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El corazón de Jesús

LA GRAN DEVOCIÓN DE LOS TIEMPOS PRESENTES

P. Alfonso Torres

a) Busca al pecador, se complace en el justo

El corazón de Cristo es herido de dos maneras: por los pecadores, con sus pecados, y por las almas de sus fieles servidores, con los dardos de su amor.

La delicadeza y sensibilidad del Divino Corazón, ¿quién podrá ni rastrearlas? Los atisbos de ellas que alcanzamos cuando meditamos el Evangelio, bastan para que nos persuadamos de que ni de lejos pueden los corazones humanos, aun los más perfectos, compararse con el Corazón de Cristo.

¡Así es el corazón de Cristo! No es tan estrecho el corazón de nuestro Señor como el nuestro; su condescendencia y amor no tienen límites; cuando se halla en presencia del pecador, se desborda, como quien conoce la propia pequeñez.

En el corazón de Cristo se puede morar de tres maneras. Primero, por la mente iluminada por la fe. Segundo, por el corazón encendido en amor. Tercero, por la gracia especial del Espíritu Santo.

Hay que entrar en el corazón: para que nuestros sentimientos sean como los del corazón de Cristo, que no haya ninguna disonancia, y que, cuando oiga Dios las vibraciones, las palpitaciones de nuestro corazón, crea oír el eco, la reminiscencia, los latidos del corazón de su Hijo unigénito.

b) La gran devoción de los tiempos presentes

El reinado del corazón de Jesús es la gran devoción de los tiempos presentes, es la expresión que ha tomado ahora el reino de Dios, y nosotros no podemos comentar la petición Venga a nosotros tu reino sin que al mismo tiempo nos acordemos de ese Corazón divino y le pidamos que definitivamente reine aquí en la tierra.

En los últimos siglos, por causas que no tenemos ahora que analizar, el mundo se ha enfriado en el amor de Dios. Los principios de la fe han sido suplantados por dictámenes tallados en el heterogéneo bloque de una filosofía desviada; los preceptos morales por, por máximas que tienden a entronizar la libertad de la carne. La vida pública de las naciones ha decaído tanto de los ideales evangélicos que ha acabado por ser el reverso de los grandes siglos cristianos. Y Dios, en su adorable providencia, se ha valido de una devoción, calumniada de incrédulos y herejes, para restaurar la fe y el fervor cristianos. No es la primera vez que Dios elige una devoción particular para renovar el mundo. Recuerden lo que fue la devoción del santo Rosario para la edad media. La devoción así elegida viene a ser como símbolo y bandera del Reino de Dios en una época.

Vivían aislados en la tradición cristiana dos elementos que, sin embargo, tenían entre sí relaciones profundas y misteriosas: el amor de Jesucristo y su divino Corazón. Dios, que, en su adorable providencia, va guiando a la Iglesia por las sendas de la santidad, se valió de almas muy interiores y santas para que comenzaran en los siglos medios a meditar y a revelar aquellas profundas y misteriosas relaciones, como quien prepara los gérmenes que más adelante, en los tiempos de fría y desolada incredulidad y herejías crueles y desesperantes, habían de renovar la vida de la Iglesia, y nosotros asistimos a la fecunda floración de esos gérmenes, y vemos el campo del padre de familias cubierto con todas las hermosuras de la devoción al Corazón de Jesús, nuevo lábaro que nos lleva ahora a los combates por el Reino de Dios.

c) Devoción salvadora, pero incomprendida

La devoción al corazón de Jesús se muestra toda misericordia, toda amor; es la devoción del Dios perdonador, del Buen Pastor. El jansenismo no entiende de esto, y en libros y revistas, escritos y conciliábulos, siempre luchó contra la devoción al corazón de Cristo; y tales horrores dijo y tales blasfemias escribió, que no pueden repetirse. Todo fue sacrílegamente atropellado, todo; nada respetaba.

Para los mundanos es incomprensible esta devoción, no hay en ella nada que halague los sentidos {…}. La encuentran ridícula. Y por eso ni la entienden ni la pueden entender.

El verdadero espíritu de la devoción al corazón de Jesús está en lo interior; no es una devoción de novela, popular, cosa vana. Exige prácticas exteriores, pero lo verdadero está en lo interior. Su espíritu consiste en esconderse en el corazón de Cristo, y entiéndase que los más escondidos, los que no son conocidos, los que se alejan del mundo, son los que luchan en la vanguardia. Los que han querido sólo a Dios, los que lo han dejado todo por Él.

SOBRE LA ORACIÓN DEL SEÑOR

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 11-12: CSEL 3, 274-275)

Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos pongamos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.

Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian. Asimismo el Apóstol dice en una de sus cartas: No os pertenecéis a vosotros mismos; habéis sido comprados a precio; en verdad glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.

A continuación añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.

El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna concedernos, cuando dice: Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los rapaces poseerán el reino de Dios. Y en verdad que eso erais algunos; pero fuisteis lavados, fuisteis santificados, fuisteis justificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido santificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Lo que pedimos, pues, es que permanezca en nosotros esta santificación y —acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó a aquel hombre que él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor— no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia.

SOBRE LA ORACIÓN DEL SEÑOR

NUESTRA ORACIÓN ES PÚBLICA Y COMÚN

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 8-9: CSEL 3, 271-272)

Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en el cielo», ni: «Dame hoy mi pan de cada día», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.

El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces —dice— los tres, a una sola voz, se pusieron a cantar, glorificando y bendiciendo a Dios. Oraban los tres a una sola voz, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.

Por eso fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos —dice la Escritura— perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de éste. Perseveraban unánimes en la oración, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.

¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vuestra oración —dice el Señor— ha de ser así: «Padre nuestro, que estás en el cielo.»

El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a los suyos —dice el Evangelio— y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en el cielo.

SOBRE LA ORACIÓN DEL SEÑOR

LA ORACIÓN HA DE SALIR DE UN CORAZÓN HUMILDE

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor
(Cap. 4-6: CSEL 3, 268-270)

Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque así como es propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con un tono de voz moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está presente en todas partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito: ¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no soy Dios también de lejos? Si alguno se esconde en su escondrijo, ¿acaso no lo veo yo? ¿Acaso no lleno yo el cielo y la tierra? Y también: En todo lugar los ojos de Dios observan a malos y buenos.

Y, cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones, deshaciéndonos en un torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros pensamientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas:
¿Por qué pensáis tan mal? Y en otro lugar: Así conocerán todas las Iglesias que yo soy quien escudriña las entrañas y los corazones.

De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el corazón, porque sabía que así el Señor la escuchaba, y, de este modo, consiguió lo que pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba interiormente, y no se oía su voz aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en los salmos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mismo nos sugiere y enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que adorarte en lo interior, Señor.

El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba los pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina misericordia, mientras que el fariseo oraba satisfecho de sí mismo; y fue justificado el publicano, porque, al orar, no puso la esperanza de la salvación en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es inocente, sino que oró confesando humildemente sus pecados, y aquel que perdona a los humildes escuchó su oración.

 

“OS HE DADO PASTORES SEGÚN MI CORAZÓN”

Domingo XIº T.O – Año A

Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas… Mt 9, 36-10,8

Hay un tema en el que me gusta pensar a veces y que pretendo algún día poder desarrollar más, con la gracia de Dios, y es el tema de las miradas de Nuestro Señor Jesucristo. Miradas tan poderosas. Miradas de un Dios. Miradas de un hombre. Miradas divinas por medio de ojos humanos. Realmente se puede profundizar muchísimo en cada pasaje del Evangelio donde se narra que nuestro Señor ha mirado, o ha visto algo. El Evangelio de este domingo es uno de estos.

Dice el Evangelio que Jesús, al ver a las gentes, se compadecía de ellas… Es un detalle que remarca mucho el sentimiento que movía al Señor a hacer todas las cosas que tenía que hacer. Digamos que este sentimiento era doble: por un lado, hacia el Padre, por estar siempre aplicado a hacer Su voluntad, como el mismo Jesús ha dicho en distintos pasajes; por otro lado, tenemos el sentimiento de misericordia o, para usar el término del Evangelio de hoy, compasión, que tenía Él por las gentes. Jesús, al ver a las personas, perdidas, extenuadas, abandonadas como estaban, se compadeció de ellas. En verdad no solamente tuvo compasión, misericordia, sino que el Señor es, Él mismo el “rostro de la misericordia del Padre”.

Santo Tomás de Aquino directamente relaciona a la compasión a la misericordia, cuando en la Suma Teológica pone a la primera [compasión] dentro de la definición de la segunda: “La misericordia es la compasión de nuestro corazón por la miseria ajena, que nos impulsa a socorrerla si está en nuestro poder.” (S.Th., II-II, q.30, a.1) ¡Qué preciosa descripción! No solamente que siente, o padece (cum passio) por las miserias ajenas, sino que hay una fuerza que lo impulsa a socorrerla. Santo Tomás aclara que, esto lo hace la persona si está en su poder, con mucho mayor razón se podría aplicar esta definición a la misericordia que tenía, o mejor dicho, que tiene nuestro Señor por nosotros. Él es el que tiene todo el Poder, la Fuerza y más, el Amor, la voluntad, podríamos decir, tiene ganas de socorrernos. Este socorro que el Señor nos puede dar puede realizarse de muchos modos, Jesús es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, todo fue hecho por Él y sin Él nada de lo que existe fue hecho.

En la primera lectura de hoy, hemos escuchado en el libro del Éxodo, que el Señor le dice a su pueblo que si ellos escuchasen a la voz del Señor y guardasen su alianza, ellos serían “propiedad personal” del Señor, tomado de entre todos los pueblos. El Salmista lo confirma en el Salmo 99, diciendo que el “Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.” Para luego seguir diciendo que el Señor es “bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades”. Y todo esto, cuando nosotros todavía no éramos cercanos a Él. En efecto, lo dice San Pablo a los Romanos en la segunda lectura: “Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!” (cfr. Rm 5,6-11).

Sin embargo, un detalle interesante, que me ha llamado la atención, es el “medio”, podríamos decirlo así, con el que el Señor decide “remediar” la miseria de este pueblo, de Su pueblo. Elige de en medio de sus discípulos a doce, a Los Doce, para ser columnas y fundamentos de la Nueva Jerusalén, como ha sido revelado a san Juan en el Apocalipsis. Es decir, que Cristo, para remediar la miseria de su pueblo, que estaba extenuado y abandonado, les da pastores.

Es algo muy lógico, pues sabemos que estaban abandonados y extenuados justamente porque parecían ovejas que no tienen pastor. Pastores existieron, existen y existirán muchos a lo largo del tiempo, pero los verdaderos pastores, los que conocen a sus ovejas, y a los que las ovejas les reconocen su voz, esos son pocos en verdad: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos…

¿Qué quiere decir todo esto, queridos hermanos? Quiere decir que para que encontremos alivio, descanso, auxilio en nuestro camino en el rebaño del Señor, como pueblo elegido, pueblo Suyo, esta “nación santa”, como bien nos recuerda la primera lectura, debemos buscar los auxilios que nos ha dejado el mismo Señor.

No es mi intención aquí hacer un sermón apologético, en defensa de la verdadera Iglesia de Cristo, la Iglesia católica -aunque podría ser de mucho provecho-, lo que quiero simplemente es remarcar la necesidad que nosotros, todos nosotros, incluyéndome en este grupo, tenemos de los pastores de la Iglesia para nuestro paso por este mundo, para nuestro camino espiritual.

Somos enviados siempre como mansos corderos en medio de lobos feroces. El Señor nos manda ser discípulos suyos viviendo en un mundo feroz, que intenta sumergirnos a todos en el más profundo abismo de perdición, buscando placeres, deleites, gozos momentáneos, cosas efímeras que no valen realmente nada para la verdadera Vida, para la Eternidad. Y nosotros, además de esto, nos vemos acechados por el demonio, que intenta seducirnos, utilizando no solamente el mundo como secuaz, pero también a nuestra misma carne, aumentando exponencialmente el horror al sufrimiento, el miedo a cualquier molestia, promoviendo el bienestar a cualquier costo.

Justamente en contra de esto es que el Señor ha enviado también a nosotros, su pueblo y ovejas de su rebaño, los pastores, en la figura de los obispos principalmente, pero de manera participada también en todos los sacerdotes. Escuchemos nuevamente las instrucciones que les da nuestro Señor apenas elige a los Doce: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios.”

Todas estas cosas que nos acechan, que nos fatigan, nos hacen caminar en pesadez, desconsolados en medio a este valle de lágrimas del mundo actual en que vivimos. Dos de los más hermosos auxilios que nos dejó el Señor en sus pastores, son la Eucaristía y la Confesión. En efecto, ¿en qué otro lugar, o con qué otras personas, fuera de los pastores, de nuestros pastores, de los pastores de la Iglesia, nosotros podemos encontrar el Pan de la Vida como alimento de nuestra alma, y al perdón de los pecados, que borra nuestras culpas?; ¿Cómo podríamos sobrevivir en un mundo tan terrible como el que vivimos, si no tuviéramos una fuente segura donde encontrar alivio, refugio, auxilio en los momentos de tentación, de miedo, de desesperación?

Realmente, el Señor al mirar a la gente -y aquí subrayemos que el Señor seguramente vio a las generaciones futuras, nos vio a nosotros, seamos sacerdotes, religiosos, laicos, lo que sea-, se compadeció de nosotros y quiso dejarnos este remedio.

Por esto es que, en esta Santa Misa, le vamos a pedir, le vamos a suplicar a la Virgen María, a su Inmaculado Corazón, que nos obtenga la gracia de realmente experimentar este alivio, este socorro, este auxilio que podemos encontrar siempre en los pastores de la Iglesia, y que sepamos valorarlo como se merece, y que aprendamos a no tenerles miedo, y acercarnos a ellos siempre, porque al final, “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.” (Sal 99)

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE

SAN JUAN PABLO II – CARTA AL ARZOBISPO DE LYON (4 de junio de 1999)

Carta de Su Santidad, Juan Pablo II al arzobispo de Lyon, con motivo de la peregrinación a Paray-le-Monial (Francia). 4 de junio de 1999

Con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón y del recuerdo de la consagración del género humano realizada hace cien años por el Papa León XIII, me uno mediante la oración al itinerario espiritual de todos los peregrinos y de cuantos hacen hoy un acto de consagración al Sagrado Corazón.

Siguiendo el ejemplo de San Juan Eudes, que nos enseñó a contemplar a Jesús, el Corazón de los corazones, en el corazón de María, el culto al Sagrado Corazón se difundió especialmente gracias a Santa Margarita María de Alacoque. León XIII pidió al Señor que fuera Rey no solo de los fieles, sino también de quienes lo han abandonado o aún no lo conocen, suplicándole que los conduzca a la verdad y a Aquel que es la vida. En la encíclica Annum Sacrum expresó su compasión por los hombres alejados de Dios y su deseo de encomendarlos a Cristo redentor.

La Iglesia contempla sin cesar el amor de Dios, manifestado de forma sublime en el Calvario y hecho sacramentalmente presente en cada Eucaristía. Como escribió San Alfonso María de Ligorio: “Del corazón amorosísimo de Jesús proceden todos los  sacramentos, y especialmente el mayor de todos, el sacramento del amor”. Cristo es una hoguera ardiente de amor que invita y tranquiliza: “Venid a mí (…) que soy manso y humilde de corazón”.

El Corazón del Verbo Encarnado es el signo del amor por excelencia. Por eso he destacado personalmente la importancia de penetrar el misterio de este corazón rebosante de amor a los hombres, que contiene un mensaje extraordinariamente actual. Como escribió San Claudio de La Colombière: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha escatimado nada con tal de agotarse y consumirse para testimoniar su amor“.

En el umbral del tercer milenio, “el amor de Cristo nos impulsa” a hacer que el Salvador sea conocido y amado. Exhorto encarecidamente a los fieles a adorar a Cristo presente en el Santísimo Sacramento del altar, permitiéndole que cure nuestra conciencia, nos purifique, nos ilumine y nos unifique. En el encuentro con él, los cristianos hallarán la fuerza para su vida espiritual y para su misión en el mundo. En la relación de corazón a corazón con el divino Maestro, descubrirán el amor infinito del Padre y serán verdaderos adoradores en espíritu y verdad.

Su fe se reavivará; entrarán en el misterio de Dios y serán profundamente transformados por Cristo. En las pruebas y en las alegrías conformarán su vida al misterio de la cruz y de la resurrección del Salvacor. Serán cada día más hijos en el Hijo. Así, a través de ellos, el amor se derramará en el corazón de los hombres para edificar el cuerpo de Cristo que es la Iglesia y construir una sociedad de justicia, paz y fraternidad. Serán también intercesores de la humanidad entera, pues toda alma que se eleva hacia Dios eleva al mismo tiempo al mundo.

Invito, por tanto, a todos los fieles a proseguir con piedad su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, adaptándola a nuestro tiempo, para acoger sus insondables riquezas y responder con alegría amando a Dios y a los hermanos, encontrando así la paz, siguiendo un camino de reconciliación y fortaleciendo la esperanza de vivir un día en la plenitud junto a Dios y en compañía de todos los santos.

Conviene asimismo trasmitir a las generaciones futuras el deseo de encontrarse con el Señor, fijar su mirada en él y responder a la llamada a la santidad, descubriendo cada uno su misión específica en la Iglesia y en el mundo. En efecto, “la caridad divina, don preciosísimo del Corazón de Cristo y de su Espíritu”, se comunica a los hombres para que sean testigos del amor de Dios.

Invocando la intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, imparto de buen grado mi bendición apostólica a todos los fieles que, con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón, peregrinen a Paray-le-Monial o participen con devoción en celebraciones litúrgicas y momentos de oración al Sagrado Corazón.

¡OH BANQUETE PRECIOSO Y ADMIRABLE!

De las Obras de santo Tomás de Aquino, presbítero
(Opúsculo 57, En la fiesta del Cuerpo de Cristo, lect. 1-4)

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiritual en su misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

SE RECIBE LA LUZ PARA DARLA

Homilia de San Juan Pablo II, 11-08-1993

“Vosotros sois la sal de la tierra

Son palabras de Jesús a sus discípulos, que hemos escuchado en la lectura del Evangelio en esta solemne celebración eucarística.

Vosotros y yo somos no sólo fruto, sino también sembradores de las palabras de Jesús: «Id y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19), es decir, apóstoles de la nueva evangelización a la que, en virtud de nuestro bautismo, estamos todos llamados. Por eso, el Señor nos recuerda hoy nuevamente que somos «la sal de la tierra, la luz del mundo» (cf. ibíd., 5, 13-14).
«Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5, 13). Son palabras que el Señor dirige hoy a vosotros. En la fe cristiana, sois verdaderamente la sal de la tierra. Vosotros, que habéis acogido en vuestro corazón el mensaje salvador de Cristo, sois, pues, sal de la tierra porque habéis de contribuir a evitar que la vida del hombre se deteriore o que se corrompa persiguiendo los falsos valores, que tantas veces se proponen en la sociedad contemporánea.
La Iglesia, como Madre y Maestra, hace suyos los problemas que afectan al hombre, y en especial a los más pobres y abandonados, y trata de iluminarlos desde el Evangelio. Por eso, en la construcción de una sociedad más justa y fraterna, la doctrina social de la Iglesia propone siempre la primacía de la persona sobre las cosas (Centesimus annus, 53-54), de la conciencia moral sobre los criterios utilitaristas, que pretenden ignorar la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.
Cristo, luz del mundo (cf. Jn 8, 12), nos exhorta hoy a que nosotros seamos también luz ante los hombres para que, viendo nuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 16). Cristo, «luz verdadera, que ilumina todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9), es el Verbo proclamado por san Juan en el prólogo de su Evangelio (Ibíd., 1 1-4): el Hijo eterno, consustancial con el Padre. La Vida estaba en Él, y Él la ha traído al mundo. «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él… tenga la vida eterna» (Ibíd., 3, 16).
Ésta es la prueba suprema del amor de Dios a los hombres desde toda la eternidad: la Encarnación del Verbo. Y también vosotros, queridos hermanos, habéis sido objeto de ese amor de predilección por parte de Dios; también por amor vuestro se encarnó su Hijo Unigénito. También a vosotros Dios Padre os lo entrega como Salvador, para que tengáis la vida eterna. «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Ibíd., 17, 3).
Cristo es la luz del mundo, pues en Él se ha revelado la Vida. Se ha revelado mediante la palabra del Evangelio, pero sobre todo se ha revelado mediante su muerte redentora en la Cruz. Ha ofrecido en sacrificio al Padre su vida en expiación por los pecados del mundo. Y con este sacrificio cruento Él ha vencido el pecado y la muerte. En el Gólgota aceptó la muerte, pero al tercer día resucitó y vive para siempre. Vive para darnos su Vida. De este modo, Cristo es aquella Luz, aquella Vida que ha demostrado ser más fuerte que la muerte. En Él está la Vida divina, que es Luz para los hombres (cf. Jn 1, 4). Cristo, luz del mundo, os está enviando hoy a vosotros hermanos y hermanas, descendientes de los antepasados, os está enviando a vosotros en el camino de la vida. Éste es el camino de verdad, es el camino de siempre y de la nueva evangelización.
También vosotros, queridos hermanos, gracias al Evangelio, habéis recibido la luz y estáis llamados a dar valientemente testimonio de ella. Cada uno de vosotros ha de sentirse llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo. Habéis de ser sal que preserva de la corrupción y que da sabor a los frutos de la tierra. Habéis de iluminar a los que os rodean mediante vuestra caridad; caridad que es amar a los demás como Cristo nos ha amado (cf. Jn 15, 12). Ésta es la evangelización de ayer, de hoy y para siempre.
Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo. Os lo dice Cristo mismo, que es la Luz. Lo dice también con el ejemplo de su vida, con la verdad de sus sufrimientos, con su muerte en la Cruz.

Sobre el matrimonio cristiano o su renuncia por el reino de los Cielos

El les dijo:

“no todos son capaces de esto, sino aquéllos a quienes es dado…

(Mt 19, 10)

San Juan Pablo II, papa

…Conviene ahora que volvamos de nuevo a las palabras del Evangelio, en las que Cristo hace referencia a la resurrección: palabras que tienen una importancia fundamental para entender el matrimonio en el sentido cristiano y también «la renuncia” a la vida conyugal “por el reino de los cielos”.

La compleja casuística del Antiguo Testamento en el campo matrimonial no sólo impulsó a los fariseos a ir a Cristo para plantearle el problema de la indisolubilidad del matrimonio (cf. Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12), sino también a los saduceos en otra ocasión para preguntarle por la ley del llamado levirato. Los sinópticos relatan concordemente esta conversación (cf. Mt 22, 24-30; Mc 12, 18-27; Lc 20, 27-40. Aunque las tres redacciones sean casi idénticas, sin embargo, se notan entre ellas algunas diferencias leves, pero, al mismo tiempo, significativas. Puesto que la conversación está en tres versiones, la de Mateo, Marcos y Lucas, se requiere un análisis más profundo, en cuanto que la conversación comprende contenidos que tienen un significado esencial para la teología del cuerpo.

Junto a los otros dos importantes coloquios, esto es: aquel en el que Cristo hace referencia al “principio” (cf. Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12), y el otro en el que apela a la intimidad del hombre (al “corazón”), señalando al deseo y a la concupiscencia de la carne como fuente del pecado (cf. Mt 5, 27-32), el coloquio que ahora nos proponemos someter a análisis, constituye, diría, el tercer miembro del tríptico de las enunciaciones de Cristo mismo: tríptico de palabras esenciales y constitutivas para la teología del cuerpo. En este coloquio Jesús alude a la resurrección, descubriendo así una dimensión completamente nueva del misterio del hombre.

La revelación de esta dimensión del cuerpo, estupenda en su contenido —y vinculada también con el Evangelio releído en su conjunto y hasta el fondo—, emerge en el coloquio con los saduceos, “que niegan la resurrección” (Mt 22, 23); vinieron a Cristo para exponerle un tema que —a su juicio— convalida el carácter razonable de su posición. Este tema debía contradecir “las hipótesis de la resurrección”. El razonamiento de los saduceos es el siguiente: “Maestro, Moisés nos ha prescrito que, si el hermano de uno viniere a morir y dejare la mujer sin hijos, tome el hermano esa mujer y dé sucesión a su hermano” (Mc 12, 19). Los saduceos se refieren a la llamada ley del levirato (cf. Dt 25, 5-10), y basándose en la prescripción de esa antigua ley, presentan el siguiente “caso”: “Eran siete hermanos. El primero tomó mujer, pero al morir no dejó descendencia. La tomó el segundo, y murió sin dejar sucesión, e igual el tercero, y de los siete ninguno dejó sucesión. Después de todos murió la mujer. Cuando en la resurrección resuciten, ¿de quién será la mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer” (Mc 12, 20-23).

La respuesta de Cristo es una de las respuestas-clave del Evangelio, en la que se revela — precisamente a partir de los razonamientos puramente humanos y en contraste con ellos — otra dimensión de la cuestión, es decir, la que corresponde a la sabiduría y a la potencia de Dios mismo. Análogamente, por ejemplo, se había presentado el caso de la moneda del tributo con la imagen de César, y de la relación correcta entre lo que en el ámbito de la potestad es divino y lo que es humano (“de César”) (cf. Mt 22, 15-22). Esta vez Jesús responde así: “¿No está bien claro que erráis y que desconocéis las Escrituras y el poder de Dios? Cuando en la resurrección resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán como ángeles en los cielos” (Mc 12, 24-25). Esta es la respuesta basilar del “caso”, es decir, del problema que en ella se encierra. Cristo, conociendo las concepciones de los saduceos, e intuyendo sus auténticas intenciones, toma de nuevo inmediatamente el problema de la posibilidad de la resurrección, negada por los saduceos mismos: “Por lo que toca a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, ¿cómo habló Dios diciendo Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12, 26-27).

Como se ve, Cristo cita al mismo Moisés al cual han hecho referencia los saduceos, y termina afirmando: “Muy errados andáis” (Mc 12, 27).

Cristo repite por segunda vez esta afirmación conclusiva. Efectivamente, la primera vez la pronunció al comienzo de su exposición. Entonces dijo: “Estáis en el error y ni conocéis las Escrituras ni el poder de Dios”: así leemos en Mateo (22, 29). Y en Marcos: “¿No está bien claro que erráis y que desconocéis las Escrituras y el poder de Dios?” (Mc 12, 24). En cambio, la misma respuesta de Cristo, en la versión de Lucas (20, 27-36), carece de acento polémico, de ese “estáis en gran error”. Por otra parte, él proclama lo mismo en cuanto que introduce en la respuesta algunos elementos que no se hallan ni en Mateo ni en Marcos. He aquí el texto: “Díjoles Jesús: Los hijos de este siglo toman mujeres y maridos. Pero los juzgados dignos de tener parte en aquel siglo y en la resurrección de los muertos, ni tomarán mujeres ni maridos, porque ya no pueden morir y son semejantes a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección” (Lc 20, 34-36). Por lo que respecta a la posibilidad misma de la resurrección, Lucas — como los otros dos sinópticos — hace referencia a Moisés, o sea, al pasaje del libro del Éxodo 3, 2-6, en el que efectivamente, se narra que el gran legislador de la Antigua Alianza había oído desde la zarza que “ardía y no se consumía”, las siguientes palabras: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob” (Éx 3, 6). En el mismo lugar, cuando Moisés preguntó el nombre de Dios, había escuchado la respuesta: “Yo soy el que soy” (Éx 3, 14).

Así, pues, al hablar de la futura resurrección de los cuerpos, Cristo hace referencia al poder mismo de Dios viviente…

Audiencia General. La teología del cuerpo. Miércoles 11 de noviembre de 1981

Domingo de Corpus Christi

Es su amor lo que nos convoca, lo que nos une…

Papa León XIV

(…) En este día de la Solemnidad de Corpus, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, queremos reconocer y celebrar a Cristo presente entre nosotros. Y por eso salimos a la calle, para manifestar al mundo nuestra fe, para dar testimonio y para llegar con el misterio de la Presencia de Cristo a todos.

Es verdad que hay varias formas de la Presencia de Jesucristo en medio de nosotros, en la Iglesia y en el mundo. San Papa Pablo VI habló de estos modos indicando algunos de ellos:

Presente está Cristo en su Iglesia que ora, porque es él quien ora por nosotros, ora en nosotros y a Él oramos: ora por nosotros como Sacerdote nuestro; ora en nosotros como Cabeza nuestra y a Él oramos como a Dios nuestro. Y Él mismo prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Presente está Él en su Iglesia que ejerce las obras de misericordia, no sólo porque cuando hacemos algún bien a uno de sus hermanos pequeños se lo hacemos al mismo Cristo, sino también porque es Cristo mismo quien realiza estas obras por medio de su Iglesia, socorriendo así continuamente a los hombres con su divina caridad.

Presente está en su Iglesia que peregrina y anhela llegar al puerto de la vida eterna, porque Él habita en nuestros corazones por la fe y en ellos difunde la caridad por obra del Espíritu Santo que Él nos ha dado.

Está también presente en su Iglesia que predica, puesto que el Evangelio que ella anuncia es la Palabra de Dios, y solamente en el nombre, con la autoridad y con la asistencia de Cristo, Verbo de Dios encarnado, se anuncia, a fin de que haya una sola grey gobernada por un solo pastor.

Presente está en su Iglesia que rige y gobierna al pueblo de Dios, puesto que la sagrada potestad se deriva de Cristo, y Cristo, Pastor de los pastores, asiste a los pastores que la ejercen, según la promesa hecha a los Apóstoles.

Además, de modo aún más sublime, está presente Cristo en su Iglesia que en su nombre ofrece el sacrificio de la misa y administra los sacramentos. Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los demás sacramentos, el más dulce por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido; ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos.

Hermanos, en la Eucaristía, Cristo está verdaderamente presente entre nosotros –y por su Cuerpo y su Sangre, nos hace a todos Iglesia– somos Iglesia y vivimos en comunión, unidos en Cristo.

La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 1).

Este es el gran misterio que celebramos hoy. Un Misterio grande, Misterio de misericordia, misterio de amor. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida. [San Juan Pablo II, ibid. n. 11].

El amor de Dios no conoce medida. San Agustín dice que “la medida del amor es el amor sin medida”. Amar sin límites –así nos ama Dios, y así Dios nos llama a vivir– a compartir su amor con los demás. Es su amor lo que nos convoca, lo que nos une, lo que nos hace una única familia, amor que crea la Iglesia, la comunión del amor.

Papa León XIV (s.XXI) • Homilía Corpus Christi 2020 – Catedral de Chiclayo, Perú.