Homilía del Domingo
El Domingo anterior la liturgia nos ofreció el Evangelio donde nuestro Señor Jesucristo nos narraba la parábola del hijo pródigo, uno de los textos -como sabemos-, más hermosos acerca de la divina Misericordia; una de las explicaciones más tiernas acerca del obrar de Dios Padre al esperar, recibir y sanar y revestir al pecador que regresa arrepentido. Pero hoy nos toca pasar de la parábola a la realidad, no ya una manera de representar la misericordia de Dios sino de verla en acción por medio del Hijo, el enviado a rescatar lo que se había perdido, el Cordero de Dios que ha descendido del Cielo para salir en busca de los pecadores que necesitan ser sanados y redimidos.
Jesús está predicando cuando, de pronto, le traen a una mujer sorprendida en “flagrante delito de adulterio”. “Flagrante” significa, “que se está ejecutando actualmente; evidente, que no admite refutación”. Es decir, que esta mujer no tiene ni una sola posibilidad de poner excusas, como para aminorar de algún modo su pecado. Simplemente es culpable, evidentemente culpable, inexcusablemente culpable y hasta públicamente culpable… pensemos un poco en lo terrible del dolor del corazón de esta pecadora sorprendida en su pecado: Jesús está predicando ante una multitud, y a ella la ponen delante de Él, como en una vitrina donde todos pueden señalarla y acusarla. Pensemos, por ejemplo, en una persona que miente, y de pronto alguien demuestra frente a los demás su mentira dejándola llena de vergüenza, quitándole credibilidad, decepcionando a más de alguno; y ahora pensemos en esta mujer adúltera: el adulterio es más vergonzoso, es traición a la fidelidad prometida delante de Dios y de todos los testigos del compromiso público de permanecer fiel a una persona que se dice que se ama para toda la vida… el dolor del corazón de esta mujer humillada así, públicamente, debió haber sido realmente terrible. Pero allí donde los demás veían solamente a una culpable puesta en medio, en silencio, nuestro Señor veía un corazón arrepentido…, culpable de su pecado al momento de ser descubierta, sí, pero ahora sinceramente arrepentida; y como eso es lo que a Dios realmente le importa, Jesús se va a encargar personalmente de defenderla, y también delante de todos, para que ninguna piedra le hiciera daño y ninguno de los oyentes se marchara para su casa creyéndose inmaculado sino pecador también, y merecedor de misericordia también si se hubiera, sinceramente, arrepentido de sus faltas.
Consideremos algunos detalles
La mujer se queda allí, en silencio:
Ya con esto comienza a ser ejemplar para nosotros: porque no pone excusas. Una persona que en lugar de reconocer sus pecados y pedir perdón por ellos, en cambio, los justifica o minimiza, le va cerrando las puertas a la misericordia; porque la misericordia viene a sanar el pecado del arrepentido, pero del verdadero arrepentido, es decir, el corazón que se duele de verdad de haber ofendido a Dios y no se justifica, no se disfraza, no le echa la culpa al otro, sino que asume honestamente su responsabilidad y con verdadera compunción pone sus faltas en las manos bondadosas de Dios. La mujer arrepentida no se justifica, y no habla sino hasta que Jesús, puesto por su juez delante de la multitud, le pregunta luego dónde están sus acusadores… a Él sí le responde, con Él ha sido totalmente sincera; no le negó el haber pecado, y por este genuino arrepentimiento es que Jesús en persona la absuelve de sus pecados. La mujer fue puesta delante de los ojos de todos, pero la única mirada realmente importante era la de Jesús, cuyos ojos divinos supieron ver bien el interior compungido de esta alma que renacía mediante su perdón.
Los escribas y fariseos:
Los que llegaron bravos y arrogantes se tuvieron que marchar aplastados bajo el peso de su conciencia. Venían con rabia y con malicia, no queriendo hacer justicia sino buscando la manera de “atrapar” finalmente a Jesús para poder condenarlo; pero la Palabra de Dios encarnada les responde con su sabiduría impregnada de verdad y compasión, dejándonos una de las frases más recordadas a través de los siglos para nuestro consuelo y reproche de las conciencias que pretender anteponer la condena a la compasión: “quien de vosotros esté libre de pecado, que le tire la primera piedra”, ¡magnífica respuesta!; sin ira, sin pedantería, sin nada de la arrogancia que ornamentaba a los acusadores; Jesús les hace ver y reconocer su condición de pecadores, ante la cual no les queda más remedio que marcharse poco a poco, “comenzando por los viejos”, es decir, los que ya habían vivido lo suficiente como para reconocer en estas palabras de Jesucristo la verdad de su condición de pecadores, dejando el juicio en manos de este hombre-Dios que hablaba con profunda autoridad.
La ternura de Jesús:
Cuando todos se marcharon quedó Jesús solo con la mujer. Gracias a Él ella no fue apedreada, es decir, le salvó la vida, pero lo más importante de todo -absolutamente-, es el hecho de que le salvó el alma.
Nuestro Señor, cuando se trata de acercar a un pecador a la conversión, sabe bien cómo usar las palabras y cómo obrar; por eso con algunos fue más duro y usó palabras fuertes, expresiones que hasta el día de hoy podrían ser chocantes para algunos dependiendo del contexto; por eso a esta mujer que estaba expuesta ante todo el mundo como pecadora no le reprocha nada… y no es que haya negado o justificado su pecado, claro que no, un pecado para poder ser perdonado en primer lugar debe ser reconocido y detestado; Jesús no vino a negar los pecados sino a enseñarnos a detestarlos de corazón, después Él se encargará del resto…
¿Dónde están tus acusadores?, le pregunta a la mujer, regalándole un gesto lleno de compasión y de ternura: la multitud estuvo presente para su humillación, y ella la aceptó sin poner excusas; ahora Dios le regala este maravilloso momento a solas con su Salvador; el que no la condenó, el que la salvó de la rabia de sus verdugos, el que le enseñó que para todo aquel que se arrepienta de corazón de sus pecados habrá perdón y salvación. Solamente en este momento escuchamos las palabras de la mujer: “nadie Señor”; reconociendo la gracia recibida y al mismo tiempo a quien le concedió esa gracia, por eso lo llama “Señor”.
Finalmente, el pedido de Jesús: “vete y no peques más”. Jesús le pide lo que todo corazón realmente arrepentido comienza a anidar en sí, “el deseo de no pecar más”, la firme resolución de no querer pecar más, al margen de la debilidad personal que puede ser muy real, pero aquí lo que importa para la validez del arrepentimiento es el propósito actual de no querer pecar más, de tal manera que esta sinceridad es la que, de parte del alma, habilita para recibir el perdón de Dios que a cada segundo de nuestras vidas se nos está ofreciendo… es interesante el hecho de que después de curar al paralítico de la piscina Jesús le dijo las mismas palabras pero agregando una advertencia: “… no sea que te ocurra algo peor”; sin embargo, a la mujer arrepentida y perdonada no…, tal vez porque sabía que no era necesario: ella había aprendido la lección, y llena de gratitud había decidido en lo más profundo de su corazón, allí donde Jesús había llegado, que no quería volver a ofender a Dios.