bueno, incapaz de ira y veraz; más aún, es el único bueno; y cuando concibió en su mente algo grande e inefable, lo comunicó únicamente con su Hijo.
Mientras mantenía en lo oculto y reservaba sabiamente su designio, podía parecer que nos tenía olvidados y no se preocupaba de nosotros; pero, una vez que, por medio de su Hijo querido, reveló y manifestó todo lo que se hallaba preparado desde el comienzo, puso a la vez todas las cosas a nuestra disposición: la posibilidad de disfrutar de sus beneficios, y la posibilidad de verlos y comprenderlos. ¿Quién de nosotros se hubiera atrevido a imaginar jamás tanta generosidad?
Así pues, una vez que Dios ya lo había dispuesto todo en compañía de su Hijo, permitió que, hasta la venida del Salvador, nos dejáramos arrastrar, a nuestro arbitrio, por desordenados impulsos, y fuésemos desviados del recto camino por nuestros voluptuosos apetitos; no porque, en modo alguno, Dios se complaciese con nuestros pecados, sino por tolerancia; ni porque aprobase aquel tiempo de iniquidad, sino porque era el creador del presente tiempo de justicia, de modo que, ya que en aquel tiempo habíamos quedado convictos por nuestras propias obras de ser indignos de la vida, la benignidad de Dios se dignase ahora otorgárnosla, y una vez que habíamos puesto de manifiesto que por nuestra parte no seríamos capaces de tener acceso al reino de Dios, el poder de Dios nos concediese tal posibilidad.
Y cuando nuestra injusticia llegó a su colmo y se puso completamente de manifiesto que el suplicio y la muerte, su recompensa, nos amenazaban, al llegar el tiempo que Dios había establecido de antemano para poner de manifiesto su benignidad y poder (¡inmensa humanidad y caridad de Dios!), no se dejó llevar del odio hacia nosotros ni nos rechazó, ni se vengó, sino que soportó y echó sobre sí con paciencia nuestros pecados, asumiéndolos compadecido de nosotros, y entregó a su propio Hijo como precio de nuestra redención: al santo por los inicuos, al inocente por los culpables, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. ¿Qué otra cosa que no fuera su justicia pudo cubrir nuestros pecados? ¿Por obra de quién, que no fuera el Hijo único de Dios, pudimos nosotros quedar justificados, inicuos e impíos como éramos?
¡Feliz intercambio, disposición fuera del alcance de nuestra inteligencia, insospechados beneficios: la iniquidad de muchos quedó sepultada por un solo justo, la justicia de uno solo justificó a muchos injustos!
De la Carta a Diogneto
(Caps. 8, 5-9, 6: Funk I, 325-327)

San Juan Bautista

Una misión y una lección de humildad

San Juan Bautista es una de esas figuras que cautivan. Y cómo no, si es “el mayor de los nacidos de mujer”, en palabras de nuestro Señor. Cautiva por su especial vocación de penitencia y preparación del pueblo, por ser el elegido para señalar literalmente al Cordero de Dios, y luego dar un paso atrás y desaparecer… y esto es lo que, personalmente, creo que resulta tan llamativamente misterioso. ¿Por qué san Juan Bautista no fue uno de los apóstoles?, es decir, ¿acaso lo podríamos imaginar negando, traicionando, y huyendo lejos del Maestro?; ¿acaso no hubiera sido el más atento de los oyentes de las enseñanzas de Jesús?; ¿podríamos pensar siquiera que no hubiera comprendido mejor que nadie la importancia de la curación del alma antes que la del cuerpo, siendo él el gran anunciador de la llegada del Mesías?; sí, es cierto que todo lo escrito sobre Jesús debía cumplirse y él, con todo el dolor de su corazón, no se hubiera podido oponer a la partida cruel del Hijo de Dios hacia el Calvario para poder obrar así nuestra redención, pues sabía bien quién era Jesús. Y es por eso también que el Precursor es una figura única, “exclusividad de Dios”, con una de las misiones más grandes de todas, y, sin embargo, pese a todas las posibles conveniencias de haberse quedado con Jesús durante su ministerio público, hizo solemne y devota renuncia a todo esto y fue absolutamente fiel a lo que Dios le había encomendado: preparar el camino del Señor, disponiendo a las almas, exhortando a la penitencia y luego apagándose como la gran antorcha que fue, para dar paso “al Sol que nace de lo alto” y llegaba a iluminar con su vida, su doctrina, su muerte y su resurrección, al mundo entero, ofreciendo eternidad a todo aquel que se ponga al resguardo de su verdad y salvación. Y Juan, el austero y humildísimo Precursor, se alegró de la llegada del Salvador de quien no se consideraba digno siquiera de desatar sus sandalias, razón por la cual merecería recibirlo luego glorioso al entrar en la eternidad.

Es así como san Juan Bautista cumplía humildemente su misión, y tan bien, que completó su vida con aquel honor sublime del martirio, dejando en este mundo, sin embargo, sus obras y su ejemplo, del cual ahora nosotros podemos aprender muchísimo.

Mencionemos en este punto algunos para considerar en este tercer Domingo de adviento.

 

Su humildad

Dice Beaudenom: “Si hay ambientes que comunican la impresión superficial de la humildad, hay, también, temperamentos que forjan la ilusión de la misma. Son aquellos en los que señorea la imaginación (…) Existen almas [que]… admiran esta virtud, la desean, la aman y celebran su hermosura. Pero consideran como adquirida una virtud que sólo existe en su imaginación. Viven un ensueño de humildad. La sacudida de una humillación concreta y sensible las arranca de ese ensueño, y tornan en su amor propio.” Pero san Juan Bautista no era así: su humildad era totalmente genuina. No buscaba ni los honores ni los aplausos ni la fama de la que por fuerza comenzó a ser adornado, lo cual vemos claramente en que siempre se mantuvo austero y no se permitió ni gozos ni placeres a modo siquiera de cierta recompensa, por el contrario, “Juan usaba un manto hecho de pelo de camello y que se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre”, manera de vivir nada fácil ni ostentosa. Además, la autenticidad de su humildad se deja ver en lo diametralmente opuesto al espíritu que hoy en día más que nunca reina en los corazones superficiales: el deseo de fama, aplausos y reconocimiento; pues el precursor predicaba una doctrina completamente diferente, “proclamaba el bautismo del arrepentimiento para el perdón de los pecados”, ocupándose de la recompensa del Cielo y no de los fugaces goces de esta tierra; en otras palabras, de ganarse la mirada bondadosa de Dios y no los aplausos de los hombres que nada suman para eternidad. San Juan Bautista fue realmente humilde, y tanto que -como hemos citado arriba-, Jesucristo lo mencionó como el más grande de los nacidos, y la grandeza de la que habla Jesucristo como bien sabemos consiste en la pequeñez, la simplicidad, la pureza del corazón que sabe reconocer perfectamente cuál es su lugar respecto a Dios y respecto a los demás, siempre con alegría y entusiasmo sobrenaturales.

 

Su fidelidad

Fidelidad significa lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona, y habla de honestidad, nobleza, confianza, franqueza. ¿A qué fue fiel el Precursor?, pues al plan de Dios en donde él tenía una misión única, la de prepararle el camino al Mesías esperado y señalarlo a los demás, encomienda cumplida fielmente y de la manera más perfecta, pues como bien sabemos, el que dice vuelve vana su predicación, le quita fuerza al mensaje y arriesga hacerlo perecer; en cambio el bautista perfumó cada palabra salida de sus labios con el ejemplo de una vida totalmente mortificada, llenando de autoridad su mensaje penitencial para disponerse a la llegada del Ungido de Dios que ya se encontraba en este mundo preparando la redención en el silencio y sencillez de Nazaret. Y el bautista siempre fiel a Dios, a lo correcto, a la verdad, perseveró hasta el final sin importarle la sentencia de los hombres, sino manteniéndose siempre leal a aquel Espíritu Divino que lo había enviado a predicar en el desierto y que lo había invadido desde el vientre de su madre, haciéndolo saltar de alegría aun antes de nacer ante la primera visita que le hiciera el Salvador en el seno de la Virgen, alegría que le habrá hecho saltar el corazón al reencontrase nuevamente con Él a las orillas del Jordán. Fidelidad hasta dar la vida por la verdad, enseñanza imperecedera que nos dejó el Precursor al coronar su paso definitivo de este mundo hacia la gloria.

 

Su santa aceptación de la voluntad de Dios

Es cierto que san Juan Bautista estaba lleno del Espíritu Santo y, por lo tanto, su docilidad a Él es absoluta e innegable. Aun así, me atrevería a pensar que su corazón tan noble y tan delicado, habrá sentido un gran deseo de acompañar a Jesús, de seguirlo y escucharlo predicar, de tener profundas conversaciones o simplemente contemplarlo…, pero no era ese el designio divino, sino que debía renunciar incluso a esa maravillosa recompensa terrena para conquistar con diligencia el Cielo. Su misión, su simple, maravillosa e ilustre misión, era testimoniar la luz de la Verdad: Jesucristo, el Mesías esperado, ya había llegado y se encontraba entre los hombres inaugurando para ellos la entrada al Reino de los Cielos. Y san Juan lo aceptó con alegría y santa resignación.

“Yo soy la voz que clama en el desierto…”, dijo de sí mismo san Juan, una voz que anunciaba la venida de la Palabra de Dios encarnada, aceptando lleno de gozo lo que Dios le había encomendado, preparándole el camino al Señor: “El camino del Señor es enderezado hacia el corazón cuando se oye con humildad la palabra de la verdad. El camino del Señor es enderezado al corazón cuando se prepara la vida al cumplimiento de su ley.” (San Gregorio)

Repitamos una vez más en este día la gran enseñanza que nos ha dejado el Precursor del Señor: también nosotros debemos ser precursores de Jesucristo, yendo adelante con nuestros buenos ejemplos, nuestro amor y fidelidad a la voluntad de Dios, nuestro cumplimiento de la misión que Dios nos ha encomendado; sea como laico o consagrado; en la Iglesia, el trabajo, la familia o donde sea, pues en esta fidelidad nos jugamos la entrada al Reino de los Cielos en la otra vida, y la dicha eterna comenzada por la gracia en esta vida terrena.

Que María santísima, nuestra tierna madre del Cielo, nos alcance de su Hijo esta gracia.

 

P. Jason, IVE.

Jesús se fija en los detalles

“Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos…”

 Leyendo nuevamente aquel hermoso pasaje del Evangelio que nos narra la fugaz historia de la viuda pobre que echó sus dos únicas moneditas en la ofrenda del templo, no podemos no admirar a esta alma buena cuyo nombre desconocemos y cuya grandeza de alma pasó desapercibida para la gran mayoría de los presentes… mas no para Jesús, nuestro buen Dios con corazón de hombre, que quiso compartir “el hermoso secreto de la viuda” que en aquel momento también el Padre celestial observaba con agrado. Personalmente, esta maravillosa pincelada que se quedó como escondida dentro del inmenso lienzo de la vida pública de nuestro Señor, siempre me dejó una entusiasta curiosidad  respecto a esta buena mujer; es decir, el Sagrado Corazón que veía lo que los demás no, es el mismo que se compadece ante las miserias de la humanidad y que sabe bien recompensar la fe de los pequeños, los humildes y sencillos, predilectos de Dios por sus necesidades; es así que espontáneamente surge la pregunta sobre ¿cómo se habrá preocupado Dios por asistir a esta alma ejemplar que le ofrecía todo lo que tenía con absoluta confianza? …Sólo Dios lo sabe. Pero volvamos a nuestro Señor.

A Jesucristo, como hemos dicho, no se le pasa por alto ninguna de nuestras acciones; cada una de ellas recae bajo su mirada sublime, profunda, que ve y sopesa nuestras obras con exactitud; es por eso que nos confesamos, por ejemplo, para que nos perdone aquello que Él bien conoce y espera que nosotros reconozcamos con total sinceridad y arrepentimiento: Jesús contempla nuestra historia en su totalidad, con todas las veces en que le hemos fallado, con cada infidelidad a su bondad alzando la mano en alto, con cada propósito incumplido, cada falta no corregida, cada pecado cometido y no detestado, etc., y si la conciencia de esta realidad me lleva a la verdadera compunción pues bendito sea Dios, que ilumina al pecador que desea realmente enmendarse y comenzar a tejer junto con su gran Perdonador una nueva historia, que a través del amor y la purificación se dedica a buscar la gloria que a este buen Dios le debe tributar. Y exactamente en este punto debemos repetir y considerar un nuevo aspecto sobre el título de esta sencilla reflexión: “Jesucristo se fija en los detalles”, pero ¿a qué detalles nos referimos?, pues a aquellos detalles que al igual que las dos moneditas de la viuda ejemplar, parecen pequeñeces que para otros podrían no tener importancia, pero no es así para Dios; esos que los intereses mundanos dejan pasar desapercibidos mientras los intereses divinos los aprecian y dejan bien agendados sobre la balanza de la expiación y de los méritos para la eternidad, es decir, esos pequeños detalles que en realidad no son pequeños porque son capaces de ir forjando la grandeza, como ese mal pensamiento rechazado con gran esfuerzo para que no pueda llegar a asentarse con comodidad en nuestro corazón; esos pequeños sacrificios con que “negociamos” para adquirir las virtudes de las cuales carecemos o estamos flacos; esa lengua refrenada para no dañar a mis hermanos; esos perdones tácitos ante las ofensas recibidas que se visten de caridad, de concordia y oración por quienes nos han herido; esos dolores secretos por el bien que no terminamos de hacer a causa de la debilidad de nuestra voluntad; esas lágrimas calladas ante la necesidad; esas espinas que no se pueden quitar mientras veamos alejados de Dios a quienes más amamos y las plegarias prolongadas que miran con confianza, sí, los frutos de la fe, pero desde lejos y apoyadas a veces en las partes más oscuras de la fe…  o hasta el santo sufrimiento por no darle a Dios la gloria que le corresponde.

Todos estos “detalles que parecen tristes”, sin embargo, no lo son, ¡por supuesto que no!; porque Jesucristo los conoce, los valora y los mira siempre con tierna aprobación: nos deja en claro que sí importan, ¡que sí suman!, por pequeños que nos parezcan o que de alguna manera lo sean, pero que no deben dejar de hacerse.

Tal vez tengamos solamente dos moneditas para poner en la ofrenda, pero si lo ofrecemos todo eso vale más que los grandes sacrificios y grandes renuncias que otros tal vez podrán hacer con menos pobreza de espíritu y un amor a Dios más bien escaso: examinemos qué tenemos para darle a Dios aunque parezca poco -¡pero que jamás sean migajas, es decir, no las sobras de nuestro tiempo, las renuncias que no nos cuentan ni los “sacrificios sin sudores”!; tiremos rencores a la basura y corrijamos las malas decisiones; ofrezcamos los esfuerzos de nuestras flaquezas, esas pequeñas privaciones que nos cuestan y esos actos de virtudes que tal vez no resplandecen, pero que para nosotros son arduos de realizar, y que poco a poco se irán asentando y acrecentando. Jamás es poco el darlo todo, jamás es vano dar “nuestras dos moneditas” mientras las demos por amor a Dios, porque Él sabe apreciar mejor que nadie lo que encarecidamente le ofrecemos.

 

P. Jason, IVE.

Dios mío, enséñame a amar tu Cruz.

“Mi vida quisiera que fuera un solo acto de amor…, un suspiro prolongado de ansias de Ti…”

San Rafael Arnáiz

Dios mío…, Dios mío, enséñame a amar tu Cruz. Enséñame a amar la absoluta soledad de todo y de todos. Comprendo, Señor, que es así como me quieres, que es así de la única manera que puedes doblegar a Ti este corazón tan lleno de mundo y tan ocupado en vanidades.

Así en la soledad en que me pones, me enseñarás la vanidad de todo, me hablarás Tú solo al corazón y mi alma se regocijará en Ti.

Pero sufro mucho, Señor…, cuando la tentación aprieta y Tú te escondes… ¡cómo pesan mis angustias!…

¡Silencio pides!… Señor, silencio te ofrezco.

¡Vida oculta!… Señor, sea la Trapa mi escondrijo.

¡Sacrificio!… Señor, ¿qué te diré?, todo por Ti lo di.

¡Renuncia!… Mi voluntad es tuya, Señor.

¿Qué queréis Señor, de mi?

¡¡Amor!! ¡Ah!, Señor, eso quisiera poseer a raudales. Quisiera, Señor, amarte como nadie… Quisiera, Jesús mío, morir abrasado en amor y en ansias de Ti. ¿Qué importa mi soledad entre los hombres? Bendito Jesús, cuanto más sufra…, más te amaré. Más feliz seré, cuanto mayor sea mi dolor. Mayor será mi consuelo, tanto más carezca de él. Cuanto más solo esté, mayor será tu ayuda.

Todo lo que Tú quieras seré.

Mi vida quisiera que fuera un solo acto de amor…, un suspiro prolongado de ansias de Ti.

Quisiera que mi pobre y enferma vida, fuera una llama en la que se fueran consumiendo por amor… todos los sacrificios, todos los dolores, todas las renuncias, todas las soledades.

Quisiera que tu vida, fuera mi única Regla

Que tu “amor eucarístico” mi único alimento.

Tu evangelio mi único estudio.

Tu amor, mi única razón de vivir..

¡Quisiera dejar de vivir si vivir pudiera sin amarte!

Quisiera morir de amor, ya que sólo de amor vivir no puedo.

Quisiera, Señor…, volverme loco… Es angustioso vivir así.

¡Es tan doloroso querer amarte y no poder! Es tan triste arrastrar por el suelo del mundo la materia que es cárcel del alma que sólo suspira por Ti… ¡Ah!, Señor, morir o vivir, lo que Tú quieras…, pero por amor

Ni yo mismo sé lo que digo, ni lo que quiero… Ni sé si sufro, ni si gozo…, ni sé lo que quiero ni lo que hago.

Ampárame, Virgen María… Sé mi luz en las tinieblas que me rodean. Guíame en este camino en que ando solo, guiado solamente por mi deseo de amar entrañablemente a tu Hijo.

No me dejes, Madre mía. Ya sé que nada soy y que nada valgo. Miseria y pecados…, eso es lo único, y lo mejor, que puedo alegar para que tú atiendas mi oración.

Señora, vine a la Trapa, dejando a los hombres, y con los hombres me encuentro. Ayúdame a seguir los consejos de la Imitación de Cristo, que me dice no busque nada en las criaturas y me refugie en el Corazón de Cristo.

Nada quiero que no sea Dios…, fuera de Él todo es vanidad.

Los que hemos dejado todo por seguir a Cristo, ¿hemos dejado todo por seguir a Cristo?

Reflexión dedicada a los consagrados

Sabemos bien que cada palabra, cada gesto, cada acción del Hijo de Dios encarnado pasando entre la humanidad, constituye una enseñanza.  Jesucristo, nuestro Señor, es capaz de adoctrinarnos hasta con las actitudes de quienes lo rodean; tan sólo hay que saber mirar la escena desde la distancia correcta, con la disposición correcta, para contemplar y comprender qué es lo que nos está diciendo a través de cada uno de los detalles que jamás se dejan caer en las infecundas tierras del azar. Y una de estas escenas, de las más conocidas, es su encuentro con el denominado “joven rico” (Mc 10, 17-30), alma buena que cambió la posibilidad de la mayor dicha de su vida por la tristeza que entretejen los afectos mundanos cuando se interponen claramente entre las santas intenciones y los grandes sacrificios, que saben bien recompensar con esas gracias misteriosas que colman y rompen los diques de ciertas felicidades que construimos según nuestro corto entendimiento, como el seguimiento de Cristo pero desde cerca, desde la vereda de los elegidos para estar con Él y compartir la intimidad de su misión.

El joven rico se nos muestra como la representación de la otra esquina, la de los que no quisieron seguir a Jesús y, en contraste con sus fieles discípulos, “no lo dejaron todo para seguirlo” (Cf. Mc 10, 28); y el justo pago a su falta de generosidad fue la mencionada tristeza con la que se marchó: vino en busca del Maestro preguntando con sinceridad sobre la vida eterna; y Jesús le respondió, pero no el joven a Jesús, siendo que “una sola cosa le faltaba”…, por eso se marchó apenado, porque comprendió perfectamente -pues no habían metáforas ni interpretaciones de por medio-, pero no quiso soltar, no se quiso desprender; puso en la misma balanza sus quereres y el querer de Jesucristo para Él, pero -misterio siempre actual-, pesaron más en su corazón sus posesiones que los despojos fecundísimos que nos pide el Evangelio. Y de aquí la primera gran enseñanza general: el fruto de la buena voluntad que le pregunta a Dios qué es lo que debe hacer para darle gloria y ser feliz, pero que antepone a los designios divinos sus afectos desordenados, es la tristeza de saber que ha elegido lo incorrecto y la amargura de la incertidumbre sobre las gracias y bendiciones que su egoísmo no le permitirá conocer mientras no haya sido desterrado del alma, al menos no mientras el alma no se retracte de su mala decisión… y mientras no se le acabe el tiempo o las posibilidades de elegir bien. Esto es lo que eligen quienes son llamados por Dios y le dicen que no, y esto es lo que pasa cuando Dios nos pide ciertas renuncias para nuestro bien, para nuestra purificación, para poder comenzar a tejer sus designios de grandeza en nosotros, pero no se lo permitimos. Oscuro y triste misterio.

Por otro lado están los apóstoles, los que lo dejaron todo y sí siguieron a Jesús, arquetipo de los futuros consagrados que con todas sus imperfecciones y hasta faltas que enmendar, sin embargo, le concedieron al Maestro su respuesta positiva y asentaron las bases del seguimiento de Cristo que constituye nuestra vida consagrada, seguimiento y búsqueda continua de la imitación del nuevo estilo de vida inaugurado por el Hijo de Dios al hacerse hombre: vivir para Dios, servir a Dios en los demás, despojarse de las creaturas mediante los sagrados votos; hombres y mujeres de todo el mundo llamados a refugiarse en Dios y dedicarse a darle gloria; a tratar de amarlo más, de ofrecerle y ofrecerse más; a combatir sin tregua contra sí mismos para convertirse, con la gracia de Dios, en morada agradable de la Trinidad, deseosos de ensanchar el corazón y aprender a crucificarse cada día y padecer por amor a Aquel que los eligió. Pero justamente aquí es donde nos detenemos, nosotros los consagrados, ante la radical pregunta que, “si nos dedicamos a responder” cuantas veces sea necesario durante el desarrollo de nuestra vida espiritual, ciertamente nos traerá muy fecundas consecuencias: ¿lo hemos dejado todo por seguir a Cristo?

El religioso, mediante sus votos y su pertenencia a su familia religiosa, ya lo ha dejado todo por seguir a Cristo, repetimos siempre. Pero dentro de esa radicalidad a los ojos del mundo, todavía es admisible una mayor profundidad a los ojos de Dios, de la cual depende traspasar o no los límites entre el religioso bueno que se conforma con ser bueno, y el religioso bueno y generoso que no se conforma, porque entiende bien que Dios merece más… estos son los que aman más y corresponden más al amor de Dios, y emprenden justamente por amor a Dios la noble y extraordinaria empresa de “aprender a despojarse más”, decisión y determinación por la gloria de Dios que constituye la antesala y el inicio de la santidad: aquí lo que importa es lo esencial, es decir, la gloria de Dios, de la cual la santidad será una consecuencia para el alma.

Tal vez aún hay mucho por dejar: ¿Ya dejé “mis planes” y mis conveniencias?, ¿ya dejé mis caprichos y mis complacencias?, ¿ya dejé de entristecerme por las cruces?, ¿ya dejé atrás las quejas y tristezas ante las incomprensiones y contrariedades?, ¿ya dejé de olvidarme que la Divina Providencia no descansa y no hay instante en que no esté presente sosteniéndome, consolándome y ayudándome a seguir adelante a través de los designios divinos? Si todavía nos falta mucho la respuesta no es entristecerse y marcharse -como lo hizo el joven rico, a quien Jesús miró y amó, como a nosotros-, sino entusiasmarse y “ponerlo en positivo”, de tal manera que sepamos alegrar a Dios y alegrarnos nosotros mismos de los pequeños progresos que podamos ir realizando asistidos por la gracia divina: “por amor a Dios, trabajaré en dejar atrás mis planes y mis conveniencias, mis caprichos y mis complacencias, mis tristezas y mis quejas, mis faltas de confianza y de abandono en las manos divinas; en fin, porque Dios lo quiere me despojaré, porque quiero dejarlo todo por seguirlo”.

Difícil es “dejar lo nuestro”, pero Jesucristo siempre merece nuestro esfuerzo; y si correspondemos a la bondad de su mirada -que se ha querido fijar en nosotros, pobres pecadores-, pagando el precio que haya que pagar, con determinación y alegría sobrenatural, poco a poco iremos dejando más y más de lo que nos impide actualmente una unión más íntima con Dios.

El que todo lo renuncia, todo lo posee, y pasa por la vida con una mirada libre, pura y desposeída.” (san Alberto Hurtado)

P. Jason.

Amar

Grandeza del hombre: poderse dejar formar por el amor.

San Alberto Hurtado

 

El verdadero secreto de la grandeza: siempre avanzar y jamás retroceder en el amor. ¡Estar animado por un inmenso amor! ¡Guardar siempre intacto su amor! He aquí consignas fundamentales para un cristiano.

¿A quiénes amar?

A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías.

Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado… Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño… A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro… Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas… Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles… Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios… Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América… Todos los del mundo: son mis hermanos.

Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios.

Hacer en Cristo la unidad de mis amores: riqueza inmensa de las almas plenamente en la luz, y las de otras, como la mía, en luz y en tinieblas. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!.

Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.

¿A quiénes más amar?

Pero, entre todos los hombres, hay algunos a quienes me ligan vínculos más particulares; son mis más próximos, prójimos, aquellos a quienes por voluntad divina he de consagrar más especialmente mi vida.

Mi primera misión, conocerlos exactamente, saber quiénes son. Me debo a todos, sí; pero hay quienes lo esperan todo, o mucho, de mí: el hijo para su madre, el discípulo para su maestro, el amigo para el amigo, el obrero para su patrón, el compañero para el compañero. ¿Cuál es el campo de trabajo que Dios me ha confiado? Delimitarlo en forma bien precisa; no para excluir a los demás, pero sí para saber la misión concreta que Dios me ha confiado, para ayudarlos a pensar su vida humana. En pleno sentido ellos serán mis hermanos y mis hijos.

¿Qué significa amar?

Amar no es vana palabra. Amar es salvar y expansionar al hombre. Todo el hombre y toda la humanidad.

Entregarme a esta empresa, empresa de misericordia, urgido por la justicia y animado por el amor. No tanto atacar los efectos, cuanto sus causas. ¿Qué sacamos con gemir y lamentarnos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo.

Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó (cf. Lc 10,30-32). El agonizante del camino, es el desgraciado que encuentro cada día, pero es también el proletariado oprimido, el rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo, en todos sus sectores.

La miseria, toda la miseria humana, toda la miseria de las habitaciones, de los vestidos, de los cuerpos, de la sangre, de las voluntades, de los espíritus; la miseria de los que están fuera de ambiente, de los proletarios, de los banqueros, de los ricos, de los nobles, de los príncipes, de las familias, de los sindicatos, del mundo…

Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la más tenaz, la que más oprime, la más fatal. Y el pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males, pero, ¿quién se consagra en cuerpo y alma a atacar las causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía, de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez. Proveer a las necesidades inmediatas, es necesario, pero cambia poco su situación mientras no se abre las inteligencias, mientras no rectifica y afirma las voluntades, mientras no se anima a los mejores con un gran ideal, mientras que no se llega a suprimir o al menos a atenuar las opresiones y las injusticias, mientras no se asocia a los humildes a la conquista progresiva de su felicidad.

Tomar en su corazón y sobre sus espaldas la miseria del pueblo, pero no como un extraño, sino como uno de ellos, unido a ellos, todos juntos en el mismo combate de liberación.

Desde que no se lance seriamente, eficazmente, a preocuparse de la miseria, ella lloverá alrededor de uno; o bien, es como una marea que sube y lo sumerge. Quien quiera muchos amigos no tiene más que ponerse al servicio de los abandonados, de los oprimidos, y que no espere mucho reconocimiento. Lo contrario de la miseria no es la abundancia, sino el valor. La primera preocupación no es tanto producir riqueza cuanto valorar el hombre, la humanidad, el universo.

¿A quiénes consagrarme especialmente?

Amarlos a todos, al pueblo especialmente; pero mis fuerzas son tan limitadas, mi campo de influencias es estrecho. Si mi amor ha de ser eficaz, delimitar el campo –no de mi afecto– pero sí de mis influencias. Delimitarlo bien: tal sector, tal barrio, tal profesión, tal curso, tal obra, tales compañeros. Ellos serán mi parroquia, mi campo de acción, los hombres que Dios me ha confiado, para que los ayude a ver sus problemas, para que los ayude a desarrollarse como hombres.

Lo primero, amarlos

Amar el bien que se encuentra en ellos. Su simplicidad, su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador, sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan ante sus familias…

Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias… Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la tuberculosis. Mi misión no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos en su miseria, mientras yo como tranquilamente y mientras nada me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas, su alimentación deficiente, la falta de educación de sus hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, me desgarre a mí también.

Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se expansione en ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados; que sepan usar correctamente de su razón, discernir el bien del mal, rechazar la mentira, reconocer la grandeza de la obra de Dios, comprender la naturaleza, gozar de la belleza; para que sean hombres y no brutos.

Que los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente. Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten; que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten; que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad.

Y esto no es más que la traducción de la palabra “amor”. Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9).

Toda luz de la razón natural es luz de Cristo; todo conocimiento, toda ciencia humana. Cristo es la ciencia suprema. Desde que los abrimos a la verdad, comienza a realizarse en ellos la imagen de Dios. Cuando desarrollan su inteligencia, cuando comprenden el universo, se acercan a Dios, se asemejan más a Él.

Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas. ¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo, cara a cara (1Cor 13,12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar su mirada hasta saciarse del mismo Dios.

Y este llamamiento es para cada uno de ellos: para los más miserables, para los más ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para ellos todos (cf. Jn 1,5). Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán profundamente desgraciados.

Amarlos para que adquieran conciencia de su destino, para que se estimen en su valor de hombres llamados por Dios al más alto conocimiento, para que estimen a Dios en su valor divino, para que estimen cada cosa según su valor frente al plan de Dios.

Amarlos apasionadamente en Cristo, para que el parecido divino progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda creatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se expansione en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo (cf. Col 1,24).

Amarlos apasionadamente. Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada se pierde de lo que se hace en el amor.

 

 “La búsqueda de Dios”, pp. 59-63

Mi viejo rosario

Reflexión

El 30 de mayo del 2006, vísperas de nuestra primera profesión de votos, mi mamá me entregaba un pequeño y hermoso crucifijo. Y al hacerlo me contó su sencilla e interesante historia: resulta que un día, hablando con una señora que le compraba telas en ese momento, salió el tema de que me encontraba en el seminario para ser sacerdote, entonces la señora le dijo a mi mamá: “tengo algo para su hijo”, y después le entregó dicho crucifijo, el cual se había encontrado en la calle unos 40 años atrás, pensando que “debía guardarlo para una ocasión especial”, la cual “se dio cuenta que había llegado al hablar con mi mamá”. Y así, luego de 4 décadas piadosamente guardado, llegó a mis manos. Y desde el principio me encantó. Años después, ya como sacerdote en nuestro monasterio del Socorro, en Tenerife, el P. Romanelli viajaba desde Medio Oriente para predicarnos nuestros ejercicios espirituales anuales, dejándonos como regalo a cada monje un rosario traído desde Tierra Santa, tocado al Santo Sepulcro, sencillo, al cual con gran aprecio le cambié la cruz de madera por el pequeño crucifijo que desde el primer año de seminario me venía acompañando. Esta es la simple historia de mi “viejo rosario”, que si bien tiene apenas 11 años, en años de rosarios y sus respectivos Ave Marías pasando a través de él, considero que es bastante, pues sus cuentas están notablemente deterioradas: su madera ya no brilla y más de alguna deja ver una pequeña grieta que amenaza dividirla en dos; además, después de habérseme cortado varias veces, hoy luce un nuevo cordel que ha vuelto a unirlo todo en armonía, contrastando un poco con el uso que se deja ver claramente en todo lo demás, pero especialmente en el hermoso crucifijo, que luego de todo este tiempo, está realmente desgastado.

La primera tragedia de su crucifijo fue la pérdida de su pequeño “INRI”, acontecida por un descuido que lo dejó en el bolsillo de mi hábito al lavarlo; después fue perdiendo su color original, pues la madera era negra y la parte metálica era plateada. Fue desapareciendo aquel pequeño rostro que más o menos se dejaba apreciar, y que hoy por hoy no se distingue, así como los pliegos que representaban esa tela que apenas cubría el sacrosanto cuerpo del Señor. En síntesis, se perdieron sus rasgos por el tiempo, pero no por eso deja de ser hermoso, de hecho, su desgaste lo reviste de algo especial, le da una belleza que no es estética, esa que es diferente y no siempre es estimada, y es exactamente lo que me ha movido a escribir y compartir esta sencilla reflexión sobre un aspecto de la vida espiritual, o mejor dicho, una verdad que con visión sobrenatural podemos ver, y comprender, y profundizar, y hasta imitar si decidimos emprender con seriedad la dichosa búsqueda de la voluntad de Dios; y que podemos contemplar de manera sublime en el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, pero también en sus santos y en toda alma recta -cada cual a su modo, se entiende-, y que es ese maravilloso “desgastarse por la gloria de Dios” que debería ser nuestra gran aspiración en esta vida, y que quizás a ratos lo es, pero que si fuera una constante…, o mejor aún, un trabajo continuo, es decir, ininterrumpido, ciertamente transformaría nuestra vida y la de quienes nos rodean, como hacen los santos que parece que todo lo que tocan de alguna manera se ve afectado por ellos, con sus más y sus menos, pero es que ese “desgaste” paradójicamente parece ser la razón de su fortaleza espiritual y su santa determinación… Espero poder expresarme bien, es decir, no estamos hablando de una especie de destrucción de la salud o imprudencia respecto a nuestras capacidades, pues cada cual tiene “su máximo y sus límites”, pero también es cierto que en las almas ejemplares vemos cómo el amor a Dios constantemente va empujando esos linderos y le van permitiendo realizar esa maravillosa desproporción que llamamos magnanimidad, pequeñez del alma puesta en manos de Dios con todas sus fuerzas, con toda su confianza, con todo su amor, las cuales Dios mismo va acrecentando para recompensar al alma y hacerla “más partícipe” de su obra. Hay que ser prudentes, hay que ser sensatos, pero también hay que ser generosos y cada vez más, pedir la gracia de serlo, de “aprender a desgastarse” por la gloria de Dios, como hemos dicho, discerniendo y rechazando nuestras excusas.

Cuando miro el crucifijo de mi viejo rosario, no pienso que ya no sirve (¿y quién lo haría?), o que ya no ayuda a rezar bien, ¡nada de eso!; es decir, no está roto sino desgastado, porque le pasaron por encima años de oraciones, y ha estado en el bolsillo de mi hábito y luego en la capilla, o acompañándome por el jardín; siempre testigo de las plegarias a nuestra Madre del Cielo que van pasando por sus cuentas. Y en su desgaste veo reflejado aquel que exige el amor de Dios, ese por el cual los santos se consumen y se vuelven más y más fecundos.

Una vez un compañero de seminario me contaba que la biblia de su mamá llamaba la atención porque las hojas de los evangelios estaban muy gastadas en comparación con el resto, y se entiende perfectamente lo que esto significa. Recuerdo también haber leído una biografía de san Bernardo que decía que a los 40 años se veía como si tuviera más de 50; o la madre santa Teresa de Calcuta, en cuyo rostro se veía también el desgaste, pero el de los santos, ese que es fecundo, que jamás se desanima, que sabe sacar nuevas fuerzas del contacto con Dios en la oración y que hermosea… como el crucifijo de mi viejo rosario.

Desgastarse por la gloria de Dios, como hemos dicho, significa aprender a consumirse de alguna manera en la correspondencia a su amor, y es una gracia que debemos pedir constantemente. Tal vez nos falta mucho, tal vez todavía no nos determinamos con firmeza, pero también, tal vez, hoy podríamos comenzar a hacerlo si nos decidimos.

P. Jason.

Ese Judas que regresa

Breve reflexión sobre la verdadera conversión

P. Jason Jorquera, IVE.

Una de aquellas misteriosas interrogantes que jamás encontrarán respuesta definitiva en esta vida, aunque sí posibles y fecundas conjeturas, es aquel oscuro misterio que vino a manchar hasta el fin de los tiempos un nombre y un proceder, siempre tristemente recordados como aquel “amigo traicionero” (Cf. Mt 26, 50), aquella columna despeñada, aquel fatídico negocio cuya ganancia fue la pérdida más terrible de todas (Mt 26,14-16), y cuyo autor se convirtió en una especie de manifestación tangible de aquella infidelidad primera de los ángeles, los cercanos de Dios, que decidieron darle la espalda a su Creador y bienhechor, pero con la grande y penosa diferencia, de que esta vez lo que se rompía era aquella novedosa exclusividad que el Hijo de Dios en persona había venido a inaugurar de una manera completamente nueva, íntima: la amistad del hombre-Dios con sus elegidos (Jn 15, 15). Amistad traicionada por Judas.

He aquí una de las posibles preguntas ante el triste acontecimiento: ¿qué hubiera pasado si Judas, “arrepentido y convertido”, hubiese regresado? Formulamos así esta pregunta a la luz de las palabras del santo Cura de Ars, quien en su contundente sermón acerca del “aplazamiento de la conversión”, dice así: “Muchos se pueden haber arrepentido, pero convertirse es otra cosa. Llamar a un sacerdote por temer el mal que viene no implica convertirse, Judas se arrepintió y devolvió el dinero y sin embargo se colgó…” (Cf. Mt 27,3-10); es decir, “se arrepintió” porque se dio cuenta de lo que había hecho, y hasta se deshizo del fruto de su infidelidad; incluso su corazón se llenó de dolor al sopesar que había entregado a su Maestro, este Dios encarnado tan extraordinario y tan enamorado de los pecadores que aun sabiendo cada una de sus faltas lo había elegido y llamado para que estuviese junto con Él. Pero, atendiendo las palabras del santo, el problema de Judas -y de todo aquel que traicione a Dios dándose cuenta, luego, de la malicia de su obrar-, es que dicho arrepentimiento “se quedó incompleto”, pues le faltó la conversión, fruto inmediato de la verdadera compunción, dolor sincero y sin tapujos por haber ofendido a Dios y arruinarle con nuestras faltas los planes de santidad que nos tenía preparados; pero dolor realista a la vez, pues sabe bien que no es imposible para Dios levantarnos del pecado que sea, sacarnos de la corrupción más terrible, transformando nuestro barro en una obra de arte si nos entregamos en sus manos. El pecador que se reconoce como tal y acepta la misericordia de Dios, comprende bien que su miseria se ha convertido en el gran atractivo del Sagrado Corazón, y no por que ame los pecados obviamente, sino porque ama al pecador que anda extraviado, razón de haber asumido nuestra naturaleza herida para venir a invitarnos a aceptar su redención. Esa es la verdadera compunción: un dolor real, pero que confía en quien ha venido libremente por los pecadores, y de ahí a la profunda conversión que conjuga nuestro dolor de los pecados y nuestra confianza en el Padre celestial, con su infinita misericordia para forjar así a las almas agradecidas y enamoradas que comienzan a ser mejores, purificándose de sus faltas y adornándose con virtudes…, estas son las almas que regresaron junto a Dios después de su traición.

Entonces, volvamos a nuestra pregunta: ¿qué hubiera pasado si Judas, “arrepentido y convertido”, hubiese regresado?; y la respuesta no es difícil de formular e imaginar, y hasta la podemos ver reflejada de alguna manera en el vicario que negó a su Señor tres veces: Pedro también le falló a Jesucristo, y enseguida de sus promesas de ir con Él hasta la muerte la noche de su ordenación sacerdotal. Su traición también fue terrible, pero la gran diferencia entre uno y otro “amigo” de Jesucristo, es que uno no desesperó, es que uno sí confió en la compasión que tantas veces había predicado y mostrado su Maestro delante de sus propios ojos, con ellos, los imperfectos, los pasionales, los que no terminaban de comprender la grandeza de su elección ni del amor de su Señor. Pedro lloró amargamente, pues se arrepintió de corazón, y luego no se echó atrás, sino que “regresó junto a Jesús”, porque sabía que Él no sabe de guardar rencores ni de no dar nuevas oportunidades, en su Sagrado Corazón no hay lugar para eso, pero sí para los pecadores, los que se arrepienten, le piden perdón y se deciden a cambiar con la ayuda de su gracia. Pedro se arrojó con el mayor de los entusiasmos donde Aquel a quien había traicionado, porque sabía perfectamente que Jesús no lo rechazaría, ¡y cómo hacerlo, si había dado su vida por él!; el negador sí completó su arrepentimiento, aún siendo imperfecto todavía, y esto le valió para alcanzar la santidad hasta dar la vida por aquel a quien había reconocido como el Cristo, el Hijo de Dios, el mismo que lo elegía, perdonaba y trasformaba a partir de ahora.

Si Judas hubiese regresado, Jesús lo habría recibido también con los brazos abiertos, y al igual que a Pedro y los demás, ciertamente le habría confirmado su elección; tal vez con las mismas palabras de Getsemaní, llamándolo “amigo”, y recibiéndolo con un beso cargado de compasión y de perdón, invitándolo desde aquel mismo momento a reparar la amistad que la traición había destruido.

Por gracia de Dios, por su divina misericordia y eterna bondad, sabemos cuál es el final del pecador arrepentido y convertido que persevera. Sabemos por la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo que si lo hemos ofendido podemos regresar con Él. En definitiva, sabemos bien que podemos ser perfectamente “aquel Judas que regresa”, si es que lo hemos ofendido gravemente. Pero lo más hermosamente fascinante de todo esto, es que ese “ir donde Jesucristo” no se acaba con la conversión, es decir, no es que porque vivimos en gracia de Dios ya cumplimos y punto, sino que constantemente debemos acudir a Él, en la oración, en los sacramentos, en las pruebas, en las purificaciones; y seguir forjando una amistad cada vez más profunda y una intimidad más fecunda, que fue lo que hicieron -y hacen- las almas buenas y santas, que permanecen con Jesucristo, sí, pero que desean ir cada vez más allá en las amorosas consecuencias de esta amistad que Dios mismo ha decidido establecer con nosotros.

Que el posible peso de nuestras culpas no le cierre la puerta al arrepentimiento, y que nuestro arrepentimiento no se quede a medio camino, sino que desemboque en una constante conversión, cimentada en la confianza en Aquel que jamás rechaza a quien acude a Él, y que no deja de esperar nuestra correspondencia a su divina misericordia. Que jamás desesperemos.

“En ocasiones, Dios no desdeña de visitarnos con su gracia, a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón […]. Tampoco tiene a menos hacer brotar en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con clemencia. Pero hace más: se difunde en nuestros corazones, para que siquiera su toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza (Casiano, Colaciones)