En una ocasión en tiempo de verano Nuestro Bendito Señor, mirando a mi labriego en su campo, contó a Sus discípulos la parábola: “Salió un sembrador a sembrar su simiente”. Más tarde, dijo que El era la “semilla” y todavía más tarde, que si la semilla caía en la tierra y moría, resucitaría trayendo vida.
Ahora había venido la noche en que María llegaba a ser el sembrador de semillas, pues, ¿no estaba ella llevando al Verbo Eterno a la tumba donde en tres días El rompería las ataduras de la muerte y se levantaría para vida eterna? Ella había cargado a su Hijo en muchas jornadas penosas, una de ellas a través de Belén hasta una cueva de un extranjero; ahora, en el Gólgota, lo cargaba hacia una tumba de un extranjero: una recordación elocuente, en verdad, de que el nacimiento y la muerte humanas eran igualmente extraños para El. Unas pocas horas antes, parecía que ni los cielos ni la tierra le tendrían a El, mientras colgaba entre los dos, abandonado por una y rechazado por la otra. Pero ahora bajo la cruz roja de las antorchas, llameando sin humo en el aire inmóvil, la tumba le recibía. Pero no iba a ser por mucho tiempo, porque la tumba sería pronto el vientre de la Naturaleza dando a luz al primer nacido de los muertos. De acuerdo con el ritual, los dos del Sanhedrín recitaron salmos en voz alta para el muerto, colocaron el cuerpo envuelto en mantos perfumados en la tumba, cerraron la puerta con una gran piedra, y la suave luz de la luna surgió, porque el sol se había puesto.
A María sólo le quedaba un sacrificio por hacer; solamente una rica consolación para desechar y así ser completamente pobre, y era dejar a Su Hijo en las rocas bajo la custodia de soldados romanos. Guardaría para ella sólo una cosa: un corazón despedazado cuando la última espada de Simeón lo traspasó hasta su empuñadura. Al llevarse esto, María podía ser el consuelo de todos aquellos que han perdido seres queridos; de todas las madres que lloran sobre sus hijos; y todas las amantes que gimen sobre los esposos. Ella entiende el dolor, porque ella perdió más que nadie puede perder. Algunos han perdido una madre; otros, un hijo; otros, una esposa; pero María perdió todo, porque perdió a Dios.
Ahora María se inclina sobre Juan y lanza una mirada furtiva a la cruz: la primera en ver en ésta una esperanza. Miles de corazones, bajo su dulce inspiración, desde entonces han mirado en esa cruz y se alegraron de que sus corazones estuvieran rotos, para que por su abertura pudiera entrar el amor de Dios. De la cruz María volvió sus ojos a la ciudad de Jerusalén; que Su Hijo había tomado para Sí como una gallina recoge bajo las alas a sus pollitos; ésta parecía ahora tan desconsolada y solitaria como un pájaro al que hubieran robado su nido. ¡Pobre Jerusalem! Dios la había amado mucho, pero ahora se había llenado la copa de su iniquidad, y su ruina estaba por llegar antes que pasara una generación.
María retomó la huella de su peregrinación de la mañana, haciendo por segunda vez el camino de la Cruz, desde la catorceava estación hasta la primera. Esta vez parecía más terrible que ía primera, a causa de la misma naturaleza del dolor. Todo amor tiende a la unidad, y en un amor como el de Jesús y María, sus dos corazones eran apenas uno. Ningún poder distinto a la Muerte se atrevería a separar en dos pedazos una unión tan exquisita: y, sin embargo, así lo hizo la muerte. El resultado fue que cuando ella lo dejó a El, su corazón se rompió en dos; ahora que ella ha quedado sola, la corriente de su vida difícilmente puede discurrir; no se trata meramente de que la mitad de su vida y su amor se hayan ido. Es algo más que esto. Es como si sus propias fuentes se hubieran secado como una corriente de verano.
Sus vidas eran una; sus muertes son también una. Su dolor, entonces, fue más profundo que cualquier dolor sobre la tierra en todos los tiempos; éste la hizo llorar, no precisamente porque lo hubiera perdido, sino porque lo amaba. El suyo era un amor inclinado totalmente a Jesús; un amor más grande que el amor de las demás madres, aun en el caso de que éstas pudieran compactar sus miríadas de amores en un acto más intenso y sin nombre; un amor que podía cargar cualquier cosa, porque lo que estaba dentro de ella era más fuerte que cualquier cosa fuera; en una palabra, un amor tan lleno de éxtasis y tan celestial que, si pudiera haber hecho su voluntad, ella habría construido todos sus Tabores sobre el Calvario. Con tal amor en su Corazón, ¿quién puede dudar que, mientras caminaba dando traspiés por las calles manchadas de sangre de Jerusalem, ella una vez más, en tono más arrebatado que nunca, cantara el Magníficat?
ORACIÓN
María, Madre de los Dolores, Tus siete dolores son como una Misa Santa. En Tu primer dolor, Tú fuiste nombrada Sacristán por Simeón para guardar la Hostia hasta la Hora del sacrificio; en Tu segundo dolor. Tú dejaste la sacristía para atender el altar cuando la visita de Tu Hijo santificó a Egipto; en Tu tercer dolor, Tú recitaste el Confíteor al pie del altar cuando Tu Hijo recitó Su Confíteor a los Doctores de la Ley; Tu cuarto dolor fue el Ofertorio cuando hiciste la oblación de Su Cuerpo y Su Sangre en el camino del Calvario; Tu quinto dolor fue la Consagración en la cual Tú ofreciste Tu propio cuerpo y tu propia sangre en unión con los de Tu Hijo por la Redención del mundo; Tu sexto dolor fue la Comunión cuando Tú recibiste el cuerpo de Tu Hijo del altar de la cruz; y Tu séptimo dolor fue el Ite Misa est, cuando Tú terminaste Tu dolor con un adiós a ia tumba.
María, Tu Corazón es todo para nosotros; es como una piedra de altar viviente en el cual es ofrecido el sacrificio; es la lámpara del santuario que salta de gozo delante de su Dios; es el Acólito, de quien los latidos de su corazón son como los responsos de la liturgia; es el candelera Pascual que ilumina el santuario de nuestras almas con el sacrificio de sí mismo; es el incensario que da el olor dulce del incienso mientras se quema en amor por nosotros; es todo un coro angélico cantando cantos sin voces en los oídos encantados de la Hostia sangrante, Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
María, sacristán de las almas porque fuiste sacristán de Jesús, es verdad que una vida no vale nada si no es coronada por una muerte feliz. Nosotros gastaremos toda nuestra vida en adelante pidiendo esto de Ti, con sólo saber que lo hemos de obtener al fin. Tu Hijo Divino dijo que El no dejaría huérfanos a sus hijos. Pero, María, nosotros estaremos huérfanos a menos que Tú seas nuestra Madre.