SI MI OSCURIDAD ES LUZ PARA ALGÚN ALMA, SOY PERFECTAMENTE FELIZ

De los Escritos de santa Teresa de Calcuta, virgen
(Carta enviada al P. José Neuner alrededor del año de 1960: B. Kolodiejchuk, Mother Teresa. Come be my light, p. 209-212)

En Loreto, padre, yo era muy feliz—pienso, la más feliz de las hermanas. Después vino el llamado, nuestro Señor me lo pidió directamente; la voz era clara y llena de convicción. Una y otra vez me lo pidió en 1946. Sabía que era él. Había temor y terribles sentimientos en mí, por miedo a ser engañada. Pero como siempre había vivido en obediencia, decidí comunicarle todo a mi padre espiritual. Esperaba, todo ese tiempo, que él diría que todo era engaño del diablo, pero no fue así. Como en aquella voz, él también dijo: “el mismo Jesús te lo está pidiendo”. Y luego usted sabe cómo sucedió el resto. Mis superioras me mandaron a la ciudad de Asansol en 1947, y allí, fue como si nuestro Señor se entregara a mí, por completo. La dulzura, la consolación y el estado de unión de esos seis meses pasaron demasiado pronto. Y luego, el trabajo comenzó en diciembre de 1948.

Le cuento, padre, que ya desde 1949 o 1950, hay en mí una terrible sensación de pérdida; esta indecible oscuridad, esta soledad, este continuo anhelo por Dios, lo cual causa ese dolor profundo en mi corazón. La obscuridad es tal, que realmente no puedo ver ni con mi mente ni con mi razón. El lugar de Dios en mi alma está vacío. Dios no está en mí. Cuando el dolor del anhelo es tan grande, solo anhelo y añoro a Dios; y es entonces cuando siento: él no me quiere, él no está aquí. Cielo, almas… son solo palabras que significan nada para mí. Mi propia vida parece tan contradictoria. Yo le ayudo a las almas—¿a ir adonde? ¿Por qué todo esto? ¿Dónde está el alma dentro de mi propio ser? Dios no quiere nada de mí. A veces sólo escucho mi propio corazón gritar: “Dios mío” y nada más. El tormento y el dolor no los puedo explicar. Desde mi infancia, he tenido el amor más tierno por Jesús en el Santísimo Sacramento, pero esto también se ha ido. No siento nada frente a Jesús, y aun así no perdería la santa Comunión por nada.

Vea, padre, la contradicción en mi vida. Anhelo a Dios, quiero amarlo, amarlo muchísimo, vivir únicamente por amor a él, solamente amar—y sin embargo, no hay más que dolor, hay anhelo pero no hay amor. Años atrás, hace como diecisiete años, quería darle algo muy hermoso a Dios. Me comprometí, bajo pena de pecado mortal, a no negarle nada. Desde entonces he guardado esta promesa, y cuando a veces la oscuridad es muy oscura, y estoy a punto de decirle “no” a Dios, el pensamiento de esa promesa me saca a flote.

Sólo quiero a Dios en mi vida. “El trabajo” es verdadera y exclusivamente suyo. Él me lo pidió. Él me dijo qué hacer; él guió cada paso. Él dirige cada movimiento que hago: pone palabras en mi boca, me hace enseñarles a las hermanas el camino. Todo eso y todo en mí, es él. Por eso, cuando el mundo me elogia, esos elogios no tocan ni siquiera la superficie de mi alma. En cuanto al trabajo, estoy convencida que todo es él.

Antes, podía pasar horas frente a nuestro Señor –amándolo, hablándole– y ahora ni siquiera la meditación me sale bien, nada, sólo “Dios mío”. Hasta eso a veces no me sale. Sin embargo, en alguna parte de lo más profundo de mi corazón, ese anhelo por Dios sigue abriéndose camino en la oscuridad. Cuando estoy afuera trabajando o reuniéndome con gente hay una presencia de alguien viviendo muy cerca, dentro de mí. No sé qué sea esto, pero a menudo, incluso a diario, ese amor en mí por Dios crece y es más real. Me encuentro diciéndole a Jesús inconscientemente las palabras de amor más insólitas.

Le he abierto mi corazón a usted, padre. Enséñeme a amar a Dios. Enséñeme a amarlo mucho. No soy estudiada; no sé mucho sobre las cosas de Dios. Yo quiero amar a Dios como lo que él es para mí, “mi Padre”.

Mi corazón y mi alma y mi cuerpo le pertenecen solo a Dios—a quien él ha rechazado como si no la deseara, a la hija de su amor. Y por esto, padre, he hecho en este retiro una resolución: estar a la disposición de Dios; que haga de mí lo que quiera, como quiera, todo el tiempo que él quiera. Si mi oscuridad es luz para algún alma –aunque no sea nada para nadie– soy perfectamente feliz siendo flor del campo de Dios.

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