Archivo del mes: septiembre 2026
EL NOMBRE DE JESÚS – BEATO FULTON SHEEN
El nombre «Jesús» era muy corriente entre los judíos. En la forma hebrea originaria era «Josué». El ángel dijo a José que María Parirá un hijo, al que darás el nombre de Jesús; porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. (Mt 1, 21)
La primera indicación de la naturaleza de su misión sobre la tierra no hace mención de su doctrina, ya que la doctrina sería ineficaz a menos que primero hubiera la salvación. Al mismo tiempo se le dio otro nombre, el de «Emmanuel».
He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel; que, traducido, quiere decir: Dios con nosotros. (Mt 1, 23)
Este nombre fue tomado de la profecía de Isaías, y aseguraba algo además de la divina presencia: junto con el nombre «Jesús», significaba una divina presencia que libera y salva. El ángel también dijo a María:
Y he aquí que concebirás en tu seno, y darás a luz un hijo, y le darás el nombre de Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David su padre, y reinará sobre la casa de Jacob eternamente; y su reino no tendrá fin. (Lc 1, 31-33)
El título «Hijo del Altísimo» es el mismo que dio al Redentor el mal espíritu que tenía obseso al joven de Gerasa. De este modo, el ángel caído confesó que Él era lo mismo que el ángel no caído había anunciado que sería:
¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? (Mc 5, 7)
La salvación que se promete con el nombre «Jesús» no es una salvación social, sino más bien espiritual. No habría de salvar necesariamente a la gente de la pobreza, sino del pecado. Destruir el pecado es arrancar las raíces de la pobreza. El nombre «Jesús» evocó para los judíos el recuerdo de aquel gran caudillo que los llevó a la tierra prometida. El hecho de que Jesús estuviera prefigurado por Josué indica que poseía las cualidades militares necesarias para la victoria final sobre el mal, victoria que provendría de la aceptación gozosa del sufrimiento, del valor inquebrantable, de la resolución de la voluntad y de la firme devoción al mandato del Padre.
El pueblo judío, esclavizado bajo el yugo romano, anhelaba liberación; de ahí que presintiera que todo cumplimiento profético de Josué tendría algo que ver con la política. Más tarde la gente le preguntaría cuándo iría a liberarlos del poder del césar. Pero aquí, en el mismo comienzo de su vida, el divino soldado afirmaba por medio de un ángel que habría que vencer a un enemigo mayor que el césar. De momento tenían que dar al césar las cosas que fuesen del césar, ya que la misión de Él era librarlos de una tiranía mucho más grande, la del pecado. Durante toda su vida, el pueblo continuaría materializando el concepto de salvación, creyendo que la liberación había de interpretarse solamente en términos de política. El nombre de «Jesús», o «Salvador», no le fue dado después de haber obrado la salvación, sino en el preciso instante en que fue concebido en las entrañas de su madre. El fundamento de su salvación se hallaba en la eternidad, y no en el tiempo.
SI MI OSCURIDAD ES LUZ PARA ALGÚN ALMA, SOY PERFECTAMENTE FELIZ
De los Escritos de santa Teresa de Calcuta, virgen
(Carta enviada al P. José Neuner alrededor del año de 1960: B. Kolodiejchuk, Mother Teresa. Come be my light, p. 209-212)
En Loreto, padre, yo era muy feliz—pienso, la más feliz de las hermanas. Después vino el llamado, nuestro Señor me lo pidió directamente; la voz era clara y llena de convicción. Una y otra vez me lo pidió en 1946. Sabía que era él. Había temor y terribles sentimientos en mí, por miedo a ser engañada. Pero como siempre había vivido en obediencia, decidí comunicarle todo a mi padre espiritual. Esperaba, todo ese tiempo, que él diría que todo era engaño del diablo, pero no fue así. Como en aquella voz, él también dijo: “el mismo Jesús te lo está pidiendo”. Y luego usted sabe cómo sucedió el resto. Mis superioras me mandaron a la ciudad de Asansol en 1947, y allí, fue como si nuestro Señor se entregara a mí, por completo. La dulzura, la consolación y el estado de unión de esos seis meses pasaron demasiado pronto. Y luego, el trabajo comenzó en diciembre de 1948.
Le cuento, padre, que ya desde 1949 o 1950, hay en mí una terrible sensación de pérdida; esta indecible oscuridad, esta soledad, este continuo anhelo por Dios, lo cual causa ese dolor profundo en mi corazón. La obscuridad es tal, que realmente no puedo ver ni con mi mente ni con mi razón. El lugar de Dios en mi alma está vacío. Dios no está en mí. Cuando el dolor del anhelo es tan grande, solo anhelo y añoro a Dios; y es entonces cuando siento: él no me quiere, él no está aquí. Cielo, almas… son solo palabras que significan nada para mí. Mi propia vida parece tan contradictoria. Yo le ayudo a las almas—¿a ir adonde? ¿Por qué todo esto? ¿Dónde está el alma dentro de mi propio ser? Dios no quiere nada de mí. A veces sólo escucho mi propio corazón gritar: “Dios mío” y nada más. El tormento y el dolor no los puedo explicar. Desde mi infancia, he tenido el amor más tierno por Jesús en el Santísimo Sacramento, pero esto también se ha ido. No siento nada frente a Jesús, y aun así no perdería la santa Comunión por nada.
Vea, padre, la contradicción en mi vida. Anhelo a Dios, quiero amarlo, amarlo muchísimo, vivir únicamente por amor a él, solamente amar—y sin embargo, no hay más que dolor, hay anhelo pero no hay amor. Años atrás, hace como diecisiete años, quería darle algo muy hermoso a Dios. Me comprometí, bajo pena de pecado mortal, a no negarle nada. Desde entonces he guardado esta promesa, y cuando a veces la oscuridad es muy oscura, y estoy a punto de decirle “no” a Dios, el pensamiento de esa promesa me saca a flote.
Sólo quiero a Dios en mi vida. “El trabajo” es verdadera y exclusivamente suyo. Él me lo pidió. Él me dijo qué hacer; él guió cada paso. Él dirige cada movimiento que hago: pone palabras en mi boca, me hace enseñarles a las hermanas el camino. Todo eso y todo en mí, es él. Por eso, cuando el mundo me elogia, esos elogios no tocan ni siquiera la superficie de mi alma. En cuanto al trabajo, estoy convencida que todo es él.
Antes, podía pasar horas frente a nuestro Señor –amándolo, hablándole– y ahora ni siquiera la meditación me sale bien, nada, sólo “Dios mío”. Hasta eso a veces no me sale. Sin embargo, en alguna parte de lo más profundo de mi corazón, ese anhelo por Dios sigue abriéndose camino en la oscuridad. Cuando estoy afuera trabajando o reuniéndome con gente hay una presencia de alguien viviendo muy cerca, dentro de mí. No sé qué sea esto, pero a menudo, incluso a diario, ese amor en mí por Dios crece y es más real. Me encuentro diciéndole a Jesús inconscientemente las palabras de amor más insólitas.
Le he abierto mi corazón a usted, padre. Enséñeme a amar a Dios. Enséñeme a amarlo mucho. No soy estudiada; no sé mucho sobre las cosas de Dios. Yo quiero amar a Dios como lo que él es para mí, “mi Padre”.
Mi corazón y mi alma y mi cuerpo le pertenecen solo a Dios—a quien él ha rechazado como si no la deseara, a la hija de su amor. Y por esto, padre, he hecho en este retiro una resolución: estar a la disposición de Dios; que haga de mí lo que quiera, como quiera, todo el tiempo que él quiera. Si mi oscuridad es luz para algún alma –aunque no sea nada para nadie– soy perfectamente feliz siendo flor del campo de Dios.
POR AMOR A CRISTO, CUANDO HABLO DE ÉL, NI A MÍ MISMO ME PERDONO
De las homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro del profeta Ezequiel
(Libro 1,11, 4-6: CCL 142,170-172)
Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia. Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión. Me confieso culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del Juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero, desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos. Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular; otras veces tengo que ocuparme de asuntos de orden civil, otras, de lamentarme de los estragos causados por las tropas de los bárbaros y de temer por causa de los lobos que acechan al rebaño que me ha sido confiado. Otras veces debo preocuparme de que no falte la ayuda necesaria a los que viven sometidos a una disciplina regular, a veces tengo que soportar con paciencia a algunos que usan de la violencia, otras, en atención a la misma caridad que les debo, he de salirles al encuentro. Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? Además, muchas veces, obligado por las circunstancias, tengo que tratar con las personas del mundo, lo que hace que alguna vez se relaje la disciplina impuesta a mi lengua. Porque, si mantengo en esta materia una disciplina rigurosa, sé que ello me aparta de los más débiles, y así nunca podré atraerlos adonde yo quiero. Y esto hace que, con frecuencia, escuche pacientemente sus palabras, aunque sean ociosas. Pero, como yo también soy débil, poco a poco me voy sintiendo atraído por aquellas palabras ociosas, y empiezo a hablar con gusto de aquello que había empezado a escuchar con paciencia, y resulta que me encuentro a gusto postrado allí mismo donde antes sentía repugnancia de caer.
¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad? Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono.