Texto tomado de
“El joven cristiano”
Por San Juan Bosco
artículo 4º.— La primera virtud que debe brillar en la juventud es la obediencia a los padres y superiores
Así como una tierna planta, aunque colocada en un jardín bien cultivado, tiene necesidad de un sostén para desarrollarse convenientemente, así vosotros, amados jóvenes, os doblegaréis seguramente al mal si no os dejáis guiar por los que están encargados de vuestra educación y del bien de vuestra alma. Estos no son otros que vuestros padres o aquellos que hacen sus veces, a quienes debéis obedecer exactamente: “Honra a tu padre y a tu madre, y vivirás largo tiempo sobre la tierra”, dice el Señor.
Pero ¿cómo se les honrará? Obedeciéndoles, respetándolos y prodigándoles los cuidados que debemos. Obedeciéndoles. Para llenar cumplidamente esta primera obligación, es preciso que, cuando os ordenen alguna cosa, la hagáis prontamente sin mostrar disgusto; y guardáos de ser del número de los que dan señales de disgusto, ya moviendo la cabeza o de otro modo, ya, lo que es peor aún, respondiendo con insolencia. Estos incurren en la indignación de Dios mismo, quien se vale de los padres para manifestarles su voluntad. Nuestro Salvador, aunque omnipotente, quiso enseñaros a obedecer, sometiéndose en todo a la Santísima Virgen y a San José, al practicar el humilde oficio de artesano: Et erat subditus illis. Por obedecer a su Padre celestial, se ofreció a morir en la cruz y sufrir los más crueles tormentos: Factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis.
Debéis, asimismo, respetar mucho a vuestro padre y a vuestra madre; nada hagáis sin su permiso, ni os mostréis impacientes en su presencia, guardándoos de descubrir sus defectos. Nada hacía San Luis sin permiso; y cuando no estaban sus padres en casa, obedecía a sus mismos domésticos.
El joven Luis Comollo[1], habiéndose visto obligado, a pesar suyo, a permanecer fuera de su casa más tiempo del que le había sido concedido, al volver pidió humildemente perdón a sus padres, derramando lágrimas por aquella desobediencia involuntaria.
Mostrad siempre deferencia a vuestros padres, ya sirviéndoles afectuosamente, ya entregándoles el dinero, los regalos que os hagan y, en una palabra, todo lo que os pertenezca, para emplearlo según su consejo. Debéis, además, rogar todos los días por ellos, para que Dios les conceda los bienes espirituales y temporales que necesitan.
Lo que digo aquí de vuestros padres, debe aplicarse también a los superiores eclesiásticos o seglares y a los maestros, de quienes recibiréis con humildad y respeto todas las instrucciones, consejos y correcciones; porque en todo lo que os mandan no procuran sino vuestro mayor bien: además, obedeciéndoles, obedecéis al mismo Jesucristo y a la Santísima Virgen.
Os recomiendo, sobre todo, dos cosas: la primera, que seáis sinceros con vuestros superiores, no ocultándoles nunca vuestras fallas con disimulo, y aun menos negando el haberlas cometido. Decid siempre con franqueza la verdad, porque la falsedad os hace hijos del demonio, príncipe de la mentira, y os hará perder el honor y la reputación cuando vuestros superiores y compañeros lleguen a descubrir la verdad. La segunda, que toméis por regla de conducía los consejos y advertencias de esos mismos superiores. ¡Dichosos si así lo hacéis! Pasaréis una vida feliz, porque todas vuestras acciones serán siempre buenas, edificando, además, al prójimo. Concluyo diciéndoos que el niño obediente llegará a ser santo; al contrario, el desobediente va por una senda que le conducirá a la perdición.
Artículo 5º. — Respeto u las iglesias y a los ministros del Señor
La obediencia y el respeto que habéis de tener a los superiores se debe extender a las iglesias y a los actos de religión.
Como cristianos, debemos venerar todo lo que se relaciona con el templo del Señor, puesto que es un lugar santo y casa de oración. Cualquiera petición que dirijamos a Dios en la iglesia, si es para bien de nuestras almas, estemos seguros de que será atendida. Omnis enim qui petit, accipit. ¡Qué gloria daréis a Jesucristo, amados hijos, y qué buen ejemplo a los fieles manteniéndoos allí con devoción y recogimiento! Cuando San Luis iba al templo, todos salían a verle, y quedaban edificados de su piedad y modestia. Luego, cuando lleguéis a la iglesia, entrad en ella sin correr ni hacer ruido; santiguaos con agua bendita; y, puestos de rodillas, adorad a la Santísima Trinidad rezando tres Gloria Patri.
Si no han empezado los santos oficios, rezad los “Siete gozos de María” o haced cualquier otro ejercicio de piedad.
Jamás os riáis y no habléis sin necesidad; basta a veces una sonrisa, una palabra, para escandalizar y distraer a los que nos rodean. San Estanislao de Kostka estaba en la iglesia con una devoción tal, que a veces no sentía que le llamaban; y ocasión hubo en que sus criados le tuvieron que tocar para advertirle que ya era tiempo de volver a su casa.
Os recomiendo, además, mucho respeto a los sacerdotes y religiosos; recibid con veneración sus consejos, descubríos en señal de reverencia cuando los encontréis, y tened cuidado especial de no ofenderlos con vuestras acciones y palabras. Acordáos del terrible castigo dado por Dios a unos niños que se burlaron del profeta Eliseo: cuarenta fueron destrozados por unos feroces osos que salieron de un bosque vecino. El que no respeta a los ministros del Señor debe esperar un castigo muy severo. Imitad a Luis Comollo, que decía: “De los sacerdotes se debe hablar siempre bien; o, de otra suerte, callar”.
Por último, os advierto que no os avergoncéis de aparecer cristianos aun fuera de la iglesia; por tanto, cuando paséis por delante de la casa de Dios o de una imagen de María o de algún santo descubríos en señal de reverencia. De este modo os mostraréis buenos cristianos; y el Señor os colmará de bendiciones por el buen ejemplo que dais al prójimo.
artículo 6°.—La lectura espiritual y la palabra divina
Además del tiempo destinado a vuestras oraciones de la mañana y de la noche, os aconsejo que dediquéis algún rato a la lectura de libros que traten de cosas espirituales, como son La imitación de Cristo; la Filotea (o Introducción a la vida devota) de San Francisco de Sales; la Preparación para la muerte, de San Alfonso María de Ligorio; Jesús al corazón del joven, vidas de santos y otros libros semejantes. Grandes ventajas conseguirá vuestra alma con la lectura de estos libros; y doble será el mérito ante los ojos de Dios si los leéis delante de quienes no saben leer. Al paso que os recomiendo la lectura de los buenos libros, debo encarecidamente encomendaros que huyáis, como de la peste, de los malos. Los libros, diarios o folletos en que se menosprecia la santa religión y la moral, echadlos al fuego, como haríais con un veneno. Imitad a los cristianos de Éfeso, quienes, tan pronto como oyeron de San Pablo el mal que producen tales libros, se apresuraron a llevarlos a la plaza pública, e hicieron de ellos una hoguera, juzgando mejor que cayesen los libros en el fuego que sus almas en el infierno.
Así como nuestro cuerpo se debilita y muere si no lo alimentamos, del mismo modo pierde nuestra alma su vigor si no le damos lo que necesita: el alimento del alma es la palabra de Dios, es decir, los sermones, la explicación del Evangelio y el catecismo. Apresuraos, pues, a ir pronto a la iglesia: estad en ella con la mayor atención y aprovechaos de los consejos que os puedan convenir. Es muy útil y hasta necesaria para vosotros la asistencia al catecismo. No os excuséis diciendo que ya habéis hecho la primera comunión: pues, aun después de ella, tenéis necesidad de sustentar el alma, como alimentáis siempre el cuerpo: y si la priváis de este alimento espiritual, la exponéis a grandes males.
Evitad, al oír la palabra divina, las sugestiones del demonio, que os engaña diciéndoos: “Esto lo dice por fulano, aquello por zutano”. No, queridos hijos; el predicador se dirige a cada uno de vosotros y quiere que os apliquéis las verdades que os expone.
Además, lo que no sirva para corregiros de lo pasado, servirá para preservaros de caer en nuevas faltas en lo por venir. Cuando oigáis algún sermón, tratad de recordadlo durante el día; y a la noche, antes de acostaros, deteneos un instante a reflexionar sobre lo que habéis oído; de esa manera sacaréis gran provecho para vuestra alma.
También os encarezco que, a ser posible, cumpláis con vuestros deberes religiosos en la propia parroquia, siendo el párroco la persona destinada especialmente por Dios para cuidar de vuestra alma.
[1] Joven del Oratorio de San Juan Bosco, que consiguió alcanzar una vida de santidad en muy poco tiempo, obedeciendo a sus superiores.
Observad, queridos hijos míos, todo cuanto existe en el ciclo y en la tierra: el sol, la luna, las estrellas, el aire, el agua, el fuego. Hubo un tiempo en que ninguna de estas cosas existía, porque nada hay que se dé el ser a sí mismo. Dios, con su omnipotencia infinita, las creó todas de la nada, y por esto motivo se llama Creador, Dios, que ha existido y existirá siempre, después de haber creado todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra, dio existencia al hombre, que es la más perfecta de todas las creaturas visibles. Así nuestros ojos, oídos, pies, boca, lengua y manos son dones del Señor.


Confirmación de estas palabras, he aquí un testimonio vivido. He encontrado en mi camino uno de esos apóstoles ardientes, siempre alegre a pesar de sus fatigas y de sus fracasos. Le he preguntado el secreto de su vida. Un poco sorprendido me ha abierto su alma; he aquí su secreto.
Esta vida de oración ha de llevar, pues, al alma natural y llanamente a entregarse a Dios, al don completo de sí misma. Muchos pierden años y años en trampear a Dios. La mayor parte de los directores [espirituales] no insisten bastante en el don completo. Dejan al alma en ese comercio mediocre con Dios: piden y ofrecen, prácticas piadosas, oraciones complicadas. Esto no basta a vaciar al alma de sí misma, eso no la llena, no le da sus dimensiones, no la inunda de Dios. No hay más que el amor total que dilate al alma a su propia medida. Es por el don de sí mismo que hay que comenzar, continuar, terminar. Hay que realizarlo de una vez, y rehacerlo hasta que sea como connatural. Entonces el alma se dará con gran paz, se dará a propósito de todo, sin reflexionar, como el heliotropo se vuelve naturalmente hacia el sol.
Habiendo tratado anteriormente acerca de la virtud de la humildad, parece ahora muy conveniente hablar un poco acerca de una grande y terrible tentación que posiblemente surgirá en el camino de quien quiera ser realmente humilde, y esta es la tentación del desánimo, la cual se origina cuando nos quedamos tan sólo con el primer aspecto de la humildad, que es el reconocimiento de nuestras miserias, de nuestras limitaciones, de nuestra nada; pero olvidándonos de la infinita misericordia de Dios que se encuentra por encima de todas ellas y que, de hecho, quiere remediarlas. De ahí que en el título se mencione “la grandeza”, porque el alma verdaderamente humilde siempre aspira a hacer cosas grandes por Dios, “¿pero cómo?” –nos podríamos preguntar-, “¿cómo ir en pos de las alturas quien se sabe débil y necesitado?”, pues bien, si la humildad es verdadera, el alma comprende que su único apoyo es Dios, y si es justa con Él, se confiará ciegamente en sus manos y, en la medida de su docilidad, Dios obrará en ella cosas grandes, tal como lo hizo con la creatura más humilde de todas, quien por su humildad recibió la gracia única de llevar en su seno al Hijo de Dios. La humildad verdadera, entonces, no se queda egoístamente en sí misma, sino que sale de sí para confiarse enteramente en Dios, ya que sabe bien que no puede hacerlo con sus propias fuerzas, y como respuesta a esta confiada sinceridad, es Dios mismo quien se encarga de hacerla su fecundo instrumento. Expliquemos un poco más esta verdad.
Decimos que “la gracia supone la naturaleza” y no que la gracia “suprime” la naturaleza, pues entre estas dos afirmaciones hay un abismo: la gracia sobre eleva todo el trabajo de las virtudes que hayamos hecho y trabaja con eso, es decir, que si quiero esperar a tener las virtudes perfectas, en estado puro para dejarme guiar “recién allí” por el Espíritu Santo, entonces jamás lo haré, porque no existen las virtudes en estado puro en esta vida; pero sí existen las almas que trabajan seriamente por las virtudes… y a estas almas las bendice Dios. Es por esta razón que el verdaderamente humilde es por fuerza magnánimo y optimista, y esto –como dice san Alberto Hurtado- no es ser soñador, uno vive con los pies sobre la tierra… el otro [el de falsa humildad] vive sobre las nubes. La mayor causa de pesimismo [o desaliento] en esta vida, el mayor medio para sentirse desanimado podría ser la muerte, pero Jesucristo la venció. ¿Qué nos queda entonces para desanimarnos? ¿El pecado?, Cristo lo venció, nos dejó su gracia; ¿Nuestras miserias?, Cristo nos trajo la misericordia del cielo, ¿nuestra debilidad?, Cristo nos da las fuerzas; ¿el mundo?, Cristo también lo venció.
La confianza en Dios tiene su principal expresión en la oración, porque ésta es intérprete de la confianza: pido lo que confío recibir, porque confío recibir; y el motivo principal de confianza en Dios es que es nuestro Padre: Dios no permitiría ningún mal sino pudiera ni quisiera sacar mayores bienes para el alma a partir de ellos: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” dice san Pablo, incluso levantarme del pecado.

Quien vive en odio y enemistad conmigo, no sólo se daña a sí mismo, sino que daña a su prójimo. Le causa daño porque estáis obligados a amar al prójimo como a vosotros mismos, ya sea ayudándole espiritualmente con la oración, aconsejándole de palabra o socorriéndole espiritual y materialmente, según sea su necesidad.
«Debes saber, hija mía, que todas las penas que sufre el alma en esta vida no son suficientes para expiar la más mínima culpa, ya que la ofensa hecha a mí, que soy Bien infinito, requiere satisfacción infinita. Mas si la verdadera contrición y el horror del pecado tienen valor reparador y expiatorio, lo hacen, no por la intensidad del sufrimiento (que siempre será limitado), sino por el deseo infinito con que se padece, puesto que Dios, que es infinito, quiere infinitos el amor y el dolor; dolor del alma por la ofensa cometida contra su Creador y contra su prójimo.
Pero para aquellos necios que son ingratos para conmigo y para con los sufrimientos de mis siervos, se les convierte en ruina y en materia de juicio todo lo que se les había dado por misericordia; no por defecto de la misericordia misma, sino por su dureza de corazón.