Curación del ciego de nacimiento
(Homilía del Domingo)
Jn 9,1.6-9.13-17.34-38
Queridos hermanos:
A partir del Evangelio de este Domingo podemos considerar diversos aspectos respecto al milagro que se nos narra: la misericordia de Jesucristo, la actitud del ciego, la respuesta de los fariseos, etc.; pero en esta oportunidad quería detenerme en la bastante conocida y siempre fructífera alegoría de Jesucristo como aquel que nos da la vista para que podamos “ver y comprender y adentrarnos en las realidades sobrenaturales”, pues como la gracia divina que Jesucristo conquistó para nosotros actúa y se queda directamente en el alma, necesariamente actúa en sus potencias que son la inteligencia y la voluntad, como sabemos, iluminando una y moviendo la otra hacia el bien respectivamente; porque no se ama lo que no se conoce, y una vez que la Gracia comienza a habitar en un alma, sus maravillosas consecuencias siempre se harán presentes y actuarán, y más y más en la medida de nuestra docilidad al Espíritu Santo que nos guía.
Dice san Agustín: “El género humano está representado en este ciego, y esta ceguedad viene por el pecado al primer hombre, de quien todos descendemos. Es, pues, un ciego de nacimiento. El Señor escupió en la tierra y con la saliva hizo lodo, “porque el Verbo se hizo carne” ( Jn 1,14). Untó los ojos del ciego de nacimiento. Tenía puesto el lodo y aun no veía, porque cuando lo untó, quizá le hizo catecúmeno. Le envió a la Piscina que se llama Siloé, porque fue bautizado en Cristo, y fue entonces cuando lo iluminó. Tocaba al Evangelista el darnos a conocer el nombre de esta Piscina, y por eso dice: “Que quiere decir Enviado”, porque si Aquél no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros habría sido absuelto del pecado.”
Nuestra vida espiritual está asentada sobre la fe que profesamos, y depende en última instancia de nuestro grado de caridad, pero se apoya necesariamente también en la fe y en la esperanza, en las realidades que no vemos pero que sí creemos, y en la recompensa que esperamos al final de nuestros días. Es por eso que, de alguna manera, permanecemos como ciegos ante ciertas realidades, ante ciertos dones recibidos, mientras Jesucristo no nos cure con su gracia y nos permita tener así una mirada completamente nueva, una mirada sobrenatural inquieta por descubrir a la Divina Providencia obrando en todo, ansiosa por descubrir aquel grandioso plan divino trazado para el alma, plan que se irá develando más y más en la medida de nuestro progreso espiritual. Teniendo todo esto en cuenta, podemos decir que el ciego de nacimiento a quien Jesucristo dio la vista con la tierra y su saliva, nos representa perfectamente, pues no comenzamos a ver de manera realmente profunda mientras Jesucristo nos intervenga directamente en nuestra vida (en nuestro caso por la gracia y los Sacramentos), y que nos da una pincelada de lo que implica la vida espiritual, en la que nuestro Salvador pone de sí pero también usando tierra, de la cual viene el hombre también, signo de la pertenencia a este mundo, de la parte humana, frágil; pero que unida al obrar de Jesucristo puede producir milagros.
San Gregorio comenta: “La saliva significa el sabor de la contemplación íntima, la cual baja desde la cabeza a la boca, porque desde la altura de la gloria es de donde viene Dios a nosotros por las dulzuras de la revelación, mientras estamos en esta vida. El Señor mezcló su saliva con la tierra y devolvió así la vista al ciego de nacimiento; porque mezclando la contemplación de su verdad con nuestro pensamiento es como la gracia sobrenatural irradia en nosotros. Y sanando al hombre de su natural ceguera, ilumina su inteligencia.”
Queridos hermanos, el Evangelio de este día nos invita a reflexionar en esta realidad sobrenatural que puede hacer magnánimas a las almas: “Jesucristo vino a ofrecernos y darnos la vista, pero no cualquier vista, sino más bien una profunda mirada sobrenatural”; la mirada que pone sus ojos en el Cielo y que todo lo refiere al Cielo; la mirada que se queda fija en Jesucristo Sacramentado haciendo un sincero acto de fe; la mirada que lo acompaña en el sagrario y lo descubre y atiende en el prójimo; la mirada que ve la mano de Dios en las cruces más pesadas y en los gozos más grandiosos.
El Evangelio de hoy cierra de una manera sumamente hermosa con el reencuentro de Jesucristo con el que antes era ciego. Jesucristo quiere que vea más allá, no tan sólo con los ojos del cuerpo sino también con los del alma, con la mirada de la fe, y es por eso que con su pregunta lo invita a creer:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»…
Y comenta finalmente san Agustín: “Ahora purifica su corazón. Por último, purificado el corazón y limpia la conciencia, lo reconoce, no ya como Hijo del hombre solamente (como antes lo había creído), sino como Hijo de Dios, que había tomado la forma humana. “Y él dijo: Creo, Señor”. Poco es creer. ¿Quieres ver de qué manera cree? “Y postrándose le adoró”.”
Que María santísima, nuestra Madre del Cielo, nos alcance la gracia de creer profundamente en Jesucristo, de enamorarnos cada vez más de Él, y de que nuestra fe también se acreciente e ilumine nuestra vida espiritual e intimidad con Dios, de tal manera que veamos siempre más allá y no se nos pasen de largo los designios de santidad que Dios nos tiene preparados.
P. Jason Jorquera M.