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Y otra vez la treintena se nos cambió en acción de gracias

¡Gracias a san José y a la Sagrada Familia!, ¡Gracias a todos por sus oraciones!

Queridos amigos del monasterio de la Sagrada Familia:

Como bien saben todos aquellos que nos acompañan a la distancia con sus oraciones por la casa de santa Ana, hace unos meses llegamos al punto de tener que pedir ayuda, entre otras cosas, para poder conseguir un auto nuevo para la comunidad; quienes conocen Tierra Santa y dónde se encuentra ubicado el monasterio, sabrán comprender mejor la situación. En resumen, prácticamente todo está a varios kilómetros de Séforis: algunas atenciones espirituales, compras, donaciones, médico, celebraciones litúrgicas del Patriarcado, etc., y desde hace un tiempo que los mecánicos nos consideran clientes frecuentes, como frecuentes también se nos hicieron las paradas obligatorias por los problemas en aumento del auto. Pues bien, comenzamos la correspondiente treintena a san José e hicimos el pedido de ayuda pues la cantidad requerida está totalmente fuera de nuestro alcance; pero como suele hacer san José, a mitad de la treintena nos llegó la última grande y decisiva donación para poder concretar en breve dicha petición… creo que muchos de nosotros, los religiosos que solemos mantener tan ocupada a la Sagrada Familia y demás santos intercesores, estamos convencidos de que si nos pusiéramos a recopilar las gracias recibidas por san José, la Virgen y la Sagrada Familia toda (pues aquí santa Ana y san Joaquín tampoco han dejado de sorprendernos), ciertamente saldría más de un volumen de impresionantes, variadas y coloridas historias de gracias recibidas. ¿Cuántas veces nos ha llegado “la cantidad exacta” que necesitábamos?; ¿cuántas veces llegó “la donación precisa” que estábamos pidiendo?; y por allí sigue pasando la historia del “burro sin cola” que todas las hermanas habían dibujado y puesto a los pies de san José para el pesebre, y que justamente así llegó: sin cola; o aquella vez que los niños del Hogar vieron “una película con nieve” y nieve fueron a pedir a la capilla, bastante difícil para el clima de aquel entonces… y nieve cayó para que jugaran; y así está la historia de la camioneta de manzanas que tocaba la bocina cuando terminaban de rezar por ayuda, y treintenas y treintenas que supieron esperar hasta el día final para sorprender a las comunidades con las gracias pedidas tocando a la puerta de los seminarios, conventos, monasterios o parroquias. Sí, de san José se sigue escribiendo el historial de maravillas recibidas por su intercesión; y a la Virgen no cesarán de atribuírsele tantas otras gracias hermosísimas que, como en Caná, al pasar por sus manos su Hijo no le niega; y así también podemos compartirles nosotros que ha hecho aquí en su casa santa Ana y san Joaquín.

Es por esto que, a las correspondientes oraciones y santas misas de acción de gracias, hemos querido agregar esta mañana una peregrinación caminando hasta Nazaret acompañados por el santo Rosario, por supuesto; y así poder rezar en lo que fue la casa de san José, donde cuidó a Jesús y a la Virgen con la máxima y más perfecta ternura. Y ante la silenciosa imagen de nuestro querido Custodio, pusimos nuestro pequeño esfuerzo y nuestra acción de gracias, pero también las intenciones y necesidades de todas aquellas personas que rezan por nosotros y las de nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado.

Por la tarde, providencialmente, como cada jueves realizamos la Adoración continua ante el Santísimo Sacramento y junto al hermoso cuadro de la Sagrada Familia que ornamenta nuestra pequeña capilla… para seguir agradeciendo.

Ya que a san José le hemos pedido esta gracia, aprovecho la ocasión para compartirles unas “Buenas noches” (pequeña charlita), que el año pasado me pidieron y, sinceramente, no recuerdo si las llegué a publicar; en todo caso, van de nuevo en honor de nuestro querido santo.

Dios los bendiga y la Sagrada Familia los proteja. Nos seguimos encomendando a sus oraciones y seguimos renovando las nuestras por sus necesidades e intenciones.

Con nuestra bendición:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

LA CASTIDAD DE SAN JOSÉ

En este día vamos a dar una pequeña pincelada acerca de la castidad de nuestro santo Custodio, esa virtud que tiene la capacidad de asemejar a las almas a los ángeles, y que en san José podríamos decir que “resplandecía de manera escondida” … Antes de aclarar esta verdadera paradoja les comparto unos versos que resumen la idea que hoy queremos expresar acerca de nuestro querido santo:

I

Para cuidar los tesoros

se necesita un guardián

sin doblez y con afán

de proteger por decoro,

que esto vale más que el oro,

perlas, rubíes, diamantes;

y si además es constante

en las virtudes que expresa

-sobre todo la pureza-,

será confiable garante;

II

Cuánto más si los tesoros

corresponden al mismo Dios;

no uno solo sino dos,

y los más grandes de todos:

un Hijo, abajado al modo

de la herida humanidad;

y una Madre que en piedad

sobresale más que el sol;

y por eso el protector

debía ser santo en verdad.

Dice el Papa Francisco: “José vio a Jesús progresar día tras día «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). Como hizo el Señor con Israel, así él “le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer” (cf. Os 11,3-4). Jesús vio la ternura de Dios en José: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13).” Esto último es maravilloso: es común pensar en san José mirando a Jesús, entre sus brazos paternales y entre sus tiernos cuidados, pero aquí el Papa nos invita a pensar en otra perspectiva: Jesús mirando el rostro de san José, es decir, el Hijo de Dios en su humanidad buscando un rostro paternal, una mirada pura sobre sí, en definitiva, un corazón casto, capaz de cuidarlo como corresponde.

Decíamos más arriba que la castidad de san José “resplandecía de manera escondida”, porque las virtudes se dejan ver o descubrir siempre de alguna manera, aunque por otro lado también es cierto que pueden pasar desapercibidas a los ojos mundanos o a las miradas superficiales que no saben apreciar su brillo. Esto, obviamente, no pasaba con Jesús y la Virgen: ellos sabían bien que san José poseía un corazón tan casto, tan puro, que el Padre eterno decidió encomendarle a él el cuidado de sus más preciados tesoros. Recordemos aquí que la impureza es ese “mezclarse algo de cierta nobleza con algo inferior, imperfecto, hasta vil si se quiere”, de tal manera que dicha impureza hace las cosas menos nobles y hasta las puede corromper; pues bien, la pureza de san José no era así, su alma noble debió pasar -sí-, por la purificación de la prueba cuando pensó dar un paso atrás en su desposorio con la Virgen, pero el mismo Dios mediante su ángel le salió al encuentro para confirmarle el designio que sobre él había decidido; dice san Juan Crisóstomo: “en cambio, No se apareció a José en clara visión como a los pastores, porque era sobremanera fiel. Los pastores necesitaban de una visión clara, como rudos que eran. La Virgen también lo necesitaba, porque era la primera que tenía que ser instruida en muy grandes misterios, como Zacarías necesitó de una visión admirable antes que su mujer concibiese.”. Y san José “obró”, porque no tenemos palabras de él, ni una sola, pero sí hechos, y él supo resguardar en su casa y en su corazón a Jesús y a la Virgen, y ellos, por supuesto, que no se hubieran puesto a su cuidado si san José no fuera tan puro de corazón que pudiera cumplir con dicha santa encomienda… En otras palabras, podríamos decir que Jesús y la Virgen vivían muy a gusto con san José.

Dice san Juan Pablo II en la Redemptoris Custos: “En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena «libertad» el «don esponsal de sí» al acoger y expresar tal amor[16]. «En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida»[17].” En este párrafo espléndido, lo que se nos está diciendo es que para realizar el matrimonio con la Virgen Inmaculada, el esposo debía también tener un corazón castísimo, capaz de corresponder al designio divino que le encomendaba la custodia más pura de todas.

San Juan Pablo II dice que: “«La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo»[32], que es comunión de amor entre Dios y los hombres.

Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole «don esponsal de sí». Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios.” … san José, así, respeta la castidad absoluta de la Virgen, y él mismo vive castísimamente también para resguardarla durante toda su vida.

Y el Papa Francisco expresa de una manera también muy hermosa la castidad de san José: “Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida.”

Eso es lo que hace un corazón casto, y esa es la invitación que se nos hace en este día mirando el ejemplo de san José, el varón justo del corazón purísimo.

Terminamos con unas palabras del P. Pío: “San José, con el amor y la generosidad con que guardó a Jesús, así también guardará tu alma, y ​​como lo defendió de Herodes, así defenderá tu alma del Herodes más feroz: ¡el diablo! Todo el cariño que el Patriarca San José tiene por Jesús, lo tiene por ti y siempre te ayudará con su patrocinio. Él te librará de la persecución del malvado y orgulloso Herodes, y no permitirá que tu corazón se separe de Jesús. ¡Ite ad Ioseph! Acude a José con extrema confianza, porque yo, como Santa Teresa de Ávila, no recuerdo haberle pedido nada a san José sin haberlo obtenido de buena gana.”

P. Jason Jorquera M., IVE.

UN AÑO EN EL CALVARIO

Se suele atribuir una frase a Santa Teresa de Calcuta que dice lo siguiente: “Lo que hacemos es solo una gota en el océano, pero el océano sería menos si le faltara esa gota.” Por lo que, con estas pocas líneas, queridos hermanos, me gustaría compartirles una gracia del todo especial: el hecho de haber completado “un año en el Calvario”.

El pensamiento que lleva el título de esta reflexión yo lo tomo por la feliz providencia de que, hace exactamente un año (el 16 de noviembre del 2024), yo me arrodillaba, junto con un compañero, delante del obispo en Brasil para recibir de sus manos la tan anhelada consagración sacerdotal. Ahora, exactos 365 días después de esto, tuve la enorme gracia de poder celebrar la Santa Misa en el altar del Calvario, en el Santo Sepulcro, en Jerusalén.

Por esto, retomando la frase que mencionaba al comienzo, puede que estas líneas sean apenas unas gotitas a más en el océano, pero ¡sin ellas… ya lo saben!

El hecho es que indudablemente, hay que agradecer. Todo don de Dios exige en nosotros un profundo sentido de gratitud que se traduce en celebración y festejo. Por eso es necesario recordar siempre los dones recibidos de Dios para poder celebrarlos. Recordamos para celebrar y agradecer.

La Santa Misa es el memorial de la pasión del Señor, es el recuerdo de la obra de la redención que se llevó a cabo a través de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Nosotros recordamos y celebramos ese evento en cada Santa Misa, por eso la Santa Misa es la acción de gracias por excelencia. ¿Qué cosa podría ser mejor entonces, que recordar y celebrar para agradecer el don del primer año de mi aniversario sacerdotal que celebrando la Santa Misa? y además de esto: ¿qué más podría desear que el poder ofrecer la Misa en el mismo lugar dónde el Señor Jesucristo se ofreció en el altar del Gólgota? No habría palabras para expresar… Intentaré, sin poder dar garantías de suceso.

EL CAMINO AL CALVARIO

El hombre se encuentra “en el horizonte de lo corporal y de lo espiritual”[1], “en el confín entre el tiempo y la eternidad”[2], en otra crónica que he escrito hace un tiempo, utilizaba esta frase para introducir un pensamiento sobre instantes que duran para la eternidad, que tienen peso eterno. Creo que lo mismo podría aplicarse ahora.

Momentos que pasan demasiado rápido de acuerdo con nuestro tiempo, pero que son reflejos de una realidad eterna que nos saca del mundo y nos introduce en el cielo. Algo así podríamos decir que es la experiencia de la Santa Misa. A los que ya han celebrado la Misa en los lugares santos (especialmente en el Santo Sepulcro o Calvario), saben que el tiempo es aún más corto, por lo que uno debe hacer mucho esfuerzo para “cumplir” con todas las exigencias impuestas por el tema del status quo, entonces es posible que uno se ponga aún más a reflexionar sobre estos temas, estas paradojas entre tiempo y eternidad, presente y futuro, ahora y siempre…

Muy temprano, con el frío y la lluvia que caía del cielo bendiciendo a una tierra que dormía todavía, salimos de la comunidad de los padres en Belén, después de unas ‘primeras vísperas’ con todo lo que es de derecho: buena cena, momentos comunitarios cargados de buenas risas y, no podría faltar una linda pro,. Al día siguiente, tras algunas aventuras con el GPS, en fin llegamos al Santo Sepulcro. Nos paramentamos y, con todo lo necesario para la Misa en la mano, salimos de la sacristía en dirección al Calvario.

Las tinieblas que envolvían el local eran motivos para otras reflexiones, que quizás algún otro lo escribirá. Pero yendo más al hueso, como se suele decir, apenas terminaba una Santa Misa, llegamos justo en la bendición final, apenas salen los peregrinos que participaban de ella, nos acercamos nosotros. Ahí se hacían presente algunos peregrinos de lugares que Dios sabrá su origen, y también estaban las hermanas servidoras, juntamente con los sacerdotes IVE que misionan aquí, es decir, teníamos la familia religiosa presente en este momento muy singular e importante para mí, por lo que agradezco profundamente a Dios y es esta cercanía de nuestra pequeña familia.

Empezamos la Misa, todo trascurre normal, el corazón se encontraba mezclado de emociones, la mente iba por entre las lecturas, asociándolas al local exacto donde estábamos, el momento que se seguiría muy pronto. Todo en instantes muy rápidos, pero que, como dicho antes, tenían peso eterno. El sacrificio es ofrecido, un año en el calvario, celebrado en el mismo Calvario, qué gracia. Cómo son momentos que tienen peso de eternidad, nos introducen en una realidad ‘atemporal’, por acá me quedo con esto y paso a una pequeña consideración que me rondaba por la cabeza por estos días…

CRUCIFIXIÓN

El venerable arzobispo de Nueva York, Mons. Fulton Sheen, tiene un libro precioso intitulado: Tesoro en vasijas de barro, tratase de una especie de autobiografía que él escribe ya casi al final de su vida. Fulton Sheen tiene su estilo, que muchas veces, leyéndolo, ha logrado dos efectos en mí: en primer lugar, sacarme (aunque unas veces bien disfrazada, otras ni tanto) unas buenas sonrisas, pero al mismo tiempo me ha puesto en jaque con reflexiones sorprendentes sobre muchísimos temas, y éste es el segundo efecto.

Un ejemplo muy claro de este segundo “efecto” es cuándo está reflexionando sobre el llamado al sacerdocio. Le dejo la palabra:

«La primera etapa de la vocación es percibir la santidad de Dios […] La vocación no comienza con “lo que a me gustaría hacer”, sino con Dios. […] La segunda etapa, que constituye una suerte de reacción ante la primera, es la experiencia de un sentimiento profundo de no ser digno. El corazón sufre una conmoción al visualizar, simultáneamente, el tesoro y el barro. Dios es santo, pero yo no. ¡Pobre de mí! Dios puede hacer algo con aquellos que ven lo que realmente son y conocen la necesidad de una purificación, pero nada puede hacer con el hombre que ya se siente digno. […] La tercera etapa es la respuesta […] La dialéctica entre la sublimidad de la vocación y la fragilidad del barro es una especie de crucifixión. Cada sacerdote está crucificado en el pie vertical de la vocación dada por Dios y en el travesaño horizontal del simple deseo de la carne y de un mundo que tan frecuentemente se alinea con él. El mejor vino se sirve a veces en copas de lata. Ser sacerdote es ser llamado a ser el más feliz de los hombres, y aun así también a comprometerse diariamente con la mayor de las guerras: la que se libra en el interior.»

                Aquí, Fulton Sheen remarca un tema que, en mi pobre opinión, es clave en todo el ministerio sacerdotal, el crucificarse con Cristo. Ofrecerse en sacrificio. Es verdad que, muchas veces, uno puede inspirarse en mil y una maneras de hacer esto, en grandes cosas, como también en las pequeñas, etc. ¡No importa! “Esta es la idea clamorosa: sacrificarse”[3]. Es este el tema del que habla el autor de la carta a los Hebreos: «Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad. A causa de ella, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.» (Cfr. Heb 5, 1-3)

                Esta dialéctica entre la sublimidad de la vocación y la fragilidad del barro, que decía Fulton Sheen, es algo hermosísimo, que, en verdad, todos los sacerdotes lo han vivido, en un momento u otro en su vida, sea los que tienen un, diez o cincuenta años de ministerio. ¿Por qué digo que es hermoso? Pues justamente, al levantar la patena y el cáliz todos los días, ofreciendo la materia para el holocausto, el sacerdote puede poner ahí este sacrificio: el sentirse “abismado”, perplejo quizás, considerando estos dos polos opuestos, esta enorme cruz en la cual estamos crucificado con Cristo. Me parece que, para algunos, puede ser este el sacrificio más sincero y sublime que, sí o sí, todos nosotros podemos ofrecerle junto al Señor para la inmolación.

                Es cierto que, cómo queda dicho, se puede ofrecer muchísimas cosas. Pero este corazón quebrantado y humillado, abrumado por este contraste tan grande, puede ser una fuente inagotable de materia grata a Dios para el sacrificio. ¿Acaso no rezamos en secreto, profundamente inclinados, todos los días esta oración: «Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que este sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro»? ¿Acaso no rezamos todos los viernes el Salmo 50 que dice: «Los sacrificios no te satisfacen:/ si te ofreciera un holocausto, no lo querrías / Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; / un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias»?

LA FUENTE DE LA FELICIDAD SACERDOTAL

                Cuando uno, crucificado de este modo, teniendo que ofrecer todos los días el mismo cuerpo que insiste en mantenerse con vida, insiste en salir con la suya, insiste en mantenerse en la testarudez del barro y no se doblega en las manos del olero, y al mismo tiempo está cada vez más seguro de que es a esta vocación a la que Dios le ha llamado, se encuentra tal y cual dijo Mons. Fulton Sheen: crucificado entre estos dos extremos. En el centro, el corazón sacerdotal se encuentra clavado, junto a su Señor, junto al que es La Fuente principal de nuestro sacerdocio, el modelo perfecto de nuestro sacrificio. Hay que volver a clavarlo todos los días, a cada nuevo día, puede llegar a ser pesado, puede agotar, puede oprimir: Venid a mí los que estáis cansados y agobiados

                Una cosa es cierta: en la cruz encontraremos descanso, y más, en la cruz encontraremos la verdadera felicidad, siempre. Ser sacerdote es ser llamado a ser el más feliz de los hombres. Fue éste el lema que elegí para mi ordenación sacerdotal, para mi ministerio. Es una frase que personalmente me marca mucho, especialmente por el contexto dónde viene mencionada… lo que le sigue: aun así, también a comprometerse diariamente con la mayor de las guerras: la que se libra en el interior. ¿Cuánto tiempo esta guerra interior habrá de durar? Mientras haya un frágil latir en el corazón del sacerdote, sean 365 días o sean muchos más 365 días por delante, no importa. Un año en el Calvario significa que es justamente en la cruz que uno gozosamente debe encontrar el sentido a su ministerio, encontrar ahí la fuente de su felicidad: Ser sacerdote es ser llamado a ser el más feliz de los hombres y… aun así, llevar la guerra interior, esta verdadera crucifixión dialéctica entre estos dos extremos: la sublimidad de la vocación y la fragilidad del barro.

«Por eso vivo contento en medio de las debilidades […]. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (Cfr. 2Cor 12, 10) Por eso es que «doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio.» (Cfr. 1Tim 1, 12-13) “El amor y la gracia de la Santísima Trinidad me ayuden a ser fiel en la obra que ha comenzado.”[4]

¡Ave María, y adelante!

P. Harley Carneiro, IVE

Misionero en Tierra Santa

16 de noviembre de 2025

[1] S.Th.,  I, q. 77, a.2; C.G., II, 82

[2] In I De Causis, lect. II, s. 15

[3] Cfr. Directorio de Espiritualidad, 146

[4] Fórmula de Profesión de votos religiosos del IVE

¡Cristo Rey con feligreses!

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:

La solemnidad de Cristo Rey, tan esperada por todos nosotros, ha sido del todo especial este año en la casa de santa Ana; pues, además de la especial solemnidad con que corresponde celebrarse, en esta oportunidad tuvimos la gracia de recibir un variado grupo de amigos y peregrinos de habla hispana que actualmente viven en el país, y deseaban rezar junto con los monjes en un día tan importante, y aprovechar para compartir luego los debidos festejos.

La jornada comenzó con el recibimiento de los peregrinos (acompañados por algunos amigos del monasterio), a las 15:00 hs. para realizar la debida visita guiada, en la cual el monje portero siempre les comparte la historia de este sencillo lugar santo, cómo la Custodia Franciscana de Tierra aceptó nuestro pedido para vivir custodiando este lugar y nos encomendó fraternalmente su cuidado y atención de los peregrinos, y, por supuesto, algo acerca del estilo de vida monástico en nuestra familia religiosa.

A continuación, comenzó la Adoración Eucarística en nuestra pequeña capilla, guiada al principio por el Hno. Diego, acompañando las oraciones con los feligreses, y luego quedando la mayor parte en el correspondiente silencio delante del Santísimo Sacramento, para que cada cual siguiera rezando tranquilamente. Mientras tanto, los sacerdotes -P. Harley y P. Jason-, atendimos las confesiones afuera, en la basílica, hasta la bendición solemne y rezo de las letanías, con la cual terminaba la Adoración y preparábamos todo para la santa Misa a las 17:00.

Fue muy lindo de ver la pequeña capilla “llena de feligreses” pues, si bien no es nada grande, sin embargo, nos hacía agradecer de manera especial pues desde hace tiempo tenemos presente en nuestras plegarias la intención del “regreso de los peregrinos a Tierra Santa”, y como varios de los presentes venían por vez primera al monasterio, pues con toda propiedad se adjudicaban el título de peregrinos.

Posteriormente pasamos a compartir la cena, de la cual nuestros mismos visitantes se encargaron, cerrando la jornada en un ambiente festivo muy agradable, conociéndonos más y quedando en contacto para cuando deseen regresar al monasterio, donde ya saben que siempre que lo deseen encontrarán a nuestro Señor en el sagrario para rezar, y la posibilidad de confesarse o poder hablar en español con alguno de los monjes para sus respectivas consultas.

Agradecemos a la Sagrada Familia y a todos ustedes por sus oraciones; los invitamos a unirse al pedido de oraciones por el regreso de los peregrinos y, especialmente, a rezar por los más necesitados, por los enfermos y las benditas almas del purgatorio, y por la conversión de los pecadores más alejados y la santificación de las almas buenas.

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

(Fotos en nuestro Facebook)

“Un año bueno y un año malo…”

Cosecha en el Monasterio de la Sagrada Familia

 

Queridos amigos:

Una cosa que hemos aprendido en estos años custodiando la casa de santa Ana, llegado el tiempo de la cosecha, es el hecho de que normalmente hay “un año bueno y un año malo”, según nos han enseñado los vecinos y según hemos podido constatar con nuestros propios ojos; es decir: un año la cosecha es abundante, y al año siguiente es, por el contrario, notablemente menor. Pues bien, como el año pasado fue, gracias a Dios, de mucha abundancia, no es de extrañar que esta vez, lo que anteriormente nos haya tomado prácticamente 3 semanas -y con ayuda de algunos amigos., este año lo hayamos hecho en tan sólo un día y medio. Sí, este año no llegamos ni siquiera a la cantidad que el propio monasterio suele necesitar hasta la siguiente cosecha así que más adelante, probablemente, nos tocará comprar aceite. Ahora bien, la gran pregunta respecto a la cosecha es: ¿realmente fue un año malo? Si atendemos al aspecto material, la respuesta podría ser afirmativa; sin embargo, espiritualmente hablando -que es lo que realmente nos interesa-, ¡podemos decir que fue excelente! Y esto por todo lo que implicó la jornada misma de trabajo y voluntariado.

El sábado bien temprano, luego de haber terminado nosotros las oraciones de la mañana (Adoración Eucarística, rezo de las horas litúrgicas y del santo rosario comunitario), llegaron nuestros amigos a realizar fielmente su voluntariado como el año anterior; pero no sólo eso, sino que esta vez trajeron a más personas para ayudarnos, de las cuales algunas no conocían siquiera el monasterio. Fue así que, luego de los correspondientes saludos y presentaciones, la jornada comenzó con la habitual visita guiada, que los peregrinos nos piden con el toque de campana que llama al monje portero a atender. Especialmente notable fue la alegría de quienes por primera vez estaban aquí para saber algo de la historia de este lugar santo perteneciente a la Custodia Franciscana de Tierra Santa, nuestros hermanos, y que actualmente, por gracia de Dios, los monjes del IVE podemos atender con nuestras oraciones y trabajos. Y luego de las preguntas y las fotos, tanto de las ruinas de la basílica como de la capilla, nos juntamos todos a rezar y encomendar la jornada de cosecha a la Sagrada Familia, ofreciéndola por todas las almas encomendadas a nuestras oraciones y por el regreso de los peregrinos a Tierra Santa.

Como siempre, el ambiente fue muy familiar y una hermosa oportunidad de hacer apostolado y compartir experiencias, aclarar dudas, etc. Y así, con el sudor en la frente, se nos pasó volando el día entre el sonido de las aceitunas cayendo sobre las lonas y los pequeños sacos que se iban llenando con el fruto del esfuerzo común y generoso de todos. Luego del almuerzo hubo un pequeño tiempo más como para ir rastrillando los pocos árboles que aún tenían aceitunas; a continuación, vino el tiempo de asearse y arreglarse para culminar con lo más importante de todo: la santa Misa en nuestra pequeña capilla dedicada a la Sagrada Familia.

Así, pues, queridos amigos, no nos parece del todo exacto decir que “este año fue el año malo”; pues las gracias no se dejaron de derramar en abundancia, y las virtudes propias de este tipo de actividades fueron los primeros y más duraderos frutos de toda la jornada: la generosidad, la amabilidad, el esfuerzo, el buen espíritu, etc., con que todos quisimos aportar para el común. Buen año entonces para la casa de santa Ana, no en la abundancia de las aceitunas, pero sí en el testimonio especialmente de generosidad de quienes nos quisieron venir a ayudar, conocer el monasterio y rezar con nosotros en la santa Misa.

A la Sagrada Familia y a todos ustedes por sus oraciones les agradecemos sinceramente.

(Fotos en nuestro Facebook)

¡Basílica llena!

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:

Como ya les hemos contado anteriormente, hace ya un buen tiempo, por gracia de Dios la casa de santa Ana aquí en Séforis, fue nombrada santuario de la Custodia franciscana de Tierra, atendido por los monjes del Instituto del Verbo Encarnado, maravillosa expresión de lo que pudimos ver hace algunos años, antes de la guerra y del corona, cuando los devotos grupos comenzaban a llegar prácticamente cada semana para rezar, confesarse, celebrar la santa Misa, escuchar la visita guiada de parte de los monjes y pedir las gracias especiales que se encuentran “escondidas” en cada santuario, particularmente según seas sus correspondientes patronos, como lo es aquí santa Ana y la Sagrada Familia completa. Sin embargo, después de la guerra y hasta ahora, ha sido realmente excepcional recibir a algún grupo en semanas, limitándose las visitas prácticamente a algún que otro vecino, quizás un par de amigos del monasterio o el paso de alguno de nuestros sacerdotes y hermanas que misionan por esta zona. Si bien el silencio externo es una parte esencial de la vida monástica en orden a ayudar a vivir en el silencio interior, apropiada fragua del recogimiento que ha de buscar incansablemente el monje, sin embargo, no deja de ser triste la razón actual del silencio de tantos santuarios, que no es otra que esta ausencia de los peregrinos que antes colorearan con sus visitas los santos lugares. Pero últimamente, al encontrarnos con otros religiosos, hemos escuchado -aunque muy aisladamente- que por tal lugar pasó un grupo y en tal santuario vieron otro, y que en tal altar de tal santuario una devota comitiva celebró la santa Misa… Con esto presente han de imaginarse y compartir nuestra alegría cuando un grupo de Senegal, acompañados al igual que el año pasado por Monseñor Paul Abel Mamba, nos confirmó su asistencia para celebrar este pasado sábado la santa Misa, en la cual los restos de la basílica que alberga este lugar santo pudieron ver nuevamente entre sus muros al gran grupo que vino a venerar especialmente a santa Ana. Monseñor, junto con 10 sacerdotes y 450 feligreses, ¡llenaron la basílica!, celebrando píamente la santa Misa acompañada por cantos tradicionales, y pudiendo hacer nosotros un gran apostolado, para el cual nos ayudaron nuestras hermanas de Nazaret.

Seguimos rezando por la paz en el mundo entero, pero la paz verdadera y duradera. Es cierto que por esta zona de Galilea y por Jerusalén hay actualmente tranquilidad, pero necesitamos que haya paz, ¡paz en los corazones!, ¡paz en las familias!, ¡paz entre los pueblos!, intención especialmente agregada continuamente en nuestro pequeño monasterio, que más silencioso de lo normal acompaña a la distancia con sus oraciones y sacrificios a todos aquellos que rezan por nosotros y nos piden oraciones.

Damos gracias a la Sagrada Familia y a todos ustedes por sus oraciones, y pedimos especialmente para que poco a poco los santuarios puedan volver a recibir las súplicas confiadas de quienes tengan la gracia de poder visitarlos.

Siempre en unión de oraciones:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia

Concierto 2025

Desde la casa de santa Ana

Queridos amigos:

…Lo más significativo de este concierto ha sido en realidad el contexto. Estaba dispuesto justamente para los días en que comenzaron los problemas que ya todos saben, así que el hecho de haber podido retomar esta iniciativa que ya lleva algunos años, fue una gran alegría para todos. En los saludos iniciales la mayoría de los que hablaron remarcaron la misma idea de poder disfrutar en paz de la música ofrecida por la orquesta. De parte nuestra, el mensaje fue hacer una especie de pausa durante la hora y media que duró todo, compartir en paz todos juntos, y rezar por la paz. Les dijimos que los monjes a diario rezamos por la paz, para que reine en el mundo y en los corazones, y el asentimiento fue general, pues todos los presentes deseábamos lo mismo.

Una pequeña consideración valiéndonos del tema, podría ser la de la necesidad y búsqueda de la armonía en nuestra vida. Si durante la presentación de una pieza un músico llega a desafinar, de alguna manera es como que la canción se arruina… y tal vez haya sido sólo una nota, sólo durante un segundo, pero al menos ese instante se arruina, y por más que la música continue perfectamente hasta el final, desgraciadamente muchos recordarán dicho error. Ahora bien, en nuestra vida espiritual, debido al pecado original, la desarmonía consiste en más de una nota errada, pues es muy probable que no tengamos solamente un defecto que corregir ni haya sólo 2 o 3 pecados que reparar, pero la gran diferencia con nosotros es que cada aspecto que corregimos, mejoramos, cada falta que reparamos y cada buen propósito que emprendemos, no sólo que recupera, sino que le va dando armonía a nuestra vida y Dios se goza de ello. La armonía es la correcta disposición de las partes dentro del todo, podríamos decir, lo cual da belleza y produce deleite. Pues bien, si Dios es quien dirige la obra, con su gracia, con su Palabra, sus mandamientos, sus correcciones paternales y sus divinas mociones, tengamos por seguro que poco a poco nuestra vida se irá armonizando como nuestro buen Padre del Cielo lo desea para nuestro bien y fecundidad espiritual.

Volviendo al concierto, la satisfacción fue general y las palabras de agradecimiento a los artistas que prestaron su talento y su tiempo, y a los monjes que simplemente prestamos la basílica, fueron el telón de fondo que acompañó la larga despedida de las poco más de 350 personas asistentes que aprovecharon para hablar un poco con los religiosos y religiosas pues como bien sabemos, los hábitos religiosos son siempre un gran atractivo tanto para cristianos como para no cristianos, especialmente en estos lugares, convirtiéndose para nosotros nuevamente en una gran oportunidad de compartir y hacer apostolado.

Siempre a gradecidos de sus oraciones y renovando el pedido de oraciones por la paz:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

(Fotos y videos en nuestro Facebook)

Un nuevo relicario para nuestra Capilla

“La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales.” (CIC 955)

La carta a los Hebreos nos advierte: “Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe.” (Heb 13,7) El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 956, al hablar de la intercesión de los santos, nos enseña que por el simple hecho de que “los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la Santidad […] No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra […] Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.

Esta veneración que les prestamos a los santos, confiando en su auxilio junto a Cristo Señor y esperando recibir las gracias necesarias para que alcancemos el mismo camino que ellos mismos han recorrido y que, por lo tanto, han alcanzado la meta definitiva en la eternidad, es algo de una tradición antiquísima en la Iglesia. Con efecto, en el famoso Martirio de San Policarpo, nos es relatado la siguiente frase del santo obispo, dice san Policarpo: “Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios; en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su Rey y maestro; que podamos nosotros, también, ser sus compañeros y sus condiscípulos.” (CIC 957).                                                   

Con gran alegría, esta semana pudimos poner en nuestra sencilla capilla, un nuevo relicario, que nos recuerda toda esta enseñanza milenaria de la Iglesia sobre la veneración de los santos. Es una tradición en nuestra congregación, y en varios otros lugares también, el tener en la capilla un cuadro reservado para las reliquias de los santos, para que ellos también nos acompañen y nos auxilien en nuestro trabajo cuotidiano de amar más y más a Nuestro Señor.

Con ayuda de bienhechores, pudimos mandar confeccionar un relicario más grande, dónde fue posible ordenar no sólo las reliquias que ya teníamos, como también ponerle más reliquias que teníamos guardadas por cuestión de falta de espacio.

Ahora, con mucha alegría, les compartimos esta noticia y, confiados en la intercesión de estos nuestros amigos del Cielo, nos encomendamos unos a otros a su intercesión y ayuda para que ambos podamos alcanzar la gloria de la patria celestial y gozar por toda la eternidad de los gozos y alabanzas al Dios Uno y Trino que vive y reina por los siglos de los siglos, ¡amén!

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia

TODO POR CUSTODIAR A UNA PIEDRA [CRÓNICA]

“El Trabajo del Instituto del Verbo Encarnado en Tierra Santa quiere ser un granito de arena al aporte multisecular y heroico de la Custodia franciscana durante alrededor de 800 años y con la Iglesia peregrina en Jerusalén y en Medio Oriente en cualquiera de sus comunidades cristianas, que son los Santuarios vivos del Pueblo de Dios.”[1] Así, con estas palabras, de un modo muy sintético, resumía nuestro Padre fundador el trabajo del IVE en las tierras de Medio Oriente. ¿Qué decir entonces, cuándo, por gracia de Dios, nos es posible visitar, conocer, rezar en los lugares donde el Verbo Encarnado vivió, actuó, predicó? ¿Qué podemos decir entonces cuándo recibimos el don inconmensurable de ofrecer el Santo Sacrificio en estos lugares? Es la memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, siendo actualizada en lugares impares en la historia del cristianismo.

Por gracia de Dios, el pasado lunes (12/05), con los monjes del Monasterio de la Sagrada Familia, en Séforis, pudimos realizar un día de peregrinación, siendo que el lugar pensado para conocer un poco mejor fue nada menos que la sede de la Iglesia Madre, la ciudad de Jerusalén.

 Habiendo apuntado un horario para poder celebrar la Santa Misa en el Santo Sepulcro a las 6:00, estuvieron también presentes algunos de nuestros sacerdotes misioneros. Ya por aquí me quedo, dejando para otro momento lo demás que ocurrió en el día, para intentar describir bien, o mejor, compartir lo que se pueda del sentimiento que ha dado vueltas y vueltas en mi corazón desde los días previos y especialmente en el momento de ofrecer el  Santo Sacrificio ahí, en la Tumba del Santo Sepulcro, en el altar sobre la roca que señaliza exactamente el lugar de la Resurrección de Cristo y que, por supuesto, fue el único testigo del hecho admirable de dicha Resurrección de entre los muertos del Hijo de Dios, que murió para redimir al hombre y resucitó para darnos una vida inmortal.

El Evangelio nos dice que la primera peregrinación a la tumba de Jesús tuvo lugar en la madrugada del domingo, es decir, del primer día de la semana. A ejemplo de las santas mujeres nosotros nos desplazamos en dirección a Jerusalén, saliendo de la casa de los padres en Bethlehen a las 4:30 de la mañana, llegando temprano a la basílica del Santo Sepulcro. Estaban terminando su oficio litúrgico en la tumba los griegos ortodoxos, con sus liturgia cantada e incienso ininterrumpido que subía al Cielo en la penumbra de la noche que se terminaba, y en la alborada del día que estaba por empezar.

A las 5:55, ya revestidos con los ornamentos sacerdotales y preparados, nos dirigimos a la Edicola, saliendo de la sacristía de los Frailes Franciscanos. Era muy grande lo que iba a suceder a partir de ahí.

Comenzamos la Santa Misa, siguiendo el proprio de la Misa del Domingo de Pascua, una gracia permitida a los que celebran en el Santo Sepulcro. La Misa transcurrió normalmente -lo que por sí solo ya es una cosa magnífica- y en los distintos momentos dónde uno puede hacer una pausa silenciosa entre las oraciones, fue posible contemplar lo que yacía delante nuestro.

Resonaban en mi mente fragmentos sueltos del Evangelio que tenían conexión con aquel lugar: “María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.” (Jn 20,1) / “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?” (Mc 16,3) / “Encontraron corrida la piedra del sepulcro.” (Lc 24,2) / “…un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima.” (Mt 28,2) / “Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado.” (Lc 24,5-6) / “No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho.” (Mt 28,6) / “Entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús.” (Lc 24,3) / “No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron.” (Mc 16,6)

Por supuesto que le miraba: tenía varias veces la mirada fija ahí, en esta piedra, piedra que fue testigo del hecho de la resurrección de un Dios que había muerto por el hombre, su criatura. Suena como locura esto, ¿verdad?; pero es que así fue. Nosotros no fuimos testigos del momento histórico, pero hemos recibido la predicación desde los apóstoles hasta nuestros días, y en esto creemos: “La Resurrección pertenece al centro del Misterio de la fe, que transciende y sobrepasa a la historia.”[2]

San Pablo, el Apóstol de los gentiles, ha exclamado que “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe[3], pero sabemos la verdad. Creemos y profesamos que Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, muerto por nosotros los hombres, en el Calvario el Viernes Santo, ha bajado a los infiernos, ha vencido la muerte con su muerte, para traernos la vita: Mors et vita duelo, conflixere mirando –canta la secuencia del Victimae Paschalis el domingo de Pascua- y al final, Dux vitae mortuus, regnat vivus.

Cristo ha resucitado verdaderamente, existe un signo esencial que fue testigo de esta verdad: la piedra del santo Sepulcro. “Ciertamente que lo que más nos movió a prestar el servicio de misioneros para Tierra Santa fue la presencia de un lugar, único en el mundo, que se ha constituido para todos como ‘un signo esencial’ de la Resurrección como ‘acontecimiento histórico y transcendente’: el sepulcro vacío.”[4], nos dejó escrito nuestro fundador en su último libro; y poder celebrar la Santa Misa en este preciso lugar, es algo excepcional. Sé que muchos de los nuestros ya lo han hecho, y creo que para cada uno esto conlleva un sentimiento muy particular que nos marca y nos anima, cada uno a su modo, a seguir el trabajo misionero que nos ha sido encomendado.

Entiendo el motivo por el cual el padre ha querido que los misioneros que fuesen enviados a estas tierras, a Tierra Santa, se preparasen también conociendo, estudiando a la historia, a la geografía de la tierra por donde Jesús vivió, pues, él mismo escribió: “Junto a la ‘historia de la salvación’ existe una ‘geografía de la salvación’. Por tanto, los lugares santos tienen el privilegio de ofrecer a la fe un irrefragable sustento, permitiendo al cristiano venir en contacto directo con el ambiente, en el cual ‘el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros’.[5] Todo el trabajo de nuestra pequeña familia religiosa aquí en estas tierras consiste en ayudar, aunque sea en forma de un granito de arena, a custodiar a una piedra.

Con el prefacio Pascual III, en el Misal Romano, rezamos: Porque él no cesa de ofrecerse por nosotros, intercediendo continuamente ante ti; inmolado, ya no vuelve a morir; sacrificado, vive para siempre. Y con la Santa Misa celebrada ahí, en el Santo Sepulcro, rebosantes de gozo pascual, ofrecimos en el Señor el sacrificio en el que tan maravillosamente renace y se alimenta la Iglesia.[6]

Por fin, hay un pasaje de San Pablo a los Corintios que hermosamente podría concluir estas palabras, dejándonos la síntesis de la fe y la esperanza que nos mueve a seguir adelante en el anuncio de Cristo Resucitado:

Mirad, os voy a declarar un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la última trompeta; porque sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es preciso que esto que es corruptible se vista de incorrupción, y que esto que es mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?’. El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de Nuestro Señor Jesucristo! De modo que, hermanos míos queridos, mantenemos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor.”[7]

Y pensar que todo esto solamente es posible porque hay una piedra a ser custodiada…

 

P. Harley D. Carneiro, IVE

Misionero en Tierra Santa.

[1] El Señor es mi Pastor, p. 504

[2] El Señor es mi Pastor, p. 503

[3] 1Cor 15,14

[4] El Señor es mi Pastor, p. 497

[5] El Señor es mi Pastor, p. 498

[6] Cfr. Oración sobre las ofrendas, Misa del Domingo de Pascua

[7] 1Cor 15,51-58

En este último tiempo…

Desde la casa de santa Ana
Queridos amigos:
Por gracia de Dios, desde que comenzó la tregua el ambiente cambió notablemente (al menos así es en esta parte de Medio Oriente), y la casa de santa Ana ha podido palpar notablemente esta nueva etapa que hace poco tiempo hemos comenzado, lo cual se ha dejado ver especialmente en el regreso de los visitantes, tanto los que vienen propiamente como “peregrinos”, es decir, para rezar pidiendo esas gracias especiales que ofrecen los santos lugares, como aquellos que vienen más bien por el aspecto histórico y la curiosidad acerca de lo que es un monasterio y el estilo de vida de los monjes, pues para no pocos de los habitantes locales de la zona es algo más bien desconocido. Dentro de estas visitas podemos resaltar la de nuestros padres y hermanas de las misiones vecinas y más cercanas, con quienes pudimos compartir especialmente durante la octava de Pascua, ese “gran Domingo” prolongado y dedicado a celebrar y alegrarnos de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Tampoco han faltado -si bien aún no se dejan ver los grupos como antes de la guerra en mayor cantidad-, las almas devotas que han venido a acompañar a nuestro Señor sacramentado o participar de vez en cuando de la santa Misa, como nuestro pequeño grupo de amigos hispanos que asisten a la santa Misa del sábado por la tarde, iniciativa que la Divina Providencia puso en nuestro camino cuando llegaron los primeros a pedirnos la santa Misa dominical en español, la cual gracias a Dios se sigue realizando ya desde hace algunos años; y hasta un par de almas voluntarias para ayudarnos con los trabajos hemos podido recibir, con profunda gratitud de nuestra parte.
Tampoco han faltado los grupos de peregrinos extranjeros que lentamente se van dejando ver por Séforis, así como los primeros grupos escribiéndonos desde la distancia para agendar la celebración de la santa Misa en los meses futuros.
Por supuesto que los trabajos de mantenimiento son parte de la maravillosa custodia de este sencillo santuario, y nos permiten llevar a cabo en el silencio propio del monasterio la misión que se nos ha encomendado, ayudándonos a vivir el “ora et labora” que ha de signar la vida contemplativa.
Y dentro de todo este contexto del Triduo pascual y la celebración de la resurrección, nos ha tocado a todos como Iglesia despedir al santo Padre, el Papa Francisco, a quien encomendamos especialmente a la Sagrada Familia, y por quien hemos recibido muchas condolencias de parte de nuestros amigos locales, principalmente cristianos, pero también de los no cristianos, tanto del vecindario como guías locales, y rezando ahora junto con todos los feligreses por la Iglesia.
Siempre hay mucho para rezar, para trabajar, atender, etc., y pedimos a la Sagrada Familia que nos alcance del Cielo la gracia de vivir así siempre nuestra vida, velando, ocupados en la búsqueda de la Divina voluntad; con el firme deseo de reparar nuestras faltas y adquirir las virtudes que necesitamos para darle a Dios la gloria que le corresponde.
Seguimos rezando siempre por sus intenciones.
“Tú, ¿qué has hecho? La responsabilidad del crecimiento de la Iglesia es mía. Él cumplió su misión, pero quiere que yo cumpla la mía. Quiere servirse de mis pies para caminar, de mis manos para trabajar, de mis labios para bendecir, de mi ejemplo para entrar en las almas. ¿Le negaré mi esfuerzo? Aquí está mi sublime y consoladora realidad.”
San Alberto Hurtado

Solemnidad de la Encarnación en Nazaret

Desde la casa de santa Ana

Dice san Alberto Hurtado: “Al buscar a Cristo es menester buscarlo completo. Él ha venido a ser la Cabeza de un Cuerpo, el Cuerpo Místico, cuyos miembros somos o estamos llamados a serlo nosotros los hombres, sin limitación alguna de razas, cualidades naturales, fortuna, simpatías… Basta ser hombre para poder ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, esto es, para poder ser Cristo. El que acepta la encarnación la ha de aceptar con todas sus consecuencias y extender su don no sólo a Jesucristo sino también a su Cuerpo Místico.”
A partir de este breve párrafo, quería resaltar una especie de binomio que podemos deducir del misterio de la Encarnación en relación con nosotros: Jesucristo se encarnó para asumir todo lo auténticamente humano; y a la vez, el hombre rescatado y redimido por Jesucristo, está llamado a “ir asumiendo a Jesucristo”:
En el sentido primero y más externo, ha de aprender a imitar a su santísima humanidad, que nos dejó ejemplo de todas las virtudes y obró de manera siempre referencial para nosotros; pero también en un sentido más profundo todavía, es decir, en el sentido de ir asimilando poco a poco -por la gracia- al Dios que se nos da por el maravilloso misterio de la inhabitación trinitaria. Y nosotros, en cuanto miembros de la familia religiosa del Verbo Encarnado, debemos contribuir especialmente a esto con nuestro apostolado y nuestra predicación en la misión que sea que la Divina Providencia nos haya encomendado; como lo dicen claramente nuestras constituciones: “comprometemos todas nuestras fuerzas para inculturar el Evangelio, o sea, para prolongar la Encarnación en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre , de acuerdo con las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia .”… prolongar la Encarnación, es decir, contribuir a que se siga extendiendo por la humanidad en gracia a través de esa asimilación de Jesucristo…
“El primer rasgo que nos llama la atención en el Hijo de Dios -dice el P. Hurtado- es su resolución de hacerse hombre por salvarnos a nosotros hombres, y elevar nuestras vidas a la altura de la vida divina.” …Resolución significa determinación, empuje o entereza, que en nuestro caso son irrenunciables cuando se trata de llevar a las almas a Dios, de enseñarles a ir asumiendo el plan divino del que vino a nuestra humanidad para salvarla. Y justamente la entrada en este mundo del Hijo de Dios para realizar su plan divino es lo que pudimos celebrar este 25 de marzo, por gracia de Dios, nuevamente en Nazaret, lugar preciso del anuncio del ángel a María santísima y la Encarnación del Hijo de Dios.
Los Maitines solemnes fueron el día 24 por la tarde y la santa Misa al día siguiente por la mañana, en la Basílica de la Anunciación, donde pudimos renovar nuestra consagración delante de la gruta de Nazaret, dando gracias por tantas gracias recibidas en estos 41 de existencia de nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado, pidiendo la gracia de ser fieles a lo que Dios nos pida e interceder siempre con generosidad en bien de las almas.
¡Dios los bendiga, siempre gracias por sus oraciones!
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.