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Y ELLA NOS DIO LA VIRGEN

Crónica de la Fiesta de San Joaquín y Santa Ana 2026

Existen momentos en la vida donde algunas ideas suelen ser demasiado obvias para decirlas, pero que justamente por esta obviedad muchas veces estas cosas caen en el olvido y necesitan que alguien se las diga para que vuelvan a tomar fuerza. Pues bien, justamente lo que lleva el título de esta pequeña crónica es una de estas ideas.

Este reciente 26 de julio, como bien sabemos, fue la festividad de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Santísima Virgen y abuelos de Nuestro Señor Jesucristo, que aquí en Séforis pudimos celebrarla como solemnidad. La Misa solemne estuvo a cargo de los Frailes Franciscanos —que son los propietarios de nuestra casa—, representados en esta ocasión por los Frailes de la Comunidad de Nazaret. Mientras terminábamos los trabajos previos para dicha actividad, en un momento del día escuché, en alguno de los mensajes en que nos felicitaban por la fiesta y nos ofrecían sus oraciones, una frase casi al final de un audio que decía esto: “Dale las gracias a Santa Ana porque ella nos dio la Virgen.” Qué hermosa idea, ¿no?

En seguida les compartiré alguna breve reflexión sobre esto, pero déjenme contarles un poco de cómo ha sido el día. Hemos tenido la gracia de tener aquí en nuestro monasterio por unos días, el P. Fernando Flores, IVE, misionero en el Hogar Niño Dios en Belén, él vino acompañado por Luís y Adrián, los dos seminaristas que están ayudándolo en este apostolado cualificado que lleva a cabo nuestra congregación en la Ciudad de David. Estuvieron unos días de convivencia y merecido descanso aquí en Galilea. Estos fueron unos días muy lindos de vida comunitaria intensa, eutrapelias y recreaciones con muchas risas y todo lo que ya se pueden imaginar… Pero, también teníamos trabajo, así que el domingo (26) a la mañana comenzamos con los últimos preparativos para armar la carpa en las ruinas de la Basílica, un trabajo que es “sencillo” pero al mismo tiempo lleva su tiempo, dado que el área que debemos cubrir no es tan pequeña; además de esto, a medida que pasaban los minutos y el sol iba subiendo más hacia su ápice en el día, iba bajando por las frentes el sudor que realmente se hacía molesto, pero ¿qué es este pequeño sacrificio en comparación con la finalidad por la que estábamos haciendo? Gracias a Dios tuvimos la ayuda de la comunidad de Belén que mencioné antes, entonces mientras estirábamos las cuerdas, sujetábamos las carpas por sus diversos puntos, algunos han estado ocupados con el posicionar sillas, hacer los últimos arreglos con las flores que tan hermosamente están adornando el monasterio —y que realmente hizo con que la gente después de la Misa nos dirigiera palabras de admiración, porque se veía hermosa la casa de Santa Ana y… al final, es nuestra misión aquí, cuidar de la casa de Santa Ana, a Dios gracias que podemos hacerlo bien y siempre para la gloria de Dios—. Terminamos los trabajos de la mañana con un rico almuerzo para festejar entre nosotros la Solemnidad del día, luego un pequeño descanso y… al trabajo… Ya quedaba poco. Luego empezaron a llegar los primeros feligreses venidos desde Nazaret. En momentos así, todo transcurre muy rápido, pero en medio de este torbellino de cosas y detalles, pude observar algo muy hermoso: el atardecer de este día… realmente el clima se hacía muy apacible, una brisa hermosa iba corriendo y suavizando lo que todavía quedaba de la fuerza del sol con el calor que suele hacer durante todo el día… El atardecer espectacular pintaba de un amarillo fuego todo el cielo, las flores y los árboles salpicaban los muros y entornos de la Basílica de colores vivos y armoniosos, ¡Qué paisaje! Y para completar el cuadro, los pájaros mezclaban sus voces con el silbido suave de la brisa que circulaba por entre los olivos y todo se llenaba de una atmósfera muy poética, para los que tengan esa vena de poeta, creo que con lo dicho podrán hacerse alguna idea…

Tuvimos una muy hermosa Misa con una liturgia sencilla pero muy digna para honrar a los dueños de la casa. Nos parece que estuvieron presentes aproximadamente unas 150 personas. La Santa Misa fue presidida por el P. Sergio Olmedo, OFM, amigo del monasterio, y nosotros pudimos aprovechar la ocasión para pedir por tantas intenciones que son confiadas a nuestras oraciones delante de los Abuelos de Jesús y también darle las gracias al buen Dios por tantos beneficios recibidos de las manos de Santa Ana.

Fíjense que llevo poco más de un año aquí y ya he podido presenciar el auxilio de Santa Ana en varias ocasiones, sumándose a esto los innumerables testimonios del P. Jason que ya lleva muchos años más aquí, y del Hermano Diego, realmente teníamos mucho que agradecer…

Aquí retomo el título de esta pequeña crónica… Aunque haya tantas cosas por las que debemos agradecerle a Santa Ana, y aunque sea difícil enumerar —o más bien darles los distintos grados de importancia (que generalmente son muy subjetivos)— hay una gracia que objetivamente es la mayor por la que debemos darle a Dios y a Santa Ana infinitas gracias: ella nos dio la Virgen.

Si es cierto lo que dice Santa Teresita —y así lo creo— de que nosotros somos más dichosos que la propia Virgen María, pues ella no tuvo una Virgen para amarla, nosotros la tenemos porque, en última instancia, Dios así lo dispuso, pero la causa segunda que Dios ha querido utilizar para que tengamos a la Virgen fue justamente Santa Ana y su esposo San Joaquín. Justos a los ojos del Señor, personas de una fe ejemplar y una humildad admirable. Una sencillez que conmueve… ¿Cómo sabemos esto? De hecho no hay muchos registros escritos de todo esto, pero, observemos a la Virgen, veamos sus virtudes, sus principales rasgos, por supuesto, que los ha recibido de Dios, pues recibió ella una sobreabundancia de gracia, pero la Gracia supone la naturaleza y aquello que es natural de la Virgen, en gran parte vino forjado por sus Padres. Por esto, si podemos tener a la Virgen para amar, es obvio que debemos darle las gracias a Dios en primer lugar, pero también y con mucha razón, a Santa Ana y a San Joaquín, porque ellos nos la dieron y por ella vino a nosotros Jesús, Nuestro Señor y Redentor.

Dicho esto, realmente nada mejor que la Santa Misa para agradecerles tan estimado don. Y así fue…

Luego tuvimos el rezo de las vísperas solemnes con un buen número de frailes, hermanas y feligreses que se sumaron y se quedaron para acompañarnos en esta ocasión.

Al final de las Vísperas hicimos la renovación de la Consagración de todo nuestro Instituto al Sagrado Corazón de Jesús, con motivo de los 10 años cumplidos de la primera consagración que hicieron los padres en el año 2016. A continuación, una cena compartida entre todos con un ambiente realmente muy hermoso y familiar, donde todos estaban muy agradecidos y contentos por todo.

Nosotros, a pesar de todo lo que implica el preparar, organizar y estar atento a tantos detalles, hemos confiado una vez más en el auxilio infalible de Santa Ana, y ella al final, nos ha ayudado —como siempre—, por lo que estamos realmente muy agradecidos y por eso quisiéramos compartir un poco de este sentimiento con todos ustedes.

Unidos en oración siempre

Desde Séforis-Tierra Santa, la Patria de Santa Ana

P. Harley Carneiro

Monasterio de la Sagrada Familia

Instituto del Verbo Encarnado

LA PALABRA TOMÓ DE MARÍA NUESTRA CONDICIÓN

De las cartas de san Atanasio, obispo
(Carta a Epicteto, 5-9: PG 26, 1058. 1062-1066)

La Palabra tendió, una mano a los hijos de Abrahán, como afirma el Apóstol, y por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos y asumir un cuerpo semejante al nuestro. Por esta razón, en verdad, María está presente en este misterio, para que de ella la Palabra tome un cuerpo y, como propio, lo ofrezca por nosotros. La Escritura habla del parto y afirma: Lo envolvió en pañales; y se proclaman dichosos los pechos que amamantaron al Señor, y, por el nacimiento de este primogénito, fue ofrecido el sacrificio prescrito. El ángel Gabriel había anunciado esta concepción con palabras muy precisas, cuando dijo a María no simplemente «lo que nacerá en ti» -para que no se creyese que se trataba de un cuerpo introducido desde el exterior-, sino de tí, para que creyéramos que aquel que era engendrado en María procedía realmente de ella.

Estas cosas sucedieron de esta forma para que la Palabra, tomando nuestra condición y ofreciéndola en sacrificio, la asumiese completamente, y revistiéndonos después a nosotros de su condición, diese ocasión al Apóstol para afirmar lo siguiente: Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.

Estas cosas no son una ficción, como algunos juzgaron; ¡tal postura es inadmisible! Nuestro Salvador fue verdaderamente hombre, y de él ha conseguido la salvación el hombre entero. Porque de ninguna forma es ficticia nuestra salvación ni afecta sólo al cuerpo, sino que la salvación de todo el hombre, es decir, alma y cuerpo, se ha realizado en aquel que es la Palabra.

Por lo tanto, el cuerpo que el Señor asumió de María era un verdadero cuerpo humano, conforme lo atestiguan las Escrituras; verdadero, digo, porque fue un cuerpo igual al nuestro. Pues María es nuestra hermana, ya que todos nosotros hemos nacido de Adán.

Lo que Juan afirma: La Palabra se hizo carne, tiene la misma significación, como se puede concluir de la idéntica forma de expresarse. En san Pablo encontramos escrito: Cristo se hizo por nosotros un maldito. Pues al cuerpo humano, por la unión y comunión,con la Palabra, se le ha concedido un inmenso beneficio: de mortal se ha hecho inmortal, de animal se, ha, hecho espiritual, y de terreno ha penetrado las puertas del cielo.

Por otra parte, la Trinidad, también después de la encarnación de la Palabra en María, siempre sigue siendo la Trinidad, no admitiendo ni aumentos ni disminuciones, siempre es perfecta, y en la Trinidad se reconoce una única Deidad, y así la Iglesia confiesa a un único Dios, Padre de la Palabra.

PREPARADA POR EL ALTÍSIMO

De las Homilías de san Bernardo, abad, Sobre las excelencias de la Virgen Madre

(Homilía 2, 1-2. 4: Opera omnia, edición cisterciense, 4, [1966], 21-23)
El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Virgen; asimismo, la dignidad de la Virgen demandaba que quien naciere de ella no fuere otro que el mismo Dios. Por esto el Hacedor del hombre, al hacerse hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que elegir, mejor dicho, que formar para sí, entre todas, una madre tal cual él sabía que había de serle conveniente y agradable.
Quiso, pues, nacer de una virgen inmaculada, él, el inmaculado, que venía a limpiar las máculas de todos.
Quiso que su madre fuese humilde, ya que él, manso y humilde de corazón, había de dar a todos el ejemplo necesario y saludable de estas virtudes. Y el mismo que ya antes había inspirado a la Virgen el propósito de la virginidad y la había enriquecido con el don de la humildad le otorgó también el don de la maternidad divina.
De otro modo, ¿cómo el ángel hubiese podido saludarla después como llena de gracia, si hubiera habido en ella algo, por poco que fuese, que no poseyera por gracia? Así pues, la que había de concebir y dar a luz al Santo de los santos recibió el don de la virginidad para que fuese santa en el cuerpo, el don de la humildad para que fuese santa en el espíritu.
Así engalanada con las joyas de estas virtudes, resplandeciente con la doble hermosura de su alma y de su cuerpo, conocida en los cielos por su belleza y atractivo, la Virgen regia atrajo sobre sí las miradas de los que allí habitan, hasta el punto de enamorar al mismo Rey y de hacer venir al mensajero celestial.
Fue enviado el ángel, dice el Evangelio, a la Virgen. Virgen en su cuerpo, virgen en su alma, virgen por su decisión, virgen, finalmente, tal cual la describe el Apóstol, santa en el cuerpo y en el alma; no hallada recientemente y por casualidad, sino elegida desde la eternidad, predestinada y preparada por el Altísimo para él mismo, guardada por los ángeles, designada anticipadamente por los padres antiguos, prometida por los profetas.

Virgen venerable

“Bendita tú entre las mujeres”
P. Gustavo Pascual, IVE
En los Evangelios María Santísima es venerada. Por el Ángel Gabriel: “Alégrate, llena de gracia” . Por Santa Isabel: “bendita tú entre las mujeres” .
“Con todo lo íntimo, pues, de nuestros corazones, con todos los afectos de las entrañas, y con todos los votos y deseos veneremos a esta María, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo tuviéramos por María” .
La Iglesia en su magisterio enseña que debe tributarse honor y veneración a los santos y especialmente a la Santísima Virgen .
La virtud de la religión es la que nos hace dar el culto debido a Dios.
Existen tres clases de culto: el de latría, sólo a Dios, al cual reconocemos como único Dios verdadero y creador de todas las cosas. A ninguna criatura le debemos culto de latría. El que rinde culto de latría a alguna criatura comete un pecado gravísimo que es la idolatría.
El culto de dulía que rendimos a los santos por su eximia vida en la tierra, por su imitación de Cristo y por haber alcanzado el cielo. Este culto no implica la adoración y es Dios mismo el que ha querido asociarse a sus criaturas en la obtención y distribución de gracias. Por otra parte, por ser una misma comunión la iglesia militante, purgante y triunfante exige de nosotros su veneración para que intercedan y nos obtengan gracias de Dios. Dicha comunión (de los santos) hace que ellos nos ayuden a obtener el premio eterno.
El culto de hiperdulía, culto intermedio entre el de latría y dulía, es exclusivo de María Santísima. No se diferencia en especie del de dulía en cuanto a la santidad ya que aunque María posee la santidad en grado muy superior a todos los santos y ángeles juntos, sin embargo, ellos también poseen santidad. Lo que hace diferente en especie ambos cultos es el privilegio exclusivísimo de la Virgen que por ser Madre de Dios ha quedado incluida en el orden hipostático relativo.
En el Evangelio de Juan dice Jesús: “Yo soy el camino y la verdad y la vida, nadie va al Padre sino por Mí” . ¿Esta cita se opone acaso a la intercesión de María la Madre de Jesús, a su veneración? ¿O, qué hijo se entristece o enoja porque hablemos y honremos a su Madre? ¡Cuánto más Jesús se alegra de que honremos a María! Ella es como el puente por el que nosotros sus hijos espirituales nos unimos con Cristo y por Cristo con Dios.
La virtud de la religión nos exige rendir en primer lugar culto a Dios con culto de latría, a María con culto de hiperdulía (distinción que deshace todas las objeciones protestantes a la veneración de la Virgen).
Pero nuestra veneración a María debe ser interna.
Entre los actos internos que debemos a María la verdadera devoción es un acto especial de la voluntad. Devotos serán los que se consagran a ella para estarle totalmente sometidos . San Luis María Grignion de Montfort habla sobre la verdadera devoción a María en su tratado diciendo que la verdadera devoción debe ser interior, tierna, santa, constante y desinteresada .
Otro acto interno que debemos a María es la oración que puede ser interior o exterior. Por ella el hombre se somete a María y reconoce al pedirle que tiene necesidad de ella, afirmando su oficio de mediadora de gracias . También nuestra veneración a María debe ser externa. Entre los actos externos de la religión señalaremos aquel en el que se incluye el acto exterior de oración que es la alabanza, sobre el cual, trataremos al hablar del título “Virgen laudable”.
Por ser hijos espirituales de María, algunos simples devotos, otros hijos consagrados y otros esclavos de amor debemos venerarla por ser ella la Madre del Verbo Encarnado y también por ser nuestra Madre. Debemos seguir el ejemplo de los santos que la veneraron en sus imágenes, imágenes que nos recuerdan que ella está en el cielo y que debemos amarla e imitarla si queremos llegar junto a ella.

1º DOLOR DE MARÍA – LA PROFECÍA DE SIMEÓN (Ven. Fulton Sheen)

Han pasado días desde que los ángeles cantaron su gloria en las blanquecinas colinas de Belem. Era ahora el segundo día de febrero. De acuerdo con la ley judía, toda madre después de parir un varón debía presentarse al Templo de Jerusalén para ser purificada, y para ofrecer su niño a Dios en testimonio de que todos los dones vienen de Él. Y así fue como el Señor del templo fue traído al Templo del Señor.

El sacrificio apropiado en tales ocasiones era un corderito de un año para un holocausto y un lechoncito o pichón de tórtola, para un voto propiciatorio. La benigna Legislación Mosaica permitía a los pobres traer en lugar del corderito dos tórtolas o dos lechoncitos. Tal fue el tributo de María que no poseía riqueza, excepto las riquezas del Señor de los Cielos y la tierra.

El sacerdote del templo en aquel día era Simeón, un devoto israelita ya casi encorvado con el peso de los años, pero feliz con el anuncio divino de que no iría a morir hasta que no hubiese visto al Mesías que habría de venir. Simeón era el representante y símbolo de la vieja Ley Judía que durante muchos siglos había estado esperando al Redentor; era el final de la raza de Adán, la coronación del Viejo Testamento, el fruto de su madurez, el fin y consumación del don de Israel al mundo.

Cuando nuestra Bendita Madre puso al divino niño en sus brazos, llegamos al momento de unión del Viejo y el Nuevo Testamento, o mejor, el pasaje del Viejo al Nuevo. Ese acto quería decir que todas las promesas del Viejo Testamento se habían cumplido, lo mismo que todas las profecías del pueblo escogido de Dios. La antigüedad había dicho su última palabra. La historia, que hasta entonces había registrado todas sus batallas y anotado el surgimiento y caída de los reinos como eventos sucedidos antes de Cristo, en adelante los iría a escribir como sucedidos en el año de Nuestro Señor.

Una vez que los cansados brazos de Simeón cargaran el peso del eterno sin que por esto desfallecieran; una vez que el anciano Simeón abrazara la juventud que era antes de todas las edades, podía entonces retirarse, cerrar los libros de las profecías y decir adiós a su propia vida. Y así, en la edad en que los ancianos dejan de cantar, Simeón dio salida al canto, y en el silencio del templo, se levantaron como dulce incienso las notas delicadas del Nunc Dimittis. Esta era la culminación de la Iglesia, que cantará este canto hasta edades remotas cuando el Señor venga sobre las nubes de los cielos en el día del crepúsculo del mundo.

“Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa.

Porque ya mis ojos han visto al salvador que nos has dado:

Al cual tienes destinado para que, expuesto a la vista de todos los pueblos, sea luz brillante que ilumine a los gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel.”

Pero toda esa luz que inundaba el alma de María pronto se vio oscurecida, como una nube negra a menudo oculta de nosotros la faz del sol. Las palabras de gozo pronunciadas por Simeón pronto cambiaron en dolor, cuando él habló de la parte que la madre y el hijo habían de representar en la redención del mundo:

“Mira, este niño que ves, está destinado para ruina, y para resurrección de muchos en Israel, y para ser el blanco de la contradicción de los hombres: lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos ocultos en los corazones de muchos”.

Era un anuncio solemne de que ella debía cuidar a la víctima hasta la hora del sacrificio y ser la Pastora hasta que el Cordero fuese conducido a la muerte en signo de contradicción, que es la cruz. fue un eco que llegó de nuevo al Jardín del Edén, donde un árbol trajo la ruina del primer Adán, y en cuyas puertas había un ángel con una espada flamígera para guardar la entrada hasta que sonara la hora de salvación señalada. Simeón decía ahora que la hora había llegado. El árbol del Edén, que trajo ruina, sería trasplantado al Calvario y sería su cruz; la espada del ángel sería quitada de la mano del ãngel para enterrarla en el corazón de María, como un primer testimonio de que sólo aquéllos que han sido traspasados con la espada de un amor sacrificial entrarán en el Edén eterno de los cielos.

“Un signo de contradicción!” María no necesitó esperar la cruz del Calvario. ella vio ahora que Aquel que es amor sería odiado; que Aquel que es paz, sería un pretexto para la guerra; que Aquel que es vida, sería ocasión de muerte; que Aquel que es verdad, sería el tema de todos los errores y herejías hasta el fin de los tiempos; que Aquel que es luz apartaría muchas almas por el mismo esplendor de su luz; que Aquel que vino para salvar al mundo, sería contradicho y crucificado por el mundo; que El sería la piedra de toque de todos los corazones; que de ahora en adelante todos los hombres tendrían que escoger su bando; que no habría más batallas parciales, más espadas a medio desenvainar, más lealtades divididas; que las personas, o se juntarían a Él, o se diseminarían, y que su contradicción de la misericordia haría su rechazo más fatal e inmisericorde.

Cuando María abandonó el templo aquel día entendió, como nunca había entendido antes, por qué los magos trajeron regalos de oro e incienso, y la más amarga, triste y dolorosa dádiva: la mirra. Ella vio ahora que la ley que le ataba a Él la ataría también a ella, y que mientras El tendría el árbol, ella tendría la espada; que así como Él era el nuevo Adán, ella habría de ser la nueva Eva; y que así como Eva fue instrumento en la caída, así ella sería instrumento en la salvación, como Co-Redentora del Cristo Redentor.

ORACIÓN

María, si tú hubieras sido separada de tu hijo divino, como un silencioso y pacífico jardín con el sol jugando delicadamente sobre él, lejos de la tormenta de gloria del Calvario, tú nunca habrías sido verdaderamente nuestra Madre. Cómo hubiera sido de terrible el mar de los dolores humanos si no hubiera existido tu luz brillando sobre ellos! Pero ahora que tú has sido llamada a co-redimir con Nuestro Redentor, vienes a ser la Madre de los afligidos. Enjuga nuestras lágrimas, pues tú entendiste los dolores; repara nuestros corazones rogos, pues el tuyo también fue roto! Aparta todas las espadas, pues tienes la empuñadura en tu mano. María, tú eres la Madre de los afligidos, pro si no lo fueras, nunca podrías ser la causa de nuestro gozo.

 

FAMILIA, LUGAR DE PAZ

En el año 1979, en una solemnidad como la que celebramos hoy, san Juan Pablo II, polaco que hacía poco tiempo había asumido el gobierno de la Santa Iglesia, propuso al mundo una reflexión sobre esta hermosa fiesta de la Sagrada Familia. Decía él: “El Hijo de Dios vino al mundo de la Virgen cuyo nombre era María; nació en Belén y creció en Nazaret bajo la protección de un hombre justo llamado José.

Jesús fue desde el principio el centro del gran amor que llenaba y rodeaba siempre a la Sagrada Familia, lleno de solicitud y de afecto hacia el Niño Dios que acababa de nacer; fue su gran vocación; fue su inspiración; fue el gran misterio de su vida. En la casa de Nazaret: ‘crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres’ (Lc 2, 52). Fue obediente y sumiso, como debe ser un hijo con sus padres. Esta obediencia nazarena de Jesús a María y a José ocupa casi todos los años que Él vivió en la tierra y constituye, por tanto, el período más largo de esta total e ininterrumpida obediencia que tributó al Padre celestial. No son muchos los años que Jesús dedicó al servicio de la Buena Nueva y finalmente al Sacrificio de la Cruz.

Pertenece así a la Sagrada Familia una parte importante de este divino misterio, cuyo fruto es la redención del mundo.”

San Pablo, en la segunda carta a los cristianos de Colosas, en la lectura que escuchamos hace poco, deseaba a los cristianos de esta ciudad que “la paz de Cristo reine en vuestros corazones”. La Iglesia nos introduce en un tema profundamente importante con estas dos conexiones: la fiesta de la Sagrada Familia y también este deseo de san Pablo de que, finalmente, reine la paz de Cristo.

Nuestro Señor Jesucristo dijo que nos da la paz, pero dijo que no la da como la da el mundo; su paz es diferente. Esta paz que viene de Cristo y que el Apóstol desea que reine en nuestros corazones es una paz que comienza, sobre todo, en el ambiente familiar.

La paz, según san Agustín, puede definirse como tranquillitas ordinis, es decir, la tranquilidad en el orden de todas las cosas. Todos los ambientes que nos rodean, cuando están bien ordenados, siguiendo una jerarquía de valores —los sobrenaturales por encima de los naturales, la fe sobre la razón, la razón sobre la animalidad, etc.—, cuando las cosas están así ordenadas, se puede decir que estamos en paz. Todo está sometido a aquello a lo que le corresponde estar sometido.

Dentro de la familia también debe existir este orden. En verdad, es en la familia donde se debe enseñar este orden, para que de ella salgan personas bien ordenadas, personas que busquen la paz y busquen instaurar la paz de Cristo en la sociedad.

San Pablo nos deja algunas indicaciones de este orden, de cómo debe ser dentro de la familia, cuando nos enseña que, en primer lugar, todo lo que hagamos debemos hacerlo en nombre del Señor Jesucristo. Luego advierte a las esposas que sean solícitas con sus maridos, como conviene en el Señor. Después advierte también a los maridos que amen a sus esposas y no sean ásperos con ellas. A los hijos tampoco les falta un tirón de orejas: obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es bueno y correcto en el Señor. A los padres les dirige también palabras para enseñarles cómo deben comportarse con relación a sus hijos: no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen.

Este orden es algo establecido por Dios; es algo que Él, como Ser Supremo que pensó y quiso la familia desde toda la eternidad, busca honrar al padre en los hijos, como nos dice el libro del Eclesiástico en la primera lectura, y confirma sobre ellos la autoridad de la madre. Quien honra a su padre alcanza el perdón de los pecados, evita cometerlos y será escuchado en la oración cotidiana. Quien respeta a su madre es como alguien que acumula tesoros. Quien honra a su padre tendrá alegría con sus propios hijos, y el día en que ore será escuchado. Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien obedece al padre es el consuelo de su madre.

Después, ya al final de la primera lectura, el autor del Eclesiástico nos da una de las exhortaciones más hermosas de la Sagrada Escritura: “Hijo mío, cuida de tu padre en su vejez y no le causes tristeza mientras viva.” ¡Ah, cuántas familias hoy en día se están desmoronando por falta de aplicación de este consejo! Cuántos padres y madres ancianos abandonados por aquellos por quienes dieron la vida, por quienes se desvivieron para criarlos y educarlos! Y el autor del Eclesiástico continúa: “Aunque pierda la lucidez, sé comprensivo con él; no lo humilles en ninguno de los días de su vida. La caridad hecha a tu padre no será olvidada, sino que servirá para reparar tus pecados…”

¿Y qué significa esto sino la aplicación de aquello que Nuestro Señor dejó como el mayor mandamiento dentro de la familia? ¿No fue Nuestro Señor Jesucristo quien nos dijo que el nuevo mandamiento que nos dejaba era este:  amaos los unos a los otros como yo os he amado”? ¿Y no debemos entonces aplicar este mandamiento en la familia en primer lugar? ¿No es esto lo que nos exhortan las lecturas y la liturgia de este día dedicado a la Sagrada Familia?

Esta paz de Cristo, que el Apóstol Pablo desea que reine en nuestros corazones, que la Iglesia busca y siempre ha buscado que reine en las familias y que actualmente se ve tan atacada, tan bombardeada y debilitada, brota de la verdadera caridad, brota de la caridad aplicada a los más cercanos, a los más próximos a nosotros: a los de nuestra casa. El Apóstol exhorta: “Pero, sobre todo, amaos los unos a los otros, pues el amor es el vínculo de la perfección.”

Esta exhortación no puedo dejar de dirigirla a cada uno de ustedes; no puedo ignorarla. El mismo san Pablo me exhorta a mí: “Instruíos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría.”

San Juan Pablo II, en esta reflexión que mencionaba al comienzo de esta homilía, decía que: “Efectivamente, la paz es signo del amor, es su confirmación en la vida de la familia. La paz es la alegría de los corazones; es el consuelo en la fatiga cotidiana. La paz es el apoyo que se ofrecen recíprocamente la mujer y el marido, y que los hijos encuentran en los padres y los padres en los hijos.”

Por eso tenemos la gran alegría de, desde lo profundo de nuestros corazones, como pedía san Pablo en la segunda lectura, cantar a Dios salmos, himnos y cánticos espirituales, en acción de gracias porque tenemos a la Sagrada Familia para imitar. Ustedes tienen a Jesús, María y José como modelo de este orden perfecto que debe ser seguido dentro del hogar y, a partir de ahí, procurar ordenar todos los demás aspectos de sus vidas y así alcanzar la paz de Cristo. En síntesis: lograrán la paz de Cristo amándoos los unos a los otros como Cristo los amó, dentro de vuestros hogares.

Que la Sagrada Familia de Nazaret interceda en este día especial por todas las familias del mundo entero, especialmente por todos ustedes aquí reunidos en la presencia del Señor, para que alcancen la verdadera alegría que brota de la paz de Cristo que debe reinar en vuestra familia.

Ave Maria Puríssima.

P. Harley Carneiro, IVE

LA ANUNCIACIÓN – FULTON SHEEN

En la plenitud del tiempo, vino un ángel de luz desde el gran trono de luz hasta una virgen arrodillada en oración, para preguntarle si estaba dispuesta a dar a Dios una naturaleza humana.

Fulton Sheen

Toda civilización ha tenido una tradición que le habla de una pasada edad dorada. Un registro judaico más preciso nos refiere la caída de un estado de inocencia y felicidad debido a un hombre que fue tentado por una mujer. Si una mujer desempeñó tal papel en la caída del género humano, ¿no habría de desempeñar un gran papel en su restauración? Y si hubo un paraíso perdido en el cual se celebraron las primeras nupcias del hombre y la mujer, ¿no podría haber un nuevo paraíso en el que se celebraran las nupcias de Dios y el hombre? En la plenitud del tiempo, vino un ángel de luz desde el gran trono de luz hasta una virgen arrodillada en oración, para preguntarle si estaba dispuesta a dar a Dios una naturaleza humana. La respuesta de ella fue que «no conocía hombre», y que, por lo tanto, no podía ser la madre del «Esperado de las naciones».

No puede haber nacimiento sin amor. En esto, la doncella tenía razón. Para engendrar una nueva vida se requieren los fuegos del amor. Pero es que, además de la pasión humana que engendra la vida, existe la «pasión desapasionada y la vehemente serenidad» del Espíritu Santo; y fue éste el que asombró a la mujer y engendró en ella a Emmanuel, o sea a «Dios con nosotros». En el momento en que María pronunció la palabra fiat, o «hágase», sucedió algo más grande que el fíat lux («hágase la luz») de la creación, ya que la luz que ahora estaba haciéndose no era el sol, sino el Hijo de Dios en la carne. Al pronunciar María su fiat, consumó todo el papel propio de la feminidad, el de ser portadora de los dones que Dios hace al hombre. Hay una receptividad pasiva en la cual la mujer dice fiat al cosmos al participar en su ritmo, fiat al amor del hombre en el momento en que lo recibe, y fiat a Dios cuando recibe el Espíritu.

Los niños no vienen al mundo siempre como resultado de un distinto acto de amor de hombre y mujer. Aunque el amor es querido entre los dos, el fruto de su amor, que es el hijo, no es querido de la misma manera que el amor del uno para el otro. En el amor humano existe un elemento indeterminado. Los padres no saben si el hijo será niño o niña, o la hora exacta de su nacimiento, porque la concepción se pierde en cierta desconocida noche de amor. Los hijos son más tarde aceptados y amados por sus padres, pero nunca fueron directamente queridos en sí mismos.

Pero en la anunciación el Hijo no fue aceptado de una manera imprevista, sino que el Hijo fue querido. Hubo una colaboración entre la mujer y el Espíritu del divino Amor. El consentimiento fue voluntario bajo el fiat; la cooperación física fue libremente ofrecida por medio de la misma palabra.

Las otras madres se hacen conscientes de su maternidad por medio de cambios fisiológicos que se producen en su interior; María llegó a ser consciente de la suya en virtud de un cambie espiritual operado por el Espíritu Santo. Probablemente recibió un éxtasis espiritual mucho más grande que el que se concede al hombre y a la mujer en el acto unitivo de su amor.

De la misma manera que la caída del hombre fue un acto libre, así también la redención había de ser libre. Lo que llamamos anunciación fue en realidad la petición que Dios hizo a una criatura para que le diera su libre consentimiento de ayudarle a incorporarse a la humanidad. Supongamos que en una orquesta un músico produce libremente una nota desafinada. El director es competente, la música está correctamente anotada y es fácil de ejecutar, pero el músico, con su libre albedrío, introduce una disonancia que inmediatamente pasa al espacio. El director puede hacer una de estas dos cosas: ordenar que se comience de nuevo la pieza o pasar por alto la disonancia. En realidad, poco importa lo que haga, puesto que la nota falsa sigue viajando por el espacio a muchos metros por segundo, y en tanto continúe habrá una disonancia en el universo. ¿Existe algún medio para restablecer en el mundo la armonía? Sólo puede hacerlo alguien que venga de la eternidad y detenga la nota en su rápida carrera. Pero ¿será todavía una nota falsa?

La falta de armonía sólo puede destruirse de una manera. Si aquella nota se convierte en la primera nota de una nueva melodía, entonces se hará armoniosa. Esto fue precisamente lo que ocurrió con el nacimiento de Jesucristo. Se había producido una nota falsa de disonancia moral introducida por el primer hombre, que infectó a la humanidad entera. Dios podía haberla pasado por alto, pero ello habría representado para Él una violación de la justicia, cosa que es, naturalmente, inconcebible. Lo que hizo, por tanto, fue pedir a una mujer, la cual representaba a la humanidad, que le diera libremente una naturaleza humana con la cual Él iniciaría una nueva humanidad. Así como había una vieja humanidad en Adán, habría una nueva humanidad en Cristo, el cual era Dios hecho hombre merced a la libre actuación de una madre humana. Cuando el ángel se apareció a María, Dios estaba anunciando este amor para la nueva humanidad. Era el comienzo de una nueva tierra, y María llegó a ser «un paraíso ceñido de carne para ser labrado por el nuevo Adán». Así como en el primer jardín Eva trajo la destrucción, en el jardín de su vientre María traería la redención.

Durante los nueve meses que Él estuvo enclaustrado en ella, todo alimento, el trigo, las uvas que ella consumía, servían a modo de natural eucaristía que pasaba al ser de aquel que más tarde habría de declarar que era el pan y el vino de la vida. Pasados los nueve meses, el lugar adecuado para que Él naciera fue Belén (Bethlehem), que significa «casa de pan». Posteriormente Él había de decir:

Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da la vida al mundo. (Jn 6, 33(

Yo soy el pan de vida; el que viene a mí jamás tendrá hambre.

(Jn 6, 35)

Cuando el divino Niño fue concebido, la humanidad de María le dio manos y pies, ojos y oídos, y un cuerpo con el cual pudiera sufrir. De la misma manera que los pétalos de una rosa después de haber caído en ellos el rocío se cierran sobre éste como si quisieran absorber sus energías, así también María, como la mística Rosa, se cerró sobre aquel que el Antiguo Testamento había descrito como un rocío que desde el cielo descendía sobre la tierra. Cuando por fin le dio a luz, fue como si se abriera un gran copón y ella estuviera sosteniendo en sus dedos a la Hostia del mundo, como si dijera: «He aquí que éste es el Cordero de Dios; he aquí el que quita los pecados del mundo.»

REGINAE PALESTINAE, ORA PRO NOBIS!

Solemnidad de la Bienaventurada Virgen María, Reina de Tierra Santa – Patrona de la diócesis Patriarcal

Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá – Lc 1, 41-50

Juntamente con toda la diócesis Patriarcal de Tierra Santa, estamos celebrando en este domingo XXXº del Tiempo Ordinario, la solemnidad de la Bienaventurada Virgen María, Reina de Tierra Santa, patrona principal de la diócesis del Patriarcado Latino de Jerusalén.

La Virgen, en su Santuario, en el valle de Soreq, a unos 35 km al oeste de Jerusalén, a mitad del camino entre la Ciudad Santa y Tel Aviv, cerca de la ciudad de Beit Shemesh, bendice a todo su pueblo de estas santas Tierras. Tierras estas que fueron bendecidas antaño no solamente por su misma presencia como Madre del Hijo de Dios encarnado, sino también por la presencia del mismo Verbo Encarnado.

La fiesta de la Virgen María, Reina de Tierra Santa, o Reina de Palestina, desde el año 1927, fue aprobada por la Santa Sede con la invitación a que sus fieles implorasen a la Virgen de Nazaret por su protección, de manera muy especial, para esta que es su Tierra Natal. Allá, en el alto de este Santuario, se encuentra la Virgen: una estatua de bronce de 6 metros, destacándose sobre el frontispicio, representando a María bendiciendo su tierra con su mano extendida. A sus pies una dedicatoria proclama “Reginae Palestinae” (A la Reina de Palestina). Conviene aclarar aquí que, este título dado a la Virgen María no tiene el sentido político que a veces se le da en la actualidad, sino que designa más bien, sin más, a la región geográfica de la patria terrestre de Jesús y de María, su Madre.

San Juan Pablo II, cuándo estuvo peregrinando en el Jubileo del año 2000 a estas tierras, empezaba su homilía aquí en la Basílica de la Anunciación en Nazareth, citando a un hermoso pensamiento de San Agustín: “Él [Dios] eligió a la madre que había creado; creó a la madre que había elegido.” (Sermo 69, 3,4). Y añadía: “Aquí es muy fácil comprender por qué todas las generaciones llaman a María bienaventurada (Cf. Lc 1, 48).[1] Nosotros nos encontramos en medio de estas generaciones futuras que vendrían a proclamar la bienaventuranza de la Madre de Jesús. Tuvimos que venir de tierras muy lejanas para proclamarla aquí bienaventurada, y la razón solamente la conoce la Providencia de Dios y así lo ha dispuesto desde toda la Eternidad, pero la verdad es que, desde el momento mismo en que la Virgen María pronunció aquí -a algunos kilómetros de dónde estamos, en la humildad de la gruta en Nazareth- su Fiat al plan Salvífico de Dios, ella jamás ha dejado de ser objeto de alabanza y servicio por parte de los ángeles, más aún, con el paso del tiempo, especialmente después de que Su Hijo Unigénito, Jesucristo, nuestro Señor nos la dejó como madre nuestra, también los hombres se pusieron a su servicio, para alabarle por su belleza, su majestad, y por su plenitud de gracia.

Escuchemos las palabras de un obispo en el siglo XII, San Amadeo de Lausana: “Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya antes de la Asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los cielos. Convenía en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo; convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor. Así pues, durante su vida mortal, gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también descendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. […]”[2]

Sin embargo, no solamente podemos contar con la Santísima Virgen María para ser objeto de nuestra veneración, de nuestras alabanzas, sino que también y -podríamos decir-, especialmente, su papel más señalado es el de nuestra protectora, de nuestro refugio, auxilio. Una Reina verdadera que vela por su pueblo, por sus hijos afligidos, por los que sufren, por los que están indefensos; en fin, por todos nosotros.

Con mucha razón la Iglesia nos pone en la oración colecta que hemos rezado al comienzo de esta celebración, las siguientes palabras, suplicándole a la Virgen María “…que concedas a esta Tierra Santa, en la que el infinito amor de tu Hijo completó los sagrados misterios de la Redención, ser defendida de todo mal y servirte dignamente testimoniando la fe.” Nuestro Patriarca, el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, en el pasado mes de agosto, fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María, con palabras fuertes y profundas dijo en su homilía de Jerusalén: “Realmente parece que esta Tierra Santa nuestra, que custodia la más alta revelación y manifestación de Dios, es también el lugar de la más alta manifestación del poder de Satanás. Y quizás precisamente por esta misma razón, porque es el Lugar que custodia el corazón de la historia de la salvación, que se ha convertido también en el lugar en el que “el Antiguo Adversario” trata de imponerse más que en ningún otro lugar.”[3]

Nosotros estamos llamados a unirnos al clamor de toda la Iglesia suplicándole a la Santísima Virgen María su protección; es necesario que oremos sin desfallecer delante de nuestra Reina y Madre, para que esta bendición que nos imparte a todos desde el alto de su santuario en Deir Rafat, se extienda por todo el orbe, sí, pero de modo muy especial por esta Tierra Santa; que derrame sobre estas tierras -y no sólo a estas tierras, sino también a todo el mundo- la paz que tanto anhelamos, y que con ella venga el consuelo a los que lo necesitan, la alegría a los que lloran, la fortaleza a los que no pueden luchar más…

Pero sobre todo es necesario pedirle insistentemente que nos conceda la gracia de ser auténticos imitadores de su Hijo. Todos nosotros fuimos llamados a ser discípulos de Jesús, a anunciar la buena nueva del Evangelio a todos, primeramente, con nuestra vida, siendo nosotros mismos testimonios vivos de la fe que nos hace pedir la Iglesia en esta Misa.

Debemos confiar en que, por más que no sea posible ver mucha luz en el mundo que nos rodea, la maldad de este mundo jamás prevalecerá. Como en la lectura del Apocalipsis que escuchamos: fue dado a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro. Este hijo es el Dios-con-nosotros, el Emmanuel, es el Cristo en el cual fue establecido nuestra salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios. A Él la gloria, la alabanza y el poder, por los siglos de los siglos.

A la Santísima Virgen María, Reina de Tierra Santa, le rogamos confiados que nos escuche, que reciba primeramente nuestra veneración, nuestra alabanza, nuestros loores jubilosos por tener a tan tierna Madre como Reina y protectora, pero también que nos escuche e interceda por nosotros, para derramar sobre esta que es su Tierra natal, las gracias tan necesarias para sus hijos.

¡Así sea!

P. Harley Carneiro, IVE

[1] Cfr. Homilía en la Basílica de la Anunciación en Nazareth, 25/03/2000

[2] Homilía de San Amadeo de Lausana, obispo, siglo XII (2ª Lectura del Oficio proprio de la Solemnidad de la Virgen María, Reina de Tierra Santa)

[3] Pizzaballa, Card. Pierbattista, Homilia de la Asunción, 2025 (Disponible en: https://www.lpj.org/es/news/homily-assumption-of-the-blessed-virgin-mary-2025)

 

LA FE QUE CRUZÓ EL MAR: Extranjeros que vuelven agradecidos

¿Ninguno volvió para dar gracias a Dios, sólo este extranjero? – Lc 17, 11-19

“Propio es de corazones nobles, de espíritus magnánimos, saber dar gracias. Cristo pasó su vida en la tierra dando gracias al Padre. Frecuentemente levantaba sus ojos al cielo, alababa, bendecía, decía bien. Imitémoslo también en esto.”[1] Así nos exhortaba en cierta ocasión el P. Alfredo Sáenz, SJ en un sermón que dio sobre el Evangelio de este Domingo. Se nos propone para reflexión el Evangelio de la curación de los diez leprosos, hecho que en sí mismo (es decir, el curar uno o diez) no significa tanto en el ministerio del Señor, pero, el evangelista lo narra pues se destaca algo interesante que el Señor quiso remarcar bien en su enseñanza y que nos sirve muy a propósito a cada uno de nosotros:

Al ver que uno solo de los diez había regresado para agradecer al Señor la gracia recibida, el Señor le dirige esta pregunta: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?” Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado.

Dos cosas me gustaría remarcar aquí en este versículo del Evangelio de Lucas para de ahí tomar pie para el eje central que quiero desarrollar en este sermón. En primer lugar, el hecho de haber sido un extranjero: un hombre que era “despreciado” por los que se consideraban “los elegidos”, o más bien “los intocables”, que no podrían mezclarse con ningún otro porque el Señor los había elegido, apartado de los demás pueblos y los había hecho un “pueblo de bendición”. Por supuesto que no niego que hay sí, verdad en todo esto, pero hay un detalle: el momento en que se da la curación de este extranjero, está comprendido dentro de lo que San Pablo ha llamado de la plenitud de los tiempos, es decir, los tiempos mesiánicos, tiempo en el que Jesús ha venido a dar pleno cumplimiento a la ley. Ahora lo que cuenta es la fe en el Cristo, el Mesías, el Redentor y Él mismo ha dicho en diversas ocasiones que ha venido a socorrer a los pecadores, a los impíos, a los enfermos, en otras palabras: ha venido a mezclarse y llevar la buena nueva del Evangelio a todos los que se abrieran a la gracia del Reino de Dios, extranjeros, desconocidos, pueblos que ni siquiera habían podido imaginar que existían en aquel entonces.

El segundo punto que me gustaría remarcar es justamente el de la fe. A este hombre extranjero, hombre de espíritu noble, como hemos mencionado al comienzo, le ha salvado su fe. El Papa Benedicto XVI en un Ángelus, comentando este Evangelio dijo: “Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: ‘gracias’![2]

En el domingo pasado, hemos reflexionado sobre la parábola que el Señor contó sobre el grano de mostaza, si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería. (Cfr. Lc 17, 3-10) Esta misma fe capaz de mover montañas, la fe de este hombre noble, extranjero que fue curado por nuestro Señor Jesucristo, que es una fe en el Hijo del Hombre, en Nuestro Señor Jesucristo, es la que, en cierto sentido estamos celebrando hoy del otro lado del océano Atlántico.

Este domingo, 12 de octubre, en Brasil se celebra la Virgen Aparecida, patrona del País, en España se celebra la Virgen del Pilar y en toda hispano américa, se celebra el día de la Hispanidad, pues en un 12 de octubre del año del Señor de 1492, cuando reinaban en Castilla y Aragón Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, por título de su Santidad el Papa Alejandro VI[3], apenas algunos meses tras haber concluido lo que fue la epopeya de la Reconquista con la toma de Granada, en ese mismo día (12 de octubre), Cristóbal Colón comandando la nave de Santa María, la cabeza de una flotilla con tres carabelas, avistaron una puntita del Nuevo Mundo, lo que hoy conocemos por América. Por esto me gustaría hoy en este sermón, hacer una especie de elogio al hecho de la Conquista de América y como esto nos hace agradecidos a Dios por el don de la fe que hemos recibido, así como el extranjero del Evangelio, hoy nos presentamos a los pies del Señor Jesucristo para decirle gracias.

Un autor, Juan Pedro Ramos, mejicano, hablando sobre la Conquista de América decía: “No era un azar del destino. Dios había puesto en el alma de Portugal y España, aislados por el Pirineo y el mar, un destino imperial semejante, que abarca, en el acto, la inmensidad de la tierra. El de España consistió en traer a América el esfuerzo poblador más vasto y de aspiración más alta que haya tenido hasta hoy el hombre.”[4] Tenían el deseo de llevar la fe en Nuestro Señor Jesucristo a estas tierras desconocidas. Si el Señor ha dicho -y escuchamos en el domingo pasado- que el que tuviera fe como un grano de mostaza haría con que un árbol si trasplantase de la tierra al mar, cómo habrá sido la fe de los Reyes Católicos para impulsar a que se llevase el anuncio del Árbol de la Cruz hasta el alén mar[5], hasta un nuevo continente.

Estamos aludiendo a lo que, en palabras de Juan P. Ramos ya mencionado: “Es el cumplimiento de la orden que dio la palabra evangélica de Nuestro Señor Jesucristo a la fe de sus Apóstoles.”[6] Y refleja esta santidad de España de la cual habla el autor en otro lugar: “La santidad de España se revela en su propósito civilizador, donde brilla, con evidencia irrefragable, el resplandeciente designio de la conquista.”[7]

No es mi intención entrar aquí en el tema de los hechos memorables que tuvieron lugar en esta gran empresa española que fue la Conquista de América[8], basta que nos recordemos del Salmo que hemos escuchado hoy día que puede resumir muy bien lo que hasta aquí venimos diciendo. En el refrán, hemos escuchado (Cfr. Sal 97, 1-7) “El Señor revela a las naciones su salvación.” Y después continúa: “El Señor da a conocer su salvación, revela a las naciones su justicia. Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.” Esto es posible, pues como dijo el Apóstol Pablo en la segunda lectura: “…la palabra de Dios no está encadenada…” y el mandato del Señor se ha cumplido para nosotros allá, del otro lado del océano Atlántico, hemos recibido el don de la fe -por el cual damos continuamente gracias a Dios, como el “noble” extranjero que fue curado en el Evangelio de hoy.

Damos gracias también porque, así como Naamán, el Sirio que, en la primera lectura ha dicho al profeta Eliseo: “Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor.” (Cfr. II Re 5, 10.14-17) Así como él, nuestros antepasados también se abrieron a la gracia de Dios, al don de la fe y dejaron de ofrecer culto a dioses paganos.

Acercándonos más a la conclusión de este sermón, habremos de reconocer que este inapreciable don de la fe que hemos recibido, tanto lo que es Hispano América, cuanto nosotros que somos luso americanos (es decir, los americanos que somos hijos de Portugal), nos ha sido dado por las manos de María, la Virgen que se celebra hoy en España bajo la advocación del Pilar, en Brasil bajo el nombre de Aparecida, y que en su aparición en Guadalupe, recibe el título de Emperatriz de América, en definitiva, es la única madre de todos nosotros, de todos los pueblos.

Para concluir esta homilía, me gustaría traer a colación algunos textos tomados de la liturgia de ambas fiestas (Pilar y Aparecida), que ayudarán a ilustrar un poco esta maternidad de la Virgen, esta providencial protección y cuidado que tuvo, tiene y tendrá siempre para con nuestras tan queridas tierras americanas.

Del Elogio a la Virgen del Pilar: “La devoción al Pilar tiene una gran repercusión en Iberoamérica, cuyas naciones celebran la fiesta del descubrimiento de su continente el día doce de octubre, es decir, el mismo día del Pilar. Como prueba de su devoción a la Virgen, los numerosos mantos que cubren la sagrada imagen y las banderas que hacen guardia de honor a la Señora ante su santa capilla testimonian la vinculación fraterna que Iberoamérica tiene, por el Pilar, con la patria española.”[9] Entre estas banderas, está también la de Brasil…

Tomada de la Primera lectura[10] de la Misa de la Solemnidad de Nuestra Señora Aparecida: “Al ver la reina Ester parada en el vestíbulo, [el rey] miró hacia ella con agrado y extendió hacia ella el cetro de oro que tenía en la mano, y Ester se acercó para tocar la punta del cetro. Entonces, el rey le dijo: ‘Lo que me pidas, Ester; ¿qué quieres que te haga? Aunque me pidieras la mitad de mi reino, yo te la concedería.’ Ester le respondió: ‘Si he ganado tu agrado, oh rey, y si fuere de tu voluntad, concédeme la vida – ¡he aquí mi pedido! – y la vida de mi pueblo – ¡he ahí mi deseo!

Del libro del Eclesiástico en la primera lectura del Oficio de la Solemnidad de Nuestra Señora Aparecida (Cfr. Eclo 24, 1-7.12-16.24-31): “En las alturas de los cielos fijé mi morada, mi trono se alzaba sobre una columna de nubes. Entonces el Creador del universo me dio una orden, el que me creó me indicó el lugar de mi tienda y me dijo: ‘Establece tu morada en Jacob, toma tu heredad en Israel, y echa raíces en medio de mis elegidos’. Desde el principio, antes de los siglos, Él me creó, y no cesaré de existir por todos los siglos. En la morada santa ejercí mi ministerio ante él, y así me establecí en Sion. En la ciudad amada me hizo reposar, y en Jerusalén está el asiento de mi dominio.”

Y eché raíces en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, y fijé mi morada en la asamblea de los santos. Yo soy la madre del amor hermoso, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí se halla toda la gracia del camino y de la verdad, en mí toda esperanza de vida y virtud.

Por fin, Juan Pablo II en la dedicación de la Basílica Nacional de Nuestra Señora Aparecida, en el año de 1980 dijo: “Su madre [María] dijo a los que servían: ‘Haced lo que él os diga’. ¿Cuál es la misión de la Iglesia si no la de hacer nacer el Cristo en el corazón de los fieles, por la acción del mismo Espíritu Santo, por medio de la evangelización? Así, la ‘Estrella de la Evangelización’, como la llamó mi predecesor Pablo VI, apunta e ilumina los caminos del anuncio del Evangelio. Este anuncio de Cristo Redentor, de su mensaje de salvación, no puede ser reducido a un mero proyecto humano de bienestar y felicidad temporal. Tiene ciertamente incidencias en la historia humana colectiva e individual, pero es fundamentalmente un anuncio de liberación del pecado para la comunión con Dios, en Jesucristo.” [11]

Por esto, en este día tan especial para nosotros, pidámosle a la Santísima Virgen María, bajo su advocación del Pilar y de Aparecida, que nos conceda la gracia de tener siempre este espíritu noble que tuvo el extranjero del Evangelio de hoy, y que sepamos siempre agradecer, que sepamos estar constantemente agradecidos por el inestimable don de la fe que hemos recibido allá en nuestras tierras y que nos mantiene hoy dónde estamos.

Ave María Purísima.

P. Harley D. Carneiro, IVE

 

 

[1] ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida – Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed.Gladius, 1994, pp. 280-285.

[2] BENEDICTO XVI, Ángelus, pronunciado en domingo 14 de octubre de 2007

[3] Título concedido a Isabel y Fernando por la Bula Si Convenit, con fecha del 19 de diciembre del año de 1496

[4] RAMOS, Juan P., La cultura española y la Conquista de América, «Revista Sol y Luna», N° 9, Buenos Aires – 1949, págs. 29-48.

[5] Expresión del Gallego arcaico que significa: allende el mar: o en lenguaje más moderno: más allá del mar

[6] RAMOS, op. cit.

[7] Ibid.

[8] Apenas para mencionar algunos personajes de los más destacados: En México (Fray Antonio de Roa, Juan de Zumárraga, Don Vasco de Quiroga, Beato Sebastián de Aparicio, Beato Pedro de San José, Beato Junípero Serra); en Nueva Granada )San Luis Bertrán, San Pedro Claver); en Brasil (San José de Anchieta, Padre Antonio Vieira, Padre Manuel da Nóbrega); en Chile (Pedro de Valdivia, Tomás de Loayza)

[9] Eulogio de nuestra Señora del Pilar, tomado de la segunda lectura del Oficio en la Fiesta de Nuestra Señora del Pilar (12 de octubre)

[10] Est 5, 1b-2;7, 2b-3

[11] JUAN PABLO II, Homilía en la dedicación de la Basílica Nacional de Aparecida, 04/07/1980

Madre del buen consejo

En el consejo de María está la clave de la perfección cristiana

P. Gustavo Pascual, IVE.

“Dice su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga[1]

“Aunque había dicho, no es llegada mi hora, al fin hizo lo que su madre le había pedido, y así prueba suficientemente que no estaba sujeto a horas. Pues si lo hubiese estado, ¿cómo hizo esto cuando aún no había llegado la hora debida? Además, por honra de su Madre, a quien no creía oportuno contradecir, ni quería avergonzar delante de todos; pues ésta le había traído a los que servían para que la petición se hiciese por muchos”[2].

“Aunque parece que se niega, lo hará, sin embargo. La madre sabía, pues que era bueno y caritativo”[3].

María es Virgen llena de gracias, llena de Dios, llena del Espíritu Santo. El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra[4].

María también posee el don de consejo, que es un hábito sobrenatural por el cual el alma justa, bajo la inspiración del Espíritu Santo, juzga rectamente, en los casos particulares, lo que conviene hacer en orden al fin último sobrenatural[5].

María no sólo poseyó el don del Espíritu Santo, sino que también junto con los apóstoles lo pidió y lo esperó hasta Pentecostés para ser aconsejada por este divino Espíritu y junto con Pedro y los demás apóstoles emprender la magna tarea de dirigir la naciente Iglesia[6].

Pero es en Caná donde nos da su consejo más excelente y la llave maestra para llegar al Cielo, para salir siempre victoriosos en la batalla contra la serpiente infernal. Dijo María: “haced lo que él os diga” que, como dice Santo Tomás en el comentario al Evangelio de Juan, en ello consiste la perfección de la justicia. Es una formula sencilla pero difícil en la práctica. Es hacer siempre la voluntad de Dios.

En el consejo de María está la clave de la perfección cristiana. Consejo que implica hacerse indiferente para querer lo que Dios quiere. Conformidad entera, sin reservas, constante, irrevocable de nuestra voluntad con la de Dios.

Voluntad sumisa que nada le daña, ni la prosperidad la ensalza, ni la cruz la abate. Voluntad que camina el camino de la cruz; que en él halla gozo, paz y alegría. Voluntad de niño que sólo actúa al mandato del Padre obedeciendo hasta el extremo como Cristo, “¡he aquí que vengo – pues de mí está escrito en el rollo del libro – a hacer, oh Dios, tu voluntad!”[7], como María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

Nuestro delito está en creernos grandes y querer prescindir en nuestras obras de la madre celestial y ya no hacer lo que ella nos aconseja, sino, por el contrario, hacer nuestra propia voluntad.

María nos aconseja en particular a cada uno en la voz de nuestra conciencia, en nuestro director espiritual, en nuestro confesor, en nuestros amigos […] pero, especialmente, en sus mensajes que no sólo a nosotros nos dirige en particular sino a toda la humanidad.

La Virgen de la Salette (Francia). Sobre la oración: “ah, hay que hacerla bien, mañana y tarde. Cuando no podáis, decid un Padrenuestro y un Ave María, pero cuando tengáis tiempo, hay que rezar más” (A los franceses).

La Virgen de Lourdes (Francia). A Santa Bernardita: “ruega a Dios por los pecadores”; “penitencia, penitencia, penitencia”.

La Virgen de Fátima (Portugal). A los pastorcitos: “rezad el rosario todos los días, a fin de obtener la paz para el mundo”; “sacrificios por los pecadores y decid a menudo, pero especialmente al hacer algún sacrificio: Oh Jesús, esto es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores, y en reparación de las ofensas hechas al Corazón inmaculado de María”[8].

“¡Madre del Buen Consejo! Indícanos siempre cómo debemos servir al hombre, a la humanidad en cada nación, cómo conducirla por los caminos de la salvación. Cómo proteger la justicia y la paz en el mundo, amenazada continuamente por varias partes. Cuán vivamente deseo, con ocasión de este encuentro de hoy, confiarte todos estos difíciles problemas de la sociedad, de los sistemas y de los Estados, problemas que no pueden resolverse con el odio, la guerra y la autodestrucción, sino sólo con la paz, la justicia, el respeto a los derechos de los hombres y las naciones”[9].

Madre del buen consejo, que nunca nos apartemos del camino por el que tú nos conduces, y que recurramos a Ti confiados en todas nuestras inquietudes.

 

[1] Jn 2, 5

[2] Catena Aurea, Juan (V)…, Crisóstomo a Jn 2, 5-11, 62-3

[3] Ibíd.…, San Beda a Jn 2, 5-11, 63

[4] Cf. Lc 1, 35

[5] Cf. II-II, 52, 1-2

[6] Cf. Hch 2, 1-4

 

[7] Hb 10, 7

[8] López Melús, Principales Apariciones de la Santísima Virgen, Alonso Madrid 1978, 77.122.124

[9] Juan Pablo II en Polonia, Paulinas, Buenos Aires 1979, 69