APRENDED DE MÍ – Mons. Tihamér Toth

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”
(Mt. 11, 29)

¡Qué mandato tan extraño es éste! “Aprended de mí…” ¿Qué debemos aprender, a obrar milagros? No. ¿A resucitar muertos? Tampoco. ¿A curar ciegos? Tampoco. Sino “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Esto es lo principal para el Señor. Aprended de mí a ser: 1° buenos; 2° mansos, y 3º humildes.

1° Aprended de mí, que soy bueno. Y la humanidad aprendió de Él; tan sólo de El aprendió la bondad verdadera. La historia de la filosofía da una lista de hombres sabios, pero los demás, aun de los mejores, aprendieron muy poco. Conocerás sin duda el nombre de los dos grandes filósofos griegos: Platón y Aristóteles. La magnífica doctrina de Platón tocante a la divinidad subyuga todavía hoy al lector, pero no nos consta el nombre de un solo pueblo, de una sola familia, que Platón arrancase de las aberraciones de la idolatría. ¿De qué sirve la filosofía más profunda, si no es más que letra muerta y no sabe hacer mejor al hombre? Piensa en otros grandes hombres como Cicerón, Sócrates, Séneca, ¡qué fogosos son sus discursos sobre los deberes y virtudes del hombre! Pero ¿lograron mejorar un solo hombre? Y he ahí que Jesucristo no filosofa mucho; con toda sencillez se presenta delante de los hombres y mostrándoles su propio ejemplo, les dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Y lo que no pudieron lograr los más grandes filósofos y oradores, lo logra El: santifica y ennoblece a los individuos, familias, naciones; y así seguirá en el porvenir.

2° Aprended de mí, que soy manso. “¿Manso? Esto vale tanto como decir tonto y apocado” —me dirás tal vez asustado—. “¡Manso! Es decir, cobarde, que se traga todas las ofensas, que se acoge a la falda de su madre”. No te asustes. Bien sabía Jesús que en los nervios de un joven de quince o dieciséis años vibra una corriente eléctrica y que discurre por sus venas una lava encendida; no quiere verte acurrucado en un rincón, cabizbajo, mustio. Entonces, ¿cómo se entiende que seas “manso”? Quiere que seas alegre, pero sin desenfreno; que sean valiente, pero no temerario ni altivo; que seas vivaz, y no atolondrado; que seas el primero en el juego y al mismo tiempo esforzado y tenaz en el estudio; que sepas rezar fervorosamente cuando llega la hora de la oración.

¿Has de ser cobarde? No. Pero si alguien te ofende, no le levantes el puño ni le contestes a bofetón limpio, sino con mansedumbre y serenidad bien disciplinada. ¿Has de tragarte todas las injurias? De ninguna manera. Pero has de contestar a la ofensa con dominio varonil. Como lo hizo Nuestro Señor Jesucristo cuando le hirió el soldado: “Si yo he hablado mal, manifiesta lo malo que he dicho: pero si bien, ¿por qué me pegas?” (Jn.18, 23). “Más heroico es —me objetarás— dar una buena trompada al que se burla de mí”. Te equivocas. Responder a la ofensa con ofensa, lo hace cualquiera: si no lo crees, asiste a una riña de gallos; pero conservar el propio dominio y la superioridad frente a una ofensa, sólo puede hacerlo la voluntad humana sujeta a disciplina. La superioridad del hombre sobre los animales se muestra con toda su brillantez justamente en los momentos críticos. ¿Aplaudimos cualquier clase de fuerza? No, sino la fuerza reglamentada, bien encauzada, que obedece a la razón. La dinamita es fuerza. Lo es el rayo de sol. La primera explota y derriba. El segundo hace brotar la vida. Aquélla diríamos que es una fuerza desenfrenada. Éste es una fuerza mansa. Aprende de Jesucristo a ser mansamente fuerte.

3º Aprended de mí, que soy humilde de corazón. Cuando los scouts se internan en los bosques, con su típico uniforme, la camisa y el pantalón kaki se distinguen apenas de las hojas. Si tú no eres scout, trata con todo, de llevar en tu alma, en tus obras, en toda tu vida, el color de la humildad. Si eres el mejor del curso, no lo des a entender por tu comportamiento. Si eres rico, no muestres orgullo ni por asomo. Si tienes inteligencia rápida, no por esto te jactes. Sé profundamente religioso, pero no quieras llamar la atención. Sé cortés, atento, pero no te pavonees con los favores que hayas podido hacer a otros. Sé el consuelo de tus padres que luchan con los contratiempos; ayuda a tus compañeros pobres, infunde alientos a los que lloran…, y todo esto hazlo disimuladamente, como la cosa más natural del -mundo, sin ostentación alguna. Haz como los pájaros cantores que cantan admirablemente de madrugada, pero con tanta naturalidad que ni ellos mismos se dan cuenta; sé como las flores que de sus corolas aterciopeladas despiden fragancia sin notarlo siquiera. Sé afable, caritativo, justo, prudente, generoso, pero sin saberlo tu. Y así serás humilde de corazón, conforme a las enseñanzas de Jesucristo. “Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el reposo para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 29-30).

 

(TihamérToth, El Joven y Cristo, Ed. Gladius, Buenos Aires, 1989, p. 55 – 57)

SOBRE LA ORACIÓN DEL SEÑOR

DESPUÉS DEL ALIMENTO, PEDIMOS EL PERDÓN DE LOS PECADOS

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor
(Cap. 18. 22: CSEL 3, 280-281. 283-284)

Continuamos la oración y decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto, el pan de vida es Cristo, y este pan no es sólo de todos en general, sino también nuestro en particular. Porque, del mismo modo que decimos: Padre nuestro, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en él, de la misma manera decimos: Nuestro pan, ya que Cristo es el pan de los que entramos en contacto con su cuerpo.

Pedimos que se nos dé cada día este pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su eucaristía como alimento saludable no nos veamos privados, por alguna falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del cuerpo de Cristo, ya que él mismo nos enseña: Yo soy el pan vivo bajado del cielo; todo el que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo voy a dar es mi carne ofrecida por la vida del mundo.
Por lo tanto, si él afirma que los que coman de este pan vivirán eternamente, es evidente que los que entran en contacto con su cuerpo y participan rectamente de la eucaristía poseen la vida; por el contrario, es de temer, y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se privan de la unión con el cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmina con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Por eso pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y permanecemos en Cristo no nos apartemos de su cuerpo que nos santifica.

Después de esto, pedimos también por nuestros pecados, diciendo: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados.

Esta petición nos es muy conveniente y provechosa, porque ella nos recuerda que somos pecadores, ya que, al exhortarnos el Señor a pedir el perdón de los pecados, despierta con ello nuestra conciencia. Al mandarnos que pidamos cada día el perdón de nuestros pecados, nos enseña que cada día pecamos, y así nadie puede vanagloriarse de su inocencia ni sucumbir al orgullo.

Es lo mismo que nos advierte Juan en su carta, cuando dice: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y bondadoso es el Señor para perdonarnos y purificarnos de toda iniquidad.

Dos cosas nos enseña en esta carta: que hemos de pedir el perdón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón. Por esto dice que el Señor es fiel, porque él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdonados nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón.