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La Eucaristía: suprema celebración terrena de la gloria

Catequesis sobre la Eucaristía 


Audiencia General, S.S. Juan Pablo II
27 de septiembre, 2000

1. Según las orientaciones trazadas por la Tertio millennio adveniente, este Año jubilar, celebración solemne de la Encarnación, debe ser un año “intensamente eucarístico” (n. 55). Por este motivo, después de haber fijado la mirada en la gloria de la Trinidad, que resplandece en el camino del hombre, comenzamos una catequesis sobre la grande y, al mismo tiempo, humilde celebración de la gloria divina que es la Eucaristía. Grande porque es la expresión principal de la presencia de Cristo entre nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20); humilde, porque está confiada a los signos sencillos y diarios del pan y del vino, comida y bebida habituales de la tierra de Jesús y de muchas otras regiones. En esta cotidianidad de los alimentos, la Eucaristía introduce no sólo la promesa, sino también la “prenda” de la gloria futura: “futurae gloriae nobis pignus datur” (santo Tomás de Aquino, Officium de festo corporis Christi). Para captar la grandeza del misterio eucarístico, queremos considerar hoy el tema de la gloria divina y de la acción de Dios en el mundo, que unas veces se manifiesta en grandes acontecimientos de salvación, y otras se esconde bajo signos humildes que sólo puede percibir la mirada de la fe.

2. En el Antiguo Testamento, el vocablo hebreo kabôd indica la revelación de la gloria divina y la presencia de Dios en la historia y en la creación. La gloria del Señor resplandece en la cima del Sinaí, lugar de revelación de la palabra divina (cf. Ex 24, 16). Está presente en la tienda santa y en la liturgia del pueblo de Dios peregrino en el desierto (cf. Lv 9, 23). Domina en el templo, la morada -como dice el salmista- “donde habita tu gloria” (Sal 26, 8). Envuelve como un manto de luz (cf. Is 60, 1) a todo el pueblo elegido: el mismo san Pablo es consciente de que “los israelitas poseen la adopción filial, la gloria, las alianzas…” (Rm 9, 4).

3. Esta gloria divina, que se manifiesta de modo especial a Israel, está presente en todo el universo, como el profeta Isaías oyó proclamar a los serafines en el momento de su vocación: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos. Llena está toda la tierra de su gloria” (Is 6, 3). Más aún, el Señor revela a todos los pueblos su gloria, tal como se lee en el Salterio: “Todos los pueblos contemplan su gloria” (Sal 97, 6). Así pues, la revelación de la luz de la gloria es universal, y por eso toda la humanidad puede descubrir la presencia divina en el cosmos.

Esta revelación se realiza, sobre todo, en Cristo, porque él es “resplandor de la gloria” divina (Hb 1, 3). Lo es también mediante sus obras, como testimonia el evangelista san Juan ante el signo de Caná: “Manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos” (Jn 2, 11). Él es resplandor de la gloria divina también mediante su palabra, que es palabra divina: “Yo les he dado tu palabra”, dice Jesús al Padre; “Yo les he dado la gloria que tú me diste” (Jn 17, 14. 22). Cristo manifiesta más radicalmente la gloria divina mediante su humanidad, asumida en la encarnación: “El Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

4. La revelación terrena de la gloria divina alcanza su ápice en la Pascua que, sobre todo en los escritos joánicos y paulinos, se describe como una glorificación de Cristo a la diestra del Padre (cf. Jn 12, 23; 13, 31; 17, 1; Flp 2, 6-11; Col 3, 1; 1 Tm 3, 16). Ahora bien, el misterio pascual, expresión de la “perfecta glorificación de Dios” (Sacrosanctum Concilium, 7), se perpetúa en el sacrificio eucarístico, memorial de la muerte y resurrección que Cristo confió a la Iglesia, su esposa amada (cf. ib., 47). Con el mandato: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19), Jesús asegura la presencia de la gloria pascual a través de todas las celebraciones eucarísticas que articularán el devenir de la historia humana. “Por medio de la santa Eucaristía, el acontecimiento de la Pascua de Cristo se extiende por toda la Iglesia (…). Mediante la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo, los fieles crecen en la misteriosa divinización gracias a la cual el Espíritu Santo los hace habitar en el Hijo como hijos del Padre” (Juan Pablo II y Moran Mar Ignatius Zakka I Iwas, Declaración común, 23 de junio de 1984, n. 6: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de julio de 1984, p. 9).

5. Es indudable que la celebración más elevada de la gloria divina se realiza hoy en la liturgia. “Ya que la muerte de Cristo en la cruz y su resurrección constituyen el centro de la vida diaria de la Iglesia y la prenda de su Pascua eterna, la liturgia tiene como primera función conducirnos constantemente a través del camino pascual inaugurado por Cristo, en el cual se acepta morir para entrar en la vida” (Vicesimus quintus annus, 6). Pero esta tarea se ejerce, ante todo, por medio de la celebración eucarística, que hace presente la Pascua de Cristo y comunica su dinamismo a los fieles. Así, el culto cristiano es la expresión más viva del encuentro entre la gloria divina y la glorificación que sube de los labios y del corazón del hombre. A la “gloria del Señor que cubre la morada” del templo con su presencia luminosa (cf. Ex 40, 34) debe corresponder nuestra “glorificación del Señor con corazón generoso” (Si 35, 7).

6. Como nos recuerda san Pablo, debemos glorificar también a Dios en nuestro cuerpo, es decir, en toda nuestra existencia, porque nuestro cuerpo es templo del Espíritu que habita en nosotros (cf. 1 Co 6, 19. 20). Desde esta perspectiva, se puede hablar también de una celebración cósmica de la gloria divina. El mundo creado, “tan a menudo aún desfigurado por el egoísmo y la avidez”, encierra una “potencialidad eucarística: (…) está destinado a ser asumido en la Eucaristía del Señor, en su Pascua presente en el sacrificio del altar” (Orientale lumen, 11). A la manifestación de la gloria del Señor, que está “por encima de los cielos” (Sal 113, 4) y resplandece sobre el universo, responderá entonces, como contrapunto de armonía, la alabanza coral de la creación, para que Dios “sea glorificado en todo por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén” (1 P 4, 11).

La Eucaristía: banquete de comunión con Dios

Catequesis sobre la Eucaristía

Audiencia General, S.S. Juan Pablo II
18 de octubre, 2000

1. “Nos hemos convertido en Cristo. En efecto, si él es la cabeza y nosotros sus miembros, el hombre total es él y nosotros” (san Agustín, Tractatus in Johannem, 21, 8). Estas atrevidas palabras de san Agustín exaltan la comunión íntima que, en el misterio de la Iglesia, se crea entre Dios y el hombre, una comunión que, en nuestro camino histórico, encuentra su signo más elevado en la Eucaristía. Los imperativos: “Tomad y comed… bebed…” (Mt 26, 26-27) que Jesús dirige a sus discípulos en la sala del piso superior de una casa de Jerusalén, la última tarde de su vida terrena (cf. Mc 14, 15), entrañan un profundo significado. Ya el valor simbólico universal del banquete ofrecido en el pan y en el vino (cf. Is 25, 6), remite a la comunión y a la intimidad. Elementos ulteriores más explícitos exaltan la Eucaristía como banquete de amistad y de alianza con Dios. En efecto, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, “es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor” (n. 1382).

2. Como en el Antiguo Testamento el santuario móvil del desierto era llamado “tienda del Encuentro”, es decir, del encuentro entre Dios y su pueblo y de los hermanos de fe entre sí, la antigua tradición cristiana ha llamado “sinaxis”, o sea “reunión”, a la celebración eucarística. En ella “se revela la naturaleza profunda de la Iglesia, comunidad de los convocados a la sinaxis para celebrar el don de Aquel que es oferente y ofrenda: estos, al participar en los sagrados misterios, llegan a ser “consanguíneos” de Cristo, anticipando la experiencia de la divinización en el vínculo, ya inseparable, que une en Cristo divinidad y humanidad” (Orientale lumen, 10).
Si queremos profundizar en el sentido genuino de este misterio de comunión entre Dios y los fieles, debemos volver a las palabras de Jesús en la última Cena. Remiten a la categoría bíblica de la “alianza”, evocada precisamente a través de la conexión de la sangre de Cristo con la sangre del sacrificio derramada en el Sinaí: “Esta es mi sangre, la sangre de la alianza” (Mc 14, 24). Moisés había dicho: “Esta es la sangre de la alianza” (Ex 24, 8). La alianza que en el Sinaí unía a Israel con el Señor mediante un vínculo de sangre anunciaba la nueva alianza, de la que deriva, para usar la expresión de los Padres griegos, una especie de consanguinidad entre Cristo y el fiel (cf. san Cirilo de Alejandría, In Johannis Evangelium, XI; san Juan Crisóstomo, In Matthaeum hom., LXXXII, 5).

3. Las teologías de san Juan y de san Pablo son las que más exaltan la comunión del creyente con Cristo en la Eucaristía. En el discurso pronunciado en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús dice explícitamente: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6, 51). Todo el texto de ese discurso está orientado a subrayar la comunión vital que se establece, en la fe, entre Cristo, pan de vida, y aquel que come de él. En particular destaca el verbo griego típico del cuarto evangelio para indicar la intimidad mística entre Cristo y el discípulo, m+nein, “permanecer, morar”: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56; cf. 15, 4-9).

4. La palabra griega de la “comunión”, koinonìa, aparece asimismo en la reflexión de la primera carta a los Corintios, donde san Pablo habla de los banquetes sacrificiales de la idolatría, definiéndolos “mesa de los demonios” (1 Co 10, 21), y expresa un principio que vale para todos los sacrificios: “Los que comen de las víctimas están en comunión con el altar” (1 Co 10, 18). El Apóstol aplica este principio de forma positiva y luminosa con respecto a la Eucaristía: “El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión (koinonìa) con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión (koinonìa) con el cuerpo de Cristo? (…) Todos participamos de un solo pan” (1 Co 10, 16-17). “La participación (…) en la Eucaristía, sacramento de la nueva alianza, es el culmen de la asimilación a Cristo, fuente de “vida eterna”, principio y fuerza del don total de sí mismo” (Veritatis splendor, 21).

5. Por consiguiente, esta comunión con Cristo produce una íntima transformación del fiel. San Cirilo de Alejandría describe de modo eficaz este acontecimiento mostrando su resonancia en la existencia y en la historia: “Cristo nos forma según su imagen de manera que los rasgos de su naturaleza divina resplandezcan en nosotros a través de la santificación, la justicia y la vida buena y según la virtud. La belleza de esta imagen resplandece en nosotros, que estamos en Cristo, cuando con nuestras obras nos mostramos hombres buenos” (Tractatus ad Tiberium diaconum sociosque, II, Responsiones ad Tiberium diaconum sociosque, en In divi Johannis Evangelium, vol. III, Bruselas 1965, p. 590). “Participando en el sacrificio de la cruz, el cristiano comulga con el amor de entrega de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos de vida. En la existencia moral se revela y se realiza también el servicio real del cristiano” (Veritatis splendor, 107). Ese servicio regio tiene su raíz en el bautismo y su florecimiento en la comunión eucarística. Así pues, el camino de la santidad, del amor y de la verdad es la revelación al mundo de nuestra intimidad divina, realizada en el banquete de la Eucaristía.

Dejemos que nuestro anhelo de la vida divina ofrecida en Cristo se exprese con las emotivas palabras de un gran teólogo de la Iglesia armenia, Gregorio de Narek (siglo X): “Tengo siempre nostalgia del Donante, no de sus dones. No aspiro a la gloria; lo que quiero es abrazar al Glorificado (…). No busco el descanso; lo que pido, suplicante, es ver el rostro de Aquel que da el descanso. Lo que ansío no es el banquete nupcial, sino estar con el Esposo” (Oración XII).

“Somos hijos de la Iglesia”

Sobre la maternidad que la santa Iglesia ejerce sobre nosotros

 

P. Jason Jorquera Meneses

 

“La iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y  de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios.”  (Benedicto XVI)

Cuando hablamos de “maternidad” o “paternidad” necesariamente tenemos que hablar de “filiación”, es decir, de la relación real, íntima y especialmente unitiva entre los padres y los hijos, la cual como sabemos implica tanto derechos como obligaciones que bien debemos conocer: amor, respeto, responsabilidad, atención, etc. Ahora bien, cuando se trata de la “santa madre Iglesia” (como la llamamos también los católicos), de la cual somos miembros por el bautismo, estos mismos derechos y obligaciones permanecen vigentes en nosotros, lo cual debemos tener muy presente ya que el ignorarlos por razonamientos mundanos, desgraciadamente, hoy en día es un peligro demasiado difundido. Cuántas personas se excusan de ir a la Iglesia por el mal ejemplo de algunos que se dicen creyentes, cuando justamente el mal ejemplo se produce cuando no somos fieles a los principios y enseñanzas de la Iglesia; en otras palabras, que algunos miembros se corrompan no significa que la Iglesia lo haga, ya que la instituyó Jesucristo y se dice que e santa en cuanto lo son sus principios, análogo al auto nuevo que le salpica encima un poco de barro, pues no por eso decimos que deja de funcionar y ya no sirve sino que simplemente hay que quitarle la mancha; y dicho sea de paso, estemos atentos a no formar parte de estos “criticones” sino más bien ser parte de los “reparadores”, de los que al ver que un miembro va mal, antes que detenerse a criticar se ponen a trabajar por hacerlo volver al correcto camino, es decir, al camino de los principios capaces de santificarnos y que nuestro Señor Jesucristo nos dejó en su Iglesia que nos acoge verdaderamente como sus hijos. De ahí que escribiera el santo: “Lo más grande que tiene el mundo es la Santa Iglesia, Católica, Apostólica, Romana, nuestra Madre, como nos gloriamos en llamarla. ¿Qué sería del mundo sin ella? Porque es nuestra Madre, tenemos también frente a ella una responsabilidad filial: ella está a cargo de sus hijos, confiada a su responsabilidad, dependiendo de sus cuidados… Ella será lo que queramos que sea. Planteémonos, pues, el problema de nuestra responsabilidad frente a la Iglesia”. [1]

Antes de considerar esta verdadera maternidad espiritual de la esposa de Cristo, conviene considerar algunas otras denominaciones que le damos, para tratar luego mejor el aspecto que queremos resaltar:

  • Iglesia, Cuerpo místico: porque es realmente un organismo vivo y a la vez trascendente, … a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina. De modo que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos (Cat 771).

“La iglesia no es una asociación que quiere promover cierta causa. En ella no se trata de una causa. En ella se trata de la persona de Jesucristo, que también como Resucitado sigue siendo “carne”. Tiene carne y huesos (Lc 24,39), como afirma el evangelio de san Lucas, el Resucitado ante los discípulos que creían que era espíritu. Tiene cuerpo.

Está presente personalmente en su iglesia: “Cabeza y cuerpo” forman un único sujeto, dirá san Agustín. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?, escribe san Pablo a los Corintios (1Cor 6,15). Y añade: del mismo modo que, según el libro del génesis, el hombre y la mujer llegan a ser una sola carne, así también Cristo con los suyos se convierte en un solo espíritu, es decir, en un único sujeto en el mundo nuevo de la resurrección” (Benedicto XVI)

Si preguntamos a la propia Iglesia Católica qué pretende ser -escribía el P. Hurtado-, nos responderá: La Iglesia es la realización del Reino de Dios sobre la tierra. “La Iglesia actual, la Iglesia de hoy, es el Reino de Cristo y el Reino de los cielos”, nos dice con emoción San Agustín. El grano de mostaza que crece y se desarrolla; la levadura que penetra y levanta el mundo; la mies que lleva trigo y cizaña (cf. Mt 13,31-43).

Tiene conciencia la Iglesia de ser la manifestación de lo sobrenatural, de lo divino, la manifestación de la santidad. Es ella, bajo la apariencia de las cosas que pasan, la realidad nueva, traída a la tierra por Cristo, lo divino que se muestra bajo una envoltura terrenal.

  • Iglesia, Esposa de Cristo: Para dar a entender esta unión de Cristo con la Iglesia San Pablo nos habla del desposorio. La Iglesia es la Esposa de Cristo por la cual Él se entregó a la muerte (cf. 2Cor 11,2). El Apocalipsis, por el mismo motivo, celebra las bodas del Cordero con la Esposa ataviada (cf. Ap 21,2). De aquí la [teología] mística sacará esta atrevida imagen: Cristo Esposo y la Iglesia su esposa, por unión íntima, dan a luz a los hijos de la vida nueva.
  • La Iglesia, somos también nosotros:
  • La Iglesia es Jesús, pero Jesús no es Jesús completo considerado independientemente de nosotros. Él vino para unirnos a Él, y formar Él y nosotros un solo gran cuerpo, el Cuerpo Místico de que nos habla San Pablo: “Pero la Iglesia somos todos, ¡todos! Desde el primer bautizado, todos somos Iglesia. Y todos tenemos que seguir el camino de Jesús, que se despojó a sí mismo. Se hizo siervo, servidor; quiso humillarse hasta la cruz. Y si nosotros queremos ser cristianos, no hay otro camino”. (Papa Francisco)

 La iglesia es nuestra Madre

 ¿Qué significa que la iglesia sea nuestra madre? Todos los grandes santos han sido unos fervorosos convencidos de que la santa Iglesia católica, apostólica y romana, es nuestra madre.

  • De san Marcelino Champagnat se dice: En la Santa Madre Iglesia, a la que amaba con todo el afecto de su corazón y a la que profesaba la más sincera sumisión
  • San Francisco de Asís escribe: Y sabemos que estamos obligados por encima de todo a observar todas estas cosas según los preceptos del Señor y las constituciones de la santa madre Iglesia.

 San Juan de la Cruz dice: no es mi intención apartarme del sano sentido y doctrina de la santa Madre Iglesia Católica, porque en tal caso totalmente me sujeto y resigno no sólo a su mandato, sino a cualquiera que en mejor razón de ello juzgare.

  • Papa Pío XI: Bien podemos decir que es la voz de nuestra Santa Madre Iglesia la que nos propone solemnemente la infancia evangélica, tal como la entendió, propuso y practicó Santa Teresita.

 

Características de esta maternidad

Que la iglesia sea nuestra madre implica una serie muy amplia de características que hacen referencia directamente a su actitud hacia nosotros en cuanto somos, por el bautismo, verdaderamente sus hijos.

1º) La Iglesia nos acoge: así como el niño al nacer es puesto en brazos de su madre, de la misma manera la Iglesia nos ampara al momento de nacer a la vida espiritual, a la vida de la gracia, en definitiva, a la vida eterna. La Iglesia es aquel regazo que nos recibe con gran gozo de tener un hijo más en su familia,  que no es otra que la de Cristo.

2º) La Iglesia nos conduce al cielo: porque sólo en ella encontramos los medios eficaces para poder alcanzar la eternidad, sólo la iglesia ha recibido del mismo Cristo los sagrados sacramentos que nos confieren la gracia necesaria para ir al cielo. Y esta unión entre la Iglesia y la gracia es tan estrecha que al momento de perder la gracia se pierde automáticamente la comunión con la Iglesia… pero como ella es madre siempre está dispuesta a recibir nuevamente a sus hijos arrepentidos mientras no los alcance antes la muerte. Todos los condenados se separaron en algún momento de la Iglesia… y todos los bienaventurados, que se encuentran en el cielo, alcanzaron el paraíso por haber muerto en comunión con la Iglesia por su vida de gracia.

3º) La Iglesia vela por nosotros: porque sabemos que así como los pecados de todos los miembros, por más ocultos que sean, siempre repercuten en perjuicio de los demás miembros del cuerpo, de la misma manera influyen sobre los demás miembros las oraciones que elevan a Dios desde el seno de la iglesia, así como todos los sufrimientos sobrellevados en manos de Dios y ofrecidos por los demás hermanos de la familia de Cristo. Es lo que se llama la comunión de los santos.

4º) La Iglesia nos enseña la verdad y nos protege así del error y de la condenación: simplemente porque es quien ha recibido, custodiado y transmitido el mensaje de la salvación de manos del mismo Jesucristo.

Consecuencias de nuestra filiación: nuestras obligaciones

Respeto: A ninguna madre, por mala que fuera, le ha de faltar el respeto su hijo. ¡Cuánto más respecto a la Santa Madre Iglesia!, aquella madre que nos ha dado a luz para el cielo.

Fidelidad: es decir, lealtad, ser fiel a sus preceptos, a su doctrina, a sus dogmas, a sus sacramentos, sus consejos; al ejemplo de sus santos, etc. En el mundo actual ésta es una de las tentaciones más grandes para el cristiano, para el católico: traicionar a su madre, ¿cómo? Pactando con el pecado, y no hablamos aquí de alguna caída por debilidad, sino de una vida en comunión con el pecado, con el error, con el espíritu del mundo. Dijo el papa Francisco hace 3 días: “El cristiano no puede convivir con el espíritu del mundo. La mundanidad que nos lleva a la vanidad, a la prepotencia, al orgullo. Eso es un ídolo: no es Dios. Y la idolatría es el pecado más grave”.

Defensa: si un hijo ve que le hacen daño a su madre sale en seguida en su defensa, no importa cómo, pero la defiende a morir; de la misma manera nosotros debemos defender a la Iglesia que es nuestra madre.

Docilidad: sencillamente porque su enseñanza, en lo que respecta a fe y moral, es infalible por promesa directa de Jesucristo, por lo tanto la doctrina de la iglesia es siempre segura, cierta y aceptable. Quien quiera madurar su fe, debe vivir su vida a la luz de las enseñanzas de la Iglesia, la mejor maestra y escuela de los cristianos.

Amor: ¿cómo no amar a esta madre que nos dio el mismo Cristo?, ¿cómo no amarla si nos colma de sus cuidados y beneficios?, ¿cómo no amarla si está llamando constantemente a los hombres a ser sus hijos? El amor es la primera consecuencia en realidad que se sigue del hecho de ser nosotros sus hijos.

 

Conclusión

Jesucristo le dice a Jerusalén: … ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido! Esa pareciera ser la súplica de la iglesia hacia todos los bautizados que no han correspondido a su amor… así también podríamos decir, que a sus hijos fieles, a aquellos que la aman con sinceridad y docilidad, oirán su dulce voz al final de sus vidas al cerrar los ojos llamándolos a despertar para siempre, como dice el salmo 100: Entrad por sus puertas dando gracias, por sus atrios cantando alabanzas, dadle gracias, bendecid su nombre.

[1] San Alberto Hurtado: “Responsabilidad frente a la Iglesia”, Charla, posiblemente a jóvenes de la A.C., el año 1944. La búsqueda de Dios, pp. 135-141.

Gravedad del pecado

Su maldad y proliferación

Catecismo de la Iglesia Católica nº 1854-1869

Pecado mortal y venial

“Conviene valorar los pecados según su gravedad. La distinción entre pecado mortal y venial, perceptible ya en la Escritura (cf 1Jn 5, 16-17) se ha impuesto en la tradición de la Iglesia. La experiencia de los hombres la corroboran.”

El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior.

El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere.

El pecado mortal, que ataca en nosotros el principio vital que es la caridad, necesita una nueva iniciativa de la misericordia de Dios y una conversión del corazón que se realiza ordinariamente en el marco del sacramento de la Reconciliación:

«Cuando […] la voluntad se dirige a una cosa de suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal […] sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc., o contra el amor del prójimo, como el homicidio, el adulterio, etc […] En cambio, cuando la voluntad del pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una palabra ociosa, una risa superflua, etc., tales pecados son veniales» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 88, a. 2, c).

Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: “Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento” (RP 17).

La materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre” (Mc 10, 19). La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más grave que la ejercida contra un extraño.

El pecado mortal requiere plena conciencia y entero consentimiento. Presupone el conocimiento del carácter pecaminoso del acto, de su oposición a la Ley de Dios. Implica también un consentimiento suficientemente deliberado para ser una elección personal. La ignorancia afectada y el endurecimiento del corazón (cf Mc 3, 5-6; Lc 16, 19-31) no disminuyen, sino aumentan, el carácter voluntario del pecado.

La ignorancia involuntaria puede disminuir, y aún excusar, la imputabilidad de una falta grave, pero se supone que nadie ignora los principios de la ley moral que están inscritos en la conciencia de todo hombre. Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las presiones exteriores o los trastornos patológicos. El pecado más grave es el que se comete por malicia, por elección deliberada del mal.

El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios.

Se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento.

El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal. No obstante, el pecado venial no nos hace contrarios a la voluntad y la amistad divinas; no rompe la Alianza con Dios. Es humanamente reparable con la gracia de Dios. “No priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por tanto, de la bienaventuranza eterna” (RP 17):

«El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos pequeños hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión…» (San Agustín, In epistulam Iohannis ad Parthos tractatus 1, 6)..

“Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada” (Mc 3, 29; cf Mt 12, 32; Lc 12, 10). No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo (cf DeV 46). Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna.

La proliferación del pecado

El pecado crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal. Así el pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no puede destruir el sentido moral hasta su raíz.

Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser referidos a los pecados capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a san Juan Casiano (Conlatio, 5, 2) y a san Gregorio Magno (Moralia in Job, 31, 45, 87). Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.

La tradición catequética recuerda también que existen “pecados que claman al cielo”. Claman al cielo: la sangre de Abel (cf Gn 4, 10); el pecado de los sodomitas (cf Gn 18, 20; 19, 13); el clamor del pueblo oprimido en Egipto (cf Ex 3, 7-10); el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano (cf Ex 22, 20-22); la injusticia para con el asalariado (cf Dt 24, 14-15; Jc 5, 4).

El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos:

— participando directa y voluntariamente;
— ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos;
— no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo;
— protegiendo a los que hacen el mal.

Así el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros, hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las “estructuras de pecado” son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un “pecado social” (cf RP 16).

El pecado, una triste realidad

El pecado: herida del alma

Catecismo de la Iglesia Católica nº 1846-1853

La misericordia y el pecado

El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

Dios, “que te ha creado sin ti,  no te salvará sin ti” (San Agustín, Sermo 169, 11, 13). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia” (1 Jn 1,8-9).

Como afirma san Pablo, “donde abundó el pecado, […] sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos “la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor” (Rm 5, 20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su Palabra y su Espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:

«La conversión exige el reconocimiento del pecado, supone el juicio interior de la propia conciencia, y éste, puesto que es la comprobación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: “Recibid el Espíritu Santo”. Así, pues, en este “convencer en lo referente al pecado” descubrimos una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito» (DeV 31).

Definición de pecado

El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (San Agustín, Contra Faustum manichaeum, 22, 27; San Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 71, a. 6) )

El pecado es una ofensa a Dios: “Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf Flp 2, 6-9).

Es precisamente en la Pasión, en la que la misericordia de Cristo vencería, donde el pecado manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo (cf Jn 14, 30), el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados.

La diversidad de pecados

La variedad de pecados es grande. La Escritura contiene varias listas. La carta a los Gálatas opone las obras de la carne al fruto del Espíritu: “Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios” (5,19-21; cf Rm 1, 28-32; 1 Co 6, 9-10; Ef 5, 3-5; Col 3, 5-8; 1 Tm 1, 9-10; 2 Tm 3, 2-5).

Se pueden distinguir los pecados según su objeto, como en todo acto humano, o según las virtudes a las que se oponen, por exceso o por defecto, o según los mandamientos que quebrantan. Se los puede agrupar también según que se refieran a Dios, al prójimo o a sí mismo; se los puede dividir en pecados espirituales y carnales, o también en pecados de pensamiento, palabra, acción u omisión. La raíz del pecado está en el corazón del hombre, en su libre voluntad, según la enseñanza del Señor: “De dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones. robos, falsos testimonios, injurias. Esto es lo que hace impuro al hombre” (Mt 15,19-20). En el corazón reside también la caridad, principio de las obras buenas y puras, a la que hiere el pecado.

El amor, centro de vida

El amor, centro de vida

Tomado de “Obras eucarísticas”

San Pedro Julian Eymard

 

Todo amor tiene su centro. El niño descansa en la madre; el amigo, en el afecto del amigo; el avaro, en sus tesoros; el sabio, en la ciencia, y el soldado, en la gloria. Cada cual tiene un centro de vida en que descanse y se complazca, un centro donde concentre todos sus trabajos, así como todos sus afectos y deseos.

Y ¿cuál tendrá que ser el centro verdadero del cristiano, mayormente el de adorador? Un centro humano no puede bastarle, sino que tiene necesidad de un centro infinito como sus deseos.

Necesita un centro siempre vivo y accesible, porque si no se encontraría como huérfano y desterrado; un centro que continuamente repare sus fuerzas y alimente su foco de amor y sostenga su acción; un centro perfecto que le perfeccione satisfaga todos los anhelos de su ser, siendo vida de su entendimiento, dichoso recuerdo de su memoria, cuadro amoroso de su imaginación, objeto supremo de su voluntad, felicidad de su corazón y aun de su cuerpo. Quien dice centro dice todo esto. Todo el hombre tiene que ser feliz en su centro para que no se vea obligado a buscar otro.

Sólo Jesús debe ser nuestro centro

Esto supuesto, por perfectas que sean, no pueden ser las virtudes centro de vida del cristiano. Porque quién dice virtud dice abnegación, mortificación, sacrificio, y el hombre no puede vivir siempre en el calvario y en la muerte.

Nunca dijo nuestro Señor a sus discípulos: Permaneced en la humildad, en la pobreza o en la obediencia. Esto sería trocar un medio en fin. La razón por que hay tantas almas piadosas tristes y desanimadas en el ejercicio de las virtudes está en que se encierran en sacrificios, perdiendo la libertad interior de la santa dilección. Son como fuego comprimido, privado de su expansión y de su llama.

Nadie tan libre como un niño y, sin embargo, nadie tan dependiente y sumiso como él; porque no para en las dificultades de su educación, ni en el acto de la obediencia, sino solamente en el principio de amor que lo inspira o en el deseo del amor que le anima.

Tampoco dijo nuestro Señor que permanezcamos en un ángel o en un santo, porque también ellos son seres creados.

Ni a la santísima Virgen nos dio Jesús como centro. Esta divina madre tiene el corazón atravesado para que nos dé paso al de Jesús, abierto para recibirnos.

No quiere Jesús que establezcamos nuestra mansión en los dones divinos, porque el don no es el dador. En la divina dilección es donde quiere que establezcamos nuestra morada “Os he amado como mi Padre me ha amado: permaneced en mi amor”. Y ¿qué otra cosa es esta dilección que Él mismo? “Aquel en quien yo permanezco y quien en mí permanece produce mucho fruto, porque sin mí nada podéis. Los sarmientos no producen fruto si no están unidos a la cepa. Yo soy la verdadera vid y vosotros los sarmientos. Permaneced, por lo tanto, en mí” Jn 15, 4. 5).

Jesucristo es, pues, el centro de acción del cristiano. Cualquiera que obra fuera de Él queda paralizado o, corre peligro de extraviarse poniendo su centro de vida en el amor propio o en el amor del mundo. La señal con que se conoce que un alma permanece en su centro la tiene dada el mismo Jesucristo al decir: “Vuestro corazón está donde vuestro tesoro” (Mt 6, 21).

Además de centro de acción el amor de Jesucristo es centro de piedad. “Dios es caridad, dice san Juan, y el que mora en caridad mora en Dios y Dios en él” (1Jn 4, 16). Así que el amor es lazo de unión entre Dios y el hombre. Es lo que expresa nuestro Señor con las siguientes palabras de una manera todavía más admirable: “El que me ama, guardará mi palabra; mi Padre le amará; iremos a él y en él estableceremos nuestra mansión” (Jn 14, 23). De suerte que toda la santísima Trinidad viene a cohabitar con quien ama a Jesucristo. Es como nuevo cielo en que Dios se revela con toda la ternura de su corazón. “El que me ama, dice el Salvador, será amado de mi Padre; al cual le amaré también manifestándome” (Jn 14, 21). ¿En qué consiste esta manifestación de Jesús? En la manifestación de su verdad, de su bondad y de sus perfecciones adorables, que es a lo que se reduce el cenáculo del amor.

Jesús Sacramentado es nuestro centro

Pero ¿en qué forma, en qué estado de la vida de Jesús debemos poner nuestro centro? Tal es la cuestión vital.

No hay que poner este centro en un estado pasado de la vida de Jesús. Porque el amor no vive de lo pasado, sino de lo presente. Lo pasado es objeto de culto, de gratitud, de las virtudes; pero el corazón no para en esto.

La Magdalena no se contenta con ver a los ángeles y la tumba gloriosa de Jesús, sino que, como también los apóstoles, quiere ver a su Señor vivo. El ángel de la resurrección reprendió a las piadosas mujeres que quedaban en el sepulcro: “¿Por qué buscáis entre los muertos a quien está vivo? Id y anunciad su resurrección a sus discípulos” (Lc 24, 5; Mt 38, 7).

Así, puede decirse también a las almas piadosas: ¿Por qué pretendéis quedaros en el establo de Belén, en la casa de Nazaret o en el Calvario? Jesús ya no está allí. No hizo más que pasar por ahí. Bien está que honréis su paso, bendigáis las virtudes en él practicadas por su amor; pero id más lejos, buscad a Él mismo. La falta de muchas personas piadosas consiste cabalmente en pararse demasiado en los misterios pasados sin llegar hasta donde está presente ahora Jesucristo.

¿Y dónde está Jesucristo para que con Él podamos vivir y morar? Pues está en el cielo para los bienaventurados y en el santísimo Sacramento para los viandantes.

Jesús dijo estas inefables palabras: “El que come mi cuerpo y bebe mi sangre mora en mí y yo en él” (Jn 6, 57). Aquí tenemos, por lo tanto, el centro eucarístico del cristiano; la divina Eucaristía es su morada de amor.

Es centro divino y humano a un mismo tiempo, porque Jesucristo es ambas cosas; es centro vivo, actual, personal, siempre a nuestra mano.

¿Puede el hombre tener acá en la tierra un centro más santo ni más amable? ¿La divina Eucaristía no es cielo en la tierra? He aquí que creo nuevos cielos y nueva tierra, dice el vencedor de la muerte y del infierno (Ap 21, 1). He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres. Dios permanecerá con ellos. Él será su Dios y ellos serán su familia y su pueblo (cfr. Ap 21, 1-4). Por eso el alma no tiene que ir al cielo en busca de Jesús, pues no es ése el lugar donde ahora debe buscársele. A donde tiene que ir es al santísimo Sacramento.

El santísimo Sacramento es en la tierra su único tesoro y su único placer. Ya que Jesús está en la Eucaristía personalmente por ella, toda su vida debe orientarse hacia el augusto Sacramento como el imán hacia su centro.

Con la divina Hostia el adorador se encuentra bien en todas partes. Ya no hay para él ni destierro, ni desierto, ni privación, ni desdicha, porque todo lo tiene en la Eucaristía. Para castigarle, hacerle desgraciado o hacerle morir de tristeza, sería necesario quitarle el sagrario. Entonces sí, entonces la vida no sería para él más que agonía prolongada; y todos los bienes y glorias de este mundo no tendrían para él otro valor que el de triste cadenas. Cual israelita cautivo a la vera del río de Babilonia, recordando su amada Sión, el discípulo de la Eucaristía no cesaría de llorar lágrimas amargas con el solo recuerdo del cenáculo.

Nada extraño, por tanto, que el primer cuidado del adorador al llegar a tierra extranjera sea buscar el palacio de su rey. Búscalo, pregunta por él en todas partes y cuando, finalmente, descubre a lo lejos la flecha lanzada al cielo reveladora de la mansión de Dios, su corazón salta de gozo como el de un hijo al ver el techo paterno no visto desde hace tiempo o como el de una esposa que divisa el buque que desde lejanas tierras le trae su esposo. Y cuando el adorador franquea el atrio del templo santo, cuando ve la misteriosa lámpara que cual otra estrella de los Magos señala la presencia de Jesús, ¡oh, entonces con qué fe, con qué felicidad, con qué ímpetu amoroso se postra ante el Sagrario! ¡Cómo salta su corazón todas las barreras, cómo pasa por entre las rejas de esta cárcel eucarística y desgarra los velos sacramentales y se arroja adorando a los pies del amado, de su dueño, de Jesús, hostia de amor! ¡Oh! cuán bien caen entonces al discípulo del amor aquellas palabras del Tabor: “¡Qué bien se está aquí, Señor!” Mt 17, 4). Con el real profeta canta alegremente: “¡Cuán amables son vuestros tabernáculos, Señor de los ejércitos! Mi alma desea, hasta desfallecer, los atrios del Señor. Mi corazón y mi carne se regocijaron en el Dios vivo. Porque en él halló el pájaro casa para sí y la tórtola nido donde poner sus polluelos: vuestros altares, Señor de las virtudes, Rey mío y Dios mío. Dichosos, Señor, los que habitan en vuestra casa; por siglos sin fin os alabarán. Porque vale más que mil un día pasado en vuestros atrios. Prefiero ser el último en la casa del Señor que habitar en los palacios de los pecadores…” (Ps 83).

Cómo será la Eucaristía nuestro centro

Pero, ¿cómo hará de la Eucaristía centro de vida el adorador? Sabiendo encontrar en ella a todo Jesucristo, a Jesucristo con los misterios de su vida oculta, de su vida pública, de su vida crucificada y de su vida resucitada, dando nueva vida a todos los estados de la vida pasada del Salvador en su estado sacramental, donde los continúa y glorifica todos por manera admirable, viendo en la Eucaristía a Jesucristo que honra y continúa en su vida resucitada y anonadamiento de la encarnación, la pobreza de su nacimiento, la humildad de su vida oculta, la bondad de su vida pública y su amor en la cruz. Cuando el alma amante acertare a encontrar así a todo Jesucristo, gozará a un mismo tiempo de todos los bienes y hará con todos ellos como un haz, como un foco de todos los actos particulares de amor.

Según el profeta, la Eucaristía es memorial de todas las maravillas del Salvador. Así como los santos en el cielo lo ven todo en Dios en el acto simplicísimo de la visión beatífica, así el discípulo de la Eucaristía verá todo en Jesucristo en el acto eucarístico de su amor.

El secreto para llegar pronto a este centro eucarístico de vida es tomar por algún tiempo a Jesús en el santísimo Sacramento como objeto habitual del ejercicio de la presencia de Dios, como motivo dominante de las intenciones, como meditación del entendimiento, como afecto del corazón y como objeto de todas las virtudes.

Y si el alma fuere bastante generosa, alcanzará esta unidad de acción, logrará familiarizarse con la adorable Eucaristía, pensando en ella con tanta o mayor facilidad que en cualquier otra cosa. Ternísimos afectos brotarán suave y espontáneamente del corazón, y para decirlo en una palabra, el santísimo Sacramento le atraerá como devoción de su vida y centro de perfección de su amor. Ocho días bastarán a un alma sencilla y eucarística para adquirir este espíritu eucarístico; pero aun cuando debiera consagrar a esta adquisición semanas y meses, ¿qué es todo eso comparado con la paz y felicidad de que disfrutará en la divina Eucaristía?

El amor, fin del adorador II/II

La Eucaristía, nuestro fin

Tomado de “Obras eucarísticas”

San Pedro Julian Eymard

La Eucaristía, fin de las virtudes cristianas y religiosas

El verdadero adorador en espíritu y en verdad no debe estimar, amar ni practicar las virtudes cristianas, ni aun en su grado más perfecto, sino como preparación y perfección que conviene al servicio eucarístico de Jesucristo.

Como preparación sirven las virtudes que nos corrigen de nuestros defectos, como la penitencia y la humildad que destruyen nuestros vicios y nuestro orgullo, la mortificación que se opone a la sensualidad, la caridad al egoísmo y la pureza de conciencia a toda infidelidad. Un servidor sucio no puede atreverse a presentarse a su amo, y tampoco uno dominado por el odio ante el Salvador inmolado, ni un orgulloso ante Dios humillado. De ahí que un adorador tenga que comenzar por quitar y corregir todo lo que podría ofender los ojos de Dios en la Eucaristía. Antes de entrar en la sala de las bodas reales debe vestir el traje nupcial. Debe presentar ante todas las cosas la primera cualidad de un servidor, que es la de no desagradar a aquel a quien sirve.

Hay también otras virtudes que exigen la urbanidad y el decoro, y en este concepto sirven todas las virtudes de Jesucristo copiadas por el adorador, no ya como remedios personales, sino como cualidades que exige la educación, como propiedades de un servicio que ha de agradar al Señor.

Un buen servidor, como sepa lo que su señor prefiere, se anticipa a sus deseos y halaga su amor honrando lo que estima. Así también un buen adorador, como sabe que Jesucristo su señor ama con predilección la humildad y la mansedumbre de corazón, puesto que dice: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”; como sabe que ama con predilección las virtudes religiosas de pobreza, castidad y obediencia, abraza con ardor el estudio y la práctica de las virtudes cristianas, con ellas conforma su vida, hace de ellas como manto de honor, y así sirve a Jesús con las mismas virtudes que distinguen y coronan al divino Salvador, que es como si sirviera por Jesús mismo. Para pago de estos sacrificios no pide otra cosa que ser agradable a su Señor.

Siendo la Eucaristía fin de las virtudes, será también su sostén y perfección.

Para progresar en las virtudes el cristiano necesita tener presente su modelo; necesita una fuerza actual y siempre creciente, un amor que le excite y sostenga. Ahora bien, sólo en la Eucaristía se encuentran de un modo perfecto estos tres bienes:

1.º En su estado sacramental es Jesús siempre modelo de las virtudes evangélicas. El poder de su amor dio con el secreto inefable de continuarlas y glorificarlas en su estado resucitado para poder decir siempre a sus discípulos: “Seguidme, aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”.

¡Cuán hermosas, amables y arrebatadoras son, en efecto, las virtudes eucarísticas de Jesús! Cierto que un ligero velo las oculta a nuestros ojos carnales, harto débiles e impuros para considerarlas en este divino sol; pero los ojos de la fe las contemplan, el amor las admira y de ellas se nutre y en ellas se deleita. ¡Qué bien ha sabido Jesús juntar en su estado sacramental pobreza con divinas riquezas, humildad con gloria, obediencia con omnipotencia, flaqueza con fuerza, mansedumbre y bondad con majestad! ¡Cuánto más oculta es en el Cenáculo la vida oculta de Nazaret! ¡Cuánto más sublime es en el altar, en su estado de víctima perpetua de nuestra salvación, el amor crucificado!

¡Oh, sí, en la Eucaristía es donde toman las virtudes de Jesús su última forma de amor y de gracia!

Ya no las practica Jesús como de paso y por intervalos, sino que todas ellas están juntas en estado permanente y lo estarán hasta el fin del mundo para ser siempre regla actual del cristiano.

2.º Al ejemplo de Jesús se junta la gracia. Para tornarnos fácil y amable la virtud nos viene por la comunión, mediante la cual se injerta en nuestra corrompida naturaleza y se nos une para comunicarnos su sabiduría, su prudencia y su divina fuerza. Después de comulgados, los confesores de la fe eran atletas invencibles y hablaban con irresistible elocuencia. ¡Cómo habían recibido al Dios de verdad y de fortaleza…!

Para progresar y perseverar en la virtud hace falta, además de fuerza, dulzura y unción interior que nos la vuelva atrayente y amable. “Mi yugo es suave y mi peso ligero”, dijo Jesús. Y principalmente en la sagrada Eucaristía es donde las virtudes embeben la suavidad de Jesús. Las virtudes por la Eucaristía sostenidas son más amables que las demás. La virtud de quien comulga es de ordinario sencilla, feliz y celestial cual si se transparentara la virtud interior de Jesús. Los rayos del sol son hermosos porque son una emanación del mismo sol. Al contrario, la virtud del cristiano que no comulga tiene cierto carácter austero, severo y desalentador; es una virtud de campo de batalla, en lucha con el enemigo armado de fuerza y de rigor: no es amable.

La sagrada Eucaristía es suavidad de las virtudes, suavidad tanto mayor cuanto el amor es más puro y abnegado.

3.º El amor es, en efecto, el que sostiene y perfecciona la virtud. La virtud sigue el grado del amor, de suerte que el amor perfecto es virtud consumada, don total de sí a Jesús. Así es cómo el cristiano aprende a darse en la comunión, donde Jesús se le da todo entero y personalmente.

Porque el amor es maestro muy hábil; tiene fuerzas invencibles; presto es purificado y transformado el hombre en Jesús bajo su acción poderosa. Nada le cuesta al amor; sufrir es su placer; las grandes cosas le hacen palpitar el corazón de gozo. Por manera que los mayores sacrificios son para el adorador alimento glorioso de su amor a Jesús, una compensación por tantos dones recibidos. El noble discípulo del Salvador va cada mañana, o a lo menos a menudo, a la sagrada mesa para pertrecharse de armas cristianas, de municiones de guerra, de fuego divino, y de ahí parte para los combates del amor.

La Eucaristía, fin del celo del cristiano

Conocer, amar y servir a Jesús en el santísimo Sacramento: he aquí lo que tiene que hacer el verdadero adorador. En hacer que sea conocido, amado y servido en su estado sacramental: ahí se manifiesta el verdadero apóstol de la Eucaristía. El apóstol que se limitara a mostrar a Jesús en Belén sería una estrella o quizá un ángel; quien de lejos le señalase en la vida pasada sería un Juan Bautista, que no muestra más que a Jesús viajero. El apóstol de la Eucaristía muestra a Jesús vivo, lleno de gracia y de verdad en su trono de amor.

La verdad de Jesús no es perfectamente entendida sino cuando se la ve en la Eucaristía, así como en la fracción del pan conocieron al Salvador los discípulos de Emaús. La verdad divina en la Eucaristía recibe su última gracia porque aquí es donde el mismo Jesús habla, la revela y se manifiesta a sí mismo, y nada iguala a la luz del sol.

El amor de Jesús no es bien apreciado sino en la sagrada comunión, cuando la misma alma se pone bajo la acción de este fuego divino. El fuego no es cosa que se define, sino que se siente. Nuestro Señor reveló a los apóstoles el evangelio de su amor después que hubieron comulgado, porque sólo entonces podían comprenderle.

Sólo en la sagrada comunión puede gustarse el amor de Dios, y al estar conmovida con el amor eucarístico es cuando el alma aprende a amar, a darse a Dios, a consagrarse a su gloria como los confesores de la fe.

Por eso, hacer que Dios en la Eucaristía sea conocido, amado y recibido dignamente es el oficio más santo de un apóstol. La obra apostólica por excelencia es enseñar la doctrina cristiana a los ignorantes y prepararlos a la primera comunión, a recibir los sacramentos. Porque un alma que ama a Jesucristo, que tiene hambre de Él, casi no necesita otro auxilio, porque ha hallado vida, y vida superabundante que brota hasta la vida eterna, donde tiene su manantial.

La Eucaristía, noble pasión del corazón

La felicidad del hombre está en su amor apasionado. Todo hombre tiene una pasión que se convierte en vida. Esta real pasión del corazón es inspiración de sus pensamientos, cuadro vivo de su imaginación, deseo violento de su voluntad, el objeto ardientemente anhelado en todos sus sacrificios. Nada le cuesta a la pasión adorada, nada le parece imposible, tener que aguardar es delicioso tormento.

Sólo una pasión divina puede beatificar el corazón del hombre y volverle bueno y generoso: la noble pasión de la divina Eucaristía.

No hay cosa que pueda compararse con el ímpetu y la fuerza del alma que busca y suspira por el amado. Su dicha consiste en desearle y en ir en pos de Él. En la Eucaristía Jesús se oculta para que sea deseado, se oculta para dejarse contemplar; se hace misterio para estimular y aquilatar el amor. La sagrada Eucaristía viene a ser así alimento siempre nuevo y poderoso para el corazón que abrasa. Algo de lo que sucede en el cielo pasa entonces; siéntese igual hambre y sed de Dios, hambre y sed siempre vivas y siempre satisfechas; el alma amante penetra en lo más hondo del amor divino y descubre siempre nuevas riquezas, mientras Jesús se le va manifestando gradualmente para más pura y fuertemente atraerla.

¡Oh, feliz aquel a quien la santa pasión de la Eucaristía inspira y enciende; feliz mil veces quien no vive más que por el amado, como la esposa de los Cantares, y quien en todas las cosas no ambiciona otra cosa que su reinado eucarístico! Bien puede el tal decir con san Pablo: Ya no soy yo quien vivo, sino que vive en mí Jesucristo (Gal 2, 20). Si exprimirse pudiera toda la substancia de esta alma, saldría una hostia Jesús Sacramentado es su vida.

 

El amor, fin del adorador I/II

Vivir para Jesús

Tomado de “Obras eucarísticas”

San Pedro Julian Eymard

 

Jesús sacramentado debe ser no sólo centro, sino también fin del cristiano. El que me comiere vivirá para mí, dijo el Salvador. Nada tan justo como combatir el soldado por la gloria de su rey, como trabajar el criado para provecho de su amo y el hijo por amor de sus padres.

¿Y qué es vivir para Jesús sacramentado sino vivir entero con la mira puesta en su amor y su mayor gloria, sino hacer de su adorable servicio fin de los dones, de la piedad, de las virtudes y del celo, sino convertirla en nobilísima pasión de toda la vida?

La Eucaristía, fin de los dones y de las gracias

Todos los dones de naturaleza y de gracia del adorador deben ser un obsequio de amor a Jesús en el santísimo Sacramento.

Para su divino Hijo, para adorarle, amarle y servirle nos los ha dado el Padre. Para celebrar el amor y cantar las alabanzas de Jesús eucarístico me ha dado el creador una lengua y una voz; me ha dado ojos para ver su adorable persona oculta en la Hostia y para contemplar sus virtudes eucarísticas, oídos para escuchar sus alabanzas, sentidos para servirle, entendimiento para adorarle, razón para conversar con su divina sabiduría, memoria para recordar sus verdades y su vida; imaginación para pintarme los rasgos de su humanidad santísima y un corazón tierno para amarle como a mi salvador, Dios y hombre juntamente.

Jesús en el santísimo Sacramento debe ser fin de todas mis facultades, del ejercicio de mis sentidos, en suma, de todo mi ser. Hay desorden en un ser cuando no tiende a su fin; es monstruoso el oponerse a su fin y necedad buscar otro. Como todos los rayos de luz proceden del sol y a él conducen, así todos los dones y todas las gracias de Dios deben conducirme a mi principio y a mi fin divino, que es Jesús y Jesús sacramentado.

San Agustín buscaba a Jesús en los libros: Jesum quaerens in libris; santo Tomás, en la ciencia; san Francisco, en las criaturas; pero el adorador, en el sagrario. El adorador debe referirlo todo a su gloria, y una ciencia, una cosa o una acción que no pueda referir al servicio y gloria de su soberano Señor debe serle indiferente. Y si se tratase de cosas contrarias y hostiles a la gloria de su divino Rey, entonces tendría que volver a comenzar el combate del cielo contra los ángeles malos.

Lo primero que debe decirse en todas las cosas es: ¿qué hay en esto para la gloria de la divina Eucaristía?

La Eucaristía, fin de la piedad cristiana

La devoción eucarística debe ser la devoción regia del cristiano. El servicio del rey pasa antes que el de los ministros. El sol eclipsa todas las estrellas y todo el cielo estrellado gira en torno del astro polar. Del mismo modo también hay que dar a la devoción eucarística el primer puesto entre los ejercicios de piedad. Todas las prácticas piadosas deben depender de ella y a ella referirse. Obrar de otro modo sería separar a Jesucristo de su corte, rendir culto absoluto a los santos separándolos de su Dios.

La sagrada comunión debe ser fin de la piedad.

La sagrada comunión es el acto supremo del amor de Jesucristo para con el hombre, es el último límite de la gracia, la extensión de la encarnación es Jesucristo uniendo con su vida a cada uno de los que comulgan.

Por eso la piedad cristiana no debe ser otra cosa que ejercicio preparatorio de la sagrada comunión o hacimiento de gracias por ella. Todo ejercicio que así no se refiera a la sagrada comunión anda fuera de su mejor fin. Por eso, si invoco a los santos es para que sean medianeros más poderosos ante el Rey; si me pongo de hinojos a los pies de María es con el fin de que me conduzca a su divino Hijo; si honro un misterio pasado cualquiera de la vida de Jesús es con el fin de ver en él cómo el amor prepara el estado sacramental. Toda piedad, para ser conforme a su gracia y a su fin, debe ser eucarística. Así como los arroyos y los ríos van a la mar, así también todo en la vida cristiana va a parar en el océano del adorable sacramento.

 

El valor salvífico de la resurrección

De las catequesis de

san Juan Pablo Magno


15 de marzo de 1989

l. Si, como hemos visto en anteriores catequesis, la fe cristiana y la predicación de la Iglesia tienen su fundamento en la resurrección de Cristo, por ser ésta la confirmación definitiva y la plenitud de la revelación, también hay que añadir que es fuente del poder salvífico del Evangelio y de la Iglesia en cuanto integración del misterio pascual. En efecto, según San Pablo, Jesucristo se ha revelado como ‘Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos’ (Rom 1, 4). Y El transmite a los hombres esta santidad porque ‘fue entregado por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación’ (Rom 4, 25). Hay como un doble aspecto en el misterio pascual: la muerte para liberar del pecado y la resurrección para abrir el acceso a la vida nueva.

Ciertamente el misterio pascual, como toda la vida y la obra de Cristo, tiene una profunda unidad interna en su función redentora y en su eficacia, pero ello no impide que puedan distinguirse sus distintos aspectos con relación a los efectos que derivan de él en el hombre. De ahí la atribución a la resurrección del efecto específico de la ‘vida nueva’, como afirma San Pablo.

2. Respecto a esta doctrina hay que hacer algunas indicaciones que, en continua referencia los textos del Nuevo Testamento, nos permitan poner de relieve toda su verdad y belleza.

Ante todo, podemos decir ciertamente que Cristo resucitado es principio y fuente de una vida nueva para todos los hombres. Y esto aparece también en la maravillosa plegaria de Jesús, la víspera de su pasión, que Juan nos refiere con estas palabra: ‘Padre… glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado’ (Jn 17, 1-2). En su plegaria Jesús mira y abraza sobre todo a sus discípulos a quienes advirtió de la próxima y dolorosa separación que sé verificaría mediante su pasión y muerte, pero a los cuales prometió asimismo: ‘Yo vivo y también vosotros viviréis (Jn 14, 19). Es decir: tendréis parte en mi vida, la cual se revelará después de la resurrección. Pero la mirada de Jesús se extiende a un radio de amplitud universal. Les dice: ‘No ruego por éstos (mis discípulos), sino también por aquellos, que por medio de su palabra, creerán en mí… (Jn 17, 20): todos deben formar una sola cosa al participar en la gloria de Dios en Cristo.

La nueva vida que se concede a los creyentes en virtud de la resurrección de Cristo, consiste en la victoria sobre la muerte del pecado y en la nueva participación en la gracia. Lo afirma San Pablo de forma lapidaria: ‘Dios, rico en misericordia…, estando muertos a causa de nuestros delitos nos vivificó juntamente con Cristo’ (Ef 2, 4-5). Y de forma análoga San Pedro: ‘El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo…, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha reengendrado para una esperanza viva’ (1 Pe 1, 3).

Esta verdad se refleja en la enseñanza paulina sobre el bautismo: ‘Fuimos, pues, con El (Cristo) sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva’ (Rom 6, 4).

3. Esta vida nueva (la vida según el Espíritu) manifiesta la filiación adoptiva: otro concepto paulino de fundamental importancia. A este respecto, es ‘clásico’ el pasaje de la Carta a los Gálatas: ‘Envió Dios a su Hijo… para rescatar a los que se hallaban bajo la ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva’ (Gal 4, 4-5). Esta adopción divina por obra del Espíritu Santo, hace al hombre semejante al Hijo unigénito: ‘…Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios’ ‘m 8, 14). En la Carta a los Gálatas San Pablo se apela a la experiencia que tienen los creyentes de la nueva condición en que se encuentran: ‘La prueba de que sois hijos de Dios es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios’ (Gal 4, 6)7). Hay, pues, en el hombre nuevo un primer efecto de la redención: la liberación de la esclavitud; pero la adquisición de la libertad llega al convertirse en hijo adoptivo, y ello no tanto por el acceso legal a la herencia, sino con el don real de la vida divina que infunden en el hombre las tres Personas de la Trinidad (Cfr. Gal 4, 6; 2 Cor 13, 13). La fuente de esta vida nueva del hombre en Dios es la resurrección de Cristo.

La participación en la vida nueva hace también que los hombres sean ‘hermanos’ de Cristo, como el mismo Jesús llama a sus discípulos después de la resurrección: ‘Id a anunciar a mis hermanos…’ (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza sino por don de gracia, pues esa filiación adoptiva da una verdadera y real participación en la vida del Hijo unigénito, tal como se reveló plenamente en su resurrección.

4. La resurrección de Cristo (y, más aún, el Cristo resucitado) es finalmente principio y fuente de nuestra futura resurrección. El mismo Jesús habló de ello al anunciar la institución de la Eucaristía como sacramento de la vida eterna, de la resurrección futura: ‘El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día’ (Jn 6, 54). Y al ‘murmurar’ los que lo oían, Jesús les respondió: ‘¿Esto os escandaliza? ¿Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes…?’ (Jn 6, 61-62).De ese modo indicaba indirectamente que bajo las especies sacramentales de la Eucaristía se da los que la reciben participación en el Cuerpo y Sangre de Cristo glorificado.

También San Pablo pone de relieve la vinculación entre la resurrección de Cristo y la nuestra, sobre todo en su Primera Carta a los Corintios; pues escribe: ‘Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron… Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo’ (1 Cor 15, 20-22). ‘En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: !La muerte ha sido devorada en la victoria!’ (1 Cor 15, 53-54). ‘Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo’ (1 Cor 15, 57).

La victoria definitiva sobre la muerte, que Cristo ya ha logrado, El la hace partícipe a la humanidad en la medida en que ésta recibe los frutos de la redención. Es un proceso de admisión a la ‘vida nueva’, a la ‘vida eterna’, que dura hasta el final de los tiempos. Gracias a ese proceso se va formando a lo largo de los siglos una nueva humanidad: el pueblo de los creyentes reunidos en la Iglesia, verdadera comunidad de la resurrección. A la hora final de la historia, todos resurgirán, y los que hayan sido de Cristo, tendrán la plenitud de la vida en la gloria, en la definitiva realización de la comunidad de los redimidos por Cristo ‘para que Dios sea todo en todos’ (1 Cor 15, 28).

5. El Apóstol enseña también que el proceso redentor, que culmina con la resurrección de los muertos, acaece en una esfera de espiritualidad inefable, que supera todo lo que se puede concebir y realizar humanamente. En efecto, si por una parte escribe que ‘la carne y la sangre no pueden heredar el reino de los cielos; ni la corrupción hereda la incorrupción’ (1 Cor 15, 50) lo cual es la constatación de nuestra incapacidad natural para la nueva vida), por otra, en la Carta a los Romanos asegura a los que creen lo siguiente: ‘Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros’ (Rom 8, 11). Es un proceso misterioso de espiritualización, que alcanzará también a los cuerpos en el momento de la resurrección por el poder de ese mismo Espíritu Santo que obró la resurrección de Cristo.

Se trata, sin duda, de realidades que escapan a nuestra capacidad de comprensión y de demostración racional, y por eso son objeto de nuestra fe fundada en la Palabra de Dios, la cual, mediante San Pablo, nos hace penetrar en el misterio que supera todos los límites del espacio y del tiempo: ‘Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida'(1 Cor 15, 45). ‘Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste’ (1 Cor 15, 49).

6. En espera de esa transcendente plenitud final, Cristo resucitado vive en los corazones de sus discípulos y seguidores como fuente de santificación en el Espíritu Santo, fuente de la vida divina y de la filiación divina, fuente de la futura resurrección.

Esa certeza le hace decir a San Pablo en la Carta a los Gálatas: ‘Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí’ (Gal 2, 20). Como el Apóstol, también cada cristiano, aunque vive todavía en la carne (Cfr. Rom 7, 5), vive una vida ya espiritualizada con la fe (Cfr. 2 Cor 10, 3), porque el Cristo vivo, el Cristo resucitado se ha convertido en el sujeto de todas sus acciones: Cristo vive en mí (Cfr. Rom 8, 2. 10)11;. Flp 1, 21; Col 3, 3). Y es la vida en el Espíritu Santo.

Esta certeza sostiene al Apóstol, como puede y debe sostener a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos de esta vida, tal como aconsejaba Pablo al discípulo Timoteo en el fragmento de una Carta suya con el que queremos cerrar )para nuestro conocimiento y consuelo) nuestra catequesis sobre la resurrección de Cristo: ‘Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio… Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con El, también viviremos con El; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con El; si le negamos, también El nos negará; si somos fieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo…’ (2 Tim 2, 8-13).

‘Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos’: esta afirmación del Apóstol nos da la clave de la esperanza en la verdadera vida en el tiempo y en la eternidad.

Dones y frutos del Espíritu Santo

Columnas de nuestra vida moral

Catecismo de la Iglesia Católica nº 1830-1845

La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.

Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

«Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana» (Sal 143,10).

«Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios […] Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm 8, 14.17)

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Ga 5,22-23, vulg.).

Resumen

La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien.

Las virtudes humanas son disposiciones estables del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Pueden agruparse en torno a cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

La prudencia dispone la razón práctica para discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien y elegir los medios justos para realizarlo.

La justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.

La fortaleza asegura, en las dificultades, la firmeza y la constancia en la práctica del bien.

La templanza modera la atracción hacia los placeres sensibles y procura la moderación en el uso de los bienes creados.

Las virtudes morales crecen mediante la educación, mediante actos deliberados y con el esfuerzo perseverante. La gracia divina las purifica y las eleva.

Las virtudes teologales disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto, a Dios conocido por la fe, esperado y amado por Él mismo.

Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13). Informan y vivifican todas las virtudes morales.

Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que Él nos ha revelado y que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe.

Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla.

Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el “vínculo de la perfección” (Col 3, 14) y la forma de todas las virtudes.

Los siete dones del Espíritu Santo concedidos a los cristianos son: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.