“Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 4, 17)
Breve homilía para religiosas de Nazaret
El versículo central del Evangelio de hoy viene a ser como uno de los primeros anticipos del tiempo litúrgico que se aproxima: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. Así que vamos a hablar un poco acerca de la conversión, pero, en concreto, de las llamadas “segundas conversiones”, es decir, esa especie de escalones de la vida espiritual que se van abriendo paso en nuestra vida en busca de la voluntad de Dios que nos quiere santificar; esos pequeños -o grandes- cambios que apuntan hacia lo que Dios espera de nosotros.
En primer lugar, recordemos qué es la conversión
Convertir: Hacer que alguien o algo se transforme en algo distinto de lo que era. Es decir, en el sentido cristiano, que debemos sufrir una verdadera transformación en nosotros mismos, pero no es tan sólo una transformación exterior (modo de obrar) sino un verdadero cambio en el alma, que se producirá al principio a partir de la sincera compunción del corazón, que se duele de sus pecados, y que quiere con la ayuda divina enmendarse; pero después de la compunción la razón será otra, no ya el haber dejado atrás lo malo, sino el abrazar en adelante “lo más bueno”, para poder caminar efectivamente hacia la santidad. En otras palabras, no ya convertirse para rechazar el pecado, sino convertirse para ir en búsqueda de la semejanza con Cristo.
En el Jordán se escuchó la voz del Padre que decía “este es mi Hijo amado, en quien me complazco”, y las llamadas segundas conversiones lo que buscan es justamente hacerse con este elogio según las propias capacidades y la buena voluntad personal de cada uno de nosotros: hacer lo necesario para que Dios se complazca en nosotros, o en palabras del santo: “Nuestra actividad no es plenamente fecunda sino en la sumisión perfecta al ritmo divino, en una sincronización total de mi voluntad con la de Dios. Todo lo que queda acá o allá de ese querer, no es [ni siquiera] paja, es nada para la construcción divina.” (san Alberto Hurtado)
Las segundas conversiones, podríamos decir que de alguna manera tienen por motivo doble el amor: el amor a Dios y el amor al prójimo; en el sentido de que debemos mejorar para hacernos cada vez más agradables a Dios, es decir, cada vez complacer más a Dios, cada vez amarlo más y mejor; y respecto al prójimo, para acercarlo más a Dios, porque -como vemos en las vidas de los santos-, las almas más perfectas atraen más y llevan más a Dios. Y nosotros, en cuanto que somos verdaderamente hijos de Dios, jamás podemos conformarnos en este sentido, como pretendiendo que en algún momento de nuestra vida hayamos alcanzado la virtud suficiente como para ya dejar de trabajar y renunciar a seguir creciendo en la vida espiritual.
Las segundas conversiones nos hacen mejores y pueden hacernos santos. Es por eso que a veces nos encontramos con tantos y tantos cristianos, religiosos y sacerdotes buenos y virtuosos, en diferentes lugares y misiones, pero no tanto así con almas realmente heroicas en lo que a virtudes se refiere, de esas que arrastran hacia Dios con sus ejemplos y que tengan un impacto realmente profundo en las almas que los rodean; y la gran diferencia es que los creyentes buenos tal vez ya se conformaron; creen -o creemos, al menos de hecho-, que ya hicieron suficiente y renunciaron a hacer más y más por Dios, darse más, dar más, amar más; en cambio, si ponemos nuestra mirada detenidamente en las vidas de los santos, veremos claramente que no se conforman consigo mismos, y que “en su santa inconformidad”, van en busca de las segundas conversiones de manera constante e imparable: siempre de lo bueno a lo mejor, y de lo mejor a lo que “es más para la Gloria de Dios”.
A la luz de todo esto que venimos diciendo, podemos afirmar que las segundas conversiones, para todos los creyentes -y especialmente para nosotros los consagrados-, son una obligación de amor para con Dios y las almas que se nos encomiendan.
Como dice el P. Alfonso Torres: “Pensemos en las almas que se salvarían por nuestra propia virtud si nosotros nos santificáramos, que no es cosa tan baladí el ser fiel o no a Dios aun en aquellas cosas que no nos obligan bajo pecado mortal, puesto que de ahí depende nuestra santificación, y de ésta, la salvación de muchas almas, el bien que podemos hacer al mundo y la gloria que podemos dar a nuestro Dios. Dios nuestro Señor nunca permite que un alma fervorosa sea un alma estéril. El alma fervorosa es siempre un alma fecundísima.”
“Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”, nos dice nuestro Señor Jesucristo, y nosotros podríamos expresarlo más o menos así:
Convirtámonos, porque nos falta todavía más caridad; porque todavía no soy lo suficientemente generoso como para que Dios me pida lo que quiera y yo le pueda decir gustoso siempre que sí; convirtámonos porque todavía no hemos renunciado a todo, porque todavía hay muertes que no hemos realizado; convirtámonos porque quizás “ya somos buenos”, pero todavía no somos “firmemente virtuosos”; en fin, convirtámonos en aquello que Dios desea y espera que nos convirtamos.
Que María santísima, nuestra tierna madre del Cielo, nos alcance la gracia de jamás sentirnos conformes con “nuestro grado de virtud”, y nos alcance esa santa inconformidad que mueve a las segundas conversiones con el alma llena de confianza en Dios, a quien deseamos complacer, y para quien debemos desear ser cada vez mejores y hasta santos.
P. Jason Jorquera M., IVE