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Confidente de nuestros votos de amor

María, depositaria de nuestras promesas y votos

P. Gustavo Pascual, IVE

El culto es una necesidad humana, y necesitamos expresarnos de alguna manera para testimoniar al Señor y a su Madre Santísima o a los Santos nuestra fe, porque sabemos muy bien que ellos pueden socorrernos en nuestra pobreza. Y una manera de hacer patente nuestra piedad son los votos, romerías y promesas que el hombre formula a la Divinidad y a la Virgen Santísima, y también a los Santos, como más cercanos a Dios. Es así que desde un principio vemos cada día multiplicarse más y más las ofrendas y promesas a Nuestra Señora[1].

María también es la depositaria de nuestras promesas y votos.

Las promesas consisten en un intercambio de ofrendas. Le prometemos a la Santísima Virgen para que nos conceda una gracia, prometemos un sacrificio por la salud, prometemos una oración por la conversión de un pecador, prometemos una ofrenda material para conseguir un trabajo, etc.

El voto consiste más bien en una entrega de un bien mayor y posible por amor a ella, para alabarla. Prometemos una Misa en su honor, entregamos a ella nuestros sacrificios, hacemos voto, de cuanto somos y tenemos, dejarlo en sus manos, hacemos voto de ser sus hijos para siempre, nos consagramos a ella bajo voto de esclavitud, etc.

En todos los santuarios marianos suelen haber recordatorios de estas promesas y votos que sus hijos hacen a la Santísima Virgen. Recordatorios de que han estado allí y le han ofrendado desde lo íntimo de su corazón lo que su amor les sugería. En sus santuarios y en la confidencia de la vida del espíritu ellos se han entregado a su Madre. Han entregado toda o parte de su vida para alabarla como medianera universal de gracias o simplemente para reverenciarla como su Madre, merecedora de sus votos de amor.

Y la Virgen da a sus promesantes lo que necesitan, siempre y cuando sea para su bien, y sino no les concede lo que le piden es porque sabe que les va a perjudicar. Y a aquellos que se entregan a ella por el voto les concede una particular protección y una amorosa solicitud para conducirlos a la patria celestial.

Promesas y votos que proceden del amor como también del amor de esta Madre benigna proceden los bienes que derrama sobre sus hijos. Y cuanto más puro es el amor que informa nuestras promesas y votos de mayor estima son ellos. Porque muchas veces es el interés lo que lleva a prometer cosas a María y nos convertimos en devotos interesados.

¿Cuáles son las clases de devotos? Dice San Luis María:

Hay, a mi parecer, siete clases de falsos devotos y falsas devociones a la Santísima Virgen, a saber[2]:

 

1° los devotos críticos;

2° los devotos escrupulosos;

3° los devotos exteriores;

4° los devotos presuntuosos;

5° los devotos inconstantes;

6° los devotos hipócritas;

7° los devotos interesados.

 

San Luis María Grignion de Montfort nos trae un voto especialísimo para hacer a la Santísima Virgen. Consagrarse a ella con esclavitud de amor.

Nada hay tampoco entre los cristianos que nos haga pertenecer más completamente a Jesucristo y a su Santísima Madre que la esclavitud aceptada voluntariamente a ejemplo de Jesucristo, que por nuestro amor tomó forma de esclavo y de la Santísima Virgen que se proclamó servidora y esclava del Señor[3].

¿Qué razones nos llevan a abrazar esta devoción?

“+Nos manifiesta la excelencia de la consagración de sí mismo a Jesucristo por manos de María.

+ Nos demuestra que es en sí justo y ventajoso para el cristiano el consagrarse totalmente a la Santísima Virgen mediante esta práctica a fin de pertenecer más perfectamente a Jesucristo.

+ La Santísima Virgen es Madre de dulzura y misericordiosa y jamás se deja vencer en amor y generosidad.

+ Esta devoción, fielmente practicada, es un medio excelente para enderezar el valor de nuestras buenas obras a procurar la mayor gloria de Dios.

+ Esta devoción es camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios.

+ Esta devoción da a quienes la practican fielmente una gran libertad interior: la libertad de los hijos de Dios.

+ Abrazar esta práctica reporta grandes bienes a nuestro prójimo.

+ Lo que más poderosamente nos induce a abrazar esta devoción a la Santísima Virgen es el reconocer en ella un medio admirable para perseverar en la virtud y ser fieles a Dios”[4].

Los verdaderos devotos de María Santísima deben ser:

Libres: Verdaderos siervos de la Virgen Santísima, que, como otros tantos Domingos, vayan por todas partes con la antorcha brillante y ardiente del santo Evangelio en la boca y el santo Rosario en la mano, a ladrar como perros, abrasar como el fuego y alumbrar las tinieblas del mundo como soles; y que por medio de la verdadera devoción a María, es decir, interior sin hipocresía, exterior sin crítica, prudente sin ignorancia, tierna sin indiferencia, constante sin liviandad y santa sin presunción, aplasten, por dondequiera que fueren, la cabeza de la antigua serpiente para que la maldición que Vos le echasteis se cumpla enteramente: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza” (Gn 3, 15)[5].

[1] Presas, Nuestra Señora en Luján y Sumampa, Ediciones Autores Asociados Morón Buenos Aires 1974, 200

[2] San Luis María G. de Montfort, O.C., Tratado de la verdadera devoción nº 92, BAC Madrid 1954, 491-2

[3] San Luis María G. de Montfort, O.C., Tratado de la verdadera devoción nº 152-168…, 481

[4] Ibíd., nº 135-173, 513-541

[5] San Luis María g. de montfort, O.C., La Oración Abrasada…, 599

“Meditación de la soledad de María”

Para meditar este Sábado Santo…

José María Pemán

Composición de lugar

Palidecidas las rosas
De tus labios angustiados;
Mustios los lirios morados
De tus mejillas llorosas;
Recordando las gozosas
Horas idas de Belén,
Sin consuelo y sin bien
Que su soledad llene…
¡Miradla por donde viene,
Hijas de Jerusalén!

Meditación

Virgen de la soledad:
Rendido de gozos vanos,
En las rosas de tus manos
Se ha muerto mi voluntad.
Cruzadas con humildad
En tu pecho sin aliento,
La mañana del portento,
Tus manos fueron, Señora,
La primera cruz redentora:
La cruz del sometimiento.
Como tú te sometiste,
Someterme yo quería:
Para ir haciendo mi vía
Con sol claro noche triste.
Ejemplo santo nos diste
Cuando, en la tarde deicida,
Tu soledad dolorida
Por los senderos mostrabas:
Tocas de luto llevabas,
Ojos de paloma herida.
La fruta de nuestro bien
Fue de tu llanto regada:
Refugio fueron y almohada
Tus rodillas, de su sien.
Otra vez, como en Belén,
Tu falda cuna le hacía,
Y sobre Él tu amor volvía
A las angustias primeras…
Señora: si tú quisieras
Contigo lo lloraría.

Coloquio

Por tu dolor sin testigo,
Por tu llanto sin piedades,
Maestra de soledades,
Enséñame a estar contigo.
Que al quedarte Tú conmigo,
Partido
Ya de tu veras
El hijo que en la madera
De la Santa Cruz dejaste,
Yo sé que en Tí lo encontraste
De una segunda manera.
En mi alma. Madre, lavada
De las bajas suciedades,
A fuerza de soledades,
Le estoy haciendo morada.
Prendida tengo y colgada
Ya mi cámara de flores.
Y a humear por los alcores
Por si llega el peregrino
He soltado en mi camino
Mis cinco perros mejores.
Quiero yo que el alma mía,
Tenga, de sí vaciada,
Su soledad preparada
Para la gran compañía.
Con nueva paz y alegría
Quiero, por amor, tener
La vida muerta al placer
Y muerta al mundo, de suerte
Que cuando venga la muerte
La quede poco que hacer.

Oración final

Pero en tanto que El asoma,
Señor, por las cañadas,
¡por tus tocas enlutadas
y tus ojos de paloma!
Recibe mi angustia y toma
En tus manos mi ansiedad
Y séame, por piedad,
Señora del mayor duelo,
Tu soledad sin consuelo
Consuelo en mi soledad.

 

Confidente benigna de nuestros cultos

La veneración a María no es una veneración cualquiera…

P. Gustavo Pascual, IVE.

 

Con la palabra culto llamamos en un sentido amplio a toda aquella especie de manifestación externa de veneración y homenaje a Nuestra Señora, expresión de la fe y el amor que interiormente se profesa a la Madre de Dios. Es decir, entendemos por culto a Nuestra Señora, aquellos actos que exteriorizan la religiosidad comprensible por los sentidos[1].

A todos los santuarios marianos van los hijos de María a rendirle culto, a venerarla.

La veneración a María no es una veneración cualquiera. Como dice un santo: “menos Dios cualquier alabanza es digna de ella”. El culto a los santos se llama dulía, el de San José protodulía y el de la Santísima Virgen hiperdulía, es decir, su culto está por encima del de los demás bienaventurados. Es un culto intermedio entre la “latría”, adoración sólo debida a Dios, y la “dulía” o veneración a los santos. Y es a María, confidente benigna, que van a rendir culto sus hijos. Sólo ella conoce el interior de sus hijos y ellos secretamente van y le abren el corazón a ésta Madre buena porque conocen cuánto los ama y cuán dispuesta está a favorecerlos. A ella confían sus necesidades, sus dolores, sus alegrías, sus sacrificios, sus promesas, su entrega, sus generosidades.

Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones… y esto se cumple en todos los santuarios del mundo. Van los hijos de María a venerarla y a elogiarla por su grandeza, por sus títulos y en especial por ser la Madre de Dios.

Muchos critican la devoción a María porque para ellos es restar gloria a Jesús, y no es así. Si en la vida natural los hijos se enorgullecen de las alabanzas que hacen a sus padres y los padres se alegran cuando hablan bien de sus hijos ¡cuánto más sucederá esto entre María y Jesús!; Jesús ha elegido a María para que fuese su Madre y todo el que la honra se hace muy agradable a Jesús y a Dios.

No tengamos miedo de venerar con todo nuestro corazón a esta Madre bendita y no tengamos reparo alguno en entregarnos enteramente a ella, en rendirle culto y ofrecerle todo nuestro ser. En esto Jesús se complace y viene a este corazón amante de su Madre y se entrega sin reservas. A Jesús llegaremos por María. Ella es el mejor camino para llegar a Él.

 ¿Por qué es necesario el culto a María?

Confieso con toda la iglesia que no siendo María sino una pura creatura salida de las manos del Altísimo, comparada con su Majestad Infinita, es menos que un átomo, o más bien es nada, porque sólo Dios es Aquel que es y, por consiguiente, este gran Señor, siempre independiente y suficiente en sí mismo, jamás ha tenido ni tiene, aun ahora, en absoluto necesidad de la Santísima Virgen para cumplir su voluntad y manifestar su gloria, puesto que a Él le basta querer para hacer las cosas.

Digo, sin embargo, que, supuestas las cosas como son, habiendo querido Dios comenzar y acabar sus mayores obras por la Santísima Virgen desde que la formó, hemos de creer que no cambiará su conducta en los siglos de los siglos, porque es Dios y no puede variar en sus sentimientos ni en su proceder[2].

Y luego San Luis María explica esta necesidad por el hecho de que María ha sido insertada en el misterio de Cristo, en el de su Encarnación y en los demás misterios de su vida pública.

            “Dios Padre no ha dado al mundo su Unigénito sino por María […] El mundo no era digno, dice San Agustín, de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de las manos del Padre; por eso Éste lo ha entregado a María para que de sus manos lo recibiera el mundo. El Hijo de Dios se ha hecho hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo ha formado a Jesucristo en María, pero después de haber pedido a ésta su consentimiento por medio de uno de los primeros ministros de su corte.

            Dios Padre ha comunicado a María su fecundidad, en cuanto una pura criatura, era capaz de recibirla, para concederle el poder de producir a su Hijo y a todos los miembros de su cuerpo místico.

            Dios Hijo ha descendido a su seno virginal, como el nuevo Adán al Paraíso terrestre, para hallar en él sus complacencias y obrar allí en secreto las maravillas de la gracia […]

Ella es la que únicamente lo ha amamantado, alimentado, mantenido, educado y sacrificado por nosotros […]

¡Oh qué gloria tan subida damos a Dios cuando, para agradarle, nos sometemos a María, a ejemplo de Jesucristo, que es nuestro único modelo!

Si examinamos de cerca el resto de la vida de Jesucristo, veremos que ha querido comenzar sus milagros por María […]

Como Dios Espíritu Santo no produce a ninguna otra persona divina, se ha hecho fecundo por el concurso de María, con quien se ha desposado […]

Esto no es querer decir que la Santísima Virgen de al Espíritu Santo la fecundidad, como si Éste no la tuviera; ya que , por ser Dios, tiene la fecundidad o la capacidad de producir […] Pretendo sólo decir que el Espíritu Santo, por el intermedio de la Santísima Virgen, de la cual, quiere servirse, a pesar de no haber tenido de Ella necesidad absoluta, redujo al acto su fecundidad, produciendo en Ella y por Ella a Jesucristo y a sus miembros: misterio de la gracia, que desconocen hasta los más sabios y espirituales entre los cristianos”[3].

Hay hombres que directamente niegan culto a la Santísima Virgen porque la consideran una mujer como otra cualquiera, una madre como cualquier otra. Dicen que tuvo más hijos.

Estos están completamente equivocados. María es la Madre de Jesús y Jesús es Dios. María en consecuencia es la Madre de Dios, es decir, su maternidad es maternidad como las demás pero su Hijo es Dios y por tanto su maternidad alcanza la cumbre entre las maternidades. Además su maternidad es sin concurso de varón por eso es virgen antes del parto, durante el parto y después del parto.

María había consagrado su virginidad a Dios pero Dios, al ver su humildad, la eligió para ser su Madre y fue Madre y Virgen como estaba profetizado por Isaías[4]. Su parto fue milagroso, extraordinario, aunque su alumbramiento fue en un lugar del todo ordinario, en un pesebre de animales.

Y fue virgen después del parto. Si la Sagrada Escritura habla de los hermanos de Jesús habla de sus parientes cercanos. María no tuvo más hijos. La Iglesia llama a María la Siempre Virgen.

Están equivocados los que niegan a María sus privilegios y, en definitiva, no la quieren tener por Madre porque si no la tienen por madre tampoco tienen a Dios por Padre. Porque el que desprecia a María se pone contra el querer de Dios que la ha elegido entre todas las mujeres, entre todos los hombres, para la misión especial de ser Corredentora y para ello la eligió como su Madre. Dios ha querido nacer de María ¡Cómo podríamos nosotros rechazar a esta Virgen gloriosa!

La humildad y la sencillez llevan a postrarse ante la Santísima María para rendirle culto y esto es lo que sucede en todas las iglesias y oratorios. Hijos sencillos y llenos de devoción van a rendir culto a la Virgen y en lo íntimo de su corazón, en conversación confiada, le cuentan sus inquietudes y anhelos. María la más humilde atrae a los humildes y repele a los soberbios.

Todos los hombres guardan en lo íntimo de su corazón un deseo de relacionarse con su madre. Es reprensible el hombre que no ama a su madre, a aquella que lo ha dado a luz, y María nos ha dado a luz a cada uno de nosotros. Somos hijos de Dios y hermanos de Jesús por María. Ella nos ha engendrado por los dolores del parto. Ella ha sufrido por nosotros al pie de la cruz. ¿A quién recurrirá aquel que no tiene Madre? ¿A quién acudirá aquel que rechaza a la que lo ha dado a luz? No podemos negar que tenemos una madre. Todos hemos nacido de madre. Nuestra madre nos engendra para esta vida. María nos dio a luz para la vida del cielo. ¿Cómo no cultivar en nosotros esta Rosa de Jericó? ¿Cómo no cultivar en nosotros el amor hacia ella? ¿Cómo no cultivar en nuestra alma sus virtudes?

María quiere a todos sus hijos pero a cada uno en particular. Ella es la confidente benigna de nuestros cultos. La que quiere que recurramos a Ella como hijos confiados para que nos llene de gracias.

Nuestro culto a María debe estar por encima del que le tenemos a todos los ángeles y santos. Debe estar en conexión con el de Jesús porque la relación entre ambos es estrechísima. María nos lleva a Jesús y Jesús nos mueve a amar más a María. Quien venera a María esté seguro que formará en su alma el fruto de sus entrañas. Quien cultiva en su corazón a esta bella planta tendrá la flor que ha nacido de Ella

[1] Presas, Nuestra Señora en Luján y en Sumampa…, 199

[2] V.D. nº 14-15…, 445

[3] V.D. nº 16-21…, 445-48

[4] 7, 14

Madre dulce y tierna

María es la madre dulce y tierna que lleva en sus brazos a sus hijo: es Madre dulce y tierna.

P. Gustavo Pascual

 

Este título es un atractivo hacia la Madre de Dios, título que inspira confianza absoluta.

La dulcedumbre se opone al amargor y la ternura a la brusquedad. Son virtudes de todos los hombres pero que especialmente sobresalen en las mujeres y sobre todo en la mujer que es madre.

Son virtudes que se practican entre los hombres, pero especialmente entre la madre y el hijo.

María es dulce y tierna para con nosotros sus hijos, para que con confianza nos acerquemos a ella, para que pongamos en su conocimiento nuestras necesidades. Ella, sin embargo, conoce nuestras necesidades porque está en el Cielo y ve en Dios todas las cosas. Ella se adelanta a socorrer a sus hijos confiados y les da lo que necesitan antes que se lo pidan como hizo en la tierra, especialmente en Caná; allí su caridad se adelantó a la necesidad de los novios y pidió para ellos a su Hijo un milagro, que hizo por el poder de su súplica, adelantar la hora de Jesús.

María es la madre dulce y tierna que lleva en sus brazos a sus hijos confiados y los mece con cariño y suavidad. Nos hace descansar cuando estamos fatigados, nos calma y nos da la paz cuando estamos enfadados o iracundos, hace graciosos y limpios nuestros pensamientos e imágenes cuando la tormenta de la concupiscencia toca nuestra alma, suaviza nuestra fatiga porque nos mece en su seno, consuela nuestras arideces porque nos llena de caricias y besos… como un niño en brazos de su madre, así espere el alma confiada en esta madre dulce y tierna.

¿Y cuándo nos portamos mal es recia y dura? No; nos corrige, eso sí, pero con suavidad; y nos busca porque ella también es pastora, nos busca como a la oveja descarriada y le avisa al Buen Pastor para que nos vaya a recoger. María nos corrige con dulzura para que nos acerquemos cada día más a su Hijo Jesús. Deja muchas veces que nos vayamos de su lado, aunque sabe que nos perjudicamos, para respetar nuestra libertad. Deja que le recriminemos tontamente que ya somos hijos grandes y que no necesitamos que nos lleve en sus brazos para respetar nuestro querer y para que experimentemos lo que no debiéramos: la dureza y la reciedumbre de la vida sin Cristo y sin ella, la miseria de la vida solitaria, de los que se quedan solos sin Cristo y sin María, sin el hermano y sin la madre; de los que experimentan la dureza del mundo sin Dios.

¿Quién te arropará en las noches crudas de invierno sino esta Madre dulce y tierna? ¿Quién te dará de comer comida blanda sino esta Madre amorosa? ¿Quién te cantará canciones de cuna para que te duermas en paz sino esta Madre buena? ¿Quién te llevará de la mano para que tu pie no tropiece sino María? ¿Quién te llevará por un camino fácil, seguro, perfecto y corto hacia el Cielo sino esta Madre dulce y tierna?

¡Cuántas veces estamos fríos en nuestra devoción!; a veces, por culpa nuestra, por ser negligentes en los ejercicios espirituales, por no prepararnos a ellos, por no darles la importancia que merecen, por pereza. También podemos estar faltos de devoción porque Dios nos prueba y nos deja en un estado de frialdad. El primer estado es culpable, el segundo es permisión divina, y no hay en él culpa alguna. Sin embargo, sea cual fuere la causa de nuestra frialdad María puede devolvernos, si es la voluntad de Jesús, el calor de la devoción, el amor fogoso por las cosas de Dios. Ella es la Madre dulce y tierna que nos ayudará con su intercesión y su gracia para que salgamos del estado de tibieza o para que tengamos paciencia en la prueba haciéndola corta y suave, y devolviendo a nuestra alma la devoción perdida.

Cuando lamentablemente nos estemos alimentando mal, cuando estemos comiendo comida dura que lastima nuestros dientes o cuando estemos alimentándonos con las bellotas de los puercos pidamos a María que venga en nuestra ayuda. Ella nos traerá el alimento que necesitamos, la comida adecuada a nuestras fuerzas y a nuestro estado espiritual. Por ella nos vendrá, si se lo pedimos, el alimento que deseamos sin saber, el alimento que nos fortalece en el camino y el que tiene todas las delicias. Ella nos traerá a Jesús sacramentado que es el alimento cumbre de nuestra vida interior.

¡Qué bien estamos aquí!, le dijo Pedro a Jesús en el monte de la transfiguración, y lo dijo porque su alma estaba en paz y llena de gozo. Qué bien se vive y se descansa con el alma en paz. La paz es como un arrullo a nuestra alma inquieta que la tranquiliza y la hace reposar; María nos traerá esta paz para que vivamos una vida serena, para que nuestras noches sean calmas como un cielo estrellado. Ella alejará de nosotros, por su paz, la turbulencia de las pasiones que nos inquietan en algunos momentos de nuestra vida. Con María viviremos en paz y gozo. Su voz melodiosa callará a los enemigos de nuestra alma y callará las vocingleras pasiones que conturban el alma.

Con María caminaremos seguros, sin tropiezos. Aunque somos grandes nos cuesta caminar sin riesgos. A veces nos caemos, otras tropezamos, otras nos desviamos de la senda que tenemos que seguir, confundidos por tantos carteles que nos invitan a apartarnos del sendero seguro. María nos quiere llevar con seguridad por el camino recto pero quiere que nos hagamos como niños, no nos quiere autosuficientes, quiere que nos abandonemos en ella y ella nos llevará seguros sin tropiezos, sin desvíos, sin caídas, sin peligros, al destino seguro del Cielo.

Ella es camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios en la cual consiste la perfección cristiana[1].

[1] Cf. San Luis María G. de Montfort, O.C., Tratado de la verdadera devoción nº 152-168, BAC Madrid 1954, 522-528. En adelante V.D.

 

Santa María, Madre de Dios

(Homilía para el 1º de enero)

En el siglo V surgió una herejía llamada nestorianismo, la cual afirmaba que el Hijo de Dios se sirvió del hombre Jesús solamente como de un instrumento. De esto se deriva que la humanidad de Cristo, que fue la que sufrió en la pasión, no pudo redimir al mundo con una redención superabundante e infinita, pues era limitada. Tampoco, entonces, se puede decir que “el Verbo se hizo carne”. Jesús y el Hijo de Dios eran así dos personas distintas.

La consecuencia de esta herejía respecto a María santísima sería que ella habría dado a luz al hombre en el que habitó el Verbo, y por lo tanto no sería la Madre del Hijo de Dios.

Cuenta la historia que un día un discípulo de Nestorio en un sermón dijo que María no era la verdadera Madre de Dios sino sólo del hombre Jesús, pero en ese mismo momento el pueblo fiel comenzó a gritar “¡Theotokos!, ¡Theotokos!” (Madre de Dios), manifestando así la firmeza de su fe en el misterio que hoy celebramos: María como Madre de Dios.

Su maternidad

Escribe el P. Hurtado en un libro de moral social: El modo de vida femenina, su innata disposición, es la maternidad. Toda mujer nace para ser madre: madre, en el sentido físico de la palabra, madre en el sentido más espiritual y exaltado, y no por eso menos real. La mujer que es verdaderamente mujer contempla los problemas de la vida siempre a la luz de la familia, y su sensibilidad exquisita advierte cualquier peligro que amenaza pervertir su misión de madre, o que se cierne sobre el bien de la familia.

María santísima, permaneciendo Virgen por gracia divina, cumplió su vocación natural de Madre, pero además fue preparada por Dios desde toda la eternidad para una misión única, exclusiva, irrepetible, y que la puso por sobre todas las creaturas: ser Madre de Dios.

Ser madre significa trabajo, esfuerzo, paciencia, magnanimidad, renuncia, a veces dolor, etc., pero sobre todo significa amor, cuidado, protección, preocupación, atención, etc. La Virgen María es el único caso en el que “la madre fue hecha según el hijo y no el hijo según la Madre”, porque Dios la quiso inmaculada, para que pudiese portar a su Hijo como el más purísimo de los tabernáculos, como el más perfecto sagrario.

Importancia

Habiendo dejado esto en claro, ahora nos podemos preguntar acerca de la importancia de la maternidad divina para nuestra fe.

Escribía un autor: “La maternidad divina es la base de la relación de María con Cristo; de aquí que es la base de su relación con la obra de Cristo, con el Cristo total, con toda la Teología y el cristianismo; es, por lo tanto, el principio fundamental de toda la Mariología” (Cyril Vollert).

Cuando Dios asumió a María como madre, estableció una relación única con la humanidad, ya que por medio de la Virgen es que Dios entra en contacto directo con nuestra naturaleza, a la vez que María comienza a ocupar un lugar exclusivo en nuestra relación con Dios, como nos enseñan los autores marianos: Cristo nos vino por María y por ella podemos llegar más perfectamente a Dios.

Para comprender mejor esta relación única de María con Dios podemos considerar lo que implica la vida de cualquier buena mamá respecto a un hijo: le da su sangre y sus cuidados, lo trae al mundo, luego lo protege, los abraza, lo resguarda, lo acompaña en su crecimiento y desarrollo, y se alegra de sus alegrías, etc. Ahora apliquemos todo esto a la Virgen durante su vida con Jesús, el Hijo de Dios; pero agregando lo exclusivo, es decir, “cómo lo contemplaba, lo veía crecer, y guardaba todas esas cosas, todos esos sentimientos, en su corazón”

La Iglesia ha definido solemnemente como verdad de fe la maternidad divina de María en el Concilio Ecuménico III de Éfeso en el 431, pero la certeza sobre esta verdad venía desde mucho antes en los corazones de los creyentes, y anteriormente aun, en el eterno designio de Dios.

Si queremos honrar verdaderamente a Dios, debemos honrar también a aquella que nos lo trajo al mundo, aquella que mereció llevar en su vientre al Hijo de Dios, aquella cuyos brazos fueron su primera cuna y cuyos cuidados lo acompañaron durante su vida terrena.

A la Madre de Dios nos encomendamos, pidiéndole que nos alcance la gracia de imitarla especialmente en su preocupación por la gloria de Dios y en su fiel cumplimiento de la voluntad divina durante toda nuestra vida.

P. Jason

Divina Señora

Señora es uno de los nombres de María. María significa Señora[1]. Pero María, es una Señora muy especial, es una “Divina Señora”.

P. Gustavo Pascual, IVE

 

María es Señora por ser la Madre del Señor. Jesús recién recibió el título de Señor, como Dios, después de la resurrección aunque lo poseía eternamente, cuando los primeros cristianos lo llamaban Señor[2], igualándolo a Dios o mejor reconociéndolo Dios, dándole el título que sólo a Dios se daba en el Antiguo Testamento. Pero Jesús es Señor, desde toda la eternidad porque es Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo, la Sabiduría, la Palabra hecha hombre. Igual a Dios, Dios[3]. Por eso también, Jesucristo es Señor por naturaleza, y en consecuencia, su Madre también es Señora, la Madre del Señor[4]. María es Señora por derecho natural.

María es Señora, por ser Madre del Redentor de los hombres, el que fue exaltado por Dios y se le otorgó el nombre de Señor, para que al nombrarlo, toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos[5], pero no sólo, por ser Madre del que conquistó toda la creación para Dios, sino, porque también ella participó de esta obra de recreación padeciendo con su Hijo la muerte en la cruz. María es Señora por derecho de conquista.

María ha enseñoreado, junto con su Hijo, toda la creación. A ella alaban el cielo y la tierra. Ante ella tiemblan los habitantes del abismo al pronunciarse su nombre. María ha conquistado, al pie de la cruz, a todos los hombres y es Madre y Señora de todos nosotros. Nos ha conquistado, compadeciendo con su Hijo, pero también, dándonos a luz.

La Virgen María es la Gran Señora que nos enseña a hacer las obras con magnanimidad, con distinción, con perfección, por amor a la verdad y con simplicidad, porque estas son las notas, que manifiestan el verdadero señorío. El señorío, más que un título heredado, se concreta en el obrar.

Ser Señor es obrar con alma grande y María obró siempre con magnanimidad. Dijo: “engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso”[6]. Exultación de un alma grande que alaba al Ser Infinito. ¿Qué cosas grandes ha hecho Dios en María? La ha hecho su Madre. Pero si bien es obra de Dios sólo, la grandeza de su Madre, no es obra de Él solo, el que sea su Madre, porque Dios, como amante glorioso esperó el sí de su amada criatura, y ella pronunció su sí, secundando la moción del Espíritu Santo, que la movía a ser Madre de Dios. El sí de María procede de un alma grande que se entrega, sin condiciones, a la vocación divina.

Dios ha hecho de María una Madre Virgen y es una obra única de Dios, juntar en una misma persona, la virginidad y la maternidad. María concibió y dio a luz al Verbo de Dios y permaneció virgen ante la admiración de cielo y tierra. ¡Obra prodigiosa de Dios, obra grande, obra magnánima!

Dios ha hecho de María una Corredentora, asociándola singularmente, a la obra redentora de su Hijo; la ha hecho Reina y Señora de toda la creación por ser la Madre del Rey de reyes y Señor de señores, pero también, la ha hecho Reina y Señora porque ella ha conquistado estos títulos por la compasión al pie de la cruz.

María es Señora porque su obrar es con distinción. Desde que contestó sí al Señor, y durante toda su vida, sus obras han tenido este toque característico. Ella cuando el ángel le dio a conocer el mensaje divino, preguntó con delicadeza, cómo se haría aquello, puesto que no conocía varón, y el ángel le reveló la manera: concebirás por obra del Espíritu Santo.

María con distinción pidió el primer milagro de su Hijo, con distinción recibió a los reyes de oriente, con distinción acogió a Juan cuando Jesús se lo dio por hijo, con distinción recibió a su Hijo al pie de la cruz, con distinción de Señora, mantuvo la esperanza despierta, hasta el momento de la resurrección del Señor y sostuvo la fe de los apóstoles, y finalmente, el toque de distinción excelso de su dormición y asunción al Cielo.

María como gran Señora ha hecho las obras con perfección. Ella pudo decir al final de su existencia terrena “todo está cumplido”. Realizó todas sus obras con total fidelidad a la voluntad de Dios y con la perfección que Él se lo pedía, porque las obras divinas, llevan el toque de lo perfecto y este toque dio María a su obrar terreno.

El señorío de María se nota en su amor a la verdad. Ella imitó perfectamente a su Hijo, que es la Verdad, y ella misma se hizo verdad. María es la verdad de Cristo, la verdad en sus palabras, y sobre todo, la verdad en su obrar. Sus obras y todo su ser son simples. Su existencia es simple y por tanto veraz. Simplicidad que habla de la entrega absoluta y sin reservas a Dios, sin otro amor, que sólo Dios. Esta gran Señora sobresale por la grandeza de su simplicidad que mira a una sola cosa, a contemplar y vivir, sólo para Dios.

 

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, Catena Áurea, Lucas (IV), Cursos de Cultura Católica Buenos Aires 1946, San Beda a Lc 1, 27.

[2] Título divino de Jesús resucitado, Hch 2, 36; Flp 2, 11ss., que Lucas le concede desde su vida terrena, con más frecuencia que Mt, Mc. Lc 7, 13; 10, 1.39.41; 11, 39 etc.

[3] Cf. Jn 1, 1

[4] Lc 1, 43

[5] Flp 2, 9-10

[6] Lc 1, 46-49

Dispensadora de tiernísimas finezas

“En efecto, Cristo nos la dio como madre, para que dispensara sus gracias sobre cada uno de nosotros.”

P. Gustavo Pascual, IVE.

 

María es la dispensadora de todas las gracias que proceden de Dios a los hombres. Todos los méritos y gracias que nos ha conseguido Jesús en su Pascua, quiere, es su voluntad, que nos las alcance María, de tal manera, que ninguna gracia deje de pasar por ella. En efecto, Cristo nos la dio como madre, para que dispensara sus gracias sobre cada uno de nosotros.

María es dispensadora de gracias por haber sufrido con Cristo en el Calvario, unida a Él, y en comunión de padecimientos. Ella en la cruz comenzó a ser Corredentora de los hombres, y también, Mediadora entre nosotros y Jesús. Ella distribuye todas las gracias de Jesús sobre sus hijos.

María es Dispensadora de grandes gracias y de pequeñas gracias, de tiernísimas finezas, que muchas veces, desconocemos por no contemplarlas con detenimiento.

Vivimos absortos en las cosas de la tierra, y esto resta a nuestra vida contemplación de las cosas celestiales. Si contempláramos cada una de las maravillas que hace Dios en nuestra vida nos admiraríamos. Si contemplásemos cómo Dios nos dispensa cada día tiernísimas finezas por María se encendería en nosotros una hoguera de amor.

La Santísima Virgen mostró en Caná una de estas tiernísimas finezas para con sus hijos. En una boda en Galilea, el vino es un elemento importante, para el clima de fiesta y alegría. Sin embargo, en aquella ocasión los novios no habían calculado bien la cantidad y en medio de la fiesta se les terminó el vino. Jesús y María estaban allí, pero fue María la que observó este detalle. Jesús lo sabía, como también sabía lo que iba a hacer en aquella ocasión, pero fue su Madre la que vio la necesidad de aquellos esposos y pidió el milagro a su Hijo: “No tienen vino”[1]. María presentó el problema y esperó en su Hijo. “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”. Y María dijo confiadamente: “Haced lo que él os diga”. Y Jesús realizó por intercesión de su Madre el primer milagro.

María dispensó en aquella ocasión a los esposos un pequeño detalle que los hizo felices y los hizo creer en el invitado de Nazaret. También sus discípulos creyeron en Él.

María tuvo también detalles de ternura para con su Hijo: “le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre”[2] cuando Jesús era pequeño. Lo tuvo entre sus brazos, lo amamantó, y lo estrecho contra su pecho. Lo cuidó incansablemente, y después de darlo a luz en una cueva, lo llevó a una casa de Belén donde los magos la encontraron cuidando a su Hijo[3]. Lo llevó al Templo, y allí de sus brazos, lo recogió Simeón para presentarlo al Señor[4]. Lo llevó muchas veces a Jerusalén para la fiesta de Pascua[5]. Lo cuidó, lo crió y lo fue educando en Nazaret viéndolo crecer en sabiduría y en gracia[6].

Si observamos con detenimiento nuestra vida, notaremos esas finezas de María, para con nosotros. Pequeños detalles que como antes dije, muchas veces, los pasamos por alto.

La caridad tiene esos pequeños detalles. No sólo se demuestra por las obras, sino por las obras realizadas con perfección, y hay detalles que coronan las obras buenas y les dan ese toque de perfección y de sorpresa que las hace excelentes.

La tiernísima fineza de la caridad de María en la visita a su prima es un ejemplo: el ángel le insinúa el embarazo de su prima y ella va presurosa para ayudarla y se está con ella hasta que da a luz.

La fineza de María en la confianza en Dios cuando calla ante su prometido José. No se excusa, no manifiesta su inocencia con gestos o hechos, sino que calla, confiando plenamente en Dios, con ese detalle propio de las almas santas entregadas sin reserva al amor de Dios.

Cada uno de nosotros puede y debería revisar en su vida los detalles de amor que la Madre ha tenido con nosotros. Cuando hemos estado tristes, cuando hemos estado lejos de Jesús, en el momento de convertirnos, en la atracción por el rezo del santo rosario, en el amor a ella, en la veneración a sus imágenes, en la manifestación sencilla del pueblo de Dios que nos trasmite su fe, en los ejemplos de los santos y de la jerarquía de la Iglesia, en la salud de los enfermos con los cuales nos hemos encontrado en nuestra vida, en la conversión de los sectarios que han pedido en los momentos extremos su compañía…

Detalles exquisitos, tiernísimas finezas, que contempladas nos hacen crecer en amor a ella. Dejemos que esta contemplación inunde nuestro corazón y lo encienda. Imitemos su ejemplo y seamos como ella dispensadores de amor para con nuestros hermanos, pero, con ese toque que ella nos enseña. Caridad dispensada con tiernísimas finezas.

 

[1] Jn 2, 1ss.

[2] Lc 2, 7

[3] Mt 2, 11

[4] Lc 2, 28

[5] Lc 2, 41ss.

[6] Lc 2, 52

Solemnidad de la asunción de María Santísima

«Magnificat anima mea Dominum!» (Lc 1, 46).
San Juan Pablo II
La Iglesia peregrina en la historia se une hoy al cántico de exultación de la bienaventurada Virgen María; expresa su alegría y alaba a Dios porque la Madre del Señor entra triunfante en la gloria del cielo. En el misterio de su Asunción, aparece el significado pleno y definitivo de las palabras que ella misma pronunció en Ain Karim, respondiendo al saludo de Isabel: «Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso» (Lc 1, 49).
Gracias a la victoria pascual de Cristo sobre la muerte, la Virgen de Nazaret, unida profundamente al misterio del Hijo de Dios, compartió de modo singular sus efectos salvíficos. Correspondió plenamente con su «sí» a la voluntad divina, participó íntimamente en la misión de Cristo y fue la primera en entrar después de él en la gloria, en cuerpo y alma, en la integridad de su ser humano.
El «sí» de María es alegría para cuantos estaban en las tinieblas y en la sombra de la muerte. En efecto, a través de ella vino al mundo el Señor de la vida. Los creyentes exultan y la veneran como Madre de los hijos redimidos por Cristo. Hoy, en particular, la contemplan como «signo de consuelo y de esperanza» (cf. Prefacio) para cada uno de los hombres y para todos los pueblos en camino hacia la patria eterna.
Amadísimos hermanos y hermanas, dirijamos nuestra mirada a la Virgen, a quien la liturgia nos hace invocar como aquella que rompe las cadenas de los oprimidos, da la vista a los ciegos, arroja de nosotros todo mal e impetra para nosotros todo bien (cf. II Vísperas, Himno).
«Magnificat anima mea Dominum!».
La comunidad eclesial renueva en la solemnidad de hoy el cántico de acción de gracias de María: lo hace como pueblo de Dios, y pide que cada creyente se una al coro de alabanza al Señor. Ya desde los primeros siglos, san Ambrosio exhortaba a esto: «Que en cada uno el alma de María glorifique al Señor, que en cada uno el espíritu de María exulte a Dios» (san Ambrosio, Exp. Ev. Luc., II, 26). Las palabras del Magníficat son como el testamento espiritual de la Virgen Madre. Por tanto, constituyen con razón la herencia de cuantos, reconociéndose como hijos suyos, deciden acogerla en su casa, como hizo el apóstol san Juan, que la recibió como Madre directamente de Jesús, al pie de la cruz (cf. Jn 19, 27).
«Signum magnum paruit in caelo» (Ap 12, 1).
La página del Apocalipsis que se acaba de proclamar, al presentar la «gran señal» de la «mujer vestida de sol» (Ap 12, 1), afirma que estaba «encinta, y gritaba con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). También María, como hemos escuchado en el evangelio, cuando va a ayudar a su prima Isabel lleva en su seno al Salvador, concebido por obra del Espíritu Santo.
Ambas figuras de María, la histórica, descrita en el evangelio, y la bosquejada en el libro del Apocalipsis, simbolizan a la Iglesia. El hecho de que el embarazo y el parto, las asechanzas del dragón y el recién nacido arrebatado y llevado «junto al trono de Dios» (Ap 12, 4-5), pertenezcan también a la Iglesia «celestial» contemplada en visión por el apóstol san Juan, es bastante elocuente y, en la solemnidad de hoy, es motivo de profunda reflexión.
Así como Cristo resucitado y ascendido al cielo lleva consigo para siempre, en su cuerpo glorioso y en su corazón misericordioso, las llagas de la muerte redentora, así también su Madre lleva en la eternidad «los dolores del parto y el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). Y de igual modo que el Hijo, mediante su muerte, no deja de redimir a cuantos son engendrados por Dios como hijos adoptivos, de la misma manera la nueva Eva sigue dando a luz, de generación en generación, al hombre nuevo, «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4, 24). Se trata de la maternidad escatológica de la Iglesia, presente y operante en la Virgen.
En el actual momento histórico, al término de un milenio y en vísperas de una nueva época, esta dimensión del misterio de María es más significativa que nunca. La Virgen, elevada a la gloria de Dios en medio de los santos, es signo seguro de esperanza para la Iglesia y para toda la humanidad.
La gloria de la Madre es motivo de alegría inmensa para todos sus hijos, una alegría que conoce las amplias resonancias del sentimiento, típicas de la piedad popular, aunque no se reduzca a ellas. Es, por decirlo así, una alegría teologal, fundada firmemente en el misterio pascual. En este sentido, la Virgen es «causa nostrae laetitiae», causa de nuestra alegría.
María, elevada al cielo, indica el camino hacia Dios, el camino del cielo, el camino de la vida. Lo muestra a sus hijos bautizados en Cristo y a todos los hombres de buena voluntad. Lo abre, sobre todo, a los humildes y a los pobres, predilectos de la misericordia divina. A las personas y a las naciones, la Reina del mundo les revela la fuerza del amor de Dios, cuyos designios dispersan a los de los soberbios, derriban a los potentados y exaltan a los humildes, colman de bienes a los hambrientos y despiden a los ricos sin nada (cf. Lc 1, 51-53).
«Magnificat anima mea Dominum!». Desde esta perspectiva, la Virgen del Magníficat nos ayuda a comprender mejor el valor y el sentido del gran jubileo ya inminente, tiempo propicio en el que la Iglesia universal se unirá a su cántico para alabar la admirable obra de la Encarnación. El espíritu del Magníficat es el espíritu del jubileo; en efecto, en el cántico profético María manifiesta el júbilo que colma su corazón, porque Dios, su Salvador, puso los ojos en la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 47-48).

ATENCIÓN DE NUESTRAS MISERIAS

Nuestra madre siempre está atenta…

P. Gustavo Pascual, IVE.

Hay un pasaje del evangelio, en el cual, María atiende a las miserias de los hombres. Es el pasaje de las bodas de Caná[1]. Una miseria material, es cierto, y quizá hoy mirada como no tan importante como en aquella época.

María nota esa miseria de los novios. Miseria que quizá tuvo un origen trivial como la falta de cálculo o el exceso de comensales… pero que delante de la sociedad cananea los dejaba como míseros. En realidad asomaba en sus almas la miseria seguida de inquietud y tristeza, de casi desesperación e impotencia para solucionar el problema.

María notó el “apurón” de los novios, quizá por su ausencia repentina o por el cambio de actitud, quizá por el cuchicheo de los sirvientes o por la exigencia de algún comensal, y vio la inquietud en sus almas.

Acudió sin demora y por caridad a ayudarlos y lo hizo buscando una ayuda infalible, ¡cuánto conocía María a Jesús, su poder y su amor! Y le planteo la miseria de los novios: ¡no tienen vino! Ya conocemos el desenlace de la historia.

María está atenta a todas nuestras miserias, las materiales, las corporales, las psíquicas, las temperamentales, las espirituales.

Hay dos títulos que aluden a esta realidad: “Salud de los enfermos” y “refugio de los pecadores”.

María es nuestra madre y como toda madre conoce a sus hijos y no en masa sino uno por uno. María conoce cada una de nuestras miserias, lo que nos hace pequeños, en especial ante Dios. ¿Pero alguien es grande ante Dios? No, pero, Dios nos quiere almas grandes, magnánimos, no pequeños, pusilánimes, míseros. Y hay muchas cosas que empequeñecen nuestra alma, muchos pecados, muchos vicios, nuestro egoísmo, la desconfianza, la tristeza, el temor…

María está atenta a cada una de nuestras miserias y no con una atención curiosa y crítica sino que atiende a ellas para curarlas, para sanarlas, para que desaparezcan, y tiene una frase que uso en Caná y que en verdad es una receta eficacísima: “haced lo que Él os diga”. Pero María también intercede por nosotros como lo hizo en Caná. Ella es la “omnipotencia suplicante”, la que todo lo puede ante su Hijo.

Hay miserias en nosotros, que son reales, y que si las aceptamos son saludables. La principal, la miseria de nuestra indigencia existencial, que no es una miseria mala sino natural y real. La indigencia existencial aceptada nos conduce a Dios, el cual, nos eleva y nos saca, por decirlo así, de esa miseria porque nos eleva a una vida sobrenatural y aunque por naturaleza seguimos siendo hombres somos hijos de Dios, es decir, somos elevados a la naturaleza divina y salimos, en cierta manera, de la naturaleza herida por el pecado.

María también está presente en esta obra de nuestra elevación a la filiación divina. La estuvo cuando Cristo la consiguió, como corredentora, y lo está en cada alma que comienza a ser hija de Dios.

¡María está atenta a nuestras miserias! Por eso debemos recurrir a ella con toda confianza. Ella por pudor no nos las hará notar sino que las socorrerá pero quiere que se las manifestemos con toda confianza como lo hace un hijo con su madre.

Madre me duele la cabeza, estoy enfermo, estoy angustiado, estoy triste, estoy deprimido, soy muy irascible, soy muy apocado, no puedo salir de este vicio, este pecado me es insuperable, lo llevo conmigo desde hace tiempo, no puedo alejarme de esta persona que me hace mal, etc. Hay que exponerle confiado a María las miserias que nos aquejan y ella nos librará de ellas como lo hizo con los novios en Caná de Galilea.

Dios te salve María…

 

[1] Jn 2, 1s

Virgen pura y limpia

Otra hermosa advocación para la Madre de Dios[1]

P. Gustavo Pascual, IVE.

Vamos a tomar estos dos adjetivos por separado: la pureza y la limpieza.

¿Por qué María es una Virgen pura y limpia? Es pura por su castidad, es decir, por la pulcritud del corazón o por la pureza interior.

El Señor dice: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”[2] y con esta bienaventuranza se refiere a la pureza exterior e interior. A la simplicidad del corazón, al corazón sin mancha aunque también al cuerpo sin mancha.

A María le fue concedida la gracia de ser Madre y Virgen. Ella quería permanecer virgen, consagrada a Dios, y Dios la llamó para ser su Madre. “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”[3].

María concibió a Jesús y lo dio a luz permaneciendo virgen. En ella se cumplió el oráculo del profeta Isaías: “he aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel”[4]. María después de dar a luz permaneció virgen hasta el momento de su tránsito al cielo donde reina como la Virgen de las vírgenes, como la Reina de las vírgenes. Por eso es llamada “la bienaventurada siempre Virgen María”.

La virginidad no sólo implica el no haber corrompido la carne con la unión sexual sino que es más profunda, se extiende al corazón. El no haber apostatado de Dios, el haberle sido fiel sin contaminarse con ningún ídolo. De estos dice el libro del Apocalipsis al describir el acompañamiento del Cordero: “estos son los que no se mancharon con mujer, pues son vírgenes […] en su boca no se encontró mentira; no tienen tacha”[5]. “En sentido metafórico: la lujuria designa tradicionalmente la idolatría[6], aquí el culto de la Bestia[7]. Los ciento cuarenta y cuatro mil han sido comprados[8], son íntegros y fieles[9], han rechazado la idolatría y pueden ser desposados con el Cordero”[10]. El haber preferido la criatura o a nosotros mismos por Dios es una especie de adulterio.

María es la virgen fiel, la que siempre obedeció a la voluntad de Dios, la más pariente de Jesús, la que estuvo más estrechamente unida a Jesús por la fe que por la carne. La virginidad del corazón está en la perfecta fidelidad a la voluntad de Dios.

María también fue limpia, porque su corazón, su alma, jamás tuvo mancha alguna. El pecado mancha el corazón. El mortal mata al alma y la pone, por la ausencia de Dios, monstruosa y horrible. El pecado venial deliberado también mancha al alma, la ensucia, y toda falta por pequeña que sea, cuando es voluntaria, quita belleza y brillo al alma.

María tuvo su alma siempre limpia: “Toda hermosa eres, no hay tacha en ti”[11].

Fue limpia en este sentido negativo de no tener mancha, pero también en el sentido positivo de estar llena de Dios, del tres veces santo, y de su Hijo, el Cordero inmaculado. El alma de María sólo se ocupaba de una cosa, con simplicidad, de vivir en la contemplación de Dios y ninguna otra cosa la distraía ni manchaba su corazón.

María es la Inmaculada Concepción. Concebida sin mancha de pecado. Pero su vida toda, desde su concepción hasta su muerte, fue limpia con la limpieza de la Virgen de las vírgenes y con la limpieza de la Madre de Dios.

La limpieza del corazón nos hace ver a Dios ya desde esta vida. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. En la otra vida por la luz de la gloria, en esta vida por la luz de la fe.

La luz de la fe iluminó el alma de María y esa luz purificó su corazón, “dichosa la que ha creído”[12]. La pureza y la limpieza aquí se unen. La pureza de la fe y la limpieza del corazón ambas desembocan en la visión de Dios.

María contempló principalmente a Dios en su Hijo, en el Verbo Encarnado, en el Emmanuel y vivió en esa contemplación un anticipo del cielo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo”[13].

[1] Advocación a la Virgen de Luján en sus letanías.

[2] Mt 5, 8

[3] Lc 1, 34-35

[4] 7, 14

[5] 14, 4-5

[6] Cf. Os 1, 2ss.

[7] Cf. Ap 17, 1

[8] Cf. Ap 5, 9

[9] v. 5

[10] Jsalén. a Ap 14, 4

[11] Ct 4, 7

[12] Lc 1, 45

[13] Jn 17, 3