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Seamos cristianos, es decir, amemos a nuestros hermanos

Éste es el Mensaje de Cristo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

San Alberto Hurtado

“Seamos cristianos, es decir, amemos a nuestros hermanos”. En este pensamiento lapidario resume el gran Bossuet su concepción de la moral cristiana. Poco antes había dicho: “Quien renuncia a la caridad fraterna, renuncia a la fe, abjura del cristianismo, se aparta de la escuela de Jesucristo, es decir, de su Iglesia”.

Éste es el Mensaje de Cristo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10,27). El Mensaje de Jesús fue comprendido en toda su fuerza por sus colaboradores más inmediatos, los apóstoles: “El que no ama a su hermano no ha nacido de Dios” (1Jn 2,1). “Si pretendes amar a Dios y no amas a tu hermano mientes” (1Jn 4,20). “¿Cómo puede estar en él el amor de Dios, si, rico en los bienes de este mundo, viendo a su hermano en necesidad, le cierra el corazón?” (1Jn 3,17). Con qué insistencia inculca Juan esta idea: es puro egoísmo pretender complacer a Dios mientras se despreocupa de su prójimo.

Después de recorrer tan rápidamente unos cuantos textos escogidos al azar, no podemos menos de concluir que no puede pretender llamarse cristiano quien cierra su corazón al prójimo. Se engaña, si pretende ser cristiano, quien acude con frecuencia al templo, pero no al conventillo para aliviar las miserias de los pobres. Se engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que vive. No menos se engañan los jóvenes y adultos que se creen buenos porque no aceptan pensamientos groseros, pero que son incapaces de sacrificarse por sus prójimos. Un corazón cristiano ha de cerrarse a los malos pensamientos, pero también ha de abrirse a los pensamientos que son de caridad.

La primera encíclica dirigida al mundo cristiano por San Pedro encierra un elogio tal de la caridad que la coloca por encima de todas las virtudes, incluso de la oración: “Sed perseverantes en la oración, pero por encima de todo practicad continuamente entre vosotros la caridad” (1Pe 4,8-9).

Con mayor cuidado que la pupila de los ojos debe ser mirada la caridad. La menor tibieza, o desvío voluntario, hacia un hermano, deliberadamente admitida, será un estorbo más o menos grave a nuestra unión con Cristo. Al comulgar recibimos el Cuerpo físico de Cristo, Nuestro Señor, y no podemos, por tanto, en nuestra acción de gracias rechazar su Cuerpo Místico. Es imposible que Cristo baje a nosotros con su gracia y sea un principio de unión si guardamos resentimiento con alguno de sus miembros.

Este amor al prójimo es fuente para nosotros de los mayores méritos que podemos alcanzar, porque es el que ofrece los mayores obstáculos. Amar a Dios en sí mismo es más perfecto, pero más fácil; en cambio, amar al prójimo, duro de carácter, desagradable, terco, egoísta, pide al alma una gran generosidad para no desmayar.

Este amor, ya que todos formamos un sólo Cuerpo, ha de ser universal, sin excluir a nadie, pues Cristo murió por todos y todos están llamados a formar parte de su Reino. Por tanto, aun los pecadores deben ser objeto de nuestro amor, puesto que pueden volver a ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo: que hacia ellos se extienda, por tanto, también nuestro cariño, nuestra delicadeza, nuestro deseo de hacerles el bien, y que al odiar el pecado no odiemos al pecador.

El amor al prójimo ha de ser ante todo sobrenatural, esto es, amarlo con la mira puesta en Dios, para alcanzarle o conservarle la gracia que lo lleva a la bienaventuranza. Amar es querer bien, como dice Santo Tomás, y todo bien está subordinado al bien supremo; por eso es tan noble la acción de consagrar una vida a conseguir a los demás los bienes sobrenaturales, que son los supremos valores de la vida. Pero hay también otras necesidades que ayudar: un pobre que necesita pan, un enfermo que requiere medicinas, un triste que pide consuelo, una injusticia que pide reparación… y sobre todo, los bienes positivos que deben ser impartidos, pues, aunque no haya ningún dolor que restañar hay siempre una capacidad de bien que recibir.

La ley de la caridad no es para nosotros ley muerta, tiene un modelo vivo que nos dio ejemplo de ella desde el primer acto de su existencia hasta su muerte y continúa dándonos pruebas de su amor en su vida gloriosa: ese es Jesucristo. San Pedro, que vivió con Jesús tres años, nos resume su vida diciendo que pasó por el mundo haciendo el bien (cf. Hech 10,38).

Junto a estos grandes signos de amor, nos muestra su caridad con los leprosos que sanó, con los muertos que resucitó, con los adoloridos a los cuales alivió. Consuela a Marta y María, en la pena de la muerte de su hermano, hasta bramar su dolor; se compadece del bochorno de dos jóvenes esposos y para disiparlo cambió el agua en vino; en fin, no hubo dolor que encontrara en su camino que no aliviara. Para nosotros el precepto de amar es recordar la palabra de Jesús: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34). ¡Cómo nos ha amado Jesús!

Los verdaderos cristianos, desde el principio, han comprendido maravillosamente el precepto del Señor. En la esperanza de estos prodigiosos cristianos es donde hay que buscar la fuerza para retemplar nuestro deber de amar, a pesar de los odios macizos como cordilleras que nos cercan hoy por todas partes.

Al mirar esta tierra, que es nuestra, que nos señaló el Redentor; al mirar los males del momento, el precepto de Cristo cobra una imperiosa necesidad: Amémonos mutuamente. La señal del cristiano no es la espada, símbolo de la fuerza; ni la balanza, símbolo de la justicia; sino la cruz, símbolo del amor. Ser cristiano significa amar a nuestros hermanos como Cristo los ha amado.

 

“SOMOS TEMPLOS DEL DIOS VIVO”

Pero Él hablaba del templo de su cuerpo – Jn 2, 13-22

Caput et mater omnium ecclesiarum. Este es el título que se da a la Basílica de San Juan de Letrán, situada en Roma a aproximadamente 6 km al sureste de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. Es una fiesta del todo especial para nosotros cristianos católicos, y que conviene adentrarse un poco en la historia del templo para poder sacar provecho de la riqueza litúrgica que se nos propone hoy día nuestra Madre, la Iglesia.

En el año 313, en Milán, el emperador romano Constantino publica un edicto imperial que sería el propulsor de un cambio extraordinario en la vida política, civil y religiosa, no solamente del imperio sino de todo el occidente -influyendo también en las tierras más orientales del imperio-. En el edicto de Milán, el emperador Constantino concede a los cristianos la completa libertad para practicar su religión sin ser molestados. En otras palabras, los que desde hacía tres siglos venían sufriendo atroces persecuciones por parte de los emperadores romanos, ahora podrían ofrecer su culto sin ningún impedimento.

Este hecho fue la “coronación” de un evento que comenzó poco tiempo antes, en el año 312, cuando Constantino se preparaba para una batalla contra uno de sus principales rivales en el mando del imperio, Majencio. Mientras Constantino se preparaba y hacía los augurios, consultando a los dioses para “saber” o “conocer” su suerte en la batalla que se avecinaba, tuvo una revelación que le animó más a emprender la batalla. Según la narración de Eusebio de Cesarea, Constantino y su ejército fueron testigos de un hecho prodigioso: se les apareció una cruz coronada por las palabras In Hoc Signo Vinces (en este signo conquistarás). Es decir, la señal de la Cruz de Cristo sería el triunfo de Constantino. De este modo, Constantino ordenó colocar la cruz de los cristianos sobre los estandartes romanos y, al día siguiente, derrotó Majencio[1]. Es a este momento que se suele atribuir la conversión del emperador al cristianismo, aunque su bautismo oficial se dio solamente años más tarde poco antes de morir, en el año 337 d.C.

Este hecho es importante pues Majencio, este rival y adversario del emperador Constantino, tenía en su posesión, al sur de la ciudad de Roma, el cuartel de su guardia privada. Tras la victoria de Constantino en 312, el local pasó a dominios de Constantino, y en el 313, el emperador entregó el Palacio de Majencio, en Letrán, en manos del Papa Silvestre I. [Un pequeño detalle es que, el topónimo Letrán se siguió utilizando después simplemente porque anteriormente el terreno había pertenecido a la familia de los Lateranos.]

La basílica que se construiría ahí, llamada San Juan de Letrán (aunque este no era su nombre completo), fue la primera basílica cristiana construida expresamente para reunir a toda la comunidad cristiana en torno a su obispo. Por más de mil años esta será la sede pontificia que alojó a los papas hasta el exilio de Aviñón (1309, Papa Clemente V). Cuando entonces el Papa Gregorio XI regresa del exilio de Aviñón en 1377[2], la residencia pontificia fue establecida en el Vaticano. Como quedó mucho tiempo abandonada, la basílica de Letrán tuvo que ser enteramente restaurada, y lo llevó a cabo el Papa Sixto V muchos años después (1585). A partir de ahí se abrió un nuevo capítulo para este edificio, que básicamente es el que conocemos hoy día, con alguna pequeña variación.

Me parece bastante claro la importancia de esta fiesta, de la dedicación de esta basílica y lo que esto significó para el empuje del cristianismo, especialmente en todo el occidente, por lo que ahora me gustaría que considerásemos un poco otro aspecto, también histórico pero ahora en otro lugar de Roma, para que de ahí podamos llegar a uno de los principales motivos por los que podemos sacar muchos frutos de esta fiesta litúrgica.

Me refiero a un hallazgo arqueológico que se dio en Roma entre los años 1926 a 1929. A menos de 2 km al sureste de la Basílica de San Pedro y a casi 4 km al noroeste de la basílica de Letrán, tras la demolición de un barrio medieval preexistente en la zona, se encontró lo que es actualmente uno de los complejos arqueológicos más interesantes de la ciudad. Se encontró lo que sería una especie de área sagrada, que incluye los restos de cuatro templos paganos de la época republicana, es decir que están situados por vuelta del siglo III a.C sus hallazgos más antiguos. En la llamada Curia de Pompeyo, detrás de dos de estos templos, es donde se celebraban las sesiones del Senado de Roma y dónde en el año 44 a.C, Julio César fue apuñalado y murió. Estamos hablando de lo que hoy día se conoce como el Teatro Argentina, uno de los principales de Roma.

En estos templos paganos que se encontraron ahí, uno podría preguntarse -si mantiene la cabeza como estamos acostumbrados en la concepción de ‘templo’- cuántas personas entrarían en estos templos. Pero, hay que abstraer el modo nuestro de pensar en el templo. Para los paganos, los templos eran donde habitaban las divinidades. No es que se entraba en él para ofrecerles cultos, en verdad, esto se ofrecía desde afuera. Los sacrificios y demás actos de culto, eran ofrecidos afuera, mirando hacia el templo. De ahí viene el término Profanum, que del latim se compone de pro- (“delante de”) y fanum (“templo”). Es decir que los paganos, en su concepción del templo, jamás tendrían posibilidad de interiorizarse y considerar la existencia de un templo que no fuese simplemente la casa, el local donde habita alguna divinidad.

Con la dedicación de la basílica de Letrán, en el 326 d.C, el cristianismo vino a asentar sobre las bases antiguas del paganismo, una de las cosas más maravillosas que podemos considerar de nuestra fe. Sabemos que en la Iglesia, en el Templo o Casa de Dios, tenemos la presencia real, verdadera y sacramental de Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Dios y Señor, presente verdaderamente en el Augusto Sacramento que se custodia dentro de los sagrarios de innumerables templos alrededor de todo el mundo. Nosotros cristianos, nos dirigimos a los templos para honrar y venerar, adorar y también impetrar a Nuestro Dios, pero ya no hacemos como los paganos, nosotros fuimos admitidos a participar del gran misterio que ocurre dentro del Templo.

Cuando Jesús entregó su espíritu al Padre desde el alto del Gólgota, dice el Evangelista San Mateo: Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; […] (Cfr. Mt 27, 51). Ahí nos fueron abiertas las puertas para adentrar en el Santuario de Dios; Jesús entró primero, allá se mantiene -en el Cielo-, gloriosamente resucitado; en los sagrarios, sacramentalmente paciente en espera de nuestra presencia.

Pero no es solamente esto. San Cesáreo de Arlés, obispo, tiene un sermón[3] donde nos hace transponer a nuestra propia vida espiritual esta realidad de la presencia de Dios en el Templo. Dice el santo, haciendo alusión a un pasaje de San Pablo: “Pero nosotros debemos ser el templo vivo y verdadero de Dios. Con razón, sin embargo, celebran los pueblos cristianos la solemnidad de la Iglesia madre, ya que son conscientes de que por ella han renacido espiritualmente.”

Sigue diciendo más adelante: “Dios habita no sólo en templos construidos por hombres ni en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por Él mismo, que es su arquitecto. Por esto, dice el Apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. (Crf.  1Cor 3, 17).

Y ya que Cristo con su venida, arrojó de nuestros corazones al demonio para prepararse un templo en nosotros, esforcémonos al máximo, con su ayuda, para que Cristo no sea deshonrado en nosotros por nuestras malas obras. Porque todo el que obra mal deshonra a Cristo. Como ya he dicho, antes de que Cristo nos redimiera éramos casa del demonio; después hemos llegado a ser casa de Dios, ya que Dios se ha dignado hacer de nosotros una morada para sí.”

Y para concluir, termina exhortando el santo: “Lo diré de una manera inteligible para todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la Iglesia cuando venimos a ella. ¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta Iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: Habitaré y caminaré con ellos (Cfr. Lv 26, 11.12).”

Por esto, pidámosle a la Santísima Virgen María, ella que fue el primer Templo Vivo de Dios, tabernáculo purísimo del Altísimo entre los hombres, que nos auxilie y nos obtenga la gracia de ser verdaderamente templos vivos de Dios, y que nos demos cuenta, cada vez más, de que es muy necesario y útil para nosotros, tanto el dirigirnos al Templo, para honrar, venerar, adorar a nuestro Dios Salvador, como también el cuidar, preservar y mantener en orden nuestra propia alma, que es el Templo Vivo de Dios.

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE

[1] Cfr. https://www.basilicasangiovanni.va/es/san-giovanni-in-laterano/palazzo-lateranense/il-patriarchio-lateranense.html

 

[2] Cfr. https://www.basilicasangiovanni.va/es/san-giovanni-in-laterano/palazzo-lateranense/il-palazzo-di-sisto-v.html

 

[3] San Cesáreo de Arlés, obispo, Sermón 229

PARA VIVIR MURIENDO

[Homilía predicada a religiosos]

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida – Jn 14, 1-6

Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Así nos exhorta San Pablo en su primera carta a los Corintios, en una defensa admirable que hace de la resurrección de Cristo como fundamento de nuestra resurrección final, y, en consecuencia, de nuestra fe para soportar todas las adversidades de esta vida presente.

En otro lugar, escribiendo a los Tesalonicenses, San Pablo habla expresamente sobre los que han muerto y lo relaciona con el tema de la esperanza que debemos tener en la resurrección de Cristo. Dice el Apóstol: “Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto.” (1 Tes 4, 13-14) Un santo Obispo de Zaragoza del siglo VI, Braulio, en una de sus cartas decía, comentando el pasaje que acabamos de citar de San Pablo: “Y el apóstol San Pablo quiere que no nos entristezcamos por la suerte de los difuntos, pues nuestra fe nos enseña que todos los que creen en Cristo, según se afirma en el Evangelio, no morirán para siempre: por la fe, en efecto, sabemos que ni Cristo murió para siempre ni nosotros tampoco moriremos para siempre.” (San Braulio de Zaragoza, obispo (s.VI), Carta 19)

En la primera Carta a los Corintios, que ya mencionamos antes, San Pablo sigue diciendo: “En consecuencia, siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras sea el cuerpo domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo.” (1Cor 15, 12-34)

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1005 dice que “Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario “dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor” (2 Co 5,8). En esta “partida” (Flp 1,23) que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos (cf. SPF 28).” Y un poco más adelante, en el número 1030 dice: “Los que mueren en gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.” Esto ya introduce el tema del purgatorio, que comienza aclarando en el número siguiente: “La iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. […] Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad al decir que, si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12,31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, dial. 4, 39).” (CIC, 1031)

Es justamente el tema de la celebración que en toda la Iglesia hoy estamos conmemorando: los fieles difuntos. Es de tradición antiquísima, incluso bíblica, como subraya el catecismo, el tema de la oración y sufragio por los muertos, para purificarse de sus pecados. Pone el ejemplo de Judas Macabeo para argumentar esto (Cfr. CIC 1032). Todo este tema de la purificación mientras aguardamos una resurrección final prometida por Cristo, quien nos precedió en esto como dice la escritura, como el primero a resucitar gloriosamente, todo esto nos lleva a un tema muy importante que debemos considerar, que es justamente el modo como nosotros aprovechamos nuestra vida, con este cuerpo, en este tiempo presente, para prepararnos para el encuentro definitivo con el Señor después de nuestra muerte.

Rezamos y ofrecemos sufragios por las benditas almas del purgatorio pues ellas están en un lugar terrible, de sufrimientos terribles, aunque, como lo ha remarcado el catecismo y lo hemos mencionado, es una pena que se distingue esencialmente de la pena de los condenados al infierno: “un sufrimiento terrible, pero con esperanza”. No tengo intención aquí de entrar propiamente en este tema, de las penas del purgatorio, del sufrimiento que pasan las almas allá y lo cuanto necesitan de nuestras oraciones, si bien podríamos desarrollarlo. Pero me parece más conveniente, teniendo en cuenta que nosotros, religiosos, vinimos a esta nuestra congregación para vivir muriendo, vivir como muertos, dando muerte a nuestro hombre viejo, para justamente “adelantar” este proceso de purificación y garantizar, en la medida que se nos hace posible, un ingreso definitivo en el cielo apenas nos deparemos con la muerte, podemos escuchar lo que escribió San Ambrosio de Milán en un libro suyo sobre la muerte de su hermano Sátiro: “En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como irla sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte.” (San Ambrosio de Milán, Del libro sobre la muerte de su hermano Sátiro, Libro 2)

“Nuestro espíritu -continúa el santo de Milán en otro lugar en la misma obra- aspira a abandonar las sinuosidades de esta vida y los enredos del cuerpo terrenal y llegar a aquella asamblea celestial, a la que sólo llegan los santos”.

Se trata del tema de nuestra purificación, de desvestirnos del hombre viejo, de la corruptibilidad de nuestro mísero cuerpo, para ir disponiéndonos ya a la unión con Dios, que nos revestirá de esta inmortalidad, de esta gloria de que habla San Pablo en el capítulo 15 de su primera carta a los Corintios: “Porque esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad. Hermanos: aunque nuestro hombre exterior se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno. Es cosa que ya sabemos: si se destruye este nuestro tabernáculo terreno, tenemos un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y que tiene una duración eterna en los cielos”. Aquí el Apóstol habla de estas mismas moradas que el Señor nos ha hablado en el Evangelio: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo…” (Jn 14, 1-6) Sigue San Pablo: “y, de hecho, por eso suspiramos, por el anhelo de vestirnos encima la morada que viene del cielo, suponiendo que nos encuentre aún vestidos, no desnudos. Los que vivimos en tiendas suspiramos bajo ese peso, porque no querríamos desnudarnos del cuerpo, sino ponernos encima el otro, y que lo mortal quedara absorbido por la vida.” (Cfr. 1Cor 15, 12-34)

Es verdaderamente necesario que nos purifiquemos de nuestras faltas, nuestros delitos son siempre un obstáculo para unirnos al Señor. Canta el Salmista: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?” Por más que sabemos que “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa” y que “Él redimirá a Israel de todos sus delitos” (Cfr. Sal 129, 1-8), en el Evangelio de San Juan, el Señor ha dicho categóricamente que para que lleguemos a estas moradas que Él nos iba a preparar, sería necesario seguir su mismo camino. Camino de cruz, de muerte… Que lleva a la resurrección, y que por esto fundamente nuestra fe y nuestra esperanza en la resurrección con Él en el último día, sí, por supuesto, pero es un camino de cruz, de muerte… Muerte que encuentra vida… “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” dijo el Señor.

Por esto, para concluir, debemos buscar esta muerte diaria, muerte que purifica, que no tiene otro deseo que prepararnos para unirnos al Señor en la gloria del Cielo por toda la eternidad. Conviene recordar lo que nos dice nuestro derecho propio sobre esto:

[178] Debemos morir totalmente al propio yo. Hay tres momentos en la perfecta abnegación de sí mismo: la mortificación cristiana, el espíritu de sacrificio, y la muerte total al propio yo. A este tercer momento es muy difícil remontarse. Se logra mediante un trabajo perenne. Se trata de morir para vivir: estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Cor 3,3). La vida de Cristo fue una muerte continua, cuyo último acto y consumación fue la cruz.

Por diversos grados de muerte se establece en nosotros la vida mística de Cristo:

  • muerte a los pecados, incluso a los más ligeros y a las menores imperfecciones;
  • muerte al mundo y a todas las cosas exteriores;
  • muerte a los sentidos y al cuidado inmoderado del propio cuerpo;
  • muerte al carácter y a los defectos naturales: no hablar u obrar según propio humor, o capricho, mantenerse siempre en paz y en posesión de sí mismo;
  • muerte a la voluntad propia y al propio espíritu: someter la voluntad a la razón, no dejarse llevar por el capricho o las fantasías, no obstinarse en el propio juicio, saber escuchar, estar siempre alegres con lo que Dios nos da;
  • muerte a la estima y amor de nosotros mismos: al amor propio;
  • muerte a las consolaciones espirituales, que un día Dios retira completamente, y al alma todo le molesta, todo lo fastidia, todo le fatiga, la naturaleza grita, se queja, se enfurece;
  • muerte a los apoyos y seguridades con relación al estado de nuestra alma: experimentar el abandono de Dios…;
  • muerte a toda propiedad en lo que concierne a la santidad: entera desnudez. Ya no se ven los dones, ni las virtudes, sólo los pecados, la propia nada.”

Por esto, pidámosle a la Santísima Virgen María, que podamos adoptar esta postura: de vivir muriendo, para que podamos, al morir, unirnos prontamente al Señor Jesús y a toda la cohorte celestial. Pidámosle también por todos los fieles difuntos que padecen en el purgatorio, que la Virgen les alivie en sus penas y les lleven pronto a gozar de las alegrías eternas, dónde con todos los ángeles y santos, esperamos unirnos por los siglos de los siglos, amén.

P. Harley Carneiro, IVE

La importancia de rezar sin cansarnos

Homilía del Domingo
Lc 18, 1-8

En la parábola que acabamos de escuchar nuestro Señor Jesucristo compara el tesón de una pobre viuda que, una y otra vez, solicitaba justicia ante el juez injusto, con la perseverancia que debemos tener cuando pedimos algo en la oración.
Se trata de la oración de súplica, por la cual pedimos alguna gracia que esperamos de la bondad de Dios.
Dice San Alberto Hurtado: “Nosotros no somos sino discípulos y pecadores. ¿Cómo podremos realizar el plan divino, si no detenemos con frecuencia nuestra mirada sobre Cristo y sobre Dios? Nuestros planes, que deben ser parte del plan de Dios, deben cada día ser revisados, corregidos. Esto se hace sobre todo en las horas de calma, de recogimiento, de oración…”

¿Cuál es el papel de la oración? La unión del alma con Dios en esta vida según el amor que el alma le profese. El alma sin oración es como un cuerpo tullido.

Beneficios:
Ciertamente que de la unión con Dios en la oración se siguen innumerables beneficios para el alma. Mencionamos sólo algunos.
– 1º) Fortalece las convicciones y robustece las decisiones de trabajar y sufrir por Dios. Todo fiel cristiano debe buscar momentos de oración para estar a solas con aquel que sabemos que nos ama. Los novios quieren estar juntos continuamente; se llaman, se escriben, se juntan para estar a solas y conversar, reír, tal vez llorar, etc., cuanto más debe buscar momentos de trato a solas con Dios toda alma que quiere manifestarle su amor y crecer en él.

– 2º) Es luz que precede, orienta e ilumina el camino de unión con el Amado. Cuantas personas no conocemos que viven tristes, amargados, sin ideales, sin metas en la vida. y dicen que no saben qué hacer de sus vidas, que no son felices, que no saben qué es lo que Dios les pide… y uno les pregunta, ¿pero, sueles rezar?, ¿cuánto?, y, a veces voy a misa; cuando me acuerdo; cuando estoy en problemas, cuando necesito algo… ¿cómo voy a recibir los beneficios de Dios si no se los pido?… si no insisto, si no persevero en la oración, si no le demuestro que realmente confío en Él con mi insistencia… como la viuda de la parábola… no, no como la viuda, sino como un hijo a su padre.
El alma que no tiene contacto con Dios en la oración no puede ser plenamente feliz, ni verdaderamente feliz. Tal vez tendrá momentos de felicidad en la vida, pero no podrá llevar una vida feliz, que es muy distinto.

– 3º) La oración es el ejercicio mismo de la vida espiritual, es decir, que guiará la ascesis y removerá los obstáculos que estorban al alma que quiere ir en pos de Dios. ¿cómo es nuestra relación con Dios?, la respuesta es exactamente la misma que si nos preguntáramos ¿cómo es nuestra oración?

En el comentario al Padre nuestro, que es la oración por excelencia, el modelo de toda plegaria, enseña Santo Tomás que este modo de orar ha de estar revestido de algunas cualidades ineludibles, si queremos de veras ser escuchados favorablemente por Dios. La oración deberá ser “confiada, recta, ordenada, devota y humilde”.

Expliquemos brevemente algunas de estas condiciones.

Ante todo, nuestra plegaria habrá de ser confiada
Es decir que, como enseña San Agustín, la hemos de dirigir a Dios con “cierta confianza de que vamos a alcanzar lo que pedimos”. El mismo Jesucristo nos exhortó a ello al decirnos: “Cuando pidáis algo en la oración, creed que ya lo tenéis y lo conseguiréis”. Debemos recordar aquí una verdad fundamental para no desanimarnos cuando no llega lo que esperamos, y es que en primer lugar nuestros tiempos no son los de Dios, Él quiere que le pidamos, y si lo hacemos con fe, tarde o temprano nos concederá todo aquello que le pedimos si así conviene a nuestra alma. Esta disposición debe estar supuesta en nuestra oración. Y por otro lado no debemos olvidar que Dios quiere que le pidamos, quiere que le pidamos los frutos de nuestra oración, pero el hecho de ver esos frutos depende exclusivamente de él… ver los frutos, no se lo podemos exigir.

La oración ha de ser también ordenada
Por esto quiere significarse que en nuestras peticiones a Dios hemos de atender el orden de la caridad. Debemos asegurarnos, por sobre todo, los bienes eternos, y entre ellos, antes que nada, la perseverancia final, que es condición indispensable para la felicidad del cielo. Luego hemos de pedir las virtudes y las gracias actuales que necesitamos para vivir conforme a la voluntad de Dios, incluyendo dentro de este pedido el rechazo de las tentaciones y el consiguiente triunfo sobre las pasiones desordenadas.
También podemos pedir, claro está, cosas materiales, pero con tal de que su obtención sea conforme a la voluntad de Dios y, sobre todo, constituya un verdadero bien para nosotros.

Pero la oración ha de ser sobre todo perseverante
Y esto es lo que principalmente quiere mostramos la parábola de hoy. La perseverancia es el hábito que da vigor y fortaleza a nuestra voluntad para que no abandone el camino del bien, en este caso, de la oración.

San Agustín dice que “puede resultar extraño que nos exhorte a orar Aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues Él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos capaces de recibir los dones que nos prepara.”

Por último, también hemos de tener en cuenta que en algunos casos Dios nos hace esperar siempre, sin concedemos nunca lo que pedimos, no porque no nos oiga, como fácilmente, a veces, suponemos, sino porque lo que pedimos no nos conviene, sea porque nos facilitará algún mal, sea porque impedirá la consecución de algún bien mayor que Él tiene dispuesto para nosotros.

También debemos recordar, de manera muy especial, que la oración es la medida de nuestro amor a Dios. Por eso la santa Misa, expresión sublime de la oración, es una continua plegaria de alabanza y súplica al Señor, y es la oración que más le agrada, por eso debemos participar con devoción.

En la oración se va fortaleciendo nuestra relación con Dios, se van renovando los propósitos de santidad y lo más maravilloso de la oración es que vamos aprendiendo a amar sinceramente a Dios… no puede amar a Dios quien no tiene a ratos a solas con Él. Tal vez al despertarme (me persigno, le ofrezco el día a Él), antes de comer, le pido que bendiga los alimentos; antes de trabajar, se lo ofrezco todo; antes de cocinar, de limpiar, o al barrer. Voy caminando por la calle y rezo interiormente un Padre Nuestro, o un Gloria, o un ave María… o una jaculatoria, etc. Siempre puedo tener momentos de oración, y mejor todavía si puedo ir a visitar al Señor en el sagrario.

Por otra parte, cabe destacar también que en la oración, se dice que no existen las máscaras; porque estamos cada uno de nosotros ante Dios tal cual somos porque Dios ve los corazones: y nos ve con nuestros defectos, con nuestras miserias, con nuestros dolores, sufrimientos, penas… pecados. Pero también nos ve con nuestras buenas intenciones, con nuestros deseos de cambiar, de buscar la santidad, de hacer su voluntad, de pedirle perdón. Nos ve que vamos a misa, que le ofrecemos nuestras acciones, que sufrimos con paciencia, que queremos aprender a amarlo cada vez más y mejor. Y Dios quiere que le recemos, que hablemos con Él, que le contemos nuestras cosas y le pidamos sus gracias.
Es en la oración donde el alma va aprendiendo a Amar a Dios, porque allí es donde vamos descubriendo que Dios nos ama tal cual somos, con todos nuestros defectos y nuestras buenas intenciones, y necesariamente, el alma que va creciendo en el amor de Dios, aprende también a amar a los demás hombres. Sí, Dios nos ama porque ama al pecador, pero no al pecado: es por eso que debemos ir aprendiendo a dejar atrás el pecado que Dios desea ir quitando de nuestras vidas, porque solamente eso Él no quiere de nosotros y en nosotros, por eso hay que ir quitándolo.

Es propio del que ama de verdad, amar también aquello que ama el amado. Y si Dios ama a todos los hombres y a todos ofrece el paraíso, también nosotros debemos amar a los demás. Rezando por ellos, ayudándolos a ser mejores comenzando por nuestro ejemplo, pero sobre todo practicando siempre la caridad… en el trato, en el hablar bien de los demás, en ver primero sus virtudes antes que sus defectos, en ofrecer ayuda a quien la necesite, etc. Invitando a misa o a rezar… eso sólo ya es mucho y una gran obra de caridad, de amor a Dios y al prójimo: buscar más almas que lo amen.

Jesucristo le ofreció el cielo tanto a San Juan, el discípulo amado, como a Judas, el traidor… y por los dos le pidió con insistencia a su Padre del Cielo mediante la oración y su sacrificio. Podrán algunos hombres desaprovechar las oraciones que nosotros, como iglesia de Cristo, elevamos constantemente a los cielos, no importa. Nosotros no debemos cansarnos de pedirle a Dios sus gracias en bien de las almas, porque tenemos la certeza que nos da la fe de que muchas almas se salvarán gracias a nuestras insistentes oraciones. Dios mediante, comenzando por la nuestra.

Que María santísima, medianera de todas las gracias, nos conceda la perseverancia en la confianza y vida de oración para santificarnos y alcanzar así la gloria del Cielo.

P. Jason, IVE.

EL TESTAMENTO DE CRISTO

El testamento de Jesucristo
Hic calix novum testamentum 
est in meo sanguine.
“Este cáliz de mi sangre 
es mi testamento”.
(1 Co 11, 25)

San Pedro Julián Eymard

El jueves santo, es decir, la víspera de su muerte, cuando instituyó el sacramento adorable de la Eucaristía, es el día más hermoso de la vida de nuestro Señor, el día por excelencia de su amor y cariño.

¡Jesucristo va a quedar perpetuamente en medio de nosotros!

¡Grande es el amor que nos demuestra en la cruz; el día de su muerte nos manifiesta, sin duda, mucho amor; pero sus dolores acabarán y el viernes santo no dura más que un día, en tanto que el jueves santo se prolongará hasta el fin del mundo!

Jesús se ha hecho sacramento de sí mismo para siempre.

I

Nuestro Señor, próximo a morir, se acuerda que es padre y quiere hacer testamento.

¡Qué acto más solemne en una familia! ¡Es, por decirlo así, el último de la vida y se prolonga más allá del sepulcro!

El padre de familia, llegado este momento, reparte lo que tiene. Todo lo da menos su propia persona, de la que no puede disponer. A cada uno de sus hijos, sin excluir los amigos, les hace un legado, les entrega lo que tiene en más estima.

Nuestro Señor se dará a sí mismo. El carece de fincas, posesiones o riquezas; ni siquiera tiene dónde reclinar la cabeza. Los que esperen de El algún bien temporal se llevarán un chasco, pues todo su caudal se reduce a una cruz, tres clavos y una corona de espinas…

¡Ah, si Jesús distribuyese bienes materiales, cuántos se harían buenos cristianos! ¡Todos querrían entonces ser discípulos suyos! Pero Jesús no tiene nada que dar aquí en la tierra, ni siquiera gloria mundana, porque harto humillado va a quedar en su pasión.

Y, sin embargo, nuestro Señor quiere hacer testamento. ¿De qué? ¡Ah, sí, de sí mismo! Es Dios y hombre; como Dios, tiene la posesión de su sacratísima humanidad, y ésta es la que nos entregará, y junto con la humanidad, todo lo que es.

Esta entrega es puro don y no un préstamo. Se inmoviliza, se hace como una cosa, para que podamos poseerle.

Toma las apariencias de pan que se convierte en su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y de esta suerte, aunque no se le ve, se le posee.

Esta es toda nuestra herencia: Nuestro señor Jesucristo. El cual quiere darse a todos, aunque no todos quieren recibirle. Algunos, sí, querrían aceptar este precioso don, pero no las condiciones de pureza y santidad que El mismo les pone, y el poder de su malicia es tan grande que anula el legado divino.

II

Admiremos las divinas invenciones del amor de nuestro señor Jesucristo. Sólo Él ha podido excogitar esta obra de amor.

¿Quién hubiera podido preverla, ni aun concebirla siquiera?… Ni los mismos ángeles. Sólo nuestro Señor pudo idearla.

¿Que tenéis necesidad de pan? Yo seré vuestro pan.

Jesús muere contento dejándonos este pan, ¡y qué pan!, como un padre de familia que pasa la vida trabajando sin otro fin que dejar a sus hijos al morir un pedazo de pan. ¿Podía darnos algo más, por ventura?

En su testamento de amor lo ha incluido todo: todas sus gracias, su misma gloria.

Así que podemos decir al Padre celestial: “Dadme, Señor, las gracias que necesito, cuyo precio satisfaré enteramente. Sí, Señor, os pagaré con Jesús sacramentado, pertenencia mía, propiedad mía, que se ha entregado a mí para que pueda negociar con Vos todo lo que necesito. Todas vuestras gracias, vuestra misma gloria son inferiores, ¡oh Padre eterno!, al precio que por ellas doy”.

Cuando pecamos tenemos una víctima que ofrecer por nuestras culpas, pues nos pertenece, es nuestra, y nos autoriza para hablar al Padre celestial en esta forma: “¡Oh Padre!, yo os la ofrezco y espero me perdonaréis por Jesús. Porque ¿no ha sufrido por mí con exceso y satisfecho superabundantemente por mis pecados?”

Por muchos y excelentes que sean los dones que Dios nos concede, siempre le podemos considerar como deudor nuestro, puesto que podemos retribuirle con Jesús, que es de valor infinitamente superior a todos los beneficios divinos, incluso el mismo cielo.

Cuando los sarracenos tenían preso a san Luis de Francia, esta nación les era deudora. Nosotros, poseyendo a Jesucristo, podemos decir que poseemos el cielo.

Aprovechémonos de este pensamiento; hagamos fructificar a Jesucristo.

La mayor parte de los cristianos lo sepultan en su interior o lo dejan envuelto en su sudario, sin valerse de él para conseguir el cielo y conquistar reinos a nuestro Señor. ¡Y cuántos hay que obran de este modo! Valgámonos de Jesús sacramentado para orar y reparar; paguemos las deudas contraídas, por medio de Jesús, cuyo precio es subido en extremo.

III

Pero ¿cómo es posible que después de dieciocho siglos llegue íntegra hasta nosotros esta herencia?

Jesucristo la confió a los que constituyó tutores, los cuales la han conservado y administrado para entregárnosla al tiempo de nuestra mayor edad: dichos tutores son los apóstoles, y entre ellos su jefe indefectible; los apóstoles la transmitieron a los sacerdotes, y éstos nos ponen en posesión de ella. Abren el testamento a nuestro favor, y nos entregan nuestra Hostia, consagrada ya en el pensamiento de Jesús la noche misma de la cena, porque como para Jesucristo no hay pasado, presente ni futuro, nos conocía entonces muy bien a todos como buen Padre y consagró en potencia y en deseo todas nuestras hostias. Veinte siglos antes de nacer fuimos amados personalmente por Jesús.

Más aún: Jesucristo, al tenernos presentes en aquella hora, consagró para nosotros no una, sino cien, mil, todas las hostias que necesitáramos mientras viviésemos en la tierra. ¿Hemos parado mientes en esta idea? Nos quiso amar con exceso: todas nuestras hostias están preparadas. ¡Ah, no desperdiciemos ni una sola!

Nuestro Señor no viene a nosotros sino para producir frutos, ¿y le condenaremos a la esterilidad? ¡No, jamás! Hacedle fructificar por sí mismo: Negotiamini. ¡No dejéis Hostias infecundas!

¡Cuán bueno es el Salvador!

La cena duró, próximamente, tres horas: fue la pasión de su amor. ¡Ah, qué caro costó este pan!

Se dice a veces que el pan es caro… pero, ¿qué comparación puede establecerse con el Pan celestial, con el pan de vida?

Comamos este pan, pues es nuestro. Nuestro Señor lo compró para nosotros y ya lo tiene pagado. Nos lo da…, ¡no hay más que tomarlo!

¡Qué honor!… ¡Qué amor!

San Pedro Julian Eymard, Obras Eucarísticas, Eucaristía, Madrid, 19634, 26-29

MISIONEROS Y MISIONERAS “DE DESEO”

Una monja de Vizcaya me pregunta por carta si comparto su opinión de que para ser una misionera no es menester cruzar los mares e internarse en el frente misional para romper allí lanzas por Cristo. Si mi respuesta fuese afirmativa, me ruega que la dé larga y en forma de artículo para convencer a las que piensan lo contrario.

Mi respuesta es efectivamente afirmativa. Para ser una misionera, no tiene que venir a lo que llamamos frente misional donde la mayoría no conoce a Jesucristo.

P. Segundo Llorente, SJ

¿Cómo predicarán si no son enviados?
Con el auge que afortunadamente va tomando cada día la idea misional, hay un sin fin de almas buenas en la cristiandad que desean ardientemente ser misioneras, pero que no pueden venir, y se afligen lamentando lo que llaman su mala estrella que les impide la realización de sus ardorosos deseos.

En el capítulo 10 de la epístola a los romanos leen esas almas los siguientes versículos: «Todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará. Pero ¿cómo van a invocar a Aquel en quien no creyeron? ¿Y cómo van a creer en Aquel de quien no han oído hablar? ¿Y cómo van a oír si no se les predica? ¿Y cómo se les va a predicar si no se les envían predicadores? Por eso está escrito: qué preciosos son los pies de los que evangelizan la paz; de los que evangelizan el bien».

Cada vez que leen esto esas almas se mesan los cabellos al menos metafóricamente y no atinan con la solución del problema. Quieren venir; no pueden venir; todo está perdido.

Es cosa clara y de fe que para que se conviertan los infieles tiene que haber misioneros que les prediquen. Bien claro lo especificó Jesucristo en su testamento: «Id y enseñad a todas las gentes y bautizadlas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo».

¡Id! Alguno tiene que ir. Pero ese mandato de ir no obliga a todos de la misma manera, aunque todos tenemos que «ir»; como el luchar en defensa de la patria o el colonizar regiones bárbaras o de menor edad no obliga lo mismo a todos los ciudadanos.

El fin de las misiones

¿Cuál es el fin de las misiones? Sin meternos aquí en honduras y dejando a los teólogos de oficio que discutan el orden primacial de los diversos fines, decimos que el fin de las misiones es establecer la Iglesia de Cristo donde no esté aún establecida.

Entiendo aquí por Iglesia el reino de Cristo en el mundo. Como Cristo es por naturaleza rey universal, su reino abarca por derecho propio toda la redondez del globo. Todo hombre que viene a este mundo debe ser vasallo de Cristo rey.

Resulta, sin embargo, que pululan por la tierra millones de millones que no lo son; hay rebaños incontables de ovejas que vegetan lejos del verdadero redil.

Consecuencia lógica de estos hechos antagónicos es que la Iglesia de Cristo es militante. Toda la Iglesia se despliega en orden de batalla para ganar a todos los hombres; para atraer hacia sí todas las ovejas extraviadas.

Todo bautizado es por el mero hecho un misionero. Esas almas buenas que se afligen porque no pueden venir a misiones, que no se aflijan. Formamos todos un cuerpo de combate con vanguardia y retaguardia. Los misioneros forman la vanguardia.

Ahora bien, es un axioma de todos conocido que, sin una retaguardia bien organizada, no hay vanguardia que pueda atacar con eficacia mucho tiempo ni que puedan contener el ímpetu del enemigo que está siempre contraatacando.

Cuando los clarines de san Miguel anuncien el fin de la guerra y del mundo, nos reuniremos todos para repartir los despojos. Habrá primero el gran desfile de la victoria marchando ángeles y hombres a banderas desplegadas ante la presencia del eterno Padre que tendrá a su diestra a Jesucristo.

Patriarcas, profetas, apóstoles, mártires, confesores y vírgenes flanqueados por legiones de ángeles desfilarán triunfantes embriagados de paz y de dulzura. Esos son los que se salvaron.

Se salvaron por la gracia divina, y ésta viene sólo de Dios; pero Dios se valió ordinariamente de medios humanos. Nos ayudamos mutuamente a salvarnos, como nos ayudamos a condenarnos.

El triunfo será de todos

Por fin terminará el desfile. Todo será gozo.

Triunfamos. ¿Quién triunfó? Todos triunfamos. Todos juntos. Mientras unos combatían en las trincheras, otros fabricaban municiones, hacían uniformes, remendaban zapatos de campaña y recogían las cosechas de los campos.

Sin éstos de la retaguardia, no podría dar un paso la vanguardia. En las conquistas espirituales del reino de Cristo los fusiles son las oraciones y las balas son los sacrificios. El soldado misionero tiene que disparar sin cesar, y si no le proveen de municiones, él solo bien pocas puede fabricar.

Son las almas buenas de la retaguardia, esas almas que se afligen porque no son enviadas, las que con sus oraciones y sacrificios mantienen el frente.

Presuponiendo que están en gracia, viven unidas a Cristo como los sarmientos a la vid y tienen parte activísima en la circulación de la sangre divina por todo el cuerpo místico.

Injertadas en Cristo producen sazonados frutos de redención, conversión, santificación y salvación de innumerables almas; unas más y otras menos según el grado de unión que tengan con Cristo.

Basta con que todo lo hagan por amor de Dios; y mientras más desinteresado y fino sea ese amor, más ricos serán los frutos espirituales que producen.

El andar, comer, vestirse, dormir, peinarse y cortarse las uñas hecho todo por amor de Cristo y en unión íntima con Jesucristo produce tres frutos riquísimos que son: gloria a Dios, santificación personal, y conversión de almas apartadas de Dios.

Para Dios no hay distancias. La trabazón y musculatura del cuerpo místico es un hecho invisible pero real y concreto y sin distancias apreciables a los ojos de Dios. Todas las inyecciones de savia divina que se apliquen en cualquier parte de ese cuerpo redundarán forzosamente en el incremento y bienestar de todo el cuerpo.

Para salvar almas no es necesario que todos surquen los mares. Se salvan también desde una cocina o una clase en pleno Madrid, y sobre todo se pueden salvar a redadas desde una enfermería.

Poco a poco nos vamos reponiendo del pasmo que causó la proclamación de santa Teresa del Niño Jesús patrona universal de las misiones; ella que jamás vio más indios que los pintados en los libros, vivió encerrada en un convento de Francia y murió tísica en la enfermería del convento entre cuatro paredes blancas.

La ventaja de la humildad

Más aún, esas almas de la retaguardia tienen la gran ventaja de que como no ven con los ojos a los que se convierten y se bautizan, se mantienen siempre en humildad creyendo que no hacen nada y que en realidad de verdad son siervos inútiles y sin provecho; y esa humildad roba el corazón a Dios que odia la soberbia con odio infinito.

En cambio, el pobre misionero que ve las ovejas descarriadas y las trae e introduce en el redil, corre un peligro gravísimo de albergar en el alma cierto humillo flotante de vanagloria que le hace perder mucho mérito a los ojos purísimos de Dios.

Vanagloriarse de convertir infieles puede traer consecuencias desastrosas para el alma. Las conversiones se deben a la gracia. Esta se da de ley ordinaria al que la implora con oraciones, lágrimas, actos de amor, sacrificios, obras buenas ofrecidas con pureza de intención y sobre todo con sufrimientos unidos a los de Cristo. Todo esto nos lo procura o nos lo puede procurar la retaguardia.

Una monja tísica en una enfermería de Castilla, abandonada horas enteras entre el techo y el piso de la celda, obtiene una gracia eficaz con la que se convierte, digamos, un negro del Congo. Dios se vale del misionero congolés como de un instrumento para bautizarle.

El tal misionero no tuvo nada que ver con la obtención de aquella gracia, ni sabe de dónde ni quién la obtuvo, pero se vanagloria de haber convertido al negro. Dios que es infinitamente justo frunce el entrecejo y ya tenemos tormenta. La monja tísica en este caso es el publicano, y el misionero es el fariseo.

De esto hay mucho más peligro de lo que uno se imagina; porque nuestra miseria, real y verdaderamente, no tiene límites visibles.

Pero esas almas que se afligen porque no pueden venir, no se aquietan fácilmente y como si fuesen filósofos de profesión arguyen y discuten sin dar nunca el brazo a torcer. Dicen ellas: «Si yo fuera a misiones, haría allí todo lo que estoy haciendo aquí y encima serviría de instrumento para convertir y bautizar, y con eso ya no habría más que pedir»

La comedia de la vida

Admitamos francamente que esta objeción es muy legítima y que de tejas abajo no tiene refutación valedera; pero de tejas arriba sí la tiene y aplastante. Dos respuestas a falta de una se me ocurren con que la voy a refutar, y la primera es ésta:

Este mundo tiene un gran parecido con un teatro, y la vida tiene mucho de comedia. Cuando nacemos, Dios nos da un papel para que le representemos.

A unos, reyes; a otros, payasos; a unos, obispos; a otros, sacristanes.

Que nadie se atreva a pedir cuentas a Dios de por qué a unos les da este papel, y a otros les da el otro.

Lo importante en toda representación teatral es que cada uno haga bien un papel. Si el payaso lo hace mejor que el rey, él es el que se lleva los aplausos.

A los ojos de Dios cada uno es lo que es por dentro, no lo que viste ni lo que representa por fuera. A la hora del juicio desaparecerán todos los disfraces y aparecerán las almas desnudas, o, si se quiere, vestidas con sus obras.

Ahora bien, Dios que es nuestro Padre y nos ama con amor infinito y conoce los rincones más recónditos de nuestro corazón, nos ofrece un papel que sabe él nos cae como anillo al dedo; más aún, nos promete su ayuda para desempeñarlo.

Esas almas afligidas porque no pueden venir a misiones, que se apliquen a sí el siguiente dilema: o Dios me quiere en las misiones, o no me quiere. Si me quiere y coopero yo con é1, ya se las arreglará él para que vaya. Si no me quiere, sería locura de mi parte empeñarme en desempeñar un papel distinto del que Dios me ha preparado.

Deseos que no se realizan

La segunda respuesta es ésta: puede ocurrir y ocurre que Dios ponga en el alma deseos santísimos de algo concreto (como el venir a misiones) sin que quiera que esos deseos se realicen; y 1o hace o lo puede hacer por dos razones.

Sucede que Dios llama a misiones a cierto número de almas escogidas; pero ellas se hacen sordas y no quieren oír. Esa sordera artificial causa heridas profundas en su divino corazón.

Como las heridas duelen, hay que curarlas. Dios las cura con el bálsamo de los deseos de otras almas que quisieran venir y se lamentan de no poder venir. Una inyección en el brazo deja al cuerpo libre de difteria.

La otra razón es que Dios en su infinita bondad quiere coronar los buenos deseos como se lo merecen. ¿Qué hay de sencillo y más factible que la expresión de un deseo? He aquí un modo sencillo de ser misioneros y de los buenos.

La fuerza del deseo

Si uno tiene deseos vehementes de venir a misiones con una santa envidia de los que están aquí; si pide a los superiores venir, pero ellos no se lo permiten; si sueña aun despierto con ser misionero, pero ni la edad ni la salud ni su posición social le permiten el lujo de surcar los mares y meterse entre indios que le hagan cuartos y le frían en sartenes al fresco en una noche de luna llena; si llora y gime e importuna al cielo con santas quejas y a pesar de todo eso no logra ser enviado las misiones ni siquiera como seglar para ayudar a llevar las maletas al misionero… ese tal, digo yo, es misionero cabal a los ojos de Dios, está contribuyendo con su esfuerzo personal a la conversión del mundo infiel, y en el desfile de la victoria final marcará el paso entre los escuadrones de misioneros capitaneados por san Pablo y san Francisco Javier y otros no menos grandes andariegos de Dios que esparcieron el nombre de Cristo por toda la faz de la tierra. Esto no tiene vuelta de hoja. A veces no caemos en la cuenta de lo que pueden ante Dios nuestros deseos. El que desea de veras cometer adulterio, robar o matar, ya es adúltero a los ojos de Dios y ladrón y asesino, y, si muere sin arrepentirse, le damos por perdido y condenado.

Pues el reverso de la medalla no es menos real. Claro que a Dios no se le engaña queriendo venderle veleidades por deseos. Dios distingue bien de colores.

Si con esto no se satisfacen esas almas afligidas que desean ardientemente venir a Misiones, pero no lo consiguen, no pierdan el tiempo acudiendo a mí por carta y arremetiendo de nuevo con más sofismas, porque se me han agotado ya las respuestas y sé muy bien que por mucho que estruje mi cerebro, no ha de dar más de sí. Y con esto se despide de ustedes, misioneros y misioneras de deseo, hasta que nos veamos en el desfile de la victoria final, su gran amigo y hermano en Cristo amantísimo.

* En el libro «En las costas del Mar de Bering», Editorial, El Siglo de las Misiones, 1953.

LA FE QUE CRUZÓ EL MAR: Extranjeros que vuelven agradecidos

¿Ninguno volvió para dar gracias a Dios, sólo este extranjero? – Lc 17, 11-19

“Propio es de corazones nobles, de espíritus magnánimos, saber dar gracias. Cristo pasó su vida en la tierra dando gracias al Padre. Frecuentemente levantaba sus ojos al cielo, alababa, bendecía, decía bien. Imitémoslo también en esto.”[1] Así nos exhortaba en cierta ocasión el P. Alfredo Sáenz, SJ en un sermón que dio sobre el Evangelio de este Domingo. Se nos propone para reflexión el Evangelio de la curación de los diez leprosos, hecho que en sí mismo (es decir, el curar uno o diez) no significa tanto en el ministerio del Señor, pero, el evangelista lo narra pues se destaca algo interesante que el Señor quiso remarcar bien en su enseñanza y que nos sirve muy a propósito a cada uno de nosotros:

Al ver que uno solo de los diez había regresado para agradecer al Señor la gracia recibida, el Señor le dirige esta pregunta: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?” Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado.

Dos cosas me gustaría remarcar aquí en este versículo del Evangelio de Lucas para de ahí tomar pie para el eje central que quiero desarrollar en este sermón. En primer lugar, el hecho de haber sido un extranjero: un hombre que era “despreciado” por los que se consideraban “los elegidos”, o más bien “los intocables”, que no podrían mezclarse con ningún otro porque el Señor los había elegido, apartado de los demás pueblos y los había hecho un “pueblo de bendición”. Por supuesto que no niego que hay sí, verdad en todo esto, pero hay un detalle: el momento en que se da la curación de este extranjero, está comprendido dentro de lo que San Pablo ha llamado de la plenitud de los tiempos, es decir, los tiempos mesiánicos, tiempo en el que Jesús ha venido a dar pleno cumplimiento a la ley. Ahora lo que cuenta es la fe en el Cristo, el Mesías, el Redentor y Él mismo ha dicho en diversas ocasiones que ha venido a socorrer a los pecadores, a los impíos, a los enfermos, en otras palabras: ha venido a mezclarse y llevar la buena nueva del Evangelio a todos los que se abrieran a la gracia del Reino de Dios, extranjeros, desconocidos, pueblos que ni siquiera habían podido imaginar que existían en aquel entonces.

El segundo punto que me gustaría remarcar es justamente el de la fe. A este hombre extranjero, hombre de espíritu noble, como hemos mencionado al comienzo, le ha salvado su fe. El Papa Benedicto XVI en un Ángelus, comentando este Evangelio dijo: “Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: ‘gracias’![2]

En el domingo pasado, hemos reflexionado sobre la parábola que el Señor contó sobre el grano de mostaza, si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería. (Cfr. Lc 17, 3-10) Esta misma fe capaz de mover montañas, la fe de este hombre noble, extranjero que fue curado por nuestro Señor Jesucristo, que es una fe en el Hijo del Hombre, en Nuestro Señor Jesucristo, es la que, en cierto sentido estamos celebrando hoy del otro lado del océano Atlántico.

Este domingo, 12 de octubre, en Brasil se celebra la Virgen Aparecida, patrona del País, en España se celebra la Virgen del Pilar y en toda hispano américa, se celebra el día de la Hispanidad, pues en un 12 de octubre del año del Señor de 1492, cuando reinaban en Castilla y Aragón Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, por título de su Santidad el Papa Alejandro VI[3], apenas algunos meses tras haber concluido lo que fue la epopeya de la Reconquista con la toma de Granada, en ese mismo día (12 de octubre), Cristóbal Colón comandando la nave de Santa María, la cabeza de una flotilla con tres carabelas, avistaron una puntita del Nuevo Mundo, lo que hoy conocemos por América. Por esto me gustaría hoy en este sermón, hacer una especie de elogio al hecho de la Conquista de América y como esto nos hace agradecidos a Dios por el don de la fe que hemos recibido, así como el extranjero del Evangelio, hoy nos presentamos a los pies del Señor Jesucristo para decirle gracias.

Un autor, Juan Pedro Ramos, mejicano, hablando sobre la Conquista de América decía: “No era un azar del destino. Dios había puesto en el alma de Portugal y España, aislados por el Pirineo y el mar, un destino imperial semejante, que abarca, en el acto, la inmensidad de la tierra. El de España consistió en traer a América el esfuerzo poblador más vasto y de aspiración más alta que haya tenido hasta hoy el hombre.”[4] Tenían el deseo de llevar la fe en Nuestro Señor Jesucristo a estas tierras desconocidas. Si el Señor ha dicho -y escuchamos en el domingo pasado- que el que tuviera fe como un grano de mostaza haría con que un árbol si trasplantase de la tierra al mar, cómo habrá sido la fe de los Reyes Católicos para impulsar a que se llevase el anuncio del Árbol de la Cruz hasta el alén mar[5], hasta un nuevo continente.

Estamos aludiendo a lo que, en palabras de Juan P. Ramos ya mencionado: “Es el cumplimiento de la orden que dio la palabra evangélica de Nuestro Señor Jesucristo a la fe de sus Apóstoles.”[6] Y refleja esta santidad de España de la cual habla el autor en otro lugar: “La santidad de España se revela en su propósito civilizador, donde brilla, con evidencia irrefragable, el resplandeciente designio de la conquista.”[7]

No es mi intención entrar aquí en el tema de los hechos memorables que tuvieron lugar en esta gran empresa española que fue la Conquista de América[8], basta que nos recordemos del Salmo que hemos escuchado hoy día que puede resumir muy bien lo que hasta aquí venimos diciendo. En el refrán, hemos escuchado (Cfr. Sal 97, 1-7) “El Señor revela a las naciones su salvación.” Y después continúa: “El Señor da a conocer su salvación, revela a las naciones su justicia. Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.” Esto es posible, pues como dijo el Apóstol Pablo en la segunda lectura: “…la palabra de Dios no está encadenada…” y el mandato del Señor se ha cumplido para nosotros allá, del otro lado del océano Atlántico, hemos recibido el don de la fe -por el cual damos continuamente gracias a Dios, como el “noble” extranjero que fue curado en el Evangelio de hoy.

Damos gracias también porque, así como Naamán, el Sirio que, en la primera lectura ha dicho al profeta Eliseo: “Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor.” (Cfr. II Re 5, 10.14-17) Así como él, nuestros antepasados también se abrieron a la gracia de Dios, al don de la fe y dejaron de ofrecer culto a dioses paganos.

Acercándonos más a la conclusión de este sermón, habremos de reconocer que este inapreciable don de la fe que hemos recibido, tanto lo que es Hispano América, cuanto nosotros que somos luso americanos (es decir, los americanos que somos hijos de Portugal), nos ha sido dado por las manos de María, la Virgen que se celebra hoy en España bajo la advocación del Pilar, en Brasil bajo el nombre de Aparecida, y que en su aparición en Guadalupe, recibe el título de Emperatriz de América, en definitiva, es la única madre de todos nosotros, de todos los pueblos.

Para concluir esta homilía, me gustaría traer a colación algunos textos tomados de la liturgia de ambas fiestas (Pilar y Aparecida), que ayudarán a ilustrar un poco esta maternidad de la Virgen, esta providencial protección y cuidado que tuvo, tiene y tendrá siempre para con nuestras tan queridas tierras americanas.

Del Elogio a la Virgen del Pilar: “La devoción al Pilar tiene una gran repercusión en Iberoamérica, cuyas naciones celebran la fiesta del descubrimiento de su continente el día doce de octubre, es decir, el mismo día del Pilar. Como prueba de su devoción a la Virgen, los numerosos mantos que cubren la sagrada imagen y las banderas que hacen guardia de honor a la Señora ante su santa capilla testimonian la vinculación fraterna que Iberoamérica tiene, por el Pilar, con la patria española.”[9] Entre estas banderas, está también la de Brasil…

Tomada de la Primera lectura[10] de la Misa de la Solemnidad de Nuestra Señora Aparecida: “Al ver la reina Ester parada en el vestíbulo, [el rey] miró hacia ella con agrado y extendió hacia ella el cetro de oro que tenía en la mano, y Ester se acercó para tocar la punta del cetro. Entonces, el rey le dijo: ‘Lo que me pidas, Ester; ¿qué quieres que te haga? Aunque me pidieras la mitad de mi reino, yo te la concedería.’ Ester le respondió: ‘Si he ganado tu agrado, oh rey, y si fuere de tu voluntad, concédeme la vida – ¡he aquí mi pedido! – y la vida de mi pueblo – ¡he ahí mi deseo!

Del libro del Eclesiástico en la primera lectura del Oficio de la Solemnidad de Nuestra Señora Aparecida (Cfr. Eclo 24, 1-7.12-16.24-31): “En las alturas de los cielos fijé mi morada, mi trono se alzaba sobre una columna de nubes. Entonces el Creador del universo me dio una orden, el que me creó me indicó el lugar de mi tienda y me dijo: ‘Establece tu morada en Jacob, toma tu heredad en Israel, y echa raíces en medio de mis elegidos’. Desde el principio, antes de los siglos, Él me creó, y no cesaré de existir por todos los siglos. En la morada santa ejercí mi ministerio ante él, y así me establecí en Sion. En la ciudad amada me hizo reposar, y en Jerusalén está el asiento de mi dominio.”

Y eché raíces en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, y fijé mi morada en la asamblea de los santos. Yo soy la madre del amor hermoso, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí se halla toda la gracia del camino y de la verdad, en mí toda esperanza de vida y virtud.

Por fin, Juan Pablo II en la dedicación de la Basílica Nacional de Nuestra Señora Aparecida, en el año de 1980 dijo: “Su madre [María] dijo a los que servían: ‘Haced lo que él os diga’. ¿Cuál es la misión de la Iglesia si no la de hacer nacer el Cristo en el corazón de los fieles, por la acción del mismo Espíritu Santo, por medio de la evangelización? Así, la ‘Estrella de la Evangelización’, como la llamó mi predecesor Pablo VI, apunta e ilumina los caminos del anuncio del Evangelio. Este anuncio de Cristo Redentor, de su mensaje de salvación, no puede ser reducido a un mero proyecto humano de bienestar y felicidad temporal. Tiene ciertamente incidencias en la historia humana colectiva e individual, pero es fundamentalmente un anuncio de liberación del pecado para la comunión con Dios, en Jesucristo.” [11]

Por esto, en este día tan especial para nosotros, pidámosle a la Santísima Virgen María, bajo su advocación del Pilar y de Aparecida, que nos conceda la gracia de tener siempre este espíritu noble que tuvo el extranjero del Evangelio de hoy, y que sepamos siempre agradecer, que sepamos estar constantemente agradecidos por el inestimable don de la fe que hemos recibido allá en nuestras tierras y que nos mantiene hoy dónde estamos.

Ave María Purísima.

P. Harley D. Carneiro, IVE

 

 

[1] ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida – Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed.Gladius, 1994, pp. 280-285.

[2] BENEDICTO XVI, Ángelus, pronunciado en domingo 14 de octubre de 2007

[3] Título concedido a Isabel y Fernando por la Bula Si Convenit, con fecha del 19 de diciembre del año de 1496

[4] RAMOS, Juan P., La cultura española y la Conquista de América, «Revista Sol y Luna», N° 9, Buenos Aires – 1949, págs. 29-48.

[5] Expresión del Gallego arcaico que significa: allende el mar: o en lenguaje más moderno: más allá del mar

[6] RAMOS, op. cit.

[7] Ibid.

[8] Apenas para mencionar algunos personajes de los más destacados: En México (Fray Antonio de Roa, Juan de Zumárraga, Don Vasco de Quiroga, Beato Sebastián de Aparicio, Beato Pedro de San José, Beato Junípero Serra); en Nueva Granada )San Luis Bertrán, San Pedro Claver); en Brasil (San José de Anchieta, Padre Antonio Vieira, Padre Manuel da Nóbrega); en Chile (Pedro de Valdivia, Tomás de Loayza)

[9] Eulogio de nuestra Señora del Pilar, tomado de la segunda lectura del Oficio en la Fiesta de Nuestra Señora del Pilar (12 de octubre)

[10] Est 5, 1b-2;7, 2b-3

[11] JUAN PABLO II, Homilía en la dedicación de la Basílica Nacional de Aparecida, 04/07/1980

EL SERVIDOR INFIEL

Las riquezas no son nuestras, puesto que ellas están fuera de nuestra naturaleza y, ciertamente, ni nacieron con nosotros, ni con nosotros perecerán, y, por el contrario, Cristo sí es nuestro, porque Él es la vida; aunque vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11).

San Ambrosio

(Lc 16,1-13)

  1. Nadie puede servir a dos señores; y es que, en realidad, no existen dos señores, sino un solo Señor. Porque, aunque hay quien sirve a las riquezas, con todo, no se les reconoce ningún derecho de dominio, sino que ellos se imponen a sí mismos el yugo de la esclavitud; y eso no es un poder justo, sino una injusta esclavitud.
  1. Y así dijo: Haceos acreedores de amigos con las riquezas injustas, y eso con esta finalidad: para que, dando limosna a los pobres, éstos nos procuren el favor de los ángeles y de los otros santos. No es que se reprenda al mayordomo, pues con su ejemplo aprendemos que nosotros no somos dueños, sino más bien mayordomos de las riquezas de los otros. Y por eso, aunque pecó, con todo, se le elogia porque trató de buscarse para el futuro lo necesario por la indulgencia de su señor. Y con toda razón ha hablado de las riquezas injustas, puesto que la avaricia tienta nuestro corazón con diversos atractivos de dinero, con el fin de que deseemos servir a las riquezas.
  1. Este es el motivo por el que dice: Y si en lo ajeno no sois fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro? Las riquezas no son nuestras, puesto que ellas están fuera de nuestra naturaleza y, ciertamente, ni nacieron con nosotros, ni con nosotros perecerán, y, por el contrario, Cristo sí es nuestro, porque Él es la vida; aunque vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). Por eso nadie os dará lo que es vuestro, porque no habéis creído en ese bien vuestro ni lo habéis recibido.
  1. Y, consiguientemente, parece que los judíos son acusados de engaño y de avaricia, y, por tanto, no habiendo sido fieles en lo tocante a las riquezas, que en realidad no eran suyas —pues los bienes de la tierra son otorgados por Dios nuestro Señor a todos para el bien común— y de las que debieron, ciertamente, hacer partícipes a los pobres, no merecieron recibir a ese Cristo a quien aceptó Zaqueo con un deseo tan vehemente, que le llevó a repartir la mitad de sus bienes (Lc 19, 8).
  1. Por tanto, no queramos ser esclavos de lo que no es nuestro, porque no debemos tener más señores que Cristo; pues, no hay más que un Dios Padre, de quien todo procede y en quien existimos nosotros, y un solo Señor Jesús, por quien son todas las cosas (1 Co 8, 6). Pero ¿qué? ¿Acaso no es Señor el Padre y Dios el Hijo? No hay duda de que el Padre es Señor, ya que por la palabra del Señor fueron hechos los cielos (Sal 32, 6), y el Hijo es también ese Dios, que está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos (Rm 9, 5). ¿Cómo se entiende, pues, eso de que nadie puede servir a dos señores? Y es que, puesto que sólo hay un Dios, tiene que haber también un único Señor; y, por eso: Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás (Mt 4, 10). De donde claramente se deduce que el Padre y el Hijo tienen el mismo poder. Si, pues, no se le puede dividir, quiere decir que está todo en el Padre e igualmente todo en el Hijo. Así, al afirmar que en la divinidad se da la unidad y una identidad de poder en la Trinidad, confesamos que existe un solo Dios y un solo Señor. Y, por el contrario, los que sostienen que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo poseen un poder distinto, dejándose llevar del nefasto error de los gentiles, introducen en la Iglesia muchos dioses y muchos señores.

SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 244-248, BAC Madrid 1966, pág. 472-74

NUESTRO CRUCIFIJO ES NUESTRA LUZ

Indudablemente, todos hemos pensado muchas veces que nuestro modelo es Cristo, y Cristo crucificado, y hasta quizás en mil ocasiones ha sido nuestro consuelo el pensar que los tres votos de nuestra vida religiosa son como tres clavos que nos sujetan a la cruz de nuestro Salvador, y que los pequeños sacrificios que encontramos en nuestra vida son como nuestra pequeña pasión.

P. Alfonso Torres, SJ

Para completar las meditaciones de la pasión de modo que dejen recuerdo más permanente en nuestras almas, vamos a hacer la última acerca de Cristo crucificado, y vamos a procurar referirnos concretamente a nuestro crucifijo, para que, cada vez que fijemos en él nuestras miradas o lo tomemos en nuestras manos, sea como el recuerdo de lo que ahora vamos a meditar.

Cada religioso tiene su crucifijo como tesoro. Pues en ese crucifijo nuestro vamos a resumir los pensamientos de esta meditación.

Para disponemos mejor a ella, comencemos recordando cómo los santos, aunque recomiendan en general que se medite la vida de nuestro divino Redentor, más particularmente recomiendan la meditación de la pasión y la de Cristo crucificado. Esta enseñanza, que dieron de palabra y dejaron en sus escritos, nos la inculcaron antes con su ejemplo, pues todos ellos eran almas que meditaban asiduamente la pasión. Si queremos llenarnos de la luz que tienen los santos, sigamos sus consejos y sus ejemplos. Siguiéndolos, veremos cómo nuestro crucifijo es para nosotros una fuente siempre manante de enseñanzas celestiales y de amor fervoroso.

Como primer punto de la meditación, digamos que nuestro crucifijo es nuestra luz. Indudablemente, todos hemos pensado muchas veces que nuestro modelo es Cristo, y Cristo crucificado, y hasta quizás en mil ocasiones ha sido nuestro consuelo el pensar que los tres votos de nuestra vida religiosa son como tres clavos que nos sujetan a la cruz de nuestro Salvador, y que los pequeños sacrificios que encontramos en nuestra vida son como nuestra pequeña pasión. Más aún, quizás, y sin quizás, hemos meditado muchas veces en particular cada una de las virtudes de que nos da ejemplo nuestro divino Redentor en el Calvario; pero yo quisiera que ahora nos fijáramos en algo que, en cierto sentido, es más profundo y toca a las raíces más íntimas de nuestra santificación.

¿En qué consiste la santidad? Podemos decir que consiste en vivir enteramente para Dios. Evidentemente, un alma que siempre y en todo vive puramente para Dios solo es un alma que ha alcanzado toda la santidad que Dios quería de ella. Este vivir para Dios es lo que llamaba San Pablo sacudir de nosotros las obras de las tinieblas y venirse de las armas de la luz (Rom 13,12). Pero esta idea tiene un desarrollo vivo en todo el camino espiritual. Las tinieblas son los pecados. La luz es la gracia divina. Pero también todos los amores desordenados del corazón, aunque no sean ofensas concretas de Dios Nuestro Señor, son tinieblas, y todas las generosidades de virtud que hay en las almas son luz. Para santificarse hay que entender las palabras vivir para Dios en toda su amplitud, hay que corregir toda desviación del corazón, hay que mortificar todas las afecciones desordenadas, hay que ponerse de lleno en la voluntad de Dios. Y todo esto no se hace sino cuando se ha conseguido la desnudez espiritual. Entonces es cuando se muere a todas las cosas de este mundo para vivir en Cristo. Tanto se pone el alma en Dios cuanto más desasida vive de todo lo que es criatura. Vivir así de lleno en la voluntad de Dios, de tal manera que esa voluntad sea nuestra única norma y el cumplirla sea nuestro único deseo, es unirse íntimamente con el Señor.

¿Qué es Cristo crucificado? ¿Qué es Cristo como se representa a nuestra alma cuando miramos nuestro crucifijo? La completa desnudez de todo lo criado. Siempre había estado nuestro divino Redentor desprendido de todo lo que no es Dios; pero cuando realizó este desprendimiento de una manera más visible y más tangible fue cuando murió en el Calvario, en aquella absoluta pobreza de que nos habla la Beata Angela de Foligno, y que consiste no solamente en carecer de los bienes temporales, aun de los más necesarios, sino de todo aquello que necesita el hombre para no sentir la soledad de corazón.

¿Hay desnudez de alma que pueda compararse con la desnudez espiritual de Cristo crucificado? A esa desnudez va unido el amor más heroico de la voluntad divina. Por permanecer en la voluntad de su Padre, el Señor desciende hasta el abismo de la humillación y del dolor, y aun hasta la muerte. Sacrificarlo todo hasta llegar a la perfecta desnudez del corazón, y eso por el deseo de cumplir la voluntad divina, es decir, por amor al Padre celestial, es la suprema lección que Cristo Nuestro Señor nos da en el Calvario. Por eso, nuestro crucifijo es nuestra luz. Nos lleva hasta lo más hondo de la sabiduría de Dios, nos enseña hasta lo más íntimo del camino espiritual, nos muestra hasta las cumbres más elevadas de la santidad. Vivir en Cristo crucificado es vivir de lleno en la divina luz.

Además de esto, Cristo crucificado es nuestra esperanza. Al meditar cada uno de los misterios de la sagrada pasión, hemos visto lo que Nuestro Señor ha hecho por nosotros. Se ve entonces como nunca hasta dónde han llegado su misericordia y su amor. Al mismo tiempo, mirando a la luz de Cristo crucificado toda nuestra vida, es como hemos logrado ver toda la malicia de nuestras ingratitudes, tibiezas, infidelidades y olvidos. Esto no lo hemos podido hacer sin sentir en nuestro corazón un dolor penetrante y sincero.

Viendo, por una parte, lo que hemos sido nosotros para el Señor y cómo ha querido Él satisfacer por nuestros pecados muriendo por nosotros con infinito amor, entregándose en holocausto, porque nos veía indignos de su amor, para que llegáramos a hacernos dignos de él, es como nuestra alma se ha sentido confortada en medio de su flaqueza y miseria. Quizás entonces hemos entendido como nunca aquella sentencia de nuestro divino Redentor que nos han conservado los sagrados evangelios: No he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores (Mt 9,13).

Por poco que haya sido nuestro esfuerzo y por débil que haya sido nuestro fervor, hemos llegado a la convicción de que no es una hipérbole, sino una expresión pobre de la realidad, el decir que Nuestro Señor nos ha amado con exceso de amor. Este exceso de amor lo vemos también pensando que nuestro divino Redentor pudo salvarnos con un solo suspiro de su corazón, con una sola lágrima suya. Cualquiera de estas cosas hubiera bastado para la redención del mundo. Pero su amor no se contentó con eso. Quiso dar cuanto podía, y nos dio su honra divina y su vida entre innumerables dolores. Quiso tomar sobre sí todos los dolores y humillaciones nuestras para santificarlos todos, para saberlos compadecer, como diría San Pablo, y para mostrarnos el exceso de su amor.

No era sólo el designio de Cristo que, mediante su pasión, pudiéramos obtener el indispensable perdón de nuestras culpas. Era mucho más; era conseguirnos la fortaleza que necesitamos para ejercitar la virtud en todo su heroísmo; era invitarnos a las cumbres de la santidad que nos hacía ver en el Calvario; era decirnos que Él estaría con nosotros cuando nos esforzáramos por subir a esa cumbre; era darnos la seguridad de que no nos faltaría su gracia divina cuando, para corresponder al exceso de su amor, quisiéramos hacer excesos de amor por Él, y nos apoyáramos para ello en un exceso de filial confianza.

El crucifijo es como la cifra y compendio de esta confianza divina. A poco que lo miremos, oiremos en nuestro corazón aquella palabra de la Escritura: Así amó Dios al mundo, que por él entregó a su Hijo unigénito (Jn 3,16). Cristo crucificado es la expresión de ese amor divino. ¿Y será posible conocer ese santo amor, oír esa divina palabra en lo íntimo del corazón, y no repetir como un eco aquella otra palabra de San Juan: Pero nosotros hemos creído en el amor que Dios nos ha tenido? (Jn 4,16). Y este creer en el amor con que Dios nos ha amado será una fuente de confianza inmensa para lanzarnos al cumplimiento de la voluntad divina, aunque esta divina voluntad nos exija los mayores sacrificios y aunque sintamos todo el peso de nuestra flaqueza.

No hay desaliento nacido de la consideración de nuestra debilidad que no desaparezca cuando se mira al amor con que Dios nos ha amado. De ese amor decía San Pablo con acento arrebatador en su epístola a los Hebreos: ¿Quién me separará del amor de Jesucristo (Rom 8,35), es decir, del amor con que Jesucristo me ama?

Si nos vemos sumidos en la culpa, nuestra esperanza es Cristo crucificado; si queremos practicar la virtud, en Él confiarnos, y si aspiramos a la santidad, Él es la prenda segura de que podemos conseguirla. El crucifijo, que es nuestra luz, es al mismo tiempo nuestra esperanza. Dichosos nosotros si sabemos vivir en esa esperanza divina. Nada podrá impedirnos el que la veamos realizada.

Pero, además, el crucifijo debe ser nuestro nido. Perdónenme este medio de expresión, y para entender su sentido recuerden aquellas palabras del Cantar de los Cantares en que el Señor invita al alma a que vaya a las hendiduras de la peña, indudablemente para anidar allí. Esta figura la emplea el salmista cuando dice que la tórtola ha encontrado el nido donde colocar a sus hijuelos. En la cruz, la peña es Cristo, quien así como ha querido mostrarnos con otras imágenes las delicadezas de su amor, con ésta ha querido mostrarnos su fortaleza y nuestra seguridad. Las hendiduras de la peña son las llagas santas del Redentor. Invitar a las almas a que aniden en la peña, es invitarlas a que pongan su nido en las llagas de Cristo, como en un lugar de refugio seguro contra las tentaciones y los enemigos, y es enseñarles que en ese nido es donde encontrarán aquella intimidad y ternura que anhelan siempre los que buscan a Dios.

Ese nido, que es, por otra parte, expresión de sacrificio y de dolor, puesto que nos habla del sacrificio y del dolor de nuestro divino Redentor, es también un cielo, porque ahí es donde se saborean las delicadezas del amor divino.

Mientras el alma haga su nido en las cosas de la tierra, será como aquel ave que salió del arca de Noé y se posó en la corrupción del diluvio. No puede hacerse el nido fuera de las llagas de Cristo sin contaminarse con la miseria de este mundo. En cambio, hacer el nido en las llagas del Redentor es volver al arca, como la paloma, porque no se encuentra nada limpio donde posarse.

Cuanto nuestra alma pueda decir y aún mucho más de lo que somos capaces de sentir en nuestro corazón y rastrear con nuestra mente, lo encontramos en ese nido divino. No es vano sentimentalismo de piadosa poesía lo que estamos diciendo. Los santos, que han conocido por experiencia esta verdad que estamos ahora exponiendo, como, por ejemplo, San Bernardo, se desbordan cuando quieren describirnos lo que el alma encuentra en las llagas de su Redentor.

Por vocación especial, el Señor las llama a vivir en su corazón, y a vivir de tal manera, que ése sea el verdadero nido donde encuentren refugio, descanso, fortaleza, luz y calor. Todas las almas son llamadas a vivir así; pero las que particularmente están consagradas al corazón de Jesús también son particularmente llamadas a ello.

Pues bien, recuerden que la puerta por donde se entra en el corazón de Cristo es la llaga de su divino costado. Por ahí hemos de entrar, como entraron los santos, si queremos vivir en el divino corazón. Si entramos por esa puerta, lo encontraremos todo. Cuando nuestra alma esté combatida, encontrará la paz; cuando esté fría, se inflamará en amor; cuando se halle en tinieblas, encontrará la luz; cuando se sienta perpleja, encontrará la verdad; cuando le asalte la desconfianza, aprenderá a confiar sin límites; cuando resuenen en sus oídos las seducciones engañadoras de las cosas criadas, encontrará el santo desengaño, y cuando se vea amenazada, encontrará su escudo. Allí lo encontrará todo. Allí vivirá la plenitud de la vida divina. Nuestro afán debe ser penetrar en ese nido de amor para vivir en él, hasta tener envidia, como San Buenaventura, de la lanza que hirió el costado de Cristo, y prometiéndonos que, si nosotros fuéramos la lanza, penetraríamos en el pecho de Cristo, pero no volveríamos a salir de él.

Así, pues, Cristo crucificado es para nosotros luz, confianza y nido amoroso. De todo esto nos hablará nuestro crucifijo cada vez que lo miremos, y nos lo dirá con un acento particular de intimidad. Nuestro crucifijo es para nosotros un mundo de recuerdos. Entre él y nosotros se ha desarrollado toda nuestra vida. Lo llamamos nuestro porque nuestra historia vive en él. Ahí está el recuerdo de nuestras infidelidades y ahí está la trama tupidísima de sus misericordias divinas. Con ese lenguaje, que es como un coloquio íntimo, lenguaje de recuerdos y lenguaje de amor, nos enseña el crucifijo las tres grandes verdades que acabamos de meditar. ¡Qué camino más hermoso para hacernos santos! Luz para no desviarnos de la senda que lleva derechamente a Cristo Jesús; confianza, que es fortaleza para buscarle como Él quiere y por donde Él quiere; nido de amor divino, al cual aspiran nuestros corazones como a su verdadero cielo. ¿No es esto como un resumen de nuestra vida espiritual?

Pidamos al Señor que en esta meditación nos dé conocimiento interno de estas Verdades fundamentales y, sobre todo, que nos encienda en su santo amor. Mientras no sintamos en nuestro corazón que el Señor nos ha otorgado estos dones, mientras no sintamos que se abre para nosotros la puerta del corazón de Cristo, esperemos humildemente a esa puerta suplicando, llorando y mendigando con todo el ardor de que sea capaz nuestro corazón. Estemos seguros de que el Señor no puede negarnos esta gracia. Cuando queremos vivir en Cristo crucificado, ¿cómo va el Padre celestial a negárnoslo, siendo esto lo que El mismo nos pide y lo que desea para nosotros?

Dispongamos nuestro corazón para todo lo que sea necesario hacer a fin de conseguir el tesoro que tenemos en Cristo y que nuestro crucifijo sea para nosotros el libro siempre abierto ante nuestros ojos que nos enseñe cómo hemos de alcanzar la santidad a que Dios nos ha llamado y nos llama.

ALFONSO TORRES, SJ, Ejercicios Espirituales. Ejercicios Espirituales a las Religiosas del Sagrado Corazón en Avigliana, Tomo II. Ed. BAC, Madrid, 1968, 663 – 669

CUÁN POCOS SON LOS QUE AMAN LA CRUZ DE CRISTO

¿Por qué pues temes tomar le Cruz por le cual se va al Reino? En la Cruz está le salud, en la Cruz está la vida, en le Cruz está la defensa contra los enemigos, en la Cruz está la infusión de la suavidad celestial, en la Cruz está la fortaleza del corazón, en la Cruz está el gozo del espíritu, en la Cruz está la suma virtud, en la Cruz está la perfección de la santidad.

Tomas de Kempis

Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, pero muy pocos que lleven su cruz. ‘Tiene muchos que desean el consuelo, y muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañeros halla para la mesa, y pocos para la abstinencia. Todos quieren gozarse con él, mas pocos quieren sufrir algo por él. Muchos siguen a Jesús cuando no hay adversidades; muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de él algunas consolaciones; si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían y abatirían.

Pero los que aman a Jesús por él mismo, y no por algún propio consuelo suyo, bendícenle en toda pena y angustia del corazón, tan bien como en el consuelo. Y aunque nunca más les quisiere dar consuelo, siempre le alabarían y darían gracias.

¡ Oh cuánto puede el amor puro de Jede sin mezcla del propio amor! Bien se pueden llamar propiamente mercenarios los que siempre buscan consolaciones. ¿No se aman a si mismos más que a Cristo, los que continuamente piensan en su provecho y ganancias? ¿Dónde se hallará alguno que quiera servir a Dios de balde?

Pocas veces se halla alguno tan espiritual, que esté desnudo de todas las cosas. ¿Pues quién hallará el verdadero pobre de espíritu y desnudo de toda criatura? De muy lejos y muy precioso es su valor. Si el hombre diere su hacienda toda, aún no es nada; y el hiciere gran penitencia, aún es poco. Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos; y si tuviere gran virtud y muy fervorosa devoción, aún le falta mucho; esto es una cosa que ha menester mucho. ¿Y cuál es ésta? Que dejadas todas las cosas, se deje a sí mismo, y salga de sí del todo, y no le quede nada de amor propio. Y cuando conociere que ha hecho todo lo que debe hacer, piense que aún no ha hecho nada.

No tenga en mucho que lo puedan tener por grande; más llámese en la verdad siervo sin provecho, como dice la Verdad; Cuando aun hubieres hecho todo lo que os está mandado, aún decid: Siervos somos sin provecho. Y así podrás ser pobre y desnudo de espíritu, y decir con el Profeta: Uno solo y pobre soy. Con todo eso, ninguno hay más rico, ninguno más poderoso, ninguno más libre, que aquél que sabe dejarse a sí mismo y a todas las cosas, y ponerse en el último lugar.

Capítulo XII

Del camino real de la Santa Cruz

Estas palabras parecen duras a muelles! “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y que sígueme”, Pero más duro será oír aquella terribles Palabras: “Apartaos de mí, maldito, al fuego eterno”. Los que ahora oyen y siguen de buena voluntad la palabra de la eterna condenación. Esta señal de la Cruz estará en el cielo cuando el Señor venga a juzgar. Entonces todos los siervos de la Cruz, que se conformaron su vida con el Crucificado, se llegarán a Cristo Juez con gran confianza.

¿Por qué pues temes tomar le Cruz por le cual se va al Reino? En la Cruz está le salud, en la Cruz está la vida, en le Cruz está la defensa contra los enemigos, en la Cruz está la infusión de la suavidad celestial, en la Cruz está la fortaleza del corazón, en la Cruz está el gozo del espíritu, en la Cruz está la suma virtud, en la Cruz está la perfección de la santidad. No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la Cruz. Toma, pues tu Cruz y sigue a Jesús e irás a la vida eterna. Él vino primero y llevó su Cruz, y murió en la Cruz por ti, porque tú también la tú también lleves y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con él vivirás con Él, y si fueres compañero de sus penas, lo serás también de su gloria.

Mira que todo consiste en la Cruz, y todo está en morir en ella; y no hay otro camino para la vida y para la verdadera paz sino el de la santa Cruz y continua mortificación. Ve donde quisieres, busca lo que quisieres, y no hallarás más alto camino en lo eminente ni más seguro en lo abatido sino la senda de la santa Cruz. Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer, y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la Cruz, pues, o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás tribulación en el espíritu.

Unas veces te dejará Dios y otras te mortificará el prójimo, y lo que más es, muchas veces te descontentarás de ti mismo, y no serás aliviado ni confortado con ningún remedio ni consuelo, y será preciso que sufras hasta cuando Dios quisiere, porque quiere que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo y que te sujetes del todo a él, y te hagas más humilde con la aflicción. Ninguno siente tan de corazón la pasión de Cristo, como aquél e quien acaece sufrir penas semejantes. De modo que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar. No le puedes huir donde quiera que fueres; porque a cualquier parte que huyas llevas a ti mismo, Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuere, vuélvete adentro, en todo hallarás la cruz; y es necesario que en todo lugar tengas paciencia si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona.

Si de buena voluntad llevas la cruz, llevará y guiará al fin deseado, adonde será el fin de padecer, aunque aquí no lo sea. Si contra tu voluntad la llevas, la hiciste mas pesada, y no obstante es preciso que la sufras. Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y acaso más pesada.

¿Piensas tú escapar de lo que ninguno de los mortales pudo? ¿Quién de los santos estuvo en el mundo sin cruz y tribulación? Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, en cuanto vivió en este mundo no estuvo una hora sin dolor, porque convenía que Cristo padeciese y resucitase de los muertos, y así entrase en su gloria. ¿Pues cómo buscas tú otra senda, sino este camino real que es el de la santa Cruz? ¿Y tu buscas para ti holgura y gozo? Yerras, yerras si buscas otra cosa que sufrir tribulaciones, porque toda esta vida mortal está llena de miserias y por todas partes está rodeada de cruces; y cuanto más altamente alguno aprovechare en espíritu, tanto más pesadas cruces hallará muchas veces, porque la pena de su destierro crece más por el amor.

Más este tal, así afligido de tantos modos, no está sin el alivio de la consolación, porque siente crecer en sí gran fruto de llevar su cruz, porque cuando se junta a ella de buena voluntad todo el peso de la tribulación se convierte en confianza del consuelo divino. Y cuanto más se quebranta la carne por la aflicción, tanto más se fortifica el espíritu por la gracia interior. Y algunas veces se conforta tanto con el afecto a la tribulación y adversidad por el amor y conformidad con la cruz de Cristo, que no quiere estar sin dolor y penalidad, porque se tiene por tanto más acepto a Dios, cuanto mayores y más graves cosas pudiere sufrir por Él. Esto no es virtud humana, sino gracia de Cristo, que tanto puede y hace en la carne frágil, que lo que naturalmente el hombre siempre aborrece y huye, lo acometa y acabe con fervor de espíritu.

No es propio de la humana condición llevar la cruz, amar la cruz, castigar el cuerpo y sujetarle a servidumbre, huir los honores, sufrir de grado las injurias, despreciarse a sí mismo y desear ser despreciado, tolerar todo lo adverso con daño y no desear cosa de prosperidad en este mundo. Si te miras a ti, no podrás por ti cosa alguna de éstas; mas si confías en Dios, él te dará fortaleza celestial y hará que te obedezca el mundo y la carne, y no temerás al demonio si estuvieres armado de fe y señalado con la cruz de Cristo.

Disponte, pues, como bueno y fiel siervo de Cristo para llevar varonilmente la Cruz de tu Señor, crucificado por amor tuyo. Prepárate a sufrir muchas adversidades y diversas incomodidades en esta miserable vida, porque así estará contigo donde quiera que fueres y de verdad lo hallarás en cualquier parte donde te escondas. Así conviene, y no hay otro remedio para escapar de la tribulación de los males y del dolor, sino sufrir. Bebe con afecto el cáliz del Señor si quieres ser su amigo y tener parte con él. Remite a Dios las consolaciones y haga Él con ellas lo que más le pluguiere. Pero tú disponte a sufrir las tribulaciones y estímalas por grandes consuelos; porque son condignas las penalidades de este tiempo pare merecer la gloria venidera, aunque tú pudieras sufrirlas todas.

Cuando llegares a punto que la aflicción te sea dulce y gustosa por amor de Cristo, piensa entonces que vas bien porque hallaste el paraíso en la tierra. Mientras te parezca penoso el padecer y procures huirlo, cree que vas mal, y donde quiera que fueres te seguirá el rastro de la tribulación.

Si te dispones para hacer lo que debes, conviene a saber, sufrir y morir, luego te irá mejor y hallarás paz. Y aunque fueres arrebatado hasta el tercer cielo con San Pablo, no estarás por eso seguro de no sufrir alguna contrariedad. Yo, dice Jesús, te mostraré cuántas cosas le convendrá padecer por mi nombre. Luego, sólo te queda el padecer, si quieres amar a Jesús y servirle siempre.

Pluguiese a Dios que fueses digno de padecer algo por el nombre de Jesús. ¡Cuán grande gloria se te daría! ¡Cuánta alegría causarías e todos los Santos de Dios! ¡Cuánta edificación sería para el prójimo!, pues todos alaban la paciencia, aunque pocos quieren padecer. Con razón debías sufrir algo de buena gene por Cristo, cuando hay tantos que sufren más graves cosas por el mundo.

Ten por cierto que te conviene morir viviendo; y que cuanto más muere cada uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir e Dios. Ninguno es apto para comprender esa cosas celestiales si no se aviene a sufrir lee adversidades por Cristo. No hay cosa a Dios más acepta, ni para ti en este mundo más saludable, que padecer gustosamente por Cristo. Y si te diesen a escoger, más debería desear padecer cosas adversas por Cristo, que ser recreado de muchas consolaciones; porque en esto le serías más semejante, y más conforme a todos los santos. Pues no está nuestro merecimiento, ni la perfección de nuestro estado en disfrutar muchas suavidades y consuelo, sino en sufrir grandes penalidades y tribulaciones.

Porque si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salvación de los hombre que el sufrir, Cristo lo hubiera declarado con su palabra y ejemplo; pues manifiestamente exhorte a sus discípulos, y a todos los que desean seguirle, que lleven la Cruz y les dice: Si alguno quisiere venir en pos de mí, niéguese a sí mis tu cruz, y sígame. Así que, leídas y bien consideradas todas las cosas, sea ésta la conclusión: Que por muchas tribulaciones nos es necesario entrar en el reino de Dios.

Tomás de KempisImitación de Cristo y menosprecio del mundo, Capítulo XI-XII