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La soledad de María Santísima

Meditación del Viernes Santo…

(Una invitación a imaginar)

P. Jason Jorquera M.

Una vez oí a un sacerdote en el seminario decir que cuando una mujer pierde a su marido la llamamos viuda; cuando un hijo pierde a sus padres lo llamamos huérfano; pero cuando una madre pierde a su hijo…, es un dolor que no tiene nombre.

Y en el caso de María santísima, como es único, porque perdió al mismo tiempo a su Hijo que era Dios, la santa Iglesia le ha puesto un nombre a este momento tan doloroso y lo ha llamado la soledad de la Virgen.

Dice Royo Marín que a partir de las palabras de la profecía del anciano Simeón María comienza a ser, desde entonces y sobre todo, “la Virgen de los dolores”,  porque sabe que su Hijo será signo de contradicción y que, a su vez, una espada le atravesará el corazón (Lc 2,35), profecía que culmina en esta soledad que hoy recordamos.

     El recuerdo de la soledad de la Virgen está unido inseparablemente al primer Viernes Santo de la historia. Y para conmemorar esta soledad de la Madre de Dios, hoy se nos propone acompañar a la Virgen por su vía dolorosa, es decir, por el Vía Crucis que atravesó su alma pura.

     Consideremos a la madre al pie de la Cruz…

Cómo contempla con heroica fortaleza aquel último suspiro de su Hijo amado; suspiro que junto con su vida parece querer llevarse también la de su Madre. La Virgen había perdido todo, como si hubiera perdido su vida misma: su pena era grande como el mar y nadie la podía compartir, estaba más allá de las palabras.

     Miremos a José de Arimatea y Nicodemo

Los dos nobles judíos descolgaron cuidadosamente el cadáver del Mesías y lo entregaron a su Madre. Dice el Padre Castellani que aquí comienza propiamente la soledad de María que el pueblo cristiano contempla la noche del Viernes Santo. Porque este es el último abrazo de la Madre al cuerpo inerte de su inocente Hijo, y así también es la primera escena de la corredención que la iglesia naciente puede visiblemente contemplar.

De ella escribe el poeta:

“he aquí helados, cristalinos

en el maternal regazo

muertos ya para el abrazo

aquellos miembros divinos.

Fríos cierzos asesinos

helaron todas las flores,

oh madre mía, no llores.

Cómo lloraba María.

la llaman desde ese día

la Virgen de  los dolores”

(Gerardo Diego)

     Es por eso que la santa Iglesia aplica de manera admirable a la Virgen María las palabras del profeta jeremías: “¿a quién te compararé y asemejaré, hija de Jerusalén?, ¿a quién te igualaría yo para consolarte, virgen hija de Sion? Tu quebranto es grande como el mar” (Lam 2,13); y explica Royo Marín: Porque así como el mar es lo más extenso, lo más profundo y lo más amargo que existe sobre la tierra, así fue también el dolor de la Virgen:

1°) El dolor más extenso, porque abrazó toda su vida;

2°) El más profundo, porque procedía del más profundo de todos los amores: el amor hacia su Hijo que era a la vez su Dios;

3°) El más amargo, porque no hay tormento ni amargura que se pueda comparar al martirio que sufrió María al perder a su Hijo, a “su Jesús”.

Jesús ya no está

Y la Virgen queda sola en estas terribles horas de tinieblas  con su única y gran compañera que es la fe.

Dice el P. Castellani que ella sabía que Jesús había de resucitar, pero eso no suprimía su pena, que era “presentemente demasiado grande”. Una aflicción muy grande llena y domina el alma; ¿acaso una madre que ha visto morir a su hijo cesa en su llanto por pensar que ahora está en el cielo?, el consuelo futuro se hace como lejano… pues María conserva la fe en las promesas de su Hijo, sabe que volverá, pero también conserva su delicado corazón de madre, que no cesa de repetirle en cada latido que Jesús ya no está.

     Luego llega el momento de depositar el cuerpo del Señor en el sepulcro

Con cuánta dificultad lo entregaría la Madre que ahora inclusive de esto se ve privada cuando la roca sella la entrada del sepulcro.

La madre de la iglesia naciente regresa desolada hacia el cenáculo. Habrá regresado por el mismo lugar, tal vez reconociendo en el camino de regreso varias manchas de la sangre preciosísima de su Hijo: la sangre que tomó de sus entrañas purísimas y que ahora derramó maravillosamente por la redención de los hombres. Bien se aplican a la Virgen las palabras del profeta en estos terribles momentos: “Oh, vosotros cuantos pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor, a dolor con que soy atormentada” (Lam 1,2).

Pensemos que al pasar por el calvario se detiene unos instantes ante la cruz…

Quedaba por primera vez sobre la tierra el símbolo que fija la dirección de nuestras vidas; y María así la contempla.

Luego recoge las reliquias de la pasión del Redentor: los clavos, la corona de espinas, los lienzos, y continúa hacia el cenáculo.

Entra silenciosa, y encuentra allí a todos los que habían huido…

Ahí están los apóstoles como apóstatas que habían abandonado al Maestro; ahí están escondidos los que habían prometido seguirlo hasta la muerte. Pedro es el primero en acercarse, avergonzado, como con odio contra sí mismo, deshecho en lágrimas pero confiando en la misericordia de Jesús que “lo miro”…; y lo miró no como el soberano juez, sino como manso Cordero.

     También los demás apóstoles se acercan y le piden perdón; están todos menos el traidor: el resto no desesperó. Y María santísima, como verdadera y tierna madre, en nombre de su Hijo los perdona y los consuela; y la más desconsolada se vuelve el único consuelo.

Luego pide estar sola… quiere rezar, quiere meditar en el plan divino que se cumple en su divino Hijo, necesita recogerse en el silencio pues, como sea, acaba de morir su Hijo.

Nosotros, como escondidos, contemplando a la Virgen en estos momentos podemos observarla en su silencio: la Virgen, las tinieblas y su fe.

     De pronto se dejan caer tanto dolorosas como tiernas lágrimas de los ojos purísimos de la más santa de las mujeres, de la “más madre” de todas, ¡y por qué no!, si el mismo Cristo consagró y dignificó las lágrimas al derramarlas Él también por su amigo Lázaro y cuando miró desde lejos a Jerusalén, la ciudad santa que venía a salvar y que terminaría entregándolo a la muerte. Las lágrimas de María no contradicen su fortaleza: conserva la fe, tiene firme su esperanza pero aún posee, y más que nunca, sus maternales entrañas. Llora por su Hijo, llora por su soledad, pero el sufrimiento de María es completamente diferente al de los demás pues no desespera y esto es lo “maravilloso” de su dolor, pues el dolor de la Virgen que está en la más profunda  desolación y abandono, inmersa en las más densas tinieblas del espíritu, sin su Hijo y sin consuelo, y, sin embargo, es un dolor que espera. Porque María posee algo más fuerte que la muerte y ese algo es la fe: la fe se purifica en el dolor, en el sufrimiento, en las tinieblas, en las pruebas,… en la soledad.

     La Virgen de los dolores en su máxima soledad nos ha dado el mayor ejemplo de fe: más que los santos, incluso más que los mártires, porque a los ojos del mundo esperó contra toda esperanza, y a los ojos de la fe no dudó nunca que volvería a ver a su Hijo, pese a su dolor, pese a su terrible soledad, pese a que todo lo demás le decía lo contrario.

     En este día nosotros debemos compartir la soledad de la Virgen, la soledad de la “Madre de los dolores”, pues Jesús ya no está… ha muerto por nuestros pecados para darnos vida con su muerte.

     La Virgen supo esperar. Esperemos nosotros también con ella, con sus sentimientos y aflicciones en esta ausencia de Jesús nuestro Señor.

     Le pedimos a la santísima Virgen de los dolores la gracia de poder esperar junto con ella el regreso de su querido Hijo, de acompañarla en su dolor, de compartir sus penas y de purificar junto con ella nuestra fe en la esperanza, aun cuando ésta sea lo único que permanezca en la soledad.

Se lo pedimos con las hermosas palabras que le dedica José María Pemán al final del poema que le escribe a su soledad:

“…Pero en tanto que Él asoma,

Señora, por las cañadas,

-¡por tus tocas enlutadas

Y tus ojos de paloma!-

Recibe mi angustia y toma

En tus manos mi ansiedad.

Y, séame, por piedad,

Señora del mayor duelo,

Tu soledad sin consuelo,

Consuelo en mi soledad.”

Jesucristo en la cruz: ejemplo de todas las virtudes

Fragmento del

“Credo comentado”

Nº 71-73

Santo Tomás de Aquino

 

En efecto, como dice San Agustín, la Pasión de Cristo basta totalmente como instrucción para nuestra vida. Pues quien anhele vivir de manera perfecta, que no haga otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y que desee lo que Cristo deseó. Porque ningún ejemplo de virtud falta en la cruz. Pues si buscas un ejemplo de caridad, “nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por sus amigos”, Jn 15, 13. Y esto fue lo que hizo Cristo en la cruz. Por lo tanto, si Él dio su vida por nosotros, no se nos debe hacer pesado soportar por El cualquier mal. Salmo 115, 12: “¿Qué le daré al Señor por todo lo que El me ha dado?”.

Si buscas un ejemplo de paciencia, excelentísimo lo encuentras en la cruz. En efecto, de dos grandes maneras se manifiesta la paciencia: o bien padeciendo pacientemente grandes males, o bien padeciendo algo que podría evitarse y que no se evita.
Pues bien, Cristo soportó en la cruz grandes males. Treno I, 12: “Oh, vosotros todos, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor”; y pacientemente, porque, “al padecer, no amenazaba”, I Pedro 2, 23; e Isaías 53, 7: “Como cordero llevado al
matadero, y como oveja muda ante los trasquiladores”. Además, Cristo pudo evitarlos, y no los evitó. Mt 26, 53: “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que me enviaría luego más de doce legiones de ángeles?”.
Grande es, pues, la paciencia de Cristo en la cruz. Hebr 12, 1-2: “Por la paciencia corramos al combate que se nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús, el cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia”.

Si buscas un ejemplo de humildad, ve el crucifijo: en efecto, Dios quiso ser juzgado bajo Poncio Pilato y morir. Job 36, 17: “Tu causa ha sido juzgada como la de un impío”. En verdad como la de un impío: “Condenémosle a una muerte afrentosa”, Sabiduría 2, 20. El Señor quiso morir por su siervo, y el que es la vida de los Angeles por el hombre. Filip 2, 8: “Hecho obediente hasta la muerte”.

Si buscas un ejemplo de obediencia, sigúelo a El. que se hizo obediente al Padre hasta la muerte. Rom 5, 19: “Como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo muchos fueron hechos justos”.

Si quieres un ejemplo de desprecio de las cosas terrenas, sigúelo a El, que es el Rey de Reyes y el Señor de los señores, en quien se hallan los tesoros de la sabiduría, y que sin embargo en la cruz estuvo desnudo, objeto de burla, fue escupido, golpeado, coronado de espinas, y abrevado con hiel y vinagre, y murió. Por lo tanto, no os impresionéis por las vestiduras, ni por las riquezas, porque “se repartieron mis vestiduras”, Salmo 21, 19; ni por los honores, porque a mí me cubrieron de burlas y de golpes; no por las dignidades, porque tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre mi cabeza; no por las delicias, porque “en mi sed me abrevaron con vinagre”, Salmo 68, 22. Sobre Hebr 12, 2: “El cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia”, dice San Agustín: “El hombre Jesucristo despreció todos los bienes terrenos para enseñarnos que deben ser despreciados”.

La séptima palabra

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Lc 23,46

 

 Las primeras palabras que Jesucristo declamó en la cruz fueron dirigidas al Padre y en favor de los hombres. Éstas últimas también se dirigen al Padre, pero esta vez para poner en sus manos la obra que acaba de consumar entregando hasta el último hálito de vida, cerrando así esta especie de “testamento ejemplar”, que se pronunció con palabras humanas pero se escribió con la sangre divina del Hijo… y fue sellado con la aceptación benévola del Padre.

Es muy significativo que Jesús hable aquí de “las manos del Padre”, por toda la riqueza nocional que posee esta realidad aplicada a Dios, espiritual y, por tanto, incorpóreo. Las manos sirven para trabajar, manifiestan poder, fuerza; son capaces de defender y defenderse, de ayudar, de dar… y también de recibir, de aceptar, e inclusive nos ayudan a rezar. A la luz de esta sencilla consideración podríamos notar que Jesucristo se encomienda en las manos divinas del Padre que han sido las mismas que escribieron  la historia de la salvación del hombre: Ellas lo formaron[1], ellas lo protegieron, le enviaron mensajeros para preparar la venida del mesías Redentor[2], ellas acompañaron toda la obra de Cristo desde que entró en este mundo como Hijo del Altísimo[3] para salvarlo, y ahora, en esta hora culminante, son estas mismas manos las que reciben paternalmente el sacrificio del Cordero sin mancha[4], porque las manos de Dios siempre están abiertas, tanto para dar como para recibir, y ¡¿cuánto más para aceptar este santo sacrificio obrado por su Hijo amado, aquel en quien tiene sus complacencias?! [5]

Toda obra puesta en las manos de Dios y según su voluntad produce siempre frutos abundantes y tal es la virtud, la eficacia de la obra redentora de Jesús, que nos alcanzó las llaves de los cielos que con el pecado se habían extraviado, puesto que Jesucristo vino para cumplir la voluntad del Padre[6]  y la llevó a cabo en plenitud.

…“en tus manos encomiendo mi espíritu”… lo único que le quedaba a Jesús era su vida, consagrada toda a pregonar la misericordia infinita del Padre, a ofrecer su perdón a los pecadores, en definitiva, a salvar lo que se había perdido[7]; esta maravillosa vida es la que encomienda con su espíritu en las manos del Padre. Jesús cita el salmo 31 y se lo apropia en este último aliento que le queda para luego expirar triunfantemente en el madero de la cruz, manifestando así que toda su confianza está puesta en el Padre, ya que el versículo termina afirmando: “Tú, el Dios leal, me librarás[8]; leal, porque Dios no puede fallar; libertador, porque ciertamente que librará a su Hijo de la muerte, al igual que a todos aquellos que aprovechen esta sangre redentora que, a partir de este momento, seguirá llamando a las almas junto al seno del Padre hasta el fin de los tiempos. De esta manera la invitación de Jesucristo permanecerá latente mientras permanezca la cruz en el mundo, invitación a encomendarse sin reservas a “las manos del Padre”, cada uno uniendo su cruz a la del Cordero de Dios que desea con ardor compartir su cáliz: copa de eternidad, locura para el mundo pero sabiduría de Dios y victoria del alma sobre el pecado y sobre la muerte.

Oración: Dios Padre Todopoderoso, te suplico por tu Hijo Jesucristo, que me concedas la gracia de encomendarte la vida sin condiciones ni reservas, sino completamente abandonado a tu santa voluntad y no a mis caprichos. Que te sea fiel hasta la muerte, en la fe que me has brindado, en la enseñanza que me has dejado, en la santa Iglesia que has instituido como madre de las almas, y en el seguimiento de tu Hijo amado, obediente hasta la Cruz.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

P. Jason Jorquera M.

«A la expiración de Cristo»
(Fragmento)

     Desamparado de Dios,

del hombre puesto en un palo,

el alma tiene Jesús

en sus santísimos labios.

     A su Padre Eterno mira,

abriendo los ojos santos,

que ya cerraba la muerte

atrevida del velo humano.

     Con voz poderosa dice,

cielos y tierra temblando:

mi espíritu, Padre mío,

pongo en tus sagradas manos

     Y bajando la cabeza

sobre el pecho quebrantado,

a la muerte dio licencia

para que flechase el arco.

De Lope de Vega.

 

[1] Cf. Gén 1,26 y sgts.

[2] Cf. Jer 29,19

[3] Lc 1,35  “El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios.”

[4] Cf. Lev 9,3; 23,12; Núm 6,14; Ez 46,13; etc.

[5] Cf. Mt 17,5

[6] Cf. Lc 22,42

[7] Mt 18,11

[8] Sal 31,6

La sexta palabra

Todo está consumado

Jn 19,30

 

 Consumar quiere decir llevar a cabo totalmente algo, terminarlo hasta en los más mínimos detalles. Así, pues, consumar una obra no es otra cosa que terminarla perfectamente. ¿Qué es lo que Jesucristo ha consumado?, pues nada menos que su gran obra, la de venir al mundo a entregar su vida y ofrecerla al Padre en reparación de los pecados de los hombres, alcanzándoles así su redención.

Todo está consumado, porque en Jesucristo se cumplen las Escrituras, Él es el siervo sufriente que, por su obediencia al Padre, se ha convertido en el Defensor vivo del hombre[1], porque ha venido a morir, pero para resucitar y ofrecer resurrección.

Jesucristo no ha venido a abolir la ley ni los profetas[2], sino a dar cumplimiento a los misteriosos designios de salvación, dando con su muerte en la cruz cumplimiento perfecto a las profecías, pues ¿acaso no era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?[3] Jesucristo consuma su paso por la tierra dándonos su vida para volver a tomarla Él mismo después, glorificado, porque Cristo nunca deja las cosas a medias: no se limitó tan sólo a defender a la mujer adúltera arrepentida, sino que además le perdonó sus pecados[4]; no se conformó con alabar la fe de la mujer cananea delante de todos sino que además le aseguró el cumplimiento de lo que pedía[5]; no restringió la salvación tan sólo al pueblo elegido sino que la extendió a todos los hombres que quieran abrazarla; y ahora, en sus últimos momentos de vida mortal, nos manifiesta claramente que no le bastó con el Tabor sino que quiso llegar hasta el Gólgota para, desde allí, atraer a todos hacia Él[6].

Es llamativo encontrar aquí estas palabras con que Jesús se dirige al Padre ofreciéndole toda su obra en favor de las almas y no, por ejemplo, en la Ascensión, ¿Por qué?, ¿acaso no falta aún la resurrección y la segunda venida?, ¿cómo es posible que todo esté consumado en el momento en que se va extinguiendo poco a poco la vida terrena del Cordero de Dios?, y la respuesta es, sencillamente, que justamente en ese mismo momento Jesús comenzaba su triunfo[7], porque la victoria de Jesús está latente en la cruz, donde venció la muerte muriendo, y junto con ella al pecado para enseñarnos que también nuestra vida no podrá jamás decirse triunfante sobre el pecado si no es en la cruz que manifiesta su entrega total, absoluta, es decir, que allí y sólo allí, realmente “todo está consumado”. De la misma manera que no hubiese habido pascua sin el cordero pascual, tampoco hubiese habido redención sin el sacrificio del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo [8]y da la vida eterna a sus ovejas, pero esta vida eterna debía ser conquistada mediante este misterioso holocausto llevado a cabo en el Gólgota y sobre el altar santo de la cruz, donde la Víctima perfecta se ofrece plenamente hasta consumirse en ese amor del Padre que tanto amó al mundo[9]

El sacrificio requería un ministro, y éste fue el Sacerdote eterno; exigía una víctima, y ésta fue el mismo Cordero de Dios; necesitaba fuego, y éste fue el fuego del amor divino; y, finalmente, la ofrenda debía consumirse completamente, y ésta fue la vida del Hijo de Dios que se extingue lentamente perfumando eternidad… nada más falta: “Todo está consumado”.

Oración: Oh Jesús mío, Cordero de Dios sin mancha, concédeme la gracia de consumar mi vida a tu servicio; te ruego que escuches mi sencilla súplica y me brindes, por tu infinita misericordia, la triple perseverancia: en la vocación que me has dado, en la gracia que me has concedido, y en el trance final de mi breve paso por este mundo en búsqueda de tu gloria y mi eterna salvación.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

P. Jason Jorquera M.

«A Cristo en la cruz»

  Pender de un leño, traspasado el pecho,

y de espinas clavadas ambas sienes;

dar tus mortales penas en rehenes

de nuestra gloria, bien fue heroico hecho.

     Pero ¿qué fue nacer en tanto estrecho

donde para mostrar en nuestros bienes,

a donde bajas, y de donde vienes,

no quiere un portalillo tener techo?

     No fue esta gran hazaña, ¡oh gran Dios mío!,

del tiempo, por haber la helada ofensa

vencido en tierna edad, con pecho fuerte:

     (Qué más fue sudar sangre, que haber frío)

sino porque hay distancia más inmensa

de Dios a hombre, que de hombre a muerte.

De Góngora.

 

[1] Cf. Job 19,25

[2] Cf. Mt 5,17

[3] Lc 24,26

[4] Jn 8,11

[5] Cf. Mt 15,28

[6] Cf. Jn 12, 32

[7] San Alberto Hurtado, La  búsqueda de Dios, Las virtudes viriles pp. 50-56.

[8] Cf. Jn 1,29

[9] Jn 3,16  “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

La quinta palabra

Tengo sed

Jn 19,28

 

 

       Sabiendo Jesús que ya todas las cosas estaban cumplidas… dice: Tengo sed.”

Ciertamente que después de la flagelación, después del extenuante camino hacia el calvario y luego de estar clavado durante horas en la cruz desangrándose, entre crueles espasmos, no resulta extraño que Jesucristo tenga sed, de hecho daba así cumplimiento una vez más a las Escrituras, puesto que el salmo que comienza con la cuarta palabra reza claramente: “Mi paladar está seco como teja y mi lengua pegada a mi garganta…”[1]. Está sediento, el Hijo de Dios está sediento, pero no es ésta una sed cualquiera, ¡oh, no!, no es tan sólo la necesidad del agua para satisfacer al cuerpo… es mucho más que eso; más que una necesidad es un deseo ardiente de quien “ardientemente” ha deseado comer esta pascua[2], y ardientemente también esperaba su momento triunfal en el madero, y que sólo se comprende con los ojos de la fe: Jesucristo desde siempre, pero sobre todo desde la cruz, tiene una vehemente sed de almas: ¿cómo no tenerla en esta hora culminante de su obra el Buen Pastor que vino a dar la vida por sus ovejas? [3]; ¿cómo no tenerla quien se hizo Camino, Verdad y Vida[4] para quien se hallaba bajo el sello del pecado? Oh misteriosos designios divinos, locura para la sabiduría humana[5], ápice del amor divino para la fe: quien vino a saciar la sed de Dios que tenían los hombres, hombre también se hace y de ellos tiene sed; el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás[6], le dijo a la samaritana, y en ella a todos nosotros y, sin embargo, Él mismo tiene sed; ¡qué gran paradoja, un Dios encarnado y padeciendo por amores!, ¡el Dios de vida, sediento de dar vida!; y es que este es el precio que el amor impuso a quien nos amó primero[7]: saciar nuestra sed de eternidad, la que comenzó al salir del Edén a causa de un desordenado deseo de ser como dioses[8], a cambio de un sacrificio tan grande que implicó la crucifixión del Hijo de Dios que muere sediento de las almas de los hombres que vino a conducir de regreso al redil de su Padre[9].

  Al leer la quinta palabra no podemos menos que movernos a compasión. Pero si, en cambio, nos detenemos unos instantes a meditarla se deja traslucir claramente que es más bien una invitación a la acción que se resume en esta sencilla pregunta: ¿acaso tengo derecho a no querer saciar la sed de mi alma que tiene Jesucristo?… y la respuesta es más que evidente.

A partir de este momento podríamos decir que la vida del creyente consiste en realizar de su parte todos los actos que, de alguna manera, tienen la capacidad de ir saciando la sed de Cristo, es decir, todo aquello que contribuya a “irle entregando el alma”: la práctica de las virtudes, las renuncias, el ofrecimiento de nuestros sufrimientos, etc., y todo esto siguiendo el ejemplo del maestro crucificado, es decir, hasta la muerte, hasta que llegue el tiempo de presentarle el alma pidiéndole que la tome para sí como ofrenda generosa y a la vez conquista de su sangre, para saciar en alguna medida su sed, que es sed de almas y sólo con almas se saciará.

Oración: Señor Jesús, Dios y hombre verdadero, sediento de las almas que viniste a conquistar para la eternidad, te ruego que me concedas la gracia de tener un corazón generoso, capaz de darse constantemente a Ti buscando, según mis muchas limitaciones pero movido por una profunda confianza en Ti, aliviar cuanto pueda tu sed, que es deseo ardiente de llevar a tu redil, que es la santa Iglesia, a todos aquellos hombres y mujeres que has amado “insaciablemente” hasta la muerte. Que no te niegue nada Señor mío: ni mis acciones, ni mis pensamientos, ni mi vida, que todo sea tuyo; he ahí tu triunfo, he ahí mi verdadera felicidad.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

P. Jason Jorquera M.

 

«Sobre estas palabras que dijo Jesucristo Nuestro Señor en la Cruz: “Tengo sed”»

 

     Dice que tiene sed siendo bebida,

a voz de amor y de misterios llena,

ayer bebida se ofreció en la cena,

hoy tiene sed de muerte quien es vida.

     La mano a su dolor descomedida,

no sólo esponja con vinagre ordena,

antes con hiel la esponja le envenena,

en caña ya en el cetro escarnecida.

     La paloma sin hiel que le acompaña,

a su Hijo en la boca vio con ella,

y sangre y llanto al uno y otro baña.

     Perla que llora en una y otra estrella,

le ofrece en recompensa de la caña,

cuando gustó la hiel, que bebió ella.

De Quevedo.

 

[1] Sal 22,16

[2] Lc 22,15

[3] Cf. Jn 10,11

[4] Cf. Jn 14,6

[5] Cf. 1 Cor 1,23

[6] Jn 4, 14

[7] Cf. 1Jn 4,19

[8] Cf. Gén 3,5

[9] Cf. Jn 10,16

La cuarta palabra

Dios mío, Dios mío,

¿Por qué me has abandonado?

Mt 27,46

 

Para darnos a conocer hasta dónde llegaron sus sufrimientos por amor a las almas, Jesús deja salir de sus propios labios las palabras más tristes que jamás se hayan podido decir ni con tanto dolor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”; ¡¿qué más triste que experimentar el abandono de Dios?!, ¿qué más doloroso que sentirse, Jesucristo, Hijo único de Dios, como desterrado del divino seno de su Padre?; ¿qué noche puede decirse más oscura que este día?; ¿qué agonía sino ésta tuvo como protagonista al Siervo sufriente y Varón de dolores[1] anunciado por las Escrituras?; ¿qué soledad se puede llamar mayor que ésta?, ¿qué angustia más terrible?, ¿qué tormentos más crueles?, ¿qué suspiros más profundos?, ¿qué melancolía más intensa?, ¿qué corazón más destrozado?, ¿qué voluntad más inmolada?, y ¿qué sentidos más escarnecidos?

Ni aun si se convirtiera el  mundo entero en un árido yermo con un solo habitante podría sentirse éste tan solitario como Jesús, que hasta del consuelo de su Padre quiso privarse para redimir al pecador.

 A la luz de este acerbo sufrimiento cabe preguntarse, además ¿acaso es posible dudar siquiera de que Jesucristo puede compadecerse de nuestras miserias?, ¡eso jamás!, ¿acaso un Dios que estuvo dispuesto a sentirse abandonado del Padre abandonará a los pecadores en sus angustias?, ¡imposible! He aquí cómo “arremete” toda la humanidad de Jesucristo para mostrarnos su anonadamiento; he aquí cómo el Verbo eterno se humilló por amor, al punto de experimentar la sola humanidad, débil aunque paciente, que ante el sacrificio más doloroso de la historia deja escapar esta triste exclamación que fue a la vez tan profunda (pues penetró en la creación entera) que el mismo cielo quiso cubrir con un lúgubre manto de nubes[2]: ¡Dios se ha hecho hombre! Grita la creación, ¡Dios se ha hecho hombre para poder padecer por los hombres!

Después del pecado original, el hombre debió asumir todas las consecuencias de su culpa, comenzando por el destierro del Edén y terminando con la muerte que, a su vez, le negaba la entrada en el paraíso. La Sagrada Escritura pone palabras humanas en boca de Dios, y en esta sencilla reflexión quisiera, con toda reverencia y consciente del abismo existente entre la majestad divina y mi miseria, imaginar que al marcharse Adán y Eva habrán comprendido en sus conciencias que la voz de Dios se hacía sentir de alguna manera que se podría también  expresar con palabras: “Adán, ¿por qué me has abandonado?”… y justamente este abandono de Adán –y en él, de todo hombre al pecar- es el que Dios en persona ha venido a redimir, para lo cual no rechazó siquiera asumir la frágil humanidad: el hombre abandonó a Dios y el Hijo hecho hombre experimenta ahora el abandono del Padre para terminar con toda excusa que se pudiera interponer entre el alma y su redención. El Hijo de Dios experimentó por nuestra causa el abandono; y a nosotros nos corresponde imitar el ejemplo de este segundo Adán que siempre caminó bajo la tierna mirada del Padre, a la luz de sus preceptos, y no hacer en cambio como el primero, que abandonó a Dios mediante el pecado.

Dios mío, Dios mío…” dice Jesús para manifestar su total humillación puesto que deja hablar a su agonizante humanidad, pero siempre confiando en el Padre, por eso no le habla en tercera persona sino como quien sabe que el Padre vela por él aun entre la oscuridad… le habla directamente, como quien sabe que es escuchado.

Oración: Oh Jesús mío, Dios y hombre perfecto, que por mi causa experimentaste el sufrimiento hasta sentir el abandono de tu Padre eterno; te suplico que  me ayudes a no hacerte sentir el abandono de mi alma alejándose de ti tras el pecado, sino más bien quédate siempre a mi lado y no permitas que me separe de ti.

Tú que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén.

P. Jason Jorquera M.

 

A la muerte de Cristo nuestro Señor

(Fragmento)

     … Los ángeles de paz lloran

con tan amargo dolor,

que los cielos y la tierra

conocen que muere Dios.

     Cuando está Cristo en la cruz

diciendo al Padre: Señor,

¿por qué me has desamparado?

¡Ay, Dios, qué tierna razón!

     ¿Qué sentiría su Madre

cuando tal palabra oyó,

viendo que su Hijo dice

que Dios le desamparó?

     No lloréis, Virgen piadosa,

que, aunque se va vuestro amor,

antes que pasen tres días

volverá a verse con vos…

De Lope de Vega.

[1] Is 53,3

[2] Mc 15,33  Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona.

La tercera palabra

Mujer, ahí tienes a tu hijo…

ahí tienes a tu madre

Jn 19, 26-27

 

 Si mal no recuerdo, es Mons. Fulton Sheen quien dice que “Jesús, cuando ya no le quedaba nada más para darnos, nos dio a María, su Madre”. Jesucristo ya nos había dado sus deseos, puesto que deseaba “ardientemente”[1] comer la pascua y convertirse Él mismo en nuestra pascua; ya nos había dado su amor firmado con tres clavos; ya nos daba su vida terrena que estaba a punto de extinguirse; nos había dado sus palabras de vida eterna[2]; sus milagros[3] para confirmar su misión, su ejemplo para que sigamos sus huellas[4]; su cansancio, sus fatigas y trabajos e inclusive su propia sangre y su perdón: ¿qué más podía darnos este divino sufriente?, pues una sola cosa le quedaba, y lícitamente, pero hasta de ello quiso desprenderse y dárnoslo como cosa propia; es así que nos quiso regalar a su propia madre como Madre Nuestra: ¡oh santísima ofrenda!; cuando todas las mujeres de Israel soñaban con dar a luz al mesías anunciado[5] la Virgen María, en cambio,  acepta tiernamente desprenderse de su amado Hijo y hacerse madre de la humanidad entera redimida por Él, haciéndose así corredentora en esta noble empresa. ¡Oh bendito dechado del amor!, ¡desprendido hasta de aquella que fielmente te acompañó desde que entraste en este mundo hasta que “saliste” de Él!… aunque para regresar para siempre.

Qué doloroso y amante desprendimiento el de Jesucristo, impronta del amor más puro, pues todo verdadero amor implica renuncia y Cristo mismo quiso asumir esta renuncia inclusive hasta regalarnos a María… y el fruto de este amor del Hijo de Dios es que propiamente no pierde a su Madre sino que la llena de Hijos extendiendo su tierna maternidad a toda la creación.

Ahí tienes a tu Madre”, ¿qué me dicen estas palabras?: que el Hijo eterno del Padre, desde toda la eternidad, se eligió para sí a la creatura más perfecta de todas, la más humilde y santa de las mujeres y la hizo su Madre, pero como su bondad divina nunca se conforma con dar mucho nos lo dio todo y es así que quiso hacernos hijos también de esta Virgen Inmaculada, por la cual ha venido la salvación del mundo; también dicen que es imposible que el hombre esté huérfano en esta tierra pues tiene una buena Madre que lo acompaña siempre en su peregrinar hacia la eternidad; que quien desespera lo hace por no ir a abrazar a la Madre del cielo que al igual que su Hijo espera pacientemente a sus “hijos pródigos”[6] con los brazos abiertos para presentarlos ante el Padre eterno; que desde aquel momento se han creado lazos imborrables entre María santísima y cada uno de sus hijos, pero con una relación de maternidad y filiación del todo particular: María entra así a formar parte integral y fundamental en la vida espiritual del creyente puesto que Jesucristo nos vino por María y es por ella también que nosotros debemos ir a su Hijo.

María santísima nos fue dada por Madre, y nosotros le fuimos dados por hijos: ¿cómo no querer ser cada día menos indignos de tan pura Madre celestial? A María se la debe acoger tierna y filialmente en la morada del alma, como la gracia, pues es la llena de gracia[7] y, por lo tanto, le corresponde reinar junto con su Hijo en los corazones de los hombres.

Oración: oh María santísima, Madre de los dolores, Señora de los cielos y Reina de las almas, recibe sobre tus tiernos brazos a este pobre hijo tuyo pecador que, arrepentido de sus muchos pecados, se abandona a tu siempre maternal protección suplicando a tu purísimo corazón que lo conduzca siempre por los caminos del Padre. Virgen santísima, por la sangre de tu Hijo que tomó de tus entrañas para convertirse en el garante de mi alma, te suplico que “jamás me dejes, ni me dejes que te deje”. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

P. Jason Jorquera M.

 

Sobre estas palabras que dijo Jesucristo en la cruz: «Mulier, ecce filius tuus, ecce mater tua»

     Mujer llama a su Madre cuando expira,

porque el nombre de Madre  regalado

no le añada un puñal viendo clavado

a su Hijo y de Dios por quien suspira.

     Crucificado en sus tormentos mira

su primo, a quien llamó siempre el Amado,

y el nombre de su Madre, que ha guardado,

se le dice con voz que el cielo admira.

     Eva, siendo mujer que no había sido

madre, su muerte ocasionó en pecado,

y en el árbol el leño a que está asido.

     Y porque la mujer ha restaurado

lo que sólo mujer había perdido,

mujer la llama y Madre la ha prestado.

De Quevedo.

 

12 Cf. Lc 12,15

[2] Jn 6,68  Le respondió Simón Pedro:Señor,  ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras  de vida eterna”.

[3] Cf. Mt 13,54; Mt 13,58; Mt 21,15; Mc 6,2; etc.

[4] 1Pe 2,21  Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos un modelo para que sigáis sus huellas.

[5] Is 7,14  Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está en cinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.

[6] Cf. Lc 15, 11-32, Parábola del “hijo pródigo”.

[7] Cf. Lc 1,28

La segunda palabra

Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso

Lc 23,43

 

 No es difícil notar, una vez más, la inmensa desproporción entre lo que Jesucristo nos pide y lo que nos ofrece: el buen ladrón, reconociendo su culpa y el señorío de Jesús, le pide simplemente “que lo recuerde” y Él, el mesías siempre misericordioso, le ofrece “desproporcionalmente” el paraíso; ¡bendita desproporción la que a todos se nos ofrece!, ¡renunciar al pecado en esta corta vida a cambio de una gloria que no se acabará jamás!

La actitud de “Dimas” (según nos cuenta la tradición), es una actitud completamente humilde y como Dios “enaltece a los humildes[1]  fue así que el Hijo de Dios quiso elevar al ladrón arrepentido desde la cruz, junto consigo, al paraíso. No pide ser desclavado como sí lo hacía el otro ladrón en medio de insolencias y blasfemias; no pedía que se aliviasen sus dolores y ni siquiera pedía la muerte para que éstos se terminaran: ¡Oh alma que te dejaste cautivar por el Cordero sufriente!, ¡oh pecador arrepentido que te convertiste en ejemplo de conversión y santa resignación!, aseguras merecer “justamente” tu condena  y defiendes la causa de Jesús[2]; reprochas al impío buscando la compunción de su corazón y le pides a Aquel que vendrá con su reino, simplemente, que se acuerde de ti[3]… y es mucho más lo que consigues.

Jesús está sufriendo como nadie: sostiene su cuerpo llagado y destruido tan sólo con los tres inamovibles clavos; casi no puede respirar; escucha las burlas, los insultos, blasfemias, y como si esto no bastara su alma triste hasta la muerte[4] soporta, además, todos los pecados de todos los hombres y de todos  los tiempos. Es en medio de este aberrante tormento que, entre indecibles dolores se levanta, mira con ternura, y con las pocas fuerzas que le van quedando se dirige a este ladrón de su costado para prometerle Él mismo, puerta y llave divina, que “ese mismo día” estarán juntos en el paraíso[5]: Dios misericordioso y pecador arrepentido, porque Dios también se deja conmover de la humildad y fue ésta la que juntamente con la fe del buen ladrón le concedieron “arrebatar el cielo” a un Dios tan bueno que ha enviado a su propio Hijo a ofrecerlo a todos aquellos que quieran aceptarlo. Jesucristo siempre es un desproporcionado con nosotros: desproporción fue elegir a un pobre pescador, sabiendo que lo negaría[6], como administrador de la inefable riqueza del perdón divino y convertirlo en su vicario; desproporción fue renunciar a la defensa de la corte celestial para dejarse clavar por los hombres[7]; desproporción fue hacerse un simple carpintero siendo el Rey de los cielos[8];  desproporción fue venir Él mismo a buscar a quienes rechazaron a Dios… desproporción, así la llamamos nosotros mientras que los ángeles y los santos en el cielo lo llaman amor, amor divino.

La promesa que Jesucristo hiciera a san Dimas hace casi 2000 años sigue “latiendo” en el divino corazón; promesa que trasciende el tiempo mismo para penetrar en la eternidad; promesa que se nos repite “a todos los Dimas”, es decir, a todos aquellos que hemos ofendido a Dios con nuestros pecados; promesa que se cumplirá fielmente en todos aquellos que, reconociendo su maldad y la bondad y realeza de Jesucristo, depositen tan sólo en Él su esperanza. Dimas se convirtió en “san Dimas”, sencillamente por haber confiado en Dios.

Oración: Señor Jesús, que prometes el paraíso al pecador arrepentido, concédeme por favor un corazón compungido y confiado inquebrantablemente  en tu misericordia infinita. Que no me deje abatir por mis miserias sino más bien que de ellas aprenda constantemente a levantarme con tu gracia redentora.

Tú que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén. .

P. Jason Jorquera M.

 

«Al buen ladrón»

 

     Ya de la vida en la región postrera,

que de la muerte en los umbrales toca,

por Dios y Rey el un ladrón le invoca,

cuando atrevido el otro le blasfema.

 

     Cuando le ultraja la importuna tema

de aquella sinagoga ciega y loca,

halló un perdón, en la sedienta boca,

y un reino en el rigor de la diadema.

 

     Ninguno al fin de la jornada espere

ni después que un trofeo tan propicio

a las puertas de Dios pintado viere;

 

     que el Autor deste eterno beneficio

muestra que puede hacer otro si quiere,

reservando la seña del oficio.

Del Príncipe de Esquilache.

 

[1] Cf. Lc 1,52; Stgo 4,6; 1Pe 5,5

[2] Lc 23,41  “Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.”

[3] Lc 23,42  Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.”

[4] Cf. Mc 14,34  Y les dice: “Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad.”

[5] Lc 23,43  Jesús le dijo: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.”

[6] Cf. Mt 26,75  Y Pedro se acordó de aquello que le había dicho Jesús: “Antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces.” Y, saliendo fuera, lloró amargamente.

[7] Cf. Mt 26,53  ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?

[8] Cf. Mt 13,55  ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?

La primera palabra

Padre, perdónalos,

porque no saben lo que hacen

Lc 23,34

 

 Una frase breve y, sin embargo, cargada de toda la profundidad que puede tener aún una sola palabra salida de los labios del Hijo de Dios.

… El perdón, Jesucristo vino a traer el perdón que sólo Dios podía conceder, para lo cual decidió venir Él mismo a ofrecerlo a todo aquel que quiera aceptarlo. Quien se encarna es el Hijo, sí, pero es la Trinidad Santísima toda quien se hace presente en este momento culminante de la vida terrena del “gran perdonador”, que se extingue dejando perennes destellos de luz que iluminan a todo aquel que lo reciba en su corazón: ahí está el Hijo, padeciendo, redimiendo, rescatando las almas, implorando… y muriendo también por ellas; ahí está el Espíritu Santo, santificando, sacralizando el sacrificio voluntario, la entrega generosa; ahí está el Padre, aceptando la cruenta satisfacción por los pecados de la humanidad entera.

Oh cuán desapercibido pasa el perdón de Jesús ante los ojos de aquellos que se burlan;   cuán inapreciable se vuelve injustamente ante los hombres este gesto único de amor puro, es decir, oblativo. Podría Jesús haber exclamado simplemente “los perdono a todos”, y tal vez quedarse esperando una respuesta, pero no, puesto que como su perdón fue siempre evidente, ya que no vino por los justos sino por los pecadores[1], hizo mucho más que eso: suplicó en favor de todos los hombres el perdón del Padre eterno: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, es como si hubiese dicho “Padre mío, yo ya los he perdonado, por favor te pido que también Tú los perdones”. ¿Cómo no iba a perdonar Aquel que defendió a la pecadora arrepentida asegurándole que Él, Señor y Mesías, “tampoco” la condenaba?[2]; el amor de Jesús no sabe de límites y no conforme con perdonar hasta la crueldad, hasta la sangre y hasta la muerte misma, dedica los últimos momentos de su paso redentor por este mundo a rogar por quienes lo han entregado a la muerte… “Padre, perdónalos…”, Jesús no quiso quedarse “esperando” una respuesta, sino que ha ofrecido un sacrificio que “exige” una respuesta. Por eso afirma acertadísimamente Mons. Fulton Sheen que ante el crucifijo no cabe la indiferencia, o se lo acepta o se lo rechaza.

Un alma que no es capaz de perdonar lleva consigo la ponzoñosa mancha del rencor. Un cristiano que no perdona profesa un cristianismo mutilado. ¿Me cuesta perdonar?, pues mirando a Jesucristo crucificado es menos dificil: he aquí que Jesús nos muestra su “setenta veces siete”[3] perdonando e implorando perdón para los culpables aun en medio de sus terribles y acerbos tormentos.

¿Quién no es culpable?, ¿Quién no ha sido concebido bajo el sello del pecado entre las creaturas?; sólo María santísima, que contempla con fortaleza inefable a Aquél que tomó la sangre de sus purísimas entrañas para verterla toda sobre el madero y sobre las almas, derramando junto con ellas su perdón y el que suplica al Padre celestial.

Nadie puede eximirse de esta plegaria amorosa; nadie puede afirmar que el Salvador no rezó por él, puesto que Jesucristo se entregó por todas y cada una de las almas, por lo tanto, nada más cierto que estas palabras saliendo del Divino Inocente traspasado y penetrando con estruendo en las mismas entrañas de los cielos e intercediendo por mi eterna salvación.

Oración: Señor Jesús, admirable paradigma del perdón, te pido la gracia de perdonar siempre como Tú lo has hecho conmigo; que comparta con los demás lo que de Ti he recibido y que no me canse de agradecer la misericordia que ofreces constantemente a los pecadores que, como yo, tanto la necesitan y tantos beneficios recibimos de ella.

Tú que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén.

P.  Jason Jorquera M.

 

«Perdónalos, que no saben lo que hacen»

     Vinagre y hiel para sus labios pide,

y perdón para el pueblo que lo hiere,

que, como sólo porque viva muere,

con su inmensa piedad sus culpas mide.

     Señor, que al que le deja no despide,

que al siervo vil que le aborrece quiere,

que porque su traidor no desespere,

a llamarle su amigo se comide.

     Ya no deja ignorancia al pueblo hebreo

de que es Hijo de Dios, si agonizando

hace de amor por su dureza empleo.

     Quien por sus enemigos expirando

pide perdón, mejor en tal deseo,

mostró ser Dios, que el sol y el mar bramando.

 

De Quevedo.

[1] Cf. Mt 9,13  “Id, pues, a aprender qué significa  Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”.

[2] Cf. Jn 8, 2-11

[3] Cf. Mt 18, 21-22

Vía Crucis

14ª Estación: Jesús es colocado en el sepulcro

 Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo

 

 Descansa finalmente

el cuerpo sacrosanto

de aquel Cristo sufriente

que amó a los hombres tanto;

 

La Virgen silenciosa

se aleja con confianza.

es la única que guarda

en su Hijo la esperanza.

 

 El sacrosanto cuerpo de Jesús es perfumado con suaves aromas y envuelto cuidadosamente en lienzos. Ahora todo es silencio. El universo entero está de luto contemplando la sepultura de aquel que vino a traer vida.

La Virgen santísima, con sobrehumana fortaleza, le da el último abrazo, y besando con inefable ternura la herida frente de su Hijo lo mira resignada dando un tenue, lento y profundo suspiro que misteriosamente alcanza el cielo.

Todo está consumado Virgen fiel, ya descansa en paz tu Hijo amado que venció la muerte muriendo, que venció al pecado sufriendo y conquistó las almas de los pecadores perdonando.

Madre corredentora, ya ves cómo se cierra el sepulcro y queda adentro tu corazón, mas contigo permanecen tu dolor, tu soledad y tu esperanza.

Considera, alma mía, la desolación de la Virgen Madre, ya ni siquiera tiene el consuelo de ver el cuerpo de su Hijo que se esconde tras la inamovible roca. Contempla el corazón herido de María, entre congojas y esperanza, pues todos se marcharon junto con la vida de Jesús pero ella aún, y más que nunca, tiene fe en las palabras de su hijo: “tened fe y confianza en Dios y en mí” (Jn 14,1).

 Señor y Dios mío, te imploro con toda el alma que sepultes mis pecados tras la roca inquebrantable de tu misericordia; concédeme la gracia de vivir muriendo junto a ti; imprime tu pasión en mi alma acongojada, con la misma santa aceptación que mostraste hasta el sepulcro. Afianza, por tu sangre, mi esperanza en tu sacrificio y otórgame, te lo ruego, la sincera, efectiva y perseverante conversión y odio al pecado. Señor Jesús, por tus benditas llagas, que pregone tu misericordia infinita con mi vida, y haz que no cesen de resonar en mi interior aquellas maravillosas palabras que resumen todo el plan de redención: “yo tampoco te condeno, vete y no peques más” (Jn 8,11)

 (Padre Nuestro, Ave María o Gloria)

P. Jason.