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SOBRE LA ORACIÓN – San Agustín – Iª Parte

En estas tinieblas de la vida presente, en las que peregrinamos lejos del Señor, mientras caminamos por la fe y no por la visión9, debe el alma cristiana considerarse desolada, para que no cese de orar.

  1. Recuerdo que me pediste, y yo convine en ello, que había de escribir algo para ti acerca de la oración. Ahora que ese Dios a quien oramos me ayuda y tengo tiempo y oportunidad, voy a pagar mi deuda y ponerme al servicio de tu piadoso deseo en la caridad de Cristo. No puedo explicar con palabras el gozo que me causó tu petición, pues en ella reconocí lo mucho que te preocupas por tan alto negocio. ¿Qué ventaja mayor pudo ofrecerte tu viudez que la constancia en la oración de día y de noche, según el aviso del Apóstol, que dice:La que es verdaderamente viuda y desolada, espere en el Señor y persista en la oración de día y de noche?1Puede causar extrañeza el que, siendo, según este siglo, noble, rica, madre de numerosa familia, viuda en el siglo, aunque no desolada, haya llegado a ocupar tu espíritu y a reinar en él esa preocupación de orar; pero es porque prudentemente entiendes que en este mundo y en esta vida no hay alma que pueda vivir segura.
  2. Quien te infundió ese pensamiento, hace contigo, sin duda, lo que hizo con sus discípulos. Entristecidos quedaron, no por sí mismos, sino por el género humano, y desesperanzados de la salvación de todos, al oír que era más fácil que un camello entrara por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos. El Señor les hizo una portentosa y benigna promesa: que para Dios era fácil lo que para los hombres era imposible2. Pues aquel para quien es fácil hacer entrar a un rico en el reino de los cielos te inspiró esa piadosa solicitud, sobre la cual te decidiste a preguntarme cómo has de orar. Cuando todavía estaba Jesús en la carne, envió al rico Zaqueo al reino de los cielos. Resucitado y glorificado, después de la Ascensión, hizo que muchos ricos desdeñasen este siglo, repartiéndoles el Espíritu Santo, y aun los hizo más ricos poniendo fin a su codicia de riquezas ¿Cómo te preocuparías tú de orar a Dios si no esperases en Él? ¿Y cómo esperarías en Él si esperases en lo incierto de las riquezas y despreciases el precepto del Apóstol? Dijo, pues, el Apóstol:Manda a los ricos de este mundo que no se jacten de su saber ni esperen en lo incierto de las riquezas, sino en Dios vivo, que nos da de todo abundantemente para gozarlo; para que sean ricos en obras buenas y repartan con facilidad y comuniquen y se atesoren un fundamento bueno para el futuro, para que conquisten la vida eterna3.
  3. Debes, pues, por el amor de la vida verdadera, considerarte desolada en el siglo, sea cualquiera la felicidad que te envuelva. En conformidad con aquella vida verdadera (en cuya comparación esta que tanto se ama, por muy alegre y larga que sea, no merece el nombre de vida) es también verdadero el consuelo que el Señor promete por el profeta, diciendo:Le daré un consuelo verdadero, paz sobre paz4.Sin ese consuelo, en todos los otros consuelos más se encuentra desolación que consolación. Porque las riquezas y las cumbres de los honores y las demás vanidades con que se juzgan felices los mortales, por no conocer aquella verdadera felicidad, ¿qué consolación brindan, cuando en ellas es más importante no necesitar que sobresalir, cuando atormentan, después de adquiridas, con el temor de perderlas, mucho más que con el ardor de poseerlas cuando aún no se tienen? Con tales bienes no se hacen buenos los hombres; los que se hicieron buenos por otra parte, hacen por el buen uso que ellas sean bienes. No está en ellas el verdadero consuelo, sino más bien allí donde está la verdadera vida, puesto que es necesario que el hombre se haga bienaventurado con lo mismo que se hace bueno.
  4. Parece que los hombres buenos brindan en esta vida no pequeños consuelos. Si la pobreza aprieta, si el luto entristece, si el dolor corporal atormenta, si acongoja el destierro, si cualquiera calamidad angustia, hay hombres buenos que no sólo saben alegrarse con los que se alegran, sino también llorar con los que lloran5, y saben hablar y conversar amablemente. Suavizan no poco las asperezas, alivian las cargas, ayudan a superar las adversidades; pero en ellos y por ellos obra aquel que los hace buenos con su Espíritu6. Por el contrario, si las riquezas abundan y ninguna orfandad sobreviene, si hay salud en la carne y habitación incólume en la patria, pues en ella hay también hombres malos de quienes nada puede fiarse, de quienes se temen y soportan el fraude, el dolo, los arrebatos, las discordias y las traiciones, ¿acaso no se convierten en amargas y duras todas aquellas riquezas? ¿Acaso se encuentra en ellas parte dulce o alegre? En todos los negocios humanos, nada es grato para el hombre si no tiene por amigo al hombre. ¿Quién puede hallarse que sea tan buen amigo, que podamos tener en esta vida seguridad cierta de su intención y de sus costumbres? Como nadie se conoce a sí mismo, tampoco unos a otros se conocen; y nadie se conoce a sí mismo hasta el punto de estar seguro de su conducta en el siguiente día. Por eso, aunque muchos sean conocidos por sus obras7y otros muchos alegren a los prójimos con su buena conducta, otros muchos los entristecen con la suya mala. Por esa ignorancia e incertidumbre del ánimo humano, nos amonesta justamente el Apóstol a que no juzguemosantes de tiempo, hasta que venga el Señor, e iluminará los secretos de las tinieblas, y manifestará los pensamientos del corazón, y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios8.
  5. En estas tinieblas de la vida presente, en las que peregrinamos lejos del Señor, mientras caminamos por la fe y no por la visión9, debe el alma cristiana considerarse desolada, para que no cese de orar. Aprenda en las divinas y santas Escrituras a dirigir a ellas la vista de la fe como a una lámpara colocada en un tenebroso lugar hasta que nazca el día y el lucero brille en nuestros corazones10. Como una fuente inefable de ese resplandor es aquella luz, que reluce en las tinieblas11de tal modo que las tinieblas no la envuelven. Para verla hemos de limpiar nuestros corazones por medio de la fe12, puesbienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios13, y sabemos que cuando apareciere seremos semejantes a El, porque le veremos como El es14. Entonces habrá verdadera vida tras la muerte, y verdadero consuelo tras la desolación. Aquella vida eximirá a nuestra alma de la muerte, y aquel consuelo librará nuestros ojos de las lágrimas. Y pues allí no habrá tentación alguna, sigue diciendo el Salmo: Y librará mis pies de la caída. Pues si no hay ya tentación, tampoco habrá oración; porque no cabrá allí esperanza del bien prometido, sino goce pleno del bien otorgado. Por eso sigue diciendo: Agradaré al Señor en la región de los vivos15, en que entonces estaremos, no en el desierto de los muertos, en que ahora estamos. Porque estáis muertos, dice el Apóstol, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; mas cuando apareciere Cristo, vuestra vida, entonces apareceréis vosotros con él en la gloria16. Esa es la verdadera vida, que los ricos deben conquistar con sus buenas obras, según tienen mandado. Una viuda desolada, aunque tenga muchos hijos y nietos y lleve piadosamente su casa, procurando que todos los suyos pongan su esperanza en Dios17, tiene que decir con este consuelo en la oración: Mi alma tuvo sed de ti; ¡cuánto te desea mi carne en esta tierra desierta, y sin camino, y sin agua!18 Esto es esta vida moribunda, por muchos consuelos humanos que la rodeen, por muchos compañeros de camino que tenga, por mucha abundancia de cosas que la llenen. Bien sabes cuan inciertas son todas las delicias. Y en comparación de aquella felicidad prometida, ¿qué podrían ser, aunque no fuesen inciertas?
  6. Te digo esto porque has solicitado mis palabras, tú, una viuda rica y noble, madre de numerosa familia, acerca de la oración; te invito a que te sientas desolada en medio de todos los que permanecen contigo en esta vida y te atienden, porque todavía no has alcanzado aquella vida en la que se da el verdadero y cierto consuelo, donde se cumplirá lo que está escrito por el profeta:Por la mañana nos saciamos de tu misericordia y nos hemos alegrado y regocijado en todos nuestros días. Nos hemos congratulado por los días en que nos humillaste, por los años en que vimos la adversidad19.

De la carta 130 de San Agustín a Proba

2ª CARTA DE UN MONJE EN EL SAHARA – SAN CHARLES DE FOUCAULD

El tiempo se nos ha dado para santificarnos y santificar a los demás, y no para ser inútiles y malos; grave es la advertencia de Jesús: «Será pedida cuenta en el último día de toda palabra inútil».

San Charles de Foucauld

Tamanrasset, 11 de marzo 1909

Desde hace mucho tiempo, perseguido por la idea del abandono espiritual de tantos infieles, y en particular del de los musulmanes e infieles de nuestras colonias, viendo, al mismo tiempo, el amor por los bienes materiales y la vanidad invadir cada vez más al pueblo cristiano, he puesto sobre el papel, después de mi último retiro, hace un año, un proyecto de asociación católica, teniendo el triple fin de llevar a los cristianos a una vida de acuerdo con la del Evangelio, presentando como modelo a Aquel que es el Modelo Único; de desarrollar entre ellos el amor de la Santa Eucaristía, que es el bien infinito y nuestro Todo, y provocar entre ellos un movimiento eficaz para la conversión de los infieles, y especialmente para el cumplimiento del deber estricto que todo pueblo cristiano tiene de dar educación cristiana a los infieles de sus colonias.

No solamente por medio de dones materiales es como se debe trabajar por la conversión de los infieles, sino provocando el establecimiento entre ellos, a título de cultivadores, de colonos, comerciantes, artesanos, propietarios, etc., de excelentes cristianos de todas las condiciones, destinados a ser preciosos apoyos para los misioneros, a atraer por medio del ejemplo, la bondad y el contacto, a los infieles a la fe y a ser los núcleos a los cuales puedan agregarse uno a uno los infieles a la medida que se conviertan. La Cofradía, con la intensidad de vida cristiana que debe desarrollar y el deber de convertir infieles, que debe ponerse continuamente ante los ojos, es apropiada también para multiplicar las vocaciones de sacerdotes, religiosos y religiosas misioneros. De buenos cristianos viviendo en el mundo, la Cofradía hará una especie de misioneros laicos; ella los llevará a expatriarse para ser misioneros laicos entre las ovejas más perdidas, mostrándolas cómo la conversión de ellas es un deber para los pueblos católicos y cómo es hermoso y cristiano consagrar su vida a ellas.

Los deberes de los hermanos y hermanas que no son sacerdotes ni religiosos hacia los infieles son tanto más graves cuanto ellos hacen a menudo más que los sacerdotes, religiosos y religiosas. Mejor que ellos pueden entrar en relaciones, ligar lazos de amistad, mezclarse y tomar contacto entre ellos. Como los infieles sienten una repulsión contra los cristianos, cuando tienen una religión que les inspira una fe profunda, los sacerdotes, religiosos y religiosas, les causan desconfianza; frecuentemente a los sacerdotes y religiosos les faltan puntos de contacto, ocasión de ponerse en relación con los infieles; además, la prudencia y las reglas de sus Institutos les estorban algunas veces para sobrepasar ciertos límites de intimidad, penetrar en el hogar familiar, entrar en relaciones estrechas. Aquellos que viven en el mundo tienen a menudo, al contrario, grandes facilidades para entrar en estrechas relaciones con los infieles. Sus ocupaciones, administración, agricultura, comercio, trabajo, cualquiera que sea, les ponen, si quieren, en cualquier momento en relación. De estas relaciones, con la ayuda de la caridad, de la suavidad del trato que practiquen, pueden, si quieren, hacer nacer verdaderas amistades, dándoles acceso a los hogares y a las familias más cerradas. El trabajo de los hermanos y hermanas que no son ni sacerdotes ni religiosos no es instruir a los infieles en la religión cristiana ni acabar su conversión; sino de prepararla haciéndose querer por ellos, haciendo caer los prejuicios por la visión de su vida, haciéndoles conocer, por sus actos mejor que por las palabras, la moral cristiana; de disponerlos ganando su confianza, su afecto, su amistosa familiaridad; de tal manera, que los misioneros encuentren un terreno preparado, almas bien dispuestas, yendo ellas mismas a ellos, y a las cuales pueden dirigirse sin obstáculos.

Es a los fieles de los países cristianos a los que incumbe el deber de la evangelización de los infieles… Cualquier retardo, cualquiera frialdad por su parte en el cumplimiento de un deber tan grave, puesto que se trata de la salvación de tantas almas, y tan urgente, puesto que cada día la muerte se lleva muchos delante del Tribunal supremo, es una responsabilidad de la cual cada uno tiene una parte proporcional. El tiempo se nos ha dado para santificarnos y santificar a los demás, y no para ser inútiles y malos; grave es la advertencia de Jesús: «Será pedida cuenta en el último día de toda palabra inútil». Si Dios permite que algunos conserven riquezas, en lugar de volverse pobres materialmente, como lo hizo Jesús, es para que ellos se sirvan de este depósito que Él les ha confiado, como a servidores fieles, según la voluntad del Dueño, para hacer a los demás los beneficios espirituales y temporales, dar recursos materiales allí donde son necesarios para el cumplimiento de los bienes espirituales. Ellos deberán dar cuenta del bien que habrían hecho y que no han hecho. De qué manera, en el Santo Evangelio, Jesús nos lo dice y repite: «Amaos los unos a los otros…; haced a los demás lo que quisierais que se os hiciese…; amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos…». Si después de estas frases, tan frecuentemente leídas, oídas y meditadas, los fieles, y sobre todo los sacerdotes, los religiosos y las religiosas entregados a las almas que están cerca de ellos son negligentes y abandonan a aquellas que están más alejadas, y de las cuales las necesidades son tan grandes y el peligro tan extremo, qué reproches no tendrán que tener por una omisión tan grave por parte de Aquel que ha dicho: «Cada vez que no lo habéis hecho a uno de estos pequeñuelos es a Mí a quien no se lo habéis hecho». Más que nunca, en el siglo XX, la evangelización de los pueblos infieles se ha convertido en un deber estricto para los pueblos cristianos. Otras veces, la ignorancia de los lugares habitados por ellos, lo largo de los viajes y la dificultad de las comunicaciones, la imposibilidad de entrar en relaciones con poblaciones fanáticas o salvajes, expulsando o martirizando a cualquier misionero, frecuentemente a cualquier europeo, eran otros tantos motivos de excusa, retardando la evangelización. Hoy estas excusas no existen. Los viajes, los más largos, se han convertido en cortos y fáciles.

Los pueblos infieles están en su mayor parte sometidos a los europeos, y a los demás les han forzado a respetarlos. Sobre todos los puntos del globo donde hay infieles, el contacto existe entre ellos y los europeos, y allí donde un misionero quiere ir puede hacerlo; no lo puede hacer siempre llamándose abiertamente misionero, pero puede hacerlo en todo momento, disimulando lo que es, bajo apariencias de comercio, agricultura u otras…

La patria es la extensión de la familia; Dios, poniendo en nuestra vida las personas de nuestra familia más cerca de nosotros que las demás, nos ha dado deberes especiales para con ellas; de una manera más amplia ocurre lo mismo con los compatriotas, y, por consiguiente, con las de las colonias de la patria, que forman parte de la gran familia nacional. Este motivo incontestable y fortísimo es el primero por el cual debemos trabajar particularmente por la conversión de los infieles de las colonias de nuestra patria. Otra razón se añade, y es que si somos negligentes hay el temor que sean totalmente abandonados. Por la misma razón que pertenecen a nuestra patria, los cristianos de otros países no se ocuparán, dejándonos a nosotros la carga. La conversión de los infieles es frecuentemente muy difícil. Lo es sobre todo cuando el gobierno local pone obstáculos y es adversario de la religión católica. Esto no debe desanimar; al contrario, esto debe hacer trabajar con más ardor; los obstáculos demuestran que el éxito pide un mayor esfuerzo… Cualesquiera que sean los ínfleles de las colonias de su patria, no serán más difíciles de convertir que los romanos y los bárbaros de los primeros siglos del cristianismo; por muy opuesto que pueda ser a la Iglesia el gobierno de su país, no lo será más que Nerón y sus sucesores. Que los hermanos y hermanas tengan el mismo celo por las almas, las mismas virtudes que los cristianos de los primeros siglos, y ellos harán las mismas obras. Lo harán como ellos, escondidos, disimulados, a ocultas, lo que no puedan hacer abiertamente. El amor hará encontrar los medios, y Jesús hará eficaces los esfuerzos que inspira. Digamos de nuevo: «Es necesario no medir nuestros trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos». Si las dificultades son grandes, apresurémonos tanto más a ponernos a la obra y multipliquemos más nuestros esfuerzos.

* En «Escritos Espirituales», 5ª edición, Editorial Herder – Barcelona – 1988, pp. 220-225.

CARTA DE UN MONJE EN EL SAHARA – SAN CHARLES DE FOUCAULD

“Cuanto más la obra es difícil, lenta e ingrata, más es necesario ponerse apresuradamente a la obra y hacer grandes esfuerzos; la frase de San Juan de la Cruz «no se deben medir los trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos», debe estar continuamente ante nuestros ojos.”

San Charles de Foucauld

Tamanrasset, 9 de junio 1908.

    El rincón del Sahara, que yo solo tengo que trabajar, tiene dos mil kilómetros de Norte a Sur, y mil de Este a Oeste, con cien mil musulmanes dispersos por este espacio, sin un cristiano, si no son los militares franceses en todos los grados; estos últimos son poco numerosos; noventa o cien, diseminados en esta extensión; pues en las tropas saharianas sólo los cuadros son franceses; los soldados son indígenas. Yo no he hecho una sola conversión en serio desde hace siete años que estoy aquí; dos bautismos; pero Dios sabe lo que son y serán las almas bautizadas; un niño pequeño, que los Padres Blancos educan –¡Dios sabe lo que será!– y una pobre vieja ciega: ¿qué habrá en esa cabeza y en qué medida su conversión es real? Como conversión en serio, cero, y aún diré alguna cosa más triste, y es que cuanto más voy viendo, más creo que no hay lugar a buscar hacer conversiones aisladas (salvo casos particulares), por el momento, siendo la masa de un nivel tan bajo, el apego a la fe musulmana tan fuerte, el estado intelectual de los indígenas hace difícil, al presente, hacerles reconocer la falsedad de su religión y la verdad de la nuestra.

    Salvo caso excepcional, no se podría ahora buscar más que conversiones aisladas, conversiones interesadas y solamente aparentes, lo que es la peor de las cosas. En lo referente a los musulmanes, que son semibárbaros, el camino no es el mismo que con los idólatras y fetichistas, gentes del todo salvajes y bárbaros, teniendo una religión del todo inferior; ni como con los civilizados. A los civilizados se les puede proponer directamente la fe católica, son aptos para comprender los motivos de credulidad y para reconocer la verdad; a los completamente bárbaros, lo mismo, pues sus supersticiones son tan inferiores, que se les hace bastante fácil comprender la superioridad de la religión de un solo Dios… Parece ser que con los musulmanes el camino es civilizarlos primero, instruirlos, hacerles gentes parecidas a nosotros; hecho esto, su conversión estaría casi hecha, pues el islamismo no se puede defender delante de la instrucción; la Historia y la Filosofía le hacen justicia, sin discusión: cae como la noche ante el día.

    La obra a hacer aquí, como con todos los musulmanes, es, pues, una obra de educación moral: educarlos moral e intelectualmente por todos los medios: acercarse a ellos, tomar contacto, ligar amistades, hacer caer, por las relaciones diarias y amistosas, sus prevenciones contra nosotros; por medio de la conversación y el ejemplo de nuestra vida, modificar sus ideas; procurar la instrucción propiamente dicha, hacer, en fin, la educación entera de estas almas; enseñarles por medio de escuelas y colegios lo que se aprende en los mismos; enseñarles por el contacto diario y estrecho lo que se aprende en la familia; hacerse de su familia… Obtenido este resultado, sus ideas serán modificadas infinitamente, sus costumbres mejoradas por ellos mismos, y el paso al Evangelio se hará fácilmente. Sin duda alguna, Dios lo puede todo; puede, por su gracia, convertir a los musulmanes y lo que quiera en un instante; pero hasta ahora no ha querido hacerlo; parece, aún más, que no esté en sus designios conceder esta conversión solamente a la santidad, pues si la reserva para la santidad, ¿cómo es que San Francisco de Asís no la ha obtenido? Quedan por emplear los medios que parecen más razonables, todo, y santificándose lo más posible y acordándose que se hace el bien en la medida en que se es bueno.

    Estos medios, lentos e ingratos, con pueblos que nos rechazan y desprecian, que nos llaman «salvajes» y «paganos», que están tan alejados de nosotros en costumbres, lengua y en tantas cosas; estos medios lentos e ingratos son la educación por el contacto y la instrucción. Sobre todo, es necesario no desanimarse ante la dificultad, sino decirse que cuanto más la obra es difícil, lenta e ingrata, más es necesario ponerse apresuradamente a la obra y hacer grandes esfuerzos; la frase de San Juan de la Cruz «no se deben medir los trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos», debe estar continuamente ante nuestros ojos.

    ¿Qué hacer solo ante esta tarea? Por vocación debo tener una vida oculta, solitaria y no una vida de predicación y de viajes. Por otra parte, las almas de estos lugares, para los cuales yo estoy solo, exigen, en tanto que no haya otros obreros, ciertos viajes. Procuro conciliar las dos cosas. Tengo dos ermitas, a mil quinientos kilómetros una de otra. Paso tres meses en la del Norte, seis meses en la del Sur y tres meses en ir y venir cada año. Cuando estoy en una de las ermitas, vivo en ella en clausura, procurando hacer una vida de trabajo y oración, una vida de Nazaret. En el camino, pienso en la huida a Egipto y en los viajes anuales de la Santa Familia a Jerusalén… En las ermitas, como en el camino, procuro tomar contacto, en tanto que me sea posible, con los indígenas, haciéndoles pequeños servicios, hablando con ellos, divirtiéndoles como a los niños, por medio de estampas o cuentos, procurando empezar un poco esa parte de la educación que se hace en el seno de la familia. En la ermita, es la vida del claustro, pero en la forma en que ella lo es para el Hermano portero, encargado de recibir las personas y de hacerles el bien en lo posible… Pero, en suma, esto no es nada al lado de lo que sería necesario hacer. Haría falta, no un obrero, sino un centenar; con obreros, y no solamente ermitaños, sino también apóstoles, yendo y viniendo, tomando contacto y asimismo instruyéndoles.

    Este pueblo Tuareg es particularmente interesante, puesto que musulmán de nombre solamente, poco ferviente, está muy cerca de nosotros por sus costumbres, su viva inteligencia y su facilidad para intimar. Desgraciadamente, está bien lejos de nosotros, por su extrema ignorancia, sus prevenciones y su poco gusto por la instrucción… Es necesario trabajar y rogar al Padre de Familia que envíe obreros a su campo.

9 de febrero 1909

    Sus oraciones me son demasiado preciosas para que yo no se las pida, de cuando en cuando, para mí y para los pobres infieles que me rodean. Esta parte del reino de Jesús queda dolorosamente abandonada. El venerado y santo prefecto apostólico del Sahara no dispone más que de algunos sacerdotes para unas poblaciones dispersas sobre inmensos espacios, y usted se dará cuenta que las dificultades no faltan, viniendo de todas partes… En este momento estoy al sur de In Salah; al fin del verano volveré a Beni Abbés, cerca de la frontera de Marruecos, y allí la miseria espiritual es mayor todavía, pues numerosas gentes están en un abandono más grande aún… Rogad por tantas almas, que después de mil novecientos años no han recibido aún la Buena Nueva, o han perdido el conocimiento y el recuerdo después de tantos siglos. Recomendad estos pueblos a las oraciones de las almas piadosas. ¡Hay por aquí partes del campo del Padre de Familias bien abandonadas! Lugares donde las almas, desprovistas de nuestros medios de salvación, esclavas del error y del vicio, caen en el infierno en masa… Cristo ha muerto por cada una de ellas… ¿Qué no debemos hacer por estas almas, de las cuales el precio es la Sangre de Jesús? Rogad para que el Padre de Familia envíe obreros, buenos obreros a su campo; ¡y rogad por el pobre y miserable obrero que soy yo, a fin que sea lo que quiera Jesús!

 

* En «Escritos Espirituales», 5ª edición, Editorial Herder – Barcelona – 1988.

EL SILENCIO

«La desgracia del hombre comienza cuando no está en condiciones de quedarse solo consigo mismo en una habitación» (B. Pascal)

Josef Pieper

Sólo quien calla, escucha. Si alguien me preguntara por las reglas fundamentales de la vida del alma y del espíritu, le pediría ante todo que pensara en esta frase. A primera vista parece una perogrullada. Resulta obvio que uno no puede al mismo tiempo hablar y escuchar lo que otro le dice. Con todo, la sentencia va mucho más allá de lo puramente «acústico». Se trata de algo más que de un mero callar con la boca. Incluso en el trato normal entre las personas se requiere un callar más profundo, por ejemplo cuando la palabra del otro intenta realmente alcanzarnos, y especialmente cuando alguien que nos necesita nos dirige un llamado de auxilio, quizás sin palabras, con la esperanza de llegar a nuestro corazón. Cuán verdadera resulta en este sentido la vieja sentencia: «Callar y oír es el trabajo más arduo».

Sin embargo la idea se relaciona más a la raíz de la existencia, apunta a un nivel más profundo. En última instancia, la palabra alemana que designa a la «razón» –«Vernunft»– deriva de «comprender» –«Vernehmen»–, en la que se incluyen todas las maneras de alcanzar la realidad: tanto oír como mirar, y cualquier tipo de conocimiento y de comprensión. Todo esto, entonces, como lo pretende aquella frase inicial, se realiza solamente con la condición de que uno calle, lo que se cumple precisamente cuando uno está «sólo consigo mismo en una habitación» y ninguna palabra humana lo requiere.

El silencio que aquí se nos pide es, sin duda, algo no fácilmente descriptible. Sobre todo su contrario, es decir, el no-callar tiene diversas formas. La actitud acogedora de un estar atento silencioso puede sofocarse no solamente por la indiferencia o por un saber mejor, que interrumpe el lenguaje de las cosas, sino también, digámoslo a modo de ejemplo, cuando uno deja que de afuera entre en su interior el ruido del mercado y de la calle, las ruidosas sensaciones cotidianas, la acumulación óptica de cosas que se pueden ver, de cosas carentes de valor, que están en todas partes, y que, como todos sabemos, están disponibles al hombre según su voluntad, tan pronto como alguien que está aburrido busca un «cambio». El fruto de todo esto, que a veces puede ser ocultamente querido, es la frustración del oír.

Sin embargo, se trata de saber oír. Uno puede también callar cerrando los sentidos, apretando los labios; y hay también un silencio muerto. En realidad nosotros callamos no precisamente en medio de un mundo por decirlo así sin palabras; las cosas no son mudas, como terriblemente pretenden algunos filósofos. Ciertas enseñanzas orientales sobre la meditación, en las cuales se nos recomienda la actitud de un silencio vacío, que conscientemente no apunta a ningún objeto concreto, deben parecer extrañas a quien quiera comprender al mundo como una creación que ha salido de la Palabra Fontal de Dios, y que también comprende que esa misma Palabra le ofrece al que oye en silencio un mensaje de mil voces, cuya comprensión significa para dicha persona su verdadera riqueza. Goethe, uno de los grandes silenciosos (lo que a más de uno puede parecer extraño), cuando tenía treinta años formuló en su Diario la máxima de la propia existencia interior: «Lo mejor es el silencio profundo, en el que vivo enfrentado al mundo, y en el que crezco y venzo, lo que no me podrán quitar con el fuego ni con la espada». Lo que uno gana para sí mismo en un silencio tan profundo es quizás precisamente la capacidad de proferir la palabra. Porque si ésta no procediera de un silencio escuchante, se reduciría a un charlatanismo sin sustento, sería sonido y humo, si no un engaño.

Naturalmente puede también suceder que a un hombre que se abre hasta el fondo de su alma a la realidad verdadera, se le paralice el habla, porque la sobreabundancia de lo que está comprendiendo supera la capacidad de la palabra formal. Por eso no es casual que los grandes místicos hayan recurrido a expresiones profundas tales como «la oscuridad del silencio» y «el júbilo mudo». Y aun cuando a pesar de ello hablen y escriban de lo que han visto y comprendido se percibe siempre «en la plata del habla el oro de un silencio, que no ha podido traducir en palabras la riqueza más escondida del alma» (J. Bernhart). Quizás esto también vale en relación con el más alto objeto del conocimiento humano, invirtiendo por un momento la frase que hemos puesto al principio: Quien escucha, calla.

* En «Revista Gladius», Año 8, n°25. 25 de diciembre de 1992.

Renuncia y entrega totales

(Una invitación a la generosidad con Dios)

P. Alfonso Torres

LA RENUNCIA

a) Enseñanza fundamental

La enseñanza fundamental de todas las enseñanzas espirituales es la enseñanza de la renuncia.

Los momentos de las renuncias son momentos críticos y decisivos para las almas.

Si las renuncias tienen fuerza santificadora, es porque piden cosas que el mundo no juzga prudentes, cosas que el mundo considera intempestivas. Por eso hay que atropellarlo todo, hay que renunciar a todo; lo único a que no podemos renunciar nosotros es ni a un ápice de la virtud ni de la voluntad de Dios; todo lo demás, por grande y por santo que sea, lo podemos y lo debemos renunciar cuando el Señor lo pide.

 

b) Toda renuncia es paso hacia Dios

El alma nunca se acerca tanto a su Dios como cuando se renuncia; cada renuncia es un paso que se da hacia Dios. Acontece lo que a Moisés cuando entró en la nube: que le perdieron de vista los hombres y él estaba hablando con Dios.

“Sal fuera”. Es una palabra definitiva; en cuanto el alma cumple, lo tiene todo hecho. Es la palabra con la que el Señor llamó a Abraham para que saliera de su pueblo y de su parentela y es la palabra que dirige a cada una de las almas que Él llama para que se le entreguen; porque este salir es un salir de todo, absolutamente de todo: salir de las creaturas, de las cosas de la tierra, para vivir en el Cielo; allá debe tener todos sus amores.

En el momento en que el alma queda desasida de todo lo creado por una verdadera renuncia, se encuentra unida a Dios y llena de Dios. Por consiguiente, todo el secreto para santificarse un alma es ese: que se desprenda de todo.

 

c) La doctrina del perfecto despojo

Hay que llegar al despojo completo y total para que no quede en nuestra alma otra cosa que el escueto, puro y limpio cumplimiento de la voluntad divina.

Cuando parece que por medio del despojo se va a sumir a las almas en un abismo desolador, lo que hacen es salir a campo abierto, sentir la libertad de los hijos de Dios, encontrarse en su centro, que es el cumplimiento de la voluntad divina.

El profundo despojo, la radical desnudez del corazón, que una austeridad tan sincera le procuró, produjo en el Bautista dos efectos: el primero, la iluminación divina, pues en las almas desprendidas de esta suerte, entra la divina luz a raudales; y el segundo, la fortaleza del amor, pues tanto más fuerte es el amor cuanto más exclusivamente se pone en Dios. Por eso san Juan penetró el misterio de Cristo hasta lo más hondo, y probó su fortaleza hasta con la suprema del martirio. No es mera frase retórica la que dice que el desierto es la fragua donde se templan los aceros de las almas heroicas.

Cuando huimos de nosotros mismos, vivimos en Dios; cuando nos despojamos de las cosas creadas, poseemos a Dios; cuando nos apartamos de las cosas de la tierra, nos acercamos a los Cielos.

Si el alma no se vacía a sí misma, no logrará la perfección.

 

d) Labor ardua, pero necesaria

Para morir a las cosas temporales se necesita un ejercicio de renuncia, y cuanto más generoso sea ese ejercicio de renuncia, más pronto morirán las almas a las cosas temporales.

Salir de sí mismo es ardua cosa y son pocos los que lo consiguen. Aun las almas que han hecho otras renuncias difíciles viven a veces apegadas a su yo y lo dejan ver. Competencias quisquillosas, susceptibilidades ridículas, ocupación de sí mismo, jactancias encubiertas, tenaz afición a las adulaciones y alabanzas y otros indicios semejantes, dejan ver con frecuencia que vivimos apegados a nosotros mismos. Almas hay que parecen adornadas de todas las virtudes por la vida que llevan, y como pátina mugrienta que todo lo afea, se buscan con mal disimulada sutileza en todo y siempre, empañando con esta impureza las virtudes que practican.

 

LA ENTREGA TOTAL

a) La totalidad recíproca de la entrega

Dios no se da por entero sino a quien se le da por entero.

Cuando el alma se da del todo a Dios, todo se llena, todo florece, todo alienta, todo es paraíso. Por eso, el alma que sube del desierto sube rebosando delicias.

El Señor, como tiene por norma darse del todo a quien se le da del todo, al ver a un alma que se entrega con la entrega definitiva de la humildad, se le da Él del todo. Y ¿quién es capaz de describir lo que significa ese dársenos Dios?

 

b) Darlo todo

Quien no se decide a darlo todo, ¡no adquiere la perla preciosa!, ¡aunque de mucho! La adquisición de esta perla lo exige todo, lo reclama todo.

¡Darlo todo! Es una palabra que nosotros solemos repetir y cuyo contenido no tiene límites. Quien la cumplió fue Jesucristo, que se dio sin límites, sin la menor reserva, sin una evasiva, sin un encogimiento. Lo nuestro lo podemos dar y lo podemos sacrificar siempre. El cuchillo de la inmolación será uno o será otro, pero siempre lo tenemos a mano. Todo lo podemos inmolar, y lo que importa es que, cuando tratemos de inmolación, cuando tratemos de darnos, nos demos como Cristo se dio: no con ruindad, sino con grandeza de alma; no en lo estrictamente necesario, sino en todo lo posible; no con el corazón encogido, sino con el corazón palpitante de celo y de amor; sin medir, sin mirar, sin ponderar lo que damos; felices de dar. Y así, podemos dar nuestra honra, podemos dar, digámoslo con una sola palabra, nuestro corazón entero, centro de nuestra vida y resorte supremos de ella, porque, cuando el corazón esté puesto donde estaba el Corazón de Jesús, que es en darse del todo, acabaremos dándonos del todo.

Dios no se contenta con sacrificios parciales, sino que reclama el sacrificio total, el sacrificio íntegro del hombre. Al pedirle el mayor de los bienes que el hombre tiene en este mundo, como es la vida, en ese bien está pidiendo cuanto el hombre es y cuanto el hombre tiene.

No es un lenguaje reservado a un corto número de iniciados el lenguaje que empleamos cuando decimos: “hay que darse del todo a Dios”, “hay que vivir del todo para Dios”, “hay que ser completamente de Dios”; es para todos, y esta palabra, que parece que impone una obligación demasiado grande para nuestras fuerzas, es más bien un premio que se nos otorga. Esas cumbres divinas de la perfección, esas alturas de la virtud para unirnos a Jesucristo y para ser suyos, son también para nosotros, para cada uno de nosotros, por miserables y pequeños que nos encontremos al mirar nuestra ingratitud para con Dios y nuestra infidelidad.

 

c) Por el Reino de los Cielos

Es una labor muy ardua desnudar el corazón de todo lo que le pertenece, pero por la posesión del Reino de los Cielos hemos de dar todo lo que poseemos, hasta lo más íntimo; hay que darlo todo.

Hay que venderlo todo para comprar con ese precio el Reino de los Cielos. O lo que es igual: hay que renunciar a todo a cambio del Reino de los Cielos. ¡Cuántas veces, después de haber vendido lo que valía más, lo que tenían algún peso, lo que era de alguna monta, al tener que vender luego una bagatela a que tenemos apegado el corazón, fracasamos, y, después de tantos sacrificios, tropezamos en una tontería, en una cosa insignificante!

Siempre que se atraviese en nuestro camino el servicio de Dios o la ofensa de Dios, nosotros tenemos la obligación de sacrificarlo todo, hasta la propia vida. Solamente Dios tiene derecho a hablar así a los hombres. Y el Señor, que no podía descubrir de una manera clara y terminante su propia divinidad, porque no estaban dispuestos los espíritus para oír una verdad tan profunda, las va descubriendo con las señales que dio en el santo Evangelio; la descubre especialmente pidiendo estos sacrificios que solamente Dios puede pedir.

Hemos de hacer las renuncias sin creer que hacemos nada excesivo, sin creer que hacemos nada grande; con aquella disposición que pide el Señor cuando dice que, después de haber hecho todo lo que tenemos que hacer, hemos de confesarnos siervos inútiles.

 

d) Las santas exageraciones del amor

En la vida espiritual hay una palabra que puede hacer mucho bien y mucho mal. Me refiero a la palabra exageración. Las exageraciones pueden hacer mal. Las personas extremosas por temperamento se pueden dejar ir a excesos que no están conformes con la verdadera norma de la virtud. Pero, al mismo tiempo, el miedo a las exageraciones puede cortar las alas al alma y encerrarla dentro de los límites de una raquítica medianía.

Los santos no se aterraron ante las exageraciones. Sabían que la medida del amor de Dios es amar sin medida, y sin medida se entregaban al servicio de la virtud. Si de exageraciones hemos de hablar, hemos de decir, sin hipérbole, que el más exagerado entre todos los santos es el modelo de ellos, Cristo nuestro Señor. Su vida es un continuo exceso de amor.

El amor, cuando es muy grande, por su naturaleza tiende a esas cosas que llamamos exageraciones, y entonces el cuidado de la dirección espiritual no debe ser reducir el alma a la medianía en el ejercicio de la virtud, sino vigilar con espíritu sobrenatural y con prudencia divina las mociones del alma, permitiéndole todo lo que Dios nuestro Señor le pide. Nunca lo que pide el Señor es una imprudencia, ni un exceso reprensible, ni una exageración.

No son tiempos de poner freno a las generosidades de la virtud, sino de fomentarlas. Vivimos tiempos de lamentable decadencia espiritual y sería obra doblemente diabólica. Hora es de que se acaben las imitaciones lejanas y las copias borrosas, las aspiraciones mínimas y aun las mediocres y empecemos a vivir con toda su plenitud la vida que Jesús trajo a la tierra, enardeciéndonos los unos a los otros con la palabra y con el ejemplo.

 

e) Generosidad sin límites

A veces, la disposición íntima del corazón es de deseos insaciables de hacer algo por la gloria de Dios. Cuando hay esa disposición interior, el alma no solamente no tiene miedo a que Dios pida cosas, sino que no puede sufrir el que no pida algo, el que no pida más. Cuando la disposición del corazón es la contraria, cuando dan en rostro los excesos de amor, cuando se tiende a amortiguarlos en las almas, bien se puede pensar que el amor de Dios decae.

Empañamos la gloria de nuestro Padre cuando, en vez de ser generosos y poner los ojos y el corazón en la perfección de la virtud, vivimos una vida floja y rastrera, y, en vez del amor desbordado con que deberíamos amarlo, todos son distingos, cortapisas, tacañerías y miserias.

¿Por qué hemos de contentarnos con lo menos, cuando podemos conseguir lo más? ¿Anda loco el mundo tras los bienes terrenos con desenfrenada codicia, y no hemos de ir nosotros tras los eternos con amor insaciable?

¿Dónde están las almas que estén dispuestas a eso? Almas con veleidades abundan, pero que lleguen a término no con soberbia, sino con la humillación; almas que se resuelvan a darlo todo, las encuentra rara vez el amor de Jesucristo.

 

 

Carta del P. Segundo Llorente a las carmelitas descalzas del Cerro de los Ángeles (Madrid) en Enero de 1964.

Si no hubiera sido por la soledad, yo no hubiera resistido aquello… En la soledad he encontrado al Señor. Al Señor no se le encuentra fácilmente… Hay mucha gente que ama al Señor, así, vagamente, intelectualmente. Una fe así, intelectual…, pero ese contacto íntimo, esa experiencia, esa proximidad, ese sentirle y hablarle… todas esas cosas se sienten allí gracias a la soledad. Por ejemplo: yo por las noches, no todas, pero por las noches, cuando despacho a la gente, abro la puerta que me separa de la iglesia, entro en la iglesia y estoy yo solo con él… yo solo con el Señor… Allí no hay ruidos, nadie tose, nadie estornuda, no se oyen pasos, nadie baja las escaleras… Está uno solo. En aquella soledad uno, al cabo de los años, se va familiarizando, familiarizando, familiarizando más y más con él… hasta que llega un momento en que ya es una especie de transfiguración en él, y está uno que da gloria. Y allí me paso un rato muy largo con él por las noches. Hay noches que hace mucho, mucho, mucho frío y tengo mucho que hacer. Bueno, pues entonces antes de acostarme entro en la capilla, que a lo mejor hace 25 ó 30º bajo cero o algo así… me arrodillo y pongo los codos en el altar y pongo la cabeza así, muy cerca del sagrario, y le digo algunas cosas muy, muy bonitas, muy bonitas, y allí le tiro una infinidad de besos y… me marcho a la cama…

Yo noto en muchas familias que cuando los niños van a acostarse dan un beso a sus padres, y yo digo: ¡hombre, esto que se usa en las familias… pues aquí vivimos una familia! Él y yo y la Santísima Virgen. La familia es: la Santísima Trinidad, la Humanidad de Jesucristo, la Santísima Virgen, San José y yo, ¡solos!. Ustedes tienen que formar la suya con el mismo grupo (pero sin mí). Dios es infinito… En esta familia no admito a nadie, estoy de hijo único, unigénito solo con la familia aquella. Y allí ¿pues qué dice un niño? Hay mucha diferencia entre ser uno de casa o no ser. Yo entro allí, entro en casa, y entro en la intimidad con Dios, porque soy de la familia. Y usted también tiene que hacerse su familia, apañárselas como pueda…

Entonces yo noto lo siguiente: cuando no se tiene más que un hijo o una hija nada más, se la quiere de una manera especial, porque es la única. Pues para Dios nuestro Señor, que es infinito, cada uno es como si fuera él solo… Somos una familia, claro, una infinitud… Hay dos maneras de ver esto: una manera es verlos a todos debajo del manto de la Virgen… a todos amparados debajo del Sagrado Corazón… a todos en la casa de Dios. Y otra manera, es uno solo. Cuando no se tiene más que un hijo, siempre se le tiene un cariño especial y se le permiten ciertas travesuras… ¡Claro, se le corrige siempre!, pero… se le frunce el entrecejo, pero se supone que la chica hará alguna travesurilla. Mientras la travesurilla sea pequeña, pues está bien, no pasa nada, ¡claro! Por eso cada una de ustedes es hija única de Dios. Bueno, pues a ustedes les permite travesurillas…

Miren, cuando no sepan de qué confesarse, estén seguras de que ustedes faltan a lo siguiente:

1ª. «De contentarse prácticamente con una medianía en la vida espiritual», es decir, no apuntar más alto, no aspirar a más, no querer señalarme más en el servicio de Dios, no amar a Dios con todas las fuerzas que debo, no sobrenaturalizar todo lo que hago como debiera hacerlo… y no hacer todo eso supone contentarse con una medianía en la vida espiritual, ¿estamos?

2ª. «De irreverencias internas en el trato con Dios». Ahí caen todas, ¿verdad? Porque si realmente nos diésemos cuenta, así, cuenta completa de qué es lo que tratamos en la santa Misa o en la comunión y esas cosas… pues estaríamos así… como temblando de emoción, en un estado así de ternura temblorosa ante Dios… y al contrario de eso, lo damos por supuesto y vamos bostezando a comulgar… Bueno, bostezando no, pero vamos despreocupados, pensando en Cáceres o pensando en Ocaña, o pensando en yo qué sé, en vez de pensar lo que debemos pensar, de manera que a eso se llama irreverencia interna; externamente estamos muy modositos, muy reguapitos… internamente andamos por los Cerros de Úbeda, ¿verdad? Ya tienen dos acusaciones.

3ª. «Faltar al silencio interno». ¿Saben lo que es silencio interno? Silencio interno es:

•pensamientos frívolos,

•pensamientos tontos,

•pensamientos vanos,

•pensamientos del pasado,

•pensamientos de cuando fuimos a la escuela, de aquella vez que nos caímos en el río, de aquella vez cuando salimos a bailar…,

y por falta de silencio interno Dios nuestro Señor no nos habla como quisiera hablarnos, porque nos encuentra ocupados… Quiere hablarnos, pero estamos ocupados. ¿En qué estamos ocupados? Pues en esos pensamientos.

4ª. «Preocuparme inútilmente en cosas que ni me van ni me vienen». Porque no están muertas todavía… ¿Están muertas ya? Todavía no se han muerto, ¿eh?… Para morir, 1º quererlo, hay que quererlo… 2º Se va uno a la iglesia… y empieza a morir a todo. Mueren:

•a la patria, porque si la mandan a Alaska, o la mandan al Congo o al Canadá, usted está dispuesta a dejar España, ¿verdad? Pues usted muere a la patria.

•mueren a la lengua. Si la mandan al extranjero tiene que aprender otra lengua. ¿Está dispuesta usted a aprender otra lengua? ¿El japonés o así? ¿Usted va a morir al español? ¿Está dispuesta a sacrificar la lengua española?… Cada muerte de éstas es un golpe formidable en la cabeza del egoísmo, ¿eh?…

•mueren a la familia, quiere decir que hay que estar completamente despegada. La familia hay que quererla mucho. ¿eh?, pero hay que dejarla, ¿estamos? Y si alguna hermana de usted se casa, usted se coge la fotografía, le da un par de besos y después la rompe. ¿Por qué? Porque esas cosas atan, esas cosas llenan la habitación, la celda es pequeña, no hay sitio para esas cosas, ¿estamos? Usted rece mucho por ella, rece mucho por la familia. Bueno, pero mueran a la familia. ¿eh?…

•después mueren a la voluntad propia. ¡Hombre!, eso es facilísimo. Miren, no tienen que hacer más que lo siguiente: nunca hagan nada porque les gusta, nunca dejen de hacer nada porque les disgusta. Háganlo porque ésa es la voluntad del Padre Dios, todo lo que hacen lo hacen para agradar a Dios, y con eso ya no tienen voluntad propia. Bueno, ¿qué cosas quiere Dios?… Quiere todas las cosas que manda la Regla, eso lo quiere Dios; las virtudes, la práctica de las virtudes, eso lo quiere Dios; el silencio, la unión con Dios. ¿Qué es lo que quiere Dios?… Pues al alma le sale una especie de radar para ver, aunque haya una bruma espesísima a una distancia enorme, aunque sea noche oscurísima, con el cual ve venir los cielos de lejos, ve venir a mil kilómetros ya lo que ofende a Dios y lo que le agrada a Dios… ¿eh? Usted hace las cosas para agradar a Dios. Todo lo que hace lo hace porque Dios lo quiere, se acuesta porque Dios lo quiere, come porque Dios lo quiere. Ustedes hacen todo para gloria de Dios, y cuando les llegue la muerte, dicen: yo me muero porque Dios lo quiere… vivo porque Dios quiere que viva… y si usted se pone enferma, dice: porque Dios lo quiere, así… Y cuando lo sobrenaturalicen todo, cuando hagan todo, como lo han hecho por la gloria de Dios, han muerto ustedes a su propia voluntad… No es imposible, ¿verdad? Pues manos a la obra…

•luego mueren a la compañía. Ustedes están aquí con las que Dios les trae, no con las que ustedes quisieron tener.

•mueren a los consuelos espirituales. Ustedes se agarran a los consuelos que Dios les dé. A las lágrimas que les dé, agárrense bien a ellas y si Dios se las quita, si Dios quiere que usted pase por esas purificaciones, noches del sentido y noche del espíritu, no se quejen, ¿eh? Y díganle al Señor: Señor si tú a mí no me arredras, tú me estás queriendo… Mientras más árida y seca estoy, más me quieres tú. Así, con eso, pues ya se pasa mejor la aridez… Cuando el demonio las persuada a ustedes de que ustedes están ya condenadas, que ésas son las pruebas de la purificación del espíritu, díganle al Señor: aquí Satanás no hace más que decirme que yo estoy condenada, pero yo no se lo creo… Se lo dicen a él, ¿eh? Y así con eso ya están ustedes despojadas de todo y muertas a todo…

•Ah, ¡claro! a la fama, tienen que morir a la fama. A usted lo mismo le da ser abadesa que ser cocinera, ¿verdad? Lo mismo le da un oficio que otro, ¿verdad?… ¿Todavía no están muertas a los oficios?…

la fama, las ocupaciones, las compañeras, la voluntad propia, la lengua, la patria, la familia y los consuelos espirituales … Y cuando hayan muerto a esto, ya están muertas. Y luego después se levantan muertas y echan a andar muertas. ¿Ya está bien?… Hasta que a los tres o cuatro días resucitan… y una vez que resuciten… ¡a morirse otra vez! ¿Saben ustedes cuántas veces hay que morir y resucitar? ¡Setenta veces siete!… Y si las coge la muerte muriendo y resucitando, muriendo y resucitando, son ustedes como el Señor, que iba camino del Calvario, que es la muerte, y allí: Venid, benditos de mi Padre… Y ya está… Es que yo todo se lo cuento al Señor… todo se lo cuento a él.

Dice San Juan de la Cruz que las almas así, Dios tira con tal fuerza del alma y las almas tiran con tal fuerza de Dios, que las carnes ya no pueden sujetar al alma y el alma sale, y eso es morir de amor… Y esas almas ya no pasan por el purgatorio, porque ya están purificadas de amor de Dios. Y no pasan por el juicio, porque ya están juzgadas de antemano y aprobadas. Bueno, pues a mí me dio mucha luz… Cuando me veo en algún apuro o viene algún contratiempo o un desplante o algo, digo: Bueno, ¿y a mí qué me importa todo eso, si yo voy a morir de amor?… ¿A mí qué más me da… que me ahogue, o que muera en el hospital, o que muera en la cama, que nieve, que haga frío, que pierda el tren, que no lo pierda, a mí qué más me da, si tengo que morir de amor? ¡A mí que más me da! Puede que a lo mejor les ayude a ustedes.

Procuren desarrollar ustedes un poco de soledad por Dios, un poco de soledad por la ausencia de Dios… Eso hace mucho bien al alma… Soledad de Dios… Ausencia de Dios… como que les cuesta llevar ya tanto tiempo aquí, ausentes de él… que la vida se va gritando… Aquello de Santa Teresa cuando daba el reloj se alegraba porque ya le quedaba una hora menos de… ¿verdad que sí? Y luego, al acostarse, pues otro día más cerca… Ya otro día más… por la noche estoy un día más cerca de Dios… Así… cierta ausencia de Dios… Esa ausencia de Dios ayuda mucho al alma, despega mucho de la tierra… ¿estamos?…

El padre Segundo Llorente, jesuita leonés (1906-1989), pasó 40 años en Alaska evangelizando a los esquimales en condiciones de vida durísimas.

Santa Teresita del Niño Jesús

Homilía de san Juan Pablo II,
Domingo, 19 de octubre de 1997
1. “Los pueblos caminarán a tu luz” (Is 60, 3). En estas palabras del profeta Isaías resuena, como ardiente espera y luminosa esperanza, el eco de la Epifanía. Precisamente la relación con esa solemnidad nos permite comprender mejor el carácter misionero de este domingo. En efecto, la profecía de Isaías prolonga a la humanidad entera la perspectiva de la salvación, y así anticipa el gesto profético de los Magos de Oriente que, acudiendo a adorar al Niño divino nacido en Belén (cf. Mt 2, 1-12), anuncian e inauguran la adhesión de los pueblos al mensaje de Cristo. Todos los hombres están llamados a acoger en la fe el Evangelio que salva. La Iglesia ha sido enviada a todos los pueblos, a todas las tierras y culturas: “Id (…) y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Estas palabras, pronunciadas por Cristo antes de subir al cielo, junto con la promesa, hecha a los Apóstoles y a sus sucesores, de que estaría con ellos hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20), constituyen la esencia del mandato misionero: es Cristo mismo quien, en la persona de sus ministros, va ad gentes, hacia las gentes que no han recibido aún el anuncio de la fe.
2. Teresa Martín, carmelita descalza de Lisieux, deseaba ardientemente ser misionera. Y lo fue, hasta el punto de que pudo ser proclamada patrona de las misiones. Jesús mismo le mostró de qué modo podía vivir esa vocación: practicando en plenitud el mandamiento del amor, se introduciría en el corazón mismo de la misión de la Iglesia, sosteniendo con la fuerza misteriosa de la oración y de la comunión a los heraldos del Evangelio. Así, ella realizó lo que subrayó el concilio Vaticano II, cuando enseñó que la Iglesia, por su naturaleza, es misionera (cf. Ad gentes, 2). No sólo los que escogen la vida misionera, sino también todos los bautizados, de alguna manera, son enviados ad gentes. Por eso, he querido escoger este domingo misionero para proclamar Doctora de la Iglesia universal a santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz: una mujer, una joven y una contemplativa.
3. Todos percibimos, por consiguiente, que hoy se está realizando algo sorprendente. Santa Teresa de Lisieux no pudo acudir a universidades ni realizar estudios sistemáticos. Murió muy joven y, a pesar de ello, desde hoy tendrá el honor de ser Doctora de la Iglesia, un notable reconocimiento que la exalta en la estima de toda la comunidad cristiana más de lo que pudiera hacer un “título académico”. En efecto, cuando el Magisterio proclama a alguien Doctor de la Iglesia, desea señalar a todos los fieles, y de modo especial a los que prestan en la Iglesia el servicio fundamental de la predicación o realizan la delicada tarea de la investigación y la enseñanza de la teología, que la doctrina profesada y proclamada por una persona puede servir de punto de referencia, no sólo porque es acorde con la verdad revelada, sino también porque aporta nueva luz sobre los misterios de la fe, una comprensión más profunda del misterio de Cristo. El Concilio nos recordó que, con la asistencia del Espíritu Santo, crece continuamente en la Iglesia la comprensión del “depositum fidei”, y a ese proceso de crecimiento no sólo contribuyen el estudio rico de contemplación a que están llamados los teólogos y el magisterio de los pastores, dotados del “carisma cierto de la verdad”, sino también el “profundo conocimiento de las cosas espirituales” que se concede por la vía de la experiencia, con riqueza y diversidad de dones, a quienes se dejan guiar con docilidad por el Espíritu de Dios (cf. Dei Verbum. La Lumen gentium, por su parte, enseña que en los santos “nos habla Dios mismo” (n. 50). Por esta razón, con el fin de profundizar en los divinos misterios, que son siempre más grandes que nuestros pensamientos, se atribuye un valor especial a la experiencia espiritual de los santos, y no es casualidad que la Iglesia escoja únicamente entre ellos a las personas a quienes quiere otorgar el título de “Doctor”.
4. Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz es la más joven de los “Doctores de la Iglesia”, pero su ardiente itinerario espiritual manifiesta tal madurez, y las intuiciones de fe expresadas en sus escritos son tan vastas y profundas, que le merecen un lugar entre los grandes maestros del espíritu. En la carta apostólica que he escrito para esta ocasión, he señalado algunos aspectos destacados de su doctrina. Pero no puedo menos de recordar, en este momento, lo que se puede considerar el culmen, a la luz del relato del conmovedor descubrimiento que hizo de su vocación particular dentro de la Iglesia. “La caridad escribe me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diferentes miembros, no le faltaba el más noble de todos: comprendí que la Iglesia tenía un corazón y que este corazón ardía de amor. Comprendí que sólo el Amor hacía actuar a los miembros de la Iglesia: que si el Amor se apagara, los apóstoles no anunciarían el Evangelio, los mártires no querrían derramar su sangre (…). Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones (…). Entonces, con alegría desbordante, exclamé: oh Jesús, Amor mío, (…) por fin he encontrado mi vocación. Mi vocación es el amor” (Ms B, 3 v). Es una página admirable, que basta por sí sola para ilustrar cómo se puede aplicar a santa Teresa el pasaje evangélico que acabamos de escuchar en la liturgia de la Palabra: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25).
5. Teresa de Lisieux no sólo captó y describió la profunda verdad del amor como centro y corazón de la Iglesia, sino que la vivió intensamente en su breve existencia. Precisamente esta convergencia entre la doctrina y la experiencia concreta, entre la verdad y la vida, entre la enseñanza y la práctica, resplandece con particular claridad en esta santa, convirtiéndola en un modelo atractivo especialmente para los jóvenes y para los que buscan el sentido auténtico de su vida. Frente al vacío espiritual de tantas palabras, Teresa presenta otra solución: la única Palabra de salvación que, comprendida y vivida en el silencio, se transforma en manantial de vida renovada. A una cultura racionalista y muy a menudo impregnada de materialismo práctico, ella contrapone con sencillez desarmante el “caminito” que, remitiendo a lo esencial, lleva al secreto de toda existencia: el amor divino que envuelve y penetra toda la historia humana. En una época, como la nuestra, marcada con gran frecuencia por la cultura de lo efímero y del hedonismo, esta nueva Doctora de la Iglesia se presenta dotada de singular eficacia para iluminar el espíritu y el corazón de quienes tienen sed de verdad y de amor.
6. Santa Teresa es proclamada Doctora de la Iglesia el día en que celebramos la Jornada mundial de las misiones. Ella abrigó un deseo ardiente de consagrarse al anuncio del Evangelio y hubiera querido coronar su testimonio con el sacrificio supremo del martirio (cf. Ms B, 3 r). Además, es conocido con cuánto empeño sostuvo el trabajo apostólico de los padres Maurice Bellière y Adolphe Roulland, misioneros respectivamente en África y China. En su impulso de amor por la evangelización, Teresa tenía un solo ideal, como ella misma afirma: “Lo que le pedimos es trabajar por su gloria, amarlo y hacerlo amar” (Carta 220). La senda que recorrió para llegar a este ideal de vida no fue la de las grandes empresas, reservadas a unos pocos, sino una senda que está al alcance de todos, el “caminito”, un camino de confianza y de abandono total a la gracia del Señor. No se ha de subestimar este camino, como si fuese menos exigente. En realidad es exigente, como lo es siempre el Evangelio. Pero es un camino impregnado del sentido de confiado abandono a la misericordia divina, que hace ligero incluso el compromiso espiritual más riguroso. Por este camino, en el que lo recibe todo como “gracia”; por el hecho de que pone en el centro de todo su relación con Cristo y la elección de amor; y por el espacio que da también a los afectos y sentimientos en su itinerario espiritual, Teresa de Lisieux es una santa que permanece joven, a pesar del paso de los años, y se presenta como modelo eminente y guía en el itinerario de los cristianos para nuestro tiempo, en el umbral del tercer milenio.
7. Por eso, es grande la alegría de la Iglesia en esta jornada que corona las expectativas y las oraciones de tantos que han intuido, al solicitar que se le concediera el título de Doctora, este especial don de Dios y han promovido su reconocimiento y su acogida. Deseamos dar gracias por ello al Señor todos juntos, y particularmente con los profesores y los estudiantes de las universidades eclesiásticas romanas, que precisamente en estos días han comenzado el nuevo año académico. Sí, Padre, te bendecimos, junto con Jesús (cf. Mt 11, 25), porque has ocultado tus secretos “a los sabios y a los inteligentes”, y los has revelado a esta “pequeña”, que hoy nuevamente propones a nuestra atención y a nuestra imitación. ¡Gracias por la sabiduría que le concediste, convirtiéndola en testigo singular y maestra de vida para toda la Iglesia! ¡Gracias por el amor que derramaste en ella, y que sigue iluminando y calentando los corazones, impulsándolos hacia la santidad! El deseo que Teresa expresó de “pasar su cielo haciendo el bien en la tierra” sigue cumpliéndose de modo admirable. ¡Gracias, Padre, porque hoy nos la haces cercana de una manera nueva, para alabanza y gloria de tu nombre por los siglos! Amén.

«Buscar a Dios», objeto de la vida monástica

DEBEMOS BUSCAR A DIOS

Dom Columba Marmion

 

Empero, ¿buscaremos a Dios en un lugar determinado? ¿No está acaso en todas partes? Ciertamente: Dios está en la criatura por su presencia, su esencia y su poder. La operación en Dios es inseparable del principio activo de donde se deriva, y su poder se identifica con su esencia. En todos los seres obra Dios conservándolos en la existencia[1].

De este modo está Dios en las criaturas, puesto que existen y se conservan tan sólo por el efecto de la acción divina, que supone la presencia íntima de Dios. Pero los seres racionales pueden además conocer a Dios y amarle, y así poseerlo en ellos con un título nuevo que les es peculiar.

Sin embargo, con esta especie de inmanencia, en manera alguna se satisface Dios respecto de nosotros. Hay un grado de unión más íntimo y más elevado. No se contenta Dios con ser objeto de un conocimiento y amor natural por parte de los hombres; sino que nos invita a participar de su propia vida, y gozar su misma beatitud.

Por un movimiento de amor infinito hacia nosotros, quiere ser para nuestras almas, más que un dueño soberano de todas las cosas, un amigo, un padre. Desea que lo conozcamos como es en sí, fuente de verdad y belleza, acá en el mundo bajo los velos de la fe, y allá en el cielo, en la luz de la gloria; quiere que, por el amor, le poseamos acá abajo y allá arriba como bien infinito y principio de toda bienaventuranza.

Con este fin, como sabéis, eleva nuestra naturaleza por encima de sí misma, adornándola con la gracia santificante, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo. Por la comunicación de su vida infinita y eterna, Dios mismo quiere ser nuestra perfecta bienaventuranza. No consiente que hallemos nuestra dicha más quo en Sí mismo, ya que es el bien en toda su plenitud, imposible de ser reemplazado por el amor de la criatura, que es incapaz de saciar nuestro corazón: «Yo mismo seré tu recompensa grande y magnífica en extremo» (Gn 15, 1). Y el Salvador confirmó esta promesa en el momento en que iba a saldar la deuda con su cruento sacrificio. «Padre, deseo ardientemente que aquellos que tú me has dado estén conmigo allí donde yo estoy, para que den testimonio de mi gloria, y participen de nuestro gozo y sean colmados de tu amor» (Cfr., Jn 17, 24. 26).

Este es el fin único y supremo a que debemos aspirar: buscar a Dios, no al de la naturaleza, sino al Dios de la Revelación. Para los cristianos «buscar a Dios» es ir a Él, no como simples criaturas que tienden al primer principio y fin último de su existencia, sino más bien tender a Él sobrenaturalmente, es decir, como hijos que quieren permanecer habitualmente unidos a su Padre por una voluntad llena de amor, por aquella «misteriosa adhesión a la misma naturaleza divina» de que habla san Pedro (2Pe 1, 4); es tener y cultivar con la Santísima Trinidad aquella intimidad real y estrecha que llama san cuan: «sociedad del Padre con su Hijo Jesús, en el Espíritu Santo» (1 Jn 1, 3).

A ella se refiere el Salmista cuando nos exhorta a «buscar el rostro de Dios» (Ps 104, 4), es decir, buscar la amistad de Dios, asegurarse su amor, a la manera que la esposa de los Cantares, presa de las dilecciones del Amado, sorprendía a través de sus ojos toda la ternura que encerraba el fondo de su alma. Ciertamente, Dios es para nosotros un Padre lleno de bondad, que desea hallemos en Él y en sus indescriptibles perfecciones, aun acá en la tierra, nuestra felicidad.

Esta es la correspondencia de amor que san Benito quiere ver en sus monjes. Ya en el Prólogo nos advierte que, «pues Dios se ha dignado contarnos en el número de sus hijos, abstengámonos de contristar jamás a Dios con nuestras malas obras y no le obliguemos a desheredarnos algún día como a hijos rebeldes que no quisieron obedecer a tan bondadoso Padre».

«Llegar a Dios» es el punto de mira que san Benito quiere que tengamos ante la vista, Este objetivo, talmente como savia exuberante y rica, campea en todos los artículos de la Regla, dándole vida y energía.

No es, pues, a dedicarnos a las ciencias o las artes, ni a la enseñanza, a lo que hemos venido al monasterio, si bien el gran Patriarca quiere «que en todo tiempo sirvamos a Dios mediante los bienes en nosotros por Él depositados»[2]; desea que sea el monasterio «sabiamente dirigido por hombres prudentes»[3]. Si bien esta recomendación atañe, sin duda alguna, primeramente a la organización material, pero no impide que también se extienda a la vida moral e intelectual que debe reinar en la casa de Dios. San Benito no quiere que enterremos los talentos recibidos de Dios; es más, permite y manda que se ejerzan diversas artes; y una tradición gloriosamente milenaria, a que no podemos sustraernos, ha establecido entre los monjes la legitimidad de los estudios y trabajos apostólicos. El abad, como jefe del monasterio, debe fomentar las diversas actividades monásticas: ocupándose en desarrollar para el bien común, para el servicio de la Iglesia, para la salvación de las almas y para la gloria de Dios, las múltiples aptitudes que eche de ver en cada monje.

Con todo, el fin no está en eso. Todas estas actividades no son más que medios encaminados a un fin, que es algo más elevado: es Dios, buscado por sí mismo, como suprema bienaventuranza.

El mismo culto divino, como diremos más adelante, no constituye ni puede ser el objeto directo de la institución monástica organizada por la Regla. San Benito quiere que busquemos a Dios por su propia gloria, porque le amemos sobre todas las cosas; quiere que tratemos de unirnos a Él por la caridad: este es nuestro único fin y nuestra única perfección. El culto divino deriva de la virtud de la religión, la más sublime sin duda de las virtudes morales, e íntimamente relacionada con la justicia, la cual no es teologal. En cambio: la fe, la esperanza y la caridad, las tres teologales infusas, son las virtudes características de nuestra condición de hijos de Dios: estas virtudes son las que aquí en la tierra constituyen la vida sobrenatural, las que miran a Dios directamente como autor de la misma. La fe es como la raíz; la esperanza, el tallo, y la floración y el fruto de esta vida es la caridad.

Ahora bien: esta caridad, por la cual estamos y permanecemos verdaderamente unidos a Dios, es el fin señalado por san Benito, y aun es la misma esencia de la perfección: «Si de veras busca a Dios».

En este fin estriba la verdadera grandeza del estado monástico, y Él es el que forma su razón de ser, pues, en sentir el pseudo Dionisio Areopagita, se nos llama «monjes», µóvas, «solo, único», por esta vida de unidad indivisible, por la cual sustraemos nuestro espíritu a la distracción de las cosas múltiples, y nos lanzamos hacia la unidad de Dios y la perfección del amor santo[4].

 

(Fragmento del maravilloso libro “Jesucristo ideal del monje”)

[1] Santo Tomás, II, Sentent. Dist., XXXVII, q. I, a. 2.

[2] Prólogo de la Regla.

[3] Regla, cap. 53.

[4] Cfr, De Hierarchia ecclesiastica, del pseudo Dionisio.

“JORNADA MONÁSTICA EN JERUSALÉN… UN APOSTOLADO DEL TODO ESPECIAL”

Queridos amigos:

Dice nuestro Directorio de vida contemplativa: “Toda la vida de los religiosos debe ordenarse a la contemplación como elemento constitutivo de la perfección cristiana; sin embargo, “…es necesario que algunos fieles expresen esta nota contemplativa de la Iglesia viviendo de modo peculiar, recogiéndose realmente en la soledad…”. Ésta ha sido la misión de los monjes, quienes fueron y siguen siendo testigos de lo trascendente, pues proclaman con su vocación y género de vida que Dios es todo y que debe ser todo en todos.”

En esta oportunidad, queremos compartirles un evento del todo especial. Por gracia de Dios, este año pudimos participar por vez primera en una jornada para religiosos de vida contemplativa de Tierra Santa, muy bien organizada en Jerusalén, en la Iglesia de santa Ana, atendida por los padres blancos (Sociedad de los Misioneros de África). Para dicha ocasión, se invitó a más de 40 monasterios de distintas congregaciones presentes en los lugares santos y sus alrededores, para conocernos y a la vez testimoniar aquellos de específico que cada comunidad dedicada a la oración tiene en particular. El evento fue abierto al público, durante la mañana y, posteriormente, desde las 14:00 a las 18:00; donde cada monasterio estaba representado por al menos dos religiosos o religiosas, con un stand y afiche personalizado, y mesas donde se podían poner los folletos e información, así como los productos que cada monasterio hace para ayudar a su sustento, con total disposición en cada momento para recibir a los demás contemplativos, peregrinos y demás curiosos que participaron del evento. Contamos con una excelente ubicación, muy cerca de la entrada, donde pudimos ubicarnos junto con nuestras hermanas, representando a ambos monasterios de nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado: Monasterio de la pasión, muerte y Resurrección de nuestro Señor, y Monasterio de la Sagrada Familia.

Es muy digno de mencionar lo bien representada que se vio la gran riqueza de la Iglesia en sus carismas, pues pudimos y compartir con una gran variedad de consagrados especialmente a la oración, lo cual se dejaba ver en todo el colorido que ornamentó la jornada, no sólo metafóricamente sino también los diversos hábitos religiosos que pasaban de un lado a otro acompañando personas, visitando los stand de otros monasterios, haciendo alguna visita a la capilla (que permaneció abierta todo el día) para rezar las horas litúrgicas, escuchar las visitas guiadas del lugar o escuchar a los religiosos y religiosas que formaron en la capilla hermosos coros de canto sacro, el cual en esta capilla es del todo especial, debido a la excelente acústica que posee y ayuda a elevarse con facilidad al escuchar los cantos de “los que se dedican a rezar”.

Entre las hermanas y nosotros pudimos hacer un gran apostolado también con los asistentes, quienes también formaron parte del colorido programa en cuanto a sus lugares de procedencia y respectivas lenguas que no dejaban de pasar y detenerse ante los religiosos, a quienes atendíamos en un momento en francés, luego en inglés, italiano, árabe o hebreo, según a quien le tocaba hablar con alguno de nosotros que supiera dicha lengua… y así, gracias a Dios, nos pudimos complementar muy bien en el apostolado.

Al final de la jornada, ceñida por la invitación general al rezo del santo Rosario, terminamos, obviamente agradecidos; convidados y convidando a rezar a los distintos monasterios, y especialmente alegres de todo el bien que se pudo hacer, dando testimonio de la dicha sobrenatural que implica dar la vida para dedicarse a Dios, buscando que cada momento de la misma valga la pena y sea una búsqueda continua de su gloria.

Nos encomendamos como siempre a sus oraciones; esperamos poder participar el próximo año de esta frutífera jornada, y les pedimos especiales plegarias para que nunca falten y aumentes las almas generosas en decir que sí a este estilo de vida especial del monacato.

En Cristo y María:

Miembros de la familia religiosa del Verbo Encarnado de vida contemplativa.

Santa Misa y caminata en el desierto de Judea

Desde la casa de santa Ana

Escribía san Juan de la Cruz: “…Así lo hacían los anacoretas y otros santos ermitaños, que en los anchísimos y graciosísimos desiertos escogían el menor lugar que les podía bastar, edificando estrechísimas celdas y cuevas y encerrándose allí; donde san Benito estuvo tres años, y otro, que fue san Simón, se ató con una cuerda para no tomar más ni andar más que lo que alcanzase; y de esta manera muchos, que nunca acabaríamos de contar. Porque entendían muy bien aquellos santos que, si no apagaban el apetito y codicia de hallar gusto y sabor espiritual, no podían venir a ser espirituales.”

El desierto, como bien sabemos, no es propiamente un lugar que ofrezca consuelos y comodidades en cuanto tal, es decir, cuando se edifica algo en el desierto, se podrá adaptar, aclimatar y hasta acomodar para poder quedarse allí, pero todo esto sólo se puede realizar en la medida en que se le quite al desierto -al menos en un punto específico-, lo que tiene de propio y característico, que es su rudeza, soledad, extensión, aridez, etc.; figura perfecta del trabajo arduo que debe realizar un alma para disponerse a adentrase en las arideces y soledades de la purificación de sus desórdenes para encaminarse hacia la unión con Dios; la cual depende de nuestras renuncias, de nuestros despojos de todo aquello que ocupa el lugar que sólo a Dios le corresponde en nuestra alma, y que debemos preparar y disponer echando afuera el pecado, el desorden, y hasta las imperfecciones voluntarias en cuanto a que éstas Dios tampoco las quiere, porque refrenan nuestro vuelo hacia la santidad… en definitiva, la figura del desierto es la figura del despojo, del vaciarse de sí mismo para dejar a Dios llenar Él mismo ese lugar. Por esta razón aquellas almas heroicas que iniciaron el monacato cristiano se apartaban al desierto, para combatir contra sí mismos y conquistar así la estrecha unión con Dios, asentando las bases de lo que deben ser hasta nuestros días los monasterios, “desiertos” en que el alma se dedique a tratar a solas con Dios en bien del mundo entero y de ella misma, mediante el despojo y las renuncias… dedicando la vida entera a esta purificación y unión con Dios: “A medida, pues, que nos veamos libres de toda falta, de cualquier imperfección, de toda criatura, de todo móvil humano, para pensar sólo en Él, para obrar según su beneplácito, más abundante irá siendo la vida en nosotros, y con mayor plenitud se nos dará Dios a sí mismo”, decía Dom Columba Marmion a sus monjes; y el gran Maestro de la Cruz nos exhorta: “mejor es aprender a poner las potencias en silencio y callando, para que hable Dios; …cuando venga el alma según estas sus potencias a soledad y le hable Dios al corazón” (San Juan de la Cruz).

Pues bien, teniendo esto siempre presente, para nosotros los llamados por la Divina Misericordia a la vida monástica y en el inicio de esta santa Cuaresma, ha sido realmente una gracia muy grande haber podido celebrar la santa Misa en el desierto de Judea, teniendo como retablo las soledades que hace 2000 años se vieran ornamentadas por la santa presencia de nuestro Señor Jesucristo, incluido el llamado “Monte de las tentaciones” según la antigua tradición, en donde el Hijo de Dios padeció las tentaciones que nos dejó como ejemplo de victoria sobre el demonio y el pecado (Mt 4, 1-11; Mc 1:12-13; Lc 4,1-13), asentando de manera clara las bases de la lucha que todo cristiano realmente comprometido con Dios y con su fe, también deberá padecer en esta vida y sobrellevar para darle gloria a su Señor e ir aprendiendo a ensanchar el alma, que se irá santificando en la medida que lo hagan sus batallas y victorias… o su volver a levantarse con fuerzas y propósitos renovados por la Divina Misericordia.

Para esta ocasión, salimos muy temprano con nuestros padres de Belén hacia el testigo del largo ayuno de nuestro Señor, habiendo preparado los ánimos y todo lo necesario para la santa Misa y posterior caminata a través del yermo.

Debido a la época, el desierto deja ver algunas partes verdes y hasta flores en la zona en que celebramos el santo sacrificio, las cuales después desaparecerán por casi todo el resto del año, y que dejamos de ver apenas nos apartamos del lugar, donde dicha santa Misa la ofrecimos por tantas intenciones de las almas que se encomiendan a nuestras oraciones, además del término de la guerra (pidiendo especialmente por Ucrania). A continuación, luego de viajar un poco más al sur, comenzamos la travesía por el árido aunque hermoso paisaje, con gran entusiasmo interior, bastante agua en la mochila, y solamente el sol y su calor por techo; conversando a ratos (cuando no eran subidas o bajadas que exigieran algo más de aliento), y aprovechando para rezar y meditar cuando solamente el viento se dejaba oír… en definitiva, una salida muy acorde a este tiempo penitencial que nos regala nuevamente la Iglesia, para reflexionar sobre nuestras vidas, extirpar lo que haya que extirpar (cualquier desorden o pecado que haya hecho nido en el corazón), adquirir las virtudes que haya que adquirir, y ser más generosos para con Dios en nuestras ofrendas, especialmente las espirituales; reparando así nuestros pecados, enderezando nuestras almas hacia la eternidad, y caminando decididamente por la senda de la santificación.

Les deseamos una muy fructífera y santa Cuaresma.

Con nuestra bendición, en Cristo y María:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,

Séforis, Tierra Santa.