Para acompañar esta cuaresma
Hermanos y hermanas: ha llegado la penumbra de la tarde, tarde del viernes. De nuevo la Iglesia se prepara a revivir, en la escucha de la Palabra, el último tramo de la vida de Cristo: desde el Huerto de los Olivos a la tumba excavada en el Jardín. (del Vía Crucis de san Juan Pablo II)
Es un hecho hermosamente cotidiano para nosotros los católicos, que existen devociones y oraciones tan profundas, y que nos acercan tanto a Dios -directamente o mediante la santísima Virgen o los santos, y que se sustentan y a la vez fortalecen nuestra fe enriqueciéndonos eficazmente en el alma-, que les damos el apelativo de “santas”, como por ejemplo el santo rosario, la santa devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, o el rezo del santo Vía Crucis. Este último, recomendado siempre -pero especialmente en tiempo de cuaresma-, nos introduce de lleno de reflexionar en la sagrada Pasión de nuestro Señor Jesucristo, deteniéndonos en cada estación a considerar el amor hasta el extremo de nuestro Salvador, e invitándonos a sacar las conclusiones y formular las determinaciones que preceden una conversión profunda, un acercamiento del todo especial al Corazón de Cristo, y -por qué no-, al inicio de una vida santa, una de esas vidas que aprendieron a mirar la existencia justamente a través del crisol de la sagrada Pasión, donde el pecado debe ser sanado, donde el error debe ser desterrado, y donde el corazón del pecador aprende a conmoverse de quien primero se compadeció de él, bajando a la tierra en forma humana para padecer hasta lo indecible y demostrarnos que no hay amor más grande que el suyo, medido terriblemente en este sufrimiento que se convierte para nosotros en la prueba visible de la misericordia divina que nos invita a lo invisible, es decir, a esa íntima gratitud y transformación que, en última instancia, queda escondida entre la intimidad del alma y su relación con Dios…
Rezar el santo Vía Crucis, reiteramos, es una invitación a transformar el corazón, a ablandarlo para Jesucristo mientras lo acompañamos hacia el Calvario, y a endurecerlo contra el pecado y contra toda falta de correspondencia a este amor divino que se ofrece por nosotros a la cruz. ¡Recemos el santo Vía Crucis!, acompañemos a nuestro Señor; seamos como el Cireneo que le ayudó a cargar la cruz pero sin vergüenza ni pusilanimidades; o como la Verónica que se le acercó valientemente para secar su rostro ensangrentado y sudoroso; miremos a María santísima, aceptando los dolorosos designios amorosos de su Hijo pero sin retroceder ante la cruz -¡oh qué grande misterio del corazón Inmaculado!-, encontrémonos con Él en la oración y tratemos de consolarlo como la Virgen tomando sus manos entre las suyas; y dejémonos consolar por Él como las mujeres de Jerusalén; levantémonos de nuestras caídas porque nuestro Señor se levantó, y no soltó la cruz, y llegó hasta el final para consumar esta amorosa entrega que tan bien nos hace conmemorar.
En este tiempo especial de oración y penitencia en preparación a la Pascua del Señor, examinemos nuestros sacrificios ofrecidos a Dios por amor, por gratitud, por santa compasión de la Sagrada Pasión Pasión, invitación propia del santo Vía Crucis.
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.
(Más fotos del rezo del santo Vía Crucis en el Monasterio, en Facebook)