Navidad en Belén

Nochebuena en el lugar del Nacimiento del Hijo de Dios

 

Que Dios haga cosas increíbles, es de lo más creíble para nuestra fe. Como ofrecer su perdón con creces a aquellos que lo abandonaron; o como “perseguir” los corazones que huyen de Él; como resucitar un muerto…; o como el asombroso hecho de haber entrado en este mundo a través de un apartado y frío pesebre haciéndose pequeño… como aquellos a quienes pertenece el Reino de los Cielos. Pues bien, todo este inabarcable misterio, imposible de ser comprendido completamente por nuestra humana inteligencia, se ha quedado para siempre en la gruta de Belén…, y es que Dios siempre es original para llegar a nosotros, y a veces -como nos enseña dicha gruta-, se encuentra donde menos lo esperamos.
Belén se convirtió en el testigo silencioso de la entrada en humildad de Dios en la historia de los hombres de una manera completamente impensable: hecho un hombre más; Belén se convirtió en el hito que marca el punto de encuentro entre el Nacimiento en el tiempo del Eterno, y el nacimiento de la eternidad para quienes vivimos en el tiempo. Belén ya no es “la más pequeña entre las familias de Judá” (Cf. Mq 5,2), porque hace 2019 años vio salir de uno de sus pesebres al Niño “Rey del mundo”, quien transformó con su “pequeña presencia” aquella helada gruta en el signo de su amor extremo por la humanidad pecadora, un amor más deseoso aun de transformar los corazones y de que nos hagamos también pequeños, como Él, a los ojos de este mundo, buscando en todo humildemente cumplir la voluntad del Padre… también como Él.

Por gracia de Dios, nuevamente hemos tenido la oportunidad de celebrar la santa Misa en Belén, lugar pequeño que contiene mucho más que aquello que se ve en la gruta, y como corresponde pudimos hacerlo como familia, no sólo religiosa sino también cristiana católica, junto a los muchos y variados peregrinos que desde los lugares más apartados llegan cada 25 de diciembre a participar en la santa Misa de Nochebuena en Belén.

Posteriormente, como amerita la ocasión, pasamos a festejar el Nacimiento del Hijo de Dios como familia religiosa, alegrándonos junto a Aquel que nos ha llamado a tomar parte de su Iglesia, y que nos invita a seguirlo desde el pesebre hasta la cruz en esta vida, para hacerlo en su victoria definitiva en la eternidad.

Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

La gruta de la Natividad

(“Impresiones de Tierra Santa”)

P. Jason Jorquera M., IVE.

 

Uno de los lugares santos más visitados por los devotos peregrinos es la Basílica de la Natividad. Esta basílica, como las personas de alma noble, esconde un gran tesoro que no se ve desde afuera ni se puede “degustar” si no es entrando en íntimo contacto con ella. Y este pequeño gran tesoro es la Gruta de la Natividad, lugar preciso en que la sagrada Tradición nos revela dónde nació en el tiempo el “Divino Niño Jesús”, y también dónde fue envuelto tiernamente en pañales por su madre, la santísima Virgen María. ¿Quién diría que un lugar tan pequeño podría contener oculto al Rey del universo?, y es que desde el principio quiso Dios elegir lo pequeño para realizar “las cosas grandes”[1], las que realmente importan, las que pesan eternidad. Fue así por ejemplo que, libremente, Dios eligió no a los ángeles sino a los hombres para asumir su naturaleza, encarnando en sí todo lo auténticamente humano, menos el pecado[2]; y no a algún poderoso soberano sino al justo José por Padre adoptivo[3] y a la humildísima esclava del Señor[4] por Madre; ni eligió la grande y majestuosa ciudad de Jerusalén para entrar al mundo con un cuerpo humano, sino Belén, “la pequeña entre las familias de Judá”[5]. Y es que Dios hace grandes cosas de lo pequeño; y si el Verbo Encarnado se iba a servir de tan sólo dos maderos para abrazar a la humanidad entera, ¿qué podía impedirle desconcertar desde antes nuestra terrena lógica humana naciendo en “la pequeña humildad” del pesebre de Belén?, pesebre socavado –dicho sea de paso- en la fría roca de la gruta, figurando ya los corazones de los hombres que, a partir de ahora, deberían cobijar así también a este pequeño Niño Dios, que desea morar para siempre en ellos.

     Pero iluminemos un poco más esta realidad: Dios hace grandes cosas de lo pequeño, es decir, que la pequeñez de las creaturas, nuestra pequeñez, de ninguna manera puede ponerle límites a la grandeza de Dios; y esto hay que tenerlo bien en claro para no caer ni en un mediocre pesimismo, ni en injustificadas excusas respecto a lo magno que Dios quiere realizar en y por nosotros: pequeño y desconocido era Abraham a los ojos de los hombres y, sin embargo, de él hizo Dios una gran nación[6]; pequeño era José entre sus hermanos y, sin embargo, grande fue la salvación que Dios obró mediante él en tiempo de hambre[7]; un pequeño pastor era David[8] y, no obstante, sobre él recayó la unción de Dios que lo constituiría en el memorable rey de cuya estirpe saldría el Mesías esperado; pequeño rebaño eran los hijos de Matatías[9] ; y pequeño puñado de hombres serían también los apóstoles y, sin embargo, de toda esta pequeñez humana Dios hizo brotar las grandes obras que se inmortalizarían en el tiempo gracias a la misteriosa desproporción con que las signó su omnipotencia, y que sólo se logra entender a la luz de la fe. Y es en la “pequeña Gruta de la Natividad”, donde más podemos contemplar la grandeza de la pequeñez, de la cual cantaría la inmaculada Virgen Madre en un desbordarse de la gracia que desde su concepción la inundó completamente[10].

     Fue aquí también, en la Gruta de Belén, donde nuevamente los hombres pudieron contemplar de cerca a Dios después del pecado original; y los primeros en hacerlo fueron los sencillos, los más pobres, los humildes pastores, que tomando el lugar de las ovejas vinieron ellos mismos tras el Buen Pastor que entraba en este mundo para pastorear las almas hacia el redil del Padre[11]. En otras palabras, aquella primera Navidad que se quedó para siempre en esta gruta, fue testigo del amoroso reencuentro entre la grandeza soberana de Dios –escondida en este Niño[12]– y la pequeñez herida del hombre, que veía nacer en este día su Salvación, ya que Jesucristo traía consigo y hasta el fin de los tiempos las llaves de la eternidad, ofrecidas a toda la humanidad bajo el nombre de “gracia divina”, llaves que serían forjadas en la Cruz, signo del amor más grande, del amor que siempre se desborda, del amor que Dios nos tiene. No iba a ser extraño, por lo tanto, que el primer coro católico conformado por los ángeles, cantara la gloria de Dios mirando hacia el pesebre[13], porque así lo exigía la pureza de su condición y el deseo indeleble de tributar al Creador el culto celeste para en cual fueron creados.

     Pero aquí también se constató el anhelo de trascendencia de la humana naturaleza, es decir, el deseo de Dios, en las personas de los Reyes magos, “embajadores de la gentilidad”, que confiados en la estrella guiadora se embarcaron al encuentro del recién nacido rey para doblar ante Él sus rodillas[14], reconociendo así su divinidad, y ofreciéndoles los conocidos dones[15] que hoy en día podemos y debemos reemplazar por actos de virtud revestidos de la gracia divina, más agradables aún que éstos a los ojos de Dios; es decir, que aquí la redención comenzaba ya a extender sus brazos misericordiosos más allá de los lazos de la sangre del pueblo elegido, puesto que el corazón del Niño Dios late por todo el mundo y por todos ellos ha venido a ofrecer su salvación.

     La pequeña Gruta de la Natividad, cofre precioso que recibió el más grande de los tesoros, invita a considerar el anonadamiento de Dios por nosotros los hombres, el abajarse, el humillarse, para realizar en nosotros las cosas grandes que sólo con su gracia podemos alcanzar, como la santidad, como el Paraíso. Por lo tanto, si nos consideramos indignos, “pequeños” y débiles, entonces no debemos ser injustos con Dios y aspirar a lo grande animados por su gracia y confiando plenamente en Él, a quien nuestra debilidad no puede poner límites, sino sólo nuestra desconfianza. Por eso escribía san Pablo: Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale[16]; y Él mismo se ha querido hacer pequeño para que pudiéramos contemplar hasta donde llega el amor que nos tiene[17], el amor que hace las grandes cosas a partir de nuestra propia pequeñez, y que se quedó como impreso en la pequeña Gruta de la Natividad, donde la santísima Virgen María estrechó por primera vez al Niño Dios y lo envolvió tiernamente en pañales.

[1] Cfr. Lc 1,49

[2] Cfr. Heb 4,15

[3] Cfr. Mt 1,16; Lc 1,27

[4] Lc 1,38

[5] Miq 5,1 “Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir Aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño.”

[6] Cfr. Gén 12 y sgts.

[7] Cfr. Gén 41-46

[8] Cfr. 1Sam 16,13

[9] Cfr. 1Mac 2

[10] Cfr. Lc 1,28; 46-55

[11] Cfr. Jn 10, 11; 10,14

[12] Cfr. Lc 1, 32-35

[13] Cfr. Lc 2, 13-14

[14] Cfr. Mt 2,1-2

[15] Cfr. Mt 2,11

[16] 1 Cor 1,27-28

[17] Cfr. 1Jn 4,16

MAGNIFICAT ANIMA MEA DOMINUM

El cántico de la Virgen

( “Alaba mi alma la grandeza del Señor”)

P. Gustavo Pascual, IVE.

El Magnificat es un canto de inspiración personal cantado por la Santísima Virgen en la visita a su prima Isabel. En su composición se incluyen pasajes del Antiguo Testamento: del primer libro de Samuel, de Isaías, de los Salmos, del Génesis, lo cual nos revela el gran conocimiento que la Santísima Virgen tenía de las Sagradas Escrituras y la fidelidad de la transmisión oral en el Pueblo de Israel.

            María profetiza en el Magnificat el honor y el amor que le tendrán todos los hombres hasta el fin del mundo. “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”[2].

            El cántico tiene como dos partes:

  • Una que exalta a los humildes.
  • Otra que resalta la fidelidad de Dios a la promesa hecha al patriarca Abraham[3].

            Dice Juan Pablo II sobre este cántico que es “como el testamento espiritual de la Virgen Madre”[4].

           + Magnificat anima mea Dominum

María quiere que cada uno de nosotros alabe a Dios por las gracias que nos da.

“Sin duda que sólo aquel en quién el Poderoso hace obras grandes sabrá proclamar dignamente la grandeza del Señor y podrá exhortar a los que como él se sienten enriquecidos por Dios, diciendo: proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.

Pues el que no proclama la grandeza del Señor, sabiendo que es infinito, y no bendice su nombre será el último en el reino de los cielos” (San Beda el Venerable)[5].

            Resuena la glorificación de Dios a lo largo del cántico:

           Dios mi salvador (v.47)

El Poderoso ha hecho obras grandes en mi (v.49a)

            Santo es su nombre (v. 49b)

            Misericordioso de generación en generación (v.50)

            Derriba a los poderosos y enaltece a los humildes (v.52)

            El que acogió a Israel su pueblo (v.54)

            Su fidelidad a favor de Abraham y su descendencia (v.55)

+ Magnificat anima mea Dominum

           Exclamación que brota de la fe. Isabel termina su diálogo felicitando a María por su fe “feliz la que ha creído”[6]. Y la respuesta de fe de María es el Magnificat.

            El Catecismo de la Iglesia Católica pone como modelo de fe para los cristianos a María y a Abraham[7]. Ambos tienen una fe humilde, ambos una fe confiada. La fe del verdadero hombre religioso. Por eso ambos son ejemplos para todo hombre que quiera ser verdaderamente religioso.

            Ambos se ligan a Dios por un abandono total. Dios hace obras grandes en ambos, a Abraham lo hace padre del pueblo elegido y a María Madre de Dios.

+ Magnificat anima mea Dominum

           María exalta la grandeza de Dios y la humildad del instrumento humilde por el cual Dios se forma el nuevo Israel que es la Iglesia.

            María exalta la grandeza de Dios que cumplió misericordiosamente la promesa hecha a Abraham instrumento humilde por el cual formó el Israel carnal, el pueblo escogido de entre todos los pueblos.

+ Magnificat anima mea Dominum

           El verdadero religioso glorifica a Dios con sus palabras y con su vida porque sabe que lo grande en él es obra de Dios. Lo reconoce por la fe y apoya su fe en la humildad.

+ Magnificat anima mea Dominum

           La fe de María y la de Abraham en la entrega de sendos hijos.

            En uno, Abraham, el hijo no muere y en él está contenido el pueblo de Dios según la carne.

            María ve morir a su Hijo. Pero en la Pascua de Cristo está contenido el nuevo pueblo de Israel según el Espíritu.

+ Magnificat anima mea Dominum

            Nosotros glorificando a Dios no aumentamos su gloria (dice San Ambrosio)[8] sino que aumentamos la imagen de El en nosotros.

            El fin de nuestra vida, nuestra plenificación, está en glorificar a Dios. El cielo es glorificar a Dios eternamente y llegar a la plenitud de su imagen, como San Abraham, como la Santísima Virgen María.

            Es la fe la que nos hace decir Magnificat anima mea Dominum, es la fe la que nos hace verdaderos religiosos porque “el justo vive de la fe”[9].

 *          *          *

 Críticas al Magnificat

                       ¿Qué cristiano no sabe que el Magnificat es un canto de María? ¿Quién puede dudar que esas palabras, dulces como la miel, hayan brotado de nuestra querida Madre?

            Sin embargo, en estos tiempos muchos osan decir que el Magnificat no lo pronunció María sino que la Iglesia primitiva juntó varios pasajes del Antiguo Testamento, los armó bien bonito y los puso en boca de María.

            Ciertamente que el Magnificat tiene pasajes del Antiguo Testamento:

  • El Cántico de Ana[10].
  • Varios Salmos de David[11].
  • Textos del profeta Isaías[12].

            Pero ¿esto prueba la tesis de los críticos modernos? No. Por el contrario, debemos sostener que los relatos evangélicos son fidedignos y documentos auténticamente históricos.

            Además, el uso de María de los cánticos antiguos nos muestra el conocimiento que tenía de las Sagradas Escrituras.

            María fue inspirada por Dios al cantar el Magnificat.

El cántico

 + Gozo de María y bendición que hace al Señor.

       El gozo de María surge por la dignidad a que ha sido llamada, dignidad excelsa: ser la Madre de Dios.

            Este título es el principal y más excelso de María. De este dependen los demás.

            María es “llena de gracia” en vista a su misión especial.

            María es Reina por ser la Madre del Rey de reyes.

            María es Corredentora por haber sido incluida en un orden superior al nuestro, el orden hipostático.

            María es Virgen Perpetua porque así convenía a su dignidad.

            María es Inmaculada en su concepción porque fue redimida anticipadamente por su divino Hijo.

            La razón de su exaltación ella misma la dice “ha mirado la humildad de su esclava”, porque el corazón humilde no confía en sus fuerzas ni en cómo se realizarán las cosas que Dios propone sino que el corazón humilde pone toda su confianza en Dios. María no pretendía ser la Madre de Dios y por eso hizo voto de virginidad, pero Dios por su humildad la eligió por Madre.

 + La profecía de María.

            María recibe de Dios la gracia de profecía.

            Dice: “desde ahora me felicitarán todas las generaciones” profecía que se ha cumplido con toda exactitud a través de los siglos y se cumplirá hasta el fin del mundo.

+ Descripción de la acción de Dios para con los hombres y cumplimiento de las profecías.

  • Santidad de Dios “su nombre es santo”[13].
  • La misericordia[14].
  • Su predilección por los humildes[15].
  • Su amor a los más necesitados y la referencia implícita a la riqueza de los tiempos mesiánicos[16].
  • La fidelidad de Dios a sus promesas[17].

[1] “Alaba mi alma la grandeza del Señor” (Jsalén.).

[2] v. 48

[3] Jsalén.

[4] Juan Pablo II, Homilía en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, 15 de Agosto de 1999. http://www.mariologia.org/dogmasmarianosasuncion004.htm

[5] Cf. Sobre el Evangelio de San Lucas, Oficio de Lectura del miércoles 23 de diciembre del Tiempo de Adviento, segunda lectura.

[6] Lc 1, 45

[7] Cf. Cat. Ig. Cat., 145-149

[8] Cf. Oficio de Lectura del martes 21 de diciembre del Tiempo de Adviento, segunda lectura.

[9]  Cf. Rm 1, 17; Hb 10, 38

[10] Cf. 1 Sam 2, 1-10

[11]  Cf. 89, 11; 98, 3; 103, 17; 107, 9

[12]  Cf. 41, 8-9

[13] Lc 1, 49

[14] Lc 1, 50

[15] Lc 1, 51-52

[16] Lc 1, 53

[17] Lc 1, 54 ss.

El secreto de María

María nos da ejemplo

P. Gustavo Pascual, IVE.

 

            José ve a su esposa embarazada. Ella ha estado en Ain Karin y desde allí ha regresado con un notorio embarazo. José y María están desposados. Esperan el tiempo del matrimonio, momento en que comenzarán a convivir.

            José sabe que su esposa es una mujer santa pero ve la evidencia de su embarazo.

            A las desposadas adúlteras se las mandaba apedrear cuando el esposo las denunciaba en público. José resuelve abandonarla en secreto y así librarla de la muerte.

            María vuelve de Ain Karin y no dice nada a su esposo del misterio que se realiza en ella, lo guarda en silencio. Es el secreto suyo y de Dios. No lo quiere revelar.

            El arcángel Gabriel le reveló el secreto mesiánico a José después de la decisión que había tomado sobre su esposa. José sufrió la prueba también en silencio. “No temas de recibir a María en tu casa porque lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo”. No sólo le revela el secreto de la concepción virginal sino que lo incluye en el plan salvífico de Dios y lo incluye como custodio del secreto y de la Sagrada Familia.

            El Evangelio nos habla de dos nombres del concebido por María: Jesús. Es el principal nombre y significa Yahvé salvó. Es el nombre que llevará el hijo de María, el nombre que le pondrán el día de la circuncisión. El otro nombre es Emmanuel que significa “Dios con nosotros”[2]. Este nombre citado por Mateo en el cumplimiento de la profecía de Isaías[3] sobre la Virgen (parqevno”) que concebirá y dará a luz un hijo.

            Aprendamos de José y María la aceptación silenciosa del plan de Dios.

             Ante las cosas que nos cuesten comprender de nuestra vida interior, de nuestra vida religiosa y sobre todo lo concerniente a las cosas misteriosas o que nos parecen misteriosas o extrañas, callemos y aceptemos la voluntad de Dios. También en los sucesos críticos de nuestra vida, cuando nos sintamos engañados, decepcionados, confundidos, cuando creamos que nos han defraudado… sin dejar lugar a los pensamientos maledicentes abandonémonos en las manos del Señor. Muchas veces nos daremos cuenta que si hubiésemos obrado precipitadamente hubiésemos juzgado mal al prójimo. El Señor nos prueba en nuestra vida como a José y a María.

            María nos da ejemplo de simplicidad en el obrar. No hay por qué justificar nuestras acciones rectas ante Dios, aunque las mal interpreten. El querer de Dios y el seguir su voluntad pueden ser extrañas y hasta escandalizantes para las personas del mundo e incluso para las personas cercanas a nosotros y que comparten nuestros mismos ideales. Nuestra actitud tiene que ser la fidelidad a Dios, aunque no nos comprendan y aunque nos condenen.

             El silencio de María es un silencio martirial y es el germen de todos los testigos fieles de la historia que han sido condenados callando en su corazón la justificación que reclamaban sus verdugos. Ese silencio era parte de la voluntad de Dios que les manifestaba en su interior un plan desconocido para los demás hombres pero que reclamaba de ellos una amorosa obediencia al querer divino.

             No siempre podemos justificar nuestras acciones ante los demás y, sobre todo, cuando es Dios mismo el que nos pide que guardemos el secreto que hay entre Él y nosotros.

            María confió en Dios en un total abandono a su voluntad y José también confió en Dios abandonándose a sus planes desconocidos. Y José también confió en su esposa, en su integridad, aunque la evidencia de la realidad se impusiera manifestando algo que desdecía de su santidad. María fue fiel al secreto divino y José mostró una fe y una rectitud moral incomparables.

 


[1] Mt 1, 18-21

[2] 1, 23

[3] 7, 14

Breves del Monasterio de la Sagrada Familia

Algunas noticias para compartir

“Nos visita Monseñor Pierbattista Pizzaballa”

(Administrador Apostólico del Patriarcado Latino de Jerusalén en Tierra Santa)

Por gracia de Dios, el pasado 30 de noviembre por la mañana, hemos recibido la visita de Monseñor Pierbattista Pizzaballa, quien junto con su secretario y un sacerdote del Patriarcado latino de Jerusalén, realizaron la correspondiente visita pastoral de este año a nuestro monasterio.

Luego de la bienvenida nos dirigimos en seguida a la capilla para rezar Laudes (oración de la mañana) todos juntos, los cuales fueron dirigidos por el P. Jason. Posteriormente, hicimos el recorrido por el monasterio con Mons. Pierbattistta y sus acompañantes, donde recordamos los inicios de nuestra presencia aquí, luego de más de tres décadas en que la casa de santa Ana estuvo abandonada, para poder ser encomendada finalmente a los monjes del Instituto del Verbo Encarnado. Monseñor resaltó el cambio que se ha ido dando a través de estos años y está muy contento del mismo. Compartió anécdotas de los inicios con nosotros y, a continuación, pasamos a tomar el desayuno con el que el P. Néstor y el P. Andrés nos esperaban.

Monseñor nos preguntó acerca de nuestra familia religiosa, específicamente acerca de los monjes, la rama contemplativa, cómo nace, dónde estamos, cómo nos formamos, etc.; y sobre cómo es nuestra vida en Séforis, todo lo cual se convirtió en una plática muy grata en la mesa.

Finalmente, luego de la acción de gracias, nos despedimos muy agradecidos de esta importante visita en la que se pueden ver y conocer las comunidades religiosas que habitamos en Tierra Santa, a la vez que fomentamos el tan importante contacto entre los consagrados que misionamos en Medio Oriente.

Atención de peregrinos

Por gracia de Dios, hemos podido recibir varios grupos de peregrinos, tanto familiares de nuestros religiosos como católicos de varias partes del mundo, como Brasil, Argentina, México, etc., y también algunos grupos locales que, como muchos aún, no conocían este lugar.

Resulta muy grato poder explicar ahora un poco más y mejor el lugar al hablar más el hebreo, la lengua nacional, y sobre todo testimoniar la presencia cristiana en estos lugares. Una anécdota muy llamativa fue la de recibir a un joven matrimonio que celebraba su aniversario; Erwin y su esposa, quien de manera especial quería pasar por aquí porque le llamó la atención el nombre, Séforis, ya que ella se llama Séfora, y muy emotiva fue la visita cuando pudieron venerar las ruinas de lo que fue la casa de santa Ana.

“Erwin y Séfora”, conociendo el Monasterio de “Séforis”.

También hemos conocido a nuevos “guías” que, luego de haber pasado por aquí, han querido incluir la casa de santa Ana en futuras peregrinaciones.

Productos monásticos

Anteriormente les contamos acerca de la preparación del aceite de este año, a lo cual queremos agregar la elaboración de mermeladas. Las últimas fueron las de mandarina, cosechada de nuestro propio árbol, el cual este año dio abundantes frutos y esperamos que así sea con los demás frutales más adelante. Si bien son pocos, contamos a veces con algunas donaciones de fruta que nos ayudan a tener para hacer las mermeladas.

Trabajos de jardín

Como hemos comenzado el otoño, las flores de la temporada anterior se han ido secando, por lo cual hemos podido comprar y plantar algunas nuevas para acompañar y ornamentar el jardín en invierno, esta vez con el P. Andrés, quien providencialmente está unos días con nosotros y nos está dando una gran ayuda. También hemos hecho algunos arreglos decorativos, buscando resaltar especialmente la cruz central y la imagen de María santísima que está en la pequeña gruta que le hicimos. Como siempre, sacar las malezas es parte del trabajo y mantener lo más limpio posible, para que sea un lugar de peregrinación cada vez más grato y bello.

Nos encomendamos a sus oraciones, así como a los peregrinos de este santo lugar; pidiendo especialmente para que la devoción y conocimiento de las ruinas de la casa de santa Ana crezca cada día entre los cristianos de todo el mundo que puedan venir a visitarlas.

Con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.

Cuando elevo mi cáliz

Reflexión sacerdotal.

(Fragmentos de un escrito mucho más extenso, para mis padres y mi hermana)

He titulado este escrito “Cuando elevo mi cáliz” por la hermosa riqueza que él encierra para mí (y para ustedes), en cuanto se podría decir que en él se resumen y encierran los afectos que me han querido manifestar con el hermosísimo gesto no sólo de regalármelo en mi ordenación sacerdotal sino también de mandarlo a hacer entre los tres, cosa que fue el mayor motivo de alegría, inclusive más que el cáliz mismo, pues aunque sea para esta exclusiva ocasión (yo rezando y ustedes confeccionando) estuvimos nuevamente los cuatro juntos, y aquello se vuelve presente, actual y maravilloso cada vez que elevo mi cáliz con la sangre de Cristo consagrada con mis propias manos en la Santa Misa…

El cáliz está íntimamente ligado a la vida del sacerdote, de ahí su importancia, pues lo necesita para realizar el acto más sublime de su sacerdocio, ya que la sangre de Jesucristo que se sigue derramando por los hombres en los altares se confecciona por fuerza en el cáliz. Para todo sacerdote el cáliz –y cuanto más “su cáliz”- junto con la patena son el “signo integral” en que en su Santa Misa se realiza el sacrificio del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; pero también se refleja cómo y lo que ha de ser su vida entera, su sacerdocio:
Una “patena” en que se ofrece la oblación y Víctima de suave aroma al Padre y un “cáliz” purísimo en que se vierta la preciosísima Sangre que ha venido a fluir ininterrumpidamente por la salvación de los pecadores, convirtiéndose en súplica perpetua hasta la segunda venida de nuestro Redentor…

Cuando elevo mi cáliz, la mayoría de las veces… casi todas, contemplo las cosas tal como son. Ustedes a kilómetros y kilómetros de distancia, pero el cielo siempre cerca de los cuatro, tanto cuanto estemos dispuestos, cada uno por igual, a aceptar con entrega generosa la santa voluntad de Dios. Cada uno de nosotros lo hará donde Dios se lo pida y según una misión particular, concreta, pero siempre posible de parte suya…

Cuando elevo mi cáliz tomo conciencia de que cada noche hay una bendición de Hijo-Sacerdote que atraviesa mares, ríos, aires, nubes, montañas, bosques, y llega siempre con eficacia y cariño para quedarse nuevamente en el alma de una madre bondadosa, de un padre generoso, y de una hermana que ante mí no puede esconder jamás su gran cariño…

Cuando elevo mi cáliz, elevo el cáliz de Cristo y el cáliz nuestro, pues es una sola la sangre que se derrama, en un único sacrificio, y por cada una de nuestras almas.

Cuando elevo “nuestro cáliz”, sé que Dios está queriendo elevarnos junto consigo, sé que revivimos nuestro mutuo abrazo y el amor que nos movió a ofrecerle un cáliz más para que su Hijo Jesucristo siga ofreciendo su redención, su rescate, por cada alma que habitó, habita y habitará en esta tierra hasta el fin de la historia.

Dios los bendiga y María santísima los acompañe siempre.

P. Jason Jorquera Meneses.

La concepción virginal de Jesús

Catequesis de Juan Pablo II

(31-VII-96)

 1. Dios ha querido, en su designio salvífico, que el Hijo unigénito naciera de una Virgen. Esta decisión divina implica una profunda relación entre la virginidad de María y la encarnación del Verbo. «La mirada de la fe, unida al conjunto de la revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión para con los hombres» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 502).

La concepción virginal, excluyendo una paternidad humana, afirma que el único padre de Jesús es el Padre celestial, y que en la generación temporal del Hijo se refleja la generación eterna: el Padre, que había engendrado al Hijo en la eternidad, lo engendra también en el tiempo como hombre.

2. El relato de la Anunciación pone de relieve el estado de Hijo de Dios, consecuente con la intervención divina en la concepción. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35).

Aquel que nace de María ya es, en virtud de la generación eterna, Hijo de Dios; su generación virginal, obrada por la intervención del Altísimo, manifiesta que, también en su humanidad, es el Hijo de Dios.

La revelación de la generación eterna en la generación virginal nos la sugieren también las expresiones contenidas en el Prólogo del evangelio de san Juan, que relacionan la manifestación de Dios invisible, por obra del «Hijo único, que está en el seno del Padre» (Jn 1,18), con su venida en la carne: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

San Lucas y san Mateo, al narrar la generación de Jesús, afirman también el papel del Espíritu Santo. Éste no es el padre del niño: Jesús es hijo únicamente del Padre eterno (cf. Lc 1,32.35) que, por medio del Espíritu, actúa en el mundo y engendra al Verbo en la naturaleza humana. En efecto, en la Anunciación el ángel llama al Espíritu «poder del Altísimo» (Lc 1,35), en sintonía con el Antiguo Testamento, que lo presenta como la energía divina que actúa en la existencia humana, capacitándola para realizar acciones maravillosas. Este poder, que en la vida trinitaria de Dios es Amor, manifestándose en su grado supremo en el misterio de la Encarnación, tiene la tarea de dar el Verbo encarnado a la humanidad.

3. El Espíritu Santo, en particular, es la persona que comunica las riquezas divinas a los hombres y los hace participar en la vida de Dios. Él, que en el misterio trinitario es la unidad del Padre y del Hijo, obrando la generación virginal de Jesús, une la humanidad a Dios.

El misterio de la Encarnación muestra también la incomparable grandeza de la maternidad virginal de María: la concepción de Jesús es fruto de su cooperación generosa en la acción del Espíritu de amor, fuente de toda fecundidad.

En el plan divino de la salvación, la concepción virginal es, por tanto, anuncio de la nueva creación: por obra del Espíritu Santo, en María es engendrado aquel que será el hombre nuevo. Como afirma el Catecismo de la Iglesia católica: «Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, porque él es el nuevo Adán que inaugura la nueva creación» (n. 504).

En el misterio de esta nueva creación resplandece el papel de la maternidad virginal de María. San Ireneo, llamando a Cristo «primogénito de la Virgen» (Adv. Haer. 3, 16, 4), recuerda que, después de Jesús, muchos otros nacen de la Virgen, en el sentido de que reciben la vida nueva de Cristo. «Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende a todos los hombres a los cuales él vino a salvar: “Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos” (Rm 8,29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 501).

4. La comunicación de la vida nueva es transmisión de la filiación divina. Podemos recordar aquí la perspectiva abierta por san Juan en el Prólogo de su evangelio: aquel a quien Dios engendró, da a los creyentes el poder de hacerse hijos de Dios (cf. Jn 1,12-13). La generación virginal permite la extensión de la paternidad divina: a los hombres se les hace hijos adoptivos de Dios en aquel que es Hijo de la Virgen y del Padre.

Así pues, la contemplación del misterio de la generación virginal nos permite intuir que Dios ha elegido para su Hijo una Madre virgen, para dar más ampliamente a la humanidad su amor de Padre.

[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 2-VIII-96]

Tengo sed

Una invitación a reflexionar

P. Bernardo Ibarra, IVE.

 

Con mis hermanos siempre fuimos muy duchos en arreglar y decorar las habitaciones. Raramente transcurría un mes sin que la habitación no cambiase su orden: una cama aquí, la otra allá; este cuadro acá no va más, mejor que esté en esta otra pared; clavos por aquí, clavo por allá. Todo se movía, todo cambiaba de posición o lugar.
Luego de dos o tres días de pleno movimiento la habitación quedaba lista. Únicamente restaba el asentimiento de papá. Subía las escaleras y entre todos le mostrábamos la “nueva” habitación, dándole los serios motivos que nos llevaron a realizar “tan elevado progreso”. Papá se contentaba con escuchar y asentir todo, y luego daba su veredicto. Nunca fue muy drástico, sólo se le escapaba una leve queja al ver la cantidad de nuevos agujeros en todas las paredes. Ahora sí la habitación estaba lista para que en un mes más nos cansásemos de estas nuevas posiciones y comenzase la nueva “reforma”.
Se podrán imaginar que muchos fueron estos movimientos durante nuestra infancia y adolescencia. Cada mes los muebles parecían temblar y sobrecogerse y la pared no quería ver más al taladro, pero el cambio igualmente se daba.

De entre todos los muebles y demás decorativos de la habitación sólo uno nunca se movió. Era una pequeña cruz que colgaba sobre la ventana. Una cruz bien sencilla, sin Cristo; simplemente una cruz de madera color barniz, pero tenía algo de especial: una inscripción con letras doradas, que claramente vislumbraban la caligrafía de mamá. Esta inscripción rezaba: TENGO SED.

Todavía tengo en mi memoria esa cruz. Con el paso de los años se me había hecho tan familiar que si no hubiese estado allí, sobre la ventana, no dudaría un segundo en que algo faltaba, pero tardaría unos minutos en descifrar qué podría ser, hasta que hubiese exclamado: Ah!… Ya sé, falta la cruz de mamá, esa que está sobre la ventana, la que dice Tengo sed… sí, la cruz que dice Tengo Sed.

Recuerdo también ver a mamá pintar esas letras y las conjeturas que se realizaron en mi cabecita en intentos fallidos de descifrar tal elocuente frase: Tengo Sed. Sin dudar un minuto le pregunté: -qué significa “tengo sed”?, acaso la cruz quiere agua?- No -contestó mamá esbozando una sonrisa- es que Jesús tiene sed de almas!
“Es que Jesús tiene sed de almas”. Palabras muy profundas para que en aquellos años pueriles se pudiesen comprender.

Ya han pasado varios años y, aunque ya no vivo en esa casa; y aunque, según creo, esa cruz se ha perdido, reconozco que no he podido llegar a comprender totalmente esa cruz. No he podido entender el misterio que encierran esas dos palabras: Tengo Sed. Me preguntaba qué hacía falta para comprenderlas cabalmente, sin encontrar por mucho tiempo una respuesta.
Hoy he revelado el misterio, y me he dado cuenta que sólo hacía falta “treinta días”; sí, simplemente treinta días, pero vividos de un modo peculiar; vividos en una cueva, en una única cueva: en la cueva de Manresa, cerca del Cardoner.

Para entender qué significa tener sed de almas es necesario tener primero sed de Dios, es necesario primero vivir en la cueva.
En esta cueva vivió sus “treinta días” un buen vasco, Iñigo de Loyola. Hombre fuerte, cabal, noble y muy santo. Vivió pobre y penitente, como los monjes del desierto; pero vivió feliz. Sus treinta días se pasaron entre rezos y profundas meditaciones, y entre celestiales pláticas con Dios, con su Hijo y con la Madre. En esta cueva ellos le enseñaron el abismal misterio de estas palabras, le descifraron el inabarcable significado de esa cruz. El secreto duró treinta días y para conseguirlo hizo falta que él, Iñigo, pasase largas horas en ejercicios espirituales; contemplándose a sí mismo y contemplando a Dios hecho Hombre.

Este profundo secreto hoy en día perdura en esa cueva, sigue latente, sigue presente. Sólo hace falta ir a la cueva y reproducir en uno mismo esos largos ejercicios, y entonces se podrá entender la tan vehemente frase: Tengo Sed.
Este secreto tiene un principio y un fundamento, una noción del fin y de los medios, una definición de uno mismo y una decisión total de entregarse al único que vale: Cristo Rey. Son treintas días de secreto, treinta días de vivir sediento. Sí, para hacer estos ejercicios es necesario tener sed y mucha sed.
Pero ¿cuál es el misterio, cuál es significado de la cruz que dice Tengo Sed?
Aunque mucho se diga sólo lo entenderán quienes hayan vivido en esa cueva, quienes hayan vivido sus treintas días de pura sed; porque para entender esas palabras es necesario que uno las diga de modo verdadero, de modo real; que le broten del corazón, que le broten de la misma sed!
El misterio comienza en una noche de luna llena entre las frondas de olivos plateados. Un Dios hecho Hombre sufría la más cruel de las agonías. La transparencia de su sudor se volvió roja y la pureza de su espíritu se transformó en el mismo pecado. Sus discípulos dormidos, su alma en pleno combate y su corazón clamaba: Abbá!, Padre.
Pero aquella luna de Pascua vio sólo el comienzo. La agonía fue larga; duró toda esa noche y hasta la hora nona del otro día. Dolores intensísimos ofuscaban el alma, dolores tan fuertes que eran capaces de matar a cualquiera. Y no hubo palabras más exactas para expresarlo que estas: Tengo Sed; pues el dolor era una sed abrazadora. Y no hubo actitud más perfecta para demostrarlo que morir con los brazos abiertos y el corazón traspasado suplicando amor. “Sed de almas, sed del amor de las almas”. Y hasta incluso podríamos decir que murió de sed, ya que murió de amor.
Mas ¿por qué tanto dolor, por qué una sed tan intensa si sólo murió de amor? ¿Acaso el amor no es algo suave y dulce? ¿Por qué entonces tanto dolor?
“El dolor es la medida del amor, y el amor es la medida del dolor”. El amor fue tan fuerte que se volvió dolor y la sed tan vehemente que se hizo amor. Es por eso que Él sufría el amor… el amor es dolor y el dolor es amor.

“Tengo sed”, y la tendrá hasta el fin de lo tiempos, porque el amor no morirá jamás. Y es una sed de dolor; porque como ya se dijo el amor es dolor. Por eso aquella dorada frase con la caligrafía de mamá estaba inscrita en una cruz y no en algún lindo cuadrito. La sed es cruz, es dolor, es amor.
Pero, acaso quiso más dolor del que sufría? No podía, pero su amor sí lo quería, sí lo podría. Su sed era abrazadora…
Pero lo que Él más deseaba, de lo cual estaba más sediento era de nuestro sufrimiento, tenía sed de nuestro dolor. Sí, estuvo sediento de nuestro sufrimiento. Nuestro dolor era lo único que apagaría su sed.
“Es que Jesús tiene sed de almas” fue la respuesta de mamá. Jesús tuvo, tiene y tendrá sed de nuestras almas, sed de verlas crucificadas por amor. Sed de que nos unamos a Él en la cruz, de que tengamos también sed como Él; sed de dolor, de sufrir y padecer por Él; de que lleguemos a tener sed de sed!

Esta es la razón por al cual la cruz de mi habitación no tenía crucificado: era una cruz que pedía a gritos una víctima, algún alma enamorada, algún alma capaz de decir: Tengo sed.
Pero, quien es capaz de estar sediento de dolor? Sólo los enamorados, sólo los crucificados que entienden que:

“El que no sabe morir mientras vive
es vano, loco: morir cada hora un poco
Es el modo de vivir…
…de la muerte recibo
nueva vida, y que si vivo
vivo de tanto morir”

Pero aquella luna del Getsemaní y aquel sol del Calvario fueron testigos, no sólo de ver a un Dios sufriendo sed de dolor, sino de ver a un Dios sufriendo sed POR amor.
Jesucristo sufría al vernos sufrir a nosotros. Y la paradoja está que nosotros sufrimos al verlo sufrir a Él. Es que el amor es un ir y venir, un ida y vuelta; sino no hay verdadero amor, no hay verdadero dolor. Jesucristo me vio sufrir por Él y no pudo más que sufrir por mí. Todos mis dolores fueron suyos, a pesar que estos fueron por Él y para Él. Ciertamente Jesús sufrió por el amor que me tenía y por el dolor que yo padecía.

He aquí unas aguadas pinceladas del secreto de la cueva de Manresa, que bien lo podemos llamar el secreto del dolor, el misterio de esa cruz de mi habitación; sí el misterio de la cruz!
Pocos ha habido que hayan vivido esto, que hayan vivido sedientos de dolor por amor, sedientos de amor por dolor; “pocos son los amigos de la cruz del Señor”

Hubo una que no fue ni podrá ser superada en este misterio. Ha penetrado en él hasta rasgar el propio corazón. Se ha sumergido, ha hondado y hasta incluso lo ha abarcado totalmente, aunque era una criatura; y fue así porque lo ha vivido, porque su vida fue todo una sed, todo fue amor, todo fue cruz… en Belén la alegría de la cruz, en le templo la gloria de la cruz, en Egipto la sabiduría de la cruz y por último en el Calvario de pie al pie de la cruz; la locura de la cruz.
Ella fue la única que pudo decir con toda verdad: Tengo sed. Ella fue la que dio a luz, con fuertes dolores de parto, a todos nosotros; y nos dio a luz para que tengamos sed.

Ya terminaron mis treinta días y poco y nada puedo decir sobre el significado de esas palabras: Tengo Sed; sí, poco y nada he comprendido el misterio de Manresa; pero sí puedo decir que he comenzado, aunque bien poco, a saciar mi sed porque he bebido de la sangre del Cordero, de la savia de la cruz!

El propósito de virginidad de María

Catequesis de Juan Pablo II

(24-VII-96)

  1. Al ángel, que le anuncia la concepción y el nacimiento de Jesús, María le dirige una pregunta: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34). Esa pregunta resulta, por lo menos, sorprendente si recordamos los relatos bíblicos que refieren el anuncio de un nacimiento extraordinario a una mujer estéril. En esos casos se trata de mujeres casadas, naturalmente estériles, a las que Dios ofrece el don del hijo a través de la vida conyugal normal (cf. 1 S 1,19-20), como respuesta a oraciones conmovedoras (cf. Gn 15,2; 30,22-23; 1 S 1,10; Lc 1,13).

Es diversa la situación en que María recibe el anuncio del ángel. No es una mujer casada que tenga problemas de esterilidad; por elección voluntaria quiere permanecer virgen. Por consiguiente, su propósito de virginidad, fruto de amor al Señor, constituye, al parecer, un obstáculo a la maternidad anunciada.

A primera vista, las palabras de María parecen expresar solamente su estado actual de virginidad: María afirmaría que no «conoce» varón, es decir, que es virgen. Sin embargo, el contexto en el que plantea la pregunta «¿cómo será eso?» y la afirmación siguiente: «no conozco varón», ponen de relieve tanto la virginidad actual de María como su propósito de permanecer virgen. La expresión que usa, con la forma verbal en presente, deja traslucir la permanencia y la continuidad de su estado.

  1. María, al presentar esta dificultad, lejos de oponerse al proyecto divino, manifiesta la intención de aceptarlo totalmente. Por lo demás, la joven de Nazaret vivió siempre en plena sintonía con la voluntad divina y optó por una vida virginal con el deseo de agradar al Señor. En realidad, su propósito de virginidad la disponía a acoger la voluntad divina «con todo su yo, humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con la gracia de Dios que previene y socorre y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo» (Redemptoris Mater, 13).

A algunos, las palabras e intenciones de María les parecen inverosímiles, teniendo presente que en el ambiente judío la virginidad no se consideraba un valor ni un ideal. Los mismos escritos del Antiguo Testamento lo confirman en varios episodios y expresiones conocidos. El libro de los Jueces refiere, por ejemplo, que la hija de Jefté, teniendo que afrontar la muerte siendo aún joven núbil, llora su virginidad, es decir, se lamenta de no haber podido casarse (cf. Jc 11,38). Además, en virtud del mandato divino: «Sed fecundos y multiplicaos» (Gn 1,28), el matrimonio es considerado la vocación natural de la mujer, que conlleva las alegrías y los sufrimientos propios de la maternidad.

  1. Para comprender mejor el contexto en que madura la decisión de María, es preciso tener presente que, en el tiempo que precede inmediatamente el inicio de la era cristiana, en algunos ambientes judíos se comienza a manifestar una orientación positiva hacia la virginidad. Por ejemplo, los esenios, de los que se han encontrado numerosos e importantes testimonios históricos en Qumrán, vivían en el celibato o limitaban el uso del matrimonio, a causa de la vida común y para buscar una mayor intimidad con Dios.

Además, en Egipto existía una comunidad de mujeres que, siguiendo la espiritualidad esenia, vivían en continencia. Esas mujeres, las Terapeutas, pertenecientes a una secta descrita por Filón de Alejandría (cf. De vita contemplativa, 21-90), se dedicaban a la contemplación y buscaban la sabiduría.

Tal vez María no conoció esos grupos religiosos judíos que seguían el ideal del celibato y de la virginidad. Pero el hecho de que Juan Bautista viviera probablemente una vida de celibato, y que la comunidad de sus discípulos la tuviera en gran estima, podría dar a entender que también el propósito de virginidad de María entraba en ese nuevo contexto cultural y religioso.

  1. La extraordinaria historia de la Virgen de Nazaret no debe, sin embargo, hacernos caer en el error de vincular completamente sus disposiciones íntimas a la mentalidad del ambiente, subestimando la unicidad del misterio acontecido en ella. En particular, no debemos olvidar que María había recibido, desde el inicio de su vida, una gracia sorprendente, que el ángel le reconoció en el momento de la Anunciación. María, «llena de gracia» (Lc 1,28), fue enriquecida con una perfección de santidad que, según la interpretación de la Iglesia, se remonta al primer instante de su existencia: el privilegio único de la Inmaculada Concepción influyó en todo el desarrollo de la vida espiritual de la joven de Nazaret.

Así pues, se debe afirmar que lo que guió a María hacia el ideal de la virginidad fue una inspiración excepcional del mismo Espíritu Santo que, en el decurso de la historia de la Iglesia, impulsaría a tantas mujeres a seguir el camino de la consagración virginal.

La presencia singular de la gracia en la vida de María lleva a la conclusión de que la joven tenía un compromiso de virginidad. Colmada de dones excepcionales del Señor desde el inicio de su existencia, está orientada a una entrega total, en alma y cuerpo, a Dios con el ofrecimiento de su virginidad.

Además, la aspiración a la vida virginal estaba en armonía con aquella «pobreza» ante Dios, a la que el Antiguo Testamento atribuye gran valor. María, al comprometerse plenamente en este camino, renuncia también a la maternidad, riqueza personal de la mujer, tan apreciada en Israel. De ese modo, «ella misma sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen» (Lumen gentium, 55). Pero, presentándose como pobre ante Dios, y buscando una fecundidad sólo espiritual, fruto del amor divino, en el momento de la Anunciación María descubre que el Señor ha transformado su pobreza en riqueza: será la Madre virgen del Hijo del Altísimo. Más tarde descubrirá también que su maternidad está destinada a extenderse a todos los hombres que el Hijo ha venido a salvar (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 501).

[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 26-VII-96]

El mensaje de Cristo

El mensaje del amor de Dios…

(Una breve consideración)

P. Jason Jorquera M.

 

“…vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. ” Gál 2, 20

Algunos dicen que el mensaje de Cristo es el mensaje de la cruz. Hay quienes aseguran que es el amor, y otros afirman que es el de la misericordia de Dios. Debemos decir que estamos de acuerdo absolutamente con esto… con que es un mensaje del amor de Dios, amor que en Dios se identifica con su misericordia y que a tal punto llegó a encenderse que se clavó en una cruz; por lo tanto, todas estas afirmaciones se resumen en el amor.

El amor más perfecto –y propiamente verdadero- es el amor oblativo, es decir, el que se entrega y es capaz de renunciar incluso a la propia vida por aquel a quien ama. Es por esto que aquel amor que nos manifestó el Hijo de Dios hasta entregarse a la cruz por nosotros, no puede ser más grande, puesto que nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos[1]…; y Jesucristo nos hizo sus amigos al momento de reconciliarnos con Dios. No nos referimos aquí, entonces, al amor meramente sensible, imperfecto, sino al amor que llega a negarse completamente en miras al bien del amado. El amor que Jesucristo nos revela es el amor sin límites, crucificado, incondicional, viril, sincero, profundo…, y sólo este amor era capaz de satisfacer por los pecados de todo el género humano, porque implicaba la más absoluta de las entregas, como hemos dicho: la de la vida y, junto con ella, la de la voluntad, es decir, que el sacrificio del amor de Cristo fue completamente libre, porque el amor verdadero está siempre dispuesto al sacrificio y Dios, para perfeccionarlo, lo convirtió Él mismo en sacrificio.

A partir de este momento, a partir de la cruz, ya no hay más excusas para con Dios, pues desde la crucifixión hasta ahora sigue resonando el mensaje del amor de Dios por los hombres, ya que “…tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.”[2] Y éste “Hijo amado del Padre” seguirá invitando a cada alma hasta el fin de los tiempos a reconocer que no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos.[3] Puesto que en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados.[4] Jesucristo es quien nos ha venido a ofrecer el verdadero amor de Dios que desea morar en cada alma que le abra la puerta dispuesta a unirse a Él y a su victoria en la cruz a cambio, tan sólo, de dejarse crucificar también con Él para alcanzar así la gloria imperecedera, que no es otra cosa que la consecuencia lógica del amor de Dios en el alma que lo recibe y de esta manera permite que tome amorosa posesión de ella: he aquí el mensaje de Cristo, el mensaje de la cruz, el mensaje del amor de Dios.

«Antes de iluminar a la inteligencia, el amor se instala en la voluntad; antes de derramarse como conocimiento de connaturalidad, se apodera del alma, la transforma y la une a Dios. Además, entrega el alma a Dios, como instrumento de sus designios, antes incluso o, más bien, al mismo tiempo, que hace del hombre un contemplativo que descubre el amor.

 Unida a Dios y transformada en él, el alma ya no puede separarse de él y le acompaña por todas partes donde la arrastra el peso de la misericordia. Vuelve de nuevo al mundo con Cristo y encuentra en la Iglesia su objeto pleno, Dios y el prójimo. Activa y realizadora, no puede la caridad sino compartir los trabajos de inmolación de Cristo en favor de su Iglesia[5]

[1] Jn 15,13

[2] Jn 3,16

[3] Hch 4,12

[4] 1Jn 4,10

[5] P. María Eugenio del Niño Jesús, Quiero ver a Dios, Èditions du Carmel, 4ª ed. Pág. 773

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado