De los escritos del P. Alfonso Torres, S.J.
“El amor de Dios tiene sus diversos grados, evoluciones y matices. De este amor imperfecto se puede subir al amor de gratitud, que ya no busca el bien sino devolver algo por el mucho bien y por las muchas misericordias que hemos recibido de ese Dios tan bueno. Y, finalmente, el amor al supremo Bien por ser quien es. Así vemos que el espíritu de penitencia es: primero, santo temor de Dios; segundo, espíritu de humillación, y tercero, amor de Dios…”
a) Necesaria siempre
Nos es indispensable el espíritu de la penitencia para entrar en el Reino de los cielos.
El espíritu de la penitencia es propio de todas las almas, lo mismo de las que empiezan convirtiéndose como de las que ya tienen un amor puro y perfecto.
No olvidemos que necesitamos ser perdonados y que, al fin y al cabo, por mucho mal que nos hagan los hombres, siempre será mayor el que hemos merecido por nuestros pecados.
No puede negarse que la penitencia corporal en la vida espiritual es cosa secundaria; la principal es la penitencia interior, la del espíritu; pero la penitencia del cuerpo es la que nos llevará a la interior, y es cierto que no hay santidad sin penitencia. El camino del Evangelio es camino estrecho, sembrado de espinas. Lo principal para llegar a término es amar; quien ama, lo sabe todo, lo posee todo. Pero la penitencia enseña a amar. O hemos de vencer al cuerpo o el cuerpo nos vencerá.
b) Campo, etapas y características
Penitencia es palabra dulce para los espirituales. Quiere decir castigo. Todo, pues, lo que castiga, lo que duele, lo que mortifica, es penitencia. Enfermedades, dolores, incomodidades, rigor de las estaciones, mudanzas del clima, es penitencia. Trabajo corporal, ocupaciones que contrarían, estudios que fatigan, cansancio, penitencia son. Estados penosos del alma, sequedades, turbaciones, angustias, amarguras, desengaños, tentaciones, faltas involuntarias, penitencia es. Defectos físicos, combates del corazón, efervescencia de la imaginación, poca capacidad del entendimiento, condición del carácter, son penitencia. la fidelidad que exige la regla, el tedio de la soledad, la monotonía de la vida común, el sonrojo de la humillación, el aislamiento del silencio, la fatiga de la oración, el vencimiento para tratar al prójimo, son penitencia. Todo lo que duele al cuerpo o al alma exterior o interiormente, de uno mismo o de lo que nos rodea, que se busque o que se encuentre sin buscarlo, es todo materia de penitencia.
El espíritu de la penitencia tiene sus comienzos, sus progresos y su perfección. Comienza de un modo un poco mercenario, pero es bueno, saludable, y nos arranca del enemigo. Empieza con temor; el alma sabe que el pecado merece castigo eterno. Este temor toma diferentes matices; puede ser el de un siervo y el de un hijo. Cuando llega a temor de hijo, lleno de confianza, puede llegar a ser un amor perfecto, porque nunca puede un alma desterrar de su corazón ese santo temor de Dios. Otro elemento del espíritu de penitencia es el espíritu de humillación. Las almas que van adelantando en la vida espiritual y en el espíritu de penitencia, fijan el punto central en las humillaciones; éste va agrandándose paulatinamente, y al principio el alma recibe las humillaciones aceptándolas, y después empiezan a atisbar los tesoros que hay escondidos en las mismas, hasta amarlas y desearlas locamente.
Hablemos de otro de los elementos que corona todos los demás: el espíritu de la penitencia puede ser una fuente de amor a Dios. El amor de Dios tiene sus diversos grados, evoluciones y matices. De este amor imperfecto se puede subir al amor de gratitud, que ya no busca el bien sino devolver algo por el mucho bien y por las muchas misericordias que hemos recibido de ese Dios tan bueno. Y, finalmente, el amor al supremo Bien por ser quien es. Así vemos que el espíritu de penitencia es: primero, santo temor de Dios; segundo, espíritu de humillación, y tercero, amor de Dios.
El verdadero espíritu de la penitencia ha de ir acompañado del conocimiento de Dios y de un conocimiento lo más profundo posible. El conocimiento de Dios es una cosa muy compleja. Hay uno de los atributos divinos que frecuentemente olvidamos al tratar de la penitencia. Al tratar de volvernos a Él, de justificarnos, nos acordamos más del Dios justiciero, de Aquel del que dicen los santos que es horrendo caer en las manos del Dios vivo, que todo aparece manchado a sus ojos purísimos, y, en cambio, nos olvidamos de que, mientras vivimos en la tierra, lo que en Dios predomina es la misericordia y que el aspecto en que más se complace que le miremos es como Dios perdonador. Fíjense: Dios perdonador, no un Dios que perdona, sino un Dios que tiene por oficio, y por nombre, y por gala, y por recreo el perdonar; que está rebosando condescendencia para el pecador que quiere volver a Él, y derrochando longanimidad para esperarle, y suavidad y ternura dulcísima para recibirle. ¡Así es Dios! ¡Dios perdonador, todo misericordia!
Otra, y la tercera, de las cualidades del verdadero espíritu de la penitencia es la suavidad. De por sí, la penitencia es amarga, porque duele, remuerde y humilla, es cierto; pero hay que llegar a ejercitarla con suavidad, con benignidad. Airarse consigo mismo cuando se cae, eso cualquiera lo hace, hasta el alma más imperfecta; lo costoso y lo meritorio es la paciencia con nuestras miserias. Hay, sí, que detestarlas, pero mirando la propia alma con conmiseración, con los mismos sentimientos de benignidad y mansedumbre con que el Señor la mira.
c) Fuente de luz, paz y amor
La penitencia es fuente de donde brota ese día claro de comunicaciones divinas, donde el alma encuentra su descanso y su alegría. La senda del amor es ésta; por ella se entra en el corazón divino, por ella el alma se acerca a Dios.
La penitencia es también fuente de paz para el corazón; por su medio vamos aplacando nuestras pasiones, y, a medida que se aplacan, va entrando en el alma una paz profunda (según Isaías) como los abismos del mar. Además, la penitencia es, en cierto modo, iluminación o, más bien, preparación para que Dios ilumine.
El espíritu de la penitencia no es espíritu de tristeza; desde luego que lleva consigo el dolor, lágrimas y sacrificio, esto es indiscutible; pero sería error creer que lleva consigo amarguras e inquietudes. La vida de penitencia es, pues, gozo en Dios, consuelo en Dios y felicidad en Dios. De la raíz amarga del fruto de la penitencia brota el fruto de la consolación del amor de Dios.