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NA FENDA DA ROCHA

Um vento sopra do Leste,
Da Terra da Escuridão,
O meu coração estremece,
Desapareceu o meu chão.

Busco refúgio na Fenda
Da Rocha que é o Senhor,
Armo ali minha tenda,
No seu Coração de Amor.

Meu pão, a sua Palavra,
Bebo da Fonte da Vida,
Da qual uma gota basta
Para sarar minha ferida.

E quando a Tormenta passar,
E o Sol novamente surgir,
Eu não voltarei a chorar
Pois Ele me fará sorrir.

Hno. Diego Gusmão, IVE

2º DOLOR DE MARÍA – LA HUÍDA A EGIPTO (Ven. Fulton Sheen)

Hacía siglos y siglos que el pueblo de Israel esclavizado en Egipto, había hecho su éxodo a la tierra prometida. La historia corría ahora para atrás. El éxodo es hacia Egipto, y el conductor no es Moisés, sino el Salvador INfante. La ocasión que motivó este último éxodo, fue la orden de Herodes el Grande, de que todos los niños varones menores de dos años en Belén serían pasados a espada. herodes escuchó de los magos que éstos buscaban un niño que iba a ser rey, y él estaba temeroso de su poder, como si Aquél que trajo el reino de oro del Cielo fuera a pensar alguna vez en quitar el reino efímero de la tierra. Pero los magos no volvieron donde Herodes después de ver al niño: uno siempre toma un camino diferente después de ver a Dios. Los celos de Herodes surgieron también por el recuerdo de que Suetonio, el historiador romano, conciudadano suyo, había citado una leyenda según la cual algún día nacería en Israel un rey destinado a gobernar sobre el pueblo romano. Para conjurar el peligro, el senado romano había ordenado que todos los niños varones nacidos en cierto año serían abandonados a su muerte, pero las esposas embarazadas de los senadores evitaron su ratificación. Herodes debió haber recordado todo esto, pero en todo caso ordenó la masacre de los niños inocentes. toda su carrera estaba roja con la sangre de sus asesinatos. El hizo que su cuñado, el joven Aristóbulo, fuese ahogado delante de sus ojos; ordenó la estrangulación de su esposa favorita, la princesa Mariana; sus tres hijos, y el padre y la madre de su esposa, igualmente perecieron por su espada; y aquellos que sobrevivieron eran más desgraciados que aquellos que sufrieron. de aquí que no era difícil para él ordenar la matanza de los bebés, pues la sangre de éstos era apenas una gota en el río escarlata de sus crímenes. Era duro para las pobres madres de Belén cuyos gritos se unieron a los de Raquel, que no sería consolada, pero era más duro todavía para María cuyo único crimen era que tenía en sus brazos un niño que contenía la hermosa grandeza de la cabeza de Dios en la vaina de la carne de un infante.

En una noche oscura, cuando las pobres madres que le negaron a ella un hogar la víspera de Navidad vagaban sin techo por las calles, apareció un ángel y dijo a José que tomara a María y al niño y huyera a Egipto. María no tenía tesoros para recoger, sino el único tesoro que sostenía en sus brazos. Se enfrentaban a ella el yermo, el desierto, el paganismo. Y mientras el viento soplaba, y la luna, que un día iba a ser pintada debajo de sus pies, brillaba ahora encima de su cabeza, salió furtivamente de Belén para internarse en las arenas. Otro José iba con ella y con el niño a Egipto, para salvar a éste del hambre, no con el pan que perece, sino con el pan que perdura en la vida eterna.

Este exilio del Creador que se apartó de sus criaturas escogidas, fue la segunda espada que traspasó el corazón de María. Era la más aguda, porque su niño era odiado!

Por qué alguien podía odiar a un bebé? Qué había hecho Él a un rey para que éste procediera en forma tan impropia de un rey? Jesús fue odiado! Y aún era más desamparado que ella misma. Ella conocía cuan adorable era Él y qué buen recibimiento merecía después de cuatro mil años de haber sido esperado. Por qué, entonces, tenían ellos que hacerlo huir antes de que fuese capaz de caminar?

Lo amargo de su dolor era que parecía -y dijo solamente parecía- ser muy exterior al orden de la Divina Providencia. Nosotros todos podemos fácilmente soportar las aflicciones que nos vienen directamente de Dios; sus mismos dedos que nos entregan diminutas cruces parecen aligerarla con su contacto. Los dolores de las otras madres fueron suavizados en los últimos años por los dulces pensamientos de que Dios no permitió que sus hijos crecieran para cantar “Hosana” el domingo y “Crucifícalo” el viernes. Vieron que sus aflicciones venían directamente de Dios. Podemos soportar una enfermedad o inclusive la muerte, porque ambas vienen directamente de Dios. Pero la injusticia e ingratitud de los hombres es más terrible y nunca sabemos cuándo terminará! Dios es más misericordioso. Así, cuando a David a causa de su pecado de orgullo se le ofreció que escogiese castigo entre la injusticia de los hombres o la pestilencia, exclamó: Mejor caer en las manos de DIos, pues sus misericordias son muchas, que en las manos de los hombres. Y así escogió la pestilencia.

El dolor de María fue de la clase más amarga: Vino de la perversidad de los hombres! De la injusticia de un pagano! Por lo tanto pareció ser todo lo más terrible porque Dios no parecía tener manos en él. Pero añadido a todo esto estaba la tragedia de que su nota triste había de quebrarse en la escala de los dolores en Egipto, una tierra lejana del hogar.

ORACIÓN

María, por este tu segundo dolor enséñanos que los caminos de Dios están ocultos en todo, un en aquellas cosas que parecen tan distantes como Egipto. A menudo durante nuestra vida, cuando nos veamos obligados a dejar la contemplación religiosa pacífica y silenciosa donde nos hallamos tan a nuestro gusto, para tomar los deberes y tareas de un mundo prosaico, que en comparación parecen un exilio de Egipto, recuérdanos que no hay nada en la vida que no pueda ser espiritualizado y convertido en una oración, con tal de que lo hagamos en unión con tu Hijo. María, yo soy lento para aprender, tardo para entender, reacio para emprender, pero imprime en mi la gran verdad de que podemos hacer una tierra santa del Egipto pagano de nuestro trabajo cotidiano, siempre que traigamos con nosotros a tu Niño.

1º DOLOR DE MARÍA – LA PROFECÍA DE SIMEÓN (Ven. Fulton Sheen)

Han pasado días desde que los ángeles cantaron su gloria en las blanquecinas colinas de Belem. Era ahora el segundo día de febrero. De acuerdo con la ley judía, toda madre después de parir un varón debía presentarse al Templo de Jerusalén para ser purificada, y para ofrecer su niño a Dios en testimonio de que todos los dones vienen de Él. Y así fue como el Señor del templo fue traído al Templo del Señor.

El sacrificio apropiado en tales ocasiones era un corderito de un año para un holocausto y un lechoncito o pichón de tórtola, para un voto propiciatorio. La benigna Legislación Mosaica permitía a los pobres traer en lugar del corderito dos tórtolas o dos lechoncitos. Tal fue el tributo de María que no poseía riqueza, excepto las riquezas del Señor de los Cielos y la tierra.

El sacerdote del templo en aquel día era Simeón, un devoto israelita ya casi encorvado con el peso de los años, pero feliz con el anuncio divino de que no iría a morir hasta que no hubiese visto al Mesías que habría de venir. Simeón era el representante y símbolo de la vieja Ley Judía que durante muchos siglos había estado esperando al Redentor; era el final de la raza de Adán, la coronación del Viejo Testamento, el fruto de su madurez, el fin y consumación del don de Israel al mundo.

Cuando nuestra Bendita Madre puso al divino niño en sus brazos, llegamos al momento de unión del Viejo y el Nuevo Testamento, o mejor, el pasaje del Viejo al Nuevo. Ese acto quería decir que todas las promesas del Viejo Testamento se habían cumplido, lo mismo que todas las profecías del pueblo escogido de Dios. La antigüedad había dicho su última palabra. La historia, que hasta entonces había registrado todas sus batallas y anotado el surgimiento y caída de los reinos como eventos sucedidos antes de Cristo, en adelante los iría a escribir como sucedidos en el año de Nuestro Señor.

Una vez que los cansados brazos de Simeón cargaran el peso del eterno sin que por esto desfallecieran; una vez que el anciano Simeón abrazara la juventud que era antes de todas las edades, podía entonces retirarse, cerrar los libros de las profecías y decir adiós a su propia vida. Y así, en la edad en que los ancianos dejan de cantar, Simeón dio salida al canto, y en el silencio del templo, se levantaron como dulce incienso las notas delicadas del Nunc Dimittis. Esta era la culminación de la Iglesia, que cantará este canto hasta edades remotas cuando el Señor venga sobre las nubes de los cielos en el día del crepúsculo del mundo.

“Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa.

Porque ya mis ojos han visto al salvador que nos has dado:

Al cual tienes destinado para que, expuesto a la vista de todos los pueblos, sea luz brillante que ilumine a los gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel.”

Pero toda esa luz que inundaba el alma de María pronto se vio oscurecida, como una nube negra a menudo oculta de nosotros la faz del sol. Las palabras de gozo pronunciadas por Simeón pronto cambiaron en dolor, cuando él habló de la parte que la madre y el hijo habían de representar en la redención del mundo:

“Mira, este niño que ves, está destinado para ruina, y para resurrección de muchos en Israel, y para ser el blanco de la contradicción de los hombres: lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos ocultos en los corazones de muchos”.

Era un anuncio solemne de que ella debía cuidar a la víctima hasta la hora del sacrificio y ser la Pastora hasta que el Cordero fuese conducido a la muerte en signo de contradicción, que es la cruz. fue un eco que llegó de nuevo al Jardín del Edén, donde un árbol trajo la ruina del primer Adán, y en cuyas puertas había un ángel con una espada flamígera para guardar la entrada hasta que sonara la hora de salvación señalada. Simeón decía ahora que la hora había llegado. El árbol del Edén, que trajo ruina, sería trasplantado al Calvario y sería su cruz; la espada del ángel sería quitada de la mano del ãngel para enterrarla en el corazón de María, como un primer testimonio de que sólo aquéllos que han sido traspasados con la espada de un amor sacrificial entrarán en el Edén eterno de los cielos.

“Un signo de contradicción!” María no necesitó esperar la cruz del Calvario. ella vio ahora que Aquel que es amor sería odiado; que Aquel que es paz, sería un pretexto para la guerra; que Aquel que es vida, sería ocasión de muerte; que Aquel que es verdad, sería el tema de todos los errores y herejías hasta el fin de los tiempos; que Aquel que es luz apartaría muchas almas por el mismo esplendor de su luz; que Aquel que vino para salvar al mundo, sería contradicho y crucificado por el mundo; que El sería la piedra de toque de todos los corazones; que de ahora en adelante todos los hombres tendrían que escoger su bando; que no habría más batallas parciales, más espadas a medio desenvainar, más lealtades divididas; que las personas, o se juntarían a Él, o se diseminarían, y que su contradicción de la misericordia haría su rechazo más fatal e inmisericorde.

Cuando María abandonó el templo aquel día entendió, como nunca había entendido antes, por qué los magos trajeron regalos de oro e incienso, y la más amarga, triste y dolorosa dádiva: la mirra. Ella vio ahora que la ley que le ataba a Él la ataría también a ella, y que mientras El tendría el árbol, ella tendría la espada; que así como Él era el nuevo Adán, ella habría de ser la nueva Eva; y que así como Eva fue instrumento en la caída, así ella sería instrumento en la salvación, como Co-Redentora del Cristo Redentor.

ORACIÓN

María, si tú hubieras sido separada de tu hijo divino, como un silencioso y pacífico jardín con el sol jugando delicadamente sobre él, lejos de la tormenta de gloria del Calvario, tú nunca habrías sido verdaderamente nuestra Madre. Cómo hubiera sido de terrible el mar de los dolores humanos si no hubiera existido tu luz brillando sobre ellos! Pero ahora que tú has sido llamada a co-redimir con Nuestro Redentor, vienes a ser la Madre de los afligidos. Enjuga nuestras lágrimas, pues tú entendiste los dolores; repara nuestros corazones rogos, pues el tuyo también fue roto! Aparta todas las espadas, pues tienes la empuñadura en tu mano. María, tú eres la Madre de los afligidos, pro si no lo fueras, nunca podrías ser la causa de nuestro gozo.

 

MUÉSTRAME TU GLORIA

Mirándote ahí no puedo

sin gemidos suspirar

hasta el cielo suplicar

y Tu perdón he de implorar

porque mucho he pecado.

 

Velo traigo en mis ojos;

nada puedo contemplar.

En Tu Corazón deseo entrar

para Tu Gloria vislumbrar

y el Amor que a mí has dado.

 

Crucificado y escarnecido,

atormentado y afligido.

Como el Profeta Mayor en la historia,

Te pido: “Muéstrame Tu Gloria”.

 

Resucitado y Glorificado,

de toda Vida y Salud colmado.

Como el ladrón en el Calvario,

Te pido: “Acuérdate de mí en Tu Gloria”.

 

P. Harley Carneiro, IVE

EL GRITO

 

Cuando del alto de un madero Tú gritabas,

atraías corazones; redención les ofrecías,

cuando apenas te miraban, grande paz les concedías,

por un grito que en la agonía

de Tu pecho exhalabas.

 

Cuando de un madero elevado proclamabas

Redención y Salvación nos ofrecías

a pesar de cuantas faltas te traían

Tú corazón enternecido se encontraba

cuando con un grito dolorido

de dentro de Tu pecho exhalabas.

 

Cuando del Trono de la Cruz gritabas,

al mundo entero y más allá te dirigías,

almas pesarosas, manchadas de tinieblas Tú querías.

“¡Tengo sed!” desde el Gólgota se escuchaba

cuando por un grito exprimido entre dolores

del profundo de tu alma exhalabas.

 

Cuando en Sicar ya no gritabas,

a un corazón afligido le socorrías.

“¡Tengo Sed!” también a ella le decías.

Paso a paso te revelabas y

manantial de Agua Viva prometías,

como en el susurro de un grito,

a una Samaritana al mediodía,

del fondo de Tu pecho susurrabas.

 

Cuando entre mis dedos te elevas,

en muchos corazones Tú pretendes

adentrarse y hacer morada cada día.

Pero a mí, cual Samaritana en el camino,

me gritas: “Tengo Sed!” y susurrando

Te respondo a Ti Eucaristía,

cuando dentro de mi pecho Te adentras,

y sediento de mi corazón te sacias.

 

P. Harley Carneiro, IVE

DESNUDECES

Viendo tu cuerpo herido así desnudo

inerte y tan perfecto,

teniendo abierto así el pecho

por sufrimientos tan crudos;

de un Amor así no dudo

[y creo],

mirando a tu cuerpo así desnudo

inerte y tan perfecto.

 

Tu Santo cuerpo así desnudo,

de Gloria pleno y de Vida.

De un Sepulcro a la alborada

qué puertas abres para el mundo.

De oír promesa así no dudo

[y espero],

que de tal Cuerpo así desnudo

de gloria me llene y de vida.

 

Sublime Cuerpo así desnudo

de Divinidad desposeído.

Feliz el hombre que ha creído

que el sacerdote en manos pudo

traer a Dios aquí, y recibiéndote no dudo

[y amo],

Sublime Cuerpo así desnudo

de Divinidad desposeído.

 

P. Harley Carneiro, IVE

 

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO – SAN AGUSTÍN

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

2. Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.

Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado. ¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven le habían sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.

Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, más el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º), t. XXIII, Sermón 139A, 1-2, BAC Madrid 1983, pág. 270-73

Finalmente reconoció al Rey de reyes…

Sobre el buen ladrón

Mons. Fulton Sheen

Al principio los ladrones le insultaban y blasfemaban; pero uno de ellos, que la tradición llama Dimas, volvió su cabeza para contemplar la mansedumbre y la dignidad del rostro del Salvador crucificado. Como un carbón arrojado en el fuego se transforma en ascua brillante y resplandeciente, así el alma negra de este ladrón, arrojada en los fuegos de la crucifixión, se inflamó en amor del Corazón Sagrado.

Cuando el ladrón de la izquierda decía: “Si eres el Cristo sálvate y sálvanos”, el ladrón arrepentido le increpó exclamando: “¿Ni tú temes a Dios viéndote bajo la misma condena?” “Y nosotros ciertamente con justicia porque recibimos la paga debida a nuestras obras; pero éste, ¿qué mal ha hecho?” Luego, el mismo ladrón le dirigió un ruego, no suplicando un lugar entre los poderosos, sino solamente el favor de no ser olvidado: “Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu Reino”.

Tal fe y tal arrepentimiento no van a quedar sin recompensa. Y en unas circunstancias en que el poder de Roma no logró hacerle hablar, cuando los amigos pensaron que todo estaba perdido y los enemigos que todo estaba ganado, nuestro Señor rompió el silencio. El que era acusado se convirtió en Juez, y el crucificado se tornó en Divino Asesor de las almas cuando contestó el ladrón penitente con estas palabras: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Este día, en que dices la primera y última plegaria; hoy, tú estarás conmigo y donde yo estoy; esto es, en el paraíso. Con estas palabras, Nuestro Señor, que se estaba ofreciendo a su Padre Celestial como la Gran Hostia, une consigo en la patena de la Cruz, la primera hostia pequeña ofrecida en la Misa —Hostia de un ladrón arrepentido— un tizón sacado de la hoguera; una gavilla arrancada de la cosecha terrena; el trigo triturado en el molino de la crucifixión y hecho pan para la Eucaristía, Nuestro Señor no sufre solo en la Cruz, sufre con nosotros. Por eso unió el sacrificio del ladrón con el suyo propio. Esto es lo que significa San Pablo cuando dice que debemos llenar aquello que falta en los sufrimientos de Cristo. No significa que Nuestro Señor en la Cruz no sufrió todo lo que pudo. Significa, más bien, que el Cristo histórico, físico, sufrió cuanto pudo sufrir en su naturaleza humana; pero que el Cristo Místico, que es Cristo y nosotros, no ha sufrido hasta nuestra plenitud de sufrimiento. No todos los demás buenos ladrones de la historia del mundo han reconocido ya su culpa y pedido su recuerdo. Nuestro Señor está ahora en el Cielo. Por tanto, no puede sufrir más en su naturaleza humana, pero puede sufrir más en las nuestras. Así, se dirige a otras naturalezas humanas; a la tuya, a la mía, y nos pide que hagamos lo que hizo el buen ladrón, esto es, que nos incorporemos a El en la Cruz, para que, participando en su crucifixión, podamos también participar en su Resurrección; para que hechos participantes de su Cruz, podamos ser también participantes de su Gloria en el Cielo.

Como nuestro Divino Señor en aquel día escogió al ladrón como pequeña hostia de sacrificio, así hoy nos escoge a nosotros como otras pequeñas hostias, unidas con la suya en la patena, del altar. Volved los ojos de vuestra mente a la Misa, a cualquier Misa de las que se celebraban en los primeros siglos de la Iglesia, antes de que la civilización se volviese totalmente financiera y económica. Si asistiéramos al Santo Sacrificio en la Iglesia primitiva, llevaríamos al altar cada mañana pan y vino. El sacerdote tomaría un trozo de aquel pan sin levadura y un poco de aquel vino para el Sacrificio de la Misa. El resto lo pondría aparte, lo bendeciría y los distribuiría, entre los pobres. Actualmente no llevamos el pan y el vino. Damos lo equivalente; aquello con que compramos el pan y el vino. Por eso la colecta, en el Ofertorio. ¿Por qué llevamos a la Misa el pan, el vino o el equivalente? Llevamos el pan y el vino porque esas dos cosas, entre todas las de la naturaleza, son las que mejor representan la esencia de la vida. El trigo es como el meollo de la tierra y los racimos como su verdadera sangre y ambos nos proporcionan a nosotros el cuerpo y la sangre de la vida. Llevando esas dos cosas, que nos dan la vida, que nos nutren, equivalentemente nos llevamos a nosotros mismos al Sacrificio de la Misa.

Nosotros, pues, estamos presentes en todas y en cada una de las Misas bajo las apariencias de pan y vino, que representan simbólicamente nuestro cuerpo y nuestra sangre. No somos espectadores pasivos, como podemos serlo en un teatro contemplando el espectáculo, sino que estamos ofreciendo nuestra Misa con Cristo. Si algún cuadro pinta adecuadamente nuestro papel en el drama es éste: Una gran cruz se alza ante nosotros en la cual está tendida la Gran Víctima, Cristo. Alrededor de la colina del Calvario están nuestras pequeñas cruces, en las cuales nosotros, las pequeñas hostias, vamos a ofrecernos. Cuando Nuestro Señor va a su Cruz, nosotros vamos a nuestras pequeñas cruces y nos ofrecemos a nosotros mismos en unión con Él, como una oblación pura, al Padre Celestial. En este momento nosotros cumplimos literalmente el mandato del Señor hasta en su mínimo detalle: “Toma tu cruz cada día y sígueme”. Al hacerlo así no nos pide algo que El no haya hecho primero. Ni sirve de excusa el decir: “Yo soy una pobre hostia sin valor” Así era el ladrón.

Notad que hubo dos actitudes en el alma de aquel ladrón que le hicieron agradable a Nuestro Señor. Fue la primera el reconocimiento del hecho: él merecía lo que estaba sufriendo, no así Jesucristo, que, impecable, no merecía la Cruz. En otros términos, era un arrepentido. La segunda fue la fe en aquel que los hombres rechazaban, pero que el ladrón reconoció como el verdadero Rey de los Reyes.

Fragmento del libro “El Calvario y la Misa”.

TAHÚRES EN EL CALVARIO – FULTON SHEEN

FRAGMENTO DEL LIBRO EL ETERNO GALILEO (Fulton Sheen)

Capítulo 11: Los tahúres en el Calvario

“[…] Las escenas cambian, pero la lección sigue siendo la misma. La Divinidad está aún en el mundo, y el mundo no la recibe. En todas sus clases sociales, el mundo continúa jugando las perlas de la eternidad por las lentejuelas del tiempo, sin dignarse dar siquiera una mirada a la Divinidad que Cristo ha dejado a su Iglesia. Si quieres saber dónde está la Divinidad en el siglo veinte, busca la Iglesia que ellos rechazan con la misma indiferencia crucificante con que rechazaron en el siglo primero al Señor de los cielos y la tierra. Observad la indiferencia en los campos de educación, política internacional, y religión.

[…] Entrad ahora al campo de la política internacional. Año tras año, en Washington, Londres, Genova y Lausanna, los representantes de las grandes naciones se congregan en un deseo verdaderamente sincero por unir a todos los pueblos en un lazo de unidad y paz. Pero año tras año sus tratados fracasan: ¿Y por qué?  Porque no hay nada fuera de las naciones para unirlas. Un hombre no puede envolver un paquete si él es parte de ese paquete; un hombre no puede hacer su valija si él es uno de los artículos que va dentro de esta valija. De igual manera, las naciones no pueden ligarse unas a otras en una liga si ellas son parte de esa liga. Y si son parte de esa liga sus tratados meramente significan obediencia o algún otro político más; y si nosotros difícilmente obedecemos a nuestros propios políticos, sólo el cielo sabrá si obedecemos a un político más. Sólo hay una cosa en el mundo que puede unir a todas las naciones en el lazo de paz, y tiene que ser algo fuera de las naciones mismas. Pero hay una sola cosa en el mundo que no solamente es internacional sino también supra-nacional y es la Iglesia cuyo Vicario es el padre espiritual de toda la Cristiandad, y cuya única fuerza es la fuerza moral de la Justicia y la Bondad de Cristo. Como ha dicho James Brown Scott, secretario de la Dotación Carnegie para la paz:

“Una disputa que se pusiera ante el Estado del Vaticano para que éste decidiera, estaría libre de la sugerencia de fuerza material que obligase su aceptación; estaría desconectada de cualquier idea de expansión territorial; tendría una presunción de Justicia en su favor, porque el Estado mismo es el reconocimiento de la justicia; y la decisión, cualquiera que pudiera ser, forzosamente tendría que estar en conformidad con el código moral de los siglos, y estar dominada por una concepción espiritual de las cosas, sin la cual los jueces temporales a veces juzgan.”

 ¿Y sin embargo, cuál es la actitud de las naciones en frente a esta fuerza moral, que está por encima de las naciones porque tiene que ver directamente con la salvación de las almas? Año tras año las naciones se encuentran en el Calvario de los campos de batalla del mundo, arrojan los dados de la política internacional, discuten sobre patrones de oro, armas de largo alcance y balanza comercial, y en todo este tiempo está allí en medio de ellos alguien que vino a traer la paz al mundo y que podría ser el arbitro de las naciones porque es la fuerza espiritual que está fuera de las naciones: y ellos solamente se sientan y vigilan.

Sugerir a nuestros políticos internacionales que el Estado Vaticano es la única Corte Internacional de Justicia moral, sería tan absurdo como haber sugerido a los tahúres del Calvario que el Hombre en la Cruz es la Fuerza Moral del mundo; pero la verdad aún sigue en pie: la Salvación para las naciones está en lo que los hombres tanto ignoran, y en cuya presencia juegan sus trucos de intriga cuando se limitan a sentarse y vigilar.”

Que la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, conceda de su Hijo Amado, la paz que tanto necesita el mundo.

Ave María Purísima.

LA SED DE UNA MUJER

Del Tratado de San Agustín, obispo, sobre el Evangelio de San Juan

Llegó una mujer. Esta mujer es figura de la Iglesia no justificada aún, pero en vías de justificación, ya que de esto trata el relato. Llegó ignorante de lo que allí le esperaba, encontró a Cristo, y éste le dirigió la palabra. Veamos qué palabras y por qué. Llegó una mujer samaritana a sacar agua. Los samaritanos no eran de raza judía, eran tenidos por extranjeros. Concuerda con el simbolismo del relato el hecho de que esta mujer, figura de la Iglesia, venga de un pueblo extranjero, ya que la Iglesia había de venir de entre los gentiles, de los que no eran de raza judía.

Por tanto, oigámonos a nosotros en sus palabras, reconozcámonos a nosotros en ella, y en ella demos gracias a Dios por nosotros. Ella era figura, no realidad; pero ella misma comenzó por ser figura y terminó por ser realidad. Creyó, en efecto, en aquel que quería hacerla figura de nosotros. Llegó, pues, a sacar agua. Había venido simplemente a sacar agua, como acostumbraban hacer todos.

Jesús le dijo: «Dame de beber.» Mientras tanto sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alguna cosa para comer. Díjole la samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Conviene saber que los judíos no alternan con los samaritanos.

Veis cómo se trata de extranjeros: los judíos no usaban en modo alguno de sus vasijas. Y aquella mujer, que llevaba consigo una vasija para sacar agua, se admira de que un judío le pida de beber, cosa que no solían hacer los judíos. Pero el que le pide de beber, en realidad, de lo que tiene sed es de la fe de aquella mujer.

Escucha quién es el que le pide de beber: Jesús le respondió: «Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.» Pide de beber y promete una bebida. Se presenta como quien está necesitado, y tiene en abundancia para saciar a los demás. Si conocieses —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero de momento habla a aquella mujer de un modo encubierto, y va entrando paulatinamente en su corazón. Seguramente empieza ya a instruirla. ¿Qué exhortación, en efecto, más suave y benigna que ésta? Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.

¿Qué agua había de darle, sino aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Pues no pueden ya tener más sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa.

Prometía el alimento y saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo entendía aún; y, por eso, ¿qué respondía? Exclamó entonces la mujer: «Señor, dame de ese agua, para que no sienta ya más sed ni tenga que venir aquí a sacar agua.» La necesidad la obligaba a fatigarse, pero su debilidad recusaba la fatiga. Ojalá hubiera podido escuchar aquellas palabras: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. Porque todo esto se lo decía Jesús para que no tuviera ya que fatigarse, mas ella no lo entendía aún.