7º DOLOR DE LA VIRGEN – EL ENTIERRO DE JESÚS (Ven. Fulton Sheen)

En una ocasión en tiempo de verano Nuestro Bendito Señor, mirando a mi labriego en su campo, contó a Sus discípulos la parábola: “Salió un sembrador a sembrar su simiente”. Más tarde, dijo que El era la “semilla” y todavía más tarde, que si la semilla caía en la tierra y moría, resucitaría trayendo vida.

Ahora había venido la noche en que María llegaba a ser el sembrador de semillas, pues, ¿no estaba ella llevando al Verbo Eterno a la tumba donde en tres días El rompería las ataduras de la muerte y se levantaría para vida eterna? Ella había cargado a su Hijo en muchas jornadas penosas, una de ellas a través de Belén hasta una cueva de un extranjero; ahora, en el Gólgota, lo cargaba hacia una tumba de un extranjero: una recordación elocuente, en verdad, de que el nacimiento y la muerte humanas eran igualmente extraños para El. Unas pocas horas antes, parecía que ni los cielos ni la tierra le tendrían a El, mientras colgaba entre los dos, abandonado por una y rechazado por la otra. Pero ahora bajo la cruz roja de las antorchas, llameando sin humo en el aire inmóvil, la tumba le recibía. Pero no iba a ser por mucho tiempo, porque la tumba sería pronto el vientre de la Naturaleza dando a luz al primer nacido de los muertos. De acuerdo con el ritual, los dos del Sanhedrín recitaron salmos en voz alta para el muerto, colocaron el cuerpo envuelto en mantos perfumados en la tumba, cerraron la puerta con una gran piedra, y la suave luz de la luna surgió, porque el sol se había puesto.

A María sólo le quedaba un sacrificio por hacer; solamente una rica consolación para desechar y así ser completamente pobre, y era dejar a Su Hijo en las rocas bajo la custodia de soldados romanos. Guardaría para ella sólo una cosa: un corazón despedazado cuando la última espada de Simeón lo traspasó hasta su empuñadura. Al llevarse esto, María podía ser el consuelo de todos aquellos que han perdido seres queridos; de todas las madres que lloran sobre sus hijos; y todas las amantes que gimen sobre los esposos. Ella entiende el dolor, porque ella perdió más que nadie puede perder. Algunos han perdido una madre; otros, un hijo; otros, una esposa; pero María perdió todo, porque perdió a Dios.

Ahora María se inclina sobre Juan y lanza una mirada furtiva a la cruz: la primera en ver en ésta una esperanza. Miles de corazones, bajo su dulce inspiración, desde entonces han mirado en esa cruz y se alegraron de que sus corazones estuvieran rotos, para que por su abertura pudiera entrar el amor de Dios. De la cruz María volvió sus ojos a la ciudad de Jerusalén; que Su Hijo había tomado para Sí como una gallina recoge bajo las alas a sus pollitos; ésta parecía ahora tan desconsolada y solitaria como un pájaro al que hubieran robado su nido. ¡Pobre Jerusalem! Dios la había amado mucho, pero ahora se había llenado la copa de su iniquidad, y su ruina estaba por llegar antes que pasara una generación.

María retomó la huella de su peregrinación de la mañana, haciendo por segunda vez el camino de la Cruz, desde la catorceava estación hasta la primera. Esta vez parecía más terrible que ía primera, a causa de la misma naturaleza del dolor. Todo amor tiende a la unidad, y en un amor como el de Jesús y María, sus dos corazones eran apenas uno. Ningún poder distinto a la Muerte se atrevería a separar en dos pedazos una unión tan exquisita: y, sin embargo, así lo hizo la muerte. El resultado fue que cuando ella lo dejó a El, su corazón se rompió en dos; ahora que ella ha quedado sola, la corriente de su vida difícilmente puede discurrir; no se trata meramente de que la mitad de su vida y su amor se hayan ido. Es algo más que esto. Es como si sus propias fuentes se hubieran secado como una corriente de verano.

Sus vidas eran una; sus muertes son también una. Su dolor, entonces, fue más profundo que cualquier dolor sobre la tierra en todos los tiempos; éste la hizo llorar, no precisamente porque lo hubiera perdido, sino porque lo amaba. El suyo era un amor inclinado totalmente a Jesús; un amor más grande que el amor de las demás madres, aun en el caso de que éstas pudieran compactar sus miríadas de amores en un acto más intenso y sin nombre; un amor que podía cargar cualquier cosa, porque lo que estaba dentro de ella era más fuerte que cualquier cosa fuera; en una palabra, un amor tan lleno de éxtasis y tan celestial que, si pudiera haber hecho su voluntad, ella habría construido todos sus Tabores sobre el Calvario. Con tal amor en su Corazón, ¿quién puede dudar que, mientras caminaba dando traspiés por las calles manchadas de sangre de Jerusalem, ella una vez más, en tono más arrebatado que nunca, cantara el Magníficat?

ORACIÓN

María, Madre de los Dolores, Tus siete dolores son como una Misa Santa. En Tu primer dolor, Tú fuiste nombrada Sacristán por Simeón para guardar la Hostia hasta la Hora del sacrificio; en Tu segundo dolor. Tú dejaste la sacristía para atender el altar cuando la visita de Tu Hijo santificó a Egipto; en Tu tercer dolor, Tú recitaste el Confíteor al pie del altar cuando Tu Hijo recitó Su Confíteor a los Doctores de la Ley; Tu cuarto dolor fue el Ofertorio cuando hiciste la oblación de Su Cuerpo y Su Sangre en el camino del Calvario; Tu quinto dolor fue la Consagración en la cual Tú ofreciste Tu propio cuerpo y tu propia sangre en unión con los de Tu Hijo por la Redención del mundo; Tu sexto dolor fue la Comunión cuando Tú recibiste el cuerpo de Tu Hijo del altar de la cruz; y Tu séptimo dolor fue el Ite Misa est, cuando Tú terminaste Tu dolor con un adiós a ia tumba.

María, Tu Corazón es todo para nosotros; es como una piedra de altar viviente en el cual es ofrecido el sacrificio; es la lámpara del santuario que salta de gozo delante de su Dios; es el Acólito, de quien los latidos de su corazón son como los responsos de la liturgia; es el candelera Pascual que ilumina el santuario de nuestras almas con el sacrificio de sí mismo; es el incensario que da el olor dulce del incienso mientras se quema en amor por nosotros; es todo un coro angélico cantando cantos sin voces en los oídos encantados de la Hostia sangrante, Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

María, sacristán de las almas porque fuiste sacristán de Jesús, es verdad que una vida no vale nada si no es coronada por una muerte feliz. Nosotros gastaremos toda nuestra vida en adelante pidiendo esto de Ti, con sólo saber que lo hemos de obtener al fin. Tu Hijo Divino dijo que El no dejaría huérfanos a sus hijos. Pero, María, nosotros estaremos huérfanos a menos que Tú seas nuestra Madre.

6º DOLOR DE LA VIRGEN – EL DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ (Mons. Fulton Sheen)

Y después de tres horas Cristo murió de sed: no de una sed por las aguas puras de los arroyos de Galilea, no por las aguas del pozo de Jacob, ni el confortante vino de la Ultima Cena, sino de sed de amor, que estuvo a punto de ser apagada, no cuando un romano acercó a El la hiél y vinagre, sino cuando un ladrón oscuro que se tambaleaba en las tinieblas de la muerte le dio a El el amor de su sangrante corazón. ¡Cristo estaba muerto! ¡Había reventado la última cuerda del Harpa Divina: era la ruptura del corazón por medio de la ruptura del amor. El había muerto en la cruz a la manera como los hombres quisieron, a la manera como El escogió, y como Su Padre Celestial consintió. Había expiado hasta lo último. Ahora comienza nuestra expiación: pero aún no ha terminado.

Aquellos que no habían creído que cometían ningún pecado para inaugurar sus fiestas con la muerte de su Mesías, estaban seriamente alarmados porque la santidad del Sabbath, que empezaba a la caída del sol, se podía ver profanada por tres cuerpos que colgaban como ruinas rojizas contra un cielo lívido. En consecuencia, llegaron algunos soldados y quebraron las piernas de los dos ladrones para apresurar su muerte, y llegándose a Jesús lo encontraron muerto.

Al no quebrar Sus piernas, involuntariamente hicieron cumplir una profecía de más de mil años de antigua: que no sería roto un solo hueso de Su cuerpo. Uno de los soldados llamado Longinos, profanó el santuario horadando el corazón de Cristo con una lanza. El insulto fue a Cristo, la pena de María. Brotó de la herida sangre y agua: Sangre que es el precio de la Redención; agua que es el símbolo de nuestra regeneración. La tradición nos cuenta que cuando las primeras gotas del Líquido de Amor cayeron sobre los ojos enfermos de Longinos, éste fue inmediatamente sanado. María sintió gran gozo porque había sucedido un gran milagro, cuando Longinos creyó en Aquel cuyo Corazón había traspasado.

Luego llegaron a la colina del dolor dos ciudadanos notables de Jerusalem y el Sanhedrín: José de Arimatea y Nicodemos, los compañeros del crepúsculo que desde antes querían ser amigos de Cristo y sin embargo no aparecían como tales. La muerte dio valor a esas almas tibias, y ahora vinieron a trenzar con manos diligentes las flores y coronas de la muerte. Colocaron la escalera contra la Cruz y subieron a ella, mientras María, Juan y Magdalena permanecían abajo. A María le pareció apropiado que José fuera el privilegiado para descolgar a Jesús de la Cruz, pues fue su José quien, mientras vivía, tuvo tantas veces el privilegio de manejar los miembros y tocar la carne del Verbo Encarnado. Pero él se había ido al seno de la muerte, y ahora alguien que llevaba su nombre tomaba su lugar. Con manos delicadas y corazones amorosos, el Rey que llegó tambaleándose a Su Trono, es retirado ahora de éste en aparente derrota. Cada clavo es extraído de esas manos que aún entonces podían desencajar de sus goznes las puertas de todos los reinos de la tierra. Uno se pregunta si cuando los Clavos, la Corona de Espinas y la Cruz, llegaron a las manos de María toda la Naturaleza no se conmovería. El mismo hierro en el oscuro seno de la tierra debe haberse estremecido, porque había clavado a su Dios. Cada espina, por el momento, debe haberse escondido de vergüenza debajo de los pétalos de cada rosa; cada árbol debe haberse estremecido de dolor, porque cargó el peso del Crucificado, y sin duda sus brazos llenos de hojas se levantaron en oración, pidiendo que en adelante fuera cortado por una hacha de sacrificio para llegar a ser una cruz que invite a los corazones a volver a Dios.

Al fin el Cuerpo del Salvador fue desprendido y entregado a Su Madre. Esto fue como una rosa roja desfalleciendo en sus rodillas. ¡El Hijo Pródigo volvía a su hogar! Mil recuerdos brotaron en su doliente corazón. A través de sus ojos oscurecidos por el llanto parecía que Belén había regresado, porque su Hijo estaba una vez más en su regazo; Simeón pareció estar cerca cuando otra espada de dolor traspasó su corazón hasta la misma empuñadura; pareció que uno de los tres reyes la visitaba de nuevo, cuando Nicodemo trajo la mirra para el entierro; aun el ungimiento en casa de Simeón fue revivido cuando Magdalena tomó su puesto y ungió para el entierro los Pies que hollaron las colinas perdurables.

Las madres viven de las últimas miradas, y María debía tomar las suyas. Mientras ella miraba, el sol que se ponía en el tabernáculo áureo del oeste arrojaba sobre la colina la sombra de la cruz que se alargaba sobre el corazón de la Madre del Mundo. Cuando entregó nuevamente a Su Hijo para la sepultura, estuvo tan cerca del sacerdocio como ninguna madre ha estado jamás, porque estaba ofreciendo en la patena de sus brazos la Hostia Inmaculada del Pan de Vida. Fue un gran desgarramiento entregarlo a El de nuevo; parecía que el mundo lo había tenido tanto tiempo, y ella tan poco: pero era porque ella lo amaba muchísimo. Era un acerbo dolor que sería inexcrutable misterio para todas las madres, excepto para ella: pero era porque su voluntad era la voluntad de Dios; para ella, el dolor es la revelación de Dios; son las manos heridas de Cristo apartando las nubes que ocultan Su trono donde todo dolor es convertido en gozo.

ORACIÓN

María, la mayoría de nosotros nos dispensamos de los deberes y nos detenemos en nuestro trabajo en la hora de nuestras penas, y buscamos simpatía humana que alivie nuestro dolorido corazón. Mas Tú, oh Madre de dolor, durante tu sexto dolor no buscaste consuelo humano, con el fin de recordarnos a nosotros que a Dios agrada más venir a corazones solitarios que no han sido llenados con ningún otro amor. Ni tampoco Tú hiciste de tu aflicción una carga para nadie; Tú ayudaste a colocar la Hostia en el Corporal Inmaculado de Tu regazo; Tu corazón estaba roto, pero nadie lo supo. Por tu calmada resignación, Madre querida, enséñanos que nuestro dolor nunca debe interponerse en el camino; que cada cruz que nosotros carguemos debe ser una cruz solamente para nosotros; que el cielo consuela primero a los corazones inconsolables de la tierra, y que un corazón destrozado, como el Tuyo, es el santuario favorito de Dios.

5º DOLOR DE LA VIRGEN – LA CRUCIFIXIÓN (Mons. Fulton Sheen)

Durante su vagar por el desierto, los israelitas fueron picados de terribles serpientes, viendo lo cual Moisés rogó a Dios que las quitara. Entonces el Señor dijo a Moisés: “Has una serpiente de bronce, y ponía en alto para señal: quien quiera que siendo mordido la mirare, vivirá”. Siglos más tarde, cuando el hijo de Dios vino a la tierra, dijo a Nicodemo: “Al modo que Moisés en el desierto levantó en alto la serpiente de bronce: así también es menester que el hijo del hombre sea levantado en alto: para que aquél que crea en él, no perezca, sino que logre la vida eterna”. Ahora llegó el día en que Cristo, apareciendo en la forma de un hombre, iba a ser levantado en la cruz, para que todo aquél que lo mirara, pudiera ser curado de la picadura del pecado.

Cuando El ascendió a su trono al ser erigida la cruz en su cimiento, la tierra se estremeció en protesta contra los que mataron el Dios que holló sus colinas y caminó por sus lagos; el sol se eclipsó en la mitad de su carrera en protesta contra la extinción de la luz del mundo; los corderos para el sacrificio en el templo protestaron también balando más plañideramente que nunca a la muerte de su Pastor, el Cordero de Dios. Pero no hubo protesta en su corazón. Escuchamos en vano esperando oír una expresión de sufrimiento físico. Cuando El rompe su silencio, no es jamás para manifestar una queja. Su vida personal está enterrada, como si todas sus necesidades del cuerpo hubieran sido olvidadas ante la necesidad de amor. Parecía como si las marcas de los clavos no hubieran impreso sobre El sus propias penas, sino las penas de los otros. Y lo que puede decir de El, se puede decir de su madre. Ella también parecía consciente de que éste no era el tiempo para los sollozos individuales, sino el tiempo para la comunión universal. Y a medida que el gran cáliz de todas las miserias comunes goteaba silenciosamente, lenta y misteriosamente, las gotas rojas de la salvación, la tierra hambrienta en su temblor abrió su boca para recibirlas, como si gritara más por redención que las almas sedientas de los hombres. Las siete palabras cayeron de la Cruz como siete espadas en el corazón de María. Parecía como si ella estuviera escuchándolo a El cantar su propio canto fúnebre. Cualquier otro corazón de madre se hubiera roto al suspiro de esa gran lámpara del santuario de vida, verdad y amor emitiendo sobre el Calvario, no rayos rojos, sino dejando caer cuentas rojas en el rosario de la Redención. Cualquier otra madre se hubiera desmayado ante la visión del bello pabilo de su alma vacilando moribunda mientras la cera de su cuerpo y de su sangre se quemaban también. No todos los corazones de madre tienen la misma capacidad de sufrimiento. Pero ninguna, madre en el mundo tiene un corazón tan tierno como la Madre de la Maternidad. Ella era tan delicada como un pétalo de rosa, capaz de responder al más suave soplo de las brisas nocturnales; por esto su dolor fue tan profundo que aún los más grandes mártires la han saludado como a su reina. Era tanto más amargo, por cuanto no podía hacer nada para aliviar el sufrimiento de su hijo. El dolor debe estar siempre haciendo algo, aun cuando sólo esté golpeando una frente afiebrada, pues las mismas necesidades del que sufre, son lo supérfluo del que consuela. ¿Y, sin embargo, qué podía hacer María? La  lmohada de la corona de espinas no podía ser suavizada; la cama de la Cruz no podía ser refrescada; los clavos que se hundían en sus manos y pies no podían ser quitados; aún en el momento de que El gritó: “Tengo sed”, no había nada que pudiera ofrecerle, excepto sus lágrimas. Magdalena se desmayó a sus pies: parecía que ésta había de estar siempre en actitud de penitente.

Pero María no se daría por vencida. El Evangelista que estuvo en la Cruz nos dice que se mantuvo de pie. Si Eva estuvo al pie del árbol, ella, la nueva Eva, se mantendría erguida al pie de la Cruz: mirando hacia un crucifijo. Y a causa de que estuvo de pie lista a servir, vino a ella de la Cruz su segunda anunciación, no de los labios de un ángel, sino de la boca misma de Dios. Mirando hacia abajo desde su trono, Jesús la vio a ella y a Juan, su discípulo amado, y dijo a su madre: Mujer ahí tienes a tu hijo; y después de eso, dijo a su discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. El no la llamó “Madre”, sino “Mujer” para denotar que iba a ser ahora la madre universal de la raza humana que Juan simbolizaba. Este era aparentemente un cambio bien pobre: un Maestro por un discípulo; un Creador por una criatura; un Rey por un pescador; un Hijo de Dios por un hijo de Zebedeo; y con todo María lo aceptó gustosa. Vio que, así como en Belem ella vino a ser la madre de Dios, ahora en el Calvario iba a ser la madre de los hombres, y que así como en la choza engendró al capitán de salvación, así ahora en la Cruz engendraría a sus soldados.

También vio que esto no podía hacerse sin sufrimiento, porque, aun cuando ella había engendrado al Inocente sin dolor, no podía dar a luz a pecadores sin aflicción. Había de costarle su propio hijo divino para hacerse la madre de los hombres, pero pagaría el precio. Y así su título de Madre de los Hombres vino a ser suyo, no por mera proclamación eterna, sino el derecho de nacimiento. Pesaba sobre ella la maldición de Eva, de que nos pariría con dolor, y aceptó la pena gustosa. Treinta años con el redentor le habían enseñado que debía amar a los hombres como El los amó: lo bastante para sufrir y morir por ellos, y seguir viviendo. Ella lo amó a El, porque El era Dios; pero nos amó a nosotros porque era la voluntad de Dios el salvarnos. El primer amor fue su martirio; el otro su sacrificio. Uno fue como tempestad en el océano, pero el otro fue como su calma. Aun en el dolor la Paz era suya, porque ella se había juntado a un Padre Eterno en el sacrificio de un Hijo común.

ORACIÓN

María, en Tu cuarto dolor nos mostraste a nosotros cómo debemos cargar nuestra cruz, y en éste, el quinto, Tú nos muestras cómo permanecer al pie de esa cruz. Tu Hijo nos ha dicho que sólo aquellos que perseveren hasta el fin serán salvos. Pero la perseverancia es a menudo muy difícil. Pocos de nosotros, como Tú, estamos dispuestos a permanecer al pie de la Cruz durante tres horas completas hasta que se haya terminado la Crucifixión. La mayoría de nosotros somos desertores del Calvario, almas crucificadas a medias; impacientes por sentarnos cuando no estamos clavados a una cruz. Muchos de nosotros tenemos firmes propósitos al amanecer, pero pocos los sostenemos hasta el final del día. Tu propia alma no desfallece, porque Tu Hijo no desfalleció. El mantuvo hasta la noche la promesa que había hecho con el sol brillando en luz roja como sangre. El ha terminado el trabajo que le fue dado. Y también Tú permaneciste al pie hasta el fin de ese día de sacrificio. Pide para nosotros entonces, la gracia de permanecer tres horas completas en el Gólgota, de manera que cuando el paso de nuestra vida haya terminado, podamos rogar con El y Contigo: “He terminado mi trabajo. Ahora, Dios mío, descuélgame y elévame a la unión perdurable Contigo”.

4º DOLOR DE LA VIRGEN – JESÚS ENCUENTRA A MARÍA EN EL CAMINO DEL CALVARIO (Ven. Fulton Sheen)

Han pasado creinta y dos años desde el tercer dolor. Durante este tiempo, dieciocho años transcurrieron en un hogar tranquilo y silencioso de Nazaret. La vida de María era la ascensión perenne de amor en su papel como Corredentora del mundo. Cada hora era como un noviciado en el cual ella aprendía más profundamente su participación en la cruz.

Sencillamente es imposible describir lo que significa gastar dieciocho años sirviendo de madre a Dios y sin embargo ser tratada como hija por El; ¡dieciocho años de recibir obediencia de El, y sin embargo ser su dulce esclava de amor! ¡Si Dios no fuera amor, no podríamos usar nunca esa palabra para describir la vida de éxtasis de María!

La misma profesión de Jesús como carpintero era una recordación de que un día, El que había carpinteado el universo, iba a ser carpinteado en una cruz. Cada glóbulo de sangre que El llevaba, le hacía recordar a María a Isaac llevando la leña de su sacrificio hasta la colina de su muerte, y más adelante hasta su divino hijo como el verdadero Isaac que llevó su propia cruz hasta la colina del Calvario. De cada uno de los clavos de ese taller de carpintería surgiría una crucifixión y de cada rosa roja, a su yo enrojecido. Después de esos dieciocho años se separaron. El tenía ahora treinta y debía estar al cuidado de los negocios de su Padre. El tuvo sus treinta años de obediencia; debía tener ahora sus tres años de enseñanza, y luego sus tres horas de trabajo de redención. Los tres años pasaron rápidamente, y aquél que vino a dar testimonio de la verdad, vio a Pilato de pie entre los pilares del asiento de juez, lavarse las manos para limpiar la verdad. Aquél que dijo que nadie destruiría su vida, se preparaba ahora para darla. Y en esa terrible mañana del Viernes Santo la súplica solitaria de María a Pilato fue ahogada en la rabiosa tempestad de miles de gritos de “¡Crucifícale!” La palabra había tenido éxito para contradecirlo a El, y en símbolo del triunfo de ellos, le dieron a El una cruz. Empezó la procesión; allí está el centurión dirigiéndola: siguen los heraldos cargando el letrero que será clavado sobre la cruz, los dos ladrones con sus cruces, y los Escribas y Fariseos que lo enviaron a El a la muerte en nombre de la lealtad al César: pero la ironía de esta procesión es que se movía por un camino cubierto de ramas de palma. María la siguió, pisando sobre la misma sangre que ella había adorado. Vio cada gota de ésta, vio las lanzas relucientes, también, que lucían co mo palmas; vio los ladrones; vio a las mujeres llorando; y sin embargo, veía solamente una cosa: a Jesús cargando el árbol trasplantado del Edén, así como ella iba cargando la espada del ángel trasplantada.

Cual si la muerte cercana hubiera hecho surgir el contraste, pensó en sus dulces días en Nazaret cuando ella lo criaba, lo alimentaba, se arrodillaba con El, y le adoraba cuando El estaba dormido. Ahora no lo tenía más; todos los demás lo tenían a El, menos ella, y ellos no lo estaban adorando, sino maldiciéndolo. Y a pesar de todo esto, no rogó que algún rayo los partiera, porque amaba más las almas. No hay madre en el mundo que no escoja recibir dolor de su hijo que hacer que éste lo soporte, pero cuando este hijo es Dios, ¿entonces quién podrá medir la amargura de su copa de pasión? En cierto sentido su propio hijo era su ejecutor, porque El la estaba venciendo en amor.

Este nuevo dolor de María fue la revelación de las palabras de su hijo, de que si nosotros hemos de ser discípulos debemos tomar nuestra cruz y seguirle. Toda persona ha de subir al Calvario, no libre de carga y con las manos limpias y vacías, sino cargando los mismos instrumentos de crucifixión, los mismos elementos de sacrificio. Como Isaac llevó la madera del sacrificio, como Jesús cargó su cruz, como el sacerdote lleva vino y pan para el altar, así María carga una cruz en su propio corazón.

La cruz no siempre necesita estar sobre nuestros hombros: el enfermo en cama con ardiente fiebre, la madre con sus brazos cargando un hijo, el padre en su trabajo diario, no tienen hombros libres para una cruz, pero tienen un corazón libre para ella, como lo tuvo María. El espíritu debe continuar haciendo lo que la carne no puede hacer, porque Cada acto en el corazón se cuenta como equivalente al trabajo hecho. Simón por un momento alivió los hombros de Jesús de su cruz, pero no alivió su voluntad de sufrir. La multitud vio en ese momento sólo una cruz y ésta estaba en los hombros del Cireneo. Había en verdad dos, ambas ocultas en los corazones de María y su hijo cargando su peso hasta el altar del sacrificio.

ORACIÓN

María, por este nuevo dolor, imprime en tus pobres hijos la lección de cargar la cruz. Recuérdame que yo puedo o no dar mi amor a Jesús, pues soy amo y capitán de mi alma, pero que no soy libre de aceptar su cruz o dejarla. La elección no está entre ir por el mundo con una cruz o ir por éste sin la cruz. Yo debo tomarla. No hay modo de eludirla: los brazos extendidos no me permitirán hacer eso. La elección está entre si yo la aceptaré como tú, o dejar que me la arrojen sobre mis hombros, como Simón. ¿Me veré impulsado a abrazarla o seré obligado a abrazarla? María, haz que vea que la única cruz verdadera es rehusar tomarla, pero que al abrazarla por el amor como tú, deja de ser una cruz y se convierte en peldaño que me conduce hasta el reino de Dios.

Sobre los bienes de la paciencia

“Con perseverancia y tesón se tolera todo, para que en Cristo se consume la plena y perfecta paciencia”
San Cipriano de Cartago
El que afirmó haber bajado del cielo para hacer la voluntad del Padre, entre otros maravillosos milagros con que dio pruebas de una majestad divina, fue un fiel trasunto de la paciencia paterna por su admirable mansedumbre. Desde el primer momento de su venida, toda su conducta estuvo sazonada de paciencia. Ante todo, al descender de aquella celestial sublimidad a las cosas terrenas, el Hijo de Dios no desdeñó revestir la carne humana y, no siendo él pecador, cargar con los pecados ajenos; despojándose eventualmente de la inmortalidad consintió en hacerse mortal, para poder morir, él inocente, por la salvación de los no inocentes, El Señor es bautizado por el siervo y el que ha venido a perdonar los pecados no desdeñó lavar su cuerpo con el baño del segundo nacimiento.
Ayuna por espacio de cuarenta días el que sacia a los demás: padece hambre y sed, para que quienes tenían hambre de la palabra y de la gracia fueran saciados con el pan del cielo. Combate con el diablo tentador y, contento de haber vencido a enemigo tan poderoso, se mantiene en el nivel de una victoria dialéctica.
No preside a sus discípulos como a siervos con poder señorial, sino que, siendo benigno y manso, los amó con amor de caridad, e incluso se dignó lavar los pies de los apóstoles, para enseñarnos con su ejemplo que si tal es el comportamiento del Señor con sus siervos, deduzcamos cuál deba ser el del consiervo con sus semejantes e iguales.
Y no debe maravillarnos un tal comportamiento con los que le obedecían, él que fue capaz de soportar a Judas hasta el fin con infinita paciencia, de sentarse a la mesa con el enemigo, de conocer al enemigo doméstico sin delatarlo, de no rehusar el beso del traidor.
Y en la misma pasión y cruz, antes de llegar a la sentencia de muerte y a la efusión de su sangre, cuántas injurias y ultrajes no tuvo que oír con exquisita paciencia, qué vergonzosas insolencias no hubo de tolerar, hasta el punto de ser el blanco de los salivazos de quienes le insultaban, él que con su saliva había poco antes restituido la vista al ciego. Soportó ser flagelado aquel en cuyo nombre los que ahora son sus siervos fustigan al diablo y a sus ángeles; es coronado de espinas el que corona a los mártires con flores de eternidad; es abofeteado con las palmas de la mano quien otorga las verdaderas palmas a los vencedores; es despojado de un vestido terreno quien viste a los demás las vestiduras de la inmortalidad; es abrevado con hiel quien nos trajo el pan del cielo; se le da a beber vinagre a quien nos obsequió con la bebida de la salvación.
Al Inocente, al Justo, más aún, al que es la misma inocencia y la misma justicia, lo consideraron como un malhechor y la verdad fue vejada por falsos testigos; es juzgado el que nos juzgará a todos y el que es la Palabra de Dios se deja conducir en silencio al patíbulo.
Y cuando ante la cruz del Señor los astros se llenen de confusión, se conmuevan los elementos, tiemble la tierra, la noche oscurezca el día para que el sol no obligue a contemplar el crimen de los judíos sustrayendo sus rayos y no dando luz a los ojos, él no habla, no se mueve, no exhibe su majestad ni siquiera durante la pasión: con perseverancia y tesón se tolera todo, para que en Cristo se consume la plena y perfecta paciencia.