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“Yo les he dado la gloria que tú me diste”

Cuando el amor llega a eliminar del todo el temor…
San Gregorio de Nisa, obispo y Doctor de la Iglesia (s. IV) • Sobre el Cantar de los Cantares. 
Cuando el amor llega a eliminar del todo el temor, el mismo temor se convierte en amor; entonces llega a comprenderse que la unidad es lo que alcanza la salvación, cuando estamos todos unidos, por nuestra íntima adhesión al solo y único bien, por la perfección de la que nos hace participar la paloma mística.
Algo de esto podemos deducir de aquellas palabras: Es única mi paloma, mi perfecta; es la única hija de su madre, la predilecta de quien la engendró.
Pero las palabras del Señor en el Evangelio nos enseñan esto mismo de una manera más clara. Él, en efecto, habiendo dado, por su bendición, todo poder a sus discípulos, otorgó también los demás bienes a sus elegidos, mediante las palabras con que se dirige al Padre, añadiendo el más importante de estos bienes, el de que, en adelante, no estén ya divididos por divergencia alguna en la apreciación del bien, sino que sean una sola cosa, por su unión con el solo y único bien. Así, unidos en la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz, como dice el Apóstol, serán todos un solo cuerpo y un solo espíritu, por la única esperanza a la que han sido llamados.
Pero será mejor citar literalmente las divinas palabras del Evangelio: Para que todos sean uno —dice—; para que, así como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, sean ellos una cosa en nosotros.
El nexo de esta unidad es la gloria. Nadie podrá negar razonablemente que este nombre, gloria, se atribuye al Espíritu Santo, si se fija en las palabras del Señor, cuando dice: Yo les he dado la gloria que tú me diste. De hecho, dio esta gloria a los discípulos, cuando les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
Y esta gloria que él poseía desde siempre, antes de la existencia del mundo, la recibió él también al revestirse de la naturaleza humana; y, una vez que esta naturaleza humana de Cristo fue glorificada por el Espíritu Santo, la gloria del Espíritu fue comunicada a todo ser que participa de esta naturaleza, empezando por los apóstoles.
Por esto dice: Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mi para que sean perfectos en la unidad. Por esto, todo aquel que va creciendo de la niñez hasta alcanzar el estado de hombre perfecto llega a aquella madurez espiritual, capaz de entender las cosas, capaz, por fin, de la gloria del Espíritu Santo, por su pureza de vida, limpia de todo defecto; éste es la paloma perfecta a la que se refiere el Esposo cuando dice: Es única mi paloma, mi perfecta.
(Yo les he dado la gloria que tú me diste 15; PG 44, 1115-1118)

EL CIELO Y LA VIDA ETERNA

Jn 17, 3 – Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo.

Queridos todos, en este VIIº Domingo del tiempo de Pascua, estamos rodeados de una “atmósfera celeste” en la liturgia -es cierto que la liturgia siempre es algo celeste que realizamos en la tierra, pero ahora parece ser aún más notable este aire que se siente-: hace pocas semanas hemos celebrado el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte, resucitando al tercer día, según las Escrituras; hace apenas algunos días (el pasado jueves), hemos festejado devotamente la solemnidad de la Ascensión del Señor, cuando subió a los Cielos y donde está sentado a la derecha del Padre; y ahora nos preparamos para, dentro de una semana, celebrar la venida del Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria

Santo Tomás de Aquino tiene un sermón en que comenta el Credo, artículo por artículo. Cuando el Aquinate comenta el artículo sexto: Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso, dice que “Después de afirmar la Resurrección de Cristo, conviene creer en su Ascensión, pues Él subió al cielo después de cuarenta días de resucitado. He ahí por qué se dice en el Credo: ‘Subió a los cielos’.”

El Doctor Angélico explica tres características principales de este acontecimiento, de las que voy a abordar apenas un aspecto de la última.

Dice él que la Ascensión fue sublime, racional y útil.

Al hablar de la utilidad de la Ascensión, (el santo) explica que Cristo ascendió a los cielos para conducirnos hasta allá; una vez que desconocíamos el camino, fue útil para nosotros que Él nos lo mostrase. También dice que Jesús subió a los cielos para interceder por nosotros, y para corroborarlo, cita la carta a los Hebreos que dice: “Subió por sí mismo al Dios siempre vivo para interceder por nosotros” (Heb 7,25). En último lugar, dice que Cristo subió a los cielos para atraer a sí nuestros corazones, pues como el mismo Señor había dicho en el Evangelio de Mateo (6,21): “Dónde está tu corazón está tu tesoro.” No es mi intención detenerme en estos aspectos, porque ya hemos celebrado la Ascensión, lo que quiero remarcar aquí en este sermón de hoy, es la realidad de dónde está Cristo, de dónde está esperándonos: en el Cielo, a la derecha del Padre.

¿Qué es el Cielo? Algunos me responderán que es la Vida Eterna. Y si les pregunto ¿qué es la vida eterna? Me podrían contestar con las palabras de Jesús en el Evangelio que apenas hemos escuchado: “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.” (Jn 17,3) El gran poeta italiano, Dante Alighieri, en el Libro del Paraíso, en la Divina Comedia, Cántico XXXIII (vv. 124-126) expresa casi como si estuviera ya contemplando lo que Jesús nos dijo en el Evangelio hoy, pero en un tono bien poético, dice:

O luce etterna che sola in te sidi,

sola t’intendi, e da te intelletta

e intendente te ami e arridi!

(“Oh luz eterna que sólo en ti reposas, / sólo tú te comprendes, y por ti comprendida, / y comprendiéndote, te amas y sonríes.”)

Algunos grandes autores han descrito también, de modo poético algún aspecto -en la medida de lo posible- del cielo. Fray Luís de León, por ejemplo, en su Oda Noche Serena canta:

Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura…

La gran Doctora de Ávila, Santa Teresa, quizás siguiendo el Evangelio dónde Nuestro Señor dice: “El Reino de los Cielos está en vosotros”, describe con la analogía del Castillo Interior la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en el interior del alma: “Considerar nuestra alma como un castillo hecho de un diamante o muy claro cristal” dónde dentro habita una luz indescriptible, que es el mismo Dios.

O también San Juan de la Cruz, el Doctor Místico de Fontiveros, siguiendo la línea de Santa Teresa, canta en su Llama de amor viva (estrofa 1):

¡Oh llama de amor viva,

Que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Y en otro lugar en la misma canción (estrofa 4):

¡Cuán manso y amoroso

Recuerdas en mi seno,

Donde secretamente solo moras!

De todos modos, me parece útil preguntarnos qué es lo que la Iglesia, con su sabiduría de casi dos milenios, ha entendido siempre por el Cielo. Veamos qué dice el Catecismo de la Iglesia:

CIC 1024: “Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama ‘el cielo’. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.”

Es cierto que, como dice San Pablo a los Corintios en su primera carta: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1Cor 2,9), sin embargo es posible, con base en lo que hemos dicho hasta aquí, establecer algunas características esenciales del cielo, especialmente siguiendo lo que el Catecismo nos enseña.

Vida Perfecta: Por la gracia de Dios, somos “partícipes de la naturaleza divina” (Cf. 2Pe 1,4) enseña San Pedro. La vida que vive la Santísima Trinidad es una vida perfecta y que nosotros, por la gracia, somos llamados a participar: aquí en esta vida, de un modo imperfecto, en el cielo, perfectamente.

Comunión de vida y de amor: El conocimiento que tiene Dios de sí mismo genera vida y amor. Dios es vida y amor en sumo grado: “Dios es amor” dice San Juan (Cfr. 1Jn 4,8; 16). El mismo Jesús dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Cf. Jn 8, 32). Estando en el cielo, estaremos metidos en esta harmonía eterna que irradia de la Divinidad.

Fin último: Todo el que obra, obra por un fin, es un principio filosófico. Dios, al crearnos, ha puesto en nosotros una finalidad. San Ignacio de Loyola nos lo enseña muy bien en el libro de los EE: “El hombre es creado para amar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma.” (EE, 23) El fin último nuestro es salvar nuestra alma, es decir, alcanzar el cielo por toda la eternidad, por medio del amor, de la alabanza y del servicio de Dios nuestro Señor.

Dicha definitiva y suprema: Otro principio filosófico es que, una vez alcanzado el fin, la creatura reposa en él: “La voluntad descansa en el bien poseído”, de un modo estupendo San Agustín lo ha formulado así: “Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Fecisti nos ad Te et inquietum es cor Nostrum donec requiescat in Te, Confesiones, I, c.1) Esto justamente es lo que nos da el gozo supremo: la posesión del bien supremo, es decir, Dios mismo. Allá en el cielo lo tendremos, lo contemplaremos cara a cara.

Para terminar, podemos citar algunos textos de la Sagrada Escritura dónde justamente nos habla de esta vida eterna en el cielo:

Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.” (Jn 17,3)

Y este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al hijo de Dios no tiene la vida…” (1Jn 5, 11-12)

Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: ‘Conoce al Señor’, porque todos me conocerán, del menor al mayor, pues perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados…” (Heb 8,11-12)

…y comprenderemos. Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra.” (Os 6,3)

Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo…” (2Cor 4,6)

Pidámosle pues, a la Santísima Virgen María, que nos alcance la gracia de amar con todo nuestro corazón esta verdad del cielo. Que en unos instantes, cuando profesemos nuestra fe y digamos creer en la Vida Eterna, que realmente lo hagamos con todo el corazón, y que la Virgen nos conceda también la gracia de crecer siempre más en el conocimiento del Señor, pues como dice el Espíritu Santo en el libro de la Sabiduría: “Conocerte a ti es justicia perfecta y reconocer tu poder es la raíz de la inmortalidad…” (Sab 15,3)

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE

En el misterio del pan y del vino, inmolado, nos alimenta…

San Gaudencio de Brescia
Uno solo murió por todos; y este mismo es quien ahora por todas las iglesias, en el misterio del pan y del vino, inmolado, nos alimenta; creído, nos vivifica; consagrado, santifica a los que lo consagran.
Esta es la carne del Cordero, esta la sangre. El pan mismo que descendió del cielo dice: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. También su sangre está bien significada bajo la especie del vino, porque, al declarar él en el Evangelio: “Yo soy la verdadera vid”, nos da a entender a las claras que el vino que se ofrece en el sacramento de la pasión es su sangre; por eso, ya el patriarca Jacob había profetizado de Cristo, diciendo: “Lava su ropa en vino y su túnica en sangre de uvas”. Porque habrá de purificar en su propia sangre nuestro cuerpo, que es como la vestidura que ha tomado sobre sí.
El mismo Creador y Señor de la naturaleza, que hace que la tierra produzca pan, hace también del pan su propio cuerpo (porque así lo prometió y tiene poder para hacerlo), y el que convirtió el agua en vino hace del vino su sangre.
“Es la Pascua del Señor, dice la Escritura”, es decir, su paso, para que no se te ocurra pensar que continúe siendo terreno aquello por lo que pasó el Señor cuando hizo de ello su cuerpo y su sangre.
Lo que recibes es el cuerpo de aquel pan celestial y la sangre de aquella sagrada vid. Porque, al entregar a sus discípulos el pan y el vino consagrados, les dijo: “Esto es mi cuerpo; esto es mi sangre”. Creamos, pues, os pido, en quien pusimos nuestra fe. La verdad no sabe mentir.
Por eso, cuando habló a las turbas estupefactas sobre la obligación de comer su cuerpo y beber su sangre, y la gente empezó a murmurar, diciendo: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”, para purificar con fuego del cielo aquellos pensamientos que, como dije antes, deben evitarse, añadió: “El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida”.

Expresiones de la oración

Expresiones de la oración

(Del Catecismo de la Iglesia católica)

I. La oración vocal

2700Por medio de su Palabra, Dios habla al hombre. Por medio de palabras, mentales o vocales, nuestra oración toma cuerpo. Pero lo más importante es la presencia del corazón ante Aquél a quien hablamos en la oración. “Que nuestra oración se oiga no depende de la cantidad de palabras, sino del fervor de nuestras almas” (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermo 2, 2).

2701La oración vocal es un elemento indispensable de la vida cristiana. A los discípulos, atraídos por la oración silenciosa de su Maestro, éste les enseña una oración vocal: el “Padre Nuestro”. Jesús no solamente ha rezado las oraciones litúrgicas de la sinagoga; los Evangelios nos lo presentan elevando la voz para expresar su oración personal, desde la bendición exultante del Padre (cf Mt11, 25-26), hasta la agonía de Getsemaní (cfMc 14, 36).

2702Esta necesidad de asociar los sentidos a la oración interior responde a una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir exteriormente nuestros sentimientos. Es necesario rezar con todo nuestro ser para dar a nuestra súplica todo el poder posible.

2703Esta necesidad responde también a una exigencia divina. Dios busca adoradores en espíritu y en verdad, y, por consiguiente, la oración que brota viva desde las profundidades del alma. También reclama una expresión exterior que asocia el cuerpo a la oración interior, porque esta expresión corporal es signo del homenaje perfecto al que Dios tiene derecho.

2704La oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso la más interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquél “a quien hablamos” (Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 26). Por ello la oración vocal se convierte en una primera forma de oración contemplativa.

II. La meditación

2705La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil de encauzar. Habitualmente se hace con la ayuda de algún libro, que a los cristianos no les faltan: las sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, las imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, escritos de los Padres espirituales, obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia, la página del “hoy” de Dios.

2706Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir. Se trata de hacer la verdad para llegar a la Luz: “Señor, ¿qué quieres que haga?”.

2707Los métodos de meditación son tan diversos como diversos son los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del sembrador (cf Mc 4, 4-7. 15-19). Pero un método no es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús.

2708La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración cristiana se aplica preferentemente a meditar “los misterios de Cristo”, como en la lectio divina o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante es de gran valor, pero la oración cristiana debe ir más lejos: hacia el conocimiento del amor del Señor Jesús, a la unión con Él.

III. La oración contemplativa

2709¿Qué es esta oración? Santa Teresa responde: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, 8).

La contemplación busca al “amado de mi alma” (Ct1, 7; cfCt 3, 1-4). Esto es, a Jesús y en Él, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de Él y vivir en Él. En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.

2710La elección del tiempo y de la duración de la oración contemplativa depende de una voluntad decidida, reveladora de los secretos del corazón. No se hace contemplación cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo momento, pero sí se puede entrar siempre en contemplación, independientemente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y en la fe.

2711La entrada en la contemplación es análoga a la de la Liturgia eucarística: “recoger” el corazón, recoger todo nuestro ser bajo la moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que somos nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia de Aquel que nos espera, hacer que caigan nuestras máscaras y volver nuestro corazón hacia el Señor que nos ama, para ponernos en sus manos como una ofrenda que hay que purificar y transformar.

2712La oración contemplativa es la oración del hijo de Dios, del pecador perdonado que consiente en acoger el amor con el que es amado y que quiere responder a él amando más todavía (Lc 7, 36-50; 19, 1-10). Pero sabe que su amor, a su vez, es el que el Espíritu derrama en su corazón, porque todo es gracia por parte de Dios. La contemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad amorosa del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado.

2713Así, la oración contemplativa es la expresión más sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia; no puede ser acogida más que en la humildad y en la pobreza. La oración contemplativa es una relación de alianzaestablecida por Dios en el fondo de nuestro ser (cfJr31, 33). Escomunión: en ella, la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, “a su semejanza”.

2714La oración contemplativa es también el tiempo fuertepor excelencia de la oración. En ella, el Padre nos concede “que seamos vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que quedemos arraigados y cimentados en el amor” (Ef 3, 16-17).

2715La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario (cf F. Trochu, Le Curé d’Ars Saint Jean-Marie Vianney). Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarle y seguirle (cf San Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia, 104).

2716La oración contemplativa es escucha de la palabra de Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida incondicional del siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el “sí” del Hijo hecho siervo y en el “fiat” de su humilde esclava.

2717La contemplación es silencio, este “símbolo del mundo venidero” (San Isaac de Nínive, Tractatus mystici, 66) o “amor […] silencioso” (San Juan de la Cruz, Carta, 6). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús.

2718La oración contemplativa es unión con la oración de Cristo en la medida en que ella nos hace participar en su misterio. El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto.

2719La oración contemplativa es una comunión de amor portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. El Espíritu de Jesús, no la “carne que es débil”, hace que llevemos a la vida en la oración contemplativa los tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús. Es necesario aceptar el “velar una hora con él” (cf Mt 26, 40).

Resumen

2720La Iglesia invita a los fieles a una oración regulada: oraciones diarias, Liturgia de las Horas, Eucaristía dominical, fiestas del año litúrgico.

2721La tradición cristiana contiene tres importantes expresiones de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración contemplativa. Las tres tienen en común el recogimiento del corazón.

2722La oración vocal, fundada en la unión del cuerpo con el espíritu en la naturaleza humana, asocia el cuerpo a la oración interior del corazón a ejemplo de Cristo que ora a su Padre y enseña el “Padre Nuestro” a sus discípulos.

2723La meditación es una búsqueda orante, que hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción, el deseo. Tiene por objeto la apropiación creyente de la realidad considerada, que es confrontada con la realidad de nuestra vida.

2724La oración contemplativa es la expresión sencilla del misterio de la oración. Es una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor. Realiza la unión con la oración de Cristo en la medida en que nos hace participar de su misterio.

CUARTA PARTE: La oración cristiana, 1ª sección: La oración en la vida cristiana.

CAP. III La vida de oración, Artículo 1

Sobre los bienes de la paciencia

“Con perseverancia y tesón se tolera todo, para que en Cristo se consume la plena y perfecta paciencia”
San Cipriano de Cartago
El que afirmó haber bajado del cielo para hacer la voluntad del Padre, entre otros maravillosos milagros con que dio pruebas de una majestad divina, fue un fiel trasunto de la paciencia paterna por su admirable mansedumbre. Desde el primer momento de su venida, toda su conducta estuvo sazonada de paciencia. Ante todo, al descender de aquella celestial sublimidad a las cosas terrenas, el Hijo de Dios no desdeñó revestir la carne humana y, no siendo él pecador, cargar con los pecados ajenos; despojándose eventualmente de la inmortalidad consintió en hacerse mortal, para poder morir, él inocente, por la salvación de los no inocentes, El Señor es bautizado por el siervo y el que ha venido a perdonar los pecados no desdeñó lavar su cuerpo con el baño del segundo nacimiento.
Ayuna por espacio de cuarenta días el que sacia a los demás: padece hambre y sed, para que quienes tenían hambre de la palabra y de la gracia fueran saciados con el pan del cielo. Combate con el diablo tentador y, contento de haber vencido a enemigo tan poderoso, se mantiene en el nivel de una victoria dialéctica.
No preside a sus discípulos como a siervos con poder señorial, sino que, siendo benigno y manso, los amó con amor de caridad, e incluso se dignó lavar los pies de los apóstoles, para enseñarnos con su ejemplo que si tal es el comportamiento del Señor con sus siervos, deduzcamos cuál deba ser el del consiervo con sus semejantes e iguales.
Y no debe maravillarnos un tal comportamiento con los que le obedecían, él que fue capaz de soportar a Judas hasta el fin con infinita paciencia, de sentarse a la mesa con el enemigo, de conocer al enemigo doméstico sin delatarlo, de no rehusar el beso del traidor.
Y en la misma pasión y cruz, antes de llegar a la sentencia de muerte y a la efusión de su sangre, cuántas injurias y ultrajes no tuvo que oír con exquisita paciencia, qué vergonzosas insolencias no hubo de tolerar, hasta el punto de ser el blanco de los salivazos de quienes le insultaban, él que con su saliva había poco antes restituido la vista al ciego. Soportó ser flagelado aquel en cuyo nombre los que ahora son sus siervos fustigan al diablo y a sus ángeles; es coronado de espinas el que corona a los mártires con flores de eternidad; es abofeteado con las palmas de la mano quien otorga las verdaderas palmas a los vencedores; es despojado de un vestido terreno quien viste a los demás las vestiduras de la inmortalidad; es abrevado con hiel quien nos trajo el pan del cielo; se le da a beber vinagre a quien nos obsequió con la bebida de la salvación.
Al Inocente, al Justo, más aún, al que es la misma inocencia y la misma justicia, lo consideraron como un malhechor y la verdad fue vejada por falsos testigos; es juzgado el que nos juzgará a todos y el que es la Palabra de Dios se deja conducir en silencio al patíbulo.
Y cuando ante la cruz del Señor los astros se llenen de confusión, se conmuevan los elementos, tiemble la tierra, la noche oscurezca el día para que el sol no obligue a contemplar el crimen de los judíos sustrayendo sus rayos y no dando luz a los ojos, él no habla, no se mueve, no exhibe su majestad ni siquiera durante la pasión: con perseverancia y tesón se tolera todo, para que en Cristo se consume la plena y perfecta paciencia.

Gloriémonos en la cruz de Cristo

De los sermones de san Agustín
La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es una prenda de gloria y una enseñanza de paciencia. Pues, ¿qué dejará de esperar de la gracia de Dios el corazón de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, coeterno con el Padre, no se contentó con nacer como un hombre entre los hombres, sino que quiso incluso morir por mano de los hombres, que él mismo había creado?
Grande es lo que el Señor nos promete para el futuro, pero es mucho mayor aún aquello que celebramos recordando lo que ya ha hecho por nosotros. ¿Dónde estaban o quiénes eran los impíos, cuando por ellos murió Cristo? ¿Quién dudará que a los santos pueda dejar el Señor de darles su vida, si él mismo les entregó su muerte? ¿Por qué vacila todavía la fragilidad humana en creer que un día será realidad el que los hombres vivan con Dios?
Lo que ya se ha realizado es mucho más increíble: Dios ha muerto por los hombres.
Porque, ¿quién es Cristo, sino aquel de quien dice la Escritura: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (Jn 1,1)? Esta Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn 1,14). Porque no habría poseído lo que era necesario para morir por nosotros, si no hubiera tomado de nosotros una carne mortal. Así el inmortal pudo morir, así pudo dar su vida a los mortales; y hará que más tarde tengan parte en su vida aquellos de cuya condición él primero se había hecho partícipe. Pues nosotros, por nuestra naturaleza, no teníamos posibilidad de vivir, ni él, por la suya, posibilidad de morir. Él hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio: tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de la suya la posibilidad de vivir.
Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte de nuestro Dios y Señor, sino que hemos de confiar en ella con todas nuestras fuerzas y gloriarnos en ella por encima de todo: pues al tomar de nosotros la muerte, que en nosotros encontró, nos prometió, con toda su fidelidad, que nos daría en sí mismo la vida que nosotros no podemos llegar a poseer por nosotros mismos. Y si aquel que no tiene pecado nos amó hasta tal punto que por nosotros, pecadores, sufrió lo que habían merecido nuestros pecados, ¿cómo, después de habernos justificado, dejará de darnos lo que es justo? Él, que promete con verdad, ¿cómo no va a darnos los premios de los santos, si soportó, sin cometer iniquidad, el castigo que los inicuos le infligieron?
Confesemos, por tanto, intrépidamente, hermanos, y declaremos bien a las claras que Cristo fue crucificado por nosotros: y hagámoslo no con miedo, sino con júbilo, no con vergüenza, sino con orgullo.
El apóstol Pablo, que cayó en la cuenta de este misterio, lo proclamó como un título de gloria. Y, siendo así que podía recordar muchos aspectos grandiosos y divinos de Cristo, no dijo que se gloriaba de estas maravillas —que hubiese creado el mundo, cuando, como Dios que era, se hallaba junto al Padre, y que hubiese imperado sobre el mundo, cuando era hombre como nosotros—, sino que dijo: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Ga 6,14).
San Agustín de Hipona

Jesús entra en Jerusalén

Homilía de san Juan Pablo II

Plaza de San Pedro
Domingo 30 de marzo de 1980

1. Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel; que en esta semana. precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.

Este  acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Jesús se acerca a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, y por lo tanto viniendo de las localidades de Betfagé y de Betania. Allí da orden a dos discípulos de traerle un borrico. Les da las indicaciones precisas: dónde encontrarán al animal y cómo deben responder a los que pregunten por qué lo hacen. Los discípulos siguen escrupulosamente las indicaciones. A los que preguntan por que desatan al borrico, les responden: “El Señor tiene necesidad de él” (Lc 19, 31), y esta respuesta es suficiente. El borrico es joven; hasta ahora nadie ha montado sobre él. Jesús será el primero. Así, pues, sentado sobre el borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera “entrada solemne en Jerusalén”.

Hoy celebramos el Domingo de Ramos, que nos recuerda y hace presente esta “entrada”. En un especial rito litúrgico repetimos y reproducimos todo lo que hicieron y dijeron los discípulos de Jesús —tanto los cercanos como los más lejanos en el tiempo— en ese camino, que llevaba desde el Monte de los Olivos a Jerusalén. Igual que ellos, tenernos en las manos los ramos de olivo y decimos —o mejor, cantamos— las palabras de veneración que ellos pronunciaron. Estas palabras, según la redacción del Evangelio de Lucas, dicen así: “Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19, 38).

En estas circunstancias, el simple hecho de Jesús, que junto con los discípulos sube hacia Jerusalén para la cercana solemnidad de la Pascua, asume claramente un significado mesiánico. Los detalles que forman el marco del acontecimiento, demuestran que en él se cumplen las profecías. Demuestran también que, pocos días antes de la Pascua, en ese momento de su misión pública, Jesús logró convencer a muchos hombres sencillos en Israel.. Le seguían los más cercanos, los Doce, y además una muchedumbre: “Toda la muchedumbre de los discípulos”, como dice el Evangelista Lucas (19, 37), la cual hacía comprender sin equívocos que veía en El al Mesías.

2. El Domingo de Ramos abre la Semana Santa de la pasión del Señor; de la que ya lleva en sí la dimensión más profunda. Por este motivo, leemos toda la descripción de la pasión del Señor según Lucas.

Jesús, al subir en ese momento hacia Jerusalén, se revela a Sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, se había revelado desde ya hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba y al enseñar, como doctrina de su Padre, todo lo que enseñaba. Las lecturas litúrgicas de las últimas semanas lo demuestran de manera clara: la “entrada solemne en Jerusalén” constituye un paso nuevo y decisivo en el camino hacia la muerte, que le preparan los representantes de los ancianos de Israel.

Las palabras que dice “toda la muchedumbre” de peregrinos, que subían a Jerusalén con Jesús, no podían menos de reforzar las inquietudes del Sanedrín y de apresurar  la decisión final.

El Maestro es plenamente consciente de esto. Todo cuanto hace, lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua. La entrada en Jerusalén fue el cumplimiento de la Escritura.

Jesús de Nazaret se revela, pues, según las palabras de los Profetas, que El sólo ha comprendido en toda su plenitud. Esta plenitud permaneció velada tanto a “la muchedumbre de los discípulos”, cine a lo largo del camino hacia Jerusalén cantaban “Hosanna”, alabando “a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto” (Lc 19, 37), como a esos Doce más cercanos a El. A estos últimos, el amor por Cristo no les permitía admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro: “Esto no te sucederá jamás” (Mt 16; 22).

En cambio, para Jesús las palabras de los Profetas son claras hasta el fin, y se le revelan con toda la plenitud de su verdad; y El mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. La acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre.

“El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás” (Is 50, 5).

De este modo la liturgia del Domingo de Ramos contiene ya en sí la dimensión plena de la pasión: la dimensión de la Pascua.

“He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los esputos” (Is 50, 6).

“Al verme, se burlan de mí; hacen visajes, menean la cabeza… me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica” (Sal 21 [22], 8-17-19).

3. He aquí la liturgia del Domingo de Ramos: en medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en El al Mesías, sólo El, Cristo, conoce hasta el fondo la verdad de su misión; sólo El, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre El han escrito los Profetas.

Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en El con la verdad interior de su alma. El, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su “entrada en Jerusalén”, El es “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8).

Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor, un beso interior de paz y de redención. En este beso, en este abandono sin límites, Jesucristo, que es de naturaleza divina, se despoja a Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (cf. Flp 2, 6-8). Y permanece en este abajamiento, en esta expoliación de su fulgor externo, de su divinidad y de su humanidad, llena de gracia y de verdad. El, Hijo del hombre, va, con este aniquilamiento y expoliación, hacia los acontecimientos que se cumplirán, citando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas formas exteriores: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, rechazado por el propio pueblo, condenado a muerte, crucificado, hasta que pronuncie el último: “todo está cumplido”, entregando el espíritu en las manos del Padre.

Esta es la entrada “interior” de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa.

4. En cierto momento, se le acercan los fariseos que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y dicen: “Maestro, reprende a tus discípulos”; Jesús contestó: “Os digo que si ellos callasen, gritarían las piedras” (Lc 19, 39-40).

Comenzamos hoy la Semana Santa de la pasión del Señor en Roma,, En esta ciudad no faltan las piedras que hablan de cómo ha llegado aquí la cruz de Cristo y de cómo ha echado sus raíces en esta capital. del mundo antiguo.

Que las piedras no hagan ruborizarse a los hombres.

Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que éllas.

Excelencia de la caridad

De los sermones de san León Magno, Papa

Dice el Señor en el evangelio de Juan: La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros (Jn 13,35); y en la carta del mismo apóstol se puede leer: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (1 Jn 4,7).

Que los fieles abran de par en par sus mentes y traten de penetrar, con un examen verídico, los afectos de su corazón; si llegan a encontrar alguno de los frutos de la caridad escondido en sus conciencias, no duden de que tienen a Dios consigo, y, a fin de hacerse más capaces de acoger a tan excelso huésped, no dejen de multiplicar las obras de una misericordia perseverante.

Pues, si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras, ya que la Divinidad no admite verse encerrada por ningún término.

Los presentes días, queridísimos hermanos, son especialmente indicados para ejercitarse en la caridad —por más que no hay tiempo que no sea a propósito para ello—, quienes desean celebrar la Pascua del Señor con el cuerpo y el alma santificados deben poner especial empeño en conseguir, sobre todo, esta caridad, porque en ella se halla contenida la suma de todas las virtudes y con ella se cubre la muchedumbre de los pecados (cf. 1 Pe 4,8).

Por esto, al disponernos a celebrar aquel misterio que es el más eminente, con el que la sangre de Jesucristo borró nuestras iniquidades, comencemos por preparar ofrendas de misericordia, para conceder, por nuestra parte, a quienes pecaron contra nosotros lo que la bondad de Dios nos concedió a nosotros.

La largueza ha de extenderse ahora, con mayor benignidad, hacia los pobres y los impedidos por diversas debilidades, para que el agradecimiento a Dios brote de muchas bocas, y nuestros ayunos sirvan de sustento a los menesterosos. La devoción que más agrada a Dios es la de preocuparse de sus pobres, y, cuando Dios contempla el ejercicio de la misericordia, reconoce allí inmediatamente una imagen de su piedad. No hay por qué temer la disminución de los propios haberes con esas expensas, ya que la benignidad misma es una gran riqueza, ni puede faltar materia para la largueza allí donde Cristo apacienta y es apacentado. En toda esta faena interviene aquella mano que aumenta el pan cuando lo parte, y lo multiplica cuando lo da.

Quien distribuye limosnas debe sentirse seguro y alegre, porque obtendrá la mayor ganancia cuando se haya quedado con el mínimo, según dice el bienaventurado apóstol Pablo: El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia (2 Co 9,10) en Cristo Jesús, Señor nuestro, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Finalmente reconoció al Rey de reyes…

Sobre el buen ladrón

Mons. Fulton Sheen

Al principio los ladrones le insultaban y blasfemaban; pero uno de ellos, que la tradición llama Dimas, volvió su cabeza para contemplar la mansedumbre y la dignidad del rostro del Salvador crucificado. Como un carbón arrojado en el fuego se transforma en ascua brillante y resplandeciente, así el alma negra de este ladrón, arrojada en los fuegos de la crucifixión, se inflamó en amor del Corazón Sagrado.

Cuando el ladrón de la izquierda decía: “Si eres el Cristo sálvate y sálvanos”, el ladrón arrepentido le increpó exclamando: “¿Ni tú temes a Dios viéndote bajo la misma condena?” “Y nosotros ciertamente con justicia porque recibimos la paga debida a nuestras obras; pero éste, ¿qué mal ha hecho?” Luego, el mismo ladrón le dirigió un ruego, no suplicando un lugar entre los poderosos, sino solamente el favor de no ser olvidado: “Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu Reino”.

Tal fe y tal arrepentimiento no van a quedar sin recompensa. Y en unas circunstancias en que el poder de Roma no logró hacerle hablar, cuando los amigos pensaron que todo estaba perdido y los enemigos que todo estaba ganado, nuestro Señor rompió el silencio. El que era acusado se convirtió en Juez, y el crucificado se tornó en Divino Asesor de las almas cuando contestó el ladrón penitente con estas palabras: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Este día, en que dices la primera y última plegaria; hoy, tú estarás conmigo y donde yo estoy; esto es, en el paraíso. Con estas palabras, Nuestro Señor, que se estaba ofreciendo a su Padre Celestial como la Gran Hostia, une consigo en la patena de la Cruz, la primera hostia pequeña ofrecida en la Misa —Hostia de un ladrón arrepentido— un tizón sacado de la hoguera; una gavilla arrancada de la cosecha terrena; el trigo triturado en el molino de la crucifixión y hecho pan para la Eucaristía, Nuestro Señor no sufre solo en la Cruz, sufre con nosotros. Por eso unió el sacrificio del ladrón con el suyo propio. Esto es lo que significa San Pablo cuando dice que debemos llenar aquello que falta en los sufrimientos de Cristo. No significa que Nuestro Señor en la Cruz no sufrió todo lo que pudo. Significa, más bien, que el Cristo histórico, físico, sufrió cuanto pudo sufrir en su naturaleza humana; pero que el Cristo Místico, que es Cristo y nosotros, no ha sufrido hasta nuestra plenitud de sufrimiento. No todos los demás buenos ladrones de la historia del mundo han reconocido ya su culpa y pedido su recuerdo. Nuestro Señor está ahora en el Cielo. Por tanto, no puede sufrir más en su naturaleza humana, pero puede sufrir más en las nuestras. Así, se dirige a otras naturalezas humanas; a la tuya, a la mía, y nos pide que hagamos lo que hizo el buen ladrón, esto es, que nos incorporemos a El en la Cruz, para que, participando en su crucifixión, podamos también participar en su Resurrección; para que hechos participantes de su Cruz, podamos ser también participantes de su Gloria en el Cielo.

Como nuestro Divino Señor en aquel día escogió al ladrón como pequeña hostia de sacrificio, así hoy nos escoge a nosotros como otras pequeñas hostias, unidas con la suya en la patena, del altar. Volved los ojos de vuestra mente a la Misa, a cualquier Misa de las que se celebraban en los primeros siglos de la Iglesia, antes de que la civilización se volviese totalmente financiera y económica. Si asistiéramos al Santo Sacrificio en la Iglesia primitiva, llevaríamos al altar cada mañana pan y vino. El sacerdote tomaría un trozo de aquel pan sin levadura y un poco de aquel vino para el Sacrificio de la Misa. El resto lo pondría aparte, lo bendeciría y los distribuiría, entre los pobres. Actualmente no llevamos el pan y el vino. Damos lo equivalente; aquello con que compramos el pan y el vino. Por eso la colecta, en el Ofertorio. ¿Por qué llevamos a la Misa el pan, el vino o el equivalente? Llevamos el pan y el vino porque esas dos cosas, entre todas las de la naturaleza, son las que mejor representan la esencia de la vida. El trigo es como el meollo de la tierra y los racimos como su verdadera sangre y ambos nos proporcionan a nosotros el cuerpo y la sangre de la vida. Llevando esas dos cosas, que nos dan la vida, que nos nutren, equivalentemente nos llevamos a nosotros mismos al Sacrificio de la Misa.

Nosotros, pues, estamos presentes en todas y en cada una de las Misas bajo las apariencias de pan y vino, que representan simbólicamente nuestro cuerpo y nuestra sangre. No somos espectadores pasivos, como podemos serlo en un teatro contemplando el espectáculo, sino que estamos ofreciendo nuestra Misa con Cristo. Si algún cuadro pinta adecuadamente nuestro papel en el drama es éste: Una gran cruz se alza ante nosotros en la cual está tendida la Gran Víctima, Cristo. Alrededor de la colina del Calvario están nuestras pequeñas cruces, en las cuales nosotros, las pequeñas hostias, vamos a ofrecernos. Cuando Nuestro Señor va a su Cruz, nosotros vamos a nuestras pequeñas cruces y nos ofrecemos a nosotros mismos en unión con Él, como una oblación pura, al Padre Celestial. En este momento nosotros cumplimos literalmente el mandato del Señor hasta en su mínimo detalle: “Toma tu cruz cada día y sígueme”. Al hacerlo así no nos pide algo que El no haya hecho primero. Ni sirve de excusa el decir: “Yo soy una pobre hostia sin valor” Así era el ladrón.

Notad que hubo dos actitudes en el alma de aquel ladrón que le hicieron agradable a Nuestro Señor. Fue la primera el reconocimiento del hecho: él merecía lo que estaba sufriendo, no así Jesucristo, que, impecable, no merecía la Cruz. En otros términos, era un arrepentido. La segunda fue la fe en aquel que los hombres rechazaban, pero que el ladrón reconoció como el verdadero Rey de los Reyes.

Fragmento del libro “El Calvario y la Misa”.

Sobre la confianza en la Divina Providencia

Fragmento del libro “El abandono en la divina Providencia”,

de Jean Pierre de Caussade

Fe y abandono entre tormentas

 Dejando aparte las enfermedades evidentes que, por su naturaleza, obligan a permanecer en cama y a tomar las medicinas convenientes, todos esos otros temores y desfallecimientos de las almas que viven en el abandono no son más que ilusiones y apariencias que se deben superar con la confianza. Dios las permite o las envía para ejercitar esa fe y ese abandono, que son la medicina verdadera. Por tanto, sin prestarles mayor atención, deben proseguir generosamente su camino en medio de las vicisitudes y sufrimientos que Dios les envía, sirviéndose sin dudarlo de su cuerpo con toda libertad, como se hace con los caballos de alquiler, que no valen más que para trabajar, y que se les trata sin mayores cuidados. Esto da mejor resultado que las delicadezas, que no sirven más que para debilitar al espíritu. Esta fortaleza de espíritu tiene una virtud oculta para sostener un cuerpo débil. Y vale mucho más un año de vida noble y generosa, que un siglo de temores y cuidados.

Más aún, quien vive abandonado en Dios debe procurar mantener habitualmente en su exterior el aspecto de un niño dócil y amable, porque ¿hay algo que temer cuando se avanza bajo la guía de Dios? Guiados, sostenidos y protegidos por Él, nada deben presentar sus hijos en su exterior que no se vea lleno de ánimo. ¿Qué importancia tienen los objetos espantosos que se encuentran en el camino? Si Dios los guía por allí, sólo es para embellecer sus vidas con gloriosas hazañas. Si los mete en problemas de toda clase, donde la prudencia humana no ve ni imagina salida alguna, es para que sientan toda su flaqueza y se vean incapaces y confundidos. Entonces es cuando la Providencia divina manifiesta en todo su esplendor lo que es para aquellos que se abandonan totalmente a ella, y los libra de modos mucho más maravillosos que cuantos pudieran inventar los historiadores fabulosos, cuando, esforzando su imaginación en la comodidad y sosiego de sus escritorios, discurren las intrigas y peligros de sus héroes imaginarios, para concluir felizmente sus vanas historias.

Sí, la divina Providencia conduce las almas con habilidad mucho más prodigiosa y admirable por medio de muertes, peligros y monstruos, infiernos, demonios y sus trampas, y eleva hasta el cielo a estas almas, que son materia después de aquellas historias místicas, incomparablemente más bellas y curiosas que todas cuantas puedan inventar las más cavilosas imaginaciones humanas.

Vamos, pues, alma mía. Atravesemos los peligros y horrores, que no pueden dañarnos mientras nos hallemos conducidos y sostenidos por la mano segura e invisible, pero omnipotente e infalible, de la divina Providencia. Vamos sin miedo, dirigiéndonos a nuestra meta con paz y alegría, haciendo materia de victoria de todo cuanto se nos vaya presentando. Para combatir y vencer nos hemos alistado bajo las banderas de Jesucristo. «Salió como vencedor, y para seguir venciendo» [Apoc 6,2]. Contaremos tantos triunfos como pasos demos bajo su guía.

Dios es quien escribe nuestra vida

 El espíritu de Dios es el que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es sino la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres. Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos nuestros sufrimientos y acciones a su guía. No, no, todo lo que se nos presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son únicamente medios para que se continúe esta Escritura santa, que se acrecienta todos los días.

Un alma santa es aquella que se somete libremente, con la ayuda de la gracia, a la voluntad de Dios. Todo lo que precede al puro consentimiento es obra de Dios, y en modo alguno obra del hombre, que le recibe a ciegas en un abandono e indiferencia universal. Dios no le exige sino esta única disposición; el resto, Él lo determina y elige según sus designios, como un arquitecto señala y escoge las piedras.

Así pues, es preciso amar a Dios en todo, en todo su orden providencial. Es necesario amarle sea cual fuere el modo con que se presente al alma, sin desearle de otra forma. Si éstos u otros objetos son ofrecidos, eso no es asunto del alma, sino de Dios, que da lo mejor para el alma. El gran compendio, la máxima más sublime de la espiritualidad, es este abandono puro y entero a la voluntad de Dios, en un continuo olvido de sí mismo, para ocuparse enteramente en amarle y obedecerle, apartando temores y reflexiones, como también las inquietudes producidas por el cuidado de la salvación y de la propia perfección. Puesto que Dios se nos ofrece para arreglar nuestros asuntos, dejémosle hacer, y no nos ocupemos más que de Él mismo y de sus cosas.

Confiados, dejémosle hacer a Dios

 Vamos, alma mía, vamos con la cabeza bien alta por encima de todo lo que pasa fuera o dentro de nosotros, siempre contentos de Dios, contentos de lo que El hace en nosotros y nos hace hacer. Guardémonos bien de enredarnos imprudentemente en interminables reflexiones inquietantes, que, como otros tantos caminos perdidos, se ofrecen a nuestro espíritu para engañarle, y para hacerle caminar sin fin pasos y pasos perdidos. Salgamos del laberinto de nosotros mismos, saltando por encima, y no tratando de recorrer sus interminables vueltas y revueltas.

Vamos, alma mía, atravesemos por medio de los desalientos, enfermedades, sequedades, durezas de carácter, debilidades del espíritu, lazos del diablo y de los hombres, desconfianzas y envidias, siniestras ideas y persecuciones. Volemos como un águila sobre todas estas nubes, fija siempre la vista en el sol y en sus rayos, que son nuestras obligaciones. Sintamos todo eso, ya que no está en nosotros no sentirlo, pero no olvidemos que nuestra vida no debe ser una vida de sentimiento, sino la vida superior del alma, donde Dios y su voluntad obran una eternidad siempre serena, siempre igual e inmutable.

Abandono y paz en todas las cosas

 Es en esa estancia, completamente espiritual, en donde lo increado, lo incomprensible, lo inefable, mantiene al alma infinitamente alejada de todas las determinaciones de las sombras y demás cosas creadas. Los sentidos, sí, experimentan sus agitaciones, sus vicisitudes y sus cien metamorfosis, que pasan siempre, desapareciendo en el aire, como sin orden ni concierto. Pero Dios y su voluntad es el objeto eterno que fascina el corazón en la vida de la fe, y que, en la vida de la gloria, constituirá la verdadera felicidad.

Y este estado glorioso del corazón influirá en todo el compuesto material del hombre, que ahora es presa de monstruos, pájaros nocturnos y bestias feroces. Bajo estas apariencias horribles, la acción divina, dándole una facilidad completamente celestial, le hará brillar como el sol, porque las facultades del alma sensitiva y las del cuerpo, se preparan y trabajan aquí abajo como el oro, el hierro, el lino o las piedras. Estas diversas cosas no pueden gozar del brillo y pureza de su ser sin haber sufrido muchos golpes, destrucciones y despojos. Y del mismo modo, todo lo que las almas tienen que sufrir en la tierra bajo la mano de Dios, que es este amor, divino obrero, no sirve sino para disponerles a esa gloria eterna.

El alma de fe, que conoce el secreto de Dios, permanece absolutamente en paz, y todo lo que le pasa, en lugar de alarmarle, acrecienta su seguridad, pues está íntimamente persuadida de que es Dios quien la conduce. Por eso lo recibe todo como una gracia, y vive olvidada de sí misma, dejándole trabajar a Dios en ella, sin pensar más que en la obra que Él le ha encomendado, que es amarle sin cesar y cumplir con fidelidad y exactitud sus obligaciones.

El alma recibe distintas impresiones sensibles, aflictivas o consoladoras, por medio de los objetos a que la voluntad divina la aplica incesantemente, buscando sólo su bien. Pero todas le sirven para encontrar a Dios, que es el objeto de la fe, y para unirse a Dios en todas las diferentes situaciones y disposiciones.