SANTA MARÍA DEL TEMBLOR

(o Nuestra Señora del espasmo)[1]

Ningún profeta es bien recibido en su patria. Su incredulidad no les permite ver al Mesías sino solo al hijo de José  

   P. Gustavo Padcual, IVE.

    En María[2].

María sentada junto a Jesús le pregunta: ¿Por qué nuestros paisanos te querían despeñar en Gebel el-Qafsé? Los vi venir contigo desde la roca… quede pasmada por el espectáculo y comencé a temblar. De pronto los perdí de vista y te vi bajar de la cima tranquilamente y la masa humana detrás de ti con calma. ¿Qué pasó Hijo, cuéntame, qué pasó en la sinagoga?[3]

            Me levanté para hacer la lectura. Me entregaron el volumen del profeta Isaías y leí el pasaje que decía: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollé el volumen y les dije: Esta escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy. Decían algunos ¿Acaso no es éste el hijo de José? Les dije: seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria. En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.

            Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.

            Al oír estas palabras se llenaron de ira y me llevaron para despeñarme a Getel el-Qafsé[4]. Cuando estábamos allí pasé por en medio de ellos y me vine a casa.

            Cuando María quedó sola comenzó a reflexionar…

            Quieren milagros para creer, no les basta el testimonio de los de Cafarnaúm. Ningún profeta es bien recibido en su patria. Su incredulidad no les permite ver al Mesías sino solo al hijo de José[5].

            ¿Por qué ese orgullo nacionalista mal entendido? Somos el pueblo elegido pero debemos obrar según el querer de Dios. Jesús les descubrió su mala conciencia recordando a la viuda de Sarepta y a Naamán el sirio. Su ironía les quiso hacer comprender que Dios no hace acepción de personas y que los verdaderos israelitas son los que hacen su voluntad.

            Si bien mi Hijo hace milagros para que crean en El, hacer milagros aquí entre mis hermanos hubiese sido alimentar su falsa concepción mesiánica.

            ¡Grande es su envidia! Cuanto les cuesta alegrarse por el bien del prójimo. ¡Qué mayor alegría que tener al Mesías entre nosotros!

            Mi Hijo quiere salvarlos. Están admirados de sus palabras y en vez de creer en Él se escandalizan. Lo toman por un meschúgge[6]. Lo desprecian, lo insultan, se encolerizan con Él y lo quieren matar…

            María comenzó a temblar evocando aquella escena terrorífica y recordó las palabras de Simeón: “¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”[7] y sintió una espada traspasar su alma aunque sabía que su dolor recién comenzaba pero era un anticipo del temblor y pasmo del Calvario.

[1] Castellani hace referencia a una capilla de Nuestra Señora del Temblor en Nazaret cerca de donde pretendieron despeñar a Jesús pero no he encontrado la cita. Sólo he encontrado una referencia de una crónica de Monseñor Jacinto Verdaguer que dice: “Siguiendo la sierra, yendo a coronar la expedición, visitamos a Nuestra Señora del Temblor. Cuando los jueces iban a precipitar a Jesucristo, dicen que vino la Virgen llorando hasta allí siguiendo sus pisadas, y viendo que lo iban a lanzar, se vio poseída de un gran temblor”, https://mdc.ulpgc.es/utils/getfile/collection/aguayro/id/2643/filename/2644.pdf

[2] Debemos vivir en María y meditar sus misterios desde su propio interior. Tratando de entrar en este paraíso que fue la Madre de Jesús. Ver San Luis María Grignion de Montford, Tratado de la Verdadera Devoción nº 262-264

[3] Los textos del Talmud dicen expresamente que las mujeres podían ir a la sinagoga. Aunque para las mujeres no había ninguna obligación de rezar en la sinagoga. (María, mujer hebrea, Conferencia dada por el P. Frédéric Manns, para los religiosos del Instituto del Verbo Encarnado en el Seminario “María Madre del Verbo Encarnado” con ocasión de la VIIª Jornada Bíblica, San Rafael, Mendoza [2004])

[4] Cf. Lc 4, 16-30

[5] Cf. Lc 4, 22

[6] Loco

[7] Lc 2, 35

“Corpus Christi en el Monasterio de la Sagrada Familia”

Queridos amigos:
Por gracia de Dios, este año pudimos celebrar la solemnidad de Corpus Christi con los amigos del monasterio, lo cual permitió que, a diferencia de año pasado, pudiéramos realizar mejor la procesión con el Santísimo Sacramento, acompañado de los correspondientes cantos y campanas hasta llegar al mirador del monasterio, desde donde se contempla gran parte del valle, y desde allí bendecir con Jesucristo sacramentado. La Providencia se encargó de que al momento de llegar con la Eucaristía, cesara el fuerte viento que anteriormente apenas nos había dejado poner los manteles y preparar el altar de afuera para la bendición. Después regresamos con la misma solemnidad a la capilla para realizar la reserva y agradecer por esta importante y tan hermosa solemnidad. Finalmente, como cada sábado, compartimos un rato fraterno con nuestros amigos y nos despedimos esperando encontrarnos nuevamente como cada sábado en en Séforis: en la capilla para rezar.
Los tuvimos presente en la santa Misa y seguimos, como siempre, en unión de oraciones.
En Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.
Homilía para la solemnidad de Corpus Christi
Es bastante conocida la obra literaria de Saint Exupéry titulada “El principito”, en donde el autor narra un inolvidable encuentro con este pequeño hombrecito que busca amigos. Me gustaría citar el libro hacia el final (pero no es el final, por si alguno todavía no lo ha leído) porque resalta de una manera muy clara y a la vez profunda el valor de la verdadera amistad. Comienza este breve dialogo el principito:
-Mirarás por la noche las estrellas. No sabrás exactamente cuál es la mía pues mi casa es demasiado pequeña. Pero será mejor así. Para ti mi estrella será alguna de todas ellas; te agradará mirarlas y todas serán tus amigas. Luego te haré un regalo…
Rió nuevamente.
-Ah! cómo me gusta oír tu risa!
-Precisamente, será mi regalo… será como el agua…
-No comprendo.
-Las estrellas no significan lo mismo para todas las personas. Para algunos viajantes son guías. Para otros no son más que lucecitas. Para los sabios son problemas. Para mi hombre de negocios eran oro. Ninguna de esas estrellas habla. En cambio tú…, tendrás estrellas como ninguno ha tenido.
-Qué intentas decirme?
-Por las noches tú elevarás la mirada hacia el cielo. Como yo habitaré y reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. Tú poseerás estrellas que saben reír.
Volvió a reír.
-Cuando hayas encontrado consuelo (siempre se encuentra), te alegrarás por haberme conocido. Siempre seremos amigos.
La amistad es una de las especies del amor, es decir, que los amigos realmente se aman y buscan acrecentar ese mutuo amor; eso es la amistad.
Antes de seguir adelante, mencionemos brevemente el proceso del amor en general, para comprender mejor la particularidad del amor de Cristo.
Cuando los hombres descubrimos algo de bondad en los demás, ello capta nuestra atención. Luego de detenernos algún tiempo o comprendemos la bondad de aquello que llamó nuestra atención, surge la atracción hacia el objeto que contemplamos. Si ese objeto, que posee la bondad que nos atrae, no lo podemos llegar a poseer produce admiración. Pero si es posible poseerlo, brota la esperanza y junto con ello nuestra actitud de ir por él. Y, finalmente, cuando este objeto, bueno para nosotros (aun cuando en esto pueda haber error, como el que considera bueno algo que está mal y comete un pecado), cuando se da una correspondencia mutua entonces surge el amor. Y el fruto del amor, es la unión; es por eso que dos personas que se aman, ya sean hermanos, amigos, esposos, padres e hijos, etc., necesariamente tienden a buscar la unión de corazones, y en la medida que ese amor se vaya acrecentando, se vaya haciendo puro, el que ama irá haciendo lo posible por entregarse más profundamente a la persona que ama. El amor verdadero, entonces:
– se corresponde: por ejemplo los amigos que se buscan constantemente
– se manifiesta: como los esposos que se dicen todos los días que se quieren
– y busca cada vez más la unión de los que se aman.
El amor de Cristo
Habiendo considerado todo esto, vemos claramente que el amor de amistad, al igual todas las especies del amor, genera lazos tan fuertes entre aquellos que se aman que se dice que se van volviendo una sola alma, en cuanto que aman lo mismo, es decir, la bondad que descubren en el otro. Por eso la amistad perfecta, verdadera, agradable a los ojos de Dios, es la amistad que se funda en la virtud:
– no es amistad verdadera la que se funda en el interés,
– no es amistad verdadera la que funda en el placer,
– y no es amistad verdadera la que se fundamenta en el pecado; sino la que se asienta sobre los lazos de la virtud.
Pero para formase estos lazos se necesita además tiempo y hábito… El deseo de ser amigo puede ser rápido, pero la amistad no lo es. Entonces, la amistad con Jesucristo se va a dar esencialmente a partir de nuestro contacto con Él en la oración, en nuestros ratos a solas con Él y en el las obras de caridad que hagamos con los demás por amor a Él.
Pero Jesucristo, una vez más, rompe todos estos esquemas, porque en realidad los trasciende, está por sobre ellos, ya que Él, siendo Dios, se dignó amar a los hombres por su solo amor, de modo gratuito, y sin embargo tomando Él mismo la iniciativa contra todo lo que la sabiduría humana nos podría decir.
– No hay proporción entre ambas partes; Dios es perfecto y el hombre pecador.
– El hombre se había enemistado con Dios por el pecado y lo abandonó… pero Dios no abandonó al hombre y le envió a su Hijo.
– El hombre había rechazado la gracia, pero Dios se la volvió a ofrecer.
– Correspondía el castigo divino por la rebelión, pero Dios nos ofreció misericordia.
Y nos podemos preguntar: ¿cómo es posible que Dios nos ofrezca incansablemente sus dones?, y la respuesta es muy sencilla. Él mismo nos la dejó escrita en una carta que se llama Sª Eª, ahí se nos dice que “Él nos amó primero” …
Porque Dios siempre se nos adelanta. y hoy, en esta solemnidad del Corpus Christi, la santa Iglesia Católica, fruto del amor de Dios por los hombres, nos invita a considerar la mayor manifestación del amor de Dios hacia nosotros al dejarnos en la tierra, el manjar precioso que conduce al cielo: el Cuerpo y la Sangre de su Hijo… hoy es la celebración del Hijo de Dios entre los hombres, y también la alegría de los hombres capaces de hacerse, desde ahora, poseedores de Dios y de la eternidad:
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.» Son palabras de Dios hecho hombre, y en favor de los hombres.
Cuando el amor es verdadero, implica el deseo y, podríamos decir, la necesidad de darse completamente hacia el amado. Jesucristo, siendo Dios, no quiso eximirse de este aspecto y decidió darse a sí mismo a los hombres. Nos dio su vida, pero como es Dios, no se conformó con darnos mucho y entonces decidió darnos todo. Y Él mismo, para poder dársenos todo y a todos, creó un sacramento y se hizo sacramento y hasta el fin de los tiempos seguirá presente este sacramento que es la fuente de la vida eterna y el mayor de los regalos que Dios podría habernos hecho:
«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.»
Frutos del amor de Cristo (San Alberto Hurtado) « Todas las más sublimes aspiraciones del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía, [el sacramento del Cuerpo y la sangre de Cristo]:
1. La Felicidad: El hombre quiere la felicidad y la felicidad es la posesión de Dios. En la Eucaristía, Dios se nos da, sin reserva, sin medida…
2. Cambiarse en Dios: El hombre siempre ha aspirado a ser como Dios, a transformarse en Dios, la sublime aspiración que lo persigue desde el Paraíso. Y en la Eucaristía ese cambio se produce: el hombre se transforma en Dios, es asimilado por la divinidad que lo posee; puede con toda verdad decir como San Pablo: “ya no vivo yo, Cristo vive en mí” (Gal 2,20)…
3. Hacer cosas grandes: El hombre quiere hacer cosas grandes por la humanidad… […], ofreciendo la Misa […] el hombre: opone a todo el dique de pecados de los hombres, la sangre redentora de Cristo; ofrece por las culpas de la humanidad, no sacrificios de animales, sino la sangre misma de Cristo; une a su débil plegaria la plegaria omnipotente de Cristo, que prometió no dejar sin escuchar nuestras oraciones y ¡cuándo más las escuchará [el Padre] […] cuando esa plegaria proceda del Cristo Víctima del Calvario, en el momento supremo de amor…!
Además, en la Misa, el hombre y Dios se unen con una intimidad tal que llegan a tener un ser y un obrar. El sacerdote y los fieles son uno con Cristo que ofrece y con Cristo que se ofrece…
El mayor fruto de este amor de amistad íntima que nos ofrece Dios en el sacramento del cuerpo y sangre de su Hijo, es la unión. Y este es el colmo del amor de Dios, porque colma y sobrepasa nuestra medida, por eso nosotros tenemos un gran consuelo: que a Dios siempre se lo puede amar más y que Él siempre va a corresponder a ese amor con fidelidad.
En esta solemnidad del Corpus Christi, le pedimos a la mujer que realizó la primera procesión con el Santísimo Sacramento al visitar a su prima, que nos conceda la gracia de anunciar con nuestras vidas la gratitud a Dios por haberse quedado con nosotros hasta el fin de los tiempos… y de buscar hacer cada día más íntima nuestra unión con Dios mediante la eucaristía y una seria vida de oración.
P. Jason.

Breves del monasterio de la Sagrada Familia

Arreglos, voluntariado de las hermanas y concierto

Queridos amigos:
Por gracia de Dios, luego de que la situación se haya normalizado bastante en Tierra Santa, hemos podido seguir con algunos pequeños arreglos para el mejor mantenimiento del monasterio, como algunos nuevos letreros para indicar mejor tanto lo que implica que este santo lugar sea un monasterio, cuanto a pequeños detalles como indicaciones sencillas del mismo. Gracias a algunas ayudas especiales, también pudimos contratar a un pequeño tractor que se encargó de limpiar gran parte del parque que, debido a la abundancia de trabajo, no habíamos podido terminar de trabajar.
Todas las semanas recibimos grupos locales que se muestran muy interesados en escuchar algo acerca de la vida en el monasterio, así como cada vez más cristianos que vienen y aprovechan para rezar en la capilla, especialmente cada sábado en la santa Misa en español que celebramos para nuestros amigos que fielmente nos acompañan, e incluso a veces llegan antes para compartir la Adoración Eucarística de la tarde con los monjes.
También hemos podido recibir a dos hermanas que vinieron a dar una gran ayuda al monasterio, encargándose especialmente de colaborar con la sacristía y hospedería, lo cual ha permitido dedicar más tiempo a trabajos de jardín e intelectuales, y también para hacer más mermeladas y envasar el aceite que nos va quedando de los olivos del monasterio; además de ayudar en la liturgia especialmente con los cantos.
Finalmente, hablando de cantos, con gran alegría les podemos contar que ayer se realizó el primero de cuatro conciertos de música sacra en la ruina de la basílica dedicada a santa Ana que resguarda el monasterio, viniendo casi 200 personas en este primer concierto, pero esperando a más en los venideros. Ya desde casi dos horas antes comenzó a llegar la gente que aprovechó de compartir con nosotros haciéndonos muchas preguntas sobre el lugar, la vida monástica, nuestras familias, etc.; y comprándonos los productos del monasterio para ayudar así también al mantenimiento y arreglos siempre necesarios.
Damos gracias a Dios, la Sagrada Familia y a todos aquellos que nos acompañan a la distancia con sus oraciones, pidiéndoles especialmente por las necesidades de los cristianos de Tierra Santa, y para que nunca falten las almas generosas dispuestas a dejarlo todo sin mirar atrás, para abrazar el seguimiento de nuestro Señor Jesucristo en la vida consagrada, especialmente allí donde hay más necesidad espiritual.
En Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.

“NO TIENEN VINO” Jn 2, 3

María es la mediadora excelsa entre Jesús y nosotros.

P. Gustavo Pascual, IVE.

Ya en las bodas de Caná[1], por pedido de la Virgen Santa, Jesús adelantó su hora e hizo su primer milagro. A partir de entonces la Santísima Virgen sigue siempre intercediendo por nosotros ante su Hijo. Por eso los Santos Padres y los Papas la llaman “Omnipotencia Suplicante”[2] ya que es capaz de obtener de Dios todo lo que le pide en la oración. Los católicos nos dirigimos suplicantes a ella porque su oración es mejor escuchada por Jesús[3].

“No tienen vino”, palabra que María pronunció en unas bodas en Caná[4] y que motivó el comienzo de los milagros de Jesús.

            Caná es epifanía. Sigue a la epifanía de los gentiles y del bautismo de Jesús. Es epifanía del poder y de la divinidad de Jesús[5].

            Caná es símbolo. Símbolo de la gracia representada por el agua[6] y del amor representado por el vino.

            La falta de vino hizo que María por amor a los esposos pidiera el milagro y que Jesús por amor lo realizara.

            Y este vino excelente que el maestresala probó y que era mejor que el anterior[7] es el buen vino de la caridad faltante en el Antiguo Testamento[8].

            Símbolo de la Eucaristía ya que Jesús en este milagro adelanta “su hora” que es la hora de su Pascua[9] y también muestra su poder sobre los elementos de la naturaleza convirtiendo el agua en vino. La Eucaristía será el sacramento de su Pascua y será un milagro permanente donde Jesús está presente bajo las apariencias de vino.

            Símbolo de la dignidad del sacramento del matrimonio. Jesús y María santifican con su presencia aquellas bodas.

            María fue la primera en recibir la revelación de los principales misterios de nuestra fe, en Caná es la primera en conseguir y presenciar un signo de su Hijo.

            María conoce las necesidades de nuestra vida hasta las más triviales. Se dio cuenta de la necesidad de los novios y pidió el milagro.

            En unas bodas el vino ayuda a la alegría. María nos trae a Jesús y con Él todo lo que necesitamos para vivir con alegría. Ella es causa de nuestra alegría. María se congratula con nuestra alegría como lo hizo con los esposos en Caná.

            Y María en este detalle de tratar de subsanar la necesidad de los esposos nos da ejemplo de caridad perfecta. Ve la necesidad sin que se la digan y es porque el que ama sale al encuentro del amado para amarlo, se adelanta… María quiere remediar nuestras necesidades, hasta las más pequeñas. María ante Jesús expresa sencillamente la necesidad para que El la remedie. Caridad eficaz que pone los medios, pide a Jesús.

            María también nos da ejemplo de modestia y discreción en el modo de proceder “no tienen vino”. El que ama presenta la necesidad para que el amado haga lo que le plazca. Y así es mejor… porque Dios sabe lo que nos conviene, se compadece del necesitado que pide humildemente.

            María no retrocede en su empeño a pesar de las palabras “aparentemente duras” de Jesús[10]. “Que tengo yo contigo”, semitismo que según el contexto parece decir que no es el momento oportuno para obrar… “Mujer” que parece áspero comparado con Madre o María. Pero según las interpretaciones esta “Mujer” se refiere al libro del Génesis[11] y significaría la maternidad espiritual de María, nueva Eva. Aquí intercediendo por las necesidades de sus hijos. Al pie de la cruz[12] dándolos a luz.

            María con confianza ilimitada dice simplemente: “haced lo que El os diga”. María conoce el poder de su Hijo y tiene fe indudable en Él, confía en su liberalidad.

            María es la mediadora excelsa entre Jesús y nosotros.

            “Haced lo que Él os diga”; contiene un programa de vida para llegar a la santidad.

            María es modelo de fe para todos nosotros[13]. En Caná por su intercesión creció la fe de los discípulos[14].

[1] Jn 2, 1‑11

[2] Cf. Alastruey, Tratado de la Virgen Santísima, BAC Madrid 1945, 771.

[3] Buela C., El Catecismo de los jóvenes…, 51-2

[4] Cf. Jn 2, 1-12

[5] Cf. v. 11

[6] Cf. Jn 19, 34

[7] Cf. v. 10

[8]  Cf. Mt 22, 37-40

[9] Cf. Jsalén. (edición 1998) a Jn 2,4.

[10] Cf. v. 4

[11] 3,15.20

[12] Cf. Jn 19, 26

[13] Cf. L.G. nº 63

[14] Cf. v. 11

“Breves del monasterio de la Sagrada Familia”

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:
Por gracia de Dios estas últimas semanas no han dejado de ser intensas, tanto por los trabajos de mantenimiento cuanto de los apostolados realizados en el monasterio; razón por la cual nos ha resultado difícil poner nuevas publicaciones respecto a la casa de santa Ana. Sin embargo, seguimos recibiendo sus saludos y oraciones como siempre, así como sus palabras de acompañamiento a la distancia, por lo cual aprovechamos ahora para compartrles algunas líneas sobre este último tiempo.
Mantenimiento
Por gracia de Dios vamos poco a poco realizando pequeños arreglos, como algunos nuevos letreros (y otros que pronto prontamente llegarán), nuevas flores de temporada; comenzar a restaurar los asientos para el jardín, etc.
Peregrinación a Nazaret
Hace aproximadamente dos semanas, un segundo grupo de hermanas pudo realizar la peregrinación de Séforis a Nazaret, pidiendo especialmente por las vocaciones y por nuestra familia religiosa; que sean cada vez más las almas generosas que acepten el llamado de Dios a servirlo en favor de las almas en tierra de misión.
Visitas al monasterio
Como ya les hemos contado, actualmente la mayoría de quienes nos visitan son locales no cristianos, quienes se muestran muy interesados en conocer nuestro estilo de vida y poder compartir algún momento con los monjes de Séforis, gran oportunidad para aprender recíprocamente sobre lo que cada cual cree y testimonia; siendo realmente muy enriquecedor y fecundo. Por otro lado, estamos recibiendo más grupos de cristianos locales que vienen a rezar, y esta es para nosotros una gran alegría, ya que hace mucho tiempo no veíamos las velas de las imágenes de los santos de la capilla encendidas por ellos, y nuevamente -poco a poco-, podemos encontrarnos con los asientos de la capilla ocupados por devotos que elevan a Dios sus plegarias desde la casa de santa Ana.
Voluntarias y más ayudas al monasterio
Bien sabemos que la vida en el monasterio, y en toda comunidad religiosa, es intensa física como espiritualmente. Es así que hemos podido recibir con gran alegría a 3 de nuestras hermanas de Belén: la M. Cielo (Provincial), entre ellas, quienes decidieron venir a hacer unos días de “voluntariado”, dándonos una ayuda enorme especialmente en lo que respecta a la capilla y sacristía, además de la hospedería. También hemos recibido pequeñas donaciones y ayudas que nos han permitido contribuir a pequeños arreglos y sustento del monasterio. Les agradecemos enormemente, al igual que a ustedes por sus oraciones.
Feligreses de Séforis
Gracias a Dios, pese a las dificultades que han afectado la apertura y capacidad de recepción de fieles en las distintas iglesias; hemos podido continuar con la santa Misa del fin de semana con algunos amigod y feligreses que nos acompañan regularmente. Ya que aquí el Domingo es día laboral, hemos comenzado desde hace unos meses a tener la Adoración de la tarde y a continuación la santa Misa con nuestros amigos, luego de la cual compartimos una media hora de encuentro fraternal con el correspondiente café.
Eutrapelia sacerdotal
Gracias a Dios hemos podido encontarnos en Belén con nuestros padres, pudiendo participar de una aradable eutrapelia (tiempo para compartir en comuniad), incluyendo al P. Romanelli quien nos visita unos días, y con quien pudimos rezar el santo Rosario en 5 lenguas desde el jardín del monasterio, transmitido en directo; siendo muchas las personas que nos acompañaron pese a la diferencia de horario en tantos países.
Damos gracias a Dios por tantas gracias recibidas de su bondad, por su Divina Providencia que no deja de hacerse presente con sus manos llenas de bendiciones en favor de las almas; y como siempre nos encomendamos a sus oraciones, comprometiendo las nuestras por sus necesidades materiales y espirituales, e intenciones, desde la casa de santa Ana.

“Avál kedái -אבל כדאי-” (Pero vale la pena)

Desde la casa de santa Ana

 
Queridos amigos:
 
Como sabrán, la casa de santa Ana se encuentra en un lugar que actualmente no es cristiano, pero haciendo de todas maneras las veces de testigo silencioso siempre vigente -pese a su sencillez-, del lugar que acogiera a María santísima cuando niña junto a sus padres, aun entre tanta historia contenida desde hace siglos en Séforis, conocida en tiempo de los romanos como Eirenopolis y Diocesaraea, y también como “ornamento de la Galilea” según atestigua la pluma de Flavio Josefo. Y es “el encanto de la sencillez” precisamente el que llama la atención de quienes actualmente visitan estas ruinas, para saber algo más sobre su historia y “escuchar a los que viven en silencio”, los monjes, siempre con gran interés en lo que implica la consagración total y todas las renuncias que conlleva. “Esta vida es muy difícil”, dicen a menudo; “avál kedái” (pero vale la pena) por amor a Dios como bien sabemos, es siempre nuestra respuesta. Y a partir de aquí se establece siempre el diálogo que ayuda a compartir opiniones y lo que creemos, siendo el primer testimonio el propio estilo de vida, marcado por la señal de los discípulos de Cristo, es decir, la cruz; e impregnado de la esperanza sobrenatural que Dios ofrece a aquellos le siguen, a aquellos que justamente abrazan la cruz, y que día a día piden al Altísimo que no los deje jamás mirar atrás, pues ya han puesto sus manos en el arado.
 
La vida religiosa sigue siendo una novedad, y, por lo tanto, el testimonio para el mundo de que seguir de cerca a Dios -aún cuando esto implique estar muy lejos de la familia o de la patria-, siempre valdrá la pena: he ahí la razón sobrenatural de la alegría del consagrado, de que su dicha sea estar donde Dios lo quiere y viviendo según lo hiciera Jesucristo en su humanidad: casto, pobre y obediente; testimoniando así un estilo de vida del todo especial, cuyos frutos definitivos se esperan recibir en el Cielo, aunque no sin ver más de una vez la mano de Dios obrando en las almas con las que tiene contacto el religioso en su lugar de misión: “El consagrado es el que afirma y vive en sí mismo el señorío absoluto de Dios, que quiere ser todo en todos… Os pido una renovada fidelidad, que haga mas encendido el amor a Cristo, mas sacrificada y alegre vuestra entrega, mas humilde vuestro servicio” (san Juan Pablo II).
 
Es cierto que no es fácil el camino hacia la gloria, pero como hemos dicho antes, la señal de los discípulos de Jesucristo es la cruz, no los consuelos, no los honores, no los propios antojos o “las cruces a medida”, es decir, las que nosotros nos fabricamos a gusto propio, sino “la cruz que Dios elige para cada uno de nosotros”: será a veces la distancia, o quizás la lengua, la cultura, los propios defectos o alguna enfermedad, no importa; el hecho es que luchar contra todo esto para testimoniar el Evangelio con la propia vida, en consonancia con el anuncio del Hijo de Dios, pese a todo lo que implique -y por difíl que parezca-, “siempre valdrá la pena”; y si algún consagrado cayera en la tristeza sería por haber olvidado esta verdad que venimos mencionando; en cambio, quien se aferra a Dios con santo abandono en vez de vanas y caprichosas exigencias, es el que sabe ser feliz y gozarse sobrenaturalmente en medio de las pruebas y arideces propias de la misión, ya que “no es mayor el discípulo que el maestro”, y para resucitar glorioso Cristo antes pasó por el calvario: el Señor cuenta con nuestros propósitos de ser mejores, de luchar más contra los defectos y contra todo aquello, por pequeño que sea, que nos separa de Él; cuenta con un apostolado intenso entre aquellas personas con las que nos relacionamos más a menudo. Debemos preguntarnos si nuestra vida influye para bien de los demás y pedir la gracia de que así sea.
 
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, sigue diciendo Jesucristo a sus discípulos, especialmente a los misioneros… pidamos a María santísima que nos alcance la gracia de jamás olvidar que llevar nuestra cruz en esta vida, a cambio de la eternidad, siempre valdrá la pena.
 
P. Jason.

Las características de la fe

Catecismo de la Iglesia Católica Nº 153-165

La fe es una gracia

Cuando san Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido «de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17; cf. Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. «Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con los auxilios interiores del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede “a todos gusto en aceptar y creer la verdad”» (DV 5).

La fe es un acto humano

Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas. Ya en las relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar confianza a sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan), para entrar así en comunión mutua. Por ello, es todavía menos contrario a nuestra dignidad «presentar por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad al Dios que revela» (Concilio Vaticano I: DS 3008) y entrar así en comunión íntima con Él.

En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: «Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia» (Santo Tomás de Aquino, S.Th., 2-2, q. 2 a. 9; cf. Concilio Vaticano I: DS 3010).

La fe y la inteligencia

El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos «a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos». «Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación» (ibíd., DS 3009). Los milagros de Cristo y de los santos (cf. Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad «son signos certísimos de la Revelación divina, adaptados a la inteligencia de todos», motivos de credibilidad que muestran que «el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu» (Concilio Vaticano I: DS 3008-3010).

La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humanas, pero «la certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural» (Santo Tomás de Aquino, S.Th., 2-2, q.171, a. 5, 3). «Diez mil dificultades no hacen una sola duda» (J. H. Newman, Apologia pro vita sua, c. 5).

«La fe trata de comprender» (San Anselmo de Canterbury, Proslogion, proemium: PL 153, 225A) es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor. La gracia de la fe abre «los ojos del corazón» (Ef 1,18) para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora bien, «para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones» (DV 5). Así, según el adagio de san Agustín (Sermo 43,7,9: PL 38, 258), «creo para comprender y comprendo para creer mejor».

Fe y ciencia. «A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber contradicción entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe otorga al espíritu humano la luz de la razón, Dios no puede negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero» (Concilio Vaticano I: DS 3017). «Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son» (GS 36,2).

La libertad de la fe

«El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe ser obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza» (DH 10; cf. CDC, can.748,2). «Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados en conciencia, pero no coaccionados […] Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús» (DH 11). En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, Él no forzó jamás a nadie. «Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino […] crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él» (DH 11).

La necesidad de la fe

Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación (cf. Mc 16,16; Jn 3,36; 6,40 e.a.). «Puesto que “sin la fe… es imposible agradar a Dios” (Hb 11,6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella, y nadie, a no ser que “haya perseverado en ella hasta el fin” (Mt 10,22; 24,13), obtendrá la vida eterna» (Concilio Vaticano I: DS 3012; cf. Concilio de Trento: DS 1532).

La perseverancia en la fe

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que nos la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe «actuar por la caridad» (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

La fe, comienzo de la vida eterna

La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios «cara a cara» (1 Co 13,12), «tal cual es» (1 Jn 3,2). La fe es, pues, ya el comienzo de la vida eterna:

«Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como reflejadas en un espejo, es como si poseyésemos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día» ( San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto 15,36: PG 32, 132; cf. Santo Tomás de Aquino, S.Th., 2-2, q.4, a.1, c).

Ahora, sin embargo, «caminamos en la fe y no […] en la visión» (2 Co 5,7), y conocemos a Dios «como en un espejo, de una manera confusa […], imperfecta” (1 Co 13,12). Luminosa por aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.

Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham, que creyó, «esperando contra toda esperanza» (Rm 4,18); la Virgen María que, en «la peregrinación de la fe» (LG 58), llegó hasta la «noche de la fe» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 17) participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y tantos otros testigos de la fe: «También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Hb 12,1-2).

Catecismo de la Iglesia Católica Nº 153-165

“Triduo Pascual en Jerusalén”

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:
Escribía san Juan Pablo II que “En la resurrección se reveló el hecho de que ‘en Cristo reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2, 9; cfr. 1, 19). Así, la resurrección ‘completa’ la manifestación del contenido de la Encarnación. Por eso podemos decir que es también la plenitud de la Revelación. Por tanto, como hemos dicho, ella está en el centro de la fe cristiana y de la predicación de la Iglesia”.
Creer en Cristo Resucitado, en primer lugar, da consuelo a nuestros corazones afligidos; da calor a nuestra alma para que se entusiasme nuevamente a reparar nuestra vida de pecado y seguir las huellas del divino Maestro; nos mueve a correr en busca de la Madre de los Dolores, pero no ya para consolarla, sino para contemplarla gloriosa en la gloria de su divino Hijo; porque creer en Cristo es sintonizar nuestros corazones con el Corazón del Resucitado, para que ambos puedan latir juntos por su gracia en el Amor de la redención. Contemplar la resurrección de Cristo es dar seguridad a nuestra fe, avivar nuestra esperanza, enardecer nuestra caridad; y dar descanso y consuelo a nuestro corazón. Es por esta razón que celebrar el Triduo Pascual en Jerusalén constituye una de esas gracias inefables que no se pueden expresar completamente con palabras, pero que de todas maneras se pueden más o menos compartir al contarlas, y eso es justamente lo que queremos hacer ahora con ustedes, compartiendo tanto la alegría de este tiempo Pascual que acabamos de comenzar, cuanto el gozo interior de haber podido rezar en los mismos santos lugares, que permanecen hasta nuestros días como testigos silenciosos que confirman irrefutablemente la historia de la redención.
El lunes, martes y miércoles santo: trabajo intenso en el monasterio, arreglos; cosecha de limones para mermeladas, trabajos de jardín, etc.
El miércoles santo por la tarde: viaje a Jerusalén, hospedados a 5 minutos caminando del Santo Sepulcro, para participar del Triduo Pascual y demás celebraciones en la Ciudad Santa. Santo Rosario en el Calvario por la noche.
Jueves Santo: Misa crismal y cena del Señor en el Santo Sepulcro; 250 sacerdotes concelebrantes y la participación de las hermanas SSVM, religiosos de muchas congregaciones y feligreses tanto de Jerusalén como de lugares cercanos.
Por la tarde nos dedicamos a la lectura de todos los capítulos que narran la pasión hasta el prendimiento (de los cuatro Evangelios), con los padres en el techo del Cenáculo, lugar de la primera santa Misa de la historia, presidida por el mismo Jesucristo acompañado de sus discípulos. A continiación, liturgia en Getsemaní por la noche y veneración de la roca de la agonía, lugar donde antaño nuestro Señor padeciera tristeza mortal en su alma a causa de los pecados de la humanidad, al punto de sudar sangre. Luego rezo del santo rosario con toda la familia religiosa peregrinando rumbo a san Pedro Gallicanto, siguiendo el mismo recorrido de nuestro Señor aquella noche santa, y oración personal en el lugar de las negaciones, leyendo salmos penitenciales en la cisterna donde Jesucristo paso la noche antes del Calvario.
Viernes Santo: liturgia y adoración de la santa Cruz ante una reliquia de la misma en el Santo sepulcro por la mañana; rezo del Vía Crucis por la Vía Dolorosa con los franciscanos y cristianos locales por la tarde; liturgia del funeral de Cristo en el Santo Sepulcro por la tarde-noche, donde se desciende de la Cruz una hermosa imagen articulada del Señor, y se recrea dicho descenso para ser llevado hasta el Santo Sepulcro, pasando previamente por la roca de la unción donde los unguentos y aromas se aplican antes de continuar hasta el lugar donde descansó el cuerpo del Señor hasta su triunfal resurrección.
Sábado Santo: Vigilia pascual “por la mañana” (sólo aquí en Jerusalén se hace así por Status Quo), y festejos al medio día con toda la familia religiosa.
Ciertamente fueron días físicamente intensos, con ceremonias de hasta 3 horas; sin embargo, el tiempo se pasaba realmente volando al ir participando de la hermosa liturgia que se lleva a cabo en los santos lugares: largas y solemnes procesiones, incienso, cantos en latín y hermosas oraciones y ritos especiales que acompañaron todas las celebraciones, se convertían inevitablemente en una invitación a la oración, haciendo de todo el Triduo un tiempo espiritualmente intenso también.
Tuvimos presente las intenciones y necesidades de toda nuestra familia religiosa, y de todas aquellas almas encomendadas a nuestras oraciones y ministerio; todos aquellos que rezan por nosotros y nos acompañan a la distancia con sus plegarias, y todo ello en los santos lugares de Jersusalén.
La resurrección de Cristo es, en cierta manera, el comienzo de la Vida Eterna, el principio de una era nueva sin fin. Vivir la resurrección de Cristo es incorporarse a este nuevo estado, preparándose así a la vuelta gloriosa del Señor. De ahí lo que nos anuncia San Pablo: “Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, entonces vosotros también apareceréis con Él, llenos de gloria”. Nos toca, pues, vivir la resurrección de Cristo, y pregustar su triunfo definitivo. Mientras tanto, seguimos peregrinando en esta vida mortal, con nuestros defectos y limitaciones, con nuestros pecados y tentaciones. Pero a pesar de todo, en todas nuestras dificultades y en cada una de nuestras batallas nos anima saber que nuestra Cabeza ya ha triunfado. Lo que nos queda es tan sólo librar la batalla y alcanzar la victoria en el interior de nuestro corazón.
Que la alegría pascual se prolongue en nuestras vidas, en cada momento, en cada cosa que hagamos, sabiendo que en nuestra fidelidad a la gracia de Dios ya está presente nuestra resurrección de entre los muertos para vivir junto con Cristo para siempre, para nunca más morir.
Le pedimos esta gracia a la santísima Virgen, madre de Jesucristo resucitado.

Homilía de Vigilia Pascual

A la dulce espera del Resucitado

San Juan Pablo II

1. “¿Buscáis a Jesús el crucificado?” (Mt 28, 5).

Es la pregunta que oirán las mujeres cuando, “al alborear el primer día de la semana” (ib., 28, 1), lleguen al sepulcro.

¡Crucificado!

Antes del sábado fue condenado a muerte y expiró en la cruz clamando: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23, 46).

Colocaron, pues, a Jesús en un sepulcro, en el que nadie había sido enterrado todavía, en un sepulcro prestado por un amigo, y se alejaron. Se alejaron todos, con prisa, para cumplir la norma de la ley religiosa. Efectivamente, debían comenzar la fiesta, la Pascua de los judíos, el recuerdo del éxodo de la esclavitud de Egipto: la noche antes del sábado.

Luego, pasó el sábado pascual y comenzó la segunda noche.

2. Y he aquí que hemos venido todos a este templo, igual que tantos hermanos y hermanas nuestros en la fe, a los diversos templos en todo el globo terrestre, para que descienda a nuestras almas y a nuestros corazones la noche santa: la noche después del sábado.

Os encontráis. aquí, hijos e hijas de la Iglesia que está en Roma, hijos e hijas de la Iglesia extendida por los diversos países y continentes, huéspedes y peregrinos. Juntos hemos vivido el Viernes Santo: el vía crucis entre los restos del Coliseo —y la adoración de la cruz hasta el momento en que una gran piedra fue puesta a la puerta del sepulcro— y en ella fue colocado un sello.

¿Por qué habéis venido ahora?

¿Buscáis a Jesús el crucificado?

Sí. Buscamos a Jesús crucificado. Lo buscamos esta noche después del sábado, que precedió a la llegada de las mujeres al sepulcro, cuando ellas con gran estupor vieron y oyeron: “No está aquí…” (Mt 28, 6).

Hemos venido, pues, aquí, pronto, ya entrada la noche, para velar junto a su tumba. Para celebrar la Vigilia pascual.

Y proclamamos nuestra alabanza a esta noche maravillosa, pronunciando con los labios del diácono el “Exsultet” de la Vigilia. Y escuchamos las lecturas sagradas que comparan a esta noche única con el día de la Creación, y sobre todo, con la noche del éxodo, durante la cual, la sangre del cordero salvó a los hijos primogénitos de Israel de la muerte y los hizo salir de la esclavitud de Egipto. Y, luego, en el momento en que se renovaba la amenaza, el Señor los condujo por medio del mar a pie enjuto.

Velamos, pues, en esta noche única junto a la tumba sellada de Jesús de Nazaret, conscientes de que todo lo que ha sido anunciado por la Palabra de Dios en el curso de las generaciones se cumplirá esta noche, y que la obra de la redención del hombre llegará esta noche a su cénit.

Velamos, pues, y, aun cuando la noche es profunda y el sepulcro está sellado, confesamos que ya se ha encendido en ella la luz y avanza a través de las tinieblas de la noche y de la oscuridad de la muerte. Es la luz de Cristo: Lumen Christi.

3. Hemos venido para sumergirnos en su muerte; tanto nosotros que, hace tiempo, hemos recibido ya el bautismo, que sumerge en Cristo, como también los que recibirán el bautismo esta noche.

Son nuestros nuevos hermanos y hermanas en la fe; hasta ahora eran catecúmenos, y esta noche podemos saludarlos en la comunidad de la Iglesia de Cristo, que es: una, santa, católica y apostólica. Son nuestros nuevos hermanos y hermanas en la fe y en la comunidad de la Iglesia, y provienen de diversos países y continentes: Corea, Japón, Italia, Nigeria, Holanda, Ruanda, Senegal y Togo.

Los saludamos cordialmente y proclamamos con alegría el “Exsultet” en honor de la Iglesia, nuestra Madre, que los ve reunidos aquí en la plena luz de Cristo: Lumen Christi.

Y juntamente con ellos proclamamos la alabanza del agua bautismal, a la cual, por obra de la muerte de Cristo, descendió la potencia del Espíritu Santo: la potencia de la vida nueva que salta hasta la eternidad, hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14).

4. Así, todavía antes de que despunte el alba y las mujeres lleguen a la tumba de Jerusalén, hemos venido aquí para buscar a Jesús crucificado, porque:

“Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con El, para que… no seamos más esclavos del pecado…” (Rom 6, 6), porque nosotros nos consideramos “muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (ib., 6, 11); efectivamente: “Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios” (ib., 6, 10);

porque: “Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (ib., 6, 4);

porque: “Si nuestra existencia está unida a El en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (ib., 6, 5);

porque creemos que “si hemos muerto con Cristo…, también viviremos con El” (ib., 6, 8);

y porque creemos que “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre El” (ib., 6, 9).

5. Precisamente por esto estamos aquí.

Por esto velamos junto a su tumba.

Vela la Iglesia. Y vela el mundo.

La hora de la victoria de Cristo sobre la muerte es la hora más grande de su historia.

 

Sábado Santo, 18 de abril de 1981

Una Madre ejemplar

“María dio a luz a la persona de Jesús, que es divina, según su naturaleza humana. María dio a luz a Dios. María es Madre de Dios.”

P. Gustavo Pascual, IVE.

“Pero al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos”.

            Algunos, en vez de traducir “al llegar la plenitud de los tiempos”, traducen “cuando se cumplió el tiempo”. Pero, parece mejor la primera traducción. ¿Qué plenitud de los tiempos? ¿Qué tiempo? El tiempo mesiánico o escatológico que da cumplimiento a una larga espera de siglos, como algo que colma finalmente una medida[2].

            La carta a los Hebreos dice que en estos últimos tiempos nos ha hablado el Hijo por el que Dios hizo los mundos[3]. Este Hijo es el nacido de mujer del que habla Gálatas.

            Es el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento sobre la venida del Mesías. Cumplimiento de las setenta semanas de Daniel[4] y de la concepción y el parto de la virgen de Isaías[5].

            Parece mejor la traducción “plenitud de los tiempos” que “el tiempo”, pues, tiempo en este caso habría que subrayarlo y ponerlo con mayúsculas ya que se trata de la cumbre, el pico de ola, la plenitud propiamente del tiempo, el momento más elevado de la historia. Es un Instante, junto con el de la creación y con el del fin del mundo. Instante porque se une el cielo y la tierra. Lo divino y lo humano.

            La creación y el fin del mundo, podríamos decir, tienen más de Instante, en cuanto a lo que nosotros conocemos por instante, el lapso infinitesimal de tiempo, la medida cronológica mínima, ya que abarcan un punto en la línea de la historia. Aunque pudiera ser que el hágase de la creación durara un tiempo y el fin del mundo también. En cambio, la plenitud de los tiempos aunque la Escritura lo puntualiza en el Nacimiento de Jesús, podría puntualizarse antes, en la Encarnación. También podríamos extenderlo desde la Encarnación hasta la Ascensión del Señor. Todo el tiempo en que Dios habitó entre los hombres, en que el Emanuel vivió entre nosotros.

            Es la plenitud de los tiempos porque la historia mira a este punto, a este período, porque todo el tiempo mira a este tiempo. La consumación de la Encarnación y el Nacimiento se dan en la Pascua porque Jesús viene a salvar a los hombres y así el pasaje que estamos comentando dice “para (fin) rescatar a los que estaban bajo la ley para que llegáramos a ser hijos (ya no esclavos)”. El tiempo anterior a Cristo mira a Cristo y el posterior mira a Cristo. En su estancia entre los hombres se dio la plenitud del tiempo.

            Pero Cristo no vino en el tiempo como un meteoro que cae del cielo. Primero fue concebido como cada uno de nosotros en el seno de una mujer y por su consentimiento explícito, al menos así sucede cuando la mujer ama la vida que quiere comunicar, por el sí de María fue concebido Jesús en su seno por obra del Espíritu Santo. Así lo dice Mateo[6] haciéndose eco de la voz lejana de Isaías[7] y después de nueve meses lo dio a luz en Belén como lo dice San Pablo en el pasaje de Gálatas y especialmente Mateo[8] que narra explícitamente las circunstancias y el lugar donde lo dio a luz.

            Mateo encuadra el nacimiento en una orden de autoridad civil, es decir, Jesús nace bajo la ley civil romana y en Belén por causa de un censo. San Pablo dice que nace bajo la ley pero la ley religiosa y viene para rescatarnos de la ley que nos tenía esclavizados y darnos la gracia de ser hijos de Dios por el Espíritu.

            La mujer de Gálatas es la Madre de Dios. Es María, la que dio a luz a Jesús en Belén. El nacido de la mujer es el Hijo de Dios[9], el “Hijo del Altísimo”[10].

            En Jesús hay un doble nacimiento. Uno eterno, en el seno del Padre. El Padre engendró al Hijo desde toda la eternidad y el Hijo engendrado es en todo igual al Padre. Jesús, tiene un nacimiento temporal y este es propiamente nacimiento, como el nuestro, de mujer, aunque de madre virgen, según la naturaleza humana.

            María dio a luz a Jesús según su naturaleza humana pero no se da a luz una naturaleza sola sin la persona en la que subsiste. María dio a luz a la persona de Jesús, que es divina, según su naturaleza humana. María dio a luz a Dios. María es Madre de Dios. Así lo definió el Concilio de Éfeso en el año 431.

            Dios en la plenitud de los tiempos elige una mujer para ser la depositaria de las promesas mesiánicas, la hace protagonista de la obra más grande que se realizará en la historia humana.         Dios elige una mujer para elevarla a la dignidad más alta que puede alcanzar una persona dentro de nuestro linaje y le elige un oficio, el más apropiado, para elevarla.

            Dios elige a María y la elije para ser su madre. María es madre de Dios. La mujer ha sido elevada sobre el linaje humano y sobre las potestades angélicas.

            Con razón San Pablo dirá que la mujer se santifica por su maternidad, pues, Dios mismo ha elegido una mujer para ser su madre.

            El Hijo de Dios no quiso aparecer entre los hombres de forma extraordinaria sino que nació como todos nosotros de una madre.

            La maternidad divina de María marca un sendero de santidad para la mujer y nos invita a todos a acogernos a esta madre, que también es madre nuestra, y a alabarla por tan excelsa dignidad. A alabarla y a imitarla porque ella es la plenitud de gracia y de virtudes, modelo sublime de la raza humana.

            Del dogma de la maternidad divina brotan los demás dogmas marianos. Es el primer principio de la teología mariana. Es la fuente de múltiples manantiales. La virginidad perpetua, la Asunción, la Inmaculada Concepción, la Maternidad sobre los hombres, su reinado universal, no serían sin la maternidad divina.

            De la misma manera, aunque en otro plano, la principal y primera ocupación de la mujer es su maternidad y las demás ocupaciones son secundarias. No tendrá sentido que la mujer sea buena profesional si es mala madre. A Dios no le importa tanto lo que sea la mujer en cuanto a su profesión cuanto que cumpla su principal profesión de ser madre. Y si es buena madre y puede ejercer otra profesión será buena en lo demás.

            Dios da a cada uno las gracias para la misión a la cual lo llama. A María la colmó de todas las gracias necesarias para la misión a la cual la llamaba, ser su madre. María respondió sí al Señor en un completo abandono porque sabía la magnitud trascendente de la obra que el Señor le encomendaba.

            La vocación a la maternidad es una vocación sublime. María fue madre de Dios y la mujer es madre de un hombre. Pero ambas son maternidades. La maternidad tiene por función prolongar la especie humana continuando la obra de Dios de la creación porque a la mujer junto con el hombre se le dijo “creced y multiplicaos y llenad la tierra”. En esta tarea la mujer lleva la parte principal. Ella concibe, gesta y da a luz al nuevo hombre. Ella lo protege en su seno materno durante nueve meses para que vea la luz del sol.

Y también María hizo esto con Jesús… Lo concibió en Nazaret y lo cuidó por nueve meses hasta darlo a luz en Belén. María dio a luz a su Hijo y lo envolvió en pañales. Dio a luz al Verbo Encarnado, al Emmanuel que es Dios con nosotros. María es la Madre de Dios.

Nosotros, los cristianos, nos gloriamos de tener a Dios por Padre, a Jesús por hermano y a María, que es mujer de nuestra raza, por madre. Nos gloriamos de tenerla por madre porque es también la Madre de Dios. Y también al verla valoramos a nuestras madres que nos han dado a luz y nos han cuidado imitando a este perfecto modelo de madre.

Madre de Dios y madre nuestra María te pedimos por la vida. Para que la mujer quiera ser madre como tú y para que como tú cuide a su hijo hasta darlo a luz. Te agradecemos por el amor que nos han tenido nuestras madres y te pedimos por ellas.

 

[1] Ga 4, 4-7

[2] Cf. Mc 1, 15; Hch 1, 7 ss.; Ef 1, 9-10

[3] Hb 1, 2

[4] 9, 24 ss.

[5] 7, 14

[6] 1, 23

[7] 7, 14

[8] 2, 6-7

[9] Cf. Ga 4, 4; Lc 1, 35

[10] Lc 1, 32

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado