Y otra vez la treintena se nos cambió en acción de gracias

¡Gracias a san José y a la Sagrada Familia!, ¡Gracias a todos por sus oraciones!

Queridos amigos del monasterio de la Sagrada Familia:

Como bien saben todos aquellos que nos acompañan a la distancia con sus oraciones por la casa de santa Ana, hace unos meses llegamos al punto de tener que pedir ayuda, entre otras cosas, para poder conseguir un auto nuevo para la comunidad; quienes conocen Tierra Santa y dónde se encuentra ubicado el monasterio, sabrán comprender mejor la situación. En resumen, prácticamente todo está a varios kilómetros de Séforis: algunas atenciones espirituales, compras, donaciones, médico, celebraciones litúrgicas del Patriarcado, etc., y desde hace un tiempo que los mecánicos nos consideran clientes frecuentes, como frecuentes también se nos hicieron las paradas obligatorias por los problemas en aumento del auto. Pues bien, comenzamos la correspondiente treintena a san José e hicimos el pedido de ayuda pues la cantidad requerida está totalmente fuera de nuestro alcance; pero como suele hacer san José, a mitad de la treintena nos llegó la última grande y decisiva donación para poder concretar en breve dicha petición… creo que muchos de nosotros, los religiosos que solemos mantener tan ocupada a la Sagrada Familia y demás santos intercesores, estamos convencidos de que si nos pusiéramos a recopilar las gracias recibidas por san José, la Virgen y la Sagrada Familia toda (pues aquí santa Ana y san Joaquín tampoco han dejado de sorprendernos), ciertamente saldría más de un volumen de impresionantes, variadas y coloridas historias de gracias recibidas. ¿Cuántas veces nos ha llegado “la cantidad exacta” que necesitábamos?; ¿cuántas veces llegó “la donación precisa” que estábamos pidiendo?; y por allí sigue pasando la historia del “burro sin cola” que todas las hermanas habían dibujado y puesto a los pies de san José para el pesebre, y que justamente así llegó: sin cola; o aquella vez que los niños del Hogar vieron “una película con nieve” y nieve fueron a pedir a la capilla, bastante difícil para el clima de aquel entonces… y nieve cayó para que jugaran; y así está la historia de la camioneta de manzanas que tocaba la bocina cuando terminaban de rezar por ayuda, y treintenas y treintenas que supieron esperar hasta el día final para sorprender a las comunidades con las gracias pedidas tocando a la puerta de los seminarios, conventos, monasterios o parroquias. Sí, de san José se sigue escribiendo el historial de maravillas recibidas por su intercesión; y a la Virgen no cesarán de atribuírsele tantas otras gracias hermosísimas que, como en Caná, al pasar por sus manos su Hijo no le niega; y así también podemos compartirles nosotros que ha hecho aquí en su casa santa Ana y san Joaquín.

Es por esto que, a las correspondientes oraciones y santas misas de acción de gracias, hemos querido agregar esta mañana una peregrinación caminando hasta Nazaret acompañados por el santo Rosario, por supuesto; y así poder rezar en lo que fue la casa de san José, donde cuidó a Jesús y a la Virgen con la máxima y más perfecta ternura. Y ante la silenciosa imagen de nuestro querido Custodio, pusimos nuestro pequeño esfuerzo y nuestra acción de gracias, pero también las intenciones y necesidades de todas aquellas personas que rezan por nosotros y las de nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado.

Por la tarde, providencialmente, como cada jueves realizamos la Adoración continua ante el Santísimo Sacramento y junto al hermoso cuadro de la Sagrada Familia que ornamenta nuestra pequeña capilla… para seguir agradeciendo.

Ya que a san José le hemos pedido esta gracia, aprovecho la ocasión para compartirles unas “Buenas noches” (pequeña charlita), que el año pasado me pidieron y, sinceramente, no recuerdo si las llegué a publicar; en todo caso, van de nuevo en honor de nuestro querido santo.

Dios los bendiga y la Sagrada Familia los proteja. Nos seguimos encomendando a sus oraciones y seguimos renovando las nuestras por sus necesidades e intenciones.

Con nuestra bendición:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

LA CASTIDAD DE SAN JOSÉ

En este día vamos a dar una pequeña pincelada acerca de la castidad de nuestro santo Custodio, esa virtud que tiene la capacidad de asemejar a las almas a los ángeles, y que en san José podríamos decir que “resplandecía de manera escondida” … Antes de aclarar esta verdadera paradoja les comparto unos versos que resumen la idea que hoy queremos expresar acerca de nuestro querido santo:

I

Para cuidar los tesoros

se necesita un guardián

sin doblez y con afán

de proteger por decoro,

que esto vale más que el oro,

perlas, rubíes, diamantes;

y si además es constante

en las virtudes que expresa

-sobre todo la pureza-,

será confiable garante;

II

Cuánto más si los tesoros

corresponden al mismo Dios;

no uno solo sino dos,

y los más grandes de todos:

un Hijo, abajado al modo

de la herida humanidad;

y una Madre que en piedad

sobresale más que el sol;

y por eso el protector

debía ser santo en verdad.

Dice el Papa Francisco: “José vio a Jesús progresar día tras día «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). Como hizo el Señor con Israel, así él “le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer” (cf. Os 11,3-4). Jesús vio la ternura de Dios en José: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13).” Esto último es maravilloso: es común pensar en san José mirando a Jesús, entre sus brazos paternales y entre sus tiernos cuidados, pero aquí el Papa nos invita a pensar en otra perspectiva: Jesús mirando el rostro de san José, es decir, el Hijo de Dios en su humanidad buscando un rostro paternal, una mirada pura sobre sí, en definitiva, un corazón casto, capaz de cuidarlo como corresponde.

Decíamos más arriba que la castidad de san José “resplandecía de manera escondida”, porque las virtudes se dejan ver o descubrir siempre de alguna manera, aunque por otro lado también es cierto que pueden pasar desapercibidas a los ojos mundanos o a las miradas superficiales que no saben apreciar su brillo. Esto, obviamente, no pasaba con Jesús y la Virgen: ellos sabían bien que san José poseía un corazón tan casto, tan puro, que el Padre eterno decidió encomendarle a él el cuidado de sus más preciados tesoros. Recordemos aquí que la impureza es ese “mezclarse algo de cierta nobleza con algo inferior, imperfecto, hasta vil si se quiere”, de tal manera que dicha impureza hace las cosas menos nobles y hasta las puede corromper; pues bien, la pureza de san José no era así, su alma noble debió pasar -sí-, por la purificación de la prueba cuando pensó dar un paso atrás en su desposorio con la Virgen, pero el mismo Dios mediante su ángel le salió al encuentro para confirmarle el designio que sobre él había decidido; dice san Juan Crisóstomo: “en cambio, No se apareció a José en clara visión como a los pastores, porque era sobremanera fiel. Los pastores necesitaban de una visión clara, como rudos que eran. La Virgen también lo necesitaba, porque era la primera que tenía que ser instruida en muy grandes misterios, como Zacarías necesitó de una visión admirable antes que su mujer concibiese.”. Y san José “obró”, porque no tenemos palabras de él, ni una sola, pero sí hechos, y él supo resguardar en su casa y en su corazón a Jesús y a la Virgen, y ellos, por supuesto, que no se hubieran puesto a su cuidado si san José no fuera tan puro de corazón que pudiera cumplir con dicha santa encomienda… En otras palabras, podríamos decir que Jesús y la Virgen vivían muy a gusto con san José.

Dice san Juan Pablo II en la Redemptoris Custos: “En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena «libertad» el «don esponsal de sí» al acoger y expresar tal amor[16]. «En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida»[17].” En este párrafo espléndido, lo que se nos está diciendo es que para realizar el matrimonio con la Virgen Inmaculada, el esposo debía también tener un corazón castísimo, capaz de corresponder al designio divino que le encomendaba la custodia más pura de todas.

San Juan Pablo II dice que: “«La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo»[32], que es comunión de amor entre Dios y los hombres.

Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole «don esponsal de sí». Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios.” … san José, así, respeta la castidad absoluta de la Virgen, y él mismo vive castísimamente también para resguardarla durante toda su vida.

Y el Papa Francisco expresa de una manera también muy hermosa la castidad de san José: “Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida.”

Eso es lo que hace un corazón casto, y esa es la invitación que se nos hace en este día mirando el ejemplo de san José, el varón justo del corazón purísimo.

Terminamos con unas palabras del P. Pío: “San José, con el amor y la generosidad con que guardó a Jesús, así también guardará tu alma, y ​​como lo defendió de Herodes, así defenderá tu alma del Herodes más feroz: ¡el diablo! Todo el cariño que el Patriarca San José tiene por Jesús, lo tiene por ti y siempre te ayudará con su patrocinio. Él te librará de la persecución del malvado y orgulloso Herodes, y no permitirá que tu corazón se separe de Jesús. ¡Ite ad Ioseph! Acude a José con extrema confianza, porque yo, como Santa Teresa de Ávila, no recuerdo haberle pedido nada a san José sin haberlo obtenido de buena gana.”

P. Jason Jorquera M., IVE.

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