¡SURREXIT CHRISTUS SPES MEA!

Scimus Christum Surrexisse a mortuis vere. (Sabemos que Cristo resucitó verdaderamente de entre los muertos)

La Iglesia entona esta alabanza al Cordero de Dios que vino a quitar los pecados del mundo y no bastase esto, quiso abrirnos también las puertas del Reino Eterno para hacernos partícipes de su Divinidad. Nos alegramos, cantamos jubilosos junto con toda la corte celestial en este Gran Día.

Para asimilar bien el evento que estamos celebrando y aumentar el gozo y la alegría en nuestros corazones, repasemos brevemente qué hemos vivenciado y recordado en los últimos días.

Seis días antes de la Pascua” (Cfr. Jn 12,1) Jesús y sus discípulos se acercan más a Jerusalén, a “Betania, donde vivía Lázaro” (Ibid) su amigo, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos con un milagro que hizo que los miembros del Sanedrín confabulasen para hacer algo en contra del Maestro. En esta ocasión es que sale Caifás, el sumo sacerdote de aquel año y dice con voz profética que “conviene que uno muera por el pueblo” (Cfr. Jn 11,50). Desde este día en adelante “decidieron darle muerte” (Cfr. Jn 11,53), de modo tal que, aunque estaban ya los preparativos para la fiesta de la Pascua, Jesús no andaba públicamente entre los escribas y fariseos, hasta que llegó su hora. Entonces “al día siguiente” de haber llegado a Betania, en casa de sus amigos, el Señor se dirige a Jerusalén, porque ya se habían completado “los días en que iba a ser llevado al cielo” (Cfr. Lc 9,51) y Él se decide a entrar en la Ciudad Santa. La “multitud de gente que había venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramos de palmeras y salieron a su encuentro gritando” hosanas (Cfr. Jn 12,12).

Después, el lunes, Jesús vuelve a acercarse a Jerusalén: “al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella” (Cfr. Lc 19,41) Hace la profecía de la destrucción de la ciudad, hasta que no quede “piedra sobre piedra” (Cfr. Lc 19,44). Al llegar al templo Jesús purifica el Templo, expulsando a los mercaderes (Cfr. Mt 21,12-17; Mc 11,15-19; Lc 19, 45-48).

Al día siguiente, cuando salió de Betania se dirigió en al Templo, va a enseñar, son los capítulos 21 al 23 del Evangelio de Mateo y también sus paralelos. Luego viene el discurso escatológico, Jesús habla a la gente de las cosas que van a pasar en el final de los tiempos. “Faltaban dos días para la Pascua y los Ácimos” (Cfr. Mc 14,1). Y Jesús les advierte a los suyos una vez más: “Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua y el Hijo del hombre va a ser entregado para ser crucificado.” (Cfr Mt 26,2) Los escribas y sumos sacerdotes buscaban “cómo quitarlo de en medio, porque temían al pueblo” (Cfr. Lc 22,2) Entonces Satanás entró en “Judas, llamado el Iscariote” para traicionar al Señor; y se fue “a tratar con los sumos sacerdotes y oficiales del templo el modo de entregárselo.” (Cfr. Lc 22,4)

Llegó pues, el día de los Ácimos, en que se debía sacrificar la Pascua” (Lc 22,7). Se da la preparación en el Cenáculo. Pedro y Juan se encargan de todo.

Jesús deseaba ardientemente comer ésta que sería su última Pascua con los suyos antes de padecer (Cfr. Lc 22,15). Jesús sabiendo “que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.” (Jn 13,1)

Tienen toda la ceremonia de la Cena Pascual, Jesús instituye la Eucaristía (Cfr. Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,14-20), misterio de su Amor por nosotros. Instituye el Sacerdocio, don inefable y sublime que confía a sus ministros. Luego deja el ejemplo de humildad a sus discípulos cuándo les lava los pies (Cfr. Jn 13,1-17). Judas, tras tomar el pedazo de pan que le dio Jesús, sale de la cena para arreglar con los fariseos el modo como entregar al Señor (Cfr. Jn 13,26-30).

Al salir el traidor, Jesús se queda a solas con su círculo más íntimo de amigos, empieza el discurso de despedida con palabras ternísimas, salidas, con profunda emoción, del más profundo amor que les tenía el Señor, vemos esto en los capítulos 13-17 de San Juan. Terminada la cena, salen al huerto de Getsemaní. El Señor va a rezar, “en medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre” (Cfr. Lc 22, 44). Sus discípulos dormían en vez de velar. El Señor siente también el abandono de los suyos en estos momentos tan intensos.

Jesús es arrestado, con la traición de Judas por un beso (Cfr. Lc 22,48). A partir de ahí empieza su Pasión Sagrada.

Hermanos míos, fue necesaria la Pasión del Señor debido al gran amor que Él nos tenía. Estábamos perdidos, andábamos errantes, como ovejas sin rumo. Teníamos una “nota de cargo que nos condenaba con sus cláusulas contrarias a nosotros” (Cfr. Col 2,14). Necesitábamos ser rescatados.

Hemos escuchado hermosamente el sábado en la “Madre de las Vigilias”, en el Pregón Pascual: “¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?” (Cfr. Misal Romano, 19 – Forma Larga del Pregón Pascual, p. 299)

Queridos hermanos, ¿de qué nos sirve repasar todos estos hechos que hemos mencionado rápidamente hasta aquí? ¿De qué nos sirve revivir esto todos los años, si no buscamos hacer lo que nos exhorta el Apóstol San Pablo, de tener los mismos sentimientos de Cristo (Cfr. Fl 2,15)? Sentimientos de amor para con nosotros, de ternura y caridad que tiene el Padre para con sus hijos pecadores que somos nosotros. Canta el Pregón Pascual: “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Sentimientos de amor que el Señor llevó hasta el extremo, porque “habiendo amado a los suyos… hasta el extremo los amó” (Cfr. Jn 13,1), amor que conduce a la Pasión, que se manifiesta en la muerte cruenta del Hijo de Dios en el infame patíbulo del Calvario, pero que culmina en una tumba vacía en la madrugada del Domingo de Pascua. Por eso el mismo pregón escuchado ayer y que todavía hace eco en nuestros corazones empezaba gritando a los cielos y a toda la tierra: “Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo y, por la victoria de Rey tan poderoso, que las trompetas anuncien la salvación. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero.” (Cfr. Misal Romano, 19 – Forma larga del pregón pascual, p. 298)

El Sepulcro que, desde un jardín incógnito afuera de la ciudad Santa, se ha transformado en el palco de una pelea de proporciones excepcionales: “Mors et vita duelo, conflixere mirando.” “La muerte y la vida se enfrentaron en duelo singular: el dueño de la vida, que había muerto, reina vivo.” (Cfr. Secuencia del Domingo de Pascua – Victimae Paschali Laudes)

Resucitó Cristo, esperanza mía.” (Ibid)

“Alegraos ángeles, exultad arcángeles”, hombres de la tierra, colmad vuestra alegría cuánto se pueda en esta vida. Jesús ha resucitado verdaderamente. Lo hemos escuchado, es la fe que hemos recibido. ¿Qué hay que hacer con relación a la fe si no creer? Que sea nuestra la oración de Santo Tomás: “Señor, creo, pero aumenta mi falta de fe!

San Pablo es fuertísimo cuándo habla del evento magnífico que estamos celebrando hoy día: “Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe.” (1Cor 15,14) “si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados.” (1Cor 15,17). Pero Cristo ha resucitado y nosotros resucitaremos con él.

Terminemos escuchando el Apóstol que nos habla de la esperanza que debe movernos a seguir adelante siempre en nuestra vida de fe:

Mirad, os voy a declarar un misterio: No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la última trompeta; porque sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es preciso que esto que es corruptible se vista de incorrupción, y que esto que es mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?’. El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! De modo que, hermanos míos queridos, manteneos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor.” (1Cor 15,51-58)

Ressurrexit sicut dixit, Alleluia!

Gaude et Laetare, quia Surrexit Dominus Vere, Alleluia!

P. Harley Carneiro, IVE

7º DOLOR DE LA VIRGEN – EL ENTIERRO DE JESÚS (Ven. Fulton Sheen)

En una ocasión en tiempo de verano Nuestro Bendito Señor, mirando a mi labriego en su campo, contó a Sus discípulos la parábola: “Salió un sembrador a sembrar su simiente”. Más tarde, dijo que El era la “semilla” y todavía más tarde, que si la semilla caía en la tierra y moría, resucitaría trayendo vida.

Ahora había venido la noche en que María llegaba a ser el sembrador de semillas, pues, ¿no estaba ella llevando al Verbo Eterno a la tumba donde en tres días El rompería las ataduras de la muerte y se levantaría para vida eterna? Ella había cargado a su Hijo en muchas jornadas penosas, una de ellas a través de Belén hasta una cueva de un extranjero; ahora, en el Gólgota, lo cargaba hacia una tumba de un extranjero: una recordación elocuente, en verdad, de que el nacimiento y la muerte humanas eran igualmente extraños para El. Unas pocas horas antes, parecía que ni los cielos ni la tierra le tendrían a El, mientras colgaba entre los dos, abandonado por una y rechazado por la otra. Pero ahora bajo la cruz roja de las antorchas, llameando sin humo en el aire inmóvil, la tumba le recibía. Pero no iba a ser por mucho tiempo, porque la tumba sería pronto el vientre de la Naturaleza dando a luz al primer nacido de los muertos. De acuerdo con el ritual, los dos del Sanhedrín recitaron salmos en voz alta para el muerto, colocaron el cuerpo envuelto en mantos perfumados en la tumba, cerraron la puerta con una gran piedra, y la suave luz de la luna surgió, porque el sol se había puesto.

A María sólo le quedaba un sacrificio por hacer; solamente una rica consolación para desechar y así ser completamente pobre, y era dejar a Su Hijo en las rocas bajo la custodia de soldados romanos. Guardaría para ella sólo una cosa: un corazón despedazado cuando la última espada de Simeón lo traspasó hasta su empuñadura. Al llevarse esto, María podía ser el consuelo de todos aquellos que han perdido seres queridos; de todas las madres que lloran sobre sus hijos; y todas las amantes que gimen sobre los esposos. Ella entiende el dolor, porque ella perdió más que nadie puede perder. Algunos han perdido una madre; otros, un hijo; otros, una esposa; pero María perdió todo, porque perdió a Dios.

Ahora María se inclina sobre Juan y lanza una mirada furtiva a la cruz: la primera en ver en ésta una esperanza. Miles de corazones, bajo su dulce inspiración, desde entonces han mirado en esa cruz y se alegraron de que sus corazones estuvieran rotos, para que por su abertura pudiera entrar el amor de Dios. De la cruz María volvió sus ojos a la ciudad de Jerusalén; que Su Hijo había tomado para Sí como una gallina recoge bajo las alas a sus pollitos; ésta parecía ahora tan desconsolada y solitaria como un pájaro al que hubieran robado su nido. ¡Pobre Jerusalem! Dios la había amado mucho, pero ahora se había llenado la copa de su iniquidad, y su ruina estaba por llegar antes que pasara una generación.

María retomó la huella de su peregrinación de la mañana, haciendo por segunda vez el camino de la Cruz, desde la catorceava estación hasta la primera. Esta vez parecía más terrible que ía primera, a causa de la misma naturaleza del dolor. Todo amor tiende a la unidad, y en un amor como el de Jesús y María, sus dos corazones eran apenas uno. Ningún poder distinto a la Muerte se atrevería a separar en dos pedazos una unión tan exquisita: y, sin embargo, así lo hizo la muerte. El resultado fue que cuando ella lo dejó a El, su corazón se rompió en dos; ahora que ella ha quedado sola, la corriente de su vida difícilmente puede discurrir; no se trata meramente de que la mitad de su vida y su amor se hayan ido. Es algo más que esto. Es como si sus propias fuentes se hubieran secado como una corriente de verano.

Sus vidas eran una; sus muertes son también una. Su dolor, entonces, fue más profundo que cualquier dolor sobre la tierra en todos los tiempos; éste la hizo llorar, no precisamente porque lo hubiera perdido, sino porque lo amaba. El suyo era un amor inclinado totalmente a Jesús; un amor más grande que el amor de las demás madres, aun en el caso de que éstas pudieran compactar sus miríadas de amores en un acto más intenso y sin nombre; un amor que podía cargar cualquier cosa, porque lo que estaba dentro de ella era más fuerte que cualquier cosa fuera; en una palabra, un amor tan lleno de éxtasis y tan celestial que, si pudiera haber hecho su voluntad, ella habría construido todos sus Tabores sobre el Calvario. Con tal amor en su Corazón, ¿quién puede dudar que, mientras caminaba dando traspiés por las calles manchadas de sangre de Jerusalem, ella una vez más, en tono más arrebatado que nunca, cantara el Magníficat?

ORACIÓN

María, Madre de los Dolores, Tus siete dolores son como una Misa Santa. En Tu primer dolor, Tú fuiste nombrada Sacristán por Simeón para guardar la Hostia hasta la Hora del sacrificio; en Tu segundo dolor. Tú dejaste la sacristía para atender el altar cuando la visita de Tu Hijo santificó a Egipto; en Tu tercer dolor, Tú recitaste el Confíteor al pie del altar cuando Tu Hijo recitó Su Confíteor a los Doctores de la Ley; Tu cuarto dolor fue el Ofertorio cuando hiciste la oblación de Su Cuerpo y Su Sangre en el camino del Calvario; Tu quinto dolor fue la Consagración en la cual Tú ofreciste Tu propio cuerpo y tu propia sangre en unión con los de Tu Hijo por la Redención del mundo; Tu sexto dolor fue la Comunión cuando Tú recibiste el cuerpo de Tu Hijo del altar de la cruz; y Tu séptimo dolor fue el Ite Misa est, cuando Tú terminaste Tu dolor con un adiós a ia tumba.

María, Tu Corazón es todo para nosotros; es como una piedra de altar viviente en el cual es ofrecido el sacrificio; es la lámpara del santuario que salta de gozo delante de su Dios; es el Acólito, de quien los latidos de su corazón son como los responsos de la liturgia; es el candelera Pascual que ilumina el santuario de nuestras almas con el sacrificio de sí mismo; es el incensario que da el olor dulce del incienso mientras se quema en amor por nosotros; es todo un coro angélico cantando cantos sin voces en los oídos encantados de la Hostia sangrante, Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

María, sacristán de las almas porque fuiste sacristán de Jesús, es verdad que una vida no vale nada si no es coronada por una muerte feliz. Nosotros gastaremos toda nuestra vida en adelante pidiendo esto de Ti, con sólo saber que lo hemos de obtener al fin. Tu Hijo Divino dijo que El no dejaría huérfanos a sus hijos. Pero, María, nosotros estaremos huérfanos a menos que Tú seas nuestra Madre.