“Breves del monasterio de la Sagrada Familia”

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:
Por gracia de Dios estas últimas semanas no han dejado de ser intensas, tanto por los trabajos de mantenimiento cuanto de los apostolados realizados en el monasterio; razón por la cual nos ha resultado difícil poner nuevas publicaciones respecto a la casa de santa Ana. Sin embargo, seguimos recibiendo sus saludos y oraciones como siempre, así como sus palabras de acompañamiento a la distancia, por lo cual aprovechamos ahora para compartrles algunas líneas sobre este último tiempo.
Mantenimiento
Por gracia de Dios vamos poco a poco realizando pequeños arreglos, como algunos nuevos letreros (y otros que pronto prontamente llegarán), nuevas flores de temporada; comenzar a restaurar los asientos para el jardín, etc.
Peregrinación a Nazaret
Hace aproximadamente dos semanas, un segundo grupo de hermanas pudo realizar la peregrinación de Séforis a Nazaret, pidiendo especialmente por las vocaciones y por nuestra familia religiosa; que sean cada vez más las almas generosas que acepten el llamado de Dios a servirlo en favor de las almas en tierra de misión.
Visitas al monasterio
Como ya les hemos contado, actualmente la mayoría de quienes nos visitan son locales no cristianos, quienes se muestran muy interesados en conocer nuestro estilo de vida y poder compartir algún momento con los monjes de Séforis, gran oportunidad para aprender recíprocamente sobre lo que cada cual cree y testimonia; siendo realmente muy enriquecedor y fecundo. Por otro lado, estamos recibiendo más grupos de cristianos locales que vienen a rezar, y esta es para nosotros una gran alegría, ya que hace mucho tiempo no veíamos las velas de las imágenes de los santos de la capilla encendidas por ellos, y nuevamente -poco a poco-, podemos encontrarnos con los asientos de la capilla ocupados por devotos que elevan a Dios sus plegarias desde la casa de santa Ana.
Voluntarias y más ayudas al monasterio
Bien sabemos que la vida en el monasterio, y en toda comunidad religiosa, es intensa física como espiritualmente. Es así que hemos podido recibir con gran alegría a 3 de nuestras hermanas de Belén: la M. Cielo (Provincial), entre ellas, quienes decidieron venir a hacer unos días de “voluntariado”, dándonos una ayuda enorme especialmente en lo que respecta a la capilla y sacristía, además de la hospedería. También hemos recibido pequeñas donaciones y ayudas que nos han permitido contribuir a pequeños arreglos y sustento del monasterio. Les agradecemos enormemente, al igual que a ustedes por sus oraciones.
Feligreses de Séforis
Gracias a Dios, pese a las dificultades que han afectado la apertura y capacidad de recepción de fieles en las distintas iglesias; hemos podido continuar con la santa Misa del fin de semana con algunos amigod y feligreses que nos acompañan regularmente. Ya que aquí el Domingo es día laboral, hemos comenzado desde hace unos meses a tener la Adoración de la tarde y a continuación la santa Misa con nuestros amigos, luego de la cual compartimos una media hora de encuentro fraternal con el correspondiente café.
Eutrapelia sacerdotal
Gracias a Dios hemos podido encontarnos en Belén con nuestros padres, pudiendo participar de una aradable eutrapelia (tiempo para compartir en comuniad), incluyendo al P. Romanelli quien nos visita unos días, y con quien pudimos rezar el santo Rosario en 5 lenguas desde el jardín del monasterio, transmitido en directo; siendo muchas las personas que nos acompañaron pese a la diferencia de horario en tantos países.
Damos gracias a Dios por tantas gracias recibidas de su bondad, por su Divina Providencia que no deja de hacerse presente con sus manos llenas de bendiciones en favor de las almas; y como siempre nos encomendamos a sus oraciones, comprometiendo las nuestras por sus necesidades materiales y espirituales, e intenciones, desde la casa de santa Ana.

“Avál kedái -אבל כדאי-” (Pero vale la pena)

Desde la casa de santa Ana

 
Queridos amigos:
 
Como sabrán, la casa de santa Ana se encuentra en un lugar que actualmente no es cristiano, pero haciendo de todas maneras las veces de testigo silencioso siempre vigente -pese a su sencillez-, del lugar que acogiera a María santísima cuando niña junto a sus padres, aun entre tanta historia contenida desde hace siglos en Séforis, conocida en tiempo de los romanos como Eirenopolis y Diocesaraea, y también como “ornamento de la Galilea” según atestigua la pluma de Flavio Josefo. Y es “el encanto de la sencillez” precisamente el que llama la atención de quienes actualmente visitan estas ruinas, para saber algo más sobre su historia y “escuchar a los que viven en silencio”, los monjes, siempre con gran interés en lo que implica la consagración total y todas las renuncias que conlleva. “Esta vida es muy difícil”, dicen a menudo; “avál kedái” (pero vale la pena) por amor a Dios como bien sabemos, es siempre nuestra respuesta. Y a partir de aquí se establece siempre el diálogo que ayuda a compartir opiniones y lo que creemos, siendo el primer testimonio el propio estilo de vida, marcado por la señal de los discípulos de Cristo, es decir, la cruz; e impregnado de la esperanza sobrenatural que Dios ofrece a aquellos le siguen, a aquellos que justamente abrazan la cruz, y que día a día piden al Altísimo que no los deje jamás mirar atrás, pues ya han puesto sus manos en el arado.
 
La vida religiosa sigue siendo una novedad, y, por lo tanto, el testimonio para el mundo de que seguir de cerca a Dios -aún cuando esto implique estar muy lejos de la familia o de la patria-, siempre valdrá la pena: he ahí la razón sobrenatural de la alegría del consagrado, de que su dicha sea estar donde Dios lo quiere y viviendo según lo hiciera Jesucristo en su humanidad: casto, pobre y obediente; testimoniando así un estilo de vida del todo especial, cuyos frutos definitivos se esperan recibir en el Cielo, aunque no sin ver más de una vez la mano de Dios obrando en las almas con las que tiene contacto el religioso en su lugar de misión: “El consagrado es el que afirma y vive en sí mismo el señorío absoluto de Dios, que quiere ser todo en todos… Os pido una renovada fidelidad, que haga mas encendido el amor a Cristo, mas sacrificada y alegre vuestra entrega, mas humilde vuestro servicio” (san Juan Pablo II).
 
Es cierto que no es fácil el camino hacia la gloria, pero como hemos dicho antes, la señal de los discípulos de Jesucristo es la cruz, no los consuelos, no los honores, no los propios antojos o “las cruces a medida”, es decir, las que nosotros nos fabricamos a gusto propio, sino “la cruz que Dios elige para cada uno de nosotros”: será a veces la distancia, o quizás la lengua, la cultura, los propios defectos o alguna enfermedad, no importa; el hecho es que luchar contra todo esto para testimoniar el Evangelio con la propia vida, en consonancia con el anuncio del Hijo de Dios, pese a todo lo que implique -y por difíl que parezca-, “siempre valdrá la pena”; y si algún consagrado cayera en la tristeza sería por haber olvidado esta verdad que venimos mencionando; en cambio, quien se aferra a Dios con santo abandono en vez de vanas y caprichosas exigencias, es el que sabe ser feliz y gozarse sobrenaturalmente en medio de las pruebas y arideces propias de la misión, ya que “no es mayor el discípulo que el maestro”, y para resucitar glorioso Cristo antes pasó por el calvario: el Señor cuenta con nuestros propósitos de ser mejores, de luchar más contra los defectos y contra todo aquello, por pequeño que sea, que nos separa de Él; cuenta con un apostolado intenso entre aquellas personas con las que nos relacionamos más a menudo. Debemos preguntarnos si nuestra vida influye para bien de los demás y pedir la gracia de que así sea.
 
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, sigue diciendo Jesucristo a sus discípulos, especialmente a los misioneros… pidamos a María santísima que nos alcance la gracia de jamás olvidar que llevar nuestra cruz en esta vida, a cambio de la eternidad, siempre valdrá la pena.
 
P. Jason.

Las características de la fe

Catecismo de la Iglesia Católica Nº 153-165

La fe es una gracia

Cuando san Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido «de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17; cf. Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. «Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con los auxilios interiores del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede “a todos gusto en aceptar y creer la verdad”» (DV 5).

La fe es un acto humano

Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas. Ya en las relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar confianza a sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan), para entrar así en comunión mutua. Por ello, es todavía menos contrario a nuestra dignidad «presentar por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad al Dios que revela» (Concilio Vaticano I: DS 3008) y entrar así en comunión íntima con Él.

En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: «Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia» (Santo Tomás de Aquino, S.Th., 2-2, q. 2 a. 9; cf. Concilio Vaticano I: DS 3010).

La fe y la inteligencia

El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos «a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos». «Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación» (ibíd., DS 3009). Los milagros de Cristo y de los santos (cf. Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad «son signos certísimos de la Revelación divina, adaptados a la inteligencia de todos», motivos de credibilidad que muestran que «el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu» (Concilio Vaticano I: DS 3008-3010).

La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humanas, pero «la certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural» (Santo Tomás de Aquino, S.Th., 2-2, q.171, a. 5, 3). «Diez mil dificultades no hacen una sola duda» (J. H. Newman, Apologia pro vita sua, c. 5).

«La fe trata de comprender» (San Anselmo de Canterbury, Proslogion, proemium: PL 153, 225A) es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor. La gracia de la fe abre «los ojos del corazón» (Ef 1,18) para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora bien, «para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones» (DV 5). Así, según el adagio de san Agustín (Sermo 43,7,9: PL 38, 258), «creo para comprender y comprendo para creer mejor».

Fe y ciencia. «A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber contradicción entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe otorga al espíritu humano la luz de la razón, Dios no puede negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero» (Concilio Vaticano I: DS 3017). «Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son» (GS 36,2).

La libertad de la fe

«El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe ser obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza» (DH 10; cf. CDC, can.748,2). «Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados en conciencia, pero no coaccionados […] Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús» (DH 11). En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, Él no forzó jamás a nadie. «Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino […] crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él» (DH 11).

La necesidad de la fe

Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación (cf. Mc 16,16; Jn 3,36; 6,40 e.a.). «Puesto que “sin la fe… es imposible agradar a Dios” (Hb 11,6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella, y nadie, a no ser que “haya perseverado en ella hasta el fin” (Mt 10,22; 24,13), obtendrá la vida eterna» (Concilio Vaticano I: DS 3012; cf. Concilio de Trento: DS 1532).

La perseverancia en la fe

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que nos la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe «actuar por la caridad» (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

La fe, comienzo de la vida eterna

La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios «cara a cara» (1 Co 13,12), «tal cual es» (1 Jn 3,2). La fe es, pues, ya el comienzo de la vida eterna:

«Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como reflejadas en un espejo, es como si poseyésemos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día» ( San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto 15,36: PG 32, 132; cf. Santo Tomás de Aquino, S.Th., 2-2, q.4, a.1, c).

Ahora, sin embargo, «caminamos en la fe y no […] en la visión» (2 Co 5,7), y conocemos a Dios «como en un espejo, de una manera confusa […], imperfecta” (1 Co 13,12). Luminosa por aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.

Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham, que creyó, «esperando contra toda esperanza» (Rm 4,18); la Virgen María que, en «la peregrinación de la fe» (LG 58), llegó hasta la «noche de la fe» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 17) participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y tantos otros testigos de la fe: «También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Hb 12,1-2).

Catecismo de la Iglesia Católica Nº 153-165

“Triduo Pascual en Jerusalén”

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:
Escribía san Juan Pablo II que “En la resurrección se reveló el hecho de que ‘en Cristo reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2, 9; cfr. 1, 19). Así, la resurrección ‘completa’ la manifestación del contenido de la Encarnación. Por eso podemos decir que es también la plenitud de la Revelación. Por tanto, como hemos dicho, ella está en el centro de la fe cristiana y de la predicación de la Iglesia”.
Creer en Cristo Resucitado, en primer lugar, da consuelo a nuestros corazones afligidos; da calor a nuestra alma para que se entusiasme nuevamente a reparar nuestra vida de pecado y seguir las huellas del divino Maestro; nos mueve a correr en busca de la Madre de los Dolores, pero no ya para consolarla, sino para contemplarla gloriosa en la gloria de su divino Hijo; porque creer en Cristo es sintonizar nuestros corazones con el Corazón del Resucitado, para que ambos puedan latir juntos por su gracia en el Amor de la redención. Contemplar la resurrección de Cristo es dar seguridad a nuestra fe, avivar nuestra esperanza, enardecer nuestra caridad; y dar descanso y consuelo a nuestro corazón. Es por esta razón que celebrar el Triduo Pascual en Jerusalén constituye una de esas gracias inefables que no se pueden expresar completamente con palabras, pero que de todas maneras se pueden más o menos compartir al contarlas, y eso es justamente lo que queremos hacer ahora con ustedes, compartiendo tanto la alegría de este tiempo Pascual que acabamos de comenzar, cuanto el gozo interior de haber podido rezar en los mismos santos lugares, que permanecen hasta nuestros días como testigos silenciosos que confirman irrefutablemente la historia de la redención.
El lunes, martes y miércoles santo: trabajo intenso en el monasterio, arreglos; cosecha de limones para mermeladas, trabajos de jardín, etc.
El miércoles santo por la tarde: viaje a Jerusalén, hospedados a 5 minutos caminando del Santo Sepulcro, para participar del Triduo Pascual y demás celebraciones en la Ciudad Santa. Santo Rosario en el Calvario por la noche.
Jueves Santo: Misa crismal y cena del Señor en el Santo Sepulcro; 250 sacerdotes concelebrantes y la participación de las hermanas SSVM, religiosos de muchas congregaciones y feligreses tanto de Jerusalén como de lugares cercanos.
Por la tarde nos dedicamos a la lectura de todos los capítulos que narran la pasión hasta el prendimiento (de los cuatro Evangelios), con los padres en el techo del Cenáculo, lugar de la primera santa Misa de la historia, presidida por el mismo Jesucristo acompañado de sus discípulos. A continiación, liturgia en Getsemaní por la noche y veneración de la roca de la agonía, lugar donde antaño nuestro Señor padeciera tristeza mortal en su alma a causa de los pecados de la humanidad, al punto de sudar sangre. Luego rezo del santo rosario con toda la familia religiosa peregrinando rumbo a san Pedro Gallicanto, siguiendo el mismo recorrido de nuestro Señor aquella noche santa, y oración personal en el lugar de las negaciones, leyendo salmos penitenciales en la cisterna donde Jesucristo paso la noche antes del Calvario.
Viernes Santo: liturgia y adoración de la santa Cruz ante una reliquia de la misma en el Santo sepulcro por la mañana; rezo del Vía Crucis por la Vía Dolorosa con los franciscanos y cristianos locales por la tarde; liturgia del funeral de Cristo en el Santo Sepulcro por la tarde-noche, donde se desciende de la Cruz una hermosa imagen articulada del Señor, y se recrea dicho descenso para ser llevado hasta el Santo Sepulcro, pasando previamente por la roca de la unción donde los unguentos y aromas se aplican antes de continuar hasta el lugar donde descansó el cuerpo del Señor hasta su triunfal resurrección.
Sábado Santo: Vigilia pascual “por la mañana” (sólo aquí en Jerusalén se hace así por Status Quo), y festejos al medio día con toda la familia religiosa.
Ciertamente fueron días físicamente intensos, con ceremonias de hasta 3 horas; sin embargo, el tiempo se pasaba realmente volando al ir participando de la hermosa liturgia que se lleva a cabo en los santos lugares: largas y solemnes procesiones, incienso, cantos en latín y hermosas oraciones y ritos especiales que acompañaron todas las celebraciones, se convertían inevitablemente en una invitación a la oración, haciendo de todo el Triduo un tiempo espiritualmente intenso también.
Tuvimos presente las intenciones y necesidades de toda nuestra familia religiosa, y de todas aquellas almas encomendadas a nuestras oraciones y ministerio; todos aquellos que rezan por nosotros y nos acompañan a la distancia con sus plegarias, y todo ello en los santos lugares de Jersusalén.
La resurrección de Cristo es, en cierta manera, el comienzo de la Vida Eterna, el principio de una era nueva sin fin. Vivir la resurrección de Cristo es incorporarse a este nuevo estado, preparándose así a la vuelta gloriosa del Señor. De ahí lo que nos anuncia San Pablo: “Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, entonces vosotros también apareceréis con Él, llenos de gloria”. Nos toca, pues, vivir la resurrección de Cristo, y pregustar su triunfo definitivo. Mientras tanto, seguimos peregrinando en esta vida mortal, con nuestros defectos y limitaciones, con nuestros pecados y tentaciones. Pero a pesar de todo, en todas nuestras dificultades y en cada una de nuestras batallas nos anima saber que nuestra Cabeza ya ha triunfado. Lo que nos queda es tan sólo librar la batalla y alcanzar la victoria en el interior de nuestro corazón.
Que la alegría pascual se prolongue en nuestras vidas, en cada momento, en cada cosa que hagamos, sabiendo que en nuestra fidelidad a la gracia de Dios ya está presente nuestra resurrección de entre los muertos para vivir junto con Cristo para siempre, para nunca más morir.
Le pedimos esta gracia a la santísima Virgen, madre de Jesucristo resucitado.

Homilía de Vigilia Pascual

A la dulce espera del Resucitado

San Juan Pablo II

1. “¿Buscáis a Jesús el crucificado?” (Mt 28, 5).

Es la pregunta que oirán las mujeres cuando, “al alborear el primer día de la semana” (ib., 28, 1), lleguen al sepulcro.

¡Crucificado!

Antes del sábado fue condenado a muerte y expiró en la cruz clamando: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23, 46).

Colocaron, pues, a Jesús en un sepulcro, en el que nadie había sido enterrado todavía, en un sepulcro prestado por un amigo, y se alejaron. Se alejaron todos, con prisa, para cumplir la norma de la ley religiosa. Efectivamente, debían comenzar la fiesta, la Pascua de los judíos, el recuerdo del éxodo de la esclavitud de Egipto: la noche antes del sábado.

Luego, pasó el sábado pascual y comenzó la segunda noche.

2. Y he aquí que hemos venido todos a este templo, igual que tantos hermanos y hermanas nuestros en la fe, a los diversos templos en todo el globo terrestre, para que descienda a nuestras almas y a nuestros corazones la noche santa: la noche después del sábado.

Os encontráis. aquí, hijos e hijas de la Iglesia que está en Roma, hijos e hijas de la Iglesia extendida por los diversos países y continentes, huéspedes y peregrinos. Juntos hemos vivido el Viernes Santo: el vía crucis entre los restos del Coliseo —y la adoración de la cruz hasta el momento en que una gran piedra fue puesta a la puerta del sepulcro— y en ella fue colocado un sello.

¿Por qué habéis venido ahora?

¿Buscáis a Jesús el crucificado?

Sí. Buscamos a Jesús crucificado. Lo buscamos esta noche después del sábado, que precedió a la llegada de las mujeres al sepulcro, cuando ellas con gran estupor vieron y oyeron: “No está aquí…” (Mt 28, 6).

Hemos venido, pues, aquí, pronto, ya entrada la noche, para velar junto a su tumba. Para celebrar la Vigilia pascual.

Y proclamamos nuestra alabanza a esta noche maravillosa, pronunciando con los labios del diácono el “Exsultet” de la Vigilia. Y escuchamos las lecturas sagradas que comparan a esta noche única con el día de la Creación, y sobre todo, con la noche del éxodo, durante la cual, la sangre del cordero salvó a los hijos primogénitos de Israel de la muerte y los hizo salir de la esclavitud de Egipto. Y, luego, en el momento en que se renovaba la amenaza, el Señor los condujo por medio del mar a pie enjuto.

Velamos, pues, en esta noche única junto a la tumba sellada de Jesús de Nazaret, conscientes de que todo lo que ha sido anunciado por la Palabra de Dios en el curso de las generaciones se cumplirá esta noche, y que la obra de la redención del hombre llegará esta noche a su cénit.

Velamos, pues, y, aun cuando la noche es profunda y el sepulcro está sellado, confesamos que ya se ha encendido en ella la luz y avanza a través de las tinieblas de la noche y de la oscuridad de la muerte. Es la luz de Cristo: Lumen Christi.

3. Hemos venido para sumergirnos en su muerte; tanto nosotros que, hace tiempo, hemos recibido ya el bautismo, que sumerge en Cristo, como también los que recibirán el bautismo esta noche.

Son nuestros nuevos hermanos y hermanas en la fe; hasta ahora eran catecúmenos, y esta noche podemos saludarlos en la comunidad de la Iglesia de Cristo, que es: una, santa, católica y apostólica. Son nuestros nuevos hermanos y hermanas en la fe y en la comunidad de la Iglesia, y provienen de diversos países y continentes: Corea, Japón, Italia, Nigeria, Holanda, Ruanda, Senegal y Togo.

Los saludamos cordialmente y proclamamos con alegría el “Exsultet” en honor de la Iglesia, nuestra Madre, que los ve reunidos aquí en la plena luz de Cristo: Lumen Christi.

Y juntamente con ellos proclamamos la alabanza del agua bautismal, a la cual, por obra de la muerte de Cristo, descendió la potencia del Espíritu Santo: la potencia de la vida nueva que salta hasta la eternidad, hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14).

4. Así, todavía antes de que despunte el alba y las mujeres lleguen a la tumba de Jerusalén, hemos venido aquí para buscar a Jesús crucificado, porque:

“Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con El, para que… no seamos más esclavos del pecado…” (Rom 6, 6), porque nosotros nos consideramos “muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (ib., 6, 11); efectivamente: “Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios” (ib., 6, 10);

porque: “Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (ib., 6, 4);

porque: “Si nuestra existencia está unida a El en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (ib., 6, 5);

porque creemos que “si hemos muerto con Cristo…, también viviremos con El” (ib., 6, 8);

y porque creemos que “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre El” (ib., 6, 9).

5. Precisamente por esto estamos aquí.

Por esto velamos junto a su tumba.

Vela la Iglesia. Y vela el mundo.

La hora de la victoria de Cristo sobre la muerte es la hora más grande de su historia.

 

Sábado Santo, 18 de abril de 1981

Una Madre ejemplar

“María dio a luz a la persona de Jesús, que es divina, según su naturaleza humana. María dio a luz a Dios. María es Madre de Dios.”

P. Gustavo Pascual, IVE.

“Pero al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos”.

            Algunos, en vez de traducir “al llegar la plenitud de los tiempos”, traducen “cuando se cumplió el tiempo”. Pero, parece mejor la primera traducción. ¿Qué plenitud de los tiempos? ¿Qué tiempo? El tiempo mesiánico o escatológico que da cumplimiento a una larga espera de siglos, como algo que colma finalmente una medida[2].

            La carta a los Hebreos dice que en estos últimos tiempos nos ha hablado el Hijo por el que Dios hizo los mundos[3]. Este Hijo es el nacido de mujer del que habla Gálatas.

            Es el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento sobre la venida del Mesías. Cumplimiento de las setenta semanas de Daniel[4] y de la concepción y el parto de la virgen de Isaías[5].

            Parece mejor la traducción “plenitud de los tiempos” que “el tiempo”, pues, tiempo en este caso habría que subrayarlo y ponerlo con mayúsculas ya que se trata de la cumbre, el pico de ola, la plenitud propiamente del tiempo, el momento más elevado de la historia. Es un Instante, junto con el de la creación y con el del fin del mundo. Instante porque se une el cielo y la tierra. Lo divino y lo humano.

            La creación y el fin del mundo, podríamos decir, tienen más de Instante, en cuanto a lo que nosotros conocemos por instante, el lapso infinitesimal de tiempo, la medida cronológica mínima, ya que abarcan un punto en la línea de la historia. Aunque pudiera ser que el hágase de la creación durara un tiempo y el fin del mundo también. En cambio, la plenitud de los tiempos aunque la Escritura lo puntualiza en el Nacimiento de Jesús, podría puntualizarse antes, en la Encarnación. También podríamos extenderlo desde la Encarnación hasta la Ascensión del Señor. Todo el tiempo en que Dios habitó entre los hombres, en que el Emanuel vivió entre nosotros.

            Es la plenitud de los tiempos porque la historia mira a este punto, a este período, porque todo el tiempo mira a este tiempo. La consumación de la Encarnación y el Nacimiento se dan en la Pascua porque Jesús viene a salvar a los hombres y así el pasaje que estamos comentando dice “para (fin) rescatar a los que estaban bajo la ley para que llegáramos a ser hijos (ya no esclavos)”. El tiempo anterior a Cristo mira a Cristo y el posterior mira a Cristo. En su estancia entre los hombres se dio la plenitud del tiempo.

            Pero Cristo no vino en el tiempo como un meteoro que cae del cielo. Primero fue concebido como cada uno de nosotros en el seno de una mujer y por su consentimiento explícito, al menos así sucede cuando la mujer ama la vida que quiere comunicar, por el sí de María fue concebido Jesús en su seno por obra del Espíritu Santo. Así lo dice Mateo[6] haciéndose eco de la voz lejana de Isaías[7] y después de nueve meses lo dio a luz en Belén como lo dice San Pablo en el pasaje de Gálatas y especialmente Mateo[8] que narra explícitamente las circunstancias y el lugar donde lo dio a luz.

            Mateo encuadra el nacimiento en una orden de autoridad civil, es decir, Jesús nace bajo la ley civil romana y en Belén por causa de un censo. San Pablo dice que nace bajo la ley pero la ley religiosa y viene para rescatarnos de la ley que nos tenía esclavizados y darnos la gracia de ser hijos de Dios por el Espíritu.

            La mujer de Gálatas es la Madre de Dios. Es María, la que dio a luz a Jesús en Belén. El nacido de la mujer es el Hijo de Dios[9], el “Hijo del Altísimo”[10].

            En Jesús hay un doble nacimiento. Uno eterno, en el seno del Padre. El Padre engendró al Hijo desde toda la eternidad y el Hijo engendrado es en todo igual al Padre. Jesús, tiene un nacimiento temporal y este es propiamente nacimiento, como el nuestro, de mujer, aunque de madre virgen, según la naturaleza humana.

            María dio a luz a Jesús según su naturaleza humana pero no se da a luz una naturaleza sola sin la persona en la que subsiste. María dio a luz a la persona de Jesús, que es divina, según su naturaleza humana. María dio a luz a Dios. María es Madre de Dios. Así lo definió el Concilio de Éfeso en el año 431.

            Dios en la plenitud de los tiempos elige una mujer para ser la depositaria de las promesas mesiánicas, la hace protagonista de la obra más grande que se realizará en la historia humana.         Dios elige una mujer para elevarla a la dignidad más alta que puede alcanzar una persona dentro de nuestro linaje y le elige un oficio, el más apropiado, para elevarla.

            Dios elige a María y la elije para ser su madre. María es madre de Dios. La mujer ha sido elevada sobre el linaje humano y sobre las potestades angélicas.

            Con razón San Pablo dirá que la mujer se santifica por su maternidad, pues, Dios mismo ha elegido una mujer para ser su madre.

            El Hijo de Dios no quiso aparecer entre los hombres de forma extraordinaria sino que nació como todos nosotros de una madre.

            La maternidad divina de María marca un sendero de santidad para la mujer y nos invita a todos a acogernos a esta madre, que también es madre nuestra, y a alabarla por tan excelsa dignidad. A alabarla y a imitarla porque ella es la plenitud de gracia y de virtudes, modelo sublime de la raza humana.

            Del dogma de la maternidad divina brotan los demás dogmas marianos. Es el primer principio de la teología mariana. Es la fuente de múltiples manantiales. La virginidad perpetua, la Asunción, la Inmaculada Concepción, la Maternidad sobre los hombres, su reinado universal, no serían sin la maternidad divina.

            De la misma manera, aunque en otro plano, la principal y primera ocupación de la mujer es su maternidad y las demás ocupaciones son secundarias. No tendrá sentido que la mujer sea buena profesional si es mala madre. A Dios no le importa tanto lo que sea la mujer en cuanto a su profesión cuanto que cumpla su principal profesión de ser madre. Y si es buena madre y puede ejercer otra profesión será buena en lo demás.

            Dios da a cada uno las gracias para la misión a la cual lo llama. A María la colmó de todas las gracias necesarias para la misión a la cual la llamaba, ser su madre. María respondió sí al Señor en un completo abandono porque sabía la magnitud trascendente de la obra que el Señor le encomendaba.

            La vocación a la maternidad es una vocación sublime. María fue madre de Dios y la mujer es madre de un hombre. Pero ambas son maternidades. La maternidad tiene por función prolongar la especie humana continuando la obra de Dios de la creación porque a la mujer junto con el hombre se le dijo “creced y multiplicaos y llenad la tierra”. En esta tarea la mujer lleva la parte principal. Ella concibe, gesta y da a luz al nuevo hombre. Ella lo protege en su seno materno durante nueve meses para que vea la luz del sol.

Y también María hizo esto con Jesús… Lo concibió en Nazaret y lo cuidó por nueve meses hasta darlo a luz en Belén. María dio a luz a su Hijo y lo envolvió en pañales. Dio a luz al Verbo Encarnado, al Emmanuel que es Dios con nosotros. María es la Madre de Dios.

Nosotros, los cristianos, nos gloriamos de tener a Dios por Padre, a Jesús por hermano y a María, que es mujer de nuestra raza, por madre. Nos gloriamos de tenerla por madre porque es también la Madre de Dios. Y también al verla valoramos a nuestras madres que nos han dado a luz y nos han cuidado imitando a este perfecto modelo de madre.

Madre de Dios y madre nuestra María te pedimos por la vida. Para que la mujer quiera ser madre como tú y para que como tú cuide a su hijo hasta darlo a luz. Te agradecemos por el amor que nos han tenido nuestras madres y te pedimos por ellas.

 

[1] Ga 4, 4-7

[2] Cf. Mc 1, 15; Hch 1, 7 ss.; Ef 1, 9-10

[3] Hb 1, 2

[4] 9, 24 ss.

[5] 7, 14

[6] 1, 23

[7] 7, 14

[8] 2, 6-7

[9] Cf. Ga 4, 4; Lc 1, 35

[10] Lc 1, 32

La celda

El orden de la celda es reflejo del orden del alma, del orden interior.

P.  Gabriel Prado, IVE.

 

Hablar de la celda significa hablar de un aspecto esencial de la vida monástica, y esto es la soledad. La celda será el espacio físico y espiritual que resguarde este elemento.

Dice Colombás: “La soledad constituye la ascesis particular, el sacramento propio  del monacato. San Ammonas la considera como el origen de todas las virtudes cuando enumera ‘en primer lugar, la soledad; la soledad engendra la ascesis  y las lágrimas; las lágrimas el temor, etc’.

Si monje es sinónimo de solitario, lógicamente la soledad constituye el medio ambiente vital de quienes son designados por este nombre.

Se cuenta que a San Arsenio, que pidió en oración luz para ver el camino de salvación, el Señor le respondió: “Arsenio, huye de los hombres y te salvarás”; en Egipto, ya ermitaño volvió a pedir luz al Señor y éste le volvió a decir: “Arsenio, huye, calla y permanece tranquilo: tales son las raíces de la impecabilidad”[1].

La misión de la celda en los monasterios cenobíticos será la de custodiar la soledad que proporcionaban la ermita y el desierto a los ermitaños.

Es el espacio más privado y personal de que dispone el monje, su lugar de intimidad, allí donde más se identifica con el significado de su nombre (el solo). La celda es el verdadero lugar de retiro del monje. La celda monacal es un claustro dentro del claustro[2].

El orden de la celda es reflejo del orden del alma, del orden interior. El orden de la celda no solo refleja el orden de la voluntad a Dios, y de las potencias inferiores a la voluntad, sino el orden inspirado por la razón, a la cual se somete la voluntad.

En efecto, el orden de la celda responde a un orden dictado por la razón. El orden de la celda debería ser el orden que Dios quiere para esa celda. Dios quiere una celda libre de bienes superfluos, apta para ayudar a la santificación del religioso, apta para el desarrollo del apostolado intelectual, apta para que el religioso eleve su alma a Dios, pobre a imitación de la casa de Nazareth, cerrada para que el religioso se ocupe de Dios libre de las acechanzas del mundo, ornada con la Cruz –en el centro de todo- y sagradas imágenes que lo ayuden a convertir sus labores en plegaria, estrecha para recordar que es estrecho el camino al Paraíso, iluminada para ayudar a la iluminación de la mente, provista de libros ordenados y necesarios. De esta manera, la celda del religioso será una pequeña Cristiandad, una Fortaleza de Dios, un anticipo de la gloriosa morada que Cristo nos prepara en el Cielo.

Pero no solo el orden de la celda refleja el orden del alma, sino que también el orden y la disposición de la celda ayudan a ordenar siempre mejor el alma. En efecto, el orden de la celda ayuda a aprovechar mejor el tiempo, a cumplir mejor el horario, a tener más presente a Dios, a vacar más en Dios y olvidar más el mundo. Quien tiene la celda desordenada, se verás más estimulado a salir a divagar, más quien tiene una celda ordenada, hallará fuerte estímulo a ocuparse del estudio de las cosas de Dios y del apostolado intelectual.

El orden de la celda es un medio de apostolado. La celda ordenada, perfectamente ordenada, es un apostolado… Frente al desorden del mundo, urge la necesidad de oponer el orden, empezando por el orden –interno y externo- del mismo misionero. La celda, ademàs de arena de lucha interior y palestra del combate ascético, es en efecto, es el primer puesto de Misión.

Por eso, queda edificado quien entra a una celda ordenada, queda edificado y se ve estimulado a más ordenar su vida y sus cosas.

El Gobierno de Dios ordena el mundo y busca someterlo totalmente a Cristo Rey. El orden de la celda participa, entonces, del Gobierno Divino sobre el mundo. El religioso al ordenar su celda, coopera con el divino designio de ordenar el mundo y someterlo a Cristo Rey.

Finalmente, el religioso ordenando su celda, y mantieniendola ordenada, no solo lucra méritos y salva almas –si lo ofrece-, sino que rinde culto a Dios ya que todos los actos del religioso son actos de religión. En suma, el religioso ordenando su celda, alaba a Dios… El orden de la celda es alabanza divina.

[1] Apotegmas de San Arsenio, citado por Colombás en Monacato primitivo p. 555-ss.

[2] Cfr. MIGUEL MARTÍNEZ ANTÓN, Conocer el monacato de nuestro tiempo, Ed. Monte Casino.

¿DE NAZARET PUEDE HABER COSA BUENA?

Testigo de la grandeza y dignidad de María…

P. Gustavo Pascual, IVE.

Nazaret era una insignificante aldea de la provincia de Galilea a 140 Km. de Jerusalén.  En Nazaret hay cosa buena, vaya que si lo hay. En ella vivió la Madre de Dios y el Hijo de Dios hecho hombre, Jesús. Fue la aldea de la Sagrada Familia.

            Nazaret fue testigo de la grandeza y dignidad de María, una de sus hijas. Testigo también de la Encarnación del Verbo, de su infancia y juventud, de su predicación.

            El ángel fue enviado de parte de Dios a Nazaret[1] para llamar a una de sus vírgenes, a María desposada con José[2].

 La grandeza de María

                       El ángel la llama “llena de gracia”[3]. Este saludo lo usa el ángel como si fuera el nombre propio de María. Palabras que son el fundamento del dogma de la Inmaculada Concepción. María es un alma adornada de gracia y santidad.

            “El Señor está contigo”[4]. Gabriel expresa la grandeza de María pero a su vez su humildad. Certifica que lo que tiene María es donado por Dios. Dios le ha comunicado con abundancia sus dones y bienes. Es la más grande entre todos los santos.

            María se turba ante el anuncio pero su turbación no procede de desconfianza sino de respeto ante la divinidad. Pero no se turba de tal manera que no pueda discurrir “se preguntaba”[5].

            El ángel le anuncia que va a concebir y dar a luz un hijo[6] y ella pide que le aclare pues no conoce varón. El sentido de las palabras “no conozco varón”[7] se refiere al futuro, no conozco ni voy a conocer. La Virgen desde pequeña, según la tradición, se habría consagrado en virginidad a Dios.

            Pero ¿por qué se desposa? Para seguir las costumbres de su pueblo. San José habría aceptado secundarla en su promesa y ella se habría desposado con él.

            El ángel le aclara que su concepción va a ser por obra del Espíritu Santo[8].  El Espíritu Santo que permanece infecundo en el seno de la Trinidad se hace fecundo en el seno de María.

            Dios en su infinita Sabiduría pide a una mujer que represente a la humanidad con su aceptación libre y así como por una mujer entró el pecado por una mujer Dios haría la redención e iniciaría la nueva humanidad.

            “He aquí la esclava del Señor”[9]. Ni cooperadora, ni ministro sino esclava. “y el Verbo se hizo carne”[10]. Como lo hace notar San Mateo[11] se cumple la profecía de Isaías[12] “Dios con nosotros”.

            María que no ambicionaba ser la madre del Mesías fue enaltecida[13] y elegida con este don tan sublime.

            Ya se cumplen las profecías del Antiguo Testamento:

            La promesa hecha a Abraham “en tu posteridad serán bendecidas todas las naciones”[14]. A David “del fruto de tus entrañas pondré sobre tu trono”[15]. La profecía de Isaías 7, 14 y también la de Isaías 11, 1: “brotará una vara del tronco de Jesé y retoñará de sus raíces un vástago”. Esa vara es María y el retoño Jesús.

            María es ejemplo de virtudes. Nos hace conocer su maravillosa humildad, su extraordinaria prudencia, su fe filial y su sumisión absoluta a la voluntad de Dios.

            María es bendita entre las mujeres[16]. Es la esperada de las naciones, la que aplastó, por su descendencia, la cabeza de la serpiente[17], el lucero de la mañana, la segunda Eva, la nueva Ester por su intercesión, la nueva Judith por su glorioso triunfo.

La dignidad de María

            María fue llamada a una altísima dignidad, la de ser Madre de Dios. Concibió por obra del Espíritu Santo[18], es bienaventurada por todas las generaciones[19].

            Y María reconoce la dignidad a la que ha sido llamada y por eso alaba a Dios y reconoce su Divina Providencia.

 + María alaba a Dios por la vocación que le ha dado[20]

                        Comienza engrandeciendo a Dios. Lo alaba, le engrandece, lo celebra, lo bendice.

            Se alegra, se goza en Dios su salvador.

            El Dios Salvador es el Dios que ella lleva en su seno y que se llamará Jesús. Ella se goza en su Hijo.

            María atribuye esta obra a la pura bondad de Dios que miró su humildad. Fue pura elección de Dios.

            La humildad de María se ve en el desconocimiento social, era una nazaretana más. Pero por la mirada divina “desde ahora” la van a llamar bienaventurada por todas las generaciones. Estas palabras son proféticas.

            La causa de llamarla bienaventurada es porque Dios hizo grandes cosas en ella. La maternidad mesiánica y divina.

            Lo hizo el “Poderoso”, haciendo referencia a la omnipotencia de Dios. “Su nombre es santo”, su Persona es santa.

            Todo su poder es ejercido por su misericordia y la mayor obra de su misericordia es la redención. Y esta obra de la redención es sobre los que temen a Dios con un temor reverencial.

+ Reconocimiento de la Providencia Divina[21]

Dios utiliza su poder para dispersar a los que “se engríen con los pensamientos de su corazón”. Enemigos son los “sabios” que se guían por la sabiduría del mundo. Les falta la sabiduría que viene de Dios[22].

            Frente a esta sabiduría, Dios realiza sus obras con la suya.

[1] Cf. Lc 1, 26

[2] v. 27

[3] v. 28

[4] Idem

[5] v. 29

[6] Cf. v. 30-33

[7] v. 34

[8] Cf. v. 35

[9] v. 38

[10] Jn 1, 14

[11] 1, 22-23

[12] 7, 14

[13] Cf. Pr 15, 33

[14] Gn 22, 18

[15] Sal 131, 11

[16] Cf. Lc 1, 42

[17] Cf. Gn 3, 15

[18] Cf. Lc 1, 35

[19] Cf. Lc 1, 48

[20] Cf. Lc 1, 46b-50

[21] Cf. Lc 1, 51-53

[22]  Cf. Pr 2, 1-9

“Preparando la reapertura del monasterio”

“Visita de nuestro Provincial y más trabajos en Séforis”

Queridos amigos:
Les queremos compartir algunos pequeños trabajos que realizamos para preparar la reapertura del monasterio este pasado martes; para lo cual hemos tenido que podar olivos, remover piedras, trasplantar cactus, etc.; con gran esfuerzo debido a las dificultades de este último tiempo de lluvias, pero también con la gran satisfacción de que poco a poco se va ornamentando el lugar que antaño recibiera a la Sagrada Familia, y desea ahora hacerlo con los peregrinos.
Hemos tenido la visita de nuestro Provincial durante toda la semana, el P. Carlos Ferrero, quien además de ser una gran compañia ha sido una gran ayuda para los trabajos de jardín.
Desde hace varios días hemos recibido también llamadas y mensajes de varios grupos locales para venir a visitar la casa de santa Ana, así que les pedimos desde ya oraciones para que los cristianos de la zona puedan peregrinar y rezar en los santos lugares hasta que la situación actual se normalice un poco, y permita que más personas de lejanos lugares puedan pasar también por Tierra Santa.
Encomendamos a sus oraciones las necesidades de nuestro monasterio de manera especial, y como siempre comprometemos nuestras plegarias por sus intenciones y necesidades. Gracias por seguir acompañándonos en este apostolado de difusión de material católico y participación a la distancia de los pequeños progresos que Dios nos permite realizar en la casa de la mamá de la santísima Virgen, nuestra madre del Cielo.
¡Dios los bendiga!
En Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.

“Convertíos al Señor Dios vuestro”…

Miércoles de Ceniza, inicio de la santa Cuaresma

San Juan Pablo II

1. “Rasgad vuestro corazón, no vuestras vestiduras:  convertíos al Señor Dios vuestro; porque es compasivo y misericordioso” (Jl 2, 13).

Con estas palabras del profeta Joel, la liturgia de hoy nos introduce en la Cuaresma. Nos indica que la conversión del corazón es la dimensión fundamental del singular tiempo de gracia que nos disponemos a vivir. Sugiere, asimismo, la motivación profunda que nos impulsa a reanudar el camino hacia Dios:  es la conciencia recuperada de que el Señor es misericordioso y de que todo hombre es un hijo amado por él y llamado a la conversión.

Con gran riqueza de símbolos, el texto profético recién proclamado recuerda que el compromiso espiritual ha de traducirse en opciones y en gestos concretos; que  la auténtica conversión no debe reducirse a formas exteriores o a vagos propósitos, sino que exige la implicación y la transformación de toda la existencia.

La exhortación “convertíos al Señor Dios vuestro” implica el desprendimiento de lo que nos mantiene alejados de él. Este desprendimiento constituye el punto de partida necesario para restablecer con Dios la alianza rota a causa del pecado.

2. “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Co 5, 20). La apremiante invitación a la reconciliación con Dios está presente también en el pasaje de la segunda carta a los Corintios, que acabamos de escuchar

La referencia a Cristo, que se halla en el centro de toda la argumentación, sugiere que en él se da al pecador la posibilidad de una auténtica reconciliación. En efecto, “al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios” (2 Co 5, 21). Sólo Cristo puede transformar la situación de pecado en situación de gracia.

Sólo él puede convertir en “momento favorable” los tiempos de una humanidad inmersa y dañada por el pecado, turbada por las divisiones y el odio. En efecto, “él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, derribando el muro que los separaba:  el odio. (…) Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz” (Ef 2, 14. 16).

¡Este es el momento favorable! Un momento ofrecido también a nosotros, que hoy emprendemos con espíritu penitente el austero camino cuaresmal.

3. “Convertíos  a  mí de todo corazón:  con ayuno,  con llanto, con luto” (Jl 2, 12).

La liturgia del miércoles de Ceniza, por boca del profeta Joel, exhorta a la conversión a ancianos, mujeres, hombres maduros, jóvenes y niños. Todos debemos pedir perdón al Señor por nosotros y por los demás (cf. Jl 2, 16-17).

Amadísimos hermanos y hermanas, siguiendo la tradición de las estaciones cuaresmales, estamos hoy reunidos aquí, en la antigua basílica de Santa Sabina, para responder a esa apremiante exhortación. También nosotros, como los contemporáneos del profeta, tenemos ante los ojos y llevamos grabadas en el corazón imágenes de sufrimientos y de enormes tragedias, a menudo fruto del egoísmo irresponsable. También nosotros sentimos el peso del desconcierto de numerosos hombres y mujeres ante el dolor de los inocentes y las contradicciones de la humanidad actual.

Necesitamos la ayuda del Señor para recuperar la confianza y la alegría de la vida. Debemos volver a él, que nos abre hoy la puerta de su corazón, rico en bondad y misericordia.

4. En el centro de atención de esta celebración litúrgica hay un gesto simbólico, ilustrado oportunamente por las palabras que lo acompañan. Es la imposición de la ceniza, cuyo significado, que evoca con fuerza la condición humana, queda destacado en la primera fórmula del rito:  “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn 3, 19). Estas palabras, tomadas del libro del Génesis, recuerdan la caducidad de la existencia e invitan a considerar la vanidad de todo proyecto terreno, cuando el hombre no funda su esperanza en el Señor. La segunda fórmula que prevé el rito:  “Convertíos y creed el Evangelio” (Mt 1, 15) subraya cuál es la condición indispensable para avanzar por la senda de la vida cristiana:  se requieren un cambio interior real y la adhesión confiada en la palabra de Cristo.

Por tanto, la liturgia de hoy puede considerarse, en cierto modo, como una “liturgia de muerte”, que remite al Viernes santo, en el que el rito actual alcanza su realización plena. En efecto, en Cristo, que “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 8), también nosotros debemos morir a nosotros mismos para renacer a la vida eterna.

5. Escuchemos la invitación que el Señor nos hace a través de los gestos y las palabras, intensas y austeras, de la liturgia de este miércoles de Ceniza. Acojámosla con la actitud humilde y confiada que nos propone el salmista:  “Contra ti, contra ti solo pequé; cometí la maldad que aborreces”. Y también:  “Oh Dios, crea en mí un corazón puro; renuévame por dentro con espíritu firme…” (cf. Sal 50).

Ojalá que el tiempo cuaresmal sea para todos una renovada experiencia de conversión y de profunda reconciliación con Dios, con nosotros mismos y con nuestros hermanos. Nos lo obtenga la Virgen de los Dolores, a la que, a lo largo del camino cuaresmal, contemplamos unida al sufrimiento y a la pasión redentora de su Hijo.

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado