Una Semana Santa del todo particular

Desde la casa de santa Ana

Como nosotros los católicos bien sabemos, la Semana Santa es tan especial, tan importante y tan fecunda para quienes sepan aprovecharla, que nuestra santa madre Iglesia ha dispuesto que tengamos unos intensos 40 días de preparación; donde el color morado pasa a ser el manto penitencial que cubre dicho periodo de preparación, y donde todos nuestros buenos y santos propósitos serán regados con las particulares gracias que la Bondad Divina dispone y reparte ampliamente en la medida de nuestra generosidad. Es así que, cada año, debemos entrar en la Semana Santa entre los “Aleluyas” que cantan nuestros sacrificios, nuestros ofrecimientos, y los “Hosanas” de nuestros planes concretos de conversión. Porque sí, comenzamos la santa cuaresma de una manera, pero para terminarla de otra… por eso decimos que durante la cuaresma lo que hacemos es buscar y trabajar por alcanzar la conversión que nuestro buen Dios nos ha dispuesto: aunque sea llegar hasta el Domingo de Ramos un poco más generosos, un poco más pacientes, un poco más humildes, un poco más piadosos y responsables con Dios; pero también “mucho más” si realmente nos hemos esforzado en dejar hacer lo suyo en nosotros a nuestras cruces y a la gracia de nuestro Señor.

La Semana Santa, por lo tanto, se prepara y nos prepara para celebrar el triunfo de nuestro Señor sobre el pacado y sobre la muerte. Y para eso debemos discernir bien lo que hemos de entregar; sí, porque no es lo que perdemos sino lo que entregamos a Dios lo que dispondrá nuestros corazones para la santidad.

Y, por otro lado, contamos también con aquello que Dios dispone y permite en su plan providencial; en el cual, a través de los padecimientos que se ciernen sobre nosotros sin que hayamos tomado parte ni en su confección ni en su ejecución; ante los cuales nos encontramos con que nuestra única y muy meritoria opción es la del ofrecimiento paciente y generoso; fruto genuino y purificador que hunde sus raíces en lo más profundo de nuestra fe, tantas veces incluso entre la oscuridad de “nuestras razones” y la reciedumbre de nuestros combates para mantenernos firmes, asistidos fielmente por la fuerza de la gracia; es decir, mediante las cruces que no llevan nuestros planos y medidas; esas que los santos han sabido tanto y aprovechar y desear, para que el ofrecimiento sea lo más puro posible.

Y como todos bien sabrán también por las noticias, en Tierra Santa este año la Semana Santa -y desde antes-, estuvo cubierta por el manto lúgubre -nuevamente- de la guerra.

Queridos hermanos, para ser coherentes con nuestra fe, nos corresponde a pesar de todo dar gracias a Dios… sí, dar gracias. Porque nos regaló vida para poder honrarlo en la liturgia Pascual, tan importante para todos los miembros de la Iglesia; tan hermosa para nuestros ojos y para nuestros corazones; tan fecunda para quienes participen con devoción, y siempre tan “testimonial y expresiva” de nuestra fe.

Decíamos que la sombra de la guerra cubrió esta Semana Santa, pero no la aplastó; y algunas veces los ruidos de las explosiones en el cielo intentaron silenciar los piadosos cantos de los feligreses, pero no lo consiguieron; ni el temor apartó a las almas, ni en cansancio aminoró los ánimos, ni se cerraron los confesionarios ni dejó de descender nuestro Señor a los altares ni ofrecer su perdón y su gracia a los corazones de los pecadores. Y en este punto es necesario aclarar que, en esta parte de Tierra Santa, si bien las sirenas y sus razones se dejaron sentir constantemente, no fue como en la guerra anterior, y distó mucho de lo que en otros lugares dejó verdaderos vestigios de destrucción.

Tampoco es que la tristeza de la situación no se haya dejado sentir, por supuesto, pero estoy muy convencido de que las oraciones de intercesión por los más afectados se multiplicaron por montones, por el mismo hecho de constatar todo lo terrible que ha estado aconteciendo, así como de que Dios Todopoderoso, que en su sabiduría infinita suscita bienes y gracias de entre las más dolorosas cenizas, ha sabido sacar sus bienes de entre los males, y sus destellos de luz entre la oscuridad, como la pequeña vela que se enciende en la oscuridad de una habitación cerrada para destruir el título de “absoluta oscuridad”; porque así hace siempre Dios en este mundo, aunque a veces nos resulte difícil de entender mientras nuestra fe no se haya terminado de purificar; porque en esta vida ni las tinieblas son absolutas ni tiene el mal la última palabra, ni siquiera la muerte, pues hemos sido creados para la eternidad, y podemos aspirar a ella tanto en la bonanza como en la tormenta: por eso algunas almas tal vez no estén lo suficientemente fuertes para ciertas pruebas y necesiten tiempo todavía, y otras quizás se arriesgan a perder su reciedumbre en el combate espiritual si se quedan acomodadas en los oasis de la tranquilidad; como sea, la Iglesia forja su armonía en toda esa amplia gama de escenarios donde la Divina Providencia, reiteramos, distribuye sabiamente sus gracias para todos aquellos que las sepan descubrir y aprovechar.

Con todo esto presente, podemos comprender un poco más el escenario en el cual se situó la Semana Santa para nosotros, un escenario por supuesto providencial y con sus gracias especiales respectivas. En otras circunstancias, tal vez no habríamos rezado con tanto fervor ni dejado de lado tantas cosas superficiales para participar con mayor devoción. Son tantas las bendiciones que adornaron esta “Semana Santa gris”, que no bastaría esta pequeña crónica-reflexión para citarlas todas (sin contar las ciertamente innumerables que se nos pasaron desapercibidas); así, por ejemplo, para nosotros poder dar la Sagrada Comunión en la basílica de la Anunciación -donde participamos del Triduo Pascual-, fue algo realmente hermoso, pues normalmente tenemos nuestro pequeño grupo de feligreses los días sábados en el monasterio y nadie más durante la semana, pero en Nazaret ayudamos a dar la Sagrada Eucaristía hasta literalmente cansarnos los brazos; y qué gracia maravillosa también haber podido renovar nuestras promesas sacerdotales en el lugar de la Encarnación; y ver las filas para los confesionarios antes de las celebraciones, así como todos los ritos propios de estos días que enriquecen una vez al año la sagrada liturgia con sus oraciones específicas y con toda la belleza de sus símbolos: los ramos que ornamentan el inicio de la Semana Santa, los sacerdotes postrados ante el altar, el celebrante principal lavando los pies, las filas devotas para besar la imagen de nuestro Señor crucificado, las flores que adornan el silencioso féretro de nuestro Señor yacente el viernes santo; el cirio pascual que se abre paso comunicando a todos los presentes su llama que ilumina, y la entonación del Aleluya que rompe las tinieblas durante la sagrada Vigilia pascual, son tan sólo parte de la maravillosa riqueza de la Semana Santa que nos invita a recordar que Jesucristo ya venció, y que los males y tragedias de este mundo tienen fecha de caducidad, así como nuestro tiempo para convertirnos a Dios y poder entrar así en su Reino.

Mientras escribo esto el ambiente es muy tranquilo: no se oyen sirenas ni explosiones ni alarmas hace varios días. Pero las necesidades de tantas almas nos siguen exigiendo ofrecer oraciones y sacrificios, y la gloria de Dios no cesa de invitarnos a la santidad. Las guerras entre las naciones son terribles, y los males que de ellas se siguen claman al Cielo; recemos, pues, para discernir bien cuál es nuestra parte en todo esto, es decir, lo que Dios espera de nosotros: ser de los que dicen “el mundo está muy mal” y critican de brazos cruzados, o de “los que hacen”, de los que obran el bien, de los de la santa inquietud por hacer algo bueno.

Esta Semana Santa en Nazaret, marcada por la penumbra y el dolor de la guerra, sin embargo, nos regaló esa providencial consideración de lo que es realmente importante: de cómo queremos presentarnos delante de Dios cuando Él así lo disponga; de que con sus sacramentos y su gracia podemos ganar nuestras propias guerras internas, no solos sino con Él; de mirar con mayor claridad el dolor grande de nuestros hermanos poniendo el nuestro su lugar; de ver cuáles son las prioridades de nuestro corazón y poner orden, quitar obstáculos, hacer propósitos que tengan peso para la eternidad, etc.

Finalmente, haciendo una muy sencilla analogía, podríamos pedir la gracia de que nuestra alma sea lo que fue para nosotros la basílica de la Anunciación: el lugar donde está Dios, donde el ambiente es oración y las cruces no se auto confeccionan, sino que se reciben con paciencia y se ofrecen con generosidad. Donde rezamos unos por otros y donde, en presencia de Dios, vamos descubriendo y aceptando lo que es esencial. Donde querríamos estar si nuestro Señor nos llamara a su lado: en un ambiente de oración y haciendo, de hecho, oración.

Queridos todos, sigamos rezando por la paz, seamos artífices paz, y no dejemos de hacer llegar al Cielo nuestras plegarias por quienes más están sufriendo las terribles y penosas consecuencias de las guerras.

P. Jason Jorquera M.

 

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