DIGÁMOSLE ALGO MÁS QUE PEDRO…

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? – Mt 16,13-20

Este Evangelio de hoy es uno de esos episodios en que encontramos una actitud del Señor, una pregunta que hace a sus Apóstoles que se nos clava en el alma. Doy un par de ejemplos para que se entienda de qué estoy hablando:

-Cuando Jesús mira a la mujer adúltera, en el patio del Templo, y le pregunta: “¿Dónde están los que te acusan?” (Cfr. Jn 8, 1-11)

-Cuando, en Jericó, le pregunta al ciego que gritaba tras él mientras pasaba en medio de la turba: “¿Qué quieres que te haga?” (Cfr. Mc 10, 46-52)

-Cuando Pedro va de encuentro al Señor en el Mar de Tiberíades, al empezar a hundirse, clama por socorro y el Señor le socorre, pero no sin antes dirigirle estas palabras: “¿Por qué dudaste?” (Cfr. Mt 14, 22-36)

-Cuando después del discurso del Pan de Vida, en la Sinagoga en Cafarnaúm, muchos discípulos se marchan por la dureza de la doctrina, el Señor se vuelve a los suyos y les pregunta: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Cfr. Jn 6, 60-71)

-Cuando se acerca el joven rico, pasando por en medio de la muchedumbre, se acerca al Señor para intentar descubrir qué tiene que hacer para salvarse, y tras decirle al Señor que ya llevaba una vida de observancia fiel de los mandamientos, el Evangelio dice que el Señor “se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: Si quieres…” (Cfr. Mc 10, 17-22)

-También podemos pensar en todas las miradas o llamadas “vocacionales”, como de Leví, de Pedro y Andrés, de Santiago y de Juan, etc.

Todos gestos, actitudes, sentencias y preguntas de una sublime elocuencia… nos interpelan en la profundidad de nuestra conciencia, ¿no? Por eso es que la palabra de Dios es “viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo.” (Heb 4,12)

También el Evangelio de hoy, después de saber de sus amigos cómo Él era conocido por la región (“¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”), Jesús les dirige esta pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y también la dirige a nosotros, a nuestra conciencia.

En este momento San Pedro, tomando la palabra, hace la primera profesión de fe de la Iglesia que, en instantes sería fundada oficialmente: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios Vivo”.

Pedro no lo dijo por sí mismo… Si dependiera solamente de su naturaleza humana, habría dicho cosas como la que, unos versículos más adelante (Cfr. Mt 16,22) le dice al Señor, intentando alejarlo del camino de la Cruz, pero aquí, no… Aquí es distinto. Estamos delante de un momento solemnísimo.

Es el Espíritu de Dios que “habla” en la boca de Pedro, el Padre le ha revelado la identidad del Hijo (“Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” Mt 11,27). Es una revelación confiada al colegio Apostólico. Ya comienza a delinearse en el horizonte, la misión sublime que tendrían los doce: dar testimonio de que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios vivo.

Jesús, en un acto de autoridad Divina, funda sobre Pedro —”sobre esta piedra”— la Iglesia, su Cuerpo Místico; la cual quedará encargada de prolongar la obra redentora del Señor en el tiempo y en todos los lugares.

Pedro no podía decir más… Todavía estaba Jesús en marcha hacia Jerusalén (“Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén” Lc 9,51), para ofrecer su sublime Sacrificio Redentor en el ara de la Cruz, sobre el altar del Calvario.

Pedro no podía decirle más… Todavía deberían recibir el Espíritu Santo para poder hacerles comprender toda la obra redentora de este que “es el Mesías, el Hijo del Dios vivo”…

Pedro no podía decirle más… hasta ahí llegó…

El mismo que reconoce a Jesús como Dios, como el “Mesías, el Hijo del Dios vivo”…

El mismo Pedro que acaba de transformarse en la “piedra” fundamental de la Iglesia de Cristo en la tierra…

El mismo Pedro que en instantes, intentará alejar al Señor de su Misión Divina —y que en consecuencia recibe una dura reprimenda del Señor (“¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios.” (Cfr. Mt 16,23)…

El mismo Pedro, no podía decirle más…

El mismo que algunos días más tarde, después de reconocer en Jesús el Hijo de Dios por revelación del Espíritu de Dios, lo niega por tres veces —aun habiendo sido alertado de esta caída, no le hizo caso (Cfr. Jn 13, 31-38; Jn 18, 15-27)

El mismo Pedro que reconoce al Hijo de Dios y hace su profesión de fe, ahora titubea, tiene dudas, se avergüenza y le niega incluso su divinidad: “No conozco a este hombre” (Cfr. Mt 26, 72)[1]

El mismo Pedro que escucharía el amargo canto del gallo, en aquella madrugada del fatídico Viernes Santo, y que saldrá llorando amargamente, ahora no puede decir más…

Pero después de la Cruz siempre viene la Resurrección, así como las tinieblas de la noche siempre dan paso a la aurora de un nuevo amanecer, así como después del llanto viene la alegría, también para Pedro este momento ha llegado…

Para redimirse de su infidelidad, Pedro reconoce la omnisciencia de su Señor y le profesa un amor más humilde: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero” (Cfr. Jn 21, 17). Cristo reafirma la misión de Pedro al mando de la Iglesia (“Apacienta mis ovejas” Jn 21, 17).

Llega el día de Pentecostés, el Espíritu Santo les hace comprender todo. Abren de par en par las puertas del cenáculo y ahora, llenos del Espíritu Santo, Pedro —el mismo Pedro— asume la palabra pero, ahora puede decir algo más…

Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos (…) Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él (…) Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías” (Hch 2,14.22.36-37)

Al escuchar esto, la primera asamblea que se reunía allí para saber qué estaba pasando, escucharon estupefactos, dice la Escritura que “al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Cfr. Hch 2, 37)

En aquel día hubo muchísimos bautizados, la Iglesia empieza a florecer. El discurso, la misión, el trabajo de Pedro como Roca no terminaría más. Hasta que Jesús vuelva, él, el mismo Pedro, en la persona del Santo Padre, sigue proclamando la misma verdad, pero ahora con una eficacia mucho más grande, porque Jesús ya pasó por su Pasión, ya nos redimió.

La Iglesia ahora anuncia la Redención de Cristo para que nosotros podamos, en Él encontrar la salvación. A Dios gracias por habernos presentado a Cristo; gracias por haberlo aceptado; gracias por haber creído en su sacrificio y por habernos sido acogidos en el seno de la Iglesia. Por eso, somos ahora los “amigos” del Señor, y una vez más, el mismo Señor vuelve a interpelar a sus amigos.  Una vez más el Señor se vuelve a nosotros con esta pregunta que nos penetra la conciencia y con esta sublime elocuencia de la que hablamos al comienzo, nos dice: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y podemos decirle algo más que Pedro… Cuando este recibió esta pregunta, no podía decirle más… pero nosotros ahora sí, podemos decirle algo más de lo que Pedro le dijo.

Digámosle pues, hagamos la profesión de nuestra fe, una profesión más completa todavía que la de Pedro. Digámosle: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo, nuestro Redentor, nuestro Salvador, a quién sea dada la gloria, el honor, el poder y la majestad, por los siglos de los siglos. Amén.”

P. Harley Carneiro, IVE

 

 

 

[1] Tomo esta idea de Mons. Fulton Sheen, en su libro El Sacerdote no se pertenece