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¿HAY REMEDIO PARA UN MUNDO PERDIDO COMO EL NUESTRO?

Domingo Vº del Tiempo Ordinario – Año A

Vosotros sois la luz del mundo – Mt 5, 13-16

Si empezase este sermón haciéndoles una simple pregunta: ¿Cuán perdido está el mundo? Para que pensemos, reflexionemos, miremos a nuestro entorno… ¿Seríamos capaces de valorar la profundidad de esta respuesta?

Quizás a muchos de nosotros esta pregunta no nos impacta tanto o no nos hace reflexionar cómo deberíamos, porque tal vez en nuestro círculo más íntimo de convivencia, las cosas andan bien -o tal vez tengamos problemas, tengamos dificultades; sentimos que el mundo nos quiere tragar- por lo que, en estos casos, debemos ampliar nuestra mirada. Miremos por unos instantes al mundo. Vamos a intentar hacer una especie de fotografía, una imagen descriptiva del mundo en que estamos viviendo.

Es un mundo en que los pilares más básicos de la sociedad tradicional -a saber: Dios (Religión) y Familia- deben ser aniquilados y si no, al menos subvertidos totalmente. La vida humana peligra incluso desde antes del nacimiento con la tan diseminada cultura de la muerte; con el aborto, ataque cruel a seres inocentes e indefensos. Después, una vez nacidos los niños, ya desde su más tierna infancia sufren ataques despiadados con todo lo que implica la ideología de género y cosas por el estilo; los jóvenes, tragados cada vez más hacia el fondo de un abismo de perdición desenfrenada, buscando el placer a toda costa, sin preocuparse para nada de las consecuencias de sus actos; los adultos en su gran mayoría, viviendo como si fuesen seres sin responsabilidad alguna para con nada, eternos niños, inmaduros, que rehúsan la madurez por miedo a responsabilidades; los “pocos” que se deciden por formar una familia, ven sus propósitos siendo atacados también por un sinfín de máximas que el mundo les intenta poner encima; en la mayoría de los casos todas ellas están escondidas entre las distorsionadas comprensiones de la libertad como valor absoluto para todo, sumado al hedonismo característico de la sociedad moderna; de ahí se abren paso infidelidades, adulterios, divorcios, vicios que encadenan cada vez a más y más personas; los mayores, relegados a una especie de penumbra desesperanzada, donde ven su vida agotarse poco a poco y no entienden el por qué de ser tenidos por inútiles o desechables; otra vez más la cultura de la muerte que hace su ronda con todo el tema de la eutanasia, etc. Realmente, tinieblas, densas tinieblas que pueden hacer que cualquier persona llegue al punto de la desesperación.

Pero no termina allí, también en el ámbito de la fe: como decíamos, el mundo también puso un blanco en Dios y la religión para buscar su ruina. Nunca se vivió un período dónde reinase tanta confusión por doquier; la fe rebajada a un mero sentimentalismo barato que al fin y al cabo sirve solamente para que las personas “se sientan bien” -o “cómodas”- en sus vidas relajadas; escándalos, escasez de vocaciones; paganismo y sincretismo caminando de la mano a veces dentro de la Iglesia. Encontramos piedras de tropiezo en aquellos que deberían ser puentes para llevarnos al Reino Eterno, a Dios…

En el ámbito de las naciones, el mismo egoísmo y falta de responsabilidad que veíamos en el nivel más personal, de los individuos, ahora se eleva hasta la potencia de las naciones: guerras sin freno, sin leyes, sin justificaciones; naciones oprimidas; naciones opresoras; regímenes totalitarios,  anarquías instaladas en diversas partes; la triste realidad de la corrupción en aquellos que deberían cuidar del bien común; y en medio de todo esto, las vidas de miles y miles de personas que son quitadas arrebatadas, sufrimientos causados a inocentes por motivos que, muchas veces, ellos ni saben cuáles son, y no tienen nada que ver con ellos.

Un ambiente verdaderamente terrible, lastimero. Casi podríamos materializar aquí aquella imagen muy significativa que pone San Ignacio de Loyola en la meditación de las dos banderas de sus Ejercicios Espirituales, dónde dice que Satanás está sentado en su trono, elevado en medio de una gran planicie, en la tierra de Babilonia… Un trono que echa humo y un asfixiante olor a azufre… Casi podríamos considerar a todo el mundo actual como esta tierra de Babilonia.

Creo que es una imagen bastante aproximada del mundo en que vivimos. Respondiendo a la pregunta del comienzo: ¿parece que el mundo está real y totalmente perdido? A pesar de pintar este cuadro del mundo de este modo, podemos ampararnos en las mismas palabras de la Sagrada Escritura para zanjar la cuestión: “[…] el mundo entero yace en poder del maligno.” (1Jn 5, 19).

Sin embargo, para no quedarnos desesperados, es en este mismo versículo en que San Juan nos advierte que el mundo está en poder del maligno, que él nos aclara: “Sabemos que somos de Dios […]”; o podemos tomar también de San Pablo, cuando escribe a los Filipenses: “Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo […]” (Fl 3, 20) Y para llenarnos totalmente de esperanza, escuchemos las palabras del Señor al Padre Celeste en su plegaria sacerdotal en la noche del Jueves Santo: “Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. […] Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre. […] Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba […] Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.” (Cfr. Jn 17, 9-16)

Ahora, delante de esta realidad, podemos llenarnos de esta “alegre esperanza de que el Señor nos protege”, nos guarda del mundo, de su espíritu, de sus tinieblas. Jesús podría haber rogado al Padre que nos quitase del mundo, pero no lo hizo, sino que simplemente rogó al Padre: “que los guardes del maligno”. Podríamos preguntarnos el por qué, ¿no? ¿Por qué tenemos que quedarnos y vivir en este mundo si no somos ciudadanos de aquí, si hay tanta perdición, tanta oscuridad, tanto peligro de que nos alejemos del verdadero camino?

La respuesta a estas preguntas es justamente lo que nos dice el Señor en la liturgia de hoy. Si se dieron cuenta, toda la liturgia habla de las obras que debemos hacer para manifestar en el mundo la bondad de Dios, para intentar manifestar el poder Redentor de Jesús al máximo de personas posibles, porque, en definitiva, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Siendo así, queda claro que tenemos una misión: ser sal de la tierra y luz del mundo, ciudad puesta en lo alto de un monte. Es decir, que debemos empeñarnos en hacer de nuestra existencia en este mundo -que muy bien podríamos llamarlo con las palabras de la Salve Regina: Valle de lágrimas– un faro que brille y atraiga a las personas a la Luz de Cristo.

Tres son las misiones que el Señor nos encomienda en este Evangelio y que debemos practicar: sal de la tierra, luz del mundo y ciudad puesta en lo alto de un monte. Tratemos de comprender un poco qué quiere decir cada una de estas cosas, y para empezar, veamos una bella explicación de San Juan Pablo II[1]:

Vosotros sois la sal de la tierra…” Como es bien sabido, una de las funciones principales de la sal es sazonar, dar gusto y sabor a los alimentos. Esta imagen nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido ‘sazonado’ con la vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6,4). La sal por la que no se desvirtúa la identidad cristiana, incluso en un ambiente hondamente secularizado, es la gracia bautismal que nos ha regenerado, haciéndonos vivir en Cristo y concediendo la capacidad de responder a su llamada para ‘que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios’ (Rm 12, 1). Escribiendo a los cristianos de Roma, san Pablo los exhorta a manifestar claramente su modo de vivir y de pensar, diferente del de sus contemporáneos: ‘no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.’ (Rm 12, 2).

Durante mucho tiempo, la sal ha sido también el medio usado habitualmente para conservar los alimentos. Como la sal de la tierra, estáis llamados a conservar la fe que habéis recibido y a transmitirla intacta a los demás. Vuestra generación tiene ante sí el gran desafío de mantener íntegro el depósito de la fe.

¡Descubrid vuestras raíces cristianas, aprended la historia de la Iglesia, profundizad el conocimiento de la herencia espiritual que os ha sido transmitido, seguid a los testigos y a los maestros que os han precedido! Solo permaneciendo fieles a los mandamientos de Dios, a la alianza que Cristo ha sellado con su sangre derramada en la Cruz, podréis ser los apóstoles y los testigos del nuevo milenio.

Es propio de la condición humana, y especialmente de la juventud, buscar lo absoluto, el sentido y la plenitud de la existencia. Queridos jóvenes, ¡no os contentéis con nada que esté por debajo de los ideales más altos! No os dejéis desanimar por los que, decepcionados de la vida, se han hecho sordos a los deseos más profundos y más auténticos de su corazón. Tenéis razón en no resignarse a las diversiones insulsas, a las modas pasajeras y a los proyectos insignificantes. Si mantenéis grandes deseos para el Señor, sabréis evitar la mediocridad y el conformismo, tan difusos en nuestra sociedad.”

Pero no somos llamados a ser solamente sal de la tierra, también estamos llamados a ser luz, y este símbolo, dice San Juan Pablo II[2], “evoca el deseo de verdad y la sed de llegar a la plenitud del conocimiento que están impresos en lo más íntimo de cada ser humano.” Y ponía un ejemplo para ayudarnos a entender este simbolismo. Decía que “cuando la luz va menguando o desaparece completamente, ya no se consigue distinguir la realidad que nos rodea. En el corazón de la noche podemos sentir temor e inseguridad, esperando sólo con impaciencia la llegada de la luz de la aurora.”

Más adelante sigue diciendo que “la luz de la cual Jesús nos habla en el Evangelio es la de la fe, don gratuito de Dios, que viene a iluminar el corazón y a dar claridad a la inteligencia: ‘Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo’ (2Cor 4,6).

El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos. Con el nuevo modo que Él nos proporciona de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe.”

“Así como la sal da sabor a la comida y la luz ilumina las tinieblas, así también la santidad da pleno sentido a la vida, haciéndola un reflejo de la gloria de Dios. ¡Con cuántos santos, también entre los jóvenes, cuenta la historia de la Iglesia! En su amor por Dios han hecho resplandecer las mismas virtudes heroicas ante el mundo, convirtiéndose en modelos de vida propuestos por la Iglesia para que todos le imiten.[3]

Todo esto nos lleva al último punto del que nos habla el Evangelio: que somos llamados a ser una ciudad puesta en lo alto de un monte, porque el deseo de Cristo es que “así brille vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.” Con nuestras buenas obras, con el ejemplo que estamos llamados a dar de santidad en este mundo perdido en que vivimos, la fe que llevamos dentro -y que debe iluminar las tinieblas- juntamente con nuestras obras buenas, deben ser como un refugio para las personas que están desesperadas en el mundo, debemos mostrarles que hay un lugar mejor, un reino dónde todo lo de acá abajo es semejante a paja para quemar y por el cual debemos luchar y darlo todo por alcanzar.

Esta gracia le pedimos a la Santísima Virgen María: la de tomar conciencia de esta misión que nos encomendó el Señor, y también le pedimos la fuerza necesaria para llevar adelante esta misión.

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE

[1] Homilía de San Juan Pablo II en Castel Gandolfo, el 25 de julio de 2001 para la XVII Jornada Mundial de la Juventud

[2] Ibid.

[3] Ibid.

La luz que alumbra a todo hombre

De los escritos de San Máximo el Confesor, abad

(Cuestiones a Talasio)

La luz que alumbra a todo hombre. Cuestión 63
La lámpara colocada sobre el candelero, de la que habla la Escritura, es nuestro Señor Jesucristo, luz verdadera del Padre, que, viniendo a este mundo, alumbra a todo hombre; al tomar nuestra carne, el Señor se ha convertido en lámpara y por esto es llamado «luz», es decir, Sabiduría y Palabra del Padre y de su misma naturaleza. Como tal es proclamado en la Iglesia por la fe y por la piedad de los fieles. Glorificado y manifestado ante las naciones por su vida santa y por la observancia de los mandamientos, alumbra a todos los que están en la casa (es decir, en este mundo), tal como lo afirma en cierto lugar esta misma Palabra de Dios: No se enciende una lámpara para meterla debajo el celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Se llama a sí mismo claramente lámpara, como quiera que, siendo Dios por naturaleza, quiso hacerse hombre por una dignación de su amor.

Según mi parecer, también el gran David se refiere a esto cuando, hablando del Señor, dice: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Con razón, pues, la Escritura llama lámpara a nuestro Dios y Salvador, ya que él nos libra de las tinieblas de la ignorancia y del mal.

Él, en efecto, al disipar, a semejanza de una lámpara, la oscuridad de nuestra ignorancia y las tinieblas de nuestro pecado, ha venido a ser como un camino de salvación para todos los hombres: con la fuerza que comunica y con el conocimiento que otorga, el Señor conduce hacia el Padre a quienes con él quieren avanzar por el camino de la justicia y seguir la senda de los mandatos divinos. En cuanto al candelero, hay que decir que significa la santa Iglesia, la cual, con su predicación, hace que la palabra luminosa de Dios brille e ilumine a los hombres del mundo entero, como si fueran los moradores de la casa, y sean llevados de este modo al conocimiento de Dios con los fulgores de la verdad.

La palabra de Dios no puede, en modo alguno, quedar oculta bajo el celemín; al contrario, debe ser colocada en lo más alto de la Iglesia, como el mejor de sus adornos. Si la palabra quedara disimulada bajo la letra de la ley, como bajo un celemín, dejaría de iluminar con su luz eterna a los hombres. Escondida bajo el celemín, la palabra ya no sería fuente de contemplación espiritual para los que desean librarse de la seducción de los sentidos, que, con su engaño, nos inclinan a captar solamente las cosas pasajeras y materiales; puesta, en cambio, sobre el candelero de la Iglesia, es decir, interpretada por el culto en espíritu y verdad, la palabra de Dios ilumina a todos los hombres.

La letra, en efecto, si no se interpreta según su sentido espiritual, no tiene más valor que el sensible y está limitada a lo que significan materialmente sus palabras, sin que el alma llegue a comprender el sentido de lo que está escrito.

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero y que alumbre a todos los de casa. Se llama a sí mismo claramente lámpara, como quiera que, siendo Dios por naturaleza, quiso hacerse hombre por una dignación de su amor.

La presentación del Señor

Homilía de San Juan Pablo II

Primera Jornada de la Vida Consagrada.

 

1. Lumen ad revelationem gentium: luz para alumbrar a las naciones (cf. Lc 2, 32).

Cuarenta días después de su nacimiento, Jesús fue llevado por María y José al templo para presentarlo al Señor (cf. Lc 2, 22), según lo que está escrito en la ley de Moisés: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor» (Lc 2, 23), y para ofrecer en sacrificio «un par de tórtolas o dos pichones, como dice la ley del Señor» (Lc 2, 24).

Al recordar estos eventos, la liturgia sigue intencionalmente y con precisión el ritmo de los acontecimientos evangélicos: el plazo de los cuarenta días del nacimiento de Cristo. Hará lo mismo después con el período que va de la resurrección a la ascensión al cielo.

En el evento evangélico que se celebra hoy destacan tres elementos fundamentales: el misterio de la venida, la realidad del encuentro y la proclamación de la profecía.

2. Ante todo, el misterio de la venida. Las lecturas bíblicas, que hemos escuchado, subrayan el carácter extraordinario de esta venida de Dios: lo anuncia con entusiasmo y alegría el profeta Malaquías, lo canta el Salmo responsorial, lo describe el texto del evangelio según san Lucas. Basta, por ejemplo, escuchar el Salmo responsorial: «¡Portones!, alzad los dinteles (…): va a entrar el rey de la gloria (…). ¿Quién es ese rey de la gloria? (…). El Señor, héroe de la guerra (…). El Señor, Dios de los ejércitos. Él es el rey de la gloria» (Sal 23, 7-8.10).

Entra en el templo de Jerusalén el esperado durante siglos, aquel que es el cumplimiento de las promesas de la antigua alianza: el Mesías anunciado. El salmista lo llama «Rey de la gloria». Sólo más tarde se aclarará que su reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36), y que cuantos pertenecen a este mundo están preparando para él, no una corona real, sino una corona de espinas.

Sin embargo, la liturgia mira más allá. Ve en ese niño de cuarenta días la «luz» destinada a iluminar a las naciones, y lo presenta como la «gloria» del pueblo de Israel (cf. Lc 2, 32). Él es quien deberá vencer la muerte, como anuncia la carta a los Hebreos, explicando el misterio de la Encarnación y de la Redención: «Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús» (Hb 2, 14), habiendo asumido la naturaleza humana.

Después de haber descrito el misterio de la Encarnación, el autor de la carta a los Hebreos presenta el de la Redención: «Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella» (Hb 2, 17-18). Se trata de una profunda y conmovedora presentación del misterio de Cristo. Ese pasaje de la carta a los Hebreos nos ayuda a comprender mejor por qué esta ida a Jerusalén del recién nacido hijo de María es un evento decisivo para la historia de la salvación. El templo, desde su construcción, esperaba de una manera completamente singular a aquel que había sido prometido. Su presentación reviste, por tanto, un significado sacerdotal: «Ecce sacerdos magnus»; el sumo Sacerdote verdadero y eterno entra en el templo.

3. El segundo elemento característico de la celebración de hoy es la realidad del encuentro. Aunque nadie está esperando la llegada de José y María con el niño Jesús, que acuden entre la gente, en el templo de Jerusalén sucede algo muy singular. Allí se encuentran algunas personas guiadas por el Espíritu Santo: el anciano Simeón, de quien san Lucas escribe: «Hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor» (Lc 2, 25-26), y la profetisa Ana, que «de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones» (Lc 2, 36-37). El evangelista prosigue: «Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén» (Lc 2, 38).

Simeón y Ana: un hombre y una mujer, representantes de la antigua alianza que, en cierto sentido, habían vivido toda su vida con vistas al momento en que el Mesías esperado visitaría el templo de Jerusalén. Simeón y Ana comprenden que finalmente ha llegado el momento y, confortados por ese encuentro, pueden afrontar con paz en el corazón la última parte de su vida: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2, 29-30).

En este encuentro discreto las palabras y los gestos expresan eficazmente la realidad del acontecimiento que se está realizando. La llegada del Mesías no ha pasado desapercibida. Ha sido reconocida por la mirada penetrante de la fe, que el anciano Simeón manifiesta en sus conmovedoras palabras.

4. El tercer elemento que destaca en esta fiesta es la profecía: hoy resuenan palabras verdaderamente proféticas. La liturgia de las Horas concluye cada día la jornada con el cántico inspirado de Simeón: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador (…), luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 29-32).

El anciano Simeón, dirigiéndose a María, añade: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; signo de contradicción, para que se manifiesten los pensamientos de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 34-35). Así pues, mientras todavía nos encontramos al comienzo de la vida de Jesús, ya estamos orientados hacia el Calvario. En la cruz Jesús se confirmará de modo definitivo como signo de contradicción, y allí el corazón de su Madre será traspasado por la espada del dolor. Se nos dice todo esto ya desde el inicio, cuarenta días después del nacimiento de Jesús, en la fiesta de la presentación de Jesús en el templo, tan importante en la liturgia de la Iglesia.

5. Amadísimos hermanos y hermanas, la celebración de hoy se enriquece este año con un significado nuevo. En efecto, por primera vez celebramos la Jornada de la vida consagrada.

A todos vosotros, queridos religiosos y religiosas, y a vosotros, queridos hermanos y hermanas miembros de los institutos seculares y de las sociedades de vida apostólica, se os ha encomendado la tarea de proclamar con la palabra y el ejemplo el primado de lo absoluto sobre toda realidad humana. Se trata de un compromiso urgente en nuestro tiempo que, con frecuencia, parece haber perdido el sentido auténtico de Dios. Como he recordado en el mensaje que os he dirigido para esta primera Jornada de la vida consagrada, en nuestros días «existe realmente una gran necesidad de que la vida consagrada se muestre cada vez más “llena de alegría y de Espíritu Santo”, se lance con brío por los caminos de la misión, se acredite por la fuerza del testimonio vivido, ya que “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros lo hace porque son testigos”» (n. 4: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 de enero de 1997, p. 7). Que vuestra misión en la Iglesia y en el mundo sea luz y fuente de esperanza.

Como el anciano Simeón y la profetisa Ana, salgamos al encuentro del Señor en su templo. Acojamos la luz de su revelación, esforzándonos por difundirla entre nuestros hermanos, con vistas al ya próximo gran jubileo del año 2000.

Que nos acompañe la Virgen santísima, Madre de la esperanza y de la alegría, y obtenga a todos los creyentes la gracia de ser testigos de la salvación, que Dios ha preparado para todos los pueblos en su Hijo encarnado, Jesucristo, luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel. Amén.

Cordero de Dios e Hijo de Dios

“Cordero de Dios e Hijo de Dios”

Homilía del Domingo

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta un momento crucial: el Precursor se encuentra finalmente con su Señor; lo reconoce, lo da a conocer y da testimonio de Él ante los presentes; probablemente sus discípulos, aquellos que a partir de ahora deberían dejarlo porque su maravillosa misión llegaba a su fin, al mismo tiempo que comenzaba la de Jesús.

San Juan Bautista, no solamente debía preparar el terreno para la llegada de Jesús mediante su vida de penitencia y de predicación, sino que además recibiría una gracia única: fue él quien señaló explícitamente a Jesús como “el que había de venir”, el que el pueblo elegido llevaba siglos esperando. Y todo esto se enmarca entre dos títulos exclusivos también, pero aplicables solamente a Jesús por antonomasia. San Juan bautista, al comienzo de este Evangelio, lo llama “Cordero de Dios”; y el Evangelio cierra este capítulo proclamándolo “Hijo de Dios”. Antes de decir algo acerca de ambas maneras de referirse a nuestro Señor, digamos un poco acerca de la misión del Precursor.

En primer lugar: san Juan Bautista reconoce a Jesús como el Mesías

Para reconocer a alguien debemos entrar en contacto de alguna manera. Y en este caso debemos considerar que donde se encontraba san Juan Bautista acudían multitudes, es decir, gran variedad de personas, de distintos lugares, edades, oficios, clases sociales, etc. Pero de entre todos ellos solamente una persona llama la atención del Precursor: Jesús, quien no venía ciertamente ni con opulencia, ni con ropas llamativas, ni las propias de los sacerdotes y escribas, sino como un hombre más, sencillo, probablemente en silencio; y, sin embargo, apenas la mirada de san Juan se posó sobre Él (o tal vez en cuanto sus miradas se hubieron encontrado), en seguida “lo reconoció”.

A partir de aquí podemos comenzar nuestras propias consideraciones, preguntándonos si nosotros también sabemos reconocer a Cristo presente, es decir, en nuestras dificultades para sostenernos, en nuestros dolores para consolarnos, en nuestras alegrías para compartirlas, en nuestra vida espiritual para acrecentarla, en nuestra oración para asistirnos, aconsejarnos, susurrarnos sus designios, etc.; en la Eucaristía, pero realmente presente, como una Persona divina que desea entrar en contacto con nuestra alma; porque reconocerlo no significa tan solo “afirmar” -claro que no-, reconocerlo implica una manera especial de vivir, de ser, de practicar efectivamente nuestra fe.

En segundo lugar: san Juan Bautista debía señalar a Jesús a los demás

Esta es exactamente la actitud que todos los santos, sin excepción, han tenido: señalar a Jesucristo: ¿cómo?; con sus obras, con sus palabras, con sus ejemplos. Porque señalar implica dirección, y los santos y las almas buenas y todos nosotros también debemos señalar a Jesús como nuestro Salvador a los demás. Del santo cura de Ars dijo una vez un feligrés que pasó unos pocos minutos con él “he visto a Dios en un hombre”; y así son los santos: corazones nobles que atraen a los otros corazones, pero para llevarlos a Dios: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria” dice el salmo 115; y así también hacen con el bien las almas que no son egoístas, es decir, las que quieren compartir los beneficios recibidos, comunicando el bien, enseñando la verdad, e invitando a los demás a seguir también a Dios.

En tercer lugar: reconocer a Jesucristo y señalarlo para los demás tiene implicancias profundas. Hemos dicho anteriormente que a Jesucristo se lo señala con la vida, pero es más que eso todavía, como vemos en la actitud del Bautista, quien debió disminuir para que Cristo creciera (grandioso ejemplo de humildad), y le cedió a sus discípulos para que lo acompañaran y para que ellos contemplaran la Verdad más plena en Jesús, y hasta dio su vida por mantenerse fiel a la verdad.

La segunda gran consideración son los apelativos con los cuales el Evangelio se refiere a Jesús: como el Cordero de Dios y como el Hijo de Dios.

Sabemos muy bien que Jesucristo, como “Cordero de Dios”, es una de las maneras más hermosas, tiernas y desgarradoras de referirse a nuestro Señor. El cordero es un animal que, a diferencia de otros, al ser llevado al sacrificio no comienza a balar, no da golpes ni intenta siquiera huir, sino que simplemente guarda silencio. Probablemente los presentes no comprendieron en aquel momento a qué se refería san Juan con este apelativo tan llamativo, tal vez recordado posteriormente en la pasión de nuestro Señor:

“«¡Este es el Cordero de Dios!» dice Juan Bautista. Jesucristo no habla; es Juan quien dice todo. El Esposo tiene la costumbre de actuar así. No dice nada a la Esposa sino que se presenta y se mantiene en silencio. Otros lo anuncian y lo presentan a la Esposa. Cuando ella aparece, el Esposo no la coge él mismo sino que la recibe de manos de otro. Pero después de haberla recibido de este modo, se une tan fuertemente a ella que la Esposa ya no se acuerda de los que ha dejado para seguir al Esposo. Esto se realiza en Cristo. Ha venido para unirse a su Esposa, la Iglesia.” (San Juan Crisóstomo).

Jesucristo no es cualquier cordero, sino aquel “que quita el pecado del mundo”, es decir, el que es capaz de quitar el yugo más grande que se puede cernir sobre las almas: el pecado; porque es un yugo interno, que la aprisiona y la hace capaz de condenarse; ese mismo yugo que en la tierra nos inclina hacia las cosas bajas. Esto significa que este Cordero de Dios, es capaz de romper las cadenas del alma y liberarla, y justamente para eso ha venido a este mundo, para ofrecer liberación, santidad y salvación por medio de su gracia, la cual ofrecerá a partir de su entrega silenciosa, aceptada por amor a nosotros, los hombres que sin Él estábamos perdidos.

Así mismo como cuando entró en este mundo lo hizo sin estrépito, y desapercibido para la mayoría, así también comienza su ministerio público, en silencio, apenas reconocido; como recordándonos aquella misteriosa enseñanza del pesebre que sucintamente nos decía Benedicto VXI: “Dios a veces está donde menos se lo espera encontrar”, como en el tumulto del Jordán, o entre el ruido del mundo, pasando sin ser notado mientras no sea suficiente nuestra fe… como cordero silencioso.

Finalmente, nos encontramos con la gran revelación y testimonio del Bautista:

“Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”; aludiendo directamente a las palabras del profeta: “Saldrá un renuevo del tronco de Jesé (padre de David), un vástago brotará de sus raíces. Sobre él reposará el espíritu del Señor” (Is 11,1-2)

El relato del Evangelio llega más allá, incluso, del nombre de “Cordero de Dios”; y va hasta donde los discípulos llegarían mucho después, luego de muchas pruebas, incomprensiones, enseñanzas, correcciones, etc., pues llegó hasta la afirmación de la divinidad de Jesús; una divinidad escondida que estaba a punto de comenzar, poco a poco, a manifestarse entre aquellos que Jesucristo ha venido a salvar.

Jesucristo es el “Cordero de Dios” y el “Hijo de Dios”; el que a veces pasa desapercibido, el que no retrocede ante los sufrimientos que nos alcanzarán la salvación; y el mismo que hace milagros en los corazones que lo sepan reconocer y señalar a los demás con fe profunda y dispuesta a lo que sea, con tal de dar valiente testimonio de este Dios nuestro que decidió venir por nosotros a este mundo y quedarse hasta el fin de los tiempos, invitando a la conversión y salvación.

Le pedimos a María santísima que nos alcance de su Hijo la gracia de reconocerlo en sus designios, en su santa voluntad, en la santísima Eucaristía y a lo largo de toda nuestra vida; dado fiel testimonio de nuestra fe hasta el final, como lo hizo el gran precursor de nuestro Señor.

P. Jason.

BAUTISMO DEL SEÑOR

Queridos hermanos y hermanas, en este día celebramos litúrgicamente la fiesta del Bautismo del Señor. Celebramos la fiesta que cierra el tiempo de Navidad, propuesta por la Iglesia justamente después de la Solemnidad de la Epifanía, fiesta de la manifestación del Señor. San Juan Crisóstomo decía que, en la Epifanía, donde escuchamos este año la manifestación de Cristo a los Reyes Magos, tenemos una manifestación más reservada; y hoy, en la fiesta del Bautismo del Señor, se da como una segunda manifestación, (pero) una manifestación al público.

Pues bien, el evangelista hoy nos dice que sobre el Señor en oración se abrió el cielo. Jesús entra en contacto con su Padre y el cielo se abre sobre Él. El cielo se abre sobre nosotros en el sacramento. Cuanto más vivimos en contacto con Jesús en la realidad de nuestro bautismo, tanto más el cielo se abre sobre nosotros.

Y del cielo —como dice el Evangelio— aquel día salió una voz que dijo a Jesús: “Tú eres mi Hijo amado” (Lc 3,22). En nuestro bautismo, el Padre celestial repitió también estas palabras refiriéndose a cada uno de nosotros. Dijo: “Tú eres mi Hijo”. En el bautismo somos adoptados e incorporados a la familia de Dios, en la comunión con la Santísima Trinidad, en la comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Precisamente por eso el bautismo debe administrarse en nombre de la Santísima Trinidad. Estas palabras no son solo una fórmula; son una realidad. Marcan el momento en que todos nosotros renacemos como Hijos de Dios. De hijos de padres humanos, nos convertimos también en hijos de Dios en el Hijo del Dios vivo.

El Apóstol San Pablo, cuándo escribe a Tito, dice que: Él nos salvó “según su misericordia, por medio del baño de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5). ¡Un baño de regeneración! El bautismo no es sólo una palabra; no es sólo algo espiritual; implica también la materia. Toda la realidad de la tierra queda involucrada. El bautismo no es algo que se refiera solamente al alma. La espiritualidad del hombre afecta al hombre en su totalidad, cuerpo y alma. La acción de Dios en Jesucristo es una acción de eficacia universal. Cristo asume la carne y esto continúa en los sacramentos, en los que la materia es asumida y pasa a formar parte de la acción divina.

Ahora podemos preguntarnos por qué precisamente el agua es el signo de esta totalidad.

El agua es fuente de fecundidad. Sin agua no hay vida. Y así, en todas las grandes religiones, el agua se ve como símbolo de la maternidad, de la fecundidad. Para los Padres de la Iglesia, el agua se convierte en símbolo del seno materno de la Iglesia.

En Tertuliano, un escritor eclesiástico del siglo III, se encuentran estas sorprendentes palabras: “Cristo nunca está sin agua”. Con estas palabras Tertuliano quería decir que Cristo nunca está sin la Iglesia. En el bautismo somos adoptados por el Padre Celestial, pero en esta familia que Él constituye existe también una madre, la Madre Iglesia. El hombre no puede tener a Dios como Padre, decían ya los antiguos escritores cristianos, si no tiene también a la Iglesia como Madre. Así, de nuevo vemos cómo el cristianismo no es solamente una realidad espiritual, individual, una simple decisión subjetiva que yo tomo, sino que es algo real, algo concreto; podríamos decir, algo también material.

La familia de Dios se construye en la realidad concreta de la Iglesia. La adopción como Hijos de Dios, del Dios trino, es a su vez incorporación a la familia de la Iglesia, inserción como hermanos y hermanas en la gran familia de los cristianos. Y solamente podemos decir “Padre nuestro”, dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo, si como hijos de Dios nos insertamos como hermanos y hermanas en la realidad de la Iglesia. Esta oración supone siempre el “nosotros” de la familia de Dios.

Pero ahora debemos recordar las palabras del Evangelio, donde Juan Bautista dijo: “Yo los bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo (…) Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). Hemos visto el agua; pero ahora surge la pregunta: ¿en qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista? Para ver esta realidad del fuego, presente en el bautismo junto con el agua, debemos observar que el bautismo de Juan era un gesto humano, un acto de penitencia; era el esfuerzo humano por dirigirse a Dios para pedirle el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una nueva vida. Era solo un deseo humano, un ir hacia Dios con las propias fuerzas.

Ahora bien, esto no basta. La distancia sería demasiado grande. En Jesucristo vemos que Dios viene a nuestro encuentro. En el bautismo cristiano, instituido por Cristo, no actuamos solamente nosotros con el deseo de ser lavados, con la oración para obtener el perdón. En el bautismo es Dios mismo quien actúa mediante el Espíritu Santo. En el bautismo cristiano está presente el fuego del Espíritu Santo. Dios actúa, no solamente nosotros.

Pero naturalmente, Dios no actúa de modo mágico. Actúa solamente con nuestra libertad. No podemos renunciar a nuestra libertad. Dios interpela nuestra libertad, nos invita a cooperar con el fuego del Espíritu Santo. Estas dos cosas deben ir juntas. El bautismo seguirá siendo durante toda la vida un don de Dios, que ha grabado su sello en nuestra alma. Pero luego requiere nuestra cooperación, la disponibilidad de nuestra libertad para decir el “sí” que confiere eficacia a la acción divina.

A la Virgen Madre de Jesús, nuestro Salvador, presentado en la liturgia de hoy como el Hijo predilecto de Dios, encomendémonos, para que María vele por todos nosotros y nos acompañe siempre, para que se realice plenamente el plan de salvación que Dios tiene para cada uno.

¡Así sea!

P. Harley Carneiro, IVE

A la Madre de Dios y Madre nuestra, María

Iglesia de la Anunciación de Nazaret, Domingo 5 de enero de 1964

San Pablo VI

En Nazaret, Nuestro primer pensamiento se dirigirá a María Santísima:

— para ofrecerle el tributo de Nuestra piedad

— para nutrir esta piedad con aquellos motivos que deben hacerla verdadera, profunda, única, como los designios de Dios quieren que sea: a la Llena de Gracia, a la Inmaculada, a la siempre Virgen, a la Madre de Cristo —Madre por eso mismo de Dios— y Madre nuestra, a la que por su Asunción está en el cielo, a la Reina. beatísima, modelo de la Iglesia y esperanza nuestra.

En seguida le ofrecemos el humilde y filial propósito de quererla siempre venerar y celebrar, con un culto especial que reconozca las grandes cosas que Dios ha hecho en Ella, con una devoción particular que haga actuar nuestros afectos más piadosos, más puros, más humanos, más personales y más confiados, y que levante en alto, por encima del mundo, el ejemplo y la confianza de la perfección humana;

— y en seguida, le presentaremos nuestros oraciones por todo lo que más llevamos en el corazón, porque queremos honrar su bondad y su poder de amor y de intercesión:

— la oración para que nos conserve en el alma una sincera devoción hacia Ella,

— la oración para que nos dé la comprensión, el deseo, la confianza y el vigor de la pureza del espíritu y del cuerpo, del sentimiento y de la palabra, del arte y del amor; aquella pureza que hoy el mundo no sabe ya cómo ofender y profanar; aquella pureza a la cual Jesucristo ha unido una de sus promesas, una de sus bienaventuranzas, la de la mirada penetrante en la visión de Dios;

— y la oración de ser admitidos por Ella, la Señora, la Dueña de la casa, juntamente con su fuerte y manso Esposo San José, en la intimidad de Cristo, de su humano y divino Hijo Jesús.

Nazaret es la escuela de iniciación para comprender la vida de Jesús. La escuela del Evangelio. Aquí se aprende observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido, tan profundo y misterioso, de aquella simplísima, humildísima, bellísima  manifestación del Hijo de Dios.

Casi insensiblemente, acaso, aquí también se aprende a imitar. Aquí se aprende el método con que podremos comprender quién es Jesucristo. Aquí se comprende la necesidad de observar el cuadro de su permanencia entre nosotros: los lugares, el templo, las costumbres, el lenguaje, la religiosidad de que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Todo habla. Todo tiene un sentido. Todo tiene una doble significación: una exterior, la que los sentidos y las facultades de percepción inmediata pueden sacar de la escena evangélica, la de aquéllos que miran desde fuera, que únicamente estudian y critican el vestido filológico e histórico de los libros santos, la que en el lenguaje bíblico se llama la “letra”, cosa preciosa y necesaria, pero oscura para quien se detiene en ella, incluso capaz de infundir ilusión y orgullo de ciencia en quien no observa con el ojo limpio, con el espíritu humilde, con la intención buena y con la oración interior el aspecto fenoménico del Evangelio, el cual concede su impresión interior, es decir, la revelación de la verdad, de la realidad que al mismo tiempo presenta y encierra solamente a aquéllos que se colocan en el haz de luz, el haz que resulta de la rectitud del espíritu, es decir, del pensamiento y del corazón —condición subjetiva y humana que cada uno debería procurarse a sí mismo—, y resultante al mismo tiempo de la imponderable, libre y gratuita fulguración de la gracia —la cual, por aquel misterio de misericordia que rige los destinos de la humanidad, nunca falta, en determinadas horas, en determinada forma; no, no le falta nunca a ningún hombre de buena voluntad—. Este es el “espíritu”.

Aquí, en esta escuela, se comprende la necesidad de tener una disciplina espiritual, si se quiere llegar a ser alumnos del Evangelio y discípulos de Cristo. ¡Oh, y cómo querríamos ser otra vez niños y volver a esta humilde, sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo querríamos repetir, junto a María, nuestra introducción en la verdadera ciencia de la vida y en la sabiduría superior de la divina verdad!

Pero nuestros pasos son fugitivos; y no podemos hacer más que dejar aquí el deseo, nunca terminado, de seguir esta educación en la inteligencia del Evangelio. Pero no nos iremos sin recoger rápidamente, casi furtivamente, algunos fragmentos de la lección de Nazaret.

Lección de silencio. Renazca en nosotros la valorización del silencio, de esta estupenda e indispensable condición del espíritu; en nosotros, aturdidos por tantos ruidos, tantos estrépitos, tantas voces de nuestra ruidosa e hipersensibilizada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la aptitud de prestar oídos a las buenas inspiraciones y palabras de los verdaderos maestros; enséñanos la necesidad y el valor de la preparación, del estudio, de la meditación, de la vida personal e interior, de la oración que Dios sólo ve secretamente.

Lección de vida doméstica. Enseñe Nazaret lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fundamental e insuperable de su sociología.

Lección de trabajo. ¡Oh Nazaret, oh casa del “Hijo del Carpintero”, cómo querríamos comprender y celebrar aquí la ley severa, y redentora de la fatiga humana; recomponer aquí la conciencia de la dignidad del trabajo; recordar aquí cómo el trabajo no puede ser fin en sí mismo y cómo, cuanto más libre y alto sea, tanto lo serán, además del valor económico, los valores que tiene como fin; saludar aquí a los trabajadores de todo el mundo y señalarles su gran colega, su hermano divino, el Profeta de toda justicia para ellos, Jesucristo Nuestro Señor!

He aquí que Nuestro pensamiento ha salido así de Nazaret y vaga por estos montes de Galilea que han ofrecido la escuela de la naturaleza a la voz del Maestro y Señor. Falta el tiempo y faltan las fuerzas suficientes para reafirmar en este momento su divino e inconmensurable mensaje. Pero no podemos privarNos, de mirar al cercano monte de las Bienaventuranzas, síntesis y vértice de la predicación evangélica, y de procurar oír el eco que de aquel discurso, como si hubiese quedado grabado en esta misteriosa atmósfera, llega hasta Nos.

Es la voz de Cristo que promulga el Nuevo Testamento, la Nueva Ley que absorbe y supera la antigua y lleva hasta las alturas de la perfección la actividad humana. Gran motivo de obrar en el hombre es la obligación, que pone en ejercicio su libertad: en el Antiguo Testamento era la ley del temor; en .la práctica de todos los tiempos y en la nuestra es el instinto y el interés; para Cristo, que el Padre por amor ha dado al mundo, es la Ley del Amor. El se enseño a Sí mismo obedecer por amor; y esta es su liberación. «Deus —nos enseña san Agustín— dedit minora praecepta populo quem adhuc timore alligare oportebat; et per Filium suum maiora populo quem charitate iam liberari convenerat» (PL 34, 11231). Cristo en su Evangelio ha dado al mundo el fin supremo y la fuerza superior de la acción y por eso mismo de la libertad y del progreso: el amor. Nadie lo puede superar, nadie vencer, nadie sustituir. El código de la vida es su Evangelio. La persona humana alcanza en la palabra de Cristo su más alto nivel. La sociedad humana encuentra en El su más conveniente y fuerte cohesión.

Nosotros creemos, oh Señor, en tu palabra; nosotros procuraremos seguirla y vivirla.

Ahora escuchamos su eco que repercute en nuestros espíritus de hombres de nuestro tiempo. Diríase que nos dice:

Bienaventurados nosotros si, pobres de espíritu„ sabemos librarnos de la confianza en los bienes económicos y poner nuestros deseos primeros en los bienes espirituales y religiosos, y si respetamos y amamos a los pobres como hermanos e imágenes vivientes de Cristo.

Bienaventurados nosotros si, educados en la mansedumbre de los fuertes, sabemos renunciar al triste poder del odio y de la venganza y conocemos la sabiduría de preferir al temor de las armas la generosidad del perdón, la alianza de la libertad y del trabajo, la conquista de la verdad y de la paz.

Bienaventurados nosotros, si no hacemos del egoísmo el criterio directivo de la vida y del placer su finalidad, sino que sabemos descubrir en la sobriedad una energía, en el dolor una fuente de redención, en el sacrificio el vértice de la grandeza.

Bienaventurados nosotros, si preferimos ser antes oprimidos que opresores y si tenemos siempre hambre de una justicia cada vez mayor.

Bienaventurados nosotros si, por el Reino de Dios, en el tiempo y más allá del tiempo, sabemos perdonar y luchar, obrar y servir, sufrir y amar.

No quedaremos engañados para siempre.

Así Nos parece volver a oír hoy su voz. Entonces era más fuerte, más dulce y más tremenda: era divina.

Pero a Nos, procurando recoger algún eco de la palabra del Maestro, Nos parece hacernos sus discípulos y poseer, no sin razón, une nueva sabiduría, un nuevo valor.

FAMILIA, LUGAR DE PAZ

En el año 1979, en una solemnidad como la que celebramos hoy, san Juan Pablo II, polaco que hacía poco tiempo había asumido el gobierno de la Santa Iglesia, propuso al mundo una reflexión sobre esta hermosa fiesta de la Sagrada Familia. Decía él: “El Hijo de Dios vino al mundo de la Virgen cuyo nombre era María; nació en Belén y creció en Nazaret bajo la protección de un hombre justo llamado José.

Jesús fue desde el principio el centro del gran amor que llenaba y rodeaba siempre a la Sagrada Familia, lleno de solicitud y de afecto hacia el Niño Dios que acababa de nacer; fue su gran vocación; fue su inspiración; fue el gran misterio de su vida. En la casa de Nazaret: ‘crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres’ (Lc 2, 52). Fue obediente y sumiso, como debe ser un hijo con sus padres. Esta obediencia nazarena de Jesús a María y a José ocupa casi todos los años que Él vivió en la tierra y constituye, por tanto, el período más largo de esta total e ininterrumpida obediencia que tributó al Padre celestial. No son muchos los años que Jesús dedicó al servicio de la Buena Nueva y finalmente al Sacrificio de la Cruz.

Pertenece así a la Sagrada Familia una parte importante de este divino misterio, cuyo fruto es la redención del mundo.”

San Pablo, en la segunda carta a los cristianos de Colosas, en la lectura que escuchamos hace poco, deseaba a los cristianos de esta ciudad que “la paz de Cristo reine en vuestros corazones”. La Iglesia nos introduce en un tema profundamente importante con estas dos conexiones: la fiesta de la Sagrada Familia y también este deseo de san Pablo de que, finalmente, reine la paz de Cristo.

Nuestro Señor Jesucristo dijo que nos da la paz, pero dijo que no la da como la da el mundo; su paz es diferente. Esta paz que viene de Cristo y que el Apóstol desea que reine en nuestros corazones es una paz que comienza, sobre todo, en el ambiente familiar.

La paz, según san Agustín, puede definirse como tranquillitas ordinis, es decir, la tranquilidad en el orden de todas las cosas. Todos los ambientes que nos rodean, cuando están bien ordenados, siguiendo una jerarquía de valores —los sobrenaturales por encima de los naturales, la fe sobre la razón, la razón sobre la animalidad, etc.—, cuando las cosas están así ordenadas, se puede decir que estamos en paz. Todo está sometido a aquello a lo que le corresponde estar sometido.

Dentro de la familia también debe existir este orden. En verdad, es en la familia donde se debe enseñar este orden, para que de ella salgan personas bien ordenadas, personas que busquen la paz y busquen instaurar la paz de Cristo en la sociedad.

San Pablo nos deja algunas indicaciones de este orden, de cómo debe ser dentro de la familia, cuando nos enseña que, en primer lugar, todo lo que hagamos debemos hacerlo en nombre del Señor Jesucristo. Luego advierte a las esposas que sean solícitas con sus maridos, como conviene en el Señor. Después advierte también a los maridos que amen a sus esposas y no sean ásperos con ellas. A los hijos tampoco les falta un tirón de orejas: obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es bueno y correcto en el Señor. A los padres les dirige también palabras para enseñarles cómo deben comportarse con relación a sus hijos: no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen.

Este orden es algo establecido por Dios; es algo que Él, como Ser Supremo que pensó y quiso la familia desde toda la eternidad, busca honrar al padre en los hijos, como nos dice el libro del Eclesiástico en la primera lectura, y confirma sobre ellos la autoridad de la madre. Quien honra a su padre alcanza el perdón de los pecados, evita cometerlos y será escuchado en la oración cotidiana. Quien respeta a su madre es como alguien que acumula tesoros. Quien honra a su padre tendrá alegría con sus propios hijos, y el día en que ore será escuchado. Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien obedece al padre es el consuelo de su madre.

Después, ya al final de la primera lectura, el autor del Eclesiástico nos da una de las exhortaciones más hermosas de la Sagrada Escritura: “Hijo mío, cuida de tu padre en su vejez y no le causes tristeza mientras viva.” ¡Ah, cuántas familias hoy en día se están desmoronando por falta de aplicación de este consejo! Cuántos padres y madres ancianos abandonados por aquellos por quienes dieron la vida, por quienes se desvivieron para criarlos y educarlos! Y el autor del Eclesiástico continúa: “Aunque pierda la lucidez, sé comprensivo con él; no lo humilles en ninguno de los días de su vida. La caridad hecha a tu padre no será olvidada, sino que servirá para reparar tus pecados…”

¿Y qué significa esto sino la aplicación de aquello que Nuestro Señor dejó como el mayor mandamiento dentro de la familia? ¿No fue Nuestro Señor Jesucristo quien nos dijo que el nuevo mandamiento que nos dejaba era este:  amaos los unos a los otros como yo os he amado”? ¿Y no debemos entonces aplicar este mandamiento en la familia en primer lugar? ¿No es esto lo que nos exhortan las lecturas y la liturgia de este día dedicado a la Sagrada Familia?

Esta paz de Cristo, que el Apóstol Pablo desea que reine en nuestros corazones, que la Iglesia busca y siempre ha buscado que reine en las familias y que actualmente se ve tan atacada, tan bombardeada y debilitada, brota de la verdadera caridad, brota de la caridad aplicada a los más cercanos, a los más próximos a nosotros: a los de nuestra casa. El Apóstol exhorta: “Pero, sobre todo, amaos los unos a los otros, pues el amor es el vínculo de la perfección.”

Esta exhortación no puedo dejar de dirigirla a cada uno de ustedes; no puedo ignorarla. El mismo san Pablo me exhorta a mí: “Instruíos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría.”

San Juan Pablo II, en esta reflexión que mencionaba al comienzo de esta homilía, decía que: “Efectivamente, la paz es signo del amor, es su confirmación en la vida de la familia. La paz es la alegría de los corazones; es el consuelo en la fatiga cotidiana. La paz es el apoyo que se ofrecen recíprocamente la mujer y el marido, y que los hijos encuentran en los padres y los padres en los hijos.”

Por eso tenemos la gran alegría de, desde lo profundo de nuestros corazones, como pedía san Pablo en la segunda lectura, cantar a Dios salmos, himnos y cánticos espirituales, en acción de gracias porque tenemos a la Sagrada Familia para imitar. Ustedes tienen a Jesús, María y José como modelo de este orden perfecto que debe ser seguido dentro del hogar y, a partir de ahí, procurar ordenar todos los demás aspectos de sus vidas y así alcanzar la paz de Cristo. En síntesis: lograrán la paz de Cristo amándoos los unos a los otros como Cristo los amó, dentro de vuestros hogares.

Que la Sagrada Familia de Nazaret interceda en este día especial por todas las familias del mundo entero, especialmente por todos ustedes aquí reunidos en la presencia del Señor, para que alcancen la verdadera alegría que brota de la paz de Cristo que debe reinar en vuestra familia.

Ave Maria Puríssima.

P. Harley Carneiro, IVE

RECONOCE, CRISTIANO, TU DIGNIDAD – SAN LEÓN MAGNO

Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, pues participas de la 
naturaleza divina (cfr. 2 Re 1, 4), y no vuelvas a la antigua 
miseria con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de 
qué Cuerpo eres miembro.

San León Magno

Hoy, amadísimos, ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos.
No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la Vida,
disipando el temor de la muerte y llenándonos de gozo con la
eternidad prometida. Nadie se crea excluido de tal regocijo,
pues una misma es la causa de la común alegría. Nuestro
Señor, destructor del pecado y de la muerte, así como a nadie
halló libre de culpa, así vino a librar a todos del pecado. Exulte
el santo, porque se acerca al premio; alégrese el pecador,
porque se le invita al perdón; anímese el pagano, porque se le
llama a la vida.

Al llegar la plenitud de los tiempos (cfr. Gal 4, 4), señalada
por los designios inescrutables del divino consejo, tomó el Hijo
de Dios la naturaleza humana para reconciliarla con su Autor y
vencer al introductor de la muerte, el diablo, por medio de la
misma naturaleza que éste había vencido (cfr. Sab 2, 24). En
esta lucha emprendida para nuestro bien se peleó según las
mejores y más nobles reglas de equidad, pues el Señor
todopoderoso batió al despiadado enemigo no en su majestad,
sino en nuestra pequeñez, oponiéndole una naturaleza humana,
mortal como la nuestra, aunque libre de todo pecado.

No se cumplió en este nacimiento lo que de todos los demás
leemos: nadie está limpio de mancha, ni siquiera el niño que
sólo lleva un día de vida sobre la tierra (Job 14, 4-5). En tan
singular nacimiento, ni le rozó la concupiscencia carnal, ni en
nada estuvo sujeto a la ley del pecado. Se eligió una virgen de
la estirpe real de David que, debiendo concebir un fruto
sagrado, lo concibió antes en su espíritu que en su cuerpo. Y
para que no se asustase por los efectos inusitados del designio
divino, por las palabras del Ángel supo lo que en ella iba a
realizar el Espiritu Santo. De este modo no consideró un daño
de su virginidad llegar a ser Madre de Dios. ¿Por qué había de
desconfiar Maria ante lo insólito de aquella concepción, cuando
se le promete que todo será realizado por la virtud del Altísimo?
Cree Maria, y su fe se ve corroborada por un milagro ya
realizado: la inesperada fecundidad de Isabel testimonia que es
posible obrar en una virgen lo que se ha hecho con una estéril.

Asi pues, el Verbo, el Hijo de Dios, que en el principio estaba
en Dios, por quien han sido hechas todas las cosas, y sin el
cual ninguna cosa ha sido hecha (cfr. Jn 1, 1-3), se hace
hombre para liberar a los hombres de la muerte eterna. Al tomar
la bajeza de nuestra condición sin que fuese disminuida su
majestad, se ha humillado de tal forma que, permaneciendo lo
que era y asumiendo lo que no era, unió la condición de siervo
(cfr. Fil 2, 7) a la que Él tenía igual al Padre, realizando entre las
dos naturalezas una unión tan estrecha, que ni lo inferior fue
absorbido por esta glorificación, ni lo superior fue disminuido
por esta asunción. Al salvarse las propiedades de cada
naturaleza y reunirse en una sola persona, la majestad se ha
revestido de humildad; la fuerza, de flaqueza; la eternidad, de
caducidad.

Para pagar la deuda debida por nuestra condición, la
naturaleza inmutable se une a una naturaleza pasible;
verdadero Dios y verdadero hombre se asocian en la unidad de
un solo Señor. De este modo, el solo y único Mediador entre
Dios y los hombres (cfr. 1 Tim 2, 5) puede, como lo exigía
nuestra curación, morir, en virtud de una de las dos naturalezas,
y resucitar, en virtud de la otra. Con razón, pues, el nacimiento
del Salvador no quebrantó la integridad virginal de su Madre. La
llegada al mundo del que es la Verdad fue la salvaguardia de su
pureza.

Tal nacimiento, carísimos, convenía a la fortaleza y sabiduría
de Dios, que es Cristo (cfr. 1 Cor 1, 24), para que en Él se
hiciese semejante a nosotros por la humanidad y nos
aventajase por la divinidad. De no haber sido Dios, no nos
habría proporcionado remedio; de no haber sido hombre, no
nos habría dado ejemplo. Por eso le anuncian los ángeles,
cantando llenos de gozo: gloria a Dios en las alturas; y
proclaman: en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad
(Lc 2, 14). Ven ellos, en efecto, que la Jerusalén celestial se
levanta en medio de las naciones del mundo. ¿Qué alegría no
causará en el pequeño mundo de los hombres esta obra
inefable de la bondad divina, si tanto gozo provoca en la esfera
sublime de los ángeles?

Por todo esto, amadísimos, demos gracias a Dios Padre por
medio de su Hijo en el Espíritu Santo, que, por la inmensa
misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros; y,
estando muertos por el pecado, nos resucitó a la vida en Cristo
(cfr. Ef 2, 5) para que fuésemos en Él una nueva criatura, una
nueva obra de sus manos. Por tanto, dejemos al hombre viejo
con sus acciones (cfr. Col 3, 9) y renunciemos a las obras de la
carne, nosotros que hemos sido admitidos a participar del
nacimiento de Cristo.

Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, pues participas de la
naturaleza divina (cfr. 2 Re 1, 4), y no vuelvas a la antigua
miseria con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de
qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado del
poder de las tinieblas, has sido trasladado al reino y claridad de
Dios (cfr. Col 1, 13). Por el sacramento del Bautismo te
convertiste en templo del Espíritu Santo: no ahuyentes a tan
escogido huésped con acciones pecaminosas, no te entregues
otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la Sangre
de Cristo, quien te redimió según su misericordia y te juzgará
conforme a la verdad. El cual con el Padre y el Espiritu Santo
reina por los siglos de los siglos. Amén.

LAS DOS VENIDAS DE CRISTO – SAN CIRILO DE JERUSALÉN

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc 2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (cf. Sal 104,2a). En la primera «soportó la cruz, sin miedo a la ignominia» (Hebr 12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles.

San Cirilo de Jerusalén

Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento, esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino. Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón (Sal 72,6); el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc 2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (cf. Sal 104,2a). En la primera «soportó la cruz, sin miedo a la ignominia» (Hebr 12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles (cf. Mt 25,31).

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la segunda. Y, habiendo proclamado en la primera: «bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21,9), diremos eso mismo en la segunda (cf. Mt 23,39); y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos adorándolo: «Bendito el que viene en nombre del Señor». El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio (Mt 27,12) refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz y les dirá: «Esto hiciste y yo callé» (Sal 50,21 ) 3.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.

De ambas venidas habla el profeta Malaquías «De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis» (Mal 3,1). He ahí la primera venida. Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar —dice el Señor de los ejércitos—. ¿Quién podrá resistir el día de su venida? ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará para fundir y purgar» (3,1-3).

Y en las líneas que siguen dice el Salvador mismo: «Yo me acercaré a vosotros para el juicio, y seré un testigo expeditivo contra los hechiceros y contra los adúlteros, contra los que juran con mentira», etc. (3,5). Por eso, queriendo hacernos más cautos, dice Pablo: «Si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego» (I Cor 3,12-13)4.

Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas en estos términos: «Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tit 2,11-13). Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.

Por esta razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel «que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, sera otra vez renovado.

Catequesis XV, 1-3 – San Cirilo de Jerusalén

La prueba de san José

Homilía del Domingo

Queridos hermanos:

Durante este tiempo litúrgico que venimos celebrando, se nos han propuesto en diversos momentos las denominadas “cuatro grandes figuras del Adviento”: el profeta Isaías, san Juan Bautista, María santísima y en este cuarto domingo la de san José, el varón justo, es decir, santo; elegido por Dios como el guardián y custodio de sus dos grandes tesoros: María santísima y Jesucristo, su Madre y su Hijo.

El evangelista nos presenta el conocido texto sobre la sorpresa de san José ante el conocimiento de que María santísima, la mujer con quien se desposaba, se encuentra de pronto embarazada, y su decisión de abandonarla en secreto. En síntesis, nos encontramos ante aquello que podríamos llamar “la gran prueba de san José”, quien “ciertamente buscaba una respuesta a la inquietante pregunta, pero, sobre todo, buscaba una salida a aquella situación tan difícil para él.” (San Juan Pablo II) Siguiendo la interpretación del Papa Magno, resulta difícil pensar que san José se quisiera apartar de María santísima por desconfianza o desprecio: san José no era un hombre cualquiera; su virtud y la pureza de su corazón le habían ganado la simpatía de Dios, quien lo eligió como el Custodio exclusivo de sus dos grandes tesoros.

Antes de continuar, detengámonos un instante a considerar una analogía: existen ciertas obras de arte que se consideran como sumamente delicadas; y esto a tal punto que no pueden ser maniobradas simplemente con las manos. Es por eso que, para poder tocarlas y moverlas se requiere ponerse guantes -como el cirujano que ha de realizar una delicada operación-, hechos de tal material que no permita que la obra de arte se dañe ni en lo más mínimo. Pues bien, san José cumplió esa misión de ser algo así como los guantes del Padre para custodiar de cerca a sus más preciadas obras de arte: su Madre y su Hijo, a quienes san José se dedicó a proteger.

¿Cómo comprender, entonces, la actitud de san José?, ¿por qué pretender “dar un paso atrás” respecto a María, su esposa, de quien sabía su virtud?; y es que a este justo hijo de David le pasó lo mismo que a cualquier alma llamada a cosas grandes le puede pasar: sentirse indigno de tomar parte de algo que, ciertamente, está más allá de lo ordinario, de sus capacidades, de su comprensión, pero que tiene al mismo Dios por autor y sólo nosotros tenemos “el poder de frustrar” si nos alejamos de la divina voluntad.

Volviendo un poco más atrás, digamos algo acerca de la percepción que podemos llegar a tener de los demás. Cada uno de nosotros, en más de una oportunidad, hemos percibido desde el principio, antes de profundizar en ciertas relaciones, el cariño, por ejemplo, que alguien nos tiene; y así también podemos percibir la aversión, la antipatía, la ironía; la alegría, la tristeza, la preocupación, etc.; y es cierto que todo esto nos podemos equivocar -y quizás lo hayamos hecho-, al haber juzgado mal a alguien antes de llegar a conocerlo mejor. Con esta consideración en mente, vayamos nuevamente junto a san José, vecino de la Virgen, del mismo pueblito y a pocos metros una casa de la otra. La habrá visto antes, tan vez hayan hablado en más de una oportunidad, o había oído acerca de ella, quién sabe. Y a esto debemos agregar la especial pureza del corazón de san José; es decir, que él miraba diferente y probablemente comprendía mejor que los demás lo que era tratar con la inocencia que desposaba. Y ahora sí, la gran pregunta, ¿realmente san José dudó de la integridad de la Virgen o, más bien, se detuvo ante un misterio que no podía llegar a penetrar?

Este “detenerse estupefacto” pareciera haberse convertido en el corazón de este hombre justo, en el repentino pensamiento de dar un paso atrás ante el misterio.

Preguntémonos también: ¿Cuántas “almas pequeñas, como las nuestras” han sido llamadas a hacer cosas grandes? ¿Acaso no es la misma santidad, que Dios nos pide a cada uno sin discriminaciones, una grande empresa ante la cual retrocedemos?, ¿cuántas grandes renuncias Dios nos ha pedido y hemos “dado un paso atrás”, renunciando a la grandeza? Pues bien, en san José Dios nos enseña que nuestra nada y poquedad no son un obstáculo para sus “grandes obras”: Dios nos pide generosidad, Dios nos pide que confiemos en Él, Dios nos pide magnanimidad… y que no lo arruinemos por falta de confianza en Él.

El ángel del Señor le dice a san José en sueños que “no tema”, porque el temor estanca las almas, frustra los planes divinos, y hace perder incontables gracias que nos serían concedidas si tan sólo confiáramos más en Dios.

“El mensajero se dirige a José como al «esposo de María», aquel que, a su debido tiempo, tendrá que imponer ese nombre al Hijo que nacerá de la Virgen de Nazaret, desposada con él. El mensajero se dirige, por tanto, a José confiándole la tarea de un padre terreno respecto al Hijo de María.” (San Juan Pablo II); pero no sólo se vuelve, san José, un modelo de padre para el Hijo de Dios a quien custodia, sino también un modelo de esposo, dedicado en todo a sustentar a su familia con el esfuerzo de su humilde trabajo: “Aunque no hubiera otra razón para alabar a San José, habría que hacerlo, me parece, por el solo deseo de agradar a María. No se puede dudar que ella tiene gran parte en los honores que se rinden a San José y que con ello se encuentra honrada. Además de reconocerle por su verdadero esposo, y de haber tenido para él todos los sentimientos que una mujer honesta tiene para aquel con quien Dios la ha ligado tan estrechamente, el uso que él hizo de su autoridad sobre ella, el respeto que tuvo con su pureza virginal le inspiró una gratuidad igual al amor que ella tenía por esta virtud y, consiguientemente, un gran celo por la gloría de San José” (san Claudio de la Colombiere); y san Bernardino de Siena llega a decir: “Si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen María, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José, después de ella, una especial gratitud y reverencia”.

Luego del sueño de san José, sin embargo, nuestro querido santo comprende bien que es el mismo Dios quien “le pide este favor”, y esto nos debe ayudar a preguntarnos a nosotros mismos ¿cuántas veces Dios me pidió algo a mí?, y ¿cuántas de aquellas veces le dijimos que no?, ¿cuántas veces dimos un paso atrás por falta de confianza en Dios? San José se ha convertido en ejemplo de fidelidad al plan de Dios, el cual una vez aceptado, no dejó de cumplir jamás. Si bien no sabemos cuándo aconteció su muerte, sí podemos deducir que hasta encontrarse con ella san José cumplió con Dios.

En este cuarto Domingo de adviento, ya casi la antesala del nacimiento más importante de la historia, le pedimos al custodio de Jesús y de María, que nos alcance la gracia de imitarlo en su abandono incondicional a la voluntad de Dios, de no retroceder ante las cosas grandes que Dios quiere hacer en y por nosotros, y de cumplir con fidelidad hasta el final los planes que Dios nos vaya trazando para nuestra santificación y encuentro final con Él en la eternidad.

 

P. Jason Jorquera M., IVE.