La maternidad de María respecto de la Iglesia

Catecismo de la Iglesia Católica

Nº 964-970

Totalmente unida a su Hijo…

El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. “Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte” (LG 57). Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión:

«La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba amorosamente su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima que Ella había engendrado. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26-27)» (LG 58).

Después de la Ascensión de su Hijo, María “estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones” (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, “María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra” (LG 59).

… también en su Asunción …

“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. Pío XII, Const. apo. Munificentissimus Deus, 1 noviembre 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:

«En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no desamparaste al mundo, oh Madre de Dios. Alcanzaste la fuente de la Vida porque concebiste al Dios viviente, y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras almas (Tropario en el día de la Dormición de la Bienaventurada Virgen María).

… ella es nuestra Madre en el orden de la gracia

Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es “miembro supereminente y del todo singular de la Iglesia” (LG 53), incluso constituye “la figura” [typus] de la Iglesia (LG 63).

Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. “Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su obediencia, su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia” (LG 61).

“Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna […] Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (LG 62).

“La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres […] brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia” (LG 60). “Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversas maneras tanto los ministros como el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente” (LG 62).

Meditación sobre la muerte

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

 

PREPARACIÓN.

1. Ponte en la presencia de Dios.-2. Pídele su gracia.

  1. Imagínate que estás gravemente enferma, en el lecho de muerte, sin ninguna esperanza de escapar de ella.
CONSIDERACIONES.

1. Considera la incertidumbre del día de tu muerte. ¡Oh alma mía!, un día saldrás de este cuerpo. ¿ Cuándo será? ¿ Será en invierno o en verano? ¿En la ciudad o en el campo? ¿De día o de noche? ¿De repente o advirtiéndolo? ¿ De enfermedad o de accidente? ¿Con tiempo para confesarte o no? ¿Serás asistida por tu confesor o padre espiritual? ¡Ah! de todo esto no sabemos absolutamente nada; únicamente es cierto que moriremos y siempre mucho antes de lo que creemos.

  1. Considera que entonces el mundo se acabará para ti; para ti ya habrá dejado de existir, se trastornará de arriba abajo delante de tus ojos. Sí, porque entonces los placeres, las vanidades, los goces mundanos, los vanos afectos nos parecerán fantasmas y niebla. ¡Ah desdicha da!, ¿por qué bagatelas y quimeras he ofendido a mi Dios? Entonces verás que hemos dejado a Dios por la nada. Al contrario, la devoción y las buenas obras te parecerán entonces deseables y dulces. Y, ¿por qué no he seguido por este tan bello y agradable camino? Entonces los pecados, que parecían tan pequeños, parecerán grandes montañas, y tu devoción muy exigua.
  1. Considera las angustiosas despedidas con que tu alma abandonará a este feliz mundo: dirá adiós a las riquezas, a las vanidades y a las vanas compañías, a los placeres, a los pasatiempos, a los amigos y a los vecinos, a los padres, a los hijos, al marido, a la mujer, en una palabra, a todas las criaturas; y, finalmente, a su cuerpo, al que dejará pálido, desfigurado, descompuesto, repugnante y mal oliente.
  1. Considera con qué prisas sacarán fuera el cuerpo y lo sepultarán, y que, una vez hecho esto, el mundo ya no pensará más en ti, ni se acordará más, como tú tampoco has pensado mucho en los otros. Dios le dé el descanso eterno, dirán, y aquí se acabará todo. ¡Oh muerte, cuán digna eres de meditación; cuán implacable eres!
  1. Considera que, al salir del cuerpo, el alma emprende su camino, hacia la derecha o hacia la izquierda. ¡Ah! ¿Hacia dónde irá la tuya? ¿Qué camino emprenderá? No otro que el que haya comenzado a seguir en este mundo.
AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Ruega a Dios y arrójate en sus brazos. ¡Ah, Señor!, recíbeme bajo tu protección, en aquel día espantoso; haz que esta hora sea para mí dichosa y favorable, y que todas las demás de mi vida sean tristes y estén llenas de aflicción.

  1. Desprecia al mundo. Puesto que no sé la hora en que tendré que dejarte, joh mundo!, no quiero aficionarme a ti. ¡Oh mis queridos amigos!, mis queridos compañeros, permitidme que sólo os ame con una amistad santa que pueda durar eternamente. Porque ¿a qué vendría unirme con vosotros con lazos que se han de dejar y romper?
  1. Quiero Prepararme para esta hora y tomar las necesarias precauciones para dar felizmente este paso; quiero asegurar el estado de mi conciencia, haciendo todo lo que esté a mi alcance, y quiero poner remedio a éstos y a aquellos defectos.
CONCLUSIÓN.

Da gracias a Dios por estos propósitos que te ha inspirado; ofrécelos a su divina Majestad; pídele de nuevo que te conceda una muerte feliz, por los méritos de la muerte de su Hijo.

Padrenuestro, etc.

Haz un ramillete de mirra.

MENSAJE DEL PAPA

JUAN PABLO II
PARA LA XXIII JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES

Venerados hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas de todo el mundo:

Es para mí motivo de profunda alegría y de gran esperanza dirigir a todo el Pueblo de Dios un especial Mensaje para la XXIII Jornada mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará, como de costumbre, el IV domingo de Pascua, dedicado al Buen Pastor.

Es ésta una ocasión privilegiada para tomar conciencia de nuestra responsabilidad de colaborar, mediante la oración perseverante y la acción unánime, en la promoción de las vocaciones sacerdotales, diaconales, religiosas masculinas y femeninas, consagradas en los institutos seculares, misioneras.

A veinte años del Concilio

  1. Sobre el tema de las vocaciones el Concilio Vaticano II nos ha ofrecido un riquísimo patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral. En sintonía con su profunda visión de la Iglesia, afirma solemnemente que el deber de hacer crecer las vocaciones “concierne a toda la comunidad cristiana” (Optatam totius, 2). A veinte años de distancia, la Iglesia se siente llamada a verificar la fidelidad a esta gran idea-madre del Concilio en vistas de un ulterior empeño.

A este respecto, se advierte sin duda un general aumento del sentido de responsabilidad en las diversas comunidades. No obstante los problemas, los desafíos y las dificultades de los últimos veinte años, aumentan continuamente los jóvenes que escuchan la llamada del Señor y en todas las partes del mundo se hacen cada vez más tangibles los signos de un resurgir, que anuncian una nueva primavera de las vocaciones.

Esto nos llena a todos de un gran consuelo y no cesamos de dar gracias a Dios por su respuesta a la oración de la Iglesia. Sin embargo, los frutos deseados por el Concilio, aunque abundantes, no han llegado aún a plena maduración. Se ha hecho mucho, pero queda aún muchísimo por hacer.

Así, pues, es mi deseo hacer que la atención del Pueblo de Dios se centre especialmente sobre las tareas específicas de las comunidades parroquiales, de las cuales el Concilio espera, junto con la aportación de la familia, la “máxima contribución” al crecimiento de las vocaciones (cf. Optatam totius, 2).

La comunidad parroquial
revela la perenne presencia de Cristo que llama

  1. Mi pensamiento afectuoso se dirige, por tanto, a todas y cada una de las comunidades parroquiales del mundo: pequeñas o grandes, situadas en los grandes centros urbanos o dispersas en los lugares más difíciles, ellas “representan de alguna manera a la Iglesia visible establecida por todo el orbe” (Sacrosanctum Concilium, 42).

Es sabido que el Concilio ha confirmado la fórmula parroquial como expresión normal y primaria, aunque no exclusiva, de la cura pastoral de las almas (cf. Apostolicam actuositatem, 10). Por tanto, la preocupación por las vocaciones no puede ser considerada como una actividad marginal, sino que debe integrarse plenamente en la vida y en las actividades de la comunidad. Este empeño se ha hecho aún más apremiante a causa de las crecientes necesidades del tiempo presente.

El pensamiento vuela inmediatamente a tantas comunidades parroquiales que los obispos se ven obligados a dejar sin Pastores, tanto, que se hace siempre actual el lamento del Señor: “La mies es mucha, pero los obreros pocos” (Mt 9, 37).

La Iglesia tiene una inmensa necesidad de sacerdotes. Es ésta una de las urgencias más graves que interpelan a las comunidades cristianas. Jesús no quiere una Iglesia sin sacerdotes. Si faltan los sacerdotes, falta Jesús en el mundo, falta su Eucaristía, falta su perdón. Para su propia misión la Iglesia tiene también una inmensa necesidad de abundancia de las otras vocaciones consagradas.

El pueblo cristiano no puede aceptar con pasividad e indiferencia la disminución de las vocaciones. Las vocaciones son el futuro de la Iglesia. Una comunidad pobre en vocaciones empobrece a toda la Iglesia; por el contrario, una comunidad rica en vocaciones es una riqueza para toda la Iglesia.

Responsabilidades particulares de los Pastores

  1. La comunidad parroquial no es una realidad abstracta, sino que está constituida por todos los componentes: laicos, personas consagradas, diáconos, presbíteros; ella es el lugar natural de las familias, de las auténticas comunidades de base, de los diversos movimientos, grupos y asociaciones. Nadie puede estar ausente en una tarea tan importante. Han de alentarse todas las iniciativas, promovidas en diversos países, con la finalidad de interesar en el problema a las parroquias, tales como las comisiones o centros parroquiales para las vocaciones, actividades catequísticas específicas, grupos vocacionales y otras semejantes.

Sin embargo, si el Pueblo de Dios está llamado a colaborar en el aumento de las vocaciones, esto no disminuye la responsabilidad específica de aquellos que desempeñan particulares ministerios: los párrocos y sus colaboradores en la cura de almas, unidos al obispo, son los continuadores auténticos de la misión de Jesús, Buen Pastor, que ofrece la vida por sus ovejas, las conoce y “llama a cada una por su nombre” (Jn 10, 3). Todos debemos sentirnos agradecidos hacia estos infatigables operarios del Evangelio, que dan testimonio de la paternidad de Dios para todo hombre.

El Concilio reconoce el valor insustituible del servicio de los presbíteros y afirma expresamente que el cuidado de las vocaciones es una “función que forma parte de la misión sacerdotal misma” (Presbyterorum ordinis, 11).

Gracias al ejemplo y a la palabra de tantos ministros suyos, Cristo ha llamado en el corazón de muchos jóvenes y adultos, obteniendo en el curso de la historia respuestas generosas de apóstoles y de santos. Los sacerdotes han tenido siempre un papel importante para las vocaciones.

Irradiad, por tanto, vuestro sacerdocio, queridos hermanos en el presbiterado, para que no falten nunca continuadores del ministerio que os ha sido confiado. Sed maestros de oración y no descuidéis el precioso servicio de la dirección espiritual para ayudar a los llamados a discernir la voluntad de Dios sobre ellos.

¡Cuento mucho con vosotros para un creciente florecimiento de vocaciones! No olvidéis que el fruto mejor de vuestro apostolado y el gozo más grande de vuestra vida serán las vocaciones consagradas, que Dios suscitará mediante vuestra ferviente acción pastoral.

Condiciones para una eficaz fecundidad vocacional

  1. Me dirijo ahora a vosotros, queridos hermanos y hermanas, para presentaros algunas metas esenciales y algunos puntos fundamentales, mediante los cuales vuestra comunidad podrá transformarse en un eficaz instrumento de las llamadas de Dios.

¡Sed una comunidad viva! Es un punto que el Concilio afirma con vigor: una comunidad promueve las vocaciones “sobre todo por medio de una vida perfectamente cristiana” (Optatam totius, 2). No me cansaré de repetir, como lo he hecho en varias ocasiones, que las vocaciones son el signo evidente de la vitalidad de una comunidad eclesial.

En efecto, ¿quién puede negar que la fecundidad es una de las características más claras del ser vivo?

Una comunidad sin vocaciones es como una familia sin hijos. En ese caso ¿no es de temer que nuestra comunidad tenga poco amor hacia el Señor y hacia su Iglesia?

¡Sed una comunidad orante! Es necesario convencerse de que las vocaciones son el don inestimable de Dios a una comunidad en oración. El Señor Jesús nos ha dado ejemplo cuando llamó a los Apóstoles (cf. Lc 6, 12) y ha mandado expresamente rogar “al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38; Lc 10, 2).

Para esta intención debemos orar todos, debemos orar siempre y debemos unir a la oración la colaboración activa. La Eucaristía, fuente, centro y culmen de la vida cristiana, sea el centro vital de la comunidad que ruega por las vocaciones.

Los enfermos y todos los que sufren en el cuerpo y en el espíritu sepan que su oración, unida a la cruz de Cristo, es la fuerza más poderosa de apostolado vocacional.

¡Sed una comunidad que llama! Frecuentemente y en todo el mundo los jóvenes me hacen preguntas sobre la vocación, sobre el sacerdocio y sobre la vida consagrada. Es un indicio del gran interés por el problema, pero indica también la necesidad de evangelización y de catequesis específica. Que nadie por culpa nuestra ignore lo que debe saber para realizar el plan de Dios.

Pero no es suficiente un anuncio genérico de la vocación para que surjan vocaciones consagradas. Dada su originalidad, estas vocaciones exigen una llamada explícita y personal.

Es el método usado por Jesús. En mi Carta Apostólica “A los jóvenes y a las jóvenes del mundo“, con ocasión del Año Internacional de la Juventud, he tratado de poner de relieve este punto. El diálogo de Jesús con los jóvenes se concluye con una invitación explícita a su seguimiento: desde una vida según los mandamientos, a la aspiración a “algo más”, mediante el servicio sacerdotal o la vida consagrada (cf. n. 8).

Os exhorto, por tanto, a hacer actuales para el mundo de hoy las llamadas del Salvador, pasando de una pastoral de espera a una pastoral de propuesta. Esto vale no sólo para los sacerdotes con cura de almas, para las personas consagradas y para los responsables de las vocaciones a todo nivel, sino también para los padres de familia, los catequistas y los demás educadores de la fe.

Toda comunidad tiene esta certeza: ¡El Señor no cesa de llamar! Pero tiene también otra certeza: Él quiere tener necesidad de nosotros para hacer llegar sus llamadas.

¡Sed una comunidad misionera! En una Iglesia toda misionera, cada comunidad compromete sus fuerzas para anunciar a Cristo, sobre todo en el ámbito de la propia realidad local, aunque sin cerrarse sólo en sí misma y dentro de sus propios límites.

El amor de Dios no se detiene en las fronteras del propio territorio, sino que las supera para llegar a los hermanos de otras comunidades lejanas. ¡El Evangelio de Jesús debe conquistar el mundo!

Ante las graves necesidades del hombre de hoy, ante las apremiantes demandas de poder disponer de más misioneros, muchos jóvenes escucharán la llamada de Dios a dejar el propio país para dirigirse donde las necesidades son más urgentes. No faltará quien responderá generosamente como el Profeta Isaías: “¡Heme aquí, envíame a mí!” (Is 6, 8).

Plegaria

  1. Concluyendo estas reflexiones, con la confianza de que la próxima Jornada mundial constituirá una ocasión favorable para que cada comunidad crezca en la fe y en el empeño vocacional, invito a todos a unirse a mí en esta oración:

Oh Jesús, Buen Pastor,
suscita en todas las comunidades parroquiales
sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas,
laicos consagrados y misioneros,
según las necesidades del mundo entero,
al que tú amas y quieres salvar.

Te confiamos en particular nuestra comunidad;
crea en nosotros el clima espiritual
que había entre los primeros cristianos,
para que podamos ser un cenáculo
de oración en amorosa acogida del Espíritu Santo y de sus dones.

Asiste a nuestros Pastores
y a todas las personas consagradas.
Guía los pasos de aquellos
que han acogido generosamente tu llamada
y se preparan a las órdenes sagradas
o a la profesión de los consejos evangélicos.

Vuelve tu mirada de amor
hacia tantos jóvenes bien dispuestos
y llámalos a tu seguimiento.
Ayúdales a comprender
que sólo en Ti pueden realizarse plenamente.

Confiando estos grandes intereses de tu Corazón
a la poderosa intercesión de María,
Madre y modelo de todas las vocaciones,
te suplicamos que sostengas nuestra fe c
on la certeza de que el Padre concederá
lo que Tú mismo has mandado que pidamos. Amén.

Con estos votos, os imparto de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 6 de enero de 1986.

 

 

Meditación de los pecados

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

 

PREPARACIÓN. 1. Ponte en la presencia de Dios. – Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES.

1. Piensa en el tiempo que hace comenzaste a pecar y mira como, desde entonces, has ido multiplicando los pecados en tu corazón, y como, todos los días, has añadido otros nuevos contra Dios, contra ti mismo, contra el prójimo, de obra, de palabra, de deseo, de pensamiento.

  1. Considera tus malas inclinaciones y las muchas veces que has ido en pos de ellas. Estos dos puntos te enseñarán que el número de tus culpas es mayor que el de los cabellos de tu cabeza, tan grande como el de las arenas del mar.
  1. Considera aparte el pecado de ingratitud para con Dios, pecado general que abarca todos los demás y los hace infinitamente más enormes.

Mira cuántos beneficios te ha hecho Dios y cómo has abusado de todos ellos contra el Dador; singularmente, cuántas inspiraciones despreciadas, cuántas mociones saludables inutilizadas. Y más aún, ¿cuántas veces has recibido los sacramentos y con qué fruto? ¿Qué se han hecho las preciosas joyas con que tu amado esposo te había adornado? Todo ha quedado sepultado bajo tus iniquidades. ¿Con qué preparación los has recibido? Piensa en esta ingratitud, a saber, que, habiendo corrido tanto Dios en pos de ti para salvarte, siempre has huido tú de Él para perderte.

AFECTOS Y RESOLUCIONES. 1. Confúndete en tu miseria. ¡Oh Dios mío!, ¿cómo me atrevo a comparecer ante tus ojos? ¡Ah!, yo no soy más que una apostema del mundo y un albañal. de ingratitud y de iniquidad. ¿Es posible que haya sido tan desleal, que no haya dejado de viciar, violar y manchar uno solo de mis sentidos, una sola de las potencias de mi alma, y que, ni un solo día de mi vida haya transcurrido sin producir tan malos efectos? ¿Es de esta manera como había de corresponder a los beneficios de mi Creador y a la sangre de mi Redentor?

  1. Pide perdón y arrójate a los pies del Señor, como un hijo pródigo, como una Magdalena, como una esposa que ha profanado el tálamo nupcial con toda clase de adulterios. ¡Oh Señor!, misericordia para esta pobre pecadora. ¡Ay de mí! ¡Oh fuente viva de compasión, ten piedad de esta miserable!
  1. Propón vivir mejor. ¡Oh Señor! jamás, mediante tu gracia, me entregaré al pecado. ¡Ay de mí!, demasiado lo he querido. Lo detesto y me abrazo a Ti, ¡Oh Padre de misericordia!; quiero vivir y morir en Ti.
  1. Para borrar los pecados pasados, me acusaré de ellos valerosamente y no dejaré de confesar uno solo.
  1. Haré todo cuanto pueda, para arrancar enteramente las malas raíces de mi corazón, particularmente tales y tales, que son especialmente enojosas.
  1. Y para lograrlo, echaré mano de los medios que me aconsejen, y jamás creeré haber hecho lo bastante para reparar tan grandes faltas.

CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios, que te ha esperado hasta la hora presente y te ha comunicado tan buenos afectos.

  1. Ofrécele tu corazón, para llevarlos a la práctica.
  1. Pide que te robustezca, etc.

“Introducción a la vida devota”: Primera parte de la introducción, cap.XII

Meditación sobre los beneficios de Dios

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

 

PREPARACIÓN.

1. Ponte en la presencia de Dios.-2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES.

1. Considera las gracias corporales que Dios te ha concedido: este cuerpo, estas facilidades para sustentarlo, esta salud, estas satisfacciones lícitas, estos amigos, estos auxilios. Mas considera esto, comparándote con tantas otras personas que valen más que tú, las cuales se ven privadas de estos beneficios: unas son contrahechas, otras mutiladas, otras caree-en de salud; otras son objeto de oprobios, de desprecios y de deshonra; otras están abatidas por la pobreza; y Dios no ha querido que tú fueses tan desgraciada.

  1. Considera los dones del espíritu: cuantas personas hay, en el mundo, imbéciles, furiosas, insensatas; ¿y por qué no eres tú una de tantas? Porque Dios te ha favorecido. ¡Cuántos han sido criados groseramente y’ en la mayor ignorancia, y la Providencia divina ha hecho que tú fueses educada con urbanidad y con decoro!
  1. Considera las gracias espirituales: ¡Oh Filotea!, tú eres hija de la Iglesia; Dios te ha enseñado a conocerle, desde tu juventud. ¿Cuántas veces te ha dado sus sacramentos? ¿Cuántas veces te ha ayudado, con inspiraciones, luces interiores y reprensiones, para tu enmienda? ¿Cuántas veces te ha perdonado tus faltas?

¿Cuántas veces te ha librado de las ocasiones de perderte, a que te habías expuesto? Y estos años pasados ¿no te han ofrecido una oportunidad y una facilidad para avanzar en el bien de tu alma? Examina en sus pormenores, cuán suave y generoso ha sido Dios contigo.

AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Admira la bondad de Dios.¡ Oh! ¡qué bueno es Dios para conmigo! ¡Qué bueno es! y tu Corazón, ¡oh Señor!, ¡cuán rico es en misericordia y cuán generoso en bondad! Cantemos eternamente, ¡oh alma!, la multitud de mercedes que nos ha otorgado.

  1. Admira tu ingratitud. Mas, ¿quién soy yo, ¡oh Señor!, para que hayas pensado en mí? ¡Oh, cuán grande es mi indignidad! ¡Ah! yo he pisoteado tus beneficios, he deshonrado tus gracias, convirtiéndolas en objeto de abuso y de menosprecio de tu soberana bondad; he opuesto el abismo de mi ingratitud al abismo de tu gracia y de tu favor.
  1. Excítate a agrade cimiento. Arriba, pues ¡oh corazón mío! ; no quieras ser infiel, ingrato y desleal con este gran bienhechor. Y ¿cómo mi alma no estará, de hoy en adelante, sometida a Dios, que ha obrado, en mí y para mí, tantas gracias y tantas maravillas?
  1. ¡ Ah, por lo tanto, oh Filotea!, aparta tu corazón de tales y tales placeres; procura tenerlo sujeto al servicio de Dios, que tanto ha hecho por ti; dedica tu alma a conocerle y reconocerle más y más, practicando los ejercicios que para ello se requieren, y emplea cuidadosamente los auxilios que, para salvarte y amar a Dios, posee la Iglesia. Sí, frecuentaré la oración, los sacramentos; escucharé la divina palabra y pondré en práctica las inspiraciones y los consejos.

CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios por el conocimiento que te ha dado de tus deberes y por todos los beneficios que hasta ahora has recibido.

  1. Ofrécele tu corazón con todas tus resoluciones.

3. Pídele que te dé fuerzas, para practicarlas fielmente, por los méritos de la muerte de su Hijo: implora la intercesión de la Virgen y de los santos.

Meditación sobre el fin para el cual hemos sido creados

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

Meditación 2ª : DEL FIN PARA EL CUAL HEMOS SIDO CREADOS

PREPARACIÓN. 1. Ponte en la presencia de Dios.-2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES.

1. Dios no te ha puesto en el mundo porque necesite de ti, pues le eres bien inútil, sino únicamente para ejercitar en ti su bondad, dándote su gracia y su gloria. Y, así, te ha dado la inteligencia para conocerle, la memoria para que te acuerdes de Él, la voluntad para amarle, la imaginación para representarte sus beneficios, los ojos para admirar las maravillas de sus obras, la lengua para alabarle, y así de las demás facultades.

  1. Habiendo sido creada y puesta en este mundo con este intento, todas las acciones que le sean contrarias han de ser rechazadas y evitadas, y las que en manera alguna sirvan para este fin, han de ser despreciadas como vanas y superfluas.
  1. Considera la desdicha del mundo, que no piensa en esto, sino que vive como si creyese que no ha sido creado para otra cosa que para edificar casas, plantar árboles, atesorar riquezas y bromear.

AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Confúndete echando en cara a tu alma su miseria, la cual ha sido hasta ahora tan grande, que ni siquiera ha pensado en todo esto. ¡Ah!, dirás, ¿en qué pensaba, ¡oh Dios mío!, cuando no pensaba en Ti? ¿De qué me acordaba, cuando me olvidaba de Ti? ¿Qué amaba cuando no te amaba a Ti? ¡Ah! había de alimentarme de la verdad y me hartaba de vanidades, y era esclava del mundo, siendo así que ha sido hecho para servirme.

  1. Detesta la vida pasada. Pensamientos vanos, cavilaciones inútiles, renuncio a vosotros: recuerdos detestables y frívolos, os detesto-, amistades infieles y desleales, servicios perdidos y miserables, correspondencias ingratas, enfadosas complacencias, os desecho.
  1. Conviértete a Dios. Tú, Dios mío y Salvador mío, serás, en adelante, el único objeto de mis pensamientos; jamás aplicaré mi atención a pensamientos que te sean desagradables: mi memoria, durante todos los días de mi existencia, estará llena de la grandeza de tu bondad, tan dulcemente ejercida en mi vida; Tú serás las delicias de mi corazón y la suavidad de mis afectos.; ¡Ah, sí! ; aborreceré para siempre tales y tales bagatelas y diversiones a las cuales me entregaba, y a los ejercicios vanos, en los cuales empleaba mis días, y a tales afectos, que cautivaban mi corazón, y, para lograrlo, emplearé tales y tales remedios.

CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios que te ha creado para un fin tan excelente. Tú, Señor, me has hecho para Ti, para que goce eternamente de la inmensidad de tu gloria: ¿Cuándo llegaré a ser digna de ello y cuándo te bendeciré como es debido?

  1. Ofrecimiento. Te ofrezco, ¡oh mi amado Creador!, todos estos mismos afectos y resoluciones, con toda mi alma y con todo mi corazón.
  1. Pide. Te ruego, ¡oh Dios mío!, que te sean agradables mis anhelos y mis propósitos, y que concedas tu santa bendición a mi alma, para que pueda cumplirlos, por los méritos de la sangre de tu Hijo, derramada en la Cruz, etc.

Padrenuestro, etc.

Haz el ramillete de devoción.

“Introducción a la vida devota”: Primera parte de la introducción, cap.X

Lo que deben evitar los cristianos

Texto tomado de

“El joven cristiano”

Por San Juan Bosco

Artículo 1º. —Evitar el ocio

El lazo principal que el demonio tiende a la juventud es el ocio, origen funesto de todos los vicios. Convenceos de que el hombre ha nacido para el trabajo; y cuando se excusa de él, está fuera de su centro y corre gran riesgo de ofender a Dios.

El ocio es, según el Espíritu Santo, el padre de los vicios, y el trabajo los combate y los vence todos. El mayor tormento de los condenados en el infierno es el pensar que han perdido el cielo por haber pasado en la ociosidad la mayor parte del tiempo que Dios les había dado para salvarse. Al contrario, no hay mayor consuelo para los bienaventurados en el paraíso que el acordarse de que un poco de tiempo empleado un servir a Dios les ha valido la eterna felicidad.

No pretendo con esto que os ocupéis desde la mañana has­ta la noche sin descanso alguno; al contrario, yo os concedo gustoso las diversiones propias de vuestra edad y en las que no ofendáis a Dios. Sin embargo, no cesaré de recomendaros con preferencia aquellas cosas que, sirviéndoos de esparcimien­to, puedan seros de alguna utilidad, como, por ejemplo, el estu­dio de la historia, la geografía, las artes mecánicas y liberales, los trabajos manuales, etc., con que podéis recrearos, adquirir conocimientos útiles y contentar a vuestros superiores. Además podéis también divertiros con juegos y entretenimientos lícitos, útiles para recrear el espíritu y el cuerpo; pero no toméis parte en ellos sin haber antes pedido la debida licencia. Preferid los que requieran agilidad y destreza corporal, por ser los más convenientes para la salud. Evitad los engaños, las trampas, los pequeños fraudes, los juegos pesados y las palabras que ocasionen discordias y ofendan a vuestros compañeros. Tanto en el juego como en la conversación o en el cumplimiento de cualquier deber, levantad de cuando en cuando vuestro corazón a Dios y ofrecedlo todo a su mayor honra y gloria. Omnia in gloriam Dei facite, dice San Pablo.

Interrogado una vez San Luis, mientras jugaba alegremen­te con sus amigos, qué haría si se le apareciese un ángel para advertirle que, pasado un cuarto de hora, debería comparecer ante el tribunal de Dios, el Santo respondió sin vacilar que continuaría jugando, pues creía con aquella acción agradar al Señor. Lo que os recomiendo con mayor insistencia en vues­tros recreos y pasatiempos es el huir, como de la peste, de los malos compañeros.

Artículo 2º. —Huir de las malas compañías

Hay tres clases de compañeros: unos, buenos; otros, malos, y otros, en fin, que no son ni lo uno ni lo otro. Debéis procu­rar la amistad de los primeros; ganaréis mucho huyendo com­pletamente de los segundos; en cuanto a los últimos, tratadlos cuando sea necesario, evitando toda familiaridad. “Pero ¿quié­nes son esos amigos perjudiciales?” Escuchadme, hijos míos, y comprenderéis cuáles son. Todos los chicos que no se aver­güenzan de tener en vuestra presencia conversaciones obsce­nas y de pronunciar palabras de doble sentido y escandalosas; los que mienten o critican; los que profieren juramentos, impre­caciones y blasfemias; los que tratan de alejaros de la pie­dad; los que os aconsejan el robo, la desobediencia a vuestros padres y el olvido de vuestros deberes…, todos éstos son malísimos amigos, ministros de Satanás, de quienes debéis huir más que de la peste o del mismo diablo. ¡Ah!, con lágrimas en los ojos os suplico distéis y huyáis de semejante com­pañía.

Escuchad la voz del Señor, que dice: “El que se asocia al hombre virtuoso será virtuoso; el amigo del vicioso se perverti­rá”. Huid de un mal compañero como de la vista de una ser­piente venenosa: Quasi a facie colubri. En una palabra, si os juntáis con los buenos, os aseguro que iréis con ellos al pa­raíso; al contrario, si con los malos, seréis desgraciados y con­cluiréis por perder irreparablemente vuestra alma.

Dirá tal vez alguno. “Son tantos los malos compañeros, que sería preciso abandonar el mundo para huir de ellos”. En efecto, es tan perjudicial el trato de los amigos viciosos, que, precisamente esto, os recomiendo con tanta insistencia que huyáis de ellos. Y si por esto os vierais solos, dichosos de vos­otros, pues tendríais por compañeros a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santísima Virgen y al ángel custodio, que son nuestros mejores amigos. Podéis, no obstante, tener buenos amigos, y los encontraréis entre aquellos que frecuentan la confesión y comunión, que asisten a la iglesia, que con sus palabras y ejemplos os animan al cumplimiento de vuestros deberes y os alejan de todo lo que puede ofender a Dios. Estrechad vues­tras relaciones con ellos y obtendréis gran provecho. David y Jonatás llegaron a ser buenos amigos, con ventajas recíprocas, pues se animaban mutuamente a la práctica de la virtud.

Artículo 3º.—Evitar las malas conversaciones

¡Cuántos jovencitos se encuentran en el infierno por haber caído en malas conversaciones! San Pablo predicaba ya esta verdad, cuando decía que las cosas impuras no debían ni nombrarse entre los cristianos, pues son la ruina de las buenas costumbres: Corrumpunt mores bonos colloquia mala. Compa­rad vuestras conversaciones a un manjar agradable: por bien preparado que esté, si cae en él una gota de veneno, basta para dar muerte a cuantos lo coman. Lo mismo sucede con las con­versaciones impuras: una palabra, un gesto, una broma, bas­tan a veces para enseñar el mal a un jovencito, y aun a veces a muchos que, habiendo vivido hasta entonces como inocentes corderillos, se convierten en desgraciados esclavos de Satanás.

Me diréis: “Conocemos las funestas consecuencias de las conversaciones impuras; pero ¿qué hemos de hacer? Estamos en una escuela, en una tienda, en un negocio o empleo donde tenemos que trabajar, y allí las oímos”. Demasiado conozco, hijos míos, lo que os ocurre; y por eso quiero daros una norma de conducta que os pueda servir para evitar las ofensas al Señor. Si los que hablan así son vuestros inferiores, reprendedlos severamente; si no podéis hacerlo a causa de su posi­ción, tratad de alejaros de ellos; y si esto no es posible, abs­teneos completamente de tomar parte en lo que dicen; y, di­rigiéndoos a Nuestro Señor, decidle muchas veces: “¡Jesús mío, misericordia!” Si, a pesar de todas estas precauciones, os encon­tráis en peligro de ofender a Dios, os dan consejo de San Agustín: Apprehende fugam, si vis referre victoriam. Huye, abandona el puesto, la escuela, el empleo y el trabajo, sufre todos los males del mundo antes que permanecer entre gentes que ponen en gran peligro la salvación de tu alma; porque, co­mo dice el Evangelio, más vale ser pobre y despreciado, más vale que nos corten los pies y las manos, que nos saquen los ojos, y llegar así al cielo, antes que poseer todo lo que deseamos en el mundo y ser eternamente desgraciados en el infierno.

Se burlarán probablemente de vosotros, pero no os dé cuidado, pues llegará un día en que las burlas y las risas de los malos se trocarán en lágrimas en el infierno, y los desprecios que hayan sufrido los buenos se cambiarán en eternas alegrías en el paraíso: Tristitia vestra vertetur in gaudium. Persuadíos, además, de que vuestra rectitud obligará a los mismos que os despreciaron a reconocer vuestra sensatez, y al fin guardarán silencio.

Nadie se atrevía a pronunciar palabras malsonantes en presencia de San Luis Gonzaga; y, si se acercaba en el momento que se profería alguna, cortaban todos aquella conversación di­ciendo: “Silencio, que viene Luis”.

Artículo 4º.—Evitar los escándalos

La palabra escándalo significa tropiezo, y se llama escan­daloso al que con sus palabras o acciones da a los demás oca­sión de ofender a Dios. El escándalo es un pecado abomina­ble; pues, robando a Dios las almas que ha creado para el cielo y rescatado con su preciosa sangre, las pone en manos del demonio y las envía al infierno. Así es que puede llamarse al escandaloso verdadero ministro de Satanás. Cuando el demonio ha empleado inútilmente todos sus ardides para seducir a un joven, se suele servir finalmente de los escandalosos. ¡Con qué enorme número de pecados se cargan la conciencia aque­llos que escandalizan en la iglesia, en la calle, en el colegio o en cualquier sitio! Cuanto mayor es el numero de las personas a quienes hayan escandalizado, tanto mayor y más tremenda es su culpa a los ojos de Dios. Pero ¿qué se dirá de los que llevan la perversidad hasta enseñar el mal u las almas inocen­tes? Oigan estos desgraciados la sentencia que dio un día el Salvador.

Tomando de la mano a un niño, se volvió a la multitud que le escuchaba y dijo: “¡Ay de aquel que escandalice a alguno de estos niños que creen en mí! Muchos escándalos hay en el mundo, pero ¡ay de aquel que los comete! Mejor le fuera que le colgasen al cuello una piedra de molino y le arrojaran en lo profundo del mar”.

Si se pudieran suprimir en el mundo los escándalos, ¡cuán­tas almas que hoy se condenan irremisiblemente llegarían al paraíso! Temed a los escandalosos y huid de ellos como del mismo demonio. Una niña de tierna edad, oyendo una vez ciertas palabras escandalosas, dijo al que las profería: “¡Fuera de aquí, espíritu maligno!” Si vosotros, queridos jovencitos, queréis ser los verdaderos amigos de Jesús y María, debéis no tan sólo huir de los escandalosos, sino esforzaros con el buen ejemplo en reparar el gran mal que estos hacen a las almas. Vuestras conversaciones sean buenas y modestas; sed devotos en la iglesia, obedientes y respetuosos hacía vuestros superio­res. ¡Oh, cuántos compañeros os imitarán, yendo, como vos­otros, por la senda del paraíso! Podéis estar seguros de salva­ros con ellos; porque, como dice San Agustín, el que contribu­ya a la salvación de un alma, puede esperar fundadamente que también salvará la propia: Animam salvasti, animam tuam praedestinasti.

Estos son los principales peligros de que debéis huir en el mundo; si ponéis en práctica los medios para evitarlos, viviréis una vida cristiana y virtuosa, recibiendo más tarde la eterna recompensa allá en el cielo.

Meditación sobre la Creación

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

Meditación 1ª : DE LA CREACIÓN

 

PREPARACIÓN. 1. Ponte en la presencia de Dios.-2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES. 1. Considera que sólo hace algunos años que no estabas en el mundo y que tu ser era una verdadera nada. ¿Dónde estábamos, ¡oh alma mía!, en aquel tiempo? El mundo era ya de larga duración, y de nosotros todavía no se tenía noticia.

  1. Dios te ha hecho salir de esta nada, para hacer de ti lo que eres, sin que te hubiese menester, únicamente por su bondad.
  2. Considera el ser que Dios te ha dado; el primer ser del mundo visible capaz de vivir eternamente y de unirse perfectamente a la divina Majestad.

AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Humíllate profundamente delante de Dios y dile de corazón con el salmista: «¡Oh Señor!, soy una verdadera nada delante de Ti. Y, ¿ cómo te has acordado de mí para crearme?» ¡Ah!, alma mía, tú estabas sumida en el abismo de esta antigua nada, y todavía estarías allí, si Dios no te hubiese sacado de ella; y ¿qué harías en esta nada?

  1. Da las gracias a Dios. ¡Oh mi grande y buen Creador, cuánto te debo, pues me has sacado de la nada, para hacer de mí lo que soy por tu misericordia! ¿Qué podré hacer jamás para bendecir tu santo Nombre y agradecer tus inmensas bondades?
  1. Confúndete. Pero, ¡oh Creador mío!, en lugar de unirme a Ti por el amor y sirviéndote, me he rebelado con mis desordenadas aficiones y me he separado y alejado de Ti para juntarme con el pecado, dejando de honrar a tu bondad, como si no fueses mi Creador.
  1. Humíllate delante de Dios. «Has de saber, alma mía, que el Señor es tu Dios; Él es quien te ha hecho» y no tú. ¡Oh Dios mío!, soy obra de tus manos.
  1. No quiero, en adelante, complacerme más en mí misma, ya que, por mi parte, nada soy. ¿ De qué te glorias, ¡oh! polvo y ceniza? 0 mejor dicho, ¿de qué te ensalzas, ¡oh¡ verdadero nada? Para humillarme, quiero hacer tal o cual cosa, soportar este o aquel desprecio. Deseo cambiar de vida, seguir, en adelante, a mi Creador,y honrarme con la condición del ser que Él me ha dado, empleándola toda en obedecer a su voluntad, por los medios que me serán enseñados, acerca de los cuales preguntaré a mi padre espiritual.

CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios. «Bendice, ¡ oh alma mía!, a tu Dios y que todas mis entrañas alaben su santo Nombre», porque su bondad me ha sacado de la nada y su misericordia me ha creado.

  1. Hazle ofrenda. ¡Oh Dios mío!, te ofrezco el ser que me has dado, con todo mi corazón; te lo dedico y te lo consagro.
  1. Ruega. ¡Oh Dios mío!, robustéceme en estos afectos y en estas resoluciones; ¡oh Virgen Santísima!, recomiéndalas a la misericordia de tu Hijo, con todos aquellos por quienes tengo obligación de rogar, etc.

Padrenuestro, Avemaría.

Al salir de la oración, paseando un poco, haz un pequeño ramillete con las consideraciones que hubieres hecho, para olerlo durante todo el día.

“Introducción a la vida devota”: Primera parte de la introducción, cap.IX

Medios de perseverancia (II/II)

Texto tomado de

“El joven cristiano”

Por San Juan Bosco

Artículo 4º. — Devoción a María Santísima

La devoción y el amor a María Santísima es una gran de­fensa, hijos míos, y un arma poderosa contra las asechanzas del demonio. Oíd la voz de esta buena Madre, que os dice; Si quis est parvulus,veniat ad me: El que es niño, que venga a mí. Ella nos asegura que si somos sus devotos, nos colocará en el número de sus hijos, nos cubrirá con su manto, nos col­mará de bendiciones en este mundo, y para el otro nos asegura el paraíso. Qui elucidant me vitam aeternam habebunt. Amad, pues, a esta vuestra Madre celestial; acudid a ella de cora­zón, y estad ciertos de que cuantas gracias le pidáis os serán concedidas, siempre que no redunden en perjuicio de vuestras almas. Debéis, además, pedir con perseverancia tres gracias especiales, que son de absoluta necesidad para todos, pero par­ticularmente para los jóvenes, a saber:

La primera, que os ayude para no cometer ningún pecado mortal en toda vuestra vida. Las demás gracias, sin ella, care­cerían de valor.

¿Sabéis qué quiere decir caer en pecado mortal? Quiere decir renunciar al título de hijo de Dios, para ser esclavo de Satanás; perder aquella belleza que ante los ojos de Dios nos hace tan hermosos como los ángeles, para ser semejantes a los demonios; perder todos los méritos ya adquiridos para la vida eterna; quiere decir estar expuestos a ser precipitados a cada momento en el infierno; quiere decir inferir una enorme injuria a la Bondad infinita, lo cual es el mayor mal que pueda ima­ginarse. Aun cuando María Santísima os obtuviera muchas gracias, de nada servirían si no os consiguiera la de no caer en pecado mortal. Esto debéis implorarle mañana y tarde y en todos vuestros ejercicios de piedad.

La segunda es conservar la preciosa virtud de la pureza, de que ya os he hablado. Si conserváis intacto ese precioso te­soro, seréis semejantes a los ángeles y vuestro ángel de la guarda os mirará como hermano y se complacerá en vuestra compañía.

Estas tres gracias son las más necesarias a vuestra edad, y bastarán para encaminaros en la senda por la cual llegaréis a ser hombres respetables en la edad madura y a obtener la gloria eterna, que María concede indudablemente a sus devotos.

¿Qué obsequio le ofreceréis para obtener estas gracias? Si podéis, rezad el santo rosario, o al menos no os olvidéis nunca de rezar cada día tres avemarías, y Gloria Patri con la jacula­toria “¡Madre querida, Virgen María, haced que yo salve el alma mía!”.

artículo 5.°—Consejos a los jóvenes que pertenecen a alguna congregación

Si tenéis la suerte de pertenecer a alguna congregación o compañía, procurad cumplir con fidelidad y exactitud su regla­mento. Tened, sobre todo, un profundo respeto a los directores, sin cuyo permiso no debéis ausentaros jamás. Si llegáis a la iglesia antes de la hora de las sagradas funciones, manteneos con modestia y en silencio, leyendo u oyendo leer algún libro devoto. Si cantáis salmos, o alabanzas al Señor, procurad ha­cerlo con alegría de corazón y recogimiento de espíritu. Si os confesáis y recibís la santa comunión, hacedlo en la capilla de vuestra congregación, porque esto contribuirá mucho a dar el ejemplo y animará a los otros a frecuentar estos santos sacramentos. Sin embargo, la comunión pascual conviene la hagáis en vuestra propia parroquia; bueno será, además, comulgar en la misa otros días, para dar buen ejemplo a los deis y para manteneros unidos con vuestro párroco, que es el padre de todos los fieles de la parroquia.

Si en vuestra congregación tenéis honestos entretenimientos, tomad parte en ellos; pero evitad las contiendas con los demás, las burlas, los apodos y el mostraros descontentos de las diversiones que se os proporcionen. Si oyeseis u observa­seis algo que no fuese conveniente, decídselo secretamente al superior para que impida el mal que pueda resultar de ello. Sería muy digno de elogio que refirieseis algunas anécdotas y ejemplos edificantes a los demás.

Sed siempre sinceros en vuestras palabras; nunca digáis mentiras; pues, además de ofender a Dios, perderíais la estima­ción de vuestros superiores y amigos. Os recomiendo también que tengáis una confianza filial en el director, consultando con él todas vuestras dudas de conciencia. Guardad también gran respeto a los demás superiores, especialmente si son sacer­dotes; descubríos en señal de reverencia cuando paséis por su lado y contestad a sus preguntas con palabras sinceras y humildes. Si se os confía algún cargo, como cantor, asistente, procurad ser modelos en todo, y mucho más en lo que se relaciona el servicio de Dios. En fin, os recomiendo a todos la mayor exactitud en la observancia del reglamento, estimulándoos a porfía en ser los más devotos, modestos y puntuales en el cumplimiento de vuestros deberes religiosos.

 

artículo 6º. —Sobre la elección de estado

Dios, en sus eternos designios, destina a cada uno un gé­nero de vida y le da las gracias necesarias a ese estado. En tan trascendental elección, el cristiano debe conocer la divina voluntad, imitando a Jesucristo, quien protestaba haber venido a cumplir la voluntad del Eterno Padre. Es de suma importan­cia, hijo mío, que aciertes en esa elección, a fin de que no te impongas obligaciones que no sean de la voluntad y agrado del Señor[1]. Dios ha manifestado a algunos de un modo particular y extraordinario el estado a que los llamaba. Tú no pretendas tanto; pero consuélate con tener la seguridad de que el Señor te ha de dirigir en el recto camino por los medios ordinarios de su divina Providencia, con tal que no descuides los medios oportunos para una prudente determinación.

Uno de estos medios es pasar en la inocencia la niñez y la adolescencia, o, a lo menos, reparar con verdadera penitencia los años que has vivido en pecado.

Otro medio poderosísimo es la oración humilde y perseve­rante, repitiendo con San Pablo: “Señor, ¿qué queréis que ha­ga?”; o bien con Samuel: “Hablad, Señor, que vuestro siervo escucha”; o con el Salmista: “Enseñadme a hacer vuestra vo­luntad, porque Vos sois mi Dios”, u otra semejante aspiración. En tus resoluciones, acude a Dios con fervientes plegarias, consagra a este fin tus oraciones en la santa misa y aplica al­guna comunión. Haz alguna novena o triduo, practica cual­quier abstinencia y visita algún santuario.

Acude a María, que es la Madre del buen consejo; a San José, su esposo, que siempre fue muy fiel a los divinos manda­mientos ; al ángel custodio y a tus santos protectores.

Sería muy laudable, antes de esta decisión, hacer ejercicios espirituales o un día de retiro.

Proponte seguir la voluntad de Dios suceda lo que suceda, aunque los mundanos desaprueben tal determinación.

Si tus padres u otras personas de autoridad quisiesen des­viarte del camino a que Dios te llama, recuerda que antes se debe obedecer a Dios que a los hombres. No olvides que les debes sumo respeto y amor, pues son tus superiores; y por esto te recomiendo que en tus palabras y acciones te portes con ellos siempre con humildad y mansedumbre, pero sin que tu alma sufra detrimento por su causa. Pide consejo acerca del modo con que te conviene proceder y confía en Aquel que todo lo puede.

Consulta con personas piadosas y sabias, y, sobre todo, con tu confesor, declarándole llanamente tu situación y disposi­ciones.

Cuando San Francisco de Sales manifestó a sus padres que Dios le llamaba al sacerdocio, le contestaron que, como pri­mogénito de la familia, había de ser su apoyo y sostén, que tal inclinación al estado eclesiástico era sólo efecto de una indis­creta devoción y que podría con toda facilidad santificarse aun viviendo en el siglo. Para obligarle en cierta manera a se­guir sus intenciones, le propusieron un casamiento noble y muy ventajoso; pero nada pudo disuadirle de su santo propósito. Constante y firme, quiso anteponer la voluntad de Dios a la de sus padres, aunque los amaba tierna y cariñosamente, y prefirió renunciar a toda ventaja temporal antes que dejar de corresponder a la gracia de la vocación. Sus padres, aunque tenían otras miras mundanas, como eran buenos cristianos, acabaron por regocijarse mucho de la resolución de su apre­ciado hijo.

oración a la santísima virgen para conocer la vocación

Vedme aquí a vuestros pies, ¡oh piadosísima Virgen!, para implorar de Vos la importantísima gracia de conocer lo que debo hacer. No deseo otra cosa sino cumplir perfectamente la voluntad de vuestro divino Hijo todo el tiempo de mí vida. ¡Oh Madre del buen consejo!, hacedme oír vuestra voz, de suerte que aleje toda duda de mi mente. De Vos espero, pues sois la Madre de mi Salvador, que seáis también la Madre de mi salvación; pues si Vos, ¡oh María!, no me enviáis un rayo del divino Sol, ¿qué luz me iluminará, quién me instruirá, si rehu­sáis hacerlo Vos, que sois Madre de la Sabiduría increada? Oíd, pues, mis humildes súplicas. No permitáis que me extra­víe; en mis dudas y vacilaciones, conducidme por el camino recio que guía a la vida eterna. Vos, que sois mi única espe­ranza, cuyas manos están llenas de tesoros de virtud y vida y que derramáis frutos de honor y santidad.

Un padrenuestro, avemaría y “Gloria”. “María, Auxilium Christianorum, ora pro me”.

[1] A los padres y educadores advierte: “La vocación no se impone. Vuestro deber es ayudar al niño a conocerla y seguirla” (MB XI 254).

Juan Pablo II a los consagrados

MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA DE LA IX JORNADA MUNDIAL
DE LA VIDA CONSAGRADA

Durante la concelebración eucarística, antes de leer el mensaje del Papa, mons. Franc Rodé transmitió a los presentes el saludo y la bendición de Su Santidad, que estaba unido espiritualmente a los consagrados congregados en la basílica. He aquí sus palabras: 

En la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, día en que el Hijo de Dios engendrado en la eternidad es proclamado por el Espíritu Santo “gloria de Israel” y “luz de las naciones”, nos encontramos reunidos para renovar nuestra consagración al Señor. A todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, os transmito el saludo personal del Santo Padre, que os agradece el afecto mostrado y la fervorosa oración. En este momento el Papa está presente entre nosotros con su oración y nos envía su bendición. Escuchemos con corazón agradecido su Mensaje a los consagrados y consagradas de todo el mundo.

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Hoy se celebra la Jornada de la vida consagrada, ocasión propicia para dar gracias al Señor juntamente con aquellos que, llamados por él a la práctica de los consejos evangélicos, “los profesan fielmente, se consagran de modo particular a Dios, siguiendo a Cristo, que, virgen y pobre (cf. Mt 8, 20; Lc 9, 58), por su obediencia hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2, 8), redimió y santificó a los hombres” (Perfectae caritatis, 1). Este año la celebración asume un significado especial, porque se cumple el 40° aniversario de la promulgación del decreto Perfectae caritatis, con el que el concilio ecuménico Vaticano II trazó las líneas fundamentales de la renovación de la vida consagrada.

Durante estos cuarenta años, siguiendo las directrices del magisterio de la Iglesia, los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica han recorrido un camino fecundo de renovación, marcado, por una parte, por el deseo de fidelidad al don recibido del Espíritu mediante los fundadores y las fundadoras, y, por otra, por el anhelo de adaptar el modo de vivir, de orar y de actuar a “las condiciones actuales, físicas y psíquicas, de los miembros y, en la medida en que lo exija el carácter de cada instituto, a las necesidades del apostolado, a las exigencias de la cultura y a las circunstancias sociales y económicas” (Perfectae caritatis, 3).

¿Cómo no dar gracias al Señor por esta oportuna “actualización” de la vida consagrada? Estoy seguro de que, también gracias a ella, se multiplicarán los frutos de santidad y actividad misionera, a condición de que las personas consagradas conserven siempre un fervor ascético y lo manifiesten en las obras apostólicas.

2. El secreto de este fervor espiritual es la Eucaristía. Durante este año, dedicado de modo especial a ella, quisiera exhortar a todos los religiosos y religiosas a instaurar con Cristo una comunión cada vez más íntima mediante la participación diaria en el sacramento que lo hace presente, en el sacrificio que actualiza su entrega de amor en el Gólgota, en el banquete que alimenta y sostiene al pueblo de Dios peregrino. Como afirmé en la exhortación apostólica Vita Consecrata, “por su naturaleza, la Eucaristía ocupa el centro de la vida consagrada, personal y comunitaria” (n. 95).
Jesús se entrega como Pan “partido” y Sangre “derramada” para que todos “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Se entrega a sí mismo por la salvación de toda la humanidad. Tomar parte en su banquete sacrificial no sólo implica repetir el gesto realizado por él, sino también beber su mismo cáliz y participar en su misma inmolación. Del mismo modo que Cristo se hace “pan partido” y “sangre derramada”, todos los cristianos, y más aún todos los consagrados y las consagradas, están llamados a dar la vida por los hermanos, en unión con la del Redentor.

3. La Eucaristía es el manantial inagotable de la fidelidad al Evangelio, porque en este sacramento, corazón de la vida eclesial, se realizan plenamente la íntima identificación y la total configuración con Cristo, a la que los consagrados y las consagradas están llamados. “Aquí se concentran todas las formas de oración, se proclama y acoge la palabra de Dios, se nos interpela sobre la relación con Dios, con los hermanos y con todos los hombres:  es el sacramento de la filiación, de la fraternidad y de la misión. La Eucaristía, sacramento de unidad con Cristo, es a la vez sacramento de la unidad eclesial y de la unidad de la comunidad de los consagrados. En definitiva, es fuente de la espiritualidad de cada uno y del instituto” (Caminar desde Cristo, 26). En la Eucaristía las personas consagradas adquieren “una mayor libertad en el ejercicio del apostolado, una irradiación más consciente, una solidaridad que se expresa con el saber estar de parte de la gente, asumiendo sus problemas para responder con una fuerte atención a los signos de los tiempos y a sus exigencias” (ib., 36).

Amadísimos hermanos y hermanas, entremos en el misterio de la Eucaristía guiados por la santísima Virgen y siguiendo su ejemplo. Que María, Mujer eucarística, ayude a cuantos están llamados a una intimidad especial con Cristo a participar asiduamente en la santa misa y les obtenga el don de una obediencia pronta, de una pobreza fiel y de una virginidad fecunda; que los convierta en discípulos santos de Cristo eucarístico.
Con estos sentimientos, a la vez que les aseguro un recuerdo en la oración, de buen grado bendigo a todas las personas consagradas y a las comunidades cristianas en las cuales están llamadas a cumplir su misión.

Vaticano, 2 de febrero de 2005

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado