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Los sufrimientos morales de Cristo

Para adentrarse en el corazón de Jesús

San Alberto Hurtado

 

Parece presunción comentar los hechos y dichos de Nuestro Señor, sino es adorándolos y meditándolos, pero sobre todo sus hechos y dichos durante la Pasión.

Jesús tomó cuerpo y alma… Miremos los dolores en su alma inocente.

El Hijo de Dios asumió no sólo un cuerpo sino un alma. Él mismo creó el alma que tomó, mientras su cuerpo lo tomó de la carne de la Virgen María. Y así como tomó un cuerpo capaz de ser herido, atormentado, de morir; así también tomó un alma que podía sufrir todos los dolores del alma humana: soledad, angustia, asco…

Los sufrimientos de su cuerpo son más fácilmente percibidos. Baste mirar el crucifijo para penetrarlos… no así los de su alma, que están lejos de toda descripción, y aún de todo pensamiento, y anticiparon sus sufrimientos corporales.

La agonía, una pena del alma fue el primer acto del tremendo sacrificio: Mi alma está triste hasta la muerte….

No era el cuerpo sino el alma el asiento más hondo del dolor del Dios Eterno. Todo Él sufría, cuerpo y alma, en su cuerpo animado… en su alma incorporada; pero sufría en su cuerpo porque sufría en su alma, y algunos dolores -los espirituales- los padecía primariamente en su alma, único receptáculo de ellos, si bien por la unión se reflejaban también en su cuerpo.

Los seres vivientes sufren más o menos según su calidad espiritual. Los brutos sienten mucho menos que el hombre porque no piensan, no reflexionan sobre su dolor, no prevén. Lo que más hace duro el dolor es la fijación de la mente en él; lo que aparta la mente del dolor, lo alivia. Por eso los amigos tratan de distraernos cuando sufrimos, porque la distracción -como dice la palabra- nos aparta del dolor. Si el dolor es débil, tienen éxito y así llegamos a no sentir lo que sufrimos.

Consideremos además que lo intolerable en el dolor no es tanto su intensidad sino su continuidad: gritamos que no podemos soportar más, esto es, que no podemos seguir soportando tanto dolor. La pena que prevemos agudiza lo que ahora sufrimos; y la que recordamos cada momento pasado, parece que va toda junta a renovarse en el siguiente. Este es el privilegio del hombre sobre el animal, poder reflexionar, que se traduce en poder sufrir más.

Pero el alma humana que tiene una comprensión intelectual del dolor, como un todo difundido a través de momentos que pasan, tiene por eso una fuerza trágica en su dolor.

¿Por qué el Señor no aceptó sino probar el vino mirrado? Porque esta poción lo habría adormecido y quería llevar su dolor en toda su intensidad y en toda su amargura.

Él los habría evitado ardientemente si ésta hubiese sido la voluntad de su Padre: si es posible… pase de mí este cáliz (cf. Mt 26,39)… pero ya que no es posible, dice con calma al Apóstol que intentaba rescatarlo del dolor: El cáliz que me ha dado a beber mi Padre, ¿no he de beber?.

Ya que debía sufrir, se entrega a sí mismo al dolor. No había venido para evitar el dolor. Salió pues al encuentro y quiso que imprimiera en Él cada una de sus garras.

Y como los hombres por ser superiores a los animales son más afectados por el dolor por su espíritu, superior a su alma animal, así Nuestro Señor resistió el dolor en su cuerpo con una conciencia y, por consiguiente con una viveza, con una intensidad y unidad de percepción que nadie puede sospechar, ya que tenía la perfecta posesión de su alma, y estaba ésta libre de toda distracción, ligada al dolor y sometida al sufrimiento. Así se puede en verdad decir que padeció su Pasión entera en cada uno de sus instantes.

Recordemos que Nuestro Señor aunque perfecto hombre era diferente de nosotros en que había en Él un poder más grande aún que su alma, que dirigía su alma: la Divinidad. El alma de cada uno de nosotros está sometida a los deseos, a los sentimientos, a los impulsos y pasiones que le son propios; mientras que el alma de Nuestro Señor no estaba sometida sino a su Divina Persona Eterna. Nada llegaba a su alma por la pura casualidad, jamás era sorprendida de improviso, nada le afectaba sino lo que quería que le afectara.

Nosotros somos víctimas involuntarias de agentes, circunstancias que se echan sobre nosotros, sin poderlo prever ni evitar; en cambio Nuestro Señor no podía estar sujeto a nada que Él no quisiese plenamente. Cuando Él aceptaba temer, temía; cuando aceptaba irritarse, se irritaba. No estaba abierto a las emociones, pero Él se abría voluntariamente a las influencias que debían conmoverlo. En consecuencia cuando resolvió sobrellevar los sufrimientos de su Pasión expiatoria lo hizo con plena aceptación y en la plenitud de su capacidad de sufrir: no lo hizo a medias, no buscó como nosotros apartar su espíritu del sufrimiento. Él dijo: He venido a hacer tu voluntad, Padre mío. No has querido víctimas ni holocaustos, me has preparado un cuerpo para sufrir y en él y en su alma sufriré plenamente (cf. Hb 10,9). Y cuando llegó su hora, la hora de Satán y de las tinieblas, se ofreció entero como holocausto con toda su presencia de espíritu, toda su lucidez, toda su conciencia. Su pasión fue una intención presente y absoluta. Su energía vital estaba toda entera cuando su cuerpo yacía moribundo. Y si murió fue por un acto de su voluntad. Inclinó la cabeza en señal de mandato tanto como de resignación: En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu (Lc 23,46). Y dichas estas palabras entregó su alma; sin perderla.

De aquí vemos que aunque Nuestro Señor no hubiera sufrido sino en su cuerpo, y aunque sus dolores hubiesen sido menores que los de los otros hombres, hubiera sufrido infinitamente más porque el dolor ha de ser medido por la conciencia que se tiene del dolor. El Hijo de Dios en su naturaleza humana agotando hasta su última gota el cáliz del dolor.

“Mi alma está triste hasta la muerte”. Estas palabras nos permiten responder a quienes piensan que Jesús Nuestro Señor tenía en su dolor algo que lo aliviaba, que disminuía su carga. ¿Qué podría ser esto?

Objeciones:

El sentimiento de su inocencia: Todos sus perseguidores estuvieron convencidos que condenaban a un inocente: “Condené sangre inocente” (Judas, cf. Mt 27,4). “Estoy limpio de la sangre de este justo” (Pilato, cf. Mt 27,24); “En verdad era justo” (Centurión, cf. Lc 23,47)…

Si los pecadores atestiguaban su inocencia, ¡cuánto más su propio corazón! Y todos experimentamos que del sentimiento de nuestra inocencia o de nuestra culpabilidad depende nuestra fuerza de resistencia al dolor, en Él el sentimiento de su santidad debía aniquilar su vergüenza.

Además, Él sabía que su dolor era breve, que sería condenado por el triunfo: es la incertidumbre lo que más nos atormenta… No podía conocer la incertidumbre, el abatimiento, ni la desesperación, porque nunca fue abandonado!!

Respuesta:

Todo esto es cierto, lo que quiere decir que Nuestro Señor fue siempre “Él mismo”, que jamás perdió su equilibrio. Lo que sufrió lo padeció porque deliberadamente se expuso al dolor: con deliberación y perfecta calma. Así como dijo al Paralítico: quiero, sé sano; al leproso: sé limpio; al centurión: iré y sanaré; a Lázaro: sal fuera… Así ahora dijo: voy a comenzar a sufrir. La tranquilidad es la prueba del dominio absoluto de su alma. Abrió la compuerta y las olas del dolor inundaron su corazón. San Marcos, que lo supo de San Pedro, nos dice: “Vinieron al lugar llamado Getsemaní… tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y comenzó a ser invadido por el miedo y el abatimiento” (cf. Mc 14,33). Obra deliberadamente: va a un sitio, después dando una orden levanta, por decirlo así, el apoyo de la Divinidad a su alma y se precipitan en ella el terror y la angustia. Entra en su agonía moral en forma tan definida como si se hubiera tratado de un tormento físico: de los azotes o las espinas.

Siendo esto así no se puede decir que Nuestro Señor haya sido sostenido en su prueba por el sentimiento de su inocencia o la anticipación de su triunfo, ya que la prueba consistía precisamente en retirar esos sentimientos, como todo otro motivo de consuelo. Su voluntad se abandonaba a sí misma a todas las amarguras: así como los que son dueños de sí mismos pasan de una reflexión a otra, Nuestro Señor se rehusó deliberadamente todo consuelo y se empapó en el dolor. En ese momento su alma no pensaba en el porvenir. No pensaba sino en la carga presente que pesaba sobre Él y que había venido a llevar.

Y ¿cuál era esta carga que cayó sobre Nuestro Señor cuando abrió su alma al dolor? Una carga que conocemos bien, que nos es familiar, pero que para Él era un tormento indecible. Tuvo que llevar un peso que nosotros llevamos con inmensa facilidad, con tanta naturalidad que nos parece raro llamarlo “carga”, pero que para Él tuvo el olor envenenado de la muerte. Tuvo que llevar el peso del pecado… nuestros pecados, los pecados de todo el mundo. El pecado nos parece poca cosa; nos es familiar… casi no comprendemos por qué Dios lo castiga y cuando vemos que aún aquí Dios lo castiga buscamos otra explicación o desviamos nuestra atención.

Pero pensemos que el pecado en sí mismo es una rebelión contra Dios, es el gesto de un traidor que trata de derribar a su soberano y matarlo. Es un acto -la expresión es muy fuerte- que si fuera capaz aniquilaría al Dueño de todo. El pecado es el enemigo mortal del 3 veces santo, de modo que el pecado y Él no pueden vivir juntos, y así como el Santísimo lanza de sí al pecado a las tinieblas; así también, si Dios pudiera no ser Dios, o ser menos que Dios, sería el pecado el que tendría la capacidad de hacerlo.

Notemos que cuando el Amor todopoderoso al encarnarse entró en este sistema de cosas creadas y se sometió a sus leyes, inmediatamente este adversario del bien y de la verdad, aprovechando la oportunidad, se lanzó sobre esta Carne Divina y la rodeó hasta hacerla perecer. La envidia de los fariseos, la traición de Judas y la demencia del pueblo no eran más que el instrumento y la expresión de la enemistad del pecado contra la Eterna Pureza puesta ahora a su alcance. El pecado no podía herir a la Divina Majestad, pero podía atormentarlo -como Dios mismo consentía- por intermedio de su humanidad. Y el desenlace del drama, la muerte de Dios Encarnado, nos enseña lo que es el pecado en sí mismo y cuál va a ser el fardo que caerá con todo su peso sobre la naturaleza humana de Dios, cuando Él permita que su naturaleza sea invadida de miedo y terror ante la perspectiva de este asalto.

En esta hora horrible el Salvador del mundo se puso de rodillas, dejando de lado sus privilegios divinos, alejando a su pesar a sus Ángeles que hubieran querido por millones venir a rodearlo, abrió sus brazos, descubrió su pecho para exponerse inocente al asalto del enemigo, de un enemigo cuyo aliento era pestilencia, cuyo abrazo era agonía. Estaba de rodillas inmóvil y silencioso mientras que el demonio impuro envolvía su espíritu de una ropa empapada de todo lo que el crimen humano tiene de más odioso, y que se apretaba junto a su corazón; mientras que invadía su conciencia, penetraba todos sus sentidos, todos los poros de su espíritu y extendía sobre Él su lepra moral hasta hacerlo sentirse -si fuera posible- tan repugnante como su enemigo hubiera querido hacerlo.

Cuál no sería su horror cuando al mirarse no se reconoció, cuando se encontró semejante a un impuro, a un detestable pecador, por este amasijo de corrupción que llovía desde su cabeza hasta la falda de su túnica. ¡Cuál sería su extravío cuando vio que sus ojos, sus manos, sus pies, sus labios, su corazón eran como los miembros del malvado y no los del Hijo de Dios! ¿Son éstas las manos del Cordero de Dios antes inocentes y rojas ahora con 10.000 actos bárbaros y sanguinarios? ¿Son éstos los labios del Cordero, estos labios que no pronuncian oraciones, ni alabanzas, ni acciones de gracias sino que manchan los juramentos falsos y las perfidias y doctrinas demoníacas? ¿Son éstos los ojos del Cordero, ojos profanados por visiones malignas, por fascinaciones idolátricas por las cuales los hombres han abandonado a su Creador? Sus oídos escuchan el ruido de fiestas y de combates. Su corazón helado por la avaricia, la crueldad y la incredulidad… Su memoria está cargada con la memoria de todos los pecados cometidos desde el de Eva en todas las regiones de la tierra, la lujuria de Sodoma, la dureza de los egipcios, la ingratitud y el desprecio de Israel.

¿Quién no conoce la tortura de una idea fija que vuelve y vuelve sin cesar y nos obsesiona ya que no nos puede seducir?

O de un fantasma pavoroso que no nos pertenece pero que desde fuera se impone a nuestro espíritu… He aquí los enemigos que os rodean por millones, mi Salvador, que se abaten sobre vos en plagas más fuertes que las de la langosta o los gusanos de los sembrados, o las moscas enviadas contra el Faraón!

Todos los pecados de los vivos y de los muertos, de los que aún no han nacido, de los condenados y de los escogidos: todos están allí. Y vuestros bien amados están también allí, vuestros santos, vuestros escogidos, vuestros Apóstoles Pedro, Santiago, Juan, no para consolaros sino para aplastaros “lanzando el polvo contra el cielo” (cf. Job 2,12) como los amigos de Job y amontonando maldiciones sobre vuestra cabeza… Allí están todas las creaturas, menos una, la que no tuvo parte en el pecado. Ella sola podría consolaros, y es por eso que no está allí! Vendrá junto a vos, en la Cruz, pero en el jardín no estará. Ella ha sido vuestra compañera, confidente toda la vida, ha conversado con vos durante 30 años, pero sus oídos virginales no sabrían captar, ni su corazón inmaculado concebir, lo que se ofrece ahora a vuestra vista. Sólo Dios podía llevar esa carga. Vos habéis presentado a vuestros santos la imagen de un solo pecado tal como aparece ante vuestra Faz, la imagen de un pecado venial, no mortal, y nos han dicho que habrían muerto a su vista si tal imagen no la hubierais removido rápidamente. La Madre de Dios, a pesar de toda su santidad, o mejor por su misma Santidad, no habría podido soportar la vista de una de esas obras de Satanás que os rodean.

Es la larga historia del mundo y no hay más que Dios que pueda soportar su peso. Esperanzas engañadas, votos rotos, luces extinguidas, advertencias despreciadas, ocasiones fallidas, inocentes engañados, jóvenes endurecidos, penitentes que recaen, justos perseguidos, ancianos alejados, sofismas de la incredulidad, pasiones devastadoras, orgullo concentrado, tiranía del hábito, gusano roedor del remordimiento, angustia de la vergüenza, desesperación… tales son las escenas desgarradoras, enloquecedoras que se ofrecen a Jesús.

Todo esto reemplaza frente a Él la paz inefable que no ha cesado de bañar su alma desde su concepción. Estas imágenes están en Él, son casi suyas; invoca a su Padre como si fuera el criminal, no la víctima. Su agonía toma la forma de la culpabilidad y de la compunción. Hace penitencia. Se confiesa. Hace acto de contrición de una manera infinitamente más real, más eficaz que todos los penitentes reunidos, porque es para nosotros todos la única víctima, el único holocausto expiatorio, el verdadero penitente, sin ser -sin embargo- el verdadero pecador.

Se levanta deshecho y se vuelve para ver al traidor y su banda que furtivamente se deslizan en la sombra. Mira, y ve sangre en su ropa y en las huellas de sus pasos. ¿De dónde vienen estas primicias de la pasión del Cordero? Las varas de los soldados no han tocado todavía sus espaldas, ni los clavos del verdugo sus manos y sus pies. Ha derramado su sangre antes de la hora; su alma agonizante ha roto su envoltura de carne para hacerle saltar afuera. La Pasión ha comenzado en su interior. Este corazón en suplicio, sede de ternura y de amor, se ha puesto ha palpitar con una vehemencia que va más allá de su naturaleza: “se han roto las fuentes del gran abismo”… Su sangre ha caído en tal abundancia y furor que sale por los poros, forma como un rocío espeso sobre su cara, su cuerpo, y gotas pesadas mojan sus vestidos y caen al suelo.

“Mi alma está triste hasta la muerte” (Mt 26,38). Su pasión comienza por la muerte: no conoce fases ni crisis, toda esperanza está perdida desde el principio, lo que aparece como evolución no es más que el proceso de disolución. La Víctima si no murió fue porque su omnipotencia prohibió a su corazón partirse y a su alma separarse de su cuerpo antes de haber sufrido la Cruz.

Nuestro Señor no había agotado todavía todo su Cáliz. El arresto, la acusación, la bofetada, los azotes… la Cruz, todo esto faltaba por llegar. Es necesario que una noche y un día pasen lentamente, hora por hora antes que venga el fin, antes que la expiación sea consumada. Cuando llegó el momento y dio Él la orden, su pasión terminó por su alma como había comenzado. No murió de agotamiento corporal, ni de dolor corporal… Encomendó su Espíritu a su Padre y murió.

[Coloquio ]

Oh Corazón de Jesús, Oh Vos todo amor, os ofrezco estas humildes oraciones por mí mismo y por todos aquellos que se unen en espíritu a mí para adoraros. Oh Santísimo Corazón de Jesús me propongo renovar estos actos de adoración por mí mismo, miserable pecador, y por todos aquellos que se han asociado a vuestra adoración hasta el último suspiro. Os encomiendo, Oh Jesús, la Santa Iglesia vuestra querida Esposa y nuestra dulce Madre, a los que practican la justicia, todos los pobres pecadores, los afligidos, los moribundos y todo el género humano. No sufráis que vuestra sangre se haya derramado en vano por ellos, y dignaos aplicar sus méritos al alivio de las benditas almas del purgatorio, en particular por aquellos que en su vida os han devotamente adorado.

Tomado de:  “Un disparo a la eternidad” , pp. 303-310 – s38y03

“Los dos dolores”

Sobre las negaciones de Pedro…

(Lc 22, 54-62)

“…El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro.

Este recordó las palabras que el Señor le había dicho:

“Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces”.

Y saliendo afuera, lloró amargamente.”

 

P. Jason Jorquera M.

 

No es difícil ni oscuro comprender que el corazón de Pedro quedó completamente destrozado al momento de que su mirada se encontrara con la de Jesús, luego de haberlo negado. Por eso salió afuera y lloró amargamente[1].

Este dolor de Pedro –lo sabemos- ha sido uno de los más terribles de la historia, uno de los más quemantes, de los más profundos, porque fue Pedro mismo quien “reconoció”, primero que todos los discípulos, la filiación divina de Jesús con el Padre[2]; fue además uno de aquellos doce elegidos para “estar junto con Él”[3]; y aquel “nuevo pescador”[4] que horas antes había prometido seguirlo incluso hasta la muerte si fuese necesario[5]; y sin embargo, no sólo lo abandonó antes en el Huerto sino que ahora también lo niega públicamente ante los hombres; y tan cerca (como solía estarlo) que no pudo evitar que los ojos de Jesús, cargados de tristeza, lo miraran en el alma produciendo el gigantesco “reproche de una conciencia apostólica”, electa, que se traduce en este dolor terrible que, según la tradición, quedará impreso en el rostro visible del primer Papa de la Iglesia, bajo los surcos de las lágrimas de compunción más abundantes; y sin embargo, con todo, éste era un “dolor justo”; porque era el dolor de la culpa.

Pero pasemos ahora del corazón del apóstol al del Maestro; porque así como tenemos aquí dos miradas sobre el escenario –propiamente, dos almas-, así también tenemos dos dolores. Y he aquí la diferencia principal entre el dolor de Pedro y el del Hijo de Dios: Jesucristo, a quien también se le destrozó el corazón (y desde antes), se encuentra en una dimensión completamente distinta: ¡sufrió más!, y no tan sólo por haber sido negado por su vicario[6], por su amigo[7], sino más aún porque en su alma anidó un dolor del todo diferente y mucho más hiriente que el del negador, un dolor que clamará al Cielo desde la cruz enraizado en lo más recóndito del corazón, comenzando allí la agonía que se prolongará hasta el trance decisivo del Calvario; y nos referimos al dolor de la inocencia, es decir, “el más injusto de los sufrimientos.”

Sufrir en reparación de nuestras faltas está bien. De hecho los santos siempre han ofrecido sacrificios, unos más dolorosos que otros, para expiar los pecados, ya sean los suyos propios o los de los demás hombres: sufren, así, para saldar en la medida de lo posible el mal cometido contra Dios. Jesucristo, en cambio, sufre pura e injustamente la afrenta, ¡nada debe expiar de su parte!, y sin embargo, ha decidido tomar nuestro lugar, el de aquellos que negamos a Dios con nuestros pecados, y expiarlos Él mismo por nosotros: el Hijo de Dios viene a saldar con su propio sufrimiento nuestras ofensas contra Él; y al ser Dios y hombre perfecto, comprende perfectamente también cuán injusto es el proceder de los hombres, y cuánto duele la traición-negación de sus amigos; y en definitiva, el contraste terrible que existe entre los beneficios prodigados por Dios a los hombres, y la negación de éstos por medio del pecado. Pero demos un paso más, y consideremos someramente el contenido espiritual de este pasaje evangélico, sabiéndonos tantas veces en el lugar de Pedro, pues en cada pecado que cometimos el Señor se volvió y nos miró; es más, nos sigue mirando a cada instante, tal vez esperando vernos llorar arrepentidos también como Pedro; quizás aguardando el justo dolor de la culpa y haciéndonos recordar que Él también lloró al contemplar Jerusalén[8], la ciudad elegida, al ver en ella tantos corazones endurecidos.

El “justo dolor de Pedro” comenzó cuando Jesucristo se volvió y lo miró. El “dolor injusto” del Dios encarnado, en cambio, comenzó cuando los hombres dejaron de volverse a Dios. Veamos, pues, aquí la clara invitación que el Todopoderoso nos hace de volvernos hacia Él, de corresponder a su paternal mirada llorando lo que haya que llorar; ¡qué importa mientras expiemos nuestras faltas!, y aun cuando sufriésemos injustamente, ¿acaso el dolor inocente no nos asemeja más a Cristo?, ¿acaso no es más agradable, por esta misma razón, al Padre?

Dos dolores…, dos corazones y dos razones: el justo reproche y la injusta afrenta; y sin embargo, por divina disposición ambos quedan perfectamente armonizados dentro del plan de salvación, si así lo decide el pecador arrepentido, puesto que nuestro “justo dolor de los pecados” -que se llama compunción-, asentado en las bondadosas manos de Dios nos sirve para expiar “el dolor de la inocencia”; o mejor dicho, el injusto dolor del Inocente. Y nos enseña a vivir con los ojos del alma vueltos a Dios.

“Despreciable y deshecho de hombres, Varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que Él llevaba y nuestros dolores los que soportaba!…”

Isaías 53, 3-4

[1] Lc 22,62

[2] Mt 16,16: Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

[3] Cf. Mc 3,13

[4] Cf. Lc 5,10

[5] Cf. Mt 26, 33-35

[6] Cf. Mt 16, 18

[7] Cf. Jn 15,15

[8] Cfr. Lc 19,41

El beso de Judas

Una fidelidad que valía treinta monedas…

Mt 26, 45-50. Mc 14, 41-45. Lc 22, 47-53.

Pero Jesús le dijo: Judas,

¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?

P. Jason Jorquera M.

 

Uno de los tantos aspectos que diferencian al hombre de Dios es el del “poder y no poder hacer el mal”. Es así que todo aquello de negativo que se cruce en nuestras vidas siempre quedará, en definitiva, inmerso en el misterio de la divina permisión, el cual normalmente expresamos así: Dios no quiere los males, sino que a veces los permite, y esto no por falta de virtud o de poder –¡claro que no!, lo sabemos-, sino todo lo contrario; porque es tal y tan grande el amor que nos tiene, que nos ha regalado a cada uno de nosotros un don eximio, una especie de diamante de valor inmensurable, cuya característica principal es la de ser expresión de su amor por nosotros a la vez que impronta espiritual, de tal exclusividad, que constituye semejanza con Él, en cuanto nota característica de los seres espirituales. Y ese don se llama libertad, el cual Dios respeta a tal punto que jamás nos priva de ella. Es así que como todo otro don implica la gran responsabilidad de ser empleado correctamente, ya que lo contrario significaría hacer el mal, y esto puede hacerlo el hombre por propia decisión, pagando luego él mismo y los demás las tristes consecuencias. Pero dejemos  bien en claro que no nos referimos aquí al pseudo-concepto de libertad que hoy en día se nos quiere transmitir, es decir, el famoso slogan “haz lo que quieras”, sino al de la loable sentencia agustiniana que nos dice “ama y haz lo que quieras”; ambos completamente opuestos, por la sencilla razón de que el uno termina en el Reino de los Cielos, mientras el otro en la triste e irrevocable separación de la eterna Bienaventuranza.

Hablar de verdadera libertad, es hablar del don que nos hace capaces de elegir a Dios, es decir, aptos para abrazar lo correcto y fuertes para renunciar al pecado y romper sus cadenas. Es por eso que san Agustin llega a afirmar que el que ama –y se refiere al amor verdadero: no sensiblero, no pasional, no fugaz o condicionado-, puede hacer lo que quiera, ¿por qué?, porque el que ama “de verdad” sabe bien (y así lo asume) que el amor verdadero es esencialmente oblativo, es decir, capaz del sacrificio propio con tal del bien del amado. El simplemente “haz lo que quieras” que nos presenta el mundo como ejercicio propio de la libertad, sin tener como timón de nuestro obrar el verdadero amor a Dios, constituye un malicioso error que busca tan sólo perder el alma haciéndola rebelarse, paradojalmente, contra la finalidad misma de la libertad, puesto que su criterio no es el amor verdadero sino la conveniencia mundana, también llamada “amor egoísta” o falso amor, que es el de aquel que no está dispuesto a sacrificar –o sacrificarse-, el que no quiere hacer renuncias; en definitiva, el que “libremente se ata con las cadenas del pecado”, corrompiendo así la libertad, su libertad, empleándola absurdamente contra Aquel que por amor se la concedió como capacidad -reiteramos-, de elegir el bien y hacer así meritoria nuestra elección. Libertad, entonces, no es tanto “posibilidad” cuanto “capacidad” del bien.

Corromper los dones de Dios es como arrojar al lodo un collar de perlas, y peor aún. Reprochar al Creador que haga justicia al pecador rebelde que no quiere convertirse, es la más contradictoria injusticia que puede hacerle el hombre; y alegar que “porque soy libre puedo ceñirme las cadenas del pecado”, constituye un penoso y egoísta engaño, el cual como todas las acciones del hombre, delante de Dios, comporta necesariamente consecuencias.

Dejamos todo esto bien en claro en esta extensa introducción porque justamente en el encuentro crucial de la noche del Jueves Santo, entre Judas y Jesucristo –que ahora pasamos a considerar-, tenemos un manifiesto y triste ejemplo de esta corrupción de la libertad en un aspecto terriblemente negativo: la traición; ya que así como Jesucristo, a fuerza de amor, pudo permanecer fiel a su misión redentora pese al indecible y sin par dolor de su corazón[1], así también merced al siempre oscuro misterio del pecado, Judas fue capaz de transformar un gesto lleno de respeto, confianza y amor, en un criminal acto de perfidia, y al punto tal que hasta el día de hoy su nombre nos llega inevitablemente unido a ella.

Retomando el inicio de este escrito podemos decir que: Jesucristo, Dios encarnado, “no pudo no llegar hasta el final”, porque libremente había entregado su voluntad al Padre[2]; Judas, en cambio, “libremente pudo hacer traición a su Señor”… Y la respuesta, como se deja ver, la encontraremos siempre en el ámbito de aquello que verdaderamente ama más el hombre: a Dios o a sí mismo.

El beso: expresión del afecto ultrajada

 Para hablar acerca del beso de Judas no está de más recordar algunos pasajes de la Sagrada Escritura en los que este gesto, normalmente ligado al afecto que desean expresar los corazones, nos revela sus diversos matices. Así, por ejemplo, Labán corrió al encuentro de Jacob al enterarse que era el hijo de su hermana, y luego de abrazarlo enseguida lo besó[3]; y lo mismo hizo éste último al reencontrarse con su hermano Esaú y llorar juntos de emoción[4]; besó también José a sus hermanos luego de dárseles a conocer y abrazar a cada uno de ellos[5]; y lo mismo Aarón al encontrar a su hermano Moisés en el Monte de Dios[6]. Pero también en el Nuevo Testamento encontramos este “exuberante gesto”, antes que en Getsemaní, aunque en un escenario completamente diferente, el cual de no haber sido por Judas ciertamente se hubiese arrogado para sí su más profunda significación que es el amor. Y nos referimos al episodio en que la pecadora arrepentida no cesa de besar los pies de Jesús, porque estaba compungida, porque estaba agradecida, porque halló misericordia, sí, pero sobre todo porque mucho amó… y así lo expresó con este gesto[7], el cual como luego se verá sólo podía ser manchado por la traición.

Hemos catalogado al beso como exuberante, porque es mucho lo que puede llegar a expresar: alegría, gratitud, confianza, perdón, parabién, comprensión, respeto, etc., pero su primera significación siempre será el amor. Y como la amistad es una de las especies del amor, trasladémonos ahora -teniendo esta verdad presente- a Getsemaní, a la noche aquella que abarcaba el alma entera del Señor, el cual según san Mateo llama “amigo”[8] a su entregador, porque realmente lo amaba y con total sinceridad le había ofrecido su amistad incondicional[9]; y que en el texto de san Lucas directamente le dice “Judas”, expresando así la misma cercanía y familiaridad que había entre el discípulo y el Maestro. A esto agrega el  Crisóstomo: “Le llama con su verdadero nombre, lo que más debió moverlo a arrepentirse y desistir de su traición, que a provocar su enojo”, pues con esto le demostraba Jesús que permanecía fiel al lazo establecido por Él mismo cuando subió al monte y lo llamó junto a sí[10]. No lo llama traidor, no rechaza su beso, ni siquiera huye, simplemente le hace ver el sinsentido de su actitud dejando de manifiesto hasta qué punto llegó su corrupción: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?[11] -le pregunta Jesús-, puesto que hizo aquello que sólo consigue un corazón pervertido: pagar mal por bien, y en este caso, además, infamando tanto al Cordero de Dios inocente, cuanto a la señal de afecto mediante la cual lo envía a la muerte: “¿Entregas con beso? –comenta san Ambrosio- , es decir, ¿con el signo del amor infieres una terrible herida, y con el signo de paz produces la muerte? Siendo el siervo, entregas a tu Señor; siendo el discípulo, a tu Maestro; y habiendo sido elegido, a tu elector.”

¿Cómo explicar la traición de Judas a un afecto tan puro como la amistad de Cristo?; sólo nos queda dejarlo bajo el misterioso velo de la traición primera y más profunda capaz de cometer un alma, de la cual surgirá “lógicamente” cualquier otra especie de perfidia: la de la propia conciencia.

La traición: tres lesiones

Recordemos lo que ya todos sabemos: Judas, al igual que los otros once, fue elegido por el mismo Jesucristo para ser su apóstol y que estuviera junto con Él[12]. Compartió su misión, sus viajes; recibió de sus propios labios la doctrina evangélica y el poder de expulsar demonios[13]; formó parte del selecto grupo de los pocos a quienes les eran explicadas las parábolas[14]; lo vio hacer milagros y manifestar abiertamente su autoridad[15], e incluso estuvo con Él cuando aceptó la confesión petrina de su divinidad[16]. Fue así que el beso de Judas, encierra en sí mucho más daño que el de una traición cualquiera (siendo ella –claro está- siempre algo abominable), porque la relación de exclusividad que comportaba el amor de amistad de Cristo contaba además con la impronta sin igual de su divinidad, lacerando así, el de las treinta monedas con su delito, un Sagrado Corazón que abarca mucho más de lo que pueden llegar a ver los ojos terrenales.

De los muchos daños provocados al divino Corazón, mencionamos brevemente tres lesiones especiales que se siguieron de la corrupción de aquel que traicionaba.

En primer lugar la dignidad de la persona; ya que Jesucristo es Dios verdadero, hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación, como reza el Credo Niceno, pero conservando toda su divinidad intacta. Por ende, cuando Judas se atrevió a rebajar al Creador de cielo y tierra a unas infames monedas, rebajó también en su corazón la divina bondad y demás atributos, poniendo absurdamente precio a Aquel que gratuitamente descendió de lo alto para rescatar su alma del abismo, en el cual ahora libremente Judas se arroja al traicionar. No era un hombre cualquiera a quien entregaba –y el discípulo apóstata bien lo sabía -, sino al hombre que se le había manifestado claramente como Dios.

En segundo lugar, se lesionan aquí los ya mencionados beneficios prodigados, fruto de la más injusta ingratitud y expresión de una fe cuyo funeral ya había sido celebrado, puesto que el entregador se aferró más a sus errores que a la verdad sobrenatural. Aquellos tres años de intimidad con Jesucristo que ofrecían una dichosa eternidad, se vienen abajo en un alma pervertida incapaz de corresponder a todo el bien dispensado, y todo por culpa de aquello que Cristo siempre combatió y de lo cual nos vino a liberar: el pecado.

La tercera lesión, y más dolorosa aun para el Mesías, fue la cercanía especialísima del que dejaba de contarse como parte de los doce: su amistad.

Caer en manos de los enemigos siempre resulta algo penoso, tal vez frustrante; pero ser entregado a ellas por un amigo, no puede ser menos que desgarrador debido a la espantosa contradicción que lleva consigo: un amigo ama, un enemigo odia; un  amigo busca el bien del amado, un enemigo su mal; un amigo se alegra de los bienes del otro, un enemigo de sus males; y, finalmente, un amigo verdadero está dispuesto a dar la vida por el amado si es necesario, un enemigo, en cambio, a hacer todo lo posible para arrebatársela. Pero aquí por divina disposición Judas no pudo escapar al plan salvífico, pese a la patente realidad de su culpa, ya que Jesús se entregaba libremente, sabiendo bien que tenía plena autoridad para volver a tomar cuando quisiera la vida que ofrecía[17]; fue así que continuó, porque vino a dar su vida en rescate de muchos[18], y porque –como Él mismo había dicho- no hay amor más grande que dar la vida por los amigos[19].

Jesucristo, el amor más grande

La actitud de Jesús, ante el beso de Judas y su entrega traicionera, resulta completamente desconcertante para la lógica humana, mas no así para los designios del Altísimo, que ya desde antiguo nos había dejado una enigmática pincelada sobre el ahora revelado “Siervo sufriente”[20]. Dios siempre ha sido y será aquel que amó primero[21], y tanto que nos envió a su propio Hijo[22], que camina hacia el suplicio manso como Cordero[23], con tristeza mortal en un herido corazón que agoniza sin poder morir, a causa del copioso amor por los pecadores que no ha cesado de latir en él y que acompaña cada triste paso del Mesías traicionado. Ironías del pecado: recibe un beso mortal el Autor de la vida[24]; es vendido en las tinieblas quien vino como luz del mundo[25]; y es entregado a la muerte por aquel que llamó amigo[26], Jesucristo, el amor más grande[27].

Que la consideración de la traición de Judas y su beso impostor, se convierta en nosotros en una incondicional fidelidad a nuestro Redentor, que nos conduzca a apropiarnos aquellas palabras llenas de esperanza para los que enmiendan sus traiciones a la divina gracia: “¡Alégrate, cristiano! porque en el tráfico de tus enemigos, venciste tú, pues lo que vendió Judas, y los judíos compraron, tú lo adquiriste”.[28]

[1] Cf. Mt 26,38

[2] Cf. Lc 22,42

[3] Cf. Gén 29,13

[4] Cf. Gén 33,4

[5] Cf. Gén 45,15

[6] Cf. Ex 4,27

[7] Lc 7, 36-50

[8] Cf. Mt 26,50

[9] Cf. Jn 15,15

[10] Cf. Mc 3,13

[11] Lc 22,48

[12] Cf. Mc 3,13

[13] Lc 9,1

[14] Cf. Mc 4,34

[15] Cf. Mc 1,27

[16] Cf. Mt 16,16

[17] Cf. Jn 10,18

[18] Cf. Mc 10, 45; Mt 20,28

[19] Cf. Jn 15,13

[20] Cf. Is 42, 1-4; 49, 1-6; 50, 4-9; 52, 13-15; 53,12.

[21] 1Jn 4,19

[22] Cf. Jn 3,16

[23] Cf. Is 53,7

[24] Cf. Jn 14,16

[25] Cf. Jn 8,12

[26] Cf. Jn 15,15

[27] Cf. Jn 15,13

[28] Rábano, en: Catena Aurea, comentario a Mt 26,47-50

Meditación sobre el juicio final

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

 

PREPARACIÓN.

1. Ponte en la presencia de Dios. – 2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES.

1. Finalmente, después de transcurrido el tiempo señalado por Dios a la duración del mundo y después de una serie de señales y presagios horribles, que harán temblar a los hombres de espanto y de terror, el fuego, que caerá como un diluvio, abrasará y reducirá a cenizas toda la faz de la tierra, sin que ninguna de las cosas que vernos sobre ella llegue a escapar.

  1. Después de este diluvio de llamas y rayos, todos los hombres saldrán del seno de la tierra, excepción hecha de los que ya hubieren resucitado, y, a la voz de¡ Arcángel, comparecerán en el valle de Josafat. ¡Mas, ay, con qué diferencia! Porque los unos estarán allí con sus cuerpos gloriosos y resplandecientes y los otros con los cuerpos feos y espantosos.
  1. Considera la majestad, con la cual el soberano Juez aparecerá, rodeado de todos los ángeles y santos, teniendo delante su cruz, más reluciente que el sol, enseña de gracia para los buenos y de rigor para los malos.
  1. Este soberano Juez, por terrible mandato suyo, que será enseguida ejecutado, separará a los buenos de los malos, poniendo a los unos a su derecha y a los otros a su izquierda; separación eterna, después de la cual los dos bandos no se encontrarán jamás.
  1. Hecha la separación y abiertos los libros de las conciencias, quedará puesta de manifiesto, con toda claridad, la malicia de los malos y el desprecio de que habrán hecho objeto a Dios; y, por otra parte, la penitencia de los buenos y los efectos de la gracia de Dios que, en vida, habrán recibido y nada quedará oculto. ¡ Oh Dios, qué confusión para los unos y qué consuelo para los otros!
  1. Considera la última sentencia de los malos. «Id malditos al fuego eterno, preparado para el diablo y sus compañeros». Pondera estas palabras tan graves. «Id», les dice. Es una palabra de abandono eterno, con que Dios deja a estos desgraciados y los aleja para siempre de su faz. Les llama « malditos ». ¡ Oh alma mía, qué maldición! Maldición general, que abarca todos los males; maldición irrevocable, que comprende todos los tiempos y toda la eternidad. Y añade «al fuego eterno». Mira, ¡oh corazón mío! esta gran eternidad. ¡Oh eterna eternidad de las penas, qué espantosa eres!
  1. Considera la sentencia contraria de los buenos: «Venid», dice el Juez. ¡Ah!, es la agradable palabra de salvación, por la que Dios nos atrae hacia sí y nos recibe en el seno de su bondad; «benditos de mi Padre»: ¡oh hermosa bendición, que encierra todas las bendiciones! «tomad posesión del reino que tenéis preparado desde la creación del mundo». ¡Oh, Dios mío, qué gracia, porque este reino jamás tendrá fin!
AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Tiembla, ¡oh alma mía!, ante este recuerdo. ¿Quién podrá, ¡oh Dios mío!, darme seguridad para aquel día, en el cual temblarán de pavor las columnas del firmamento?

  1. Detesta tus pecados, pues sólo ellos pueden perderte en aquel día temible.
  1. ¡Ah!, quiero juzgarme a mí mismo ahora, para no ser juzgado después. Quiero examinar mi conciencia y condenarme, acusarme y corregirme, para que el Juez no me condene e aquel día terrible: me confesaré y haré caso de los avisos necesarios, etc.
CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios, que te ha dado los medios de asegurarte para aquel día, y tiempo para hacer penitencia.

  1. Ofrécele tu corazón para hacerla.

Meditación sobre la muerte

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

 

PREPARACIÓN.

1. Ponte en la presencia de Dios.-2. Pídele su gracia.

  1. Imagínate que estás gravemente enferma, en el lecho de muerte, sin ninguna esperanza de escapar de ella.
CONSIDERACIONES.

1. Considera la incertidumbre del día de tu muerte. ¡Oh alma mía!, un día saldrás de este cuerpo. ¿ Cuándo será? ¿ Será en invierno o en verano? ¿En la ciudad o en el campo? ¿De día o de noche? ¿De repente o advirtiéndolo? ¿ De enfermedad o de accidente? ¿Con tiempo para confesarte o no? ¿Serás asistida por tu confesor o padre espiritual? ¡Ah! de todo esto no sabemos absolutamente nada; únicamente es cierto que moriremos y siempre mucho antes de lo que creemos.

  1. Considera que entonces el mundo se acabará para ti; para ti ya habrá dejado de existir, se trastornará de arriba abajo delante de tus ojos. Sí, porque entonces los placeres, las vanidades, los goces mundanos, los vanos afectos nos parecerán fantasmas y niebla. ¡Ah desdicha da!, ¿por qué bagatelas y quimeras he ofendido a mi Dios? Entonces verás que hemos dejado a Dios por la nada. Al contrario, la devoción y las buenas obras te parecerán entonces deseables y dulces. Y, ¿por qué no he seguido por este tan bello y agradable camino? Entonces los pecados, que parecían tan pequeños, parecerán grandes montañas, y tu devoción muy exigua.
  1. Considera las angustiosas despedidas con que tu alma abandonará a este feliz mundo: dirá adiós a las riquezas, a las vanidades y a las vanas compañías, a los placeres, a los pasatiempos, a los amigos y a los vecinos, a los padres, a los hijos, al marido, a la mujer, en una palabra, a todas las criaturas; y, finalmente, a su cuerpo, al que dejará pálido, desfigurado, descompuesto, repugnante y mal oliente.
  1. Considera con qué prisas sacarán fuera el cuerpo y lo sepultarán, y que, una vez hecho esto, el mundo ya no pensará más en ti, ni se acordará más, como tú tampoco has pensado mucho en los otros. Dios le dé el descanso eterno, dirán, y aquí se acabará todo. ¡Oh muerte, cuán digna eres de meditación; cuán implacable eres!
  1. Considera que, al salir del cuerpo, el alma emprende su camino, hacia la derecha o hacia la izquierda. ¡Ah! ¿Hacia dónde irá la tuya? ¿Qué camino emprenderá? No otro que el que haya comenzado a seguir en este mundo.
AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Ruega a Dios y arrójate en sus brazos. ¡Ah, Señor!, recíbeme bajo tu protección, en aquel día espantoso; haz que esta hora sea para mí dichosa y favorable, y que todas las demás de mi vida sean tristes y estén llenas de aflicción.

  1. Desprecia al mundo. Puesto que no sé la hora en que tendré que dejarte, joh mundo!, no quiero aficionarme a ti. ¡Oh mis queridos amigos!, mis queridos compañeros, permitidme que sólo os ame con una amistad santa que pueda durar eternamente. Porque ¿a qué vendría unirme con vosotros con lazos que se han de dejar y romper?
  1. Quiero Prepararme para esta hora y tomar las necesarias precauciones para dar felizmente este paso; quiero asegurar el estado de mi conciencia, haciendo todo lo que esté a mi alcance, y quiero poner remedio a éstos y a aquellos defectos.
CONCLUSIÓN.

Da gracias a Dios por estos propósitos que te ha inspirado; ofrécelos a su divina Majestad; pídele de nuevo que te conceda una muerte feliz, por los méritos de la muerte de su Hijo.

Padrenuestro, etc.

Haz un ramillete de mirra.

Meditación de los pecados

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

 

PREPARACIÓN. 1. Ponte en la presencia de Dios. – Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES.

1. Piensa en el tiempo que hace comenzaste a pecar y mira como, desde entonces, has ido multiplicando los pecados en tu corazón, y como, todos los días, has añadido otros nuevos contra Dios, contra ti mismo, contra el prójimo, de obra, de palabra, de deseo, de pensamiento.

  1. Considera tus malas inclinaciones y las muchas veces que has ido en pos de ellas. Estos dos puntos te enseñarán que el número de tus culpas es mayor que el de los cabellos de tu cabeza, tan grande como el de las arenas del mar.
  1. Considera aparte el pecado de ingratitud para con Dios, pecado general que abarca todos los demás y los hace infinitamente más enormes.

Mira cuántos beneficios te ha hecho Dios y cómo has abusado de todos ellos contra el Dador; singularmente, cuántas inspiraciones despreciadas, cuántas mociones saludables inutilizadas. Y más aún, ¿cuántas veces has recibido los sacramentos y con qué fruto? ¿Qué se han hecho las preciosas joyas con que tu amado esposo te había adornado? Todo ha quedado sepultado bajo tus iniquidades. ¿Con qué preparación los has recibido? Piensa en esta ingratitud, a saber, que, habiendo corrido tanto Dios en pos de ti para salvarte, siempre has huido tú de Él para perderte.

AFECTOS Y RESOLUCIONES. 1. Confúndete en tu miseria. ¡Oh Dios mío!, ¿cómo me atrevo a comparecer ante tus ojos? ¡Ah!, yo no soy más que una apostema del mundo y un albañal. de ingratitud y de iniquidad. ¿Es posible que haya sido tan desleal, que no haya dejado de viciar, violar y manchar uno solo de mis sentidos, una sola de las potencias de mi alma, y que, ni un solo día de mi vida haya transcurrido sin producir tan malos efectos? ¿Es de esta manera como había de corresponder a los beneficios de mi Creador y a la sangre de mi Redentor?

  1. Pide perdón y arrójate a los pies del Señor, como un hijo pródigo, como una Magdalena, como una esposa que ha profanado el tálamo nupcial con toda clase de adulterios. ¡Oh Señor!, misericordia para esta pobre pecadora. ¡Ay de mí! ¡Oh fuente viva de compasión, ten piedad de esta miserable!
  1. Propón vivir mejor. ¡Oh Señor! jamás, mediante tu gracia, me entregaré al pecado. ¡Ay de mí!, demasiado lo he querido. Lo detesto y me abrazo a Ti, ¡Oh Padre de misericordia!; quiero vivir y morir en Ti.
  1. Para borrar los pecados pasados, me acusaré de ellos valerosamente y no dejaré de confesar uno solo.
  1. Haré todo cuanto pueda, para arrancar enteramente las malas raíces de mi corazón, particularmente tales y tales, que son especialmente enojosas.
  1. Y para lograrlo, echaré mano de los medios que me aconsejen, y jamás creeré haber hecho lo bastante para reparar tan grandes faltas.

CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios, que te ha esperado hasta la hora presente y te ha comunicado tan buenos afectos.

  1. Ofrécele tu corazón, para llevarlos a la práctica.
  1. Pide que te robustezca, etc.

“Introducción a la vida devota”: Primera parte de la introducción, cap.XII

Meditación sobre los beneficios de Dios

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

 

PREPARACIÓN.

1. Ponte en la presencia de Dios.-2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES.

1. Considera las gracias corporales que Dios te ha concedido: este cuerpo, estas facilidades para sustentarlo, esta salud, estas satisfacciones lícitas, estos amigos, estos auxilios. Mas considera esto, comparándote con tantas otras personas que valen más que tú, las cuales se ven privadas de estos beneficios: unas son contrahechas, otras mutiladas, otras caree-en de salud; otras son objeto de oprobios, de desprecios y de deshonra; otras están abatidas por la pobreza; y Dios no ha querido que tú fueses tan desgraciada.

  1. Considera los dones del espíritu: cuantas personas hay, en el mundo, imbéciles, furiosas, insensatas; ¿y por qué no eres tú una de tantas? Porque Dios te ha favorecido. ¡Cuántos han sido criados groseramente y’ en la mayor ignorancia, y la Providencia divina ha hecho que tú fueses educada con urbanidad y con decoro!
  1. Considera las gracias espirituales: ¡Oh Filotea!, tú eres hija de la Iglesia; Dios te ha enseñado a conocerle, desde tu juventud. ¿Cuántas veces te ha dado sus sacramentos? ¿Cuántas veces te ha ayudado, con inspiraciones, luces interiores y reprensiones, para tu enmienda? ¿Cuántas veces te ha perdonado tus faltas?

¿Cuántas veces te ha librado de las ocasiones de perderte, a que te habías expuesto? Y estos años pasados ¿no te han ofrecido una oportunidad y una facilidad para avanzar en el bien de tu alma? Examina en sus pormenores, cuán suave y generoso ha sido Dios contigo.

AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Admira la bondad de Dios.¡ Oh! ¡qué bueno es Dios para conmigo! ¡Qué bueno es! y tu Corazón, ¡oh Señor!, ¡cuán rico es en misericordia y cuán generoso en bondad! Cantemos eternamente, ¡oh alma!, la multitud de mercedes que nos ha otorgado.

  1. Admira tu ingratitud. Mas, ¿quién soy yo, ¡oh Señor!, para que hayas pensado en mí? ¡Oh, cuán grande es mi indignidad! ¡Ah! yo he pisoteado tus beneficios, he deshonrado tus gracias, convirtiéndolas en objeto de abuso y de menosprecio de tu soberana bondad; he opuesto el abismo de mi ingratitud al abismo de tu gracia y de tu favor.
  1. Excítate a agrade cimiento. Arriba, pues ¡oh corazón mío! ; no quieras ser infiel, ingrato y desleal con este gran bienhechor. Y ¿cómo mi alma no estará, de hoy en adelante, sometida a Dios, que ha obrado, en mí y para mí, tantas gracias y tantas maravillas?
  1. ¡ Ah, por lo tanto, oh Filotea!, aparta tu corazón de tales y tales placeres; procura tenerlo sujeto al servicio de Dios, que tanto ha hecho por ti; dedica tu alma a conocerle y reconocerle más y más, practicando los ejercicios que para ello se requieren, y emplea cuidadosamente los auxilios que, para salvarte y amar a Dios, posee la Iglesia. Sí, frecuentaré la oración, los sacramentos; escucharé la divina palabra y pondré en práctica las inspiraciones y los consejos.

CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios por el conocimiento que te ha dado de tus deberes y por todos los beneficios que hasta ahora has recibido.

  1. Ofrécele tu corazón con todas tus resoluciones.

3. Pídele que te dé fuerzas, para practicarlas fielmente, por los méritos de la muerte de su Hijo: implora la intercesión de la Virgen y de los santos.

Meditación sobre el fin para el cual hemos sido creados

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

Meditación 2ª : DEL FIN PARA EL CUAL HEMOS SIDO CREADOS

PREPARACIÓN. 1. Ponte en la presencia de Dios.-2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES.

1. Dios no te ha puesto en el mundo porque necesite de ti, pues le eres bien inútil, sino únicamente para ejercitar en ti su bondad, dándote su gracia y su gloria. Y, así, te ha dado la inteligencia para conocerle, la memoria para que te acuerdes de Él, la voluntad para amarle, la imaginación para representarte sus beneficios, los ojos para admirar las maravillas de sus obras, la lengua para alabarle, y así de las demás facultades.

  1. Habiendo sido creada y puesta en este mundo con este intento, todas las acciones que le sean contrarias han de ser rechazadas y evitadas, y las que en manera alguna sirvan para este fin, han de ser despreciadas como vanas y superfluas.
  1. Considera la desdicha del mundo, que no piensa en esto, sino que vive como si creyese que no ha sido creado para otra cosa que para edificar casas, plantar árboles, atesorar riquezas y bromear.

AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Confúndete echando en cara a tu alma su miseria, la cual ha sido hasta ahora tan grande, que ni siquiera ha pensado en todo esto. ¡Ah!, dirás, ¿en qué pensaba, ¡oh Dios mío!, cuando no pensaba en Ti? ¿De qué me acordaba, cuando me olvidaba de Ti? ¿Qué amaba cuando no te amaba a Ti? ¡Ah! había de alimentarme de la verdad y me hartaba de vanidades, y era esclava del mundo, siendo así que ha sido hecho para servirme.

  1. Detesta la vida pasada. Pensamientos vanos, cavilaciones inútiles, renuncio a vosotros: recuerdos detestables y frívolos, os detesto-, amistades infieles y desleales, servicios perdidos y miserables, correspondencias ingratas, enfadosas complacencias, os desecho.
  1. Conviértete a Dios. Tú, Dios mío y Salvador mío, serás, en adelante, el único objeto de mis pensamientos; jamás aplicaré mi atención a pensamientos que te sean desagradables: mi memoria, durante todos los días de mi existencia, estará llena de la grandeza de tu bondad, tan dulcemente ejercida en mi vida; Tú serás las delicias de mi corazón y la suavidad de mis afectos.; ¡Ah, sí! ; aborreceré para siempre tales y tales bagatelas y diversiones a las cuales me entregaba, y a los ejercicios vanos, en los cuales empleaba mis días, y a tales afectos, que cautivaban mi corazón, y, para lograrlo, emplearé tales y tales remedios.

CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios que te ha creado para un fin tan excelente. Tú, Señor, me has hecho para Ti, para que goce eternamente de la inmensidad de tu gloria: ¿Cuándo llegaré a ser digna de ello y cuándo te bendeciré como es debido?

  1. Ofrecimiento. Te ofrezco, ¡oh mi amado Creador!, todos estos mismos afectos y resoluciones, con toda mi alma y con todo mi corazón.
  1. Pide. Te ruego, ¡oh Dios mío!, que te sean agradables mis anhelos y mis propósitos, y que concedas tu santa bendición a mi alma, para que pueda cumplirlos, por los méritos de la sangre de tu Hijo, derramada en la Cruz, etc.

Padrenuestro, etc.

Haz el ramillete de devoción.

“Introducción a la vida devota”: Primera parte de la introducción, cap.X

Meditación sobre la Creación

Texto tomado de

Introducción a la vida devota

San Francisco de Sales

Meditación 1ª : DE LA CREACIÓN

 

PREPARACIÓN. 1. Ponte en la presencia de Dios.-2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES. 1. Considera que sólo hace algunos años que no estabas en el mundo y que tu ser era una verdadera nada. ¿Dónde estábamos, ¡oh alma mía!, en aquel tiempo? El mundo era ya de larga duración, y de nosotros todavía no se tenía noticia.

  1. Dios te ha hecho salir de esta nada, para hacer de ti lo que eres, sin que te hubiese menester, únicamente por su bondad.
  2. Considera el ser que Dios te ha dado; el primer ser del mundo visible capaz de vivir eternamente y de unirse perfectamente a la divina Majestad.

AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Humíllate profundamente delante de Dios y dile de corazón con el salmista: «¡Oh Señor!, soy una verdadera nada delante de Ti. Y, ¿ cómo te has acordado de mí para crearme?» ¡Ah!, alma mía, tú estabas sumida en el abismo de esta antigua nada, y todavía estarías allí, si Dios no te hubiese sacado de ella; y ¿qué harías en esta nada?

  1. Da las gracias a Dios. ¡Oh mi grande y buen Creador, cuánto te debo, pues me has sacado de la nada, para hacer de mí lo que soy por tu misericordia! ¿Qué podré hacer jamás para bendecir tu santo Nombre y agradecer tus inmensas bondades?
  1. Confúndete. Pero, ¡oh Creador mío!, en lugar de unirme a Ti por el amor y sirviéndote, me he rebelado con mis desordenadas aficiones y me he separado y alejado de Ti para juntarme con el pecado, dejando de honrar a tu bondad, como si no fueses mi Creador.
  1. Humíllate delante de Dios. «Has de saber, alma mía, que el Señor es tu Dios; Él es quien te ha hecho» y no tú. ¡Oh Dios mío!, soy obra de tus manos.
  1. No quiero, en adelante, complacerme más en mí misma, ya que, por mi parte, nada soy. ¿ De qué te glorias, ¡oh! polvo y ceniza? 0 mejor dicho, ¿de qué te ensalzas, ¡oh¡ verdadero nada? Para humillarme, quiero hacer tal o cual cosa, soportar este o aquel desprecio. Deseo cambiar de vida, seguir, en adelante, a mi Creador,y honrarme con la condición del ser que Él me ha dado, empleándola toda en obedecer a su voluntad, por los medios que me serán enseñados, acerca de los cuales preguntaré a mi padre espiritual.

CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios. «Bendice, ¡ oh alma mía!, a tu Dios y que todas mis entrañas alaben su santo Nombre», porque su bondad me ha sacado de la nada y su misericordia me ha creado.

  1. Hazle ofrenda. ¡Oh Dios mío!, te ofrezco el ser que me has dado, con todo mi corazón; te lo dedico y te lo consagro.
  1. Ruega. ¡Oh Dios mío!, robustéceme en estos afectos y en estas resoluciones; ¡oh Virgen Santísima!, recomiéndalas a la misericordia de tu Hijo, con todos aquellos por quienes tengo obligación de rogar, etc.

Padrenuestro, Avemaría.

Al salir de la oración, paseando un poco, haz un pequeño ramillete con las consideraciones que hubieres hecho, para olerlo durante todo el día.

“Introducción a la vida devota”: Primera parte de la introducción, cap.IX

Jesucristo sacramentado

La Eucaristía: fuente de vida cristiana

San Alberto Hurtado

 

Padre Hurtado, celebrando su primera santa Misa.

Fuente de vida cristiana. Ya que el cristianismo no es tanto una ética, como el protestantismo, ni una filosofía, ni una poesía, ni una tradición, ni una causa externa, sino la divinización de nuestra vida o, más bien, la transformación de nuestra vida en Cristo, para tener como suprema aspiración hacer lo que Cristo haría en mi lugar; esa es la esencia de nuestro cristianismo.

Y la esencia de nuestra piedad cristiana, lo más íntimo, lo más alto y lo más provechoso es la vida sacramental, ya que mediante estos signos exteriores, sensibles, Cristo no sólo nos significa, sino que nos comunica su gracia, su vida divina, nos transforma en Sí [mismo]. La gracia santificante y las virtudes concomitantes…

La gran obra de Cristo, que vino a realizar al descender a este mundo, fue la redención de la humanidad. Y esta redención en forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. Toda la vida del Cristo místico no puede ser otra que la del Cristo histórico y ha de tender también hacia el sacrificio, a renovar ese gran momento de la historia de la humanidad que fue la primera Misa, celebrada durante veinte horas, iniciada en el Cenáculo y culminada en el Calvario…

Ahora bien, la Eucaristía es la apropiación de ese momento, es el representar, renovar, hacernos nuestra la Víctima del Calvario, y el recibirla y unirnos a ella. Todas las más sublimes aspiraciones del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía:

  1. La Felicidad: El hombre quiere la felicidad y la felicidad es la posesión de Dios. En la Eucaristía, Dios se nos da, sin reserva, sin medida; y al desaparecer los accidentes eucarísticos nos deja en el alma a la Trinidad Santa, premio prometido sólo a los que coman su Cuerpo y beban su Sangre (cf. Jn 6,48ss).
  2. Cambiarse en Dios: El hombre siempre ha aspirado a ser como Dios, a transformarse en Dios, la sublime aspiración que lo persigue desde el Paraíso. Y en la Eucaristía ese cambio se produce: el hombre se transforma en Dios, es asimilado por la divinidad que lo posee; puede con toda verdad decir como San Pablo: “ya no vivo yo, Cristo vive en mí” (Gal 2,20); y cuando el que viene a vivir en mí es de la fuerza y grandeza de Cristo, se comprende que es Él quien domina mi vida, en su realidad más íntima.
  3. Hacer cosas grandes: El hombre quiere hacer cosas grandes por la humanidad… por hacer estas cosas los hombres más grandes se han lanzado a toda clase de proezas, como las que hemos visto en esta misma guerra; pero, ¿dónde hará cosas más grandes que uniéndose a Cristo en la Eucaristía? Ofreciendo la Misa salva la raza y glorifica a Dios Padre en el acto más sublime que puede hacer el hombre: opone a todo el dique de pecados de los hombres, la sangre redentora de Cristo; ofrece por las culpas de la humanidad, no sacrificios de animales, sino la sangre misma de Cristo; une a su débil plegaria la plegaria omnipotente de Cristo, que prometió no dejar sin escuchar nuestras oraciones y ¡cuándo más las escuchará que cuando esa plegaria proceda del Cristo Víctima del Calvario, en el momento supremo de amor…! …

He aquí, pues, nuestra oración perfectísima. Nuestra unión perfectísima con la divinidad. La realización de nuestras más sublimes aspiraciones.

  1. Unión de caridad: En la Misa, también nuestra unión de caridad se realiza en el grado más íntimo. La plegaria de Cristo “Padre, que sean uno… que sean consumados en la unidad” (Jn 17,22-23), se realiza en el sacrificio eucarístico. Al unirnos con Cristo, a quien todos los hombres están unidos: los justos con unión actual; los otros, potencial.

 [Hacer de la Misa el centro de mi vida. Prepararme a ella con mi vida interior, mis sacrificios, que serán hostia de ofrecimiento; continuarla durante el día dejándome partir y dándome… en unión con Cristo.

¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!].

Después de la comunión, quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás:

¡Eso es comulgar!