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El espíritu de la penitencia

De los escritos del P. Alfonso Torres, S.J.

El amor de Dios tiene sus diversos grados, evoluciones y matices. De este amor imperfecto se puede subir al amor de gratitud, que ya no busca el bien sino devolver algo por el mucho bien y por las muchas misericordias que hemos recibido de ese Dios tan bueno. Y, finalmente, el amor al supremo Bien por ser quien es. Así vemos que el espíritu de penitencia es: primero, santo temor de Dios; segundo, espíritu de humillación, y tercero, amor de Dios…”

a) Necesaria siempre

Nos es indispensable el espíritu de la penitencia para entrar en el Reino de los cielos.

El espíritu de la penitencia es propio de todas las almas, lo mismo de las que empiezan convirtiéndose como de las que ya tienen un amor puro y perfecto.

No olvidemos que necesitamos ser perdonados y que, al fin y al cabo, por mucho mal que nos hagan los hombres, siempre será mayor el que hemos merecido por nuestros pecados.

No puede negarse que la penitencia corporal en la vida espiritual es cosa secundaria; la principal es la penitencia interior, la del espíritu; pero la penitencia del cuerpo es la que nos llevará a la interior, y es cierto que no hay santidad sin penitencia. El camino del Evangelio es camino estrecho, sembrado de espinas. Lo principal para llegar a término es amar; quien ama, lo sabe todo, lo posee todo. Pero la penitencia enseña a amar. O hemos de vencer al cuerpo o el cuerpo nos vencerá.

b) Campo, etapas y características

Penitencia es palabra dulce para los espirituales. Quiere decir castigo. Todo, pues, lo que castiga, lo que duele, lo que mortifica, es penitencia. Enfermedades, dolores, incomodidades, rigor de las estaciones, mudanzas del clima, es penitencia. Trabajo corporal, ocupaciones que contrarían, estudios que fatigan, cansancio, penitencia son. Estados penosos del alma, sequedades, turbaciones, angustias, amarguras, desengaños, tentaciones, faltas involuntarias, penitencia es. Defectos físicos, combates del corazón, efervescencia de la imaginación, poca capacidad del entendimiento, condición del carácter, son penitencia. la fidelidad que exige la regla, el tedio de la soledad, la monotonía de la vida común, el sonrojo de la humillación, el aislamiento del silencio, la fatiga de la oración, el vencimiento para tratar al prójimo, son penitencia. Todo lo que duele al cuerpo o al alma exterior o interiormente, de uno mismo o de lo que nos rodea, que se busque o que se encuentre sin buscarlo, es todo materia de penitencia.

El espíritu de la penitencia tiene sus comienzos, sus progresos y su perfección. Comienza de un modo un poco mercenario, pero es bueno, saludable, y nos arranca del enemigo. Empieza con temor; el alma sabe que el pecado merece castigo eterno. Este temor toma diferentes matices; puede ser el de un siervo y el de un hijo.  Cuando llega a temor de hijo, lleno de confianza, puede llegar a ser un amor perfecto, porque nunca puede un alma desterrar de su corazón ese santo temor de Dios. Otro elemento del espíritu de penitencia es el espíritu de humillación.  Las almas que van adelantando en la vida espiritual y en el espíritu de penitencia, fijan el punto central en las humillaciones; éste va agrandándose paulatinamente, y al principio el alma recibe las humillaciones aceptándolas, y después empiezan a atisbar los tesoros que hay escondidos en las mismas, hasta amarlas y desearlas locamente.

Hablemos de otro de los elementos que corona todos los demás: el espíritu de la penitencia puede ser una fuente de amor a Dios. El amor de Dios tiene sus diversos grados, evoluciones y matices. De este amor imperfecto se puede subir al amor de gratitud, que ya no busca el bien sino devolver algo por el mucho bien y por las muchas misericordias que hemos recibido de ese Dios tan bueno. Y, finalmente, el amor al supremo Bien por ser quien es. Así vemos que el espíritu de penitencia es: primero, santo temor de Dios; segundo, espíritu de humillación, y tercero, amor de Dios.

El verdadero espíritu de la penitencia ha de ir acompañado del conocimiento de Dios y de un conocimiento lo más profundo posible. El conocimiento de Dios es una cosa muy compleja. Hay uno de los atributos divinos que frecuentemente olvidamos al tratar de la penitencia. Al tratar de volvernos a Él, de justificarnos, nos acordamos más del Dios justiciero, de Aquel del que dicen los santos que es horrendo caer en las manos del Dios vivo, que todo aparece manchado a sus ojos purísimos, y, en cambio, nos olvidamos de que, mientras vivimos en la tierra, lo que en Dios predomina es la misericordia y que el aspecto en que más se complace que le miremos es como Dios perdonador. Fíjense: Dios perdonador, no un Dios que perdona, sino un Dios que tiene por oficio, y por nombre, y por gala, y por recreo el perdonar; que está rebosando condescendencia para el pecador que quiere volver a Él, y derrochando longanimidad para esperarle, y suavidad y ternura dulcísima para recibirle. ¡Así es Dios! ¡Dios perdonador, todo misericordia!

Otra, y la tercera, de las cualidades del verdadero espíritu de la penitencia es la suavidad. De por sí, la penitencia es amarga, porque duele, remuerde y humilla, es cierto; pero hay que llegar a ejercitarla con suavidad, con benignidad. Airarse consigo mismo cuando se cae, eso cualquiera lo hace, hasta el alma más imperfecta; lo costoso y lo meritorio es la paciencia con nuestras miserias. Hay, sí, que detestarlas, pero mirando la propia alma con conmiseración, con los mismos sentimientos de benignidad y mansedumbre con que el Señor la mira.

c) Fuente de luz, paz y amor

La penitencia es fuente de donde brota ese día claro de comunicaciones divinas, donde el alma encuentra su descanso y su alegría. La senda del amor es ésta; por ella se entra en el corazón divino, por ella el alma se acerca a Dios.

La penitencia es también fuente de paz para el corazón; por su medio vamos aplacando nuestras pasiones, y, a medida que se aplacan, va entrando en el alma una paz profunda (según Isaías) como los abismos del mar.  Además, la  penitencia es, en cierto modo, iluminación o, más bien, preparación para que Dios ilumine.

El espíritu de la penitencia no es espíritu de tristeza; desde luego que lleva consigo el dolor, lágrimas y sacrificio, esto es indiscutible; pero sería error creer que lleva consigo amarguras e inquietudes. La vida de penitencia es, pues, gozo en Dios, consuelo en Dios y felicidad en Dios. De la raíz amarga del fruto de la penitencia brota el fruto de la consolación del amor de Dios.

Que también nosotros podamos ver y comprender

Curación del ciego de nacimiento

(Homilía del Domingo)

Jn 9,1.6-9.13-17.34-38

 

Queridos hermanos:

A partir del Evangelio de este Domingo podemos considerar diversos aspectos respecto al milagro que se nos narra: la misericordia de Jesucristo, la actitud del ciego, la respuesta de los fariseos, etc.; pero en esta oportunidad quería detenerme en la bastante conocida y siempre fructífera alegoría de Jesucristo como aquel que nos da la vista para que podamos “ver y comprender y adentrarnos en las realidades sobrenaturales”, pues como la gracia divina que Jesucristo conquistó para nosotros actúa y se queda directamente en el alma, necesariamente actúa en sus potencias que son la inteligencia y la voluntad, como sabemos, iluminando una y moviendo la otra hacia el bien respectivamente; porque no se ama lo que no se conoce, y una vez que la Gracia comienza a habitar en un alma, sus maravillosas consecuencias siempre se harán presentes y actuarán, y más y más en la medida de nuestra docilidad al Espíritu Santo que nos guía.

Dice san Agustín: “El género humano está representado en este ciego, y esta ceguedad viene por el pecado al primer hombre, de quien todos descendemos. Es, pues, un ciego de nacimiento. El Señor escupió en la tierra y con la saliva hizo lodo, “porque el Verbo se hizo carne” ( Jn 1,14). Untó los ojos del ciego de nacimiento. Tenía puesto el lodo y aun no veía, porque cuando lo untó, quizá le hizo catecúmeno. Le envió a la Piscina que se llama Siloé, porque fue bautizado en Cristo, y fue entonces cuando lo iluminó. Tocaba al Evangelista el darnos a conocer el nombre de esta Piscina, y por eso dice: “Que quiere decir Enviado”, porque si Aquél no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros habría sido absuelto del pecado.”

Nuestra vida espiritual está asentada sobre la fe que profesamos, y depende en última instancia de nuestro grado de caridad, pero se apoya necesariamente también en la fe y en la esperanza, en las realidades que no vemos pero que sí creemos, y en la recompensa que esperamos al final de nuestros días. Es por eso que, de alguna manera, permanecemos como ciegos ante ciertas realidades, ante ciertos dones recibidos, mientras Jesucristo no nos cure con su gracia y nos permita tener así una mirada completamente nueva, una mirada sobrenatural inquieta por descubrir a la Divina Providencia obrando en todo, ansiosa por descubrir aquel grandioso plan divino trazado para el alma, plan que se irá develando más y más en la medida de nuestro progreso espiritual. Teniendo todo esto en cuenta, podemos decir que el ciego de nacimiento a quien Jesucristo dio la vista con la tierra y su saliva, nos representa perfectamente, pues no comenzamos a ver de manera realmente profunda mientras Jesucristo nos intervenga directamente en nuestra vida (en nuestro caso por la gracia y los Sacramentos), y que nos da una pincelada de lo que implica la vida espiritual, en la que nuestro Salvador pone de sí pero también usando tierra, de la cual viene el hombre también, signo de la pertenencia a este mundo, de la parte humana, frágil; pero que unida al obrar de Jesucristo puede producir milagros.

San Gregorio comenta: “La saliva significa el sabor de la contemplación íntima, la cual baja desde la cabeza a la boca, porque desde la altura de la gloria es de donde viene Dios a nosotros por las dulzuras de la revelación, mientras estamos en esta vida. El Señor mezcló su saliva con la tierra y devolvió así la vista al ciego de nacimiento; porque mezclando la contemplación de su verdad con nuestro pensamiento es como la gracia sobrenatural irradia en nosotros. Y sanando al hombre de su natural ceguera, ilumina su inteligencia.”

Queridos hermanos, el Evangelio de este día nos invita a reflexionar en esta realidad sobrenatural que puede hacer magnánimas a las almas: “Jesucristo vino a ofrecernos y darnos la vista, pero no cualquier vista, sino más bien una profunda mirada sobrenatural”; la mirada que pone sus ojos en el Cielo y que todo lo refiere al Cielo; la mirada que se queda fija en Jesucristo Sacramentado haciendo un sincero acto de fe; la mirada que lo acompaña en el sagrario y lo descubre y atiende en el prójimo; la mirada que ve la mano de Dios en las cruces más pesadas y en los gozos más grandiosos.

El Evangelio de hoy cierra de una manera sumamente hermosa con el reencuentro de Jesucristo con el que antes era ciego. Jesucristo quiere que vea más allá, no tan sólo con los ojos del cuerpo sino también con los del alma, con la mirada de la fe, y es por eso que con su pregunta lo invita a creer:

«¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»…

Y comenta finalmente san Agustín: “Ahora purifica su corazón. Por último, purificado el corazón y limpia la conciencia, lo reconoce, no ya como Hijo del hombre solamente (como antes lo había creído), sino como Hijo de Dios, que había tomado la forma humana. “Y él dijo: Creo, Señor”. Poco es creer. ¿Quieres ver de qué manera cree? “Y postrándose le adoró”.”

Que María santísima, nuestra Madre del Cielo, nos alcance la gracia de creer profundamente en Jesucristo, de enamorarnos cada vez más de Él, y de que nuestra fe también se acreciente e ilumine nuestra vida espiritual e intimidad con Dios, de tal manera que veamos siempre más allá y no se nos pasen de largo los designios de santidad que Dios nos tiene preparados.

P. Jason Jorquera M.

Lo que pide la oración lo alcanza el ayuno y lo recibe la misericordia

De los Sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
(Sermón 43: PL 52, 320. 322)
Tres cosas hay, hermanos, por las que se mantiene la fe, se conserva firme la devoción, persevera la virtud. Estas tres cosas son la oración, el ayuno y la misericordia. Lo que pide la oración lo alcanza el ayuno y lo recibe la misericordia. Oración, misericordia y ayuno: tres cosas que son una sola, que se vivifican una a otra.
El ayuno es el alma de la oración, la misericordia es lo que da vida al ayuno. Nadie intente separar estas cosas, pues son inseparables. El que sólo practica una de ellas, o no las practica simultáneamente, es como si nada hiciese. Por tanto, el que ora que ayune también, el que ayuna que practique asimismo la misericordia. Quien desea ser escuchado en sus oraciones que escuche él también a quien le pide, pues el que no cierra sus oídos a las peticiones del que le suplica abre los de Dios a sus propias peticiones.
El que ayuna que procure entender el sentido del ayuno: que se haga sensible al hambre de los demás, si quiere que Dios sea sensible a la suya; si espera alcanzar misericordia, que él también la tenga; si espera piedad, que él también la practique; si espera obtener favores de Dios, que él también sea dadivoso. Es un mal solicitante el que espera obtener para sí lo que él niega a los demás.
Hombre, sé para ti mismo la medida de la misericordia; de este modo, alcanzarás misericordia del modo que quieras, en la medida que quieras, con la presteza que quieras; tan sólo es necesario que tú te compadezcas de los demás con la misma presteza y del mismo modo.
Hagamos, por consiguiente, que la oración, la misericordia y el ayuno sean los tres juntos nuestro patrocinio ante Dios, los tres juntos nuestra defensa, los tres juntos nuestra oración bajo tres formas distintas.
Reconquistemos con nuestro ayuno lo que perdimos por no saberlo apreciar; inmolemos con el ayuno nuestras almas, ya que éste es el mejor sacrificio que podemos ofrecer a Dios, como atestigua el salmo: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.
Hombre, ofrece a Dios tu alma, ofrécele el sacrificio del ayuno, para que sea una ofrenda pura, un sacrificio santo, una víctima viva que, sin salirse de ti mismo, sea ofrecida a Dios. No tiene excusa el que niega esto a Dios, ya que está en manos de cualquiera el ofrecerse a sí mismo.
Mas, para que esto sea acepto a Dios, al ayuno debe acompañar la misericordia; el ayuno no da fruto si no es regado por la misericordia, se seca sin este riego: lo que es la lluvia para la tierra, esto es la misericordia para el ayuno. Por más que cultive su corazón, limpie su carne, arranque sus malas costumbres, siembre las virtudes, si no abre las corrientes de la misericordia, ningún fruto recogerá el que ayuna.
Tú que ayunas, sabe que tu campo, si está en ayunas de misericordia, ayuna él también; en cambio, la liberalidad de tu misericordia redunda en abundancia para tus graneros. Mira, por tanto, que no salgas perdiendo, por querer guardar para ti, antes procura recolectar a largo plazo; al dar al pobre das a ti mismo, y lo que no dejas para los demás no lo disfrutarás tú luego.

Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar

De las Homilías de san Asterio de Amasea, obispo
(Homilía 13: PG 40, 355-358. 362)

IMITEMOS EL ESTILO DEL SEÑOR EN SU MANERA DE APACENTAR

Si queréis asemejaros a Dios, puesto que habéis sido hechos a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, nombre que en sí mismo implica la bondad, imitad el amor de Cristo.

Considerad las riquezas de su bondad, ya que, queriendo venir a los hombres haciéndose él mismo hombre, envió ante sí a Juan, como pregonero y ejemplo de penitencia, y, antes de Juan, a todos los profetas, los cuales exhortaban a los hombres a que se arrepintieran, a que volvieran a la vida, a que se enmendaran.

Luego, al venir él en persona, clamaba con su propia voz: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. ¿Y cómo acogió a los que hicieron caso de esta invitación? Les concedió sin dificultad el perdón de sus pecados, al momento los libró de todo aquello que los agobiaba: el Hijo los santificó, el Espíritu los confirmó, el hombre viejo fue sepultado en el agua bautismal y el hombre nuevo, regenerado, resplandeció por la gracia.

¿Qué se siguió de ahí? El que antes era enemigo se convirtió en amigo, el que era un extraño en hijo, el que era profano en sagrado y santo.

Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar; meditemos los evangelios y, viendo en ellos, como en un espejo, su ejemplo de diligencia y benignidad, aprenderemos a fondo estas virtudes.

En ellos, en efecto, encontramos descrito, con un lenguaje parabólico y misterioso, a un hombre, pastor de cien ovejas, el cual, cuando una de las cien se separó del rebaño e iba errando descarriada, no se quedó con las demás que continuaban paciendo ordenadamente, sino que se marchó a buscar a la descarriada, atravesando valles y desfiladeros, subiendo montes altos y escarpados, pasando por desiertos, y así le fue siguiendo la pista con gran fatiga, hasta que la halló errante.

Una vez hallada, no le dio de azotes, ni la hizo volver con prisas y a empujones al rebaño, sino que la cargó sobre sus hombros y, tratándola suavemente, la llevó al rebaño, con una alegría mayor por aquella sola que había encontrado que por la muchedumbre de las demás. Reflexionemos sobre el significado de este hecho, envuelto en la oscuridad de una semejanza. Esta oveja y este pastor no significan simplemente una oveja y un pastor cualquiera, sino algo más profundo.

En estos ejemplos se esconde una enseñanza sagrada. En ellos se nos advierte que no tengamos nunca a nadie por perdido sin remedio y que, cuando alguien se halle en peligro, no seamos negligentes o remisos en prestarle ayuda, sino que a los que se han desviado de la recta conducta los volvamos al buen camino, nos alegremos de su vuelta y los agreguemos a la muchedumbre de los que viven recta y piadosamente.

Estuvimos allí en el Calvario

Fragmento del libro “El calvario y la Misa”

Mons. Fulton Sheen

“…Estuvimos, pues, allí durante la Crucifixión. El drama se completó ya hasta donde la visión de Cristo abarcaba; pero todavía no se ha representado ante todos los hombres, en todos los lugares, en todos los tiempos. Si, por ejemplo, un rollo de película fuera consciente de sí mismo conocería el drama desde el principio hasta el fin, pero los espectadores en el teatro no le conocerían hasta que le hubieran visto desarrollado en la pantalla. De mañera semejante nuestro Señor en la Cruz vio en su mente divina el drama entero de la Historia, la historia de cada alma en particular, y cómo más tarde reaccionaría ante su Crucifixión; pero, aun cuando Él lo vio todo, nosotros no podemos conocer cómo reaccionaríamos ante la Cruz hasta que no nos desenvolviésemos en la pantalla del tiempo.

No éramos conscientes de estar presentes en el Calvario aquel día, pero El sí estaba consciente de nuestra presencia. Hoy conocemos el papel que representamos entonces en el teatro del Calvario por el modo como vivimos y actuamos ahora en el teatro del siglo XX. Por eso el Calvario es actual; por eso la Cruz es crisis; por eso, en

cierto sentido, las llagas siguen abiertas; por eso el dolor sigue deificado, y la sangre, como estrellas que caen, está aún cayendo sobre nuestras almas. No hay huida de la Cruz; ni negándole, como hicieron los fariseos; ni vendiéndole, como Judas; ni aun crucificándole, como hicieron los verdugos. Todos la vemos: o abrazarla para la salvación, o huir de ella para la desgracia. Pero, ¿cómo se hace eso visible? ¿Cómo encontraremos el Calvario perpetuado? Encontraremos el Calvario revalidado, renovado, representado, como lo hemos dicho, en la Santa Misa. El Calvario es uno con la Misa, y la Misa es una con el Calvario, porque en ambos es el mismo el Sacerdote y la Víctima. Las siete últimas palabras son como las siete partes de la Misa. Y justamente como en música hay siete notas que admiten una infinita variedad de armonías y combinaciones, así también en la Cruz hay siete divinas notas que Cristo muriendo hizo sonar para los siglos, y todas ellas se combinan para formar la bella armonía de la Redención del mundo.

Cada palabra es una parte de la Misa. La Primera Palabra, “Perdónales”, es el Confíteor. La Segunda Palabra, “Hoy estarás en el Paraíso”, es el ofertorio. La Tercera Palabra, “He ahí a tu Madre”, es el Sanctus. La Cuarta Palabra, “¿Por qué me has abandonado?”, es la Consagración, La Quinta Palabra, “Tengo sed”, es la Comunión. La Sexta Palabra, “Todo se ha acabado”, es el Ite, Missa est. La Séptima Palabra, “Padre, en tus manos”, es el último Evangelio, imagínate, pues, al Sumo Sacerdote, Cristo, dejando el Santuario del cielo por el altar del Calvario. Ya se ha puesto las vestiduras de nuestra humana naturaleza, el manípulo de nuestros sufrimientos, la estola del sacerdocio, la casulla de la Cruz. El Calvario es su catedral; la roca del Calvario la piedra del altar; el sol volviéndose rojo es la lámpara del santuario; María y Juan los altares laterales vivientes; la hostia es su Cuerpo, el vino es su Sangre. Está erguido como Sacerdote, y sin embargo, postrado como Víctima: Su Misa va a comenzar.”

(Pintura de Raúl Berzosa)

 

 

La ley, por Moisés; la gracia y la verdad, por Jesucristo

De los sermones de san León Magno, Sermón 51, 3-4.8

El Señor puso de manifiesto su gloria ante los testigos que había elegido, e hizo resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo, semejante al de todos los hombres, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve.

En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida.

Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre (Mt 13,43). Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá (Rm 8,18); y de nuevo: Habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria (Col 3,3-4).

Pero, en aquel milagro, hubo también otra lección para confirmación y completo conocimiento de los apóstoles. Pues aparecieron, en conversación con el Señor, Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, para que se cumpliera con toda verdad, en presencia de aquellos cinco hombres, lo que está escrito: Toda palabra quede confirmada por boca de dos o tres testigos (Mt 18,16).

¿Y pudo haber una palabra más firmemente establecida que ésta, en cuyo anuncio resuena la trompeta de ambos Testamentos y concurren las antiguas enseñanzas con la doctrina evangélica?

Las páginas de los dos Testamentos se apoyaban entre sí, y el esplendor de la actual gloria ponía de manifiesto, a plena luz, a aquel que los anteriores signos habían prometido bajo el velo de sus misterios; porque, como dice san Juan, la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo (Jn 1,17), en quien se cumplieron, a la vez, la promesa de las figuras proféticas y la razón de los preceptos legales, ya que, con su presencia, atestiguó la verdad de las profecías y, con su gracia, otorgó a los mandamientos la posibilidad de su cumplimiento.

Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió.

En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo (Mt 17,5).

 

Imitemos la benignidad de Dios

De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo

IMITEMOS LA BENIGNIDAD DE DIOS

Reconoce de dónde te viene la existencia, el aliento, la inteligencia y el saber, y, lo que es más aún, el conocimiento de Dios, la esperanza del reino de los cielos, la contemplación de la gloria (ahora, es verdad, como en un espejo y confusamente, pero después de un modo pleno y perfecto), el ser hijo de Dios, el ser coheredero de Cristo y, para decirlo con toda audacia, el haber sido incluso hecho dios. ¿De dónde y de quién te viene todo esto?

Y, para enumerar también estas cosas menos importantes y que están a la vista, ¿por gracia de quién contemplas la hermosura del cielo, el recorrido del sol, la órbita de la luna, la multitud de las estrellas y el orden y concierto que en todo esto brilla, como en las cuerdas de una lira? ¿Quién te ha dado la lluvia, el cultivo de los campos, la comida, las diversas artes, el lugar para habitar, las leyes, la vida social, una vida llevadera y civilizada, la amistad y la familiaridad con los que están unidos a ti por vínculos de parentesco?

¿De dónde te viene que, entre los animales, unos te sean mansos y dóciles, y otros estén destinados a servirte de alimento?

¿Quién te ha constituido amo y rey de todo lo que hay sobre la tierra?

¿Quién, para no recordar una por una todas las cosas, te ha dado todo aquello que te hace superior a los demás seres animados?

¿No es verdad que todo esto procede de Dios, el cual te pide ahora, en justa retribución, tu benignidad, por encima de todo y en favor de todo? ¿Es que no nos avergonzaremos, después que de él hemos recibido y esperamos recibir tanto, de negarle incluso esto: la benignidad? Él, aun siendo Dios y Señor, no se avergüenza de llamarse Padre nuestro, y nosotros ¿nos cerraremos a los que son de nuestra misma condición?

No, hermanos y amigos míos, no seamos malos administradores de los bienes que Dios nos ha regalado, no nos hagamos acreedores a la reprensión de Pedro: Avergonzaos, los que retenéis lo ajeno, esforzaos en imitar la equidad de Dios, y así nadie será pobre.

No pongamos nuestro afán en reunir y conservar riquezas, mientras otros padecen necesidad, no sea que nos alcancen las duras y amenazadoras palabras del profeta Amós, cuando dice: Escuchad, los que decís: «¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?»

Imitemos aquella suprema y primera ley de Dios, según la cual hace llover sobre justos y pecadores, y hace salir el sol igualmente para todos; que pone la tierra, las fuentes, los ríos y los bosques a plena disposición de los animales terrestres, el aire a disposición de las aves, el agua a disposición de los animales acuáticos; y que ha dado a todos con abundancia lo que necesitan para subsistir, sin estar en esto sujetos al dominio de nadie, sin ninguna ley que ponga limitaciones, sin límites ni fronteras; sino que lo ha puesto todo en común, con amplitud y abundancia, sin que por ello falte nunca de nada. Y esto lo hizo para hacer resaltar, con la igualdad del don, la igual dignidad de toda la naturaleza y para manifestar las riquezas de su benignidad.

(Disertación 14, Sobre el amor a los pobres, 23-25: PG 35, 887-890 )

Las segundas conversiones

 “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 4, 17)

Breve homilía para religiosas de Nazaret

El versículo central del Evangelio de hoy viene a ser como uno de los primeros anticipos del tiempo litúrgico que se aproxima: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. Así que vamos a hablar un poco acerca de la conversión, pero, en concreto, de las llamadas “segundas conversiones”, es decir, esa especie de escalones de la vida espiritual que se van abriendo paso en nuestra vida en busca de la voluntad de Dios que nos quiere santificar; esos pequeños -o grandes- cambios que apuntan hacia lo que Dios espera de nosotros.

En primer lugar, recordemos qué es la conversión

 Convertir: Hacer que alguien o algo se transforme en algo distinto de lo que era. Es decir, en el sentido cristiano, que debemos sufrir una verdadera transformación en nosotros mismos, pero no es tan sólo una transformación exterior (modo de obrar) sino un verdadero cambio en el alma, que se producirá al principio a partir de la sincera compunción del corazón, que se duele de sus pecados, y que quiere con la ayuda divina enmendarse; pero después de la compunción la razón será otra, no ya el haber dejado atrás lo malo, sino el abrazar en adelante “lo más bueno”, para poder caminar efectivamente hacia la santidad. En otras palabras, no ya convertirse para rechazar el pecado, sino convertirse para ir en búsqueda de la semejanza con Cristo.

En el Jordán se escuchó la voz del Padre que decía “este es mi Hijo amado, en quien me complazco”, y las llamadas segundas conversiones lo que buscan es justamente hacerse con este elogio según las propias capacidades y la buena voluntad personal de cada uno de nosotros: hacer lo necesario para que Dios se complazca en nosotros, o en palabras del santo: “Nuestra actividad no es plenamente fecunda sino en la sumisión perfecta al ritmo divino, en una sincronización total de mi voluntad con la de Dios. Todo lo que queda acá o allá de ese querer, no es [ni siquiera] paja, es nada para la construcción divina.” (san Alberto Hurtado)

Las segundas conversiones, podríamos decir que de alguna manera tienen por motivo doble el amor: el amor a Dios y el amor al prójimo; en el sentido de que debemos mejorar para hacernos cada vez más agradables a Dios, es decir, cada vez complacer más a Dios, cada vez amarlo más y mejor; y respecto al prójimo, para acercarlo más a Dios, porque -como vemos en las vidas de los santos-, las almas más perfectas atraen más y llevan más a Dios. Y nosotros, en cuanto que somos verdaderamente hijos de Dios, jamás podemos conformarnos en este sentido, como pretendiendo que en algún momento de nuestra vida hayamos alcanzado la virtud suficiente como para ya dejar de trabajar y renunciar a seguir creciendo en la vida espiritual.

Las segundas conversiones nos hacen mejores y pueden hacernos santos. Es por eso que a veces nos encontramos con tantos y tantos cristianos, religiosos y sacerdotes buenos y virtuosos, en diferentes lugares y misiones, pero no tanto así con almas realmente heroicas en lo que a virtudes se refiere, de esas que arrastran hacia Dios con sus ejemplos y que tengan un impacto realmente profundo en las almas que los rodean; y la gran diferencia es que los creyentes buenos tal vez ya se conformaron; creen -o creemos, al menos de hecho-, que ya hicieron suficiente y renunciaron a hacer más y más por Dios, darse más, dar más, amar más; en cambio, si ponemos nuestra mirada detenidamente en las vidas de los santos, veremos claramente que no se conforman consigo mismos, y que “en su santa inconformidad”, van en busca de las segundas conversiones de manera constante e imparable: siempre de lo bueno a lo mejor, y de lo mejor a lo que “es más para la Gloria de Dios”.

A la luz de todo esto que venimos diciendo, podemos afirmar que las segundas conversiones, para todos los creyentes -y especialmente para nosotros los consagrados-, son una obligación de amor para con Dios y las almas que se nos encomiendan.

Como dice el P. Alfonso Torres: “Pensemos en las almas que se salvarían por nuestra propia virtud si nosotros nos santificáramos, que no es cosa tan baladí el ser fiel o no a Dios aun en aquellas cosas que no nos obligan bajo pecado mortal, puesto que de ahí depende nuestra santificación, y de ésta, la salvación de muchas almas, el bien que podemos hacer al mundo y la gloria que podemos dar a nuestro Dios. Dios nuestro Señor nunca permite que un alma fervorosa sea un alma estéril. El alma fervorosa es siempre un alma fecundísima.”

“Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”, nos dice nuestro Señor Jesucristo, y nosotros podríamos expresarlo más o menos así:

Convirtámonos, porque nos falta todavía más caridad; porque todavía no soy lo suficientemente generoso como para que Dios me pida lo que quiera y yo le pueda decir gustoso siempre que sí; convirtámonos porque todavía no hemos renunciado a todo, porque todavía hay muertes que no hemos realizado; convirtámonos porque quizás “ya somos buenos”, pero todavía no somos “firmemente virtuosos”; en fin, convirtámonos en aquello que Dios desea y espera que nos convirtamos.

Que María santísima, nuestra tierna madre del Cielo, nos alcance la gracia de jamás sentirnos conformes con “nuestro grado de virtud”, y nos alcance esa santa inconformidad que mueve a las segundas conversiones con el alma llena de confianza en Dios, a quien deseamos complacer, y para quien debemos desear ser cada vez mejores y hasta santos.

P. Jason Jorquera M., IVE

El amor fraterno a imitación de Cristo

Del Espejo de caridad, del beato Elredo, abad
(Libro 3, cap. 5: PL 195, 582)

La perfección de la caridad consiste en el amor a los enemigos. A ello nada nos anima tanto como la consideración de aquella admirable paciencia con que el más bello de los hombres ofreció su rostro, lleno de hermosura, a los salivazos de los malvados; sus ojos, cuya mirada gobierna el universo, al velo con que se los taparon los inicuos; su espalda a los azotes; su cabeza, venerada por los principados y potestades, a la crueldad de las espinas; toda su persona a los oprobios e injurias; aquella admirable paciencia, finalmente, con que soportó la cruz, los clavos, la lanzada, la hiel y el vinagre, todo ello con dulzura, con mansedumbre, con serenidad. En resumen, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

¿Quién, al oír aquellas palabras, llenas de dulzura, de amor, de inmutable serenidad: Padre, perdónalos, no se decide al momento a amar de corazón a sus enemigos? Padre —dice—, perdónalos. ¿Puede haber una oración que exprese mayor mansedumbre y amor?

Hizo más aún: le pareció poco orar; quiso también excusar. «Padre —dijo—, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Su pecado ciertamente es muy grande, pero su conocimiento de causa muy pequeño; por eso, Padre, perdónalos. Me crucifican, es verdad, pero no saben a quién crucifican, porque, si lo hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria; por eso, Padre, perdónalos. Ellos me creen un transgresor de la ley, un usurpador de la divinidad, un seductor del pueblo. Les he ocultado mi faz, no han conocido mi majestad; por eso, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»

Por tanto, que el amor del hombre a sí mismo no se deje corromper por las apetencias de la carne. Para no sucumbir a ellas, que tienda con todo su afecto a la mansedumbre de la carne del Señor. Más aún, para que repose de un modo más perfecto y suave en el gozo del amor fraterno, que estreche también a sus enemigos con los brazos de un amor verdadero.

Y, para que este fuego divino no se enfríe por el impacto de las injurias, que mire siempre, con los ojos de su espíritu, la serena paciencia de su amado Señor y Salvador.

La oración es un arma poderosa

De la homilía sobre la incomprensibilidad de Dios, n. 5

San Juan Crisóstomo

La oración es un arma poderosa, un tesoro indefectible, una riqueza inagotable, un puerto al amparo de las tempestades, un depósito de calma; la oración es la raíz, la fuente y la madre de bienes innumerables. Pero la oración de la que hablo no es mediocre, ni negligente; es una oración ardiente, surge de la aflicción del alma y del esfuerzo del espíritu. He aquí la oración que sube hasta el cielo. Escucha lo que dice el escritor sagrado: «grité al Señor cuando estaba angustiado, y me libró » (Sal 119, 1). El que reza así en su angustia podrá, después de la oración, gustar en su alma una gran alegría.

Por «oración» entiendo, no la que es solamente con la boca, sino la que brota del fondo del corazón. Así como los árboles cuyas raíces se hunden profundamente no se quiebran ni arrancan, aunque el viento desencadene mil asaltos contra ellos, porque sus raíces están fuertemente arraigadas en las profundidades de la tierra, lo mismo las oraciones que salen del fondo del corazón, tan arraigadas, suben al cielo con toda seguridad y no se devuelven por ningún pensamiento de falta de seguridad o de mérito. Por eso el salmista dice: «Desde lo hondo a ti grito, Señor» (Sal 129, 1).

¡Si el hecho de contarles a hombres tus desgracias personales y de describirles las pruebas que te golpearon, aporta algún alivio a tus penas, como si a través de las palabras surgiera una brisa refrescante, con más razón si das parte a tu Señor de los sufrimientos de tu alma encontrarás en abundancia alivio y consuelo! En efecto, a menudo los hombres soportan con dificultad a los que se les acercan a quejarse y llorar; los apartan y los rechazan. Pero Dios no actúa así; al contrario, hace que te acerques y te atrae hacia él; y aunque te pases el día exponiéndole tus desgracias, está aún más dispuesto a quererte y a otorgar tus súplicas.