SIEMPRE EN CONTACTO CON DIOS (II/II)
San Alberto Hurtado
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Un testimonio
Confirmación de estas palabras, he aquí un testimonio vivido. He encontrado en mi camino uno de esos apóstoles ardientes, siempre alegre a pesar de sus fatigas y de sus fracasos. Le he preguntado el secreto de su vida. Un poco sorprendido me ha abierto su alma; he aquí su secreto.
“Usted me pregunta cómo se equilibra mi vida, yo también me lo pregunto. Estoy cada día más y más comido por el trabajo: correspondencia, teléfono, artículos, visitas; el engranaje terrible de los negocios; congresos, semanas de estudios, conferencias prometidas por debilidad, por no decir ‘no’, o por no dejar esta ocasión de hacer el bien; presupuestos que cubrir; resoluciones que es necesario tomar ante acontecimientos imprevistos. La carrera a ver quién llegará el primero en tal apostolado urgente, en que la victoria materialista aún no es definitiva. Soy con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por las olas que suben. No queda más escapada que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que las olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia Dios.
¡Oh bendita vida activa, toda consagrada a mi Dios, toda entregada a los hombres, y cuyo exceso mismo me conduce para encontrarme a dirigirme hacia Dios! Él es la sola salida posible en mis preocupaciones, mi único refugio.
Las horas negras vienen también. La atención tiranteada continuamente en tantas direcciones, llega un momento en que no puede más: el cuerpo ya no acompaña la voluntad. Muchas veces ha obedecido, pero ahora ya no puede… La cabeza está vacía y adolorida, las ideas no se unen, la imaginación no trabaja, la memoria está como desprovista de recuerdos. ¿Quién no ha conocido estas horas?
No hay más que resignarse, durante algunos días, algunos meses, quizás algunos años, a detenerse. Ponerse testarudo sería inútil: se impone la capitulación; y entonces, como en todos los momentos difíciles, me escapo a Dios, le entrego todo mi ser y mi querer a su providencia de Padre, a pesar de no tener fuerzas ni siquiera para hablarle.
¡Ah, y cómo he comprendido su bondad aun en estos momentos! En mi trabajo de cada día, era a Él a quien yo buscaba, pero me parece que aunque mi vida le estaba entregada, yo no vivía bastante para Él… Ahora sí… en mis días de sufrimiento, yo no tengo más que a Él delante de mis ojos, a Él solo, en mi agotamiento y en mi impotencia.
Nuevos dolores en mis horas de impotencia me aguardan. Las obras, a las que me he entregado, gravemente amenazadas; mis colaboradores, agotados ellos también, a fuerza de trabajo; los que deberían ayudarnos redoblan su incomprensión; nuestros amigos nos dan vuelta las espaldas o se desalientan; las masas que nos habían dado su confianza, nos la retiran; nuestros enemigos se yerguen victoriosamente contra nosotros; la situación [política] es como desesperada; el materialismo triunfa, todos nuestros proyectos de trabajo por Cristo yacen por tierra. Cuando mis amigos vienen a verme, la simple y leal constatación de nuestras impresiones no hace más que multiplicar nuestras inquietudes…
¿Nos habíamos engañado? ¿No hemos sido trabajadores de Cristo? ¿La Iglesia de nuestro tiempo, al menos en nuestra Patria, resistirá a tantos golpes? Edesa fue en otro tiempo capital intelectual del cristianismo y en Ourfa, pueblo que la reemplaza, ¿acaso hay un cristiano?. Pero la fe dirige todavía mi mirada hacia Dios. Rodeado de tinieblas, me escapo más totalmente hacia la luz.
En Dios me siento lleno de una esperanza casi infinita. Mis preocupaciones se disipan. Se las abandono. Yo me abandono todo entero entre sus manos. Soy de Él y Él tiene cuidado de todo y de mí mismo. Mi alma por fin reaparece tranquila, serena. Las inquietudes de ayer, las mil preocupaciones porque ‘venga a nosotros su Reino’, y aun el gran tormento de hace pocos momentos ante el temor del triunfo de sus enemigos… todo deja sitio a la tranquilidad en Dios, poseído inefablemente en lo más espiritual de mi alma. Dios, la roca inmóvil, contra el cual se rompen en vano todas las olas; Dios, el perfecto resplandor que ninguna mancha empaña; Dios, el triunfador definitivo, está en mí. Yo lo alcanzo con plenitud al término de mi amor. Toda mi alma está en Él, durante un minuto, como arrebatada en Él, y luego dulcemente, seguramente, como si los combates de la vida y las inseguridades e incertidumbres me hubieran completamente abandonado. Estoy bañado de su luz. Me penetra con su fuerza. Me ama.
Yo no sería nada sin Él. Simplemente yo no sería. Y he aquí que me ha dado naturaleza y ser, y pasando su vida por encima de mis pecados, que Él ha cubierto, he aquí que me ha divinizado.
Yo lo conozco, yo lo amo con el conocimiento con el que Él se conoce, con el amor con el que Él se ama. Estoy lejos, muy lejos, de los ruidos del mundo y de sus negocios. Estoy en Él, por encima de mí mismo, como si no fuera un pecador, como si yo no lo hubiera rechazado jamás, como si hubiera sido siempre de su familia.
El optimismo que, en esos días de triunfo del mal, me había abandonado, ha vuelto (San Ignacio “sin esperanza”). La Iglesia triunfa en cada uno de sus hijos. En primer lugar, en los que se han entregado a ella… y en los cuales se establece, invadiéndolo todo, el Reino de Dios; [luego] en los que se revuelven contra ella, pero que vuelven de vez en cuando a pedir perdón, y cuyo último instante, a pesar de todos los desfallecimientos, será un instante de plegaria y de amor.
La Iglesia de Dios se establece y triunfa por el trabajo heroico de sus santos; por la plegaria de sus contemplativas, encerradas en vida; por la aceptación de las madres a la obra de la naturaleza, y que van a realizar en su hogar la obra de la ternura y de la fe; por la educación del que enseña y por la docilidad del que escucha; por las horas de fábrica, de navegación, de campo al sol y a la lluvia; por el trabajo del padre que cumple así su deber cotidiano; por la resistencia del patrón, del político o del dirigente de sindicato a las tentaciones del dinero, al acto deshonesto que enriquece; por el sacrificio de la viuda tuberculosa que deja niñitos chicos y se une con amor a Cristo crucificado; por la energía del jocista, que sabe permanecer alegre y puro en medio de egoístas y corrompidos; por la limosna del pobre que da lo necesario… La Iglesia, en todo momento, se construye y triunfa.
Todas las acciones hechas por deber y por amor, en luz de Cristo, por los humildes, sin búsqueda de sí, sin hambre de gloria, construyen el orden verdadero.
No, no es la hora de desesperar. Dios se sirve aun de sus enemigos para establecer su Reino. Su voluntad no es totalmente mala, su razón no está totalmente obscurecida. Cuando ven y quieren el bien, lo que ciertamente hacen, construyen también con nosotros, son instrumentos de Dios.
Agustín conoció también esas angustias cuando los bárbaros se lanzaban contra Roma. Para el cristiano, la situación no es jamás desesperada. Por la luz que recibimos de lo alto, por el don que cada uno hace de sí, construimos la Iglesia. Su triunfo no se obtendrá sino después de rudos combates.
Si no nos cansamos de iluminarlos y de ayudarlos, triunfaremos también de los bárbaros de hoy”.
Hasta aquí mi amigo. Se calla, como avergonzado de haberse abierto tan profundamente. Siento que no tiene más que decirme, pero he comprendido su lección: Si lo encuentro siempre alegre, siempre valiente, no es porque le falten dificultades, sino porque en medio de ellas sabe siempre escaparse hacia Dios. Su sonrisa, su optimismo, vienen del Cielo.
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Fruto de esta vida de unión: el don de sí
Esta vida de oración ha de llevar, pues, al alma natural y llanamente a entregarse a Dios, al don completo de sí misma. Muchos pierden años y años en trampear a Dios. La mayor parte de los directores [espirituales] no insisten bastante en el don completo. Dejan al alma en ese comercio mediocre con Dios: piden y ofrecen, prácticas piadosas, oraciones complicadas. Esto no basta a vaciar al alma de sí misma, eso no la llena, no le da sus dimensiones, no la inunda de Dios. No hay más que el amor total que dilate al alma a su propia medida. Es por el don de sí mismo que hay que comenzar, continuar, terminar. Hay que realizarlo de una vez, y rehacerlo hasta que sea como connatural. Entonces el alma se dará con gran paz, se dará a propósito de todo, sin reflexionar, como el heliotropo se vuelve naturalmente hacia el sol.
Darse, es cumplir justicia.
Darse, es ofrecerse a sí mismo y todo lo que tiene.
Darse, es orientar todas sus capacidades de acción hacia el Señor.
Darse, es dilatar su corazón y dirigir firmemente su voluntad hacia el que los aguarda.
Darse, es amar para siempre y de manera tan completa como se es capaz.
Cuando uno se ha dado, todo aparece simple. Se ha encontrado la libertad y se experimenta toda la verdad de la palabra de San Agustín:
Ama y haz lo que quieras. Ama et fac quod vis.

Habiendo tratado anteriormente acerca de la virtud de la humildad, parece ahora muy conveniente hablar un poco acerca de una grande y terrible tentación que posiblemente surgirá en el camino de quien quiera ser realmente humilde, y esta es la tentación del desánimo, la cual se origina cuando nos quedamos tan sólo con el primer aspecto de la humildad, que es el reconocimiento de nuestras miserias, de nuestras limitaciones, de nuestra nada; pero olvidándonos de la infinita misericordia de Dios que se encuentra por encima de todas ellas y que, de hecho, quiere remediarlas. De ahí que en el título se mencione “la grandeza”, porque el alma verdaderamente humilde siempre aspira a hacer cosas grandes por Dios, “¿pero cómo?” –nos podríamos preguntar-, “¿cómo ir en pos de las alturas quien se sabe débil y necesitado?”, pues bien, si la humildad es verdadera, el alma comprende que su único apoyo es Dios, y si es justa con Él, se confiará ciegamente en sus manos y, en la medida de su docilidad, Dios obrará en ella cosas grandes, tal como lo hizo con la creatura más humilde de todas, quien por su humildad recibió la gracia única de llevar en su seno al Hijo de Dios. La humildad verdadera, entonces, no se queda egoístamente en sí misma, sino que sale de sí para confiarse enteramente en Dios, ya que sabe bien que no puede hacerlo con sus propias fuerzas, y como respuesta a esta confiada sinceridad, es Dios mismo quien se encarga de hacerla su fecundo instrumento. Expliquemos un poco más esta verdad.
Decimos que “la gracia supone la naturaleza” y no que la gracia “suprime” la naturaleza, pues entre estas dos afirmaciones hay un abismo: la gracia sobre eleva todo el trabajo de las virtudes que hayamos hecho y trabaja con eso, es decir, que si quiero esperar a tener las virtudes perfectas, en estado puro para dejarme guiar “recién allí” por el Espíritu Santo, entonces jamás lo haré, porque no existen las virtudes en estado puro en esta vida; pero sí existen las almas que trabajan seriamente por las virtudes… y a estas almas las bendice Dios. Es por esta razón que el verdaderamente humilde es por fuerza magnánimo y optimista, y esto –como dice san Alberto Hurtado- no es ser soñador, uno vive con los pies sobre la tierra… el otro [el de falsa humildad] vive sobre las nubes. La mayor causa de pesimismo [o desaliento] en esta vida, el mayor medio para sentirse desanimado podría ser la muerte, pero Jesucristo la venció. ¿Qué nos queda entonces para desanimarnos? ¿El pecado?, Cristo lo venció, nos dejó su gracia; ¿Nuestras miserias?, Cristo nos trajo la misericordia del cielo, ¿nuestra debilidad?, Cristo nos da las fuerzas; ¿el mundo?, Cristo también lo venció.
La confianza en Dios tiene su principal expresión en la oración, porque ésta es intérprete de la confianza: pido lo que confío recibir, porque confío recibir; y el motivo principal de confianza en Dios es que es nuestro Padre: Dios no permitiría ningún mal sino pudiera ni quisiera sacar mayores bienes para el alma a partir de ellos: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” dice san Pablo, incluso levantarme del pecado.

Quien vive en odio y enemistad conmigo, no sólo se daña a sí mismo, sino que daña a su prójimo. Le causa daño porque estáis obligados a amar al prójimo como a vosotros mismos, ya sea ayudándole espiritualmente con la oración, aconsejándole de palabra o socorriéndole espiritual y materialmente, según sea su necesidad.
«Debes saber, hija mía, que todas las penas que sufre el alma en esta vida no son suficientes para expiar la más mínima culpa, ya que la ofensa hecha a mí, que soy Bien infinito, requiere satisfacción infinita. Mas si la verdadera contrición y el horror del pecado tienen valor reparador y expiatorio, lo hacen, no por la intensidad del sufrimiento (que siempre será limitado), sino por el deseo infinito con que se padece, puesto que Dios, que es infinito, quiere infinitos el amor y el dolor; dolor del alma por la ofensa cometida contra su Creador y contra su prójimo.
Pero para aquellos necios que son ingratos para conmigo y para con los sufrimientos de mis siervos, se les convierte en ruina y en materia de juicio todo lo que se les había dado por misericordia; no por defecto de la misericordia misma, sino por su dureza de corazón.
Los testigos que nos han precedido en el Reino (cf Hb 12, 1), especialmente los que la Iglesia reconoce como “santos”, participan en la tradición viva de la oración, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración hoy. Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquéllos que han quedado en la tierra. Al entrar “en la alegría” de su Señor, han sido “constituidos sobre lo mucho” (cf Mt 25, 21). Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero.
Por eso, el alma que quiere avanzar en la perfección, según el consejo de san Juan de la Cruz, debe “mirar en cuyas manos se pone, porque cual fuere el maestro tal será el discípulo, y cual el padre, tal el hijo”. Y añade que el director: “demás de ser sabio y discreto, ha de ser experimentado. […] Si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no atinará a encaminar el alma en él, cuando Dios se lo da, ni aun lo entenderá” (Llama de amor viva, segunda redacción, estrofa 3, declaración, 30).
Hoy me quisiera referir a una de las frases quizás más profundas que dijo ese hombre tan simple del desierto, pero el más grande nacido de mujer, como lo llamó el mismo Jesucristo
Resumiendo y en labios de San Juan de Ávila, tenemos que esforzarnos en Cristo, y en todo momento, todos los días de nuestra vida hasta el último minuto, y el modo por excelencia de unirse al Amigo, de intimidar con Él en lo más profundo, es uniéndonos a Él en los sufrimientos: muriendo con Cristo clavados en Cruz, como lo dice hermosamente santa Teresa Benedicta de la Cruz:
Desde el sí dado por la fe en la Anunciación y mantenido sin vacilar al pie de la cruz, la maternidad de María se extiende desde entonces a los hermanos y a las hermanas de su Hijo, “que son peregrinos todavía y que están ante los peligros y las miserias” (
María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado, acogemos en nuestra intimidad (cf Jn 19, 27) a la Madre de Jesús, que se ha convertido en la Madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y orarle a ella. La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María. Y con ella está unida en la esperanza (cf 